sábado, 27 de octubre de 2012

Palabras para Andrea

(Foto: René González)

Hoy cumple 15 años mi hija Andrea Soledad. Anoche pudimos celebrar su fiesta, entre sus compas y parte de nuestra gran comunidad de parientes y amigos. Fue una fiesta sencilla pero muy emotiva, porque también celebramos mi renacimiento a la vida. Escribí para ella estas palabras, que las compartí en un momento de la ceremonia. Ahora las comparto con ustedes...

La primera imagen que me quedó grabada de vos, fue tu risa. Eras apenas una diminuta forma humana en brazos de tu mamá, recién llegada al mundo, y sin embargo te reías, con esa risa franca, gutural y cristalina, que tienen los bebés. Era una risa expansiva, que iluminaba al mundo y a la vida, y muy especialmente a mi vida y a la de quienes, desde entonces, seríamos tu familia.
Llegaste en un momento especial de mi vida, en que personalmente me planteaba tantas cosas, menos quizás el rol de ser padre. No se si pude aprender a serlo, en todos estos frenéticos años de mi vida de trotamundos, pero por suerte tuve el apoyo de mis seres más queridos e invalorables, desde mi propia mamá, Ña Nilda –cuya memoria nos acompaña ahora-, y de mi querida hermana Asucena y su esposo Cristian, que te abrazaron con todo su enorme corazón desde el primer momento, al igual que a tu prima Mabel, y que te hicieron sentir lo más esencial, lo que no tiene precio: la calidez de un hogar construido con amor y con sólidos valores humanos y cristianos. Una conmovedora misión a la que se fueron sumando muchos: mi hermana Odu y su familia, mi tía Luisa, tu madrina Clari, y todos tus primos y primas, tíos y tías, construyendo alrededor nuestro una maravillosa red de afecto familiar y educativo, para que pudieras llegar a ser la maravillosa persona, cuyos quince floridos años celebramos esta noche.
Desde entonces, tu risa franca y cristalina siempre fue música en nuestros oídos. Sentí que eras una niña privilegiada, porque tenías más de una mamá y más de un papá. Sobredosis de amor y cariño en abundancia. Sé que estuve ausente en momentos seguramente claves de tu vida, y te pido disculpas por eso. Pero igualmente, siempre sentí que en todos estos años también pudimos construir un modo especial de ser padre e hija, aún en la distancia, como quizás también lo construiste con tu madre, y que a veces basta una simple mirada para entendernos, una sonrisa cómplice, una palabra clave o un silencio compartido. Siempre sentí que te puedo tener total confianza, como vos la tenés en mí, y espero no llegar a defraudarla nunca.
En estas noches en que me tocó vivir la experiencia límite de mi enfermedad y mi internación en el IPS, y te ofreciste a quedarte varias noches a cuidarme, como la enfermera más dedicada del mundo, aprendí a conocerte mucho mejor. Pude ver la transparencia de tu corazón noble y sensible, porque no estabas solamente pendiente de mí, de tu papá, como sería natural, sino también de mi eventual compañero de sala, un humilde y laborioso campesino del interior del país, que era un total desconocido para vos, pero al ver que a veces él no tenía un familiar que pueda quedarse a acompañarlo y a cuidarlo, le prodigabas la misma atención y cuidados, cuando sentías que el necesitaba algo, o que los dolores no lo dejaban dormir. No te lo dije entonces, pero en esas frías y desoladas horas de madrugada de hospital, viéndote actuar con esa actitud tan solidaria, me sentí verdaderamente orgulloso de ser tu padre.
Recuerdo que en la incertidumbre de mi eventual salida del hospital, me propusiste suspender la fiesta de celebración de tus quince años, y yo te dije que no, que aunque no me dieran de alta para esta noche, igual iba a estar presente, aunque fuera en silla de ruedas. Por suerte no fue necesario. Hoy estamos todos aquí, y la celebración es doble: tus quince mágicos años y mi renacimiento.
Así que, permítanme levantar esta noche mi copa de jugo dietético, y brindar con todos y con cada uno de ustedes por los 15 años de esta maravillosa y risueña niña, hoy mujer, llamada Andrea Soledad.
Gracias a todos y a todas por haberla ayudado a ser quien es. Hagamos el compromiso de seguir contribuyendo a que sus mejores sueños no se apaguen nunca, y seamos el viento cálido que ayude a que las llamas que arden en su joven corazón, iluminen al mundo y a la vida, al igual que su risa.
¡Feliz cumpleaños, hija querida...!

2 comentarios:

  1. Hermosas palabras, y mas viviendo de un Papa que en algun punto de la vida Diosito hizo el milagro para que se reencuentren. Felicidades a esta hija de corazon tan lindo.

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    1. Muchas gracias, Sandra. Realmente es un doble regalo.

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