sábado, 20 de febrero de 2016

Adiós al maestro que nos ayudó a pensar críticamente


Eco le muestra a Robin el libro envenenado que se usó en la película El nombre de la rosa.


Fue el que en nuestra juventud nos abrió los ojos sobre las trampas del sistema con su polémico ensayo Apocalípticos e integrados.
Por él supimos que existía una rara especialidad académica llamada "semiología"... y que hasta podría no resultar aburrida.
Después decidió ser novelista y nos maravilló con su ópera prima literaria, El nombre de la rosa, donde trasladó a nuestro amado Borges y a nuestros admirados Sherlock y Watson a la biblioteca laberíntica e infernal de un convento medieval, con un alucinante trasfondo de política, religión y misterio. Él nos mostró como podíamos aprender y divertirnos a la vez... leyendo.
Lo fuimos perdiendo un poco detrás del vértigo cambiante de la Era Digital. Le costaba entender este nuevo siglo, tan abrumadoramente tecnológico, y más de una vez disentimos con sus visiones apocalípticas sobre los medios y las redes sociales en internet.
Compartimos también su (nuestra) pasión por el cómic o la historieta. Sus ensayos sobre su compatriota Hugo Pratt y su romántico aventurero, El Corto Maltés, están colocados en nuestro altar mayor.
Más aún cuando supimos que admiraba particularmente la obra de nuestro maestro y compatriota Robin Wood, especialmente al Dago trashumante y justiciero de su pluma que tanto éxito cosecha en Italia, quien lo tuvo como personaje en una de sus aventuras. (La foto es justamente de una visita que le hizo el caazapeño Robin en su estudio de Milán, en donde es fácil imaginar una conversación llena de humor, libros, ironías y admiración mutua).
El año pasado publicó su última novela, Número Zero, en donde nos dedica un punzante y caricaturesco homenaje a los periodistas y a la prensa en general, a través de un escriba mercenario contratado para dirigir un diario que nunca se va a publicar, pero que amenaza a todos con sus escandalosas primicias e investigaciones. Una obra chiquita y por ratos liviana, pero con destellos del mejor Eco.
Ahora El País me cuenta que Umberto Eco se ha muerto en Italia. Quizás sea una broma, una noticia tomada de Domani, ese diario de noticias imaginadas que él imaginó en Número Zero.
¿Saben, que...? No me lo creo.
Seguro que el profesor Eco estará apenas perdido en los laberintos de la biblioteca con su contendiente Jorge y con su amigo fray Guillermo de Baskerville, buscando el ensayo perdido de Aristóteles sobre la risa.
Ellos son los que en realidad saben: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus...

martes, 9 de febrero de 2016

Los damnificados no existen


Revisando viejos archivos en busca de algunos datos, encontré este artículo mío, publicado a una página en el suplemento El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 27 de mayo de 1989. O sea, a apenas tres meses y días del derrocamiento de la dictadura stronista.
Eran los días en que se crearon las primeras organizaciones de sintechos, que salían masivamente a las calles, protagonizaban ocupaciones de tierras en Asunción y alrededores, y se debatía mucho sobre lo que reclamaban.
Me llama la atención lo que expresaba en aquel artículo, en comparación con los debates actuales –inundados, limpiavidrios, cuidacoches, etc.-, casi 27 años después. Es como si nada hubiésemos cambiado o avanzado, en esencia.
Aunque el título era “El poblador suburbano: Un nuevo actor social”, lo que generó más polémica fue uno de los subtítulos y una de las ideas claves del texto: “Los damnificados no existen”.
(En términos más personales, reconozco que el texto tiene un estilo deliberadamente de opinión, de “bajar línea” con un fuerte sesgo ideológico, que en los últimos año he ido dejando de lado para adquirir un tono periodístico  más narrativo, con puntos de vista más diversos, asumiendo una realidad más diversa y compleja. Sin embargo, leyéndolo, aunque admito  hoy lo escribiría de otro modo, compruebo con mucha satisfacción que sobre todo esto sigo pensando exactamente lo mismo)
Para quienes se interesan por estos temas –sé que son muchos y muchas-, rescato el texto original a continuación:
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Desde las catacumbas de nuestras ciudades está emergiendo con mucha  fuerza y dinamismo un nuevo actor social.
Alguien que ya no es propiamente un campesino –aunque todavía conserve en mayor parte su lenguaje, sus costumbres, su mágica cosmovisión- pero que tampoco ha logrado integrarse plenamente al mundo urbano, relegado con violencia a los suburbios marginales, a los cinturones de miseria que rodean a las urbes.
Es alguien que no se identifica con las clásicas caracterizaciones sobre los sectores populares y las organizaciones sociales: no es campesino, no es obrero, no tiene relación directa con los sindicatos y los partidos políticos, porque estos no logran representar sus intereses. Tampoco figura en las listas privilegiadas de los organismos internacionales de solidaridad, no aparece cotidianamente en las páginas de los periódicos, ni se ocupan de él con asiduidad la radio y la televisión.
El único que siempre lo recuerda es el viejo y milenario río, fuente de vida y de tragedia a la vez. Cuando sus aguas turbias se desbordan y arrasan los modestos caseríos escondidos en el fondo del Bañado, empujando a los pobladores hacia las calles más céntricas, entonces la sociedad parece advertir fugazmente la presencia de este actor social, aunque prefiere ocultar su verdadera identidad bajo la eufemística denominación de “damnificado”.
Ahora, sin embargo, en este dinámico tiempo de transformaciones políticas, nuestro sujeto sale a la calle y eleva su voz. Exhibe sus nuevas organizaciones y sus reivindicaciones. Reclama su espacio propio en esta sociedad que ahora se ufana de ser democrática.
Nuestro sujeto sale a la calle. Y, de pronto, su sola presencia basta para cuestionar las mismas raíces de este modelo social, que hasta ahora no ha hecho más que marginar denodadamente a sus hijos más humildes.

LOS DAMNIFICADOS NO EXISTEN

Si de veras queremos construir una nueva forma de relación social, más abierta y democrática, debemos empezar por abolir ciertos mitos, imperceptiblemente heredados del tiempo de la dictadura.
Uno de ellos es el que se refiere a los llamados “damnificados” por la inundación del río Paraguay.
Seguir utilizando este concepto es un engaño. Eso significaría reducir el problema de las periódicas crecientes a una cuestión meramente ecológica.
Sería como decir –o creer- que hay familias que padecen necesidades solamente cuando las aguas desbordadas les privan de sus precarios hogares. Esa idea lleva automáticamente a presuponer que el resto del año (épocas en que el río no crece) estas mismas familias no sufren mayores carencias. Y sabemos que eso no es así.
En realidad, los “damnificados” no existen.
Los que existen son estos nuevos actores sociales, todavía de nebulosa identificación, que ni son campesinos, ni tampoco son ciudadanos. Podríamos denominarlos, sin demasiada certeza, “pobladores sub-urbanos”. Algo así como los espectrales habitantes de una ciudad de segunda categoría, que se despliega por las riberas inundables del río, por las periferias sórdidas, por las salamancas profundas. Una ciudad oculta, construida con hule y cartón, con desgarradas angustias y tercas esperanzas. Una sub-ciudad que devuelve, en un abrumador y escandaloso contraste, el rostro oscuro de esa otra urbe que brilla con sus reflejos artificiales.

UNA CIUDAD QUE NO FIGURA EN EL MAPA

Ellos comenzaron a llegar desde hace más de dos décadas, cuando el “boom” de la mecanización agrícola, la avalancha de las empresas multinacionales y el despojo violento de sus tierras los fueron desalojando de sus viejos y apacibles “valles”.
Un día enterraron el machete en el surco vacío, cargaron con sus buruhacas al hombro y se treparon a la carrocería de un viejo camión.
La ciudad los vio llegar. Pies desnudos sobre el asfalto caliente. Pero la ciudad no tenía lugar para ellos. Comprar un lote, construir una casita, pagar agua, luz, cloacas, empedrado, impuestos… todo eso cuesta plata. No hay trabajo. ¿A dónde podemos ir? Dicen que allá, en la orilla del río, hay unos terrenos que nadie usa.
Allí levantaron sus viviendas. ¿“Viviendas”? ¿Se podía llamar “viviendas” a esas casitas casi de juguete? Pero de a poco se fueron juntando, se fueron reconociendo, se fueron organizando. Trazaron calles, construyeron escuelas, capillas, canchas de fútbol, plazas…
Los fines de semana –los únicos días en que tenían algún respiro laboral-, los hombres y mujeres se organizaban en cuadrillas para cortar las malezas, arreglar los tortuosos caminos ribereños, pintar las paredes descoloridas de humedad.
Aprendieron a convivir con el viejo río, a aprovechar sus recursos y a huir de sus cíclicas inundaciones.
Así nacieron decenas de barrios que no figuran en ninguno de los mapas oficiales. Allí donde los cartógrafos han diseñado manchas blanquecinas con el genérico nombre de “Bañado”, actualmente viven 60.000 familias compatriotas y existen comunidades enteras, sufridas pero trabajadoras, humildes pero solidarias.
Y ahora la sociedad se sorprende de ver a sus organizaciones surgidas casi de la nada (la Coordinación de Pobladores de Zonas Inundables, COPZI; la Comisión de Familias Sin Techo, etc.). Sucede, sin embargo, que el nivel de conciencia ha ido creciendo tan callada y marginalmente como su vida misma. Allí, en la ribera del río, a la luz de las velas, en la soledad de los campamentos precarios, han ido amasando lentamente sus propias propuestas. Nunca nadie los tomó en cuenta, pero ellos siguieron trabajando.

Ahora están en la calle. Realizan marchas y manifestaciones, ocupan propiedades, se enfrentan a la Policía, elevan pedidos a las autoridades. Es su manera de decir: aquí estamos, nosotros existimos, los pobres también queremos participar en la construcción de esta nueva democracia.  

Jejuí, la isla de la utopía que la dictadura no logró matar

Los antiguos luchadores de las Ligas Agrarias, con sus descendientes, en la comunidad San Isidro de Jejuí.

El 8 de febrero de 1975, militares stronistas asaltaron la comunidad campesina de San Isidro de Jejuí, en San Pedro, que iniciaba una experiencia asociativa, como parte de las Ligas Agrarias Cristianas. Los pobladores fueron apresados y torturados, y las tierras entregadas a un primo del dictador. A 41 años, los propietarios recuperaron su tierra y retomaron el truncado proyecto social.


Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Cuando la primera salva de disparos hizo pedazos la apacible madrugada campesina, monseñor Bordelón despertó sobresaltado. Sintió el piso húmedo de tierra apisonada bajo los pies descalzos. Sintió la espalda dolorida, poco acostumbrada a dormir sobre un catre de madera. A través de las grietas de la pared del rancho, se filtraba un confuso bullicio de órdenes y gritos, de alaridos y sollozos, de secas explosiones retumbando entre los árboles.
Monseñor Roland Bordelón, de nacionalidad estadounidense, director para América del Sur de la organización Catholic Relief Service, miró su reloj. Eran poco más de las cuatro de la madrugada de ese día 8 de febrero de 1975. La noche antes, cuando había llegado en compañía de otro religioso a visitar la comunidad de San Isidro de Jejuí, donde luego se quedaron a dormir, ni siquiera remotamente esperó despertar de modo tan violento.
Todavía estaba allí, sentado en el camastro sin saber qué hacer, cuando uno de los campesinos asomó su rostro lívido por la puerta.
–¡No salga, monseñor...! –le pidió–. ¡Es mejor que se quede adentro!
–¿Por qué...? –preguntó el visitante–. ¿Qué está pasando, por Dios?
–¡Parece que los soldados están atacando la colonia...!
La acción militar sorprendió a la mayoría de los pobladores en pleno sueño. Un pelotón de aproximadamente 70 efectivos, al mando del teniente coronel José Félix Grau, rodeó el caserío y procedió a allanar las viviendas una por una.
Cuando el párroco de la comunidad, el sacerdote Braulio Maciel, corrió a buscar refugio, fue herido desde atrás en una pierna por un proyectil y cayó al suelo.
"De ahí fue conducido, colgado de pies y manos, hasta una camioneta, y en ella hasta San Estanislao, donde se le practicaron los primeros auxilios, y de ahí hasta la capital. En el momento en que el padre Maciel yacía en tierra, varios campesinos trataron de defenderlo y recibieron la orden de 'cuerpo a tierra'. En esta posición fueron golpeados con palos", narra uno de los primeros informes sobre el caso, dado a conocer por el Obispado de Concepción, en fecha 21 de febrero de 1975.
Esta foto histórica muestra al religioso Juan Tremble, de la congregación Hermanitos de Jesús, trepado al techo, construyendo uno de los ranchos en Jejuí, en 1974.


Detenciones y secuestros

Los visitantes norteamericanos, monseñor Roland Bordelón y Kevin Calahan, fueron detenidos y remitidos al Departamento de Investigaciones de la Policía, en Asunción, donde permanecieron incomunicados durante 38 horas, sin poder contactar ni siquiera con la Embajada de su país.
También fueron arrestados los religiosos franceses Juan Penard y Juan Trembais, de la congregación de los Hermanitos de Jesús, la misionera española Pilar Larraya, junto a varios catequistas y dirigentes de la comunidad.
"Durante la operación fueron revisadas todas las casas de los habitantes y fueron secuestrados, entre otras cosas, libros, biblias, apuntes y síntesis de reflexiones de los propios campesinos. También desaparecieron, según nuestra información, la suma de 900.000 guaraníes, donada por organizaciones católicas de Europa para el pago de algunas hectáreas de tierra y la suma de 100.000 guaraníes, destinada para el próximo encuentro latinoamericano de los Hermanitos de Jesús con su Superior General de Roma, a realizarse en Asunción", señala el mismo informe del Obispado de Concepción.
San Isidro está ubicado en un lugar conocido también como Ybypé, distrito de Lima, San Pedro, a casi 300 kilómetros al norte de Asunción, sobre la ruta 3 General Elizardo Aquino.
El lunes 10 de febrero de 1975, dos días después del asalto, el obispo de la Diócesis de Concepción, monseñor Aníbal Maricevich, intentó ingresar en San Isidro, pero fue impedido enérgicamente por el teniente coronel Grau, comandante de la operación.
Entonces el obispo viajó a la capital y trató de entrevistarse con el ministro de Interior, Sabino Augusto Montanaro, pero este se negó a recibirlo.
La colonia continuó cercada por los militares durante más de tres meses. En todo ese tiempo, los pobladores permanecieron totalmente aislados del mundo exterior, "forzados a trabajar en favor del destacamento militar", según expresa un informe publicado por el periódico Sendero, órgano de la Conferencia Episcopal Paraguaya, en su edición del 4 de abril de 1975.
"Mientras fue posible, los campesinos comulgaron todos los días: recogieron las formas consagradas que fueron esparcidas por el suelo cuando a punta de machete fue violado el sagrario en la noche del asalto", agrega el informe de Sendero.
En total fueron apresadas unas 120 personas por este caso, incluyendo a pobladores de varias otras compañías de la región, solo por ser miembros de las Ligas Agrarias. Muchas fueron llevadas hasta una finca rural que el jefe de Investigaciones, el tristemente célebre represor Pastor Coronel, poseía a orillas del río Jejuí, en las afueras de Lima, donde fueron sometidos a interrogatorios bajo torturas.
El 2 de mayo todavía quedaban 28 campesinos presos. La mayoría fueron puestos en libertad a mediados de mayo, incluyendo al padre Braulio Maciel, quien se hallaba prisionero en el Policlínico Policial. Los últimos salieron recién después de la Navidad de ese año.
Las tierras arrebatadas a los campesinos fueron entregadas a Ramón Matiauda, primo del dictador Stroessner, quien se constituyó en una especie de señor feudal en toda la región, especialmente en la actual localidad de General Resquín, que en esa época era conocida simplemente como "Matiauda".

"Koljosets" en el Paraguay

La dictadura stronista trató de justificar el asalto a la comunidad de San Isidro de Jejuí con los más absurdos argumentos.
En un extenso editorial, publicado el 20 de febrero de 1975, el diario Patria, órgano oficial del Partido Colorado, sostenía que los ranchos campesinos eran "koljosets (granjas colectivas rusas, instauradas durante la revolución soviética socialista) clandestinos descubiertos en las pestañas de la selva. Allí se vive 'como hermanos' pero hay ´veladores' que son los dueños de la tierra que permanece indivisa y no se promete parcelar ni transferir a los 'hermanos', como en la dictadura del proletariado...".
De nada sirvieron las sucesivas declaraciones y aclaraciones de los obispos y demás sectores de la Iglesia (en un extenso pronunciamiento, el 7 de marzo de 1975 el arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón, condenó "la violencia desatada por las autoridades"). De nada sirvieron las colectas para ayudar a los detenidos que las diversas parroquias organizaron en esa Semana Santa de 1975.
Para el régimen, quienes se solidarizaban con los campesinos agredidos no eran más que "idiotas útiles" o "compañeros de ruta de los comunistas". La experiencia comunitaria de Jejuí era "puro comunismo", decía Patria, y por eso tuvo que ser destruida a sangre y fuego.
Pero, ¿qué había de verdad entre los escombros de esas humildes viviendas derrumbadas con violencia, entre los restos de esas cosechas segadas tan prematuramente en las chacras que quedaron desiertas...?

En busca de la tierra prometida

San Isidro de Jejuí fue un proyecto impulsado por la Federación Nacional de las Ligas Agrarias Cristianas (Fenalac), como una respuesta al problema de la falta de tierras de varios campesinos asociados, y con la utopía de construir una comunidad solidaria, según los principios cristianos.
Las llamadas Ligas Agrarias Cristianas (LAC) "fueron la expresión organizada del sindicalismo campesino, con un caudal de miembros que fue aumentando muy rápido, principalmente desde fines de la década del 60 hasta su cruenta destrucción a mediados de 1976", explica el investigador Aníbal Miranda en un libro escrito sobre estas organizaciones.
"Propulsadas inicialmente por agricultores empobrecidos del departamento de Misiones, ellas se extendieron por toda la región Oriental con un poderoso instrumento como guía: la Biblia", agrega Miranda.
La experiencia de Jejuí fue la más avanzada de las que llevaron a cabo los integrantes de las Ligas.
Más de 60 familias procedentes de Quiindy, Piribebuy, Roque González, Caapucú, Santa Rosa, Misiones y Villleta se instalaron inicialmente en unas 600 hectáreas, parte de unas 3.000 hectáreas pertenecientes a los sucesores de Domingo Trapani, que habían decidido lotearlas, con acuerdo del Instituto de Bienestar Rural (el actual INDERT).
Entre mayo y julio de 1969 se trasladaron las primeras familias y para octubre el núcleo ya había crecido a 25 familias y 188 miembros, que iban pagando por sus lotes a los Trapani hasta saldar la deuda sobre la propiedad de 230 hectáreas para 1975.
"Les esperaba la selva y la soledad... Había que construir las casas, abrir las picadas, desmontar los rozados. Medios, pocos, casi solamente los propios brazos...", relata un reportaje publicado en el semanario Sendero, escrito por periodistas que acompañaron la experiencia inicial.
"Vivir comunitariamente, poniendo en común siempre el fruto del trabajo de todos, planeando y resolviendo juntos todas las cuestiones que debían enfrentar, no era fácil. Y para ellos, que anteriormente habían vivido el individualismo de nuestra sociedad, una novedad", destaca el reportaje de Sendero.
La principal fuerza de los pobladores, según el informe, estaba "fundamentalmente en la inmensa fe, intensamente vivida. Jejuí es una comunidad donde lo religioso (también en búsqueda, muchas veces) cobra particular importancia y se palpa en el ambiente un fuerte sentido religioso".
El sacerdote Braulio Maciel, oriundo de Quiindy, compartía con los pobladores los mismos trabajos y era el responsable principal de la animación religiosa y de las celebraciones litúrgicas de la comunidad. Posteriormente, la experiencia atrajo a otros religiosos, entre ellos los misioneros de la Congregación de Charles de Foutcauld, más conocidos como los Hermanitos de Jesús. Uno de ellos, provisto de una canoa, recorría el río Jejuí pescando o cazaba en los bosques cercanos, contribuyendo con lo que obtenía a mejorar la escasa alimentación de los colonos.
"Llama la atención que todos los ranchos están profusamente adornados con plantas y con flores, en un trabajo que denota la mano femenina", apuntaba el reportaje de Sendero, destacando el esquema casi primitivo, aunque solidariamente fraterno, en que se manejaba la comunidad.

El sacerdote Braulio Maciel, en medio de los pobladores, durante un acto en las tierras recuperadas, en febrero del 2011. 
 Lo subversivo de la tierra en común

En poco tiempo, la experiencia de Jejuí contagió a otras comunidades. Desde las parroquias de San Estanislao, Lima y Horqueta se impulsaron nuevos proyectos pastorales, que serían precursores de las célebres Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) que luego se extendieron por varios países de América Latina. Jejuí se convirtió prácticamente en el centro de un vasto movimiento campesino en toda la zona Norte del país.
El entonces obispo de Concepción, monseñor Aníbal Maricevich, "apoyó cada vez más a Jejuí y a las otras comunidades. A pesar de sus innovaciones litúrgicas, que no en todo coincidían con lo reglamentado, y a pesar de su comportamiento general, que bien se podría interpretar como un reproche a una Iglesia más tradicional y estática, el obispo no le negó nunca su apoyo. Más bien ayudó para que Jejuí fuese centro de formación cristiana campesina en toda su diócesis", recuerda el misionero Anastasio Kohman.
Entonces, ¿por qué se desató una represión tan brutal contra la comunidad?
En su libro En busca de la tierra sin mal, los jesuitas Bartomeu Meliá, José Luis Caravias y Miguel Munárriz ensayan una respuesta: "Antes de atacar los sitios donde había líderes y experiencias de las Ligas Agrarias más politizadas, el Gobierno (de Stroessner) comenzó destruyendo las comunidades donde simplemente se pretendía vivir una experiencia de 'comunidad total' y a pesar de estar situadas en zonas muy aisladas".
En Jejuí, recuerdan, "se pretendió llevar al máximo la solidaridad. Vivir juntos para compartir las alegrías y las penas, las fatigas y los descansos. Vivir juntos para un trabajo comunitario, ir haciéndose, por la libertad y la responsabilidad, cada vez más personas. Vivir juntos para tener algo que aportar en la línea del pensamiento, de la organización y de la planificación, a los demás hermanos campesinos".
El legendario pa'i Braulio Maciel resume que "el mayor crimen que se quiso cometer no fue sacarle las tierras a los campesinos ni arrestarlos o torturar sus cuerpos. El mayor crimen fue intentar asesinar el sueño de un pueblo que quería vivir en libertad, que quería rezar y amar en libertad. Pero no han podido lograrlo".

La recuperación de la isla de la utopía

Tras vivir en una especie de exilio interior durante 14 años, los pobladores de San Isidro Jejuí se reanimaron cuando la dictadura stronista fue derrocada durante el golpe militar de febrero de 1989 y se inició un proceso de transición democrática.
En 1989 se conformó la Asociación Campesina San Isidro de Jejuí, formada por los fundadores de la comunidad y sus descendientes. Realizaban gestiones ante la Justicia para reclamar la propiedad de sus tierras y a la par fueron a realizar ocupaciones simbólicas del lugar, que había sido convertido en estancia ganadera, primero por los Matiauda y luego por otras personas.
El Gobierno del general Andrés Rodríguez (1989- 1993) no les hizo caso. En dos ocasiones fueron desalojados con violencia por la Policía, acusados de invasores de sus propias tierras. El Parlamento rechazó su pedido de expropiación.
En 1994, el entonces presidente del IBR, Hugo Halley Merlo, tituló las tierras a nombre de Flora Rivarola de Velilla. Pero la Justicia empezó a fallar a favor de los legítimos dueños.
Primero, el juez Silvino Delvalle dictaminó que 150 hectáreas les sean devueltas a sus viejos y legítimos dueños. Luego de 10 años, la causa judicial llegó a su fin, ganando en todas las instancias. En febrero de 2010, la máxima instancia de la Corte Suprema de Justicia ratificó la sentencia a favor de la Asociación San Isidro de Jejuí.
Allí están ahora. Canosos pero invencibles, reactivando la isla de la utopía. "Ahora estamos produciendo 46 hectáreas de sésamo y 20 hectáreas de maíz. El sésamo, de la variedad KO7, lo estamos cosechando esta semana y estamos realizando gestiones ante el Senave para obtener una certificación y destinar una buena parte como semilla, que será distribuida para el mejoramiento de la producción de sésamo a nivel nacional", explica Gregorio Pirulo Gómez Centurión, uno de los fundadores de la comunidad, conocido poeta popular guaraní y gran defensor de la cultura indígena y campesina.
Este domingo, en vísperas del 41 aniversario del asalto a la colonia, los fundadores, sus descendientes y personas solidarias realizaron un acto en el local de la Asociación Campesina San Isidro de Jejuí, situado en el km 299 de la ruta 3. En una misa celebrada por el pa'i Victor Marins, párroco de Lima, se recordó a los 26 fundadores de la comunidad ya fallecidos.
"Ahora tenemos un conflicto judicial con un vecino, que se apropió de 20 hectáreas de nuestra propiedad, pero estamos aquí, llevando adelante nuevos planes de producción, de manera asociativa, esta vez con el apoyo de organismos del Gobierno. Vivimos otros tiempos, quizás ya no somos considerados subversivos o comunistas, pero el sueño de la comunidad de San Isidro, de vivir como hermanos y producir en común, se mantiene vivo y marca la diferencia en una era en que todo se hace de manera individual", destaca Gregorio Gómez.
Una bandera paraguaya ondea libre al viento, atada a un rústico mástil, en medio de las tierras recuperadas. Gregorio dice que nunca más la tumbarán.