lunes, 19 de abril de 2021

El sillón de la abuela



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Es un viejo y rústico sillón de mimbre, con más de medio siglo de historia, que hasta hace poco dormía su sueño de olvido en la pieza del fondo, envuelto en telarañas, polvo y soledad, tras la muerte de la abuela.

Ella acostumbraba sentarse en él al atardecer, en el corredor de la casa, a tomar mate con la vista fija en el horizonte que antes mostraba verdes colinas y un pedazo de río, pero que se fue cubriendo de edificios grises.

Contaba historias, cantaba canciones y se levantaba a prepararnos las más sabrosas tortas de banana.

Quisimos mudarla a la terraza para que tenga un mejor panorama, pero se negó.

El corredor era su rincón, aunque el paisaje se le haya ido borrando a golpes de progreso y modernidad. Con el tiempo también sus ojos perdieron brillo y ya no importó lo que pudiera ver, porque todo eran manchas amarillas. El paisaje estaba en su memoria y allí siempre había verdes colinas, sol radiante, azul río.

Desde la sala, donde intentábamos estudiar o jugar al play, la escuchábamos hamacarse en su sillón, con un chirrido molesto que no lográbamos sofocar ni con la música al máximo.

Ante nuestras protestas, mamá nos decía que debíamos agradecer ese chirrido. El día en que ya no lo oigamos, significaría que la abuela se había ido, con su mate, sus relatos, sus canciones y sus tortas de banana.

Un día papá le trajo un moderno y carísimo sillón de cuero, que se reclinaba con botones y hasta hacía masajes. La abuela lo probó y dijo que no. Prefería seguir en su viejo sillón, hamacándose con su mate cada atardecer.

Finalmente, el chirrido calló para siempre. La abuela se nos fue, tranquila y dulce, como quien cierra un ciclo de vida. El sillón se quedó quieto y vacío en el corredor, hasta que papá lo llevó a la pieza del fondo, donde empezó a acumular polvo, soledad y telarañas.

Hace unos días, unos jóvenes pasaron por casa preguntando si acaso no teníamos algún viejo sillón para donar.

En medio de la catastrófica situación de la pandemia del coronavirus, con el sensible aumento de personas contagiadas de Covid-19 en los hospitales colapsados, ya no había camas disponibles de terapia intensiva y los enfermos graves se amontonaban en corredores y pasillos.

Fue cuando se les ocurrió recolectar sillones para ubicar allí a los pacientes que ya no tenían lugar, conectados a tubos de oxígeno y otros equipos médicos. Papá preguntó y todos dijimos que sí. Limpiamos el sillón, lo lustramos y lo llevamos al hospital.

Esta mañana pasé a llevar comida a los familiares que montaron una carpa de la solidaridad. En el corredor, una anciana estaba acomodada en el sillón de mimbre, con suero y mascarilla de oxígeno, mirándonos con sus ojos húmedos e implorantes. Sentí que era la mirada de la abuela que se multiplicaba en tantas otras personas peleando con la muerte.

¡Quién diría que el viejo sillón de la abuela iba a revivir, para sacudirnos de este letargo de impotencia, para despertarnos a la solidaridad, para disponernos a luchar por superar esta pesadilla, para comprometernos a construir un país mejor con menos olvidos y más justicia!


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