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domingo, 4 de octubre de 2020

Los héroes del balde de plástico

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

En las puertas del Apocalypse Now, cuando parecía que el mismo infierno se había desatado sobre la tierra, cuando los bomberos se sentían rebasados ante las murallas de fuego… ellos y ellas aparecieron.

Hombres y mujeres en su mayoría jóvenes, gente de barrio, pobladores emergiendo de la cuarentena. Traían en sus manos o sobre sus hombros algunos rústicos baldes de plástico con agua, recipientes reciclados que alguna vez fueron envases de pintura o de aceite, botellones, jarras, palanganas… Hormigas humanas movilizándose ante las exhalaciones de un gigantesco dragón, formando cadenas incansables para arrojar chorros sobre las hogueras ardientes.

¿Qué podrían hacer con tan precario y primitivo sistema, ante la apocalíptica dimensión del desastre? La efectividad no estaba quizás en los resultados tangibles, que fueron muchos e importantes, sino en el mensaje que brindaban: Ante la inercia y la manifiesta inutilidad gubernamental, surgía una impresionante respuesta de solidaridad ciudadana y de heroísmo cívico. 

Aparecieron en los incendios de Areguá, pero se extendieron por diversos puntos del país. Gente haciendo colectas para acercar alimentos y equipos a los bomberos. Gente ofreciendo sus casas a los voluntarios y el agua de sus piscinas para recargar los camiones tanques.

Podría quedarme con las imágenes del dantesco infierno que sufrimos esta semana, con un calor por encima de los 40 grados, cercados por las llamas y el humo tóxico, con cortes de energía eléctrica y de agua corriente de las inoperantes empresas estatales, con la vigente amenaza del Covid-19 y el dengue, con la crisis económica y el sistema de salud al borde del colapso, mientras legisladores, jueces, fiscales y políticos corruptos seguían celebrando el carnaval de la impunidad.

Podría reiterar las críticas tantas veces repetidas y avaladas en pruebas científicas de que la tétrica imagen de un Paraguay en llamas con casi 15.000 focos de incendios solo en esta semana y todo el desastre climático no ocurren por capricho de la naturaleza, sino que son la directa consecuencia de un modelo de supuesto desarrollo agroganadero que privilegia el lucro y destruye el ecosistema, algo que definitivamente no nos gusta, pero no por eso vamos a buscar otro planeta. No, señor Zavala, este es nuestro país y este es nuestro planeta. Quienes los amamos lo vamos a seguir defendiendo y buscando proteger.

Podría poner el acento en seguir denunciando lo que ya tantas veces hemos denunciado… pero hoy prefiero detenerme a reivindicar a estos héroes y a estas heroínas del balde de plástico, que nos han dado un fresco aliento de esperanza entre tanta sofocante y ardiente pesadilla.

Hace años me contaron la conmovedora historia del colibrí. Ante un gran incendio, mientras los demás animales huían en desbandada, el ave pequeña volaba al río más próximo, cargaba agua en su pico y en sus plumas y retornaba a dejar caer las gotas sobre el bosque en llamas. Al ver aquel esfuerzo aparentemente inútil, un león le preguntó qué estaba haciendo, en lugar de ponerse a salvo. El colibrí respondió: “Yo solo hago mi parte. Si todos hiciéramos lo mismo, hace rato hubiéramos apagado el incendio”.

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(Publicado originalmente en la columna Al otro lado del silencio, sección opinión del diario Última Hora, domingo 4 de octubre de 2020).

(Las conmovedoras imágenes que acompañan este texto son de Agustín Martínez, que supo estar allí y dar testimonio con sus fotografías. Lo pueden conocer mejor en este reportaje y seguirlo en su perfil de Facebook ).





lunes, 24 de agosto de 2020

Gracias, Leonardo DiCaprio

 


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Estimado Leo: Te agradecemos infinitamente que hayas publicado en tu cuenta de Instagram la estupenda e impactante foto del colega Jorge Saenz sobre la terrible polución que sufre la Laguna Cerro, en la compañía Piquete Cué de Limpio. Gracias al escándalo y a la presión internacional que provocaste, después de cuatro meses de infructuosas denuncias locales, las autoridades del Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades) se animaron a cancelar la licencia ambiental que ellos habían otorgado y pedir el cierre definitivo de la industria impunemente contaminadora.

Sabemos que lo hiciste por tu motivación ecologista, convencido de que el cuidado de la naturaleza es fundamental para garantizar el futuro. Aunque haya quienes lo vean como una simple pose progresista, para quienes nos sentimos viviendo siempre un poco al borde del Apocalipsis, es una acción fundamental.

Te confieso que nos causa un poco de vergüenza ajena que tenga que intervenir un famoso actor de Hollywood para que nuestras autoridades nos hagan caso, pero así son las cosas por aquí, en este país mágico pero corrupto llamado Paraguay que alguna vez deberías venir a conocer personalmente, para conocer las bellezas naturales que aún quedan en pie y que con mucho esfuerzo algunos tratamos de proteger. A veces nos sentimos un poco como ese tenaz trampero Hugh Glass a quien encarnaste en la película El Renacido del mexicano Alejandro González Iñárritu, que te permitió lograr el ansiado Oscar: sobrevivientes de un paraíso continuamente agredido, en donde los gobernantes y las clases dominantes buscan imponer el lucro comercial al interés colectivo.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con nuestro bello e inmenso Chaco, territorio que nuestros abuelos defendieron con sangre en una cruenta guerra en el siglo pasado. Es considerado el segundo ecosistema más importante de Sudamérica, pero está en peligro de convertirse en un desierto. La deforestación ya arrasó con una superficie del tamaño de Suiza, pero la impunidad sigue.

El caso en el que te tocó intervenir es uno más entre tantos, en el que los gobernantes facilitan abrir industrias con la ilusión de que nos traerán el progreso. “Usen y abusen del Paraguay”, había proclamado el anterior presidente a supuestos inversores extranjeros. Así se instaló en Limpio la empresa de curtiembre WalTrading SA. Obtuvo licencia ambiental y arrojó sus efluentes a la bella laguna Cerro, en el mismo ecosistema donde florecen las encantadoras plantas acuáticas conocidas en guaraní como yacaré yrupê (Victoria cruziana). Los vecinos alertaron sobre el violento cambio de color del agua y el olor pestilente, pero las autoridades solo enviaron fiscalizadores a observar y a hacer nada. Recién cuando tu posteo sacudió al mundo, reaccionaron y descubrieron que se estaba cometiendo un crimen ecológico.

Gracias, Leo. Vení cuando quieras, o cuando el Covid-19 te lo permita. En Paraguay te sentirás como en casa y hasta en ambientes similares al de algunas de tus más famosas películas. Aquí también tenemos a un capitán al que hemos aplaudido por conducir muy bien el barco médico gubernamental contra la pandemia, pero que en estos días se va hundiendo inevitablemente como el Titanic.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 23 de agosto de 2020.

domingo, 19 de abril de 2020

Otra manera de vivir… y de morir




Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Encerrados desde hace semanas en nuestras casas, hartos de tanta familiaridad impuesta, solo esperamos que la maldita pandemia del Covid-19 acabe de una vez y podamos volver a la “normalidad” para recuperar tantos abrazos y caricias, domingos de asados y fútbol, estrenos de cine y teatro, conciertos masivos de música en vivo, ferias en la Costanera, encuentros en el colegio o en la facu, brindis con los amigos y amigas en el bar de la esquina.

Pero... qué pena. Los expertos aseguran que no será así. Aunque podamos ir saliendo gradualmente de la cuarentena y hayamos logrado “aplanar” o “martillar” la famosa curva, el virus seguirá allí, acechando como un mortal enemigo invisible y mientras no dispongamos de una vacuna (que –dicen– tardaría al menos un año) todas las personas, incluyendo a los “recuperados”, seguiremos siendo potenciales portadores del contagio.

Así que no, estimados amigos y amigas. No podremos regresar a la ansiada “normalidad”. Tendremos que acostumbrarnos a andar por la vida con tapabocas, a lavarnos las manos a cada instante, a desinfectar siempre todo lo que tocamos, a ir al trabajo con extremo cuidado, a guardar distancia física ante los demás. Tendremos que habituarnos a ver los partidos de fútbol solo por televisión, a asistir a los conciertos de nuestros artistas preferidos por internet, a hacer compras principalmente en tiendas virtuales, a cursar estudios online, a brindar simbólicamente con nuestros amigos y seres queridos a través de una pantalla. Tendremos que renunciar al apretón de manos y a los abrazos, al tereré compartido.

Tendremos que aprender otra manera de vivir... y de morir. Ni las despedidas a quienes fallecen podrán seguir siendo igual. Debemos romper tradiciones culturales y religiosas que llevan siglos, velar a nuestros muertos por escaso tiempo y en higiénica soledad.

Y aunque más tarde que temprano pueda ser posible retornar a lo que llamamos “normalidad”, probablemente no será lo recomendable. Tal como coinciden los pensadores, eso que consideramos “normalidad” es lo que nos ha llevado a esta situación.

Lo “normal” era exactamente el problema. Lo “normal” de sistemas de producción que desprecian el valor de la naturaleza, que arrasan con bosques y ecosistemas, que llenan el mundo de humo, basura y polución, que envenenan el aire, contaminan el agua y alteran el clima, que les dan poder a los políticos corruptos e insensibles, que se apropian de los recursos públicos y desprecian a las mayorías pobres, que discriminan y persiguen a quienes son diferentes o piensan de modo distinto, que privatizan y mercantilizan la salud, que ponen a la salud pública y a la educación en último lugar.

Por sostener algo similar en una entrevista concedida a la renovada versión digital del mítico periódico “Adelante” del Partido Comunista Paraguayo, el médico Guillermo Sequera, director de Vigilancia de Salud del Ministerio de Salud, uno de los hombres claves en la lucha contra la pandemia del coronavirus, ha sido objeto de una virulenta campaña por parte de un sector reaccionario de la política y la sociedad de nuestro país. Lo acusan de “comunista”, usando un recurso que quizás era válido hace más de 30 años, en plena dictadura stronista, pero Sequera solo expuso el pensamiento de filósofos y cientistas sociales de todas las tendencias, una convicción que empieza a consolidarse en todo el planeta.

Aceptémoslo: la forma de vida que conocíamos no va a volver. Para sobrevivir al Covid-19 debemos cambiar drásticamente nuestra forma de hacer casi todo lo que hacemos: cómo trabajamos, cómo hacemos deporte, cómo salimos a farrear, a comprar, a atender nuestra salud, a educarnos y a educar a nuestros hijos, a cuidar a los miembros de la familia, a producir creativamente.

Otro mundo es posible a partir de la crisis. En nuestras manos está hacerlo mejor o peor.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 18 de abril de 2020.

(Fotografía: Desirée Esquivel).


sábado, 21 de marzo de 2020

Crónica desde el borde del Apocalipsis





Andrés Colmán Gutiérrez- @andrescolman

Algo parecido solo lo habíamos visto en imaginativas películas y series de televisión: Contagio, La Jetée, Virus, 12 Monos, The Hot Zone, Epidemia, Ceguera, A ciegas, Soy Leyenda o la camada del Apocalipsis zombie, principalmente The Walking Dead. Hasta que un día cerraron las salas de cine del mundo y los habitantes del planeta nos encontramos inmersos en una de esas apocalípticas tramas, sufriéndola en carne propia. La realidad copia a la ficción y encima nos toca un guionista despiadado.

Hoy tres gotitas de mocos en el aire son capaces de hacer temblar al mundo y doblegar a las más grandes potencias. En el desgarrado corazón de Sudamérica, antes que otros vecinos, nos vimos obligados a retomar la épica del Supremo doctor Francia: cerrar nuestras fronteras y aislarnos “sobre el núcleo de nuestra propia fuerza” para intentar sobrevivir.

La pandemia del Covid-19 llegó para enseñarnos cuánto vivíamos equivocados. Ya no son solamente los pobres e indigentes los apestados -como muchos habían creído ideológicamente-, sino también jefes de Estado, estrellas de cine, empresarios millonarios. El virus iguala a ricos y pobres, a cerristas y olimpistas, a ateos y creyentes, a católicos y musulmanes. El contagio llega por igual para naciones ultradesarrolladas como para países tercermundistas. Los muros con alambradas y los misiles no pueden detenerlo. Quizás solamente una red invisible pero constante de solidaridad y de fortaleza social comunitaria.

Al contrario de lo que el sistema dominante sostenía, hoy descubrimos que la ciencia es más importante que la economía. Un médico o una enfermera se han vuelto más necesarios que un futbolista o una celebridad de la farándula. Un hospital es más valioso y urgente que un shopping, un estadio o una autopista. Las cosas materiales que antes considerábamos fundamentales para construir nuestra comodidad han perdido su sentido de prioridad. Ahora lo primero es la vida. Mantenerse vivos. Sobrevivir, aunque tengamos que dejar que tantas otras cosas se disuelvan en la nada.

Recluidos a la fuerza en nuestros hogares como náufragos en medio del océano urbano o en islas de soledad, apreciamos el valor de la intimidad familiar o personal, la posibilidad de reflexionar. Nos convertimos en filósofos existencialistas. En medio de esta prisión casera descubrimos la necesidad de estar juntos, aun distanciados.

Internet, los teléfonos celulares y los medios de comunicación se nos han vuelto vitales herramientas para no caer en la desesperación. Entendemos el valor del arte como bálsamo para el espíritu. Asistimos a conciertos en línea y películas por streaming, nos abrazamos con el alma por teleconferencia.

Estamos con miedo. Reconocerlo no es cobardía. Hasta las iglesias y los templos han cerrado sus puertas, la fe, la oración y las creencias resultan muy válidas, pero no son suficientes. No existe un lugar seguro. No hay un búnker antinuclear que nos proteja. Lo único que nos puede salvar es la solidaridad, cuidarnos unos a otros, obedecer las reglas sanitarias, no discriminar a quienes padecen el contagio, acompañar críticamente y respaldar el trabajo de las autoridades, #QuedateEnCasa, #EpytaNdeRógape, sentirnos distanciados físicamente pero muy cerca en el corazón.

Aceptamos que la pandemia exige recortar libertades y derechos, pero no renunciamos a vigilar y exigir que todo se haga con valores de la democracia, con honestidad y transparencia. Nos queda aprender de esta emergencia global a ser más higiénicos, más respetuosos del medioambiente, cuidadores de nuestra madre tierra, más justos y solidarios. El futuro es incierto, pero no deja de ser esperanzador mientras mantengamos abiertos el corazón y la mente. Otro mundo será posible después del Apocalipsis. Si no lo podemos construir nosotros, lo harán quienes queden vivos: Nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros nietos. Hagamos lo mejor que podamos mientras estemos vivos.

Que ese sea nuestro legado.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 21 de marzo de 2020.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Otros pesebres en busca de otra sociedad



Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

 María duerme plácidamente sobre el lecho de paja, mientras José juega muy divertido con el bebé Jesús en su regazo. Este “pesebre alternativo” –al que muchos consideran un pesebre feminista–, se denomina “Dejemos dormir a mamá” y es un regalo que le hicieron al papa Francisco por su 83 cumpleaños, quien lo alabó con mucho entusiasmo durante su mensaje de Navidad: “¡Cuántos de ustedes deben turnarse en la noche entre marido y mujer por el niño, la niña, que llora, y llora, llora!”.
Esta reinterpretación simbólica de los roles del hombre y la mujer por parte del máximo líder de una de las más importantes instituciones religiosas del mundo, tradicionalmente calificada de excesivamente conservadora, esta vez utilizando incluso el lenguaje inclusivo de nombrar al niño y la niña por igual, tiene un efecto de mucha trascendencia: El mundo está cambiando y sus efectos renovadores han llegado hasta el pesebre de Belén y hasta los salones del Vaticano.
Mucho más radical ha resultado el mensaje de la Iglesia Metodista Unida de la ciudad de Claremont, en el Estado de California, Estados Unidos, que presentó a San José, la Virgen María y el Niño Jesús encerrados en celdas separadas y rodeadas con alambre de púas, a manera de protesta contra las políticas represivas del presidente Donald Trump contra las familias latinas migrantes, a cuyos miembros han separado y encarcelado por no contar con documentos de residencias en regla. Hace más de veinte siglos la sagrada familia también tuvo que emigrar a Egipto para huir de la persecución del rey Herodes.
En la Catedral de Palermo, Italia, el arzobispo Corrado Lorefice decidió celebrar la misa de Navidad con la imagen de un Niño Jesús de piel negra, que le ha sido donada por misioneros de Tanzania, África, como una reivindicación a las familias de migrantes que llegan huyendo de persecuciones y que generalmente reciben el rechazo de las autoridades europeas y de un gran sector de los propios pobladores.
El controversial artista callejero británico Bansky instaló en el Walled Off Hotel de la misma simbólica e histórica ciudad de Belén, donde nació Jesús, un artístico pesebre junto a una réplica del muro que divide a Cisjordania de Israel. Sobre la imagen de la sagrada familia hay una estrella, pero es negra y hueca, y ha sido formada por el disparo de un mortero que atravesó el muro. Jugando con los símbolos y con las palabras en inglés, Bansky sustituye a la tradicional “Star of Bethlehem” (estrella de Belén) por la “Scar of Bethlehem" (Cicatriz de Belén), buscando llamar la atención de que el escenario en donde se originó la Navidad hace más de veinte siglos es la que menos puede celebrar hoy una verdadera “noche de paz”, debido al conflicto bélico que se mantiene desde la ocupación israelí de los territorios reclamados por Palestina.
En el Paraguay, aunque la Navidad sigue teniendo una representación principalmente tradicional o folclórica en las celebraciones religiosas, es posible encontrar imágenes de José, María y Jesús con rasgos indígenas guaraníes en algunos pesebres expuestos por artesanos y artesanas de Areguá, junto a esculturas de animales en peligro de extinción, como el jaguarete o el guyra campana, destacando una reivindicación de los pueblos originarios y un llamado a la protección del medioambiente.
Más que la presunta distorsión de un símbolo religioso universal, como cuestionan algunos sectores conservadores, los “pesebres alternativos” revelan la evolución de la conciencia humana ante realidades injustas. En una perspectiva histórica, el Redentor que eligió nacer entre los más pobres marcó una ruptura ante viejas estructuras para plantear la esperanza de lo nuevo. Si en la Judea invadida por el Imperio Romano aquel pesebre de pastores tenía un mensaje contra el sistema, es válido que los de hoy expresen las demandas feministas, migrantes, ambientalistas, indigenistas o pacifistas, como una manera de anunciar que otros modelos de sociedad también son posibles.

El pesebre de la Iglesia Metodista Unida de Claremont, California.
El Niño Jesús negro en la Catedral de Palermo, Italia.
El pesebre del artista Bansky en un hotel de Belén, junto al muro que divide a Cisjordania de Israel.
Pesebre indígena guaraní en Areguá, Paraguay.


jueves, 22 de agosto de 2019

Arde, Paraguay, arde



El Paraguay está seco y en llamas. 
Los bosques y los campos se incendian ante el menor descuido y componen un dantesco escenario que parece calcado de la película Apocalipse now.
Imparables murallas de fuego se alzan en la noche, a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos.
La poca lluvia no basta para aplacar la tremenda sed acumulada que tiene la tierra, ni para contener los infernales corredores de fuego. 
El heroico esfuerzo de los bomberos resulta insuficiente o vano ante el gran número de estallidos.
Al momento de escribir este artículo hay 1.626 focos de incendios detectados en todo el país, principalmente en San Pedro, Concepción, Amambay y Presidente Hayes. 
En este infierno no solo se consumen pastizales ganaderos o campos improductivos, sino también lo poco que queda de nuestros valiosos bosques y de nuestra siempre amenazada fauna, devorando valiosas reservas naturales.
Las causas son variadas, pero todas surgen de la ignorancia, de la inconsciencia social, de la viciada "cultura del fuego".
- Alguien que al pasar arroja una colilla de cigarrillo en brasas entre los arbustos.
- Vecinos que queman alegremente su basura en los terrenos baldíos.
Cazadores de apere'a que usan las hogueras para obligar a los roedores a salir de sus madrigueras.
- Ganaderos que quieren ahorrar dinero y les prenden fuego a sus pastizales resecos, pensando que es la manera natural de renovarlos.
- Agricultores a quienes les parece más práctico y barato quemar sus "rozados" para abrir nuevas áreas de cultivo en el monte.
Todos aparentemente inocentes ciudadanos, a quienes el fuego se les va de las manos "por accidente", hasta volverse un infierno incontrolable.

Es un momento de detenernos a preguntar qué nos pasa.
¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente?
¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales?
¡Arde, Paraguay, arde...!
El crimen que estamos cometiendo es inexcusable. 
Cada humareda es veneno tóxico que contamina el aire. 
Cada foco de incendio es una acción que calcina y empobrece la tierra, un daño ecológico del cual no podrá volver a recuperarse en montones de años. 
Cada especie vegetal y animal que muere bajo el fuego es también una parte de nuestra propia vida que se acaba.
Estas formas de ecocidio están penadas por la Ley, y quien le prende fuego a un campo o a un bosque puede ser castigado hasta con cinco años de cárcel. Pero... ¿sabe usted de alguien que esté preso por haber iniciado una quemazón? ¿Al menos uno solo de los 1.626 casos?
Ya lo dijo alguna vez el maestro Augusto Roa Bastos: Los paraguayos y las paraguayas hemos nacido en una tierra que se parece a un paraíso, pero hacemos todo lo posible para que se parezca a un infierno.

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(Publicado originalmente en el diario Última Hora el 8 de setiembre de 2007. Es uno de los artículos que la profesora magister en Ciencias del Lenguaje, Celeste Fleitas Guirland, eligió para analizar en su libro Discurso y pragmalingüística. Bases teóricas y análisis de textos desde los nuevos enfoques lingüísticos, editado en 2011).

lunes, 3 de diciembre de 2018

Canción de fuego y hielo



–¡No creo para nada en eso que dicen del cambio climático…! –exclamó, parado detrás del atril en el amplio salón, enfundado en su elegante traje de corte inglés, ante un auditorio que contestaba con murmullos y aplausos a cada una de sus palabras.
-¡Todos los informes son solamente fake news, noticias falsas que obedecen a un discurso ideologizado que repiten los zurdos en busca de dinero extranjero para sus oenegés ambientalistas...! –repitió, gesticulando frenéticamente ante las cámaras con poses de predicador.
Su frente estaba perlada de sudor. Se secó con un flamante pañuelo de seda, pero seguía sintiendo mucho calor. Al parecer el aire acondicionado no funcionaba. Pidió que abran las ventanas para dejar entrar el aire fresco, pero lo que ingresó violentamente al recinto fue una ráfaga de ardiente viento norte que llegaba desde el lejano Chaco como un aliento de dragón.
–¡Mejor cierren…! –pidió a sus guardaespaldas, quienes acudieron presurosos a cumplir la orden, pero no pudieron lograrlo. Una fuerza extraña empujaba las hojas de las ventanas desde afuera, mientras por el hueco se filtraba ahora un ventarrón gélido y ruidoso, con un torbellino de nieve que pronto se volvió una lluvia furiosa y descontrolada, que empezó a inundar el salón, obligando a los asistentes a levantarse de sus asientos y replegarse hacia el fondo, entre gritos de pánico.
–¡No lo crean…! ¡Son solo efectos especiales, trucos cinematográficos de estos comunistas...! –advirtió el orador, que insistía en quedarse parado en medio del escenario, empapado por la súbita tormenta. Sintió un frío extraño que se le metía en los huesos y le hacía castañetear los dientes.
–¡Es mentira…! ¡El cambio climático es mentira…! –gritaba ante la huida de su público y de sus guardaespaldas, quienes habían renunciado a intentar cerrar las ventanas, que ahora dejaban ver un desierto soleado por donde venía avanzando un gigantesco oso polar. Fue lo último que vio, cuando la bestia de blanco pelaje entró por el hueco y le mostró las mandíbulas abiertas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Yaguaretés en fuga




En algún lugar entre los cerros de Acahay, La Colmena, Ybycuí e Ybytimí, en el Departamento de Paraguarí, hay una pareja de yaguaretés huyendo con su pequeño cachorro entre las cenizas del paraíso.
Estos felinos salvajes llevan ya varias semanas rondando en medio de los ranchos y las chacras, alimentándose de terneros y aves de corral, causando el lógico temor en los pobladores, que han emprendido expediciones de cacería, armados con rifles y escopetas, a fin de librar a sus comunidades del "peligro".
Conocido también como jaguar o tigre americano, el yaguareté (Panthera onca) es el mayor félido de América y el tercero del mundo, después del tigre. Figura en Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Se cree que estos ejemplares avistados entre los cerros de Paraguarí son los últimos que sobreviven en la Región Oriental, donde su hábitat se ha perdido debido a la acelerada destrucción de los bosques.
Los yaguaretés se han quedado sin hogar y vagan buscando alimentos, a riesgo de ser sacrificados.
En poco más de medio siglo, el Paraguay perdió más del 80% de su superficie boscosa, reemplazada por pasturas extensivas para cría de ganado y cultivos mecanizados de soja, maíz, girasol y trigo. Desde 1945, de las 8.300.000 hectáreas de bosques que cubrían la superficie del país, parte del Bosque Atlántico, hoy quedan poco más de un millón de hectáreas, según el Fondo Mundial para la Naturaleza.
En la zona del Chaco Paraguayo, la deforestación alcanza un volumen de mil hectáreas de bosques talados en forma diaria, como revela una investigación de la organización no gubernamental Guyra Paraguay.
Paralelamente, el Paraguay se convirtió en sexto productor mundial de soja y cuarto exportador de esta oleaginosa. Además ha tenido un acelerado crecimiento en la ganadería. En el 2015 había 14.216.256 cabezas de ganado bovino y en 2014 exportó carne por 1.386.242.384 dólares, ubicándose como sexto exportador mundial de carne, desplazando al Uruguay.
Estas cifras han sido exhibidas por los últimos Gobiernos y por la clase empresarial como pruebas del gran crecimiento macroeconómico del país. Habría que preguntar qué opinan de eso los yaguaretés en fuga.
Hasta ahora, las expediciones de los cazadores no han logrado hallarlos. Afortunadamente también hay otras expediciones de guardaparques y ambientalistas que los buscan para protegerlos.

¿Quiénes los encontrarán primero...?



martes, 9 de febrero de 2016

Los damnificados no existen


Revisando viejos archivos en busca de algunos datos, encontré este artículo mío, publicado a una página en el suplemento El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 27 de mayo de 1989. O sea, a apenas tres meses y días del derrocamiento de la dictadura stronista.
Eran los días en que se crearon las primeras organizaciones de sintechos, que salían masivamente a las calles, protagonizaban ocupaciones de tierras en Asunción y alrededores, y se debatía mucho sobre lo que reclamaban.
Me llama la atención lo que expresaba en aquel artículo, en comparación con los debates actuales –inundados, limpiavidrios, cuidacoches, etc.-, casi 27 años después. Es como si nada hubiésemos cambiado o avanzado, en esencia.
Aunque el título era “El poblador suburbano: Un nuevo actor social”, lo que generó más polémica fue uno de los subtítulos y una de las ideas claves del texto: “Los damnificados no existen”.
(En términos más personales, reconozco que el texto tiene un estilo deliberadamente de opinión, de “bajar línea” con un fuerte sesgo ideológico, que en los últimos año he ido dejando de lado para adquirir un tono periodístico  más narrativo, con puntos de vista más diversos, asumiendo una realidad más diversa y compleja. Sin embargo, leyéndolo, aunque admito  hoy lo escribiría de otro modo, compruebo con mucha satisfacción que sobre todo esto sigo pensando exactamente lo mismo)
Para quienes se interesan por estos temas –sé que son muchos y muchas-, rescato el texto original a continuación:
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Desde las catacumbas de nuestras ciudades está emergiendo con mucha  fuerza y dinamismo un nuevo actor social.
Alguien que ya no es propiamente un campesino –aunque todavía conserve en mayor parte su lenguaje, sus costumbres, su mágica cosmovisión- pero que tampoco ha logrado integrarse plenamente al mundo urbano, relegado con violencia a los suburbios marginales, a los cinturones de miseria que rodean a las urbes.
Es alguien que no se identifica con las clásicas caracterizaciones sobre los sectores populares y las organizaciones sociales: no es campesino, no es obrero, no tiene relación directa con los sindicatos y los partidos políticos, porque estos no logran representar sus intereses. Tampoco figura en las listas privilegiadas de los organismos internacionales de solidaridad, no aparece cotidianamente en las páginas de los periódicos, ni se ocupan de él con asiduidad la radio y la televisión.
El único que siempre lo recuerda es el viejo y milenario río, fuente de vida y de tragedia a la vez. Cuando sus aguas turbias se desbordan y arrasan los modestos caseríos escondidos en el fondo del Bañado, empujando a los pobladores hacia las calles más céntricas, entonces la sociedad parece advertir fugazmente la presencia de este actor social, aunque prefiere ocultar su verdadera identidad bajo la eufemística denominación de “damnificado”.
Ahora, sin embargo, en este dinámico tiempo de transformaciones políticas, nuestro sujeto sale a la calle y eleva su voz. Exhibe sus nuevas organizaciones y sus reivindicaciones. Reclama su espacio propio en esta sociedad que ahora se ufana de ser democrática.
Nuestro sujeto sale a la calle. Y, de pronto, su sola presencia basta para cuestionar las mismas raíces de este modelo social, que hasta ahora no ha hecho más que marginar denodadamente a sus hijos más humildes.

LOS DAMNIFICADOS NO EXISTEN

Si de veras queremos construir una nueva forma de relación social, más abierta y democrática, debemos empezar por abolir ciertos mitos, imperceptiblemente heredados del tiempo de la dictadura.
Uno de ellos es el que se refiere a los llamados “damnificados” por la inundación del río Paraguay.
Seguir utilizando este concepto es un engaño. Eso significaría reducir el problema de las periódicas crecientes a una cuestión meramente ecológica.
Sería como decir –o creer- que hay familias que padecen necesidades solamente cuando las aguas desbordadas les privan de sus precarios hogares. Esa idea lleva automáticamente a presuponer que el resto del año (épocas en que el río no crece) estas mismas familias no sufren mayores carencias. Y sabemos que eso no es así.
En realidad, los “damnificados” no existen.
Los que existen son estos nuevos actores sociales, todavía de nebulosa identificación, que ni son campesinos, ni tampoco son ciudadanos. Podríamos denominarlos, sin demasiada certeza, “pobladores sub-urbanos”. Algo así como los espectrales habitantes de una ciudad de segunda categoría, que se despliega por las riberas inundables del río, por las periferias sórdidas, por las salamancas profundas. Una ciudad oculta, construida con hule y cartón, con desgarradas angustias y tercas esperanzas. Una sub-ciudad que devuelve, en un abrumador y escandaloso contraste, el rostro oscuro de esa otra urbe que brilla con sus reflejos artificiales.

UNA CIUDAD QUE NO FIGURA EN EL MAPA

Ellos comenzaron a llegar desde hace más de dos décadas, cuando el “boom” de la mecanización agrícola, la avalancha de las empresas multinacionales y el despojo violento de sus tierras los fueron desalojando de sus viejos y apacibles “valles”.
Un día enterraron el machete en el surco vacío, cargaron con sus buruhacas al hombro y se treparon a la carrocería de un viejo camión.
La ciudad los vio llegar. Pies desnudos sobre el asfalto caliente. Pero la ciudad no tenía lugar para ellos. Comprar un lote, construir una casita, pagar agua, luz, cloacas, empedrado, impuestos… todo eso cuesta plata. No hay trabajo. ¿A dónde podemos ir? Dicen que allá, en la orilla del río, hay unos terrenos que nadie usa.
Allí levantaron sus viviendas. ¿“Viviendas”? ¿Se podía llamar “viviendas” a esas casitas casi de juguete? Pero de a poco se fueron juntando, se fueron reconociendo, se fueron organizando. Trazaron calles, construyeron escuelas, capillas, canchas de fútbol, plazas…
Los fines de semana –los únicos días en que tenían algún respiro laboral-, los hombres y mujeres se organizaban en cuadrillas para cortar las malezas, arreglar los tortuosos caminos ribereños, pintar las paredes descoloridas de humedad.
Aprendieron a convivir con el viejo río, a aprovechar sus recursos y a huir de sus cíclicas inundaciones.
Así nacieron decenas de barrios que no figuran en ninguno de los mapas oficiales. Allí donde los cartógrafos han diseñado manchas blanquecinas con el genérico nombre de “Bañado”, actualmente viven 60.000 familias compatriotas y existen comunidades enteras, sufridas pero trabajadoras, humildes pero solidarias.
Y ahora la sociedad se sorprende de ver a sus organizaciones surgidas casi de la nada (la Coordinación de Pobladores de Zonas Inundables, COPZI; la Comisión de Familias Sin Techo, etc.). Sucede, sin embargo, que el nivel de conciencia ha ido creciendo tan callada y marginalmente como su vida misma. Allí, en la ribera del río, a la luz de las velas, en la soledad de los campamentos precarios, han ido amasando lentamente sus propias propuestas. Nunca nadie los tomó en cuenta, pero ellos siguieron trabajando.

Ahora están en la calle. Realizan marchas y manifestaciones, ocupan propiedades, se enfrentan a la Policía, elevan pedidos a las autoridades. Es su manera de decir: aquí estamos, nosotros existimos, los pobres también queremos participar en la construcción de esta nueva democracia.  

lunes, 4 de enero de 2016

La antena de tevé sobre una choza


Ah, ok. Entiendo tu pregunta.
–"¿Por qué hay una antena de tevé cable arriba de la choza de un damnificado por la inundación...?".
Me aclarás, sin ánimos de ofender, que es "una simple pregunta".
O como lo dirías después, con un tono más ñembo académico, "una interpelación neutra y objetiva sobre la realidad".
Para empezar te diría que no es una simple pregunta.
Mucho menos, neutra y objetiva.
En realidad tu observación (como probablemente la mía, en sentido contrario) está cargada de prejuicios, de visión ideológica discriminadora.
¿Qué me decís...?
¿Que estas familias no tienen derecho a tener una tele y una conexión a algún servicio de cable, solo porque viven en una zona inundable y ahora están en un precario asentamiento de refugiados, debido a la crecida del río?
¿O acaso el cuestionamiento es porque eso presuntamente demuestra que en realidad no son tan pobres, y solo son avivados haciéndose pasar por pobres para no trabajar?
¿En serio pensás eso...?
¿Creés que realmente alguien elegiría vivir así, en una casita de cartón como la de la foto, si tuviera la oportunidad de algo diferente? ¿Por eso te indigna que la humilde choza de cartón tenga arriba una antena de tevé cable...?
Fijate, a mí eso no me indigna...
Por el contrario, lo que sí me indigna es que esa antena de tevé cable no tenga debajo una vivienda realmente digna, mínimamente decente, en un buen barrio residencial, con todos los servicios básicos.
Un lugar en donde los niños puedan jugar y reír en un jardín verde y amplio, en vez de chapotear en el barro junto a la basura y a los desagües cloacales.
Sí, claro... Me gustaría que en lugar de gastar en la cuota de la tevé cable y su antenita parabólica –o en otras cosas que nosotros consideramos superfluas–, ahorraran para invertir en un lote y una vivienda mejor.
Pero ¿será que ellos y ellas tienen esa perspectiva?
Las veces que hablé con muchos de los bañadenses, siempre me dijeron que consideran al Bañado su tierra, su espacio, su lugar. Y que lejos de querer marcharse, lo que buscan es ayuda para asegurar jurídicamente la tenencia, y soluciones técnicas para hacerlo más habitable, al igual que el resto de la ciudad.
¿Será que no tienen derecho a soñar con eso?
¿A que tengamos en cuenta sus sueños y les ayudemos a volverlo realidad?
Mientras llega ese día, al menos aprendamos a convivir con mayor tolerancia.

Y a distinguir lo que hay arriba... de lo que hay abajo.

jueves, 26 de junio de 2014

Sueños inundados


Mucha gente se pregunta: ¿Por qué los pobladores del Bañado siempre esperan hasta el último momento de la creciente del río para salir de las zonas inundadas, ya cuando están con el agua al cuello? Yo también me lo preguntaba, hasta que una tarde, en el Bañado Tacumbú, Teodora me contó su historia. De esa versión nació “Sueños inundados”, uno de los relatos que componen mi libro “El Principito en la Plaza Uruguaya” (Servilibro, 2007).
Esta es la historia: 


Miércoles.
El río amaneció dentro del gallinero.
Teodora se fue tempranito a revisar, sobresaltada por el cacareo incesante en la madrugada, y se encontró con un cuadro de helada tristeza. Las gallinas, mojadas y ateridas de frío, se disputaban el poco espacio que quedaba encima del cercado. Los pollitos más chicos no habían logrado escapar a la correntada destructora.
–¡Jacinto! –le gritó a su marido junto a la cocina–. ¡Tenemos que mudarnos ya, che karai! ¡Mañana el río va a estar dentro de nuestra pieza y será muy tarde!
–No –dijo Jacinto, soplando el fuego del brasero con una pantalla–. Todavía no. A lo mejor ko el agua no sube tanto.
Teodora sintió que la rabia le subía por el cuerpo. Miró hacia la ribera desbordada. Vio un tuyuyú revoloteando sobre una isla de camalotes. Vio la hermosa casita de su comadre Juliana, toda de material, sumergida en el agua hasta la altura de las ventanas.¿Para eso pio tanto sacrificio?, se preguntó con angustia. Trató de calmarse. Se acercó al brasero, se sentó en una silleta y le habló a su marido como si fuera un mita’i caprichoso.
–¿Cómo pio lo que sos tan sin más pena, che karai? ¿Por qué pio tenemos que esperar hasta la última hora para salir? Mirana: el agua ko ya está a dos metros nomás. Karai Rojas y su familia ya se mudaron esta mañana en un carrito. ¿Qué pio lo que estamos esperando más?
Jacinto revolvió las brasas con un palo. Colocó encima la pava con el agua para el mate. Su rostro parecía de piedra.
–No –dijo, con voz lenta y grave–. Vamos a esperar un poco más. A lo mejor ko la crecida se para. A lo mejor...
Teodora no pudo resistir más. Estalló en un sollozo estremecido.
–¡No te entiendo, Jacinto! En serioité que no te entiendo! ¿No pensás acaso en tus hijos? ¿Querés que mañana amanezcan descalzos en el agua fría...?
El hombre se levantó y fue hasta la puerta. Apoyó el brazo contra la precaria pared de tabla.
Afuera, el viento traía un aire de melancolía desde el Sur.
Un pescador se acercaba remando en una canoa, con las redes vacías.
El Bañado Tacumbú parecía más triste que nunca.
Jacinto sintió que las ráfagas heladas traspasaban las grietas de su casa y penetraban en el fondo de su alma.
Sus manos comenzaron a acariciar las paredes, suavemente.
–Con mis propias manos... –dijo–. Yo levanté estas paredes con mis propias manos...
La mujer quedó en silencio.
–¿Te acordás, Teodora, esa mañana en que llegamos con nuestra mudanza, desde Curuguaty? ¿Te acordás todo lo que anduvimos para encontrar un lugarcito, aquí, cerca del río? ¿Todo lo que pasamos para levantar esta casita?
El agua de la pava comenzó a hervir, arrojando una nube de vapor frente a los ojos de Teodora.
Allí, en medio de la nube cálida, la mujer empezó a ver imágenes...
Un fértil valle despoblado.
Un éxodo, un viaje.
Pies desnudos sobre el asfalto negro.
Ojos asombrados ante las moles de cemento que arañan el cielo.
Puertas cerradas, gestos hoscos, lluvia.
Nostalgia, angustia, soledad.
–¿Te recordás la farra que hicimos el día que terminamos de poner el techo? El compadre Rafael se emborrachó tan grande que se tuvo que quedar a dormir en el corredor. ¡Estaban contentos los mita’i!
Un paku asado a la parrilla bajo la enramada del patio.
Los niños jugando a orillas del río.
Los vecinos que llegaban a saludar con algún regalito. No se moleste, señora. Pero si es una zoncerita nomás.
Una cachaca brotando alegre desde la radio.
Si, Teodora se acordaba...
–Después vino la gran creciente. Tuvimos que desarmar parte de nuestra casa para irnos, arrastrando nuestras cosas por el agua. Esa vez se nos rompió la tele, ¿te acordás pa? Tuvimos que armar nuestra carpita allá, en el campamento, en el patio de la Iglesia Virgen de Fátima. Los vecinos ñembo chuchis de allí no nos aguantaban.
Frío.
Vientos furiosos golpeando las carpas.
Sombras siniestras a la luz de las velas.
Risas, caña y truqueada.
Niños llorando.
Quejidos de placer clandestino.
Proselitismo barato, caridad asistencialista.
Y, a pesar de todo, esperanza.
Mucha esperanza.
Si, Teodora se acordaba...
–Al final volvimos. Después de varios meses, cuando por fin bajó el agua. Encontramos la casa destruida, las plantas secas, el cerco todo tumbado... Tuvimos que levantar todo de nuevo. Comenzar desde abajo otra vez... ¿Te acordás?
Si, claro que se acordada... ¿Cómo no iba a hacerlo?
La mujer se levantó y fue hasta la puerta.
El hombre seguía acariciando la paredes, contemplando sin ver el horizonte.
Ella puso una mano sobre sus hombros.
El se dio la vuelta y, por primera vez, la miró a los ojos.
–¿Entendés pa por qué lo que estoy esperando hasta el último momento? No puedo volver a desclavar estas paredes que levantamos con tanta ilusión. ¡No puedo...! Sería como arrancarme mi propia piel. A lo mejor ko el agua ya no sube más. Dicen que esta inundación no va a ser tan grande. A lo mejor ko nos salvamos. A lo mejor...
Ella pasó sus dedos curtidos por los cabellos de él.
–Si che karai. Te entiendo. Vamos a esperar. Quien sabe. A lo mejor tenemos suerte. A lo mejor...
Se quedaron un largo rato en silencio, casi abrazados.
Después, el llanto súbito de un niño quebró el encanto.
Teodora corrió hasta el interior de la pieza.
Patricio, su hijito de ocho meses, se había despertado.

* * *

Jueves.
La mujer abrió los ojos, molesta por el rayo del Sol que entraba por el hueco de la pared y le golpeaba en la cara.
Buscó a tientas el lugar de su marido junto a la cama y lo encontró vacío.
Sonrió.
Esta vez, Jacinto le había ganado de mano.
Se incorporó, perezosa.
Bajó los pies para pisar el suelo... y entonces sintió que se le congelaba el pecho, mucho antes de escuchar el chasquido.
No quiso mirar hacia abajo.
No hacía falta.
En ese instante escuchó el primer golpe.
Seco, profundo, incuestionable.
Echó a correr, chapoteando en el agua turbia que atravesaba las puertas y se metía cada vez más dentro de la casa, arrastrando sus vasijas, sus latones, sus zapatos, sus vidas, sus sueños.
En el umbral, Teodora se detuvo, casi paralizada.
Jacinto estaba en el corredor, con el torso desnudo y el rostro de piedra.
En su mano tenía un martillo.
En la pared, una tabla estaba desclavada.