viernes, 25 de marzo de 2011

Nosotros no olvidamos

“Si hoy muero, será por mi patria”, dijo ese viernes 26 de marzo de 1999. Dos balazos lo dejaron tendido sobre la acera frente al Teatro Municipal. Tenía 20 años, estudiaba Informática, miembro del Centro Familiar de Adoración Cristiana, fanático del Club Olimpia. Se llamaba Henry Díaz Bernal.
“Abuela, voy a casa de unos compañeros”, mintió para no preocuparla. Compró botellas de agua y las trajo a los campesinos en la plaza. Vino “solo por unos minutos” y se quedó hasta el final. Tenía 25 años, estudiaba Ciencias Contables. Se llamaba José Miguel Zarza.
“No me puedo quedar mirando la tele, mientras allá están luchando”, le dijo a su esposa Marta. Se despidió con un beso de sus dos hijos. En medio de la refriega, auxiliaba a una persona de avanzada edad en la acera del Correo, cuando una bala le dio en la espalda. Tenía 36 años, analista de sistemas, miembro del Partido Liberal Radical Auténtico, funcionario de Hacienda. Se llamaba Armando Daniel Espinoza.
“¡Déjenme, tengo que volver!” protestó contra los médicos que trataban de curarlo. Herido durante el primer ataque a la plaza, fue trasladado en ambulancia al Hospital de Clínicas, pero regresó en la misma ambulancia a seguir peleando, hasta que otra bala lo silenció para siempre. Tenía 37 años, próspero comerciante, esposa, 3 hijos. Se llamaba Víctor Hugo Molas.
“¡Roipotá yvy, nda ha’ei ñembotavy!”, gritaba desde las filas de la Federación Nacional Campesina. Llegó desde Caaguazú tras el sueño de una mejor vida en el campo. Hoy el asentamiento lleva su nombre. Tenía 35 años, esposa, 5 hijos. Se llamaba Cristóbal Espínola.
Nadie recuerda si dijo algo. Estaba siempre en primera fila, decidido, valiente. Tenía 29 años, electricista, vivía en Luque. Está sepultado en el Panteón de los Héroes de su Concepción natal. Se llamaba Tomás Rojas.
“¡No se rindan!”, exclamaba defendiendo la plaza tras las barricadas, cuando una bala horadó su pecho. Tenía 28 años, fue presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias y Tecnología de la Católica. Se llamaba Manfred Stark González.
“¡A pesar de todo valió la pena!”, exclamó con la V de la victoria, al volver de una larga internación en Sao Paulo. Sus heridas en la plaza le costaron la vida, casi un año después. Hasta último momento siguió abrazado a su bandera. Se llamaba Arnaldo Paredes.
Son los ocho Mártires de la Plaza que hace 12 años dieron la vida por un ideal que ellos llamaban Patria.
Hay quienes no lo recuerdan.
Nosotros no olvidamos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Las huellas de un anarquista en el Alto Paraná

Ejemplar del periódico anarquista Le Revolté, fundado por Reclús y Kropotkin, que Moises S. Bertoni atesoraba en su casa del Alto Paraná.

Moisés S. Bertoni es poco conocido como personaje político. Se lo muestra como científico asceta, cuando en realidad vino a América motivado por Reclús y Kropotkin, ideólogos del anarquismo, con la utopía de construir una colonia socialista en medio de la selva.

#CrónicasDeLaMemoria

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Un ejemplar de páginas amarillentas del periódico socialista anarquista Le Revolté (El rebelde), fechado el 18 de febrero de 1882, en Génova, sobresale entre las pertenencias del sabio suizo Moisés Santiago Bertoni, en su pintoresca casa de madera, erigida en medio de la selva del Alto Paraná, y que hoy se rescata en el Museo que se reabrirá desde junio próximo en Puerto Bertoni, a 36 kilómetros al sur de Ciudad del Este.
Al lado del periódico hay un afiche propagandístico, impreso por la “JJ. LL. de Cataluña”, que muestra el retrato de un hombre barbudo, con una frase: “La anarquía es la más alta expresión del orden. Eliseo Reclús”.
Ambos materiales cuentan una historia hasta ahora poco estudiada y difundida, y que se refiere a la ideología y militancia política profesada por el gran botánico, naturalista y escritor.
La mayoría de sus biógrafos han insistido en mostrar a Bertoni como un científico asceta que vino a recluirse en medio de la selva para estudiar a los indios, a los animales y a las plantas, poco interesado en la realidad política, cuando que es todo lo contrario: fueron precisamente sus ideales políticos, alimentados en largas discusiones con dos de los mayores pensadores del socialismo anarquista, Elisée Reclús y Piotr Kropotkin, los que lo empujaron a América, con la utopía de construir aquí la sociedad perfecta, una colonia socialista basada en la agricultura.

ENCUENTRO EN SUIZA. Bertoni conoció y fue gran amigo de Elisée Reclús, el cartógrafo francés y gran líder del anarquismo, que colaboró con Bakunin en la década de 1861-70.
Afiliado a la Primera Internacional, Reclús participó de la sublevación de la Comuna de París en 1870, donde cayó preso. Fue salvado de la condena a deportación perpetua por Charles Darwin y otros intelectuales europeos, y en 1872 recaló en Suiza, donde se reencontró con otro gran líder anarquista, el príncipe ruso Piotr Alekséyevich Kropotkin, también geógrafo y naturalista, y uno de los principales teóricos del anarquismo.
En 1880, Reclús y Kropotkin se establecen en Clarens, Cantón de Vaud, Suiza, donde los conoce un chico de 23 años, llamado Mosé Giacomo Bertoni, quien se sentía apasionadamente atraído por las ideas del anarquismo, así como por la exploración geográfica y los descubrimientos científicos.
En largas sesiones de adoctrinamiento y discusión, los dos pensadores hicieron germinar en el joven suizo el sueño utópico de fundar una comunidad agrícola socialista, que fuera como construir el paraíso terrenal, en respuesta a la decadente sociedad capitalista europea. Pero esa hazaña solo podía cumplirse en otro lugar que no fuera Europa… en América.
El 14 de febrero de 1882, Moisés Bertoni envía una carta a su esposa Eugenia Rossetti, quien se hallaba en Zurich, comunicándole su deseo de llevarlas a ella y a sus primeros hijos a una gran aventura hacia el interior de la Argentina:
“El dado está echado y nosotros partiremos... Sí, querida Eugenia; nosotros partiremos hacia una supuesta Patria; desdeñaremos una sociedad sifilítica que sólo las bombas sabrán curar; una sociedad que desde el lecho en el que yace putañeramente se burla de nuestra ‘superstición’ humanitaria, y que ofrece su inmundo pan al precio del embrutecimiento. ¡No, por Dios!, la naturaleza no nos ha dado una conciencia superior para embrutecerla en aquel océano de basura que desfachatadamente se llama la sociedad moderna”, le dice Moisés.
El 3 de marzo de 1884, a bordo del vapor “Nord América”, Bertoni embarca con su esposa, su madre Giuseppina, y sus primeros hijos nacidos en Suiza: Reto Dividone, Arnoldo da Winkelried, Vera Zasulič, y Sofia Perovskaja.
Junto a él vienen otros 40 agricultores suizos, a quienes el entusiasta líder anarquista había convencido de que al otro lado del mar les esperaba el paraíso en la tierra.
Llegan a Buenos Aires y Bertoni logra entrevistarse con el presidente argentino, Julio Roca, a quien entusiasma con su proyecto colonizador. El gobernante le facilita los medios para establecer su “colonia utópica” en la provincia de Misiones, en un lugar llamado Santa Ana, hasta donde llegan los inmigrantes a levantar sus primeras casas. Pero la inclemencia de la naturaleza en forma de una prolongada sequía, las intrigas de los caudillos locales y el azote de los bandoleros se transforman en múltiples dificultades que provocan fuertes divisiones en el grupo humano.
Las demás familias suizas empiezan a abandonar el sueño de Bertoni, hasta dejarlo solo con su esposa, sus hijos y su madre. Desilusionado, huye hacia Yabebyry, otra localidad de Misiones, hasta finalmente cruzar al Paraguay, donde finalmente encuentra su lugar en el mundo: un barranco a orillas del río Paraná, en medio de la selva indómita, a donde trasladará su sueño de crear la sociedad perfecta, un sitio al que en principio denomina “Colonia Guillermo Tell”, pero finalmente acabará conocido como Puerto Bertoni.

LA UTOPÍA QUE NO FUE. “La utopía pudo estar aquí”, afirma Francisco Alí Brouchoud, artista visual, escritor y crítico de arte posadeño, en un artículo acerca de la ideología política del sabio suizo, publicado en el diario El Territorio, de Posadas, Misiones, Argentina. Es uno de los pocos autores que reivindican al Bertoni anarquista y socialista.
“La imagen que se ha ido construyendo sobre Moisés Bertoni -la de un hombre preocupado exclusivamente por cuestiones botánicas y meteorológicas- es completamente parcial, y ha ocultado la dimensión total de su pensamiento e intenciones”, destaca.
Bertoni vino primero a Misiones (Argentina) y luego al Alto Paraná (Paraguay) “con la idea primera de fundar aquí una colonia socialista, Y su genealogía ideológica entronca con los grandes nombres del movimiento anarquista y comunista europeo, a varios de cuyos representantes conoció y frecuentó en Suiza, y quienes fueron los que lo incitaron a emprender la aventura que lo trajo a estas tierras”, asegura Brouchoud.
En la misma carta que escribe a su esposa Eugenia, invitándola a acompañarlo a América, Bertoni también revela las ideas que mueven su utópica aventura: “¿Qué otra cosa es el patriotismo sino un egoísmo, por más grande que sea, siempre a favor de una pequeña parte de la humanidad? Para un socialista, ¿qué otra verdadera patria puede existir fuera de la Tierra, qué otro patriotismo fuera de aquel que abraza a la humanidad entera?”.
Por la misma época en que el sabio construía su paraíso familiar en Alto Paraná, otro anarquista europeo escandalizaba a la sociedad paraguaya con sus ideas libertarias: el español Rafael Barrett. Pero mientras Barret era cuestionado y perseguido como agitador social, Bertoni era reverenciado como científico. ¿Llegaron a conocerse Bertoni y Barrett? ¿Tuvieron oportunidad de discutir y confrontar sus ideas políticas?

En el Museo de Puerto Bertoni también se guarda actualmente una maqueta que muestra una aldea rural, con casas y chacras ubicadas en círculos, en terrenos comunitarios y espacios compartidos. Es la representación gráfica del sueño de la sociedad igualitaria que Bertoni había dibujado. El sueño que le empujó a venir a América, que quiso construir en Misiones y que no renunciaba a hacerlo realidad alguna vez en el Alto Paraná, si la muerte no hubiese venido a buscarlo el 19 de setiembre de 1929, tras una larga dolencia de paludismo.

sábado, 8 de enero de 2011

La última revolución de Soledad Barrett


La revolucionaria nieta de Rafael Barrett peleó contra las dictaduras de Uruguay y Brasil. Fue asesinada en Recife, en 1973. El padre de su hijo no nacido la entregó. Una escuela de São Paulo y una calle de Río llevan su nombre.



Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Soledad Barrett y su compañera Pauline Reichstul vendían ropas en la boutique "Chica Boa", cuando cinco hombres ingresaron con violencia y se las llevaron a punta de pistolas. Fue la última vez que Sonja María Cavalcanti, la dueña de la tienda, las vio con vida.
Era un caluroso 8 de enero de 1973, en el barrio Boa Viagem de Recife, estado de Pernambuco. La dictadura militar brasileña devoraba vidas humanas y sueños de libertad.
Los secuestradores, que vestían de civil, eran agentes del DOPS (Delegacía de Ordem Política e Social), la policía dictatorial. Soledad quedó paralizada al reconocer a uno de ellos. "¡Você...! ¿Por qué...?", reclamó mientras la llevaban a rastras, sin fuerzas para luchar, según relata Sonja María.
"Era él...", admitió la dueña de la boutique ante la Justicia Brasileña, 24 años después, al reconocer la foto de "Daniel", (José Antonio dos Santos, "el cabo Anselmo"), quien en ese momento era amante de Soledad y padre del hijo que ella esperaba, embarazada de 4 meses.
Mucho después se sabría que "Daniel" era en realidad un doble agente de la dictadura brasileña, infiltrado en las filas de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), el movimiento guerrillero del legendario capitán Carlos Lamarca, del cual la paraguaya Soledad formaba parte.

UNA LARGA MARCHA. Soledad Barrett Viedma nació el 6 de enero de 1945 en Paraguay. Su padre fue Alejandro Rafael Barrett López, único hijo del gran escritor y líder anarquista español Rafael Barrett, quien llegó al país en 1904 y marcó a fuego las luchas sociales de toda una época.

"El nombre de Soledad reflejaba la ausencia de nuestro padre, perseguido por sus ideas políticas al igual que nuestro abuelo", relató su hermana Nanny Barrett.
Cuando Soledad tenía solo 3 meses, su familia tuvo que huir a la Argentina, donde pasaron cinco años de exilio. "Volvimos al Paraguay. Soledad, con su manera de ser tan dulce, despertaba adoración. Tenía una forma de hablar pausada. Era una criatura hermosa, de cabellos dorados y piel blanca", la describe Nanny.
Incapaz de huir de los genes revolucionarios de su abuelo y su padre, en su adolescencia Soledad empezó a militar en el grupo de los "gorriones", vinculados al Frente Juvenil-Estudiantil de Asunción y al FULNA, destaca Víctor Duré, en un ensayo sobre la rebelión de los años 50 y 60.
La represión dictatorial obligó nuevamente a la familia a emigrar, esta vez al Uruguay. "En Montevideo, dueña de una gracia especial para la danza folclórica y el canto, ella se convirtió en un símbolo de la juventud paraguaya. No había un acto de solidaridad en el que no fuera invitada a actuar", recuerda Nanny.

PRIMER SECUESTRO. El 1º de julio de 1962, cuando tenía 17 años de edad, Soledad fue secuestrada por miembros de un comando nazi uruguayo. Quisieron obligarla a que grite consignas: "¡Viva Hitler! ¡Abajo Fidel!", pero ella se negó. Con una navaja le dibujaron en los muslos una cruz svástica (signo del nazismo) y la dejaron tirada detrás del zoológico de Villa Dolores.

La joven paraguaya militaba ya activamente en los grupos revolucionarios y decidió viajar a Cuba, donde recibió entrenamiento guerrillero. Allí conoció al amor de su vida, el brasileño José María Ferreira de Araujo, con quien se casó y tuvo a su única hija sobreviviente, Naim.

EL FINAL. Eran años de dictadura y terror. También de lucha revolucionaria... y de amor. Soledad Barrett tenía 25 años de edad cuando perdió a su esposo, el brasileño José María Ferreira de Araujo.

Desde Cuba, José María volvió a Brasil en julio de 1970, para ayudar a consolidar la lucha armada. En setiembre de 1970 es capturado y asesinado por los militares. Sin saberlo, Soledad viaja a buscarlo, con su pequeña hija Naim, en 1971.
Al llegar y enterarse de la muerte de su marido, la paraguaya decide incorporarse activamente a la guerrilla brasileña, en su lucha por derrocar a la dictadura. La VPR la envía a Recife, junto a otros combatientes. Allí reencuentra a Anselmo, un antiguo militante amigo de su esposo, a quien había conocido en Cuba.
El "cabo Anselmo" era un militar que lideró la "revuelta de los marineros" en 1964, contra el Gobierno de João Goulart, y se había convertido en héroe para los guerrilleros. Pero la dictadura lo había captado como doble espía desde 1974 y tenía la misión de delatar a sus compañeros.
"Para no despertar sospechas, Anselmo necesitaba acercarse a alguien respetable y con un histórico de militancia impecable. La víctima ya había sido elegida: Soledad Barrett Viedma", relata la periodista brasileña Vanessa Gonçalves.
"El cabo se aproximó de la militante y pasó a vivir como su compañero. Soledad se embarazó de él, sin desconfiar de que era apenas un objeto para mantener la fachada de Antonio", agrega.
El 8 de enero de 1973 fue la "entrega". Junto a Soledad, fueron secuestrados: Pauline Reichstul, Eudaldo Gómez da Silva, Jarbas Pereira Márquez, José Manoel da Silva y Evaldo Luiz Ferreira.
Los cadáveres fueron hallados en una granja, en São Bento, municipio de Abre e Lima, cerca de Recife. La abogada Mercia Albuquerque inspecionó los cuerpos en la morgue y relata lo siguiente: "En un barril estaba Soledad Barret Viedma. Estaba desnuda y había mucha sangre en los muslos, en las piernas, y en el fondo del barril, donde se encontraba también un feto".
A pocos días de haber cumplido 28 años de edad, la revolucionaria nieta del gran Rafael Barret acabó su vida de manera violenta, traicionada por su propio amante y padre del hijo que llevaba en sus entrañas.

DESCONOCIDA EN EL PARAGUAY. En el barrio Jardim Adelfiore de São Paulo, Brasil, en el número 315 de la calle Tarcon, hay una escuela municipal denominada Soledad Barrett Viedma, donde los alumnos la recuerdan como "una luchadora paraguaya heroica, que dio su vida por la libertad".

También en Santa Cruz, Río de Janeiro, una calle lleva el nombre de la guerrillera que llegó para unirse a las filas de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), la legendaria guerrilla del capitán Carlos Lamarca.
En el Paraguay, el nombre de Soledad Barrett aún es ignorado para la gran mayoría de los habitantes, aunque su abuelo, Rafael Barrett, si resulta más conocido.
Quienes saben algo de la historia de Soledad, la han conocido a través de un poema escrito por el gran poeta uruguayo Mario Benedetti o el cantautor Daniel Viglietti, quienes conocieron personalmente a la paraguaya en Montevideo y le han rendido su homenaje artístico.
"Otra cosa aprendí junto a Soledad/ que la patria no es/ un solo lugar/ Cual el libertario abuelo del Paraguay/ creciendo buscó su senda y el Uruguay/ no olvida la marca de su pisada/ cuando busca el Norte/ el Norte Brasil/ para combatir...", canta Viglietti.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Preguntas en Navidad...



#Navidad

¿De qué sirve llenar la casa, los árboles, la ciudad entera de luces doradas y resplandecientes… cuando el alma permanece a oscuras?
¿De qué sirven tantos árboles de plástico importado y adornados con nieves de algodón, ni tantos muñecos barbudos ridículamente vestidos con abrigos de lana en medio de este calor infernal… cuando bastan "dos trocitos de madera" -como canta Maneco- para techar el mágico pesebre?
¿De qué sirve atropellarse en los shoppings y en los comercios buscando regalos y más regalos… cuando lo que de veras hace falta es un simple gesto verdaderamente solidario, una acción de caridad humana y cristiana que nazca desde lo profundo del corazón, para darle el real sentido a la Navidad?
¿De qué sirve gastar tanta plata en fiestas, manjares, bebidas, adornos, show, luces, música... si el niño Dios -cuyo cumpleaños celebramos- eligió todo lo contrario: nacer en un humilde establo de animales y vivir su vida en la mayor austeridad?
¿De qué sirve el infernal estruendo de las bombas y los petardos, el vértigo de la velocidad por las calles, el volumen de la cachaca o el reguetón al máximo… si todo eso no alcanza a llenar el vacío interior?
¿De qué sirve inundar internet o el correo postal con bellas y coloridas tarjetas navideñas, con esplendorosos mensajes que reproducen los mejores deseos en letra brillante… si todo lo que allí dice nunca lo ponemos en práctica?
¿De qué sirve regalar un pan dulce o una sidra en esta Navidad… si vamos a olvidarnos por el resto del año de quienes nada tienen para comer y para beber?
A pesar de todo, y porque a cada instante que transcurre se nos brinda la oportunidad de ser siempre mejores... ¡Feliz y solidaria Navidad, y un más constructivo Año Nuevo!

viernes, 22 de octubre de 2010

Ella no sabe a quien votar



Ella revuelve el café con una cucharita y se lleva la taza a los labios con un gesto de ansiedad. Afuera cae una tenue llovizna, las gotas de agua golpean contra el vidrio de la ventana. Siluetas humanas, rostros apurados y difusos cruzan fugazmente la vereda. El centro de Asunción se ha vuelto caótico y gris al atardecer, pero adentro hay una agradable atmósfera de calidez y melancolía.
–Y dale, che ra'a... ¿Qué me contestás…?
Ella tiene una mirada limpia y soñadora tras los cristales de sus anteojos. En su rostro fresco y sin maquillajes se dibuja una sonrisa tímida, todavía adolescente. Sus manos delgadas juegan con la servilleta de papel, inventando figuras etéreas, surrealistas.
Afuera, una anciana gesticula amenazadora frente a un taxista. Sus gritos no se oyen, pero se percibe toda la furia en la boca desencajada, en las manos que bailan con gestos enérgicos sobre la cabeza del chofer, como una película muda de Chaplin.
–No sé... –le digo–. Es complicado…
Ella baja los ojos, probablemente desilusionada. Quiere respuestas certeras y precisas, algo que me cuesta ofrecer en esta lluviosa tarde asuncena en que me ha citado en el Café Literario para pedirme que la ayude a despejar una duda existencial.
Ella es hija de una pareja amiga. Una encantadora chiquilla a la que conozco desde que su mamá la alimentaba con biberones ideológicos, cargándola en brazos a los festivales de protesta y a las manifestaciones políticas contra la dictadura. Ha heredado el idealismo marxista de sus padres, el culto a Guevara y a las canciones de Silvio y Serrat, aunque entremezclados con su pasión por el trash metal y el hip-hop, las novelas de Stephen King, los productos cibernéticos, y una contradictoria adoración al consumismo en los shoppings.
Ella tiene ahora 19 años. Va a votar por primera vez en las próximas elecciones, pero… no sabe a quién.
–Ndéra, na... Tenés que darme algún consejo...
Ella está convencida de que soy un tipo que conoce a fondo la realidad, alguien que tiene la película muy clara sobre el panorama político. Entre las páginas de su agenda guarda recortes de diario con viejos artículos míos, textos que hablan sobre la importancia de que los jóvenes se comprometan con el país y se metan de lleno a participar en la construcción de una nueva sociedad, esas candorosas líneas que uno ha ido escribiendo según pasan los años, sin pensar que de pronto podrían aparecer allí, sobre la mesa de un café en una tarde lluviosa, cual incómodas evidencias acusadoras.
–¿Y entonces, compa? ¿Me vas a decir algo...?
Ella ya ha dejado bien en claro que por los colorados no va a votar ni ka'úre. Sabe que, más allá de quien sea el candidato o la candidata, existe una estructura de poder que sostiene largas décadas de injusticia, corrupción, miseria e ignorancia. Pero dice que tampoco se siente motivada a darle su voto a una oposición que no acaba por convencerla, aun con el milagro de la unidad en la diversidad. Tampoco quiere que su voto se haga inútil votando en blanco, o por algunas de las tantas listas marginales y puramente testimoniales de candidatos que tienen mucha dignidad pero ninguna chance electoral.
–Así que... ¡porfi, plis, tirame un cable a tierra...! ¿Qué hago...?
Afuera llueve. Un mita'i descalzo y empapado recorre como un fantasma entre los autos atascados en el tráfico, pidiendo monedas ante las ventanillas cerradas que se resisten a abrirse.
Adentro, yo llamo al mozo y pido otro café.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Las zanahorias enamoradas



En realidad desconozco si se metieron así dentro de mi bolso en el momento en que pasé a realizar mis compras habituales en la Feria de los Hortigranjeros, frente a la Terminal de Ómnibus de Ciudad del Este.
Recuerdo que cuando el vendedor me pasó el mazo de zanahorias orgánicas no percibí nada extraño. Recién al llegar a casa, cuando fui sacando las frutas, las verduras, el queso y los huevos, y disponiendo todo sobre la mesa de la cocina, advertí el curioso fenómeno: las dos jóvenes zanahorias estaban fuertemente entrelazadas y no había forma de separarlas.
Sobre todo una de ellas se enroscaba alrededor de la otra, con un abrazo de boa constritora, y se negaba a soltarla.
No sé nada del sexo de las zanahorias. No sé si son héteros, o gays, o lesbianas… pero confieso que tanta pasión me deja admirado.
Por de pronto he renunciado a comérmelas en la ensalada. Me da no se qué destruir esa relación tan poco vegetal.
He optado por dejarlas allí, disfrutando de su momento íntimo en un fresco rincón del refrigerador.
Sé qué tarde o temprano se marchitarán sin remedio.
Para que no digan que estoy loco, y para preservarlas en el tiempo, les he tomado esta fotografía.
Ahora están allí… escucho ruidos sordos dentro de la heladera.
Temo que descongelen los cubitos y hagan hervir los vinos.
Pero bueno… que lo disfruten.

domingo, 29 de agosto de 2010

Sinfonía en verde y oro



Tarde de sábado. El vértigo del micro centro comercial de Ciudad del Este se apaga en un eco sordo contra el rumor del río. Los últimos sacoleiros apuran el paso con sus enormes bolsos, como si llevaran el peso de la vida a sus espaldas. En el paseo central de la avenida Nanawa casi Adrián Jara..., una suave lluvia de pétalos dorados cubre el negro asfalto, mientras la copa del Tajy sacude sus penachos al viento, en una explosión dorada que hiere la vista. Celebración anticipada de primavera. Madre Natura recordándonos que aún en medio de la más dura realidad, ella está allí para regalarnos su belleza, quizás sin pedir a cambio nada más que admirarla, valorarla… y protegerla.

viernes, 27 de agosto de 2010

Pesadilla en Paraguay Street



Ya te parece insoportable la sala llena y adentro la gente fumando. Así que levantás la mano y les pedís, por favor, si pueden apagar sus cigarrillos. ¡Existe una Ley que prohíbe fumar en lugares cerrados..!
Un coro de burlas y abucheos te responde. Alguien comenta que por suerte ya hay un proyecto legislativo para modificar esa norma discriminatoria contra los fumadores. Si los propios parlamentarios que hicieron esa misma Ley son fotografiados fumando en la sala del Congreso, ¿por qué otros tendrían que respetarla...?
Sofocado y vencido, salís a la calle en busca de aire puro. Te parás en una céntrica esquina de la ciudad y aspirás profundamente, con tus fosas nasales, ansiando inundar tus pulmones con la brisa mañanera… cuando justo pasa a tu lado un viejo y destartalado ómnibus del transporte público, que te arroja a la cara su tóxico humo negro de monóxido de carbono. ¡Cof… cof… cof…!
Desesperado, retirás el auto del estacionamiento y ponés proa rumbo al Sur, iniciando una alucinada fuga hacia el campo, en busca de la tierra roja, del paisaje verde, del cielo azul. Pero a medida en que dejás atrás la jungla de cemento, sentís que te vas internando en escenas de la película Apocalipse Now
Campos y bosques en llamas. Desiertos de carbón detrás del humo y la bruma. Restos de árboles agonizantes que extienden sus muñones hacia el cielo. Altas murallas de fuego a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos. 
El Sol es apenas un tímido disco rojo detrás de la cortina negra.
Mientras atravesás ese territorio de pesadilla, una voz informa en la radio que se registraron más de 1.700 focos de incendios en todo el territorio nacional.¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente? 
¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales...? 
-¡Arde, Paraguay, arde...!
Hasta que, al cabo de interminable kilómetros y soledades, aparece detrás del parabrisas un horizonte brillante y verde como la esperanza. 
¡Al fin…!
Frenético, parás el vehículo al costado del camino y te bajás presuroso, dispuesto a disfrutar de ese regalo de la naturaleza.
Pero… ¿qué te sucede? 
¿Qué es esa sensación picante que te golpea la nariz y te quema la garganta?
¡Claro…! ¿Cómo ibas a darte cuenta, justamente vos, nerd bicho de ciudad... que toda esa interminable llanura verde no es otra cosa que un mecanizado campo de soja transgénica... al que acaban de darle varias pasadas de herbicida con glifosato…?

martes, 10 de agosto de 2010

Memo


A: Todos los niños (incluso a los que simulan ser adultos).
DE: Un niño que se niega a crecer
ASUNTO: Invitación a jugar
FECHA: 16 de agosto

¡Dale compi…! ¡Vengan si que todos…! Vamos a arremangarnos la ropa y a hincarnos en la arena, a ver quién tiene más pulso con la balita joyo, o quien hace más tantos con la tikichuela.
¡Vengan…! Vamos a dibujar con un palito el mapa del paraíso y del infierno sobre la tierra dura, a ver quien llega primero… pise pisado con un solo pie. ¡No chamigo, eso es demasiado kaigue, mejor jugamos a la pelota muerta! Naombré, vos sos demadiado kuña’i, te pichás y llevás tu pelota. ¡Así no da gusto!
¡Vengan si que…! Vamos a jugar al tuka’e. Los nenes con las nenas. Mimicha se queda en el tambo, pero no vale esconderse de a dos y aprovechar para otra cosa, porque si no el juego no se termina nunca, y la tía Roberta ya nos está esperando para ir a merendar.
Vengan… No se hagan los kulí, no sean je japó. Sáquense por un rato la corbata y el traje gris, arremánguense bien esa blusa fashion, apaguen su celular y su notebook. Dejen que el aire se inunde de risas infantiles, que suban y vuelen alto como las pandorgas hecha de papel de seda y kapi’i pororó, bailando libres bajo el Sol.
Dejen que el mundo y la vida vuelvan a ser otra vez niños o niñas, aunque sea por un fugaz instante. Quizás redescubramos entonces que la alegría sabe a helado de chocolate, a correr descalzos por el barro, a robarle un beso a la vecinita de trenzas, a invertir el vuelto del almacén en tráfico de caramelos, a saber que éramos tan felices al punto de entonces ignorarlo.

martes, 27 de julio de 2010

Los hijos de la tierra


Brotan como hormigas desde el interior de los precarios ranchos de carpa y madera. Basta que un vehículo extraño se detenga al borde de la carretera para que ellos se acerquen en bandadas, movidos por la infantil curiosidad, a treparse sin prejuicios por todos los rincones de la camioneta, apoderándose sin escrúpulos de todo lo que encuentran.
Cuesta mucho definirles la edad. Algunos apenas empiezan a caminar, pero ya parece que cargaran muchos años encima, quizás siglos. La sonrisa inocente ya está marcada por el rictus amargo de la desdicha. Niños convertidos en ancianos desde mucho antes de nacer.
Casi todos andan descalzos y semidesnudos. La piel dura y cuarteada, confundida con el color de la tierra, como si ya fueran parte de ella. Como sin en realidad hubieran sido engendrados no por esas parejas desgarradas que se aman en silencio durante las noches, al calor de las fogatas, o en los encuentros furtivos en medio del follaje, sino por el rojo suelo de la chacra huérfana de semillas.
Son los hijos de la tierra.
Los innumerable mita’i de los múltiples asentamientos campesinos, en toda la conflictiva geografía rural.
A los campesinos quizás les falten tierras, o desarrollo, o futuro..., pero les sobran niños.
–Ape ndo ro guerekoi televisión–, dicen, con una sonrisa pícara, para explicar lo inexplicable.
No hay televisión en las noches, como tampoco hay un techo digno, una alimentación adecuada, una educación como la gente, una asistencia sanitaria básica... ¡y tantas otras cosas!
No lo hay. Por eso se hace el amor casi con desesperación entre el fragor de las invasiones de tierra, entre las movilizaciones de resistencia colectiva y el miedo al desalojo violento, entre las marchas y las asambleas, entre las farras cachaqueras y las mingas.
Por eso, los hijos de la tierra no paran de nacer.
Están allí, a la entrada de cada asentamiento, al borde los caminos polvorientos, con sus sonrisas congeladas, sus juegos primitivos. Están allí, con sus caritas color de tierra y sus miradas que interrogan al futuro.

sábado, 24 de julio de 2010

La Luna sobre el Este


Esta es otra foto de la Luna, tomada hace unos instantes de este anochecer de sábado, desde el balcón de mi apartamento, en Ciudad del Este. Es una foto parecida a la que le tomé hace unos meses en Concepción (¿se acuerdan?). Pero no es igual. Y, por supuesto, muy diferente a aquella naciente Luna con sonrisa que les mostré hace dos semanas en el Facebook, desde Asunción.
Aunque la Luna es siempre la misma, es también distinta, o uno es distinto según el momento en que la mira.
Uno va devorando caminos en esta vida y siente que la Luna va con él.
Cuando uno ya no esté, la Luna seguirá estando.
Parafraseando a la bella canción de Kevin Johansen sobre Porto Alegre, esta vez no sé si es la Luna la que está sobre Ciudad del Este, o es Ciudad del Este la que está sobre la Luna.
Solo sé que es linda, y eterna, y blanca, y radiante… y hace bien deleitarse al mirarla.

viernes, 28 de mayo de 2010

¿Adonde van las carretas?


¿Adónde van esas carretas lánguidas y cansinas, con sus bueyes impasibles, avanzando apenas por el borde de los caminos?
¿Van acaso hacia el futuro?
¿Habrá lugar para su materia casi prehistórica en el horizonte cibernético?
¿O acaso regresan ya hacia el pasado, huyendo de un tiempo de vértigo y velocidad, para hundirse irremediablemente en el olvido?
Las carretas forman parte de las calles polvorientas de esos desolados pueblos del sur. O de los caminos desangrados de tierra roja, abiertos como venas en medio de las verdes campiñas. Se deslizan suavemente por la llanura, como embarcaciones terrestres que navegan contra el tiempo.
Algunas llevan cargas, bolsas llenas de carbón o mandioca, mazorcas de maíz, cajas de naranjas doradas o cachos de banana. Otras transportan familias enteras, cobijadas bajo sus toldos de vacapí, niños tumbados sobre colchones y ovecha-piré, algún brasero humeante en donde hierve una olla ennegrecida, mientras un perro esquelético les ladra a las mariposas entre el hueco de las ruedas. Es el “rancho que camina”, como la definió certeramente un poeta popular.
Desde el aséptico interior de un automóvil climatizado, a más de cien kilómetros por hora, uno los ve pasar, en el destello de un cruce fugaz. El carretero fantasmal, de inevitable sombrero pirí, saluda con entusiasmo detrás de la nube de polvareda. Tiene un pértigo de takuara entre las manos y pareciera que lleva toda una eternidad sentado en el pescante.
En un tiempo marcado por la velocidad alucinada del progreso, uno podría decir que las carretas constituyen un signo del atraso. Pero uno también podría preguntarse, en realidad, adónde vamos nosotros, con todas nuestras locas carreras que muchas veces no conducen a ninguna parte, que son simplemente saltos de vértigo en el vacío, mientras lo más esencial de nuestra identidad y nuestra memoria viaja en esas antiguas carretas que, en forma lenta pero segura, van hundiendo sus ruedas en la tierra, dejando una huella profunda y perdurable, en un recorrido que ya tiene sabor a eternidad.

lunes, 3 de mayo de 2010

Botti se fue a hacer reir a los ángeles


El padre del humor gráfico en Paraguay guardó ayer para siempre su lápiz crítico e irreverente. Fiorello Botti, el dibujante y caricaturista que desde la aparición del primer ejemplar de Última Hora, en octubre de 1973, incorporó para siempre el chiste político en la portada de un diario, en plena dictadura, falleció ayer en Asunción.
Tenía el trazo fácil, el ingenio siempre filoso, la habilidad de burlarse de todo y de jugar con las palabras para construir frases mordaces y de doble sentido, en un lenguaje simple y popular. Para dibujar le bastaba un trozo de cartulina blanca y una birome bic negra, de esas que se compran en cualquier almacén.
Era cascarrabias y gruñón, como buen descendiente de italianos. “Hay que mostrar que estos hijos de su madre son unos payasos, si la gente se ríe de ellos, nadie más les va a tener miedo”, exclamaba con su vozarrón de duende travieso, mientras dibujaba políticos que discurseaban mientras se les hundía el escenario, militares que iban regando medallas en camino al inodoro, señoras de alta sociedad que resbalaban sobre los pisos de mármol.
Nunca estudió dibujo ni carrera alguna, y se presentaba con orgullo como “un ilustrador autodidacta”. Alguna vez contó que aún siendo bebé su mamá le regaló un lápiz para que deje de llorar, y cuando ella se dio vuelta, el niño ya le había dibujado su caricatura.

DESAFIANDO AL PODER. Empezó a publicar sus primeros dibujos en los años 60, en la legendaria revista “Ñandé”, donde mensualmente publicaba una página de viñetas con personajes tomados de la calle, en donde empezó sus primeras incursiones en el humor político, caricaturizando a funcionarios de la dictadura stronista.
Cuando su gran amigo, el periodista Isaac Kostianovsky, sacó a la calle el vespertino Última Hora, lo invitó a sumarse al plantel. “¿Te animás a dibujar un chiste todos los días, en la tapa del diario?”, le preguntó Kostia. “Con una condición, si me llevan preso, vos te vas conmigo”, dijo haberle respondido Botti.
Desde entonces, durante dos décadas, encendió diariamente una sonrisa en el rostro de los lectores, con una viñeta insertada en la portada, y otra en la página editorial, además de páginas enteras de chistes gráficos en las revistas de fin de semana, páginas de deportes y suplementos especiales. Varios de sus dibujos fueron publicados en libros. Realizó numerosas exposiciones, y recibió múltiples premios, entre ellos el homenaje como “Maestro del Humorismo Gráfico Paraguayo” que le rindieron sus discípulos como Nico, Caló, Goiriz, Casartelli, Yor, Melki, Enzo y otros en Chake!, la primera Muestra del Humor Gráfico y la Historieta en Paraguay.
Desde ayer, Fiorello Botti ya dibuja entre las nubes y seguramente estará haciendo morir de risa a los ángeles.

viernes, 16 de abril de 2010

Las fotos de René González en Haití: La belleza en medio del horror.


Sentada sobre restos de bloques de cemento y recostada cómodamente contra un auto sepultado entre los escombros, en medio de las ruinas del terremoto en Haití, hay una mujer desnuda leyendo un libro.
Una camisa sucia y arrugada cubre apenas una parte de su piel oscura y brillante, esplendorosamente bella. Cerca de ella, sobrevivientes desesperados deambulan buscando refugio, socorro, y alimentos, entre el aullido de la sirenas. Abstraída del caos que bulle a su alrededor, la mujer desnuda lee, sin percibir que ese instante surrealista le sobrevivirá en el tiempo, a través de la mirada de un fotógrafo sediento de luz, que ha llegado desde el corazón de la América del Sur.
Desde el primer momento en que supo que un equipo de socorristas paraguayos viajaría a ayudar en el rescate de las víctimas de la gran catástrofe, René González se impuso la obsesiva misión de golpear puertas hasta ganarse un lugar en el vuelo rumbo al sufrido país caribeño. Fue el único corresponsal paraguayo en esa expedición humanitaria: un voluntarioso intruso dispuesto a descender, como el poeta Dante, a los círculos del infierno.
El sabía muy bien a lo que iba. Mientras los rescatistas compatriotas iban convencidos de ofrecer los mejor de sus heroicos esfuerzos y conocimientos para ayudar a salvar vidas y restañar las muchas heridas de un pueblo en desgracia, René tenía muy claro que su función llegaba mas allá, a través del ojo digital de su cámara explorando los insólitos momentos de luz y de belleza que anidan en medio del horror, y que convertidos en fugaces destellos permiten guardar la memoria de un tiempo cruel y despiadado, pero sobre todo de revelar la grandiosa voluntad y fortaleza humana, capaz de enfrentar y superar aún lo más terrible.

La verdad oculta que sale a la luz.

Un niño mira al cielo parado al lado de un balde de bananas verdes y machucadas, sucias de polvareda. Hay pies con muletas caminando junto a otros pies que los guían, y sus sombras alargadas sobre la tierra reseca diseñan la mejor metáfora de la solidaridad. Una mano vierte el contenido de una botella de agua sobre un anciano tendido en el suelo, cuya boca se aferra a la boca de la botella como si fuera la teta de una madre insuflando la vida. Un ómnibus del transporte público haitiano se abre paso entre las ruinas, y en los colores pintados en su carrocería estalla la alegría del arte popular. Una beba mira protegida entre las piernas llenas de cicatrices de su madre y en esa mirada se encierra toda la ternura, toda la resistencia, toda la esperanza…
Hace algún tiempo, cuando participamos juntos en un curso para Corresponsales de Guerra con los Cascos Azules de Naciones Unidas, se nos impuso un dilema ético: ante un cuadro de grave atentado criminal, ¿un periodista debe registrar el hecho o rescatar a los heridos? Si guardaba su cámara para ponerse a salvar vidas, cumplía un rol humanitario, pero incumplía su misión de testimoniar e informar acerca de un hecho importante.
La duda se despejó en pocos minutos, cuando nos vimos inmersos en medio de un ataque simulado con bombas de humo, disparos y explosiones, mientras varios compañeros tirados en el suelo gritaban clamando auxilio. Allí vi a René apostado tras unos escombros disparando su cámara. Y apenas supo que ya tenía buenas y suficientes fotos aseguradas, la guardó y corrió a ayudar, hasta evacuar a todos los heridos.
No sé como habrá sido estar en Haití, pero estoy seguro de que René no se habrá quedado con los brazos cruzados mientras sus compañeros de grupo ayudaban a la gente. Aunque él sabía que su principal aporte no estaba allí, sino aquí, en estas imágenes que hablan del dolor, pero que por sobre todo hablan de la solidaridad sin fronteras, de la belleza en medio del horror, de la verdad oculta que sale a la luz a través del arte fotográfico, de la memoria preservada en cada cuadro de eternidad.
¡Haití vive… y las fotos de René González dan cuenta de ello!

(Texto para la Exposición de Fotografías "Imágenes de Haití", de René González, en el Centro Cultural El Cabildo, desde el viernes 16 de abril hasta el miércoles 5 de mayo)

miércoles, 31 de marzo de 2010

El otro Viacrucis


La procesión emergió en una esquina de la plaza, envuelta en nubes de polvo y tristeza.
Anastasio Melgarejo la vio a través del pequeño agujero en la pared del calabozo y sintió que la multitud de penitentes le estaba devolviendo como en un espejo deformado la imagen de su propia tragedia.
Vio al barbudo campesino que hacía de Jesucristo avanzar tambaleante frente a la multitud, con su túnica de sábana manchada y su corona de ñuati curusu, empujado por los toscos muchachitos vestidos como antiguos legionarios romanos, con lanzas de madera y cartón. Vio a las viejas de largo y pesado vestido negro, con velas y rosarios en las manos. Vio a los estacioneros con sus candiles encendidos y el cántico lúgubre flotando en la tarde.
Un alarido de dolor resonó en el fondo de la comisaría y Anastasio cerró los ojos, estremecido.
–Pobre Martínez... –dijo una voz a su lado–. Ya estará medio muerto.
–Después nos va a tocar a nosotros... –dijo otra voz, ahogada por un sollozo.
Los demás campesinos estaban sentados en el piso de tierra húmeda, recostados contra la pared. No había un solo mueble en la pequeña habitación. Solo la puerta cerrada y el pequeño agujero por donde Anastasio veía acercarse la procesión del viernes doloroso.
–Y esa gente allí afuera, celebrando la Semana Santa, como si nada estuviera pasando.
–Nde, Melgarejo –preguntó álguien–, ¿le ves piko al pa’i José en la procesión?
–No, no le veo. Ha de estar en la Iglesia ya, preparando el tupaitú.
–A lo mejor él viene a ayudarnos. A él siempre le pareció bien nuestra idea de formar las Ligas Agrarias...
–Pero nunca dijo nada en público. Y menos va a hablar ahora que nos cayó encima la represión.
–¡Shsst, cállense...! –pidió Anastasio.
El canto quejumbroso de los estacioneros ahora estaba allí, casi pegado a la pared. El campesino barbudo que hacía de Cristo estaba pasando muy cerca, cuando repentinamente se detuvo y extendió la mano hacia el hueco del calabozo. Anastasio sintió un nudo en la garganta. Le pareció que el otro quería decirle algo, pero los jóvenes disfrazados de romanos lo empujaron con fuerza y lo obligaron a continuar la marcha. El barbudo giró la cabeza varias veces, angustiado, buscando con la vista los ojos de Anastasio, hasta que la procesión dobló la esquina y se perdió de vista.
En ese instante se abrió la puerta del calabozo.
Dos soldaditos metieron el cuerpo inerte de Leoncio Martínez y lo dejaron caer de bruces sobre el piso.
–¡Melgarejo, nde ha...! –ordenaron.
Anastasio avanzó hacia la puerta. Los demás campesinos bajaron la cabeza para no tener que mirarlo a los ojos. Los soldaditos lo aferraron del brazo y se lo llevaron a través de un largo corredor.
De pronto, Anastasio se dio vuelta y los miró con sorpresa.
El tradicional uniforme color caqui de la policía había desaparecido y ahora los soldaditos iban vestidos con túnicas de legionarios romanos, con cascos en vez de birretes y lanzas en lugar de fusiles.
Lo condujeron hasta el patio del fondo y le ataron los brazos con alambres al travesaño de un horcón.
Anastasio no pudo evitar una sonrisa irónica al percibir que los maderos formaban la perfecta figura de una cruz.


* * *

El pa'i José estaba solo en la sacristía, quitándose los ornamentos de la celebración litúrgica que acababa de concluir, cuando sintió la oscura sombra parada en la puerta.
–¿En qué le puedo servir, comisario? –preguntó, sin necesidad de mirar al visitante para saber de quién se trataba.
–Usted ha metido la pata, pa’i. No debió decir las cosas que dijo en el sermón... Esas cosas no ayudan. –dijo la silueta uniformada, con voz seca.
–Lo dicho, dicho está... –respondió el sacerdote, mientras doblaba la estola de color púrpura.
–Ya le avisé muchas veces, pa’i. Le dije bien que no se meta en política. No tenía por qué mezclar el viacrucis de la Semana Santa con el tema de estos campesinos comunistas que acabamos de agarrar.
–¿Mezclar...? –se indignó el sacerdote, encarando esta vez con firmeza al uniformado–. Usted no entiende nada, comisario. El verdadero viacrucis no es este ritual vacío que usted acaba de presenciar en el templo. ¡El verdadero viacrucis es el que están padeciendo ahora los campesinos en su comisaría, por el único delito de querer ser libres!
–Muy bien... eso es lo que quería escuchar, pa’i –dijo con mucha calma el comisario–. Entonces, ahora también usted podrá conocer personalmente ese viacrucis.
Otras siluetas aparecieron en la puerta. A un gesto del comisario, entraron y rodearon al sacerdote. El pa’i José se dejó llevar sin reclamar. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que una inmensa paz inundaba su alma. Quizás por eso no le causó ninguna sorpresa que, al salir a la luz mortecina del atardecer del Viernes Santo, se diera cuenta de que los soldaditos de la comisaría iban vestidos como antiguos legionarios romanos.

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(De El Principito en la Plaza Uruguaya – Relatos, Andrés Colmán Gutiérrez, Editorial Servilibro, Asunción 2007).



lunes, 29 de marzo de 2010

Descubre Tañarandy



Cae la noche y se encienden las fogatas. Quince mil candiles de apepu esparcidos en el suelo convierten el Yvaga Rape en un camino llameante.
La multitud avanza, flotando en el quejumbroso canto de los estacioneros, noche adentro, país adentro, al encuentro de una identidad cultural más antigua que la memoria.
Fuego en las manos. Encender la vida, encender la memoria, encender la esperanza. Aún a riesgo de quemarse, de abrazarse con el resplandor de una cultura que mezcla culturas, barroco efímero y sustancial.
El apepu rendy. Una cáscara de naranja cortada a la mitad, vaciada, rellenada de sebo de vela y pavilo de tela. Es todo lo que se requiere para encender la magia e iluminar los pasos a una experiencia increíble.
Semana Santa Yma Guare. El canto de los estacioneros, como la luz del candil, llega desde una época primitiva y esencial, que se resiste a morir, y que se potencia con las maravillas de Internet y la imagen digital.
Yvaga rape. Camino al cielo. O quizás el cielo esté en la tierra, y sea la maravilla que manos humanas pueden construir con sensibilidad artística. Es como caminar entre las estrellas. Una sensación que no tiene nombre.
Al final de la procesión, en el Anfiteatro al aire Libre de la Fundación La Barraca, el gran artista plástico Koki Ruiz, impulsor de la intervención artística y el rescate de las tradiciones culturales de la comunidad desde hace 18 años, al frente de un elenco de músicos, bailarines, actores y creadores campesinos, sorprenderá de nuevo con un show impagable de lo que el denomina “El Barroco Efimero”: música, teatro, danza, religión, efectos especiales. Cuadros pictóricos clásicos del Arte Universal y el Arte Jesuítico de las Reducciones, recreados en vivos por pobladores locales.
Este Viernes Santo, 2 de abril, al caer la tarde, la pequeña comunidad rural de Tañarandy (en las afueras de San Ignacio, Misiones; a 226 kilómetros al Sur de Asunción, sobre la ruta 1), te espera para compartir una experiencia inolvidable. ¡No te lo pierdas!

domingo, 28 de marzo de 2010

Los rostros del Paraguay olvidado



Hay algo en esos rostros curtidos por el color de la tierra, como si ya fueran parte de ella.

Hay algo en esas miradas cándidas, tristes, melancólicas, de los niños y de las niñas. En esas miradas duras, sufridas y combatientes, de las mujeres del campo. Todas esas miradas tienen algo que duele, algo que emociona, algo que interpela.

Han llegado otra vez, marchando desde muy lejos, con sus reclamos que se reiteran desde hace 17 años, en cada marzo húmedo y otoñal.

Han llegado desde sus verdes valles desolados, pueblos y comunidades rurales que siguen esperando en medio de la soledad y el olvido, a merced de las mismas miserias e injusticias seculares, que no cambian por más que cambien los Gobiernos o los colores partidarios.

Han llegado desde la profundidad de una historia repetida, desde el corazón de una memoria desgarrada, que tercamente insiste en rescatar sus antiguas utopías sobrevivientes.

Han llegado con sus zapatos gastados, sus banderas descoloridas, sus toscas pancartas de tela que insisten en pedir la reforma agraria y varios otros reclamos, con visibles faltas de ortografía.

Han llegado como forasteros en tierra extraña, como intrusos en la jungla de asfalto y cemento, esta vez en número mucho más reducido presuntamente por culpa de la lluvia, aunque quizás más por el cansancio de tantos años de venir y volver con las manos vacías, escuchando las mismas excusas y las mismas promesas de siempre.

“Ndaipori mba’evete la ypyahúva (no hay nada nuevo), son los mismos discursos de siempre”, sintetizó el dirigente de la Federación Nacional Campesina, Odilón Espínola, tras la audiencia con el presidente de la República, Fernando Lugo.

Fue triste verlos subir a la carrocería de los camiones para emprender el regreso. Pero no se iban vencidos. No había derrota ni frustración en sus miradas. Quizás apenas la comprobación de algo que ya esperaban: que el cambio no llegará tan fácil, y mucho menos será el legado de una clase política que continúa sorda e indiferente al clamor del Paraguay más olvidado, el verdadero país del interior. El cambio habrá que c0nstruirlo desde abajo, día a día, con movilización ciudadana, con solidaridad activa, con organización y trabajo.

Esta vez la marcha campesina tuvo un rostro predominantemente de mujeres y de niños. Miradas infantiles pero ya contagiadas de realismo. Miradas que duelen, miradas que conmueven, miradas que interrogan, miradas que convocan.

(Foto: Fernando Calistro, Última Hora).

martes, 2 de marzo de 2010

Otra vez marzo



Otra vez marzo
como una herida abierta
en el corazón de la patria.

Otra vez marzo
como una incómoda sucesión de preguntas
sin respuestas.

Un hiriente filo de cuchillo
que nos divide en dos aguas.

Una historia tan inmensa
tan trágica
tan dolorosa
tan heroica y sublime a la vez
que nos convierte a todos
en defensores o cómplices
en patriotas o idiotas útiles
pero que no nos permite el lujo de la indiferencia o la ignorancia.

Otra vez marzo
con la soledad y el silencio
en la vieja e histórica plaza.

¡Qué solos y abandonados
se han quedado nuestros héroes y mártires…!

Silencio estruendoso
poblado de los ecos multitudinarios
de aquel 1999.

Caras pintadas
banderas al viento
consignas y música en el aire.

Patria queriiiida…. somos tu esperaaaanza...¡Vienen los cascos azules…! ¡Agárrense de las manos, no se suelten…!
robusto el cueeeerpo… la frente siempre erguiiiida...
¡De aquí no se mueve nadie…!
Padre nuestro que estás en el cielo...
¡Cuidado... están disparando desde arriba!
Santa María madre de Dios...
¡Al piso, al piso... todos al piso...!
serán allaaá… nuestros pechos las muraaaallas...
¿Cuántos... cuántos muertos y heridos?
¡Hijos de putas...!
que detendraaaán…. las afrentas a tu seeeer...
¡Soy paraguayo, carajo...!

Otra vez marzo
como el mejor espejo
de nuestras grandezas y miserias.

Dos décadas no son nada
pero también una eternidad.

Dos décadas de traición.
"¡Venganza no, justicia sí...!"
¡Ja...! Ni venganza, ni justicia.
Dos décadas de farsas jurídicas.
Dos décadas de impunidad.

Dos décadas
de ver a los autoproclamados paladines de la democracia
los oportunistas que se montaron sobre el triunfo ciudadano
y la sangre de los mártires
abrazándose a los mismos asesinos
robando con premeditación y alevosía
no solo las escasas riquezas del país
sino también lo más valioso:
las últimas y mejores esperanzas
de la ciudadanía.

Otra vez marzo.

Silencio
herida
pregunta
grandeza
soledad
heroísmo
iniquidad
traición.

¡No importa…!

Dos décadas no son nada
pero también una eternidad.

Nadie apagará el eco ensordecedor de la plaza.

Nadie podrá borrar
los nombres queridos

Henry
Manfred
Víctor Hugo
José Miguel
Armando
Cristóbal
Tomás
Arnaldo


grabados a fuego
sobre una cruz de madera.

Descansen en paz, hermanos.

Es otra vez marzo
y no faltarán velas encendidas
flores
plegarias
lágrimas
canciones
sonrisas
sueños resucitados
voces nuevas
empeñadas en construir
el país que ustedes amaron tanto
tanto
tanto
hasta dar la vida.

lunes, 1 de marzo de 2010

Mis héroes favoritos


¿Así que hoy es el Día de los Héroes? ¿Ah sí? ¿Y quiénes son los héroes? ¿Esos seres de bronce o de mármol que con la espada en la mano hacen pruebas de equilibrio sobre caballos encabritados en el centro de una plaza o en algún cruce de avenidas? ¿Esos que a la hora de morir pronunciaban largos e interminables discursos, como si el enemigo fuese a esperar que hagan sus legados para la posteridad, antes de coserlos a lanzazos o a balazos?
Los héroes tienen poco de heroicos cuando no exhiben ninguna mancha en el uniforme, ninguna debilidad en el carácter, ninguna grosería o vulgaridad en el solemne vocabulario. Y menos aún cuando detrás de sus actos magnificados por la historia se esconden crímenes horrendos y barbaridades sin nombre.
Mis héroes favoritos no son esos. Mis héroes son otros. Humildes anónimos y cotidianos, que quizás nunca tendrán estatuas, ni recibirán discursos, ni figurarán en los libros de historia.
Entre mis héroes favoritos hay un joven maestro que recorre diez kilómetros a pie, todos los días, para llegar hasta una pequeña escuelita en la colonia Yasy Cañy, Canindeyú, para enseñar a una treintena de alumnitos y alumnitas la lección que no está escrita en ningún manual escolar.
Entre mis héroes favoritos hay una mujer, dueña de una hamburguesería en la ciudad de Hernandarias, que todos los días recibe a decenas de niños y niñas de un barrio marginal y les prepara una nutritiva merienda. A ella no le sobra el dinero, pero sí la generosidad y la alegría.
Entre mis héroes favoritos está el sufrido trabajador que con un mísero sueldo consigue alimentar, educar, curar, mantener a su familia. Los campesinos que se desloman en los campos de algodón. Las mujeres que llegan a la madrugada cargando pesadas bolsas sobre la espalda para tratar de vender algo en el mercado. Los pueblos indígenas que se aferran tercamente a su cultura solidaria y a sus valores de amor a la naturaleza.
Y ya que estamos en marzo y hablamos de héroes, entre mis héroes favoritos están esos chicos y esas chicas que hace casi once años se congregaron en la plaza del Congreso cuando creían que la patria estaba en peligro, y no dudaron en enfrentar con piedras y palos a los francotiradores asesinos, al punto de dar su vida por sus ideales.