miércoles, 31 de agosto de 2016

Últimas noticias sobre Miguel Ángel Soler

Miguel Angel Soler (izquierda) junto a su hermana Carmen y el dirigente comunista Luis Casabianca.

Hace poco más de dos meses, cuando investigábamos la historia de las niñas secuestradas para ser esclavas sexuales del dictador Stroessner y su colaboradores, nos encontramos con un dato poco conocido sobre el dirigente comunista desaparecido Miguel Angel Soler.
El dato surgió cuando rastreamos la trágica historia de Malena Ashwell, la hija del historiador Washington Ashwell, quien fue testigo de una atroz escena, al hallar a tres niñas desnudas sangrando tras haber sido violadas en la casa de Popol Perrier, en Sajonia, en 1975.
Así llegamos a una columna publicada por el legendario periodista norteamericano Jack Anderson en The Washington Post, en 1977, que recoge el testimonio de Malena, aunque allí la cita con un seudónimo, Ada Rodríguez.
Malena quería hacer pública la terrible situación de las niñas esclavas que había descubierto, pero sus amigos le dijeron que ningún diario se atrevería a publicar esa información. "El único que se animaría a hacerlo es este señor Miguel Ángel Soler, del Partido Comunista, que edita un periódico clandestino que se llama Adelante", le explicaron.
Venciendo sus propios prejuicios -ella era esposa de un militar de la Marina stronista-, Malena buscó a Miguel Angel Soler, entonces secretario general del PCP y le contó la terrible historia. 
Soler le aseguró que lo iba a publicar con gran destaque, redactó la nota y estaba por meter el periódico en la imprenta cuando los policías de Investigaciones asaltaron su casa, durante una reunión con sus camaradas del partido, y se lo llevaron. 
Fue a fines de noviembre de 1975.
Entre los papeles secuestrados en la casa de Soler, los policías encontraron la nota sobre las niñas violadas y en algún borrador, el nombre de Malena. 
Fue así como también la fueron a buscar a ella y la llevaron a Investigaciones.
En una serie de reportajes habíamos contado esta historia, que en ese momento tuvo mucha repercusión. 
Malena había podido ser rescatada y llevada a Estados Unidos, gracias a la influencia de su familia, pero quedó afectada para siempre por el trauma de las torturas recibidas. 
Miguel Angel Soler no tuvo esa suerte y su rastro se borró en la larga noche de la dictadura, junto al de otros cientos de desaparecidos.
Llamativamente, su nombre ha vuelto a ser noticia un martes de clima lluvioso, cuando se reveló que Soler es uno de los dos primeros desaparecidos que han podido ser identificados, gracias al valioso trabajo dirigido por Rogelio Goiburú.
En seguida me vino a la memoria esta nota que publicamos en junio, en ÚH.
Es impresionante ver cómo los pedazos dispersos de la memoria -que el sistema dictatorial se ha esforzado tanto por disgregar y destruir-, acaban por revelarse, por juntarse y por rearmarse como un mural rompecabezas, poniendo las cosas en el exacto lugar de la historia.

La nota la pueden leer -o volver a leer- aquí


lunes, 29 de agosto de 2016

La historia de una foto “comprometedora”




Mucha gente me llamó y me escribió en la noche del domingo, luego de que Rafael Filizzola, ex ministro del Interior en la presidencia de Fernando Lugo, me nombrara durante una entrevista en el programa Algo Anda Mal (AAM), por Canal 13, mencionando que fui el periodista que acompañó el momento en que se tomó la foto en que él aparece con Lucio Silva, actual integrante del grupo armado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), lo cual me convierte en testigo de un asunto polémico que vuelve a cobrar actualidad y a despertar interés.
La foto de Filizzola con Silva es la misma que ya ha sido utilizada políticamente en varias oportunidades por gente del oficialismo colorado y que el actual ministro del Interior, Francisco de Vargas, ha sacado nuevamente a luz en estos días, sugiriendo que esa foto sería una prueba de que su antecesor en la misma secretaría de Estado estuvo involucrado con el EPP, en sus orígenes.
En realidad, esa foto es parte de un reportaje a dos páginas que el diario Última Hora publicó en su edición del lunes 18 de marzo de 2002, narrando un viaje desde la comunidad de Kororõ'i, San Pedro, en que los campesinos Lucio Silva y Gustavo Lezcano, en ese momento prófugos de la justicia, acusados de integrar el grupo que había secuestrado a María Edith de Debernardi, decidieron entregarse y comparecer ante la Fiscalía, exigiendo como garantía el acompañamiento de un equipo periodístico de nuestro diario y de representantes del Congreso Nacional.
Otra precisión necesaria es que yo no participé del equipo que viajó a Kororõ'i. Quien realizó ese reportaje fue el compañero Miguel H. López, integrante del equipo de investigación de ÚH, del cual yo era en ese momento el editor responsable. Miguel viajó en compañía del fotógrafo Lucas Nuñez, en un móvil del diario, y de varias otras personas, que fueron en sus propios vehículos, como los abogados Oscar Ayala Amarilla y Enrique Castillo, y el diputado Rafael Filizzola, a quien luego se unió el también legislador Julio Perrota. A mí me tocó coordinar el operativo, pero desde la Redacción.
Para entender bien el contexto, empecemos por ubicar el momento de la historia…

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El 16 de noviembre de 2001 era secuestrada María Edith Bordón, esposa del ingeniero Antonio Debernardi (considerado uno de los “barones de Itaipú”), tras su práctica de ejercicios en el Parque Ñu Guasu.
Era el primer secuestro significativo que sucedía en muchos años en el Paraguay, y que -aunque entonces no lo sabíamos- marcaba la irrupción de un grupo criminal (que recién en 2008 iba a asumir un nombre supuestamente guerrillero, el del EPP), vinculado a una parte de la dirigencia de una organización política (en ese momento el Partido Patria Libre).
Tras el pago de un rescate (un millón de dólares, según la versión oficial), María Edith fue liberada en la madrugada del 19 de enero de 2002.
Esa misma mañana, el entonces jefe de Investigación de la Policía, comisario Roberto González Cuquejo, hacía una revelación llamativa, que convirtió lo que parecía un simple caso policial en un verdadero escándalo político: El secuestro y la posterior liberación “se trató de un desenlace exitoso de un plan de un grupo de izquierda, con intenciones de promover la desestabilización del Gobierno”, dijo González Cuquejo.
En seguida, la policía distribuyó una lista de los acusados de haber cometido el secuestro. Dos de ellos eran conocidos dirigentes políticos de izquierda, Juan Arrom y Anuncio Martí, dirigentes del Partido Patria Libre.
Los demás eran seis ex presos por un intento de asalto a un banco en la ciudad de Choré, en 1997, conocidos como los integrantes de “la banda de Choré”: Alcides Oviedo, Carmen Villalba, Gilberto Setrini Cardozo, Pedro Maciel Cardozo, Lucio Silva y Gustavo Lezcano.
(Alcides Oviedo y Carmen Villalba, actualmente presos y cumpliendo largas condenas en la cárcel, se confirmarían posteriormente como los máximos dirigentes fundadores del grupo armado conocido como el EPP).
Contra todos ellos se libraron órdenes de captura y se desató una especie de cacería humana, policial y mediática.
La situación se volvió más compleja, cuando los familiares de Juan Arrom y Anuncio Martí denunciaron que ambos estaban desaparecidos desde la noche del 17 de enero de 2002, cuando fueron capturados por desconocidos frente a la sede del Centro de Investigación Judicial. Los familiares aseguraban que la propia policía los tenía secuestrados ilegalmente, mientras fingían buscarlos.
Esta presunción se confirmó el 30 de enero, cuando dos hermanas de Juan Arrom, siguiendo datos de un informante, llegaron hasta una casa de Villa Elisa y pudieron comprobar que Juan y Anuncio estaban allí, mantenidos cautivos, con visibles señales de haber sido torturados.
Al ver que llegaban móviles de prensa, los habitantes de la casa huyeron a bordo de dos autos sin chapas. Arrom y Martí luego los identificaron como oficiales de policía a cargo del comisario Antonio Gamarra y denunciaron que dos ministros del gobierno de entonces (el presidente era Luis Gonzalez Machi), el del Interior, Julio César Fanego, y el de Justicia, Silvio Ferreira, no solo sabían, sino que avalaban plenamente que ellos estaban secuestrados ilegalmente y siendo torturados.
La situación derivó en un verdadero escándalo político y puso en duda todas las versiones oficiales sobre los autores del secuestro de María Edith, aunque las evidencias que fueron apareciendo después confirmaron muchas de esas versiones.
Mientras, los seis integrantes de la ex “banda de Choré” seguían siendo buscados en todo el país, y tenían pedidos de captura internacional.
En Última Hora, el caso fue inicialmente cubierto por los compañeros de la sección Sucesos (Policiales y Judiciales), pero en la medida en que el tema se tornaba denso, empezamos a meter mano los del equipo de Investigación (colaboraban Susana Oviedo, Miguel H. López, Adrián Cattivelli, Arnaldo Alegre, Bernardo Agustti, Gustavo Garcia, entre otros).
Fue Susana Oviedo quien obtuvo un primer dato de que uno de los ex miembros de la llamada “banda de Choré”, Pedro Maciel Cardozo, era maestro de una escuela rural en una lejana compañía de Alto Verá, Itapúa, y que estaba con miedo de ser capturado, aunque aseguraba que se había separado del grupo de Alcides Oviedo y Carmen Villalba tras salir de la cárcel, y buscaba regenerarse. Para él fue una sorpresa verse incluido en la lista de los secuestradores
Hasta allí llegamos con Susana y logramos que Maciel Cardozo nos reciba y acepte ser entrevistado, con mucho temor. Nos contó su historia y ofreció testigos, que aseguraban que durante el tiempo en que María Edith estuvo secuestrada, él no se movió del lugar, estuvo enseñando en su escuela e incluso asesoró como técnico en informática las elecciones internas del Partido Colorado.
Tras un contacto con el entonces fiscal general adjunto, Carlos Arregui, Maciel Cardozo aceptó que lo acompañemos a presentarse ante la Fiscalía, donde fue sometido a un reconocimiento y María Edith admitió que no lo reconocía entre sus secuestradores. La Fiscalía levantó la orden de captura en contra suya y lo dejó en libertad.
Los reportajes sobre el caso Maciel Cardozo que publicamos con gran destaque en ÚH despertaron las burlas sobre la negligente actuación policial y echaron más dudas sobre las versiones oficiales que acusaban a los presuntos secuestradores.
Fue entonces cuando un informante se puso en contacto con el colega Miguel López, asegurando que en una comunidad campesina de San Pedro, llamada Kororõ'i , vivian otros dos ex integrantes de la “Banda de Choré”, Lucio Silva y Gustavo Lezcano, quienes también aseguraban ser inocentes, contaban con testigos de que no se habían movido del lugar en la época del secuestro y estaban dispuestos a entregarse a la Fiscalía, para someterse al reconocimiento.
Contactamos nuevamente con el fiscal adjunto Carlos Arregui, quien brindó todas las garantías para trasladar a los acusados hasta Asunción, pero los mismos pedían la presencia de algunos parlamentarios, para otorgar mayor protección constitucional. Recurrimos al entonces diputado Rafael Filizzola, del Partido Encuentro Nacional, quien aceptó acompañar el operativo. Luego se sumó, durante la presentación en la Fiscalía, su colega Julio Perrota.
Así fue como Rafael Filizzola apareció fotografiado junto a Lucio Silva y Gustavo Lezcano.
En la visita a Kororõ'i, según la crónica de Miguel López, numerosos pobladores atestiguaron que Silva y Lezcano no se habían movido de su comunidad en la época en que Maria Edith fue secuestrada. De hecho, diez pobladores lo acompañaron durante el viaje y se ofrecieron como testigos ante la Fiscalía, donde ambos acusados fueron expuestos ante los ojos de la señora de Debernardi, junto a otras personas, y ella dijo que no reconocía en el grupo a ninguno de sus secuestradores. Por tanto, la Fiscalía levantó la orden de captura y los dejó en libertad.
Años después, Gustavo Lezcano apareció involucrado en otro secuestro, el de Cecilia Cubas, hija del ex presidente Raúl Cubas, cometido por el mismo grupo criminal. El principal testimonio que lo incrimina, junto a otro grupo de acusados, es el del también ex integrante de Patria Libre, el concepcionero Dionisio Olazar, quien aseguró en el juicio oral que Lezcano formaba parte de un grupo político –al cual él también pertenecía-, que en una reunión realizada en Caaguazú, en enero de 2005, decidió la eliminación fìsica de la secuestrada Cecilia, luego hallada muerta y enterrada en Ñemby.
Lezcano, junto a otros cinco campesinos, Agustín Acosta González, Roque Rodríguez, Simeón Bordón, Basiliano Cardozo y Aristides Vera, cayeron presos en Buenos Aires y luego fueron extraditados a Paraguay, donde acabaron condenados a 25 años de cárcel más 10 por seguridad. Diversas organizaciones internacionales realizaron y siguen realizando campañas mediáticas a favor los seis, presentándolos como presos políticos, asegurando que la evidencia mostrada en juicio –la palabra de un solo testigo-, resultaba muy frágil para una condena tan elevada.
De Lucio Silva volvimos a tener noticias recién en 2013, cuando las fuerzas de seguridad lo identificaron como uno de los miembros activos del grupo combatiente del EPP. Hay fotos de él en uniforme y con fusil, y aparece en algunos videos.
Lucio Silva había ingresado a formar parte de la presunta guerrilla junto con sus jóvenes hijos Claudelino Silva Cáceres y Jorgelina Silva Cáceres. Claudelino, de 22 años, fue uno de los abatidos en el enfrentamiento con militares durante el secuestro de Arlan Fick, el 2 de abril de 2014, en Paso Tuyá, donde acabó muerto junto a Bernardo “Coco” Bernal.
Una vivienda del ex suegro de Lucio Silva, Felipe Cáceres, en la compañía San Isidro de Acahay, fue incendiada en junio de 2016, por personas desconocidas. En el lugar del ataque dejaron pintatas que decían “¡Fuera EPP!”. En agosto de 2016 fue atacada la casa de la ex esposa de Lucio, Elisa Cáceres de Silva, madre de los dos hijos que también ingresaron al EPP. La vivienda, ubicada en un asentamiento en Mboy-i Itauguá, fue rociada con combustible, además dispararon 27 balazos contra la casa, pero no llegaron a prenderle fuego. En el lugar dejaron una nota que decía: “¡Fuera Silva Cáceres! ¡Fuera EPP!”.
Cuando supimos que Lucio Silva era integrante activo del EPP, con los colegas que habíamos trabajado en aquellos reportajes de 2002 no pudimos evitar la sensación de haber sido utilizados. Muchas preguntas se nos cruzaron. ¿Realmente Lezcano y Silva no participaron del secuestro de Maria Edith, y recién después se sumaron a las actividades criminales? ¿O el EPP tiene tanta influencia en la población campesina, que es capaz de involucrar a toda una comunidad, como la de Kororõ'i, para mentir colectivamente, aportando una falsa coartada y librarlos en ese momento de la cárcel?
Al menos sí tenemos la seguridad de que el otro ex miembro de la antigua “Banda de Choré”, Pedro Maciel Cardozo, si se alejó definitivamente del grupo tras aquella primera experiencia y prosigue su valiosa labor como maestro rural, reivindicándose del error cometido a través de la educación.
En síntesis, esta es la verdadera historia de la foto de Rafael Filizzola con Gustavo Lezcano y Lucio Silva.
Sostener en base a esa imagen que estuvo involucrado con el EPP significaría que el ministro del Interior tiene muy mala información sobre los hechos, lo cual implicaría que su servicio de inteligencia es patético, o que tiene buena información real pero la manipula buscando enlodar a un adversario político con un propósito perverso. Sea cual sea la verdadera razón, habla muy pobremente del principal ministro político del gabinete de Horacio Cartes.

P.D.: El ministro del interior, Francisco de Vargas, fue finalmente destituido luego de que los convencionales del Partido Colorado pidieran su cabeza al presidente de la República en una Convención de la Asociación Nacional Republicana, el 29 de octubre de 2016, por no pertenecer al partido oficialista. El presidente Horacio Cartes anunció públicamente que lo iba a echar del puesto. De Vargas se enteró del tema escuchando una emisora de radio. En su lugar fue nombrado Miguel Tadeo Rojas, un dirigente con trayectoria seccionalera.
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Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


martes, 16 de agosto de 2016

Así fué la muerte del ex dictador Alfredo Stroessner en el exilio

El sepelio de Alfredo Stroessner, el 17 de agosto de 2006, en Brasilia.
El 16 de agosto de 2006, el general Alfredo Stroessner murió en Brasilia, tras una penosa agonía. El periodista de ÚLTIMA HORA que cubrió en vivo la historia narra cómo fueron las últimas horas y el sepelio del ex dictador paraguayo.


Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

A las 11.32 -hora de Brasil- del día miércoles 16 de agosto de 2006, me encontraba escribiendo un reporte en el Hotel das Nações, en Brasilia, cuando sonó mi teléfono celular.
Desde el otro lado, una voz dijo:
-Acabou de acontecer, ele ya se foi (Acabó de suceder, él ya se fue).
Era una persona con la que había hecho amistad en días anteriores, en el Hospital Santa Luzía, donde el ex dictador paraguayo Alfredo Stroessner permanecía internado en grave estado a los 93 años de edad, y con quién habíamos acordado esa breve y precisa forma de avisar si Stroessner llagaba a fallecer, para vencer el férreo cerco informativo que la familia había puesto alrededor.
Rápidamente, con el camarógrafo Rufino Recalde, de Telefuturo, los dos periodistas paraguayos que habíamos llegado primero a Brasilia el domingo 13 de agosto, logrando la primicia sobre la agonía del ex dictador, saltamos a un taxi y nos dirigimos al hospital.
Los demás colegas paraguayos, que habían llegado después (Francisca Pereira, de La Nación, y Rolando Rodi, de la RPC) habían salido a filmar la mansión de Stroessner al otro lado de la ciudad y no había forma de comunicarles la noticia.
Mientras viajábamos a toda velocidad, con una llamada les pasé el dato a los colegas Guido y Jamil, de la agencia Reuters, devolviendo la gentileza por la valiosa ayuda que nos habían brindado para nuestro trabajo en Brasilia. En pocos minutos, eran los primeros en dar la noticia al mundo.
En el hospital, la asesora de prensa Vera Morgado se quedó sorprendida cuando le pregunté desde el teléfono en la recepción si podía confirmar oficialmente la noticia de que Stroessner acababa de fallecer. "Sí, es verdad, pero ¿cómo te enteraste tan rápido? Aún no le avisamos a nadie", exclamó.
Me sentí tentado a decirle: "Un ángel me avisó".

Un fotógrafo paraguayo trepado al muro de la mansión de Stroessner, para obtener una vista interna.
Crónica de una muerte en la distancia

El siguiente texto forma parte de la crónica que escribí ese día para Última Hora, desde la capital de Brasil:
Pequeño, esquelético, reducido a apenas 45 kilos de peso, vencido por las enfermedades y el paso del tiempo, el ex dictador Alfredo Stroessner murió a las 11.20 de la mañana, hora brasileña (a las 10.20 en Paraguay).
Su deceso se produjo en el Hospital Santa Luzia de Brasilia, a unos 2.000 kilómetros de Asunción, luego de 17 años sin pisar su tierra natal, de la que tuvo que salir forzadamente el 5 de febrero de 1989, luego de ser derrocado del poder en la madrugada del 3 de febrero.
Encerrado desde hace 19 días en la aséptica isla médica de la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Santa Luzia, rodeado apenas por algunos de sus familiares más cercanos y protegido del asedio de la prensa por guardias militares, la vida del ex hombre fuerte paraguayo se apagó súbitamente cuando su débil corazón dejó de resistir.
Un punto en la pantalla del monitor dejó de titilar y se convirtió en una larga línea luminosa. El bip bip de los aparatos se interrumpió y se convirtió en un solo sonido alargado, provocando la corrida de médicos y enfermeras.
"Lo sometimos a un tratamiento de reanimación, pero ya no respondió. Alfredo Stroessner falleció de un shock séptico, como consecuencia de las complicaciones posquirúrgicas, que derivaron en una neumonía y provocaron su muerte", informó el doctor Sergio Namura, director clínico del Hospital.
Alfredo "Goli" Stroessner Domínguez, considerado el nieto favorito del ex dictador, fue el único miembro de la familia que aceptó hablar con los periodistas a su salida del Hospital, dos horas después del fallecimiento de su abuelo.
Requerido acerca de si el ex gobernante había mostrado arrepentimiento por los crímenes de los que se acusaba, respondió: "Arrepentimiento, ninguno. Él actuó en su tiempo, conforme a los cánones de la Guerra Fría, a lo que la política mundial mandaba en aquel entonces. Hoy nosotros valoramos la democracia que viven nuestros países y la vamos a proteger y defender, pero el general Stroessner actuó según los cánones de un mundo diferente. La historia y el pueblo paraguayo sabrán juzgarlo en su debido momento".

Gustavo Stroessner hablando con los periodistas, tras el sepelio de su padre.

El último adiós al patriarca

Apenas una treintena de personas, entre los familiares más cercanos y algunos pocos amigos, le dieron el último adiós al hombre que alguna vez fue todopoderoso y gobernó el Paraguay con mano de hierro, consumiendo sus últimos 18 años de vida en el exilio, mientras se apagaba lentamente bajo los embates de las enfermedades, el paso del tiempo y la jugosa soledad.
No hubo celebraciones fastuosas ni multitudes en las calles, como en los funerales del general dictador de la novela El otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez.
El velorio se realizó a puertas cerradas, en estricta ceremonia privada, y poco menos de veinte vehículos -de los cuales la mitad eran de medios de prensa- conformaron el cortejo fúnebre que partió alrededor de las 16.00 desde la casa 8, Conjunto 5, del barrio Lago Sul, y cruzó las ardientes autopistas de Brasilia, en una desolada marcha final.
Vestido con un traje azul y corbata roja, con el símbolo del Partido Colorado en la solapa, el disminuido cuerpo del viejo general fue depositado en un ataúd cubierto por una bandera paraguaya y otra del Partido Colorado, el mismo que seguía gobernando el Paraguay y que no le ha rendido honores a su viejo caudillo.
A las 16.35 el ataúd fue alzado a pulso por su hijo mayor y compañero del exilio, Gustavo Stroessner, junto a otras personas, para recorrer a pie aproximadamente 100 metros hasta una fosa sencilla en la cuadra 701 del Campo de la Esperanza.
Su nieto Diego Domínguez Stroessner, su ex colaborador Darío Filártiga y su ex chofer fueron los oradores, antes de que el sacerdote brasileño Abdón Guimaráes impartiera la oración final y el cajón empezara a bajar a la fosa, entre lágrimas y exclamaciones de pena de sus familiares.
Y eso fue todo. Sin haberse animado a enfrentar los procesos judiciales pendientes en su país por crímenes contra la humanidad, violaciones de derechos humanos y enriquecimiento ilícito, el que alguna vez fue el todopoderoso patriarca del Paraguay, que decidía sobre la vida y la muerte, el hombre al que algunos reivindican como un gobernante que trajo paz y progreso, y otros como el dictador más sangriento que conoció la nación guaraní, Alfredo Stroessner Matiauda dejó de existir físicamente a la edad de 93 años y fue devuelto al seno de la tierra, en un frío y polvoriento cementerio brasileño, lejos de su tierra y de su antigua gloria.
¿Descansará en paz…?

Junto a la tumba de Stroessner, al día siguente del sepelio.