domingo, 29 de agosto de 2010

Sinfonía en verde y oro



Tarde de sábado. El vértigo del micro centro comercial de Ciudad del Este se apaga en un eco sordo contra el rumor del río. Los últimos sacoleiros apuran el paso con sus enormes bolsos, como si llevaran el peso de la vida a sus espaldas. En el paseo central de la avenida Nanawa casi Adrián Jara..., una suave lluvia de pétalos dorados cubre el negro asfalto, mientras la copa del Tajy sacude sus penachos al viento, en una explosión dorada que hiere la vista. Celebración anticipada de primavera. Madre Natura recordándonos que aún en medio de la más dura realidad, ella está allí para regalarnos su belleza, quizás sin pedir a cambio nada más que admirarla, valorarla… y protegerla.

viernes, 27 de agosto de 2010

Pesadilla en Paraguay Street



Ya te parece insoportable la sala llena y adentro la gente fumando. Así que levantas la mano y pides, por favor, si pueden apagar sus cigarrillos. ¡Existe una Ley que prohíbe fumar en lugares cerrados..!
Un coro de burlas y abucheos te responde. Alguien comenta que por suerte ya hay un proyecto legislativo para modificar esa norma discriminatoria contra los fumadores. Si los propios parlamentarios que hicieron la Ley son fotografiados fumando en la sala del Congreso, ¿por qué otros tienen que respetar?
Sofocado y vencido, sales a la calle en busca de aire puro. Te paras en una céntrica esquina de la ciudad y aspiras profundamente con tus fosas nasales, ansiando inundar tus pulmones con la brisa mañanera… cuando justo pasa a tu lado un viejo y destartalado ómnibus del transporte público, que te arroja a la cara su tóxico humo negro de monóxido de carbono. ¡Cof… cof… cof…!
Desesperado, retiras el auto del estacionamiento y pones proa rumbo al Sur, iniciando una alucinada fuga hacia el campo, en procura de la tierra roja, del paisaje verde, del cielo azul. Pero a medida en que dejas atrás la jungla de cemento, sientes que te vas internando en escenas de la película Apocalipse Now. Campos y bosques en llamas. Desiertos de carbón detrás del humo y la bruma. Restos de árboles agonizantes que extienden sus muñones hacia el cielo. Altas murallas de fuego a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos. El Sol es apenas un tímido disco rojo detrás de la cortina negra.
Mientras atraviesas ese territorio de pesadilla, una voz informa en la radio que se registraron más de 1.700 focos de incendios en todo el territorio nacional. ¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente? ¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales? ¡Arde, Paraguay, arde...!
Hasta que, al cabo de interminable kilómetros y soledades, aparece detrás del parabrisas un horizonte brillante y verde como la esperanza. ¡Al fin…!
Frenético, detienes el vehículo al costado del camino y te bajas presuroso, dispuesto a disfrutar de ese regalo de la naturaleza.
Pero… ¿qué te sucede? ¿Qué es esa sensación picante que te golpea la nariz y te quema la garganta?
¡Claro…! ¿Cómo ibas a darte cuenta, justamente vos, bicho de ciudad, que esa interminable llanura verde no es otra cosa que un mecanizado campo de soja transgénica, al que acaban de darle varias pasadas de herbicida con glifosato…?

martes, 10 de agosto de 2010

Memo


A: Todos los niños (incluso a los que simulan ser adultos).
DE: Un niño que se niega a crecer
ASUNTO: Invitación a jugar
FECHA: 16 de agosto

¡Dale compi…! ¡Vengan si que todos…! Vamos a arremangarnos la ropa y a hincarnos en la arena, a ver quién tiene más pulso con la balita joyo, o quien hace más tantos con la tikichuela.
¡Vengan…! Vamos a dibujar con un palito el mapa del paraíso y del infierno sobre la tierra dura, a ver quien llega primero… pise pisado con un solo pie. ¡No chamigo, eso es demasiado kaigue, mejor jugamos a la pelota muerta! Naombré, vos sos demadiado kuña’i, te pichás y llevás tu pelota. ¡Así no da gusto!
¡Vengan si que…! Vamos a jugar al tuka’e. Los nenes con las nenas. Mimicha se queda en el tambo, pero no vale esconderse de a dos y aprovechar para otra cosa, porque si no el juego no se termina nunca, y la tía Roberta ya nos está esperando para ir a merendar.
Vengan… No se hagan los kulí, no sean je japó. Sáquense por un rato la corbata y el traje gris, arremánguense bien esa blusa fashion, apaguen su celular y su notebook. Dejen que el aire se inunde de risas infantiles, que suban y vuelen alto como las pandorgas hecha de papel de seda y kapi’i pororó, bailando libres bajo el Sol.
Dejen que el mundo y la vida vuelvan a ser otra vez niños o niñas, aunque sea por un fugaz instante. Quizás redescubramos entonces que la alegría sabe a helado de chocolate, a correr descalzos por el barro, a robarle un beso a la vecinita de trenzas, a invertir el vuelto del almacén en tráfico de caramelos, a saber que éramos tan felices al punto de entonces ignorarlo.