
domingo 1 de noviembre de 2009
La noche en que Caetano le cantó al alma del Paraguay

lunes 5 de octubre de 2009
Gracias a La Negra que ha cantado tanto

Me llamó la atención, le di la vuelta y miré la carátula. Estaba la foto de una mujer morena, de rostro aindiado, vestida con un poncho, en pose de meditación contra un fondo marrón. Y un título enorme: Mercedes Sosa. Homenaje a Violeta Parra.
Era un ardiente verano de 1975. Yo nunca antes había oído hablar de ella. Tenía 14 años de edad y realizaba mis primeras prácticas de aprendiz de locutor en ZP 27, Radio Mbaracayú, emisora de la fronteriza ciudad de Saltos del Guairá. Le pregunté al operador qué significaban las cruces en el disco, y él me explicó: “Es una artista argentina y sus músicas están prohibidas de pasar por la radio, porque es una comunista peligrosa”.
Me hizo señas de que me acercara, y me susurró al oído: “Pero es una cantante de la gran siete… ¡escuchá!”. Me alcanzó los auriculares, puso el disco en una de las bandejas de prueba, colocó la púa en el surco dos, y se quedó esperando mi reacción.
Sentí un suave acorde de guitarras y luego una voz dulce y potente, límpida como el cristal, que entró por mis oídos y me acarició el alma: “Gracias a la viiiida…. que me ha dado taaaanto…”.
Hay minúsculos instantes que te marcan para siempre. Ese fue uno de ellos: la primera vez que escuché cantar a Mercedes Sosa ese magistral himno a la vida que compuso la mágica chilena Violeta. Ese día las dos entraron a mi vida para quedarse, ayudando a encender mi amor por el arte y mi consciencia de lucha por la libertad.
Le pedí al operador que me prestara el disco, pero puso cara de pánico, lo guardó otra vez en su funda, negando con la cabeza. Al día siguiente, cuando llegué a la radio, me pasó subrepticiamente una cajita, en cuyo interior encontré un casete grabado con músicas de La Negra, que se convirtió en una de mis posesiones más preciadas.
En aquellos años de sueños y barricadas, en que nos descubrimos jóvenes e inmortales coreando consignas contra la dictadura, los discos clandestinos de Mercedes eran nuestro tesoro del arcón de los piratas, junto a algún libro de poemas de Neruda o Las Venas Abiertas de Eduardo. Ella estaba allí, tan lejos pero tan cerca, arrullándonos con su voz increíble y su tenacidad tan luminosa.
Tras su regreso del largo exilio a la democracia renacida de su patria Argentina, hubo que desafiar al miedo para ir a escucharla cantar en vivo en la vecina Formosa, aquella vez en que nos abrazó desde el escenario y nos regaló su interpretación tan única del “Despertar” de Maneco Galeano, dándonos fuerzas para seguir resistiendo. ¿Qué importaba que a la vuelta, en la aduana de Falcón, nos esperara el cerco abusador de la policía stronista?
Ella era la voz cómplice y compañera que le ponía banda sonora a nuestros sueños de libertad. Era la voz que se filtraba tras la frontera en las voces de los nuestros, en la reivindicada amistad con Maneco y luego en su solidario apoyo a Ricardo “Flechita”, con quien grabó el poético “Víctor Libre” de Maneco y Carlos Noguera. Y aquel concierto tan inolvidable en el Sol de América, ya en nuestros tiempos de libertad, cuando recogió de la lona a su querido y sobreviviente Charly García, y lo trajo consigo hasta Asunción para curarlo con su gran cariño de madre y los aplausos del público paraguayo.
Sí, claro. Hay quienes le reprochan todavía su “dorado exilio en París”, o que a veces cobrara tan caro por su arte invalorable, o que llegara alguna vez en limusina a sus recitales contestatarios, como si su grandeza de artista, o la esencia de su solidaridad con los marginados de la tierra, se pudieran medir por tan nimios detalles.
Ella era el canto potente y libertario, la conmovedora historia personal de pequeñas y grandes batallas contra el sistema, la valentía de gritar verdades desde el escenario contra el plan de exterminio de tantos fascistas y asesinos, pero era también la reivindicación del folklore más puro de América Latina, la voz intimista impregnada de ternura, la sonrisa morena que te acaricia en lo más profundo, la generosidad de promover a figuras nuevas , la apertura para sumarse a propuestas tan diversas, desde el clásico rock rebelde de Charly García, hasta el pop de Shakira o el urbano sonido vanguardista de Calle 13.
Ahora dicen que La Negra se murió. ¿Será…? Yo la escucho cantar igualito como aquella primera vez, hace tantos años. No sé si su canto me llega desde las nubes o desde el corazón enterrado de la tierra. Pero está ahí, y seguirá estando, siempre.
jueves 6 de agosto de 2009
La reivindicación de Alberto Rodas

El prócer mayor de la Nueva Trova pensaba dedicar “Unicornio” a los desaparecidos durante la dictadura stronista (se la dedicó a las víctimas del Ycuá Bolaños), pero admitió que tras enterarse de que “un gran cantautor paraguayo” había compuesto una hermosa música sobre el tema, prefería que la cante él.
Fue un broche de oro inesperado, que el público aplaudió y acompañó connmovido, coreando desde el alma esos versos que remueven tanta historia personal y colectiva.
Estaba previsto que sería la noche de gloria de nuestro gran Ricardo Flecha, invitado especial a abrir el concierto de Silvio, y resultó grato verlos cantar juntos “Pequeña serenata diurna”, con los versos traducidos al guaraní. Pero lo de Rodas fue una alegría extra, por la justa reivindicación de uno de los creadores más brillantes de la canción paraguaya contemporánea, que, por diversas y complicadas razones, últimamente se movía en el limbo de la marginalidad, el olvido o la indiferencia.
Pequeño gran Alberto
Nacido en Fernando de la Mora, en enero de 1964, hijo de un dirigente sindical de la Línea 26, Alberto Rodas conoció el rostro dictatorial desde niño, cuando su familia migró a Buenos Aires, huyendo de la represión.
De regreso en los años 80, trajo consigo el rebelde gen rockero, sumando su juvenil aporte creativo a bandas como Faro Callejero o Pro Rock Ensamble. En los festivales contestatarios tomó contacto con grupos del Nuevo Cancionero y sus temas despertaron la atención por la calidad de sus letras y músicas.
Más de una docena de discos grabados y cerca de un centenar de canciones forjaron la identidad de uno de los más logrados compositores de las dos últimas décadas. “¿Donde están?”, su obra más difundida, se convirtió en himno de la lucha por los derechos humanos. La BBC de Londres la utilizó como banda sonora de un documental sobre los desaparecidos en América Latina.
Pero el éxito no acompañó en igual proporción a la carrera del artista. Su problemática y a veces inestable personalidad, sumado a sus radicales posturas de rebeldía anti-sistema, las limitaciones interpretativas de su voz cada vez más desgarrada, no le hicieron fácil mantenerse en el duro y cruel ámbito del mercado musical.
Últimamente era común hallarlo en la mesa de un bar, pasado de revoluciones, metido en alguna pelea contra el mundo, como si algún dolor muy grande no le dejara ser plenamente feliz. O cruzarse con él en la calle, sin dinero para el ómnibus. Quién diría que ese hippie sobreviviente, al que muchos califican con tanta ligereza de “loco”, es el mismo que te eriza la piel de ternura al contarte la historia del pequeño Adrián, el bebé nacido en la Cárcel de Mujeres. (“Yo quiero un firmamento nuevo para vos, de pan y libros, para que sepan quien sos…”).
El jueves pasado, durante el encuentro entre Silvio Rodríguez y los cantautores paraguayos en el Teatro Municipal, estos reivindicaron solidariamente a su malogrado colega ante el trovador cubano, cantando todos a viva voz los versos de “¿Dónde están?”.
La magia del arte hizo lo demás. El sábado 1 de agosto, a la mañana, durante los actos conmemorativos del Ycuá Bolaños, Ricardo Flecha le transmitió un apurado mensaje a Rodas. Y en pocas horas más, con la voz quebrada ante el frío viento de la historia, Alberto cantó de cara al futuro, en el justiciero escenario de Silvio:
¿Dónde están?, preguntan los panfletos
¿Dónde están?, insisten los recuerdos,
¿Dónde están?, cual grillos del camino,
¿Dónde están? ¿Dónde se habrán ido?
Esa noche el cielo estaba nublado. Pero, aún así, fue posible advertir que aquellos huesos convertidos en estrella brillaban con una cegadora claridad.
domingo 26 de julio de 2009
Paraguay sueña con serpientes

Silvio quiso saber del Paraguay. Berta le contó que sus canciones circulaban en discos y casetes casi clandestinos, muchas de ellas cantadas por artistas paraguayos en los festivales contestatarios, canciones convertidas en banderas de resistencia contra la dictadura de Alfredo Stroessner. Y que varios jóvenes habían hecho un largo viaje secreto de Asunción a Montevideo, solo para verlo y escucharlo en vivo.
Minutos después, desde el escenario, Silvio se dirigió al público: “Quiero dedicar esta canción al Paraguay, un país que aún no conozco y es para mí un misterio”. En seguida sus manos arrancaron a la guitarra los primeros acordes de uno de sus temas más emblemáticos, mientras su histriónica voz empezaba a entonar: “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan …”.
Hubo mucha especulación sobre aquella dedicatoria. Circulaba la leyenda de que “Ojalá” fue escrita originalmente para el dictador chileno Augusto Pinochet, y que en aquel festival Silvio le mandaba un premonitorio mensaje al tirano Stroessner: “Ojalá pase algo que te borre de pronto/ una luz cegadora, un disparo de nieve...”.
El cantautor reveló en otro momento que compuso la canción en 1969 para su primer amor, Emilia. Pero las letras de Silvio siempre tienen múltiples significados. Aquella noche montevideana estaba dedicando una canción de amor y a la vez una canción política a un misterioso país llamado Paraguay, al que dos décadas después, en otro tiempo y otras circunstancias, abrazaría por vez primera desde otro histórico escenario.
La Nueva Trova
Nacido en San Antonio de los Baños, en 1946, Silvio Rodríguez es una figura que despierta encendidas pasiones, odios o amores, por su obstinada fidelidad a la revolución cubana y al régimen castrista. Pero ni sus adversarios y más severos críticos pueden negar su ya legendaria dimensión artística, su bien ganado lugar como uno de los mayores exponentes de la canción de autor en español.
Fundador de la llamada Nueva Trova Cubana, junto a Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, entre otros, Silvio se rebeló desde muy joven como un exquisito poeta, con versos impregnados de belleza y ternura, rozando a veces el surrealismo, y como un talentoso e irreverente compositor, capaz de combinar la rica herencia de la trova y el son con los acordes del rock, el jazz, y hasta la música clásica, con su radical pasión militante.
Su rica y prolífica producción (casi medio millar de canciones, varias aún inéditas), lo han situado, junto a Pablo Milanés, como los mayores embajadores artísticos de Cuba. Pero en los últimos años el autor de “Yolanda” se volvió crítico y disidente al régimen de los hermanos Castro, mientras Silvio mantiene su defensa del proceso revolucionario, aún con sus matices autocríticos, lo cual ha provocando un distanciamiento cada vez mayor entre los dos principales íconos musicales de la isla.
Silvio en Paraguay
Quienes al principio de los ’80 despertamos a la lucha contra la tiranía de Stroessner, aprendimos a amar las canciones de Silvio Rodríguez en la potente voz de Ricardo Flecha, cuando desde el mítico Grupo Juglares nos deleitaba con “Mariposas”, encendía nuestras fibras románticas con “Te doy una canción”, o nos convocaba a la movilización insurgente con “Vamos a andar”. Vocal Dos nos brindaba a su vez la inquietante versión de “Sueño con serpientes”, mientras Gente en Camino nos regalaba la más bella metáfora de la utopía, al relatar la pérdida del “Unicornio” azul.
Flecha conoció personalmente a Silvio en 1986, en Lima, durante la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (Sicla). Nació una amistad artística y política que se fortaleció con las visitas de Ricardo a La Habana, y que los llevó a grabar juntos la versión en guaraní de “Pequeña Serenata Diurna”, en el primer disco “El Canto de los Karai”, de nuestro gran artista compatriota.
Ya entonces Flecha repartía la vaga promesa de un posible concierto de Silvio en Paraguay. En los 90 lo tuvimos al impagable Pablito Milanés, más recientemente al insumiso Frank Delgado y al pionero Vicente Feliú, pero la venida de Rodríguez se nos fue volviendo tan utópica como la búsqueda del Unicornio azul
Tuvo que ir el propio presidente Fernando Lugo a invitarlo en La Habana, para que finalmente dijera que sí.
Cita con ángeles
Son curiosos los cambios que provocan el paso del tiempo y la visión de nuevas perspectivas de la historia.
De aquel enamoramiento juvenil de mi generación con respecto a la revolución de Fidel Castro y el Che Guevara me quedan sentimientos contradictorios: la admiración por la larga y obstinada resistencia del pueblo cubano a la imposición de un modelo político neoliberal y capitalista globalizador del mundo. El elogio a su solidaridad sin fronteras y a sus trascendentes logros en salud, educación, deporte, arte y cultura. Y también la necesidad de una dolorosa crítica a la falta de libertades básicas, a los injustificables excesos represivos contra los disidentes, al anquilosamiento de estructuras de poder autoritario, a la intolerancia hacia quienes piensan distinto.
Pero a pesar de los tantos cambios de adentro y de afuera, nunca pude dejar de amar las muchas y bellas canciones de Silvio Rodríguez.
Así que en la noche particularmente simbólica y dolorosa de este 1 de agosto, que nos recuerda los cinco años del masivo y hasta ahora impune crimen del Ycuá Bolaños, vamos a estar allí, los de entonces y los de ahora, a orillas de la mágica Bahía de Asunción, para deleitarnos con la voz cascada pero vibrante de este tan joven y tan viejo trovador sin edad, sintiendo que todavía seguimos persiguiendo unicornios y soñando con serpientes.
Y seguramente cantaremos juntos aquel “Ojalá” que nos regalara en una lejana noche uruguaya, y que sigue siendo el himno de nuestras mejores esperanzas.
¡Bienvenido, querido Silvio!
martes 30 de junio de 2009
Mundo Guaikuru

Sopla un viento helado desde el Sur, pero en la “cancha kora”, en el centro de la pequeña comunidad rural de Itaguazú, hay una gran hoguera que ilumina los rostros sonrientes y calienta por igual el cuerpo y el alma.
Es la noche del 28 de junio, la festividad de los patronos San Pedro y San Pablo. En medio de la cancha, las mujeres del pueblo se desafían unas a otras con las antorchas de paja o kapi''i encendidas, en el antiguo juego de la “rúa”, al son de alegres polcas.
De pronto, un ulular primitivo y gutural crece desde alguna parte. Figuras fantasmagóricas emergen de las sombras. Personajes grotescos y casi vegetales, con el cuerpo cubierto por hojas secas de banano y máscaras de tela o madera de timbó, que representan a animales, duendes y criaturas oníricas.
–¡Cháke guaikuru...!
Las mujeres gritan de miedo, excitación o gozo, al sentir que los enmascarados saltan a perseguirlas. Tratan de contenerlos con el fuego, pero ante la inutilidad de la defensa echan a correr por la cancha, perseguidas tenazmente, hasta que son atrapadas al vuelo y arrastradas brevemente hacia algún rincón oscuro.
Hace tres siglos o más, en esta misma región, esta era terriblemente real, cuando los feroces e irreductibles indios guaikuru (mbaya y payagua) atacaban a los tava-pueblos de Altos, Atyrá o Tobatí, asesinaban a los pobladores, quemaban la edificación y raptaban a las mujeres.
De esos trágicos episodios hoy solo quedan estas recreaciones pintorescas, sensuales, humorísticas. Es la vida que se ríe de la muerte y la convierte en folclore, fiesta, tradición.
lo auténtico. Itaguazú queda a poco más de una hora de viaje desde Asunción. Un camino de tierra de 3 kilómetros lleva desde la entrada de Altos hasta este lugar todavía apartado de la civilización de plástico y el vértigo de la carretera.
Cada año, desde mediados de mayo, varias comisiones de pobladores se ponen en marcha para organizar la fiesta de los santos patronos. Hay una “comisión guaikuru”, que se encarga de vestir y adiestrar a unos treinta jóvenes campesinos que encarnarán a las míticas criaturas, y una “comisión kamba ra’anga”, que hace lo mismo con otra treintena de voluntarios.
A ello se suman la comisión de damas, la comisión de jóvenes y la comisión pro oratorio, que se encargan de organizar los cultos religiosos y rituales, el servicio de cantina y los espectáculos tradicionales. No hay reguetón ni cachaca, solo polca y música de banda koygua.
ORÍGENES. En “Las fiestas de Yvu-Altos” (Fondec, 2003), Regina Kretschner destaca que los guaikuru eran antepasados de los indios Toba-Qom, “rebeldes ante las políticas de colonización, que se negaron a someterse al dominio español”. Fueron una constante amenaza para los pueblos coloniales de las cordilleras. “Atacaban con una táctica guerrillera, sorprendiendo a los pobladores y guarniciones. Robaban caballos, armas, ropas, artefactos y tomaban a los pobladores como prisioneros”, dice Kretschner. Las recreaciones se incorporaron a las fiestas antes de la Guerra de 1864-1870.
Al contrario de los guaikuru, que conservan un estilo más tradicional, los kamba ra’anga incorporan más elementos modernos a sus representaciones. Kretschner dice que sus orígenes se asocian tanto a los soldados brasileños negros (kamba) que atacaron durante la Guerra contra la Triple Alianza, como con las máscaras de los indios guaraní-chiriguanos, o como una herencia cultural traída del África por los ex esclavos negros, pero no existen fundamentos sólidos para confirmar ninguna de estas tres hipótesis. “Sus orígenes se pierden en el tiempo”, asegura.
Hace más de cuatro años, los santos le cumplieron el milagro. Y desde entonces ella acude religiosamente, cada 28 de junio, hasta la compañía Itaguazú, donde son los patronos, para pagar su promesa.
“Les estoy muy agradecida y vengo todos los años a participar de la «rúa», a jugar con el fuego y a enfrentarme a los guaikuru y a los kamba ra’anga, durante las dos noches. También suelo vestirme de «kamba kuña» en la tercera noche, junto a las mujeres del pueblo”, cuenta Adriana.
La tercera noche de festividad, dedicada exclusivamente a las mujeres, es un “agregado feminista” que empezó hace algunos años, cuando las mujeres de Itaguazú se cansaron de ser las eternas víctimas perseguidas por los kamba ra’anga y raptadas por los guaikuru, y exigieron invertir los roles.
Entonces, a las dos noches tradicionales, del 28 y 29 de junio, agregaron “la noche de los kamba kuña”, cada 30, en que las mujeres se ponen las máscaras y los disfraces, y salen ellas a ofrecer espectáculos y a perseguir a los hombres. “Nosotras somos mucho más divertidas y creativas que los kuimba’e”, dice Eugenia Pérez, lpresidenta de la “comisión kamba kuña”.
MÁSCARAS. Un viejo machetillo o un simple cuchillo de cocina le resultan suficientes para darle forma a la liviana madera de timbó y arrancarle formas de sueño o pesadilla, una flor, una mariposa, un loro, un tucán, o las asustadoras máscaras que en la noche les darán rostros míticos a los guaikuru.
Carlos Álvarez aprendió el oficio de tallador de máscaras cuando era mita’i, viendo trabajar a su papá y a su abuelo, que a su vez lo aprendieron de sus progenitores.
“Este es un arte que viene desde hace muchos atrás, aquí en Itaguazú, y su origen exacto nadie conoce. Algunos dicen que trajeron los esclavos negros del África, otros dicen que nuestros antepasados aprendieron de los indios. Pero hoy es nuestra mayor riqueza cultural y tratamos de que no se pierda, que los jóvenes y los niños lo sigan aprendiendo”, dice Carlos.
El taller de Álvarez está en su humilde vivienda, dentro de las 3 hectáreas de la chacra familiar, en la entrada misma de Itaguazú, donde sus obras están en exposición permanente junto a las paredes de ladrillos desnudos.
“Aquí somos unas veinte personas las que nos dedicamos de lleno a esto, a pesar de que nuestro arte todavía no se conoce mucho, no hay apoyo para que vengan turistas. Yo tengo también una galería en Areguá, y allí hay mayor salida. Pero aquí en Itaguazú, que es la cuna de esta cultura, no hay mucha promoción”, señala.
martes 16 de junio de 2009
El regreso de Soledad Barret

La historia de la guerrillera paraguaya Soledad Barret es rescatada por el escritor brasileño Urariano Mota, en su libro "Soledad en Recife", que aparece en julio.
Era tan dulce y hermosa que hubiera llegado a ser “Mis Paraguay, carátula, almanaque”, dice el poeta Mario Benedetti. Pero la sangre de su abuelo, el gran periodista, escritor y luchador anarquista Rafael Barret, la tironeaba desde la sangre, conduciéndola a un destino de entrega a la lucha social y política, que forjó su corta, heroica y trágica historia.
Poco se sabe de Soledad Barret Viedma, nacida el 6 de enero de 1945, hija de Alejandro Rafael Barret López, único hijo del recordado autor de “El dolor paraguayo”. En Sao Paulo hay una escuela y en Río de Janeiro una calle que llevan su nombre, pero en el Paraguay su historia es aún desconocida, apenas fragmentos filtrados a través del clásico poema de Benedetti y la canción de su compatriota uruguayo Daniel Viglietti.
Ahora, Soledad Barret es rescatada por el novelista brasileño Urariano Mota, quien la conoció personalmente en su Recife natal, y vivió de cerca su trágico fin, cuando luego de haber militado en organizaciones de la izquierda uruguaya, llegó hasta el nordeste del Brasil en 1971, para unirse a filas de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), la legendaria guerrilla brasileña liderada por el capitán Carlos Lamarca, en la lucha por derrocar a la dictadura militar del vecino país.
“Soledad en Recife” es el título del libro que publicará la Editorial Boitempo, en julio. Se trata de una novela de no-ficción o reportaje novelado, que recrea la valiente entrega de la joven paraguaya a la lucha revolucionaria, y como acabó entregada a los represores por su propio amante, el supuesto guerrillero Daniel, quien en realidad era “el cabo Anselmo”, un doble agente de la dictadura.
Urariano Mota, nacido en Recife y residente en Olinda, es autor de la consagrada novela “Os coraçoes futuristas”, que retrata los sombríos años de la dictadura Médici en el nordesde brasileño, en los años 70.
“Soledad Barret marcó profundamente mi juventud, cuando la vi en mi ciudad, en 1973. Después de su muerte, tomé conocimiento de tres grandes crímenes: a) su propia y vil ejecución; b) la traición del Cabo Anselmo, su propio esposo; c) la muerte de un amigo mío entre los seis ‘terroristas” que fueron exterminados con ella”, relata el escritor a El Correo Semanal.
La herencia de Barret
“Yo tengo por Soledad Barret amor y admiración, como el libro lo narra en voz más alta que esta declaración”, afirma Urariano Mota, acerca de su nueva obra.
“Esta admiración se extiende a su abuelo, el gran Rafael Barret, escritor olvidado fuera del Paraguay. Así como lo menciono en el libro, Rafael Barret transmitió a Soledad no solamente la sangre, la herencia de caracteres, sino que él fue su inspiración y su influencia hasta la trágica muerte”, declara el novelista.
Eran años de dictadura y terror. También de lucha revolucionaria y amor. Soledad tenía 25 años de edad cuando perdió a su esposo, el brasileño José María Ferreira de Araujo, capturado y asesinado por los militares, en 1970.
En el fragor de la lucha se reencontró con Daniel, antiguo compañero de José María, a quien había conocido en Cuba. Era un militar que lideró la “revuelta de los marineros” en 1964, contra el Gobierno de Joao Goulart, y se había convertido en héroe para los guerrilleros. Pero la dictadura lo había captado como agente y tenía la misión de delatar a sus compañeros.
Soledad halló en él a un nuevo compañero, sin desconfiar que lo iba a traicionar. La paraguaya estaba embaraza de 5 meses, cuando el padre de su bebé la entregó a los militares, junto con otros cinco miembros de la VPR, el 8 de enero de 1973. Fueron secuestrados y salvajemente torturados hasta la muerte en una granja de las afueras de Recife, en el caso conocido como “A masacre da chácara de Sao Bento”.
A pocos días de haber cumplido 28 años de edad, la revolucionaria nieta del gran Rafael Barret acabó su vida de manera violenta, para ser recordada por los versos de Mario Benedetti: “Soledad, no moriste en soledad, por eso tu muerte no se llora, simplemente la izamos en el aire…”.
Treinta y seis años después, la guerrillera paraguaya Soledad Barret vuelve a vivir, gracias a la pluma de un apasionado escritor brasileño.
miércoles 20 de mayo de 2009
Adiós a un amigo

Y mientras Fukuyama repite iracundo
que estamos ante el fin de la historia del mundo
mi amigo Benedetti abre el tomo segundo.
(Frank Delgado, “Konchalovsky hace rato que no monta en Lada”).
Lo primero a lo que renunció fue a su prolongada denominación.
Sus padres, fanáticos de la literatura y el cine, lo bautizaron con un largo rosario de nombres de personajes: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. El prefirió llamarse simplemente Mario Benedetti, pero se quedó con el amor por la literatura y el arte que le dejaron de herencia.
De aquella pasión nacieron más de 80 libros (poemas, novelas, cuentos, artículos, letras para canciones), y una activa militancia por las causas humanas a toda prueba, que deja una luz de dignidad y coherencia en el firmamento del Sur.
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
Hombre y artista comprometido con la historia de su tiempo. Su obra y su vida fueron siempre la misma cosa. La siniestra sombra de las dictaduras militares y el encandilador destello de las experiencias revolucionarias lo llevaron, en 1971, a unirse con miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, para fundar el Movimiento Independiente 26 de Marzo, que integró combativamente el Frente Amplio de la izquierda uruguaya hasta 1973, cuando la barbarie militar lo empujó al exilio durante 7 años.
con tu imagen segura
con tu pinta muchacha
pudiste ser modelo
actriz
miss Paraguay
carátula
almanaque
quién sabe cuántas cosas
pero el abuelo Rafael el viejo anarco
te tironeaba fuertemente la sangre
y vos sentías callada esos tirones
Soledad no viviste en soledad
por eso tu vida no se borra
simplemente se colma de señales
Soledad no moriste en soledad
por eso tu muerte no se llora
simplemente la izamos en el aire
Como muchos de mi generación que empezamos a gatear en la militancia contra la dictadura stronista en los duros años 70 y en los combativos años 80, me asomé a la historia de la guerrillera Soledad Barret, nieta de mi admirado maestro Rafael Barret, gracias a un poema de Benedetti que nos llegaba en folletos multicopiados, tratando de burlar, más que la censura, la falta de plata para comprar libros.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
Me aprendí varios de sus poemas de memoria para susurrarlos en los oídos de alguna adorable compañera, entre reuniones y pintatas clandestinas.
Delirábamos al corear sus versos musicalizados en las voces de Sembrador y Gente en camino:
Te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
Aquella noche, hace no sé cuantos años, cuando vino por primera vez al Paraguay para una jornada de vinos y poemas en el entonces precario anfiteatro de El Lector, en San Martín, me acerqué con timidez a darle un abrazo y hacerle firmar un ajado ejemplar de La Tregua, y encontré con sorpresa que él parecía aún más tímido que yo.
Recuerdo que le dije entonces que aunque era la primera vez que lo veía en persona, lo sentía como un gran amigo de toda la vida, y él me dijo que sentía igual con muchos lectores a quienes nunca había tratado, pero que lo conocían mejor que él mismo.
Yo era entonces un adolescente tardío descubriendo el mundo y allí aprendí que las letras unen más que los abrazos o que cualquier forma de relación física o social. Por eso entendí cuando el enmascarado Subcomandante Marcos de Chiapas eligió su nombre, inspirado en un personaje de la novela “El cumpleaños de Miguel Angel”, de Mario Benedetti.
Ahora cuenta la prensa que ese gran amigo, que me acompañó y me seguirá acompañando con sus versos esenciales en la vida, ha muerto en la ciudad de Montevideo, Uruguay, a los 88 años de su edad.
Seguro que es otra noticia falsa de los medios.
¿Cómo se va a morir Benedetti?
sábado 9 de mayo de 2009
Todo sobre mi madre
Ella era una humilde niña campesina de Yhú, de 11 años de edad, cuando estalló la guerra civil de 1947. Un pelotón de milicianos ocupó el pueblo y tomó de rehén a los pobladores, mientras los combatientes atracaban con violencia las casas, apoderándose de la comida y de todo lo que hallaban de valor.Ella permaneció escondida en un sobrado, tapada con un una manta, con el rostro aplastado contra las tablas, temblando ante el riesgo de ser descubierta y violada, mientras las botas y las armas pasaban una y otra vez a poca distancia, entre el eco de las risas siniestras y los desesperados gritos de auxilio. Ella me reveló esa historia íntima muchos años después, en un largo viaje hacia su memoria más profunda, y la sentí todavía estremecerse de terror.
Ella creció con la angustia de esos años de pobreza y exilio interior, y vio alzarse la sombra de una naciente dictadura, sin tener idea de lo que significaba. Recogió la sangre de su hermano asesinado por una estúpida enemistad, en un cruce de caminos. Despertó al amor juvenil de un arribeño concepcionero que supo llevarla al altar con sus boleros nostálgicos, y le construyó una casa con sus propias manos, en donde dio a luz a sus cuatro hijos.
Ella sintió que un puñal atravesó su corazón, el día en que su pequeño segundo hijo varón murió en sus brazos de pulmonía, porque en aquel pueblo aislado del mundo no había un solo médico que pudiera prestarle auxilio.
Ella mudó su hogar de las verdes soledades de Yhú a la calcinada frontera de Canindeyú, solidaria compañera de su marido en cada aventura laboral. Y cuando quedó viuda y desamparada, una trágica noche de 1979, ella enjugó sus lágrimas y se arremangó la camisa, para que nunca en la vida le falte el pan a sus hijos. No quiso volver a amar a ningún otro hombre, pero se prodigó en amor, amistad, alegría y ganas de vivir.
Su nombre era Nilda Victoria. Era mi madre. Su corazón se le quebró repentinamente, este miércoles 6, en Ciudad del Este, quizás por haberlo usado tanto.
Pido disculpas si hoy esta columna adquiere un tinte demasiado personal, pero el particular homenaje a mi mamá es también el homenaje a todas la madres paraguayas, abnegadas y sufridas, heroínas anónimas, las que hacen que este país siga siendo grande y único, a pesar de todos los infortunios.
El sábado último, en el cumpleaños de su nieta Abi, ella estaba feliz, radiante, porque se había logrado el milagro de juntar a la familia tan dispersa. Le pregunté entonces qué iba a querer como regalo por el Día de la Madre, y me contestó, sonriente: “Yo solo quiero que mis hijos sean felices”. Así que, perdónenme, no puedo darme el lujo de estar triste. Es el regalo que le debo a mi mamá.
lunes 23 de marzo de 2009
Una historia de amor en el fragor de la batalla
Todo empezó con el desafío de una muchachita adolescente, parada en medio de la plaza, con un fondo de llamaradas, gritos y corridas, en la trágica y heroica madrugada del sábado 27 de marzo de 1999.-Tenés que escribir un libro sobre todo esto…
Ella tenía 16 o 17 años, vestía jeans y zapatillas, una remera negra con la imagen del Che Guevara, sus bellos hoyuelos pintados con motivos tricolores y una bandera paraguaya atada al cuello, que le colgaba a la espalda como la capa de Batman. La bauticé irónicamente como Batichica Tricolor.
Al igual que muchos de mis colegas, fui atrapado por el vértigo periodístico del Marzo Paraguayo. Los días de la gesta ciudadana los pasé en la Redacción, en la Plaza, en la calle, en las puertas de los cuarteles, en los pasillos políticos, esquivando la represión policial o los proyectiles de los manifestantes, durmiendo muy poco en cualquier lugar, atento a los hechos noticiosos que estallaban continuamente como las explosiones de las bombas.
-Tenés que escribir un libro…
Esa madrugada, la voz quebrada de esa heroica niña fantasmal me hizo adquirir conciencia de que no solo estaba registrando noticias para el periódico, sino que también era el privilegiado testigo de un momento clave en la historia del país, un cronista para la posteridad.
Mi proyecto inicial fue un largo reportaje o novela de no-ficción, como las de John Red, Truman Capote o Rodolfo Walsh, que recogiera las diversas aristas de lo ocurrido. Pero encontré demasiados agujeros negros en la cronología. Muchos protagonistas guardaban silencio por prudencia o temor.
Fue entonces cuando mis criaturas de ficción acudieron en mi ayuda. El reportero Rafael Bastos, protagonista de mi novela “Chaco” (aún inédita), aceptó narrar la historia en primera persona. Desde “El último vuelo del Pájaro Campana” (mi primera novela publicada) llegaron el detective Martín Yacaré y su amiga Claudia Villasanti a dar una mano. La literatura al rescate del periodismo.
No sé si “El país en una plaza” es una novela histórica, como apuntan algunos críticos. Me gusta pensar que es la historia de un amor desigual y conflictivo que nace en medio del fragor de la batalla, entre un periodista veterano y escéptico, y una joven adolescente idealista y militante, mientras en el fondo se desarrolla otra historia de amor más antigua y crucial: la de un país y su gente, en busca de un mejor destino.
La obra se publicó en marzo del 2004, a cinco años de la gesta. Caía una fresca llovizna la tarde desolada en que dejé un ejemplar al pie de la cruz de los mártires, en la vieja Plaza. Era mi modesto homenaje para quienes dieron su vida por dejarnos un país más libre y digno, más allá de la traición y la mezquindad de muchos políticos. Y era mi manera de cumplir con aquella muchachita de hoyuelos rebeldes y ojos soñadores, que en una madrugada de fuego, hace diez años, me desafió:
-Tenés que escribir un libro…
Bien o mal, pude hacerlo.
sábado 7 de marzo de 2009
A una mujer...
Barrerás el patio.
Limpiarás la cocina.
Prepararás el desayuno.
Bañarás a los niños.
O emprenderás un largo y cansino viaje hasta el Mercado, con una bolsa o un canasto cargados con el peso de la vida misma a tus espaldas, a buscar el afanoso sustento de cada día.
Es probable de que ni llegues a enterarte de que mañana se recuerda el Día Internacional de la Mujer.
O quizás sí.
Si por allí alguien enciende cerca de ti una radio o una tele, quizás te llegue un eco lejano de mensajes y discursos:
Nde ningo kuña guapa.
Kuña mbarete.
Kuña Paraguay hecopete.
Ndereikuaaiva kane’o.
Mujer paraguaya.
¿De qué te sirve tanta alabanza romántica cantada en polcas y guaranias, cuando te han dejado sola en el mundo y no tenés que darle de comer a tus hijos?
¿De qué te sirve ser la gloriosa heredera de Las Residentas, cuando tu hombre llega borracho a casa y te insulta o te golpea por el motivo más absurdo?
¿De qué te sirve que te levanten estatuas o monumentos, o que te dibujen irreal y eterna en el reverso de un billete con largas trenzas morenas, blusa de typoi y un kambuchi de barro acunado entre los brazos, cuando tenés que guardar los pedazos de tus sueños en una cajita, junto a un clavel marchito o un corazón de papel amarillento?
¿De qué te sirve…?
Mañana es el Día Internacional de la Mujer… y podría escribirte muchas cosas.
Que sos la cuna. La ternura. La piel. El beso. El abrazo. El calor de la noche. El frío de la soledad. El nombre pronunciado con amor o con rabia. El misterio. El abismo. La presencia que ilumina. La ausencia que duele. La calma del cariño. El vértigo del deseo. El motivo de un poema. La razón y el sentido de existir.
Si, podría escribirte muchas cosas, mujer.
Pero siempre resultarían insuficientes.
sábado 14 de febrero de 2009
Carta de amor
Mi querido amor:
Quien fuera Neruda para escribirte veinte poemas de amor y una canción desesperada. Quien fuera Flores y Ortíz Guerrero para imaginarte etérea panambí verá danzando sobre las gotas de rocío y ser enterrado bajo la sombra de tu profunda mirada. Quien fuera Sabina para abominar de este catorce de febrero a cambio de matarme contigo si te matas y morirme contigo si te mueres.
Más de una vez escribí que el Día de los Enamorados es un invento de la sociedad de consumo para hacer negocios con los sentimientos. ¿Quién puede sustraerse a tanto bombardeo publicitario, a tantas postales edulcoradas con forma de corazón a ritmo de bolero?
Amar es nunca tener que pedir perdón, decía aquel clásico film Love Story, pero no hay amor que te perdone si hoy te olvidás de regalarle una flor, una tarjeta con versos de Benedetti, una caja de bombones suizos, una salida a cenar o a bailar, un collar de brillantes.
Por ello, querida mía, permite que ensaye estas líneas apasionadas y cursis, para expresarte todo mi amor inmenso, sufrido, inevitable.
No sé cuando fue el momento en que me enamoré de vos. Quizás lo traía en la sangre, desde antes de nacer. O fue enamoramiento a primera vista, cuando mi ser se adhirió a tu esencia, te respiré en el aire y te acaricié en el tiempo.
No es fácil amarte, vida mía. Duele mucho compartir cada día tus problemas y tus miserias, tus necesidades y tus defectos. Duele ver lo que hicieron contigo, lo mucho que te han robado y prostituido, amor. Pero hay momentos mágicos en que toda tu belleza y tu riqueza interior salen a luz, cuando te acaricio en lo más profundo y me haces cosquillas en el alma, en ese antiguo lenguaje que es un secreto entre los dos.
Cuántas veces me desilusioné de vos, y seguramente vos de mí. Cuántas veces te vi en brazos de otros, ajena, perdida, y decidí abandonarte, porque sentí que en tu corazón ya no había sitio para mí. Pero la distancia solo me hizo reafirmar lo mucho que te amo, y descubrir que es doloroso vivir contigo, pero es imposible vivir sin ti.
Hoy sé que amarte es una lucha cotidiana. Tu futuro es el mío y el de nuestros hijos, de todos tus muchos enamorados. Amarte es construir juntos el mañana, con voluntad y sacrificio. Amarte es no desesperar, no desencantarse fácilmente. Es seguir imaginándote digna y libre, justa y solidaria.
Amor de mi vida, Patria mía querida, Paraguay de mi dolor y mi alegría. En nombre de todos los que nos desvivimos de pasión por vos: ¡Feliz Día de los Enamorados!
Tuyo.
Andrés
lunes 13 de octubre de 2008
Mundo Sacoleiro
Al borde del abismo insondable de Ciudad del Este, junto al Puente de la Amistad, el Sacoleiro’s Bar congrega a las almas perdidas de la Triple Frontera para el último trago antes del primer contrabando.
En esta tierra de nadie, a medio camino entre el Infierno y el Paraíso, un grupo de condenados se enfrenta a lo que queda del día: el músico alcohólico que desgrana recuerdos en su saxo nostálgico; el intrépido periodista que denuncia a los corruptos esperando le paguen para dejar de hacerlo; el ex aduanero y caudillo en decadencia que añora la época dorada; el dirigente gremial sin techo y con camioneta 4x4, operador político del nuevo gobierno; el publicista argentino que vende parcelas virtuales de las Cataratas del Yguazú; la sacoleira brasileña que busca hacerse millonaria para mudarse a Europa; el mozo motoqueiro que trafica perfumes y electrónicos; la vendedora de galería que busca a su príncipe azul árabe y millonario; el mendigo prófugo refugiado en el territorio neutral entre dos países, la dueña del bar que cual Penélope fronteriza aguarda el regreso sin gloria de su amor perdido.
Todos anhelan pasar una noche más, sin sospechar que el Destino, en un sorpresivo vuelco, les reserva una inesperada revelación.
Acto 1
Empieza con el sonido de un saxo, romántico, melancólico, sensual, en la penumbra. (Podría ser la guarania ‘Alto Paraná’, de Herminio Giménez, en estilo jazz-fusión, o algún tema clásico internacional).
Mientras se sigue oyendo, la luz se enciende tenue y va creciendo hasta iluminar la escenografía que recrea un bar, a la noche, cerca del Puente de la Amistad, sencillo y popular, pero ambientado con elegancia. Hay mesas con sillas, una barra, taburetes. Al fondo la silueta nocturna del Puente y el río Paraná, como visto desde una ventana. Un cartel luminoso indica: “Bar El Sacoleiro”. Toda la luz tiene un tono azulado.
A un costado, Ángel toca el saxo con pasión, con melancolía. Por el momento no hay nadie más en todo el bar.
Al son de la música, desde el otro costado aparece una pierna desnuda de mujer (con zapato taco alto aguja o bota sexy) detrás de un biombo o una cortina. La pierna se mueve, baila, juega con la música, al estilo de los cabarets de New Orleáns. Detrás de la pierna se va revelando el cuerpo de una mujer: Reina, la dueña del local, con un vestido llamativo, aparece y sigue bailando, jugando, acercándose al saxofonista, provocándolo, acariciándolo con las manos, excitándolo. Después se mete detrás de la barra y empieza a ordenar las copas y los vasos, sin dejar de bailar, hasta que la interpretación de la música concluye con un vibrante final. Ella aplaude con entusiasmo.
Reina: -¡Bravo, maestro, bravo…! Cada día tocás mejor…
Ángel: -No tanto como tocás vos, Reina. Esa manito… cada vez que me roza… ¡me da todo pîrî…!
Reina: -No te confundas, Angelito. Era solo un show artístico, exclusivo para vos, antes de que lleguen los clientes…
Ángel: -¿Y por qué no, Reina…?
Reina: -¿Por qué no… qué?
Ángel: -¿Por qué no hacés este mismo show para el público? ¡Me imagino cómo se va a llenar de clientes el bar…!
Reina: -No, muñeco. Ni ahí luego… Esto no es un Nigth Club, ni un Cabaret. Es solamente un bar de mala muerte en la cabecera del Puente de la Amistad, al borde del abismo insondable de Ciudad del Este, a medio camino entre el Paraíso y el Infierno. Una versión mau del Purgatorio, donde se congregan las almas perdidas de la Triple Frontera a compartir el último trago antes del primer contrabando. ¡Salud…!
Ángel: -¡Uf…! ¡Estás poética hoy, Reina…!
Reina: -¿Te parece…? A todo esto, ¿lo viste a Moralito…? Ese enano anda cada día más fresco. Van a llegar los primeros clientes y todavía no hay mozo. ¡Le voy a descontar de su sueldo…!
Ángel: -Para poder descontarle… primero tenés que pagarle, Reina.
Reina: -E’a… dos meses atrasados nomás le debo. Aparte, con todas esas transadas que él hace desde aquí con los sacoleiros y traficantes, no necesita luego el salario. Usa mi bar como base de operaciones para sus negociados. Por mí, todo bien… ¡siempre que sea discreto y cumpla sus obligaciones!
Ángel: -¿De qué estás hablando, Reinita…? Aparte de mí, que solo vengo a buscar un beso de mujer a cambio de una canción, los que vienen aquí no lo hacen por deleitarse con mis melodías, por apreciar tu escultural figura, por beber tu whisky falsificado, o por masticar tus papas fritas que parecen chicle. ¡Este es un lugar privilegiado y estratégico para controlar el movimiento fronterizo y hacer negocios! Se puede decir que el Sacoleiro’s Bar se ha vuelto un territorio neutral en medio de las guerras de la vida cotidiana, una especie del Rick’s Café de una Casablanca sudamericana… ¿Vos viste la película Casablanca, Reinita?
Reina: -¡Ay, sí… claro que he visto… no soy ningo tan tavy…! Y talvez yo me parezca algo a la Ingrid Bergman… pero vos estás muuuuy lejos de ser Humphrey Bogart, queridito.
Un fuerte ruido de motor los sobresalta. Ingresa una moto, manejada por Moralito, el mozo. Pequeño, frenético, hiperactivo, bien popular. Pantalón negro, camisa blanca, moñito rojo. Y la cabeza cubierta por un casco de motoqueiro. Un bolso pequeño en bandolera. En la grupa, una mujer voluminosa, vestida con calzas y remera de llamativos colores, y dos enormes bolsos a la espalda. Es Ana Creuza, la sacoleira brasileña. Moralito apaga el motor y se quita el casco, agitado, señalando hacia la calle…
Moralito: -¡Nde…! ¿Vieron pio eso…? ¡Amóntema…! ¡Parece que la prensa tenía nomás luego razón…!
Reina: -Moralito… ¿Cuántas veces te dije que no entres con tu moto al bar? ¿Qué te pasó esta vez? ¿Qué nueva excusa vas a inventar para justificar tu llegada tardía?
Moralito: -Allí, en la calle… ¿Voce viu…, ne, Maria Creuza? ¿Você viu...?
Maria Creuza: -¡Oh... eu vi, sim...! ¡Eu vi, sim señora...! ¡Eu vi…! ¿Mais… o qué foi que eu vi, Moralito...?
Luego de afirmar con seguridad, la sacoleira cambia de actitud y duda ante las miradas y los gestos desconfiados de Reina y Ángel.
Moralito: -¡Los árabes…! ¡Los árabes con barbas, con túnicas y con turbantes…!
Maria Creuza: -¿Os árabes…? ¿Eu vi…? ¡Ah, sim… eu vi… os árabes!
Moralito: -¡Si, si… les juro… allí estaban… paseándose tranquilamente por plena avenida Adrián Jara, comprando devedé mau de los mesiteros… como si nada!
Reina: -¡Moralitoooo….!
Moralito: -¡Seguro que eran de Al Qaeda…! ¡Había luego uno que era igualito a ese Osama Bin Laden, el que sale en la CNN!
Reina: -¡Moralitoooo…! ¡Basta…!
Ángel: -Moralito… En la Triple Frontera se halla una de las comunidades de inmigrantes islámicos más numerosas de Sudamérica. Por tanto, es normal que veas árabes con vestimentas típicas, ya que es la expresión de su cultura. Ahora… eso de que aquí hay presuntas bases terroristas o células de Al Qaeda, es algo que inventaron los yanquis para seguir controlando la región, pero es algo no lo cree ni tu abuela. ¡Nuestros queridos árabes están más interesados en vender mercaderías y ganar plata, que en cualquier otra cosa!
Reina: -¡Bueno… bueno… basta! Ya les dije: en este bar no se habla de violencia, sino de amor. Y vos, Moralito, limpiá las mesas, que en cualquier momento llegan los clientes.
Ángel: -Yo diría que ya llegaron, Reina. ¿O acaso esta hermosa garotiña no es la primera cliente de la noche? Senta aquí, meu beim. ¿Eu poso convidar voce con un tequila?
Con aire de seductor, Ángel se desvive por guiar a María Creuza hasta la barra. Ella se deja llevar, encantada, acomodando sus enormes bolsos en el piso. Se sientan en los taburetes. Del otro lado del mostrador, Reina la mira con gesto poco amigable.
María Creuza: -Na verdade, eu só bebo champán…
Ángel: -Entonces, que sea champán. ¿Chileno, mendocino, californiano…? No, mejor que sea francés. ¡Reinita…! ¡Una botella de Don Perignon para la garota de Ipanema, por favor…. a mi cuenta!
Reina: -Moralito, traé una botella de sidra Fresita. ¡Quitale nomás el rótulo, que ésta no va a distinguir la diferencia!
El mozo trae la botella y destapa el corcho con ceremonia, festejado por Ángel y María Creuza. Sirve dos copas. Ambos los hacen chocar y beben. Ángel empieza a cantarle:
Ángel: “Moooza do corpo dourado… do sol de Ipaneeeema… o seu balanzado é mais que um poeeeema… é a coisa mais linda que eu ya vi pasaaaar….”.
María Creuza: -¡Ay, que bonitiño tú cantas…! ¡Eu adoro esa música do Roberto Carlos…!
Ángel: -Je... En realidad es del gran Vinicius, meu amor. De Vinicius de Moráes y Tom Jobim. ¿Y que acha si despois de mi actuación, vamos a mia casa, a beber otra garrafa ainda mais gostosa?
María Creuza: -¡Ay, meu querido… eu gostaría muito… mais eu tein que cruzar o río esta noite con a miña mercadoría!
Ángel: -Pero a la noche no abre la Aduana, meu amor.
María Creuza: -¡Ja ja ja…! Vocé e muito simpático… ¡Aduana, ja ja ja…! ¡Muito simpático…! ¡Oh, Moralito…! ¿A qué horas vein o seu amigo, o canoeiro…?
Moralito: -¡Ssshhh…! ¡Fala baixo, mulher! El amigo Cañete va a estar para la una de la madrugada, con su canoa, en el puertito que está a cien metros hacia abajo del puente…
Ángel: -Pero… ¡es muy peligroso! ¡Cruzar el Paraná a la noche, en canoa…! Encima ese puertito está muy cerca de la Base de la Armada… ¡Si te pillan los marinos, te pueden disparar…!
Moralito: -No, no… tranquilo upéa, che duky. Yo ya arreglé con el marinero de guardia, que es luego mi socio. El promete y garantiza total seguridad y protección, como manda la Ley.
María Creuza: -¡Oh, que bom, Moralito…! ¡Você e un dociño...!
Ángel: -¿Pero qué Ley…? ¡Si es un contrabando!
Moralito: -¡Ssshh… cállate na, nde músico ka’ucho, me vas a arruinar el negocio hina…!
Angel: -¡Sorry, beibi! Por de pronto, vos ya arruinaste el mío… por culpa de tu bendito contrabando.
En ese momento se oye una voz potente, enojada, e ingresa al bar un estrafalario personaje: Jhonny Mendieta, el corresponsal fronterizo. Viste un chaleco de prensa, trae cámara fotográfica, filmadora, grabadora, bolso con laptop… todo recargado.
Mendieta: -¿Contrabando… contrabando? ¿Mo’o oimé la contrabando? ¡Hay que denunciar esa actividad ilícita con todas las letras del cuarto poder! ¡Ahora mismo voy a escribir un feroz artículo condenando la práctica de la ilegalidad que evade al fisco…! ¿A quién hay que acusar…?
Reina: -¡Muy bien…! Se va completando el club. Ya llegó Jhonny Mendieta, el intrépido periodista que se pasa denunciando a las autoridades, funcionarios y empresarios corruptos, pero solo para conseguir que alguno le pague para dejar de hacerlo. ¡Si supieran que ya no tenés ningún periódico en donde publicar, porque ya te echaron de todas las redacciones!
Mendieta: -No me hace falta, Reina. Estamos en la época de Internet y de la comunicación alternativa digital. ¿Quieren conocer la verdad sobre la mafia y la política en las tres fronteras? Ingresen a: http://www.mondahapartida.com.py/, ¡Un periodismo valiente y sin pelos en la lengua!
Reina: -Sin pelo, sin lengua y sin nada te vas a quedar, uno de estos días, cuando algún capo se canse de ser chantajeado…
(Lo demás se verá en escena… más temprano que tarde).
martes 18 de marzo de 2008
Todos los libros el libro
Desde que el homo sapiens se alzó sobre sus pies cuando se lo permitieron los dinosaurios, una de las cosas más placenteras que busca todo ser humano es que alguien le cuente una buena historia.Eso no ha variado. Lo que ha variado es el cómo.
Desde el abuelo Pitecántropus contando cuentos a los miembros de la tribu sentados alrededor del fuego bajo la noche coronada de estrellas... hasta la voz metálica de The Matrix invitándonos a navegar por mundos sicodélicos en el océano vitual.
Hubo épocas en que el libro tuvo forma de arcilla o de papiro... y ahora probablemente tenga forma de bips, de pendrives, de blogs o páginas web.
En pocos años más el libro será... un holograma animado, colorido y sonoro, proyectado en el vacío… y después quién sabe.
¿Qué importa…?
Lo que importa es que la historia sea buena. Que te emocione. Que te remueva cosas adentro. Que te deje un sedimento de sensaciones que no son nada fáciles de explicar.
A mi me encanta esa relación promiscua con alguno de esos viejos y buenos libros, de hojas amarillas como las mariposas de Cien años de Soledad, hacer el amor con sus páginas a la luz del velador, hasta que el sueño me venza y dormirme abrazado a su carátula arrugada (a no ser que aparezca una mejor compañía, claro... tampoco la pavada).
Pero sé que es solo fetichismo.
domingo 9 de marzo de 2008
Corre, niño, corre...

Corre, niño, corre...
Corre, niño, corre...
Corre, niño, corre...
Corre, niño, corre...
lunes 28 de enero de 2008
Para qué escribo...
Escribo para dejar salir a esos extraños bichitos que siempre llevo adentro y que me roen permanentemente las entrañas, los muy malditos.Escribo para exorcisar a mis demonios privados. Para asustar a mis fantasmas favoritos. Para purgar las culpas propias y ajenas. Para dejar que estallen mis crisis de conciencia. Para aliviar las heridas del alma y las del corazón.
Escribo para encontrar una forma de pagar las cuentas a fin de mes. Para que las chicas me digan ¿en serio pio sos escritor?, y me regalen un beso ...y algo más.
Escribo para disfrazar mi inutilidad más absoluta de plantar mandioca, hacer carrera como diputado colorado, traficar cocaína o mentir en los tribunales.
Escribo para complacer la vanidad de ver mi foto en la solapa de un libro, aunque después ese libro solo junte telarañas en la biblioteca.
Escribo porque creo que es mi manera de atravesar la niebla. De dibujar el país o el mundo que mejor o peor imagino. De arrojar mensajes en mis botellas de náufrago sideral.
Escribo para inventar el gran libro que tanto me gustaría leer, y que hasta ahora nadie ha tenido los huevos ni el talento suficientes para escribirlo... y después de terminarlo descubro que yo tampoco.
Escribo porque es mi manera de cometer el crimen perfecto. De matar sin mancharme las manos con sangre... aunque sí con tinta.
Escribo porque no me quiero morir, y tengo la terca ilusión de que con las letras y los mundos que invento voy a seguir viviendo cuando ya sea apenas polvo y nada y siempre.
viernes 28 de diciembre de 2007
Año Nuevo en la Triple Frontera
La fiesta de fin de año en la Triple Frontera tiene un sabor distinto y especial, exótico y estimulante.Existen diferencias marcadas por el tiempo y la geografía. A las once de la noche, una cromática y sonora explosión de fuegos artificiales y petardos cubre el cielo del otro lado del río Paraná. Es que el Brasil y la Argentina tienen una hora adelantada con respecto al Paraguay (¡hasta en el horario somos atrasados!), y las ciudades de Foz do Iguaçú y Puerto Yguazú celebran mucho antes.
Es un espectáculo imponente acodarse en cualquier balcón, terraza o punto elevado de Ciudad del Este, y disponerse a disfrutar de esa sinfonía de luces que dibujan fantasías de colores en el horizonte. Y pensar, como el genial abuelo Einstein, en lo relativo que es el tiempo: qué loco que allí, a tan pocos metros de distancia, ya llegó el futuro, ya es el 2008, y aquí todavía estamos anclados en el pasado, en el viejo y castigado 2007. ¿Será que lo merecemos?
Una hora después nos tocará a nosotros celebrar, y serán ellos, los brasileños y los argentinos, ya con algo de mareo por tantos brindis compartidos, los que se acomodarán en sus balcones o terrazas a disfrutar de nuestros fuegos artificiales coloreando el firmamento nocturno, sintiendo esa rara sensación de película repetida, de salto atrás en el tiempo, de “deja vu” trifronterizo.
Territorio de contrastes y de gran riqueza multicultural, la Triple Frontera tiene muchas formas de celebrar (o de no celebrar) las fiestas de fin de año. Hay una vasta comunidad de árabes musulmanes (más de 12.000 personas, principalmente sirios libaneses) para quienes la Navidad simplemente no existe en su credo religioso, pero se acoplan con entusiasmo a las nuevas costumbres que han ido asimilando en su ya larga convivencia esteña.
Hay también una activa comunidad de chinos taiwaneses (más de 5.000 inmigrantes) que festejarán su Año Nuevo recién en febrero, basados en un calendario lunar más antiguo y milenario que el gregoriano, pero que están dispuestos con generosidad a hacer una especie de “adelanto” a la occidental. Y una más reducida comunidad de familias hindúes, que ya celebraron su propio año nuevo en noviembre, pero no tienen ningún problema en volver a repetir la fiesta.
Si a eso se le suman las comunidades de migrantes brasileños, bolivianos, argentinos, peruanos, alemanes, coreanos y hasta sudafricanos, junto a la población paraguaya más criolla, que habitan una de las ciudades de mayor diversidad étnica de toda Latinoamérica, el resultado puede ser mágico y casi surrealista: ver a mujeres musulmanas cubiertas con el chador árabe reunidas en torno a un pesebre campesino con aroma de flor de coco, o caminar por las calles periféricas sintiendo como se mezclan las melodías de Las Mil y Una Noches con el sonido del erhu chino, las canciones sertaneyas, la polca, la cachaca y el reguetón.
Año Nuevo de sopa paraguaya y capipiriña, de clericó y feijoada, de falabel y sidra, de chop suey y champán. Ausencias que duelen en cualquier idioma. Hogares en donde se extraña con la misma emoción a la mamá que se quedó en las ardientes dunas de Damasco, a los hermanos que envían saludos en mandarín desde Taipei, a los hijos que fueron a buscar un futuro mejor en la lejana Madrid y se les atragantan sus saludos por Internet.
Año Nuevo de mujeres casi niñas que esperan clientes sexuales en la nocturna soledad del Parque Chino. Año Nuevo de niños callejeros que inhalan cola de zapatero debajo del viaducto de la Aduana para no sentir la falta de abrazos. Año Nuevo de indígenas mbya refugiados bajo casuchas de lona en el baldío de la Terminal. Año Nuevo de sacoleiros que apuran el último cruce en el Puente de la Amistad.
Año Nuevo en la Triple Frontera. Tan diversas y variadas voces, pero tan iguales lágrimas, sonrisas, interrogantes, esperanzas. Tan similares ganas de que este 2008 sea mejor. ¡Salud…!
lunes 17 de diciembre de 2007
MAMÁ...

Mamá… es la primera palabra que uno grita en momentos de peligro, cuando algo te asusta y te amenaza, cuando buscás instintivamente ayuda y protección.
Mamá es la primera palabra que llega hasta tu corazón, cuando te sentís solo y abandonado, cuando buscás desesperadamente un poco de calor humano y de cariño.
Mamá es el origen de la vida.
Mamá es el instrumento de la creación.
Mamá es el nombre del amor.
Hay veces en que también te enojás con ella. Cuando te parece que se equivoca. Cuando creés que te impone por la fuerza sus criterios. Cuando creés que te niega la libertad. Cuando considerás que no respeta tu forma diferente de pensar, no te quiere escuchar o no te quiere entender. ¿No se te ocurrió que en realidad sos vos quien no respeta su forma de pensar, quien no busca escucharla o entenderla?
Sea como sea, ya verás por más conflictos o desentendimientos que aparezcan entre vos y ella, el amor de mamá siempre estará allí, por encima de todas las cosas, compartiendo quizás los momentos más lindos, pero sobre todo apoyándote en los momentos más duros y difíciles. Porque nada puede empañar el sublime amor que una madre siente hacia sus hijos y sus hijas.
Hay tantas cosas que te podría decir sobre mamá…
Decirte, por ejemplo, que no todos y todas tienen la suerte de tener a su mamá cerca, en forma física. Quienes por motivos personales, de trabajo o de estudio, han tenido que salir fuera del hogar, saben muy bien lo que significa estar lejos de la mujer que es la guía constante y la mejor protección.
Lejos del abrazo cariñoso al comenzar o al terminar el día.
Lejos de la mano que te tapa con una frazada en las noches de frío.
Lejos de la mano que te prepara el plato de comida que más te gusta, o que te acerca el remedio cuando estás enfermo.
Lejos de la cálida voz que te pregunta por tus problemas, que te reconforta cuando estás tristes, y que te felicita por tus pequeños éxitos cotidianos.
Hay quienes sienten una distancia todavía más grande. Quienes ya no tienen la fortuna de tener a su mamá sobre esta tierra, pero tienen el consuelo de saber que el amor de una madre vence todas las fronteras, incluso las de la muerte. Y que estas madres siguen vivas en la memoria y en el corazón de cada uno de sus hijos. Que su amor es una estrella que brilla en la oscuridad y sigue iluminando el camino.
Hay tantas cosas que les podría decir también a las mamás...
Decirles que también nosotros las queremos mucho. Y que a veces nuestra aparente rebeldía y desobediencia, que tanto les suele molestar, es también una forma de expresarles nuestro amor, porque es la manera en que afirmamos nuestra propia identidad, la manera en que rompemos el cascarón para vivir nuestras propias vidas, la manera en que conquistamos nuestra libertad en este difícil pero apasionante mundo.
Y aunque nos cueste mucho, aunque nos equivoquemos tantas veces, todas las cosas que estamos haciendo y por las que estamos luchando, son las cosas en las que creemos. Son las cosas que le dan sentido a la vida que ellas tan generosamente nos han regalado.
Sí, hay tantas cosas que te podría decir sobre mamá...
Pero bien sé que las palabras no son suficientes para expresar todos nuestros sentimientos, toda nuestra gratitud.
(Partes de un texto que escribí hace muchos años, a pedido de una bella niñita que quería regalarle palabras a su mamá en un acto escolar).
viernes 7 de diciembre de 2007
Arandu Ka'aty

–No sé lo que le pasa. Parece que le sopló viento... –dice en guaraní la madre del bebé, con desconsolada impotencia. Es una muchacha pequeña y oscura, todavía una niña, pero con la piel ya avejentada por la tristeza y el dolor.
Todos, en algún momento, hemos intentado hacer algo para tratar de calmar el sufrimiento del bebé. Agua, aspirinas, caramelos, juguetes, morisquetas... nada sirve. Hace más de dos horas que hemos salido de la colonia Pacobá y aún faltan como cien kilómetros para llegar a Curuguaty. A lo largo del camino sólo hay selva y soledad. Nunca las palabras como progreso y civilización me habían parecido tan distantes.
De pronto, al final de una curva, una brusca frenada del vehículo nos arroja a todos contra las paredes o contra el piso de la carrocería.
El Mixto se detiene. Hay un enorme árbol caído. Un grueso yvyra pytá de frondoso ramaje que bloquea totalmente el camino.
Nos bajamos a mirar.
En brazos de la niña-mamá, el bebé no deja de llorar.
El chofer del mixto, un tipo gordo, vestido con una camisilla agujereada, inspecciona el árbol caído y gesticula negativamente con la cabeza.
–¡Es demasiado grande, no hay forma de moverlo! –exclama.
Aún así, entre todos hacemos el esfuerzo. Rodeamos el tronco, lo abrazamos como si fuera un ser querido. Primero tratamos de levantarlo con cariño. Después, de empujarlo con rabia. Nada. Es en vano. El maldito no se da por enterado. No conseguimos moverlo ni un milímetro. Y el bebé no deja de llorar.
–¿Qué hacemos, chofer...? –pregunta con desesperación una señora, con aspecto de granjera mennonita.
–¡No sé, señora! –responde nervioso el conductor.
–¿Por qué no volvemos al punto de destino? –propone otro pasajero.
–Es demasiado lejos. ¿Por qué algunos no vamos a pie por el camino? A lo mejor encontramos una granja, en donde alguien tenga un tractor –interviene un joven, vestido con uniforme de conscripto.
–No, yo conozco muy bien esta zona. Podés caminar kilómetros y kilómetros, y solo vas a encontrar puro monte –le desalienta el chofer.
En ese momento, una mujer que se había alejado con un niño a cierta distancia, aparentemente para hacer pipí, lanza un grito.
–¡Miren...! ¡Vienen varios hombres a caballo!
Con una exclamación de júbilo, los vemos acercarse a la distancia, desde el otro lado del árbol caído. Son siete jinetes, con anchos sombreros, que nos saludan con gritos y carcajadas. Son siete seres rudos, obrajeros del monte. Siete ángeles oscuros que acuden en nuestro auxilio.
–¡Buenas tardes, los amigos! ¿Pe pyta piko detenido? –dice uno de ellos, que parece ser el líder del grupo. Es un hombre moreno, petiso y robusto, de facciones aindiadas.
–Ya ven cuál es el problema. –contesta el chofer, señalando al árbol caído, como si fuera necesario–. A lo mejor pueden darnos una manito.
–No se preocupe, compañero. Esto es vyroreí. En un ratito vamos a solucionar –dice el hombre, mientras hace un gesto a los demás jinetes.
Rapidamente, cuatro de ellos descienden de sus caballos y extraen filosas hachas de sus monturas. Sin dudarlo, se acercan al árbol, lo estudian por un breve instante y en seguida empiezan a cortar las ramas de tupido follaje, apartándolas a un costado del camino, hasta dejar solo el grueso tronco atravesado. Luego, con certeros hachazos, terminan de separar el cuerpo de la raíz. Otro de los jinetes se acerca con una gruesa cuerda de fibra de karaguatá, que amarran con varias vueltas a la base del tronco, mientras atan el otro extremo a la montura de tres caballos.
Impresionados, los pasajeros nos juntamos a observar el espectáculo.
La cuerda ha quedado tensa, estirada por los caballos. Uno de los jinetes toma de las riendas a los animales y, con un grito seco, los obliga a jalar el tronco. Hay un momento de tensión, en que la cuerda se estira y parece que va a romperse, y todos contenemos la respiración. Los caballos caracolean. El jinete los empuja con otro grito. Y, entonces, lentamente, el tronco empieza a moverse.
Un grito de admiración escapa de nuestras gargantas.
Otro grito del jinete. Los caballos avanzan. El tronco se desliza, se desliza, se desliza, hasta quedar totalmente fuera del camino.
–¡Bieeeen... bieeeen...! ¡Increíble...! –grita una señora.
Hay aplausos, hurras y vítores.
Nos acercamos todos para agradecer a los jinetes. Algunos, entusiamados, reparten abrazos y palmeadas en la espalda.
–¿Cuánto le debemos por esta gauchada? –pregunta la señora con pinta de granjera mennonita al líder del grupo.
–¡No, señora, por favor...! ¡Mba’evete verá! –le responde el hombre.
–Bueno, bueno... vamos a subir todos al Mixto. Ya es muy tarde y tenemos que seguir viaje –ordena el chofer.
Entusiasmados, comenzamos a ascender al vehículo.
Es entonces cuando escuchamos el lastimero llanto del bebé que viene creciendo a la distancia.
Con todo el trajín, nos habíamos olvidado completamente de la niña-madre y de su criatura enferma.
Cuando ella está por subir, una mano la detiene.
Asustada, la niña trata de zafarse, pero el hombre moreno, el líder de los jinetes, le sonríe y le dice que no tenga miedo. Luego, sus manos de gorila toman al bebé lloriqueante y lo alzan con infinita ternura, mientras lo palpan detenidamente. Sus dedos le abren la boca y sus ojos escrutadores lo revisan. Al poco rato, el hombre le devuelve el bebé a la niña.
–Su garganta está descompuesta. Esperame un rato, te voy a dar algo –le dice.
Ella se queda allí, al pie de la puerta del Mixto, expectante, mientras él camina hacia su montura y hurga en el interior de unas alforjas de tela. Al rato lo vemos sacar un trozo de panal de miel, que vuelca en el interior de un jarro lata. Luego se dirige con pasos decididos hacia el monte y se pierde dentro de la espesura durante largos minutos. Finalmente lo vemos regresar con el jarro lata en la mano, removiendo el contenido con una ramita, hasta acercarse a la niña-madre.
En silencio, observamos cuando empieza a darle de beber al niño una especie de jarabe verdoso. El bebé protesta, incómodo, mientras el dedo del hombre le va dando el líquido pastoso en la boca. Increíblemente, el llanto del niño se va volviendo espaciado, hasta que finalmente cesa por completo. El hombre le acaricia la cabecita y después ayuda a la niña-mamá a subir al vehículo. Por primera vez veo una sonrisa en su carita sufrida.
–¡Nde, karai...! Contame... ¿qué le diste al bebé? –le pregunto al hombre desde la puerta del Mixto, mientras escucho que el chofer enciende el motor y se dispone a reanudar la marcha.
–Nada... un remedio que me enseñó mi abuela, nomás –dice él, con un gesto de la mano que parece un saludo pero también un signo de restarle importancia a mi curiosidad.
El Mixto empieza a moverse y tengo que gritar por encima del ruido del motor para hacerme escuchar.
–¡Si... pero qué había en el jarro! ¿Miel y qué más...?
El hombre sonríe y me despide con la mano levantada, mientras su figura empieza a alejarse. Todavía alcanzo a oír su respuesta.
–Si venís alguna vez a visitarme, te voy a contar. ¡Son cosas del arandu ka’aty nomás!
Nunca supe su nombre.
Pasé varias veces por el mismo sitio, pero no lo volví a encontrar.
Ahora prácticamente ya no quedan montes en Canindeyú. Casi no existe el peligro de encontrarse con algún árbol caído en mitad del camino. Pero yo no pierdo la esperanza de que en algún momento me vuelva a cruzar con esos oscuros ángeles montados a caballo.
miércoles 28 de noviembre de 2007
País

jueves 22 de noviembre de 2007
El país se quiere ir del país
"... Un país condenado al suplicio de la esperanza, con su gente que vive como en castigo en uno de los más hermosos y apacibles lugares de la Tierra, de esos que se llevan su lugar a otro lugar y se esconden en un recodo de la historia."Ayer te vi...
Estabas allí, en la larga fila de personas frente al local de Identificaciones, esa monstruosa cola de dragón que da varias vueltas a la manzana y se ha instalado como una triste y vergonzosa imagen en nuestro paisaje cotidiano.
Ayer te vi...
Estabas allí, como uno más entre la gente, esperando con estoica paciencia bajo el Sol inclemente, la cabeza protegida por un ajado sombrero pirí, con tu jarra y tu guampa de tereré en la mano, plagueándote sobre el último partido de fútbol, protestando por la suba del precio del gasoil.
Ayer te vi...
Me costó reconocerte. Tu figura parecía un poco diferente a la del clásico mapa que nos enseñan en la escuela. Pero eras vos nomás... cansado, arrasado, devastado, vencido.
Me acerqué y te dí un abrazo.
—¿Qué...? ¿Vos también te vas...? —te pregunté, atónito.
—Sí... Ya no aguanto más, che ra'a —me contestaste, casi susurrando como para que los demás no escuchen—. Miseria, corrupción, robos, asesinatos, secuestros, farsas judiciales, falta de trabajo, gente que se muere de hambre o de soledad... ¡Estoy harto! Sí... yo también me quiero ir del país.
—Pero... ¿cómo te vas a ir...? ¡Vos ningo sos el país...!
—¿Y qué...? ¿Acaso no me puedo ir de mí mismo?
—Suena un poco absurdo. Pero, bueno... aquí todo es posible. ¿Y a dónde te pensás ir?
—Si me dan el pasaporte, me voy a España, como la mayoría. Dicen que allá los países del Tercer Mundo podemos conseguir alguna buena changa.
—Pero... ¿qué va a ser de nosotros si vos te vas? ¿En qué lugar nos vamos a quedar a vivir?
—No sé... Algún lugar habrá, aunque no sea el mío. En realidad, aquí hace rato que yo ya no soy yo. A mí me vendieron por 30 monedas, para más falsificadas. Me remataron, me robaron, me secuestraron, me crucificaron, me cambiaron. El país al que ustedes todavía llaman Paraguay, ya es otro. Es un país de gua'u, un país de plástico, un país "mau"...
—Pero... ¿no podrías quedarte y seguir luchando? ¿Esperar que tus hijos te podamos cambiar y mejorar las cosas? ¿Construirte a la imagen de nuestros sueños y de nuestras utopías?
—¡Qué más me gustaría...! Pero, mirá... fijate en los rostros de los que están en esta larga fila para sacar pasaportes. Son casi todos chicos y chicas jóvenes. Ellos y ellas son mi esperanza, como dice la canción. Si ellos y ellas se van... ¿para qué me voy a quedar?
No supe qué contestarte.
Te abracé de nuevo y me alejé, con un nudo en la garganta.
¿Qué te podía decir...?
Solo me queda confiar en que no tengas suerte. En que a los burócratas de Identificaciones se les acaben otra vez los insumos para hacer las libretas, o que no tengas plata para las coimas, o que te vean cara de sospechoso (es decir, de honesto)... y, por alguna u otra razón, no te den nunca el maldito pasaporte.
viernes 9 de noviembre de 2007
Amistad

¿Qué es la amistad? ¿Un sentimiento? ¿Un culto? ¿Un póster con flores y poemas? ¿Un juego de papelitos con nombres tomados al azar? ¿Un regalo que hay que hacer obligatoriamente cada 30 de julio?
Tengo amigos y amigas entrañables de la infancia, que compartieron conmigo tantas pasiones y descubrimientos, tantos sueños y secretos, pero a quienes hoy encuentro en una esquina... y me parecen perfectos extraños. ¿En qué laberinto de la vida se perdió nuestra amistad?
Y sin embargo, algunas veces, me llegan cartas, o mails, o llamadas telefónicas, o visitas, de lectoras y lectores totalmente desconocidos, que demuestran conocerme más que yo mismo, y con quienes, al intercambiar palabras, gestos, acciones, siento que somos amigos desde la eternidad. ¿Serán los verdaderos amigos invisibles?
No creo en la amistad heroica o sublimada, por encima de las grandezas y las mezquindades humanas. No creo en esa tonta, obvia y recurrente frase de que "amigos son los amigos" (¿Qué sería lo contrario? ¿"Enemigos son los enemigos"?). Tampoco creo en esa otra frase institucionalizada, de que el Paraguay es "el país de los amigos", pues en nombre de ella se justifica todo, desde la corrupción hasta la impunidad.
"Amistad" se llamaba aquel lúgubre barco que traficaba esclavos negros desde el África, sobre el cual Steven Spielberg hizo una estupenda película.
Según el negro Alejandro Dolina, es relativamente fácil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre la amistad, pero es casi imposible conseguir que esas mismas personas te presten un poco de dinero.
Yo no quiero un millón de amigos, como Roberto Carlos, pero sé que muchas cosas jamás las lograría "sin una ayudita de mis amigos", como bien lo recuerdan esos dos geniales amigos legendarios, John Lennon y Paul McCartney.
martes 30 de octubre de 2007
Razones
Porque él no canta solo con su potente voz, sino con toda el alma que se le desgarra en cada canción.Porque a través de su voz cantan muchas otras voces, sofocadas bajo la tierra, condenadas a siglos de soledad. Voces que sufren, aman, se rebelan, luchan y se atreven a imaginar un mundo mejor.
Porque hay una imagen que no se me borra nunca: Abril de 1986, el Hospital de Clínicas rodeado de policías. Ricardo Flecha avanza, sólo con su guitarra, para enfrentarse al cerco represivo con su canto solidario.
Una chica me preguntó entonces: ¿Qué puede hacer una guitarra frente a las armas, frente al odio, frente a la muerte...?
Creo que hace una vida que Ricardo Flecha viene contestando a esta pregunta.
lunes 22 de octubre de 2007
Humo verde
(Capítulo adelanto de mi próxima novela "Chaco", en donde el periodista Rafael Bastos y el detective Martín Yacaré vuelven a las andadas, detrás de un sueño ambientalista en la región Occidental. Un pequeño regalo para los lectores y las lectoras que desde hace rato me piden más aventuras de estos personajes).Fue en vano. En el último segundo, el animal se esquivó y echó a correr. La lanza se clavó en la tierra con un ruido seco, curiosamente metálico.
Ugói se aproximó, mientras Gaacái se reía de la torpeza de su amigo. Del chancho salvaje solo había quedado un leve murmullo perdiéndose entre la espesura.
Ugói intentó desenterrar la lanza y la sintió dura, como si algo la aprisionara. Extrañado, la aferró con las dos manos y tironeó con fuerza. Hubo un crujido, un shsssst intenso, un olor picante que lo envolvía rápidamente. Una llamarada de fuego se encendió dentro de sus pulmones.
A pocos metros, Gaacái vio a su amigo toser, tambalearse y luego caer, envuelto en una radiante nube de humo verde, que brotaba desde el fondo de la tierra.
Corrió para ayudarlo, pero no pudo llegar hasta él.
La nube verde salió a su encuentro, y fue como si el Sol se derritiera sobre sus hombros.
* * *
–Humo verde –dice la vieja en idioma Ayoreo, según me explica Charles, el misionero salesiano que hace de guía y traductor.
Dupade, en la árida región del Chaco Central, parece una aldea fantasma, un miserable poblado barrido por los Jinetes del Apocalipsis.
Solamente la vieja Amatai está sentada en medio de la soledad de la siesta infernal, con su bastón de madera y sus ojos alucinados, hablando de visiones y profecías.
Ella es la única sobreviviente de esa pequeña comunidad de indígenas Ayoreo en donde han fallecido más de veinte personas, víctimas de una extraña enfermedad que el Ministerio de Salud se apresuró en catalogar oficialmente como “Epidemia de paludismo”.
–¡La madre tierra, herida mortalmente por los Cojñone, se ha enojado con sus hijos! –repite una y otra vez la vieja Amatai, con voz estremecida, agitando en el aire su bastón de madera–. ¡Por eso ha enviado el humo verde de la muerte!
–¿Qué significa Cojñone? -le pregunto a Charles.
– Es como llaman los Ayoreóde a los hombres blancos.
–Ya, pero... ¿qué significa?
–Significa literalmente: “Gente que hace cosas extrañas o tontas”.
–Muy preciso.
La vieja me mira con sus ojos inescrutables. Le pido a Charles que le pregunte sobre el sitio exacto donde murieron los jóvenes cazadores Gaacái y Ugoy, las primeras víctimas del extraño mal.
Despues de hurgar largamente en los devaneos de la anciana, el misionero logra obtener una imprecisa referencia del sitio donde brotó el humo verde.
Ahora solo nos falta burlar la vigilancia de los militares que han cercado la aldea bajo el pretexto de la declarada “emergencia sanitaria”. El mayor Walter Espínola, a cargo del operativo, había aceptado a regañadientes mi presencia en la aldea, solo porque le mostré la autorización especial firmada por el secretario de informaciones de la Presidencia de la República, pero le ordenó a un soldado que no me pierda de vista un solo instante.
Así que me despido de él con una exagerada muestra de gratitud por su gentileza. Me mira desconfiado, pero a la vez contento de poder librarse de mi incómoda presencia. Con Charles subimos a la camioneta con el logotipo de la revista Ñangapiry News, donde el chofer me está esperando, asfixiado de calor. Un oficial da la orden y se abre la improvisada puerta en la muralla de alambre de púas, para dejarnos salir de la aldea.
Luego de habernos alejado como medio kilómetro, le pido al chofer que se detenga y me bajo a orinar al costado del camino. De reojo veo que un jeep verde también se detiene a la distancia, detrás nuestro. Un brillo de los reflejos del Sol delata el uso de sus anteojos largavistas.
Con disimulo, vuelvo a subir a la camioneta.
–Escuchame, Tapití. En la primera curva, disminuí la velocidad, pero no te detengas. –le digo al chofer- Charles y yo vamos a saltar. Vos seguí directo hasta Filadelfia y quedate a esperanos en el hotel, todo el tiempo que sea necesario.
-¿Qué...? –exclama Charles, alarmado.
Tapití, el chofer, asiente con la cabeza, sin ningún comentario. Nos conocemos desde hace mucho y ya está perfectamente habituado a mis locuras.
Con un gesto, Tapití me muestra el lugar más indicado, un recodo donde el camino serpentea en medio de una espesa vegetación. Aferro fuertemente mi mochila, le hago una seña a Charles, quien está pálido de susto. Cuando el vehículo dobla la curva, abro la portezuela, empujo a Charles y salto detrás de él.
Los dos caemos pesadamente al suelo. Charles grita de dolor, pero no le doy tiempo, me incorporo y lo arrastro hacia el monte. En seguida vemos que el jeep militar también dobla la curva, siguiendo las huellas de nuestra camioneta. Hay un oficial y dos soldados adentro, además del conductor, todos armados hasta los dientes. El oficial lleva los binoculares en la mano, aunque sé que le será muy difícil poder ver algo con el intenso traqueteo.
El jeep sigue de largo detrás de la camioneta. Harán un lindo viaje inútil hasta Filadelfia.
Miro a Charles, que ha contenido la respiración, y le hago un gesto tranquilizador. Saco mi pequeña brújula y trato de orientarme.
–Por lo que dijo la vieja, tenemos que caminar hacia el Norte –le explico.
–Usted está loco –me dice Charles.
–Eso ya lo sé. ¡En marcha!
* * *
Avanzamos despacio por un estrecho cañadón que se extiende hacia el norte. Los cañadones son hondonadas naturales, características de la topografía chaqueña, abiertas en medio de la espesura, cuya utilización fue muy eficaz para las tropas paraguayas durante la Guerra contra Bolivia, en los años 30. Charles camina detrás de mí, aún confundido, aunque ya menos asustado.
–Perdone la curiosidad, señor Bastos... –me dice, al cabo de varios minutos de silencio–. Ya sé que la muerte de veinte indígenas por paludismo es algo grave, pero no hasta el punto de que se declare un verdadero estado de guerra militar, ni que una importante revista de la capital envíe a su mejor periodista.
–Gracias por lo de mejor periodista, Charles. Ojalá mi director, Fulgencio Mendieta, pueda escucharte. Pero tenés razón. Aquí hay algo mucho más grave todavía. Esos indios no murieron de paludismo.
–¿No...? ¿Y entonces de qué...?
–Es lo que quiero averiguar. Sospecho que los cazadores descubrieron accidentalmente algo que estoy buscando desde hace tiempo. Algo muy peligroso y mortal. Algo que si se llega a difundir, puede hacer rodar la cabeza de personajes muy poderosos.
–Me está asustando de nuevo...
–Te voy a contar una historia, Charles. Una historia que vengo siguiendo desde hace años, hasta ahora con muy pobres resultados. Es una historia que comienza en Alemania, en el puerto de Bremen, en octubre de 1990, cuando las autoridades aduaneras realizan una verificación rutinaria al cargamento de un buque trasatlántico llamado Borkun. Se trataba de barriles de pinturas que iban a ser enviadas como donación a un lejano y pobre país tercermundista, llamado Paraguay. Ya habían sido enviados varios cargamentos similares anteriores, todos en forma absolutamente legal. Pero esa vez, los aduaneros advierten un nauseabundo olor, que los lleva a inspeccionar más a fondo. Al abrir uno de los barriles, perciben una extraña luminosidad verde en su interior. Rápidamente llaman a un equipo de expertos y descubren que en realidad el contenido no era pintura, sino desechos industriales, altamente tóxicos y de exportación absolutamente prohibida.
–Entonces... ¿era eso lo que...?
–No lo sabemos, Charles. Aquel cargamento fue confiscado y luego destruído. Organizaciones ecologistas como Greenpeace armaron un tremendo escándalo mundial, ya que el tráfico de basura tóxica es considerado como uno de los mayores crímenes contra el sistema ecológico del planeta. Empezó a hablarse de la presunción de que los anteriores cargamentos enviados al Paraguay eran también de basura tóxica, pero nunca se encontraron rastros ni evidencias. Hasta que empezaron a saltar algunos documentos. Una nota secreta del entonces ministro de Industria, ofreciendo a una empresa alemana la posibilidad de usar “desechos industriales” como combustible alternativo en los altos hornos de la Industria Nacional del Cemento, en Vallemí. Algunos avisos publicados en varios diarios europeos que ofrecían “tierra para depósito de desechos” en el Chaco central, específicamente en una desértica región denominada Rinconada Flavio. Y algunas notas del entonces agregado militar de la embajada paraguaya en Alemania, un coronel de caballería de apellido Oviedo... te suena, ¿verdad?... que ofrecía sus gestiones a empresarios alemanes para traer desechos industriales al país.
–Pero... ¿se pudo comprobar si llegó a entrar realmente algún cargamento?
–Una alta fuente diplomática nos confirmó que al menos una partida de tambores con productos altamente tóxicos, principalmente dioxina, fue enterrada por soldados de la Caballería en una zona desértica del Chaco Central, una oscura noche de junio de 1992, pero nunca pudimos precisar el lugar exacto. Es decir, nunca... hasta hoy.
–Carajo... carajo... carajo...
–No maldigas, Charles. Acordate que vos sos un misionero católico. Para más, salesiano. Por otra parte, estamos a punto de desentrañar el misterio. Mirá... allí están los árboles que nos mencionó la vieja Ayoreo.
* * *
“Encontrarán a dos árboles hermanos, frente a frente, exactamente iguales, como si fueran imágenes uno del otro”, había dicho en medio de su delirio la vieja Amatai. Tal cual, allí estaban, en la cima de una pequeña loma, dos frondosos y corpulentos samuhú o palo borracho, clones idénticos, cual si fueran mutuos reflejos de si mismos en un espejo.
Según la vieja había que pasar por en medio de los dos árboles gemelos, como a través de un arco del triunfo, y caminar veinticinco pasos hacia del lugar donde entra el Sol. Me pongo a medir la distancia, seguido por un repentinamente animado Charles, como si su miedo hubiera quedado atrás, superado por la adrenalina de la increíble aventura.
Al dar el vigésimo octavo paso (probablemente los Ayoreo tienen piernas más largas o no saben contar muy bien), encuentro la tierra pintada de verde. Ya no hay humo, pero el sitio esta marcado por un círculo de plantas muertas. Y en el centro... ni siquiera se han molestado aún en tapar el pozo abierto por la lanza de los jóvenes cazadores.
–Quedate allí, Charles. No te acerques. Puede ser peligroso.
Abro la mochila y le paso una de las máscaras de gas. Tengo que enseñarle como ponérsela. Yo me coloco otra y me calzo los guantes de amianto. Luego extraigo la pequeña pala plegable y me pongo a cavar con cuidado alrededor del hueco. Charles me observa, respirando ruidosamente dentro de su máscara, entre temeroso y con ganas de ayudar.
De pronto, al hundir otra vez la pala en la tierra, siento el golpe contra el metal.
Me acelero, pierdo mi característica parsimonia, arrojo la pala a un costado y me pongo a cavar frenéticamente con las manos, arrojando puñados de tierra al aire, sin sentir que mis dedos se lastiman bajo el guante de amianto, hasta que el barril va emergiendo con su siniestra estructura cilíndrica, carcomida por la espuma verde.
No puedo creerlo. A mi lado, Charles tiembla de excitación. Le pido que me pase la mochila. Extraigo mi cámara y empiezo a tomar fotos de todos los detalles y desde todos los ángulos. Después, con una tenaza, desprendo fragmentos para muestras y los guardo en bolsas herméticas de papel aluminio. Estoy tan concentrado, tan obsesionado, que no siento la presencia de las sombras que me rodean.
Al darme cuenta, ya es muy tarde.
El golpe estalla en mi cabeza y todo se oscurece.
* * *
Cuando recupero el conocimiento, Charles está allí, tumbado en el suelo, aún inconsciente, con su máscara aún puesta.
Toda la tierra alrededor ha sido recién cavada y removida.
Hay muchas huellas de botas y camiones pesados.
Encuentro mi cámara fotográfica arrojada entre los arbustos, rota y sin batería, ni tarjeta de memoria.
Ni un solo rastro de los barriles.
¡Maldición!
Charles despierta al rato, con la cabeza dolorida.
Le saco la máscara. Le paso agua de la cantimplora, le cuento, le explico.
–¿Qué va a hacer usted ahora...? –me pregunta.
–Seguir buscando.
–¿En dónde...? Con seguridad, esta vez van a hacer desaparecer todo.
–Imposible, Charles. La dioxina no se evapora en el aire. Tarda 250 años en disolverse en el ambiente. Esos condenados barriles habrán sido enterrados en otro lugar. Ya los encontraremos.
–Será muy difícil... ¡El Chaco es inmenso!
–También mi rabia y mis ganas son inmensas, Charles. No te preocupes. ¡Vamos...!
Una ráfaga de viento fresco y suave nos golpea en la cara, cuando nos incorporamos para desandar el camino.
En el horizonte, una bandada de loros pasa volando en cámara lenta, mientras un Sol pálido y rojizo empieza a caer detrás del bosque de palmas.
Aspiro profundamente ese vital aire chaqueño, tan poblado de encantos y de secretos. Luego de doy una cariñosa palmada a Charles y lo empujo decidido hacia el cañadón.
miércoles 17 de octubre de 2007
Inodoro Pereira en el Defensores del Chaco
"Supe tener una china a la que yamaban La Altiva. La eché del rancho porque me sirvió un mate frío", cuenta Inodoro Pereira. "¿Descuidada?", le pregunta su inseparable perro Mendieta. Y el gaucho más famoso de la historieta argentina responde: "No, paraguaya. Endijpué me enteré que lo que me había servido era tereré".Una y otra vez, las referencias a la cultura paraguaya aparecen en la obra del gran escritor y humorista gráfico rosarino Roberto Fontanarrosa, quien hace poco apagó su lápiz genial para inscribirse en el gran libro de la inmortalidad artística.
Ahora se sabe: "El Negro" estuvo en Asunción al menos una vez, en su rol de fanático hincha de fútbol, para ver un partido entre las selecciones del Paraguay y Argentina. Casi seguro que fue el 6 de julio 1997, en las eliminatorias para la copa del mundo Francia 98, cuando los argentinos nos ganaron en nuestra propia cancha por 2 goles contra 1.
Tímido y huidizo, se mantuvo casi de incógnito, para desgracia de sus muchos admiradores, a quienes nos hubiera encantado arrastrarlo a algún céntrico bar asunceno. No hubiera sido el mítico "El Cairo" de su Rosario natal, sede oficial de "la mesa de los galanes" (el grupo de amigos que congregaba semanalmente para dejar fluir "la insoportable levedad de la conversación"), pero le hubiéramos robado más de una historia para compartir.
El propio Fontanarrosa contó después, en la entrevista con Brigitte Colmán, de la revista Vida de ÚH, que desde el Hotel acompañó a los periodistas de Clarín al aeropuerto Silvio Pettirossi para recibir a los jugadores argentinos, y se quedó asombrado cuando los hinchas paraguas les gritaban: "¡Comegatos!". Hacía poco había estallado la noticia de que los pobladores de una villa marginal de Rosario cazaban gatos para engañar al hambre.
"El Negro" hizo alusión al episodio en su celebre ponencia sobre las malas palabras, en el Congreso de la Lengua, en Rosario, en el 2004: "Me ha tocado vivir, cuando he tenido que acompañar a la Selección Argentina a partidos en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían 'comegatos' que es, estrictamente para los rosarinos, un rosarinismo".
Roberto Goiriz y Nico Espinoza estuvieron a punto de lograr que venga para el primer Chake!, la Muestra Paraguaya de la Historieta y el Humor Gráfico, en el 2000. Fontanarrosa había dicho que sí, pero a último momento surgió un inconveniente y canceló su visita. En cambio vino Cristobal Reynoso, el popular Crist, su amigo y colega más querido, a quien "El Negro" le pidió que dibuje sus guiones para su viñeta diaria en Clarín, y su página semanal en la revista Viva, cuando la enfermedad ya no le permitió mover la mano.
Ahora, cuando en la "mesa de los galanes" de El Cairo hay una silla irremediablemente vacía, ahora que don Inodoro se pasea deconsolado por la Pampa telúrica y el Mendieta aulla su tristeza a la luna, y hasta Boggie el aceitoso no puede ocultar una lágrima en su duro rostro de mercenario insensible y sin corazón, ahora, desde esta isla rodeada de tierra, solo cabe rescatar estas viñetas que nos dibujan y nos reflejan, en homenaje al gran maestro.
¡Que lo parió!
Escribir con los pies
Fue el maestro Jorge Luis Borges quien instaló el mito de que los escritores nada quieren saber del fútbol. Sus sentencias sobre el deporte rey eran particularmente odiosas y provocativas: "El fútbol despierta las peores pasiones". "Es popular, porque la estupidez es popular". "¿Qué hacen veintidós estúpidos corriendo tras una sola pelota?".Pero Borges era Borges, el de la escritura más brillante en la literatura hispanoamericana y se le podía perdonar casi todo. Extraviado en su laberinto de interminables bibliotecas, el ciego genial nunca pudo comprender las pulsaciones vitales del alma popular.
La literatura no puede ignorar un fenómeno social capaz de mantener a la humanidad entera paralizada frente a una pantalla de televisión. Más allá de Borges, el fútbol ha encendido las pasiones de muchos narradores y poetas, inspirando obras memorables. El austriaco Peter Handke escribió una inquietante novela, "La angustia del arquero frente al tiro penal", de la cual el alemán Win Wenders hizo una bella película. El catalán Manuel Vázquez Montalván llevó a su detective Pepe Carvalho a bucear de lleno en los arrabales del mundo futbolero, con su aventura policial "El delantero centro fue asesinado al atardecer".
Pero nadie escarbó tan a fondo en la historia y las contradicciones del deporte de masas como el uruguayo Eduardo Galeano, en su libro "El fútbol, a sol y a sombra". Y ningún otro escritor se reveló tan apasionadamente futbolero como el novelista argentino Osvaldo Soriano, autor de tantos relatos sobre partidos surrealistas y goles imposibles, como "El penal más largo del mundo".
En la literatura paraguaya hay un cuento precioso de Augusto Roa Bastos, "El crack". Narra la historia del Goyo Luna, puntero izquierdo del club Sol de América, que vuelve desde la muerte para librar su último partido, mágico, sobrenatural, heroico y sublime, para salvar a su club de una segura derrota.
miércoles 10 de octubre de 2007
El monstruo del Lago Ypoá
Estábamos allí, tumbados en la arena, coreando una canción de Silvio Rodríguez con la guitarra, mientras la cerveza corría generosa y varios trozos de pescado se doraban a la parrilla. Una Luna enorme se dibujaba sobre el agua y la fresca caricia de la brisa nocturna nos hacía suponer que si de veras existe el paraíso, seguramente es un lugar parecido a ese. Claro que nadie lo decía en voz alta, porque esas cosas siempre suenan un poco cursi.De pronto, el ruido del motor de una lancha deslizadora aproximándose a gran velocidad desde el medio del Lago Ypoá, rompió el encanto.
Se oyó un confuso eco de gritos. La embarcación atracó en playa con un seco impacto y varios jóvenes saltaron a tierra, visiblemente alterados.
–¡El monstruo...! ¡Hemos visto al monstruo!
Hubo un revuelo general. Un chico de gruesos anteojos, con la respiración entrecortada, trataba de relatar que habían estado pescando cerca de la isla del medio, cuando sintieron que algo golpeaba el fondo de la lancha. Asustados, vieron una sombra oscura deslizarse bajo la superficie de las aguas.
Eso fue suficiente para provocar la desbandada.
Al poco rato ya se había armado una expedición para salir a la caza del monstruo. Algunos llevaban cámaras fotográficas, otros portaban escopetas. Se armó una batalla campal para ocupar las pocas lanchas y canoas que estaban en la playa, hasta que todos partieron a la luz de las linternas.
Me quedé sentado junto al fuego. Claudia se acercó desde algún lugar y me preguntó por qué no me había ido con el grupo, qué había pasado con mi espíritu aventurero. Iba a contestarle que no creía en los monstruos, pero me acordé de varios especímenes políticos en Asunción y entendí que no era la respuesta más adecuada. Así que le dije simplemente que no quería dejar que se enfriara el pescado, y le pasé otra fría lata de cerveza.
Tres horas después, los expedicionarios regresaron, visiblemente frustrados, llenos de picaduras de mosquitos y mbariguíes.
Desde entonces, la leyenda del monstruo comenzó a perseguirme, cada vez que por algún motivo me aproximaba a la mágica región del Lago Ypoá.
Un día, mientras atravesábamos los esterales de Mocito Isla con varios colegas periodistas, en un precario cachiveo, en el sector más pantanoso del Lago, para participar de una jornada ecologista, álguien volvió a plantear el peligro de encontrarnos sorpresivamente con la mítica bestia.
Un poco harto del tema, busqué el apoyo del lugareño que nos conducía, Rigoberto Maciel, hombre taciturno y oscuro que remaba con prodigioso equilibrio la rústica embarcación labrada en un gran tronco de timbó. Le pedí que sacara a los incautos de su engaño sobre el cuento del monstruo, pero el personaje se limitó a sonreír con indulgencia y dijo que a esa hora de la mañana iba a ser difícil encontrarlo, porque el bicho solo aparece al anochecer cuando hay Luna llena o está por llover.
–En todo caso, si tenemos suerte, podremos escuchar el sonido de la campana encantada que está sumergida en el fondo del Lago, o ver pasar a las islas flotantes... –explicó, ante la admiración de los demás tripulantes.
–No macanee... ¿Acaso usted ha visto alguna vez al famoso monstruo? –le pregunté.
–Sí... dos veces, pero nunca de cerca. Aquí nadie se anima a acercarse. Todos le tenemos mucho miedo.
Descorazonado, al llegar a la isla busqué el apoyo de alguien que pudiera responder al mito de una manera racional y científica. Les pedí a los demás que me acompañen y abordé a Margarita Miró, destacada historiadora y ambientalista residente en Carapeguá, autora de varios libros y estudiosa apasionada del ecosistema del Lago Ypoá.
–Margarita, por favor... –le pedí–. Vení, enseñale a esta banda de supersticiosos. ¿Qué hay de verdad sobre el famoso tema del monstruo del Lago Ypoá?
La investigadora me miró con ojos escrutadores. Luego, en tono serio y didáctico, se dirigió a todos los que la rodeábamos:
–Miren, chicos... yo creo que se trata de un animal prehistórico que quedó rezagado. El Lago Ypoá es de la época cuaternaria. Es muy posible que un animal haya sobrevivido, protegido por los esterales impenetrables.
Resignado, arrojé la toalla.
Decidí enfrentarme cara a cara con el monstruo y su leyenda.
Un lúgubre atardecer que presagiaba tormenta, armado de una cámara filmadora con lentes infrarrojos, llegué acompañado de Claudia a la desolada playa del Ypoá. Durante varias horas nos sentamos en la arena a esperar que algo suceda, mientras bebíamos de una petaca de whisky y espantábamos a los bichos con pedazos de ramas.
Cerca de la medianoche, Claudia se aburrió, me dio un beso y se metió dentro de la carpa. Yo me quedé un rato más, peleando con los mbariguíes, hasta que la petaca quedó definitivamente vacía.
Entonces, cuando empezaba a alejarme de la playa, sentí un fuerte ruido a mis espaldas, un oscuro y enorme chapoteo en el agua.
Súbitamente asustado, giré lentamente, dispuesto a enfrentarme con lo inimaginable ...pero sólo alcancé a divisar un frenético torbellino de ondas disolviéndose lentamente sobre la superficie del Lago, bajo el destello fugaz de un lejano relámpago.
sábado 6 de octubre de 2007
¿Te acordás?

¿Te acordás?
Llegaban envueltos en la oscuridad más negra.
¿Te acordás?
Las paredes y los muros de la ciudad con las escrituras de la expresión popular ahogadas a golpes de brocha gorda, letras de libertad y esperanza asesinadas con gruesas manchas de pintura negra.
¿Te acordás?
El grito sofocado.
¿Te acordás?
Si.
Pero no es posible.
Porque la memoria trae respuestas concretas, contundentes, para los lemas o esloganes que hoy resucitan en el engaño electoral.
"Era feliz y no lo sabía...".
"En esa época no había tanta pobreza, tanta corrupción, tanta gente con hambre...".
"En esa época había seguridad, se podía caminar tranquilo por las calles...".
Por eso... acordáte.
Ahora que los viejos autoritarios y los que heredaron sus fortunas malhabidas regresan a la escena política, presentándose como los mesiánicos salvadores de la patria... acordáte.
Sin rencor, sin miedo, sin ánimos de venganza... acordáte de todo lo que pasó.
Por la dignidad.
No te olvides.
¡Nunca más!
martes 2 de octubre de 2007
El viento en la plaza

La hora en que el sol cae lentamente al otro lado de los rascacielos de la ciudad sucia y triste, dejando un último reflejo dorado en las aguas de la bahía.
Es la hora en que me gusta estar allí, en ese lugar sagrado de la plaza casi vacia, la antigua y querida plaza del viejo Cabildo, testigo y escenario de tantas páginas heroicas a lo largo de nuestra historia.
Me gusta estar allí, en completo silencio, parado frente a la tosca cruz de madera con los nombres grabados a fuego, donde nunca falta una vela encendida por alguna mano anónima, una llamita pequeña chisporroteando en el aire húmedo.
Me gusta estar allí a esa hora en que casi no hay nadie alrededor, sólo el eterno borracho con su discurso inteligible, alguna pareja sentada en un banco esperando la oscuridad para liberar sus instintos, niños de cara sucia y sonrisas congeladas.
Me gusta estar allí, escuchando hablar al viento.
El viento, que me trae voces.
El viento, que me cuenta cosas.
El viento, que repite una y otra vez los mismos nombres grabados en la cruz: Miki, Henry, Manfred, Víctor, Cristóbal, Armando, Tomás, Arnaldo...
¿Qué dice el viento en la plaza…?
¿Qué dice ese viento rebelde, en medio de esas ráfagas que traen otra vez el eco sordo de las sirenas aullando, de las explosiones como golpes secos, de los gritos de dolor y de rabia…?
¿Qué dice el viento obstinado, en medio de la ciudad casi dormida e indiferente, de la ciudad vestida de suciedad y de olvido, de inseguridad y miseria…?
¿Qué dice ese viento aguerrido de marzo, que trae otra vez las voces y las imágenes divinas y terribles de aquellos días de gloria, tantos años después, como si otra vez fuera hoy, como si otra vez fuera siempre?
Trato de escuchar lo que dice el viento en la plaza...
Por encima del rumor de la ciudad, trato de escuchar lo que dicen los ocho queridos, inolvidables nombres grabados en la cruz.
Dicen... a ver... ¡shst, silencio...!, escuchen... dicen que… a pesar de todo, a pesar de los que sufren de amnesia colectiva, de los que traicionaron sus mejores ideales, a pesar de los que reniegan y de los que han vendido su conciencia, a pesar de los que se abrazan con los criminales, a pesar de todos los pesares...
-¡Valió la pena!
Sí, eso dicen…
-¡Sigue valiendo la pena...!
lunes 24 de septiembre de 2007
¡Ay, Astrea...!

No la reconocí. Estaba muy diferente, la chica. Su túnica era mucho más corta, adaptada como una infartante minifalda, tapándole una mínima parte del muslo. La venda —que tradicionalmente le cubría los ojos— esta vez la tenía colocada sobre la frente, a la manera de una coqueta vincha, revelando que en realidad ella tiene unos bellos y perturbadores ojos azules, quién lo diría. Y en lugar de la balanza y la espada que siempre acostumbraba llevar en las manos, ahora tenía una pequeña cartera de cuerina negra, a la que hacía girar y girar constantemente.
No la reconocí. Yo iba caminando apurado por la vereda del Palacio, cuando ella me llamó con un chistido.
—¡Chst... che papito! ¿Adónde pio te vas?
—Perdón, señorita. ¿Me habla a mí...?
—Sí, claro! ¿No me reconocés, pio? ¡Soy yo... Astrea!
—¿Andrea...? ¿La de la cachaca? ¿Esa que dice: "Ay, Andrea, que puta que sos"?
—No, no... Andrea, no. ¡Astrea, te dije...! A-s-t-r-e-a. La diosa griega, hija de Zeus y Temis. La Dama de la Justicia. ¿Me ubicás...?
—¡Oh, perdón...! ¡Es que estás tan diferente a esa clásica imagen tuya que nos enseñaron en el colegio!
—Y bueno... hay que adaptarse a los nuevos tiempos, querido.
—¿Pero... por qué, Astrea? ¿Por qué el cambio? Somos muchos los que todavía esperamos que tu balanza sea equilibrada y justa, que tus veredictos se den con los ojos cerrados, que tu espada caiga en forma implacable sobre los que delinquen...
—¡Ay, querido...! Es que ya me cansé de hacer el papel de boluda. Yo siempre aquí, parada como una estatua, mientras los ministros de mi Corte usan sus escritorios como si fueran las camas de un vulgar motel, ante los ojos asustados de las pobres limpiadoras. Yo aquí, con la vista tapada por esta estúpida venda, mientras los jueces venden sus sentencias al mejor postor y hasta los ordenanzas de mi Palacio piden coimas para mover un expediente. ¿Te parece, pio...?
—No, claro...
—Por eso me dije: ¡Basta ya de boludear! Yo también quiero ligar algo. Así que... aquí estoy, con mi nuevo look, tratando de dar una imagen más acorde al tipo de Justicia que reina en el Paraguay del siglo Veintiuno. Hasta estoy pensando en habilitar mi propia hot-line, con el número 0904-ASTREA, al cual podés llamar desde tu línea baja, celular o multicard.
—¡Qué moderna..!
—¡Ay sí, querido...! Y decime... ¿vos no tenés algún expedientito judicial que necesites hacer correr? ¿Alguna chicanita que requieras plantear? ¿Algún testigo, juez, fiscal o abogado que desees comprar? ¿Alguna hija, hijo, sobrina o sobrino que quieras hacer nombrar en mi Palacio, o enviar a turistear con algún curso en Europa, con pasajes y viáticos pagados por el Estado? ¡Te puedo hacer buen precio, darling...!
Empezó a revolear la carterita y a mirarme con ojos sensuales e insinuantes.
No le respondí.
¿Para qué...?
La dejé allí, sobre su frío monolito frente al frío Palacio, revoleando la carterita, y me alejé en silencio, pensando que en realidad no me había equivocado.
Era nomás la de la cachaca...
martes 11 de septiembre de 2007
ANGÉLICA
(Monólogo teatral de Andrés Colmán Gutiérrez - Escrito para la obra Casona: Siete Habitaciones -Última habitación: La Lujuria-, puesta en escena en El Estudio, en agosto y setiembre de 2007-. Interpretada por Jorge Torres Romero. Versión original).En el centro un confesionario de Iglesia. Suena una música religiosa instrumental en un viejo órgano. El actor ingresa despacio. Su actitud es seria, reverente. Se santigua y se acerca al confesionario, se arrodilla.
-Hola, pa’i. ¿Está ahí…? Necesito hablar con usted. ¡Necesito hablar con alguien! Necesito contarle de Angélica… la que me tiene al borde de la locura y de la muerte. ¿Me escucha…?
No, Angélica no es mi novia. Tampoco es mi esposa, ni mi amante. ¡Angélica ni siquiera es un ser real, de carne y hueso!
Angélica es… ¿cómo decirle? ¿Sabe usted lo que es la ansiedad o la angustia, pa’i? ¿Esa sensación indefinible que aparece cuando menos te lo esperas, y te arranca lágrimas de sangre, te quiebra el corazón, te hace abandonar cualquier cosa importante, para arrastrarte a bailar a la orilla de un precipicio?
Si. Esa es Angélica, pa’i. Es el nombre que le doy a mi mejor o peor pesadilla. Ella es la que me tiene loco. ¡Y ya no puedo más…!
Míreme, pa’i: así como ve, yo soy lo que se llama “un hombre de éxito”. Buena familia, buena educación cristiana, buen matrimonio, buena posición social. Una esposa abnegada, dedicada, sumisa, como tiene que ser. Unos hijos ejemplares, disciplinados, que hacen todo lo que su papá les dice. Soy un tipo bien relacionado, tanto con la gente del gobierno como con la oposición. Y claro: voy a misa todos los domingos, religiosamente. Es decir: ¡Tengo todo lo necesario para ser un hombre feliz!
Pero… ¿quién aparece para desestabilizar mi vida? ¡Angélica…!
El otro día estaba en un asado, en la casa de mi amigo Julio. Y de pronto, casi de la nada, siento que algo me pica adentro. Miro en frente, al otro lado de la mesa, donde está sentada Claudia, la mujer de Julio… ¿y que veo? La veo a ella… ¡pero con la cara de Angélica! Desde ese momento, ya ninguna otra cosa tuvo importancia, pa´i. Ni el asado, ni la charla sobre fútbol, ni mi esposa y sus reclamos. Solo ella, con su mirada pícara, su sonrisa lujuriosa y sus rojos labios obscenos, provocándome. Solo ella, pasando sus dedos por el borde de la copa de vino, rozando mi pierna con sus pies descalzos bajo el mantel. Solo ella, levantándose luego de guiñarme el ojo, y yo siguiéndola como un idiota, atrapándola en el pasillo, apretándola contra la pared, estrujando sus labios con mis besos desesperados, con mis manos acariciando sus senos, subiendo por sus piernas bajo el vestido. Ella que se me entrega y se me escapa, y yo la persigo y la vuelvo a atrapar, una y otra vez, le quito el sujetador, le quito la bombacha… cuando de pronto escucho muy cerca la voz de mi esposa llamándome, y me paralizo, me cago de susto, y ella se mete en el baño y yo me quedo allí, como un boludo, con las ropas desarregladas…
¿Sabe usted lo que es la lujuria, pa’i? Claro, ¿cómo no lo va a saber? Es uno de los siete pecados capitales. Está en la Biblia. Por la lujuria, Adán y Eva fueron echados del paraíso y toda la raza humana fue condenada. Por la lujuria, dos ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, fueron destruidas a sangre y fuego por la ira del Señor. El imperio más poderoso de la tierra, Roma, que supo resistir y vencer a los más feroces enemigos, sin embargo se derrumbó solito … ¿Por qué…? ¡Por la lujuria, pa’i! ¡Por la decadencia a la que le arrastraron los romanos con el apetito desordenado del goce sexual, con sus fiestas bacanales y sus interminables orgías…!
Sí… yo se que es pecado y tengo que resistirme, pa’i.
¡No sé que hacer, pa’i! Angélica es una maldición… pero tampoco sé si quiero liberarme de ella. ¡No me malentienda! Desde que ella llegó, mi vida que antes era gris y aburrida, ahora es un infierno, pero también se volvió… como le digo… más interesante… eh… mas emocionante…. ¿Comprende? Ella es mi perdición, pero también es mi salvación. La lujuria, el sexo, la vulnerabilidad del eros… es lo que nos hace débiles en nuestra fortaleza… o fuertes en nuestra debilidad… no se.
sábado 8 de septiembre de 2007
Cuando llegue la primavera

Veníamos devorando kilómetros desde Ciudad del Este, a través de la ruta 7, cuando vimos emerger su oscura silueta recortada contra el horizonte vacío. Sus ramas parecían brazos elevados hacia el cielo, en un sordo y desgarrado clamor.
Era una extensa parcela de terreno mecanizado, en las afueras de J. Eulogio Estigarribia. No hace mucho allí había existido una selva subtropical, parte del exuberante Bosque Atlántico del Alto Paraná.
Ahora ya no quedaba absolutamente nada. Solo un inmenso desierto de tierra roja recién removida por un ejército de tractores y topadoras. Y en medio de esa devastación estaba el árbol, desnudo y triste, último sobreviviente, imagen viva de la más espantosa desolación.
Estacioné el auto junto a un derruido cartel de señales de tránsito. Claudia abrió la puerta y se echó a andar como hipnotizada. Caminaba de prisa, casi a la carrera, con la respiración agitada.
Se detuvo junto al árbol y cayó de rodillas. Acarició la corteza rugosa y seca, como si fuera la piel de un moribundo.
No hubo palabras. El silencio lo decía todo. El silencio estaba cargado de voces, de lamentos, de alaridos de dolor. Por un instante el aire se pobló con el estruendo de las motosierras, con el estallido de los troncos quebrándose unos tras otros, con el retumbar de las topadoras y las cadenas destrozando el mundo en la gran masacre forestal. Los gritos del silencio resonaban como el gemido de los moribundos en un campo de batalla.
No sé por qué, en ese momento, se me ocurrió que el árbol solitario y herido era la desolada metáfora de este país.
–¿Quién...? –preguntó Claudia–. ¿Quién lo ha dejado así, abandonado en mitad de la tierra?
No le respondí. ¿Para qué...? Podía darle una larga lista con nombres y apellidos. Podía citarles uno por uno a los empresarios agroexportadores, a los traficantes madereros, a las autoridades corruptas, a los políticos inescrupulosos, a los seudodirigentes campesinos... pero todos se difuminarían en el engranaje de un sistema sin rostros.
No dije nada.
A lo lejos, dos colonos menonitas miraban con satisfacción el vasto horizonte de campo recién arado. Seguramente ellos lo llamaban progreso.
–Se va a morir... –dijo Claudia, con voz entrecortada–. El árbol está seco y se va a morir.
–No –le dije–. No se va a morir. Cuando llegue la primavera, volverá a brotar. Mirá... la tierra está húmeda, tiene agua suficiente para resistir.
–El problema no es la falta de agua –dijo ella–. El árbol se va a morir de tristeza y soledad.
Como un eco a sus palabras, a la distancia se escuchó un concierto de graznidos.
En el horizonte rojo vimos una nube de aleteos que se aproximaba lentamente desde el Sur, como un montón de hojas bailando en el viento.
Era una bandada de loritos maracaná.
Las aves pasaron rozando nuestras cabezas, giraron en torno al árbol desnudo en perfectos vuelos concéntricos, y luego empezaron a posarse una a una sobre las ramas. Sus plumas brillaban bajo los destellos del Sol.
–¡Qué hermoso...! –exclamó Claudia, con los ojos humedecidos, al ver al árbol cubierto por esa repentina explosión de verde.
–Sí... –le dije, mientras la ayudaba a levantarse–. Vení, vamos... Te prometo que volveremos a pasar por aquí, cuando llegue la primavera, para que puedas ver al árbol vestirse de color y alegría.
–¿Estás seguro...?
–Sí... El árbol va a rebrotar, porque ya no está solo.
–¿Lo decís por los pájaros? –preguntó Claudia, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
–No –le aseguré, mientras me llenaba los pulmones con el aire de la inmensidad–. No lo digo solamente por los pájaros.
lunes 3 de septiembre de 2007
Las mujeres del agua

Son mujeres de aspecto sencillo, con sus polleras arremangadas y sus piernas desnudas hundidas en el agua cristalina. Mujeres de manos curtidas que estrujan cada ropa mojada con vitalidad febril, arrancándole la suciedad a golpes de palmeta y jabón, hasta extenderla inmaculada al sol, como una bandera victoriosa.
Cuando el día nace, inundado de claridad, ellas van recorriendo casa por casa las calles del pueblo, recogiendo la ropa sucia de sus marchantes, con la dignidad de compartir el mismo oficio de aquella mítica mujer llamada María, la que viviera en una aldea lejana en el tiempo y la distancia, Nazareth.
Golpean las palmas de las manos ante cada puerta y reciben los atados, paquetes envueltos en una sábana, que se van acumulando en una inmensa palangana de plástico o aluminio, que ellas llevan equilibrada sobre sus cabezas con una mágica habilidad de malabarista.
De pronto, al acercarse a una de las casas, una de las mujeres lanza el grito de alarma. Con gestos de indignación y rabia, su mano apunta al enemigo. Allí, detrás de la cerca, en el patio, bajo la enramada, brilla la desafiante presencia de un flamante lavarropas automático.
La frustración se refleja en los rostros. Otra batalla perdida. Un marchante más conquistado por el progreso. Y ellas sospechan, cada vez con mayor certeza, que terminarán derrotadas en esta guerra. Solo es cuestión de tiempo. El enemigo es cada vez más numeroso. Exhibe su superioridad tecnológica en las veredas de las grandes tiendas y los almacenes de ramos generales. Y para colmo, en el nuevo salón de la esquina, frente a la plaza, ha aparecido un amenazador cartel que anuncia: “Laverap – Lavandería automática – Próxima inauguración”.
* * *
–Aháta aiko ype.
Así dicen las mujeres lavanderas, a manera de despedida en el hogar, cuando se dirigen al arroyo.
La frase, cuya versión en castellano sería “Me voy a lavar ropa”, traducida literalmente significa: “Me voy a vivir en el agua”. Y no es una exageración.
El guaraní popular ha sabido capturar sabiamente la exacta imagen de una estampa cultural que hoy se encuentra en vías de extinción.
Mujeres que viven toda su vida en el agua.
Mujeres que son de agua.
Mujeres que lavan la ropa como si lavaran la vida misma, como si en ese rito cotidiano quisieran limpiar el mundo de tanto odio y tanta maldad, de tanta corrupción y tanta injusticia. Como si ellas tuvieran el designio divino de enguagarnos la esperanza, cada vez que se nos ensucia, y de extenderla otra vez inmaculada, como una sábana blanca brillando bajo el sol.
sábado 25 de agosto de 2007
La mujer del colectivo
Es una mujer de unos 35 a 40 años, blanca, robusta y no muy alta. Tiene la cabeza rapada y cubierta con un pañuelo. Viste ropas sucias. Su mano izquierda y parte de su brazo están envueltos en vendas desaliñadas, llenas de manchas.
-¡Muy buenos días, señores pasajeros! Discúlpenme por molestarlos, pero necesito de su ayuda cristiana... -exclama la mujer, con voz potente y clara, dejando oir un leve tono porteño por encima de los ronquidos del motor.
Algunos pasajeros la miran con interés, otros con fastidio. ¿Será otra vendedora de estampitas, de productos cosméticos milagrosos, de extraordinarias ofertas lleve-cinco-por-apenas-mil?
-¡Perdónenme, señores pasajeros, pero la necesidad me empuja a ser muy sincera! -dice la mujer, y en su voz se cuela un sollozo-. Mi hija y yo sufrimos una grave enfermedad, pero no tenemos recursos, porque somos muy pobres. Estamos siguiendo un tratamiento en el Hospital del Cáncer y del Quemado, en Areguá, y necesitamos urgente donación de sangre. Si alguien quiere colaborar, solo tiene que presentarse y decir que la sangre es para la familia Riquelme. ¡No le van a cobrar la bolsa...!
Varios pasajeros se revuelven en sus asientos, incómodos. Una muchacha con aspecto de oficinista mira por la ventanilla hacia el exterior. El ómnibus sigue su marcha, sorteando baches y motociclistas kamikazes. Afuera, Asunción se baña de sol y polvareda, sacudida por un ardiente viento norte.
-¡También les quiero pedir un poco de dinero, si pueden ayudarme, señores pasajeros! -grita ahora la mujer, barriendo con sus ojos claros los rostros que pueblan el transporte colectivo-. Cualquier monedita ya me va a servir mucho. Tengo que comprar rifocin y otros remedios, porque mis heridas se están descomponiendo, están llenas de pus por falta de tratamiento. ¡Ayudenme por favor...!
La mujer empieza a desfilar por el pasillo, muy cerca de cada uno de los asientos. Extiende el brazo vendado, dejando ver parte de la piel cubierta por manchas negras. Un hombre de traje se pega a la pared, evitando que lo toque, y le pasa varios billetes. La chica oficinista pone cara de asco y abre su monedero. Nadie deja de colaborar. Una mujer casi anciana, con lágrimas en los ojos, parece rezar por ella.
Cuando me toca el turno, con una curiosa mezcla de compasión y repulsión, le paso un billete de cinco mil. Al tenerla cerca, me llaman la atención las manchas de su brazo. ¿Será...? Inesperadamente, extiendo un dedo y la toco. La mancha se corre, se deshace al tacto. Sí... ¡es tinta de marcador negro!
La mujer se sacude y me mira con furia. Agradece y se baja con rapidez, en la primera esquina. El ómnibus prosigue y adentro se escucha un enorme suspiro de alivio.
Mas tarde, por pura deformación periodística, hago la llamada. El médico de guardia en el Hospital del Cáncer y del Quemado me confirma lo que ya sabía: no hay ninguna orden de donación de sangre para ninguna familia Riquelme.
No he vuelto a ver a la mujer del colectivo. Si la encuentro, en estos días, pienso recomendarle que hable con José Luis Ardissone del Teatro Arlequín, o con Agustín Núñez de El Estudio. No voy a retarla por haberme estafado, al igual que a todos los demás pasajeros, no. Por el contrario, voy a felicitarla efusivamente. Hace mucho que no conocía a una tan buena comediante.
viernes 24 de agosto de 2007
Seguir creyendo
seguiré creyendo en el amor
aunque no vea estrellas en el cielo
seguiré creyendo en el amor
aunque la luna sea puerto de la NASA
y la utopía un recuerdo sin dolor
aunque bajen los OVNIS en mi casa
seguiré creyendo en el amor
aunque los ministros mientan a la gente
y broten flores de acero en el jardín
aunque no quede nada transparente
y digan que la historia ya llegó a su fin
mientras tu mirada me sostenga
y tus besos tengan tu sabor
mientras tu sonrisa me ilumine
seguiré creyendo en el amor
aunque la televisión mienta las noticias
seguiré creyendo en el amor
aunque la verdad no sea una primicia
seguiré creyendo en el amor
aunque vendan sueños en computadoras
y fabriquen mundos de color
aunque digan que pasó de moda
seguiré creyendo en el amor
aunque las lluvias estén programadas
y los ángeles mueran de desolación
aunque no haya Dios en las madrugadas
y nadie recuerde aquella canción
mientra tu voz susurre mi nombre
y tu silencio me explique quien soy
mientras tu sexo me provoque
seguiré creyendo en el amor
jueves 23 de agosto de 2007
Apuntes para un autoretrato
Me gusta escaparme de todo y encerrarme a veces en un cáscaron de libros, de música, de palabras escritas como una forma de desangrarse, de silencio, de soledad.
En esos momentos me quedo en casa y desenchufo los teléfonos. Busco adentro mío todo lo que se esconde y me duele... o solo me quedo estático como un vegetal, desprovisto de cualquier señal externa, hasta que algún shock me devuelva a la vida.
Otra veces siento ganas de salir, explorar, devorarme el mundo. Busco territorios desconocidos. Soy como un vampiro sediento de sensaciones. Me gusta mezclarme con la gente, meterme en los ambientes marginales, escuchar historias, probar sabores, caminar sobre el filo de la navaja, sentir el vértigo de estar parado al borde del abismo.
Me gusta ir a los mercados populares, a los bares humildes, a los estadios repletos, a las fiestas patronales, cargarme de vivencias y de dramas y manifestaciones humanas. Creo saberlo todo sobre la gente, y sin embargo me sorprendo cada día de algo nuevo.
***
Tengo nostalgias del futuro.
De todas las cosas que quisiera hacer y todavía no hice.
Tengo muchas cosas inconclusas. Cuentas pendientes con la vida y con personas, que tal vez ya nunca se saldarán. Pero, por sobre todo, me duele saber que hay lugares del mundo que nunca conoceré. Libros que no voy a leer ni voy a poder escribir. Comidas que no voy a probar, mujeres que no voy a amar, paisajes que no voy a disfrutar, amigos y amigas que no voy a conocer. El país distinto que está en algún lugar esperando, y que tal vez ya no alcance a ver.
No es que me sienta viejo, ni crea que me voy a morir mañana. Todo lo contrario: Hace veinte años que tengo veinte años, como diría Serrat. Es simplemente reconocer que la vida es muy corta para todo lo que se puede hacer. Una vida no alcanza, aunque uno viva cien años.
Mientras tanto... trato de vivir cada noche como si fuera la última noche. Y cada día como si fuera el primer día.
***
¿Qué cosas me gustan?
Muchas, muchísimas cosas...
Vivir, más que nada.
Leer... sobre todo narrativa, novelas, cómics, poesía, historia. Leo mucho sobre periodismo, buenas revistas de actualidad, reportajes que a la vez tengan profundidad y belleza literaria.
Me encanta el cine y todo lo audiovisual. Trato de no perderme ninguna buena película, y mi gusto va desde el cine-arte hasta las superproducciones yanquis, cuando están bien hechas. Me gusta el teatro y soy adicto a la televisión, desde los noticieros hasta algunas telenovelas brasileñas.
Me apasiona la música. Desde la clásica hasta la romántica comercial. Mi grado de tolerancia llega hasta una mínima dosis de cachaca, pero mis preferidos, definitivamente, son Caetano Veloso, Chico Buarque, Vinicius, Serrat, Sabina, Ana Belén, Silvio Rodríguez, Frank Delgado, Manu Chao, Los Beatles, Pink Floyd, Police, Sting, Los Rollings, The Doors, Fito Paez, Memphis, Ricardo Flecha, Huguito Ferreira, Cecilia Enriquez, José Asunción Flores, Emiliano R. Fernández, Mozarth, Beethoven, Enia, Vangelis, Berta Rojas, Juan Cancio Barreto... etc. (Que mezcla, ¿no?).
Me encanta ir a los festivales folklóricos o a los conciertos de rock, sentarme a la mesa de un pub bajo la noche estrellada en buena compañía, ya sea un amigo, una amiga, compartir una picada, una bebida fresca y lenta, música suave, charlar, seducir y dejarse seducir por el ambiente, estar abierto a lo que suceda, sin dramas, sin inhibiciones...
Me apasiona el trabajo que hago: salir, viajar, investigar, estar en el lugar de los hechos, dirigir la edición, escribir, ver el efecto que produce lo que uno hace o escribe, esa sensación de poder incidir favorablemente (o no) en las cosas que tiene el periodismo.
Me encanta esa sensación de búsqueda permanente, el vértigo del viento en la cara, la independencia de movimientos, la libertad de poder compartir lo que quieras con quien quieras a partir de lo que la vida te ofrece... una amistad, una aventura, una cena, una copa, una noche de cine o teatro, un rato de soledad, un viaje, un silencio...
***
En el periodismo, como en la vida diaria, casi siempre lo urgente le quita lugar a lo importante, hasta que te das cuenta de que estás corriendo demasiado sin saber a donde. Entonces uno se detiene y se ocupa de los pequeños detalles... para luego seguir corriendo.
¿Que es lo importante? ¿Seguir o quedarse...? Creo que las dos cosas, entre muchas más. Por allí hay un hermoso poema de Kavafis sobre el mítico viaje a Itaca, en donde dice que lo importante no es llegar sino viajar. Si alguna vez llegás, se te acaba la emoción y la aventura, y encima descubrís que Itaca no es lo que esperabas.
El placer está en el viaje constante, con sus paradas y estaciones, con el espíritu dispuesto a descubrir y disfrutar de todo lo que vas encontrando en el camino, pero también dispuesto a continuar, a no quedarte más de lo necesario, porque hay mucho mundo por descubrir y toda una vida no alcanza.
¡Nunca alcanza!
***
He aprendido a escuchar y analizar todas las versiones, todas las opiniones, a no descartar nada.
Como periodista, creo más en los hechos que en las opiniones. Los hechos son los que quedan cuando quitás la hojarasca.
Los hechos no son de derecha ni de izquierda... son solo hechos. Las opiniones contaminan y manipulan los hechos según los intereses personales, sean políticos, ideológicos, económicos, culturales. Pero cuando separás las paja del trigo, solo quedan los hechos, que te dan la versión más cercana posible de la película.
No estoy desvalorizando las opiniones. Creo que es importante tener una postura firme ante la vida, una visión del mundo, y yo de hecho la tengo y la sostengo, pero sin fanatismos, sin negar el mismo derecho al otro.
Aunque vengo de experiencias de izquierda, también hace rato que aprendí que la división más problemática de la sociedad no está entre la gente de izquierda y la gente de derecha (de hecho, muchísima gente no se hace ni idea de que existen estas divisiones), sino entre gente honesta y gente corrupta, entre gente que juega limpio y entre gente que juega sucio. Y mi experiencia me dice que ambos ejemplares los podés encontrar tanto en la izquierda como en la derecha.
Del mismo modo, aunque tengo también una visión politizada del mundo, creo que los principales problemas del hombre y la mujer no son políticos, sino humanos. El hambre es un problema político, pero el egoísmo que origina el hambre es un problema humano.
Creo en el socialismo. Creo que el sueño de un mundo sin opresiones y sin diferencias de clase, un mundo en donde la riqueza esté redistribuida con equidad y en donde todos tengan las oportunidades básicas de desarrollarse con dignidad, sigue siendo uno de los sueños más hermosos. Pero también creo que si el socialismo no es democrático (y hablo de la democracia real, en todos sus aspectos, no la de fachada), si el socialismo no contempla la participación de todos, incluso de los disidentes, no es socialismo. La justicia no puede estar reñida con la libertad.
martes 21 de agosto de 2007
Instrucciones para tomar tereré

Otro elemento indispensable es que debe hacer calor, mucho calor. El tereré es una refrescante bebida de verano, como el mate lo es de invierno, aunque nunca faltan los contreras que lo sorben bajo el gélido viento sur, así como los uruguayos toman mate caliente en la playa mientras se derriten al sol.
Cuentan los abuelos que la hora habitual de consumo es entre la media mañana y la siesta. Nunca al atardecer o a la noche, porque la yerba vespertina y nocturna hace fermentar malos humores. Tampoco hay que beberlo en ayunas porque golpea el estómago. Lo ideal es brindarle una buena cama alimenticia, vulgo "tereré rupa", y nada mejor que los restos recalentados de algún banquete familiar, el popular "ype rova".
La yerba mate tiene que ser yerba mate. Es decir: pura, fuerte, amarga, bien tostada, de ser posible mboroviré. Las marcas ligth que hoy inundan el mercado, mezcladas con otras hierbas o saborizadas con esencias de frutas, son una versión moderna de las perversiones líquidas que inventaron algunos inmigrantes europeos, como los famosos "tereré ruso" o "tereré ucraniano", que sirven la yerba con limonada o hasta con coca cola. ¡Vade retro, tovarich!
El recipiente para la yerba mate puede ser de madera, porongo, metal, vidrio, hasta de plástico, pero nada supera a la popular guampa de cuerno de vaca, artesanalmente trabajada y debidamente curada. La bombilla, de plata o de lata, palosanto o takuara, debe estar limpia y cuidada, con los orificios a la medida justa para filtrar los palitos y el polvo mojado, dejando pasar suficiente líquido.
No vamos a discutir que como recipiente para el agua resulta más práctico un globalizado termo, forrado con cuero repujado, pero nada supera al fugaz placer de usar una jarra de vidrio transparente, perlada de frío, que deja ver la variedad de hierbas medicinales adecuadamente combinadas y machacadas en un refrescante brebaje verde, verdadero delirio visual.
Y aquí llega el momento supremo del ritual: La yerba debe ser colocada en una exacta proporción de dos tercios dentro del espacio de la guampa, esparcida a un costado y ubicando luego la bombilla en el hueco. Entonces sí, suavemente, como en una ancestral ceremonia de bautismo, hay que cebar el primer mate casi hasta el borde, y ofrendarlo a Paí Zumé o Santo Tomás, dejarlo reposar por uno o dos minutos hasta que el legendario e invisible patrono de la Yerba Mate se beba todo el líquido.
La tradición manda que el más mita'i cebe el tereré a sus mayores, o la mujer sirva a los varones, pero arrastra elementos de discriminación o explotación infantil y de machismo que conviene desterrar.
Tampoco habría problemas en romper la costumbre de que el mate debe correr siempre de derecha a izquierda, sin connotaciones ideológicas, pero si es importante que, en la ronda, cada mate le toque a uno por vez, sin "viros" privilegiados ni "salteos" injustos.
Durante la pausa laboral en la oficina o en la chacra, en la pasión colectiva de asistir a un partido de fútbol o en la reunión de amigos en una plaza, más que lo que se bebe, vale lo que se comparte. El tereré no es tereré si no va acompañado de la talla, del chiste, del chisme, de la discusión franca, de la confrontación honesta.
No se conocen casos de rondas de tereré que hayan terminados en peleas violentas, como generalmente acaban las rondas de caña o de cerveza. Bebida saludable y barata, refrescante y sana, el tereré cumple una función social unificadora. Y cuando uno quiere dejarlo, basta con decir: ¡Gracias!
jueves 16 de agosto de 2007
El mundo es una sandía
-¿No les molesta si nos desviamos hasta una escuelita? -pregunta el ingeniero José Brítez, el agrimensor que hace de guía-. Necesito dejar un regalo prometido.
Más pozos y zanjas, hasta que al final la escuelita aparece al fin de la curva. Rancho de tablillas y troncos pintados con cal lavada. Una bandera descolorida flamea con atrevimiento en un mástil de takuara. Niños descalzos y harapientos, caritas de tierra y miradas llenas de preguntas, se nos lanzan encima antes de que se detenga el vehículo.
-¡Ingeniero... ingeniero...! -gritan los mita'i, felices de reconocer al guía, quien los saluda y baja una caja de cartón de la carrocería.
Un hombre flaco y desgarbado, de sonrisa radiante, se acerca. El ingeniero lo presenta como el profesor Francisco Ortíz, único maestro.
-Aquí está lo que prometí, profesor... -dice el ingeniero, mientras entrega la caja ante la mirada emocionada de los niños.
-¡Qué suerte...! ¡Por fin voy a poder enseñarle bien a los chicos y don Rojas se va a librar de que le sigan robando sus sandías! -exclama el maestro, mientras empieza a abrirla.
Los niños expectantes forman un desordenado cerco alrededor. Los dedos del profe tardan una eternidad en terminar de abrir la caja, y cuando por fin sus manos extraen lo que hay adentro, un murmullo de sorpresa y admiración escapa de las gargantas infantiles.
-¿Ven...? Esta es la forma del mundo, del planeta Tierra... -les dice el profesor, mientras exhibe un colorido globo terráqueo ante sus ojitos maravillados. Luego, con un bolígrafo, les va mostrando cual es el continente americano, el Paraguay, Canindeyú, Itanará, un puntito que señala donde queda exactamente la escuelita, apenas una manchita en la inmensidad terrestre.
Los niños se llevan el globo adentro del aula como si fuera un santo en procesión. Me acerco y le pregunto al maestro cómo es la historia esa de las sandías.
Y entonces él me cuenta...
Los niños del asentamiento nunca en su vida habían visto un globo terráqueo. No tenían la más remota idea de la forma que tenía el mundo.
Hasta que un día, camino a la escuela, al cruzar por la chacra de don Rojas y ver las verdes y redondas frutas de sandía, al profesor se le ocurrió la idea. Al ver que no había nadie en las cercanía, se apoderó de una de las frutas y la tapó con su campera. "No es un robo, sino una expropiación para uso escolar", se convenció a sí mismo.
En el aula puso la sandía sobre una mesita. Con una tiza blanca dibujó laboriosamente los mares y continentes sobre la corteza. Luego, convocó a los niños.
-Miren, chicos... ¡El mundo es redondo como esta sandía!
-¡Aaaahhh...! -exclamaron los mita'i.
Desde entonces, diariamente, el profesor Francisco siguió con su método de "expropiación para uso escolar", aunque cada vez más temeroso, porque uno de los alumnos le contó que Don Rojas había amenazado públicamente con castrar al ladrón de sus sandías, si llegaba a descubrirlo.
Para mayor desilusión, el maestro se fue dando cuenta de que su método no resultaba tan pedagógico, pues a los alumnos les importaban poco los países pintados en la corteza y preferían escudriñar el subsuelo con un cuchillo de cocina, levantar con avidez las capas subterráneas, devorarlas con hambre caníbal hasta que no quedaran ni vestigios de mares y continentes, de selvas y cordilleras, para finalmente pelearse por el resto del rojo núcleo del planeta, chupándolo hasta las últimas semillas, de manera que se quedaban nuevamente sin conocer la exacta ubicación de Noruega o de Australia, pero al menos retenían la grata sensación de un fresco y dulce bulto geográfico en el estómago.
Ahora, sin embargo...
El relato es interrumpido por un agudo grito que llega desde el interior del aula.
Alarmado, el profesor corre hacia el lugar y todos lo seguimos, temiendo que hubiera ocurrido alguna desgracia.
Pero no... No era nada muy grave.
O sí.
Simplemente, uno de los chicos había intentado partir en dos el nuevo globo terráqueo, con un cuchillo de cocina.
lunes 13 de agosto de 2007
Yabebyry-Madrid
Estoy en la sección "Pasajeros en tránsito" de la terminal aérea de Guarulhos, São Paulo, esperando la conexión del próximo vuelo a Asunción. Con varias horas muertas por delante, busco alguna isla de tranquilidad lejos del torbellino humano.
En un rincón apartado encuentro sillas vacías, un eco amortiguado de soledad. Allí me instalo con una novela policial y una botella de agua mineral, dispuesto a disfrutar del derecho a ser un ciudadano de la nada, hasta que un sonido familiar me devuelve a la realidad.
En unos asientos cercanos, dos mujeres conversan alternando palabras en castellano y guaraní. Me conmueve escuchar ese tono tan paraguayo luego de casi dos semanas de estar lejos.
–¡Aníke re chuchuti, mi hija...! –aconseja una de las mujeres, la mayor, de aspecto elegante–. Mirales a los de Inmigración en la cara, con soberbia, ¡mbaretécha! Tenés que hacerles creer que sos una turista millonaria, que te vas a pasearte por Europa. Si te ven insegura, si se dan cuenta de que tenés miedo, no te van a dejar entrar.
La otra mujer es jovencita, morocha y flaca, con un aspecto campesino que la ropa de buena marca, el maquillaje y el pelo estilizado no consiguen disimular. Tiene la mirada de un conejo asustado y se aferra a su bolso imitación de Louis Vuitton como si fuera un salvavidas.
Simulo leer, pero mis sentidos están pendientes de la conversación. Ha despertado el periodista voyeur y no hay forma de aplacarlo. Ellas ni sospechan que el viajero de al lado, que finge concentrarse en su novelita de bolsillo, es un paraguayo curioso, ladrón de historias humanas.
Así consigo enterarme de que la chica jovencita se llama Patricia, es oriunda de Yabebyry, Misiones, y ha subido a un avión por primera vez en la vida. Aguarda la conexión a un vuelo de Tam que la llevará a Madrid, con escala en París. Allá la espera una prima, con un puesto de empleada doméstica ilegal que significa el futuro, la esperanza, la alternativa de vida que su patria le niega. Todo depende de que consiga engañar a los agentes españoles de inmigración. ¿Lo conseguirá?
La otra mujer no revela su nombre. Es una paraguaya que vive en París, mujer de mundo, probablemente empresaria, ha conocido a la chica en el aeropuerto y ha adivinado su historia antes de que ella le cuente, la misma historia de tantos compatriotas en estos últimos años, la historia de humildes padres de familia que han hipotecado todo para poder comprar el pasaje, el largo vía crucis para obtener el pasaporte, las colas, la humillación, las coimas, los sellos, la visa para un sueño.
–Mirá... tengo un poco de dólares, tengo euros, tengo una tarjeta de crédito, tengo el nombre del hotel donde voy a estar... –dice Patricia, sin poder evitar que se le quiebre la voz–. ¿Seguro que me van a dejar entrar, verdad?
–Sí, seguro, mi hija –dice la otra mujer, ya no tan convincente–. Todo depende de vos.
Cae la tarde y se acerca la hora del vuelo. Patricia se levanta, aferrada a su falso Louis Vuitton, dispuesta a enfrentarse a su destino.
Yabebyry-Madrid. Un largo viaje de angustia hacia la incógnita del futuro. ¿Viaje solo de ida o también de vuelta? Atrás quedan un pueblo, una familia, una historia, una identidad.
Yabebyry-Madrid. La metáfora de un país que expulsa a sus hijos.
Patricia se pone en la fila de la puerta 8, con el pase de abordar en la mano. Le deseo suerte, en silencio. El aeropuerto de São Paulo parece más frío y desolado que nunca.
domingo 12 de agosto de 2007
Traicionar al maestro
Las mejores lecciones de la vida no se aprenden en un aula.
"Mi educación era muy buena... hasta que me la interrumpió la escuela", suele decir, entre en broma y en serio, el cantautor Facundo Cabral.
"Las personas son distintas, el colegio les enseña a ser iguales", escribe Jorge Lanata, en su artículo "Preguntas para el Día del Maestro", donde, entre otras cuestiones, plantea: "¿Qué uniforma el uniforme? ¿Chicos de guardapolvos iguales entre sí, pero distintos de otros chicos de blazer azul, que a la vez son distintos de otros chicos de blazer bordó? Así como la perversa lógica de los hospitales disfraza al paciente de enfermo apenas lo admite y le pone una especie de guardapolvo verde sin mangas, el uniforme funciona en el colegio como una autorización a ser persona y a pertenecer a determinado club".
Tengo gran admiración por los hombres y mujeres que se dedican profesionalmente a la docencia, aunque a veces considere que sus acciones gremiales van en contra de sus alumnos. Los maestros y maestras, más que casi nadie, tienen el enorme desafío y la inmensa posibilidad de sembrar, en las conciencias de las nuevas generaciones, las semillas de un Paraguay distinto, con menos injusticia y más libertad, con menos corrupción y más desarrollo.
Aprendí a leer y a escribir en la escuelita de Yhú, en el interior de Caaguazú. Mi maestra de preescolar fue la señorita Porfiria, la de primer grado fue la tía Eulogia, y la de segundo grado la señorita Petrona. Con paciencia y cariño, me enseñaron a descifrar esos símbolos misteriosos a los que llamaban letras y números. En poco tiempo pude comprender que tenía en mis manos la mágica llave de un universo por descubrir.
Dicen que "el primer deber del discípulo es traicionar al maestro". Cuando busco en mi memoria los nombres de quienes me impartieron tantas lecciones, no los hallo en las aulas, sino en la mesa de un bar, en la calle, en las páginas de un libro, en una pantalla de cine o televisión, en las soledades de la geografía, en el calor del día, en el misterio de la noche.
Aprendí de Ña Doña, mi abuela, que el rigor y la disciplina no son malos cuando van acompañados de cariño.
Aprendí de Manuela, la criada ciega de mi hogar infantil, que inventar historias es una manera de encender la imaginación y construir mundos nuevos.
Aprendí de Karai Chi'ito, mi papá, que la pobreza y la honestidad pueden convivir juntas con mucha dignidad, y que el amor crece a pesar de la ausencia.
Aprendí de Ladislao, el amigo de infancia que me salvó de ahogarme en el río Paraná, que la vida a veces te da otra oportunidad.
Aprendí de una chica rubia de sexto grado que un beso de mujer en la boca tiene sabor a felicidad.
Aprendí de Robin Wood que el cómic es también arte y literatura de la mejor calidad, y una manera de aprender historia con gran placer.
Aprendí de Rafael Barrett que al Paraguay más verdadero hay que buscarlo en los rostros y en el alma de su gente humilde, en esas miradas que callan y dicen mucho.
Aprendí de Augusto Roa Bastos que la mentira es buena para decir la verdad, cuando adquiere forma de buena literatura.
Aprendí de Santiago Leguizamón que el periodismo es una pasión, y que la vida no tiene sentido si están muertos los ideales.
Aprendí de Ña Nilda, mi mamá, que por más duros que sean los golpes que nos da la vida, siempre es posible levantarse y seguir adelante.
Aprendí de mi hija, Andrea Soledad, que el futuro siempre, siempre, es esperanza.
sábado 11 de agosto de 2007
Los prisioneros del celular
Estás en un lugar público, en un pub o una confitería céntrica, bebiendo algo rico y compartiendo una amena plática con alguien especial, cuando de pronto escuchás ese ruido hinchapelotas:
–Bip bip bip...
El diálogo se corta.
Vos metés la mano en el bolsillo.
La otra persona busca en su bolso o en su cartera.
En las mesas vecinas todos se revuelven, incómodos, manoteando el aparatito.
Hasta que de pronto una chica de la mesa vecina, con una sonrisa sobradora y el teléfono celular pegado a la oreja, avisa:
–¡Es el mío...!
Todos respiran aliviados y guardan de nuevo sus telefonitos, intentando seguir la cosa allí donde lo dejaron.
Pero es inútil.
Ya algo ha alterado el clima especial del momento. Ya algo se ha perdido, irremediablemente.
Podría ser peor, claro. Podría ser en el cine, en el teatro, en un concierto, cuando estás en ese momento mágico que solo puede crear la excelencia del arte, cuando la trama de una obra dramática te lleva al momento clave del suspenso, o cuando estás levitando con la excelencia de una interpretación musical...
Y de repente, cerquita de vos:
–Bip bip bip...
Entonces, el tipo que está cerca tuyo saca su teléfono y susurra: ¡Hola...!
¿No es para asesinarlo?
La cada vez más increíble tecnología digital se nos ha ido metiendo cada vez más en la vida cotidiana, transformando imperceptiblemente nuestros hábitos y costumbres.
Hace más de una década, si veíamos a alguien caminar y hablar a solas en voz alta por la calle, lo primero que pensábamos era que estaba loco de remate.
Ahora no. Ahora decimos: ¡qué capo, tiene un celular de tercera generación!
Ahora el teléfono ya no es solo el teléfono. Es decir, ya no es solo un útil aparatito para hablar con alguien desde cualquier parte del mundo a cualquier otra parte del mundo, aunque esté a millones de kilómetros de distancia (siempre que tengas señal, la batería cargada y saldo, claro).
Ahora el teléfono también es cámara de fotos y videos, procesador de texto, emisor y receptor de mensajes de chat y correo electrónico, calculadora, agenda, despertador, reproductor de música en mp3 o mp4, sintonizador de radio y televisión, oficina móvil... y quien sabe cuanto más.
Se ha convertido también en objeto fetiche: no importa si el que tenés todavía funciona perfectamente, si no es el modelo nuevo que promociona esa actriz de Hollywood en la tapa de la revista, sos un anticuado. ¡Estás out!
Es decir, el celular ha terminado por volverse un objeto imprescindible: no podés vivir sin él, pero tampoco te deja vivir. Es capaz de interrumpirte en el momento más inoportuno, de cortarte la inspiración cuando estás dialogando en un clima íntimo, cuando estás comiendo, durmiendo o haciendo el amor.
A veces uno quisiera hacer lo mismo que hace Robin Williams en el papel del Peter Pan adulto de la película de Steven Spielberg: arrojar el teléfono por la ventana. Sepultarlo en la nieve. Desconectarse por unas horas del resto del mundo para vivir hacia adentro, para volver los ojos y el corazón hacia lo de veras importante.
Pero no es culpa del teléfono... sino de uno mismo.
Los celulares tienen un botón "on/off", de encendido y apagado. ¿Quién se atreve a usarlo?
En realidad, partimos de una falacia. ¿Qué necesidad existe de que estemos disponibles las 24 horas para quien quiera encontrarnos, aunque sea por una boludez? Si algo esencial e importante ha ocurrido, ya nos vamos a enterar, tarde o temprano.
Hay que tomar el teléfono celular como lo que es: solo un extraordinario avance tecnologico. Podés comunicarte mucho más rápido, podés hablar casi desde cualquier lugar... pero si no tenés nada importante que decir, ¿de qué cuernos te sirve? Vas a poder decir las mismas estupideces de siempre, solo que con más urgencia.
Y todavía te puede suceder algo más dramático: que tengas no solo uno, sino varios celulares con bluetooth, conexión VoIP, además de palm, blackberry, laptot con conexión wi-fi a banda ancha de internet y a todos los chiches nuevos que vayan apareciendo... ¡pero no tenes a nadie con quien comunicarte de verdad!
Y ahora te dejo, porque está sonando mi celular.
