martes, 26 de agosto de 2014

De periodistas, almuerzos presidenciales y confidencialidad


En estos últimos días estuve trabajando en el interior del país, un poco desconectado de las cosas que suceden en la capital, absorbido por cosas más terribles que ocurren en “el otro Paraguay”, y no me enteré de la noticia de que algunos destacados colegas periodistas habían sido invitados “en privado” a almorzar con el jefe de Estado, hasta que el colega Santiago González me llamó desde Radio Cardinal y me preguntó al aire qué opinaba sobre el tema.
Entre otras cosas, le respondí que los periodistas casi siempre somos tentados a ser seducidos por el poder, asunto con el que tenemos que tener mucho cuidado, y le recordé una frase que aprendí del maestro Daniel Santoro, que es un lema para los reporteros de investigación: “Hay que estar cerca del poder para obtener la información y lo suficientemente lejos para publicarla”.
Ahora que estoy de regreso a Asunción, he conocido más detalles de la famosa reunión, y en realidad lamento mucho que colegas con tanta trayectoria y profesionalismo, a quienes aprecio mucho, se hayan prestado a una reunión privada o secreta que, como mínimo, ha contribuido a aumentar la dosis de desconfianza que la ciudadanía tiene sobre sectores del periodismo y de la comunicación social.
Me parece poco sólido el argumento de que la reunión se hizo en privado, o se mantuvo en secreto, solo porque se deseaba obtener del presidente de la República alguna información que era valiosa, pero que el mandatario había pedido lo mantengan como “fuente anónima”, conocida en el ambiente periodístico como fuente “off the record” (fuera de grabación).
Aunque en Paraguay tenemos una valiosa conquista jurídica, en el sentido de que la Constitución Nacional (en su artículo  29) ampara a que los periodistas “no serán obligados a actuar contra los dictados de su conciencia, ni a revelar sus fuentes de información”, ello no nos salva de la exigencia ética de que debemos decirles a nuestros lectores o a nuestras audiencias de donde sacamos la noticia que les proveemos, simplemente porque es parte de la honestidad, de la transparencia, de la responsabilidad y de la credibilidad. Y si no lo podemos hacer, al menos contarles claramente por qué.
En momentos de confusión, es bueno releer a los maestros,  como el gurú de la ética periodística, el catedrático colombiano Javier Darío Restrepo, quien afirma que “con las normas de confidencialidad (como el llamado pacto “off the record”) se trata de proteger a las fuentes, cuando la reserva de sus nombres es una condición para conocer la verdad. En la práctica periodística, es un RECURSO EXCEPCIONAL, porque lo normal es que el lector conozca quién es la fuente de donde proceden esas informaciones”.
Restrepo sostiene que “también debe ser excepcional que el periodista acepte pactos de confidencialidad, y cuando estos se dan, debe ser bajo condiciones que no le impidan cumplir con la máxima de sus prioridades, que es el servicio del público. El hecho mismo de la confidencialidad se justifica en tanto en cuanto es una ayuda para prestar ese servicio”.
Es decir, generalmente la figura del “off the record”(el anonimato de quien provee la información) solo hay que aceptarla cuando la fuente tenga una información muy valiosa, cuya difusión es de utilidad pública, pero la identificación de esa fuente puede poner en riesgo su seguridad personal o profesional, caso que difícilmente puede aplicarse al presidente de un país. Y aún en caso de que aceptemos la información “off the record”, igual tenemos que re-confirmarla con otras fuentes que sí puedan ser identificables, antes de publicarla. El lector siempre debe saber de dónde obtenemos nuestra información, para que esta sea creíble. De lo contrario, podriamos inventar cualquier cosa, escudándonos en nuestras fuentes “off the record”.
Aunque nos llamen “el Cuarto Poder”, los periodistas no deberíamos asumir ese rol, sino el de ser un “contra-poder”, y siempre respondiendo a los intereses de la ciudadanía, nunca de los poderosos, ni siquiera de los patrones y empresarios que nos pagan el sueldo. No debería ser problema trabajar en medios de comunicación que son propiedad de los Zuccolillo, Vierci, Domínguez Dibb o Wasmosy, siempre y cuando no nos olvidemos de que nuestra fidelidad final es con la del público lector, tele-oyente o cibernauta.  Es un principio del verdadero periodismo.
Y desde ese principio de nuestra fidelidad con quienes nos leen, escuchan, miran o siguen, como profesionales comunicadores, no deberíamos aceptar almuerzos privados o secretos con el presidente de un país –o con alguna otra alta autoridad equivalente del poder-, a espaldas de nuestro público, porque  -por más que creamos que no estamos haciendo nada malo-, se podrían sentir traicionados.

Quizás por eso, siempre tengo presente la radical definición de periodismo que alguna vez hizo el gran autor de la demoledora novela 1984, George Orwell: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques… todo lo demás es relaciones públicas”.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Paraguay: El país de la contradicciones



El 25 de junio, por resolución del Ministerio de Educación, se celebra el Día del Libro Paraguayo.
La razón es que, un 25 de junio de 1612, el historiador Ruy Diaz de Guzmán había terminado de escribir lo que se supone fue el primer libro paraguayo. Todo bien, si no fuera porque el título original del dichoso libro es La Argentina. (¿Será que en Argentina celebran el Día del Libro Argentino, homenajeando a un libro llamado El Paraguay?).
Esta anécdota mínima es apenas una más entre las muchas que componen la identidad de este divergente territorio llamado Paraguay.
En el posteo anterior de este blog habíamos narrado la fascinación que tuvo el maestro del realismo mágico, Gabriel García Márquez, cuando le contaron sobre la sopa paraguaya: “De un país que tiene por plato nacional una sopa que es sólida, no quiero imaginar cómo será el resto…”, dijo.

No hacía falta que el autor de Cien años de soledad lo imagine siquiera.
La realidad está aquí, delirante y contradictoria:

-No solo la sopa es sólida…. también la leche es agua.
-Nuestro peculiar invierno es casi siempre más caluroso que el verano.
-El aeropuerto de Asunción está en Luque.
-El Cerro de Lambaré está en Asunción.
-En Paraguay hay más mariachis que en México.
-Los locutores paraguayos… son argentinos.
-El azúcar paraguayo… es brasileño.
-La canción nacional patriótica (Patria Querida)… es francesa.
-La actual música folclórica paraguaya (la cachaca)… es colombiana.

Las contradicciones están también en los propios símbolos del doble escudo de nuestra bandera, que deberían representar nuestra nacionalidad más intrínseca, pero que en realidad poco tienen que ver con los elementos de nuestra flora, nuestra fauna y nuestro folclore más característicos:


-La palma (Elaeis oleífera, o palma americana) es una planta tropical, más propia del Caribe.
-El olivo (Olea europea) es de la Península Ibérica, principalmente de la región de Jaén, España.
-El león… es africano.
-El gorro frigio es de Frigia, Asia Menor, la actual Turquía, un símbolo que fue apropiado por la Revolución Francesa.
-La estrella… es interespacial.
-La frase “paz y justicia”, sigue siendo principalmente eso: una frase.

Nuestras mayores contradicciones, sin embargo, son de carácter político y socio-económico.
Habitamos 406.752 kilómetros cuadrados de un país generoso en tierra fértil y abundante, pero que está concentrada en manos de unos pocos, mientras muchos son obligados a sobrevivir a la intemperie. Es la tierra sin hombres de los hombres sin tierra”, que decía nuestro más grande escritor y novelista.
En el Paraguay tenemos la mayor hidroeléctrica del mundo, pero apenas cae una lluvia o sopla un viento fuerte… nos quedamos a oscuras.
Tenemos los mejores ríos de Sudamérica, pero no podemos disfrutar de sus costas y sus playas, sea por la alta contaminación, como por la falta de adecuada infraestructura turística.
Disponemos del Acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua del planeta… pero más de tres millones de paraguayos siguen sin tener acceso al agua potable.
A pesar de todo, nos sentimos orgullosos de ser paraguayos y paraguayas, de la intensidad de nuestra historia y de las particularidades de nuestra cultura. Desayunamos sándwiches de empanada, armamos un foro social alrededor de una jarra de tereré y nos sentamos en una silla cable a mirar pasar el tiempo, bajo la fresca sombra de un árbol de mango o de alguna florida enramada.
Nos sentimos eufóricos de escuchar que nuestros ancestros guaraníes ya habían inventado el fútbol en la época de las Reducciones Jesuíticas, mucho antes de que lo inventaran los británicos en el Reino Unido, aunque últimamente nos hayamos olvidado de jugarlo bien y nos hayamos quedado fuera del Mundial más vecino de todos los mundiales.
Nos plagueamos por casi todo, acusamos a nuestras autoridades y a nuestros políticos de ser unos soberanos sinvergüenzas, pero los seguimos votando en todas las elecciones, los adulamos, les pedimos favores y cargos públicos.
Nos burlamos de las leyes, porque preferimos la ley del ñembotavy y la ley del mbareté. Viajamos de a tres en las motos, sin usar cascos por la vida. Nos resulta más cómodo tirar la basura al pie del basurero. Los varones hacemos pipí por cualquier árbol o muralla en la calle, nos bajamos del micro a mitad de la cuadra, decimos que odiamos la corrupción pero coimeamos al zorro gris que nos detuvo por cruzar el semáforo en rojo. Coleccionamos botellas y latas vacías de cerveza en las mesas del bar de la esquina. Nos conformamos con que todo sea péichante o que las cosas queden en el opa rei.
Nos peleamos en castellano y soñamos en guaraní. 
Cuando nos preguntan en alguna encuesta internacional, respondemos que somos los más felices del mundo. 
Y a veces, sorpresivamente, salimos juntos a las calles y a las plazas, armados de puro coraje e idealismo, dispuestos a dar la vida por las cosas en las que creemos, a cambiar aunque sea circunstancialmente el destino.
Nos burlamos o nos reímos casi siempre de todo, incluso de nuestras propias desgracias.
O cantamos con ritmo tropical el reflejo burlón de nuestra propia imagen en el espejo (Soy paraguayo, ¿y qué...?).
Quizás los habitantes de esta mediterránea geografía podamos hallar en nuestras contradicciones la manera de superar esa profunda descripción literaria con la que alguna vez nos caracterizó el gran autor de Yo el Supremo:

“...este país misterioso y simple,           
 elemental como el fuego y como el agua, 
 por momentos melodioso o crepitante, 
 poseído casi todo el tiempo por estallidos de furia 
 o por las depresiones del desconsuelo. 
 Un país condenado al suplicio de la esperanza, 
 con su gente que vive como en castigo 
 en uno de los más hermosos 
 y apacibles lugares de la tierra; 
 de esos que se llevan su lugar a otro lugar 
 y se esconden en un recodo de la historia”. 
  
(AUGUSTO ROA BASTOS, Una isla rodeada de tierra).


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(Publicado originalmente en el blog Mandioca Republic, de Andrés Colmán Gutiérrez, en ÚLTIMAHORA.COM).

sábado, 2 de agosto de 2014

El día en que Calé se quedó sin palabras


La mañana del jueves 31 de julio de 2014 quedará registrada en la historia chica como el curioso día en que el sempiterno y hasta hace poco incombustible senador colorado Juan Carlos Calé Galaverna huyó abrumado de las cámaras y de los micrófonos de la prensa, esgrimiendo un reiterativo "no voy a hablar".
Muchos de los más veteranos periodistas del Congreso no lo podían creer. ¿Era acaso este el mismo Calé, el que siempre se mostró tan impune, verborrágico y soberbio? ¿El caudillo, al que no se le movió un pelo, al admitir ante el propio plenario del Senado haber sido cómplice de un gran fraude electoral? ¿El que se ufanaba con gesto sobrador, cuando una grabación de conversación telefónica reveló cómo bajaba "línea política" al entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Fernández Gadea? ¿El que tildaba públicamente de "putas con escapularios" a los más poderosos empresarios de comunicación del país?
Lo que en todos estos años de pretendida construcción democrática no lo han podido lograr ni la Justicia, ni la Fiscalía, ni las sucesivas denuncias periodísticas, ni las marchas de protesta ciudadana, lo han logrado algunos pocos minutos de segmentos editados de dos videos con escenas sexuales, filtrados en las redes sociales de internet, probablemente por sus adversarios políticos, en los cuales el senador aparece manteniendo (o intentando mantener) relaciones sexuales con cinco mujeres, en dos momentos diferentes.
Las escenas del video se multiplicaron, de manera incontenible, a través de esa asombrosa red digital que es internet, y los medios periodísticos tuvieron que hacerse eco de la información —en algunos casos, cuidando no traspasar los límites éticos y legales; en otros, no—. Pero ni las desesperadas acciones por levantar el video de algunos sitios webs, ni de prohibir o censurar a través de una polémica –y pésimamente redactada– resolución judicial pudieron atenuar el más fuerte golpe político que el legendario senador colorado haya recibido en toda su carrera.
Aún habrá que ver hasta dónde llegan las oleadas de esta explosión mediática, que mezcla en una confusa licuadora virtual lo privado y lo público, lo legal e ilegal, lo morboso y lo ético, lo sexual y lo político.
Una cosa, sin embargo, es segura: la leyenda de Calé (y de muchos de sus emuladores en el ámbito político), a partir de ahora, será radicalmente diferente.
La experiencia revela además una nueva modalidad de guerra política en la era digital: Mientras, en la región fronteriza norte del Paraguay, los caudillos adversarios se siguen tirando a matar con balas, en la capital del Paraguay, Asunción, y especialmente en los recintos del Congreso Nacional, ahora se tiran a matar con videos.}


(Publicado en la columna “Al otro lado del silencio”, sección Opinión, diario Última Hora, edición del sábado 2 de agosto de 2014).


martes, 29 de julio de 2014

Tati y el bombero que la salvó: Un rencuentro, diez años después

El bombero Edgar Bogarín y Tatiana Gabaglio, a diez años de la experiencia que les marcó la vida y los unió en una relación de amistad y de padre/hija. Ella lo llama "mi héroe personal".

En medio del fuego y los escombros, Édgar Bogarín rescató a una niña que le imploraba: "¡Papá, dame agua!". Diez años después, el bombero y la sobreviviente Tatiana se unen en un conmovedor abrazo. Un símbolo de la solidaridad, más allá del horror.


#CrónicasDeLaMemoria


Andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman


Era la tercera vez que el suboficial primero Édgar Bogarín Duarte, bombero de la Policía Nacional, ingresaba al edificio en llamas del Supermercado Ycuá Bolaños, ese trágico domingo 1 de agosto de 2004.
Tanto él como sus compañeros ya habían logrado sacar a varias personas con vida, pero siempre existía la esperanza de encontrar a alguien más.
"Yo estaba allí, abriéndome paso en medio de los chorros de agua y de la espesa humareda, cuando sentí una voz infantil que apenas se escuchaba debajo de los escombros y de los cuerpos. Me acerqué y encontré a una niña pequeña, todavía viva...", recuerda el bombero.
Tatiana Judit Gabaglio Rodríguez tenía entonces 7 años de edad. Había acompañado a su vecina a un paseo de compras al local comercial, cuando la atrapó el incendio. Parte del plástico ardiente del cielorraso derretido cayó sobre ella y le aprisionó la pierna derecha.
"Le quise sacar el pedazo de plástico que estaba sobre su pierna, pero era imposible, estaba totalmente pegado. Entonces la alcé en mis brazos, con el trozo de plástico entero", narra Édgar.
Fue cuando la niña hizo un pedido tembloroso, con una frase que ambos recordarían por siempre:
-¡Papá... dame agua!
Con la ayuda de otro bombero, Édgar la pudo bajar por la rampa. Mientras buscaban un vehículo en la cual llevarla, él consiguió un termo con agua, vertió un poco del líquido en la palma de la mano y  humedeció los labios de la niña. "No podía darle de beber, porque no sabía en qué condición de salud estaba ella", explica.

DESTINO.  Aquel momento especial los unió para siempre. Édgar  acompañó a la niña en una patrullera policial hasta el Sanatorio Santa Bárbara y no la dejó sola, hasta asegurarse de que ella esté a salvo.
"Él es mi héroe, es a la vez un padre y un gran amigo", admite Tati, quien se funde en un abrazo emocionado con él, diez años después, en los estudios de tevé de ULTIMAHORA.COM.
Édgar es más parco, pero no logra ocultar su emoción al recordar como el destino lo unió a esa chiquilla rebelde, que hoy cuestiona el sistema, pero siempre se molesta cuando sus compañeros atacan a los policías.
"Cuando escuché que ella me pedía agua, en medio del incendio, solo pensé en mi hija, que entonces tenía cuatro años. Agradezco mucho haberla conocido, aunque haya sido en tan trágicas circunstancias. Ella es también una  heroína. Haber podido salvar su vida, para mí, fue el mejor regalo", dice el bombero.
Desde entonces, sus familias se han hecho amigas. Tati acostumbra salir con los hijos de Édgar y él ha estado presente en muchos momentos importantes de su vida: la sacó a bailar el vals el día en que ella cumplió 15 años.
Inspirada en su ejemplo, y en el de muchos otros bomberos que dieron todo de sí para salvar vidas aquel fatídico 1 de agosto, Tati ha decidido también ser bombera y hoy es brigadista de la Tercera Compañía del Cuerpo de Bomberos Voluntarios.
Ambos coinciden en que no se se ha hecho  verdadera justicia en el caso Ycuá Bolaños, y que la sociedad paraguaya no ha aprendido aún la lección, en hacer que los edificios sean más seguros.
"De entre las cenizas nació una gran amistad", dice ella, mientras ríe y juega, llevada en andas por su héroe personal.

jueves, 24 de julio de 2014

Tati vuelve al Ycuá Bolaños: “Aquí me iluminan 400 ángeles”

 
Tatiana Gabaglio, diez años después, se enfrenta a los recuerdos en el Supermercado incendiado, del que apenas salió con vida.
Tatiana Gabaglio tenía solo 7 años cuando el mundo se le cayó encima. Perdió una pierna y mucho más en el incendio del Ycuá Bolaños. Diez años después, ella regresa al local, en un viaje interior sobre lo mucho que la vida le quitó y le dio a la vez. 


#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez  
@andrescolman


Hace diez años era domingo y había música en el aire. Había gritos, risas, ruido: el eco de las voces de mucha gente haciendo compras. Tati era entonces una niña de 7 años, a quien su vecina invitó a dar un paseo hasta el Supermercado Ycuá Bolaños, a unas siete cuadras de su casa, en el barrio Trinidad de Asunción.
Ese domingo 1 de agosto de 2004 era la primera vez que Tati iba a conocer el moderno y gran local comercial por dentro. La niña tenía los ojos de quien descubre un nuevo mundo. No sabía que, en pocos minutos más, ese alegre paseo dominguero se transformaría en un verdadero viaje al infierno. Una pesadilla que cambiaría su vida para siempre.
Ahora es jueves, diez años después de aquel fatídico domingo, y Tatiana Judith Gabaglio Rodríguez se ha convertido en una bella y esbelta jovencita de 17 años, que regresa a aquel siniestro edificio, esta vez con los ojos nublados de dolor y de tristeza.
Una prótesis reemplaza a su pierna derecha, pero no le impide subir entre los escombros de las escaleras con agilidad y decisión, hasta llegar a la entrada de lo que alguna vez fue el gran salón de ventas, y que ahora es solamente un lúgubre espacio vacío ennegrecido, cubierto de humedad y de trágicos recuerdos.
Tati se queda parada allí, mirando el sombrío paisaje, seria y callada. De pronto la vemos estremecerse, sobresaltada por un escalofrío.
-¿Miedo..? – le pregunto.
-No, no es miedo –responde–. Son los recuerdos. Aquí, no tengo miedo. Aunque este lugar se vea muy oscuro y siniestro, yo aquí encuentro mucha luz. Aquí me iluminan 400 ángeles...

El horror de aquel día...

En estos diez años desde el incendio del Ycuá Bolaños, Tatiana ha contado su historia una y otra vez, pero su más crudo relato es la que ella misma escribe, con la pasión por las letras que se le ha ido despertando en este proceso:
"Eran aproximadamente las 11:25 de aquel 1 de agosto, cuando escuchamos una gran explosión proveniente del restaurante del Supermercado. En el mismo instante, comenzamos a correr, agarradas de las manos con mis vecinas", recuerda.
Ella cuenta que empezaron a escucharse estallidos, como de disparos de ametralladora. Era el cielorraso del local, que se desplomaba sobre la multitud, mientras el intenso calor del fuego se aproximaba.
"La luz se apagó. Una tempestad de fuego cubrió todo el lugar, seguido de una humareda espesamente oscura y fatalmente tóxica. En medio resonó una voz que decía: "¡Cierren las puertas, la gente está robando...!", narra Tati.
La niña cayó al piso, cerca de una góndola de productos, no muy lejos de la puerta de salida. Se acomodó allí, cubriéndose la cara para que no la alcance el fuego. Alrededor todo era caos, corridas, gritos, llanto, confusión, choques, personas tosiendo a causa del humo. Se escuchaba el fuerte ruido del crepitar de las llamas.
"Yo insistía en levantarme y no podía. El cielorraso caído había envuelto mi pierna derecha. Era algo caliente y pesado, que no me permitía ponerme de pie. Con mis ojos llenos de lágrimas, me enfrentaba al fuego, absolutamente sola, como muchos. Veía a familias enteras, tomadas de las manos, víctimas de la desesperación...", relata.
Tati dice que no lograba entender la magnitud del horror, debido a su corta edad, pero en ese momento entendió claramente que no iba a conseguir salir, y que se iba a morir, igual que muchas de las personas cuyos cuerpos se iban amontonando alrededor suyo.
"Escuchaba los gritos de las personas que estaban cerca de mí, y pensaba que ya no viviría para contar lo sucedido, que mi mundo terminaría a tan solo 7 años de edad", admite.
En un momento, sepultada por los escombros ardientes y por varios cuerpos de personas muertas o desmayadas, Tati se dio por vencida y se despidió internamente del mundo y de la vida.

"¡Papá, dame agua, por favor...!"

Fue entonces cuando algo especial sucedió.
"De pronto, alguien se me apareció. Era un ángel: mi tío, que había sido asesinado por unos delincuentes en el año 2001. Él me daba fuerzas, me decía que no pierda la esperanza, que yo saldría de ese lugar, que alguien me rescataría", rememora.
A los pocos minutos de esa misteriosa o milagrosa aparición, Tatiana sintió que una mano humana se abría paso entre los escombros y que unos potentes brazos tomaban su cuerpecito golpeado y la retiraban de allí.
Era el suboficial inspector Edgar Bogarín Duarte, bombero de la Policía Nacional, uno de los varios rescatistas que habían ingresado con mucho coraje en medio del incendio, para ayudar a salir a las personas atrapadas que aún estaban con vida.
Tatiana recuerda que, al sentir que el hombre la rescataba, ella le imploró, con un hilo de voz:
-¡Papá, dame agua, por favor...!

La pequeña Tati, con el bombero Edgar Bogarín, que la sacó de en medio del incendio y le salvó la vida.
"Yo tenía mucha sed, mi garganta se encontraba seca. El bombero me dirigió al boquete de salida, rápidamente me acostó en una camilla y me metió dentro de una ambulancia. En todo momento, el bombero que me había salvado estuvo a mi lado, me llevaron al Sanatorio Santa Bárbara, que se encontraba a dos cuadras del lugar. Allí intentaron quitarme el plástico que tenía adherido a mi pierna derecha, pero no lo lograron", cuenta Tati.
De allí, fue trasladada al Hospital Bautista, donde la ingresaron al quirófano y amaneció en la Unidad de Terapia Intensiva. Todo ese tiempo ella se mantuvo lúcida, consciente de lo ocurrido.
"A los siete días del incendio, a mi madre le dieron la noticia más dolorosa: tenían que amputarme la pierna derecha, para que yo pueda continuar con vida, debido a la infección y las quemaduras de tercer grado que me habían provocado las llamas", rememora.

El desafío de vivir, después del horror.

El incendio del Supermercado Ycuá Bolaños, la mayor tragedia en la historia contemporánea del Paraguay, dejó un saldo de 400 muertos, 365 sobrevivientes, 206 huérfanos, unas 5.000 familias afectadas de manera directa y todo un país en shock ante lo ocurrido.
Para quienes lograron sobrevivir, como Tati, las experiencias más duras, además de tratar de curar las heridas físicas de las quemaduras, fue buscar sanar las heridas profundas que el fuego les dejó marcadas en el alma. Fue el desafío de aprender a vivir, después del horror.
"En los primeros tiempos tenía que desenvolverme con muletas y silla de ruedas. No me gustaba para nada la idea, detestaba estar así. Pateaba a los médicos y a las enfermeras, no quería saber nada. Odiaba la vida luego de la tragedia", reconoce Tatiana.
Lo que más le dolía eran las burlas de los otros niños, al ver que ella no tenía una pierna, o la insensibilidad de mucha gente ante lo que le había sucedido. Tati llegó a no querer seguir viviendo antes que andar por la vida mutilada y con el peso de tanta tragedia, pero el cariño de sus familiares, de tantos otros sobrevivientes del Ycuá Bolaños y de muchos profesionales y personas solidarias le dieron fuerzas, le contagiaron ánimos y esperanzas para sobreponerse.
Fue un largo proceso de recuperación y rehabilitación física, pero principalmente sicológica, siempre incansablemente acompañada por su mamá Judith y por su mamá del corazón, la sicóloga Carmen Rivarola Mas, dirigente de la Coordinadora de Víctimas del Ycuá Bolaños, hasta que en octubre de 2005, Tatiana recibió la primera prótesis que sustituiría a su pierna derecha amputada, y que le permitió volver a caminar paulatinamente, hacer ejercicios y practicar deportes.
La sobreviviente del Ycuá Bolaños aprendió a movilizarse con su pierna artificial, sin complejos y con mucha agilidad.
La sobreviviente del Ycuá Bolaños aprendió a movilizarse con su pierna artificial, sin complejos y con mucha agilidad.
Ahora Tatiana es toda una campeona. Cursa su último año de secundaria en el Colegio Técnico Javier, donde llegó a ser presidenta del Centro de Estudiantes. Juega al básquet, anda en bicicletas, practica artes marciales (jiu-jitsu) y está en proceso de convertirse en bombera voluntaria, como brigadista de la Tercera Compañía de Bomberos Voluntarios del Paraguay, evidentemente inspirada en aquel hombre que le salvó la vida hace 10 años, pero también en los muchos otros rescatistas que dieron todo de sí para evitar que las muertes de aquel fatídico domingo sean mucho mayor.
La prótesis la debe renovar aproximadamente cada seis meses, a medida que va creciendo, y es toda una lucha enfrentar a la burocracia de las instituciones del Estado paraguayo para poder obtenerla, por su elevado costo, pero Tati ha aprendido a ser insistente, a reclamar y a denunciar, a utilizar las redes sociales y los medios de comunicación.
En todo este tiempo, ella se ha convertido en una dinámica luchadora social y activista de los derechos humanos, dirigente de la Federación Nacional de Estudiantes Secundarios (Fenaes), incansable batalladora contra toda injusticia, aunque en su corazón sabe que en la causa de la que ella fue víctima directa, nunca se hizo justicia verdadera.
"Las penas que impuso el sistema judicial en el caso Ycuá Bolaños son muy pocas para tantas muertes, para tanta insensibilidad ante las vidas humanas. Y lo más terrible es que este cruel sistema social materialista, que prefiere cerrar las puertas para no perder dinero, aunque se pierdan 400 vidas, continúa intacto", dice ella, con un eco de tristeza.
Tatiana, practicando a ser bombera voluntaria en la Tercera Compañía. Quiere ser como quien la salvó.
Renacer, como el Ave Fénix.

La entrevista ha concluido y Tatiana desciende del muro que hemos utilizado como improvisado asiento. Su agilidad y su equilibrio son asombrosos. Vuelve a recorrer con la vista el negro espacio vacío que alguna vez fue un amplio salón comercial poblado de voces y de risas, y por un momento una sonrisa ilumina su rostro.
"He aprendido a renovar esta vida que Dios me regaló. Volví a nacer de las cenizas, como un Ave Fénix. Aprendí que la vida vale la pena, que tener una prótesis nunca debe ser impedimento para lograr las metas que nos proponemos. Una debe ser optimista ante todo y hacerle frente a la vida, a pesar de las dificultades", dice Tati, echando una última mirada a ese oscuro lugar, que de pronto aparece inundado de luz.

Será la luz de los 400 ángeles...

martes, 1 de julio de 2014

Gabo y Roa Bastos, en Manorá y Macondo


Algunos amigos suyos, viajeros infatigables, le habían relatado al gran Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez las historias del Paraguay, esa Macondo del Cono Sur, sin mar y sin bananas, isla rodeada de tierra, pero con maravillas tanto o más delirantes que las de la literaria comarca caribeña, entre ellas la experiencia mágico-realista de sentarse a la mesa de un restaurante y pedir el plato nacional, la tradicional sopa paraguaya, para encontrar que es… una torta sólida de maíz, queso y cebollas.
El veterano periodista argentino Rogelio Pajarito García Lupo, autor del documentado libro El Paraguay de Stroessner -quien a inicios de los años 60 fundó con Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Jorge Masetti la legendaria agencia cubana Prensa Latina-, le contó a su amigo Gabo sobre ese país dormido en el sopor de la siesta sudamericana, donde un viejo dictador establecía por decreto que el termómetro no suba más de 38 grados centígrados, para que la población no sienta los efectos psicológicos del calor. Fue cuando el autor de Cien años de Soledad admitió que le encantaría invadir literaria o periodísticamente ese mágico territorio de su colega novelista Augusto Roa Bastos.
Pero desde el golpe militar en Chile, que en setiembre de 1973 derrocó el gobierno de su amigo Salvador Allende, García Márquez había anunciado que no visitaría países con dictaduras militares de derecha. Cuando el régimen del general Alfredo Stroessner cayó por fin en febrero de 1989, el Nóbel colombiano ya estaba tan entrampado con los acosos de la gloria y de la fama, que le rehuía a casi todos los viajes, salvo que fueran inexcusables.
Una de las últimas oportunidades de conocer por primera vez el Paraguay se había dado justamente tras la caída del stronismo, cuando Roa Bastos lo llamó para invitarlo a visitar el país y dar una conferencia en un congreso internacional, de los muchos que se organizaban con el retorno a la democracia. Gabo no tuvo corazón para decirle que no, y aceptó la invitación, aunque finalmente se excusó.
Roa y Gabo se conocían mutuamente y se admiraban literariamente, pero no eran tan amigos. Se habían encontrado más de una vez en la diáspora del exilio latinoamericano y en algunos encuentros literarios, como la histórica oportunidad en Buenos Aires, en 1969, en que la legendaria revista Primera Plana y la Editorial Sudamericana los reunió con el escritor argentino Leopoldo Marechal, como jurados de un concurso de novelas.
De aquella reunión de los tres maestros narradores queda una colección de fotografías en blanco y negro, en que a Roa y a Gabo se los ve conversar con mucha pasión y vitalidad, junto al maduro Marechal. Todavía no sentían toda la insoportable levedad de ser grandes celebridades literarias. Gabo llevaba dos años de haber publicado la consagrada Cien años de soledad (1967) y Roa estaba a punto de cumplir una década con su deslumbrante Hijo de Hombre (1960), pero aún no había terminado de escribir su obra cumbre, Yo el Supremo (1974).
Después, hubo distanciamientos. En una polémica entrevista concedida a mediados de los ‘80, Roa Bastos estableció diferencias con la corriente literaria del boom latinoamericano, sosteniendo que autores como él, así como el mexicano Juan Rulfo, el peruano José María Arguedas y el uruguayo Juan Carlos Onetti, se ubicaban en campos diferentes y con menos marketing que el que caracterizaba a otros promocionados autores, como Vargas Llosa o García Márquez.
La brecha se selló en noviembre de 1989, cuando Roa Bastos ganó el Premio Cervantes, el más importante trofeo de las letras iberoamericanas. Entre los muchos saludos y felicitaciones, el escritor paraguayo recibió un telegrama con apenas tres palabras que lo llenaron de emoción. Haciendo juego con el título de su novela más famosa, el texto decía simplemente: “Tú el supremo”. Lo firmaba el Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.
Quizás fue aquel acercamiento el que motivó que Roa se comunique con Gabo, para invitarlo al Paraguay. El frustrado intento provocó una genial boutade macondiana por parte de Gabo, que es rescatada por el periodista argentino Cristian Kupchik, en su crónica Mentiras verdaderas, publicada en la edición número 39 de la revista bonaerense Quid, de abril-mayo de 2012, y reiterada además en un brillante ensayo, titulado Sopa paraguaya: Viaje por el pan de la utopía.
Al respecto, escribe Kupchik:
“Reinstalada la democracia, el prestigioso autor Augusto Roa Bastos invitó a su amigo Gabriel García Márquez a dictar una conferencia en Asunción. Llegada la fecha prevista, el colombiano se excusó con Roa y la opinión pública guaraní, debido a que un compromiso inesperado hacía imposible su presencia. Además, haciendo uso de ese magnífico sentido del humor caribeño, Gabo confesó sentirse a la vez maravillado e intimidado: “De un país que tiene por plato nacional una sopa que es sólida”, señaló, aludiendo a la sopa paraguaya, en verdad una suerte de pastel, “no quiero imaginar cómo será el resto…
Finalmente, Gabo nunca pudo visitar y conocer el país de la sopa sólida, la versión sureña de Macondo.
En la contracara de la aldea literaria inventada por el Nobel colombiano, nuestro Roa Bastos creó su propia aldea literaria, inspirada en su pueblo natal Iturbe del Guairá, a la que bautizó Manorá (el lugar para morir). 
Allí describe una comarca habitada por mujeres con luminosos cinturones de luciérnagas y carpincheros que navegan sobre embarcaciones llameantes, Cristos leprosos y dictadores sin muerte, donde transcurren sus alucinadas historias mediterráneas.
Así como Roa Bastos y Gabo compartieron obra y vida, Macondo y Manorá también se fundieron literariamente en las páginas de la novela Contravida, en que el autor paraguayo rinde homenaje a su gran colega colombiano, convocando al coronel Aureliano Buendía y toda su familia, junto al Quijote y Sancho Panza, en un fantasmagórico desfile a orillas del río Tebicuary.
Al igual que Roa Bastos, quien partió de este mundo físico un 26 de abril, Gabo también eligió el mismo mes para decir adiós, en su viaje hacia la inmortalidad literaria. 
Probablemente los dos autores estarán hora en algún polvoriento bar-almacén o cantina de Macondo-Manorá, brindando con ron caribeño o con caña paraguaya, entre un mágico y alucinado revuelo de luciérnagas brillantes y mariposas amarillas…

Augusto Roa Bastos, Leopoldo Marechal y Gabriel García Márquez, en Buenos Aires, en 1969.

jueves, 26 de junio de 2014

Sueños inundados


Mucha gente se pregunta: ¿Por qué los pobladores del Bañado siempre esperan hasta el último momento de la creciente del río para salir de las zonas inundadas, ya cuando están con el agua al cuello? Yo también me lo preguntaba, hasta que una tarde, en el Bañado Tacumbú, Teodora me contó su historia. De esa versión nació “Sueños inundados”, uno de los relatos que componen mi libro “El Principito en la Plaza Uruguaya” (Servilibro, 2007).
Esta es la historia: 


Miércoles.
El río amaneció dentro del gallinero.
Teodora se fue tempranito a revisar, sobresaltada por el cacareo incesante en la madrugada, y se encontró con un cuadro de helada tristeza. Las gallinas, mojadas y ateridas de frío, se disputaban el poco espacio que quedaba encima del cercado. Los pollitos más chicos no habían logrado escapar a la correntada destructora.
–¡Jacinto! –le gritó a su marido junto a la cocina–. ¡Tenemos que mudarnos ya, che karai! ¡Mañana el río va a estar dentro de nuestra pieza y será muy tarde!
–No –dijo Jacinto, soplando el fuego del brasero con una pantalla–. Todavía no. A lo mejor ko el agua no sube tanto.
Teodora sintió que la rabia le subía por el cuerpo. Miró hacia la ribera desbordada. Vio un tuyuyú revoloteando sobre una isla de camalotes. Vio la hermosa casita de su comadre Juliana, toda de material, sumergida en el agua hasta la altura de las ventanas.¿Para eso pio tanto sacrificio?, se preguntó con angustia. Trató de calmarse. Se acercó al brasero, se sentó en una silleta y le habló a su marido como si fuera un mita’i caprichoso.
–¿Cómo pio lo que sos tan sin más pena, che karai? ¿Por qué pio tenemos que esperar hasta la última hora para salir? Mirana: el agua ko ya está a dos metros nomás. Karai Rojas y su familia ya se mudaron esta mañana en un carrito. ¿Qué pio lo que estamos esperando más?
Jacinto revolvió las brasas con un palo. Colocó encima la pava con el agua para el mate. Su rostro parecía de piedra.
–No –dijo, con voz lenta y grave–. Vamos a esperar un poco más. A lo mejor ko la crecida se para. A lo mejor...
Teodora no pudo resistir más. Estalló en un sollozo estremecido.
–¡No te entiendo, Jacinto! En serioité que no te entiendo! ¿No pensás acaso en tus hijos? ¿Querés que mañana amanezcan descalzos en el agua fría...?
El hombre se levantó y fue hasta la puerta. Apoyó el brazo contra la precaria pared de tabla.
Afuera, el viento traía un aire de melancolía desde el Sur.
Un pescador se acercaba remando en una canoa, con las redes vacías.
El Bañado Tacumbú parecía más triste que nunca.
Jacinto sintió que las ráfagas heladas traspasaban las grietas de su casa y penetraban en el fondo de su alma.
Sus manos comenzaron a acariciar las paredes, suavemente.
–Con mis propias manos... –dijo–. Yo levanté estas paredes con mis propias manos...
La mujer quedó en silencio.
–¿Te acordás, Teodora, esa mañana en que llegamos con nuestra mudanza, desde Curuguaty? ¿Te acordás todo lo que anduvimos para encontrar un lugarcito, aquí, cerca del río? ¿Todo lo que pasamos para levantar esta casita?
El agua de la pava comenzó a hervir, arrojando una nube de vapor frente a los ojos de Teodora.
Allí, en medio de la nube cálida, la mujer empezó a ver imágenes...
Un fértil valle despoblado.
Un éxodo, un viaje.
Pies desnudos sobre el asfalto negro.
Ojos asombrados ante las moles de cemento que arañan el cielo.
Puertas cerradas, gestos hoscos, lluvia.
Nostalgia, angustia, soledad.
–¿Te recordás la farra que hicimos el día que terminamos de poner el techo? El compadre Rafael se emborrachó tan grande que se tuvo que quedar a dormir en el corredor. ¡Estaban contentos los mita’i!
Un paku asado a la parrilla bajo la enramada del patio.
Los niños jugando a orillas del río.
Los vecinos que llegaban a saludar con algún regalito. No se moleste, señora. Pero si es una zoncerita nomás.
Una cachaca brotando alegre desde la radio.
Si, Teodora se acordaba...
–Después vino la gran creciente. Tuvimos que desarmar parte de nuestra casa para irnos, arrastrando nuestras cosas por el agua. Esa vez se nos rompió la tele, ¿te acordás pa? Tuvimos que armar nuestra carpita allá, en el campamento, en el patio de la Iglesia Virgen de Fátima. Los vecinos ñembo chuchis de allí no nos aguantaban.
Frío.
Vientos furiosos golpeando las carpas.
Sombras siniestras a la luz de las velas.
Risas, caña y truqueada.
Niños llorando.
Quejidos de placer clandestino.
Proselitismo barato, caridad asistencialista.
Y, a pesar de todo, esperanza.
Mucha esperanza.
Si, Teodora se acordaba...
–Al final volvimos. Después de varios meses, cuando por fin bajó el agua. Encontramos la casa destruida, las plantas secas, el cerco todo tumbado... Tuvimos que levantar todo de nuevo. Comenzar desde abajo otra vez... ¿Te acordás?
Si, claro que se acordada... ¿Cómo no iba a hacerlo?
La mujer se levantó y fue hasta la puerta.
El hombre seguía acariciando la paredes, contemplando sin ver el horizonte.
Ella puso una mano sobre sus hombros.
El se dio la vuelta y, por primera vez, la miró a los ojos.
–¿Entendés pa por qué lo que estoy esperando hasta el último momento? No puedo volver a desclavar estas paredes que levantamos con tanta ilusión. ¡No puedo...! Sería como arrancarme mi propia piel. A lo mejor ko el agua ya no sube más. Dicen que esta inundación no va a ser tan grande. A lo mejor ko nos salvamos. A lo mejor...
Ella pasó sus dedos curtidos por los cabellos de él.
–Si che karai. Te entiendo. Vamos a esperar. Quien sabe. A lo mejor tenemos suerte. A lo mejor...
Se quedaron un largo rato en silencio, casi abrazados.
Después, el llanto súbito de un niño quebró el encanto.
Teodora corrió hasta el interior de la pieza.
Patricio, su hijito de ocho meses, se había despertado.

* * *

Jueves.
La mujer abrió los ojos, molesta por el rayo del Sol que entraba por el hueco de la pared y le golpeaba en la cara.
Buscó a tientas el lugar de su marido junto a la cama y lo encontró vacío.
Sonrió.
Esta vez, Jacinto le había ganado de mano.
Se incorporó, perezosa.
Bajó los pies para pisar el suelo... y entonces sintió que se le congelaba el pecho, mucho antes de escuchar el chasquido.
No quiso mirar hacia abajo.
No hacía falta.
En ese instante escuchó el primer golpe.
Seco, profundo, incuestionable.
Echó a correr, chapoteando en el agua turbia que atravesaba las puertas y se metía cada vez más dentro de la casa, arrastrando sus vasijas, sus latones, sus zapatos, sus vidas, sus sueños.
En el umbral, Teodora se detuvo, casi paralizada.
Jacinto estaba en el corredor, con el torso desnudo y el rostro de piedra.
En su mano tenía un martillo.
En la pared, una tabla estaba desclavada.