sábado, 25 de agosto de 2007

La mujer del colectivo

A las 8:20 de la mañana ella sube a bordo de un ómnibus de la Línea 23, en Quinta y Montevideo. El chofer la mira con cara de desagrado, pero la deja pasar. Ella se ubica al frente de los pasajeros somnolientos como si fuera una artista en el centro de un escenario, equilibrándose entre las frenadas y los banquinazos.
Es una mujer de unos 35 a 40 años, blanca, robusta y no muy alta. Tiene la cabeza rapada y cubierta con un pañuelo. Viste ropas sucias. Su mano izquierda y parte de su brazo están envueltos en vendas desaliñadas, llenas de manchas.
-¡Muy buenos días, señores pasajeros! Discúlpenme por molestarlos, pero necesito de su ayuda cristiana... -exclama la mujer, con voz potente y clara, dejando oir un leve tono porteño por encima de los ronquidos del motor.
Algunos pasajeros la miran con interés, otros con fastidio. ¿Será otra vendedora de estampitas, de productos cosméticos milagrosos, de extraordinarias ofertas lleve-cinco-por-apenas-mil?
-¡Perdónenme, señores pasajeros, pero la necesidad me empuja a ser muy sincera! -dice la mujer, y en su voz se cuela un sollozo-. Mi hija y yo sufrimos una grave enfermedad, pero no tenemos recursos, porque somos muy pobres. Estamos siguiendo un tratamiento en el Hospital del Cáncer y del Quemado, en Areguá, y necesitamos urgente donación de sangre. Si alguien quiere colaborar, solo tiene que presentarse y decir que la sangre es para la familia Riquelme. ¡No le van a cobrar la bolsa...!
Varios pasajeros se revuelven en sus asientos, incómodos. Una muchacha con aspecto de oficinista mira por la ventanilla hacia el exterior. El ómnibus sigue su marcha, sorteando baches y motociclistas kamikazes. Afuera, Asunción se baña de sol y polvareda, sacudida por un ardiente viento norte.
-¡También les quiero pedir un poco de dinero, si pueden ayudarme, señores pasajeros! -grita ahora la mujer, barriendo con sus ojos claros los rostros que pueblan el transporte colectivo-. Cualquier monedita ya me va a servir mucho. Tengo que comprar rifocin y otros remedios, porque mis heridas se están descomponiendo, están llenas de pus por falta de tratamiento. ¡Ayudenme por favor...!
La mujer empieza a desfilar por el pasillo, muy cerca de cada uno de los asientos. Extiende el brazo vendado, dejando ver parte de la piel cubierta por manchas negras. Un hombre de traje se pega a la pared, evitando que lo toque, y le pasa varios billetes. La chica oficinista pone cara de asco y abre su monedero. Nadie deja de colaborar. Una mujer casi anciana, con lágrimas en los ojos, parece rezar por ella.
Cuando me toca el turno, con una curiosa mezcla de compasión y repulsión, le paso un billete de cinco mil. Al tenerla cerca, me llaman la atención las manchas de su brazo. ¿Será...? Inesperadamente, extiendo un dedo y la toco. La mancha se corre, se deshace al tacto. Sí... ¡es tinta de marcador negro!
La mujer se sacude y me mira con furia. Agradece y se baja con rapidez, en la primera esquina. El ómnibus prosigue y adentro se escucha un enorme suspiro de alivio.
Mas tarde, por pura deformación periodística, hago la llamada. El médico de guardia en el Hospital del Cáncer y del Quemado me confirma lo que ya sabía: no hay ninguna orden de donación de sangre para ninguna familia Riquelme.
No he vuelto a ver a la mujer del colectivo. Si la encuentro, en estos días, pienso recomendarle que hable con José Luis Ardissone del Teatro Arlequín, o con Agustín Núñez de El Estudio. No voy a retarla por haberme estafado, al igual que a todos los demás pasajeros, no. Por el contrario, voy a felicitarla efusivamente. Hace mucho que no conocía a una tan buena comediante.

viernes, 24 de agosto de 2007

Seguir creyendo

Aunque el arco iris salga en blanco y negro
seguiré creyendo en el amor
aunque no vea estrellas en el cielo
seguiré creyendo en el amor

aunque la luna sea puerto de la NASA
y la utopía un recuerdo sin dolor
aunque bajen los OVNIS en mi casa
seguiré creyendo en el amor

aunque los ministros mientan a la gente
y broten flores de acero en el jardín
aunque no quede nada transparente
y digan que la historia ya llegó a su fin

mientras tu mirada me sostenga
y tus besos tengan tu sabor
mientras tu sonrisa me ilumine
seguiré creyendo en el amor

aunque la televisión mienta las noticias
seguiré creyendo en el amor
aunque la verdad no sea una primicia
seguiré creyendo en el amor

aunque vendan sueños en computadoras
y fabriquen mundos de color
aunque digan que pasó de moda
seguiré creyendo en el amor

aunque las lluvias estén programadas
y los ángeles mueran de desolación
aunque no haya Dios en las madrugadas
y nadie recuerde aquella canción

mientra tu voz susurre mi nombre
y tu silencio me explique quien soy
mientras tu sexo me provoque
seguiré creyendo en el amor

jueves, 23 de agosto de 2007

Apuntes para un autoretrato


(Estos son fragmentos de cartas que alguna vez le escribí a alguien muy especial, hace mucho tiempo o quizás no tanto...)

Me gusta escaparme de todo y encerrarme a veces en un cáscaron de libros, de música, de palabras escritas como una forma de desangrarse, de silencio, de soledad.
En esos momentos me quedo en casa y desenchufo los teléfonos. Busco adentro mío todo lo que se esconde y me duele... o solo me quedo estático como un vegetal, desprovisto de cualquier señal externa, hasta que algún shock me devuelva a la vida.
Otra veces siento ganas de salir, explorar, devorarme el mundo. Busco territorios desconocidos. Soy como un vampiro sediento de sensaciones. Me gusta mezclarme con la gente, meterme en los ambientes marginales, escuchar historias, probar sabores, caminar sobre el filo de la navaja, sentir el vértigo de estar parado al borde del abismo.
Me gusta ir a los mercados populares, a los bares humildes, a los estadios repletos, a las fiestas patronales, cargarme de vivencias y de dramas y manifestaciones humanas. Creo saberlo todo sobre la gente, y sin embargo me sorprendo cada día de algo nuevo.

***

Tengo nostalgias del futuro.
De todas las cosas que quisiera hacer y todavía no hice.
Tengo muchas cosas inconclusas. Cuentas pendientes con la vida y con personas, que tal vez ya nunca se saldarán. Pero, por sobre todo, me duele saber que hay lugares del mundo que nunca conoceré. Libros que no voy a leer ni voy a poder escribir. Comidas que no voy a probar, mujeres que no voy a amar, paisajes que no voy a disfrutar, amigos y amigas que no voy a conocer. El país distinto que está en algún lugar esperando, y que tal vez ya no alcance a ver.
No es que me sienta viejo, ni crea que me voy a morir mañana. Todo lo contrario: Hace veinte años que tengo veinte años, como diría Serrat. Es simplemente reconocer que la vida es muy corta para todo lo que se puede hacer. Una vida no alcanza, aunque uno viva cien años.
Mientras tanto... trato de vivir cada noche como si fuera la última noche. Y cada día como si fuera el primer día.

***

¿Qué cosas me gustan?
Muchas, muchísimas cosas...
Vivir, más que nada.
Leer... sobre todo narrativa, novelas, cómics, poesía, historia. Leo mucho sobre periodismo, buenas revistas de actualidad, reportajes que a la vez tengan profundidad y belleza literaria.
Me encanta el cine y todo lo audiovisual. Trato de no perderme ninguna buena película, y mi gusto va desde el cine-arte hasta las superproducciones yanquis, cuando están bien hechas. Me gusta el teatro y soy adicto a la televisión, desde los noticieros hasta algunas telenovelas brasileñas.
Me apasiona la música. Desde la clásica hasta la romántica comercial. Mi grado de tolerancia llega hasta una mínima dosis de cachaca, pero mis preferidos, definitivamente, son Caetano Veloso, Chico Buarque, Vinicius, Serrat, Sabina, Ana Belén, Silvio Rodríguez, Frank Delgado, Manu Chao, Los Beatles, Pink Floyd, Police, Sting, Los Rollings, The Doors, Fito Paez, Memphis, Ricardo Flecha, Huguito Ferreira, Cecilia Enriquez, José Asunción Flores, Emiliano R. Fernández, Mozarth, Beethoven, Enia, Vangelis, Berta Rojas, Juan Cancio Barreto... etc. (Que mezcla, ¿no?).
Me encanta ir a los festivales folklóricos o a los conciertos de rock, sentarme a la mesa de un pub bajo la noche estrellada en buena compañía, compartir una picada, una bebida fresca y lenta, música suave, charlar, seducir y dejarse seducir por el ambiente, estar abierto a lo que suceda, sin dramas, sin inhibiciones...
Me apasiona el trabajo que hago: salir, viajar, investigar, estar en el lugar de los hechos, dirigir la edición, escribir, ver el efecto que produce lo que uno hace o escribe, esa sensación de poder incidir favorablemente (o no) en las cosas que tiene el periodismo.
Me encanta esa sensación de búsqueda permanente, el vértigo del viento en la cara, la independencia de movimientos, la libertad de poder compartir lo que quieras, con quien quieras, a partir de lo que la vida te ofrece... una amistad, una aventura, una cena, una copa, una noche de cine o teatro, un rato de soledad, un viaje, un silencio...

***

En el periodismo, como en la vida diaria, casi siempre lo urgente le quita lugar a lo importante, hasta que te das cuenta de que estás corriendo demasiado sin saber a donde. Entonces uno se detiene y se ocupa de los pequeños detalles... para luego seguir corriendo.
¿Que es lo importante? ¿Seguir o quedarse...? Creo que las dos cosas, entre muchas más. Por allí hay un hermoso poema de Kavafis sobre el mítico viaje a Itaca, en donde dice que lo importante no es llegar sino viajar. Si alguna vez llegás, se te acaba la emoción y la aventura, y encima descubrís que Itaca no es lo que esperabas.
El placer está en el viaje constante, con sus paradas y estaciones, con el espíritu dispuesto a descubrir y disfrutar de todo lo que vas encontrando en el camino, pero también dispuesto a continuar, a no quedarte más de lo necesario, porque hay mucho mundo por descubrir y toda una vida no alcanza.
¡Nunca alcanza...!

***

He aprendido a escuchar y analizar todas las versiones, todas las opiniones, a no descartar nada.
Como periodista, creo más en los hechos que en las opiniones. Los hechos son los que quedan cuando quitás la hojarasca.
Los hechos no son de derecha ni de izquierda... son solo hechos. Las opiniones contaminan y manipulan los hechos según los intereses personales, sean políticos, ideológicos, económicos, culturales. Pero cuando separás la paja del trigo, solo quedan los hechos, que te dan la versión más cercana posible de la película.
No estoy desvalorizando las opiniones. Creo que es importante tener una postura firme ante la vida, una visión del mundo, y yo de hecho la tengo y la sostengo, pero sin fanatismos, sin negar el mismo derecho al otro.
Aunque vengo de experiencias de izquierda, también hace rato que aprendí que la división más problemática de la sociedad no está entre la gente de izquierda y la gente de derecha (de hecho, muchísima gente no se hace ni idea de que existen estas divisiones), sino entre gente honesta y gente corrupta, entre gente que juega limpio y entre gente que juega sucio. Y mi experiencia me dice que ambos ejemplares los podés encontrar en cualquier lado.
Del mismo modo, aunque tengo también una visión politizada del mundo, creo que los principales problemas del hombre y la mujer no son políticos, sino humanos. El hambre es un problema político, pero el egoísmo que origina el hambre es un problema humano.
Creo en el socialismo. Creo que el sueño de un mundo sin opresiones y sin diferencias de clase, un mundo en donde la riqueza esté redistribuida con equidad y en donde todos tengan las oportunidades básicas de desarrollarse con dignidad, sigue siendo uno de los sueños más hermosos. Pero también creo que si el socialismo no es democrático (y hablo de la democracia real, en todos sus aspectos, no la de fachada), si el socialismo no contempla la participación de todos, incluso de los disidentes, no es socialismo. La justicia no puede estar reñida con la libertad.

martes, 21 de agosto de 2007

Instrucciones para tomar tereré



Primero que nada hay que conseguirse una buena rueda de amigos, porque tomar tereré en solitario no tiene ningún sentido. Es una bebida hecha para compartir. Más que una bebida, un ritual colectivo, un medio de comunicación social. Dicen que en las rondas de tereré se tramaron conspiraciones políticas, golpes de Estado y revoluciones, a lo largo de la desgarrada historia nacional.
Otro elemento indispensable es que debe hacer calor, mucho calor. El tereré es una refrescante bebida de verano, como el mate lo es de invierno, aunque nunca faltan los contreras que lo sorben bajo el gélido viento sur, así como los uruguayos toman mate caliente en la playa mientras se derriten al sol.
Cuentan los abuelos que la hora habitual de consumo es entre la media mañana y la siesta. Nunca al atardecer o a la noche, porque la yerba vespertina y nocturna hace fermentar malos humores. Tampoco hay que beberlo en ayunas porque golpea el estómago. Lo ideal es brindarle una buena cama alimenticia, vulgo "tereré rupa", y nada mejor que los restos recalentados de algún banquete familiar, el popular "ype rova".
La yerba mate tiene que ser yerba mate. Es decir: pura, fuerte, amarga, bien tostada, de ser posible mboroviré. Las marcas ligth que hoy inundan el mercado, mezcladas con otras hierbas o saborizadas con esencias de frutas, son una versión moderna de las perversiones líquidas que inventaron algunos inmigrantes europeos, como los famosos "tereré ruso" o "tereré ucraniano", que sirven la yerba con limonada o hasta con coca cola. ¡Vade retro, tovarich!
El recipiente para la yerba mate puede ser de madera, porongo, metal, vidrio, hasta de plástico, pero nada supera a la popular guampa de cuerno de vaca, artesanalmente trabajada y debidamente curada. La bombilla, de plata o de lata, palosanto o takuara, debe estar limpia y cuidada, con los orificios a la medida justa para filtrar los palitos y el polvo mojado, dejando pasar suficiente líquido.
No vamos a discutir que como recipiente para el agua resulta más práctico un globalizado termo, forrado con cuero repujado, pero nada supera al fugaz placer de usar una jarra de vidrio transparente, perlada de frío, que deja ver la variedad de hierbas medicinales adecuadamente combinadas y machacadas en un refrescante brebaje verde, verdadero delirio visual.
Y aquí llega el momento supremo del ritual: La yerba debe ser colocada en una exacta proporción de dos tercios dentro del espacio de la guampa, esparcida a un costado y ubicando luego la bombilla en el hueco. Entonces sí, suavemente, como en una ancestral ceremonia de bautismo, hay que cebar el primer mate casi hasta el borde, y ofrendarlo a Paí Zumé o Santo Tomás, dejarlo reposar por uno o dos minutos hasta que el legendario e invisible patrono de la Yerba Mate se beba todo el líquido.
La tradición manda que el más mita'i cebe el tereré a sus mayores, o la mujer sirva a los varones, pero arrastra elementos de discriminación o explotación infantil y de machismo que conviene desterrar.
Tampoco habría problemas en romper la costumbre de que el mate debe correr siempre de derecha a izquierda, sin connotaciones ideológicas, pero si es importante que, en la ronda, cada mate le toque a uno por vez, sin "viros" privilegiados ni "salteos" injustos.
Durante la pausa laboral en la oficina o en la chacra, en la pasión colectiva de asistir a un partido de fútbol o en la reunión de amigos en una plaza, más que lo que se bebe, vale lo que se comparte. El tereré no es tereré si no va acompañado de la talla, del chiste, del chisme, de la discusión franca, de la confrontación honesta.
No se conocen casos de rondas de tereré que hayan terminados en peleas violentas, como generalmente acaban las rondas de caña o de cerveza. Bebida saludable y barata, refrescante y sana, el tereré cumple una función social unificadora. Y cuando uno quiere dejarlo, basta con decir: ¡Gracias!

jueves, 16 de agosto de 2007

El mundo es una sandía


El camino desaparece entre los yuyales y hay que adivinar el rumbo para volver a encontrarlo. Cuando ya la camioneta está a punto de desarmarse entre pozos y zanjas, el guía anuncia que por fin llegamos al asentamiento Tercera Línea de Itanará, Canindeyú.
-¿No les molesta si nos desviamos hasta una escuelita? -pregunta el ingeniero José Brítez, el agrimensor que hace de guía-. Necesito dejar un regalo prometido.
Más pozos y zanjas, hasta que al final la escuelita aparece al fin de la curva. Rancho de tablillas y troncos pintados con cal lavada. Una bandera descolorida flamea con atrevimiento en un mástil de takuara. Niños descalzos y harapientos, caritas de tierra y miradas llenas de preguntas, se nos lanzan encima antes de que se detenga el vehículo.
-¡Ingeniero... ingeniero...! -gritan los mita'i, felices de reconocer al guía, quien los saluda y baja una caja de cartón de la carrocería.
Un hombre flaco y desgarbado, de sonrisa radiante, se acerca. El ingeniero lo presenta como el profesor Francisco Ortíz, único maestro.
-Aquí está lo que prometí, profesor... -dice el ingeniero, mientras entrega la caja ante la mirada emocionada de los niños.
-¡Qué suerte...! ¡Por fin voy a poder enseñarle bien a los chicos y don Rojas se va a librar de que le sigan robando sus sandías! -exclama el maestro, mientras empieza a abrirla.
Los niños expectantes forman un desordenado cerco alrededor. Los dedos del profe tardan una eternidad en terminar de abrir la caja, y cuando por fin sus manos extraen lo que hay adentro, un murmullo de sorpresa y admiración escapa de las gargantas infantiles.
-¿Ven...? Esta es la forma del mundo, del planeta Tierra... -les dice el profesor, mientras exhibe un colorido globo terráqueo ante sus ojitos maravillados. Luego, con un bolígrafo, les va mostrando cual es el continente americano, el Paraguay, Canindeyú, Itanará, un puntito que señala donde queda exactamente la escuelita, apenas una manchita en la inmensidad terrestre.
Los niños se llevan el globo adentro del aula como si fuera un santo en procesión. Me acerco y le pregunto al maestro cómo es la historia esa de las sandías.
Y entonces él me cuenta...
Los niños del asentamiento nunca en su vida habían visto un globo terráqueo. No tenían la más remota idea de la forma que tenía el mundo.
Hasta que un día, camino a la escuela, al cruzar por la chacra de don Rojas y ver las verdes y redondas frutas de sandía, al profesor se le ocurrió la idea. Al ver que no había nadie en las cercanía, se apoderó de una de las frutas y la tapó con su campera. "No es un robo, sino una expropiación para uso escolar", se convenció a sí mismo.
En el aula puso la sandía sobre una mesita. Con una tiza blanca dibujó laboriosamente los mares y continentes sobre la corteza. Luego, convocó a los niños.
-Miren, chicos... ¡El mundo es redondo como esta sandía!
-¡Aaaahhh...! -exclamaron los mita'i.
Desde entonces, diariamente, el profesor Francisco siguió con su método de "expropiación para uso escolar", aunque cada vez más temeroso, porque uno de los alumnos le contó que Don Rojas había amenazado públicamente con castrar al ladrón de sus sandías, si llegaba a descubrirlo.
Para mayor desilusión, el maestro se fue dando cuenta de que su método no resultaba tan pedagógico, pues a los alumnos les importaban poco los países pintados en la corteza y preferían escudriñar el subsuelo con un cuchillo de cocina, levantar con avidez las capas subterráneas, devorarlas con hambre caníbal hasta que no quedaran ni vestigios de mares y continentes, de selvas y cordilleras, para finalmente pelearse por el resto del rojo núcleo del planeta, chupándolo hasta las últimas semillas, de manera que se quedaban nuevamente sin conocer la exacta ubicación de Noruega o de Australia, pero al menos retenían la grata sensación de un fresco y dulce bulto geográfico en el estómago.
Ahora, sin embargo...
El relato es interrumpido por un agudo grito que llega desde el interior del aula.
Alarmado, el profesor corre hacia el lugar y todos lo seguimos, temiendo que hubiera ocurrido alguna desgracia.
Pero no... No era nada muy grave.
O sí.
Simplemente, uno de los chicos había intentado partir en dos el nuevo globo terráqueo, con un cuchillo de cocina.

lunes, 13 de agosto de 2007

Yabebyry-Madrid



El mundo es un aeropuerto, el aeropuerto es un mundo. Arca de Noé del Siglo Veintiuno, Torre de Babel globalizada donde desfilan todas las especies humanas, incomunicadas en todos los idiomas.
Estoy en la sección "Pasajeros en tránsito" de la terminal aérea de Guarulhos, São Paulo, esperando la conexión del próximo vuelo a Asunción. Con varias horas muertas por delante, busco alguna isla de tranquilidad lejos del torbellino humano.
En un rincón apartado encuentro sillas vacías, un eco amortiguado de soledad. Allí me instalo con una novela policial y una botella de agua mineral, dispuesto a disfrutar del derecho a ser un ciudadano de la nada, hasta que un sonido familiar me devuelve a la realidad.
En unos asientos cercanos, dos mujeres conversan alternando palabras en castellano y guaraní. Me conmueve escuchar ese tono tan paraguayo luego de casi dos semanas de estar lejos.
–¡Aníke re chuchuti, mi hija...! –aconseja una de las mujeres, la mayor, de aspecto elegante–. Mirales a los de Inmigración en la cara, con soberbia, ¡mbaretécha! Tenés que hacerles creer que sos una turista millonaria, que te vas a pasearte por Europa. Si te ven insegura, si se dan cuenta de que tenés miedo, no te van a dejar entrar.
La otra mujer es jovencita, morocha y flaca, con un aspecto campesino que la ropa de buena marca, el maquillaje y el pelo estilizado no consiguen disimular. Tiene la mirada de un conejo asustado y se aferra a su bolso imitación de Louis Vuitton como si fuera un salvavidas.
Simulo leer, pero mis sentidos están pendientes de la conversación. Ha despertado el periodista voyeur y no hay forma de aplacarlo. Ellas ni sospechan que el viajero de al lado, que finge concentrarse en su novelita de bolsillo, es un paraguayo curioso, ladrón de historias humanas.
Así consigo enterarme de que la chica jovencita se llama Patricia, es oriunda de Yabebyry, Misiones, y ha subido a un avión por primera vez en la vida. Aguarda la conexión a un vuelo de Tam que la llevará a Madrid, con escala en París. Allá la espera una prima, con un puesto de empleada doméstica ilegal que significa el futuro, la esperanza, la alternativa de vida que su patria le niega. Todo depende de que consiga engañar a los agentes españoles de inmigración. ¿Lo conseguirá?
La otra mujer no revela su nombre. Es una paraguaya que vive en París, mujer de mundo, probablemente empresaria, ha conocido a la chica en el aeropuerto y ha adivinado su historia antes de que ella le cuente, la misma historia de tantos compatriotas en estos últimos años, la historia de humildes padres de familia que han hipotecado todo para poder comprar el pasaje, el largo vía crucis para obtener el pasaporte, las colas, la humillación, las coimas, los sellos, la visa para un sueño.
–Mirá... tengo un poco de dólares, tengo euros, tengo una tarjeta de crédito, tengo el nombre del hotel donde voy a estar... –dice Patricia, sin poder evitar que se le quiebre la voz–. ¿Seguro que me van a dejar entrar, verdad?
–Sí, seguro, mi hija –dice la otra mujer, ya no tan convincente–. Todo depende de vos.
Cae la tarde y se acerca la hora del vuelo. Patricia se levanta, aferrada a su falso Louis Vuitton, dispuesta a enfrentarse a su destino.
Yabebyry-Madrid. Un largo viaje de angustia hacia la incógnita del futuro. ¿Viaje solo de ida o también de vuelta? Atrás quedan un pueblo, una familia, una historia, una identidad.
Yabebyry-Madrid. La metáfora de un país que expulsa a sus hijos.
Patricia se pone en la fila de la puerta 8, con el pase de abordar en la mano. Le deseo suerte, en silencio. El aeropuerto de São Paulo parece más frío y desolado que nunca.

domingo, 12 de agosto de 2007

A mis queridos maestros y maestras...

Augusto Roa Bastos, uno de mis grandes involuntarios maestros, que despertó mi sed de leer y escribir.

Las mejores lecciones de la vida no se aprenden en un aula.
"Mi educación era muy buena... hasta que me la interrumpió la escuela", solía decir, entre en broma y en serio, el fallecido cantautor Facundo Cabral.
"Las personas son distintas, el colegio les enseña a ser iguales", escribe Jorge Lanata, en su artículo "Preguntas para el Día del Maestro", donde, entre otras cuestiones, plantea: "¿Qué uniforma el uniforme? ¿Chicos de guardapolvos iguales entre sí, pero distintos de otros chicos de blazer azul, que a la vez son distintos de otros chicos de blazer bordó? Así como la perversa lógica de los hospitales disfraza al paciente de enfermo apenas lo admite y le pone una especie de guardapolvo verde sin mangas, el uniforme funciona en el colegio como una autorización a ser persona y a pertenecer a determinado club".
La señorita Petrona, mi maestra de segundo grado en Yhú 
Tengo gran admiración por los hombres y mujeres que se dedican profesionalmente a la docencia, aunque a veces considere que sus acciones gremiales van en contra de sus alumnos. Los maestros y maestras, más que casi nadie, tienen el enorme desafío y la inmensa posibilidad de sembrar, en las conciencias de las nuevas generaciones, las semillas de un Paraguay distinto, con menos injusticia y más libertad, con menos corrupción y más desarrollo.
Aprendí a leer y a escribir en la escuelita de Yhú, en el interior de Caaguazú. Mi maestra de preescolar fue la señorita Porfiria, la de primer grado fue la tía Eulogia, y la de segundo grado la señorita Petrona. Con paciencia y cariño, me enseñaron a descifrar esos símbolos misteriosos a los que llamaban letras y números. En poco tiempo pude comprender que tenía en mis manos la mágica llave de un universo por descubrir.
Dicen que "el primer deber del discípulo es traicionar al maestro". Cuando busco en mi memoria los nombres de quienes me impartieron tantas lecciones, no los hallo en las aulas, sino en la mesa de un bar, en la calle, en las páginas de un libro, en una pantalla de cine o televisión, en las soledades de la geografía, en el calor del día, en el misterio de la noche...
- Aprendí de Ña Doña, mi abuela, que el rigor y la disciplina no son malos cuando van acompañados de cariño.
Aprendí de Manuela, la criada ciega de mi hogar infantil, que inventar historias es una manera de encender la imaginación y construir mundos nuevos.
- Aprendí de Karai Chi'ito, mi papá, que la pobreza y la honestidad pueden convivir juntas con mucha dignidad, y que el amor crece a pesar de la ausencia.
- Aprendí de Ladislao, el amigo de infancia que me salvó de ahogarme en el río Paraná, que la vida a veces te da otra oportunidad.
- Aprendí de una chica rubia de sexto grado que un beso de mujer en la boca tiene sabor a felicidad.
- Aprendí de Robin Wood que el cómic es también arte y literatura de la mejor calidad, y una manera de aprender historia con gran placer.
- Aprendí de Joaquín Sabina que la letra de una canción, cuando está hecha de buena poesía y de humanidad profunda, a veces puede abrirte de un tajo la venas y el alma.
Aprendí de un niño rubio llegado de un lejano asteroide, y de un escritor bohemio que amaba volar entre las nubes, que "lo esencial es invisible a los ojos".
Aprendí de Rafael Barrett que al Paraguay más verdadero hay que buscarlo en los rostros y en el alma de su gente humilde, en esas miradas que callan y dicen mucho.
Aprendí de Augusto Roa Bastos que la mentira es buena para decir la verdad, cuando adquiere forma de buena literatura.
Aprendí de Santiago Leguizamón que el periodismo es una pasión, y que la vida no tiene sentido si están muertos los ideales.
Aprendí de mi mamá Ña Nilda que, por más duros que sean los golpes que nos da la vida, siempre es posible levantarse y seguir adelante.
Aprendí de mi hija Andrea Soledad que el futuro siempre, siempre, es un desafío abierto.
Aprendí de los médicos y trabajadores de salud que ayudaron a salvarme la vida un ardiente sábado de octubre de 2012 que los milagros y los ángeles también existen, y que la Vida tiene un dulce sabor y color de esperanza.

sábado, 11 de agosto de 2007

Los prisioneros del celular

Probablemente ya te pasó.
Estás en un lugar público, en un pub o una confitería céntrica, bebiendo algo rico y compartiendo una amena plática con alguien especial, cuando de pronto escuchás ese ruido hinchapelotas:
–Bip bip bip...
El diálogo se corta.
Vos metés la mano en el bolsillo.
La otra persona busca en su bolso o en su cartera.
En las mesas vecinas todos se revuelven, incómodos, manoteando el aparatito.
Hasta que de pronto una chica de la mesa vecina, con una sonrisa sobradora y el teléfono celular pegado a la oreja, avisa:
–¡Es el mío...!
Todos respiran aliviados y guardan de nuevo sus telefonitos, intentando seguir la cosa allí donde lo dejaron.
Pero es inútil.
Ya algo ha alterado el clima especial del momento. Ya algo se ha perdido, irremediablemente.
Podría ser peor, claro. Podría ser en el cine, en el teatro, en un concierto, cuando estás en ese momento mágico que solo puede crear la excelencia del arte, cuando la trama de una obra dramática te lleva al momento clave del suspenso, o cuando estás levitando con la excelencia de una interpretación musical...
Y de repente, cerquita de vos:
–Bip bip bip...
Entonces, el tipo que está cerca tuyo saca su teléfono y susurra: ¡Hola...!
¿No es para asesinarlo?
La cada vez más increíble tecnología digital se nos ha ido metiendo cada vez más en la vida cotidiana, transformando imperceptiblemente nuestros hábitos y costumbres.
Hace más de una década, si veíamos a alguien caminar y hablar a solas en voz alta por la calle, lo primero que pensábamos era que estaba loco de remate.
Ahora no. Ahora decimos: ¡qué capo, tiene un celular de tercera generación!
Ahora el teléfono ya no es solo el teléfono. Es decir, ya no es solo un útil aparatito para hablar con alguien desde cualquier parte del mundo a cualquier otra parte del mundo, aunque esté a millones de kilómetros de distancia (siempre que tengas señal, la batería cargada y saldo, claro).
Ahora el teléfono también es cámara de fotos y videos, procesador de texto, emisor y receptor de mensajes de chat y correo electrónico, calculadora, agenda, despertador, reproductor de música en mp3 o mp4, sintonizador de radio y televisión, oficina móvil... y quien sabe cuanto más.
Se ha convertido también en objeto fetiche: no importa si el que tenés todavía funciona perfectamente, si no es el modelo nuevo que promociona esa actriz de Hollywood en la tapa de la revista, sos un anticuado. ¡Estás out!
Es decir, el celular ha terminado por volverse un objeto imprescindible: no podés vivir sin él, pero tampoco te deja vivir. Es capaz de interrumpirte en el momento más inoportuno, de cortarte la inspiración cuando estás dialogando en un clima íntimo, cuando estás comiendo, durmiendo o haciendo el amor.
A veces uno quisiera hacer lo mismo que hace Robin Williams en el papel del Peter Pan adulto de la película de Steven Spielberg: arrojar el teléfono por la ventana. Sepultarlo en la nieve. Desconectarse por unas horas del resto del mundo para vivir hacia adentro, para volver los ojos y el corazón hacia lo de veras importante.
Pero no es culpa del teléfono... sino de uno mismo.
Los celulares tienen un botón "on/off", de encendido y apagado. ¿Quién se atreve a usarlo?
En realidad, partimos de una falacia. ¿Qué necesidad existe de que estemos disponibles las 24 horas para quien quiera encontrarnos, aunque sea por una boludez? Si algo esencial e importante ha ocurrido, ya nos vamos a enterar, tarde o temprano.
Hay que tomar el teléfono celular como lo que es: solo un extraordinario avance tecnologico. Podés comunicarte mucho más rápido, podés hablar casi desde cualquier lugar... pero si no tenés nada importante que decir, ¿de qué cuernos te sirve? Vas a poder decir las mismas estupideces de siempre, solo que con más urgencia.
Y todavía te puede suceder algo más dramático: que tengas no solo uno, sino varios celulares con bluetooth, conexión VoIP, además de palm, blackberry, laptot con conexión wi-fi a banda ancha de internet y a todos los chiches nuevos que vayan apareciendo... ¡pero no tenes a nadie con quien comunicarte de verdad!
Y ahora te dejo, porque está sonando mi celular.

viernes, 10 de agosto de 2007

¿Donde estás, Paraguay?




¿Dónde está la patria?
¿En el corazón de América o en el alma de su gente?
¿Está en el himno nacional o en la bandera?
¿En la polca o en la cachaca?
¿En el rock en guaraní o en la cancha de fútbol?
¿En los mandiocales del Ka'aguazu o en los sojales del Alto Paraná?
¿En los primeros lugares de las listas internacionales de corrupción?
Esos hombres furtivos que en una noche de mayo de 1811 emergieron de un oscuro callejón hacia la plaza, dispuestos a jugarse la vida por ella... ¿qué patria se imaginaban?
¿Era acaso la misma patria con la que soñaban esos otros jóvenes que en una noche de marzo, en esa misma plaza pero casi dos siglos después, también se irguieron dispuestos a enfrentar las balas?
¿Murió por la patria o con la patria el mariscal López?
¿Era su patria o era la nuestra?
¿Ya estaba muerta?
¿Todavía vive?
¿En dónde está?
¿Cuándo vendrá?
¿Seremos capaces de reconocerla?

Cual fantasma del olvido
por la vieja carretera
el arriero te asalta
y roba la billetera.

La morena galopera
de la estirpe indolatina
hoy es flor de falopera
y se vende en las esquinas.

La india bella mezcla
de diosa y pantera
se rajó a España
como camarera.

¿Dónde estás ahora,
kuñataî?
Se volvio verde
el lago Ypacaraí.

El guyra campana
no puede volar
no queda una rama
en donde posar.

El macho arribeño
se cambió de bando
trafica a la noche
de contrabando.

La vieja burrerita
se quedó a pie
vendió a su burrito
para hacer paté.

Al pie de tu reja
doy mi serenata
¡porqueiko, che reina,
pusiste la alarma!

¿Dónde estás, Paraguay?
¿En el tereré, en la chipa, en las carretas, en los lapachos florecidos?
¿En el sabor de la naranja o de la caña?
¿En el sofocado canto de mi selva, en el extinto rugido del yaguareté?
¿En la guarania de Flores, en las novelas de Roa Bastos, en los poemas de Elvio Romero, en las pinturas de Colombino, en los pies de Jhonny Fabro, en los chistes de Gustavo Cabañas, en las curvas de Leryn Franco, en las películas de Maneglia y Schémbori?
¿En el Archivo del Terror de Stroessner?
¿En las tumbas NN de los militantes de las Ligas Agrarias?
¿En las peregrinaciones a Caacupé?
¿En los alucinados cultos de "Pare de Sufrir"?
¿En las promesas de los políticos?¿En los discursos del nuevo tendota?
¿En las marchas campesinas?
¿En las ardientes barricadas juveniles?
Patria querida... ¿somos tu esperanza?
Paraguay.com.py. ¿Habrá una patria virtual en internet?
¿Dónde estás, Paraguay?
¿En nuestros recuerdos o en nuestros sueños?
¿En nuestras manos?

El progreso, sintético y en polvo

Uno sacaba la mano por la ventanilla de la camioneta y sentía el aire como una llamarada viva. Con toda seguridad, hasta el infierno de Dante resultaría un lugar más fresco que esa región calcinada del Amambay, por la que vagábamos cual espectros cubiertos de polvareda roja, en busca de informes sobre narcotráfico.
Como a las dos de la tarde, nos detuvimos frente a un ranchito, a unos 40 kilómetros de Capitán Bado. A la entrada de la humilde vivienda había un pequeño bosque de naranjos y las frutas estaban regadas por el suelo, formando una alfombra multicolor. Eran esas frutas chiquitas, conocidas en la campaña como “naranja Paraguay”, con la piel rugosa, oscura y sucia, por las que nadie pagaría un solo guaraní, pero que al cortarlas se revelan con la pulpa amarilla y dulce como la miel, capaz de dejar atrás a cualquiera de esos enormes cítricos injertados de cáscara dorada y brillante, pero más insulsos que un trozo de esponja.
–Buenas tardes, mba’eichapa. ¡Pe hasami que la che rancho pe! –invitó desde la tranquera un viejo chokokue escapado de una postal turística, con el sombrero pirí entre las manos.
Saludos. Apretones de manos. Explicaciones. La reiterada sorpresa de encontrarse siempre con la amabilidad sin límites de nuestra gente de campo, la que todavía es capaz de abrir las puertas de su casa y de su corazón al forastero que llega cansado, en busca de un poco de descanso. La que todavía ofrece gentilmente lo poco que tiene, sin pedir nada a cambio.
Una palangana de agua junto al pozo. La placentera caricia del líquido llevándose una por una las sucesivas capas de tierra acumulada sobre la piel. Y después un banco de madera bajo la fresca sombra de los naranjos. Una plática amable. Un sinfín de anécdotas en guaraní.
Hasta que la esposa del chokokue, también escapada de la misma postal campesina, mujer más vieja que su edad, rostro cincelado por mil arrugas, sonríe mientras formula otro gentil ofrecimiento:
–¿Nda pe usei piko jugo ro’ysa porá?
Los ojos de Lucas, el fotógrafo, se encienden. Los de Tapití, el chofer, también. Seguramente los míos no se quedan atrás. Tantas horas atravesando el infierno, tanto calor, tanta sed acumulada. Además, toda esa naranja que se pierde sin remedio allí en el suelo darían un sabroso jugo, abundante de vitaminas. ¿Por qué no?
–No queremos molestar, señora... –objeta Lucas, sin mucha convicción.
–No es ninguna molestia, che karaí –dice la vieja campesina huida de la postal–. Enseguida a preparata.
Y allá va, rumbo a la cocina, seguida por una de sus hijas, seguramente a exprimir las naranjas. Tantas naranjas que se podrían preparar barriles de jugo, puro, fresco y natural. ¡Cuanta riqueza!, dice el chofer.
Pero no. La vieja regresa con una jarra de plástico llena de agua, en donde flota un pedazo de hielo solitario. Y además trae algo entre las manos. ¿Qué es...? Un sobre, un sobre amarillo, de esos que llenan los estantes de los supermercados. Un logo identifica a la marca brasileña, tan conocida. ¡Oh no!, dice el fotógrafo, sin decirlo.
La vieja, orgullosa, rompe el sobre en un extremo. El polvo amarillo, oloroso, químico, sintético, cae sobre el agua y empieza a colorearlo. La vieja sonríe, maravillada por el prodigio instantáneo. El jugo ya está listo. Tan fácil y simple. La hija trae los vasos. Lucas trata de disimular una mueca de disgusto.
–¿Mba´ereiko ndereipurui ko ne naranja o ñe hundipa reiva la nde jugorá, señora? –pregunta el chofer, incapaz de contenerse, mientras examina con desconfianza el líquido amarillo en su vaso.
–Pea ko iporave, che karai –le explica la vieja con paciencia maternal–. Pea ko ou directoite fábrica gui. Pea ko hina la pogreso.

jueves, 9 de agosto de 2007

Desde atrás de una muralla


–No te metas, mi hijo. No es tu problema.
–Sos muy joven todavía, no podés entender.
–¡Sacate ese arito, parecés un maricón!
–¡Estás loca...! ¿Cómo vas a estudiar esa carrera? ¡Te vas a morir de hambre!
–Vas a estudiar ingeniería, como tu papá. Así tenés el futuro asegurado.
–¡Apagá esa música horrible!
–Dejá de escribir boludeces y hacé algo productivo.
–Esa chica no te conviene.
–Tenés que volver antes de la una.
–Esos amigos no te convienen.
–Vos andás en algo raro.
–¿Cómo vas a salir vestida así a la calle?
–¡Cortate el cabello, parecés una mujer!
–¿Por qué te cortaste el pelo tan cortito? ¡Parecés un tipo!
–Cuando seas grande vas a poder decidir.

* * *

¿Les suena conocido...?
Son algunas de las características frases con las que los adultos solemos "orientar" la vida de los jóvenes.
Les hablamos desde la distancia. Desde atrás de una muralla. Desde el otro lado de los barrotes de una cuna. Creemos que todavía no han crecido, cuando en verdad quienes no hemos terminado de crecer somos nosotros.
Nunca les hablamos sobre el sexo. Será porque nosotros mismos no sabemos lo que es.
Los cuidamos de las drogas, pero no de los malos gobiernos, ni de esa otra droga que es la mala televisión. Les reprochamos que el trash metal no es música sino ruido para drogadictos, olvidando que nuestros padres nos decían lo mismo cada vez que escuchábamos a Los Beatles.
Los jóvenes, en el Paraguay, comienzan a ser adultos o ancianos antes de los 15 años. Crecen a golpes de realidad, hipotecando el futuro a cambio de un puesto de vendedor en un shopping. Esperan pacientes en largas colas frente a una agencia de empleos: certificado de buena conducta, antecedentes policiales, experiencias laborales, referencias comerciales, ¿sabe hablar inglés?, ¿conoce el Window XP?, ¿tiene nociones de márketing?, vuelva el lunes, nosotros lo vamos a llamar, lo sentimos mucho pero el puesto ya ha sido ocupado.
Los jóvenes, en el Paraguay, viven bajo la constante sospecha de estar cometiendo un delito que nadie sabe explicar cuál es. A ver, documentos. Contra la pared. De dónde viene, carajo. Les tienen que venir a buscar sus padres. ¿Por qué tenés los ojos colorados?, seguro que estuviste fumando marihuana. ¿Estudiando toda la noche, quién te va a creer?
Ellos se juntan en el shop, a la salida del cole. Beben cerveza como si tuvieran toda la sed del mundo. Ponen el volumen del rock o de la cachaca al máximo, pero no les alcanza para aturdirse.
Quieren votar, pero no saben a quién. La palabra política les produce náuseas. Sueñan con un país diferente, pero no saben cómo...
Saben que se acerca el Día de la Juventud, y que habrá discursos, shows, festivales, promociones de venta... A veces quisieran estar lejos, muy lejos.
Han nacido en nuestros brazos... y de pronto parecen extraños. Ya no los conocemos, o tenemos miedo de conocerlos.
A lo mejor no hay que buscar entenderlos.
A lo mejor solo hay que quererlos.

Carta a una amiga que está lejos



"El derecho supremo es vivir, y cuando no se puede vivir en un sitio, el deber supremo es irse a vivir en otra parte".
(Rafael Barrett, "Emigración". Diario "El Nacional", 2 de julio de 1910.)

Mi querida Helena:
Hoy hace ocho meses y veintitrés días que te fuiste del país –como tantos compatriotas desesperanzados–, a buscar un futuro mejor en la vieja Madre Patria.
Aún recuerdo tu delgada figura en el frío salón del aeropuerto, aferrada a tu bolso como si fuera un salvavidas contra el vendaval del destino. Recuerdo tu sonrisa triste en la puerta de embarque, cuando tu mano se agitó por última vez diciendo adiós.
Recuerdo la noche previa en el Bohemia, cuando me confesaste que ya no aguantabas más quedarte aquí, hundida en la mediocridad y la miseria. Reaccioné algo molesto y de modo agresivo te dije que marcharse era una actitud escapista y fácil, quizás cobarde, como la de los ratones que abandonan un barco que se hunde. Te dije que era necesario comprometerse y quedarse a luchar, pues irse es dejarles el terreno libre a los bandidos y sinvergüenzas. Te dije que el país necesita de tu honestidad, de tu talento y tu pasión creadora, aunque hoy sé que en realidad el que no quería perderte era yo.
Recuerdo que lloraste y pediste otra cerveza, mientras me contabas que te costó horrores tomar la decisión. Me hablaste de tu interminable calvario en busca de trabajo, de tus muchos proyectos rechazados, de las incontables ofertas de coimas, de la frustración acumulada hasta sentir que el aire se volvía irrespirable. Recuerdo tu pregunta lacerante en esa noche de lágrimas y borrachera: "¿Vos creés en serio que este país tiene alguna otra salida que no sea el aeropuerto?".
No pude o no quise responderte. Preferí acompañarte en los trámites kafkianos para obtener el pasaporte. Me dolió verte en esa cola interminable ante Identificaciones, junto a esa legión de hombres y mujeres –¡tantos jóvenes!– esperando pacientemente un pedazo de papel que les permita huir del barco a la intemperie. Fue cuando escribí aquel artículo de que acaso era el Paraguay mismo el que quería irse del país. ¿Te acordás?
Hoy me contás desde allá que las cosas no te van tan mal. Que te sobra trabajo pero te faltan papeles, y hay una sensación de angustia constante en eso de ser clandestina, al riesgo de que en cualquier momento un ángel exterminador te expulse del paraíso. Me contás que allá a lo lejos aprendiste a amar la polca y la guarania, las danzas con typói, vos que considerabas todo eso tan cursi y tan "valle". Que te encanta reunirte los domingos con los "paragua", hacer maravillas para inventar un asado con mandioca, sopa paraguaya y chipa guazú.
No hace falta que me cuentes, amiga, lo mucho que extrañás esta isla rodeada de tierra, con su calor infernal y sus lapachos encendidos. Por eso voy a perfumar este texto nostálgico con aromas de mbokaja poty, voy a agregarle el canto de la cigarra tonta cigarra, un puñado de tierra roja y húmeda, la furia del trueno entre las hojas, las letanías de las caravanas de promeseros en marcha a Caacupé, el sonoro canto de mi selva junto al eco de la lluvia sobre los valles floridos... y te los voy a mandar vía Internet, para que desde el otro lado del océano sientas que la patria vive en donde quiera estén sus hijos.
Y que llegará el día en que el éxodo ya no será un castigo sino una libre elección.
Tu amigo por siempre.
Andrés

Sueños y preguntas

"The answer, my friend, is blow in the wind...".
(Bob Dylan).

No sé si lo escribo bien, pero es una de las frases en inglés que se me quedaron grabadas de cuando la vida tenía sabor a rock, amor y humo de sueños.
En esa época yo era un chico sediento de respuestas que nunca llegaban para las tantas preguntas que tenía, y aquella vieja canción de Bob me ayudó a entender que las respuestas no estaban precisamente en los lugares donde las buscaba, sino que estaban soplando en el viento, y había que tener sensibilidad para encontrarlas.
Después, Silvio Rodríguez me enseñó que lo importante no es dar respuestas, sino formular preguntas. Los respondedores son los que quieren imponer su verdad única, establecer un orden universal, crear un mundo quieto y aburrido donde todo esté respondido. Los preguntones son los subversivos en potencia, los que ponen la piedrita en el zapato, los que vienen a sacudir las estanterías.
"Una pregunta puede mover al mundo", escribe Jorge Lanata.
Así que... contame:
¿Qué cosas te hacen cosquillas en el alma?
¿Existe algo por lo cual dejarías todo, absolutamente todo?
Cuando dormís, ¿soñás en blanco y negro o en colores?
¿Con quién hablás cuando no decís nada?
¿Cuál es el lugar o el momento de tu vida al que te gustaría volver siempre?
¿Escuchaste la música que hay en las flores, al amanecer, cuando todavía están bañadas de rocío?
¿Cómo sabés si el amor es el amor y no otra cosa?
¿En donde están los sueños que todavía no soñaste?
¿A donde van a parar las pequeñas alegrías cotidianas que pasan, se van y ya no vuelven?
¿Te da miedo ser feliz?
¿Alguna vez tuviste un hermoso sueño mientras dormías, luego te despertaste bruscamente... y te diste cuenta de que el sueño continuaba, mientras estabas despierta?
Sucede pocas veces, pero cuando sucede, uno entiende aquel clásico título de Calderón de la Barca, de que la vida es solo sueño, o aquel otro del gran Shakespeare, recreado por Silvio, de que todo se condensa en el loco sueño de una noche de verano.
El mundo de los sueños es mágico y atemorizante a la vez, pero le da otro sentido a la realidad. Jorge Luis Borges se pregunta en algún lado si nosotros no somos apenas criaturas inventadas por algún eterno soñador. ¿Y que pasaría si de pronto despertara?
Julio Cortázar asegura en alguna parte de su literatura que en realidad nosotros somos criaturas fantásticas y oníricas, producidas por la imaginación de personajes tan reales y normales como los unicornios, los ogros, los duendes y las hadas.
Así que no temas soñar, ni te asustes cuando de pronto los sueños se te transpapelan y se te confunden.
¿Qué es lo imposible? Es solamente lo posible que no nos atrevemos a lograr.
¿Quién te impide viajar a la Luna... cantar como Carusso bajo la ducha... ir en busca de tu propio El Dorado o de tu Arca Perdida... construir un inmenso barco en medio del desierto chaqueño... tomarte un gigantesco helado de kiwi y maracuyá aunque sumen no sé cuantas calorías... llenar de grafittis coloridos la muralla de tu casa... bailar desnuda bajo la lluvia... arrojarle una torta a la cara del político más odiado... salir a la calle con una pancarta que reclame la imaginación al poder... votar por candidatos más honestos y creíbles, que le puedan da la vuelta a la historia de este país?