jueves, 16 de agosto de 2007

El mundo es una sandía


El camino desaparece entre los yuyales y hay que adivinar el rumbo para volver a encontrarlo. Cuando ya la camioneta está a punto de desarmarse entre pozos y zanjas, el guía anuncia que por fin llegamos al asentamiento Tercera Línea de Itanará, Canindeyú.
-¿No les molesta si nos desviamos hasta una escuelita? -pregunta el ingeniero José Brítez, el agrimensor que hace de guía-. Necesito dejar un regalo prometido.
Más pozos y zanjas, hasta que al final la escuelita aparece al fin de la curva. Rancho de tablillas y troncos pintados con cal lavada. Una bandera descolorida flamea con atrevimiento en un mástil de takuara. Niños descalzos y harapientos, caritas de tierra y miradas llenas de preguntas, se nos lanzan encima antes de que se detenga el vehículo.
-¡Ingeniero... ingeniero...! -gritan los mita'i, felices de reconocer al guía, quien los saluda y baja una caja de cartón de la carrocería.
Un hombre flaco y desgarbado, de sonrisa radiante, se acerca. El ingeniero lo presenta como el profesor Francisco Ortíz, único maestro.
-Aquí está lo que prometí, profesor... -dice el ingeniero, mientras entrega la caja ante la mirada emocionada de los niños.
-¡Qué suerte...! ¡Por fin voy a poder enseñarle bien a los chicos y don Rojas se va a librar de que le sigan robando sus sandías! -exclama el maestro, mientras empieza a abrirla.
Los niños expectantes forman un desordenado cerco alrededor. Los dedos del profe tardan una eternidad en terminar de abrir la caja, y cuando por fin sus manos extraen lo que hay adentro, un murmullo de sorpresa y admiración escapa de las gargantas infantiles.
-¿Ven...? Esta es la forma del mundo, del planeta Tierra... -les dice el profesor, mientras exhibe un colorido globo terráqueo ante sus ojitos maravillados. Luego, con un bolígrafo, les va mostrando cual es el continente americano, el Paraguay, Canindeyú, Itanará, un puntito que señala donde queda exactamente la escuelita, apenas una manchita en la inmensidad terrestre.
Los niños se llevan el globo adentro del aula como si fuera un santo en procesión. Me acerco y le pregunto al maestro cómo es la historia esa de las sandías.
Y entonces él me cuenta...
Los niños del asentamiento nunca en su vida habían visto un globo terráqueo. No tenían la más remota idea de la forma que tenía el mundo.
Hasta que un día, camino a la escuela, al cruzar por la chacra de don Rojas y ver las verdes y redondas frutas de sandía, al profesor se le ocurrió la idea. Al ver que no había nadie en las cercanía, se apoderó de una de las frutas y la tapó con su campera. "No es un robo, sino una expropiación para uso escolar", se convenció a sí mismo.
En el aula puso la sandía sobre una mesita. Con una tiza blanca dibujó laboriosamente los mares y continentes sobre la corteza. Luego, convocó a los niños.
-Miren, chicos... ¡El mundo es redondo como esta sandía!
-¡Aaaahhh...! -exclamaron los mita'i.
Desde entonces, diariamente, el profesor Francisco siguió con su método de "expropiación para uso escolar", aunque cada vez más temeroso, porque uno de los alumnos le contó que Don Rojas había amenazado públicamente con castrar al ladrón de sus sandías, si llegaba a descubrirlo.
Para mayor desilusión, el maestro se fue dando cuenta de que su método no resultaba tan pedagógico, pues a los alumnos les importaban poco los países pintados en la corteza y preferían escudriñar el subsuelo con un cuchillo de cocina, levantar con avidez las capas subterráneas, devorarlas con hambre caníbal hasta que no quedaran ni vestigios de mares y continentes, de selvas y cordilleras, para finalmente pelearse por el resto del rojo núcleo del planeta, chupándolo hasta las últimas semillas, de manera que se quedaban nuevamente sin conocer la exacta ubicación de Noruega o de Australia, pero al menos retenían la grata sensación de un fresco y dulce bulto geográfico en el estómago.
Ahora, sin embargo...
El relato es interrumpido por un agudo grito que llega desde el interior del aula.
Alarmado, el profesor corre hacia el lugar y todos lo seguimos, temiendo que hubiera ocurrido alguna desgracia.
Pero no... No era nada muy grave.
O sí.
Simplemente, uno de los chicos había intentado partir en dos el nuevo globo terráqueo, con un cuchillo de cocina.

4 comentarios:

  1. Muy bueno el blog, me gustó tu presentación...
    Soy un náufrago sideral que arroja mensajes en botellas recién vaciadas de vino rojo...

    Abrazo fuerte desde Argentina...
    Gastón

    PD: visita mi blog
    http://www.cuarto-menguante.blogspot.com/
    Soy de Buenos Aires, y tengo 17 años.

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  2. Gracias, Gastón. He visitado tu blog y me encanta descubrir que a pesar de tu juventud sos un gran poeta y además tenés muy clara la película. También me agrada ver que compartimos muchas afinidades. Estaremos en contacto. Otro abrazo.

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  3. Excelente articulo, sorprende la candidez de los protagonistas con la cruda realidad que les toca y nos toca en suerte vivir a los que habitamos esta tierra guaranì.
    Me tomo la atribución de utilizar este espacio para manifestar mi desaprobación por el destaque que el diario da a la extinta Lady Diana, fuimos saturados por años con noticias ,chismes y desatinos sobre quien fuera el mas insípido producto de venta de los diarios como para que diez años después se siga con el mismo relleno. Interesa realmente esto? Es sincero recordar sus obras de caridad desde el lujo y frivolidad y la fanfarria de los flashes alrededor? Lo que si puedo lamentar es la contemporaneidad con la muerte en segundo plano de Teresa de Calcuta. Por lo visto para algunos, el mundo sigue siendo una sandia…

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  4. André, coincido contigo. El tema de Ladi Di tampoco me interesa, pero parece que a mucha otra gente si, pues en la versiòn digital del diario fue uno de los artículos más leídos. Ya sabemos que calidad no es cantidad, ni lo masivo es lo más importante, pero el periodismo también vive de eso. Les paso tu inquietud a los compañeros que editan el diario. Por mi parte, como verás, trato de aportar contenidos alternativos o diferentes. Un saludo fraternos.

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