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lunes, 13 de abril de 2020

#QuedateEnTuCasa con hambre



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Ella estaba allí, deambulando solitaria por la plaza desierta frente a la Basílica de Caacupé cerrada y silenciosa. Arrastraba dos bolsas de náilon cargadas de latitas vacías de cerveza y gaseosa que había logrado juntar tras recorrer toda la mañana por la ciudad desolada, las que luego iba a ofertar a un reciclador mayorista, a cambio de unos escasos billetes para comprar alimentos.

Ella lleva casi un mes desde que se le canceló súbitamente el oficio cotidiano que ejercía desde hace 24 años: vender velas de color azul a los miles de creyentes que llegaban hasta el Santuario de la Virgencita Serrana, pero ahora ya nadie viene, no hay velas que vender, no hay dinero para comprar comida.

Ña Norma tiene 55 años, vive sola con cuatro nietos que han quedado a su cargo. Ella tiene miedo de salir a la calle ante el temor de contagiarse con el coronavirus, pero tiene mucho más temor de que si no sale a rebuscarse para el sustento, sus nietos mueran de hambre.

Ella nos contó su historia con ojos humedecidos por encima del tapabocas que le regalamos para protegerse, en medio del inusual paisaje casi apocalíptico de la Basílica abandonada en la ciudad de Caacupé, en vísperas del último Domingo de Ramos. Es la historia de muchos hombres y mujeres compatriotas, pobres de pobreza casi extrema, que despertaron una mañana en un mundo que les cierra sus puertas y les expulsa de sus lugares de informal sobrevivencia laboral, porque un virus mortífero extiende sus alas negras.

#QuedateEnTuCasa #EpytaNdeRógape. Los mensajes repiquetean como una orden imperativa. Es fácil decirlo cuando uno tiene una casa mínimamente cómoda en donde refugiarse, una heladera relativamente cargada, algo de dinero en la billetera, un auto en qué movilizarse hasta la despensa o el supermercado más cercano. ¿Cómo decirle #EpytaNdeRógape a Ña Norma y a tantos que solo tienen como refugio una choza de cartón o madera terciada al borde de una zanja, un ranchito de paja en medio del campo, un lecho de cajas viejas junto a un portal, un duro banco de madera en una plaza? ¿Cómo recriminarles por “la inconsciencia de violar la cuarentena” a quienes siempre han sobrevivido en sus propias cuarentenas de exclusión social, que no duran solo 14 días o un mes, sino a veces toda una vida?

Lo primero que le preguntamos a Ña Norma fue si no se había anotado para recibir ayuda del programa gubernamental Ñangareko, creado para asistir a los pobres en esta emergencia. Entonces ella nos contó sus largas vicisitudes para tratar de inscribirse, la imposibilidad de acceder desde un precario teléfono móvil ante páginas colapsadas, la recurrencia a oficinas municipales para buscar ayuda y el drama de encontrarse con largas colas de otros tantos hombres y mujeres también desesperados, a quienes se les daba la misma respuesta: aquí no hay nada, acudan a la Secretaría Nacional de Emergencia.

Esta es la cara más triste y dolorosa de esta crisis. La comprobación palpable de que hemos seguido sosteniendo un país tan injusto y desigual, en donde hay funcionarios estatales, directivos de entidades binacionales que ganan sueldos de más de cien millones de guaraníes, mientras 1.700.000 personas apenas tienen para la canasta básica y otros 340.000 compatriotas viven en extrema pobreza. ¿Cómo pretender que hoy, privados a la fuerza de sus “estrategias de sobrevivencia”, puedan sobrevivir todo un mes con 500.000 guaraníes de una ayuda estatal que ni siquiera les llega?

Este es el modelo de estructura del Estado que ya no debemos tolerar. Hay que movilizarse y transformarlo con urgencia, echando de sus lugares de privilegio a todos los corruptos y bandidos. La crisis del Covid-19 nos permite esta opción que no debemos desaprovechar. Mientras tanto, multipliquemos las ollas populares y las acciones de solidaridad para ayudar a quienes deben quedarse en casa con las ollas vacías.


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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 11 de abril de 2020.

(Fotografía: Desirée Esquivel).

jueves, 28 de marzo de 2019

Mamá Coraje



Gladys Bernal viuda de Díaz, más conocida como Ña Gladys, Mamá Gladys o Mamá Coraje, no tiene miedo.
Y si acaso lo tiene, lo disimula bien.
–¡Ese tirano del general Lino Oviedo fue el que mandó asesinar a nuestros hijos, pero nunca pagó por eso…! ¡Se murió sin que la Justicia le haga pagar su crimen! ¡A veinte años del Marzo Paraguayo solo nos queda una tremenda impunidad, por causa de una Justicia corrupta, cómplice de los asesinos!–, exclama ella, parada en medio de la Plaza de Armas, junto a la cruz de los mártires, frente al viejo Cabildo de Asunción, ahora poblado otra vez de manifestantes campesinos e indígenas.
Precisamente, por hacer este tipo de acusaciones sin filtros, los abogados del difunto general Lino Oviedo habían querellado a Ña Gladys y a los demás familiares de los manifestantes asesinados en el Marzo Paraguayo, exigiendo que paguen 785 millones de guaraníes por presuntas calumnias contra el controvertido militar y caudillo político. Lejos de achicarse ante las amenazas, ella respondió que por nada del mundo dejaría de llamar “asesino” a Oviedo, aunque una condena judicial la pueda dejar en la calle.
–Ya me han quitado lo más valioso: la vida de mi hijo Henry. ¿Qué más me pueden hacer?   
Finalmente, los jueces no se animaron a dar curso a la querella contra los familiares de las víctimas, pero tampoco se animaron a determinar quienes ordenaron matar a los jóvenes aquella trágica noche del 26 de marzo de 1999.
Ahora Ña Gladys está otra vez aquí, en la misma histórica plaza, veinte años después, entre velas encendidas, flores y banderas, repitiendo el mismo ritual que nunca se interrumpió cada 26 de marzo, a las seis de la tarde. Esta noche hay cánticos, rezos, discursos, y esos momentos de opresivo silencio en que las madres cierran sus ojos y se comunican con sus ausentes hijos heroicos, como solo ellas saben hacerlo.
Cuando le piden que dirija un mensaje, Ña Gladys sostiene en una mano la foto de su hijo Henry David Díaz Bernal tendido inerte en la acera de la calle Presidente Franco, frente al Teatro Municipal, sobre un charco de sangre, mientras uno de sus compañeros intenta en vano reanimarlo y en la otra muestra la foto de su presunto asesino, el principal procesado por la masacre, Walter Gamarra, quien en 1999 era funcionario del Ministerio de Hacienda y un fanático seguidor del oviedismo. Imágenes grabadas la noche del 26 por un equipo de la televisión colombiana lo muestran parado en la vereda de la calle 14 de mayo casi Presidente Franco, cerca de la Casa de la Independencia, disparando varias veces una pistola automática hacia los manifestantes en la plaza.
En base a esta evidencia, Gamarra fue condenado a 25 años de cárcel, pero quedó libre con medidas sustitutivas hace tres años. Hace pocos meses, Ña Gladys se encontró cara a cara con él en un pasillo del Hospital del Trauma, en donde presuntamente él trabaja como camillero.
-Sentí un vuelco en el corazón. Ver al asesino de mi hijo caminando otra vez libremente por el pasillo de un hospital. ¿Qué justicia se puede esperar en este país? Solo nos queda rezar y recordar con pena y amor a nuestros muertos.


Ña Gladys es el mejor ejemplo de aquellas madres que vuelven a ser paridas por sus hijos.
Mujeres que llevan una vida cotidiana relativamente simple, lejos de cualquier foco mediático, hasta que ocurre una situación excepcional que les altera la existencia, generalmente una tragedia que las impacta y les cambia para siempre, modificando su rol y sus propios objetivos en la vida. Vecinas impávidas o amas de casa del montón que de un día para otro se convierten en aguerridas luchadoras, en lideresas temibles, en aquellas Madres Coraje que retratara Bertold Brecht.
Sucedió con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, tras la guerra sucia de los genocidas militares en Argentina. Sucedió con esas madres que “bailaban solas” durante la dictadura de Pinochet en Chile, tal como las retrata la bella canción de Sting. Sucedió con las madres de los soldaditos muertos en los cuarteles durante la primera década de la transición democrática, en Paraguay.
Y sucedió categóricamente con Ña Gladys, tras los trágicos y heroicos sucesos del Marzo Paraguayo de 1999.
Enfermera de profesión, empleada del Instituto de Previsión Social (IPS), cumpliendo los roles de esforzada madre y esposa en una vivienda humilde del barrio Jara de Asunción, seguidora tradicional del Partido Colorado, se sintió afectada cuando se enteró que habían asesinado a un caudillo y dirigente político a quien ella admiraba, el vicepresidente de la República, Luis María Argaña, aquel 23 de marzo. Indignada ante la noticia, se sintió motivada a acudir a la plaza a manifestarse contra el gobierno de Raúl Cubas y Lino Oviedo, a quienes se acusaba por el crimen. Sus dos hijos varones, Gustavo y Henry, además de una de sus hijas, la acompañaron. Iban y venían entre la casa y la plaza, a veces acompañada por su marido, don Mario, un señor bonachón y generalmente callado.
Su hijo Henry David tenía 20 años de edad, no estaba afiliado a ningún partido político, era muy religioso, miembro del Centro Familiar de Adoración Cristiana y fanático seguidor del club Olimpia, a cuya barra Mafia Negra llegó a pertenecer. Cuando su mamá Gladys acudió a apoyar la protesta por el asesinato de Argaña, Henry la acompañó y se integró a las organizaciones juveniles de resistencia en la Plaza de Armas.
Aquella noche del 26 del marzo, sin embargo, él no podía dejar de estar presente en un importante partido de fútbol que su club Olimpia debía disputar contra el equipo del brasileño Corinthians en el Estadio Defensores del Chaco, por el campeonato de la Copa Libertadores de América. Desde el sector de su hinchada, sufrió con aquella dolorosa derrota de 2-1 de su equipo. En un momento se cortó la energía eléctrica y todo el estadio quedó a oscuras. Henry sintió un escalofrío cuando miles de gargantas empezaron a corear al unísono: “¡Lino’o hijo de puta…!”.
Cuando terminó el juego, Henry junto a los demás miembros de la barra de Olimpia recorrieron a pie las casi veinte cuadras desde el estadio hasta las plazas del Congreso, portando banderas paraguayas y la franjeada de su club. Cuando llegaron ya habían empezado los ataques de los francotiradores y ellos se unieron a las brigadas de resistencia, levantando barricadas para impedir que ingresen los del bando oviedista.
Ña Gladys estaba en un sector protegido, junto al Cabildo, cuando escuchó por la radio la lista de los caídos bajo las balas. El primer nombre que oyó fue el de Manfred Stark y ella pensó “pobrecita su mamá, como ha de estar sufriendo”. Al rato dijeron el nombre de otro joven herido y esta vez ella escuchó: Henry Díaz Bernal. Sintió que una fuerza le alzaba desde el suelo y profirió un grito desgarrador:
-¡Nooo… mi Henry… nooo…!
Pidió que la lleven junto a él. Nadie sabía en dónde estaba. Lo habían alzado en un taxi, en busca de un hospital. Ña Gladys fue al Hospital Militar, pero allí le dijeron que ya lo habían derivado al Hospital Universitario. Fue allí donde lo encontró en la madrugada. Estaba en coma, pero vivo.
Ella pidió a los médicos que hagan todo lo posible por evitar que su hijo muera.
–¡Vamos a llevarle a los Estados Unidos si hace falta, doctor! ¡Hay que salvarlo…! –imploró.
–Lo siento mucho, señora –le respondió uno de los médicos–. Ya no hay nada que hacer. ¡No existe medicina que le pueda reconstruir un cerebro a su hijo…!

Ña Gladys, en el lugar donde mataron a su hijo Henry (Foto: Última Hora).
Tras la muerte de Henry, Ña Gladys se volvió la principal activista de la causa de los mártires del Marzo Paraguayo. Asumió la voz cantante entre las otras madres, familiares y heridos sobrevivientes. Fundó la organización Memoria Viva, que llegó a tener una oficina en el edificio del Cabildo, hasta que la desalojaron. Se convirtió en la voz acusadora contra los asesinos y contra los políticos y dirigentes que habían sido aliados en la plaza, pero que luego traicionaron vilmente sus principios y promesas ante la ciudadanía.
A ella la mimaron, pero al no poder manejarla, le dieron la espalda. Dejaron de atenderle el teléfono. Le habían concedido una pensión vitalicia por resolución del Congreso, pero luego se la volvieron a quitar. La acusaron de lucrar con la memoria de su hijo asesinado y de los otros mártires. Su marido Mario murió de un ataque cardiaco, “lo mató el dolor de no poder ver que se haga justicia”. Su otro hijo Gustavo, murió más recientemente. Ella misma tuvo varias crisis cardiacas, tuvo que someterse a una operación del corazón, pero sigue viva y con espíritu.
-Veinte años después, me siento frustrada, desilusionada, muy cansada. A veces me siento tentada a decir “¡Basta!, ya no me voy a ir este año a la plaza”, pero entonces siento la voz de mi hijo Henry y de los otros chicos que me dicen: vení mamá, no nos abandones. Y entonces vengo otra vez, no me canso de pedir justicia, aunque ya no espere otra cosa que la justicia divina.
Se llama Gladys Bernal viuda de Díaz.
Los chicos y las chicas en la plaza le dicen simplemente Mamá Gladys.  O Mamá Coraje.    
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(Este texto ha sido escrito originalmente para el blog Historias en Sus Zapatos, un valioso espacio de periodismo narrativo, humano y alternativo, desde Paraguay. Fue a pedido de la colega Fátima Rodríguez, una de las propiciadoras de esta iniciativa.  Aquí también lo pueden leer).


lunes, 9 de julio de 2018

Las destinadas en Yhú: Operación rescate de una historia olvidada




Más de 2.000 personas fueron confinadas por el mariscal López en 1869. El lugar estuvo perdido por mucho tiempo. A 150 años, el Municipio busca convertirlo en patrimonio histórico y sitio de atracción. Además, una historia en cómic relata esa poco conocida epopeya.  

Andrés Colmán Gutiérrez @andrescolman

Fotos y video: Desirée Esquivel

El 21 de marzo de 1869, en los meses finales de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), un contingente de 2.021 personas, principalmente mujeres, ancianos y niños, empezaron a llegar a la entonces lejana villa de Yhú enviadas en confinamiento por el mariscal Francisco Solano López, por ser familiares de los presuntos traidores, juzgados en los tribunales de sangre de San Fernando.
“A todas las traidoras que iban llegando a Yhú, el juez de paz les anotaba minuciosamente en un libro y les notificaba que bajo ningún pretexto podían alejarse del pueblo a la distancia de una legua, en todas las direcciones, so pena de ser consideradas como desertoras y penadas con lanceamiento”, relata Héctor Francisco Decoud, quien era un niño de 10 años cuando acompañó a su madre Concepción Domecq y a otros familiares en el largo calvario.
Las destinadas permanecieron en Yhú desde marzo hasta setiembre de 1869. El sitio del caserío en donde fueron ubicadas quedó en los relatos orales como Destinada Campamento Kue, pero su ubicación se había perdido en la memoria colectiva.
Tras la publicación de una historieta de Andrés Colmán y Enzo Pertile en el álbum de cómic Epopeya Guerra Guasu en 2016, Eladio Jara, padre del actual intendente municipal de Yhú, Arturo Jara Espinoza, ayudó a encontrar el sitio, un campo desolado a 3 kilómetros del centro urbano, al costado de la flamante ruta 13. 

Así se ve actualmente el lugar donde estuvo el campamento de las destinadas, en Yhú.
RESCATE. “Es una parte de la historia de la que no se quería conocer tanto, hasta hace poco. Ahora los jóvenes tienen otra visión y es necesario rescatar esta memoria”, dice el intendente Jara, quien busca recursos y apoyo para convertir el lugar en patrimonio histórico y en un sitio de atracción.
"La idea es construir un monumento recordatorio sobre la ruta 13, a la entrada de la ciudad, frente al lugar donde estuvo el campamento, y poder inaugurarlo en el 2019, cuando se cumplirán los 150 años del paso de las destinadas por Yhú”, destaca.
 Eusebio Jara, bisabuelo del intendente, era un niño que pudo presenciar el episodio de las destinadas en 1869 y fue su relato oral, transmitido a sus descendientes, el que ayudó a ubicar el sitio exacto donde estuvo el campamento, al igual que un antiguo cementerio en las cercanías de la Laguna Verá, un espejo de agua que actualmente es también un sitio de atracción natural en las afueras de Yhú.

HEROÍNA. Junto a la puesta en valor del antiguo campamento de las destinadas, las autoridades también buscan rescatar la figura de María Ana Paredes de Villagra, una pobladora yhuense de la época, que es mencionada en las memorias de la madama francesa Dorotea Duprat de Lasserre, una de las sobrevivientes de aquel episodio, como una mujer que desafió las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las cautivas en la “cárcel sin murallas”.
En sus apuntes, publicados por primera vez en 1871, madama Dorotea relata: “Nunca me olvidaré de esa campesina, de maneras nobles y bondadosas, reuniendo en sí todas las cualidades de una gran señora, que aunque en camisa y haciendo toda clase de trabajos puede sin recelos ocupar un buen lugar en un palacio. Me la figuro siempre con su sonrisa buena y su porte gracioso y majestuoso a la vez, trayendo a mamá el almuerzo a la cama. La mujer que describo es una paraguaya, una excepción, se llama María Ana Paredes de Villagra, nacida y criada en Yhú. Esa mujer me hizo pasar el tiempo sin sentirlo”.
Yhú, a 50 kilómetros de la ciudad de Caaguazú, pudo romper el aislamiento de largas décadas con la culminación del asfaltado de la ruta 13, que se conoció como “la ruta de la mentira” por las promesas incumplidas. La vía conectará con la ciudad de Ypejhú, Canindeyú, en la frontera con Brasil.
“Recuperar nuestra rica historia de la época de la Guerra Guasu nos permitirá ofrecer nuevos atractivos a los visitantes”, sostiene Arturo Jara.

Con Arturo Jara Espinoza, intendente municipal de Yhú, en la histórica Laguna Verá.
Portal de entrada a la ciudad de Yhú, desde a ruta que llega de San Joaquín.
RESIDENTAS 
Una historia en cómic, con guion de Andrés Colmán Gutiérrez, dibujos de Enzo Pertile y colores de Edgar Arce, publicada en el álbum Epopeya Guerra Guasu en octubre de 2016, bajo la edición de Javier Viveros.  



























jueves, 5 de julio de 2018

Las reinas de nuestra familia



Hortensia Espinoza y Luisa Gutiérrez son las dos hermanas de mi madre que siguen vivas, exponentes de una estirpe de mujeres que sostuvieron a una gran familia, desde la época de las residentas y destinadas de la Guerra del 70, en nuestro querido pueblo natal Yhú, Caaguazú.
La historia inicia con María Ana Paredes de Villagra, mi bisabuela, la mujer yhuense mencionada en las memorias de Madame Teodora Dupratt de Laserre, como la heroína que desafío las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las destinadas que llegaron a Yhú en marzo de 1869, enviadas en confinamiento por el Mariscal López, donde permanecieron hasta setiembre del mismo año, confinadas en un campo que queda a la salida del pueblo, conocido como Destinadas campamento kue, para luego seguir viaje hasta Espadín.
La hija de María Ana, María Abdona Paredes (Ña Doña), mi abuela materna, se casó y enviudó dos veces. Primero con Eliezer Espinoza, con quien tuvo 9 hijos: Blas (Pachito), Obdulia (China), Sixto, Víctor Eloy, Solano, Deolinda, María Dorila (Pochó), María Teresa y Hortensia. Tras la muerte de su primer marido, se casó con Pío del Rosario Gutiérrez, con quien tuvo tres hijos más: Luisa, Pío del Rosario (Tatito) y Nilda (nuestra mamá).
También hay otra línea de hermanos Espinoza, por parte del primer abuelo Eliezer. En esta línea, nuestros queridos tíos son: Gregorio (Gollo), Manuelito, Salvador, Julián, Emilio.
Como en gran parte de la historia paraguaya, son las mujeres las que sostuvieron y sostienen a nuestra numerosa y disgregada familia, criando hijos ante las ausencias masculinas -muchas veces dolorosa por guerras, asesinatos, conflictos-. Son nuestras heroínas.
El fin de semana entre junio y julio, los parientes de varias generaciones de Espinoza y Gutiérrez nos hemos reunido en nuestra amada patria chica, el modernizado y ecológico Yhú, para rendir homenaje a estas dos reinas. El pretexto fue el 93 cumpleaños de Tía Hortensia y una previa del cumple 87 de Tía Luisa (que será en agosto). Una fiesta hermosa, familiar y multitudinaria, que permitió conocernos y reconocernos.

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(Las fotos son de Desirée Esquivel).

Parte de la familia Espinoza-Gutiérrez, en la noche de homenaje a las tías.

Luisa Gutiérrez y Hortensia Espinoza, en la calle principal de Yhú.

Plaza y portal de entrada a Yhú, desde San Joaquín.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Adiós mante, Ña Rosa...


Llegaba puntualmente cada fin de mes a la Redacción del diario, cargando a pulso su enorme bolso y unas cajas, junto a alguna de sus hijas. Venía en ómnibus desde Itá y caminaba las calles ardientes de la ciudad para llegar a instalarse en la recepción, cuyos sillones y mesas de visitas ocupaba desplegando sus artísticas figuras como si fuera un improvisado museo de obras de cerámica.
-Mirá, este hice para vos, nemba'erâite… -me decía, mostrándome alguna de sus nuevas esculturas en barro, a veces un sapo con una máquina de escribir, a veces una luna melancólica, a veces una mujer con una enorme panza abierta que a la vez era como una cálida cueva en donde guardar los afectos…
Ella era morena, campesina, dicharachera, pícara, eterna niña juguetona, mentirosa impenitente y por sobre todo una creativa creadora que supo proyectar el humilde y sacrificado oficio de la artesanía popular a un nivel universal, para ganarse el mote mediático que portaba con orgullo marketinero.
-¡Buen día, che ha’e Rosa Britez, la Ceramista de América…! –se presentaba con su peculiar encanto, cada vez que llegábamos a su pintoresco hogar taller, en Itá, acompañando a algún visitante extranjero, atraído por su leyenda.
La conocí en los años 80, cuando yo era un joven novato periodista cazador de historias y ella empezaba a escandalizar al pacato ambiente de los fabricantes de artesanía for export, con sus creaciones irreverentes, principalmente con sus figuras eróticas que vendrían a conformar el peculiar kamasutra paraguayo.
-¿Cómo te inspiraste para crear tantas posiciones amatorias, Ña Rosa…? –le preguntábamos entonces.
-E’a, yo practiqué cada una de las más de 80 posiciones con mi marido, para poder hacer las figuras bien reales –contestaba… y luego se mataba de risa.
En octubre de 2013, cuando Última Hora cumplió 40 años, hicimos un homenaje a 40 personalidades que se destacaron por sus aportes a la sociedad en esas cuatro décadas del Paraguay, y ella figuraba como una de las más votadas por los compañeros y compañeras del diario. Acudió radiante y feliz al homenaje, a recibir su premio. De entonces es esta foto que una compañera nos sacó, luego de compartir algunas copas de champan e intercambiar muchas anécdotas.
Esa noche nos volvió a contar por milésima vez su historia de cuando viajó sola y por primera vez en avión a Estados Unidos para exponer sus obras, y el gran Michael Jackson le compró una de sus colecciones.
En los últimos años empezaron a disminuir sus visitas al diario. Hace poco menos de un año vino por última vez, ya con su salud muy deteriorada y la tuvimos que ayudar a subir las escaleras. Una vez más tuvimos que convocar a la solidaridad ciudadana para ayudarle a pagar su tratamiento. Lo que cobraba por sus obras nunca le alcanzaba…
Esta madrugada ella cerró sus ojos, por última vez. Prefiero recordarla así como era, con su pícara y eterna sonrisa, y sobre todo por esas manos pequeñas y morenas, rugosas, juguetonas, que cuando tocaban el barro húmedo eran capaces de crear maravillas…
Que descanses en paz mante, querida ña Rosa…  



lunes, 28 de agosto de 2017

Últimas noticias periodísticas sobre Serafina Dávalos


El hallazgo de una serie de artículos periodísticos de época sobre una querella judicial de 1957, en el que un sobrino de la ilustre primer abogada paraguaya y líder feminista Serafina Dávalos acusa a la excompañera de esta de haberla dejado morir, produjo sorpresas y controversias, tras su publicación en el diario Última Hora. Este es un resumen de las notas, a pedido de lectores del blog.   

#CrónicasDeLaMemoria


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

En setiembre de 1957, una mujer llegó al Sanatorio Leriche, sobre Perú y Ana Díaz, en la zona del Mercado 4 de Asunción, a pedir medicamentos "para una mujer pobre, que estaba gravemente enferma".
El médico que la atendió, Óscar Acuña Torres, se mostró intrigado y explicó que no podía recetar medicinas sin inspeccionar a la enferma. Tras insistir, la mujer aceptó llevarlo hasta una vivienda sobre la calle Rodríguez de Francia.
Al ingresar a la residencia, el médico quedó sorprendido ante lo que describió como "un cuadro macabro".
En el interior de una habitación se hallaba una mujer de edad avanzada, "totalmente desnutrida, presa del hambre, tendida sobre un catre de lona, sin colchón, con los pies fuera de la cama".
El doctor Acuña Torres, –quien llegó a ser presidente del Partido Revolucionario Febrerista, fallecido en el 2003–, quedó impactado al reconocer que la enferma no era otra que Serafina Dávalos. La que había ido a pedir medicamentos era Honoria Balirán, secretaria y "dama de compañía" de Serafina, pero en realidad su pareja sentimental, en una época en que las relaciones de personas del mismo sexo resultaban aún inconfesables.
Dos años después, en su declaración ante un Juzgado en Asunción, Acuña Torres contó que hizo lo posible por intentar curar a Serafina, pero el daño a su organismo estaba muy avanzado y falleció irremediablemente el 27 de setiembre de 1957.

ACUSACIÓN. El abogado Nicasio Dávalos, hijo de un hermano de Serafina, presentó querella criminal contra Honoria Balirán ante el Juzgado de Primera Instancia en lo Criminal de Asunción, a cargo del juez Ernesto Giménez, acusándola de ser autora de "la muerte lenta y horrorosa de la doctora en Derecho".
En el relato se describe que Balirán vivía con Serafina Dávalos desde 1915, como "dama de compañía". Nicasio afirma que la mujer empezó a ejercer sobre su tía "una influencia morbosa, encaminada a quedarse con todo lo que acumulaba de fortuna, por su gran capacidad de trabajo".
Así la mujer logró que Serafina la nombre su heredera universal, quedándose con la propiedad del Palacete en que vivían, sobre la calle Herrera casi Tacuarí, que luego vendió al Estado y también procedió a vender los coches de la abogada y un establecimiento ganadero en Itacurubí de la Cordillera, quedándose con el importe de las ventas.
"Allí empezó el viacrucis de la doctora, que fue sometida por su secretaria, quien le negó los alimentos indispensables para su subsistencia, la castigó brutalmente en todas las ocasiones en que reclamaba alimentos, teniéndola secuestrada por largo tiempo hasta su muerte, incomunicándola para que no se entere nadie...", relata el sobrino Nicasio Dávalos, en la querella.

Publicación del diario El País de Asunción, de fecha 19 de octubre de 1959.
***

Los testimonios más consistentes que se revelan sobre la forma en que murió la ilustre abogada y pionera feminista Serafina Dávalos son los brindados por dos médicos que aseguraron haberla asistido en sus últimos días y la encontraron en un grave estado de desnutrición, ante la falta de cuidados.
El principal testigo, que brindó su declaración ante el proceso judicial iniciado en 1957 ante el juez de Primera Instancia en lo Criminal de Asunción, Ernesto Giménez, fue el doctor Óscar Acuña Torres, médico del Sanatorio Leriche. Reconocido dirigente del Partido Revolucionario Febrerista (PRF), llegó a ser presidente de dicha organización política en dos periodos y falleció en un accidente automovilístico, el 14 de enero de 2003, en las afueras de la ciudad de Coronel Bogado.
En su declaración testifical, en el marco de la querella promovida por el abogado Nicasio Adriano Dávalos, sobrino de Serafina, contra la ex compañera sentimental de la misma, Honoria Balirán, reproducida por varias publicaciones del diario El País de Asunción, en octubre de 1959, el doctor Acuña Torres relata que fue a visitar a Serafina, a la casa en que la tenían, sobre la calle Rodríguez de Francia, donde la encontró "en un cuadro terminal" y "totalmente desnutrida".
"Le suministró en esa oportunidad remedios y cuando fue la segunda vez, dos o tres días después, acababa de morir", precisa la publicación.
Acuña Torres también declaró que Honoria Balirán le pidió "reserva sobre su estado", porque "no quería que se comentara con nadie el estado en que se encontraba" Serafina Dávalos.

OTRO MÉDICO. En el mismo proceso judicial declaró además el médico Telmo Aquino, también integrante del equipo del Sanatorio Leriche, quien "corroboró plenamente lo afirmado por su colega, por haber presenciado también ese mismo cuadro".

LA CRIADA. Otro testimonio brindado ante el juez Giménez fue el de Cecilia Vázquez, quien fue presentada como la criada que prestaba servicio en la casa en que vivían Serafina Dávalos y Honoria Balirán.
Vázquez también sostuvo que Honoria Balirán "le ha hecho objeto de malos tratos a la doctora Dávalos, castigándola, no proporcionándole los alimentos y medicamentos que le hacían falta", según la publicación de El País.
Agregó que la doctora Dávalos "presentaba en su cuerpo moretones que probaban fehacientemente los malos tratos de que era objeto".
La criada contó que cuando Serafina se encontraba muy mal, le pedía a ella "que fuera a llamar a la señora Zulma de Martínez", pero Honoria Balirán le prohibía hacerlo, cerrando las puertas con llave.
Cuando murió Serafina, Honoria "no quiso que se diera la noticia a nadie", indicó Cecilia Vázquez.

AMIGA. Zulma Llano de Martínez, amiga de Serafina Dávalos, también declaró en el proceso judicial, alegando que la visitó en varias oportunidades, comprobando personalmente el estado de abandono en que la tenían.
"Le negaba alimentos y se negaba a comprar medicamentos cuando ella necesitaba", dijo la mujer, asegurando que en más de una oportunidad encontró rastros de golpes físicos en el cuerpo de Serafina.

POLÉMICA. Los datos revelados por ÚH sobre la presunta manera en que murió la ilustre abogada Serafina Dávalos causó polémica en círculos intelectuales, feministas y de colectivos LGBT.
El grupo Aireana, en nota publicada en su página de Facebook, sostiene que la versión del sobrino Nicasio Dávalos es probablemente falsa. Sin embargo, hasta ahora no aparece otra versión documentada sobre la muerte de Serafina Dávalos, que refute la historia, ni los testimonios que han sido publicados.
¿Cómo acabó el juicio? El historiador Fabián Chamorro señala que no se hallaron más publicaciones. Rosemary Dávalos, sobrina nieta de Serafina, cree que la familia le pidió a Nicasio que desista de la querella y que no existió un veredicto final... pero todavía quedan muchos detalles por investigar.

Otra de las publicaciones de El País, que encendieron la polémica.

***

La tumba perdida de Serafina

¿Dónde está la tumba de la primera mujer abogada paraguaya y admirada líder feminista Serafina Dávalos?
Esta fue la pregunta que motivó al historiador Fabián Chamorro a hurgar en antiguos periódicos, donde halló las crónicas sobre una querella judicial entablada por Nicasio Dávalos, sobrino de Serafina, en 1959, acusando a la ex compañera sentimental de la abogada, Honoria Balirán, de haber provocado intencionalmente su muerte, privándola de alimentos... y de haber ocultado sus restos, tal como hemos consignado en la crónica anterior.
"Muerta la doctora (Dávalos), la Balirán y su cómplice se apresuraron para asegurar el botín y llevaron, con propósito de ocultar el crimen, el cadáver de la doctora, con destino desconocido, pues ni siquiera figura con entrada en el Cementerio de la Recoleta, como corresponde", aseguró Nicasio Dávalos en la querella, según refiere una publicación del diario El País de Asunción, el 19 de octubre de 1959.
Agrega que "ni siquiera dieron aviso a los periódicos y parientes, y el ataúd que se dice contiene el cadáver apareció después en la Recoleta".

MISTERIO. "Hace tiempo que vengo buscando la tumba de Serafina Dávalos, como parte de una investigación para una obra de cuatro tomos sobre la historia del Cementerio de la Recoleta, pero no existe ningún dato acerca de su ubicación, ni siquiera hay registros de que la hayan enterrado allí", destaca el historiador Fabián Chamorro.
Tratando de obtener los datos sobre el destino de sus restos, Fabián encontró algo más terrible: la acusación de que la muerte de Serafina fue lenta y dolorosa, presuntamente provocada por su ex compañera sentimental, para quedarse con sus bienes.
"No conocíamos esta parte oscura de la historia de Serafina y me sorprendió mucho", admite Chamorro.
La historiadora Ana Barreto Valinotti, quien incluyó la biografía de Serafina Dávalos en su libro Mujeres que hicieron historia en el Paraguay, editado en 2011, también se muestra sorprendida. Ella escribió que "Serafina falleció en 1957, en la pobreza, habiendo ejercido su profesión de abogada hasta el final de sus días. A sus restos se les negaron funerales cristianos".
Barreto cuenta que hace poco se enteró de nuevos datos sobre la pionera del feminismo. "Por la investigación de su sobrina nieta Rosemary Dávalos, sabemos que la fecha de su nacimiento es equivocada. Hay detalles de su biografía por corregir, pero el relato de su trágica muerte resulta sorprendente para quienes la admiramos", destaca.
Barreto coincide en que el lugar donde está sepultada Serafina Dávalos sigue siendo un misterio, que resulta un desafío para los historiadores.

SORPRESA. "No conocía los detalles de esta lúgubre historia y me da mucha pena", dice la sicóloga Rosemary Dávalos, sobrina nieta de Serafina, quien está trabajando en rescatar y valorar la vida y obra de la gran luchadora feminista. Teme que esta revelación periodística empañe la valiosa trayectoria de Serafina, aunque las circunstancias de su muerte no pueden opacar el brillo de su vida.
El palacete sobre Herrera casi Tacuary, en Asunción, que perteneció a Serafina Dávalos. Foto: Andrés Colmán G.
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En defensa de Honoria Balirán

Tras los datos de la querella de Nicasio Dávalos contra Honoria Balirán, el diario El País publicó el 23 de octubre de 1959 una carta de Héctor Saturnino Mendieta, paraguayo residente en Argentina, quien defiende a la ex compañera de Serafina.
Este relata que Serafina Dávalos nombró a Honoria Balirán como su heredera universal en 1917, "en plena juventud y en la plenitud de sus medios", lo cual contradice que pueda causar su muerte para quedarse con sus bienes.
Mendieta acusa al sobrino de Serafina, Nicasio Dávalos, de tener "propósitos oscuros" con la querella, probablemente el de quedarse con los bienes. "Nunca hemos visto a los parientes de ella acercársele", destaca.
"Nadie desconoce que la doctora Dávalos y la Balirán se trataban como hermanas y como tales registraban también diferencias, que originaban discusiones. He sido testigo de varias de estas discusiones", dice.
Relata, además, que Honoria Balirán vendió al Estado paraguayo el Palacete de la calle Herrera, que le dejó Serafina, por un valor de 3 millones de guaraníes, la mitad de la oferta original que pensaba percibir.

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Las huellas de la primera abogada

Según la biografía oficial, Serafina Dávalos Alfonze nació en Ajos, la actual Coronel Oviedo, el 9 de setiembre de 1883, pero nuevos datos hallados por su sobrina nieta, Rosemary Dávalos, indican que en realidad nació algunos años antes.
"La fecha de su nacimiento surgió de una obra del historiador Carlos R. Centurión, pero tenemos documentos que refieren que fue en otra fecha. Estamos comprobando, antes de dar a conocer", afirma Rosemary.
Tras estudiar en la Escuela Graduada de Niñas, Serafina promueve con sus compañeras la creación de la Escuela Normal de Maestras en 1896 y egresa como maestra en 1898. Ante la guerra civil de 1904, lleva adelante una movilización de mujeres en busca de la paz.
Fue la primera mujer abogada del Paraguay, egresada en 1907, con su revolucionaria tesis Humanismo.
En 1908 se convierte en la primera mujer integrante del Superior Tribunal de Justicia.
En 1910 asiste como delegada oficial del Paraguay al Congreso Internacional Femenino en Buenos Aires, Argentina.

Serafina Dávalos (Foto: Portal Guaraní).