viernes, 24 de agosto de 2012

Así se compra una libreta de baja

Rescatando un clásico reportaje de investigación periodística

En estos días en que el candidato presidencial colorado Mario Abdo Benítez anuncia su intención de imponer de nuevo el Servicio Militar Obligatorio (SMO) es oportuno rescatar un reportaje de investigación periodística que hicimos y publicamos en Última Hora, en enero de 1996, ilustrando lo fácil que resultaba comprar la famosa “baja”, merced a la gran red de corrupción en la institución militar. He aquí el reportaje:

La portada del diario Última Hora, el lunes 15 de enero de 1996


Por Andrés Colmán Gutiérrez y Mario Franco Olivetti
(con la colaboración de Bernardo Agustti y Arnaldo Alegre)
Fotos: Lucas Chávez y Mario Valdez

Comprar una libreta de baja para evadir el Servicio Militar Obligatorio es relativamente fácil. A través de una paciente investigación, con el apoyo de integrantes del Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), periodistas de Última Hora pudieron adquirir un carné del SMO por 300 mil guaraníes en el copetín Jim West, ubicado a media cuadra de la Disermov, desnudando una oscura red de tráfico y corrupción en sectores de las Fuerzas Armadas.
Todo empezó con el dato que proveyó un informante al Área de Investigación y Reportajes de ÚH. Según la fuente, en un pequeño copetín ubicado sobre la avenida Eusebio Ayala casi Choferes del Chaco, a media cuadra de la Dirección de Reclutamiento y Movilización de las Fuerzas Armadas (Disermov), es posible “comprar la libreta de baja, para no tener que hacer el Servicio Militar Obligatorio”.
La estrategia del trabajo de investigación periodística empezó a trazarse. Un colaborador de nuestras páginas, Mario Franco Olivetti, joven videasta y a la vez militante del Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), aceptó ser la “carnada” para el operativo.
Mario iba a presentarse como un chico procedente del interior del país, quien no deseaba ir al cuartel para no perder sus estudios y su trabajo, e iba a procurar comprar el carné del SMO.

PRIMER CONTACTO. El miércoles 1 de noviembre de 1995, a las 8.30, Mario se acercó a local del copetín. Llevaba una pequeña grabadora oculta entre las ropas. Un periodista de ÚH estaba mimetizado entre la clientela, para testimoniar el primer encuentro. Frente al local, desde un automóvil estratégicamente ubicado en la otra acera, un fotógrafo de nuestro diario registraba la escena con lentes teleobjetivas.
El copetín Jim West es un local no muy grande, típico salón con puertas a la calle, cocina al fondo, unas cuantas mesas en el centro, mostrador a un costado con un visor de milanesas y empanadas, estanterías llenas de botellas junto a la pared. En la entrada hay varios hombres tomando tereré. Luego nos enteraríamos de que todos ellos son gestores para la compra de libretas de baja.
Mario llegó con su mochila y su pinta de estudiante rockero. Pidió una gaseosa. Preguntó por el dueño del local. Una chica que atendía el bar le mostró a un hombre de estatura mediana, de gruesos anteojos, parado detrás del mostrador.
El joven se le acercó y tuvo lugar el siguiente diálogo, más o menos textual:
–Disculpe, me llamo Mario. Soy estudiante, de la campaña, de Caaguazú. Un amigo me dijo que a lo mejor usted puede ayudarme. Lo que pasa es que no me quiero ir al cuartel, porque no quiero perder ni mi trabajo, ni mi estudio. Quiero ver si hay alguna manera de conseguir la baja…
El hombre lo miró con una sonrisa amable. Tenía el aspecto de un tipo bonachón…
–No te vayas a preocupar, socio. Te vamos a ayudar. Tenés que traerme tu partida de nacimiento y dos fotos tipo carné. Me tenés que dejar la plata, 250 mil guaraníes. Con eso vamos a empezar los trámites. Dentro de una semana, yo te voy a dar la constancia, y para fines de diciembre por ahí ya vas a tener tu baja.
Mario le dijo que solo tenía 200 mil guaraníes, pero que le iba a pedir más plata a su tío, y en una semana podría entregar el resto. El hombre aceptó. Le pidió al joven que anote sus datos en un grueso cuaderno, que contenía los datos de muchos otros solicitantes.
En ese momento llegó uno de los gestores, trayendo un pequeño paquete en la mano. Eran varios carnés del SMO, de color amarillo. El dueño del copetín le mostró uno de ellos. “Mirá, es un carné como este el que te voy a entregar”, comentó.
Después agregó: “Cualquier cosa, llamame a este número”.
Tomó un pedazo de papel y escribió con un bolígrafo su apellido y el número telefónico: “553929, Galarza”.
El joven agradeció, le estrechó la mano y se retiró de lugar.

El reportaje despegado en las primeras páginas del diario.
MÁS PLATA. El martes 14 de noviembre, alrededor de las 10.00, Mario regresó al copetín. Galarza lo recibió con una sonrisa.
El joven le entregó los 50 mil guaraníes faltantes y las fotos. A cambio reclamó la contraseña. El dueño del local le dijo que los trámites se habían atrasado un poco. “Dame más tiempo, che ra’a. Vení la otra semana”, señaló.
A la siguiente semana, la misma historia. La tal constancia todavía no estaba lista. El hombre le pidió al joven que volviera después de algunos días, y le dijo en tono preocupado: “Parece que voy a necesitar un poco más de plata. La próxima vez te voy a avisar”.
Mario le dijo que, si la cantidad no resultaba excesiva, podía pedirle a su tío, pero que necesitaba la baja. “No te vayas a preocupar, yo te voy a conseguir, seguro”, le tranquilizó el hombre.
Durante estas dos visitas, pudimos apreciar mejor el fluido movimiento que existe en el local. En un momento, otros dos jóvenes llegaron a retirar sus libretas de baja. Algunos clientes conversaban con el dueño del local, otros venían a buscar a los demás gestores que estaban tomando tereré en la entrada. Varias personas iban y venían desde el copetín hasta el local de la Disermov, llevando sobres y carpetas. Algunos oficiales uniformados acudían a desayunar o a almorzar en el bar, y saludaban a Galarza con gran familiaridad.
Obviamente, el copetín Jim West era el punto de contacto, una especie de “oficina disfrazada” de los gestores y traficantes de libretas de bajas.
Durante el mes de diciembre, Mario regresó en dos ocasiones pero no pudo encontrar a Galarza y la chica que atendía el local nada sabía del asunto.
Preferimos esperar que pasaran las fiestas de fin de año. El miércoles 3 de enero de 1996, el joven regresó. Esta vez, Galarza le entregó la famosa “constancia”, que realidad es una boleta de inspección médica, con el logo de Disermov y el número de serie 007288.
Según este documento, firmado por Máximo Arguello B., presidente de la Comisión de Exámen de Conscriptos, el ciudadano Mario Patricio Franco Olivetti “fue inspeccionado por la Comisión Examinadora de Conscriptos Nº 1, y anotado en el libro respectivo bajo el Nº 7600.7288, resultando exonerado temporal, Artículo 63”.
Demás está aclarar que los miembros de la tal comisión nunca inspeccionaron a Mario, ni en sueños…


POR FIN… LA BAJA. El jueves 11 de enero, alrededor de las 10.00, nuestro compañero regresó al copetín Jim West con la constancia, teóricamente para retirar ya su carné del SMO.
Previamente habíamos sacado copias del documento, debidamente autentificadas por la notaria y escribana pública Mercedes de Orrego.
Había cierta tensión en los miembros del equipo periodístico. En el encuentro anterior habíamos visto a Galarza salir a observar al joven cuando se marchaba, como si sospechara algo. El propio Mario pensaba que el hombre había olido algo raro, y temíamos que no nos entregue el documento final.
Sin embargo, nuevamente Galarza lo recibió con una sonrisa y le entregó enseguida el carné, diciéndole en son de broma: “Te salvé, cuate. Me debés una botella de wisky”.
Desde la acera de enfrente vimos a Mario abandonar en seguida el local, con el carné en la mano, con un gesto de triunfo. Como muchos otros jóvenes paraguayos, en menos de tres meses y por solo 300 mil guaraníes, se había salvado de ir al cuartel, gracia a la red de corrupción montada en la Disermov y en las Fuerzas Armadas.


(El mismo día de la publicación de este reportaje en Última Hora, 15 de enero de 1996, el juez Gustavo Ocampos González, en base a una denuncia presentada por el Movimiento de Objeción de Conciencia, allanó el Copetin “Jim West” y detuvo a su propietario, Bernardo Galarza. En el local se encontró una gran cantidad de carnes del SMO, listos para la entrega. El proceso sin embargo no avanzó en la individualización de los altos jefes militares implicados, por más que sus firmas estaban en los documentos. Finalmente, el dueño del copetín fue el único arrestado, y el caso terminó en el opa rei).

martes, 21 de agosto de 2012

Ñangapiry news

(Un clásico relato sobre la odisea de viajar en ómnibus en Asunción).


Mirna Pereira, vestida apenas con unas gotas de Guerlain, desaparece bruscamente a las siete y cinco de la mañana.
Estábamos en lo mejor, ella y yo, cuando el bip frenético del despertador de cuarzo decide iniciar su fastidiosa función de aguafiestas. Extiendo la mano para callarlo y solo consigo tumbar la botella de vodka sobre las baldosas, con un estruendo infernal que me clava mil alfileres en el cerebro. El Sol se mete en forma cruel por la ventana, revelando al mundo que mi departamento de soltero no tiene nada que envidiar a las Ruinas de Humaitá.
Una cucaracha me saluda desde adentro de la zapatilla. Es lo último que hace en la vida. Después viene la caricia del agua fría, la toalla, el peine, el cepillo de dientes, el frasco entero de aspirinas, la misión imposible de reconstruir este rostro devastado por la resaca. Juro solemnemente no beber nunca más. Bueno... al menos no tanto como anoche. Ahora la ropa, la cámara fotográfica, la calle, el Sol insoportable, la impaciente espera del condenado ómnibus que nunca aparece.
Cuando por fin el maldito se decide a aparecer, más cargado que bolsillo de aduanero, descubro que aquel principio de física que me enseñaron en el colegio, ese que decía que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio, no pasaba de ser una tremenda bola. De lo contrario no estaría ya adentro del vehículo, pasándole mis últimos diez mil guaraníes al chofer, escuchando lo mismo de siempre: Pasá nomás hacia el fondo, después te doy tu vuelto, che ra’a, ahora no tengo cambio.
Y aquí, ¿nadie se enteró de que ya inventaron el desodorante? Esta gorda, ¿qué se cree...que soy de esponja? ¡Ay, mi pie! ¿Qué dice el chofer...? ¿Qué hay más lugar hacia atrás? ¡En tu cerebro lo que hay lugar, nde tavyrón! Y este maldito dolor de cabeza que no se me pasa. ¡Cuidado, señora, me está aplastando la cámara fotográfica! Sí, soy reportero de la revista Ñangapiry News. ¿Qué...? ¿Tomar una foto de lo excesivamente lleno que va el micro? No creo que se pueda. No hay lugar. A ver... ¡Ups! ¡Cuidado...! Perdón, señorita, es que estaba intentando tomar una foto y no me pude sostener. Me caí en su regazo sin querer. ¿Mba’e...? ¡Sátiro será tu abuelo!
Este tipo está rematadamente loco. Aquí ya no cabe un alfiler y sigue alzando gente. A ver si puedo fotografiar a esos tipos colgados de la estribera. Eso es. ¡Click! Nde, cuate, enohemi nde po. ¡Click! A ver si puedo captar la parte del chofer, a lo mejor se nota la marca del velocímetro. ¡Click! Es notable como a través del lente todo se ve distinto. ¡Click! Esa camioneta que nos pasa rozando, por ejemplo. ¡Click! Ese panchero al que casi atropellamos. ¡Click! La manera en que subimos sobre la vereda. ¡Click! Esa columna que avanza hacia nosotros. ¡Click! Este... que... pero... ¡Click! Parece que... ¡no! ¡Click! ¡chocamoooos...! ¡Click! ¡CRASH...!

* * *

El griterío infernal de Fulgencio Mendieta, director de la revista Ñangapiry News, me despertó, tendido en la cama de algún hospital.
–¡Fantástico, Rafa, fantástico....! ¡Sos el primer periodista que consigue fotografiar todo el proceso de la loca odisea de un micro suicida que en carrera desenfrenada crea una verdadera conmoción por las calles de la ciudad, hasta las escenas más dramáticas de la colisión final... trágica, real, increíble! ¡Y todavía sobreviviste para contarlo! ¡Esto es genial...! ¡Será un impacto periodístico, un golpe demoledor para la competencia! ¡Es nuestra consagración, Rafa querido, nuestra consagración...!
Mendieta hubiera seguido gritando hasta el día del Juicio Final, si no fuera por los dos fornidos enfermeros que se lo llevaron a rastras porque estaba despertando a todo el pabellón.
Me quedé solo, contemplando el jarrón de flores que alguien había dejado sobre la mesita. La tarjeta la firma una tal Alicia, de la que no me acuerdo. ¿No era la rubia esa de la heladería? ¡Uy, siento un estirón en la rodilla...! Por suerte, parece que no tengo fracturas graves.
Ya sabía que este iba a ser un día infernal, desde que encontré la cucaracha dentro de mi zapatilla. ¿Por cuánto tiempo más querrán dejarme aquí estos médicos de morondanga? Están locos si piensan que me voy a quedar postrado cuando tengo que ir a escribir la nota del año. ¡Periodista...! Pensar que si le hubiera hecho caso a la tonta de mi tía, a esta altura estaría rayando planillas en un escritorio con telarañas. ¡Quería que trabajara en un banco, la vieja loca! ¡Uy, la rodilla...! Por lo menos pasó algo bueno: ya no me duele la cabeza. Pero tengo una sed de los mil demonios. ¿No habrá una miserable cervecita en este hospital?


(Relato incluido en el libro El Principito en la Plaza Uruguaya de Andrés Colmán Gutiérrez, Editorial Servilibro, Asunción 2007)

martes, 14 de agosto de 2012

Día de la Bandera


Hay quienes dicen que ese trozo de tela de tres colores que ondea al viento representa a la Patria misma, y hay quienes con sonoros discursos nos invitan a que vayamos a morir por ella. ¿No será que lo que quieren es que vayamos a morir por sus intereses creados, disfrazados de Patria o de bandera? 

(“Perdonen que no me aliste/ bajo ninguna bandera/ vale más cualquier quimera/ que un trozo de tela triste…” canta Jorge Drexler).

No me conmueven los pabellones refulgentes que ondean frente a los bélicos ejércitos, ni frente a los grises ministerios, como si me conmueven esas banderas gastadas y sudadas, a veces hechas jirones, cuando arropan alegrías y tristezas, victorias y derrotas, luchas y sueños, ya sea en las atestadas graderías de un estadio de fútbol, en una plaza colmada de gritos, en una calle abierta a pueblos en marchas, en un asentamiento de resistencia solidaria, o en la punta de un frágil mástil de takuara, en medio del vasto horizonte verde enajenado.

Hoy es el Día de la Bandera, y decimos de ella tantas cosas. Pero si ella pudiera hablarnos, en este día… ¿qué nos diría?

lunes, 21 de mayo de 2012

El día en que 1.500 guerrilleros invadieron el Paraguay

La Columna Prestes, campamentada junto al hito de las Tres Fronteras, en Foz de Yguazú, frente a la costa Paraguaya.

En el país no hay registros históricos conocidos, pero obviamente ocurrió: el 27 de abril de 1925, durante el Gobierno de Eligio Ayala, cerca de 1.500 guerrilleros brasileños, componentes de la famosa Columna Prestes, invadieron el Paraguay, huyendo de las tropas gubernamentales, y se desplazaron por el territorio nacional durante 5 días. Ingresaron cruzando el río Paraná por Puerto Adela, a 80 kilómetros al sur de la actual Salto del Guairá, y casi se enfrentaron a tiros con los militares del destacamento militar paraguayo, hasta conseguir rendirlos. Fue una titánica odisea por los montes de lo que hoy es Canindeyú, arrastrando pesadas piezas de artillería con carretas y caballos, hasta cruzar de nuevo al Mato Grosso por donde hoy queda Corpus Christi. Esta es la historia de esa aventura armada, casi desconocida en nuestro medio.

#CrónicasDeLaMemoria

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

El grito de alarma del centinela rompió la aparente tranquilidad del destacamento militar de Puerto Adela.
—¡Muchos hombres armados vienen cruzando el río en un barco, de hacia el Brasil…! —exclamó el guardia.
Era la mañana del lunes 27 de abril de 1925. Puerto Adela, último embarcadero de yerba mate y madera en el tramo navegable del río Paraná, antes de los Saltos del Guairá, era entonces una aldea perdida entre los montes del Alto Paraná, a unos 80 kilómetros al sur de la actual capital de Canindeyú.
Fue el lugar elegido por el general Miguel Costa Mendes y el capitán Luis Carlos Prestes, jefes del gran movimiento guerrillero brasileño, históricamente conocido como “Columna Prestes”, para atravesar la frontera con cerca de 1.500 hombres, caballos y armas, invadiendo temporalmente el Paraguay, en un intento por huir de las tropas gubernistas que los perseguían.
Aunque ya había otros antecedentes de revueltas, la guerrilla brasileña conocida inicialmente como “Tenentismo” se inició el 5 de julio de 1924, cuando un grupo de jóvenes tenientes del Ejército brasileño tomó por asalto varios cuarteles de São Paulo, en protesta contra los abusos de la “vieja República”, representada por el presidente Artur Da Silva Bernardes.
Con apoyo de la población civil, especialmente de inmigrantes europeos, los sublevados resistieron 22 días un intenso bombardeo aéreo y terrestre, hasta que abandonaron la capital para iniciar una “guerra móvil”, uniéndose meses después en Foz de Yguazú (frontera con Argentina y Paraguay) a otro grupo de guerrilleros de Río Grande do Sul, iniciando “la saga de la columna Prestes”, una larga marcha que los llevó a recorrer más de 36 mil kilómetros durante dos años, por 12 estados del Brasil, ocupando regiones con constantes enfrentamientos, además de adentrarse en territorios de Paraguay y Bolivia.

La “invasión pacífica” del Paraguay
A inicios de 1925, la Columna Prestes intentó cruzar el río Paraná hacia el Mato Grosso por la ciudad de Guaíra (frente a la actual Salto del Guairá), pero una movilización de tropas gubernamentales les cortó camino.
El domingo 26 de abril de 1925, en la ocupada ciudad fronteriza brasileña de Porto Mendes, el general Miguel Costa, del Comando de la Primera División Revolucionaria, redactó el Boletín Número 7, en el que resuelve “entrar en territorio extranjero, armado, y proseguir por allí la marcha en dirección al Mato Grosso”.
En la justificación, el líder revolucionario señala: “Ninguna otra salida existe para nuestra internación en territorio patrio, para proseguir la lucha que sustentamos desde hace meses por la causa de la libertad brasileña, más que la franja del territorio paraguayo”.
“Ninguna intención de hostilidad motiva, en esta hora solemnísima, a los defensores de la libertad brasileña, contra sus hermanos de la vecina República del Paraguay”, aclara en la resolución.
Las autoridades militares paraguayas, sin embargo, no aceptaron el cruce fronterizo de los guerrilleros como una pacífica visita, según relata el periodista y escritor brasileño Domingo Meirelles, en su libro A noite das grandes fogueiras: Uma historia de Coluna Prestes.
En la mañana del 27 de abril, a bordo de la embarcación Assis Brasil, que los revolucionarios habían construido en Foz de Yguazú, un primer grupo armado cruzó el río para tomar por asalto el vapor Bell, atracado en Puerto Adela, perteneciente a la flota fluvial del terrateniente Domingo Barthe, el cual pensaban utilizar también para cruzar el resto de las tropas y equipos, en varios viajes.
“El comandante de la guarnición paraguaya de Puerto Adela, un capitán petiso y gordito, percibe la intención de los rebeldes y ordena que sus hombres tomen posición de ataque contra los invasores”, narra Domingo Meirelles.
El líder guerrillero João Alberto, al frente del primer grupo de asalto, encara al jefe militar paraguayo, cuyo nombre no quedó registrado. “El oficial ordena a los gritos que los rebeldes vuelvan al lado brasileño. Aun con superioridad y armas, João Alberto reconoce que será extremadamente difícil conquistar Puerto Adela, debido a sus altas barrancas. Con 50 soldados apuntando sus armas para los invasores, el oficial paraguayo insiste en que se entreguen, hasta que, luego de algunos minutos de duda, decide negociar”, relata el autor brasileño.
Los guerrilleros explican que solo quieren subir por territorio paraguayo hasta Mato Grosso. “El alto comando estaba dispuesto a darle por escrito todas las garantías que exigiesen, liberándolo de cualquier responsabilidad por no resistirse a la invasión, ante la superioridad de las fuerzas rebeldes. La negociación se prolongó en un clima de gran tensión”, relata Meirelles.
Cuando el jefe guerrillero ya había decidido usar la fuerza para tratar de doblegar a los paraguayos, el capitán finalmente se rinde y accede a que los guerrilleros ingresen al Paraguay.

Odisea guerrillera por el Alto Paraná
“Las tropas llevan 72 horas para cruzar el río Paraná. El Bell y el Assis Brasil transportan día y noche cerca de 1.500 hombres, más de 60 caballos, barracas de campaña, víveres, municiones y todo el material bélico, que incluye una batería de artillería de 75 milímetros”, relata Domingo Meirelles.
La mayor dificultad para la travesía son los pesados cañones, que deben ser alzados desde los barcos hasta lo alto de la barranca de más de 100 metros de altura, atados con cabos de acero tirados por centenas de soldados.
Un grupo de militares paraguayos los escolta luego en una penosa y larga travesía de 125 kilómetros, hasta la frontera seca, en la zona donde hoy están las ciudades de Corpus Christi y Pindoty Porã.
“Los cañones, arrastrados por parejas de bueyes, a través de ríos y terrenos pantanosos, solo consiguen librarse de los atolladeros con la ayuda de animales del Escuadrón de Caballería. Son cinco días en que la columna revolucionaria se mueve por territorio paraguayo con extrema lentitud”, destaca Meirelles.

En la época, el Paraguay estaba gobernado por el presidente Eligio Ayala. La larga rebelión brasileña de la Columna Prestes estaba recién comenzando, y la leyenda de Luis Carlos Prestes, llamado “El Caballero de la Esperanza”, empezaba a escribirse.

Documento en que deciden invadir territorio paraguayo


La segunda hoja del documento contiene el texto de la nota que entregaron a autoridades paraguayas.

lunes, 19 de marzo de 2012

Tras las huellas de Rafael Barrett, clandestino en Yabebyry


Con el escritor y juez de Yabebyry, Camilo Cantero, junto a uno de los carteles que evocan a Rafael Barrett a la entrada del pueblo misionero donde estuvo refugiado clandestinamente.

#CrónicasDeLaMemoria


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Los habitantes de la desolada y remota localidad de Yabebyry, Departamento de Misiones, a 288 kilómetros al sur de Asunción, prácticamente ignoraban que, hace más de cien años, sus antepasados habían tenido como ilustre huésped clandestino a uno de los más célebres luchadores libertarios e intelectuales: nada menos que Rafael Barrett, a quien el escritor Augusto Roa Bastos considera “el fundador de la literatura social en el Paraguay”.
Aunque el paso de Barrett por la región es un dato conocido, mencionado en varios de sus escritos, constituye una de las etapas menos investigadas de los seis azarosos —aunque fructíferos— años que el gran escritor, periodista y luchador anarquista español vivió relacionado con este país.
Hace casi cuatro años, el periodista, abogado y docente Camilo Cantero, oriundo de la ciudad de San Ignacio, Misiones, desembarcó como flamante Juez de Paz de Yabebyry, y empezó a preguntar a los más ancianos si alguien conocía la historia del paso de Barrett por el lugar.
En principio, halló desconocimiento y sorpresa. Pero, poco a poco, fueron surgiendo pistas vagas acerca de un lugar llamado “Barrett Cué”, un establecimiento a 14 kilómetros del centro urbano, sobre el camino a Los Cedrales.
Se trata de la antigua Estancia Laguna Porá, que perteneció al doctor Alejandro Audivert (abogado, político e intelectual paraguayo, quien llegó a ser presidente de la Corte Suprema de Justicia y que estaba casado con Angelina López Maíz, hermana de Francisca Panchita López, esposa de Barrett, ambas sobrinas del sacerdote Fidel Maíz, ex fiscal de sangre del mariscal López durante la Guerra de 1864-70), y que se convirtió en el refugio y en la “isla dentro de la isla” más entrañable para el autor de El dolor paraguayo.

El regreso.

En 1909, Barrett llevaba varios meses en Montevideo, Uruguay, exiliado por el régimen del coronel Albino Jara (quien intentó hacerle tragar una hoja de papel en la que estaba escrita su valiente denuncia “Bajo el terror”), ya gravemente enfermo de tuberculosis, distanciado de su esposa y de su hijo, extrañando horrores vivir lejos del Paraguay.
Fue cuando se propuso entrar clandestinamente al país y refugiarse en Laguna Porã (lugar que ya había conocido, junto con su esposa, en 1907).
El 13 de marzo de 1909, Barrett cruzó el río Paraná en canoa, ingresando por el puerto entonces llamado Guardia Cué, hoy Panchito López. Desde allí, junto con su cuñado José López Maíz, entonces jefe político de Yabebyry, recorrió a caballo los casi 8 kilómetros hasta la estancia.
Ese mismo martes 9 de marzo, Rafael escribe una carta a Panchita:

“Mi dulce señora:
Estoy en la estancia, pero es un secreto que me debes guardar. Para los demás, estoy en el campo, en la Argentina… Heme pues aquí de incógnito en esta tierra paraguaya que amo tanto —¡me he dejado picar con delicia por mis mosquitos!—. Y al venir de Guardia Cué, ¡qué hermosura!, había dejado de llover. La naturaleza me ofreció su magnífica bienvenida en el esplendor de las aguas y de la selva”.

Barrett permaneció oculto en Laguna Porã del 9 de marzo de 1909 hasta el 21 de febrero de 1910.
Allí escribió muchos de los artículos que componen El dolor paraguayo y Moralidades actuales, pero haciendo creer que los escribía fuera del país.
En la estancia compartió con la esclava Panta, a quien describe en varios textos. Se reencontró con Panchita y con su hijito Álex, temeroso de contagiarles con su enfermedad, hasta que amigos influyentes le consiguieron una amnistía y pudo radicarse con su familia en San Bernardino, en lo que fueron sus últimos meses en Paraguay, antes de partir a Arcachón, Francia, para su inevitable y prematura muerte.

El camino de Barrett.

El viajero que hoy llegue a Yabebyry se encontrará con llamativos carteles a la entrada, que sirven de guía tras las huellas del recordado maestro.
El “camino de Barrett” es el resultado del trabajo realizado en estos años por el juez Camilo Cantero, involucrando a autoridades y a pobladores en el rescate de la memoria de su huésped más ilustre.
Cantero se metió a los polvorientos archivos del Juzgado para certificar que Álex (Alejandro Rafael Barrett López), el único hijo de Rafael y Panchita, nació en Yabebyry.
También halló a varios de los hijos de Álex, entre ellos la más célebre, Soledad Barrett, la bella y valiente guerrillera que acabó asesinada en Brasil, inspirando un poema de Mario Benedetti y una canción de Daniel Viglietti, quien también nació en Yabebyry.
Justamente, Soledad encabeza la lista del segundo libro de Misioneros Ilustres que Camilo está terminando de editar.
En estos días ardientes de enero pasado, cumpliendo una promesa largamente acariciada, nos tocó visitar junto con el juez —con quien compartimos la pasión por Barrett desde los años 90— el desolado puerto de Guardia Cué, donde hace 103 años atracó de contrabando la canoa que traía de regreso a Barrett.
Desde allí transitamos los 15 polvorientos kilómetros hasta la Estancia Laguna Porã.
Pudimos llegar al exacto lugar donde alguna vez estuvo la humilde vivienda que el escritor habitaba, retirado del casco principal para no contagiar a los demás moradores.
Hoy es solo un claro en medio de la espesura, aunque todavía están allí los árboles de eucalipto que aparecen de fondo en la única foto conocida de Barrett en Laguna Porã.
Laguna Porã pertenece actualmente a la familia Rautemberg, cuyos miembros anunciaron que realizarán mejoras ante las continuas visitas de personas interesadas en conocer el histórico lugar.
También pudimos observar de cerca el campanario de la iglesia de Isla Mburukuja, a cuatro kilómetros de la estancia, cuyos tañidos Barrett describe haber escuchado como música celestial.

Son las reliquias vivas de una sublime historia, que espera ser recuperada con mayor pasión e interés por toda una nueva generación de paraguayos y paraguayas.

La Estancia Laguna Porá, que perteneció a Alejandro Audivert. Aquí se refugió Rafael Barrett entre 1909 a 1910, en Yabebyry.

Rafael Barrett en la estancia Laguna Pora de Yabebyry.
Única foto conocida del escritor en el lugar.

En este claro, cerca del casco de la estancia, estaba la cabaña que habitó Barrett.
Varios años después fue demolida.

El Puerto de Panchito López (ex Guardia Cue).
Por este lugar Barrett ingresó al Paraguay, en forma clandestina, en 1909.

lunes, 5 de marzo de 2012

El periodismo en los tiempos de Gabo



Muchos años después, frente al pelotón de reporteros que lo fusilaban con micrófonos y cámaras, el Nóbel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez habría de recordar aquel día lejano en que decidió arrojar por la borda una prometedora carrera de abogado, para dedicarse al precario e inestable oficio del periodismo.
Tenía 21 años de edad. Había abandonado abruptamente el segundo año de derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, para huir de las oleadas represivas que siguieron al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1848. Acabó refugiado en un prostíbulo de Cartagena de Indias, sin dinero y sin saber qué hacer, cuando un casual encuentro con el médico y novelista Manuel Zapata Olivella le abrió la posibilidad de escribir para el diario local El Universal.
Hasta entonces, el flaco y tímido joven llegado desde una aldea perdida en la región bananera colombiana, llamada Aracataca, solo había publicado tres cuentos primerizos en el diario El Espectador de Bogotá, que le habían dado un cierto prestigio de "promesa literaria", pero nada estaba más lejos de su ánimo que dedicarse al periodismo.
El 21 de mayo de 1948, en la página 4 de El Universal, se estrenó su columna Punto y aparte. Desde la primera línea ya establecía el sello de un estilo: "Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda".
Entre aquel hotel de putas y aquella redacción provinciana empezaron a escribirse no solo las páginas de su primera novela, La Hojarasca, que publicaría en 1955, prefigurando al mayor escritor de ficción que ha dado América Latina, sino también empezaba a forjarse uno de los más genuinos maestros de lo que el propio García Márquez bautizaría más adelante como "el mejor oficio del mundo": el periodismo.

Nace un reportero
En El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla, García Márquez se dio a conocer como columnista estrella, pero fue en el diario El Espectador de Bogotá, para el cual trabajó desde febrero de 1954, donde nació su vocación de gran reportero.
Su consagración llegó en marzo de 1955, con la historia del marinero Luis Alejandro Velazco, que sobrevivió milagrosamente al naufragio del barco destructor Caldas, tras pasar 13 días a la deriva en medio del mar. Marcando una radical diferencia con los demás periódicos, que ofrecían clásicas versiones informativas, García Márquez publicó el relato en forma novelada, contada en primera persona con la voz del propio protagonista, en una larga serie de 14 capítulos que mantuvo en vilo a toda Colombia.
Aquella epopeya, reunida posteriormente en un libro, con el título Relato de un náufrago, es considerada hoy un manual de culto para los estudiantes de periodismo en todo el mundo.
En realidad, el título completo y original del libro, inspirado en la forma de titular de los grandes diarios colombianos de la época. es: Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre.
Ni la consagración definitiva como novelista que le significó la publicación de Cien años de soledad (1967), ni siquiera la cumbre de la gloria de ganar el Premio Nobel de Literatura (1982), han hecho que se apartara del periodismo, su otro gran amor.
Entre sus libros hay dos que fueron escritos con técnicas de periodismo puro.
El primero es Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile (1986), en el que narra de manera apasionante la visita realizada por el director de cine chileno a su país natal, luego de 12 años de exilio, para rodar una película documental con identidad falsa, desafiando al sistema represivo del dictador Augusto Pinochet.
El otro es Noticia de un secuestro (1996), en donde cuenta la historia de nueve personas secuestradas por el Cartel de Medellín del jefe narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, en Colombia. 
A ello se suman sus centenares o miles de artículos para periódicos y revistas, reunidos en varios volúmenes antológicos como Textos Costeños (1948-1952), Entre cachacos (1954-1955), De Europa y América (1955-1960), Por la Libre (1974-1995) y Notas de prensa (1980-1984). 
Pero quizás el mayor legado de Gabo para sus colegas comunicadores es la creación de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que desde hace una década impulsa la capacitación y la promoción de un periodismo más ético y de calidad, impartiendo talleres y cursos, otorgando becas y premios, en todo el continente.
No es un detalle gratuito que la sede de la Fundación está en Cartagena de Indias, la misma ciudad en donde, hace más de medio siglo, un García Márquez pobre y desorientado se decidió a abrazar la carrera periodística, y al contrario de las estirpes condenadas a cien años de soledad, encontró su segunda oportunidad sobre la tierra

miércoles, 1 de febrero de 2012

La noche de la libertad




–1–
C
uando la imagen del televisor se apagó repentinamente, en lo mejor del partido de fútbol, Ña Ramona tuvo el primer presagio de que algo terrible iba a suceder.
La noche se había poblado de un silencio opresivo y oscuro, sacudido a ratos por el ladrido asustado de un perro a la distancia.
–Tengo miedo, Rogelio –le dijo a su marido.
–¡Naombrena! –le reprochó él–. Si en este país nunca pasa nada...
En ese instante se escuchó el primer estruendo. La pequeña vivienda de madera se estremeció hasta los cimientos. Un denso olor a pólvora quemada inundó el comedor, seguido por el seco tableteo de una ametralladora.
La luz se apagó, como de un manotazo, y los niños se despertaron llorando en la piecita del fondo.
Don Rogelio se asomó sigilosamente a la puerta y vio la enorme silueta de un tanque de guerra maniobrando en el patio mismo de su casa.
Sombras armadas con fusiles se esparcían por la calle, corriendo, intercambiando órdenes, disparos, maldiciones. Los repentinos fogonazos mostraban fugazmente la lividez de sus rostros, la determinación de vida y muerte en sus miradas.
A pocos metros del Batallón Escolta Presidencial, principal escenario del combate, la villa marginal Mundo Aparte, laberinto de casuchas hacinadas que sirve de hogar a los más pobres de la ciudad, se sacude ahora en espasmos convulsivos. Las precarias paredes saltan en pedazos, heridas por las lluvias de balas.
–¿Qué pio pasa, mamita...? ¿Qué pio lo que está pasando...? –pregunta entre sollozos la pequeña Mirian, de 9 años, tendida sobre el piso de cemento duro, junto con su madre.
Y Ña Ramona, temblando, le contesta:
–Nada, che memby, no te preocupes. Parece nomás que llegó el fin del mundo.

–2–
Los jóvenes bailaban animadamente en una céntrica discoteca, cuando se cortó la luz.
Allí, en la oscuridad, en el súbito silencio que siguió a la música estridente, escucharon los disparos y bombardeos.
Dos de ellos corrieron hasta la puerta y salieron a la calle, para tratar de averiguar qué estaba sucediendo. Al rato volvieron a entrar y cerraron la puerta, con el terror en sus caras. Acababan de ver un auto acribillado de balas en la misma acera.
Siguieron los gritos y los llantos de desesperación. Hasta que alguien trajo un fósforo, una vela y una pequeña radio a pilas.
Manos febriles manipularon el dial, pero no se escuchaba nada. De pronto un ruido, una voz suave, emocionada, inunda el aire.
–...Si, señoras y señores radioescuchas. Lo reiteramos. Está plenamente confirmado. Es una sublevación militar. Por favor, mantengan la calma, permanezcan juntos, no salgan afuera. Tenemos una llamada telefónica. ¿Hola...? Si, señor, hable usted...
En medio de las tinieblas, de la confusión y del espanto, Radio Cáritas tiende una mano invisible hacia todos los seres perdidos en la profundidad de la noche, aislados por la súbita violencia, atrapados por sus miedos y angustias.
–Hola... ¿mamá? ¡Soy Silvia! Quiero decirte que no te preocupes, estamos todos bien, aquí en la discoteca. Si, la fiesta ya terminó, pero no podemos salir todavía. Apenas amanezca, vamos a volver a casa. Besos. Te quiero mucho.
Llamadas tras llamadas, mensajes tras mensajes, la gente se va reencontrando.
Muy pronto, otras emisoras, como Radio Paraguay y Radio Primero de Marzo, consiguen reiniciar su transmisión y se suman a la prodigiosa tarea de brindar información, seguridad, consuelo, esperanza, tejiendo una valiosa cadena de solidaridad, más allá del miedo y de la muerte.

–3–
Cae una lluvia mansa en la mañana de este nuevo día, 3 de febrero de 1989. Una lluvia que arrastra el acre olor de la pólvora y parece con ganas de purificar la tierra herida.
–Hemos salido de nuestros cuarteles...
La gente empieza a salir a la calle.
Al principio tímidamente, con pasos cautelosos, como despertando de una larga pesadilla. Todavía sin poder creer lo que cuenta la radio, en la propia voz del jefe de la sublevación militar, el general Andrés Rodríguez:
–...les informo que el general Stroessner se ha rendido.
Los tanques de guerra se pasean por la ciudad y los soldados saludan con la V de la victoria. Las paredes exhiben su mordedura de balas y la sangre todavía riega algunas esquinas. Y sobre todo eso hay una nueva, indescriptible sensación, que se respira junto al aire fresco.
Todo ha terminado. Todo acaba de comenzar.
Entonces sí, el pueblo gana las calles.
Ya nadie puede detener ese aluvión humano que desborda las plazas.
Nadie puede contener el canto que brota de la garganta colectiva y va creciendo ciudad adentro, rompiendo el silencio de tres décadas infames.

¡Que lindo, lindo, lindo
que lindo, lindo es
estamos todos juntos
y Stroessner ya se fue!

–4–
Enfocada desde la distancia por las cámaras de la televisión, la figura del general Alfredo Stroessner parece más bien la de un abuelo cansado que sube la escalerilla del avión, sin volverse, sin siquiera despedirse del país que gobernó con mano de hierro durante más de treinta y cuatro años.
La escotilla se cierra detrás de él. El avión corretea y se eleva en el aire, mientras la multitud canta y baila en la azotea del aeropuerto cuyo nombre ya nadie nombra, agitando resucitadas banderas bajo el cielo radiante.
Cerca de allí, un empleado de limpieza arranca y rompe los últimos afiches con retratos del tirano pegados por la pared, y los arroja a un cubo de basura. Algunos pedazos caen al suelo y el viento se los lleva, sin rumbo ni dirección.
Claudia Villasanti observa la escena, estupefacta. Ella tiene 16 años de edad y, como tantos de su generación, había llegado a creer que acaso El Viejo fuese inmortal. Desde muy niña lo había sentido todopoderoso, omnipresente, acechando a la desgarrada Nación desde su fortificado Palacio. Lo había visto a veces cruzar raudamente la ciudad como una sombra, protegido por una muralla de armas y vidrios oscuros, mientras los rostros se volvían, temerosos.
Ahora, el mito se ha roto. El Paraguay se ha dado vuelta. El plomo flota y el corcho se hunde. Los exiliados regresan, los opositores hablan por televisión, los periódicos clausurados salen a la calle. Mucha gente sonríe.
En un barrio que se ha quedado sin nombre –como tantas calles, escuelas, plazas, ciudades–, un grupo de jóvenes políticos derriban con cuerdas un busto del dictador. Luego cada uno se lleva un pedazo, como recuerdo.

–5–
Contemplando el amanecer desde mi ventana, siento que me asaltan dudas, temores, preguntas. ¿Será en verdad un aire de libertad este aroma nuevo que hiere mis entrañas?
Dicen que pronto habrá elecciones, democracia. Pero, ¿y trabajo? ¿Habrá trabajo para tantos jóvenes desesperanzados, atrapados en la marginalidad de los suburbios? ¿Qué sucederá cuando retornen en masa los miles de compatriotas exiliados, no por motivos políticos, sino por falta de oportunidades? ¿Habrá tierra para los campesinos, hábitat para los indígenas, futuro para los niños de la calle?
Dicen que un tiempo nuevo se inicia. Pero, ¿quién derrocará al dictador que llevamos adentro? ¿Quién cerrará las heridas secretas que el sistema nos deja dentro del alma? ¿Quién nos ayudará a quitarnos el miedo que se nos ha metido entre los huesos? ¿Seremos capaces de reunir nuestros pedazos?
El Sol nace, bañando de claridad el horizonte.
El aire está limpio, transparente.
El cielo increíblemente azul.
Es un buen comienzo.

________________
(Texto publicado originalmente en la contratapa del suplemento cultural El Correo Semanal de Última Hora, en febrero de 1989, en la primera edición sabatina tras el golpe del 2 y 3. Se incluyó como relato en el libro ‘El Principito en la Plaza Uruguaya’, editado por Servilibro).

viernes, 27 de enero de 2012

Ni Paraguay carpero, ni Paraguay sojero


















Los unos están allí…
Del lado de afuera de la cerca. Apostados bajo precarias carpas, a ambos lados de una carretera roja, rodeados de un mar de verdes cultivos transgénicos. Blandiendo machetes y garrotes, banderas y consignas populistas, apolillados mapas del siglo pasado e informes técnicos manipulados.
Con sus dirigentes exhibiendo recursos e infraestructura organizativa inexplicables para quienes denuncian miseria y abandono. Con teléfonos celulares de línea abierta a autoridades y caudillos del actual Gobierno, a grupos sociales y políticos de izquierda, a medios de comunicación oficiales y alternativos. Con el respaldo y la complicidad coyuntural de organismos del Estado. Acechantes, amenazantes. Jugando al viejo y perverso juego del “chake, aiketa nde kokuepe”.
Los otros están allí…
Del lado de adentro de la cerca. Guarecidos en sus fincas de farmers brasiguayos o en tecnológicas oficinas rurales climatizadas. Rodeados de ciudades nacidas cual espejismo entre el verde océano de soja. Blandiendo comunicados y órdenes de desalojos, movilizando ejércitos de tractores y cosechadoras, poderosas máquinas fumigadoras y camionetas 4x4.
Con sus dirigentes exhibiendo recursos e infraestructura que rayan en el lujo y el despilfarro. Con smartphones 4G con línea abierta a intendentes, gobernadores, senadores, diputados, jueces, fiscales, ministros de la Corte y directores de medios. Con el respaldo y la complicidad coyuntural de grupos políticos y corporativos opositores o críticos al Gobierno. Acechantes, amenazantes. Jugando al viejo y perverso juego del “vos tendrás poder electoral, pero nosotros tenemos el poder real”.
Y en medio… estamos nosotros.
Nosotros, los que no nos sentimos ni con los unos, ni con los otros. Habitando “como en castigo uno de los lugares más bellos de la tierra” (Roa Bastos dixit), el país de más alta desigualdad en concentración de la propiedad de la tierra, altos índices de pobreza y exclusión, corrupción e impunidad. El país que sigue sin cambiar, por más que cambien los signos políticos de los gobiernos.
Nosotros, los que no queremos ni un Paraguay carpero, ni un Paraguay todo sojero y ganadero. Los que todavía apostamos a que las instituciones funcionen y se dediquen a solucionar los graves problemas sociales sin interferencias, ni de sectores corporativos, ni populistas, ni oligárquicos.
Nosotros, los que no queremos que el polvorín de Ñacunday haga que la roja tierra del Alto Paraná se vuelva aún más roja de sangre.
Nosotros, los que todavía tenemos esperanzas y ganas de cambiar, con trabajo y compromiso solidario, y sin violencia.

(Publicado en la columna “Al otro lado del silencio”, diario Última Hora de Asunción, edición del sábado 28 de enero de 2012).

sábado, 7 de enero de 2012

¿Qué te hicieron, Asunción?



Querida ciudad mía, Asunción de jazmines y guaranias: ¿Qué te hicieron?
Me cuesta reconocerte en esas crudas imágenes que en estos días han dado la vuelta al mundo, mostrando a habitante de una ciudad racista e intolerante en el corazón de América, arrastrando a mujeres indígenas por el suelo con inhumana violencia, echándolas por la fuerza de una de sus más céntricas y legendarias plazas, levantando rejas de metal y cordones de policía a su alrededor, para impedir que vuelvan a ingresar.
¿Cómo podemos negar así toda tu rica historia y tu identidad cultural, justamente a vos, a la que con tanto orgullo nombramos como la "cuna del primer grito de libertad en América", la "ciudad comunera de las Indias", la que siempre dio "amparo y reparo" a los cansados viajeros que llegaban a cobijarse bajo tu fresca sombra de hospitalaria solidaridad?
¿Qué nos pasó, vida...?
Podemos estar de acuerdo en que los indígenas que se instalan en una histórica plaza del centro, a reclamar el legítimo derecho de la tierra propia, no pueden quedarse a vivir allí por meses o por años, habitando precariamente en unas lamentables "tolderías urbanas", privando a los demás ciudadanos del libre uso de un espacio público, debido al clima de hostilidad creado por la marginalidad y la degradación ambiental y humana.
Podemos convenir, también, en que detrás del reclamo de los mbya guaraní para la compra de casi 8.000 hectáreas en Unión, San Pedro, se mueven oscuros intereses políticos y económicos que han sobrevaluado dichas tierras en un 63 % por encima de su valor inicial, y aparecen nombres de conocidos líderes y caudillos oportunistas, que se aprovechan de la pobreza y la necesidad de los nativos, en busca de sacar réditos propios.
Pero ninguna de estas razones justifica esa explosión de intolerancia y de racismo, de la que hemos hecho gala en estos días.
En lugar de asumir y buscar colectivamente soluciones de fondo a las necesidades ancestrales de nuestros pueblos originarios, simplemente optamos por echarlos como a perros de la plaza, los ocultamos bajo la alfombra y levantamos una muralla de rejas para que dejen de ensuciar y afear nuestra ciudad.
¿No hemos aprendido nada de nuestra propia historia...?

(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", diario Última Hora, Página 22 Opinión, edición del sábado 7 de enero de 2012. La fotografía que ilustra esta artículo es del gran René González).



viernes, 23 de diciembre de 2011

Música de cigarras


Hoy no tengo ganas de escribir sobre política, ni sobre la siempre desgarradora problemática social, o sobre cualquiera de esas cosas densas que acostumbran instalarse en los resquicios de esta columna, sábado tras sábado.
Hoy paso de predicciones agoreras acerca de lo mal que le irá a la economía paraguaya en el 2012.
No me vengan con más cuentos de ciencia ficción sobre el Metrobus, ni me digan dónde hubo un nuevo brote de dengue o de fiebre aftosa, ni me revelen qué previsible pre candidato presidencial se sometió a un lifting del cerebro.
Hoy no quiero que me hablen de siniestras conspiraciones para impedir el ingreso de Chávez al Mercosur, ni de privilegiados sobrinos presidenciales que siempre ganan licitaciones de obras públicas.
Hoy no deseo que me muestren a cuántos infernales grados subió el termómetro de la esquina, ni que me anuncien a cuántos desdichados usuarios más la Ande nos dejará sin energía eléctrica en el momento menos pensado.
No es que quiera evadirme de toda la realidad tan real que padecemos en esta orilla del mundo.
No.
Sucede, simplemente, que en pocas horas más será Nochebuena… y el recurrente lata parará de los francotiradores mediáticos no nos permite detenernos a escuchar y apreciar la música de las cigarras.
Hoy quiero el aroma de los cocoteros en flor y la frescura del ka’avovei inundando la noche.
Quiero risa de niños correteando con brillo de estrellitas en las manos.
Un largo y cálido abrazo de reencuentro con el hermano que llegó de lejos.
La dulzura de un villancico en la voz sin tiempo de Los Tres Sudamericanos.
Los deliciosos chismes y chistes en la mesa familiar, enredándose con el aroma del asado a la parrilla.
La grotesca figura del tío Juan disfrazado de Papá Noel y su bolsa de regalos.
Hoy quiero humorísticas anécdotas salvadas del olvido por una ronda de amigos.
Quiero llamadas telefónicas de larga distancia y lágrimas de techaga’u en los rostros.
Un nombre querido saludando en la pantalla de la notebook desde otro lado del mundo.
Hoy quiero saborear la memoria de mi pueblo natal en los trozos de frutas del clericó.
Cerrar los ojos por un instante y sentir que está viva la esperanza, y que todo esto nos dará claridad, energía y fuerzas para seguir construyendo el país mejor que le vamos a dejar a nuestros hijos.
Hoy quiero una copa de estrellas burbujeantes contra las lucecitas del pesebre.
Y un abrazo cálido y fraterno que se va engendrando entre estas letras... hasta abrazar al mundo.
¡Feliz Navidad!

domingo, 27 de noviembre de 2011

Porqué no voy a ir a ver a Il Divo...


Me moriré de ganas de ir a disfrutar del concierto de un muy buen grupo de artistas como Il Divo en Paraguay… pero no lo haré.
No por creer populistamente que, en un país subdesarrollado como el nuestro, el pueblo no tenga el derecho a disfrutar de un número de excelencia musical universal como el de estos artistas –o el de muchos otros que existen a nivel mundial, al igual que el de nuestros artistas nacionales-, subsidiado de manera transparente con fondos públicos… sino porque creo que realmente se están haciendo muy mal las cosas, hay demasiadas cuestiones pendientes sin resolver en el plano de la seguridad ciudadana, de la lucha contra la pobreza, de la marginalidad social, del saneamiento contra la corrupción... y considero que en esta particular coyuntura es un grave error político destinar una cifra tan alta del dinero de Itaipú (nuestro dinero, al fin y al cabo) en un mega festival, que en su sola enunciación ya provoca aún más profundas divisiones y enfrentamientos en la propia comunidad artística y cultural local, y polariza posturas de la misma sociedad.
No me iré a ver a “Il Divo” (aunque lo sienta en el alma), porque no me pienso someter, además, a la hipocresía de ir a retirar mi entrada para el millonario espectáculo, a cambio de llevar un paquetito de alimentos perecederos “para las familias pobres”. Esa imposición “susanística” (por Susanita, la amiga de Mafalda) de calmar nuestra conciencia con un acto de pura caridad asistencialista, ofende aún más que el derroche de fondos, y contradice al espíritu de acción solidaria con los más humildes, que reclaman con mucho acierto otras instituciones de este mismo Gobierno, como la Secretaría de la Niñez y de la Adolescencia.
Yo sí creo que “no solo de pan vive el hombre”. Estoy convencido de que la cultura, la música, la poesía, el teatro, el cine, la literatura, la plástica y toda forma de excelsa expresión artística creadora deben llegar a volverse “tan indispensables como el pan” para todos los habitantes del país. Pero también creo que ese estado ideal debe ser alcanzado en un proceso de construcción ciudadana participativa, y no como una dádiva paternalista o populista, decidida entre cuatro paredes, con generosa disposición de nuestros fondos públicos.
No reprocho, ni mucho menos condeno, a quienes si decidan asistir al mega-festival. Probablemente los envidie, porque realmente me gusta la música que hacen los cuatro chicos de “Il Divo”. Pero por esta vez me conformaré en seguir admirándolos desde un buen concierto en DVD, o desde los archivos en mp3 que atesoro en el pendrive.