viernes, 1 de febrero de 2013

Un despertar a balazos

(Relato en tono auto-biográfico sobre la caída de la dictadura, en la noche del 2 y 3 de febrero de 1989). 


Por Andrés Colmán Gutiérrez

–¡Andrés… Andrés… despertate…! ¡Parece que comenzó la guerra…!
Una violenta sacudida y la asustada voz de Marta –quien entonces era mi esposa– me arrebataron de un sueño nebuloso y metafísico. Tardé en percibir que el insistente eco de los disparos no era parte de las sensaciones freudianas de mi subconsciente, sino llegaban desde algún lugar cercano a través de la panorámica ventana de nuestro departamento alquilado, en el último piso de un edificio sobre la calle Manuel Domínguez y Tacuary, en Asunción.
Eran cerca de las 22:00 de la noche del 2 de febrero de 1989. Había decidido acostarme temprano, porque al día siguiente tenía previsto viajar al interior para cubrir un conflicto de tierras en una comunidad campesina de Caaguazú.
No me acuerdo si estaba resfriado. Probablemente sí, pues mi olfato periodístico se había quedado totalmente bloqueado, sin capacidad de percibir lo que ya se prefiguraba como La Noticia del Siglo, pero me consuela saber que le ocurrió lo mismo a casi todos mis colegas periodistas.
Ese atardecer, cerca de las 19:00, cuando salí de la Redacción del diario Última Hora y pasé a comprar algunas cosas para la cena, el dueño de una despensa sobre la calle Teniente Fariña me alertó:
–Te aconsejo que lleves más provisiones, porque parece que va a haber un golpe de Estado.
–¿Golpe de Estado? ¿Dónde…? ¿En el África…? –me burlé–. ¡Ya no saben qué inventar para vender más...!
–No, no, en serio… –insistió, con gesto adusto–. Un primo mío que vive hacia la Caballería me llamó esta tarde y dijo que el general Rodríguez va a salir con los tanques para derrocar a Stroessner…
–¿Rodríguez…? Pero si Rodríguez es consuegro de Stroessner y además son socios en los negociados de tráfico ilegal…
–Te juro, fue lo que me dijo…
Llegué a casa, me di un baño y me puse a preparar la cena. Cuando llegó Marta le conté el chisme y ella se echó a reír. “Ya lo quisiéramos”, me dijo, “pero parece que vamos a morirnos antes y ese viejo tirano va a seguir mandando”.
La omelet de queso y palmito me había salido rica, y la terminamos con una fresca cervecita. Después yo me fui a la cama y ella se quedó en el estudio, preparando un trabajo para la facultad. Recuerdo sentirme arrullado por el dulce sonido de la máquina de escribir mezclado con una canción de Silvio Rodríguez, hasta que me quedé dormido… para despertar sobresaltado por los disparos.
–¡Allá… allá están disparando…!
Desde el balcón se divisaban lejanos chispazos en la oscuridad, a una distancia imprecisa, junto a un tableteo incesante de armas de fuego, coronado por periódicas explosiones que iluminaban y hacían temblar el horizonte.
–Parece un ataque… por allí queda el cuartel del Batallón Escolta… ¡Entonces… lo del golpe era verdad!
Tratamos de encender la tele, pero todos los canales estaban fuera del aire. En la radio, el recorrido del dial solo nos daba ruido de estáticas, hasta que de pronto apareció una voz solitaria atendiendo llamadas telefónicas. Era el locutor Juan Pastoriza en Radio Cáritas, emisora de la Iglesia Católica, la única que estaba transmitiendo.
–¿Hola, si…? ¿Quién habla…?
–Me llamo Lucía. Estamos atrapados en una discoteca, en el centro. Se cortó la luz. ¡No podemos salir, porque afuera está lleno de soldados que están disparando! ¡Estamos muy asustados… por favor…! ¿Qué está pasando…?
–Parece que hay una sublevación militar contra el Gobierno. Estamos tratando de confirmar la noticia. Por el momento es mejor que todos se queden donde están, que nadie salga a las calles. ¡Es muy peligroso! ¡Sigan escuchando la radio y les mantendremos informados!
Al poco rato, el primer móvil se conecta con la emisora. Desde el corredor de la Catedral Metropolitana, Celso Velásquez describe desde las sombras una escena de combate que parecía de película: el ataque de los soldados de la Armada contra el Cuartel de Policía. Entre la voz entrecortada y agitada de Celso se escucha el golpe seco de los disparos, los gritos, las explosiones. ¡Allí estaba un periodista haciendo su trabajo!
Lo envidié a Celso. Además de colegas éramos buenos amigos y habíamos compartido juntos varias coberturas de actos de resistencia contra la dictadura y conflictos agrarios en el interior, y ahora él estaba allí, como improvisado corresponsal de guerra, narrando en vivo La Gran Noticia del Siglo.
-Me voy a ayudarle a Celso… -le dije a Marta.
-¡Ni loco te dejo salir…! -me advirtió.
  Llamé al diario. Nadie contestó. Llamé a la casa del jefe de Redacción pero el teléfono daba un tono raro, como desconectado. En esa época aún no se conocían los celulares.
Preparé mi cámara y mi grabadora, listo para salir, desafiando a la mirada de fiera de mi esposa.
–Esperá que amanezca y me voy contigo -dijo Marta.
Fue entonces cuando se cortó súbitamente la energía eléctrica y todo se volvió negro, muy negro. Abrí la puerta del exterior y alcancé a ver varias sombras furtivas, amenazadoras, iluminadas a ratos por los fogonazos distantes. Sentí miedo, mucho miedo. Volví a entrar y puse la tranca de la puerta.
–¿Qué…? ¿Cambiaste de idea? -requirió Marta, alumbrándome con una linterna.
–Sí, mejor esperamos que amanezca primero.

Una larga noche.

Las llamas de las velas crepitaban quedamente, dibujando figuras negras en la pared del departamento, mientras la historia se escribía con pólvora y sangre a pocas cuadras de allí.
Los vecinos de al lado se nos habían unido en la vigilia, aportando pilas para la radio, trayendo más preguntas que certezas. Radio Primero de Marzo también había salido al éter y difundía la primera proclama en la campechana voz del general Andrés Rodríguez: “Hemos salido de nuestros cuarteles…”.
Mientras Marta servía gaseosa a los vecinos, me aparté hacia un rincón de la terraza desde donde los fogonazos se sentían casi como si fueran en la otra cuadra. ¿Era verdad lo que estaba sucediendo o era solo el loco sueño de una noche de verano?
Yo tenía entonces 27 años de mi edad, era joven e idealista. Estaba aún felizmente casado. Además de trabajar como reportero de notas especiales en Última Hora, me multiplicaba para militar en organizaciones sociales, eclesiales, culturales y políticas: el Movimiento Universitario Católico, el Sindicato de Periodistas del Paraguay, la Central Unitaria de Trabajadores, el Movimiento Democrático Popular, el Equipo Nacional de Laicos… y hasta encontraba momentos para compartir con mi familia y farrear con mis amigos.
Con Marta llevábamos un año y medio de haber regresado al Paraguay, luego de dos años de vivir en Lima, Perú, en donde ella formó parte del secretariado latinoamericano del Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos, y yo me ocupé de tomar algunos cursos de periodismo en la Universidad de San Marcos,  de viajar mucho y conocer de cerca algunas experiencias de la izquierda latinoamericana, con sus contradictorios claroscuros.
Entre 1986 y 1987 vimos subir y caer al populista Alan García en la presidencia del Perú, vibrar con la ascendente promesa electoral de la Izquierda Unida, sentir de cerca el horror del terrorismo guerrillero de Sendero Luminoso, sufrir en carne propia la sensación de exilio de nuestra patria lejana y oprimida por la más antigua dictadura del Cono Sur.
A principios de 1988, directivos de la Unión Católica Latinoamericana de la Prensa (UCLAP) me ofrecieron un tentador contrato de tres años para mudarme a dirigir un programa de comunicación popular a distancia en Quito, Ecuador. Lo pensamos mucho con mi esposa, pero ambos sentimos que necesitábamos regresar al Paraguay a colaborar en la lucha contra la dictadura. Nos habíamos perdido estar de cerca en las movilizaciones del 86, en el Clinicazo y las Asambleas por la Civilidad, y ya no podíamos soportarlo.
Así que… volvimos. Marta entró a trabajar en la Pastoral Social y reanudó sus estudios de derecho en la UNA. Yo me integré otra vez a la Redacción de Última Hora, además de aceptar la jefatura de la revista Acción y colaborar con el semanario Sendero.
Se preparaba la visita del Papa Juan Pablo II al país y los directivos del Equipo Nacional de Laicos me pidieron que les escriba el guión para el acto con los Constructores de la Sociedad.
Trabajé sobre un texto de Eduardo Galeano que describe la fiesta del Palo de Mayo en Nicaragua, un tronco seco al que la gente del pueblo va vistiendo de colores mientras baila alrededor, hasta convertirlo en el árbol de la vida.
El guión no le gustó para nada al dictador Alfredo Stroessner y una semana antes de la visita del Papa decidió suspender el acto con los constructores. Se armó un escándalo internacional y el Pontífice decidió que el acto se haga igual, aún con la ausencia de la gente del Régimen. Ese día tuve la clara sensación de que el todopoderoso tirano podía ser desafiado, enfrentado… ¡y vencido! ¡Y yo había sido un activo aunque anónimo protagonista de ese crucial momento histórico!
El querido y gran locutor Miguel Ángel Rodríguez me contó años después que un furioso Stroessner preguntó a viva voz en Palacio a quién se le había ocurrido la idea del árbol seco… pero nadie le supo decir.
Todo eso lo recordé en esa larga e interminable noche del 2 y la madrugada del 3 de febrero, cuando me di cuenta que el nuevo día empezaba a clarear, y entonces nos atrevimos a salir a la calle.

Retrato de un nuevo amanecer.

Lo que sigue es parte de un artículo que escribí a la noche siguiente, en la soledad de mi estudio hogareño, mientras el viento traía ecos festivos desde algún barrio cercano:

Cae una lluvia mansa en la mañana de este nuevo día, 3 de febrero de 1989. Una lluvia que arrastra  el acre olor de la pólvora y parece con ganas de purificar la tierra herida.
–Hemos salido de nuestros cuarteles...
La gente empieza a salir a la calle.
Al principio tímidamente, con pasos cautelosos, como despertando de una larga pesadilla. Todavía sin poder creer lo que cuenta la radio, en la propia voz del jefe de la sublevación militar, el general Andrés Rodríguez:
–...les informo que el general Stroessner se ha rendido.
Los tanques de guerra se pasean por la ciudad y los soldados saludan con la V de la victoria. Las paredes exhiben su mordedura de balas y la sangre todavía riega algunas esquinas. Y sobre todo eso hay una nueva, indescriptible sensación, que se respira junto al aire fresco.
Todo ha terminado.
Todo acaba de comenzar.
Entonces sí, el pueblo gana las calles.
Ya nadie puede detener ese aluvión humano que desborda las plazas.
Ya nadie puede contener el canto que brota de la garganta colectiva y va creciendo ciudad adentro, rompiendo el silencio de tres décadas infames.

"¡Que lindo, lindo, lindo
que lindo, lindo es
estamos todos juntos
y Stroessner ya se fue!"

El texto, en una secuencia de cinco viñetas literarias, se publicó el sábado siguiente en la contratapa del Correo Semanal de Última Hora, con el título “Después de una larga pesadilla”. En 2007 lo incluí en mi libro de relatos “El principito en la Plaza Uruguaya”. Solo le cambié el título: “La noche de la libertad”. Y lo dediqué a la memoria de mi amigo Celso Velázquez, prematuramente fallecido.
Me acuerdo que escribí casi toda la noche y que el alba de ese 4 de febrero de 1989 me encontró despierto, bebiendo una taza de café humeante, mirando el mismo paisaje de la batalla de la noche anterior, pero ahora en silencio e inundado de luz. 
Se me ocurrió que no solamente yo había sido despertado a balazos, sino que toda la sociedad paraguaya lo estaba haciendo, tras la prolongada siesta dictatorial.
De aquel momento de meditación trascendental nació la última viñeta del artículo, la que releo ahora, tantos años después, para encontrarme con la sorpresa de que mis angustias shakesperianas, al igual que mi alegría y mi esperanza de entonces, me parecen increíblemente actuales.
Lean lo que quedó de ese día después del mañana, en el papel:

Contemplando el amanecer desde mi ventana, siento que me asaltan dudas, temores, preguntas...
¿Será en verdad un aire de libertad este aroma nuevo que hiere mis entrañas?
Dicen que pronto habrá elecciones, democracia.
¿Y trabajo? ¿Habrá empleo para tantos jóvenes desesperanzados, atrapados en la marginalidad de los suburbios?
¿Qué sucederá cuando retornen los miles de compatriotas exiliados, no por motivos políticos sino por falta de oportunidades?
¿Habrá tierra para los campesinos, hábitat para los indígenas, futuro para los niños de la calle?
Dicen que un tiempo nuevo se inicia...
¿Quién derrocará al dictador que llevamos adentro?
¿Quién cerrará las heridas secretas que el sistema nos deja dentro del alma?
¿Quién nos ayudará a quitarnos el miedo que se nos ha metido entre los huesos?
¿Seremos capaces de reunir nuestros pedazos?
El Sol nace, bañando de claridad el horizonte.
El aire está limpio, transparente. El cielo increíblemente azul.
Es un buen comienzo...

(Este artículo fue escrito especialmente para ser publicado en el libro ¿Qué hacías aquella noche?, compilado por Alfredo Boccia Paz, Editorial Servilibro, 2009. En la obra se incluyen relatos autobiográficos de unos 30 protagonistas).

1 comentario:

  1. Importantes recuerdos Andres! soy una de las que no durmio, no solo esas noches, sino a partir de esas 2 noches cuando nos dimos cuenta que habia tanto por hacer, y ademas que podiamos hacer, desde el SEOC Sindicato de Empleados y Obreros del Comercio hemos colaborado en el crecimiento organizativo de los trabajadores, a partir de esas fechas, nuestras diferencias con los sectores vieron la luz del dia y podiamos exponerlas, a conocernos un poco mas, y en vez de haber aprovechado y seguir creciendo, nos dividimos mas y mas ,hasta el dia de hoy, muchos se emborracharon y no volvieron a la sobriedad, otros tantos bebimos un poco de la primavera democratica felizmente nos dimos cuenta que esa bebida nos dejaba una resaca, ..... en fin seguimos buscando lo mejor para todos y ojala nos encontremos por esos caminos

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