lunes, 4 de febrero de 2013

El hombre que evadió todos los juicios y no pudo ser presidente



Arriba: Una seguidora de Lino Oviedo llora desconsoladamente, abrazada a la gigantografía de su líder, en el puesto de comando del Partido Unace. (Foto de René Gonzalez). Abajo: El entonces general Lino Oviedo y el presidente Wasmosy se saludan por última vez durante la crisis de abril de 1996, poco antes de que el militar sea pasado a retiro. (Foto archivo del diario Última Hora).

Controvertido y polémico, el general (SR) Lino César Oviedo fue probablemente el último de una especie de militares paraguayos obsesionados por la política. Estuvo a punto de ser presidente en el 98, pero las circunstancias de su propia historia se lo impidieron. He aquí una semblanza crítica de su trayectoria.

#CrónicasDeLaMemoria

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Su máxima ambición fue siempre llegar al poder.
Lo intentó por todos los medios, tanto lícitos como irregulares, hasta el último minuto de su vida. 
En la noche del sábado 2 de febrero, un trágico accidente aéreo puso fin a su convulsionada carrera política, paradójicamente en la misma fecha en que la había iniciado, hace 24 años, en la noche del 2 y 3 de febrero de 1989, cuando saltó a la fama al arrestar personalmente al dictador Alfredo Stroessner, el día del golpe militar del que fue uno de los principales propiciadores.
Lino César Oviedo Silva había nacido en la localidad de Juan de Mena, Cordillera, el 23 de setiembre de 1943, hijo de un militar excombatiente de la Guerra del Chaco, el mayor Ernesto Oviedo. Pasó toda su infancia en un ámbito campesino y a los 14 años ingresó al Colegio Militar "Mariscal Francisco Solano López".
Egresado como subteniente de Caballería el 31 de diciembre de 1962, ascendió a teniente coronel en 1981 y se convirtió en ayudante principal del general Andrés Rodríguez, quien comandaba el Primer Cuerpo de Ejército. Varias fuentes aseguran que inclusive eran socios en negocios privados.
Oviedo permaneció con perfil bajo durante la dictadura de Stroessner, aunque trascendieron denuncias periodísticas por su presunta participación en tráfico ilegal, durante su permanencia al frente de un destacamento en Amambay, cuando ya era coronel. En la época también se lo acusó de intervenir en actos arbitrarios y represivos, para intentar despojar de sus tierras a comunidades campesinas e indígenas.
Fue el golpe del 2 y 3 de febrero de 1989 el que lo catapultó a la fama. El coronel Oviedo Silva, entonces comandante del RC3 "Coronel Mongelós", dirigió el grupo comando que capturó al general Stroessner, tras un fuerte enfrentamiento a tiros en el Batallón Escolta Presidencial .La historia oficial es que Oviedo le exigió la rendición al dictador, amenazándolo con hacer explotar una granada de mano, y lo llevó preso a la sede de la Caballería, en Campo Grande. Pero familiares de Stroessner niegan que sea real esta versión.

EN POLÍTICA. Su participación en el golpe le valió a Lino Oviedo el rápido ascenso a general de Brigada, en mayo de 1989. Enseguida asumió la comandancia de la Primera División de Caballería.
En 1991, Oviedo fue nombrado comandante del Primer Cuerpo de Ejército. En mayo de 1992 fue ascendido a general de División.
Convertido en uno de los jefes más poderosos de las Fuerzas Armadas, Oviedo empezó a intervenir directamente en cuestiones políticas, construyendo su propio liderazgo y potenciando además su poder económico.
El proyecto inicial apuntaba a lograr la reelección del general Andrés Rodríguez para las elecciones de 1993, pero ello fue imposibilitado por la nueva Constitución Nacional redactada en 1992.
Ante esta situación, Oviedo respaldó la candidatura del empresario Juan Carlos Wasmosy, del entorno de Rodríguez, para las internas coloradas de diciembre de 1992, tratando de evitar que resulte electo el influyente caudillo Luis María Argaña, quien se perfilaba como el favorito.
Wasmosy era el candidato y el general Oviedo era su principal operador político. A tal punto ejercía el poder, que cuando los primeros conteos de votos de las elecciones empezaron a dar como ganador a Argaña, Oviedo mandó suspender el conteo, secuestró las urnas, modificó los resultados y finalmente dio como ganador a Wasmosy. Este escandaloso robo electoral, que era "vox populi", fue confirmado públicamente varios años después por el senador colorado Juan Carlos Galaverna.

INTENTO DE GOLPE. A apenas tres días de asumir la presidencia, Wasmosy nombró comandante del Ejército a Lino Oviedo. El general pasó a ocupar abiertamente el rol de ser "el poder detrás del trono". En ese proceso, la ciudadanía fue espectadora de episodios pintorescos, como la construcción de un "Linódromo" en las inmediaciones de la sede de la Caballería, en Campo Grande, un gran anfiteatro al aire libre donde, en febrero de 1996, organizó una mediática fiesta de carnaval, en la que altos jefes militares desfilaron disfrazados de pistoleros al estilo del legendario jefe mafioso Al Capone, y sus esposas como bailarinas de cabaret de la Chicago de los años 20. El cuadro fue objeto de burla en la prensa nacional e internacional.
Pero las fricciones entre Oviedo y Wasmosy, aparentemente por diferencias más económicas que políticas, se volvían cada vez más evidentes, hasta que estallaron el 22 de abril de 1996, cuando luego de una violenta discusión en Palacio -presuntamente acerca de las empresas que se beneficiarían con la construcción de un segundo puente sobre el río Paraná-, Oviedo se acuarteló en la Caballería y exigió la renuncia de Wasmosy, amenazando con sacar los tanques a la calle.
El Paraguay vivió tres días de zozobra. Miles de ciudadanos -especialmente jóvenes- se congregaron en las Plazas del Congreso y se pintaron las caras con colores de la bandera, exigiendo cárcel para Oviedo.
Wasmosy se refugió una noche en la embajada norteamericana y llegó a redactar su renuncia, pero al sentirse respaldado por la movilización ciudadana y la presión internacional, tras un primer intento de nombrar a Oviedo ministro de Defensa, finalmente se animó a pasarlo a retiro y a sacarlo del Gobierno, pero no se atrevió a procesarlo.

EN CAMPAÑA. En la misma tarde del 25 de abril de 1996, en que fue pasado a retiro, Oviedo reunió a sus seguidores en el Linódromo, pronunció discursos con breves expresiones en alemán y en lengua indígena maká, y anunció que iniciaba como civil su carrera a la presidencia de la República.
Fundó un movimiento interno dentro del Partido Colorado, al que llamó Unión Nacional de Colorados Éticos (Unace), al que dos años después transformaría en partido propio, cambiando la palaba "colorados" por "ciudadanos". Nacía el oviedismo como fenómeno político.
"El oviedismo atacó desde su nacimiento como grupo político todos los principios republicanos: los partidos políticos, las leyes, la independencia de la Justicia, el poder parlamentario, el mismo orden constitucional", relata la historiadora Milda Rivarola, en su ensayo "La herencia de largas dictaduras".
Oviedo prometía seguridad contra la delincuencia y repartía algunos víveres y medicamentos entre la población más pobre, asegurando que el arreglaría todos los problemas del país cuando tuviera el poder absoluto.
Entre sus promesas más pintorescas, se recuerda que prometió que los campesinos entrarían descalzos al Palacio, y que cada paraguayo tendría como siete mujeres. Entre las más siniestras, aseguró que los periodistas y empresarios de prensa serian "alineados como velas" y que haría correr "ríos de sangre".
"El oviedismo fue formando grupos armados 'paramilitares' con oficiales retirados de las Fuerzas Armadas y la Policía, encargados de organizar y encuadrar el movimiento político, de acciones de amedrentamiento contra los opositores a Oviedo, y finalmente de recaudación de fondos por medios delictivos", sostiene Milda Rivarola.

CASI PRESIDENTE. Con este panorama, Lino Oviedo y su compañero de fórmula, el ingeniero Raúl Cubas, se enfrentaron al caudillo Luis Maria Argaña y su segundo Nicanor Duarte Frutos, en las elecciones internas del Partido Colorado, en setiembre de 1997. Oviedo y Cubas resultaron los grandes ganadores.
El polémico exgeneral se convirtió en el gran favorito a ganar la presidencia de la República, en las elecciones generales de mayo de 1998. Estaba a un paso de cumplir su sueño de toda la vida.
Buscando sacar a Oviedo del juego político, Wasmosy hizo finalmente lo que no se había animado dos años antes: procesarlo ante la Justicia Militar, por el intento de golpe de abril de 1996.
El comandante en jefe firmó una orden de arresto contra Oviedo, quien al principio la desobedeció pero finalmente acató y fue confinado en una guarnición militar, en plena campaña electoral, mientras duraba el proceso.
El 9 de mayo de 1998, un Tribunal Militar Extraordinario condenó a Oviedo a diez años de cárcel por el intento golpista de abril del 96. Sus abogados apelaron ante la Justicia, pero la Corte Suprema de Justicia confirmó la sentencia, inhabilitándolo como candidato presidencial.
Ante esta situación, su candidato a vicepresidente, Raúl Cubas, debió asumir su lugar como presidenciable, secundado por su adversario en las internas, Luis María Argaña.
Se usó un llamativo lema en campaña: "Tu voto vale doble: Votá por Cubas, para que Oviedo salga en libertad".
El 10 de mayo de 1998, Cubas y Argaña ganaron con el 54% de los votos, frente a la dupla de la alianza opositora conformada por Domingo Laíno y Carlos Filizzola.

EL MARZO PARAGUAYO. En agosto de 1998, una de las primeras acciones de Raúl Cubas fue liberar a Lino Oviedo de la prisión, a través de un decreto.
En diciembre, la Corte Suprema calificó como "inconstitucional" la medida del presidente, pero Cubas ignoró la calificación y Oviedo siguió libre, convirtiéndose nuevamente en "el poder real detrás del trono". Para muchos analistas, desde ese momento se produjo una ruptura del orden constitucional.
El clima político empezó a volverse más violento. "Las amenazas de muerte a senadores, diputados y ministros de la Corte, expresadas por Oviedo y sus seguidores, dieron paso a las acciones terroristas de comandos paramilitares. Hubo múltiples atentados con armas de fuego o granadas contra las residencias de expresidentes de la República, parlamentarios y dirigentes políticos", recuerda Milda Rivarola.
El 23 de marzo de 1999 una noticia estremece al país. En una esquina de Asunción, desconocidos disparan contra el vicepresidente Luis María Argaña, quien finalmente fallece en un sanatorio.
Casi al instante, numerosos referentes políticos acusan a Oviedo de estar detrás del asesinato y se inicia una fuerte movilización ciudadana, generando una crisis política sin precedentes, que mantiene en vilo al país -y a gran parte de la opinión internacional- en los sucesos conocidos históricamente como El Marzo Paraguayo.
Durante varios días, miles de ciudadanos se concentran en las Plazas del Congreso, exigiendo la renuncia de Cubas y cárcel para Oviedo. El Congreso inicia un juicio político al presidente, y en la plaza se producen constantes enfrentamientos entre manifestantes oviedistas y anti-oviedistas, hasta que en la noche del 26 de marzo se produce el ataque de francotiradores, que culmina en la muerte de 7 jóvenes manifestantes contra el Gobierno.
Como consecuencia, Cubas renuncia el domingo 28 y parte al exilio, al Brasil, mientras Oviedo huye en una avioneta y se refugia en Argentina, acogido por el entonces presidente, Carlos Menem.

PRÓFUGO Y CAPTURADO. Tras asumir la presidencia el entonces presidente del Congreso, Luis Angel González Macchi, se encomendó la búsqueda y captura internacional de Lino Oviedo.
El 12 de junio de 2000, Oviedo fue capturado en Foz de Yguazú, Brasil, donde presuntamente se movía con un disfraz. Apelando a la Justicia brasileña, obtiene la condición de asilado. En todo ese tiempo, sigue manteniendo vínculos con sus seguidores, dirigiendo acciones políticas y dando entrevistas "desde la clandestinidad", presuntamente oculto por momentos en territorio paraguayo.
El 28 de junio de 2004, Oviedo retorna al Paraguay y decide someterse por propia voluntad a la Justicia, para enfrentar los cargos acumulados en contra suya, tanto los del intento de golpe del 96 como por las muertes del Marzo Paraguayo. Es detenido y trasladado a la Prisión Militar en Viñas Cué, en las afueras de Asunción.
El 23 de julio de 2007, Oviedo logra que un recurso de Habeas Corpus sea admitido ante la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia paraguaya, y obtiene su libertad provisional en el proceso por el asesinato de Argaña.
Otro Habeas Corpus es admitido en julio de 2007, logrando su libertad provisional en el proceso por la masacre de jóvenes del Marzo Paraguayo.
El 30 de octubre de 2007, la Corte también absuelve a Oviedo y deja sin efecto la condena de 10 años por el intento de golpe de 1996.
Uno por uno, utilizando sus fuertes influencias en la Justicia Paraguaya y el poderoso aparato de abogados que siempre supo manejar, Oviedo logró desvincularse de todas las acusaciones y procesos en su contra y recuperar su plena libertad.
La mayoría de las últimas resoluciones a favor se obtuvieron durante la presidencia de Nicanor Duarte Frutos, por lo cual se habló de una alianza entre el último presidente colorado y el exmilitar.
Los familiares de las víctimas del Marzo Paraguayo sostienen que la Justicia cedió a los lazos de corrupción que protegen a Oviedo y sus seguidores, favoreciendo la impunidad.

EL ÚLTIMO CAUDILLO. Desde su rehabilitación tras los sucesos del Marzo Paraguayo, Oviedo no dejó de seguir intentando llegar al poder, presentándose como candidato a presidente, pero los últimos resultados electorales demostraron que ha perdido mucho de su caudal electoral , alcanzado como punto máximo en el 98, cuando estuvo a un paso de ser presidente.
La analista Milda Rivarola caracterizó al fenómeno del oviedismo como "un fascismo tardío". Probablemente Oviedo sea uno de los últimos caudillos, de una estirpe de militares latinoamericanos obnubilados por el poder y la ambición desmedida.
"El general Lino Oviedo llenó la primera característica de los movimientos totalitarios: la del jefe populista y mesiánico. Este caudillo militar se presentó como el mesías o salvador de la Nación, y en pocos años reunió a grandes masas de adherentes -hombres y mujeres- fanatizados por sus discursos y promesas", define Rivarola.
En sus últimos años, Oviedo prefirió situar en cargos de poder y candidatura a su entorno más familiar, incluyendo a sus hijos y a su esposa, provocando la ruptura con varios de sus más fieles seguidores tradicionales.
Presentándose por tercera vez como candidato a la presidencia, intentaba disputar con partidos de la izquierda y el centro el lugar de tercera fuerza política.
Pero llegó el destino de una manera brutal y puso fin a sus sueños con una muerte que es mediáticamente simbólica, y que solo añadirá leyenda a una vida controvertida y novelesca.

Fuentes: La herencia de largas dictaduras, por Milda Rivarola, publicado por la Biblioteca Última Hora en 2001; Operación Gedeón: Los secretos de un golpe frustrado, por José María Costa y Oscar Ayala Bogarín, Editorial Don Bosco; Archivos del diario Última Hora.

"Si hay golpe, cruzá la frontera"

Mario Abdo (último a la derecha), junto al dictador Alfredo Stroessner y los demás miembros del Cuatrinomio: Adán Godoy Giménez, José Eugenio Jacquet y Sabino Augusto Montanaro.
La noche del golpe militar que derrocó al general Alfredo Stroessner en 1989, el inefable Mario Abdo Benítez, secretario privado del dictador, estaba en la frontera con Brasil. Un testigo privilegiado revela la verdad acerca de uno de los mitos humorísticos más festejados en la historia de la transición.

#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez
@andrescolman

La anécdota humorística que durante más de dos décadas sigue narrándose de boca en boca, es la siguiente:
El 2 de febrero de 1989, el caudillo colorado Mario Abdo Benítez, secretario privado del general Alfredo Stroessner, viajó a la entonces Ciudad Presidente Stroessner (hoy Ciudad del Este) para participar de los actos por el aniversario de fundación, en compañía de otras autoridades y figuras políticas del régimen.
La versión asegura que “Don Mario”, como era popularmente conocido, cruzó esa noche el Puente de la Amistad hasta la vecina ciudad brasileña de Foz de Yguazú, para cenar en un exclusivo restaurante, cuando recibió la noticia de que el general Andrés Rodríguez acababa de iniciar un golpe militar, para derrocar a Stroessner.
El relato sostiene que el secretario del dictador se levantó de la mesa y pidió ser trasladado rápidamente al lado paraguayo, a pesar de que quienes lo acompañaban insistían en que permaneciera en territorio brasileño, donde estaría a resguardo. El político no quiso escuchar razones: “Tengo que seguir la indicación del general Stroessner”, habría dicho.
Apenas cruzó el puente, fue presuntamente detenido y arrestado por los militares que participaban del golpe, y llevado a un calabozo junto a otros jerarcas stronistas.
Según esta versión humorística, cuando los propios líderes de la revuelta le preguntaron por qué había regresado al Paraguay, ya que en Brasil estaba a salvo, Mario Abdo habría respondido: “El general Stroessner siempre me dijo: Si escuchás que hay un golpe, cruzá inmediatamente la frontera, para salvarte… y eso hice”.

LA VERDADERA HISTORIA. ¿Cuánto hay de verdad o de leyenda urbana en esta historia? Tratándose de Abdo Benítez, sobre quien se tejieron muchas historias humorísticas, era difícil saberlo.
Los “chistes de Don Mario” fueron muy populares durante la dictadura, aparentemente creados como una forma de venganza de la gente común contra los abusos del régimen.
El periodista radial Rolando Ávalos fue un testigo privilegiado de lo que realmente ocurrió en la noche del 2 y 3 de febrero de 1989, en que Abdo Benítez estuvo efectivamente en Ciudad Stroessner y acabó detenido.
El comunicador asegura que la popular anécdota sobre “Don Mario” no es exacta, ya que no cruzó hacia el Brasil, aunque le sugirieron que lo haga, pero revela que su arresto si tuvo varios detalles pintorescos, que parecen sacados de una comedia política costumbrista.
“No está en mi ánimo desmitificar la generalizada versión de que Stroessner había ordenado a Mario Abdo Benítez de que, en caso de un golpe de estado, cruzara de inmediato la frontera para ponerse a salvo, y que como él se encontraba en Foz de Yguazú, cruzó la frontera… pero hacia territorio paraguayo”, ironiza Avalos.
El comunicador era en ese momento director artístico de la emisora ZP 16 Radio Presidente Stroessner, perteneciente al caudillo regional Carlos Barreto Sarubbi, y además era secretario de la Junta Municipal de Ciudad Stroessner.
Recuerda que el clima político estaba enrarecido por la división entre los colorados “militantes stronistas”, grupo que lideraba Abdo Benítez junto a los ministros Sabino Montanaro, Adán Godoy Jimenez y Eugenio Jacquet, y los llamados “tradicionalistas”, conducidos por Juan Ramón Chávez y Luis María Argaña, quienes ya cuestionaban al entorno de Stroessner.

LA CENA FRUSTRADA. A las 15.30 del 2 de febrero llegó Abdo Benítez en un avión estatal, acompañado de los diputados Ubaldo Centurión Morínigo, Silvio Meza Brítez y el presidente del Banco Nacional de Trabajadores, Eligio Tomas Franco.
“Había sido invitado por las autoridades políticas para presidir la inauguración de varios locales partidarios, actos a realizarse como un boicot a la programación oficial de la Municipalidad y al intendente Hugo Martínez Cárdenas, ya abiertamente enfrentado con el presidente de seccional y diputado, Juan Eudes Pereira”, recuerda Ávalos. Los dos grupos preparaban celebraciones paralelas.
Cerca de las 18.00, durante uno de los actos, la frecuencia de radio de la policía informó sobre un tiroteo en la casa de “Ñata” Legal, amante del presidente Stroessner, en Asunción, pero se creyó que fue un intento de robo.
“Totalmente ajenos a los sucesos que comenzaban a alarmar a la población asuncena, los dirigentes políticos se autoconvocaron para una cena en el conocido Doli Bar (en el centro de la ciudad esteña), donde Mario Abdo Benitez fue informado de las confusas versiones que procedían de la capital”, relata Ávalos.
Pero la cena no pudo concretarse, ya que antes de que estén listos los platos encargados, “Don Mario” invitó a sus acompañantes a trasladarse a la residencia que él tenía en Ciudad Stroessner, donde intentaría tener más noticias de lo que pasaba.

GOLPE CONFIRMADO. Sin lograr comunicarse con Asunción, Abdo Benítez tuvo que esperar que el empresario Israel Iriarte llegue, ya entrada la noche, a contarle que se había desatado un golpe militar contra Stroessner.
“Iriarte traía otra información aún más preocupante: Mario Abdo y sus allegados debían ser detenidos, aunque ignoraba en qué circunstancias, sugiriendo que todos se trasladasen a la vecina ciudad brasileña de Foz de Yguazú, para aguardar el desenlace de los acontecimientos. A pesar de que la mayoría tenía la intención de aceptar la sugerencia, la negativa del dueño de casa fue firme, desvirtuando esa posibilidad”, narra Rolando Ávalos.
Finalmente, “Don Mario” logró comunicarse con la guardia del Batallón Escolta Presidencial, en Asunción.  Mientras su interlocutor le informaba del alzamiento contra Stroessner, dirigió el auricular a sus acompañantes, para que escuchen los disparos que sonaban como fondo. Cuando le dijeron que era el general Andrés Rodríguez el que lideraba la sublevación, no lo quiso creer.

ARRESTO EN FURGONETA DE PAN. La Base Naval de Ciudad Stroessner, al mando del capitán de Navío Amado Rodríguez Gaona, se sumó al movimiento golpista liderado por el general Rodríguez.
Poco después de las 21.00, Rodríguez Gaona decidió –por propia iniciativa, según admitió- capturar a Mario Abdo y a los demás jerarcas stronistas que lo acompañaban.
Aunque en principio había recibido órdenes de no arrestar a civiles, tuvo temor de que los políticos “intenten una contra-maniobra” y prefirió no arriesgarse. Integró un equipo comando con un teniente, ocho suboficiales y veinte “cimeforistas” para la misión, pero se encontró con un problema: no había vehículos a disposición.
La solución fue usar una destartalada furgoneta, propiedad del panadero que abastecía a la Base, en la cual partieron los cimeforistas a cumplir el arresto. El comandante y los oficiales iban en un auto Toyota, propiedad particular de Rodríguez Gaona.
La noticia de que iban para arrestar a “Don Mario” se filtró  y el delegado de Gobierno de Alto Paraná, Bernardino Caballero, pidió auxilio al comandante del Batallón de Frontera, un coronel de apellido Domínguez, que permanecía fiel a los stronistas. El mismo dispuso que unos 20 soldados armados, al mando del teniente Llanes, vayan a proteger a Abdo Benítez y a sus acompañantes, pero el único vehículo del que disponían era un camión trans-ganado, en el cual se movilizaron.  

BATALLA EVITADA. “Rodríguez Gaona y los efectivos navales ya habían rodeado la residencia de Abdo Benítez y se aprestaban a ingresar en ella, cuando llegaron los militares, quienes fueron intimados a viva voz por el experimentado marino, para que se retirasen de inmediato, bajo la amenaza de morir todos en caso de no hacerlo”, relata Ávalos.
Los militares prefirieron replegarse, antes que enfrentar a los marinos, con lo cual se evitó un baño de sangre.
“Pistola en mano, Rodríguez ingresó violentamente a la vivienda, ordenando a sus subalternos el apresamiento de todos, principalmente de Abdo Benitez y Juan Eudes Pereira, quienes, como todos los demás, no opusieron resistencia y acataron de inmediato la orden de salir, para ser llevados a la Base Naval, hasta donde fueron transportados en un minibús de la Itaipú Binacional que pasaba ocasionalmente por el lugar”, narra el periodista.
Poco antes de la medianoche, el operativo militar había concluido, asegura Ávalos, quien relató por primera vez este pintoresco episodio en un capítulo escrito para el libro “¿Qué hacías aquella noche?”, compilado por Alfredo Boccia Paz.
Mario Abdo Benítez, al igual que otros jerarcas del stronismo, permaneció durante varios años en prisión.

------

Los chistes de “Don Mario”

Son numerosas las historias humorísticas que se relataban durante el régimen stronista, tomando como protagonista a “Don Mario (Abdo Benítez)”, el ex secretario privado del general.
He aquí algunos de ellos, recopilados gracias a aportes de los lectores en internet:

Don Mario es invitado por Stroessner, junto con los demás miembros del “Cuatrinomio de oro”, a cenar en Mburuvicha Roga.
Transcurre la cena normalmente cuando, de pronto, a “Chanchito” Montanaro se le resbala el tenedor y cae estrepitosamente al piso.
El ministro trata de hacer una broma para distender la “pelada” y dice:
-Tenedor con "T"… se acuerda de mí… ¡Teresa!
Todos sonríen y la cena sigue.
En un momento, a Don Mario se le cae un gran pedazo de zanahoria, que llama la atención de todos.
El secretario privado trata de aplicar la misma fórmula que Montanaro:
-Zanahoria con “S”…  se acuerda de mí… ¡Cecilia!

***

Stroessner y Don Mario viajan a Venecia, Italia. Tras un primer recorrido por la ciudad, el general le pregunta a su secretario:
-¿Qué te parece Venecia, Mario?
-Muy linda, mi general. ¡Lástima que vinimos en época de inundación!

***

Mario Abdo escucha que Montanaro ha ordenado la compra de un helicóptero último modelo a un proveedor norteamericano, y aunque nunca había visto uno en su vida, también pide que se le traiga otro. “¡Pero que sea con aire acondicionado, no importa el precio, porque aquí en Paraguay hace mucho calor!”, exige.
Cuando finalmente el helicóptero llega y aterriza en el patio del Palacio de Gobierno, Don Mario es avisado para ir a recibir su nueva adquisición. Sale contento de su despacho, pero apenas asoma afuera y ve a la aeronave funcionando, con la hélice girando a pleno, se indigna e increpa al proveedor:
-¡Ustedes los yanquis son unos estafadores…! Yo le pedí bien que me traiga un helicóptero con aire acondicionado… ¡pero me trajo uno con ventilador de techo!

***

Don Mario asiste a la recepción al nuevo embajador de España. A su llegada, el canciller cumple en presentar al secretario privado de la Presidencia y al diplomático.
-¡Con el mayor de los placeres…! –dice el embajador, haciendo una reverencia.
Y Don Mario no se queda atrás, haciendo otra reverencia:
-¡Con el menor de los Benítez…!

***

Mario Abdo llega a Mburuvicha Roga y pide hablar con Stroessner. Cuando el dictador lo recibe, el secretario privado le pide por favor que lo acompañe al fondo de la casa, porque debe pedirle algo muy personal y urgente.
El general se muestra intrigado, le pregunta por qué no le puede hablar allí en el despacho, donde igual hay mucha privacidad, pero el otro le insiste y le ruega: tiene que ser en el fondo.
Stroessner finalmente accede y caminan hasta el fondo del patio, donde Don Mario finalmente le dice que necesita dinero, y le pide que le de la licitación de alguna obra pública.
-¿E’a, y eso nomas piko…? –se sorprende Stroessner-. Es un vyroreí, ¿por qué me hiciste venir hasta el fondo para pedirme eso… si podías hacerlo en el despacho?
-Es que quería asegurarme de que me conceda mi pedido –explica el secretario-. ¡Es que toda la gente siempre dice que, muy en el fondo, usted es bueno!

***

Don Mario, Stroessner, Montanaro y Godoy Giménez viajan en avión, cuando de repente hay fuertes sacudidas y el piloto grita:
-¡Emergencia…! ¡Colóquense el paracaídas y salten de a uno!
Mario va directamente a la puerta del avión, dispuesto a arrojarse, cuando Stroessner le grita:
-¡Mario Abdo, no te pusiste el paracaídas!
Y el secretario responde con una sonrisa, mostrando un pequeño frasco de color verde:
-¡No se preocupe, mi general! ¡Tengo Mentolatum… “para caídas y golpes”!.

***

(¿Conocés algún otro chiste de Don Mario? Animáte a compartirlo…).

sábado, 2 de febrero de 2013

El "suicidio" de un concejal transportista

(Foto montaje realizado y publicado en Facebook por el bloguero Salvatore Brienza, de Ciudad del Este).
Cuando me lo contaron, me resultó difícil creerlo. Pensé que era un chiste, a pesar de que la versión llegaba de respetables colegas periodistas y queridos amigos del Alto Paraná. Me pasaron enlaces de publicaciones en la prensa regional y copias desgrabadas del discurso.
Sucedió el pasado lunes 28 de enero, durante una sesión extraordinaria de la Junta Municipal de Ciudad del Este, convocada para estudiar la reducción del precio del pasaje del transporte público.
Había quienes proponían reducir el costo del boleto, de 3.000 guaraníes a 2.700, y quienes se oponían. Hasta que habló el concejal Celso Morel Rojas, del Partido Colorado, también propietario de la empresa de ómnibus urbano Ciudad Jardín:
"Quiero hablar como ciudadano común, aunque algunos me pueden tildar de empresario. Estaba leyendo atentamente, dijo el señor secretario que el Gobierno firmó un decreto de 200 guaraníes para todo el Paraguay, y nosotros ya otra vez acá, que no tenemos suicidio...".Hubo un rumor en la sala, risas sofocadas, alguien que intentó corregirle en voz baja: "¡No es suicidio... es subsidio!". Pero el concejal siguió hablando, imperturbable:
"¡No tenemos suicidio, no tenemos nada, no tenemos camino y ya otra vez, como de siempre! Para más, en Asunción tienen suicidio. Y les quiero decir que, con el suicidio, cada empresa... un vehículo nuevo mensual por suicidio puede comprar. Un vehículo nuevo por el suicidio, porque ahí no se gasta nada. Pero también quiero hacer cuestión, también, de que nosotros acá pedimos todos los días, la prensa, toda la ciudadanía, que se mejore el transporte público. ¿Cómo vamos a mejorar...? Cómo en la capital, ajéa, un vehículo por mes van a comprar solamente por el suicidio. Y acá nosotros no tenemos, y para más no tenemos camino...".
Doy fe de que lo transcripto es absolutamente textual.
¿Qué más agregar...? Que finalmente el discurso del concejal transportista Celso Morel Rojas no tuvo eco y el pasaje bajó a 2.700 guaraníes. La buena gente de Ciudad del Este seguirá sufriendo con un pésimo servicio de transporte público, pero pagará 300 guaraníes menos. Y seguramente seguirá eligiendo concejales.
Morel Rojas lleva cuatro periodos ejerciendo como edil municipal... y no se le mueve ni un pelo.


(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", sección Opinión, diario Última Hora, edición del sábado 2 de febrero de 2013).

viernes, 1 de febrero de 2013

Un despertar a balazos

(Relato en tono auto-biográfico sobre la caída de la dictadura, en la noche del 2 y 3 de febrero de 1989). 


Por Andrés Colmán Gutiérrez

–¡Andrés… Andrés… despertate…! ¡Parece que comenzó la guerra…!
Una violenta sacudida y la asustada voz de Marta –quien entonces era mi esposa– me arrebataron de un sueño nebuloso y metafísico. Tardé en percibir que el insistente eco de los disparos no era parte de las sensaciones freudianas de mi subconsciente, sino llegaban desde algún lugar cercano a través de la panorámica ventana de nuestro departamento alquilado, en el último piso de un edificio sobre la calle Manuel Domínguez y Tacuary, en Asunción.
Eran cerca de las 22:00 de la noche del 2 de febrero de 1989. Había decidido acostarme temprano, porque al día siguiente tenía previsto viajar al interior para cubrir un conflicto de tierras en una comunidad campesina de Caaguazú.
No me acuerdo si estaba resfriado. Probablemente sí, pues mi olfato periodístico se había quedado totalmente bloqueado, sin capacidad de percibir lo que ya se prefiguraba como La Noticia del Siglo, pero me consuela saber que le ocurrió lo mismo a casi todos mis colegas periodistas.
Ese atardecer, cerca de las 19:00, cuando salí de la Redacción del diario Última Hora y pasé a comprar algunas cosas para la cena, el dueño de una despensa sobre la calle Teniente Fariña me alertó:
–Te aconsejo que lleves más provisiones, porque parece que va a haber un golpe de Estado.
–¿Golpe de Estado? ¿Dónde…? ¿En el África…? –me burlé–. ¡Ya no saben qué inventar para vender más...!
–No, no, en serio… –insistió, con gesto adusto–. Un primo mío que vive hacia la Caballería me llamó esta tarde y dijo que el general Rodríguez va a salir con los tanques para derrocar a Stroessner…
–¿Rodríguez…? Pero si Rodríguez es consuegro de Stroessner y además son socios en los negociados de tráfico ilegal…
–Te juro, fue lo que me dijo…
Llegué a casa, me di un baño y me puse a preparar la cena. Cuando llegó Marta le conté el chisme y ella se echó a reír. “Ya lo quisiéramos”, me dijo, “pero parece que vamos a morirnos antes y ese viejo tirano va a seguir mandando”.
La omelet de queso y palmito me había salido rica, y la terminamos con una fresca cervecita. Después yo me fui a la cama y ella se quedó en el estudio, preparando un trabajo para la facultad. Recuerdo sentirme arrullado por el dulce sonido de la máquina de escribir mezclado con una canción de Silvio Rodríguez, hasta que me quedé dormido… para despertar sobresaltado por los disparos.
–¡Allá… allá están disparando…!
Desde el balcón se divisaban lejanos chispazos en la oscuridad, a una distancia imprecisa, junto a un tableteo incesante de armas de fuego, coronado por periódicas explosiones que iluminaban y hacían temblar el horizonte.
–Parece un ataque… por allí queda el cuartel del Batallón Escolta… ¡Entonces… lo del golpe era verdad!
Tratamos de encender la tele, pero todos los canales estaban fuera del aire. En la radio, el recorrido del dial solo nos daba ruido de estáticas, hasta que de pronto apareció una voz solitaria atendiendo llamadas telefónicas. Era el locutor Juan Pastoriza en Radio Cáritas, emisora de la Iglesia Católica, la única que estaba transmitiendo.
–¿Hola, si…? ¿Quién habla…?
–Me llamo Lucía. Estamos atrapados en una discoteca, en el centro. Se cortó la luz. ¡No podemos salir, porque afuera está lleno de soldados que están disparando! ¡Estamos muy asustados… por favor…! ¿Qué está pasando…?
–Parece que hay una sublevación militar contra el Gobierno. Estamos tratando de confirmar la noticia. Por el momento es mejor que todos se queden donde están, que nadie salga a las calles. ¡Es muy peligroso! ¡Sigan escuchando la radio y les mantendremos informados!
Al poco rato, el primer móvil se conecta con la emisora. Desde el corredor de la Catedral Metropolitana, Celso Velásquez describe desde las sombras una escena de combate que parecía de película: el ataque de los soldados de la Armada contra el Cuartel de Policía. Entre la voz entrecortada y agitada de Celso se escucha el golpe seco de los disparos, los gritos, las explosiones. ¡Allí estaba un periodista haciendo su trabajo!
Lo envidié a Celso. Además de colegas éramos buenos amigos y habíamos compartido juntos varias coberturas de actos de resistencia contra la dictadura y conflictos agrarios en el interior, y ahora él estaba allí, como improvisado corresponsal de guerra, narrando en vivo La Gran Noticia del Siglo.
-Me voy a ayudarle a Celso… -le dije a Marta.
-¡Ni loco te dejo salir…! -me advirtió.
  Llamé al diario. Nadie contestó. Llamé a la casa del jefe de Redacción pero el teléfono daba un tono raro, como desconectado. En esa época aún no se conocían los celulares.
Preparé mi cámara y mi grabadora, listo para salir, desafiando a la mirada de fiera de mi esposa.
–Esperá que amanezca y me voy contigo -dijo Marta.
Fue entonces cuando se cortó súbitamente la energía eléctrica y todo se volvió negro, muy negro. Abrí la puerta del exterior y alcancé a ver varias sombras furtivas, amenazadoras, iluminadas a ratos por los fogonazos distantes. Sentí miedo, mucho miedo. Volví a entrar y puse la tranca de la puerta.
–¿Qué…? ¿Cambiaste de idea? -requirió Marta, alumbrándome con una linterna.
–Sí, mejor esperamos que amanezca primero.

Una larga noche.

Las llamas de las velas crepitaban quedamente, dibujando figuras negras en la pared del departamento, mientras la historia se escribía con pólvora y sangre a pocas cuadras de allí.
Los vecinos de al lado se nos habían unido en la vigilia, aportando pilas para la radio, trayendo más preguntas que certezas. Radio Primero de Marzo también había salido al éter y difundía la primera proclama en la campechana voz del general Andrés Rodríguez: “Hemos salido de nuestros cuarteles…”.
Mientras Marta servía gaseosa a los vecinos, me aparté hacia un rincón de la terraza desde donde los fogonazos se sentían casi como si fueran en la otra cuadra. ¿Era verdad lo que estaba sucediendo o era solo el loco sueño de una noche de verano?
Yo tenía entonces 27 años de mi edad, era joven e idealista. Estaba aún felizmente casado. Además de trabajar como reportero de notas especiales en Última Hora, me multiplicaba para militar en organizaciones sociales, eclesiales, culturales y políticas: el Movimiento Universitario Católico, el Sindicato de Periodistas del Paraguay, la Central Unitaria de Trabajadores, el Movimiento Democrático Popular, el Equipo Nacional de Laicos… y hasta encontraba momentos para compartir con mi familia y farrear con mis amigos.
Con Marta llevábamos un año y medio de haber regresado al Paraguay, luego de dos años de vivir en Lima, Perú, en donde ella formó parte del secretariado latinoamericano del Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos, y yo me ocupé de tomar algunos cursos de periodismo en la Universidad de San Marcos,  de viajar mucho y conocer de cerca algunas experiencias de la izquierda latinoamericana, con sus contradictorios claroscuros.
Entre 1986 y 1987 vimos subir y caer al populista Alan García en la presidencia del Perú, vibrar con la ascendente promesa electoral de la Izquierda Unida, sentir de cerca el horror del terrorismo guerrillero de Sendero Luminoso, sufrir en carne propia la sensación de exilio de nuestra patria lejana y oprimida por la más antigua dictadura del Cono Sur.
A principios de 1988, directivos de la Unión Católica Latinoamericana de la Prensa (UCLAP) me ofrecieron un tentador contrato de tres años para mudarme a dirigir un programa de comunicación popular a distancia en Quito, Ecuador. Lo pensamos mucho con mi esposa, pero ambos sentimos que necesitábamos regresar al Paraguay a colaborar en la lucha contra la dictadura. Nos habíamos perdido estar de cerca en las movilizaciones del 86, en el Clinicazo y las Asambleas por la Civilidad, y ya no podíamos soportarlo.
Así que… volvimos. Marta entró a trabajar en la Pastoral Social y reanudó sus estudios de derecho en la UNA. Yo me integré otra vez a la Redacción de Última Hora, además de aceptar la jefatura de la revista Acción y colaborar con el semanario Sendero.
Se preparaba la visita del Papa Juan Pablo II al país y los directivos del Equipo Nacional de Laicos me pidieron que les escriba el guión para el acto con los Constructores de la Sociedad.
Trabajé sobre un texto de Eduardo Galeano que describe la fiesta del Palo de Mayo en Nicaragua, un tronco seco al que la gente del pueblo va vistiendo de colores mientras baila alrededor, hasta convertirlo en el árbol de la vida.
El guión no le gustó para nada al dictador Alfredo Stroessner y una semana antes de la visita del Papa decidió suspender el acto con los constructores. Se armó un escándalo internacional y el Pontífice decidió que el acto se haga igual, aún con la ausencia de la gente del Régimen. Ese día tuve la clara sensación de que el todopoderoso tirano podía ser desafiado, enfrentado… ¡y vencido! ¡Y yo había sido un activo aunque anónimo protagonista de ese crucial momento histórico!
El querido y gran locutor Miguel Ángel Rodríguez me contó años después que un furioso Stroessner preguntó a viva voz en Palacio a quién se le había ocurrido la idea del árbol seco… pero nadie le supo decir.
Todo eso lo recordé en esa larga e interminable noche del 2 y la madrugada del 3 de febrero, cuando me di cuenta que el nuevo día empezaba a clarear, y entonces nos atrevimos a salir a la calle.

Retrato de un nuevo amanecer.

Lo que sigue es parte de un artículo que escribí a la noche siguiente, en la soledad de mi estudio hogareño, mientras el viento traía ecos festivos desde algún barrio cercano:

Cae una lluvia mansa en la mañana de este nuevo día, 3 de febrero de 1989. Una lluvia que arrastra  el acre olor de la pólvora y parece con ganas de purificar la tierra herida.
–Hemos salido de nuestros cuarteles...
La gente empieza a salir a la calle.
Al principio tímidamente, con pasos cautelosos, como despertando de una larga pesadilla. Todavía sin poder creer lo que cuenta la radio, en la propia voz del jefe de la sublevación militar, el general Andrés Rodríguez:
–...les informo que el general Stroessner se ha rendido.
Los tanques de guerra se pasean por la ciudad y los soldados saludan con la V de la victoria. Las paredes exhiben su mordedura de balas y la sangre todavía riega algunas esquinas. Y sobre todo eso hay una nueva, indescriptible sensación, que se respira junto al aire fresco.
Todo ha terminado.
Todo acaba de comenzar.
Entonces sí, el pueblo gana las calles.
Ya nadie puede detener ese aluvión humano que desborda las plazas.
Ya nadie puede contener el canto que brota de la garganta colectiva y va creciendo ciudad adentro, rompiendo el silencio de tres décadas infames.

"¡Que lindo, lindo, lindo
que lindo, lindo es
estamos todos juntos
y Stroessner ya se fue!"

El texto, en una secuencia de cinco viñetas literarias, se publicó el sábado siguiente en la contratapa del Correo Semanal de Última Hora, con el título “Después de una larga pesadilla”. En 2007 lo incluí en mi libro de relatos “El principito en la Plaza Uruguaya”. Solo le cambié el título: “La noche de la libertad”. Y lo dediqué a la memoria de mi amigo Celso Velázquez, prematuramente fallecido.
Me acuerdo que escribí casi toda la noche y que el alba de ese 4 de febrero de 1989 me encontró despierto, bebiendo una taza de café humeante, mirando el mismo paisaje de la batalla de la noche anterior, pero ahora en silencio e inundado de luz. 
Se me ocurrió que no solamente yo había sido despertado a balazos, sino que toda la sociedad paraguaya lo estaba haciendo, tras la prolongada siesta dictatorial.
De aquel momento de meditación trascendental nació la última viñeta del artículo, la que releo ahora, tantos años después, para encontrarme con la sorpresa de que mis angustias shakesperianas, al igual que mi alegría y mi esperanza de entonces, me parecen increíblemente actuales.
Lean lo que quedó de ese día después del mañana, en el papel:

Contemplando el amanecer desde mi ventana, siento que me asaltan dudas, temores, preguntas...
¿Será en verdad un aire de libertad este aroma nuevo que hiere mis entrañas?
Dicen que pronto habrá elecciones, democracia.
¿Y trabajo? ¿Habrá empleo para tantos jóvenes desesperanzados, atrapados en la marginalidad de los suburbios?
¿Qué sucederá cuando retornen los miles de compatriotas exiliados, no por motivos políticos sino por falta de oportunidades?
¿Habrá tierra para los campesinos, hábitat para los indígenas, futuro para los niños de la calle?
Dicen que un tiempo nuevo se inicia...
¿Quién derrocará al dictador que llevamos adentro?
¿Quién cerrará las heridas secretas que el sistema nos deja dentro del alma?
¿Quién nos ayudará a quitarnos el miedo que se nos ha metido entre los huesos?
¿Seremos capaces de reunir nuestros pedazos?
El Sol nace, bañando de claridad el horizonte.
El aire está limpio, transparente. El cielo increíblemente azul.
Es un buen comienzo...

(Este artículo fue escrito especialmente para ser publicado en el libro ¿Qué hacías aquella noche?, compilado por Alfredo Boccia Paz, Editorial Servilibro, 2009. En la obra se incluyen relatos autobiográficos de unos 30 protagonistas).