jueves, 22 de noviembre de 2012

Réquiem por un campesino sin tierra




Memoria periodística: Desenpolvando antiguos textos del archivo, rescato este artículo escrito y publicado en El Correo Semanal de Última Hora, en julio de 1986, durante la dictadura stronista, a pocos días de que la policía del régimen asesinara durante un intento de desalojo de ocupantes de un terreno rural en la zona de Juan E. O’Leary, Alto Paraná, a los labriegos Francisco Martínez y Aurelio Silvero. Es una crónica que en su momento tuvo mucha repercusión mediática. Se empezaba a hablar del fenómeno de los “campesinos sin tierra”, realidad que desnudaba el discurso de la “reforma agraria con paz y progreso”, de la dictadura. El texto, aunque escrito con cierta ingenuidad romántica de mis entonces 24 años de edad, revela el grado de compromiso social con que ya abrazaba el oficio de comunicador, así como la búsqueda de un estilo de periodismo narrativo, que luego fue evolucionando. También demuestra los grados de denuncia a los que podíamos llegar en la llamada prensa comercial o empresarial, desafiando las presiones de la censura o autocensura. Hoy, al releerlo, 26 años después, no puedo dejar de percibir la tremenda actualidad que sigue teniendo el texto –aunque el autor tenga una visión menos maniquea e ingenua acerca de los autores del conflicto social-, y lo poco que ha cambiado la realidad, teniendo en cuenta los lacerantes casos de hoy, como el de los campesinos de Curuguaty.
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"Nuestra raíces están bajo la tierra. Son los muertos..."
(Rafael Barrett, El dolor paraguayo).

Por Andrés Colmán Gutiérrez

Francisco Martínez, paraguayo, casado, de 21 años de edad, natural de Pastoreo, Departamento de Caaguazú, se desangró sobre la tierra. Sobre la misma tierra húmeda en la que alguien lo llamó intruso y se sintió con derecho a apagar su vida, como quien apaga una  hoguera molesta que resplandece en la oscuridad. Sobre la misma tierra de la que sus compañeros quisieron arrastrarlo, ya moribundo, hacia una inalcanzable carretera, en busca de un desesperado auxilio, pero él se resistió con sus últimas fuerzas, musitando en guaraní: “Nahaniri, che reja, amanosé ko yvype (No, déjenme, quiero morir en esta tierra)”.
Francisco Martínez, paraguayo, casado, de 21 años de edad, natural de Pastoreo, Departamento de Caaguazú, padre de un hijo, piel oscura como la tierra… ¡Qué poco sabemos de vos! Qué difícil imaginar los siniestros mecanismos que te condujeron, a vos y a tu compañero Aurelio Silvero, ese frío viernes 11 de julio de 1986, a eso de las cuatro de la tarde, en esa innominada región selvática de Juan E. O’Leary, a entregar tu energía, tu juventud, tu miseria, tus sueños -¡tu vida!- ...todo por un puñado de tierra.
¿Qué podemos saber nosotros acerca de lo que significa la tierra para un campesino? ¿Acaso sabemos lo que significa la lluvia para el maíz, el río para el pez, la primavera para el rosal…? Qué fácil es, a la distancia, hablar de leyes, de justicia, de democracia… Qué fácil justificar lo injustificable, decir para qué entraron en tierra ajena. ¿Porqué no recurrieron a las autoridades?  Ellos se los buscaron.  Seguro que alguien los está utilizando. ¿Cómo podría un grupo de ignorantes campesinos planificar una ocupación en forma tan perfecta…?
¡Oh si, qué fácil es hablar! Total, la vida sigue su curso… Las elecciones en las seccionales coloradas estuvieron más reñidas que nunca, ¿quién iba a pensar que ganaban los militantes? Míster Gelbard vino, habló con todo el mundo y se fue, ¿qué hará Ronnie después de esto? En el Hospital de Clínicas, la lucha continúa. ¿Vos estás de acuerdo con el Diálogo Nacional? A mi lo que me preocupa es el precio de la carne, cada vez más por las nubes, ya ni un mísero asadito se puede comer. Y Cerro Porteño, que no se recupera de la crisis.
Si, la vida sigue su curso… ¿Qué puede significar la muerte de dos campesinos sin tierra, en medio de toda la locura cotidiana? ¿A quién le preocupa descubrir si hay un bosque detrás del árbol, si esta inquietante realidad acaso tiene raíces más profundas?
¿A quién…?

La mecha encendida.

Poco sabemos de vos, Francisco Martínez. Apenas las escuetas líneas de un informe noticioso, el conmocionado testimonio de tus compañeros, que  no saben cómo relatar los horribles detalles de la trágica historia, sin que se les quiebre esa voz endurecida por los golpes. Apenas las borrosas imágenes fotográficas de un cuerpo desangrado en medio del monte, como tanta gente pobre que se desangra, de una u otra manera. De una mano anónima señalada con una cruz de madera clavada a orillas de una picada, sin velas encendidas ni epitafios. Apenas eso Francisco, pero debería ser suficiente.
Debería ser suficiente, digo, para entender de una vez por todas que el camino se nos está cerrando. Que vamos, poco a poco, siendo encerrados en un círculo de inaudita violencia.  Debería ser suficiente, además, para percibir que ya no es tiempo de andarse con vueltas, de estar buscando eufemismos o metáforas para definir una situación que se ha vuelto más que crítica.
Es hora de decirlo claramente: el problema de la tierra en el Paraguay se está convirtiendo en un polvorín a punto de estallar. La mecha ya ha sido encendida y, hasta ahora, nadie ha hecho absolutamente nada para apagarla.
Claro, dirán que es una exageración. Pero entonces quizás podríamos invitarlos a leer las recientes publicaciones periodísticas, los informes de las organizaciones ecuménicas y de derechos humanos, para advertir que tan solo en las últimas semanas se han producido más de una quincena de casos de ocupación de tierras, destrucción de cultivos y viviendas, intentos de desalojo violento y detención de campesinos, sin contar las dos trágicas muertes de O’Leary. Y lo más preocupante, según referencias de las mismas organizaciones gremiales campesinas, es que en estos momentos hay centenares de familias deambulando por las regiones del país, en busca de un terreno libre en donde afincarse. Es decir: el problema va a continuar agravándose.
Tratemos de entenderlo: los casos no son aislados. No constituyen meros hechos anecdóticos. Por el contrario, son signos absolutamente reveladores de que el problema de la tierra ha ingresado en una etapa de peligrosa radicalización. Y como, hasta el momento, la principal respuesta que se ofrece es la represión –que solo sirve para agravar el conflicto-, todo parece conducir  a que muy pronto tengamos que lamentar más hechos como el de Juan E. O’Leary.

No más muertes.

Pero, ¿de qué sirve, Francisco Martínez, volcar sobre el papel tantas palabras  que suenan como a huecas, a vacías?
En este preciso momento, tu familia huérfana, tus compañeros, siguen viviendo en el monte, a la intemperie, sin más cobijo que un techo kapi’i y una bandera tricolor flameando por un mástil de takuapi, en medio de un descampado.
Ellos sueñan con que esa tierra pueda llegar a ser suya. Siempre han creído que, si algo sobra en abundancia en este país, es la tierra. Que sólo hacia falta tener ganas de trabajar, de sudar bajo el sol, para arrojar la semilla y cosechar el fruto. Pero ahora han descubierto que no es así, que el sueño se les ha trocado en pesadilla, que la tierra no es de ellos, sino de un señor con un apellido que no saben pronunciar. Ellos reclaman justicia y los otros le hablan de legalidad, mientras los niños lloran bajo el ranchito. ¿Tendrán hambre y frío o solamente están asustados…?
De qué sirve escribir cuando ellos están allá, rezando un novenario por tu alma y la de Aurelio, mientras esperan algo que ni siquiera ellos pueden explicar, porque nadie sabe qué va a pasar mañana, si va a venir la Policía a intentar desalojarlos de nuevo, si ellos van a resistir o no, si alguien más va a morir o todo se va a solucionar positivamente. Si las autoridades escucharán por fin sus reclamos y les van a entregar tierras en esas nuevas colonias que dicen que se están abriendo allá hacia Canindeyú. Que lindo sería, ¿verdad Ña Tomasa? “Dios te escuche, che karaí…”.
La gente, Francisco, cree que vos caíste muerto el viernes 11 de julio de 1986, a eso de las cuatro de la tarde, pero un viejo compañero tuyo me estuvo diciendo que no es así, que vos ya te habías muerto mucho antes, cuando te cansaste de recorrer las oficinas públicas, recitando lo poco que te habías aprendido de la Constitución Nacional, esa parte en donde dice que todo paraguayo tiene derecho a un pedazo de tierra propia para vivir y trabajar, pero ellos te contestaban siempre “vení mañana… vení mañana…”, hasta que pensaste que te estaban engañando, que en verdad ya no había tierra para los humildes, porque unos cuántos señores se habían adueñado de todos los montes, los campos, los cerros, los ríos y arroyos, aunque no lograbas entender para qué querían tanta tierra, de qué les iba a servir… ¿Acaso iban a poder cultivar tanto?
Eso me dijo tu compañero, Francisco: que ya entonces te habías muerto, porque vivir como un paria en tu propia patria es la peor forma de morir.  Y que cuando otros campesinos parias te dijeron que allá, hacia el Alto Paraná, había “un monte que nadie usa, ¿porqué no entramos…?”, simplemente te fuiste con ellos, con tu esposa y tus hijos… ¿qué podías perder?.
Eso me dijo, que la cosa era el revés, que en realidad ese viernes 11 de julio, a eso de las  cuatro de la tarde, cuando una bala te desmoronó sobre la tierra, vos en realidad estabas volviendo a nacer. Porque era la forma en que estabas recuperando tu voz, en que le estabas gritando a todos tus compatriotas, a todos los que tan fácilmente hablamos de leyes, de justicia, de democracia… para decirnos que todo eso no sirve para nada cuando hay gente como vos –nuestros hermanos campesinos- sobreviviendo y sobremuriendo para construir una Patria desde abajo, desde lo más profundo, desde las raíces mismas de la tierra.
Eso me dijo. Yo no sé. Tan poco sabemos de vos, que me cuesta imaginar los siniestros mecanismos que empujaron tu destino. Pero se me ocurre entonces que tu muerte viene a ser, más que nada, un símbolo. Si sirviera, por lo menos, para llamarnos la atención, a la reflexión y a la acción sobre el detonante problema de los campesinos sin tierra, para responder no con la represión, sino con una reforma agraria real, con programas concretos de justicia social, con nuestro reclamo tajante para que nunca más haya muertes arbitrarias sobre nuestra tierra… si todo ello ocurriera, en fin, tal vez tu sacrificio no sería tan vano. Y del brutal desasosiego que nos produce, empezaría a nacer una tenue pero sólida esperanza.  

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