miércoles, 31 de marzo de 2010

El otro Viacrucis


La procesión emergió en una esquina de la plaza, envuelta en nubes de polvo y tristeza.
Anastasio Melgarejo la vio a través del pequeño agujero en la pared del calabozo y sintió que la multitud de penitentes le estaba devolviendo como en un espejo deformado la imagen de su propia tragedia.
Vio al barbudo campesino que hacía de Jesucristo avanzar tambaleante frente a la multitud, con su túnica de sábana manchada y su corona de ñuati curusu, empujado por los toscos muchachitos vestidos como antiguos legionarios romanos, con lanzas de madera y cartón. Vio a las viejas de largo y pesado vestido negro, con velas y rosarios en las manos. Vio a los estacioneros con sus candiles encendidos y el cántico lúgubre flotando en la tarde.
Un alarido de dolor resonó en el fondo de la comisaría y Anastasio cerró los ojos, estremecido.
–Pobre Martínez... –dijo una voz a su lado–. Ya estará medio muerto.
–Después nos va a tocar a nosotros... –dijo otra voz, ahogada por un sollozo.
Los demás campesinos estaban sentados en el piso de tierra húmeda, recostados contra la pared. No había un solo mueble en la pequeña habitación. Solo la puerta cerrada y el pequeño agujero por donde Anastasio veía acercarse la procesión del viernes doloroso.
–Y esa gente allí afuera, celebrando la Semana Santa, como si nada estuviera pasando.
–Nde, Melgarejo –preguntó álguien–, ¿le ves piko al pa’i José en la procesión?
–No, no le veo. Ha de estar en la Iglesia ya, preparando el tupaitú.
–A lo mejor él viene a ayudarnos. A él siempre le pareció bien nuestra idea de formar las Ligas Agrarias...
–Pero nunca dijo nada en público. Y menos va a hablar ahora que nos cayó encima la represión.
–¡Shsst, cállense...! –pidió Anastasio.
El canto quejumbroso de los estacioneros ahora estaba allí, casi pegado a la pared. El campesino barbudo que hacía de Cristo estaba pasando muy cerca, cuando repentinamente se detuvo y extendió la mano hacia el hueco del calabozo. Anastasio sintió un nudo en la garganta. Le pareció que el otro quería decirle algo, pero los jóvenes disfrazados de romanos lo empujaron con fuerza y lo obligaron a continuar la marcha. El barbudo giró la cabeza varias veces, angustiado, buscando con la vista los ojos de Anastasio, hasta que la procesión dobló la esquina y se perdió de vista.
En ese instante se abrió la puerta del calabozo.
Dos soldaditos metieron el cuerpo inerte de Leoncio Martínez y lo dejaron caer de bruces sobre el piso.
–¡Melgarejo, nde ha...! –ordenaron.
Anastasio avanzó hacia la puerta. Los demás campesinos bajaron la cabeza para no tener que mirarlo a los ojos. Los soldaditos lo aferraron del brazo y se lo llevaron a través de un largo corredor.
De pronto, Anastasio se dio vuelta y los miró con sorpresa.
El tradicional uniforme color caqui de la policía había desaparecido y ahora los soldaditos iban vestidos con túnicas de legionarios romanos, con cascos en vez de birretes y lanzas en lugar de fusiles.
Lo condujeron hasta el patio del fondo y le ataron los brazos con alambres al travesaño de un horcón.
Anastasio no pudo evitar una sonrisa irónica al percibir que los maderos formaban la perfecta figura de una cruz.


* * *

El pa'i José estaba solo en la sacristía, quitándose los ornamentos de la celebración litúrgica que acababa de concluir, cuando sintió la oscura sombra parada en la puerta.
–¿En qué le puedo servir, comisario? –preguntó, sin necesidad de mirar al visitante para saber de quién se trataba.
–Usted ha metido la pata, pa’i. No debió decir las cosas que dijo en el sermón... Esas cosas no ayudan. –dijo la silueta uniformada, con voz seca.
–Lo dicho, dicho está... –respondió el sacerdote, mientras doblaba la estola de color púrpura.
–Ya le avisé muchas veces, pa’i. Le dije bien que no se meta en política. No tenía por qué mezclar el viacrucis de la Semana Santa con el tema de estos campesinos comunistas que acabamos de agarrar.
–¿Mezclar...? –se indignó el sacerdote, encarando esta vez con firmeza al uniformado–. Usted no entiende nada, comisario. El verdadero viacrucis no es este ritual vacío que usted acaba de presenciar en el templo. ¡El verdadero viacrucis es el que están padeciendo ahora los campesinos en su comisaría, por el único delito de querer ser libres!
–Muy bien... eso es lo que quería escuchar, pa’i –dijo con mucha calma el comisario–. Entonces, ahora también usted podrá conocer personalmente ese viacrucis.
Otras siluetas aparecieron en la puerta. A un gesto del comisario, entraron y rodearon al sacerdote. El pa’i José se dejó llevar sin reclamar. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que una inmensa paz inundaba su alma. Quizás por eso no le causó ninguna sorpresa que, al salir a la luz mortecina del atardecer del Viernes Santo, se diera cuenta de que los soldaditos de la comisaría iban vestidos como antiguos legionarios romanos.

______________
(De El Principito en la Plaza Uruguaya – Relatos, Andrés Colmán Gutiérrez, Editorial Servilibro, Asunción 2007).



lunes, 29 de marzo de 2010

Descubre Tañarandy



Cae la noche y se encienden las fogatas. Quince mil candiles de apepu esparcidos en el suelo convierten el Yvaga Rape en un camino llameante.
La multitud avanza, flotando en el quejumbroso canto de los estacioneros, noche adentro, país adentro, al encuentro de una identidad cultural más antigua que la memoria.
Fuego en las manos. Encender la vida, encender la memoria, encender la esperanza. Aún a riesgo de quemarse, de abrazarse con el resplandor de una cultura que mezcla culturas, barroco efímero y sustancial.
El apepu rendy. Una cáscara de naranja cortada a la mitad, vaciada, rellenada de sebo de vela y pavilo de tela. Es todo lo que se requiere para encender la magia e iluminar los pasos a una experiencia increíble.
Semana Santa Yma Guare. El canto de los estacioneros, como la luz del candil, llega desde una época primitiva y esencial, que se resiste a morir, y que se potencia con las maravillas de Internet y la imagen digital.
Yvaga rape. Camino al cielo. O quizás el cielo esté en la tierra, y sea la maravilla que manos humanas pueden construir con sensibilidad artística. Es como caminar entre las estrellas. Una sensación que no tiene nombre.
Al final de la procesión, en el Anfiteatro al aire Libre de la Fundación La Barraca, el gran artista plástico Koki Ruiz, impulsor de la intervención artística y el rescate de las tradiciones culturales de la comunidad desde hace 18 años, al frente de un elenco de músicos, bailarines, actores y creadores campesinos, sorprenderá de nuevo con un show impagable de lo que el denomina “El Barroco Efimero”: música, teatro, danza, religión, efectos especiales. Cuadros pictóricos clásicos del Arte Universal y el Arte Jesuítico de las Reducciones, recreados en vivos por pobladores locales.
Este Viernes Santo, 2 de abril, al caer la tarde, la pequeña comunidad rural de Tañarandy (en las afueras de San Ignacio, Misiones; a 226 kilómetros al Sur de Asunción, sobre la ruta 1), te espera para compartir una experiencia inolvidable. ¡No te lo pierdas!

domingo, 28 de marzo de 2010

Los rostros del Paraguay olvidado



Hay algo en esos rostros curtidos por el color de la tierra, como si ya fueran parte de ella.

Hay algo en esas miradas cándidas, tristes, melancólicas, de los niños y de las niñas. En esas miradas duras, sufridas y combatientes, de las mujeres del campo. Todas esas miradas tienen algo que duele, algo que emociona, algo que interpela.

Han llegado otra vez, marchando desde muy lejos, con sus reclamos que se reiteran desde hace 17 años, en cada marzo húmedo y otoñal.

Han llegado desde sus verdes valles desolados, pueblos y comunidades rurales que siguen esperando en medio de la soledad y el olvido, a merced de las mismas miserias e injusticias seculares, que no cambian por más que cambien los Gobiernos o los colores partidarios.

Han llegado desde la profundidad de una historia repetida, desde el corazón de una memoria desgarrada, que tercamente insiste en rescatar sus antiguas utopías sobrevivientes.

Han llegado con sus zapatos gastados, sus banderas descoloridas, sus toscas pancartas de tela que insisten en pedir la reforma agraria y varios otros reclamos, con visibles faltas de ortografía.

Han llegado como forasteros en tierra extraña, como intrusos en la jungla de asfalto y cemento, esta vez en número mucho más reducido presuntamente por culpa de la lluvia, aunque quizás más por el cansancio de tantos años de venir y volver con las manos vacías, escuchando las mismas excusas y las mismas promesas de siempre.

“Ndaipori mba’evete la ypyahúva (no hay nada nuevo), son los mismos discursos de siempre”, sintetizó el dirigente de la Federación Nacional Campesina, Odilón Espínola, tras la audiencia con el presidente de la República, Fernando Lugo.

Fue triste verlos subir a la carrocería de los camiones para emprender el regreso. Pero no se iban vencidos. No había derrota ni frustración en sus miradas. Quizás apenas la comprobación de algo que ya esperaban: que el cambio no llegará tan fácil, y mucho menos será el legado de una clase política que continúa sorda e indiferente al clamor del Paraguay más olvidado, el verdadero país del interior. El cambio habrá que c0nstruirlo desde abajo, día a día, con movilización ciudadana, con solidaridad activa, con organización y trabajo.

Esta vez la marcha campesina tuvo un rostro predominantemente de mujeres y de niños. Miradas infantiles pero ya contagiadas de realismo. Miradas que duelen, miradas que conmueven, miradas que interrogan, miradas que convocan.

(Foto: Fernando Calistro, Última Hora).

martes, 2 de marzo de 2010

Otra vez marzo



Otra vez marzo
como una herida abierta
en el corazón de la patria.

Otra vez marzo
como una incómoda sucesión de preguntas
sin respuestas.

Un hiriente filo de cuchillo
que nos divide en dos aguas.

Una historia tan inmensa
tan trágica
tan dolorosa
tan heroica y sublime a la vez
que nos convierte a todos
en defensores o cómplices
en patriotas o idiotas útiles
pero que no nos permite el lujo de la indiferencia o la ignorancia.

Otra vez marzo
con la soledad y el silencio
en la vieja e histórica plaza.

¡Qué solos y abandonados
se han quedado nuestros héroes y mártires…!

Silencio estruendoso
poblado de los ecos multitudinarios
de aquel 1999.

Caras pintadas
banderas al viento
consignas y música en el aire.

Patria queriiiida…. somos tu esperaaaanza...¡Vienen los cascos azules…! ¡Agárrense de las manos, no se suelten…!
robusto el cueeeerpo… la frente siempre erguiiiida...
¡De aquí no se mueve nadie…!
Padre nuestro que estás en el cielo...
¡Cuidado... están disparando desde arriba!
Santa María madre de Dios...
¡Al piso, al piso... todos al piso...!
serán allaaá… nuestros pechos las muraaaallas...
¿Cuántos... cuántos muertos y heridos?
¡Hijos de putas...!
que detendraaaán…. las afrentas a tu seeeer...
¡Soy paraguayo, carajo...!

Otra vez marzo
como el mejor espejo
de nuestras grandezas y miserias.

Dos décadas no son nada
pero también una eternidad.

Dos décadas de traición.
"¡Venganza no, justicia sí...!"
¡Ja...! Ni venganza, ni justicia.
Dos décadas de farsas jurídicas.
Dos décadas de impunidad.

Dos décadas
de ver a los autoproclamados paladines de la democracia
los oportunistas que se montaron sobre el triunfo ciudadano
y la sangre de los mártires
abrazándose a los mismos asesinos
robando con premeditación y alevosía
no solo las escasas riquezas del país
sino también lo más valioso:
las últimas y mejores esperanzas
de la ciudadanía.

Otra vez marzo.

Silencio
herida
pregunta
grandeza
soledad
heroísmo
iniquidad
traición.

¡No importa…!

Dos décadas no son nada
pero también una eternidad.

Nadie apagará el eco ensordecedor de la plaza.

Nadie podrá borrar
los nombres queridos

Henry
Manfred
Víctor Hugo
José Miguel
Armando
Cristóbal
Tomás
Arnaldo


grabados a fuego
sobre una cruz de madera.

Descansen en paz, hermanos.

Es otra vez marzo
y no faltarán velas encendidas
flores
plegarias
lágrimas
canciones
sonrisas
sueños resucitados
voces nuevas
empeñadas en construir
el país que ustedes amaron tanto
tanto
tanto
hasta dar la vida.

lunes, 1 de marzo de 2010

Mis héroes favoritos


¿Así que hoy es el Día de los Héroes? ¿Ah sí? ¿Y quiénes son los héroes? ¿Esos seres de bronce o de mármol que con la espada en la mano hacen pruebas de equilibrio sobre caballos encabritados en el centro de una plaza o en algún cruce de avenidas? ¿Esos que a la hora de morir pronunciaban largos e interminables discursos, como si el enemigo fuese a esperar que hagan sus legados para la posteridad, antes de coserlos a lanzazos o a balazos?
Los héroes tienen poco de heroicos cuando no exhiben ninguna mancha en el uniforme, ninguna debilidad en el carácter, ninguna grosería o vulgaridad en el solemne vocabulario. Y menos aún cuando detrás de sus actos magnificados por la historia se esconden crímenes horrendos y barbaridades sin nombre.
Mis héroes favoritos no son esos. Mis héroes son otros. Humildes anónimos y cotidianos, que quizás nunca tendrán estatuas, ni recibirán discursos, ni figurarán en los libros de historia.
Entre mis héroes favoritos hay un joven maestro que recorre diez kilómetros a pie, todos los días, para llegar hasta una pequeña escuelita en la colonia Yasy Cañy, Canindeyú, para enseñar a una treintena de alumnitos y alumnitas la lección que no está escrita en ningún manual escolar.
Entre mis héroes favoritos hay una mujer, dueña de una hamburguesería en la ciudad de Hernandarias, que todos los días recibe a decenas de niños y niñas de un barrio marginal y les prepara una nutritiva merienda. A ella no le sobra el dinero, pero sí la generosidad y la alegría.
Entre mis héroes favoritos está el sufrido trabajador que con un mísero sueldo consigue alimentar, educar, curar, mantener a su familia. Los campesinos que se desloman en los campos de algodón. Las mujeres que llegan a la madrugada cargando pesadas bolsas sobre la espalda para tratar de vender algo en el mercado. Los pueblos indígenas que se aferran tercamente a su cultura solidaria y a sus valores de amor a la naturaleza.
Y ya que estamos en marzo y hablamos de héroes, entre mis héroes favoritos están esos chicos y esas chicas que hace casi once años se congregaron en la plaza del Congreso cuando creían que la patria estaba en peligro, y no dudaron en enfrentar con piedras y palos a los francotiradores asesinos, al punto de dar su vida por sus ideales.

lunes, 15 de febrero de 2010

Los Twittcuentos


Estoy haciendo una prueba de si se puede escribir un microcuento de máximo 140 caracteres y publicarlos en Twitter. Estos fueron los primeros:

Twittcuento 1: Mil’i pidió el mita'i en la calle. Andá a trabajar, contestó. El chico le disparó con un arma. Trabajo hecho, dijo al celular.

Twittcuento 2: Me duele partirte el corazón, pero debo irme, escribió ella. El leyó con un suspiro de alivio: ¡Al fin se fue esta pesada!

Twittcuento 3:
¿Reconoce al ladrón? preguntó el comisario, mostrando a los sospechosos tras el vidrio. El hombre se volvió: Sí… ¡era usted!

Twittcuento 4: Al amanecer busqué el calor de tu cuerpo en la cama y solo hallé el frío de tu ausencia. Me ahorro el desayuno.

Twittcuento 5: Al ver la nube sobre el campo, creyó que el cielo había bajado a la tierra. Fue a su encuentro. Era una nube de agrotóxicos.

Twittcuento 6: El androide soñaba con ovejas eléctricas… cuando de pronto todo se volvió negro. La ANDE no favorece a la ciencia ficción.

Twitcuento 7: Me prometí que no iba a llorar por vos, pero esta mañana no pude contenerme. Se inundó toda la zona baja de la ciudad.

Verlo en: http://twitter.com/andrescolman

jueves, 11 de febrero de 2010

El día en que mandamos preso a Cupido



Se acercaba algún otro Día de San Valentín, hace ya algunos años, y la amiga Miriam Morán -entonces editora de la revista VIDA de Última Hora- nos pidió al brillante Enzo Pertile -ilustrador e historetista-, y a mí -que a veces suelo escribir-, que inventáramos algún chiste de humor gráfico para una edición especial sobre el 14 de febrero.
Bueno... tanto Enzo como yo estábamos un poco hartos de tanta publicidad románticoide sobre el enanito alado ese y sus flechitas hinchapelotas. Así que... aprovechamos la oportunidad para sacárnoslo de encima.
Rescatado del arcón de los recuerdos, vaya este relato gráfico y sin palabras como un regalo para todos aquellos y aquellas a quienes el amor les significa mucho más que una caja de bombones y una postal con corazoncitos, una vez al año, en el calendario del consumismo globalizado.

martes, 9 de febrero de 2010

Cumpleviajes



Cumplir años es marcar una nueva estación en el Viaje de la Vida.
Hacia dónde vas, no importa.
Lo importante es viajar y disfrutar plenamente del Viaje.
No quedarte, no dejar que el conformismo o la mediocridad te detengan, y que tus sueños sigan siempre vivos, con los cabellos al viento, gozando de la calidez del sol o la frescura cómplice de la noche.
Si sientes un viento suave y musical que llega desde el Este, encontrarás:
Una sonrisa fresca que te contagie la alegría
Un flash de locura que te arranque de la rutina
Una pregunta que te haga pensar
Un silencio profundo para que te escuches a vos misma
Un abrazo de oso que te haga sentir acompañada
Un saludo cálido que te haga sentir recordada
Un beso cariñoso que te haga sentir querida
Todo eso envuelto en papel de regalo, junto a toneladas de cariños.
Feliz cumple, mi adorada amiga.
Brindo contigo, a la distancia, con el Licor de la Libertad.
Que las estaciones sean siempre suma y no resta.

viernes, 5 de febrero de 2010

Recomendaciones para un verano cool



Tenemos las mayores usinas hidroeléctricas, entre ellas una que es operativamente la represa más grande del mundo… pero tenemos que advertirle: ¡No derroche la electricidad… o será castigado!
Tenemos los ríos más caudalosos e importantes de América, y además tenemos el Acuífero Guaraní, que es una de las más grandes reservas de agua dulce del planeta, con 37.000 kilómetros cúbicos de líquido vital almacenado… pero nos vemos obligados a intimarle: ¡No use demasiado el agua, o se la vamos a racionar!
Si siente calor… no encienda el ventilador, y mucho menos el aire acondicionado. Si se siente sucio y sudoroso … no se bañe. Si se le corta la luz, no se moleste: La oscuridad es más romántica. Saque la mesa para la cena al patio, a la vereda, o al balcón, encienda una vela en el centro y dispóngase a celebrar con anticipación el Día de los Enamorados. Las sombras serán su mejor cómplice para lo que pueda ocurrir después.
Si abre la ducha o la canilla, y encuentra que en lugar de las ansiadas gotas solo sale un agudo y estridente silbido de vieja locomotora, seguido por unas sacudidas espasmódicas de toda la cañería, como si tuviera un súbito ataque de epilepsia, y luego un lúgubre gorgoteo tipo garganta de ultratumba, de esas que se oyen en las películas de terror clase B… no reclame. ¡El olor de las feromonas al natural es más excitante!
En lugar de estar plagueándose ante los medios de comunicación, mejor disfrute de esta oportuna crisis energética que le regala la inoperancia y la ineficiencia de Ande, Essap, Itaipú, Yacyretá, y todos los tecnócratas del sector gubernamental. Siéntase como un nor-europeo o un turista gringo en eco-aventuras por el Chaco, regalando aromas corporales matizados con efluvios de Chanel.
Si a usted se lo ve fresquito, aseado y limpio por la vida, no diga después que no le avisamos: El Gobierno está preparando un decreto para castigarlo por derrochar en forma inconsciente y egoísta el agua y la energía eléctrica. En cambio, si se lo encuentra roñoso y perlado de sudor, se le dará un premio por ser buen ciudadano, y contribuir al ahorro energético.
La Secretaría Nacional de Turismo ya está preparando un nuevo slogan: “¡Paraguay: un país con calor humano y natural para compartir! ¡Tenés que sentirlo!”.

sábado, 30 de enero de 2010

Te regalo la Luna



Foto captada en la madrugada del sábado 30 de enero, desde el patio del Hotel Flamingo, en Concepción, cuando ella estaba más inmensa que nunca (en el punto más cercano de la Tierra), pero igualmente distante, inaccesible, radiante, iluminada y compañera. Luna lunera cascabelera...

lunes, 25 de enero de 2010

Cielo incendiado sobre el sojal


Domingo 24 de enero, cerca de las 19, regresando de Encarnación a Ciudad del Este por la ruta Sexta, a dos kilómetros de Maria Auxiliadora, el horizonte me regaló este paisaje. Detener el auto, apuntar la cámara, medir la luz y la velocidad... y tomar la foto. Y luego quedarme allí, recostado sobre el capot, contemplando esta fugaz obra plástica de la naturaleza, hasta que el rojo se fue volviendo negro, y en algun punto se encendieron las estrellas. Son momentos así los que te reconcilian con la vida.

viernes, 15 de enero de 2010

La Estación del Olvido


La vieja parada ferroviaria de Ybytymi se derrumba poco a poco, vacía y sola, habitada por molestos fantasmas de la memoria. Por aquí pasó alguna vez un niño de alucinada imaginación, que luego inmortalizó aquel viaje en el relato Estaciones de su novela Hijo de Hombre. Hoy la vía del tren ya no existe y junto al hueco de su paso se extiende la nueva reluciente cinta de asfalto de la ruta Paraguari-Villarrica. Dos tiempos, dos mundos. Una época que muere, otra que nace.

A la sombra de una mariposa


No es la teknicolor de Fito, ni la de la estirpe de aladas criaturas amarillas a las que Gabo dio poderes para anunciar la llegada del coronel Buendía. Tampoco las que “ayer solo fueron humo” en la voz de Silvio Rodríguez. Esta es una panambi más folklórica y telúrica, soñada desde los versos del romántico poeta guaireño Manuel Ortiz Guerrero para luego volverse guarania en los acordes del gran José Asunción. Ahora es figura de postal turística, un poco deteriorada y decadente, a orillas de la laguna Ycuá Pyta, en la siempre subyugante Villarrica del Espíritu Santo. Pero aun así y todo dan ganas de tumbarse allí, al lado de la estatua de Manú, echarse el sombrero sobre la cara y dejar que las alas brillantes y coloridas cobijen tus sueños de un tiempo mejor. Nde pepo kuarahy’ame tamo ra’ê a ñe ñoty…

lunes, 21 de diciembre de 2009

Hijo Nuestro


“Yo quiero rezar a fondo un Hijo Nuestro...”.
(Silvio Rodríguez, "El necio").

#Navidad

Hijo Nuestro que estás en el pesebre, rodeado de mansos animales y de la gente humilde del pueblo.
Santificado sea tu nombre, porque es un símbolo de justicia y libertad.
Venga a nosotros tu mensaje de esperanza para este país que tanto necesita superar el desencanto, la corrupción, la miseria, la impunidad, la ignorancia, la falta de confianza de la gente en sí misma.
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, sobre todo en esta tierra que tiene todas las condiciones para ser un paraíso, pero que obstinadamente buscamos convertirla en un infierno.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Principalmente el pan para tantos chiquitos y chiquitas condenados a pasar hambre por culpa del egoísmo y de la indiferencia.
Perdona a los que han transformado la Navidad en un gran comercio, a los que han vaciado de contenido uno de los acontecimientos más bellos en la historia de la humanidad, a los que hoy le ponen precio hasta al mismo Dios.
No nos dejes caer en la tentación de creer que estas fiestas son solamente fiestas, porque en realidad son una oportunidad para redescubrir los valores de la solidaridad y del amor, para compartir nuestros sueños por encima de nuestras diferencias.
Y líbranos de los insulsos arbolitos de plástico y nieve artificial, de los ridículos Papá Noel con abrigos de lana en medio del calor subtropical, de los programas fashion de la televisión, de los petardos enloquecidos, de los paranoicos cazadores de brujas, de los fabricantes de conspiraciones, de los jueces vendidos al mejor postor, de los asaltantes y secuestradores, de los eternos baches de nuestras calles, del dengue, de la crisis, de los depredadores de la naturaleza, de los vendedores de ilusiones, de los ladrones de sueños, de la cachaca estruendosa, del calor insoportable y de todo mal. Amén.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Historia de Navidad


Historias de #Navidad

Se bajaron de la carrocería del camión cargado de olorosas frutas, cerca del Mercado Cuatro. 
El chofer no les cobró el precio del viaje e incluso les regaló una sandía. Con tristeza los vio marcharse calle abajo, hundiendo lentamente sus pies sobre el asfalto caliente, sus siluetas recortadas contra el fondo de rascacielos.
El hombre caminaba con dificultad, apoyado en un bastón, cargando a duras penas su bolsa de escasas pertenencias. A su lado la mujer aún joven, aunque con la piel surcada de arrugas, trataba de equilibrarse con su enorme panza, sosteniéndose a ratos por paredes y columnas.
Cerca de la vieja Estación del Ferrocarril alguien les indicó una pensión barata, pero la dueña les miró el aspecto de lástima y les dijo que ya no quedaban piezas vacías. 
Llamaron a la puerta de una gran casona a pedir un poco de agua o comida, pero apenas se abrió la mirilla el señor les dijo que no quería comprar nada y cerró con un golpe seco que les lastimó el corazón.
Estaban extenuados, sentados en un banco de la Plaza Uruguaya, cuando se les acercó un travesti, aburrido de no hallar clientes. 
Al principio lo miraron con temor y desconfianza, pero al poco rato ya le estaban contando su historia, la manera en que unos políticos inescrupulosos les habían despojado de su chacra y su ranchito, allá en Curuguaty. Solos, con muy poco dinero, con el niño a punto de nacer, no les había quedado más recurso que venir a la capital en busca de sustento.
Esa noche encontraron el calor de un viejo colchón, tirado sobre el piso de tierra de una casita de hule y cartón, en el Bañado. 
Esa noche, el llanto de un bebé recién nacido se escuchó nítido y fuerte sobre el rumor de cachacas y televisores encendidos. 
Esa noche, el travesti salió emocionado a contar la buena nueva a sus amigos pescadores y ellos abandonaron sus canoas para venir a ver al niño, trayéndole lo poco que habían pescado a manera de ofrenda. 
Esa noche hubo una estrella que brilló más que todas sobre la bahía.
Pudo haber sido una cálida noche de diciembre. 
La mujer pudo haberse llamado María y el hombre José, son nombres tan comunes. 
Esta historia pudo haber ocurrido en Asunción del Paraguay, en el 2020, o en una perdida aldea de Judá, llamada Belén, hace más de dos mil años. 
¿Acaso habría alguna diferencia...?

domingo, 1 de noviembre de 2009

La noche en que Caetano le cantó al alma del Paraguay


No era la poética Luna de Sao Jorge, sino la de la Triple Frontera, blanca y radiante, iluminando el instante mágico en que Caetano Veloso se quedó solo con su guitarra en medio del escenario, y empezó a entonar los inconfundible versos de la canción que el confiesa haber adorado desde niño, y que recién a los 67 años de su edad pudo cantarla directo al corazón de los paraguayos: “Una noche tibia, nos conocimos, junto al lago azul de Ypacaraí…”.
Fue el momento en que la multitud pareció levitar en una sola voz colectiva, cuando cerca de 2.000 gargantas acompañaron cada verso de la guarania con una emoción desbordada. No era la exquisita versión en solo de cello que el maestro Jacques Morelembaum arregló especialmente para el disco Fina estampa, sino otra distinta, más cálida e intimista, que Caetano improvisó con su voz inigualable y su suave rasgueo de guitarra.
La noche del viernes 30 de octubre no era tibia como la de Ypacaraí, sino extremadamente calurosa para ese privilegiado público apretujado en el patio del N9ne Bar & Lounge de Ciudad del Este, pero las incomodidades se habían olvidado en seguida, apenas el cantautor bahiano entró en escena.
El sonido acústico de la Banda Cé, con Pedro Sá (guitarra), Ricardo Diaz Gómez (bajo) y Marcelo Callado (batería), le dio el ropaje musical preciso a los nuevos temas del disco Zii e Zie, que Caetano presentó al público con entusiasmo adolescente, pero sin descuidar intercalar algunos de sus clásicos temas, incluyendo una extraordinaria versión en español del tango Volver, de Gardel y Lepera.
Y si con su interpretación de Recuerdos de Ypacaraí se metió en el alma del Paraguay, arrancó gritos de emoción cuando dedicó la canción Irene a la memoria del inmortal Augusto Roa Bastos, uno de los grandes escritores a quien Caetano confesó su devoción.
Fueron más de dos horas de un show que probablemente se hizo esperar una vida. Un largo bis de canciones coronó la noche en que uno de los más celebrados cantautores de Brasil y de toda Latinoamerica pulsó las fibras más hondas de la emoción, demostrando que su grandeza de artista convive por igual con su sencillez y su nobleza hondamente humana.
Un extraordinario concierto, que quedará en la historia.

lunes, 5 de octubre de 2009

Gracias a La Negra que ha cantado tanto



El viejo disco de vinilo estaba allí, guardado en el fondo del polvoriento estante, con la contratapa llena de cruces pintadas con marcador negro.
Había canciones que tenían hasta cinco cruces marcadas, y una anotación en manuscrito: “¡No pasar…!”.
Me llamó la atención, le di la vuelta y miré la carátula. 
Estaba la foto de una mujer morena, de rostro aindiado, vestida con un poncho, en pose de meditación contra un fondo marrón. 
Y un título enorme: 


Mercedes Sosa 

HOMENAJE A VIOLETA PARRA



Era un ardiente verano de 1975. 
Yo nunca antes había oído hablar de ella. 
Tenía 14 años de edad y realizaba mis primeras prácticas de aprendiz de locutor en ZP 27, Radio Mbaracayú, emisora de la fronteriza ciudad de Saltos del Guairá.
Le pregunté al operador qué significaban las cruces en el disco, y él me explicó:
Es una artista argentina y sus músicas están prohibidas de pasar por la radio, porque es una comunista peligrosa.
Me hizo señas de que me acercara, y me susurró al oído: 
Pero es una cantante de la gran siete… ¡escuchá!.
Me alcanzó los auriculares, puso el disco en una de las bandejas de prueba, colocó la púa en el surco dos, y se quedó esperando mi reacción.
Sentí un suave acorde de guitarras y luego una voz dulce y potente, límpida como el cristal, que entró por mis oídos y me acarició el alma: 

Gracias a la viiiida…. que me ha dado taaaanto….


Hay minúsculos instantes que te marcan para siempre.
Ese fue uno de ellos: la primera vez que escuché cantar a Mercedes Sosa ese magistral himno a la vida que compuso la mágica chilena Violeta. 
Ese día las dos entraron a mi vida para quedarse, ayudando a encender mi amor por el arte y mi consciencia de lucha por la libertad.
Le pedí al operador que me prestara el disco, pero puso cara de pánico, lo guardó otra vez en su funda, negando con la cabeza.
Al día siguiente, cuando llegué a la radio, me pasó subrepticiamente una cajita, en cuyo interior encontré un casete grabado con músicas de La Negra, que se convirtió en una de mis posesiones más preciadas.


***

En aquellos años de sueños y barricadas, en que nos descubrimos jóvenes e inmortales coreando consignas contra la dictadura, los discos clandestinos de Mercedes eran nuestro tesoro del arcón de los piratas, junto a algún libro de poemas de Neruda o Las Venas Abiertas de Eduardo.
Ella estaba allí, tan lejos pero tan cerca, arrullándonos con su voz increíble y su tenacidad tan luminosa.
Tras su regreso del largo exilio a la democracia renacida de su patria Argentina, hubo que desafiar al miedo para ir a escucharla cantar en vivo en la vecina Formosa, aquella vez en que nos abrazó desde el escenario y nos regaló su interpretación tan única del Despertar de Maneco Galeano, dándonos fuerzas para seguir resistiendo. 
¿Qué importaba que a la vuelta, en la aduana de Falcón, nos esperara el cerco abusador de la policía stronista?
Ella era la voz cómplice y compañera que le ponía banda sonora a nuestros sueños de libertad. 
Era la voz que se filtraba tras la frontera en las voces de los nuestros, en la reivindicada amistad con Maneco y luego en su solidario apoyo a Ricardo Flechita, con quien grabó el poético Víctor Libre de Maneco y Carlos Noguera.
Y aquel concierto tan inolvidable en el Sol de América, ya en nuestros tiempos de libertad, cuando recogió de la lona a su querido y sobreviviente Charly García, y lo trajo consigo hasta Asunción para curarlo con su gran cariño de madre y los aplausos del público paraguayo.
Sí, claro. Hay quienes le reprochan todavía su “dorado exilio en París”, o que a veces cobrara tan caro por su arte invaluable, o que llegara alguna vez en limusina a sus recitales contestatarios, como si su grandeza de artista, o la esencia de su solidaridad con los marginados de la tierra, se pudieran medir por tan nimios detalles.
Ella era el canto potente y libertario, la conmovedora historia personal de pequeñas y grandes batallas contra el sistema. La valentía de gritar verdades desde el escenario contra el plan de exterminio de tantos fascistas y asesinos, pero era también la reivindicación del folklore más puro de América Latina. La voz intimista impregnada de ternura, la sonrisa morena que te acaricia en lo más profundo, la generosidad de promover a figuras nuevas, la apertura para sumarse a propuestas tan diversas, desde el clásico rock rebelde de Charly García, hasta el pop de Shakira o el urbano sonido vanguardista de Calle 13.
Ahora dicen que La Negra se murió.
¿Será…?
Yo la escucho cantar igualito como aquella primera vez, hace tantos años.
No sé si su canto me llega desde las nubes o desde el corazón enterrado de la tierra... pero está allí y seguirá estando. 
Siempre.

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P.D.: La cantautora chilena Violeta Parra, la autora de Gracias a la vida, nació un 4 de octubre de 1917, el mismo día y el mismo mes en que muere Mercedes Sosa, su más especial intérprete, el 4 de octubre de 2009. Hace rato que me he convencido de que, en cuestiones de magia poética, musical y literaria, las casualidades y las coincidencias no existen.

jueves, 6 de agosto de 2009

La reivindicación de Alberto Rodas


La fría noche del cálido recital de Silvio Rodríguez en Asunción trajo emociones desbordadas, lágrimas nostálgicas y deliciosas sorpresas. Entre ellas la invitación que hizo el trovador cubano al cantautor paraguayo Alberto Rodas para subir al escenario y cerrar el concierto.
El prócer mayor de la Nueva Trova pensaba dedicar “Unicornio” a los desaparecidos durante la dictadura stronista (se la dedicó a las víctimas del Ycuá Bolaños), pero admitió que tras enterarse de que “un gran cantautor paraguayo” había compuesto una hermosa música sobre el tema, prefería que la cante él.
Fue un broche de oro inesperado, que el público aplaudió y acompañó connmovido, coreando desde el alma esos versos que remueven tanta historia personal y colectiva.
Estaba previsto que sería la noche de gloria de nuestro gran Ricardo Flecha, invitado especial a abrir el concierto de Silvio, y resultó grato verlos cantar juntos “Pequeña serenata diurna”, con los versos traducidos al guaraní. Pero lo de Rodas fue una alegría extra, por la justa reivindicación de uno de los creadores más brillantes de la canción paraguaya contemporánea, que, por diversas y complicadas razones, últimamente se movía en el limbo de la marginalidad, el olvido o la indiferencia.

Pequeño gran Alberto
Nacido en Fernando de la Mora, en enero de 1964, hijo de un dirigente sindical de la Línea 26, Alberto Rodas conoció el rostro dictatorial desde niño, cuando su familia migró a Buenos Aires, huyendo de la represión.
De regreso en los años 80, trajo consigo el rebelde gen rockero, sumando su juvenil aporte creativo a bandas como Faro Callejero o Pro Rock Ensamble. En los festivales contestatarios tomó contacto con grupos del Nuevo Cancionero y sus temas despertaron la atención por la calidad de sus letras y músicas.
Más de una docena de discos grabados y cerca de un centenar de canciones forjaron la identidad de uno de los más logrados compositores de las dos últimas décadas. “¿Donde están?”, su obra más difundida, se convirtió en himno de la lucha por los derechos humanos. La BBC de Londres la utilizó como banda sonora de un documental sobre los desaparecidos en América Latina.
Pero el éxito no acompañó en igual proporción a la carrera del artista. Su problemática y a veces inestable personalidad, sumado a sus radicales posturas de rebeldía anti-sistema, las limitaciones interpretativas de su voz cada vez más desgarrada, no le hicieron fácil mantenerse en el duro y cruel ámbito del mercado musical.
Últimamente era común hallarlo en la mesa de un bar, pasado de revoluciones, metido en alguna pelea contra el mundo, como si algún dolor muy grande no le dejara ser plenamente feliz. O cruzarse con él en la calle, sin dinero para el ómnibus. Quién diría que ese hippie sobreviviente, al que muchos califican con tanta ligereza de “loco”, es el mismo que te eriza la piel de ternura al contarte la historia del pequeño Adrián, el bebé nacido en la Cárcel de Mujeres. (“Yo quiero un firmamento nuevo para vos, de pan y libros, para que sepan quien sos…”).
El jueves pasado, durante el encuentro entre Silvio Rodríguez y los cantautores paraguayos en el Teatro Municipal, estos reivindicaron solidariamente a su malogrado colega ante el trovador cubano, cantando todos a viva voz los versos de “¿Dónde están?”.
La magia del arte hizo lo demás. El sábado 1 de agosto, a la mañana, durante los actos conmemorativos del Ycuá Bolaños, Ricardo Flecha le transmitió un apurado mensaje a Rodas. Y en pocas horas más, con la voz quebrada ante el frío viento de la historia, Alberto cantó de cara al futuro, en el justiciero escenario de Silvio:

¿Dónde están?, preguntan los panfletos
¿Dónde están?, insisten los recuerdos,
¿Dónde están?, cual grillos del camino,
¿Dónde están? ¿Dónde se habrán ido?


Esa noche el cielo estaba nublado. Pero, aún así, fue posible advertir que aquellos huesos convertidos en estrella brillaban con una cegadora claridad.

domingo, 26 de julio de 2009

Paraguay sueña con serpientes



Fue a mediados de los años ’80, poco antes de un concierto que Silvio Rodríguez ofreció en Montevideo, Uruguay. La entonces joven guitarrista paraguaya Berta Rojas logró colarse al camarín del cantautor cubano y le hizo una entrevista para El Correo Semanal de Última Hora.
Silvio quiso saber del Paraguay. Berta le contó que sus canciones circulaban en discos y casetes casi clandestinos, muchas de ellas cantadas por artistas paraguayos en los festivales contestatarios, canciones convertidas en banderas de resistencia contra la dictadura de Alfredo Stroessner. Y que varios jóvenes habían hecho un largo viaje secreto de Asunción a Montevideo, solo para verlo y escucharlo en vivo.
Minutos después, desde el escenario, Silvio se dirigió al público: “Quiero dedicar esta canción al Paraguay, un país que aún no conozco y es para mí un misterio”
En seguida sus manos arrancaron a la guitarra los primeros acordes de uno de sus temas más emblemáticos, mientras su histriónica voz empezaba a entonar: “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan …”.
Hubo mucha especulación sobre aquella dedicatoria. Circulaba la leyenda de que Ojalá fue escrita originalmente para el dictador chileno Augusto Pinochet, y que en aquel festival Silvio le mandaba un premonitorio mensaje al tirano Stroessner: “Ojalá pase algo que te borre de pronto/ una luz cegadora, un disparo de nieve...”.
El cantautor reveló en otro momento que compuso la canción en 1969 para su primer amor, Emilia. 
Pero las letras de Silvio siempre tienen múltiples significados. 
Aquella noche montevideana estaba dedicando una canción de amor y a la vez una canción política a un misterioso país llamado Paraguay, al que dos décadas después, en otro tiempo y otras circunstancias, abrazaría por vez primera desde otro histórico escenario.

La Nueva Trova
Nacido en San Antonio de los Baños, en 1946, Silvio Rodríguez es una figura que despierta encendidas pasiones, odios o amores, por su obstinada fidelidad a la revolución cubana y al régimen castrista. Pero ni sus adversarios y más severos críticos pueden negar su ya legendaria dimensión artística, su bien ganado lugar como uno de los mayores exponentes de la canción de autor en español.
Fundador de la llamada Nueva Trova Cubana, junto a Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, entre otros, Silvio se rebeló desde muy joven como un exquisito poeta, con versos impregnados de belleza y ternura, rozando a veces el surrealismo, y como un talentoso e irreverente compositor, capaz de combinar la rica herencia de la trova y el son con los acordes del rock, el jazz, y hasta la música clásica, con su radical pasión militante.
Su rica y prolífica producción (casi medio millar de canciones, varias aún inéditas), lo han situado, junto a Pablo Milanés, como los mayores embajadores artísticos de Cuba. Pero en los últimos años el autor de Yolanda se volvió crítico y disidente al régimen de los hermanos Castro, mientras Silvio mantiene su defensa del proceso revolucionario, aún con sus matices autocríticos, lo cual ha provocado un distanciamiento cada vez mayor entre los dos principales íconos musicales de la isla.

Silvio en Paraguay
Quienes al principio de los ’80 despertamos a la lucha contra la tiranía de Stroessner, aprendimos a amar las canciones de Silvio Rodríguez en la potente voz de Ricardo Flecha, cuando desde el mítico Grupo Juglares nos deleitaba con Mariposas, encendía nuestras fibras románticas con Te doy una canción, o nos convocaba a la movilización insurgente con Vamos a andar
Vocal Dos nos brindaba a su vez la inquietante versión de Sueño con serpientes, mientras Gente en Camino nos regalaba la más bella metáfora de la utopía, al relatar la pérdida del Unicornio azul.
Flecha conoció personalmente a Silvio en 1986, en Lima, durante la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (Sicla). Nació una amistad artística y política que se fortaleció con las visitas de Ricardo a La Habana, y que los llevó a grabar juntos la versión en guaraní de Pequeña Serenata Diurna, en el primer disco El Canto de los Karai, de nuestro gran artista compatriota.
Ya entonces Flecha repartía la vaga promesa de un posible concierto de Silvio en Paraguay. En los 90 lo tuvimos al impagable Pablito Milanés, más recientemente al insumiso Frank Delgado y al pionero Vicente Feliú, pero la venida de Rodríguez se nos fue volviendo tan utópica como la búsqueda del Unicornio azul
Tuvo que ir el propio presidente Fernando Lugo a invitarlo en La Habana, para que finalmente dijera que sí.

Cita con ángeles
Son curiosos los cambios que provocan el paso del tiempo y la visión de nuevas perspectivas de la historia.
De aquel enamoramiento juvenil de mi generación con respecto a la revolución de Fidel Castro y el Che Guevara me quedan sentimientos contradictorios: la admiración por la larga y obstinada resistencia del pueblo cubano a la imposición de un modelo político neoliberal y capitalista globalizador del mundo. El elogio a su solidaridad sin fronteras y a sus trascendentes logros en salud, educación, deporte, arte y cultura. Y también la necesidad de una dolorosa crítica a la falta de libertades básicas, a los injustificables excesos represivos contra los disidentes, al anquilosamiento de estructuras de poder autoritario, a la intolerancia hacia quienes piensan distinto.
Pero a pesar de los tantos cambios de adentro y de afuera, nunca pude dejar de amar las muchas y bellas canciones de Silvio Rodríguez.
Así que en la noche particularmente simbólica y dolorosa de este 1 de agosto, que nos recuerda los cinco años del masivo y hasta ahora impune crimen del Ycuá Bolaños, vamos a estar allí, los de entonces y los de ahora, a orillas de la mágica Bahía de Asunción, para deleitarnos con la voz cascada pero vibrante de este tan joven y tan viejo trovador sin edad, sintiendo que todavía seguimos persiguiendo unicornios y soñando con serpientes.
Y seguramente cantaremos juntos aquel Ojalá que nos regalara en una lejana noche uruguaya, y que sigue siendo el himno de nuestras mejores esperanzas.

¡Bienvenido, querido Silvio...!

martes, 30 de junio de 2009

Mundo Guaikuru



La noche es fría, oscura y misteriosa, en medio de la agreste serranía de Altos.
Sopla un viento helado desde el Sur, pero en la “cancha kora”, en el centro de la pequeña comunidad rural de Itaguazú, hay una gran hoguera que ilumina los rostros sonrientes y calienta por igual el cuerpo y el alma.
Es la noche del 28 de junio, la festividad de los patronos San Pedro y San Pablo. En medio de la cancha, las mujeres del pueblo se desafían unas a otras con las antorchas de paja o kapi''i encendidas, en el antiguo juego de la “rúa”, al son de alegres polcas.
De pronto, un ulular primitivo y gutural crece desde alguna parte. Figuras fantasmagóricas emergen de las sombras. Personajes grotescos y casi vegetales, con el cuerpo cubierto por hojas secas de banano y máscaras de tela o madera de timbó, que representan a animales, duendes y criaturas oníricas.
–¡Cháke guaikuru...!
Las mujeres gritan de miedo, excitación o gozo, al sentir que los enmascarados saltan a perseguirlas. Tratan de contenerlos con el fuego, pero ante la inutilidad de la defensa echan a correr por la cancha, perseguidas tenazmente, hasta que son atrapadas al vuelo y arrastradas brevemente hacia algún rincón oscuro.
Hace tres siglos o más, en esta misma región, esta era terriblemente real, cuando los feroces e irreductibles indios guaikuru (mbaya y payagua) atacaban a los tava-pueblos de Altos, Atyrá o Tobatí, asesinaban a los pobladores, quemaban la edificación y raptaban a las mujeres.
De esos trágicos episodios hoy solo quedan estas recreaciones pintorescas, sensuales, humorísticas. Es la vida que se ríe de la muerte y la convierte en folclore, fiesta, tradición.

LO AUTÉNTICO. Itaguazú queda a poco más de una hora de viaje desde Asunción. Un camino de tierra de 3 kilómetros lleva desde la entrada de Altos hasta este lugar todavía apartado de la civilización de plástico y el vértigo de la carretera.
Cada año, desde mediados de mayo, varias comisiones de pobladores se ponen en marcha para organizar la fiesta de los santos patronos. Hay una “comisión guaikuru”, que se encarga de vestir y adiestrar a unos treinta jóvenes campesinos que encarnarán a las míticas criaturas, y una “comisión kamba ra’anga”, que hace lo mismo con otra treintena de voluntarios.
A ello se suman la comisión de damas, la comisión de jóvenes y la comisión pro oratorio, que se encargan de organizar los cultos religiosos y rituales, el servicio de cantina y los espectáculos tradicionales. No hay reguetón ni cachaca, solo polca y música de banda koygua.

ORÍGENES. En “Las fiestas de Yvu-Altos” (Fondec, 2003), Regina Kretschner destaca que los guaikuru eran antepasados de los indios Toba-Qom, “rebeldes ante las políticas de colonización, que se negaron a someterse al dominio español”. Fueron una constante amenaza para los pueblos coloniales de las cordilleras. “Atacaban con una táctica guerrillera, sorprendiendo a los pobladores y guarniciones. Robaban caballos, armas, ropas, artefactos y tomaban a los pobladores como prisioneros”, dice Kretschner. Las recreaciones se incorporaron a las fiestas antes de la Guerra de 1864-1870.
Al contrario de los guaikuru, que conservan un estilo más tradicional, los kamba ra’anga incorporan más elementos modernos a sus representaciones. Kretschner dice que sus orígenes se asocian tanto a los soldados brasileños negros (kamba) que atacaron durante la Guerra contra la Triple Alianza, como con las máscaras de los indios guaraní-chiriguanos, o como una herencia cultural traída del África por los ex esclavos negros, pero no existen fundamentos sólidos para confirmar ninguna de estas tres hipótesis. “Sus orígenes se pierden en el tiempo”, asegura.


KAMBA KUÑA. Adriana Acosta, locutora de una radioemisora en Altos, tenía “un problema de salud”. Quería concebir un bebé y no podía lograrlo. Entonces, se “encargó” a San Pedro y San Pablo y les prometió que si la ayudaban a cumplir su sueño, ella acudiría durante siete años seguidos a celebrar el ritual del fuego en su homenaje y a vestirse de “kamba kuña”, la versión feminista de los kamba ra’anga.
Hace más de cuatro años, los santos le cumplieron el milagro. Y desde entonces ella acude religiosamente, cada 28 de junio, hasta la compañía Itaguazú, donde son los patronos, para pagar su promesa.
“Les estoy muy agradecida y vengo todos los años a participar de la «rúa», a jugar con el fuego y a enfrentarme a los guaikuru y a los kamba ra’anga, durante las dos noches. También suelo vestirme de «kamba kuña» en la tercera noche, junto a las mujeres del pueblo”, cuenta Adriana.
La tercera noche de festividad, dedicada exclusivamente a las mujeres, es un “agregado feminista” que empezó hace algunos años, cuando las mujeres de Itaguazú se cansaron de ser las eternas víctimas perseguidas por los kamba ra’anga y raptadas por los guaikuru, y exigieron invertir los roles.
Entonces, a las dos noches tradicionales, del 28 y 29 de junio, agregaron “la noche de los kamba kuña”, cada 30, en que las mujeres se ponen las máscaras y los disfraces, y salen ellas a ofrecer espectáculos y a perseguir a los hombres. “Nosotras somos mucho más divertidas y creativas que los kuimba’e”, dice Eugenia Pérez, lpresidenta de la “comisión kamba kuña”.

MÁSCARAS. Un viejo machetillo o un simple cuchillo de cocina le resultan suficientes para darle forma a la liviana madera de timbó y arrancarle formas de sueño o pesadilla, una flor, una mariposa, un loro, un tucán, o las asustadoras máscaras que en la noche les darán rostros míticos a los guaikuru.
Carlos Álvarez aprendió el oficio de tallador de máscaras cuando era mita’i, viendo trabajar a su papá y a su abuelo, que a su vez lo aprendieron de sus progenitores.
“Este es un arte que viene desde hace muchos atrás, aquí en Itaguazú, y su origen exacto nadie conoce. Algunos dicen que trajeron los esclavos negros del África, otros dicen que nuestros antepasados aprendieron de los indios. Pero hoy es nuestra mayor riqueza cultural y tratamos de que no se pierda, que los jóvenes y los niños lo sigan aprendiendo”, dice Carlos.
El taller de Álvarez está en su humilde vivienda, dentro de las 3 hectáreas de la chacra familiar, en la entrada misma de Itaguazú, donde sus obras están en exposición permanente junto a las paredes de ladrillos desnudos.
“Aquí somos unas veinte personas las que nos dedicamos de lleno a esto, a pesar de que nuestro arte todavía no se conoce mucho, no hay apoyo para que vengan turistas. Yo tengo también una galería en Areguá, y allí hay mayor salida. Pero aquí en Itaguazú, que es la cuna de esta cultura, no hay mucha promoción”, señala.
Desde la pared, rostros de sueño y pesadilla observan en silencio.