viernes, 15 de abril de 2011

Joaquín Sabina en Paraguay: ¿Quién nos regala el mes de abril?


El más exquisito literato de la canción iberoamericana regresa a Asunción tras 14 años. Sus versos arañan los puntos más hondos y vulnerables del alma humana.

Andrés Colmán Gutiérrez

Cuando el trovador de Calle Melancolía salió al escenario del Club Sol de América, con esa voz aún no tan desgarrada, a enfrentar por primera vez a un público paraguayo, se llevó una grata sensación: la multitud que colmaba ese tinglado de horrible acústica reverberante, conocía y coreaba de memoria todas las letras de sus canciones, como si él siempre hubiera estado aquí.
Era la noche del 9 de julio de 1997 y ningún tren salido de la estación de Linares Baeza había pasado por tierras guaraníes. Aunque ya una creciente logia de sabineros se extendía a lo largo de toda América, aquel músico canalla de chaleco multicolor y sombrero bombín había llegado a un país hasta entonces misterioso y desconocido, sin saber lo que iba a encontrar.
Se reveló sorprendido y emocionado en el momento en que las miles de gargantas roncas coreaban a una sola voz: “hoy amor, como siempre, el diario no hablaba de ti…”. Se mostró casi con vergüenza de haberse estrenado en Asunción con “Viuda e hijos, en paños menores”, un espectáculo acústico y minimalista, pensado inicialmente más para giras en teatros íntimos que para conciertos masivos, con un ajustado repertorio marginal, secundado por la dulce voz de Olga Román y la complicidad instrumental de sus fieles músicos Panchito Varona y Antonio García de Diego.
“Tendremos que venir otra vez, para ofrecerles una muestra más completa de nuestro trabajo…”, anunció entonces, acaso sin saber que iban a pasar catorce años, tanta agua bajo los puentes, para que pudiera cumplir aquella promesa.

Sabina en carne viva.

De aquella noche de resonancias poéticas, seguida de leyendas urbanas que relatan una sabinesca expedición pos-concierto en la madrugada asuncena, con historias nunca confirmadas (ni desmentidas) de su paso por el mítico y pecaminoso Karin Club, donde quizás conoció a La Magdalena Guaraní… hasta este anhelado domingo 17 de abril, en que El Penúltimo Tren recalará en la estación del Yacht y Golf Club Paraguayo, han transcurrido tantos discos, versos, recitales, humo, dulces hoteles, ruidos, cigarrillos, wiskys, besos, drogas, marichalazo, alivios de luto, nubes negras, números rojos…
El Sabina que regresa, tan joven y tan viejo, es el mismo pero es otro: el que burló a la muerte aquel agosto de 2001 cuando un ictus cerebral lo dejó tendido en el piso de su departamento madrileño, el que ahora canta “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos”, pero aún sigue “jugándose la boca” en cada verso y en cada bocanada de aire…
Nacido como Joaquín Ramón Martínez Sabina, en la agreste Úbeda de la española Jaén, el 12 de febrero de 1949, hijo de un inspector de policía, supo escapar a su marcado destino de maestro de escuela, para convertirse en el más exquisito literato de la canción iberoamericana actual, un letrista capaz de encontrar el verso justo para arañar los puntos más hondos y vulnerables del alma humana.
Heredero de Dylan y Serrat, de Borges y Vallejo, de León y Quiroga, de Gardel y José Alfredo, nadie como Sabina para hallar el “adjetivo, inspirado y posesivo, que te arañe el corazón”. En medio de tanta canción comercial, amoldada a las exigencias del mercado, que relatan irreales historias de amor de novela rosa edulcorada, Sabina se atreve a nombrar lo innombrable, a revelar esos contradictorios y oscuros sentimientos que a todos nos asaltan, pero que nadie quiere (o puede) transparentar con prosa tan exquisita: “De sobra sabes que eres la primera/que no miento si juro que daría/ por ti la vida entera / y, sin embargo, un rato, cada día/ ya ves, te engañaría con cualquiera/ te cambiaría por cualquiera”.
“Es un autor gigante entre los más grandes de la canción y el rock, aristócrata de las profundidades del idioma, de la melancolía, del whisky, de la noche y de las senti-mentiras piadosas”, lo definió el músico argentino Andrés Calamaro.
Bienvenido, Joaquín. Hoy tenemos contigo más de cien canciones, más de cien motivos, para no cortarnos de un tajo las venas. Más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena.