sábado, 26 de noviembre de 2016

El traje de Rodríguez y el uniforme de Fidel


Sucedió a inicios de los años 90, en uno de las primeras cumbres de presidentes latinoamericanos al cual el entonces flamante presidente paraguayo, general Andrés Rodríguez, asistió tras haber derrocado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Los mandatarios caminaban juntos hacia uno de los centros de eventos, mientras conversaban, en medio de una nube de guardias de seguridad.
Rodríguez, de impecable traje azul y corbata, se ufanaba de estar allí, entre sus varios colegas latinoamericanos. El único que desentonaba en el grupo con su vestimenta era el presidente cubano, Fidel Castro, quien iba con su estridente uniforme verde militar, su gorra de comandante y su eterna barba.
Rodríguez no quiso dejar pasar la oportunidad de sacar a relucir su condición de recién converso al sistema democrático, y entonces, alzando la voz con su estilo paraguayo campechano, interpeló a Fidel.

-¡Comandante…! ¿No le parece que ya es hora de sacarse el traje militar y ponerse un traje democrático, igual que nosotros?

Los demás mandatarios festejaron la exhortación del paraguayo, palmeando al comandante. “Si, Fidel, ya es hora”. “¿Para cuándo...?”.
Fidel simplemente sonrió y guardó silencio.
Disminuyó los pasos y se fue quedando más atrás del grupo en que estaba Rodríguez.
Entonces, desde atrás, con su potente y estentórea voz, gritó:

-¡General…!

Del grupo que iba adelante, Andrés Rodríguez fue el único que se paró y volteó la mirada hacia atrás.
Fidel Castro, con una amplia sonrisa, abrió los brazos y le dijo:

-Ya ve, general. Uno puede cambiarse de traje, pero sigue siendo el mismo. Por algo dicen que el hábito no hace al monje.

***

Con esta anécdota real sobre Fidel y Rodríguez nos divertimos mucho en aquellos años que siguieron a la caída de la dictadura.
Cuba y Castro se abrían en las páginas de la prensa paraguaya como un misterio a develar, luego de haber permanecido durante décadas como un retrato del infierno, cueva de comunistas salvajes comedores de niños, según la propaganda de la dictadura stronista.
Finalmente pudimos ver a Fidel de cerca cuando estuvo por única vez en Paraguay, en agosto de 2003, para la asunción al gobierno de Nicanor Duarte Frutos y mantuvo aquel encuentro multitudinario y lleno de anécdotas en el estadio del Consejo Nacional de Deportes.
Su gesto más significativo, entonces, fue visitar a nuestro gran escritor Augusto Roa Bastos en su departamento de Manora, y llevárselo con él a Cuba para someterlo a un chequeo y tratamiento médico intensivo, en medio de un cúmulo de homenajes literarios y de cariño. Fue probablemente una de las grandes alegrías que el autor de Yo El Supremo recibió en sus últimos años de vida.
Ahora que parece que finalmente se ha muerto el guerrero de Sierra Maestra, al que la CIA intentó asesinar infructuosamente en centenas de atentados y los internautas mataron en miles de posteos falsos, se escribirán millones de líneas de texto, llamándolo gran héroe revolucionario o perverso dictador sanguinario.
Fidel fue todo eso y mucho más. 
Al igual que el Che, que Kennedy, que Martin Luther King, que Hitler, fue una de las grandes figuras que marcó la historia del mundo en el Siglo XX. 
Hace mucho que Fidel está en las páginas de la Historia, con mayúsculas. 
De allí nadie nunca lo podrá borrar.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

María Edith: Hace 15 años ocurrió el primer secuestro que dio origen al EPP


El 16 de noviembre de 2001, Maria Edith Bordón de Debernardi fue secuestrada en el Parque Ñu Guasu de Asunción y sería mantenida 64 días en cautiverio, hasta ser liberada en la madrugada del 19 de enero de 2002.
Era el inicio de lo que pronto se consideraría “la industria del secuestro” y marcó en escena la aparición de un grupo armado que recién 7 años después, en 2008, reivindicaría para sí el nombre de una presunta guerrilla, el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).
A 15 años de aquel hecho delictivo que conmovió a la sociedad paraguaya, ofrecemos la reconstrucción de lo ocurrido, tal como la hemos publicado originalmente en el libro “EPP: La verdadera historia”, que apareció en 2011, en una colección de 12 fascículos con el diario Última Hora.


Por Andrés Colmán Gutiérrez

Ella iba prácticamente todos los días, de lunes a viernes, a realizar caminatas al Parque Ñu Guazú, el mayor espacio verde habilitado para realizar ejercicios aeróbicos, en un amplio campo cercano al Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi, en los límites entre Asunción  y Luque.
Maria Edith Bordón de Debernardi, apodada Nika, a pesar de ser la esposa del Ingeniero Antonio Debernardi, hijo de uno de los hombres más acaudalados y poderosos durante la dictadura stronista y el posterior periodo de transición, se movilizaba sin custodia, manejando ella misma su camioneta todoterreno, una Jeep Grand Cherokee, color gris metálico, chapa ABA 890.
Ese viernes 16 de noviembre de 2001, Nika se había levantado antes que su marido. Tras compartir desayuno con sus hijos, como a las 8:30, Antonio se dirigió a su oficina, y Maria Edith pasó a buscar a su amiga, Elizabeth Gunther de Niedhammer, para ir juntas a Ñu Guazú.
Se detuvieron en un supermercado a comprar botellas de agua mineral. Ninguna percibió que un automóvil, presumiblemente un Volkswagen Santana, también color gris metálico, las seguía a distancia.
“Al terminar de caminar, fuimos a mi auto y nos pusimos a conversar. Las dos estuvimos con las puertas abiertas. Repentinamente se acercaron tres muchachos a la mano izquierda”, relata Maria Edith, en su posterior declaración testifical ante la Fiscalía.
-Vamos a usar un ratito tu camioneta –le dijo uno de ellos, imperativo- ¡Esto es un secuestro!
Nika no opuso resistencia. A su amiga Elizabeth la bajaron del vehículo a empujones, mientras a ella la hicieron pasar al asiento de atrás, tapándole la boca para que no grite.
Uno de los desconocidos subió a su lado, los otros dos adelante, y el que ocupó el lugar del chofer puso en marcha el motor.
“Me hicieron agachar para que no vea el camino, y la persona que viajó a mi lado me estuvo atajando para que no me levante”, rememora.
Tres años más tarde, durante el juicio, Nika identificaría al hombre que la inmovilizó en el asiento trasero como Aldo Meza, miembro del grupo, también acusado de participar en el posterior secuestro y asesinato de Cecilia Cubas.
El vehículo iba a gran velocidad y ella sintió que en algún momento casi se volcó al girar. Los giros eran a la izquierda, en dirección a Luque.
Se detuvieron a pocos minutos y el que iba a su lado le colocó una capucha en la cabeza. Le unieron las manos atrás y las inmovilizaron con esposas. Le sacaron los calzados deportivos y le ataron las piernas con una cuerda. La metieron en una gran bolsa de plástico y la alzaron para depositarla acostada en un lugar que ella adivinó como la valijera de un auto.
El viaje continuó, con otras dos paradas, donde la sacaron y la volvieron a meter a la valijera de otros vehículos.  La música de la radio sonaba muy fuerte.
“Recuerdo que no podía respirar y pedí auxilio. Entonces uno de ellos se me acercó y me amenazó, me apuntó (con el arma) por la cabeza. Me dijo que me callara o si no me iban a reventar la cabeza, hasta que uno de ellos me abrió la capucha para poder respirar”, cuenta.
Entonces Maria Edith sintió que una mano le tocaba el muslo y después el pinchazo de una aguja.
Le habían inyectado un sedante.

La camioneta de Maria Edith, abandonada cerca del lugar donde la secuestraron.,
Conmoción en la ciudadanía

El ingeniero Antonio Debernardi llegó a su oficina, sobre la calle General Garay, poco antes de las 9:00, donde lo esperaban el arquitecto Julio Mendoza y los ingenieros Ricardo Levi y Jorge Moreno, para una reunión de trabajo.
Cerca de las 9:20, su teléfono celular empezó a sonar con insistencia, pero él no hizo caso, para no interrumpir la reunión.
A los pocos minutos, su secretaria, María Graciela Castillo, entró llorando a la sala.
“Me contó que la señora Gunther la había llamado por la línea baja y le había contado que habían robado la camioneta de mi señora, y que habían llevado también a mi señora…”, relata Debernardi, en su declaración testifical.
La reunión empresarial se interrumpió bruscamente. El esposo se puso en contacto con la policía para denunciar lo ocurrido, y en seguida empezó a movilizar por teléfono a varios amigos.
Uno de sus contactos con influencia en el Gobierno, el ingeniero Juan Manuel Cano Fleitas, logró que el Ministerio de Defensa Nacional ordene una rápida patrulla aérea con un helicóptero de la Armada, en busca del vehículo de María Edith.
Antes del mediodía, Cano Fleitas llamó para informar que la camioneta había sido encontrada, vacía y abandonada, en las inmediaciones del Club Internacional de Tenis, a poca distancia de la avenida Madame Lynch (Calle Última), no muy lejos del lugar en que se inició el secuestro.
No había rastros de María Edith.
Para entonces, voceros de la Policía ya habían filtrado la información a los medios de prensa. Las radio emisoras y canales de televisión emitían boletines especiales urgentes acerca del posible secuestro de la esposa de uno de los considerados “magnates de Itaipú”, nuera del ex presidente de la ANDE (Administración Nacional de Electricidad) y ex director paraguayo de la hidroeléctrica Itaipú durante la dictadura de Stroessner, y luego ministro de Hacienda durante el Gobierno de transición del general Andrés Rodríguez, el ingeniero Enzo Debernardi.
Pasadas las 10:00, el comandante de la Policía Nacional, Blas Chamorro, ordenó realizar los primeros rastrillajes y barreras de control en Luque, Limpio, Emboscada y otras zonas del Área Metropolitana, buscando cortar una posible huida de los secuestradores, sin obtener resultados. También se difundió un aviso de alerta máxima a todos los puestos fronterizos.
Era el primer secuestro que se producía luego de varios años en Paraguay.
Los anteriores casos conocidos fueron el del niño Mario Luis Palmieri, secuestrado y asesinado sin solicitud de pago de rescate, en marzo de 1982, y el del médico Wenceslao Meza, secuestrado y asesinado sin pago de rescate, en junio de 1992. El secuestro extorsivo como práctica criminal era entonces algo casi inusual en el país.
Las víctimas, los involucrados directos, los investigadores, las autoridades y el resto de la sociedad, no podían imaginar siquiera que estaban ante el inicio de una serie de más secuestros, ataques a establecimientos ganaderos, puestos policiales y militares, con pérdidas de vidas humanas… marcando la irrupción y la evolución de un grupo armado con un proyecto político de tipo guerrillero, y que con los años iba a reivindicar para sí el nombre de Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).

La celda en que Maria Edith estuvo cautiva.
 Encerrada en un sótano, entre cucarachas y alacranes

“Llegamos a una casa, y uno de ellos me bajó y sentó en el piso. Después me llevaron a una cama. Entre ellos murmuraban, pero no podía escuchar lo que decían. Me daba cuenta de que se comunicaban por señas. Era solo murmullo lo que escuchaba, y tuve mucho miedo…”, sigue el relato de María Edith de Debernardi, acerca de lo ocurrido en esa primera mañana del 16 de noviembre.
Solo tres años después, los investigadores descubrirían que la casa en que la mantuvieron secuestrada estaba en el populoso barrio Palomar, de Asunción, sobre la calle Mencia de Sanabria Nº 313, casi Yataity Corá, a pocas cuadras de la confluencia de las avenidas General Santos y Fernando de la Mora, y había sido alquilada del propietario, Tito Cáceres Buena, por un miembro del grupo armado, Melanio Mencia Esteche.
Ella sintió que la cargaban hasta un lugar que al principio pensó era el interior de un ropero o un armario. Finalmente, cuando le sacaron la capucha, descubrió que estaba en un sótano, donde había una estrecha celda con paredes de hormigón y una puerta de metal con rejas. Allí la encerraron, tras liberarla de ataduras y esposas.
“No había luz, había mucho olor a humedad, las paredes estaban con revoque, había paredes con pinturas negras. El piso era de tierra. Había muchos bichos, alacranes, cucarachas. Mi cama era muy angostita, era de cemento, tenía un colchón de espuma, finito. Me acuerdo que la cama llegaba hasta mi rodilla, pero había un agujero dentro de la pared, en que podía meter mis piernas hasta la rodilla”, describe.
Al lado de su celda, del otro lado de los barrotes, dos hombres con el rostro cubierto por pasamontañas montaban guardia.
“Estaban armados, tenían cuchillos, granadas, pistolas y chichoneras. Uno de ellos me pasó un papel para que lea. Decía que no le tenía que hablar al guardia, no le tenía que mirar, y si necesitaba algo, tenía que pedirlo por escrito. Me comentó que había explosivos”, relata Maria Edith.
Para hacer sus necesidades fisiológicas le dieron un baldecito y una bolsa de basura. Además le dejaron un termo con agua.
La primera noche, uno de los guardias le avisó que el jefe del grupo iba a bajar a hablar con ella. El descenso era por un hueco, a través de una precaria escalera, como la que usan los pintores.
“La persona que se me acercó tenía un antifaz, con una camisa celeste tirando más al azul, mangas cortas y no un pasamontañas. No puedo precisar la edad que tenía. Era de cutis blanco, estatura mediana, como 1,75 metros aproximadamente, flaco. Se expresaba muy bien en castellano, y me explicó que era un secuestro, pero primero me preguntó cómo me llamaba, si yo era la señora María Edith. Me dijo que si yo cooperaba con ellos, no me iban a hacer daño, y que iban a pedir un rescate por mí, y que en ese momento se retiraba para hacer las tratativas con mi marido”, relata Nika.
Años después, durante el juicio oral, ella aseguró que el jefe que la visitó esa noche era el dirigente del Partido Patria Libre, Juan Arrom, quien además era pariente político suyo, ya que una hermana de Juan, Marina Arrom, estaba entonces casada con un hermano de Maria Edith, el médico Guillermo Bordón.

Una de las cartas que Maria Edith escribió desde su celda.
 Empiezan las negociaciones

Tras 48 horas de la desaparición de su esposa, sin haber recibido comunicación o noticia de ella, el ingeniero Antonio Debernardi tuvo la certeza de que no se trataba de un simple robo de vehículo, sino de un caso de secuestro extorsivo, y se preparó para afrontarlo. Contrató a la empresa inglesa Control Risck Group, consultora internacional en seguridad, que envió a un grupo de expertos a asesorarlo en las negociaciones.
Para entonces, la noticia se había instalado como tema central en los medios de comunicación. La sociedad paraguaya seguía con gran conmoción cualquier información sobre la suerte de Maria Edith.
La Policía Nacional destinó en forma exclusiva a 300 efectivos para ocuparse del caso, pero todo el cuerpo estaba en alerta máxima. Al frente de las operaciones se designó al jefe de Investigación de Delitos, comisario Roberto González Cuquejo, y como principal asistente al jefe de Represión a Robos de Automotores, sub comisario Antonio Saturnino Gamarra. Desde el Ministerio Público, se puso a cargo de la investigación a los agentes fiscales Hugo Velázquez, Cynthia Lovera y Sandra Quiñonez.
El 3 de diciembre de 2001, 17 días después de la desaparición de María Edith, se produjo el primer contacto con los secuestradores. Un sobre cerrado, dirigido al doctor Guillermo Bordón, hermano de la secuestrada, fue dejado en una clínica donde el médico cumplía labores. Adentro estaba otro sobre para Antonio Debernardi.
“Había una carta manuscrita de mi esposa, que supongo era del 30 de noviembre de 2001, porque hacía alusiones a publicaciones periodísticas de esa fecha. Incluía una carta hecha a máquina de escribir, donde lo resaltante es que me informaban que tenían secuestrada a mi esposa, y me pedían para su liberación la suma de 12 millones de dólares”, narra el esposo.
La carta estaba firmada con el seudónimo El Abuelo, que se mantendría en las once cartas que recibió el marido: nueve le llegaron en forma directa o a través de familiares y amigos cercanos, mientras una fue dejada en el local del diario ABC Color y otra en Radio Ñandutí. 
En la primera carta pidieron que responda con un texto publicado en la sección de avisos fúnebres de los diarios argentinos Clarín y La Nación. Debernardi insertó en el aviso que “el rezo se hará en la casa número 10 y no en la casa 120”, dando a entender que podía pagar 1 millón de dólares, pero no 12 millones.
El 11 de diciembre, un segundo sobre fue dejado en casa del ingeniero Roberto Nagy, socio comercial de Debernardi. Además de otra carta manuscrita de Nika, esta vez había una fotografía tomada con una cámara instantánea Polaroid, en la que ella aparece sosteniendo un ejemplar del diario Clarín, edición del 7 de diciembre de 2001. Acompañaba una nueva carta de El abuelo, en la que aceptaba bajar el rescate a 10 millones de dólares.
Un tercer sobre, dejado el 19 de diciembre también en casa de Nagy, aceptó bajar el monto del rescate a 5 millones. Pedía que Debernardi confirme su aceptación a través de Radio Ñandutí. El marido respondió que antes necesitaba escuchar la voz de su esposa por teléfono, para certificar que estaba viva, y en caso positivo redoblaba su oferta, aunque no habló de cifras.
El cuarto sobre fue dejado en casa del político colorado Eduardo Venialgo, el 21 de diciembre. Incluía un micro casete con un mensaje grabado con la voz de María Edith. El precio del rescate se mantenía en los 5 millones.
Se aproximaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo, y todo hacía presagiar que las negociaciones iban a resultar mucho más largas de lo que la familia esperaba.

Tras su liberación, Maria Edith reconoce el túnel por el que la bajaron a su celda.

El juego del guardia bueno y el guardia malo

Al tercer día de su cautiverio en el sótano, Maria Edith fue alzada algunas horas a una habitación pequeña pero más ventilada, para luego ser devuelta a la celda.
Al cabo de una semana, la dejaron quedarse en esa pieza de modo más permanente. Luego la mudaron a otra, más cómoda. Manejaban los cambios de lugares de reclusión como un sistema de premios o castigos, según la actitud de docilidad o resistencia que ella asumía.
“Esa primera semana no comía, vivía a base de líquidos, no quería comer. Por el olor en el sótano, era imposible comer y no podía ni siquiera oler comida”, recuerda.
Una noche recibió la visita de una muchacha, delgada y morena, con el rostro cubierto por un pasamontañas, quien le proveyó medicamentos y tranquilizantes. Le llamó la atención que tenía cajas de Flexicamin B 12, comprimidos que ella debía tomar por una afección de tiroides. “Ella hablaba en castellano y su acento era de una paraguaya. Me ponía sedantes en la comida”, relata.
Entre las personas que se movían por la casa, Maria Edith contabilizó a unas ocho personas, incluyendo a una mujer que se encargaba de preparar la comida, y que estaba en ocasiones en compañía de un niño pequeño. A ella la identificaría luego como Carmen Villalba.
Dos hombres se turnaban en vigilarla y asumían roles distintos. Uno de ellos, al que llamó el guardia bueno y a quien durante el juicio identificó como Alcides Oviedo, era quien mejor la trataba.
“Solíamos conversar con este guardia, leíamos la Biblia, que me habían facilitado, le preguntaba por qué me hacían eso, respondiéndome que era por ambición, por dinero y por aventuras”, relató.
Nika lo describe como joven, de estatura mediana, muchos vellos, pelo corto de color negro, delgado, de cutis moreno, con una verruga cerca del ojo, en el pómulo izquierdo, cerca de la nariz. (Varias de estas descripciones físicas no coinciden con las de Oviedo, pero el Tribunal consideró esos datos como irrelevantes).
En cuanto al otro, a quien ella denomina el guardia malo, lo describe como muy petiso, muy flaco y muy nervioso, siempre con guantes y pasamontañas, con voz fina y con un trato muy despectivo e imperativo.
Durante el juicio, Maria Edith identificó como el guardia malo al periodista, poeta popular y dirigente de Patria Libre, Anuncio Martí. Para muchos que conocían a Martí, la acusación resultó difícil de creer, ya que el comunicador y activista siempre se caracterizó por un trato suave y afable con las personas con quienes se relacionaba, pero el Tribunal aceptó como válidas todas las evidencias.
“Con relación a las cartas que escribí, debía escribir lo que ellos me indicaban, y luego ellos las controlaban, obligándome a reescribirlas, si incluía algo que no era del agrado de ellos”, recuerda.
Le obligaron a tomarse fotos en dos oportunidades, sosteniendo un ejemplar del diario argentino Clarín, y otro del diario paraguayo Vanguardia, de Ciudad del Este, apuntándole con una ametralladora. Le colocaron vendas en el rostro, para simular que tenía heridas. 
“Para sacarme las fotografías, el guardia más agresivo me descompuso el peinado, lo cual me asustó mucho”, confiesa.
La mujer recuerda momentos críticos durante el largo cautiverio, que se prolongó durante 64 días. En una ocasión, escuchó que cavaban un pozo en el patio, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal, al pensar que estaban ya preparando su tumba, pero el guardia bueno la tranquilizó. Eran solamente tareas de refacción en el jardín.


Una de las cartas que envió el jefe de los secuestradores, con la firma "El abuelo".
Caen los primeros implicados y se inicia el pago del rescate

Tras varios arrestos de delincuentes comunes, que no arrojaron pistas concretas, el 24 de diciembre, en vísperas de Navidad, la policía encuentra su primer eslabón, al detener en Luque a José Tomás Rosa, un hombre con antecedentes de asaltos a bancos, y a su esposa Nidia Estigarribia. El mismo día, en Ciudad del Este, es detenido De los Santos Saldívar, con antecedentes de robo y tráfico ilegal de vehículos.
Mientras José Tomás y su esposa negaron toda vinculación, Saldívar admitió que los tres fueron contratados para participar en el secuestro de María Edith. La mujer habría trabajado en vigilancia previa a la víctima durante un mes, y los dos hombres intervinieron en el plagio en Ñu Guazú.
Paralelamente, con participación de la fiscalía, Antonio Debernardi avanzaba en las negociaciones con los secuestradores. En la carta número 9, dejada el 5 de enero de 2002 en casa de Guillermo Bordón, se estableció 2.250.000 dólares como cifra final para el rescate y se dio instrucciones para el pago.
La carta 11, última en llegar el 9 de enero, estableció como día de pago el 14 de enero. Debernardi propuso como entregadores del dinero a Guillermo y Carlos Bordón, hermanos de María Edith.
En la noche del 13 de enero, Debernardi se reunió con los fiscales del caso, con quienes –según su declaración testifical-, procedieron a fotocopiar un millón de dólares, todo en billetes de a cien, certificando cada copia.
El lunes 14, según relata, decidió distribuir solo 400.000 dólares en dos bolsos deportivos, y completó el volumen con hojas de diario. En cada bolso puso una nota en la que aclaraba que era solo una primera entrega, ya que aún no había completado el monto requerido.
A las 12:30 recibió una primera llamada al número de teléfono celular habilitado (0971-126939), de una voz femenina “con acento colombiano, peruano o venezolano”. Las restantes llamadas fueron de otra mujer, con acento paraguayo, que adoptó el nombre Obdulio.
A las 18:30 se inició el proceso. Guillermo y Carlos Bordón partieron a bordo de un vehículo Zuzuki Maruti, color rojo, hasta frente al hospital central del Instituto de Previsión Social (IPS), en el barrio Trinidad. Debajo de una piedra hallaron una hoja de papel que marcaba el paso siguiente.
Tras un periplo que los llevó por toda la ciudad, recorriendo 6 estaciones más durante casi dos horas, llegaron a la última escala, sobre la avenida Ita Ybaté (21 proyectada) casi Estados Unidos, Barrio Obrero, donde tres hombres  jóvenes interceptaron al vehículo. Al grito del santo y seña convenido (“¡Obdulio! ¡Obdulio!”), se llevaron los dos bolsos de dinero, caminando por Estados Unidos hasta la calle 19 proyectadas, donde los esperaba un automóvil Kia Pride, color gris metalizado.
Debernardi y su compadre, el ingeniero Francisco Griñó, observaron la escena desde el interior de otro vehículo y pudieron anotar la chapa del auto Kia: 198174, del Municipio de Asunción.
Una posterior verificación permitió comprobar que la placa fue expedida a nombre de Gilberto Chamil Setrini Cardozo, uno de los seis miembros del grupo arrestados en Choré, en 1997, cuando pretendían robar el banco local, a través de un túnel cavado desde una casa vecina.

El entonces fiscal Hugo Velazquez muestra la foto de Maria Edith cautiva, que enviaron los secuestradores.

María Edith libre: De caso policial a escándalo político

Tras el primer pago, Antonio Debernardi asegura haber mantenido nuevos contactos telefónicos con Obdulio, a quien explicó que no podía reunir más de 1 millón de dólares, y propuso cerrar la negociación entregando los restantes 600 mil.
“Después de consultar, me resolvió afirmativamente, siempre y cuando la entrega fuese al día siguiente, a más tardar, que yo acepté”, relata.
El 18 de enero, tras coordinar detalles por teléfono, se preparó la entrega, en el mismo vehículo y con los mismos emisarios: Carlos y Guillermo Bordón.
El operativo comenzó a las 19:31. El santo y seña escogido fue “cuarenta y cinco”. 
Tras un largo periplo, a las 21:00 llegaron a la plazoleta Sagrado Corazón de Jesús, detrás de la Parroquia Medalla Milagrosa, en la ciudad de Fernando de la Mora, donde esperaron unos 40 minutos, hasta que dos jóvenes se aproximaron.
-¡Cuarenta y siete…! –dijo uno de ellos, y al percatarse del error, corrigió- ¡Disculpe, cuarenta y cinco! ¡No miren…! ¡Cuarenta y cinco!
Guillermo Bordón les pasó los bolsos con el resto del dinero, y los dos se marcharon caminando.
En la casa del secuestro, María Edith recibió instrucciones de vestir ropas de hombre. Le taparon los oídos con algodón y los ojos con curitas, le pusieron un kepis y lentes oscuros, y la alzaron a un vehículo en marcha.
“Sentí que la calle era accidentada, parecía ser de tierra y luego me dieron muchas vueltas, por aproximadamente una hora y media”, recuerda.
Pasada la hora cero del sábado 19 de enero, Antonio Debernardi recibió una llamada de Obdulio, pidiéndole que vaya a buscar a su esposa en Aviadores del Chaco y Santísima Trinidad.
Salió a gran velocidad en una Toyota Land Cruiser, color verde, acompañado de su padre, Enzo Debernardi, su hijo también llamado Enzo y su cuñado Guillermo Bordón, hasta la dirección indicada, donde aguardaron con impaciencia durante más de una hora. Otra llamada de Obdulio los dirigió a otra dirección, Santa Teresa y Denis Roa, y de allí, nuevamente a Coronel Cabrera y Santa Teresa.
A María Edith la habían bajado del auto y la hicieron sentar en la vereda, ordenándole que no se mueva hasta que vengan a buscarla. Cuando sintió que el vehículo se marchó, ella  se sacó los lentes y las vendas de los ojos. Se encontró sola, en medio de una calle desierta y oscura.
Antonio vio desde la distancia a la figura vestida con ropas masculinas y encendió la luz alta del vehículo. Su hijo abrió la puerta y bajó corriendo a abrazar a su madre.
Maria Edith sintió entonces que regresaba a la vida, después de 64 días en el infierno.
Esa misma madrugada, en medio de la celebración por el retorno de Nika en casa de los Debernardi, el jefe de Investigación y Delitos de la Policía Nacional, comisario Roberto González Cuquejo, hacia una revelación que dejó perplejo a los periodistas, y que en pocas horas convertiría lo que hasta entonces era un extraordinario caso policial, en un verdadero escándalo político: “Se trató de un desenlace exitoso de un plan de un grupo de izquierda, con intenciones de promover la desestabilización del Gobierno”.
A pocos minutos, en las redacciones ya circulaba la copia de una orden de captura contra Juan Arrom Suhurt y Anuncio Martí, dirigentes del Partido Patria Libre, y contra los seis ex miembros de la llamada “Banda de Choré”: Alcides Oviedo, Carmen Villalba, Gilberto Setrini Cardozo, Pedro Maciel Cardozo, Lucio Silva y Francisco Espínola Lezcano.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El valiente aventurero que inició la estirpe de los Colmán en Paraguay


Con solo 17 años de edad, el inglés Nicholas Colman se embarcó en 1535 con Don Pedro de Mendoza a la conquista del Nuevo Mundo. Participó de las fundaciones de Buenos Aires y Asunción, perdió el brazo derecho en una pelea, ayudó a fundar Villa Ontiveros y Ciudad Real, dirigió una revuelta en la provincia del Guayrá, de la cual llegó a ser gobernador por breve tiempo, además de regidor de Ciudad Real.
Es el primer Colman que llegó a América e inició la estirpe de los Colmán (con acento sobre la “a”) en el Paraguay.
Con una mujer indígena tuvo un hijo, Juan Colmán, quien fue religioso de la orden franciscana, Fray Juan de San Bernardo, discípulo de Fray Luis de Bolaños, murió asesinado por los indios paranaes en un ritual antropofágico guaraní y es considerado un mártir de la Iglesia paraguaya.
En nuestra larga genealogía tuvimos a hombres ilustres como el poeta guaraní Narciso R. Colmán, el gran Rosicrán, autor de “Ñande ypykuéra” y también personas infames, como el tristemente célebre general Patricio Colmán, gran represor de la dictadura stronista.
Esta es la historia de aquel valiente aventurero que fue nuestro primer ancestro. Un homenaje a mi familia paterna.

Andrés Colmán Gutiérrez
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Tenía solo 17 años de edad y todos los sueños del mundo. El adolescente inglés Nicholas Colman había dejado atrás a su Hampton natal, al sur de Londres, Inglaterra, en compañía de un grupo de jóvenes marinos ingleses, para llegar hasta el puerto de Sanlúcar de Barrameda, donde la armada española estaba organizando una expedición para conquistar el sur de ese lejano territorio al otro lado del mar, todavía denominado Las Indias, el desconocido Nuevo Mundo hallado por el genovés Cristóbal Colón.
Era el 24 de agosto de 1535. Más de una decena de naves, con unos 3.000 hombres a bordo, zarpaban rumbo a la aventura.
El comandante de la expedición era el caballero Pedro de Mendoza y Luján, nombrado Primer Adelantado del Río de la Plata por el emperador Carlos V.
Había organizado el viaje con los fondos de su propio patrimonio, con el compromiso de fundar tres fuertes y construir un camino real desde el Río de la Plata hasta el Océano Pacífico, reservándose la ventaja de ser gobernador de las tierras conquistadas y quedarse con la mitad de los tesoros que secuestre a los aborígenes y el 90% de los rescates de los prisioneros.
Nacido en Hampton, en 1518, Nicholas Colman era uno de los pocos extranjeros en esa legión de españoles, junto a otros ingleses como él, entre ellos John Ruter, Richarte Limon y Robert Briche. Ya había castellanizado su nombre inglés Nicholas por Nicolás, aunque su apellido seguía sonando sajón.
Varias décadas después, el apellido Colman -que se pronuncia originalmente con un acento sobre la o- también sería transformado fonéticamente en el Paraguay, ganando una tilde pintada sobre la a: Colmán.

El manco inglés

En el grupo de conquistadores expedicionarios, el joven inglés era temido por su carácter irascible y peleador.
“Nicolás era de espíritu aventurero, se destacó siempre por su valentía, su arrojo ante el peligro y su liderazgo, a pesar de ser extranjero y no contar con ninguna hidalguía que lo ayudara a sobresalir entre sus pares”, relatan los historiadores paraguayos Margarita Durán Estragó y José Luis Salas en el libro Testimonio Indígena 1594-1627 (Servilibro, Asunción, 2015).
Aquel viaje inicial fue largo y azaroso. La flota de Mendoza fue dispersada por una fuerte tormenta frente a la costa de Brasil y el adelantado tuvo que desembarcar con las naves y hombres que logró recuperar en las playas de Santa Catalina, donde permaneció largas semanas gravemente enfermo. Su lugarteniente Juan de Osorio se hizo cargo del mando, pero cuando Mendoza se puso mejor lo sorprendió robando y lo hizo ajusticiar.
La expedición llegó finalmente al río de la Plata en enero de 1536. Nicolás Colman participó de la fundación del Fuerte del Buen Ayre, considerada la primera creación de Buenos Aires, en febrero de 1536.
Al año siguiente, Colman formó parte de la expedición del capitán Juan de Salazar de Espinoza, que partió en busca de otra anterior expedición, comandada por Juan de Ayolas, navegando aguas arriba por los cauces de los ríos Paraná y Paraguay, en busca de la  mítica Sierra de la Plata, un lugar que según las leyendas indígenas estaba lleno de metal precioso.
El 15 de agosto de 1537, Colman participó de la fundación del fuerte de Nuestra Señora Santa María de la Asunción. Era la segunda ciudad importante que ayudaba a nacer, la que sería su principal base de operaciones para numerosas expediciones aventureras, en las que fundaría además una genealogía en el Paraguay.   
En una de esas noches de campamento, Nicolás se vio envuelto en una pelea con varios otros conquistadores. En pleno duelo, uno de ellos le cortó y le arrancó el brazo derecho con un fuerte golpe de espada. Resistiendo el dolor, Nicolás tomó otro puñal con la izquierda y lo hundió en el corazón de su adversario, antes de caer mal herido. Desde ese momento quedó manco, pero no perdió la destreza ni la rebeldía, ganándose el apodo de “El manco inglés”.

El gobernador del Guayrá

No hay muchos registros históricos sobre la vida y aventuras de Nicolás Colman, pero se sabe que se quedó a vivir un tiempo en Asunción y participó activamente en la vida política y militar, especialmente en la revuelta que causó la destitución del entonces teniente de gobernador interino Francisco de Mendoza, ante las falsas versiones de que el gobernador Domingo Martínez de Irala había sido asesinado por los indios durante una expedición.
Nicolás fue uno de los líderes de esa revuelta, que depuso a Mendoza y organizó una votación popular en la que el capitán Diego Gonzalo de Abreu resultó electo en el cargo de teniente de gobernador, en 1548.
Pero el intrépido inglés no se quedaba mucho tiempo en un solo lugar. Muy pronto se unió a otras expediciones hacia el corazón de la selva y participó de las fundaciones de nuevas ciudades.
El primer historiador paraguayo, Ruy Díaz de Guzmán, cuenta que su abuelo, el gobernador Domingo Martínez de Irala, había llegado a la zona de las Siete Cascadas del río Paraná, acudiendo al auxilio de algunos caciques guaraníes, entre ellos el cacique Guayrá y el cacique Canindeyú, quienes pedían protección ante el ataque de los pueblos tupíes, empujados por los portugueses a ocupar nuevos territorios hacia el Sur.
La mejor opción para frenar el avance fue fundar nuevos pueblos en la región. Siguiendo la orden de Martínez de Irala, en 1554 partió desde Asunción una expedición con 60 hombres al mando del capitán García Rodríguez de Vergara, con la misión de establecer un poblado en la agreste región. Nicolás Colman era de nuevo de los expedicionarios.
La Villa de Ontiveros fue fundada en 1554, en las tierras del cacique Canindeyú, a una legua de las siete cascadas del Paraná, que desde entonces fueron conocidos como los Saltos del Guairá, en honor a otro gran cacique guaraní, en lo que es actualmente la zona norte del estado brasileño de Paraná.
Con la instauración de la Villa de Ontiveros, nacía también la llamada Provincia de la Guayra, o territorio del Guairá, como parte de la tenencia de gobierno general de Asunción, que se mantuvo hasta 1638.
La segunda población que se instaló en la misma región fue Ciudad Real, fundada en 1557 por Ruy Díaz de Melgarejo en la margen izquierda del río Paraná, junto a la desembocadura del río Piquirí, tres leguas más al norte de Ontiveros, en inmediaciones de la actual ciudad de Maringá, también en el norte del estado brasileño de Paraná. Es considerada la base previa de la que luego sería la ciudad de Villarrica del Espíritu Santo, también fundada por Díaz de Melgarejo en la misma región del Guayrá, y que luego se mudaría varias veces de lugar, ante los constantes ataques de pueblos indígenas y portugueses, hasta estalecerse en el lugar que actualmente ocupa, como capital del Departamento de Guairá.
Nicolás Colman participó de la fundación de ambas ciudades, Ontiveros y Ciudad Real, y tuvo una activa presencia en el destino de ambas localidades.   
Alonso Riquelme de Guzmán, padre del historiador Ruy Díaz de Guzmán, era el gobernador de Ciudad Real y en la práctica también de la Provincia de la Guayra.
En su obra “Anales del Descubrimiento, Población y Conquista del Río de la Plata”, Ruy Díaz de Guzmán narra que precisamente Nicolás Colman fue el líder de una sublevación contra su padre, Alonso Riquelme de Guzmán, en Ciudad Real, porque el gobernador se había negado a enviar a España unas muestras de piedras que los pobladores creían eran de gran valor.
“De todos estos que descaradamente se revelaron fue cabeza un inglés llamado Nicolás Colman, que aunque tenía sola la mano izquierda, por haber perdido en una pendencia la derecha, era el más resuelto y atrevido soldado de cuantos allí estaban, como siempre lo mostró, de modo que viendo el capitán Pedro Segura la insolencia y libertad de esta gente, determinó pasar una noche secretamente en unas balsas que hizo de madera, trozos y tablas”, narra Ruy Diaz de Guzmán.
“Estando en efecto ya a punto de hacerse a medio río, salieron de la isla más de 100 canoas grandes y llenas de indios, con que los acometieron estando ya embarcados en las balsas y les dieron una rociada de arcabuces y flechas, y respondiéndoles los de las balsas, que luego se echaron a tierra, mataron a un soldado y algunos indios de los contrarios. Habiéndose prevenido de los necesario, salieron de la ciudad por el río y por tierra, bajo de la conducta de un inglés llamado Nicolás Colman…”, agrega.
En su libro Descripcion e historia del Paraguay y del Rio de la Plata”, el historiador Félix de Azara cuenta la historia de otro modo, pero poniendo también a Nicolás Colman al frente de la sublevación, aunque en la Villa de Ontiveros.
Este es el relato de Azara:
“Los pobladores de la villa de Ontiveros del Guairá, que se componían de muchos partidarios del difunto Abreu y de otros descartados por Irala, viendo que no se les dio parte en la expedición de Irala ni aun noticia estando ellos en la provincia del Guairá, creyeron que no serían comprendidos en el reparto de encomiendas, y con este motivo se alborotaron”. 
“Noticioso, Irala llamó a su comandante García Rodríguez de Vergara, bajo el pretexto de tratar asuntos del servicio del rey, y envió a otro en su lugar, para que mandase interinamente, pero los de la villa no le quisieron admitir. En consecuencia despachó por abril de 1556 a Pedro Segura, con cincuenta españoles e indios auxiliares, para que apaciguase a los de Ontiveros y recogiese algunos que andaban descarriados entre los indios”.
“Llegó Segura al Paraná enfrente de la villa e hizo humareda, que era la señal para que le enviasen canoas en que pasar, pero lejos de esto, tomaron las armas para impedirle el paso; y situándose con sus canoas al abrigo de una isla distante un tiro de arcabuz de otra largar catorce o más leguas, requirieron a Segura que se volviese sin entrar en el Guairá, que era provincia suya”.
“La cabeza principal que dirigía a los de Ontiveros era el inglés Nicolás Colman, manco de la mano derecha y hombre que en esta ocasión y en otras precedentes manifestó mucho valor. Viendo Segura la firme resolución de no dejarle pasar el Paraná, intentó hacerlo de noche con jangadas; pero apenas había embarcado su gente le acometieron muchas canoas tirándole flechas y arcabuzazos, y obligándoles a desembarcar y a retirarse a la Asunción”.
Tras esta rebelión, Nicolás Colman habría asumido el cargo de gobernador del Guairá durante un breve tiempo, hasta que llegó el capitán Ruy Díaz de Melgarejo y se hizo cargo del gobierno de la región.
No hay muchos datos sobre otras andanzas de aquel primer Colman, ni cuántos hijos tuvo. Solo se sabe que uno de ellos, de madre india, se llamaba Juan Colmán y tuvo su propia célebre historia.

Fray Juan Bernardo Colmán, según dibujo de José Luis Iriondo ofm.
Juan Colmán, el franciscano mártir

Juan Colmán, hijo del aventurero inglés Nicolás Colman y de una madre india guaraní, nació probablemente en 1569.
Juan ingresó en la Orden de San Francisco, junto con su amigo Gabriel de Guzmán, hijo del gobernador del Guayrá, Alonso Riquelme Guzmán, contra quien su padre Nicolás Colman se había sublevado.
Como era costumbre, durante la ceremonia de toma de hábito, Juan recibió un nombre religioso, en este caso San Bernardo, y pasó a ser conocido como Fray Juan de San Bernardo o simplemente Juan Bernardo, relatan Margarita Durán Estragó y José Luis Salas, en su obra de investigación histórica sobre este mártir de la Iglesia paraguaya.
Juan Bernardo Colman fue alumno del célebre religioso también mártir Fray Luis Bolaños.
En 1594, en medio de una cruenta y prolongada rebelión indígena contra la conquista española, Juan Bernardo pidió autorización para ir junto a los indios paranáes para intentar salvar a un religioso dominico que había caído prisionero con documentos muy valiosos.
“Cuando Juan Bernardo llegó a los paranáes, estos ya habían sacrificado al dominico. Juan Bernardo cayó prisionero como espía de los españoles, y los indios de Itá y Yaguarón, que fueron con él, huyeron por los montes, regresando a sus pueblos. Según sus ritos y costumbres, los paranáes sacrificaron a Juan Bernardo; murió mártir en un ritual antropofágico guaraní, el 2 de junio de 1594. La cruz de urunde’y que colocaron en el sitio al encontrar sus restos, después de tres décadas, aunque carcomida por los años, se venera en un relicario de acrílico, en el Museo de la ciudad de Caazapá que lleva su nombre”, relatan Durán Estragó y Salas.

Otros Colmán en la historia

Este es el origen de la estirpe de los Colmán en el Paraguay, iniciada por aquel inglés adolescente que con tan solo 17 años subió a un barco en España, dispuesto a vivir aventuras inolvidables y hacer fortuna en el Nuevo Mundo.
En nuestra larga genealogía hemos tenido a varios hombres ilustres, que dieron brillo a nuestro apellido en la historia, como el poeta guaraní Narciso R. Colmán, el gran Rosicrán, autor de Ñande ypykuéra, la obra publicada en 1937 que rescata la gran riqueza de la mitología guaraní.
Hemos tenido a grandes artistas, como el compositor y músico Ramón Vargas Colmán, autor de la música de grandes temas del folklore paraguayo como 13 Tuyutí (sobre poema de Emiliano R. Fernández), Tupasy del campo y Mokoi kogoe, quien junto a su amigo Andrés Cuenca Saldívar integró el legendario dúo folklórico Vargas-Saldívar.
Hemos tenido a heroicos luchadores sociales, como el dirigente sindical Egmidio Colmán Nuñez, un gran líder obrero gráfico de destacada actuación en la histórica huelga general de 1958, en los inicios de la dictadura stronista, que sufrió persecución, prisión y tortura, pero nunca renunció a sus ideales. Fue fundador de la Juventud Obrero Católica (JOC) y presidió la antigua Confederación Paraguaya de Trabajadores (CPT). Una calle de Asunción lleva su nombre.
Pero también hemos tenido a personas infames portando nuestro apellido, como el tristemente célebre general Patricio Colmán Martínez, gran represor de la dictadura stronista, a quien se adjudican diversos crímenes, asesinatos y desapariciones de perseguidos políticos durante las décadas de 1960 y 1970, principalmente.
También hemos tenido –y seguimos teniendo- a muchos héroes y heroínas, hombres y mujeres de gran dignidad y virtud, de perfil silencioso y anónimo, que nos dejan su gran testimonio de vida a seguir. Entre ellos, mi padre Andrés Chi’ito Colmán Robertti, mi mejor ejemplo de laboriosidad, honestidad y rectitud humana.
Por ellos y ellas, es un orgullo llevar el apellido Colman o Colmán que nos dejó aquel aventurero inglés que se embarcó a América en 1535.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Mi primer “dealer” de libros


Muchos de los libros más viejos y queridos, de los que tengo atesorados en la biblioteca, me los vendió mi primer proveedor traficante de literatura, alguien a quien yo llamaba cariñosamente “el dealer de los libros”: el querido Alejo Pesoa.
Alejo fue esencialmente un actor y hombre de teatro, uno de los más grandes y a la vez uno de los más humildes, solidarios, traviesos y generosos.
Provenía de esa genuina cultura popular que solamente te da el barrio, la calle, el vivir intensamente junto a la gente que sufre, lucha y sueña.
Alejo nació en el barrio Tembetary de Asunción y en su vida hizo de todo: fue albañil, cosechero de algodón, mozo de restaurante, croupier de casino y traficante de libros… pero su gran pasión era el teatro, donde hacía desde utilero y acomodador, hasta llegar a entrenarse como director en 2014 con la obra Disparate, disparate y no tan disparate.
Había comenzado su carrera en los años 60, con el Grupo Independiente Jesús el Redentor. Había estudiado en la Escuela Municipal de Arte Escénico con el gran Roque Centurión Miranda. Posteriormente formó parte del Teatro Popular de Vanguardia, y algunos elencos legendarios como Aty Ñe’e y Piriri Teatro. Fue uno de los fundadores del Centro Paraguayo de Teatro (CEPATE) y participó en casi un centenar de obras teatrales.
Su gran admirador y director en varias obras, el también ya fallecido dramaturgo Miguel Gómez, con un grupo de colaboradores, le puso su nombre a la sala de teatro que durante años mantuvo en su local La Móvil Teatro, sobre la calle Estrella casi Colón.
Generalmente, a las salas se les pone nombres de meritorias personas que ya han fallecido, como una manera de homenajearlas en el recuerdo, pero Miguel y sus amigos quisieron homenajear en vida a uno de sus actores más admirados y lo llamaron así: Sala Alejo Pesoa.
“¡Andáte pues a ver la obra, muy linda es…! Van a dar allí, en la sala que lleva mi nombre…”, me decía en esos años Alejo, con una inocultable chispa de vanidad y picardía, cuando nos encontrábamos en cualquier esquina de Asunción, y nos quedábamos a conversar un buen rato.
Yo había conocido a Alejo en los años 80, cuando para ganarse la vida él traficaba libros prohibidos por la dictadura.
Buscaba un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano y una amiga me dijo: “Alejo te va a conseguir”, y me puso en contacto. Así me convertí en uno de los principales clientes de ese duende risueño e inocentón, que cargaba un maletín oscuro en donde guardaba los textos proscriptos, cuya simple posesión en esos años podían costarte la cárcel.
Alejo ya había adivinado mis gustos literarios y cada semana me proveía ejemplares ajados o nuevos de mis autores favoritos, en alguna transacción secreta, como si fueran vitales moñitos de cocaína.
A veces la atractiva colección de títulos que me ofrecía, rebasaba largamente mi presupuesto mensual de escriba asalariado, y entonces, con el dolor de mi alma, le confesaba que no me los podía quedar.
“No importa, llevá nomás. Cuando puedas, pagame…”, concedía.
Cuando llegaron épocas de mayor libertad o tolerancia, Alejo pudo montar un puesto más permanente de libros en la Plaza O’Leary.
Hace poco más de un año, lo vi sonriente en una foto, cuando la Junta Municipal lo designó “Hijo dilecto de Asunción”. Con su gorra eterna y sus bigotes a lo Pancho Villa, se parecía más que nunca a un duende travieso. Me dije que le debía un gran abrazo, pero las esquinas de esta azarosa ciudad nunca volvieron a cruzarnos.
En la noche de este jueves leí que acababa de fallecer. Algo pasa, cuando varios de los referentes principales que alumbraron los años más intensos de la construcción de nuestros caminos, se nos van yendo, uno por uno. Quizás sea un ciclo de vida que cumple su etapa inexorable. O quizás sea simplemente que les ha llegado el momento de decir adiós y no nos queda otra que extender ese abrazo pendiente más allá del tiempo y del espacio, para decirles: sinceramente gracias, por tanto.

¡Buen viaje, Alejo, mi querido primer dealer de libros…!

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(La foto es de Dani González).