lunes, 31 de julio de 2017

El viento de agosto


¿Pueden escuchar como grita
el viento de agosto entre las ruinas…?

Viento norte cálido y rebelde
que envuelve a los negros muñones
de hierro y cemento
que acaricia los restos de irreconocibles objetos
retorcidos entre los escombros
rescatando cuatrocientas historias humanas
trágicamente interrumpidas.

Viento indignado
que se detiene reverente
ante el altar de las víctimas
para no apagar las débiles llamitas
de las velas encendidas
que chisporrotean en el aire húmedo
junto a esos nombres inmortalizados
en ajadas fotografías
y desgarradas letras de memoria.

En sus alas malheridas
el viento devuelve los ecos
de aquel 1 de agosto de 2004
antes de las 11.20 de la mañana
cuando la vida todavía era vida
y la alegría cotidiana estallaba
bajo el radiante Sol del domingo
en el antiguo y querido barrio
de la Santísima Trinidad.

Aire poblado de risas infantiles,
olor a tallarines caseros
y parrillas en el patio
y aquel supermercado repleto de gente
disfrutando de un alegre día en familia.

Y de pronto la explosión sorda…
¡y el mundo que se quiebra en pedazos!

***

Trece años
tratando de curar heridas
que ya no pueden sanar
intentando recomponer pedazos
de vida fragmentada
buscando la identidad
en cada resto u objeto sobreviviente.

Trece años de lucha y encuentro solidario
portando la foto del ser querido
como una marca de fuego en el corazón
levantando la memoria herida
como bandera de dignidad
buscando razones para la esperanza.

Trece años intentando comprender
una sentencia judicial mezquina
que nunca podrá reparar lo irreparable.

Trece años de mirarle la cara
a la miseria humana
convertida en sistema
de corrupción e impunidad.

Seamos hoy 
todos y todas
este cálido viento de agosto
para abrazar a las víctimas
y a los familiares del 1A
en una gran cadena de solidaridad
que no la pueda quebrar el tiempo
ni la soledad
ni la infamia.

¡Otro Ycuá Bolaños… NUNCA MÁS!


Andrés Colmán Gutiérrez

jueves, 20 de julio de 2017

El boom del cómic paraguayo


Sin superhéroes con capas, con relatos basados en la historia y la literatura del Paraguay, el cómic nacional vive una explosión de nuevas ediciones, con un renovado interés de los lectores. La obra 1811 se distribuyó en más de 70.000 ejemplares y Carpincheros arrancó su primera edición con 5.000 copias.

 Por Andrés Colmán Gutiérrez

Los cómics más difundidos en el país no han sido los de algún superhéroe con capa, ni la saga de alguna guerra espacial con naves estelares, sino 1811, una novela gráfica de Robin Wood y Roberto Goiriz sobre la Independencia del Paraguay, que llegó a alcanzar más de 70.000 copias en sus distintas versiones, y Carpincheros, un clásico cuento de Augusto Roa Bastos, con guion de Javier Viveros y dibujos de Juan Moreno, que en su primera edición lanzó 5.000 ejemplares.
Cualquiera de las dos cifras es elevada para el mercado de publicaciones en el país. Ni las novelas más exitosas, ni los libros de temas más actuales, alcanzan ese volumen de impresiones.
La obra Carpincheros, que inicia la colección Literatura paraguaya en historietas de la editorial Servilibro, estaba pensada para 1.000 ejemplares, pero cuando la directora, Vidalia Sánchez, vio la impactante portada dibujada y pintada por Juan Moreno, con los legendarios cazadores de carpinchos avanzando en medio de la noche a bordo de primitivos cachiveos, entre el reflejo de fogatas encendidas sobre camalotes flotando a ras del agua, decidió arriesgarse y elevó el tiraje.
No se equivocó. “Apenas el material salió en circulación, varios lectores, principalmente educadores de colegios, se pusieron en contacto para obtenerlo. La colección está teniendo mucho suceso. El cómic ejerce una atracción especial en los jóvenes por la fuerza de las imágenes y el colorido de los dibujos. Es un excelente medio para dar a conocer los temas de la historia y de la literatura de nuestro país”, afirma Vidalia.
Servilibro ha creado un sello alternativo, Servicomics, en donde ya lleva editado cerca de diez títulos y además planea crear una sección especial de comics en su local central de la Plaza Uruguaya, en donde ofertar todas las publicaciones de la historieta nacional, incluyendo obras de otras editoriales y ediciones independientes.

Quimera, la primera revista paraguaya de historietas, aparecida en 1981.

Entre Quimeras y Raudales

Las primeras obras conocidas de historieta en el Paraguay fueron Ivo, el piloto audaz, una serie escrita y dibujada por el arquitecto Aníbal Ferreira Menchaca, alias Tata, publicada por primera vez en la revista infantil Farolito, en octubre de 1964; El niño de Pikysyry, una serie ambientada en la Guerra del 70, realizada por Juresuk, publicada en la misma época; y una serie sobre la vida del presidente Carlos Antonio López, realizada por el escritor y pintor boliviano Gil Coimbra.
En 1967, en Buenos Aires, otro creador paraguayo llamado Robin Wood empezó a publicar sus primeros guiones de historietas en las revistas de la Editorial Columba, principalmente una serie que se volvió leyenda a nivel internacional: Nippur de Lagash, con dibujos del argentino Lucho Olivera. En poco tiempo, Wood llegó a convertirse en uno de mejores escritores de comics del mundo.
A nivel local, el creador Carlos Argüello dio a conocer en 1978 a Avaré, un personaje de historietas ambientado en la época de la conquista española, que se publicó en el suplemento infantil de Última Hora, a razón de una página semanal a todo color. Fue el primer héroe de aventuras en el mundo guaraní.
El propio Argüello, unido a otros dos jóvenes artistas, Juan Moreno y Roberto Goiriz, en 1981 editaron Quimera, la primera revista paraguaya de historietas. Como la mayoría de las publicaciones de la época, era hecha a pulmón por sus autores, vendida de mano en mano entre los amigos, generando ingresos que apenas alcanzaban a pagar los costos de impresión.
Ante esa realidad, Roberto Goiriz, Juan Moreno y Nico Espinoza editaron en 1984 El Raudal, una revista humilde en formato pero revolucionaria en contenido, realizada en blanco y negro y multicopiada en papel oficio para abaratar costos. Fue el espacio de expresión para una generación sofocada por la dictadura, usando el humor y la historieta como forma de rebeldía política. Siete ediciones circularon de mano en mano, subterráneamente, hasta que la octava acabó inevitablemente censurada.


La historia en historietas

“En mi experiencia, la historieta siempre despierta atención. Se trata de un atractivo formato que mezcla arte y literatura de una forma tal que resulta muy fácil acercarse a una revista, un álbum, un libro que contenga ese tipo de historias. Y cuando se da el condimento adicional de un tema interesante, como la historia o la literatura, se suma ese público, el que está interesado en ese tema, sin necesidad de que tenga una lectura previa de cómics”, destaca Roberto Goiriz, considerado uno de los maestros pioneros del cómic paraguayo.
Goiriz es creador de varios personajes clásicos, como el caricaturesco Jopo o el antihéroe Heyulúnex, pero ninguno de ellos tuvo tanto éxito como la novela gráfica 1811, que dibujó sobre guion del gran escritor Robin Wood, para homenajear al bicentenario de la Independencia, en 2011.
Inicialmente, la Fundación El Cabildo imprimió 10.000 ejemplares de 1811. Luego, el diario ABC Color editó 40.000 ejemplares en forma de fascículos. Con apoyo de empresas y cooperativas, hubo otra tirada de 20.000 ejemplares para El Cabildo, más unos 3.000 ejemplares que editó Goiriz, por cuenta propia. “En total salieron unas 73.000 copias de la obra, creo que fue todo un récord”, sostiene el dibujante.
En esa misma trayectoria, en 2015 Goiriz se unió al historiador Jorge Rubbiani para realizar Paraguay Retä Rekove, una serie de 8 fascículos publicados por el diario ABC Color, con relatos de la historia paraguaya en cómic, abarcando desde el final del gobierno del dictador Rodríguez de Francia hasta mitad de la Guerra de la Triple Alianza, involucrando a dibujantes y guionistas paraguayos, argentinos y uruguayos. Una segunda parte del proyecto está actualmente en preparación.


El fenómeno Epopeya

Javier Viveros es un consagrado poeta y cuentista paraguayo, a quien un día la editora Vidalia Sánchez le mostró el álbum de comic Vencer o Morir, sobre la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) realizado por el historietista Enzo Pertile, y le preguntó: “¿Vos podrías escribir historias así?”.
Cautivado por los dibujos, Javier aprendió cómo escribir un guion de comics y empezó a adaptar varios de sus cuentos sobre la Guerra del Chaco (1932-1935), que fueron dibujados por Enzo Pertile y Juan Moreno. Con el título de Pólvora y polvo, las historietas bélicas se publicaron a partir de marzo de 2013 por el diario Última Hora, en una serie de 16 fascículos coleccionables.
En vista a la buena repercusión, Viveros escribió más guiones y preparó una segunda parte, en la que además de Pertile y Moreno involucró a los dibujantes Roberto Goiriz y Kike Olmedo, pero cuando presentó el proyecto de 20 episodios, los directivos del periódico le dijeron que en ese momento no lo iban a poder publicar. Otras editoriales tampoco se mostraron  interesadas.
Ante esa situación, el escritor decidió convertirse él mismo en editor. Pidió presupuestos de impresión para un álbum de 170 páginas a color y convocó a los lectores a través de una página en Facebook para que reserven anticipadamente su ejemplar, llenando un formulario en internet. La respuesta fue positiva y en pocas semanas se comprometieron más de 300 lectores a pagar 100 mil guaraníes por ejemplar, asegurando cubrir los costos.
Así nació el primer álbum gráfico Epopeya y se empezó a gestar Epopeya II, en la que intervinieron varios otros guionistas y dibujantes de Paraguay y Bolivia, los dos países que participaron de la Guerra. El segundo álbum se editó con mucho suceso en abril de 2016.
El fenómeno no se detuvo allí. Historiadores y apasionados por la historia se sumaron al proyecto junto con Viveros y en octubre de 2016 dieron vida a Epopeya Guerra Guasu, un álbum con 20 historias de la Guerra de la Triple Alianza, con participación de 35 guionistas, dibujantes y coloristas de los cuatro países involucrados en la contienda bélica: Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay.
“El cómic, al igual que el cine o la literatura, requiere de historias y tanto nuestro pasado patrio como nuestra literatura las tienen en calidad y cantidad. Son fuentes válidas y muy ricas”, destaca Javier Viveros, al explicar el gran interés que las publicaciones están despertando.
El historiador Fabián Chamorro, quien participó como co-editor y guionista en Epopeya Guerra Guasu, refiere que el cómic “es una herramienta diferente y más atractiva para los jóvenes especialmente. En un país en donde al audiovisual le falta aún caminar mucho, y en donde las herramientas digitales, como las aplicaciones, todavía no encontraron en la historia y la literatura una veta, entonces el cómic se convierte en el mejor camino de difusión”.

"Un problema de volúmenes", de Helio Vera, con guion de Colmán Gutiérrez y dibujos de Juan Moreno.

La literatura llega a través del comic

El más reciente fenómeno, revelado durante las actividades por el centenario del escritor Augusto Roa Bastos, tiene que ver con la adaptación de algunos de sus cuentos clásicos y su biografía en formato de historietas.
Inaugurando la colección Literatura paraguaya en historietas, dirigida por Javier Viveros para la editorial Servilibro, el mismo adaptó tres cuentos de Roa Bastos, Carpincheros (con dibujos de Juan Moreno), Pirulí (dibujado por Ruweman Amarilla) y Audiencia Privada (ilustrado por ADAM), que incluyen una guía de lectura para docentes, elaborado por la escritora Maribel Barreto.
La serie seguirá con adaptaciones de otros narradores paraguayos, como Un problema de volúmenes, de Helio Vera (guion de Andrés Colmán y dibujos de Juan Moreno), El doctor lluvioso, de Josefina Plá (guion de Viveros y dibujos de Moreno), La calesita de Ferreyra, de Gabriel Casaccia (guion de Colmán y dibujos de ADAM), entre otros títulos.
Paralelamente, Servilibro dio a conocer la colección Protagonistas de la historia en Paraguay, con biografías de grandes personajes en historietas. El primer volumen, Augusto Roa Bastos, el supremo escritor, con guion de Andrés Colmán Gutiérrez y dibujos de ADAM, se presentó con mucho éxito durante la Feria Internacional del Libro de Asunción, y seguirán las biografías de figuras como Serafina Dávalos, José Asunción Flores, Carlos Antonio López, Agustín Barrios, Rafael Barrett, Arsenio Erico, Josefina Plá, entre otros.
Como nunca antes, el cómic paraguayo vive un boom editorial.
 
Otra obra de la colección "literatura en historietas".
Construyendo el imaginario

“Los creadores del cómic están logrando lo que hasta ahora, por diversas razones, no estamos pudiendo lograr desde el cine y otras expresiones artísticas: construir un imaginario del Paraguay”, destaca el cineasta Hugo Gamarra, director del documental El portón de los sueños, sobre la vida y obra del escritor Roa Bastos.
Su colega, el cineasta Ray Armele, agrega que las obras en cómic “están contando las historias que la televisión paraguaya no cuenta, al no existir un apoyo para las realizaciones audiovisuales”.
Para el historiador Fabián Chamorro, las historias en cómic constituyen un instrumento pedagógico, una puerta de entrada para que los niños y jóvenes se interesen por temas que desde los libros de textos no atraen mucho. “Es ideal didácticamente hablando para niños y adolescentes, y es entretenida para el adulto”, destaca.
Paraguay tiene aún pocos guionistas, pero sí a excelentes dibujantes que publican a nivel internacional. Roberto Goiriz publicó en Brasil, Estados Unidos y en Italia, y ha dibujado dos series del guionista Robin Wood para revistas europeas: Hiras, hijo de Nippur y la futurista Warrior M. Enzo Pertile publica en la conocida editorial norteamericana Dark Horse y Carlos Arguello dibuja al legendario personaje Tarzán para la Edgar Rice Burroughs y también para Dark Horse. Kike Olmedo ha empezado a ilustrar Dago, el personaje más famoso de Robin Wood, para la editorial Eura de Italia.
A nivel nacional, aún existen dificultades para dar a conocer sus creaciones. “El principal problema tiene que ver con la distribución. Mercado hay, lo hemos comprobado con el proyecto de autogestión: en menos de seis meses vendimos los mil cien ejemplares que imprimimos de Epopeya - Guerra del Chaco. Hay guionistas y dibujantes de valía, hay público interesado y temas a granel. Lo que falta es una buena red de distribución, esto en caso de que uno quiera aventurarse a publicar por su cuenta, aunque el uso de las redes sociales atenúa este problema”, afirma Javier Viveros.
“Del lado de las editoriales hay una franca miopía. No en todas, afortunadamente. El proyecto Literatura paraguaya en historietas, se ha coronado de gran éxito. Servilibro le ha apostado fuerte y salen tiradas de cinco mil ejemplares por título, esto habla de la vitalidad que tiene el género en la actualidad”, destaca.
Para Roberto Goiriz, también, la principal dificultad local es la escasez de editores con visión. “Solo ahora, en el tercer milenio, habiendo sobrepasado sus cien años de edad, la historieta comienza a ser considerada un rubro interesante al que apostar. Se tardó un poco, pero es bienvenida esa atención y ojalá de ella resulten más proyectos y publicaciones. Hasta los diarios, que en el nacimiento mismo de la prensa utilizaron muchos cómics como parte de su contenido, y gracias a ello mantuvieron o aumentaron sus ventas, con el tiempo los abandonaron. En esta época de ventas decrecientes, los diarios y otras publicaciones en papel deberían prestar mucha atención al fenómeno que está ocurriendo”, señala.

Como en su clásico lenguaje, el boom del cómic paraguayo se inscribe sobre una trillada frase: Continuará…

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(Una versión más resumida de este artículo se publicó originalmente en la revista VIDA de Última Hora, en ocasión de su edición especial número 1.000, el sábado 15 de julio de 2017).

Parte de los muchos títulos publicados por los artistas del cómic nacional.

sábado, 24 de junio de 2017

Agustín Barrios Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya


Dicen que ante la negativa del Gobierno paraguayo a que actúe en el Teatro Nacional, el gran guitarrista y compositor Agustín Barrios Mangoré decidió dar su último concierto en la Plaza Uruguaya, en enero de 1925.
“El concierto se realizó al aire libre, en la Plaza Uruguaya, en el que colaboraron amigos y simpatizantes, entre ellos Dionisio Basualdo para la organización. El escenario era un tablado improvisado para la ocasión. Al inicio del concierto la avalancha del público por verlo de cerca hacía peligrar la estabilidad del frágil escenario abandonado por Barrios a tiempo, pues se venía abajo…”, narran Luis Szaran y Sila Godoy, en su obra Mangoré, vida y obra de Agustín Barrios,
Al final del concierto, el músico emocionado, a manera de adiós al Paraguay, leyó el emotivo soneto de su autoría:

¡Cuán raudo es mi girar! Yo soy veleta
que moviéndose a impulsos del destino,
va danzando su loco torbellino
hacia los cuatro vientos del planeta.

Llevo en mí el plasma de una vida inquieta,
y en mi vagar incierto, peregrino,
el arte va alumbrando mi camino
cual si fuera un fantástico cometa.

Yo soy hermano en glorias y dolores
de aquellos medioevales trovadores
que sufrieron románticas locuras.

Como ellos también, cuando haya muerto,
Dios sólo sabe en qué lejano puerto
iré a encontrar mi tosca sepultura.

Fue la última vez que Mangoré actuó en su patria.
Dolido, se alejó para nunca más volver…
Murió en San Salvador, en 1944, donde es un ídolo nacional.
En los primeros días de este culturoso junio de 2017, a pesar de todo, Mangoré regresó a la Plaza Uruguaya.
Está allí, encarnado en una estatua, con su guitarra inmortal.
En frente, sentado en un sillón en actitud pensativa, también desde este junio cuasi invernal, lo contempla otra gran gloria de la cultura paraguaya, el escritor Augusto Roa Bastos.

***

Roa Bastos cuenta que siendo niño llegó por primera vez desde Iturbe a Asunción en compañía de su madre, bajó en la Estación del Ferrocarril y cruzó a la Plaza Uruguaya, donde tuvo una de la visiones más impactantes: era la estatua de una mujer pintada de blanco, en cuya boca abierta bajaban los pajaritos.
En su imaginación febril, él vio que la mujer cerraba la boca y se comía a los pajaritos.
Años después utilizó ese recuerdo para cerrar su relato Estaciones, el tercer capítulo de su novela Hijo de Hombre, en donde el episodio de la estatua que comía pajaritos es contado por el protagonista, el teniente Miguel Vera.
Ahora Roa Bastos también está allí, encarnado en una estatua, no lejos de la mujer de blanco y frente a la del gran músico Mangoré.

***

En un relato autobiográfico de Roa Bastos, divulgado en en el libro de Rubén Bareiro Saguier, Augusto Roa Bastos: Caídas y resurrecciones de un pueblo, se narra que el gran escritor francés Antoine de Saint Exúpery, autor de El Principito, estuvo en Asunción en enero de 1930, como piloto y director de la Aeroposta Argentina.
Se encontró con el poeta paraguayo Hérib Campos Cervera en esa misma plaza.
“Se sentaron a conversar en la Plaza Uruguaya y Hérib, en su mal francés, le relató el último concierto que el guitarrista Agustín Barrios dio allí, tras acarrear él mismo los bancos de la plaza para que la gente pudiera sentarse…", cuenta Roa.
El episodio está recreado en mi cuento El Principito en la Plaza Uruguaya, en el libro homónimo publicado por la editorial Servilibro.

***

Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya.
Senderos que se bifurcan y vuelven a cruzarse.

¿Quién dice que las plazas de Asunción no están tan pobladas de historia y de cultura…?




lunes, 12 de junio de 2017

Iturbe (Manorá), el pueblo donde nació la literatura de Roa Bastos



Visitar Iturbe (o Manorá) es meterse dentro de los cuentos y novelas de Augusto Roa Bastos. Los escenarios de las mágicas historias que vivió siendo niño y luego las reescribió, todavía están allí, esperando ser recreadas. En el centenario del supremo escritor, viajamos hasta su aldea literaria y conocimos al último de los carpincheros.


Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Cámaras y edición: Ivonne Velázquez, Ylda R. Miskinich
ITURBE, GUAIRÁ

-Sí, los carpincheros del cuento todavía existen, pero casi ya no quedan carpinchos... -afirma Silvio Rodas, conocido como Piliki, también ex carpinchero, mientras nos conduce en su precaria canoa por las aguas del Tebikuarymi.
Parado y con el torso desnudo, impulsándose con un rústico pértigo, se parece a un personaje fugado del cuento Carpincheros, el primero del libro El trueno entre las hojas de Augusto Roa Bastos, publicado en 1953.
A 120 kilómetros de Asunción, Iturbe es un pueblo de calles polvorientas y antiguas casas dormidas desde que la industria azucarera, que le daba vida económica y social, también quedó paralizada.
Aunque nacido en Asunción, el 13 de junio de 1917, Augusto llegó aquí con 3 años de edad, en brazos de su madre Lucía Bastos. Su padre, Lucio Roa, ya llevaba un par de años trabajando en el ingenio azucarero y la familia habitó en una pequeña casa, sobre un barranco a orillas del río.
La casa original de los Roa ya no está. Solo quedó un desvencijado portón de madera que el escritor encontró en 1994, cuando regresó de visita a Iturbe, luego de casi medio siglo de ausencia. Él lo llamó "el portón de los sueños", que le permitía escapar desde allí a las aventuras infantiles para descubrir el mundo. Ese mismo portón se mantiene como monumento junto a la antigua estación del Ferrocarril, hoy convertida en museo y Casa de la Cultura.

Silvio Rodas, alias Piliki, es el último de los carpincheros en el Tebikuarymi. Al fondo se ve la Azucarera Iturbe.
REALIDAD Y FICCIÓN. Gran parte de lo que el niño Augusto vivió en Iturbe aparece reflejado en varias escenas de sus cuentos y novelas.
"Su papá le prohibía salir, pero él se escapaba a las siestas y a las noches para vivir aventuras con sus amigos, los mita'i campesinos. Fue así como vio a los carpincheros pasar con sus canoas por el río, como describe en su cuento Carpincheros. Con los de su pandilla colocaban obstáculos en las vías del ferrocarril, como se lee en su cuento Pirulí, para que el tren se detenga y ellos puedan subir y viajar gratis", relata la ex maestra de literatura Reina Gallinar, en cuya casa se alojó Roa Bastos cuando regresó a Iturbe.
Aunque Roa no nació en Iturbe, su literatura si nació allí, afirma la docente. A los 13 años, Augusto escribió en ese lugar su primera obra, la pieza teatral La carcajada, junto con su mamá Lucía.
"Iturbe es para Roa Bastos su aldea literaria, a la que llama Manorá, al igual que Aracataca es Macondo para García Márquez. Mucho de lo que él vivió en este lugar aparece en su literatura y muchas cosas que hay en sus cuentos todavía se pueden hallar aquí", destaca la profesora Reina.


El antiguo pupitre en el que se sentó Roa Bastos en la escuela de Iturbe, entre 1924 y 1926.
RELIQUIAS. Un ajado pupitre de madera se guarda celosamente en el museo La Estación de Iturbe.
Un cartelito informa que se trata del mismo pupitre escolar en que se sentaba el niño Augusto, cuando cursaba los primeros grados en la Escuela Rigoberto Caballero, entre 1924 y 1926.
Después, Augusto se fue a seguir sus estudios en Asunción, pero regresaba en las vacaciones y así se puso de novio con Ana Lidia Tota Mascheroni, hija de una de las familias tradicionales de Iturbe, con quién se casó en 1942. La casona y el antiguo almacén de los Mascheroni se mantienen altivos, cerca de la Estación.
Piliki, el último de los carpincheros, nos lleva de paseo en su canoa, por las aguas del río Tebikuarymi.
Desde el lugar se ve la estructura de la Azucarera Iturbe, actualmente parada, y la casa de la Administración, en el mismo lugar donde se alzó la vivienda en que crecieron Augusto y sus hermanas.
En el lugar hay un banco de arena en forma de media luna, el mismo que describe Roa en varios de sus cuentos, especialmente en Carpincheros y El trueno entre las hojas.
"Yo he leído sus obras y está clarísimo que este es el lugar que él cuenta, donde vio pasar a los carpincheros en la noche de San Juan y un poco más allá estaba el lugar por donde pasaba la balsa, antes de que exista el puente. Es probablemente el lugar donde tenía su balsa ese líder sindical de los cañeros, que se quedó ciego y después se hizo balsero", dice Piliki, mientras sigue remando con el pértigo.
A 100 años de su nacimiento, Roa Bastos y su obra siguen vivos en Iturbe.


 La casa de la administración, de la Azucarera Iturbe, en el lugar donde vivían los Roa Bastos.
En Iturbe se conserva la casa de Lidia "Tota" Mascheroni, quien fue  novia de juventud y luego esposa de Roa Bastos.
El portón de los sueños, lo único que quedó de la casa de Roa Bastos, se mantiene en la antigua Estación del Ferrocarril.
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(Publicado originalmente en el diario ÚLTIMA HORA).

lunes, 22 de mayo de 2017

Nippur de Lagash cumple 50 años


Creado en 1967 por el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Lucho Olivera, el incorruptible guerrero sumerio es uno de los íconos de la historieta latinoamericana.


Andrés Colmán Gutiérrez

Mayo de 1967. Buenos Aires, Argentina. Bajo la fría llovizna, un harapiento obrero paraguayo, oriundo de Caazapá, regresaba caminando desde la fábrica donde se ganaba el sustento hasta la humilde pensión de Martínez, donde debía semanas de alquiler.
Se detuvo frente a un kiosko a mirar tapas de diarios y revistas. Le llamó la atención el álbum de historietas D’artagnan, de la editorial Columba. Era la edición N° 151. En la portada, entre varios títulos, anunciaba: Historia para Lagash; por Robin Wood.
El obrero paraguayo caazapeño lo leyó una y otra vez, sin poder creer. Ignorando las protestas del kioskero, anotó la dirección de la casa editorial y se dirigió hacia allá, caminando largas cuadras.
La chica de la recepción lo miró entrar con actitud desconfiada, pero cuando él le dijo su nombre, se le iluminaron los ojos.
-¡Hace días que le estamos buscando, señor Robin Wood…! El editor quiere hablar con usted.
El obrero paraguayo caazapeño fue llevado hasta la lujosa oficina de un señor con traje y corbata, quien lo radiografió con una mirada de escepticismo, le pidió la cédula de identidad y finalmente esbozó una sonrisa.
-¿Es usted el que escribió esos guiones que publicamos? ¿Puede escribir más…? Se los compramos todos. Especialmente el de ese guerrero, el tal Nippur de Lagash
Aquel día, el obrero paraguayo caazapeño recibió un primer cheque, que duplicaba en varios números el sueldo que cobraba en la fábrica, a la que desde entonces dejó de concurrir. Fue a un restaurante, pidió un plato de comida caliente, una botella de vino, se compró ropa nueva, se mudó de pensión… y empezó a escribir.

La primera página de "Historia para Lagash", de 1967, posteriormente coloreada,
Un guerrero en Sumeria

Así empezó la historia o la leyenda.
Robin Wood tenía 23 años de edad, había llegado desde Paraguay, siguiendo el consejo de su mentor, el docente y político democratacristiano Rómulo Teobaldo Perina, quien un buen día lo alzó en el tren internacional desde Encarnación y le dijo: “Andate a la Argentina, aquí no hay nada que hacer, allá te vas a abrir camino”.
Nacido en Colonia Cosme, Caazapá, en 1944, descendiente de migrantes australianos, Robin había trabajado como mozo y obrajero, logrando apenas culminar la escuela primaria, aunque era un voraz lector de cuanto libro caía en sus manos. Llegó a escribir cuentos y ganó un concurso literario del diario La Tribuna.
En Buenos Aires intentó ser dibujante y se inscribió en la Escuela Panamericana de Arte, donde conoció al ilustrador correntino Luis Olivera. Descubrieron que tenían en común la fascinación por la antigua civilización sumeria. Lucho le dijo a Robin que dibujaba muy mal, pero escribía bien y le tentó a crear algunos guiones de historietas para que él los dibuje.
“Yo nunca había escrito un guion, pero Lucho me enseñó y probé suerte. Hice dos historias bélicas y una de un guerrero en la antigua Sumeria. Había que ponerle un nombre al personaje. Sabía que había dos ciudades importantes en la antigüedad: Nippur y Lagash. Con mucha obviedad le bauticé Nippur e hice que viviera en Lagash”, recuerda Robin.
Le pasó los guiones a su amigo y se olvidó del asunto. La poca plata le impidió seguir en la Panamericana y perdió todo contacto con Lucho... hasta que, aquella tarde gris de marzo de 1967, vio por primera vez a Nippur de Lagash en las páginas de D’artagnan.

Nippur, según el dibujante paraguayo Kike Olmedo, que ahora dibuja Dago.
Nippur, más que Superman

Historia para Lagash iba a durar solo un capítulo, en que el general Nippur, un recto y valiente guerrero, jefe de la guardia del rey Urukagina, fue exiliado debido a que el dictador Luggal-Zagizzi se apoderó de Lagash a sangre y fuego, en complicidad con el sacerdote Sumur.
Aquellas primeras páginas escritas por Wood y dibujadas por Olivera cautivaron a miles de lectores, que pidieron más y más aventuras. Entonces Robin echó a andar a su guerrero por los territorios de la antigüedad, en compañía de su fiel amigo Ur-El, el gigante de Elam.
Los llevó a Egipto, donde Nippur se enamoró de la hija del faraón, Nofretamon, y despreció los cegadores brillos del poder.
Llegaron a Atenas para ayudar a Teseo a vencer al Minotauro. Se metieron en varios entuertos, pelearon junto a pastores y reyes, enfrentaron a míticos monstruos y a bellas amazonas.
En cada aventura, Nippur iba adquiriendo un poco más de sabiduría y de habilidades. Ya se había ganado varios motes, entre ellos el incorruptible y el errante.
En su ensayo La espada y la palabra, el escritor argentino Martín Caparrós cuenta que leía con pasión a Nippur de Lagash en su niñez y lo compara con otro legendario personaje de comics, Superman, concluyendo que el personaje del autor paraguayo era mucho más que el superhéroe norteamericano.
“Superman podía ver y escuchar todo pero, en última instancia, no entendía nada: no aprendía. Nippur de Lagash, en cambio, sabía convertir su experiencia en ideas, conductas, expresiones. Nippur no pasaba intacto por el mundo, no seguía siendo siempre el mismo: sus experiencias lo marcaban, tanto que terminaron por costarle un ojo de la cara. A partir de la mitad de su historia, Nippur fue el tuerto al que una flecha le había arrancado el ojo izquierdo. Eso lo hizo más reflexivo, más interesante: el héroe era falible, dudaba y aprendía”, escribe Caparros.
Se refiere al recordado capítulo Laris sobre el espejo del desierto, publicado originalmente en julio de 1978, en el que Robin Wood decidió arrancarle un ojo a su héroe de un flechazo y dejarlo tuerto para siempre. Un hecho considerado muy revolucionario en la época, en que los héroes de historietas no podían morir, ni siquiera resfriarse.

Nippur, por el paraguayo Roberto Goiriz, en la serie Hiras, que realizó con Wood.

Larga vida, Nippur.

Desde 1967 hasta 1998, Robin Wood escribió en total 445 episodios de aventuras de Nippur de Lagash, que se publicaron en Argentina, Italia y España, principalmente, ilustrado por varios dibujantes, entre ellos Lucho Olvera, Ricardo Villagrán, Sergio Mulko, Jorge Zaffino y Carlos Leopardi.
Nippur vivió mil aventuras, tuvo un hijo, Hiras y una hija, Oona.
En su última aventura, ya anciano y barbudo, Nippur se perdió en el desierto, con apenas una alforja, su espada y una lanza.
Reapareció como personaje invitado en la década del 2000, en la serie Hiras, Hijo de Nippur, que dibujó el paraguayo Roberto Goiriz para las revista de la editorial Eura, de Italia.
Los gobiernos de Argentina y Paraguay le dedicaron estampillas de homenaje y existe el proyecto de una película sobre el personaje, a cargo del cineasta argentino Enrique Piñeiro.
La última vez que se lo vio fue en febrero este año, en la forma de un muñeco gigante, en una de las carrozas del carnaval de Encarnación, cuando el club Radio Parque le rindió un emotivo homenaje a Robin Wood, ante el aplauso de la multitud.
Quedan muchas anécdotas, como la de los padres que decidieron poner el nombre de Nippur a sus hijos y debieron pelear con la burocracia judicial para que sea aceptado en los registros oficiales. Uno de ellos está relatado en el libro El cuaderno de Nippur, de la argentina María Vázquez, quien murió de cáncer y dejó el testimonio escrito de su lucha, para que su bebé lo pueda conocer cuando grande. En el prólogo del libro, Robin Wood escribió: “Coloco una flor en su recuerdo e imagino a mi héroe recibiéndola en otro mundo de valientes y bendecidos”.
Es, probablemente, su aventura más bella.

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(Publicado originalmente en El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 20 de mayo de 2017).

Nippur, en versión de homenaje por el paraguayo Nicodemus Espinoza.
Nippur, en una carroza del Carnaval de Encarnación 2017.