
Fue una inesperada sorpresa para los propios pobladores.
En febrero del 2011, cuando la hidroeléctrica de Yacyretá elevó el nivel del Paraná a la cota 83, los habitantes de Encarnación se encontraron con una ciudad renovada, con una moderna infraestructura vial costanera y unas hermosas playas de arena blanca sobre las aguas del río.
Hubo que esperar mucho para llegar a eso. Décadas de atraso en obras que nunca llegaban a concluir. Incontables denuncias de casos de corrupción y manipulación política en los proyectos de reubicación. Y, por sobre todo, sufrir el lento y agónico éxodo de los pobladores de la llamada "zona baja", con la demolición de históricos edificios que marcaron el pulso más vital de la vida social y cultural. Muchos sintieron que con cada pedazo de pared que iban tumbando, estaban arrancando jirones de su propia alma.
Sabían que de los ahogados escombros de la vieja Encarnación iba a nacer otra nueva, más moderna y funcional, abierta a otros desafíos, más allá del tradicional comercio y la producción agroexportadora, de la incipiente industria y del aún poco aprovechado potencial de turismo regional.
Lo que no sabían es que la habilitación de las nuevas playas la iban a convertir en una atractiva ciudad balneario, que rápidamente iba a convocar en forma masiva a turistas veraneantes, al punto en que muchos iban a preferir cambiar sus habituales destinos a las playas brasileñas sobre el océano Atlántico, para invertir en planes de turismo interno en el recuperado Sur.
El verano de 2011 se le vino encima a Encarnación, sin previo aviso. Hoteles repletos, locales gastronómicos saturados y unas playas aún sin infraestructura adecuada que se colmaron de bañistas, generando escenas que evocaban a las de Camboriú o Florianópolis. Aún así, supieron responder a la situación en esa primera temporada y fue admirable el manejo de la seguridad, del cuidado ambiental, del control y de la organización urbana.
Este segundo año, Encarnación sorprende con mayor infraestructura y un nivel de planificación más avanzado para recibir a los veraneantes, sumando propuestas de espectáculos teatrales y musicales, que le dan una atractiva proyección cultural a la temporada.
Evidentemente, autoridades y pobladores han aceptado el reto de convertir a la Perla del Sur en la nueva capital del verano. Hasta ahora lo están haciendo con una visión de responsabilidad que debería ser un ejemplo para otras localidades del país, incluyendo a la propia capital Asunción.
(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", sección Opinión, del diario Última Hora, edición del sábado 5 de enero de 2012).
Excelente comentario Andrés....
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