lunes, 27 de marzo de 2017

Odessa en Paraguay: El viaje final del Carnicero de Riga



Acusado de matar a 30.000 judíos, Eduard Roschmann, El carnicero de Riga, llegó en julio de 1977 a Asunción, huyendo de un intento de extradición desde la Argentinaa, portando la identidad falsa de Federico Wegener. No pudo obtener la ayuda de los nazis paraguayos, como si la tuvo anteriormente su colega Josef Mengele, el Ángel de la Muerte. Roschmann murió en Clínicas, el hospital de los pobres, solo y desamparado. El destino final de su cadáver sigue siendo un misterio.

Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

El hombre que bajó del ómnibus de La Internacional, en la terminal de la empresa Brújula Turismo, sobre la calle Presidente Franco casi Colón, en la zona portuaria de Asunción, no se parecía en nada al actor suizo-austriaco Maximilian Schell, quien tres años antes lo había encarnado en la aclamada película Odessa, dirigida por Ronald Neame.
Al contrario del apuesto y despiadado oficial nazi que aparece en la pantalla, el recién llegado parecía un abuelo cansado y obeso, con poco pelo y grueso bigote, que sudaba copiosamente ante el calor de la siesta paraguaya y rengueaba con dificultad, arrastrando una ajada maleta.
Era el 7 de julio de 1977, cerca de las 15.00. El hombre que llegaba huyendo desde Argentina con una identidad falsa no era otro que el buscado criminal nazi Eduard Roschmann, apodado El Carnicero de Riga, a quien el  novelista inglés Frederick Forsyth había puesto en el foco mundial con su libro The Odessa files (o simplemente Odessa, en que se basó la película), relatando las atrocidades que cometió como comandante del gueto de Riga, en Letonia, durante la Segunda Guerra Mundial, donde se le acusa de haber asesinado a 30.000 judíos.
En las inmediaciones de la terminal de Brújula estaba el bar copetín Pez Mar, donde Roschmann entró a beber una gaseosa. Con su dificultoso español preguntó al dependiente si conocía un hotel “que no sea muy caro”.
El encargado del bar era un ciudadano chino, quien le contó que él vivía en una pensión familiar donde había camas disponibles. Roschmann se mostró interesado y el chino le anotó la dirección en una servilleta.

Foto en portada del diario Ultima Hora, en la edición del jueves 11 de agosto de 1977.

La vieja pensión de la calle Iturbe

Alrededor de las 16.00, un taxi lo dejó frente a una casona de la calle Iturbe 859, casi Manuel Domínguez, donde funcionaba la Pensión Ríos, propiedad de Juana Echagüe viuda de Ríos. Cuarenta años después, la fachada sigue igual, pero ahora el local pertenece al Estudio Jurídico Riera Abogados, que integra el  ministro de Educación, Enrique Riera, junto a otros socios.
El costo del alojamiento era 400 guaraníes por día, que incluía la cama en una habitación compartida y las comidas. Roschmann pagó diez días de permanencia.
“Vino recomendado por uno de los chinos que eran nuestros pensionistas, por eso no hubo problemas en alojarlo. Tenía una cédula de identidad argentina, a nombre de Federico Wegener y con ese nombre se registró en la pensión”, relató Aníbal Ríos, uno de los dueños del local, en una entrevista con Última Hora, semanas después de la llegada del criminal nazi.
“Era un pensionista normal. Incluso mi madre le comentó a uno de mis hermanos: ‘Ojalá que todos fuesen como Wegener… ¡si hasta para ir al baño pide permiso!”, describió Ríos.
Hablaba español, no fluidamente, pero se hacía entender sin dificultades. Salía poco a la calle y se pasaba gran parte del tiempo leyendo en la habitación. La dueña de la pensión le preguntó a qué se dedicaba y el huésped le dijo que era comerciante, que había venido al Paraguay a buscar a una familiar suya, de ascendencia alemana.
Roschmann trataba de hacer contacto con la misma organización local, vinculada a Odessa (la red secreta internacional que ayudaba a los nazis a escapar de la Justicia),  que había brindado protección a otro criminal de guerra, el médico Joseph Mengele, el Ángel de la Muerte, que entre 1959 y 1963 vivió oculto en Paraguay, pero en los años 70 la acción del grupo se había vuelto mucho más hermética, ante la fuerte vigilancia y presión internacional que ejercían los “cazadores de nazis” como Simon Wiesenthal y Beate Klarsfeld, que tenían al país bajo la lupa.  

La identidad falsa de Roschmann, con ciudadanía argentina.

Orden de captura y extradición

Nacido en Graz, Austria-Hungría, en 1908, Eduard Roschmann se afilió al Partido Nazi de su país en 1938. Fue integrante de las SS de Adolf Hitler y enviado como comandante al Campo de Concentración de la ciudad portuaria de Riga, en Letonia, y del gueto judío, donde se mantuvo hasta 1944. Se le acusa de ser responsable de la muerte de la mayoría de los más de 30.000 judíos que vivían en el lugar, a quienes mandaba fusilar o ahorcar en los bosques cercanos. Por sus métodos crueles, su nombre inspiraba terror entre sus víctimas.
Tras huir ante la avanzada soviética al final de la guerra, Roschmann fue arrestado por los británicos en 1947.  A pedido de los norteamericanos, fue evacuado a Alemania. Durante el viaje en tren pidió ir al baño y aprovechó para saltar por la ventanilla. En su travesía a través de los campos nevados se le congelaron los pies, por lo cual debieron amputarle cuatro dedos, lo cual años más tarde ayudaría a que su cadáver pueda ser identificado en Asunción.
Roschmann había llegado a la Argentina en 1948, huyendo con un pasaporte de la Cruz Roja, a nombre de Federico Wegener.
Allí pudo montar un negocio de venta de maderas, con ayuda de una fundación nazi. A pesar de que había dejado a su primera esposa en Graz, se casó en Argentina con su secretaria y fue acusado de bígamo por su anterior mujer. En 1957 decidió volver a Austria y, al llegar, fue procesado hasta que se anuló su segundo matrimonio. Al año siguiente viajó por varios países de Sudamérica, vivió un tiempo en Brasil y nuevamente se radicó en la Argentina, donde en los años 60 obtuvo la nacionalidad argentina, con su nombre falso Federico Wegener.
En 1963, un tribunal de Hamburgo emitió una orden de arresto en su contra, pero recién en 1976 el Gobierno argentino aceptó conceder la extradición. Para entonces, Frederick Forsyth ya había publicado su novela The Odessa files (1974) y en 1976 se estrenaba la película Odessa, con John Voigt como protagonista, y Maximilian Schell encarnaba en la pantalla a un Roschmann perverso y cruel. La literatura y el cine acababan de convertirlo en un personaje famoso, a quien ya le iba a resultar difícil pasar inadvertido,
Alarmado ante el riesgo de ser capturado, Roschmann hizo apuradamente una maleta y abordó el primer ómnibus rumbo al Paraguay.
Tenía 63 años de edad, sufría de una afección cardiaca y caminaba dificultosamente porque le habían amputado cuatro dedos de los pies, pero confiaba en que Odessa y los nazis paraguayos le iban a brindar ayuda y protección.
Leyendo una vieja novela en idioma alemán, el único libro que había logrado traer consigo en la maleta, en la soledad de la vieja pensión, Roschmann esperó en vano el contacto con los nazis paraguayos y la angustia de la espera afectó a su enfermo corazón.

El informe de la autopsia a Federico Wegener (Roschmann) en Clínicas.

Los últimos días en Clínicas

El día 26 de julio de 1977, el criminal nazi había amanecido con la cara roja, sin poder respirar, lo cual alarmó a los dueños de la pensión.
“Mi mamá fue a verlo y reconoció que era un ataque cardiaco. Mi padre había muerto de una enfermedad similar. Así que llamó un taxi y mi hermano, Epifanio Ríos, con una empleada, Mirtha González, lo llevaron urgente al Hospital de Clínicas”, había relatado Aníbal Ríos, hijo de la dueña de la pensión.
Con el mismo nombre falso de Federico Wegener, Roschmann fue admitido prácticamente en estado de coma e internado en la cama 16,  sala B, de la Primera Cátedra de Clínica Médica.
No había nadie que se hiciera cargo del paciente, salvo los dueños de la pensión, que llamaban por teléfono a conocer su estado, y en más de una oportunidad le compraron los medicamentos que necesitaba.
“Nadie vino a visitarle, nadie se interesó por su salud. Solamente la persona que le trajo (Epifanio Ríos, hijo de la dueña de la pensión), dejó un número telefónico, 45082, indicó que allí debíamos recurrir si pasaba algo peor”, relató el entonces director del Hospital de Clínicas, doctor Alberto Echeverría.
Al no tener parientes, Roschman fue considerado uno más de los muchos pacientes indigentes y abandonados que eran remitidos diariamente al llamado “hospital de los pobres”.
La atención que le brindaron, sin embargo, le permitió al pacien te tener una considerable recuperación.
“En la evolución el paciente mejora, recupera la lucidez, los signos de neumopatía mejoran paulatinamente. Tratado con digitálicos, diuréticos, traquetomía, penicilina cristalina y clorafenicol. Presentó además diarrea, que cedió con medicación”, escribieron en su historia clínica.
Tanta fue la mejoría, que Roschman pudo levantarse y dar paseos por el hospital, hasta que en una ocasión, el día 4 de agosto, con acuerdo de una de las enfermeras, pudo salir por unas horas del hospital, abordar un taxi y retornar a la pensión de la calle Iturbe para retirar su maleta y sus pertenencias.
“Cuando llegó, le dio un susto a mi gente, porque todavía estaba abierta su herida con la traquetomía, pero podía movilizarse bien y le ayudamos a juntar todas sus cosas y a volver en un taxi al hospital”, relató Anibal Ríos, de la Pensión Ríos.
En los días siguientes, la salud del criminal nazi volvió a deteriorarse.
“Como era previsible, la situación del paciente fue empeorando, hasta que le resultaba sumamente difícil respirar. Es por eso que se le sometió a un electrocardiograma. Esa operación tuvo a su cargo la señora Magdalena de Oliveira. Posteriormente, su muerte fue inevitable”, relató el director de Clínicas, Alberto Echeverría.

El registro de la muerte de Roschmann, en su historia clínica,

 La muerte que se volvió un escándalo político

“En la madrugada del 10 de agosto de 1977, el paciente tiene convulsiones toniclocónicas, está cianótico, pulso indeterminado, presión arterial 0”, indicaba el registro de la historia clínica de Eduard Roschmann, entonces todavía identificado como Federico Wegener, en el Hospital de Clínicas de Asunción.
En seguida se registraba escuetamente su momento final: “Al cabo de 15 a 20 minutos, paro respiratorio”.
Hasta entonces, el anciano con cédula argentina era un paciente indigente más que había fallecido, de los muchos pacientes que llegan diariamente al “hospital de los pobres” y en muchos casos se mueren.
Así que con él también se aplicó el trámite de rutina: se lo trasladó a la morgue, que quedaba detrás del hospital.
Si nadie reclamase el cadáver en algunos días, sería destinado para la práctica de los estudiantes de medicina.
Pero alguien en Paraguay sabía que Federico Wegener era en realidad Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, uno de los criminales nazis más buscados internacionalmente, y ese dato se lo transmitió a un periodista del diario ABC Color, que en la edición del día siguiente, 11 de agosto de 1977, sorprendió con una auténtica primicia periodística, con un gran título a seis columnas en su portada: “Un criminal de guerra nazi murió ayer en el Hospital de Clínicas”.
En su edición de esa misma tarde, el diario Última Hora (que en esa época era vespertino), trajo en portada la foto de la pensión de la calle Iturbe, en la que Roschmann estuvo alojado durante 15 días y en su página interior una entrevista con la dueña, Juana Echague, y con su hijo, Anibal Ríos. Además, un informe acerca de cómo había muerto el criminal, con versiones de los médicos y enfermeras que lo atendieron.
La revelación generó un gran impacto y atrajo el interés de la prensa internacional, convirtiéndose en un gran escándalo político.
Se fortalecía la imagen de que el Paraguay se había convertido en un refugio para criminales internacionales, aunque en este caso no existen indicios de que Roschmann haya recibido algún tipo de protección del régimen.
Al principio surgió la duda de que el hombre que había muerto en Clínicas realmente fuera Roschmann, cuando el célebre cazador de nazis, Simon Wiesenthal, dijo en diálogo telefónico con los medios de comunicación que podía tratarse de una treta para ocultar el paradero del verdadero criminal. Finalmente, tras comprobarse que le faltaban cuatro dedos en los pies, Wiesenthal aceptó que el muerto era realmente Roschmann. La Interpol también ayudó a confirmar la identidad.
La Cátedra de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas dispuso que un equipo médico practique una autopsia al cadáver de Wegener-Roschmann. Fueron designados para ello los médicos José Bellasai, Pedro Rolón y Hernán Godoy.
“Fue una autopsia rutinaria, que se hacía habitualmente a muchos pacientes que fallecían. En ese momento aún no teníamos la dimensión de quien era Roschmann, hubiéramos hecho un examen mucho más detallado”, recuerda el doctor José Bellasai.

El ataque a la Fiambrería Alemana, en represalia contra quien identificó a Roschmann.

 La identificación de Emilio Wolff

Emilio Wolff, empresario judío, dueño de la Fiambrería Alemana en Asunción, fue un sobreviviente de campos de concentración durante la Segunda guerra Mundial y conoció personalmente la crueldad de Eduard Roschmann, cuando estuvo prisionero en el campo de concentración de Auschwitz II-Birkenau.
Wolff fue uno de los primeros en afirmar que la persona que murió en Clínicas como Federico Wegener era el Carnicero de Riga. Incluso, una de las versiones más insistentes sostienen que fue el propio Wolff el informante anónimo que pasó el dato a los periodistas del diario ABC Color, lo cual lleva a suponer que el empresario judío ya conocía de la presencia del criminal nazi en el país, con identidad falsa.
“¿Cómo no lo voy a conocer? A Roschmann lo he visto en varias ocasiones en Birkenau, Polonia, en donde estaba otro de los campos de concentraciones, o en otros términos, otro sitio de carnicería humana. Fui testigo de sus crueldades, de la horrible matanza de decenas de prisioneros. Por eso, cuando miré el cadáver, dije: ¡Exacto! Es el mismo Roschman. No me cabe ninguna duda”, aseguró Wolff a Última Hora en agosto de 1977.
El empresario judío contó que estuvo prisionero de los nazis por siete años y nueve meses. “En el campo de concentración y en mi presencia mataron a mi padre, mataron a mi madre y mataron también a mi hermana, que tenía un mellizo”, relató.
“Este Roschmann fue uno de los sanguinarios nazis, que no en balde recibe el sobrenombre de ‘Carnicero de Riga’, merecía peor muerte”, indicó.
Tras la publicación de la entrevista, el local comercial de Emilio Wolff, la Fiambreria Alemana, que quedaba sobre la calle Luis Alberto de Herrera, en la esquina con Independencia Nacional, fue atacado a balazos por dos desconocidos, en la madrugada del sábado 13 de agosto de 1977.
El periodista César Insfrán, entonces integrante de la Redacción de ÚH, fue un testigo presencial del ataque. Describió que un automóvil Ford, de color azul y techo blanco, paró frente al local y uno de los dos ocupantes, el que estaba en el lugar del acompañante, “descendió y sin pérdida de tiempo abrió fuego contra la fiambrería. Se escucharon tres disparos y luego otros tres”.
Posteriormente, los atacantes huyeron del sitio, uno de ellos a pie y el otro con el vehículo Ford.
“Presumimos que el atentado habrá sido por las declaraciones de mi padre a los diarios, acerca de la identidad de Roschman”, dijo uno de los hijos de Emilio Wolf, tras el incidente.
El ataque  causó aún mayor conmoción en el ambiente político asunceno, en torno a la muerte del criminal de guerra. “¿Actúan nazis en Paraguay”, era el título de otro artículo publicado por ÚH, en el cual se aseguraba que la comunidad judía esperaba nuevos ataques tras la muerte del criminal de guerra en Asunción.

El antiguo "hospital de los pobres" en Asunción, donde acabó el criminal nazi su largo viaje.

¿Qué pasó con el cadáver de Roschmann?

“El cadáver de Roschmann estuvo en la morgue del Hospital de Clínicas, hasta que unas semanas después desapareció misteriosamente”, sostiene el médico e investigador Alfredo Boccia Paz, quien también ejerció durante muchos años la medicina en el Hospital y es docente en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNA.
El destino del cuerpo del criminal nazi es uno de los misterios que hasta ahora no se han podido desentrañar, ya que no existen registros ni testimonios públicos conocidos acerca de quién retiró el cadáver, ni a donde se lo llevó.
El periodista argentino Alfredo Serra, quien en esa época escribía para la revista Gente, estuvo en Paraguay siguiendo las huellas de Roschmann a días de su muerte, en un reciente artículo publicado en el diario digital Infobae asegura que el cadáver del criminal acabó bajo el bisturí de prácticas de los estudiantes de medicina de la UNA.
El patólogo y forense José Bellasai, quien participó de la autopsia de Roschmann, asegura que el dato brindado por Serra es falso.
“No se destinaban los cadáveres sometidos previamente a autopsia a prácticas de estudiantes, y menos aún se hubiera procedido de ese modo cuando ya existía certeza de que era un criminal nazi buscado internacionalmente”, sostiene Bellasai, quien también conoce la versión de que el cuerpo fue retirado del lugar, pero no se conoce la identidad de quienes lo hicieron.
Hasta ahora hay algunas versiones que fueron compartidas con el autor de esta nota, por parte de fuentes que pidieron permanecer en el anonimato, por lo cual no daremos los nombres de las personas a las que mencionan, ya no que estos datos aún no han podido ser confirmados.
La primera versión es que un conocido empresario, ya fallecido, muy vinculado al entonces dictador Alfredo Stroessner, fue quien ordenó a un grupo de hombres de su confianza a que retiren el cadáver de la morgue de Clínicas “sin dejar rastros” y lo sepulten en una fosa anónima, en un cementerio de la capital, para “evitar que los judíos tomen revancha con el cuerpo”.
La otra versión es que un grupo comando de nazis paraguayos, a quienes Roschman no pudo contactar en vida, fueron quienes rescataron su cuerpo, valiéndose de altas influencias con la gente del régimen stronista, y lo sepultaron en lugar que es una especie de mausoleo nazi, donde acostumbraban realizar ceremonias rituales secretas. Esta versión sostiene que fueron miembros de este grupo los que balearon la Fiambrería Alemana, en la madrugada del sábado 13 de agosto de 1977.
Una tercera versión sostiene que las propias autoridades de la dictadura dispusieron que el cadáver sea retirado y entregado en secreto a familiares de Roschman, presumiblemente a su segunda esposa en Argentina, una mujer llamada Edith Redemacher, que vivía en una casa sobre la calle Guiraldes 824, en Buenos Aires, para quien Roschman dejó una nota final entre sus pertenencias.
Sea cual sea la versión real, es parte de los interrogantes que aún faltan esclarecer, a 40 años del viaje final del Carnicero de Riga, que concluyó en el “hospital de los pobres”, en Asunción. 

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