lunes, 5 de octubre de 2009

Gracias a La Negra que ha cantado tanto



El viejo disco de vinilo estaba allí, guardado en el fondo del polvoriento estante, con la contratapa llena de cruces pintadas con marcador negro.
Había canciones que tenían hasta cinco cruces marcadas, y una anotación en manuscrito: “¡No pasar…!”.
Me llamó la atención, le di la vuelta y miré la carátula. 
Estaba la foto de una mujer morena, de rostro aindiado, vestida con un poncho, en pose de meditación contra un fondo marrón. 
Y un título enorme: 

Mercedes Sosa 
HOMENAJE A VIOLETA PARRA
















Era un ardiente verano de 1975. 
Yo nunca antes había oído hablar de ella. 
Tenía 14 años de edad y realizaba mis primeras prácticas de aprendiz de locutor en ZP 27, Radio Mbaracayú, emisora de la fronteriza ciudad de Saltos del Guairá.
Le pregunté al operador qué significaban las cruces en el disco, y él me explicó: “Es una artista argentina y sus músicas están prohibidas de pasar por la radio, porque es una comunista peligrosa”.
Me hizo señas de que me acercara, y me susurró al oído: “Pero es una cantante de la gran siete… ¡escuchá!”.
Me alcanzó los auriculares, puso el disco en una de las bandejas de prueba, colocó la púa en el surco dos, y se quedó esperando mi reacción.
Sentí un suave acorde de guitarras y luego una voz dulce y potente, límpida como el cristal, que entró por mis oídos y me acarició el alma: 

-Gracias a la viiiida…. que me ha dado taaaanto….


Hay minúsculos instantes que te marcan para siempre.
Ese fue uno de ellos: la primera vez que escuché cantar a Mercedes Sosa ese magistral himno a la vida que compuso la mágica chilena Violeta. 
Ese día las dos entraron a mi vida para quedarse, ayudando a encender mi amor por el arte y mi consciencia de lucha por la libertad.
Le pedí al operador que me prestara el disco, pero puso cara de pánico, lo guardó otra vez en su funda, negando con la cabeza.
Al día siguiente, cuando llegué a la radio, me pasó subrepticiamente una cajita, en cuyo interior encontré un casete grabado con músicas de La Negra, que se convirtió en una de mis posesiones más preciadas.


***

En aquellos años de sueños y barricadas, en que nos descubrimos jóvenes e inmortales coreando consignas contra la dictadura, los discos clandestinos de Mercedes eran nuestro tesoro del arcón de los piratas, junto a algún libro de poemas de Neruda o Las Venas Abiertas de Eduardo.
Ella estaba allí, tan lejos pero tan cerca, arrullándonos con su voz increíble y su tenacidad tan luminosa.
Tras su regreso del largo exilio a la democracia renacida de su patria Argentina, hubo que desafiar al miedo para ir a escucharla cantar en vivo en la vecina Formosa, aquella vez en que nos abrazó desde el escenario y nos regaló su interpretación tan única del Despertar de Maneco Galeano, dándonos fuerzas para seguir resistiendo. 
¿Qué importaba que a la vuelta, en la aduana de Falcón, nos esperara el cerco abusador de la policía stronista?
Ella era la voz cómplice y compañera que le ponía banda sonora a nuestros sueños de libertad. 
Era la voz que se filtraba tras la frontera en las voces de los nuestros, en la reivindicada amistad con Maneco y luego en su solidario apoyo a Ricardo Flechita, con quien grabó el poético Víctor Libre de Maneco y Carlos Noguera.
Y aquel concierto tan inolvidable en el Sol de América, ya en nuestros tiempos de libertad, cuando recogió de la lona a su querido y sobreviviente Charly García, y lo trajo consigo hasta Asunción para curarlo con su gran cariño de madre y los aplausos del público paraguayo.
Sí, claro. Hay quienes le reprochan todavía su “dorado exilio en París”, o que a veces cobrara tan caro por su arte invaluable, o que llegara alguna vez en limusina a sus recitales contestatarios, como si su grandeza de artista, o la esencia de su solidaridad con los marginados de la tierra, se pudieran medir por tan nimios detalles.
Ella era el canto potente y libertario, la conmovedora historia personal de pequeñas y grandes batallas contra el sistema. La valentía de gritar verdades desde el escenario contra el plan de exterminio de tantos fascistas y asesinos, pero era también la reivindicación del folklore más puro de América Latina. La voz intimista impregnada de ternura, la sonrisa morena que te acaricia en lo más profundo, la generosidad de promover a figuras nuevas, la apertura para sumarse a propuestas tan diversas, desde el clásico rock rebelde de Charly García, hasta el pop de Shakira o el urbano sonido vanguardista de Calle 13.
Ahora dicen que La Negra se murió.
¿Será…?
Yo la escucho cantar igualito como aquella primera vez, hace tantos años.
No sé si su canto me llega desde las nubes o desde el corazón enterrado de la tierra... pero está allí y seguirá estando. 
Siempre.

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P.D.: La cantautora chilena Violeta Parra, la autora de Gracias a la vida, nació un 4 de octubre de 1917, el mismo día y el mismo mes en que muere Mercedes Sosa, su más especial intérprete, el 4 de octubre de 2009. Hace rato que me he convencido de que, en cuestiones de magia poética, musical y literaria, las casualidades y las coincidencias no existen.