martes, 16 de agosto de 2016

Así fué la muerte de Stroessner, hace 10 años

El sepelio de Alfredo Stroessner, el 17 de agosto de 2006, en Brasilia.
El 16 de agosto de 2006, el general Alfredo Stroessner murió en Brasilia, tras una penosa agonía. El periodista de ÚLTIMA HORA que cubrió en vivo la historia narra cómo fueron las últimas horas y el sepelio del ex dictador paraguayo.


Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

A las 11.32 -hora de Brasil- del día miércoles 16 de agosto de 2006, me encontraba escribiendo un reporte en el Hotel das Nações, en Brasilia, cuando sonó mi teléfono celular.
Desde el otro lado, una voz dijo:
-Acabou de acontecer, ele ya se foi (Acabó de suceder, él ya se fue).
Era una persona con la que había hecho amistad en días anteriores, en el Hospital Santa Luzía, donde el ex dictador paraguayo Alfredo Stroessner permanecía internado en grave estado a los 93 años de edad, y con quién habíamos acordado esa breve y precisa forma de avisar si Stroessner llagaba a fallecer, para vencer el férreo cerco informativo que la familia había puesto alrededor.
Rápidamente, con el camarógrafo Rufino Recalde, de Telefuturo, los dos periodistas paraguayos que habíamos llegado primero a Brasilia el domingo 13 de agosto, logrando la primicia sobre la agonía del ex dictador, saltamos a un taxi y nos dirigimos al hospital.
Los demás colegas paraguayos, que habían llegado después (Francisca Pereira, de La Nación, y Rolando Rodi, de la RPC) habían salido a filmar la mansión de Stroessner al otro lado de la ciudad y no había forma de comunicarles la noticia.
Mientras viajábamos a toda velocidad, con una llamada les pasé el dato a los colegas Guido y Jamil, de la agencia Reuters, devolviendo la gentileza por la valiosa ayuda que nos habían brindado para nuestro trabajo en Brasilia. En pocos minutos, eran los primeros en dar la noticia al mundo.
En el hospital, la asesora de prensa Vera Morgado se quedó sorprendida cuando le pregunté desde el teléfono en la recepción si podía confirmar oficialmente la noticia de que Stroessner acababa de fallecer. "Sí, es verdad, pero ¿cómo te enteraste tan rápido? Aún no le avisamos a nadie", exclamó.
Me sentí tentado a decirle: "Un ángel me avisó".

Un fotógrafo paraguayo trepado al muro de la mansión de Stroessner, para obtener una vista interna.
Crónica de una muerte en la distancia

Este texto forma parte de la crónica que escribí ese día para Última Hora, desde la capital de Brasil:
Pequeño, esquelético, reducido a apenas 45 kilos de peso, vencido por las enfermedades y el paso del tiempo, el ex dictador Alfredo Stroessner murió a las 11.20 de la mañana, hora brasileña (a las 10.20 en Paraguay).
Su deceso se produjo en el Hospital Santa Luzia de Brasilia, a unos 2.000 kilómetros de Asunción, luego de 17 años sin pisar su tierra natal, de la que tuvo que salir forzadamente el 5 de febrero de 1989, luego de ser derrocado del poder en la madrugada del 3 de febrero.
Encerrado desde hace 19 días en la aséptica isla médica de la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Santa Luzia, rodeado apenas por algunos de sus familiares más cercanos y protegido del asedio de la prensa por guardias militares, la vida del ex hombre fuerte paraguayo se apagó súbitamente cuando su débil corazón dejó de resistir.
Un punto en la pantalla del monitor dejó de titilar y se convirtió en una larga línea luminosa. El bip bip de los aparatos se interrumpió y se convirtió en un solo sonido alargado, provocando la corrida de médicos y enfermeras.
"Lo sometimos a un tratamiento de reanimación, pero ya no respondió. Alfreso Stroessner falleció de un shock séptico, como consecuencia de las complicaciones posquirúrgicas, que derivaron en una neumonía y provocaron su muerte", informó el doctor Sergio Namura, director clínico del Hospital.
Alfredo "Goli" Stroessner Domínguez, considerado el nieto favorito del ex dictador, fue el único miembro de la familia que aceptó hablar con los periodistas a su salida del Hospital, dos horas después del fallecimiento de su abuelo.
Requerido acerca de si el ex gobernante había mostrado arrepentimiento por los crímenes de los que se acusaba, respondió: "Arrepentimiento, ninguno. Él actuó en su tiempo, conforme a los cánones de la Guerra Fría, a lo que la política mundial mandaba en aquel entonces. Hoy nosotros valoramos la democracia que viven nuestros países y la vamos a proteger y defender, pero el general Stroessner actuó según los cánones de un mundo diferente. La historia y el pueblo paraguayo sabrán juzgarlo en su debido momento".

Gustavo Stroessner hablando con los periodistas, tras el sepelio de su padre.

El último adiós al patriarca

Apenas una treintena de personas, entre los familiares más cercanos y algunos pocos amigos, le dieron el último adiós al hombre que alguna vez fue todopoderoso y gobernó el Paraguay con mano de hierro, consumiendo sus últimos 18 años de vida en el exilio, mientras se apagaba lentamente bajo los embates de las enfermedades, el paso del tiempo y la jugosa soledad.
No hubo celebraciones fastuosas ni multitudes en las calles, como en los funerales del general dictador de la novela El otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez.
El velorio se realizó a puertas cerradas, en estricta ceremonia privada, y poco menos de veinte vehículos, de los cuales la mitad eran de medios de prensa, conformaron el cortejo fúnebre que partió alrededor de las 16.00 desde la casa 8, Conjunto 5, del barrio Lago Sul, y cruzó las ardientes autopistas de Brasilia, en una desolada marcha final.
Vestido con un traje azul y corbata roja, con el símbolo del Partido Colorado en la solapa, el disminuido cuerpo del viejo general fue depositado en un ataúd cubierto por una bandera paraguaya y otra del Partido Colorado, el mismo que seguía gobernando el Paraguay y que no le ha rendido honores a su viejo caudillo.
A las 16.35 el ataúd fue alzado a pulso por su hijo mayor y compañero del exilio, Gustavo Stroessner, junto a otras personas, para recorrer a pie aproximadamente 100 metros hasta una fosa sencilla en la cuadra 701 del Campo de la Esperanza.
Su nieto Diego Domínguez Stroessner, su ex colaborador Darío Filártiga y el viejo caudillo colorado Luis Schupp fueron los oradores, antes de que el sacerdote brasileño Abdón Guimaráes impartiera la oración final y el cajón empezara a bajar a la fosa, entre lágrimas y exclamaciones de pena de sus familiares.
Y eso fue todo. Sin haberse animado a enfrentar los procesos judiciales pendientes en su país por crímenes contra la humanidad, violaciones de derechos humanos y enriquecimiento ilícito, el que alguna vez fue el todopoderoso patriarca del Paraguay, que decidía sobre la vida y la muerte, el hombre al que algunos reivindican como un gobernante que trajo paz y progreso, y otros como el dictador más sangriento que conoció la nación guaraní, Alfredo Stroessner Matiauda dejó de existir físicamente a la edad de 93 años y fue devuelto al seno de la tierra, en un frío y polvoriento cementerio brasileño, lejos de su tierra y de su antigua gloria.

¿Descansará en paz…?

Junto a la tumba de Stroessner, al día siguente del sepelio.

lunes, 18 de julio de 2016

El síndrome del gueto


Sí, lo sé. No debería ir contra la corriente.
En momentos en que todos, desde este bando, cierran filas para pedir la nulidad del adefesio jurídico que fue el caso Curuguaty, y desde el otro sector tratan de justificar el parcial y politizado proceso en que los fiscales solo investigaron la muerte de los 6 policías y nunca les importó las de los 11 campesinos, yo no debería ponerme a señalar las contradicciones surgidas, no debería ponerme a filosofar sobre el “síndrome del ghetto”, ni sobre el grupismo, ni sobre el mesianismo, ni cosas por el estilo.
No debería “darle razones al adversario”.
Pero sucede que a esta altura de mi vida me siento libre y no le debo nada a nadie. Ya no me preocupa mucho el “qué dirán”.
Mi frase de cabecera sigue siendo esta del gran escritor y periodista británico George Orwell: “El periodismo consiste en decir cosas que alguien no quiere que digas: todo lo demás son relaciones públicas”. Y esta otra, muy similar, también de Orwell: “Si la libertad significa algo, es el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír”.
Por ello, siguiendo un poco el hilo de lo que reflexionábamos esta semana durante nuestra exposición en la asamblea de la Conferpar, escribí este artículo para la columna semanal de ÚH, a contramano, a contraviento.
Porque creo que estas son cosas que alguien tiene que decirlas, desde aquí, desde la cercanía con tantos compañeros y compañeras de sueños. Desde el afecto. Desde la personal mirada crítica que uno ejercita desde este oficio de comunicador. Esas mismas ideas que muchos comparten en mesas de café o vino más íntimas, pero que no las quieren decir en voz alta, porque te exponen, porque te van a acusar de muchas cosas.
Sí, alguien debería decir, por ejemplo que es lamentable lo que hizo este chico, Arturo Cano, dirigente de #UNAnotecalles -a quien admiro por su lucha y por su valiente actuación cívica en la gran rebelión universitaria-, en la tarde del lunes, en la Plaza de la Justicia, cuando rechazó públicamente (parte del incidente se transmitió en vivo por Telefuturo) la solidaridad con las víctimas del caso Curuguaty que había llevado el grupo de Camila Benítez y otros dirigentes de la Organización Nacional Estudiantil (ONE) –los mismos que iniciaron la aclamada #Tomadecolegios en mayo de este año-, acusándolos de ser cartistas. No sé si los de la ONE lo serán o no, pero me cuesta creer que jóvenes “cartistas” puedan protagonizar la más linda primavera juvenil que he visto en mi vida y cargarse a su ministra de Educación. Si de veras lo son, debo revisar urgentemente mis parámetros sobre el “cartismo”. Pero lo que si dolió es ver que Arturo, con su actitud intolerante, estaba empañando uno de los logros más lindos de aquella primavera estudiantil: haber visto a gente de ONE, FENAES, UNEpy e independientes, dejar de lado sus rivalidades y trabajar juntos en un frente unido, aquella vez.
Alguien debería decir, también, que lo que hizo el querido Pa’i Oliva, tras ese incidente en la plaza, también estuvo mal. Cualquiera sabe cuánto aprecio y admiro al gran sacerdote jesuita. Lo acompañé en momentos álgidos del Marzo Paraguayo. Escribí el prólogo de uno de sus libros. Pero nada da eso me limita a decir que tuvo una actitud autoritaria e intolerante cuando le negó el micrófono a Camila y a Arturo para que sigan discutiendo en la tarde del lunes, y menos cuando expulsó de manera tan dictatorial y despectiva al colega Dante Melgarejo, de Telefuturo, solo porque estaba registrando lo que pasaba en ese momento, que también era noticia, transmitiéndolo en vivo por la televisión.
Alguien debería decir, también, que es reprochable el “escrache” que le hicieron a la abogada Kattya González por llevar su solidaridad con la causa de Curuguaty en la plaza. Uno puede tener la opinión que quiera sobre Kattya, que es “figuretti”, que es mediática, que viene de Patria Querida, que tiene pretensiones políticas… ¿y?. Lo que no se puede es culparla por el voto de su papá en el juicio a Lugo, ni negar que es también una luchadora que se enfrenta a su manera y peculiar estilo a los corruptos y poderosos. En nuestro caso, el trabajo de Kattya y de la Coordinadora de Abogados del Paraguay al tomar las denuncias de las investigaciones periodísticas de Última Hora sobre la corrupción en la Contraloría, como de la serie sobre la corrupción del Rectorado de la UNA, al tipificar los delitos y presentar las denuncias ante la Fiscalía, fue fundamental para obligar a que se inicien los procesos judiciales. Es decir, en gran medida el impacto judicial que tuvo #UNAnotecalles se debe a Kattya y su grupo. Yo la banco por eso y mucho más. (Quienes duden de su postura crítica sobre el caso Curuguaty, deberían verla en el documental Desmontando Curuguaty que realizamos con Serpaj). Y creo que es arbitraria compararla, por ejemplo, con la querida Nenena Kanonnikof. Son perfiles muy distintos, y diferenciadamente meritorios.
Además, ¿cómo se entiende que por un lado muchos reclamen “la poca solidaridad” de la ciudadanía con el Caso Curuguaty, pero cuando esta solidaridad llega, la cuestionan y la rechazan selectivamente, como ocurrió también con el pronunciamiento de la dirigencia del Partido Liberal Radical Auténtico? ¿No se puede, en todo caso, cuestionar puntualmente los grandes errores políticos de líderes del PLRA sobre la destitución de Lugo, pero no por ello rechazar la solidaridad?
Alguien debería decir, además que –cuando se aquieten las aguas- los procesados del caso Curuguaty y sus familiares nos siguen debiendo una buena explicación de por qué, hace varios meses, despidieron sin más ni más a sus dos muy buenos abogados defensores, Vicente Morales y Guillermo Ferreiro Cristaldo, que se jugaron por ellos con todo y a quienes dejaron inexplicablemente en banda, en medio de un juicio en vivo y en directo, sin siquiera haberse tomado la molestia de avisarles primero. No me trago eso de que fue “para una mejor defensa”, porque no es eso lo que se vio en la realidad. Sé qué allí hubo peleas políticas internas que repercutieron negativamente en el proceso. Y eso, como mínimo, deberían explicarlo a quienes les han dado generosamente apoyo y solidaridad, sin colores ni intereses políticos.
En fin, alguien debería de decir estas y muchas otras cosas sobre este gen nuestro, que nos sigue jugando en contra… porque hay que superarlo si de veras queremos construir un país mejor, con propuestas inclusivas que nos vayan sumando.
Como dirían en la farándula: ¡No me peguen, soy Giordano…!

Pueden leer el artículo publicado en Última Hora aquí.

viernes, 20 de mayo de 2016

El día en que Stroessner fue derribado del Cerro Lambaré


El momento en que la estatua de Stroessner es bajado de lo alto del monumento, ante la multitud.
La polémica remoción de una placa del ex dictador en un colegio capitalino remite a un caso más resonante, en octubre de 1991, cuando el intendente Carlos Filizzola ordenó derribar la estatua de Stroessner del Cerro Lambaré. Los militares intentaron impedir la acción, pero luego el presidente Andrés Rodríguez pidió disculpas. La efigie fue cortada por el artista Carlos Colombino y usada en otro monumento, que permanece en la Plaza de los Desaparecidos.

Por Andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman

-¡Señores...! ¡Hemos decidido derribar la estatua del dictador Stroessner que se encuentra en lo alto del Cerro Lambaré, por disposición municipal! ¿Qué necesitamos para cumplir el operativo...?
Estas fueron las palabras con las que el entonces intendente municipal de Asunción, Carlos Filizzola, comunicó una polémica decisión a un grupo de colaboradores, en la mañana del lunes 7 de octubre de 1991, a quienes había convocado temprano en su despacho, en el edificio comunal sobre la avenida Mariscal López.
Hacía poco más de dos años que el general Alfredo Stroessner había sido derrocado, tras 35 años de gobierno dictatorial, con un golpe de Estado liderado por su consuegro, el general Andrés Rodríguez, quien luego fue electo presidente de la República.
En mayo de 1991 se realizaron las primeras elecciones municipales democráticas en la historia del país. Contra los pronósticos que anunciaban la victoria del candidato del Partido Colorado, Juan Manuel Morales, la ciudadanía eligió como intendente al candidato del Movimiento Ciudadano Asunción para Todos, el médico y sindicalista Carlos Filizzola.
A cuatro meses de haber asumido el cargo, Filizzola realizó su gesto simbólico más audaz, tomando como base una minuta presentada ante la Junta Municipal por la concejala liberal Edda de los Ríos, quien recordó que la Ley 27190/90 prohibía levantar monumentos públicos a personas vivas (en ese momento, Stroessner seguía con vida, exiliado en Brasilia).
"El intendente Filizzola nos citó temprano en su despacho ese lunes 7 de octubre, a todos los directores y a quienes integrábamos su equipo, y nos comunicó la decisión", recuerda Juan Fernando Pali Kurz, quien ocupaba el cargo de director administrativo de la Municipalidad.
Fue él quien se encargó de conseguir los vehículos, equipos de trabajadores y recursos materiales necesarios para realizar la operación esa misma mañana.
"Cuando nos enteramos del objetivo, quienes además éramos parte del equipo político, experimentamos una enorme sensación de alegría, por el papel que la historia nos estaba permitiendo jugar. No dimensionábamos que echar la estatua iba a ser el símbolo de echar al mismo Stroessner, y que la repercusión sería nacional y mundial", relata Pali Kurz.

Un obrero sube por una escalera hasta la estatua. (Foto: Nelson Figueredo)
Una estatua dura de roer

El operativo para derribar a la estatua se dispuso con mucha celeridad, aunque con algunos inconvenientes.
Hubo cierto recelo al armar las cuadrillas de trabajo entre los obreros de la comuna, ya que la mayoría era de afiliación colorada y había temor de que se nieguen a ejecutar la tarea que iba a perjudicar a un símbolo de su viejo líder, destaca Pali Kurz.
"Libre y voluntariamente, más de dos docenas de trabajadores se ofrecieron y empezaron a cargar las camionetas con escaleras, serruchos eléctricos, mazos, piolas, cabos de acero, machetes, destornilladores, llaves de tuercas, enganches para unir los cabos y los infaltables equipos de tereré. En dos camionetas nos sumamos a la caravana de vehículos hacia el cerro, encabezada por el propio intendente", recuerda.
Participaron
La camioneta con la grúa municipal de la Dirección de Tránsito, la que habitualmente se utiliza para remolcar a los autos mal estacionados o en infracción, también se sumó al operativo. Participaron obreros de varias dependencias de la Municipalidad, como la Dirección de Obras, Planta Asfáltica y Aseo Urbano.
"Ya estábamos subiendo el cerro, cuando al pasar por la caseta de control del destacamento militar que había en el lugar, apareció un soldadito con un fusil que nos cerró el paso y dijo: 'Ndai katui pe hasa ko'ape (no pueden pasar por aquí)'. Entonces Carlos Filizzola se bajó del auto y le dijo: 'Soy el intendente municipal de Asunción y vamos a pasar', tras lo cual subió de nuevo al auto y ordenó al chofer que siga camino hasta la cumbre del cerro", rememora Pali.
El soldadito no pudo impedir que la caravana llegue hasta lo alto, ni que los obreros municipales empiecen la tarea de desplegar los equipos para tratar de bajar la estatua del ex dictador.
"Empezamos un trabajo que resultó infernal. La estatua era enorme, pesada, sólida y súper atornillada al piso, tal como el representado por la misma creyó que estuvo en su largo gobierno. Rompimos varias sierras, compramos más; rompimos mazos, compramos más; cortahierros, martillos, piedras, maldiciones, empujones, patadas, escupitajos... todo servía. ¡Pero la estatua no caía!", relata Pali Kurz.
Cerca del mediodía, el operativo para derribar a la efigie ya se había convertido en la principal noticia del día. Los canales de televisión y las emisoras de radio transmitían en vivo desde la cumbre del cerro, donde se había aglomerado una gran multitud de curiosos, muchos líderes sociales y políticos, históricos luchadores anti-stronistas que pronunciaban emocionados discursos, mientras los obreros municipales seguían sin poder corroer el duro metal de la pesada figura.
Fue entonces cuando una dotación de militares y policías llegaron hasta el lugar y le comunicaron al propio intendente Carlos Filizzola que tenían instrucciones precisas de impedir el derribo de la estatua "por orden directa del comandante en jefe (el presidente Andrés Rodríguez)".
La situación produjo dispares reacciones en la opinión pública. Mientras los opositores y críticos al stronismo condenaban "el regreso de la famosa 'orden superior'", los partidarios del defenestrado dictador aplaudían la interrupción ordenada por Rodríguez, alegando que Filizzola estaba "intentando destruir un patrimonio nacional".
El intendente asunceno decidió acatar la interrupción cuando, en horas de la tarde, recibió una llamada telefónica, en la que el presidente Andrés Rodríguez lo invitaba a visitarlo al día siguiente, martes 8 de octubre, en su despacho del Palacio de Gobierno, "para mantener un diálogo y buscar una solución".
El jefe de Policía, general Francisco Sánchez, llega al cerro Lambaré para evitar que se eche la estatua.

El monumento, una larga historia...

Hasta entonces, la gran estatua de Stroessner, de casi 5 metros de altura y de más de mil kilos de peso, llevaba ya 9 años reinando sobre la cumbre del Cerro Lambaré, junto a otros 4 héroes nacionales y un cacique más legendario que históricamente real.
Todo había comenzado cuando un controvertido personaje argentino-uruguayo, que luego se reveló como un hábil delincuente disfrazado de empresario, Gustavo Gramont Berres, planeó un gran negociado inmobiliario en los terrenos del histórico cerro Lambaré, al que revistió de un patriótico homenaje al dictador.
Gramont Berres, cuyo verdadero nombre es Benjamín Levy Avzarradel, logró granjearse la estima del tirano y disponer de carta blanca para sus negociados. Fue nombrado cónsul honorario del Paraguay en Suiza.
La zona del cerro Lambaré, declarada como reserva nacional por decreto 25764 de 1948, por el presidente Higinio Morínigo, fue luego apropiada por María Elena Uthrralt de Jaegli en 1959, quien en 1979 transfirió la presunta propiedad a la firma Rossi SA, de Gustavo Gramont Berres.
El oscuro empresario había convencido al dictador Stroessner de construir en la cima del cerro el Monumento a la Paz Victoriosa, en donde su estatua iba a brillar entre las de otros héroes nacionales como el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el presidente Carlos Antonio López, el mariscal Francisco Sólano López y el fundador del Partido Colorado, Bernardino Caballero.
Llamativamente, en este grupo no se incluyó a otro gran héroe militar, el mariscal José Félix Estigarribia, por haber pertenecido al partido liberal, histórica oposición a los colorados. En cambio se incluyó a un apolíneo cacique, al que algunos consideran es el famoso cacique Lambaré (que los historiadores aseguran nunca existió) y otros dicen es el aún menos real indio José, el de la leyenda de la Virgen de Caacupé (de hecho, el cacique tiene en la mano una imagen pequeña de la Virgen).
Para poder llevar a cabo el proyecto, Stroessner expropió por decreto 11 hectáreas de la zona del Cerro Lambaré, para transferirlas a la Municipalidad de Asunción.
El verdadero negocio consistía en que Gramont Berres iba a explotar las tierras aledañas, junto a la costa del río, con barrios residenciales, clubes exclusivos e instalaciones portuarias.
(Pero en realidad el negocio más grande de Gramont fue invocar la representación del Estado paraguayo para contraer dos préstamos internacionales del banco Overland Trust de Lugano, Suiza, en 1986, por los cuales el Paraguay soporta una demanda internacional de una aseguradora italiana, que hasta ahora exige el cobro de 85 millones de dólares).
La construcción del Monumento a la Paz Victoriosa fue encargada al renombrado escultor español Juan de Ávalos y García Taborda, el mismo que erigió el monumento del Valle de los Caídos para el dictador español Francisco Franco, en las afueras de Madrid. Se había convertido en el escultor favorito de los dictadores.
El gran monumento –en el que algunos advierten elementos arquitectónicos de la cultura masónica-, fue inaugurado con gran pompa por el propio general Alfredo Stroessner, el 28 de abril de 1982. Era su faraónico legado para la posteridad. El fálico obelisco que lo iba a perpetuar en el más alto punto geográfico de la capital del país.
La gloria de compartir la galería con los máximos héroes de la nacionalidad (menos Estigarribia, por supuesto) le duró poco más de 9 años al dictador.
Hasta que una primaveral mañana de octubre de 1991, a un irreverente jefe comunal se le ocurrió llegar con sierras, mazos y cortahierros...

 La publicación del diario Última Hora, el día en que se derribó la estatua del ex dictador.
Las disculpas del general Rodríguez

En la mañana del martes 8 de octubre de 1991, la atención de todos los medios periodísticos estaba puesta en la reunión a puertas cerradas que el intendente de Asunción, Carlos Filizzola, mantenía con el presidente de la República, general Andrés Rodrígez, mientras a pocos kilómetros, la estatua del ex dictador Alfredo Stroessner seguía esperando, con los pies a medio cortar.
A la salida de la audiencia, Filizzola habló con los periodistas: "El señor presidente me comunicó que ha dispuesto, esta mañana, a las siete, el retiro del destacamento militar que se encontraba como custodio del cerro Lambaré y su monumento. Por otro lado, me pidió disculpas por lo acontecido ayer. Se disculpó en nombre de las Fuerzas Armadas. Ahora nada nos impide proseguir con la labor de derribar la estatua de Stroessner, porque está claro que es competencia municipal hacerlo".
En seguida, la atención se trasladó nuevamente a la cumbre del cerro, donde los trabajadores municipales proseguían con la misión de derribar la estatua.
La tarea no era nada fácil. Las efigies estaban hechas de una aleación de metales que no se podían derretir y resultaban muy duras de cortar.
Juan Fernando Pali Kurz recuerda que hubo un antiguo capataz de cuadrillas municipales, cuyo nombre no logra recordar, que fue el hombre clave para lograr cortar los pies de la estatua.
"El capataz nos dijo: 'Vamos a poner todo nuestro esfuerzo de un lado, hasta mellar y hacer un agujero de un lado. Luego le estiramos del otro con el cabo de la grúa municipal'. Así se hizo, ida y vuelta, como cuando querés cortar un alambre, hasta que se enganchó a la estatua con una grúa mayor, con cadenas que le rodeaban por el cuello, creo que era la grúa que levanta los pesados contenedores de basura, del Departamento de Aseo Urbano", relata Kurz.
El ingeniero Alcides Moreno, quien entonces era director de Obras Municipales, agrega más detalles: "Esa estatua la tiró abajo Nelson Figueredo Kamm, a cargo de la Planta Afáltica, incluso con ayuda de su esposa, Shyrley Fernández. Haciendo gala de una audacia que yo ni me imaginaba que tenía, subió solo hasta la cúspide de la torre para hacer pasar el cabo que pudiera sostener el mamotreto desde el cuello, dado que los obreros, que siempre trabajaron a nivel de la calle, sufrían de vértigo apenas llegando al primer anillo del monumento. Así se bajó lentamente la estatua, sin riesgo de una caída sobre una multitud descontrolada de personas que ansiaba ya verla en el piso de la explanada. Una grúa iba desenrollando el cabo con cuidado, donde el operador seguía las instrucciones que la esposa de Nelson recibía por el walkie".
Fue recién a la tarde de ese martes cuando la estatua finalmente se desprendió de su lugar y quedó inclinada sobre el vacío, como ahorcada del cuello por las cadenas, mientras los gritos de júbilo saludaban la maniobra. Finalmente la grúa la depositó en el piso, cabeza abajo. En seguida, varias personas subieron sobre ella y empezaron a bailar y a zapatear...
"Stroessner cae por segunda vez", tituló en portada el diario Última Hora, en su edición de la tarde de ese martes 8.
Un detalle que apunta el ingeniero Moreno: los pies cortados de la estatua del ex dictador aún siguen en el lugar donde estaba.

Restos de la estatua, en el monumento realizado por Carlos Colombino, en la Plaza de los Desaparecidos.
Atrapado entre dos moles de cemento...

Tras la euforia generalizada, la enorme estatua del ex dictador fue cargada en la carrocería de un camión y trasladada a los talleres de la Municipalidad, donde permaneció guardada por 4 años.
"Era el lugar donde nos pareció más seguro tenerlo, pero ahora pienso que arrojarlo entre los hierros viejos y desechos era como ponerlo en ese lugar que alguna vez mencionó Trosky: en el basurero de la historia", sostiene Pali Kurz.
Durante ese periodo, varios seguidores stronistas intentaron recuperarla, realizando millonarias ofertas para adquirirla a la Municipalidad.
El más insistente fue el empresario José Icho Planás, quien realizó varias ofertas públicas, expresando su deseo de adquirir la estatua y colocarla en "un sitio donde realmente se merece".
Ese fue el mismo argumento que utilizó el gran artista plástico y escritor Carlos Colombino, cuando propuso reciclar la estatua en otro monumento, pero esta vez dedicado a sus víctimas.
Con paciencia de orfebre, procedió a cortar la estatua en fragmentos, dejando partes bien reconocibles, y las enterró entre dos grandes moles de cemento.
El monumento fue inaugurado en 1995, en la Plaza de los Desaparecidos, al costado del Palacio de Gobierno.
La ex estatua del ex dictador Alfredo Stroessner ahora está allí, emergiendo entre el bloque de cemento. En un fragmento se le ven los ojos muertos, como mirando a la nada. En otro el bigote militar y la boca inconfundible, con el labio inferior más gordo, rasgo que alguna vez le granjeó el célebre apodo de "tembelo". Y las manos cortadas, con los dedos apuntando con un gesto acusador...

Encima hay otro bloque de cemento, como aplastándolo para que no se escape...

lunes, 16 de mayo de 2016

Plan Cóndor: Hace 39 años, el avión de la muerte volaba desde Asunción

El dictador argentino Jorge Videla y su par paraguayo Alfredo Stroessner, reunidos en 1977, en Asunción.
El 16 de mayo de 1977, mientras se apagaba el eco de las fiestas de la Independencia, un birreactor de la Armada Argentina partía desde Asunción llevando a 5 presos políticos, argentinos y uruguayos secuestrados en Paraguay, que luego fueron desaparecidos. El propio almirante Emilio Massera viajó en ese vuelo. Este 27 de mayo se conocerá en Buenos Aires la sentencia del juicio sobre el Plan Cóndor, que incluye a los 5 de Asunción.

Por Andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman

La brusca frenada de varios vehículos frente a la humilde pensión que funcionaba en el número 884 de la calle Fulgencio R. Moreno (actualmente Humaitá, en las inmediaciones de la escalinata Antequera), en el centro de Asunción, apenas llamó la atención de los vecinos.
Era el 29 de marzo de 1977. Paraguay sufría una de las más grandes escaladas represivas durante la larga dictadura militar del general Alfredo Stroessner, quien gobernó de 1954 a 1989.
A la mayoría de los pobladores les resultaba frecuente ver a vehículos policiales o particulares detenerse frente a las puertas de una casa o de un edificio, observar cómo bajaban rápidamente hombres vestidos de civil o con uniforme, con armas de fuego, a rodear el lugar y proceder a los famosos "operativos de captura de elementos subversivos".
Aquel 29 de marzo, sin embargo, había militares argentinos y uruguayos acompañando el procedimiento en la modesta pensión de la calle Fulgencio R. Moreno.
Hacía días que venían siguiendo las pistas de 3 ciudadanos argentinos (dos hombres y una mujer) y 2 uruguayos que se alojaban en esa pensión, huyendo de la represión en sus respectivos países, donde también gobernaban dictaduras (en Argentina, el general Jorge Rafael Videla; en Uruguay, Aparicio Méndez).
El operativo, en aquella pensión, concluyó con la captura de los argentinos Alejandro José Logoluso, Dora Marta Landi Gil y José Nell, y los uruguayos Nelson Santana Scotto y Gustavo Edison Insaurralde. Además fue arrestado el dueño de la pensión, un empresario de apellido Peña.
Los cinco extranjeros detenidos fueron llevados primero al Departamento de Vigilancia y Delitos de la Policía y luego al temible Departamento de Investigaciones, donde fueron sometidos a sesiones de tortura, de las que participaron los militares argentinos y uruguayos.
La siniestra Operación Cóndor o Plan Cóndor, como se llamó al sistema de cooperación entre las dictaduras del Cono Sur para la cacería transfronteriza y el intercambio ilegal de prisioneros políticos, se empezaba a aplicar sistemáticamente.

Aquí funcionaba una pensión en 1977, sobre Fulgencio R. Moreno, donde fueron secuestrados los hoy cinco desaparecidos.
Torturados mientras Videla y Stroessner se abrazaban

El dictador argentino Jorge Rafael Videla visitó oficialmente el Paraguay el 20 de abril de 1977. Fue recibido por su colega, el general Alfredo Stroessner, en el aeropuerto internacional, que en ese momento llevaba el nombre del tirano paraguayo.
Videla recibió varios homenajes, entre ellos el collar de la Orden del Mariscal Francisco Solano López, durante un acto en el Palacio de Gobierno.
En la mañana del 20, Stroessner y Videla encabezaron un desfile militar por la avenida Mariscal López, frente a Mburuvicha Róga, saludando al público desde un auto Chevrolet Caprice de color blanco, descapotable, el mismo que en 2013 utilizó de nuevo el presidente Horacio Cartes al asumir el cargo, provocando entonces mucha polémica.
Mientras Stressner y Videla se abrazaban y suscribían nuevos acuerdos de cooperación, entre ellos "para la lucha contra la subversión", según destacaba un cable de la agencia France-Presse, los cinco presos políticos argentinos y uruguayos seguían siendo sometidos a torturas en dependencias policiales, con la participación de los militares de ambos países vecinos.
Un "informe secreto" de un servicio de inteligencia de la Armada argentina ("Resumen de actividades ICIA – días 5/6 abril 1977"), obtenido en el Centro de Documentación y Archivo del Museo de la Justicia, más conocido como "Archivo del Terror", informa sobre la detención de los 3 argentinos y los 2 uruguayos en Asunción. El documento indica que "se toma contacto con la Jefatura del departamento II Inteligencia del Ejército (argentino), encontrándose presentes en la oportunidad personal del Servicio de Inteligencia de la República del Uruguay".
El informe da cuenta del resultado "de los interrogatorios" con la Policía paraguaya y sostiene que los dos uruguayos (Nelson Santana Scotto y Gustavo Edison Insaurralde) eran miembros del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), una organización política de orientación marxista, y que habían venido a Asunción buscando obtener documentos para luego viajar a otros países.
En cuanto al argentino Alejandro José Logoluso, el informe asegura que el mismo era militante de la Juventud Peronista, pero que "no pertenecería" a su brazo armado, la organización Montoneros.
Logoluso era concubino de Dora Marta Landi Gil, de quien indica "no posee ningún tipo de militancia en Montoneros o colaterales, estimándose también que se encontraría desvinculada a las anteriores actividades de su concubino". A pesar de esta observación, ella también fue "desaparecida".
En cuanto al otro argentino, José Nell, el informe destaca que era el padre de José Nell Tachi, un integrante del grupo armado Montoneros, y afirma que "vino a Asunción con una mujer joven para que obtenga su documentación y pueda dirigirse a Europa".
En 1977, Stroessner y Videla desfilaron en el auto descapotable que Horacio Cartes volvió a usar en 2013.
El avión de la muerte en Asunción

Los tres argentinos y los dos uruguayos permanecieron detenidos en Investigaciones, en Asunción, desde el 29 de marzo hasta el 16 de mayo de 1977, cuando un avión birreactor de la Armada Argentina vino a buscarlos.
La conocida dirigente social y política Guillermina Kannonikof recuerda haber conocido a la argentina Dora Marta Landi en Investigaciones, cuando ella fue traída por unos días desde el penal de Emboscada hasta el centro de detención y torturas en la capital. "Era ella, la recuerdo y la reconozco perfectamente", afirma Guillermina tras ver una foto de Dora Marta.
En el "Archivo del Terror" del Museo de la Justicia, en Asunción, hay otro documento clave que revela lo que pasó con los cincos presos políticos capturados en Asunción. Se trata de una nota oficial, con fecha 16 de mayo de 1977, enviada por el entonces director de Política y Afines de la Policía Nacional, comisario principal Alberto B. Cantero, a su jefe inmediato, el tristemente célebre jefe del Departamento de Investigaciones, Pastor Milciades Coronel.
La nota dice, textualmente:

"Tengo el honor de dirigirme a esa superioridad, con el objeto de elevar a su conocimiento que en el día de la fecha, siendo las 16.34 horas, en un avión bi-reactor de la Armada Argentina, con matrícula 5-7-30-0653, piloteado por el capitán de Corbeta José Abdala, viajaron con destino a la ciudad de Buenos Aires (R.A.), los siguientes detenidos: Gustavo Edilson Insaurralde (uruguayo), Nelson Rodolfo Santana Scotto (uruguayo), José Nell (argentino), Alejandro José Logoluso (argentino) y Dora Marta Landi Gil (argentina)".
“Las mencionadas personas fueron entregadas por conducto de esta dirección, en presencia del coronel D.E.M. don Benito Guanes y del capitán de fragata Lázaro Sosa, al teniente primero José Montenegro y Juan Manuel Berret, ambos del Servicio de Inteligencia del Ejército argentino (SIDE)”.

Esta nota, de carácter oficial, es una de las pruebas más contundentes de cómo funcionaba el Plan Cóndor.
Pero aunque los policías paraguayos dejaban constancia de sus crímenes en documentos oficiales, con absoluta impunidad, sus colegas represores argentinos eran más cuidadosos para ocultar sus huellas.
El periodista investigador Samuel Blixen, del semanario Brecha, de Uruguay, destaca que la matrícula del avión birreactor de la Armada Argentina que llegó hasta Asunción para llevarse a los 5 presos era en realidad 5-T-30, un aparato Hawker Siddeey HS-125 , que en 1977 estaba destinado exclusivamente al comandante de dicha Armada, el almirante Emilio Massera.
Informe de la entrega de los capturados a la Armada Argentina. Museo de la Justicia.
Massera voló con los 5 desaparecidos

Otro importante detalle que revela el periodista uruguayo Samuel Blixen es que el piloto de aquel avión de la muerte, que según la Policía paraguaya era el capitán de corbeta José Abdala, tenía en realidad un nombre falso.
Varios sobrevivientes de la represión dictatorial habían identificado que el supuesto José Abdala era en realidad el capitán de corbeta Luis D'Imperio, "quien en 1977 fue jefe del grupo operativo de la inteligencia naval" y dirigió varios vuelos de traslado de presos políticos desde países vecinos, que luego engrosaron las listas de desaparecidos. Estos vuelos pasaron a ser conocidos como "los vuelos de la muerte".
El periodista Blixen destaca que "el 15 de mayo de 1977, el capitán D'Imperio trasladó en el avión al propio Emilio Massera hasta la ciudad de Santa Fe, donde se desarrollaron los actos por el Día de la Armada. El avión dejó a Massera en Santa Fe, voló hasta Asunción, recogió a los cinco detenidos y volvió a Santa Fe, para que el almirante Massera pudiera retornar ese día 16 de mayo a Buenos Aires. Massera viajó con los desaparecidos".
No hay muchas pistas de lo que finalmente ocurrió con los cincos detenidos que fueron entregados por la dictadura paraguaya a su par argentina. Un dirigente de la Central de Trabajadores de Argentina (CTA), Gustavo Peidró, declaró ante la causa que investiga el Plan Cóndor que él coincidió con uno de los presos uruguayos, Gustavo Insaurralde, en el centro de detención clandestina conocido como Club Atlético, en Buenos Aires.
"Es el uruguayo que me contó que lo habían traído desde Asunción", declaró Peidró ante el juez de la causa, Rodolfo Canicova Corral.
Los detenidos-desaparecidos, conocidos como "los cinco de Asunción", están incluidos en el juicio sobre el Plan Cóndor, cuya sentencia se dará a conocer en Buenos Aires el próximo 27 de mayo.
El Tribunal Oral Federal 1 inició en marzo de 2013 el juicio oral al que llegaron solo 18 de los 33 acusados, entre ellos el ex presidente de facto Reynaldo Benito Antonio Bignone y Santiago Omar Riveros, en perjuicio de 25 víctimas. En ese marco se analizaron 171 casos y resultaron determinantes los documentos encontrados en el "Archivo del Terror" del Museo de la Justicia del Paraguay.

Quizás entonces, si se llega a hacer justicia, aquel siniestro vuelo del "avión de la muerte", que partió desde Asunción en mayo de 1977, por fin pueda acabar en paz.

lunes, 9 de mayo de 2016

Las rejas de la libertad



Por Andrés Colmán Gutiérrez

Los símbolos más revolucionarios a veces resultan contradictorios.
Hace casi un año, para motivar a ponerse de pie y movilizarse en reclamo de una mejor educación, los alumnos del Colegio Cristo Rey se sentaron y quedaron inmóviles, todos juntos en el suelo.
Así impusieron las célebres "sentatas", que se extendieron en oleada por colegios de todo el país, creando un clima de indignación y rebeldía ciudadana, generando la multitudinaria marcha de secundarios del 18 de setiembre de 2015 y abriendo puertas a la gran revuelta estudiantil universitaria de #UNAnotecalles.
Paradoja u oxímoron: Convirtieron un gesto estático y pasivo –el de sentarse y quedarse quietos–, en un dinámico elemento movilizador.
Esta semana, los chicos y chicas de la Organización Nacional Estudiantil fundaron otro poderoso símbolo, que ya está grabado en el inconsciente colectivo paraguayo: el de la ventana de la esperanza y las rejas de la libertad.
En la mañana del martes, cuando los integrantes de la ONE tomaron el colegio República Argentina, en realidad pensaban ocupar todo el edificio, pero al percibir que la policía rompía la puerta para sacarlos, diez de ellos decidieron atrincherarse en un aula, que tiene una ventana con rejas hacia la calle.
Es una descascarada ventana con barrotes de metal, tan clásica en las casonas asuncenas de estilo colonial. Una ventana de postal turística, como la que describen músicos y poetas en románticas escenas de furtivas serenatas.
Esa ventana se volvió la más famosa del país, al ser el único nexo de comunicación de Camila, Éver, Brisa, Arnaldo, Sofía, Daniel, Rodney, Alfredo, Fátima y Darío con el resto del mundo. A través de esa ventana, aferrados a los barrotes, transmitieron su mensaje a los medios de comunicación, recibieron víveres y abrazos de solidaridad, percibieron cómo iba creciendo la ola de rebeldía cuya mecha ellos y ellas habían encendido, y desde allí contemplaron cómo el Gobierno acusaba el golpe y una ministra de Educación era derribada de su soberbia y su terca negación de la realidad.
Diez adolescentes tuvieron que encerrarse para ayudarnos a ser más libres. Tuvieron que suspender sus clases por la fuerza, para impartir la mayor lección de coraje cívico y de necesaria unidad para forzar los cambios. Contradictorio país, en el que los jóvenes educan a sus mayores.
La caída de una ministra no resuelve el problema, pero vuelve más visible el gran desafío. Pareciera que los jóvenes tienen claro lo que hay que hacer, pero para que puedan lograrlo necesitan que los sigamos acompañando solidariamente.
Hay una nueva ventana abierta al futuro y esta no tiene rejas. De todos depende que no vuelva a cerrarse.


(Publicado en la columna “Al otro lado del silencio”, sección Opinión del diario Última Hora, edición del sábado 7 de mayo de 2016)

miércoles, 20 de abril de 2016

Periodismo, movilizaciones y diferencias



Una de mis frases preferidas del gran escritor y periodista británico George Orwell es la siguiente: “El periodismo consiste en decir cosas que alguien no quiere que digas: todo lo demás son relaciones públicas”
La otra, muy similar y también de Orwell, es esta: “Si la libertad significa algo, es el derecho de decir a los demás lo que no quieren oír“
El sábado pasado, 16 de abril, dediqué mi columna de opinión en Última Hora a la gran movilización de los campesinos y cooperativistas, con un doble tono crítico, dirigido tanto al Gobierno y a la clase política, por su reiterada insensibilidad ante el drama campesino, como también a los dirigentes y organizadores, porque desde mi particular lectura me pareció que estaban desperdiciando la gran fuerza que habían logrado aglutinar, al equivocarse de antagonistas, decidiendo confrontar no solo contra la gente del Gobierno y el Congreso, sino con la misma ciudadanía y con los periodistas y medios de prensa, cuando podríamos ser también sus potenciales aliados.
Si, sé que es un texto muy básico y breve, por lo reducido del espacio en la página, por la premura con que producimos en los diarios, y por algunas cosas más. Sin embargo, es un texto sincero.
Quienes conocen mi trayectoria profesional y mi forma de pensar, saben que me siento más cerca de las históricas luchas populares que de las movidas de los poderosos (aunque a veces no lo parezca). También saben que, con el paso de los años, me voy sintiendo más libre a la hora de escribir, menos populista y menos maniqueo, tendiente a valorar las cosas no solo en blanco o negro, no solo bueno o malo, sin términos medios, sino teniendo en cuenta sus más diversos matices.
Hubiera sido fácil y más cómodo escribir un artículo que solo aplauda la movilización y quizás quedar como un ídolo antes quienes la impulsan y la apoyan, pero me parecía que había cosas que se debían apuntar, aun dejando claro que uno está a favor de estas cosas, siempre.
Había percepciones sobre actitudes o errores de estrategia que me pareció necesario poner de resalto, aun dentro de lo reducido del espacio de la columna, y que quizás merezcan más atención cuando uno las dice desde cerca, desde el afecto solidario pero también desde la observación crítica, y no precisamente desde el otro lado de la trinchera.
Sabía que el artículo no iba a agradar mucho a los compañeros y compañeras de buenas causas compartidas, y de hecho me lo hicieron saber. Me reprocharon que estaba siendo ingenuo, o deliberadamente “un elemento de la oligarquía, o de la prensa burguesa”, o que “hay cosas que pueden ser ciertas, pero no se dicen para no dar elementos al adversario”. Me acusaron de ser parte del cuestionado “cerco mediático”.
Aguanté el chubasco, como siempre hago. Hace rato que le perdí el temor a estas cosas. Pero también recibí varios mensajes de personas que se prendieron al debate y enriquecieron mis premisas básicas.
Hoy, además, recibí una grata sorpresa, cuando me trajeron personalmente a la Redacción una nota firmada por los máximos dirigentes de cuatro organizaciones sociales: la Federación Nacional Campesina (FNC), el Partido Paraguay Pyahura (PPP), la Organización de Trabajadores de la Educación del Paraguay - Sindicato Nacional (OTEP SN) y la Corriente Sindical Clasista (CSC).
Me parece que tiene que ver con lo que decía en el artículo, lo de la “diferencia con otras organizaciones campesinas que buscan empatía y adhesión ciudadana en sus movilizaciones”. Tiene que ver con estilos distintos de construir proyectos y de concebir la militancia. Tiene que ver con no meter a todos en la misma bolsa, con aprender a distinguir y a construir sobre las críticas y diferencias. Tiene que ver con todo eso y mucho más...

Sinceramente, gracias.