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lunes, 19 de abril de 2021

El sillón de la abuela



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Es un viejo y rústico sillón de mimbre, con más de medio siglo de historia, que hasta hace poco dormía su sueño de olvido en la pieza del fondo, envuelto en telarañas, polvo y soledad, tras la muerte de la abuela.

Ella acostumbraba sentarse en él al atardecer, en el corredor de la casa, a tomar mate con la vista fija en el horizonte que antes mostraba verdes colinas y un pedazo de río, pero que se fue cubriendo de edificios grises.

Contaba historias, cantaba canciones y se levantaba a prepararnos las más sabrosas tortas de banana.

Quisimos mudarla a la terraza para que tenga un mejor panorama, pero se negó.

El corredor era su rincón, aunque el paisaje se le haya ido borrando a golpes de progreso y modernidad. Con el tiempo también sus ojos perdieron brillo y ya no importó lo que pudiera ver, porque todo eran manchas amarillas. El paisaje estaba en su memoria y allí siempre había verdes colinas, sol radiante, azul río.

Desde la sala, donde intentábamos estudiar o jugar al play, la escuchábamos hamacarse en su sillón, con un chirrido molesto que no lográbamos sofocar ni con la música al máximo.

Ante nuestras protestas, mamá nos decía que debíamos agradecer ese chirrido. El día en que ya no lo oigamos, significaría que la abuela se había ido, con su mate, sus relatos, sus canciones y sus tortas de banana.

Un día papá le trajo un moderno y carísimo sillón de cuero, que se reclinaba con botones y hasta hacía masajes. La abuela lo probó y dijo que no. Prefería seguir en su viejo sillón, hamacándose con su mate cada atardecer.

Finalmente, el chirrido calló para siempre. La abuela se nos fue, tranquila y dulce, como quien cierra un ciclo de vida. El sillón se quedó quieto y vacío en el corredor, hasta que papá lo llevó a la pieza del fondo, donde empezó a acumular polvo, soledad y telarañas.

Hace unos días, unos jóvenes pasaron por casa preguntando si acaso no teníamos algún viejo sillón para donar.

En medio de la catastrófica situación de la pandemia del coronavirus, con el sensible aumento de personas contagiadas de Covid-19 en los hospitales colapsados, ya no había camas disponibles de terapia intensiva y los enfermos graves se amontonaban en corredores y pasillos.

Fue cuando se les ocurrió recolectar sillones para ubicar allí a los pacientes que ya no tenían lugar, conectados a tubos de oxígeno y otros equipos médicos. Papá preguntó y todos dijimos que sí. Limpiamos el sillón, lo lustramos y lo llevamos al hospital.

Esta mañana pasé a llevar comida a los familiares que montaron una carpa de la solidaridad. En el corredor, una anciana estaba acomodada en el sillón de mimbre, con suero y mascarilla de oxígeno, mirándonos con sus ojos húmedos e implorantes. Sentí que era la mirada de la abuela que se multiplicaba en tantas otras personas peleando con la muerte.

¡Quién diría que el viejo sillón de la abuela iba a revivir, para sacudirnos de este letargo de impotencia, para despertarnos a la solidaridad, para disponernos a luchar por superar esta pesadilla, para comprometernos a construir un país mejor con menos olvidos y más justicia!


lunes, 15 de junio de 2020

La democracia en cuarentena



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Es lo que ocurre cuando creemos estar al borde del Apocalipsis. Acabamos normalizando que el Estado intervenga, cierre fronteras, decrete cuarentenas, ponga barreras policiales y militares, nos prohíba salir de nuestras casas, use nuestro dinero para fondos de emergencia y meta en la cárcel a los rebeldes que osan desafiar las órdenes de la autoridad.

Así nos han acostumbrado tantas películas y novelas de terror biológico y dictaduras futuristas, o nuestra propia historia de largas tiranías y democracias corruptas. Ante el miedo global, la primordial reacción es la de los polluelos que buscan cobijo y protección bajo las alas de mamá gallina, aunque los que manejan el gallinero sean habitualmente déspotas y corruptos.

Cuando llegó la pandemia estábamos tan temerosos de que el fin del mundo nos agarre desprevenidos, sin cama reservada en algún desguarnecido hospital público, que acabamos aceptando de buen grado que el Gobierno decrete un estado de excepción sin ser un estado de excepción, apenas un paquete de medidas en base al Código Sanitario (Ley 836 de 1980) heredado de la dictadura stronista. Revalorizamos el rol del Estado y la importancia de la salud pública, fingiendo olvidar que por tanto tiempo el Estado paraguayo ha sido un Estado fallido, autoritario, corrupto e insensible ante las necesidades de una mayoría pobre y marginada.

Al ver que levantaban murallas a nuestro alrededor para hacernos sentir seguros, aplaudimos como héroes a quienes apenas meses atrás considerábamos villanos, sin darnos cuenta que esas mismas murallas que hoy supuestamente nos mantienen a salvo del temible virus, también nos han quitado nuestras libertades públicas, nuestras fuentes de ingreso, nuestro pan en la mesa y nuestros mejores sueños de un país con igualdad de derecho, justicia social y libertad compartida.

A casi 100 días de este estado de sitio que no es estado de sitio, seguimos sin indignarnos debidamente por los millonarios esquemas de delincuentes políticos y socios del poder para apropiarse del dinero público en nombre de salvarnos la vida. “Están haciendo bien su trabajo médico, no importa que nos roben”, es la consigna. O si la Policía dispara a matar contra una familia que decidió no pasar por una barrera de control, dirigimos el dedo acusador contra el papá irresponsable, por más que un ministro de la Corte nos explique que no ha cometido ningún delito, o que las barreras de control no tienen un respaldo constitucional. No nos interesa. Queremos que el Gran Hermano nos vigile siempre. Nos gusta agachar la cabeza y decir Sí Señor, Volvé mi General.

Afortunadamente existen personas como la activista social María Esther Roa y sus compañeros y compañeras, que no agachan la cabeza y salen a la calle a manifestarse, por más que no guarden la distancia sanitaria que a ellos se les exige, pero a tantos otros se les tolera, y sean imputados por un servil sistema de Justicia mientras tantos legisladores y políticos ladrones siguen libres e impunes. Mi solidaridad con María Esther y con quienes sufren la criminalización por defender los derechos civiles y oponerse a la corrupción. Más temprano que tarde, la democracia también saldrá de su cuarentena.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 14 de junio de 2020.


martes, 26 de mayo de 2020

El capitán de un barco con piratas



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Un periodista brasileño contó en la revista Veja que había entrado a una tienda de Ciudad de Este a consultar precios de una notebook. El dueño mostró varios modelos a precios ventajosos, pero ninguno tenía marca visible. Cuando el colega rapai preguntó, el otro respondió con una ancha sonrisa: “No se preocupe, amigo. Usted elige de qué marca quiere y nosotros le colocamos en el acto”.

Creí que era una maliciosa leyenda antiparaguaya, pero en estos días vimos en un video a empleados de las empresas proveedoras de insumos médicos al Ministerio de Salud colocando las marcas a los productos traídos en un avión desde China, luego de haberlos desembarcado. Gran parte de los equipos supuestamente de alta seguridad fueron traídos sin marcas, despachados en Aduana y recién después se les colocaron las etiquetas. No es un invento. El video fue entregado a la Fiscalía y el irregular procedimiento es reconocido por el propio ministro Arnaldo Giuzzio, titular de la Comisión Especial de Control y Supervisión de Compras Covid.

Es una más de las tantas irregularidades en torno a las millonarias compras realizadas en carácter de emergencia para Salud ante la pandemia del Covid-19. La figura heroica del ministro de Salud, Julio Mazzoleni, y su buena gestión para contener al amenazante virus –presentado como el capitán de un barco que va venciendo las tormentas– se va desdibujando cada vez más, y por detrás la del propio presidente de la República, Mario Abdo Benítez.

Los buenos resultados sanitarios exhibidos con orgullo por el mandatario ante la 73ª Asamblea Mundial de la Salud, esta semana, palidecen frente al lapidario informe final de la Contraloría, que asegura que la adquisición de insumos y camas hospitalarias por parte de las empresas proveedoras Imedic SA y Eurotec SA, vinculadas al denominado clan Ferreira, estuvo viciada de irregularidades “en todas sus etapas”.

Ante la comprobación irrefutable, tras varios intentos por salvar al menos parte de las compras, Mazzoleni tuvo que tirar la toalla y comunicar que rescindía totalmente el contrato. No admite que hemos perdido 70 días en cuarentena esperando que compren buenos equipos de manera correcta para equipar los hospitales públicos ante un posible contagio masivo, lo cual no ha sucedido.

Tampoco quiere hacerse responsable de una denuncia criminal ante la Justicia contra los responsables de la estafa. “Ya lo hicieron los diputados”, se lavó higiénicamente las manos, a tono con las indicaciones sanitarias, en la misma actitud con la que aceptó renuncias y cambios de varios directivos de Salud, sin explicar motivos ni exigir castigos, cuando estalló el primer escándalo.

Aplaudido por la buena gestión sanitaria para contener la pandemia, pero cada vez más cuestionado (al igual que Marito) por no animarse a cortar de manera firme y clara la pandemia de la corrupción, el aplaudido capitán, al que muchos dedican poemas de Walt Whitman (“¡Oh captain! ¡My captain!”) como en la película La sociedad de los poetas muertos se está convirtiendo en el capitán de un barco tripulado por piratas muy vivos, que podría acabar arrastrado por otra tormenta más jodida, la de los miserables que no renuncian a robar el dinero del pueblo en medio del hambre y la necesidad.


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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 24 de mayo de 2020.

lunes, 18 de mayo de 2020

La amenaza desde el Brasil


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

No sirve de mucho cerrar con candados el Puente de la Amistad entre Ciudad del Este y Foz de Yguazú, ni poner alambradas en la avenida que divide a Ponta Porã con Pedro Juan Caballero, ni cavar trincheras en el camino que separa a Paranhos de Ypejhú, ni estacionar camiones y ómnibus bloqueando el paso entre Mundo Novo y Salto del Guairá.

Hay videos grabados que muestran a numerosos jóvenes brasileños pasando tranquilamente a la noche bajo las alambradas para no perder sus estudios en las universidades paraguayas, sin que sean controlados si son portadores del Covid-19.

La frontera seca entre Paraguay y Brasil tiene 438 kilómetros de extensión desde Salto del Guairá, Canindeyú, donde acaba el límite fluvial del río Paraná, hasta Bella Vista Norte, en Amambay, donde comienza la divisoria del río Apa y el arroyo Estrella. En gran parte el límite es apenas un polvoriento camino de tierra o un descascarado hito de cemento en medio de la nada, sin ningún tipo de vigilancia.

Si alguien quisiera entrar ilegalmente de Brasil a Paraguay, bastaría con trasladarse hasta unos pocos kilómetros en las afueras de cualquier ciudad de la frontera seca (en Brasil casi no existen restricciones de movilidad) y cruzar a pie, en moto o a caballo, por algunos de esos sitios desguarnecidos.

No existen cámaras de circuito cerrado entre los árboles o los pastizales. No hay patrullas ni ejército suficiente para cubrir tamaña extensión limítrofe.

Este es el verdadero peligro que nos acecha y no el de los compatriotas que se aglomeran en el Puente de la Amistad pidiendo retornar legalmente con todo derecho a su patria, aquellos que se exponen a las inclemencias del frío, el sol o la lluvia, sabiendo que luego deberán cumplir largas cuarentenas en los albergues, y que además serán víctimas de estigmatización por parte de compatriotas poco solidarios, pero se someten igual a todo este calvario porque quieren hacer las cosas de manera correcta.

El Brasil, vecino país con el que nos une una historia conflictiva e intereses geopolíticos, se ha vuelto el mayor foco potencial de contagio del Covid-19 debido principalmente a la irracional actitud de su presidente, el ultraderechista Jair Bolsonaro, quien menosprecia los efectos de la pandemia. Las últimas cifras reportan 16.196 muertes y 243.968 casos confirmados. Un estudio de la Universidad de Washington estima que más de 88.000 personas morirían en Brasil para agosto si no se cambia la manera de enfrentar la pandemia.

Sin que sea una actitud xenófoba, el Gobierno paraguayo debe asumir una postura más crítica ante el riesgo de un contagio masivo desde Brasil, reforzando el control de las fronteras, principalmente en las zonas más permeables, y por sobre todo cortando de raíz el contrabando de productos que siguen llegando desde el otro lado con igual riesgo de transmitir el temible virus.

Sería una pena que todos los esfuerzos que hemos realizado en estos meses de pérdidas económicas, laborales, culturales, afectivas y hasta de salud mental, con importantes logros en términos de control de la pandemia, se echen a perder por no tener el debido cuidado ante una nueva invasión.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 17 de mayo de 2020.

domingo, 3 de mayo de 2020

El avión que llegó de China



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Ningún vuelo fue tan esperado como el del carguero SkyLease Cargo 4852 que debía llegar de Hong Kong, China, en la segunda semana de abril, con parte de una compra de 40.000 protectores faciales, 30.000 protectores oculares, 6 millones de mascarillas quirúrgicas, 160.000 trajes de protección biológica, 1.700.000 máscaras N95 y 50 camas hospitalarias que el Ministerio de Salud adjudicó en forma directa a las empresas Eurotec SA e Insumos Médicos SA, presupuestados en 150 millones de dólares, en el marco de la Ley de Emergencia, para equipar a los desguarnecidos hospitales y médicos que luchan contra la pandemia del Covid-19.

Tan seguro estaban de que la carga salvadora iba a llegar, que el presidente Mario Abdo Benítez emitió el Decreto 3525 el 9 de abril, flexibilizando la cuarentena para que obreros de la construcción civil salgan a trabajar… pero el avión de China no llegó y el Gobierno tuvo que dar marcha atrás.

Finalmente, el vuelo 4852 aterrizó en el aeropuerto Silvio Pettirossi el sábado 18 de abril, a las 08:53. Diputados de la oposición, entre ellos Celeste Amarilla, Kattya González, Sebastián García, Sebastián Villarejo, Carlos Rejala, se presentaron a verificar. A simple vista les pareció que los materiales eran de mala calidad. Desde el oficialismo, el diputado colorado Juan Carlos Nano Galaverna los acusó de “terroristas y figuretis” por pretender controlar.

Hubo otros indicios de que algo olía a podrido en la carga del avión de China. Ya había saltado el escándalo de presuntas compras fraudulentas en la Dirección Nacional de Aeronáutica Civil (Dinac) y en Petróleos Paraguayos (Petropar), provocando la renuncia de sus titulares Édgar Melgarejo y Patricia Samudio. Melgarejo está imputado y con prisión domiciliaria; Samudio, bajo investigación fiscal. Ambas instituciones siempre fueron antros de corrupción, pero costaba creer que, en el entorno de Salud, en donde el ministro Julio Mazzoleni y miembros de su equipo son los héroes de la resistencia contra el Covid-19, se metería mano en la lata.

Vecinos del barrio San Vicente alertaron que en un depósito de una sobrina de la senadora colorada Lilian Samaniego se ensamblaban camas traídas en el carguero. El empresario importador Ignacio Pidal aseguró que Melgarejo, siendo presidente de la Dinac, le pidió sobrefacturar a 200 dólares cada cama para Salud que él ofreció a 110 dólares. Otra vez el viejo esquema de empresas de maletín creadas para acaparar millonarias licitaciones estatales, en donde jovencitas de 20 años aparecen como prestanombres de legisladores, políticos y empresarios en las sombras.

En medio del escándalo, el ministro Mazzoleni informó que la esperada carga del avión de China debió ser rechazada porque los insumos no cumplen los requerimientos. Aseguró que no hubo sobrefacturación y no se perderá dinero, pues el seguro cubre el adelanto del 20% dado a las proveedoras, pero no quiso admitir que otras cosas sí se perderán. El avión que llegó de China trajo un cargamento trucho inservible y se llevó de vuelta buena parte de la confianza en las autoridades que, en medio de la pandemia, se consideraban intachables. Aunque Mazzoleni asegure que “todo está bien”, hay renuncias de altos directivos de Salud ligadas a las sospechadas compras, con motivos que no se explican y se disimulan como “cuestiones personales”. ¿A quiénes protege el ‘capitán’? ¿Qué es lo que no nos cuenta?

El avión que llegó de China se llevó en su retorno también días de sufrimiento en cuarentena, exigidos a la gente para ganar tiempo y equipar hospitales, pero esto aún no se ha cumplido. Los médicos siguen reclamando que no tienen los equipos de bioseguridad, aunque algunos sean despedidos por hacer dichas denuncias.

¿Llegará otro avión de China a devolvernos todo el tiempo y el dinero perdidos, las esperanzas arrasadas, el arrebatado sueño de un país sin corrupción?

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 2 de mayo de 2020.


domingo, 26 de abril de 2020

Morir por volver a la patria


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Se llamaba Ricardo Duarte. Tenía 49 años de edad. Era un humilde poblador de la comunidad de Bonanza Tres de Mayo, distrito de Yatytay, Itapúa. Debido a la falta de oportunidades laborales en su propio país, al igual que muchos compatriotas, emigró a la Argentina. Junto a otros tres paraguayos estaban trabajando en un aserradero de Entre Ríos cuando llegó la pandemia del Covid-19, el establecimiento tuvo que cerrar y ellos quedaron despedidos.

Casi sin dinero y sin lugar en donde quedarse, Ricardo y los otros obreros paraguayos, Rosalino Acuña Olmedo, Édgar Duarte y Julio González, intentaron retornar a su valle, pero se encontraron con que los cruces de frontera estaban cerrados. Trataron de acudir a las autoridades del Consulado, pero solo se encontraron con negativas: “No se puede entrar”, “mejor quédense allí”. ¿Quedarse dónde? ¿Vivir de qué…? En su humilde valle campesino al menos tendrían un techo, una cama, un plato de saporó con mandioca, la cercanía solidaria de los familiares.

Dominados por la desesperación, apelaron al recurso de los paseros contrabandistas: Cruzar ilegalmente el limítrofe río Paraná desde la localidad de Puerto Rico, provincia de Misiones. Era la localidad más cercana frente a Bonanza Tres de Mayo. El ansiado valle se alcanzaba a ver al otro lado de la frontera.

Éver David Núñez, un afanoso canoero, aceptó hacerlos cruzar a cambio de un mínimo pago. La odisea se realizó en la madrugada del miércoles 22 de abril. Hacía frío y había una espesa niebla que facilitaba el paso a escondidas, pero la misma cobertura protectora les jugó una mala pasada. A unos cien metros de alcanzar la costa paraguaya, el canoero no pudo ver el montículo de piedras y la embarcación golpeó con violencia, volcándose. Todos cayeron al agua y nadaron desesperadamente. Ricardo Duarte no pudo lograrlo. La corriente lo arrastró. Su cuerpo fue hallado sin vida, poco después del mediodía, aguas abajo. Había logrado regresar a su patria, pero la avnrura le costó la vida.

El canoero y los demás tripulantes fueron arrestados, procesados y encerrados en cuarentena. Al menos consiguieron cumplir el objetivo de estar de nuevo en su país, aunque fuera en la cárcel.

Esta dramática historia real es apenas una más, entre muchas otras historias de compatriotas que se encontraban fuera del país cuando el mundo cerró sus puertas. ¿Acaso se les puede reprochar que, cuando llega el Apocalipsis, todos quieran volver a los brazos de la madre, que también es la patria? La Constitución dice que todo paraguayo tiene derecho a residir en su patria, pero no es fácil volver cuando están vigentes tantas restricciones sanitarias, tantas fronteras cerradas.

La patética imagen de cientos de compatriotas hacinados en el largo pasillo peatonal del fronterizo Puente de la Amistad, como encerrados en una triste jaula, provoca dolor e indignación, a la vez que también inspira temor de que puedan ser portadores del virus. Duele mucho que el país no tenga lugares apropiados para alojar a sus hijos que regresan en busca de auxilio y se demore tanto en abrirles las puertas, cumpliendo los estrictos protocolos sanitarios.

Por eso resulta igualmente indignante ver que altas autoridades, como la fiscala general del Estado, Sandra Quiñónez, intervengan para que un reconocido empresario que vuelve repatriado en un vuelo especial desde los Estados Unidos sea apartado de manera preferencial al llegar al aeropuerto y resulte eximido de los requisitos de control sanitario que se exigen a los demás ciudadanos. Esa distinción excepcional por encima de la ley que se le aplica de manera favorable al empresario Karim Salum, pero se le niega al humilde obrero migrante Ricardo Duarte, es la dolorosa expresión de un modelo de país discriminador que se resiste a cambiar, a pesar de la especial situación que nos plantea la pandemia.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 25 de abril de 2020.

domingo, 19 de abril de 2020

Otra manera de vivir… y de morir




Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Encerrados desde hace semanas en nuestras casas, hartos de tanta familiaridad impuesta, solo esperamos que la maldita pandemia del Covid-19 acabe de una vez y podamos volver a la “normalidad” para recuperar tantos abrazos y caricias, domingos de asados y fútbol, estrenos de cine y teatro, conciertos masivos de música en vivo, ferias en la Costanera, encuentros en el colegio o en la facu, brindis con los amigos y amigas en el bar de la esquina.

Pero... qué pena. Los expertos aseguran que no será así. Aunque podamos ir saliendo gradualmente de la cuarentena y hayamos logrado “aplanar” o “martillar” la famosa curva, el virus seguirá allí, acechando como un mortal enemigo invisible y mientras no dispongamos de una vacuna (que –dicen– tardaría al menos un año) todas las personas, incluyendo a los “recuperados”, seguiremos siendo potenciales portadores del contagio.

Así que no, estimados amigos y amigas. No podremos regresar a la ansiada “normalidad”. Tendremos que acostumbrarnos a andar por la vida con tapabocas, a lavarnos las manos a cada instante, a desinfectar siempre todo lo que tocamos, a ir al trabajo con extremo cuidado, a guardar distancia física ante los demás. Tendremos que habituarnos a ver los partidos de fútbol solo por televisión, a asistir a los conciertos de nuestros artistas preferidos por internet, a hacer compras principalmente en tiendas virtuales, a cursar estudios online, a brindar simbólicamente con nuestros amigos y seres queridos a través de una pantalla. Tendremos que renunciar al apretón de manos y a los abrazos, al tereré compartido.

Tendremos que aprender otra manera de vivir... y de morir. Ni las despedidas a quienes fallecen podrán seguir siendo igual. Debemos romper tradiciones culturales y religiosas que llevan siglos, velar a nuestros muertos por escaso tiempo y en higiénica soledad.

Y aunque más tarde que temprano pueda ser posible retornar a lo que llamamos “normalidad”, probablemente no será lo recomendable. Tal como coinciden los pensadores, eso que consideramos “normalidad” es lo que nos ha llevado a esta situación.

Lo “normal” era exactamente el problema. Lo “normal” de sistemas de producción que desprecian el valor de la naturaleza, que arrasan con bosques y ecosistemas, que llenan el mundo de humo, basura y polución, que envenenan el aire, contaminan el agua y alteran el clima, que les dan poder a los políticos corruptos e insensibles, que se apropian de los recursos públicos y desprecian a las mayorías pobres, que discriminan y persiguen a quienes son diferentes o piensan de modo distinto, que privatizan y mercantilizan la salud, que ponen a la salud pública y a la educación en último lugar.

Por sostener algo similar en una entrevista concedida a la renovada versión digital del mítico periódico “Adelante” del Partido Comunista Paraguayo, el médico Guillermo Sequera, director de Vigilancia de Salud del Ministerio de Salud, uno de los hombres claves en la lucha contra la pandemia del coronavirus, ha sido objeto de una virulenta campaña por parte de un sector reaccionario de la política y la sociedad de nuestro país. Lo acusan de “comunista”, usando un recurso que quizás era válido hace más de 30 años, en plena dictadura stronista, pero Sequera solo expuso el pensamiento de filósofos y cientistas sociales de todas las tendencias, una convicción que empieza a consolidarse en todo el planeta.

Aceptémoslo: la forma de vida que conocíamos no va a volver. Para sobrevivir al Covid-19 debemos cambiar drásticamente nuestra forma de hacer casi todo lo que hacemos: cómo trabajamos, cómo hacemos deporte, cómo salimos a farrear, a comprar, a atender nuestra salud, a educarnos y a educar a nuestros hijos, a cuidar a los miembros de la familia, a producir creativamente.

Otro mundo es posible a partir de la crisis. En nuestras manos está hacerlo mejor o peor.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 18 de abril de 2020.

(Fotografía: Desirée Esquivel).


miércoles, 15 de abril de 2020

Covid-19 en Paraguay: Los fallos que ponen en riesgo la salud


Venciendo temores y prejuicios, el martes 14 de abril fuimos en misión periodística desde nuestra base de cuarentena en Atyrá hasta la compañía Itapirú de Arroyos y Esteros, Departamento de Cordillera, la pequeña comunidad rural de aproximadamente 200 familias que desde el lunes está bajo bloqueo sanitario, luego de haberse revelado que un sexagenario poblador que padecía de leucemia, fallecido el sábado a la noche en el Hospital de Clínicas, había sido velado durante el domingo en su domicilio con varias personas y sepultado el lunes a la mañana, acompañado de muchos vecinos, cuando se les comunicó que la causa de la muerte fue Covid-19.

Con autorización del intendente municipal Lázaro Ovelar, tomando las prevenciones sanitarias de rigor, pudimos franquear la barrera policial establecida a la entrada, que no permite que los pobladores salgan del lugar por 15 días.

Ante la gravedad del caso, esperábamos hallar una dotación de técnicos de salud vestidos como astronautas, como en las películas, procediendo a asistir a la población, pero… nada.

La calle principal lucía vacía y desolada, los pocos almacenes y despensas estaban totalmente cerrados, los rostros campesinos que nos miraban con miedo tras los vidrios o barrotes de las ventanas. El miedo se sentía en el aire.

En el cementerio tuvimos la suerte de encontrar a un hombre que tomaba notas y verificaba la situación. Así conocimos al doctor Gustavo Américo Gamarra, terapista del Hospital Militar, quien también es un poblador de Itapirú y había asistido al paciente S. V., días antes de que fuera llevado otra vez con urgencia a Clínicas. Él nos mostró las precarias condiciones en que se hallaba el panteón donde fue alojado el féretro, con finas paredes de ladrillo que contenía visibles grietas, tal como lo retratamos en el reportaje que publicamos este miércoles en Última Hora, y que lo pueden leer al final de este posteo.

Creímos que iba a resultar difícil hablar con los pobladores, pero al salir del cementerio un nutrido grupo de ellos nos estaban esperando. El encuentro fue impresionante. Estaban parados en medio de la calle, distanciados a unos metros, unos de otros. Mujeres y hombres. Algunos llevaban tapabocas, a falta de ellos otros se cubrían el rostro con prendas de vestir atados sobre el rostro, o como la mujer que hizo de vocera, Liza Ferreira, sostenían una remera contra la boca y la nariz, como si de ese modo pudiesen protegerse contra el virus.

Fue impresionante escucharles por el miedo y el susto que demostraban, relatando la angustia de encontrarse en una situación que ni buscaron ni esperaron, y sobre todo que se sentían muy abandonados y desamparados por las autoridades, muchos de ellos sin ninguna forma de sustento. Simplemente se les aisló y se los dejó como prisioneros del bloqueo total, con la incertidumbre de no saber quiénes pudieron haberse contagiados, y con el temor de que el cuerpo del poblador fallecido estaba allí, sin haber sido enterrado bajo tierra, ni incinerado, apenas depositado en un precario panteón de cemento en la superficie, aun con grietas visibles en el momento en que estuvimos allí.

Aquí quedan varias cuestiones que deben ser revisadas.

Lo primero es que evidentemente hubo fallos en el protocolo que se siguió desde el Hospital de Clínicas.

Según el médico Gustavo Gamarra, quien conoce a profundidad el caso, el sexagenario S. V. se contagió probablemente con el Covid-19 tras su última sesión de quimioterapia en Clínicas, en los primeros días de abril, debido a sus bajas defensas.

En ese estado fue traído de vuelta a su comunidad, en donde, ya probablemente en situación de infectado con el coranavirus, tuvo contacto con mucha gente, no solamente en Itapirú, sino en la misma ciudad de Arroyos y Esteros, ya que acudió con sus familiares a una farmacia y a otros negocios.

Cuando el abuelo S. V. se sintió muy enfermo, con alta fiebre y casi sin glóbulos blancos, en los días de Semana Santa, el doctor Gamarra recomendó que lo vuelvan a llevar con urgencia al Hospital de Clínicas, en San Lorenzo. Así se hizo. Allí murió el sábado 11 a la noche. Los médicos le hicieron una segunda prueba de Covid-19 al paciente, cuyos resultados estarían el lunes 13 (ya le habían hecho un primes test, que dio negativo) y decidieron entregar el cuerpo a los familiares en la mañana del domingo 12, tras asegurarse de que una funeraria de Caacupé proceda a lacrar el ataúd, con todos los cuidados sanitarios, antes de trasladarlo. Supuestamente dieron precisas instrucciones para que sea llevado directamente al cementerio de Itapirú, lo cual no se cumplió.

Aquí está un grave fallo. Según el ministerio de Salud, aunque no exista confirmación de Covid-19, todos los decesos deben manejarse con protocolo como si fueran casos de infección: ataúdes sellados, sin velatorios, sepelios sin aglomeración y con máxima seguridad.

Los médicos supuestamente confiaron en que los familiares llevarían el cuerpo directo al cementerio. No fue así. Confiados en que no tenía Covid-19, llevaron el ataúd directamente al domicilio, donde lo velaron durante toda la tarde y noche del domingo 12, madrugada del lunes 13, hasta proceder al sepelio el lunes a la mañana. En todos estos momentos, muchos pobladores se acercaron a dar sus pésames a los familiares, siguiendo la humana tradición cultural y religiosa.

A la mañana, tras culminar el sepelio, aparecieron las autoridades del Centro de Salud local con gente de la Fiscalía de Cordillera y la Policía a avisar que el segundo test de coronavirus había dado positivo. Allí se desató el escándalo y cundió el miedo. Hubo un fuerte altercado entre gente de la Fiscalía y los familiares del fallecido. Se ha buscado echar la culpa principalmente a los parientes.

Pregunta: ¿No deberían las autoridades del Hospital de Clínicas haber comunicado este caso a las autoridades del Ministerio de Salud, para extremar cuidados? ¿No deberían haberse preocupado de que se cumplan las indicaciones de deposición del cuerpo según el protocolo sanitario, avisando a la policía de Arroyos y Esteros y de Itapirú para que controlen que así ocurra? Son los graves fallos que se cometieron y que urge revisar, para que no vuelva a ocurrir un lamentable episodio como el de la compañía Itapirú.

Mientras tanto, unas 200 familias viven con suma angustia, con muy poca información y muy escasa asistencia, encerrados en su territorio, casi sin víveres y sin orientación, dispuestos incluso a quemar el panteón que consideran es un riesgo al acecho. Un triste episodio del que hay que tomar urgentes lecciones.

Andres Colmán Gutiérrez

Fotos: Desirée Esquivel.

El médico Gustavo Gamarra muestra las grietas del panteón donde se alojó al fallecido por Covid-19 en Itapirú.

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(A continuación, el reportaje publicado este martes 15 de abril de 2010 en el diario Última Hora).

Negligencia y miedo en torno al fallecido por Covid-19 en Itapirú

Policías de Arroyos y Esteros controlan el acceso a la compañía Itapirú, tras el bloqueo sanitario dispuesto por las autoridades
TEMOR. Pobladores que están en cuarentena amenazan con quemar panteón y piden ayuda.


FALLAS. Médico cree que contagio fue en Clínicas y acusa de errores en la entrega del cuerpo.



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Fotos: Desirée Esquivel - @desiesquivel
ITAPIRÚ - CORDILLERA

“Las autoridades ya nos tenían olvidados, ahora además nos tienen como presos y en grave peligro de morir”, dice Liza Ferreira, pobladora de la compañía Itapirú, Arroyos y Esteros, parada en medio de la calle de tierra junto a otros vecinos que la secundan, manteniendo metros de distancia. A falta de tapabocas ella se cubre el rostro con un paño blanco, que no alcanza a ocultar el miedo en su mirada ni a disimular el enojo y la angustia en su voz.

Es mediodía del martes y el miedo se siente en el aire enrarecido de esta pequeña comunidad rural habitada por unas 200 familias, quienes desde el lunes permanecen en zozobra, tras enterarse que un vecino de 67 años de edad, querido y respetado, a quien muchos acompañaron en su velorio y en su sepelio, había muerto contagiado del Covid-19.

“No sabíamos que él se contagió del coronavirus. Muchos fueron al velorio y acompañaron al cementerio. Después llegaron los de la Fiscalía. Ahora tenemos miedo, no sabemos quiénes fueron contagiados. Encima nos tienen presos, no podemos salir, mi marido trabaja en Asunción y me tiene que enviar plata para la comida, pero no puedo recibir, las despensas están cerradas. Las autoridades no aparecen”, reclama Liza y varias voces se unen a su indignación. “Si no llevan el cuerpo contagiado de aquí, vamos a quemar el panteón por nuestra seguridad”, advierten.

BARRERA. Dos tiras de cintas amarillas cierran los dos caminos de acceso a Itapirú. Agentes de Policía controlan que los pobladores no salgan. Los pocos locales comerciales están cerrados. No se ven personas en las calles. En el cementerio, un hombre toma notas en una planilla. Es el doctor Gustavo Américo Gamarra, médico terapista del Hospital Militar, quien también vive en Itapirú, fue director del centro de salud local y conoce el caso en profundidad.

“Conocí bien al señor (la víctima). Tenía leucemia y acudía a hacerse quimioterapia en el Hospital de Clínicas, en San Lorenzo. Entre el 5 y 6 de abril estuvo allí, probablemente entonces contrajo el coronavirus”, explica.

El martes 7 de abril, una hija del sexagenario buscó a Gamarra porque su padre estaba con fiebre. Tenía apenas 1.200 glóbulos blancos. Al día siguiente, miércoles 8, pasó a verlo en su domicilio. “Les dije que lo lleven urgente al hospital. La hija me llamó y me contó que le diagnosticaron NIH (neumonía intrahospitalaria), en Clínicas ya sabían que él había adquirido una infección allí. Murió el sábado 11 a la noche. Le hicieron una segunda prueba de Covid-19 (la primera había dado negativo) y entregaron el cuerpo a los familiares el domingo 12”, relata Gamarra.

FALLAS DE PROTOCOLO. Una empresa funeraria de Caacupé cerró el ataúd y trajo el cuerpo hasta el domicilio de la familia en Itapirú, el domingo 12. “Debían enterrarlo enseguida, pero trajeron a velarlo en la casa durante la tarde y noche del domingo. Mucha gente vino al velorio y acudió al sepelio el lunes”, narra el médico Gustavo Gamarra.

Poco después del sepelio aparecieron las autoridades sanitarias y de la Fiscalía con el resultado del último examen, revelando que el paciente dio positivo a coronavirus. La alarma se disparó. Hubo una fuerte discusión entre la gente de la Fiscalía y los familiares en la entrada del cementerio.

El doctor Gamarra cree que hubo poco cuidado en Clínicas al entregar el cuerpo a los familiares, cuando probablemente ya había sospechas sobre coronavirus. “Tampoco nadie controló que el cuerpo se entierre enseguida, que se cumpla el protocolo”, destaca.

Hubo muchas mentiras. “Un fiscal de Caacupé aseguró que el cuerpo se enterró bajo tierra, según el protocolo, pero no es así”, indica. Acompaña a los periodistas a verificar el precario panteón y muestra las grietas visibles que el panteón tiene en la parte posterior. “Esto no responde al protocolo de seguridad médica, aquí se cometieron muchos fallos”, asegura.

ANGUSTIA. En una casi desierta sede de la Municipalidad de Arroyos y Esteros, el intendente Lázaro Ovelar reconoce su preocupación. “Los pobladores están molestos y con miedo, necesitamos asistencia de las autoridades nacionales. El bloqueo sanitario agravará la situación. Aquí hay 7.200 personas humildes que se anotaron para recibir subsidios del programa Ñangareko, pero no cobraron aún un solo guaraní. Ni siquiera pueden ir a pescar porque está prohibido. Hacemos todo lo que podemos por ayudar, pero nuestros recursos son limitados. Y aún no sabemos cuántos más se contagiaron”, indica.

BAJO CONTROL. Respecto al manejo del Hospital de Clínicas, que hoy evalúa enviar a cuarentena a su personal de salud, el doctor Eduardo Jara, director de la tercera Región Sanitaria de Cordillera, dijo: “No quiero arriesgarme y decir en qué momento o quién falló, porque Clínicas no depende del Ministerio de Salud y no sé cuál fue el manejo que se dio en ese lugar”.

La autoridad sanitaria asegura que la situación en la compañía Itapirú está bajo control. Se detectó a todos los que asistieron al velorio y al sepelio, se los mantiene en cuarentena y el panteón será revestido con una pared más gruesa de cemento. “Tenemos a unas diez personas trabajando en el caso”, expresó.

Vista del cementerio de Itapirú, convertido en un foco de temor para la población local.

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Médicos del Hospital de Clínicas podrían ir de cuarentena

El doctor Jorge Giubi, director general asistencial del Hospital de Clínicas refirió que “lo que pasó es peligroso y preocupante porque Salud dictó un protocolo de manejo de fallecidos sospechosos y que se socializó. No hay que velarle al paciente, que tiene que estar en el cajón cerrado, sellado, y que tiene que ir directo al entierro”.

Agregó que “era un enfermo leucémico que estaba en tratamiento en el Hospital de Clínicas en forma programada, estuvo hace 10 días para hacerse una quimioterapia dentro de la institución, se hizo la quimio, y se fue de alta. Y el paciente volvió el viernes 10 al hospital con un agravamiento de su cuadro leucémico, vino con fiebre y ahí se constató un problema respiratorio, y se le pasó al área respiratoria, como un caso sospechoso del Covid-19”.

“Este paciente fallece en estado grave. Los familiares estaban en conocimiento de que era un sospechoso del Covid. Se les dijo que se envió la muestra. Creo que hubo una dificultad económica para trasladar el cuerpo entonces fue llevado a la morgue, la funeraria cumplió con el protocolo para el retiro del cuerpo del paciente”, dijo Giubi.

El director indicó que unos 40 funcionarios, entre médicos, enfermeros y otros trabajadores de la salud del Hospital de Clínicas podrían ser sometidos a cuarentena, luego de haberse constatado el fallecimiento del sexagenario procedente de Arroyos y Esteros.

Giubi, admitió que se trata del primer paciente fallecido por coronavirus en Clínicas y el caso implica una evaluación de lo ocurrido, para corregir los fallos que se puedan haber podido cometer. “Todos estamos aprendiendo de este proceso”, indicó en una entrevista radial. “En un sistema de salud donde tenemos pocos recambios esto golpea mucho, pero vamos a hacerlo”, agregó sobre la cuarentena del personal de blanco.

lunes, 13 de abril de 2020

#QuedateEnTuCasa con hambre



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Ella estaba allí, deambulando solitaria por la plaza desierta frente a la Basílica de Caacupé cerrada y silenciosa. Arrastraba dos bolsas de náilon cargadas de latitas vacías de cerveza y gaseosa que había logrado juntar tras recorrer toda la mañana por la ciudad desolada, las que luego iba a ofertar a un reciclador mayorista, a cambio de unos escasos billetes para comprar alimentos.

Ella lleva casi un mes desde que se le canceló súbitamente el oficio cotidiano que ejercía desde hace 24 años: vender velas de color azul a los miles de creyentes que llegaban hasta el Santuario de la Virgencita Serrana, pero ahora ya nadie viene, no hay velas que vender, no hay dinero para comprar comida.

Ña Norma tiene 55 años, vive sola con cuatro nietos que han quedado a su cargo. Ella tiene miedo de salir a la calle ante el temor de contagiarse con el coronavirus, pero tiene mucho más temor de que si no sale a rebuscarse para el sustento, sus nietos mueran de hambre.

Ella nos contó su historia con ojos humedecidos por encima del tapabocas que le regalamos para protegerse, en medio del inusual paisaje casi apocalíptico de la Basílica abandonada en la ciudad de Caacupé, en vísperas del último Domingo de Ramos. Es la historia de muchos hombres y mujeres compatriotas, pobres de pobreza casi extrema, que despertaron una mañana en un mundo que les cierra sus puertas y les expulsa de sus lugares de informal sobrevivencia laboral, porque un virus mortífero extiende sus alas negras.

#QuedateEnTuCasa #EpytaNdeRógape. Los mensajes repiquetean como una orden imperativa. Es fácil decirlo cuando uno tiene una casa mínimamente cómoda en donde refugiarse, una heladera relativamente cargada, algo de dinero en la billetera, un auto en qué movilizarse hasta la despensa o el supermercado más cercano. ¿Cómo decirle #EpytaNdeRógape a Ña Norma y a tantos que solo tienen como refugio una choza de cartón o madera terciada al borde de una zanja, un ranchito de paja en medio del campo, un lecho de cajas viejas junto a un portal, un duro banco de madera en una plaza? ¿Cómo recriminarles por “la inconsciencia de violar la cuarentena” a quienes siempre han sobrevivido en sus propias cuarentenas de exclusión social, que no duran solo 14 días o un mes, sino a veces toda una vida?

Lo primero que le preguntamos a Ña Norma fue si no se había anotado para recibir ayuda del programa gubernamental Ñangareko, creado para asistir a los pobres en esta emergencia. Entonces ella nos contó sus largas vicisitudes para tratar de inscribirse, la imposibilidad de acceder desde un precario teléfono móvil ante páginas colapsadas, la recurrencia a oficinas municipales para buscar ayuda y el drama de encontrarse con largas colas de otros tantos hombres y mujeres también desesperados, a quienes se les daba la misma respuesta: aquí no hay nada, acudan a la Secretaría Nacional de Emergencia.

Esta es la cara más triste y dolorosa de esta crisis. La comprobación palpable de que hemos seguido sosteniendo un país tan injusto y desigual, en donde hay funcionarios estatales, directivos de entidades binacionales que ganan sueldos de más de cien millones de guaraníes, mientras 1.700.000 personas apenas tienen para la canasta básica y otros 340.000 compatriotas viven en extrema pobreza. ¿Cómo pretender que hoy, privados a la fuerza de sus “estrategias de sobrevivencia”, puedan sobrevivir todo un mes con 500.000 guaraníes de una ayuda estatal que ni siquiera les llega?

Este es el modelo de estructura del Estado que ya no debemos tolerar. Hay que movilizarse y transformarlo con urgencia, echando de sus lugares de privilegio a todos los corruptos y bandidos. La crisis del Covid-19 nos permite esta opción que no debemos desaprovechar. Mientras tanto, multipliquemos las ollas populares y las acciones de solidaridad para ayudar a quienes deben quedarse en casa con las ollas vacías.


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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 11 de abril de 2020.

(Fotografía: Desirée Esquivel).