viernes, 27 de agosto de 2010

Pesadilla en Paraguay Street


Ya te parece insoportable la sala llena y adentro la gente fumando. Así que levantas la mano y pides, por favor, si pueden apagar sus cigarrillos. ¡Existe una Ley que prohíbe fumar en lugares cerrados!
Un coro de burlas y abucheos te responde. Alguien comenta que por suerte ya hay un proyecto legislativo para modificar esa norma discriminatoria contra los fumadores. Si los propios parlamentarios que hicieron la Ley son fotografiados fumando en la sala del Congreso, ¿porqué otros tienen que respetar?
Sofocado y vencido, sales a la calle en busca de aire puro. Te paras en una céntrica esquina de la ciudad e hinchas tus fosas nasales ansiando inundar tus pulmones con la brisa mañanera… cuando justo pasa a tu lado un viejo y destartalado ómnibus del transporte público, que te arroja a la cara su tóxico humo negro de monóxido de carbono. ¡Cof… cof… cof…!
Desesperado, retiras el auto del estacionamiento y pones proa rumbo al Sur, iniciando una alucinada fuga hacia el campo, en procura de la tierra roja, del paisaje verde, del cielo azul. Pero a medida en que dejas atrás la jungla de cemento, sientes que te vas internando en escenas de la película Apocalipse Now. Campos y bosques en llamas. Desiertos de carbón detrás del humo y la bruma. Restos de árboles agonizantes que extienden sus muñones hacia el cielo. Altas murallas de fuego a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos. El Sol es apenas un tímido disco rojo detrás de la cortina negra.
Mientras atraviesas ese territorio de pesadilla, una voz informa en la radio que se registraron más de 1.700 focos de incendios en todo el territorio nacional. ¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente? ¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales? ¡Arde, Paraguay, arde...!
Hasta que, al cabo de interminable kilómetros y soledades, aparece detrás del parabrisas un horizonte brillante y verde como la esperanza. ¡Al fin…!
Frenético, detienes el vehículo al costado del camino y te bajas presuroso, dispuesto a disfrutar de ese regalo de la naturaleza.
Pero… ¿qué te sucede? ¿Qué es esa sensación picante que te golpea la nariz y te quema la garganta?
¡Claro…! ¿Cómo ibas a darte cuenta, justamente vos, bicho de ciudad, que esa interminable llanura verde no es otra cosa que un mecanizado campo de soja transgénica, al que acaban de darle varias pasadas de herbicida con glifosato…?

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