lunes, 19 de marzo de 2012

Tras las huellas de Rafael Barrett, clandestino en Yabebyry


Con el escritor y juez de Yabebyry, Camilo Cantero, junto a uno de los carteles que evocan a Rafael Barrett a la entrada del pueblo misionero donde estuvo refugiado clandestinamente.

#CrónicasDeLaMemoria


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Los habitantes de la desolada y remota localidad de Yabebyry, Departamento de Misiones, a 288 kilómetros al sur de Asunción, prácticamente ignoraban que, hace más de cien años, sus antepasados habían tenido como ilustre huésped clandestino a uno de los más célebres luchadores libertarios e intelectuales: nada menos que Rafael Barrett, a quien el escritor Augusto Roa Bastos considera “el fundador de la literatura social en el Paraguay”.
Aunque el paso de Barrett por la región es un dato conocido, mencionado en varios de sus escritos, constituye una de las etapas menos investigadas de los seis azarosos —aunque fructíferos— años que el gran escritor, periodista y luchador anarquista español vivió relacionado con este país.
Hace casi cuatro años, el periodista, abogado y docente Camilo Cantero, oriundo de la ciudad de San Ignacio, Misiones, desembarcó como flamante Juez de Paz de Yabebyry, y empezó a preguntar a los más ancianos si alguien conocía la historia del paso de Barrett por el lugar.
En principio, halló desconocimiento y sorpresa. Pero, poco a poco, fueron surgiendo pistas vagas acerca de un lugar llamado “Barrett Cué”, un establecimiento a 14 kilómetros del centro urbano, sobre el camino a Los Cedrales.
Se trata de la antigua Estancia Laguna Porá, que perteneció al doctor Alejandro Audivert (abogado, político e intelectual paraguayo, quien llegó a ser presidente de la Corte Suprema de Justicia y que estaba casado con Angelina López Maíz, hermana de Francisca Panchita López, esposa de Barrett, ambas sobrinas del sacerdote Fidel Maíz, ex fiscal de sangre del mariscal López durante la Guerra de 1864-70), y que se convirtió en el refugio y en la “isla dentro de la isla” más entrañable para el autor de El dolor paraguayo.

El regreso.

En 1909, Barrett llevaba varios meses en Montevideo, Uruguay, exiliado por el régimen del coronel Albino Jara (quien intentó hacerle tragar una hoja de papel en la que estaba escrita su valiente denuncia “Bajo el terror”), ya gravemente enfermo de tuberculosis, distanciado de su esposa y de su hijo, extrañando horrores vivir lejos del Paraguay.
Fue cuando se propuso entrar clandestinamente al país y refugiarse en Laguna Porã (lugar que ya había conocido, junto con su esposa, en 1907).
El 13 de marzo de 1909, Barrett cruzó el río Paraná en canoa, ingresando por el puerto entonces llamado Guardia Cué, hoy Panchito López. Desde allí, junto con su cuñado José López Maíz, entonces jefe político de Yabebyry, recorrió a caballo los casi 8 kilómetros hasta la estancia.
Ese mismo martes 9 de marzo, Rafael escribe una carta a Panchita:

“Mi dulce señora:
Estoy en la estancia, pero es un secreto que me debes guardar. Para los demás, estoy en el campo, en la Argentina… Heme pues aquí de incógnito en esta tierra paraguaya que amo tanto —¡me he dejado picar con delicia por mis mosquitos!—. Y al venir de Guardia Cué, ¡qué hermosura!, había dejado de llover. La naturaleza me ofreció su magnífica bienvenida en el esplendor de las aguas y de la selva”.

Barrett permaneció oculto en Laguna Porã del 9 de marzo de 1909 hasta el 21 de febrero de 1910.
Allí escribió muchos de los artículos que componen El dolor paraguayo y Moralidades actuales, pero haciendo creer que los escribía fuera del país.
En la estancia compartió con la esclava Panta, a quien describe en varios textos. Se reencontró con Panchita y con su hijito Álex, temeroso de contagiarles con su enfermedad, hasta que amigos influyentes le consiguieron una amnistía y pudo radicarse con su familia en San Bernardino, en lo que fueron sus últimos meses en Paraguay, antes de partir a Arcachón, Francia, para su inevitable y prematura muerte.

El camino de Barrett.

El viajero que hoy llegue a Yabebyry se encontrará con llamativos carteles a la entrada, que sirven de guía tras las huellas del recordado maestro.
El “camino de Barrett” es el resultado del trabajo realizado en estos años por el juez Camilo Cantero, involucrando a autoridades y a pobladores en el rescate de la memoria de su huésped más ilustre.
Cantero se metió a los polvorientos archivos del Juzgado para certificar que Álex (Alejandro Rafael Barrett López), el único hijo de Rafael y Panchita, nació en Yabebyry.
También halló a varios de los hijos de Álex, entre ellos la más célebre, Soledad Barrett, la bella y valiente guerrillera que acabó asesinada en Brasil, inspirando un poema de Mario Benedetti y una canción de Daniel Viglietti, quien también nació en Yabebyry.
Justamente, Soledad encabeza la lista del segundo libro de Misioneros Ilustres que Camilo está terminando de editar.
En estos días ardientes de enero pasado, cumpliendo una promesa largamente acariciada, nos tocó visitar junto con el juez —con quien compartimos la pasión por Barrett desde los años 90— el desolado puerto de Guardia Cué, donde hace 103 años atracó de contrabando la canoa que traía de regreso a Barrett.
Desde allí transitamos los 15 polvorientos kilómetros hasta la Estancia Laguna Porã.
Pudimos llegar al exacto lugar donde alguna vez estuvo la humilde vivienda que el escritor habitaba, retirado del casco principal para no contagiar a los demás moradores.
Hoy es solo un claro en medio de la espesura, aunque todavía están allí los árboles de eucalipto que aparecen de fondo en la única foto conocida de Barrett en Laguna Porã.
Laguna Porã pertenece actualmente a la familia Rautemberg, cuyos miembros anunciaron que realizarán mejoras ante las continuas visitas de personas interesadas en conocer el histórico lugar.
También pudimos observar de cerca el campanario de la iglesia de Isla Mburukuja, a cuatro kilómetros de la estancia, cuyos tañidos Barrett describe haber escuchado como música celestial.

Son las reliquias vivas de una sublime historia, que espera ser recuperada con mayor pasión e interés por toda una nueva generación de paraguayos y paraguayas.

La Estancia Laguna Porá, que perteneció a Alejandro Audivert. Aquí se refugió Rafael Barrett entre 1909 a 1910, en Yabebyry.

Rafael Barrett en la estancia Laguna Pora de Yabebyry.
Única foto conocida del escritor en el lugar.

En este claro, cerca del casco de la estancia, estaba la cabaña que habitó Barrett.
Varios años después fue demolida.

El Puerto de Panchito López (ex Guardia Cue).
Por este lugar Barrett ingresó al Paraguay, en forma clandestina, en 1909.

lunes, 5 de marzo de 2012

El periodismo en los tiempos de Gabo



Muchos años después, frente al pelotón de reporteros que lo fusilaban con micrófonos y cámaras, el Nóbel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez habría de recordar aquel día lejano en que decidió arrojar por la borda una prometedora carrera de abogado, para dedicarse al precario e inestable oficio del periodismo.
Tenía 21 años de edad. Había abandonado abruptamente el segundo año de derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, para huir de las oleadas represivas que siguieron al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1848. Acabó refugiado en un prostíbulo de Cartagena de Indias, sin dinero y sin saber qué hacer, cuando un casual encuentro con el médico y novelista Manuel Zapata Olivella le abrió la posibilidad de escribir para el diario local El Universal.
Hasta entonces, el flaco y tímido joven llegado desde una aldea perdida en la región bananera colombiana, llamada Aracataca, solo había publicado tres cuentos primerizos en el diario El Espectador de Bogotá, que le habían dado un cierto prestigio de "promesa literaria", pero nada estaba más lejos de su ánimo que dedicarse al periodismo.
El 21 de mayo de 1948, en la página 4 de El Universal, se estrenó su columna Punto y aparte. Desde la primera línea ya establecía el sello de un estilo: "Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda".
Entre aquel hotel de putas y aquella redacción provinciana empezaron a escribirse no solo las páginas de su primera novela, La Hojarasca, que publicaría en 1955, prefigurando al mayor escritor de ficción que ha dado América Latina, sino también empezaba a forjarse uno de los más genuinos maestros de lo que el propio García Márquez bautizaría más adelante como "el mejor oficio del mundo": el periodismo.

Nace un reportero
En El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla, García Márquez se dio a conocer como columnista estrella, pero fue en el diario El Espectador de Bogotá, para el cual trabajó desde febrero de 1954, donde nació su vocación de gran reportero.
Su consagración llegó en marzo de 1955, con la historia del marinero Luis Alejandro Velazco, que sobrevivió milagrosamente al naufragio del barco destructor Caldas, tras pasar 13 días a la deriva en medio del mar. Marcando una radical diferencia con los demás periódicos, que ofrecían clásicas versiones informativas, García Márquez publicó el relato en forma novelada, contada en primera persona con la voz del propio protagonista, en una larga serie de 14 capítulos que mantuvo en vilo a toda Colombia.
Aquella epopeya, reunida posteriormente en un libro, con el título Relato de un náufrago, es considerada hoy un manual de culto para los estudiantes de periodismo en todo el mundo.
En realidad, el título completo y original del libro, inspirado en la forma de titular de los grandes diarios colombianos de la época. es: Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre.
Ni la consagración definitiva como novelista que le significó la publicación de Cien años de soledad (1967), ni siquiera la cumbre de la gloria de ganar el Premio Nobel de Literatura (1982), han hecho que se apartara del periodismo, su otro gran amor.
Entre sus libros hay dos que fueron escritos con técnicas de periodismo puro.
El primero es Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile (1986), en el que narra de manera apasionante la visita realizada por el director de cine chileno a su país natal, luego de 12 años de exilio, para rodar una película documental con identidad falsa, desafiando al sistema represivo del dictador Augusto Pinochet.
El otro es Noticia de un secuestro (1996), en donde cuenta la historia de nueve personas secuestradas por el Cartel de Medellín del jefe narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, en Colombia. 
A ello se suman sus centenares o miles de artículos para periódicos y revistas, reunidos en varios volúmenes antológicos como Textos Costeños (1948-1952), Entre cachacos (1954-1955), De Europa y América (1955-1960), Por la Libre (1974-1995) y Notas de prensa (1980-1984). 
Pero quizás el mayor legado de Gabo para sus colegas comunicadores es la creación de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que desde hace una década impulsa la capacitación y la promoción de un periodismo más ético y de calidad, impartiendo talleres y cursos, otorgando becas y premios, en todo el continente.
No es un detalle gratuito que la sede de la Fundación está en Cartagena de Indias, la misma ciudad en donde, hace más de medio siglo, un García Márquez pobre y desorientado se decidió a abrazar la carrera periodística, y al contrario de las estirpes condenadas a cien años de soledad, encontró su segunda oportunidad sobre la tierra

miércoles, 1 de febrero de 2012

La noche de la libertad




–1–
C
uando la imagen del televisor se apagó repentinamente, en lo mejor del partido de fútbol, Ña Ramona tuvo el primer presagio de que algo terrible iba a suceder.
La noche se había poblado de un silencio opresivo y oscuro, sacudido a ratos por el ladrido asustado de un perro a la distancia.
–Tengo miedo, Rogelio –le dijo a su marido.
–¡Naombrena! –le reprochó él–. Si en este país nunca pasa nada...
En ese instante se escuchó el primer estruendo. La pequeña vivienda de madera se estremeció hasta los cimientos. Un denso olor a pólvora quemada inundó el comedor, seguido por el seco tableteo de una ametralladora.
La luz se apagó, como de un manotazo, y los niños se despertaron llorando en la piecita del fondo.
Don Rogelio se asomó sigilosamente a la puerta y vio la enorme silueta de un tanque de guerra maniobrando en el patio mismo de su casa.
Sombras armadas con fusiles se esparcían por la calle, corriendo, intercambiando órdenes, disparos, maldiciones. Los repentinos fogonazos mostraban fugazmente la lividez de sus rostros, la determinación de vida y muerte en sus miradas.
A pocos metros del Batallón Escolta Presidencial, principal escenario del combate, la villa marginal Mundo Aparte, laberinto de casuchas hacinadas que sirve de hogar a los más pobres de la ciudad, se sacude ahora en espasmos convulsivos. Las precarias paredes saltan en pedazos, heridas por las lluvias de balas.
–¿Qué pio pasa, mamita...? ¿Qué pio lo que está pasando...? –pregunta entre sollozos la pequeña Mirian, de 9 años, tendida sobre el piso de cemento duro, junto con su madre.
Y Ña Ramona, temblando, le contesta:
–Nada, che memby, no te preocupes. Parece nomás que llegó el fin del mundo.

–2–
Los jóvenes bailaban animadamente en una céntrica discoteca, cuando se cortó la luz.
Allí, en la oscuridad, en el súbito silencio que siguió a la música estridente, escucharon los disparos y bombardeos.
Dos de ellos corrieron hasta la puerta y salieron a la calle, para tratar de averiguar qué estaba sucediendo. Al rato volvieron a entrar y cerraron la puerta, con el terror en sus caras. Acababan de ver un auto acribillado de balas en la misma acera.
Siguieron los gritos y los llantos de desesperación. Hasta que alguien trajo un fósforo, una vela y una pequeña radio a pilas.
Manos febriles manipularon el dial, pero no se escuchaba nada. De pronto un ruido, una voz suave, emocionada, inunda el aire.
–...Si, señoras y señores radioescuchas. Lo reiteramos. Está plenamente confirmado. Es una sublevación militar. Por favor, mantengan la calma, permanezcan juntos, no salgan afuera. Tenemos una llamada telefónica. ¿Hola...? Si, señor, hable usted...
En medio de las tinieblas, de la confusión y del espanto, Radio Cáritas tiende una mano invisible hacia todos los seres perdidos en la profundidad de la noche, aislados por la súbita violencia, atrapados por sus miedos y angustias.
–Hola... ¿mamá? ¡Soy Silvia! Quiero decirte que no te preocupes, estamos todos bien, aquí en la discoteca. Si, la fiesta ya terminó, pero no podemos salir todavía. Apenas amanezca, vamos a volver a casa. Besos. Te quiero mucho.
Llamadas tras llamadas, mensajes tras mensajes, la gente se va reencontrando.
Muy pronto, otras emisoras, como Radio Paraguay y Radio Primero de Marzo, consiguen reiniciar su transmisión y se suman a la prodigiosa tarea de brindar información, seguridad, consuelo, esperanza, tejiendo una valiosa cadena de solidaridad, más allá del miedo y de la muerte.

–3–
Cae una lluvia mansa en la mañana de este nuevo día, 3 de febrero de 1989. Una lluvia que arrastra el acre olor de la pólvora y parece con ganas de purificar la tierra herida.
–Hemos salido de nuestros cuarteles...
La gente empieza a salir a la calle.
Al principio tímidamente, con pasos cautelosos, como despertando de una larga pesadilla. Todavía sin poder creer lo que cuenta la radio, en la propia voz del jefe de la sublevación militar, el general Andrés Rodríguez:
–...les informo que el general Stroessner se ha rendido.
Los tanques de guerra se pasean por la ciudad y los soldados saludan con la V de la victoria. Las paredes exhiben su mordedura de balas y la sangre todavía riega algunas esquinas. Y sobre todo eso hay una nueva, indescriptible sensación, que se respira junto al aire fresco.
Todo ha terminado. Todo acaba de comenzar.
Entonces sí, el pueblo gana las calles.
Ya nadie puede detener ese aluvión humano que desborda las plazas.
Nadie puede contener el canto que brota de la garganta colectiva y va creciendo ciudad adentro, rompiendo el silencio de tres décadas infames.

¡Que lindo, lindo, lindo
que lindo, lindo es
estamos todos juntos
y Stroessner ya se fue!

–4–
Enfocada desde la distancia por las cámaras de la televisión, la figura del general Alfredo Stroessner parece más bien la de un abuelo cansado que sube la escalerilla del avión, sin volverse, sin siquiera despedirse del país que gobernó con mano de hierro durante más de treinta y cuatro años.
La escotilla se cierra detrás de él. El avión corretea y se eleva en el aire, mientras la multitud canta y baila en la azotea del aeropuerto cuyo nombre ya nadie nombra, agitando resucitadas banderas bajo el cielo radiante.
Cerca de allí, un empleado de limpieza arranca y rompe los últimos afiches con retratos del tirano pegados por la pared, y los arroja a un cubo de basura. Algunos pedazos caen al suelo y el viento se los lleva, sin rumbo ni dirección.
Claudia Villasanti observa la escena, estupefacta. Ella tiene 16 años de edad y, como tantos de su generación, había llegado a creer que acaso El Viejo fuese inmortal. Desde muy niña lo había sentido todopoderoso, omnipresente, acechando a la desgarrada Nación desde su fortificado Palacio. Lo había visto a veces cruzar raudamente la ciudad como una sombra, protegido por una muralla de armas y vidrios oscuros, mientras los rostros se volvían, temerosos.
Ahora, el mito se ha roto. El Paraguay se ha dado vuelta. El plomo flota y el corcho se hunde. Los exiliados regresan, los opositores hablan por televisión, los periódicos clausurados salen a la calle. Mucha gente sonríe.
En un barrio que se ha quedado sin nombre –como tantas calles, escuelas, plazas, ciudades–, un grupo de jóvenes políticos derriban con cuerdas un busto del dictador. Luego cada uno se lleva un pedazo, como recuerdo.

–5–
Contemplando el amanecer desde mi ventana, siento que me asaltan dudas, temores, preguntas. ¿Será en verdad un aire de libertad este aroma nuevo que hiere mis entrañas?
Dicen que pronto habrá elecciones, democracia. Pero, ¿y trabajo? ¿Habrá trabajo para tantos jóvenes desesperanzados, atrapados en la marginalidad de los suburbios? ¿Qué sucederá cuando retornen en masa los miles de compatriotas exiliados, no por motivos políticos, sino por falta de oportunidades? ¿Habrá tierra para los campesinos, hábitat para los indígenas, futuro para los niños de la calle?
Dicen que un tiempo nuevo se inicia. Pero, ¿quién derrocará al dictador que llevamos adentro? ¿Quién cerrará las heridas secretas que el sistema nos deja dentro del alma? ¿Quién nos ayudará a quitarnos el miedo que se nos ha metido entre los huesos? ¿Seremos capaces de reunir nuestros pedazos?
El Sol nace, bañando de claridad el horizonte.
El aire está limpio, transparente.
El cielo increíblemente azul.
Es un buen comienzo.

________________
(Texto publicado originalmente en la contratapa del suplemento cultural El Correo Semanal de Última Hora, en febrero de 1989, en la primera edición sabatina tras el golpe del 2 y 3. Se incluyó como relato en el libro ‘El Principito en la Plaza Uruguaya’, editado por Servilibro).

viernes, 27 de enero de 2012

Ni Paraguay carpero, ni Paraguay sojero


















Los unos están allí…
Del lado de afuera de la cerca. Apostados bajo precarias carpas, a ambos lados de una carretera roja, rodeados de un mar de verdes cultivos transgénicos. Blandiendo machetes y garrotes, banderas y consignas populistas, apolillados mapas del siglo pasado e informes técnicos manipulados.
Con sus dirigentes exhibiendo recursos e infraestructura organizativa inexplicables para quienes denuncian miseria y abandono. Con teléfonos celulares de línea abierta a autoridades y caudillos del actual Gobierno, a grupos sociales y políticos de izquierda, a medios de comunicación oficiales y alternativos. Con el respaldo y la complicidad coyuntural de organismos del Estado. Acechantes, amenazantes. Jugando al viejo y perverso juego del “chake, aiketa nde kokuepe”.
Los otros están allí…
Del lado de adentro de la cerca. Guarecidos en sus fincas de farmers brasiguayos o en tecnológicas oficinas rurales climatizadas. Rodeados de ciudades nacidas cual espejismo entre el verde océano de soja. Blandiendo comunicados y órdenes de desalojos, movilizando ejércitos de tractores y cosechadoras, poderosas máquinas fumigadoras y camionetas 4x4.
Con sus dirigentes exhibiendo recursos e infraestructura que rayan en el lujo y el despilfarro. Con smartphones 4G con línea abierta a intendentes, gobernadores, senadores, diputados, jueces, fiscales, ministros de la Corte y directores de medios. Con el respaldo y la complicidad coyuntural de grupos políticos y corporativos opositores o críticos al Gobierno. Acechantes, amenazantes. Jugando al viejo y perverso juego del “vos tendrás poder electoral, pero nosotros tenemos el poder real”.
Y en medio… estamos nosotros.
Nosotros, los que no nos sentimos ni con los unos, ni con los otros. Habitando “como en castigo uno de los lugares más bellos de la tierra” (Roa Bastos dixit), el país de más alta desigualdad en concentración de la propiedad de la tierra, altos índices de pobreza y exclusión, corrupción e impunidad. El país que sigue sin cambiar, por más que cambien los signos políticos de los gobiernos.
Nosotros, los que no queremos ni un Paraguay carpero, ni un Paraguay todo sojero y ganadero. Los que todavía apostamos a que las instituciones funcionen y se dediquen a solucionar los graves problemas sociales sin interferencias, ni de sectores corporativos, ni populistas, ni oligárquicos.
Nosotros, los que no queremos que el polvorín de Ñacunday haga que la roja tierra del Alto Paraná se vuelva aún más roja de sangre.
Nosotros, los que todavía tenemos esperanzas y ganas de cambiar, con trabajo y compromiso solidario, y sin violencia.

(Publicado en la columna “Al otro lado del silencio”, diario Última Hora de Asunción, edición del sábado 28 de enero de 2012).

sábado, 7 de enero de 2012

¿Qué te hicieron, Asunción?



Querida ciudad mía, Asunción de jazmines y guaranias: ¿Qué te hicieron?
Me cuesta reconocerte en esas crudas imágenes que en estos días han dado la vuelta al mundo, mostrando a habitante de una ciudad racista e intolerante en el corazón de América, arrastrando a mujeres indígenas por el suelo con inhumana violencia, echándolas por la fuerza de una de sus más céntricas y legendarias plazas, levantando rejas de metal y cordones de policía a su alrededor, para impedir que vuelvan a ingresar.
¿Cómo podemos negar así toda tu rica historia y tu identidad cultural, justamente a vos, a la que con tanto orgullo nombramos como la "cuna del primer grito de libertad en América", la "ciudad comunera de las Indias", la que siempre dio "amparo y reparo" a los cansados viajeros que llegaban a cobijarse bajo tu fresca sombra de hospitalaria solidaridad?
¿Qué nos pasó, vida...?
Podemos estar de acuerdo en que los indígenas que se instalan en una histórica plaza del centro, a reclamar el legítimo derecho de la tierra propia, no pueden quedarse a vivir allí por meses o por años, habitando precariamente en unas lamentables "tolderías urbanas", privando a los demás ciudadanos del libre uso de un espacio público, debido al clima de hostilidad creado por la marginalidad y la degradación ambiental y humana.
Podemos convenir, también, en que detrás del reclamo de los mbya guaraní para la compra de casi 8.000 hectáreas en Unión, San Pedro, se mueven oscuros intereses políticos y económicos que han sobrevaluado dichas tierras en un 63 % por encima de su valor inicial, y aparecen nombres de conocidos líderes y caudillos oportunistas, que se aprovechan de la pobreza y la necesidad de los nativos, en busca de sacar réditos propios.
Pero ninguna de estas razones justifica esa explosión de intolerancia y de racismo, de la que hemos hecho gala en estos días.
En lugar de asumir y buscar colectivamente soluciones de fondo a las necesidades ancestrales de nuestros pueblos originarios, simplemente optamos por echarlos como a perros de la plaza, los ocultamos bajo la alfombra y levantamos una muralla de rejas para que dejen de ensuciar y afear nuestra ciudad.
¿No hemos aprendido nada de nuestra propia historia...?

(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", diario Última Hora, Página 22 Opinión, edición del sábado 7 de enero de 2012. La fotografía que ilustra esta artículo es del gran René González).



viernes, 23 de diciembre de 2011

Música de cigarras


Hoy no tengo ganas de escribir sobre política, ni sobre la siempre desgarradora problemática social, o sobre cualquiera de esas cosas densas que acostumbran instalarse en los resquicios de esta columna, sábado tras sábado.
Hoy paso de predicciones agoreras acerca de lo mal que le irá a la economía paraguaya en el 2012.
No me vengan con más cuentos de ciencia ficción sobre el Metrobus, ni me digan dónde hubo un nuevo brote de dengue o de fiebre aftosa, ni me revelen qué previsible pre candidato presidencial se sometió a un lifting del cerebro.
Hoy no quiero que me hablen de siniestras conspiraciones para impedir el ingreso de Chávez al Mercosur, ni de privilegiados sobrinos presidenciales que siempre ganan licitaciones de obras públicas.
Hoy no deseo que me muestren a cuántos infernales grados subió el termómetro de la esquina, ni que me anuncien a cuántos desdichados usuarios más la Ande nos dejará sin energía eléctrica en el momento menos pensado.
No es que quiera evadirme de toda la realidad tan real que padecemos en esta orilla del mundo.
No.
Sucede, simplemente, que en pocas horas más será Nochebuena… y el recurrente lata parará de los francotiradores mediáticos no nos permite detenernos a escuchar y apreciar la música de las cigarras.
Hoy quiero el aroma de los cocoteros en flor y la frescura del ka’avovei inundando la noche.
Quiero risa de niños correteando con brillo de estrellitas en las manos.
Un largo y cálido abrazo de reencuentro con el hermano que llegó de lejos.
La dulzura de un villancico en la voz sin tiempo de Los Tres Sudamericanos.
Los deliciosos chismes y chistes en la mesa familiar, enredándose con el aroma del asado a la parrilla.
La grotesca figura del tío Juan disfrazado de Papá Noel y su bolsa de regalos.
Hoy quiero humorísticas anécdotas salvadas del olvido por una ronda de amigos.
Quiero llamadas telefónicas de larga distancia y lágrimas de techaga’u en los rostros.
Un nombre querido saludando en la pantalla de la notebook desde otro lado del mundo.
Hoy quiero saborear la memoria de mi pueblo natal en los trozos de frutas del clericó.
Cerrar los ojos por un instante y sentir que está viva la esperanza, y que todo esto nos dará claridad, energía y fuerzas para seguir construyendo el país mejor que le vamos a dejar a nuestros hijos.
Hoy quiero una copa de estrellas burbujeantes contra las lucecitas del pesebre.
Y un abrazo cálido y fraterno que se va engendrando entre estas letras... hasta abrazar al mundo.
¡Feliz Navidad!

domingo, 27 de noviembre de 2011

Porqué no voy a ir a ver a Il Divo...


Me moriré de ganas de ir a disfrutar del concierto de un muy buen grupo de artistas como Il Divo en Paraguay… pero no lo haré.
No por creer populistamente que, en un país subdesarrollado como el nuestro, el pueblo no tenga el derecho a disfrutar de un número de excelencia musical universal como el de estos artistas –o el de muchos otros que existen a nivel mundial, al igual que el de nuestros artistas nacionales-, subsidiado de manera transparente con fondos públicos… sino porque creo que realmente se están haciendo muy mal las cosas, hay demasiadas cuestiones pendientes sin resolver en el plano de la seguridad ciudadana, de la lucha contra la pobreza, de la marginalidad social, del saneamiento contra la corrupción... y considero que en esta particular coyuntura es un grave error político destinar una cifra tan alta del dinero de Itaipú (nuestro dinero, al fin y al cabo) en un mega festival, que en su sola enunciación ya provoca aún más profundas divisiones y enfrentamientos en la propia comunidad artística y cultural local, y polariza posturas de la misma sociedad.
No me iré a ver a “Il Divo” (aunque lo sienta en el alma), porque no me pienso someter, además, a la hipocresía de ir a retirar mi entrada para el millonario espectáculo, a cambio de llevar un paquetito de alimentos perecederos “para las familias pobres”. Esa imposición “susanística” (por Susanita, la amiga de Mafalda) de calmar nuestra conciencia con un acto de pura caridad asistencialista, ofende aún más que el derroche de fondos, y contradice al espíritu de acción solidaria con los más humildes, que reclaman con mucho acierto otras instituciones de este mismo Gobierno, como la Secretaría de la Niñez y de la Adolescencia.
Yo sí creo que “no solo de pan vive el hombre”. Estoy convencido de que la cultura, la música, la poesía, el teatro, el cine, la literatura, la plástica y toda forma de excelsa expresión artística creadora deben llegar a volverse “tan indispensables como el pan” para todos los habitantes del país. Pero también creo que ese estado ideal debe ser alcanzado en un proceso de construcción ciudadana participativa, y no como una dádiva paternalista o populista, decidida entre cuatro paredes, con generosa disposición de nuestros fondos públicos.
No reprocho, ni mucho menos condeno, a quienes si decidan asistir al mega-festival. Probablemente los envidie, porque realmente me gusta la música que hacen los cuatro chicos de “Il Divo”. Pero por esta vez me conformaré en seguir admirándolos desde un buen concierto en DVD, o desde los archivos en mp3 que atesoro en el pendrive.

sábado, 8 de octubre de 2011

La patria más allá de las fronteras


Fotocollage: Enzo Pertile

Hay un Paraguay que palpita más allá de un desteñido y polvoriento hito fronterizo.
Más allá de las correntadas grises de un río con orillas de distintas banderas.
Más allá de los atestados andenes de una terminal de ómnibus.
Más allá de las asépticas plataformas de un aeropuerto internacional.
Más allá de las madrugadoras filas para obtener pasaportes.
Más allá del seco golpe de un sello de salida en la ventanilla de Migraciones.

Hay un Paraguay que reparte canastos de chipá crujiente en los corredores de la Estación Retiro de Buenos Aires.
Hay polca jahe’o y cachaca pirú resonando en los recovecos de la Villa 21.
Hay una foto de Nelson Haedo y un banderín albirrojo colgado en un bar de Nueva York.
Hay voces conversando en guaraní en los andamios de una obra en construcción en el puerto de Barcelona.
Hay un pabellón tricolor colgado de una ventana en un piso de Madrid.

¿Qué es la patria…?
¿Solamente la que habita en estos 406.752 kilómetros cuadrados de geográfica fatalidad?
¿Dónde dejamos entonces al Paraguay que sintió dentro de sí aquel gran poeta compatriota, desterrado y condenado a morir bajo cielos distantes?

“Caminando bajo nubes distintas
sobre los fabricados perfiles de otros pueblos
de golpe te recobro
por entre soledades invencibles
o por ciegos caminos de música y trigales
descubro que te extiendes
largamente a mi lado
con tu martirizada corona y con tu limpio
recuerdo de guaranias y naranjos.
Estás en mí: caminas con mis pasos
hablas por mi garganta
te yergues en mi cal
y mueres, cuando muero, cada noche.”.
(Herib Campos Cervera, “Un puñado de tierra”).

No nos define ser paraguayo o paraguaya el solo hecho de vivir aquí, o de pagar aquí los impuestos, sino ese sentimiento intangible de compartir con los nuestros la sangre, el afecto, la lengua, la cultura, la comida, un particular modo de ser... Todo un manojo de sueños y esperanzas en un destino común, que nos llevan a reconocernos en el otro… aunque a veces nos sintamos separados por miles y miles de kilómetros.

Hay una media familia de compatriotas por el mundo que quieren seguir siendo parte de nosotros.
Muchos fueron condenados por razones políticas a ser árboles con raíces en el aire... y muchos siguen siendo forzados por razones económicas o sociales a salir a pelear el pan más allá de las fronteras.
Hoy nos piden un gesto de solidaridad para que conquistar el derecho a votar en las elecciones desde el extranjero.
Este domingo 9 de octubre es el gran día del histórico referéndum.
¡Yo me ubico entre los que vamos a decirles que SI...!

jueves, 22 de septiembre de 2011

Palabras y canciones para otro mundo posible


Ricardo Flecha, junto a su gran amiga y maestra Mercedes Sosa, con quien grabaron la canción Víctor Libre, de Carlos Noguera y Maneco Galeano, en homenaje al recordado Víctor Jara.

Cuenta una antigua leyenda aborigen que en los tiempos en que nuestros ancestros guaraníes eran los únicos dueños de la tierra, los karai señalaban el camino con su palabra luminosa.
Magos andariegos, sabios y humildes, sin más destrezas que el lenguaje, eran recibidos con alegría en cada tava, aún en aquellos pueblos ensombrecidos por la guerra.
En la profundidad de la noche, transfigurados por el resplandor dorado del tataypy comunitario, los karaí compartían su verbo primigenio: No hay que desesperar ante las penas de este mundo, porque otro mundo mejor espera en algún lugar, en dirección a donde nace el Sol. Cantando y danzando, en una peregrinación sin tiempo ni distancias, ellos marcaban el rumbo hacia el yvy marane’y, la tierra sin mal donde las flechas vuelan solas en busca de su presa, donde las frutas y la miel son siempre abundantes.
Aquellos magos palabreros de la cultura guaraní, que fascinaron a los primeros exploradores europeos y despertaron la admiración de grandes antropólogos americanistas como Pierre Clastres y Bartomeu Melià, no han desaparecido con la extinción de los bosques, ni con el sistemático acoso a los pueblos originarios.
Los karaí siguen prodigando su palabra resplandeciente, hoy convertidos en trovadores cantautores o en poetas profetas.
Desde este Paraguay mágico, en donde la búsqueda del yvy marane’y es una antigua utopía cotidiana, Ricardo Flecha Hermosa, heredero de aquellos legendarios karai, solidario cantador de voz potente y cristalina, incansable soñador de tiempos nuevos, inició la quimérica cruzada de convocar a sus pares hombres y mujeres, a los karai y las kuñakarai del canto popular y de la cultura universal, para que sus palabras y canciones resuenen por toda la tierra, en el guaraní dulce y ancestral, en la misma lengua madre en que se encendieron los sueños originarios del monte.
Así nacieron los volúmenes uno y dos de El canto de los karai, y ahora llega este disco tercero, que cierra la gran trilogía, atesorando un haz de canciones especialmente dedicadas a los niños y a las niñas. Voces que rescatan la ternura y la inocencia, la fantasía y la alegría de los locos bajitos, los mita’i akahata que cuestionan el orden establecido, despertando conciencias adormecidas y enarbolando viejos y nuevos sueños, cual banderas de futuro.


(Texto incluido en el álbum que acompaña al disco El Canto de los Karai III, de Ricardo Flecha, y leído durante la presentación del material, el 20 de setiembre de 2011, en el Teatro Leopoldo Marechal de la Embajada Argentina en Asunción).

viernes, 9 de septiembre de 2011

La gran narrativa dibujada del heroísmo paraguayo




(A propósito de la novela gráfica Vencer o Morir -Guerra contra la Triple Alianza, de Enzo Pertile, que la editorial Servilibro acaba de editar en un bello album, inaugurando la nueva colección Servi Cómic. Este texto es el prólogo que me tocó escribir para la obra).

Hay historias tan inmensas que se vuelven leyendas...
Y hay leyendas tan arraigadas en el sentimiento de un pueblo y de una Nación… que merecen ser narradas, dibujadas y corporizadas en proporciones épicas.
La Guerra Guazú, o Guerra de la Triple Alianza, que tres naciones vecinas -Brasil, Argentina y Uruguay- libraron contra el Paraguay entre 1865 y 1870, fue una magna tragedia que aún sigue marcando a fuego el inconsciente colectivo de varias generaciones de paraguayos y paraguayas, casi un siglo y medio después.
Una epopeya cruenta y desgarrada, que sigue memorándose con pasiones encendidas y sin medias tintas -especialmente en estas épocas de celebraciones del Bicentenario de la Independencia, que ha abierto un privilegiado clima de evocaciones históricas- con posiciones encontradas acerca de las motivaciones de la contienda, y con visiones divididas acerca de los protagonistas, a quienes unos rescatan como guerreros redentores y otros como abominables tiranos, pero a los que nadie puede negar la dimensión legendaria de un heroísmo encarnado hasta el sacrificio final.
Acerca de la Guerra Guazú no solo se han escrito páginas y páginas de grandes libros de historia, sino también numerosa novelas, poemas, obras de teatro, se han compuesto canciones y se han filmado películas, y seguramente se seguirán creando muchas más obras, en la necesidad expresiva de contar al mundo los múltiples detalles de la bélica odisea guaraní.
Una temática tan apasionante no podía permanecer ajena para el popular género de la historieta o el comic, que en las últimas décadas ha descollado con mucho dinamismo en el Paraguay.
El desafío es asumido por el dibujante y guionista Enzo Pertile, uno de los más destacados cultores del noveno arte, quien construye su gran saga “Vencer o Morir”, como una trilogía que aborda las batallas finales más emblemáticas de la Guerra de la Triple Alianza: Piribebuy (12 de agosto de 1869) en donde toda la población prefirió sucumbir en heroica resistencia antes que rendirse a las tropas invasoras; Acosta Ñu (15 de agosto de 1869), donde un harapiento ejército de niños soldados se sacrificó para contener la embestida enemiga; y Cerro Corá (1 de marzo de 1870), el capítulo final de la contienda, con la inmolación final del mariscal presidente Francisco Solano López, en las sierras del Amambay.
Las tres obras han sido dadas a conocer originalmente en formato de fascículos semanales publicados por el diario Última Hora de Asunción. Hoy se reelaboran y se reúnen todas en un solo álbum, componiendo una magistral novela gráfica que llega al público lector con el prestigioso sello de la Editorial Servilibro, destinado a convertirse en el más grande fresco historietístico, o en la gran narrativa dibujada del heroísmo paraguayo.

La majestuosidad épica.

“Vencer o morir” es la primera gran obra en la que Enzo Pertile asume, además de su reconocido talento como dibujante e ilustrador, también la autoría del guión. Y lo hace con una marcada predilección por lo épico, con una perspectiva narrativa que se ubica en la línea transmitida por los principales autores de la historiografía paraguaya más nacionalista, con el hálito de bronce patrio que habita en los clásicos manuales y textos escolares y estudiantiles.
Es inevitable hacer un paralelismo entre este “Vencer o Morir” de Enzo Pertile, y la afamada novela gráfica “300”, del talentoso dibujante y narrador historietístico norteamericano Frank Miller, obra creada en 1998, en la que narra de manera apoteósica la mítica y legendaria resistencia ofrecida por el rey Leónidas y su guardia de 300 espartanos, para contener el avance de un poderoso ejército de 7.000 hombres del rey Jerjes I de Persia, a las puertas de la antigua Grecia, en el desfiladero de las Termópilas, en el año 480 a. C., y que luego fue llevada al cine, en una superproducción dirigida por Zack Snyder, con prodigiosos efectos de ordenador que permitieron adoptar la misma estética gráfica del cómic en la gran pantalla.
Al igual que Frank Miller, nuestro compatriota Enzo Pertile compone su gran fresco historietístico con el mismo estilo de majestuosidad épica, evocando tanto a las clásicas obras de la teatral tragedia griega, como a las superproducciones fílmicas de temas históricos con que grandes realizadores de Hollywood, como Cecil B. DeMille, deslumbraron al público mucho antes de que se inventaran los efectos digitales.
Al igual que el varias veces premiado “300”, este “Vencer o Morir” se expone a la polémica, porque habrá quienes cuestionen su representación museográfica de la historia. Y al igual que en el caso de “300”, habrá que responderles que “Vencer o Morir” no es un trabajo de revisión historiográfica, sino una aventura épica de temática histórica, con el lenguaje del cómic en su estado más puro, técnica historietística o de narrativa dibujada llevada a su máxima expresión, dando como resultado a estos personajes que parecen fugarse desde las estampas de colección de revistas infantiles, desde los manuales escolares, desde los cuadros de museos o desde las estatuas de las plazas populares, para cobrar vida y encarnar la historia, la Gran Historia, viñeta a viñeta, página a página.
En esta novela gráfica están los grandes héroes guerreros, sí. El mariscal Francisco Solano López, tan majestuosamente dibujado y pintado que pareciera que respira. El general Bernardino Caballero, dirigiendo a ese harapiento ejército de niños, y el otro Caballero quizás menos conocido, el que abre la saga, el comandante Pedro Pablo, el héroe mártir de Piribebuy. Y del otro lado el implacable Conde de Eu dirigiendo las tropas brasileñas, o el general Mallet intimando a una rendición que nunca llegará. También están los personajes secundarios y sin embargo esenciales, el maestro Fermín López leyendo poemas en una trinchera a la luz de las velas, o el coronel Juan Crisóstomo Centurión escribiendo sus memorias frente a una ventana, con sus textos panegíricos permeando gran parte de la historia.
Pero principalmente está el pueblo. Anónimo, humilde, heroico. Carne de cañón, o carne hecha cañón. Ancianos sobrevivientes y niños esqueléticos, mujeres sufridas de ropas desgarradas, sombras entre sombras, fantasmas haraposos con banderas hechas jirones, pero siempre con una luz de determinación invencible en las miradas, los rostros crispados en un colectivo grito de batalla. ¡Vencer o morir…!
Con rigurosidad documental, tanto en la fisonomía de los personajes, como en los detalles de las armas y los elementos de época, en la reconstrucción de los uniformes y de los lugares geográficos, pero sobre todo en la espectacularidad de las escenas de batallas, Enzo Pertile se reafirma en esta obra como uno de los mejores dibujantes de historieta que ha dado el Paraguay.
Una historia tan inmensa merecía una narración grafica majestuosa, que permitiera memorarla en una dimensión única. Enzo Pertile ha respondido al desafío.

sábado, 16 de julio de 2011

Una calle para enamorarse

La calle Amorcito es la más artística y romántica de todo el Paraguay. Historias de pasión pintadas en el paisaje cotidiano de Tañarandy, Misiones.

Hay un lugar al Sur del Edén donde no reinan el asfalto ni el empedrado, ni hay carteles de neón u ómnibus en loca carrera contaminando el aire con su humo negro. ...
Si usted viaja desde Asunción, aproximadamente a dos kilómetros antes de llegar a la localidad de San Ignacio, en el Departamento de Misiones, a la mano izquierda de la Ruta Uno encontrará un polvoriento camino de tierra que se interna en medio de un verde valle campesino.
La única referencia visible es un rústico cartel del lado derecho que dice: “Kandire, arte en bambú”. Es una de las dos entradas a la agreste comunidad rural de Tañarandy. No dude en ingresar allí. Será como transportarse a otro mundo.
Apenas haya transitado unos pocos metros, en un recodo del camino se encontrará con otro cartel, esta vez un colorido cuadro de pintura de estilo naif, que representa en cuatro escenas la vida de una pareja campesina. En el primer cuadro, el hombre y la mujer se abrazan y se declaran su amor bajo un cielo de luna y estrellas. En el siguiente, ambos están vestidos de novio ante el altar. En el tercero, el hombre acaricia con ternura la abultada panza de su esposa, y en el último la pareja posa con sus seis hijos, bajo un radiante sol. Debajo de las imágenes, una leyenda le informa que usted ha llegado a Amorcito, la calle más artística y romántica de todo el Paraguay.

El arte que transforma a un pueblo.

Tañarandy es una bucólica aldea campesina, vecina a la ciudad de San Ignacio, donde hace más de una década se inició un revolucionario proceso de intervención artística, dirigido por el artista plástico Koki Ruiz, junto a un grupo de jóvenes pintores de la región, que desembocó en un proyecto cultural denominado “el Barroco Efímero”, que encuentra su máxima expresión en las celebraciones anuales de Semana Santa, combinando procesiones a la luz de candiles y antorchas, cuadros vivientes con espectáculos de música, teatro, danza y religiosidad popular, que convocan a miles de personas.
El paisaje cotidiano de esta apacible comunidad rural, de unos 1.500 pobladores, tiene la particularidad de que cada vivienda exhibe frente a su fachada un pequeño cartel pintado con estilo naif, en donde se consigna el apellido del jefe de familia, con una imagen escogida por los moradores y que representa la particularidad de cada uno de ellos: una máquina de coser para la modista del pueblo, una escena de batalla de la Guerra del Chaco para la casa de un ex combatiente, una balanza para el almacén de la esquina.
Murales pintados por las paredes de las casas, juego de puertas o ventanas falsas, caricaturescos carteles de señales de tránsito, y el especial atractivo de intervención artística dado al pequeño templo oratorio, han transformado a todo el pueblo en una especie de gran galería de arte al aire libre.
Y entre los múltiplos atractivos, la calle Amorcito exhibe una particularidad singular, entre la picardía folklórica y el romanticismo.

La calle de los amores florecidos.

El pintoresco nombre de la calle Amorcito nació al inicio de la experiencia cultural, cuando el grupo de jóvenes pintores que entonces conformaban el taller artístico de la Fundación La Barraca decidieron darle a una de las calles de Tañarandy un toque especial, con pinturas y refranes de escenas románticas.
“Casualmente, sobre esa calle vivían unas hermosas chicas de quienes los jóvenes del taller estaban perdidamente enamorados. Entonces, cuando comenzamos a pensar en qué nombre le íbamos a dar al lugar, uno de los pintores comentó: ‘En esa calle vive mi amorcito’. Al instante, otro exclamo: ‘¡Y llamémosle calle Amorcito, entonces!’. La propuesta fue muy festejada, y así quedó”, narra el pintor y escultor Koki Ruiz.
El equipo dirigido por Koki e integrado por talentosos pintores locales, como Cecilio Thompson y Teodoro Meza, realizaron las primeras pinturas, con la activa participación de los propios moradores.
El proyecto se concibió como un largo corredor de arte an la intemperie, en donde cada poste de alumbrado público, cada cercado, cada vivienda, cada elemento del entorno es integrado como obra de expresión creativa.
La mayoría de los motivos de las pinturas en las paredes de las casas se eligieron a pedido de los moradores. Así, la familia Ojeda pidió que se pinte en la puerta del pequeño oratorio una imagen de Santa Lucía, a quien en esa casa rinden culto desde varias generaciones. En cambio, los niños de la familia León pidieron a los artistas que pinten a su brava mamá montando precisamente a un león. A lo largo de la calle, los artistas fueron además diseminando carteles con ñe’enga y frases románticas, que en muchos casos encerraban mensajes en clave para alguna muchacha destinataria de sus amores.
Varios años después, muchas de las pinturas empezaron a desteñirse o a borrarse por la acción del sol, el viento o la lluvia, lo cual motivó un nuevo “operativo repintado”, que se realizó a fines de mayo último, a cargo de un equipo integrado por una nueva generación de artistas, como la joven Cheli Thompson, quien restauró varias de las pinturas de su padre Cecilio, ya fallecido, y agregó otra nuevas. El operativo fue acompañado por creativos de la agencia publicitaria Oniria y registrado documentalmente por la cineasta Renate Costa, celebrada directora del filme “Cuchillo de Palo”, quien está dirigiendo un audiovisual sobre la experiencia artística de Tañarandy.
Orgullosos de las maravillas artísticas que pueblan su calle, los tañarandyenses reciben con amabilidad a los visitantes, invitan con agua fresca y comparten su alegre modestia, mientras cuentas las historias que dieron vida a cada uno de los cuadros. Y desde hace algún tiempo se ha empezado a difundir la leyenda de que la calle Amorcito es el mejor lugar para enamorarse.

lunes, 16 de mayo de 2011

Días y noches en que el amor a la Patria se hace multitud

El Bicentenario despierta un sentimiento de paraguayidad que no se ha visto fuera de contiendas bélicas o conflictos. "Es un Marzo paraguayo con alegría y sin violencia", define Milda Rivarola.


Por Andrés Colmán Gutiérrez
andres@uhora.com.py

Faltan menos de dos minutos para la medianoche que marca la histórica frontera entre el 14 y el 15 de mayo de 2011, y Karen trata de que el viento no le apague el candil encendido entre las manos. Su novio Robert alza una leve muralla protectora con la bandera tricolor que lleva atada como una capa de superhéroe sobre la espalda, y entonces ambos sonríen al ver que el fueguito se aviva, como si fuera la misma inexplicable llama que sienten en el alma.
La calle Palma está atestada de personas con los ojos brillantes de emoción, mirando hacia el viejo edificio del Panteón de los Héroes, resplandeciente de luces rojas, blancas y azules. La multitud corea las estrofas finales de Patria Querida, mientras la voz quebrada del animador Rubén Rodríguez marca el conteo regresivo hacia la hora cero.
-¡Tres... dos... uno...!
Es el momento en que la alegría estalla, incontenible. La gente salta y se abraza, mientras en el cielo nocturno de Asunción comienzan a florecer los fuegos artificiales. Hay sones del Himno Nacional entremezclados con roncos gritos de júbilo, mientras un grupo de chicos vestidos con remeras albirrojas empiezan a entonar a grito pelado la canción cumpleaños feliz... y todos saben que esta vez la homenajeada es una mujer llamada Patria, celebrando sus 200 años de vida independiente.

TÚNEL DEL TIEMPO. Un chico con uniforme de prócer de 1811 se cruza con un melenudo roquero heavy metal y ambos se saludan chocándose las palmas de las manos. Una matrona con kygua vera y vestido de salón del Siglo XVIII posa frente a la casona de los Martínez Sáenz... y en seguida alza la foto desde su teléfono celular para que sus amigos la puedan ver en las redes sociales Facebook y Twitter, en internet.
Las calles de Asunción, en estos días y noches de celebración bicentenaria, parecen escenarios de una película de ciencia ficción, en donde alguien dejó abierto el portal ultradimensional del túnel del tiempo. Un pregonero del gobernador español Velasco lee un bando real sobre el pago de impuestos a la Corona, mientras una adolescente posmoderna escribe frente a él en su laptop conectada a un modem.
La escenificación del antiguo y legendario Mercado Guasu, en las plazas del centro, a cargo de un grupo de actores de teatro, permite conectar el pasado con el presente y hacer que la historia vuelva a vivir de manera didáctica y vivencial ante los ojos de niños y jóvenes del Siglo Veintiuno.
"¿Era así, mamá? ¿Por qué cargaban así a su pobre burrito? ¿No había colectivos para viajar?", pregunta una curiosa y admirada niña a su madre, ante el cuadro de las burreritas cargadas de productos del agro, trotando cansinamente rumbo al mercado.

LA INVASIÓN CÍVICA. "¿De dónde ha salido tanta gente...?", se pegunta una colega periodista, asombrada por el hormigueo humano que desborda las plazas y las calles, en un inusitado clima de fiesta y de emoción a flor de piel.
"Esto es como un Marzo Paraguayo al revés, una manifestación popular colectiva pero sin violencia, algo que no se ha visto antes en circunstancias que no fueran de contiendas bélicas o de conflicto social", exterioriza la historiadora Milda Rivarola, tras asistir al multitudinario festival en la fachada litoral del Palacio de López, comparando con la gesta ciudadana de marzo de 1999, en que la población salió masivamente a sitiar los espacios públicos para defender la institucionalidad democrática, pero al precio de ocho muertos y centenares de heridos.
Esta vez la masiva ocupación cívica del centro de la ciudad ocurre con sonrisas en los labios y con lágrimas de emoción en los ojos, con una motivación que a los propios protagonistas les cuesta definir en palabras.
"No sé muy bien qué es lo que siento. Es una gran emoción en el corazón por el hecho simple de ser paraguayo y haber nacido en esta tierra, aun con todos nuestros problemas. Tengo unas ganas tremendas de echarme a llorar, pero de alegría, al ver tantas banderas paraguayas, al escuchar el Himno, al escuchar que la gente habla en guaraní, al abrazar a mis compatriotas, sin importar de qué partidos políticos sean. Es hora de unirnos y de hacer algo grande por este país", resume, con la voz quebrada por un llanto contenido, Ramiro Montiel, 36 años, comerciante, mientras sostiene sobre sus hombros a su hijita Lorena, quien hace flamear una banderita tricolor al aire de la noche, como si con ella acariciara el cielo... o quizás el futuro.

viernes, 15 de abril de 2011

Joaquín Sabina en Paraguay: ¿Quién nos regala el mes de abril?



El más exquisito literato de la canción iberoamericana regresa a Asunción tras 14 años. Sus versos arañan los puntos más hondos y vulnerables del alma humana.


Andrés Colmán Gutiérrez

Cuando el trovador de Calle Melancolía salió al escenario del Club Sol de América, con esa voz aún no tan desgarrada, a enfrentar por primera vez a un público paraguayo, se llevó una grata sensación: la multitud que colmaba ese tinglado de horrible acústica reverberante, conocía y coreaba de memoria todas las letras de sus canciones, como si él siempre hubiera estado aquí.
Era la noche del 9 de julio de 1997 y ningún tren salido de la estación de Linares Baeza había pasado por tierras guaraníes. Aunque ya una creciente logia de sabineros se extendía a lo largo de toda América, aquel músico canalla de chaleco multicolor y sombrero bombín había llegado a un país hasta entonces misterioso y desconocido, sin saber lo que iba a encontrar.
Se reveló sorprendido y emocionado en el momento en que las miles de gargantas roncas coreaban a una sola voz: “hoy amor, como siempre, el diario no hablaba de ti…”. Se mostró casi con vergüenza de haberse estrenado en Asunción con “Viuda e hijos, en paños menores”, un espectáculo acústico y minimalista, pensado inicialmente más para giras en teatros íntimos que para conciertos masivos, con un ajustado repertorio marginal, secundado por la dulce voz de Olga Román y la complicidad instrumental de sus fieles músicos Panchito Varona y Antonio García de Diego.
“Tendremos que venir otra vez, para ofrecerles una muestra más completa de nuestro trabajo…”, anunció entonces, acaso sin saber que iban a pasar catorce años, tanta agua bajo los puentes, para que pudiera cumplir aquella promesa.

Sabina en carne viva.
De aquella noche de resonancias poéticas, seguida de leyendas urbanas que relatan una sabinesca expedición pos-concierto en la madrugada asuncena, con historias nunca confirmadas (ni desmentidas) de su paso por el mítico y pecaminoso Karin Club, donde quizás conoció a La Magdalena Guaraní… hasta este anhelado domingo 17 de abril, en que El Penúltimo Tren recalará en la estación del Yacht y Golf Club Paraguayo, han transcurrido tantos discos, versos, recitales, humo, dulces hoteles, ruidos, cigarrillos, wiskys, besos, drogas, marichalazo, alivios de luto, nubes negras, números rojos…
El Sabina que regresa, tan joven y tan viejo, es el mismo pero es otro: el que burló a la muerte aquel agosto de 2001 cuando un ictus cerebral lo dejó tendido en el piso de su departamento madrileño, el que ahora canta “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos”, pero aún sigue “jugándose la boca” en cada verso y en cada bocanada de aire…
Nacido como Joaquín Ramón Martínez Sabina, en la agreste Úbeda de la española Jaén, el 12 de febrero de 1949, hijo de un inspector de policía, supo escapar a su marcado destino de maestro de escuela, para convertirse en el más exquisito literato de la canción iberoamericana actual, un letrista capaz de encontrar el verso justo para arañar los puntos más hondos y vulnerables del alma humana.
Heredero de Dylan y Serrat, de Borges y Vallejo, de León y Quiroga, de Gardel y José Alfredo, nadie como Sabina para hallar el “adjetivo, inspirado y posesivo, que te arañe el corazón”. En medio de tanta canción comercial, amoldada a las exigencias del mercado, que relatan irreales historias de amor de novela rosa edulcorada, Sabina se atreve a nombrar lo innombrable, a revelar esos contradictorios y oscuros sentimientos que a todos nos asaltan, pero que nadie quiere (o puede) transparentar con prosa tan exquisita: “De sobra sabes que eres la primera/que no miento si juro que daría/ por ti la vida entera / y, sin embargo, un rato, cada día/ ya ves, te engañaría con cualquiera/ te cambiaría por cualquiera”.
“Es un autor gigante entre los más grandes de la canción y el rock, aristócrata de las profundidades del idioma, de la melancolía, del whisky, de la noche y de las senti-mentiras piadosas”, lo definió el músico argentino Andrés Calamaro.
Bienvenido, Joaquín. Hoy tenemos contigo más de cien canciones, más de cien motivos, para no cortarnos de un tajo las venas. Más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras que valen la pena.