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sábado, 26 de septiembre de 2020

El hombre que hace callar a las tormentas

En setiembre de 2006, acompañamos a la profesora Dolli Collar hasta su valle, Capitán Bado, Amambay, para una charla con estudiantes en escuelas y colegios de la región, como parte del programa Periodismo Estudiantil del Departamento Educativo de Última Hora. Fue una experiencia muy rica y aprovechamos para visitar sitios de interés, con amigos y amigas badeños.

Fue así como llegamos al oyngusu del teko ruvicha Paĩ Tavyterã Anselmo Barrios, la gran choza tradicional que es a la vez vivienda y santuario, cerca de Okenda. Fue una experiencia extraordinaria conversar con Anselmo, escucharlo tocar su flauta con la melodía ancestral que él heredó para apaciguar las furias de la naturaleza.

 De aquel viaje nació un breve relato, “El hombre que hace callar a las tormentas”, publicado en Última Hora, que en su momento tuvo mucha repercusión en otras publicaciones internacionales.

Tiempo después me contaron que Anselmo falleció, en medio del aliento mágico de su comunidad. En estos días en que la cultura Paĩ Tavyterã se ha vuelto de interés por los sucesos de violencia en el Norte, una amiga lectora me recordó este artículo y me pidió que lo comparta en las redes. Por tanto, aquí va, desde el blog.

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El hombre que hace callar a las tormentas

Cada vez que nace la Luna llena, el tigre que duerme en la cumbre del Yasuká Venda, el cerro sagrado de los indígenas Paĩ Tavyterã, en la cordillera del Amambay, se despierta y ruge con furia incontrolable.

"Es el poder del Padre Creador que se manifiesta en forma de fuertes tormentas, provocando angustia en los corazones. Entonces yo recojo mi avaeté, mi amuleto de diente de tigre, y me pongo a rezar, me pongo a cantar, a tocar el mimby, la flauta de palo santo, y consigo que la tormenta se calle, que la furia del creador se calme. Es la misión que me ha dado mi pueblo, de ser el teko ruvicha, el que cuida la forma de vida que nos han dado nuestros ancestros".

Así habla Anselmo Barrios, el gran líder espiritual de la comunidad Paĩ Tavyterã, a unos 15 kilómetros de Capitán Bado.

Su oyngusu, la tradicional choza ovalada de los Pai, que es a la vez vivienda y santuario, está ubicada en un claro del monte, cerca de la escuela agrícola Okenda, que el Proyecto Paĩ Tavyterã lleva adelante, en un heroico programa para preservar el modo de vida de uno de los pueblos nativos más fascinantes del Paraguay.

La tarea no es fácil. La tierra de los Paĩ es la única que aún conserva vegetación boscosa en medio de una vasta planicie de tierras deforestadas y mecanizadas para el cultivo de la soja. Y el proyecto de desarrollo sustentable se lleva adelante ante la constante agresión externa. Hace pocos días, un grupo de marihuaneros asaltaron la granja de los Paĩ y robaron una vaca.

"El hombre blanco destruye todo lo que toca. Por su culpa el maíz ya no da frutos como antes. Por eso yo bendigo la tierra y las semillas, para que este año tengamos buen maíz, para preparar nuestras bebidas para la gran fiesta del Aty Guasu", dice el teko ruvicha.

Dentro del oyngusu está la cruz de madera donde se guardan los yvyra'i, las varillas insignias, los takuapu y la calabaza sagrada que guarda los restos del ka'a ñepyru, la yerba mate primigenia. De allí Anselmo recoge su flauta de palo santo y empieza a soplar, arrancando un dulce sonido que envuelve el aire y arranca la risa de los niños, mientras las tormentas se baten en retirada, temerosas.

domingo, 1 de marzo de 2020

Fantasmas en la ciudad




Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

Están allí pero no los vemos o fingimos que no existen, como si no tuvieran rostros o se hubieran vueltos incorpóreos, igual que el personaje de la novela Garabombo el invisible, del escritor peruano Manuel Scorza. Otro escritor, el uruguayo Eduardo Galeano, los denomina Los Nadies, “los hijos de nadie, los dueños de nada... que valen menos que la bala que los mata”. En alguna rebelde canción, Manu Chao les da otro nombre: Fantasmas en la ciudad.

Lorenzo era uno de esos muchos Nadies. 
Indígena del pueblo Mbya Guaraní, recorría las calles de Asunción pidiendo limosnas, recogiendo cosas de la basura para sobrevivir. Cuando podía inhalaba cola de zapatero para engañar al hambre. Dormía en donde encontraba lugar. Fue así como esa madrugada del lunes 16 de diciembre de 2019 se acostó en el banco de una parada de bus sobre la calle Jejuí casi Montevideo, sin sospechar que el odio y la muerte andaban al acecho.
Las grabaciones de una cámara de vigilancia muestran al lujoso auto sin chapas pasar por el lugar a las 2.10 de la madrugada, detenerse, volver a circular para regresar una segunda y tercera vez. Entonces se ven los fogonazos desde el interior, certeros disparos que acabaron con la vida del indígena, cuya identidad no pudo ser determinada durante varios días, porque no tenía cédula y sus huellas digitales no figuraban en el sistema. 
Era un perfecto Nadie.
Si no fuera por la indignada presión de un reducido sector de la sociedad, no hubiera existido el esfuerzo policial para averiguar que el indígena asesinado se llamaba Lorenzo Silva Arce y había llegado desde una comunidad de Tacuatí, San Pedro. 
A más de dos meses, ni la Policía ni la Fiscalía han podido determinar quién fue el asesino ni cuál fue el móvil, aunque se maneja la hipótesis principal de que fue un crimen de odio. “Combata la pobreza: Mate a un indigente”, como pregonaba algún grafiti en la pared.
Todo hubiera quedado en el olvido y el opa rei, como acaban casi siempre los asesinatos de los Nadies, si no fuera por un grupo de personas, principalmente profesionales católicos, comunicadores, artistas e indigenistas, que decidieron juntarse cada lunes en el lugar en que lo mataron para recordarlo con canciones y oraciones, junto a reclamos de justicia. Como él no tenía familia conocida, crearon una comunidad en Facebook que se llama “Colectivo Somos la Familia de Lorenzo”.
La trágica historia de Lorenzo ha vuelto a repetirse muchas veces, de otras maneras. El caso más terrible es el de una niña indígena de 12 años, cuyos restos fueron hallados este martes 25 de febrero, dentro de una mochila, en posición fetal, con las manos atadas, en un baldío cerca de la Terminal de Ómnibus de Asunción. Ella fue presumiblemente víctima de abuso sexual y maltrato hasta morir. Fue identificada como Francisca Araujo, de pueblo Mbya Guaraní, una de las tantas y tantos Nadies que recorren las calles pidiendo monedas en los semáforos, expuestos a todo tipo de atropellos. Una más de los muchos fantasmas en la ciudad.
Podríamos cerrar esta columna con un justificado tono de trágico lamento y de indignada denuncia ante estas y otras numerosas situaciones que nos muestran a una sociedad podrida y deshumanizada, con personas que abusan y asesinan sin piedad y con impunidad a los más débiles, ante un sistema de Justicia que no está ni ahí, pero prefiero rescatar la otra cara: La de ese grupo de personas que se juntan los lunes a rezar y cantar en el mismo lugar donde mataron a Lorenzo, o la de quienes salieron a marchar pidiendo Justicia para la niña Francisca, las que alzan su voz y no dejan de actuar ante cada uno de estos crímenes horrendos.
Son estos ciudadanos y ciudadanas las que nos permiten seguir creyendo que otro Paraguay es posible. Los que le ponen nombres a los Nadies, los que hacen visibles a los invisibles, los que les dan rostros concretos y humanos a los fantasmas de la ciudad. Son quienes nos sostienen en la mejor esperanza.

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Publicado en la sección Opinión del diario Última Hora, columna “Al otro lado del silencio”, edición del sábado 29 de febrero de 2020.
La foto es del Colectivo Somos la Familia de Lorenzo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Otros pesebres en busca de otra sociedad



Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

 María duerme plácidamente sobre el lecho de paja, mientras José juega muy divertido con el bebé Jesús en su regazo. Este “pesebre alternativo” –al que muchos consideran un pesebre feminista–, se denomina “Dejemos dormir a mamá” y es un regalo que le hicieron al papa Francisco por su 83 cumpleaños, quien lo alabó con mucho entusiasmo durante su mensaje de Navidad: “¡Cuántos de ustedes deben turnarse en la noche entre marido y mujer por el niño, la niña, que llora, y llora, llora!”.
Esta reinterpretación simbólica de los roles del hombre y la mujer por parte del máximo líder de una de las más importantes instituciones religiosas del mundo, tradicionalmente calificada de excesivamente conservadora, esta vez utilizando incluso el lenguaje inclusivo de nombrar al niño y la niña por igual, tiene un efecto de mucha trascendencia: El mundo está cambiando y sus efectos renovadores han llegado hasta el pesebre de Belén y hasta los salones del Vaticano.
Mucho más radical ha resultado el mensaje de la Iglesia Metodista Unida de la ciudad de Claremont, en el Estado de California, Estados Unidos, que presentó a San José, la Virgen María y el Niño Jesús encerrados en celdas separadas y rodeadas con alambre de púas, a manera de protesta contra las políticas represivas del presidente Donald Trump contra las familias latinas migrantes, a cuyos miembros han separado y encarcelado por no contar con documentos de residencias en regla. Hace más de veinte siglos la sagrada familia también tuvo que emigrar a Egipto para huir de la persecución del rey Herodes.
En la Catedral de Palermo, Italia, el arzobispo Corrado Lorefice decidió celebrar la misa de Navidad con la imagen de un Niño Jesús de piel negra, que le ha sido donada por misioneros de Tanzania, África, como una reivindicación a las familias de migrantes que llegan huyendo de persecuciones y que generalmente reciben el rechazo de las autoridades europeas y de un gran sector de los propios pobladores.
El controversial artista callejero británico Bansky instaló en el Walled Off Hotel de la misma simbólica e histórica ciudad de Belén, donde nació Jesús, un artístico pesebre junto a una réplica del muro que divide a Cisjordania de Israel. Sobre la imagen de la sagrada familia hay una estrella, pero es negra y hueca, y ha sido formada por el disparo de un mortero que atravesó el muro. Jugando con los símbolos y con las palabras en inglés, Bansky sustituye a la tradicional “Star of Bethlehem” (estrella de Belén) por la “Scar of Bethlehem" (Cicatriz de Belén), buscando llamar la atención de que el escenario en donde se originó la Navidad hace más de veinte siglos es la que menos puede celebrar hoy una verdadera “noche de paz”, debido al conflicto bélico que se mantiene desde la ocupación israelí de los territorios reclamados por Palestina.
En el Paraguay, aunque la Navidad sigue teniendo una representación principalmente tradicional o folclórica en las celebraciones religiosas, es posible encontrar imágenes de José, María y Jesús con rasgos indígenas guaraníes en algunos pesebres expuestos por artesanos y artesanas de Areguá, junto a esculturas de animales en peligro de extinción, como el jaguarete o el guyra campana, destacando una reivindicación de los pueblos originarios y un llamado a la protección del medioambiente.
Más que la presunta distorsión de un símbolo religioso universal, como cuestionan algunos sectores conservadores, los “pesebres alternativos” revelan la evolución de la conciencia humana ante realidades injustas. En una perspectiva histórica, el Redentor que eligió nacer entre los más pobres marcó una ruptura ante viejas estructuras para plantear la esperanza de lo nuevo. Si en la Judea invadida por el Imperio Romano aquel pesebre de pastores tenía un mensaje contra el sistema, es válido que los de hoy expresen las demandas feministas, migrantes, ambientalistas, indigenistas o pacifistas, como una manera de anunciar que otros modelos de sociedad también son posibles.

El pesebre de la Iglesia Metodista Unida de Claremont, California.
El Niño Jesús negro en la Catedral de Palermo, Italia.
El pesebre del artista Bansky en un hotel de Belén, junto al muro que divide a Cisjordania de Israel.
Pesebre indígena guaraní en Areguá, Paraguay.


jueves, 6 de febrero de 2014

Un indígena Enxet chaqueño, hijo de Benito Mussolini

 La cédula del enxet Mateo Mussolini, recreada por Amnistía Internacional.
El retrato del indígena Mateo Mussolini, pintado por Diego Schäfer, con la gorra de El Duce, revelado con la luz ultravioleta.

Nacieron con nombres en su idioma originario, pero sonaban extraños para los "blancos". Por eso les dieron nombres de dictadores fascistas, como Benito Mussolini y Adolfo Hitler. Son historias que rescata el artista plástico Diego Schäfer en su muestra El grito Enxet.

#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez

Ya nadie recuerda cuál fue el nombre originario Enxet de su padre. Cuando quiso anotarse en el registro civil, para tener un documento de identidad "como los blancos", los funcionarios le dijeron que no debían usar "nombres raros". Así que lo anotaron como Benito Mussolini.
Él, nacido en una remota aldea indígena enxet del Chaco paraguayo, ni sabía que el nombre que estaba adoptando legalmente, eral el de un cuestionado dictador fascista italiano, conocido como el Duce, que arrastró a su país a los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Mateo Mussolini es actualmente uno de los descendientes del Benito Mussolini enxet paraguayo. Su rostro es retratado en la muestra de pinturas digitales intervenidas, que el artista plástico Diego Schäfer habilitó este miércoles 5, en el Centro Cultural Juan de Salazar, con el nombre de "El Grito Enxet", organizado por Amnistía Internacional y Tierra Viva, como parte de una campaña que reclama la restitución de las tierras ancestrales del pueblo Enxet Sur, para las comunidades de Yakye Axa y Sawhoyamaxa.
El retrato de Mateo Mussolini, visto a simple vista, muestra su expresivo rostro, pintado en blanco y negro. Pero cuando la luminosidad blanca se apaga y se le aplica al cuadro una luz ultravioleta, aparecen otros detalles, como la clásica gorra del Duce, el Mussolini original, sobre la cabeza del indígena enxet. Es una peculiar técnica aplicada a todos los cuadros, que busca "hacer visible lo invisible". 

Adolfo Hitler en Paraguay.

Pero el caso del indígena enxet llamado Benito Mussolini no es el único. Hay otros, como el del que recibió el nombre del dictador nazi alemán Adolfo Hitler.
Antes, los Enxet usaban nombres tradicionales de su cultura, que vinculaban a las personas con aspectos particulares de su ser.
Pero cuando se acercaban al Registro Civil para inscribirse con sus nombres indígenas, los funcionarios de Registro Civil señalaban el artículo 56 de la Ley 1266/87, que expresa: "El oficial del Registro Civil no inscribirá nombres ridículos, o que puedan inducir a error sobre sexo, ni más de tres nombres...".
Por ello, se rechazaban los nombres en Enxet, pero se admitían que los "blancos" sugieran nombres de personajes célebres, aunque fuesen sanguinarios dictadores.
"Sorprenden casos como los de Mateo, descendiente del señor Benito Mussolini, oriundo del Chaco. A la hora de registrar a estos indígenas, tales nombres no se consideraron ni ridículos, ni que pudieran inducir a error", dice una parte de la presentación de las obras de Diego Schäfer por parte de Amnistía Internacional, que acompaña a una recreación caricaturizada de la cédula de identidad de Mateo Mussolini Aquino.
"Lo mismo ocurrió con la familia de Lázaro Hiter, descendiente de un indígena llamado Adolfo Hitler. En Identificaciones, no tuvieron reparos en inscribir tal referencia histórica en la cédula de un indígena del Chaco, pues mucho más ridículo resulta un nombre enxet, según estas pautas discriminatorias", sostiene Amnistía Internacional.
Destaca que "la familia Hitler, con el tiempo decidió prescindir de la "l" en su apellido (quedando actualmente Hiter), pues ellos sí que llegaron a sentir el peso de una ridiculez y humillación tangibles".





El retrato de Celestina, con luz normal (arriba). El mismo retrato, con las heridas en su cara, reveladas por luz ultravioleta.

El arte, en contra de la injusticia.

La historia de Mateo Mussolini es solo una entre varias recogidas por un equipo de Amnistía Internacional y Tierra viva, junto al artista Diego Schäfer, para ser plasmadas en la colección de pinturas de El Grito Enxet.
 Otra de las personas retratadas es Celestina, una de las protagonistas de la histórica ocasión en que la comunidad Sawhoyamaxa decidió volver a ocupar sus tierras ancestrales –actualmente en poder de un estanciero-, en la noche del 20 de marzo de 2013. En esa ocasión, Celestina fue herida en el rostro por espinas de espinillo, que le dejaron profundas cicatrices, al ingresar en medio de la oscuridad. En el cuadro en que ella aparece, a simple vista, las heridas no se ven, pero al aplicarle la luz ultravioleta, las cicatrices brillan.
Las dos comunidades, Yakye Axa y Sawhoyamaxa, reclaman desde hace más de 20 años la restitución de sus tierras. En 2005 y 2006, la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenció al Estado paraguayo por violar el derecho colectivo de las comunidades a sus tierras ancestrales, exigiendo la restitución de dichas tierras, sentencia que hasta ahora no se ha cumplido.

Las pinturas de Diego Schäfer buscan llamar la atención sobre esta injusticia. Dice el crítico Ticio Escobar: "Diego retrata a la gente que vive esperando... Los enxet se encuentran especialmente invisibilizados ante la sociedad nacional. Están literalmente marginados, encajonados contra los márgenes de un camino que avanza a contramano de su destino étnico... Por eso, ponerlos ante la mirada constituye de por sí un gesto político: Diego nos obliga a asumirlos como existentes, como partícipes de una historia que no los reconoce y quiere privarlos de toda inscripción y de toda imagen".

lunes, 25 de marzo de 2013

Cabinas telefónicas al estilo Ayoreo

Mediante postes de madera, los nativos de la aldea Jogasui se comunican con el resto del mundo. 


Singularidades de la globalización: Los teléfonos comunitarios están sujetos a pintorescos postes, en el único lugar donde reciben señal, en la aldea de Jogasui, Chaco Central. Desde allí se comunican en lengua ayoreo con sus parientes en Bolivia.


Por Andrés Colmán Gutiérrez
JOGASUI, CHACO CENTRAL

Son dos precarios postes de madera, plantados en medio de la aldea de Jogasui, del pueblo originario Ayoreo, a 86 kilómetros al norte de Filadelfia, en el Chaco Central.
Por cada poste hay desgastados teléfonos celulares, de los modelos más económicos, sujetos por cintas de goma, brillando ante las luces del sol.
"Estas son nuestras cabinas telefónicas al estilo Ayoreo, la únicas que tenemos en el medio del monte...", informa el líder Lucio Dosapei, sonriendo ante la curiosidad de los visitantes.
La incredulidad de los observadores desaparece cuando de pronto se oye sonar a uno de los aparatos, y el maestro de la comunidad, Carlos Moreno, acude a responder, con solo oprimir un botón, sin mover el aparato de lugar, ni sacarlo de su atadura en el poste.
"¡Niome... niome...! (¡mañana, mañana!), se escucha gritar a una voz desde el pequeño aparato. Carlos contesta en lengua ayoreo, relatando a su interlocutor que hay unos "cojñones" (hombres blancos) que han llegado de visita a la comunidad, y que en ese momento le están tomando fotografías.
Tras concluir la comunicación, el docente nos cuenta que quien ha llamado es un pariente suyo, que vive en una aldea de ayoreos del llano boliviano.
De la familia lingüística Zamuco, los ayoreos (o ayoreóde, "la gente verdadera") constituyen un pueblo nómada de guerreros, originarios del Chaco, entre Paraguay, Bolivia y Argentina, que hasta recientemente eran perseguidos y cazados, llamados despectivamente "indios moros".
Diferenciados entre silvícolas (ayoreos totobiegosodes), y moradores del llano (ayoreos garaygosode y guidaigosode), actualmente se estima su población en unas 5.000 personas, distribuidas entre Paraguay y Bolivia.
Existen testimonios sobre unos pocos grupos de ayoreos silvícolas (totobiegosodes) que aún no han tenido contactos con el hombre blanco. Aunque se ha logrado asegurar jurídicamente porciones de territorios que garanticen su supervivencia, se encuentran permanentemente acosados por empresarios y ganaderos que invaden sus territorios y depredan sus bosques.

COMUNITARIO. "En esta zona del Chaco hay muy mala señal de teléfonos celulares. Este es el único lugar de la comunidad donde hay señal, por eso colocamos los teléfonos por los postes, nadie debe mover ni sacar de su sitio, porque de lo contrario no se va a poder hablar", explica Carlos.
Los celulares son de uso comunitario y el costo de las tarjetas para obtener saldo es compartido por todos los usuarios. Los teléfonos son colocados de manera fija, con el sistema de altavoz, lo cual hace que las conversaciones sean escuchadas por todos los que están alrededor, pero en la cultura ayoreo es frecuente compartir todo y prácticamente no existen secretos, señala el docente.
Existen otros teléfonos de reserva, cuyas baterías son cargadas con energía proporcionada por paneles solares, y que permiten reemplazar a los aparatos que están por los postes, una vez que estos agotan sus cargas.
Los ayoreos conforman una de las culturas originarias del Chaco que con más rapidez han incorporado la tecnología a sus comunicaciones tradicionales. Utilizan también equipos de radio en frecuencias UHF (frecuencia ultra alta) para comunicarse con otras aldeas, pero lo que más les gusta es recurrir a las ya obsoletas grabadoras a casetes, en las que graban colectivamente largos relatos orales, incluyedo cánticos, rezos y danzas, que luego envían a sus parientes lejanos, mientras reciben de ellos también otros casetes grabados.
Es muy común observar a toda la comunidad de una aldea ayorea, reunida alrededor de una pequeña grabadora, para escuchar los casetes enviados por sus parientes lejanos, una especie de "noticiero de la tribu", que les permite ponerse al día sobre los acontecimientos que afectan a su pueblo.
"Los ayoreos somos muy comunicativos y la tecnología nos permite estar mejor conectados. Los más útiles y prácticos son los celulares. Lástima que en estas zonas del Chaco hay todavía muy mala señal...", lamenta el maestro Carlos Moreno.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Tierras para indígenas con olor a negociado



El presidente Federico Franco pide que los periodistas, "para tener una visión veraz", vayan a conocer las 7.862 hectáreas de tierras del ganadero Eliodoro Cohene, en Unión, San Pedro, que el actual Gobierno plantea de nuevo adquirir para grupos indígenas, a pesar de que diversos informes técnicos lo han desaconsejado.
Lo que el mandatario reclama ya lo hicimos el 19 de enero de 2012, cuando el autor de esta columna acompañó una visita que el entonces presidente del Instituto Paraguayo del Indígena (Indi), Óscar Ayala Amarilla, realizó a la propiedad, cuya compra era insistentemente reclamada al presidente Fernando Lugo por un grupo de nativos mbyá y avá guaraní, liderados por Panta Piris, con fuerte respaldo de figuras del propio entorno luguista, como el gobernador de San Pedro, José Pakova Ledesma, y los dirigentes de la Liga Nacional de Carperos (LNC), José Rodríguez y Eulalio López.
La edición de ÚH del 20 de enero de 2012 incluye en portada una fotografía del campo desolado, con el siguiente título: "Indi comprueba que tierras no son aptas para indígenas". El reportaje, en la página 27, detalla: "De las 7.862 hectáreas ofertadas, menos de 2.500 son montes altos, el resto es campo con arena y esteros".
Un informe del Ministerio de Agricultura y Ganadería sostenía categóricamente que la mayor parte de las tierras no son aptas para cultivos, no son hábitat tradicional ni reúnen condiciones para asentamientos indígenas.
Pero lo más sugestivo era el precio de las tierras, que dos años antes se ofertaron por 1.000 millones de guaraníes, pero a fines de 2011, cuando el Gobierno de Lugo propuso la compra, la oferta ya era de 63.000 millones de guaraníes, arrojando sospechas de una escandalosa sobrefacturación y de un posible negociado.
Al parecer, primó la racionalidad institucional sobre los intereses sectarios, y Lugo tuvo que aceptar la contundencia de los informes técnicos, desechando la compra de las tierras. Además de las denuncias periodísticas, resultó decisiva la postura del entonces presidente del Indi, Ayala Amarilla, quien se enfrentó al sector de Pakova Ledesma y los carperos, que tenían gran influencia en la cúpula luguista, donde ejercían una especie de gabinete social paralelo.
Llamativamente, apenas Lugo fue destituido, Ledesma y los carperos renegaron de su exaliado y se abrazaron a su sucesor, Franco. La nueva alianza rindió sus frutos, como revela la acción gubernamental que ahora reflota la compra de las 7.862 hectáreas de tierras de Unión, con base en un nuevo informe del MAG, que contradice a los anteriores, a pesar de que el ministro Enzo Cardozo sigue siendo el mismo que hace un año respaldó una versión totalmente diferente.


(Publicado en la columna “Al otro lado del silencio”, sección Opinión de Última Hora, edición sábado 10 de noviembre de 2012).


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(Anexo: Texto del reportaje tras la visita a las tierras de Unión, publicado en UH el 20 de enero de 2012)

Indi constata que tierras de Unión no sirven para asentar a indígenas

De las 7.862 hectáreas ofertadas, menos de 2.500 son montes altos, el resto es campo con arena y esteros. El presidente del Indi recorrió ayer la propiedad y en quince días tendrá una resolución.

Por Andrés Colmán Gutiérrez
UNIÓN - SAN PEDRO

Un polvoriento camino de tierra parte desde el cruce sobre la ruta 3, atraviesa el pueblo de Unión y al cabo de 20 kilómetros llega hasta el portón de la Agroganadera San Pablo SA, de Eliodoro Cohene, donde comienza la propiedad de 7.862 hectáreas, cuya compra reclaman los indígenas de las parcialidades Ava Guarani y Mbya Guarani, recientemente desalojados de la Plaza Uruguaya, de Asunción.
Al principio se observa una zona elevada de serranías, con buena vegetación, pero a poco de ingresar a la propiedad, el paisaje se va convirtiendo en extensos campos arenosos, donde se observan algunas vacas pastando, instalaciones ganaderas, algunas zonas muy bajas y esteros.
Ayer, aproximadamente a las 9.00, una comisión técnica encabezada por Óscar Ayala Amarilla, presidente del Instituto Paraguayo del Indígena (Indi), junto con expertos del Proyecto de Desarrollo Rural Sostenible (Proders), del Ministerio de Agricultura y Ganadería, realizaron una visita de verificación al lugar. Aunque la visita debía realizarse sin presencia de periodistas, el enviado de Última Hora logró ingresar, observar el terreno y obtener fotografías.

RECORRIDO. Los visitantes fueron recibidos por el propietario, Eliodoro Cohene, quien los guió en un recorrido por la mayor parte del establecimiento, incluyendo campos, retiros y una visita al casco central de la estancia, formado por una histórica y bella casona colonial, que fue centro de la antigua estancia San Bernardo SA, de los Gómez Zelada, formada a principios del siglo XX, originalmente con 24.000 hectáreas.
Durante la reunión mantenida con el propietario, el presidente del Indi se comprometió a seguir el proceso de consultas con otras comunidades indígenas de Caaguazú y San Pedro, antes de adoptar una resolución final sobre la compra de las tierras, ofrecidas por la agroganadera a un precio de 63.000 millones de guaraníes, y que según una nueva tasación del Ministerio de Obras Públicas, están valuadas en 51.000 millones.
La posible compra de estas tierras se volvió polémica porque dos años atrás parte de estas mismas tierras se ofrecieron por 1.000 millones de guaraníes, lo que desató la sospecha de una sobrefacturación en la actual oferta. A esto se suma la presión que ejercen allegados al presidente Fernando Lugo para que se concrete la operación.
Amable y hospitalario, el propietario de la Agroganadera San Pablo, Cohene, no quiso sin embargo acceder a una entrevista periodística y pidió que dirigiéramos las preguntas al contador de la empresa, Carlos Antonio López.
"El propietario del establecimiento tiene urgencia en que se resuelva si se van a comprar o no las tierras, ya se está alargando mucho el proceso, y se están diciendo muchas cosas que no son ciertas, que hay intereses políticos o de otro tipo por detrás. Eso no es verdad. Nosotros realizamos una oferta, hace cerca de un año, y no tenemos problemas en vender a otras personas, porque la tierra vale", señaló el contador López.

INAPROPIADO. Tras el recorrido, el presidente del Indi, Óscar Ayala Amarilla, declaró: "La impresión inicial que tengo, tras conocer de cerca este lugar, es que estamos ante un espacio geográfico que no es característico del tipo de asentamientos que usualmente tienen los indígenas mbya y ava guarani".
"Esto supone que, en la eventualidad de considerar un asentamiento en estas condiciones, necesitaría de tipos de planificación y de organización muy distintos al cual el Indi o el Estado no están habituados a realizar, y ni siquiera estamos en condiciones de acompañar hacia el futuro", agregó.
Enfatizó que, por las características de extensión del terreno, "la posibilidad de crear un asentamiento en un suelo con las características más propias de un establecimiento ganadero, con muchas tierras que son más bien pasturas, supone también un gran desafío a un modelo de convivencia, social, que permita equilibrar el tipo de recursos disponibles en el lugar, dado que este tipo de suelos y de inmuebles no expresan una diversidad de lugares en donde uno pueda decir que permite asentamientos diferenciados en lugares distintos".
"Es una situación bastante difícil, de cara a poder dar curso a una reivindicación de ese tipo", destacó.
El titular del Indi planteó que la cuestión de fondo es que el Estado, "en este momento y ante este caso, tiene la opción de considerar la mejor tierra, de cara a que el lugar que está reivindicado en ningún momento fue catalogado o establecido como un hábitat tradicional del grupo que lo pretende".
"Sabemos que lo que genera una obligación para el Estado es la relación que un grupo pueda demostrar o establecer respecto a un lugar específico, más allá de sus condiciones geográficas. En este caso no existe eso", afirmó.
Adelantó que en la primera quincena de febrero se estaría dando una decisión final al caso.


viernes, 31 de agosto de 2012

Cantos de guerra y de paz en el mundo Aché

Tienen la sonrisa fácil y el abrazo generoso. Entre los pueblos originarios del Paraguay, los Aché son los más afectivos y hospitalarios, capaces de brindarse por entero al javêwaty, el leal amigo que logra ganar su corazón.
Pero la primitiva ternura que dulcifica sus rostros, puede borrarse de un plumazo cuando les golpea la injusticia. Es cuando se enciende el llamado de la selva y al resplandor de las fogatas suenan los arcos rapâ y las flautas takua-mimby, mientras retumba el pre’e, el gutural canto aché. Los rostros se pintan con oscuros tonos de guerra, se tensan los arcos gigantes y las temibles flechas con puntas dentadas e impregnadas de veneno esperan el momento de ser disparadas.
Todavía siento en el cuerpo la calidez del abrazo con que me recibieron el anciano Kuatégui y la madre Karênpakapukúgi, hace ya algunos años, en la comunidad aché de Puerto Barra Tapýi.
Nunca antes nos habíamos visto, pero fue suficiente que el joven José Anegi les diga que yo era un buen amigo, para que ambos ancianos salgan a mi encuentro, y con una mezcla de risas y sollozos me estrechen entre sus brazos.
Era como sentir el abrazo de la madre tierra, y a la vez la trágica y heroica historia de un pueblo perseguido. José había contando que los dos ancianos vivieron más de la mitad de su vida en el monte, y hasta los 70 eran cazados como animales por capataces y obrajeros, con la cabeza a precio.
Los blancos los llamaban despectivamente guayakí, que significa “rata del monte”, pero ellos se llaman a sí mismos aché, “persona verdadera”. Y supieron abrazar la modernidad sin traicionar su esencia, sin perder la sonoridad de su lengua ni la riqueza de su cultura originaria. Y las canciones junto a las fogatas, desde entonces, eran de paz y risas de niños.
En estos días, los Aché de Kuetuwy, Canindeyú, tuvieron que entonar de nuevo sus cantos de guerra, ante la amenaza de un grupo de campesinos carperos que invadieron sus tierras ancestrales, cuya propiedad jurídica habían conquistado tras largos años de lucha.
Soportaron el racismo de los líderes campesinos (“tenemos más derechos que los indios, porque nosotros sí somos paraguayos”, dijo el dirigente carpero Gustavo Aquino), y lo hicieron con la entereza de quienes se sienten con derecho y dignidad.
Una prudente pero firme postura del Ministerio del Interior a favor de los Aché, ha ayudado a instalar una tregua en el conflicto. En la medida en que no se pierdan de vista las cuestiones de fondo en esta pelea de pobres contra pobres, se logrará que el canto de los Aché siga siendo de paz, y de esperanza productiva.

(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", diario Última Hora, edición sábado 1 de setiembre de 2012).

sábado, 7 de enero de 2012

¿Qué te hicieron, Asunción?



Querida ciudad mía, Asunción de jazmines y guaranias: ¿Qué te hicieron?
Me cuesta reconocerte en esas crudas imágenes que en estos días han dado la vuelta al mundo, mostrando a habitante de una ciudad racista e intolerante en el corazón de América, arrastrando a mujeres indígenas por el suelo con inhumana violencia, echándolas por la fuerza de una de sus más céntricas y legendarias plazas, levantando rejas de metal y cordones de policía a su alrededor, para impedir que vuelvan a ingresar.
¿Cómo podemos negar así toda tu rica historia y tu identidad cultural, justamente a vos, a la que con tanto orgullo nombramos como la "cuna del primer grito de libertad en América", la "ciudad comunera de las Indias", la que siempre dio "amparo y reparo" a los cansados viajeros que llegaban a cobijarse bajo tu fresca sombra de hospitalaria solidaridad?
¿Qué nos pasó, vida...?
Podemos estar de acuerdo en que los indígenas que se instalan en una histórica plaza del centro, a reclamar el legítimo derecho de la tierra propia, no pueden quedarse a vivir allí por meses o por años, habitando precariamente en unas lamentables "tolderías urbanas", privando a los demás ciudadanos del libre uso de un espacio público, debido al clima de hostilidad creado por la marginalidad y la degradación ambiental y humana.
Podemos convenir, también, en que detrás del reclamo de los mbya guaraní para la compra de casi 8.000 hectáreas en Unión, San Pedro, se mueven oscuros intereses políticos y económicos que han sobrevaluado dichas tierras en un 63 % por encima de su valor inicial, y aparecen nombres de conocidos líderes y caudillos oportunistas, que se aprovechan de la pobreza y la necesidad de los nativos, en busca de sacar réditos propios.
Pero ninguna de estas razones justifica esa explosión de intolerancia y de racismo, de la que hemos hecho gala en estos días.
En lugar de asumir y buscar colectivamente soluciones de fondo a las necesidades ancestrales de nuestros pueblos originarios, simplemente optamos por echarlos como a perros de la plaza, los ocultamos bajo la alfombra y levantamos una muralla de rejas para que dejen de ensuciar y afear nuestra ciudad.
¿No hemos aprendido nada de nuestra propia historia...?

(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", diario Última Hora, Página 22 Opinión, edición del sábado 7 de enero de 2012. La fotografía que ilustra esta artículo es del gran René González).