lunes, 21 de diciembre de 2009

Hijo Nuestro


“Yo quiero rezar a fondo un Hijo Nuestro...”.
(Silvio Rodríguez, "El necio").

Hijo Nuestro que estás en el pesebre, rodeado de mansos animales y de la gente humilde del pueblo.
Santificado sea tu nombre, porque es un símbolo de justicia y libertad.
Venga a nosotros tu mensaje de esperanza para este país que tanto necesita superar el desencanto, la corrupción, la miseria, la impunidad, la ignorancia, la falta de confianza de la gente en sí misma.
Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, sobre todo en esta tierra que tiene todas las condiciones para ser un paraíso, pero que obstinadamente buscamos convertirla en un infierno.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Principalmente el pan para tantos chiquitos y chiquitas condenados a pasar hambre por culpa del egoísmo y de la indiferencia.
Perdona a los que han transformado la Navidad en un gran comercio, a los que han vaciado de contenido uno de los acontecimientos más bellos en la historia de la humanidad, a los que hoy le ponen precio hasta al mismo Dios.
No nos dejes caer en la tentación de creer que estas fiestas son solamente fiestas, porque en realidad son una oportunidad para redescubrir los valores de la solidaridad y del amor, para compartir nuestros sueños por encima de nuestras diferencias.
Y líbranos de los insulsos arbolitos de plástico y nieve artificial, de los ridículos Papá Noel con abrigos de lana en medio del calor subtropical, de los programas fashion de la televisión, de los petardos enloquecidos, de los paranoicos cazadores de brujas, de los fabricantes de conspiraciones, de los jueces vendidos al mejor postor, de los asaltantes y secuestradores, de los eternos baches de nuestras calles, del dengue, de la crisis, de los depredadores de la naturaleza, de los vendedores de ilusiones, de los ladrones de sueños, de la cachaca estruendosa, del calor insoportable y de todo mal. Amén.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Historia de Navidad


Se bajaron de la carrocería del camión cargado de olorosas frutas, cerca del Mercado Cuatro. El chofer no les cobró el precio del viaje e incluso les regaló una sandía. Con tristeza los vio marcharse calle abajo, hundiendo lentamente sus pies sobre el asfalto caliente, sus siluetas recortadas contra el fondo de rascacielos.
El hombre caminaba con dificultad, apoyado en un bastón, cargando a duras penas su bolsa de escasas pertenencias. A su lado la mujer aún joven, aunque con la piel surcada de arrugas, trataba de equilibrarse con su enorme panza, sosteniéndose a ratos por paredes y columnas.
Cerca de la vieja Estación del Ferrocarril alguien les indicó una pensión barata, pero la dueña les miró el aspecto de lástima y les dijo que ya no quedaban piezas vacías. Llamaron a la puerta de una gran casona a pedir un poco de agua o comida, pero apenas se abrió la mirilla el señor les dijo que no quería comprar nada y cerró con un golpe seco que les lastimó el corazón.
Estaban extenuados, sentados en un banco de la Plaza Uruguaya, cuando se les acercó un travesti, aburrido de no hallar clientes. Al principio lo miraron con temor y desconfianza, pero al poco rato ya le estaban contando su historia, la manera en que unos políticos inescrupulosos les habían despojado de su chacra y su ranchito, allá en Curuguaty. Solos, con muy poco dinero, con el niño a punto de nacer, no les había quedado más recurso que venir a la Capital en busca de sustento.
Esa noche encontraron el calor de un viejo colchón, tirado sobre el piso de tierra de una casita de hule y cartón, en el Bañado. Esa noche, el llanto de un bebé recién nacido se escuchó nítido y fuerte sobre el rumor de cachacas y televisores encendidos. Esa noche, el travesti salió emocionado a contar la buena nueva a sus amigos pescadores y ellos abandonaron sus canoas para venir a ver al niño, trayéndole lo poco que habían pescado a manera de ofrenda. Esa noche hubo una estrella que brilló más que todas sobre la bahía.
Pudo haber sido una cálida noche de diciembre. La mujer pudo haberse llamado María y el hombre José, son nombres tan comunes. Esta historia pudo haber ocurrido en Asunción del Paraguay, en el 2012, o en una perdida aldea de Judá, llamada Belén, hace más de dos mil años. ¿Acaso habría alguna diferencia?