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lunes, 26 de febrero de 2018

El trueno entre las sábanas

Un cuento de Andrés Colmán Gutiérrez

Ilustración de Juan Moreno


L
a espasmódica lancha militar, cargada de jóvenes reclutas, atracó en horas de la tarde junto a las altas barrancas de Puerto Casado. Augusto había hecho la mayor parte del viaje acodado en los bordes de la embarcación, observando el paso de las aldeas, devolviendo el saludo de los pobladores y apreciando las fugitivas siluetas de las palmeras en el agreste paisaje costero. Después del mediodía, las altas chimeneas de la fábrica emergieron en el horizonte.
–¡Tengan cuidado al bajarse, reclutas! –gritó un oficial desde la proa– ¡Manténganse en fila, que van a ser inspeccionados…!
Junto al muelle había buques artillados y lanchas cargadas de provisiones, varias tiendas de lona, camiones y tropas de soldados en marcha.
–¡Ya estamos en el Chaco, Carpincho! ¡Comienza la gran aventura…! –exclamó Carlos, mientras recogía la pesada maleta que traía consigo, como si iniciara una gira por Europa.
Augusto llevaba un raído bolso de lona, el mismo que lo acompañaba desde Iturbe con un par de camisas y pantalones, calzoncillos, medias, toalla, navaja, linterna, cuaderno, plumas y media docena de libros. Mientras subían por un precario puente de maderas, contempló las escenas con la misma voracidad con que miraba todo desde que se fugaron del Colegio San José, ilusionados con sumarse a los batallones de soldados que iban a pelear contra Bolivia.
En la fila tras bajar a tierra, se encontró frente una mesa y a un severo oficial con una planilla, que lo miró inquisitoriamente.
–¿Nombre y edad…?
–Augusto José Antonio Roa Bastos, 18 años, mi capitán.
–¿Mba’e…? Soy sargento. ¡Pero usted no tiene 18 años…! ¡A ver, sus papeles!
Tratando de disimular su nerviosismo, el adolescente le pasó una arrugada partida de nacimiento.
–¡Acá dice que tiene apenas 16! ¿Se escaparon de la escuela…? –le reprochó el militar.
–¡Queremos ir al frente a pelear por la Patria, mi sargento! –contestó Augusto, tratando de que su voz no sonara tan infantil–¡Estamos preparados…!
–¡El general Estigarribia me va a mandar fusilar si envío a otro mita’i tepotí al frente…! ¡No…! ¡Se van a quedar aquí, trabajando como tambovera! ¡Llévenlos a la cocina…!
Dos energúmenos de verde olivo lo agarraron de los brazos. Otros se llevaron a sus compañeros. Augusto se sacudió y trató de liberarse.
–¡No…! ¿Qué hacen…? ¡Déjenme…!
Cuando intentó escapar, uno de los energúmenos lo aferró del cuello, lo alzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo y lo arrojó al suelo con tanta violencia, que al caer levantó una nube de polvareda.
Tosiendo y escupiendo sangre, intentó incorporarse. Al levantar la vista vio unos ajados zapatos de mujer, dos piernas macizas y morenas, un guardapolvo de campaña que alguna vez fue blanco y un picaresco rostro femenino enmarcado por una cofia de enfermera. Con los brazos cruzados, la mujer lo miró divertida y luego le pasó la mano para ayudarlo.
–¿Estás bien, querido…? –le preguntó ella.
–Sí, no fue nada –dijo el chico, mirando al suelo.
La mujer tendría unos 25 años de edad y parecía deleitarse al sentir que los oficiales y soldados la miraban embobados.
–Sargento Silva, necesito un ayudante en la enfermería. ¿Me puedo quedar con este? –dijo la mujer, tomando a Augusto del brazo como si fuera una mascota, mientras encaraba al oficial de las planillas.
–Otra cosa lo que vos buscás, Salu-í –respondió Silva, clavando en ella sus ojos lujuriosos–, pero está bien. Quedate con él. ¡Los demás, a la cocina…!
La mujer ayudó a Augusto a recoger su bolso. Sonrió al sentir que el sargento Silva se le aproximaba por detrás, hasta quedar muy pegado a su cuerpo.
–¡Esta noche te paso a cobrar los favores que ya me debés…! –le dijo.
–¡Ay, che papá…! Siempre que no vengas con las manos vacías…
Salu’i oprimió los cachetes de Silva entre sus dedos con un fingido aire de seducción y después le dio un suave empujón, obligándole a tomar distancia.
–Vení conmigo –Le indicó a Augusto-. No te preocupes, pronto verás otra vez a tus amigos…
Él se echó el bolso al hombro y la siguió.
Mientras iban caminando, pasaron junto a ellos varios camiones, con las carrocerías repletas de eufóricos reclutas.
–¿Van al frente…? –preguntó Augusto–. ¡Quisiera tanto ir con ellos…!
Salu’i lo encaró con un gesto sombrío que alarmó al chico.
–Eso decís porque no sabés lo que hay allá. Yo los veo ir así, tan llenos de vida, pero casi todos vuelven en pedazos… ¡si es que vuelven!
El adolescente sintió que ella no lo entendía, que ninguno de los que estaban allí lo entendían. Se puso repentinamente furioso.
–¡Yo vine al Chaco para vivir grandes aventuras y conocer historias, no para servir en una cocina o un hospital…!
Ella lo miró con severidad maternal.
–La guerra no es una aventura, mita’i. ¡Es una pesadilla!
Siguió caminando, de prisa, con visible enojo. Augusto corrió tras ella. El polvoriento sendero se alejaba de las casas del puerto hacia un sector en donde había enormes galpones y tiendas de carpas con cruces rojas y blancas.
Ella volvió a detenerse y a encararlo de nuevo. Su enojo había desaparecido.
–¿Para qué querés conocer las historias?
–Para ponerlas en un libro. ¡Quiero ser escritor!
Augusto abrió su bolso y le mostró un cuaderno grande, de tapas duras. Ella le guiñó un ojo, sonrió y le hizo un gesto para que la siguiera hacia una de las grandes tiendas. Abrió con la mano una de las puertas de lona.
–Entonces, estás en el mejor lugar. Mirá… ¡aquí están tus historias!
El chico se asomó.
Le costó acostumbrarse a la fresca penumbra de donde brotaba un fuerte olor a matadero, a carnicería, a alcohol y a medicamentos.
–¡Ñandejara…!
Su mirada recorrió en detalles el horrible cuadro. Largas hileras de hombres esqueléticos tumbados en catres, en hamacas o en el suelo. Algunos de ellos no tenían piernas, ni brazos, ni ojos, cubiertos por vendajes sucios de sangre coagulada. Se escuchaban quejidos y gritos de agonía. Algunos médicos y enfermeras intentaban ayudar a disminuir el dolor.
–¡A… gua…! ¡Por favor…! ¡Tengo… mucha sed…!
El quejido de uno de los pacientes, tumbado en uno de los catres, le hizo estremecerse. El hombre tenía los ojos vendados y las manos despellejadas.
–Mita’i, pásame agua de ese kambuchi. ¡Rápido…! –le ordenó Salu’i.
El dejó su bolso en el piso, tomó el jarro de lata y lo llenó con el agua del cántaro, luego lo pasó a la enfermera, quien sentado a la cabecera del herido le dio de beber con ternura.
Él hombre bebió con desesperación.
–Despacito, che papá. Hay mucha agua…  ya nunca te va a faltar –le dijo Salu’i.
Tras agitados sorbos, el enfermo emitió un suspiro e hizo un gesto con la mano de que ya era suficiente.
–¿Ves…? Ahora, descansá. Cuando quieras más, me pedís.
Ella lo volvió a recostar en la cama y lo cubrió con un saco militar.
Después se levantó y salió al aire fresco. Augusto la siguió.
–¿Quién es…? ¿Qué le pasó…?
–Teniente Miguel Vera. Su pelotón se perdió tras las líneas enemigas. Quedaron sin agua, aislados. Estaban condenados. Un camión aguatero fue en su auxilio, cruzando el infierno. Era una misión suicida. Todos murieron, pero Vera se salvó….
Augusto miró hacia adentro de la tienda. El herido parecía sonreír.
–Andá, pedile que te cuente. Llevá tu cuaderno. Ahí tenés para tu historia…
El abrió su bolso, sacó el cuaderno y una pluma. Parecía indeciso. Ella le dio un suave empujón y él entró a pasos lentos. Desde afuera, Salu’i vio que el chico acercaba una silleta junto a la cama del herido y se sentaba a hablar con él, a abrir el cuaderno y empezar a escribir…
Ella buscó un cigarrillo en los bolsillos, lo encendió y fumó con un deleite contemplativo, acodada sobre una cerca que separaba al hospital de campaña del vasto monte chaqueño.
El sol empezaba a caer entre los árboles de karanda’y, pintando de fuego el horizonte. Ella no podía comprender como podían estar matándose en ese lugar tan maravilloso.
Ya había anochecido cuando escuchó la voz de Augusto.
–Salu’i. ¿Qué hacés…?
Sin darse vuelta a mirarlo, ella le preguntó.
–¿Te contó…?
 –Sí. El chofer de ese camión aguatero, Cristóbal Jara, el que murió para salvarlo, ¿era tu…?
El no terminó la frase. Se recostó por la cerca, al lado de ella.
–Sí –dijo Salu’i y le pasó el cigarrillo.
Él intentó fumar y comenzó a toser. Ella se echó a reír. Era una risa tierna, deliciosa. Después él pudo ver como una sombra de tristeza nublaba otra vez su expresión.
–¿Querés que te acompañe a tu casa…? –le preguntó.
–No. Seguro que el sargento me está esperando. No… esta noche no. Mejor vení conmigo, conozco una cabaña abandonada en el bosque…
Ella lo tomó de la mano para cruzar la cerca y lo condujo a través de un tape po’i entre las malezas de espartillo. Caminaron un largo trecho en medio de la espesura, apenas iluminados por la luz de la Luna, hasta que apareció derruida choza de troncos en medio de un claro.
Ella empujó la puerta, que se abrió con un chirrido. Adentro había un catre de madera con pieles de vaca y oveja, una mesa rústica y silletas. Parte del techo estaba caído y dejaba ver un cielo tachonado de estrellas.
Ella encendió un cabo de vela sobre una botella y el ambiente se volvió más agradable.
–Aquí solíamos venir con Cristóbal. Era nuestro refugio.
Él la contempló en silencio, expectante. Ella se sentó en la cama.
Afuera se escuchaba el canto de extrañas aves, gruñidos de fieras que él no alcanzaba a reconocer.
–¿Sabés…? Ese camión aguatero que se perdió en el Chaco… Me hubiera gustador ir con él… Quedarme allá.
El chico se acercó y se sentó a su lado.
–Algún día escribiré esa historia. Y vos irás en ese camión… Te lo prometo.
En medio de las sombras, a él le pareció ver una sonrisa en el rostro de Salu’i.
Luego escuchó su voz, apenas un susurro…
–Vení…
–Salu’i, yo nunca antes…
–Sí, lo sé. No te preocupes, vení…
Augusto sintió las manos suaves que lo aferraban, lo atraían. Sintió los labios a la vez húmedos y ardientes que encendían su piel, mientras afuera se escuchaba el extraño concierto de animales, los sonidos mágicos de la noche chaqueña, que por esta vez quedaba tan lejos del estruendo de los cañones y fusiles.

***

“Teníamos el proyecto de ir a la guerra, a pasarla bien, pero la pasamos muy mal. Primero, porque no nos dejaban ir a ningún lugar que oliera a combate. Yo estuve en el servicio de enfermería, barriendo, levantando camillas, tamboverá eté, soldadito para todo… Había tenido mis primeras experiencias sexuales en Casado, en el Chaco, con una enfermera, con consecuencias ingratas, una infección que coincidió con un paludismo ultragalopante”. 


(Confesiones de Augusto Roa Bastos en el libro “Caídas y resurrecciones de un pueblo” de Rubén Bareiro Saguier.)

jueves, 30 de julio de 2015

Gratitud


Gracias por cada gesto oportuno
por cada travesura cómplice
por tantas risas y sonrisas
por cada abrazo bálsamo
por los silencios que escuchan
por las lágrimas que redimen
por los mensajes en las redes
por las palabras que curan
por la magia que no se explica
por la solidaridad que nos une
por las copas que nos celebran
por los sueños que nos construyen...

(A mis amigos y amigas, en el Día de la Amistad).

martes, 25 de noviembre de 2014

Los inmortales en la madrugada

                                                                                  
Allí estamos todos y todas, en esa clásica pose de turistas provincianos o 'valles' al pie del Obelisco de Buenos Aires, sintiéndonos 'paraguas' conquistadores de la madrugada porteña.
Allí estamos, a pocas horas de internarnos en un cuartel militar de Campo de Mayo y ser descuereados hasta la humillación por los Cascos Azules de Caecopaz - Naciones Unidas, en una semana de torturas a la que eufemísticamente llaman 'Curso para Corresponsales de Guerra'.
Pero eso será mañana... Ahora estamos allí, inmortalizados en la foto (que con toda seguridad la tomó el gran Rene González, ya que es el único que no aparece en cuadro) poco después de la medianoche de algún mes que no recuerdo, pero estoy casi convencido de que el año era 2007.
Estamos allí, quizás un poco ateridos por el frío porteño, lo cual explica las camperas y los abrigos, aunque Rosendo Duarte aparezca en mangas de camiseta, talvez más debido a las cervezas que nos habíamos tomado que a su legendario coraje de corresponsal fronterizo en Salto del Guairá. Yo aparezco en el medio, por pura y simple casualidad geográfica, aunque habrá quien diga que siempre quiero estar en el centro de las cosas (o de las fotos). A mi izquierda está la reina del periodismo del Sur, Clide Noemi Martinez (eso mirado desde nuestra perspectiva, no la del fotógrafo que mira desde el lente de la cámara, ni de quienes ahora miran la foto).Y a mi derecha está él, Pablo Medina, el único del grupo que hoy ya no podrá aparecer nunca más junto a nosotros en ninguna otra foto, porque unos cobardes y asesinos disparos nos robaron para siempre esa posibilidad. A su lado está Mariana Ladaga Pereyras, la tenaz reportera triple fronteriza, junto al veraniego Rosendo. Y del otro lado el siempre pintoresco Hombre del Norte, Alberto Núñez Barreto, que ya entonces compartía destino y competencia con Pablo, en su escarlata Capi'ibary. La postal se completa con el veterano reportero gráfico Anibal Gauto, sobreviviente de tantas batallas periodísticas, que en aquellos días nos prodigó su locura y su talento.
Confieso que extrañaba esta foto.
La recordaba de memoria, porque la había perdido en algún apagón de archivo o apocalipsis informatico... hasta que en estos días Clide me la devolvió en un posteo feibusquero.
Amo esta foto. Parecemos allí todos y todas tan inmortales, tan 'paraguas conquistadores en tierras porteñas', como aquellos antepasados nuestros que hace siglos llegaron desde Asunción a refundar Buenos Aires. Probablemente en esa memorable madrugada de pizzas, cerveza y risas, nosotros no refundamos nada más que la amistad y la camaradería, una idea compartida de periodismo de riesgo, enarbolada por encima de nuestras limitaciones y medios precarios, de nuestros sueños irreales y miedos reales.
Por eso amo esta foto... Porque allí Pablo Medina está tan vivo y presente, y desearía que esta vez la imagen resista a todos los apagones de archivos y apocalipsis digitales, para que lo mantenga (y nos mantenga) a salvo, lejos de narcos intendentes apadrinados por el poder, que se creen dueños de vidas y de países, capaces de ordenar impunemente a oscuros sicarios que nos borren a balazos de las fotos y de la vida.
Amo esta foto... aunque las alcohólicas y fraternas madrugadas periodísticas junto al obelisco porteño se hayan quedado allá tan lejos... y hayamos descubierto de tan cruel y dolorosa manera que no somos inmortales.

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuando matan a un periodista, hieren al corazón de la democracia


De izquierda a derecha: Rosendo Duarte, Clide Martínez, Anibal Gauto, Andrés Colmán Gutierrez, Pablo Medina, Mariana Ladaga, Carlos Alberto Núñez y René González, desafiando a la madrugada bonaerense frente al Luna Park.

Qué terrible noticia, Pablo Medina, la de esta calcinada tarde del jueves 16 de octubre de 2014.
Qué terrible que hayamos regresado otra vez, como en un siniestro túnel del tiempo, a esa angustiosa tarde de hace 23 años, cuando mataron a Santiago Leguizamón en otra frontera, un poco más arriba, también por intentar acallar su voz incómoda.
O a ese otro luctuoso día, hace 13 años, cuando mataron a tu hermano Salvador Medina, en los montes de Canindeyú, para que deje de denunciar el tráfico de rollos de madera, la siniestra red de corrupción y narcopolítica que se ha ido adueñando de los territorios de la patria.
Me acuerdo cuando nos abrazábamos para darnos coraje, en esos encuentros de periodismo de riesgo, en que supuestamente nos adiestraban para burlar al peligro.
Me acuerdo por sobre todo de aquel curso para corresponsales de guerra que nos tocó asistir juntos, en el campo de entrenamiento de la Caecopaz, en Campo de Mayo, Buenos Aires, hace ya algunos años.
Horas antes de internarnos en las trincheras, nos dieron una noche libre, en que nos perdimos por los bares de Puerto Madero. Estaban Rosendo Duarte, Clide Noemi Martinez, Mariana Ladaga Pereyras, Alberto Núñez Barreto, René Gonzalez, Aníbal Gauto. Tomamos unas cuantas cervezas, hicimos muchas bromas, me acuerdo que alguien te puso de apodo "Chupa Pou", porque unos días antes te habían tomado de rehén los indígenas Aché de dicha comunidad, junto a otros colegas, en su conflicto de tierras.
Nos reímos mucho en la madrugada bonaerense, hicimos chistes, tomamos más cervezas, nos abrazamos con afecto de colegas y de buenos amigos.
De esa noche son algunas de estas fotos, que entonces nos sacó René.
Al día siguiente nos metieron a los cuarteles por casi una semana. Nos dieron un casco y una máscara de gas, nos hicieron correr entre obstáculos, arrastrarnos sobre mierda en la oscuridad, saltar a un estanque, quedarnos acostados sobre el asfalto mientras un tanque de guerra nos pasaba por encima, ser secuestrados y aprender a negociar. Supuestamente nos adiestraban para escapar del peligro. ¿De qué te sirvió, querido Pablo…? Cinco certeros balazos de sicario acribillaron tu tenaz labor informativa, junto con los jóvenes sueños de tu acompañante, Antonia Maribel Almada, en una desolada y roja carretera de Canindeyú.
Triste país este, que a veces parece avanzar con luces de esperanza, y en otras retroceder terriblemente hacia los tiempos más grises y las prácticas más oscuras. En estos días, cuando un estudiante chileno era secuestrado por la policía, como si viviéramos en las peores épocas de la dictadura, me preguntaba cuál sería la próxima mala noticia. Nunca creí que sería tu muerte, de la que  tardé en enterarme, porque estaba haciendo tareas de campo en zonas remotas, sin conexión a internet.
Cuando lo supe, gracias a una solidaria llamada de la amiga y colega Susana Oviedo, no pude más que enviar un gran abrazo de solidaridad a todos mis colegas del diario ABC Color, y a todos mis colegas periodistas hombres y mujeres de todos los medios y ámbitos, con quienes comparto este hondo pesar, esta dura indignación, y sobre todo esta certeza reafirmada de que no acallarán nuestra voz, ni lograrán que retrocedamos en nuestra tarea de seguir contando lo que pasa, junto a la gente, siempre con la gente.
Pablo querido, estés donde estés, seguramente ya reunido con Salvador, en tu memoria hago un brindis como aquella madrugada de risas y de abrazos, para vencer al miedo, para darnos coraje, para que estemos juntos, más que nunca, entre nosotros y con la gente buena. Y que no nos cansemos de exigir justicia, en tu nombre y el de todos nuestros colegas asesinados, en la mayoría de los casos todavía en la impunidad.


(Escrito y divulgado en las redes sociales en la tarde del jueves 16 de octubre, a pocas horas del asesinato de Pablo Medina, corresponsal del diario ABC Color, en la región de Villa Ygatimí, Canindeyú, donde dos sicarios lo acribillaron a él y a su acompañante Antonia Almada. Lo rescato en este blog, a pedido de varios lectores).

viernes, 19 de octubre de 2012

Carta escrita desde el borde de la vida



(Una crónica sobre mi primera experiencia como paciente cardiaco en el IPS)

Por Andrés Colmán Gutiérrez

Siempre me pareció una pena que los bebés recién nacidos no puedan atesorar recuerdos de sus primeras sensaciones, al explorar y descubrir el fascinante misterio de la vida.
Al menos, de mi primer nacimiento en Yhú, un ardiente noviembre de 1961, no tengo memorias del sabor de la primera teta materna, ni que habré sentido al oír el arrullo del primer tororé mi  niño, ni como habrá sonado aquella primera voz áspera de papá, ni qué le habrá parecido a mi lengua la primera cucharita arrimada a la boca con algún menjunje alimenticio. Menos todavía recuerdo como habrán sido la forma y el color del mundo en ese edén rural, cuando mis ojos se fueron abriendo para contemplarlo. Solo tengo retazos de nieblas de memoria que ni siquiera sé si son realmente mías, o me las prestaron o inventaron.
En cambio hoy, a los 50 años de mi edad, en esta que considero mi más larga y penosa –pero a la vez desafiante- jornada de lucha contra la muerte y de re-nacimiento a la vida, en este convulsionado octubre de 2012, me estoy haciendo un arcón de nuevos tesoros que me acompañarán seguramente durante el resto de mi todavía obstinada existencia.
Tras interminables días y noches de haberme sentido atrapado en mi ya traqueteado cuerpo, herido e inmóvil, cribado de agujas conectadas a máquinas centelleantes, y tras solo haber podido mirar los mismos monótonos techos y paredes de hospital, pensando qué triste era esa visión si fuera la última del mundo... de pronto, mientras un apurado enfermero me transportaba en una camilla por los pasillos del séptimo piso del Hospital Central del Instituto de Previsión Social, rumbo a la Unidad Coronaria, desembocamos en un sector del corredor con un ventanal panorámico, en donde tuve la visión fugaz pero imborrable de un mágico atardecer sobre la zona costera norte de Asunción, con sus verdes lomadas, con la inconfundible torre de la querida Iglesia de Trinidad sobresaliendo entre todo, y más allá, en el fondo, el largo espejo del río Paraguay abriéndose a los vastos misterios del Chaco, y de pronto… ¡wow…!  me asalta la sensación del primer hombre ante la primera imagen de la creación del mundo.
Quise decírselo al camillero, para quien esa imagen resultaba mil veces rutinaria, tan cansado de recorrerla todos los días que ya ni siquiera se fijaba; quise explicarle lo que significaba para mí, y pedirle que detuviera un momento su burocrática y reiterada marcha para dejarme disfrutarlo… pero solo me salió un hilo de voz.
Así que al no tener conmigo ni el bb ni la nikon que casi siempre me acompañan como parte de mi piel, solo pude pedirle al iris del diafragma de mis ojos heridos que hiciera el esfuerzo de captar la mejor toma posible y que la archivara en una carpeta bien al alcance, entre las muchas que estarán almacenadas en el cerebro, para que estuviera allí siempre, para que no nos permita olvidar nunca -ni a mi, ni a las distintas partes de lo que soy y seguiré siendo- este histórico día en que empezamos a regresar con todas las ganas, desde el borde del abismo de la muerte al imperfecto pero impagable mundo de los vivos.
En pocas horas más iba a descubrir también que el primer sorbo de jugo de naranjas sin azúcar que alguien me dio en la boca, tras tantos días o siglos de solo alimentarme con suero por vía intravenosa, en realidad no sabía a naranja... sino a gloria y a felicidad.
Todavía más, –contra todas mis creencias sostenidas en base al exceso de racionalidad de mi últimos tiempos- iba a poder comprobar personalmente que los ángeles si existen en la tierra… solo que a veces se disfrazan de médicos o de enfermeras para  regalarte pequeños y grandes milagros, fingiendo que son simples sonrisas luminosas, casuales caricias humanas o aburridos informes clínicos.
Pero, como ya les dije… uno no puede reconocer estas pequeñas maravillas de volver a ser un bebé descubriendo el mundo a los 50 años, si no empezara por admitir y asumir que está volviendo desde el borde de la muerte y naciendo de nuevo… y que eso implica asomarse al mundo y a la vida, al todo y a la nada, con ojos totalmente nuevos, con el corazón herido y sobreviviente también renovado, pero sobre todo con un chip mental cambiado para instalar una lógica distinta que médicos, Dios, familiares, amigos y amigas mas queridos, y quienes más fueran, han ayudado a ponérnoslo por delante.
Esto es –en esencia- lo que a mi me pasó y me sigue pasando en estos días. Si se animan a seguirme, déjenme que les cuente en detalle como se produjo este crash en mi vida, que casi me lleva a la muerte, pero que hoy me permite nacer de nuevo, y que va a transformar el resto de lo me quieran conceder de existencia... porque ustedes son parte del apasionante viaje que ha sido mi vida hasta ahora, y no quiero dejar de contar con ustedes en el nuevo itinerario que se me abre.

Letras como lágrimas en la madrugada.

Empiezo a escribir esto en una madrugada de insomnio, desde la sala 710 de Cardiología del IPS. Son casi las 2:05 de la madrugada. Mi gran amigo y compañero querido de tantas aventuras, el fotoperiodista René González, se acaba de marchar, luego de que nos pasamos horas hablando sobre  vida, muerte, salud, filosofía, arte, política, esperanza, futuro. Él estaba volviendo de una larga jornada laboral en Ciudad del Este y se coló a visitarme a tan inusual horario, con esa habilidad que tantas veces le vi desplegar para burlar vallas y prohibiciones y estar siempre justo en el lugar indicado con su cámara. Me hizo muy bien sentir esa camaradería que nos llevó a construir juntos tantos proyectos y reportajes en los últimos años.
Ahora me quedé solo ante la noche inmensa de una Asunción que me saluda con luces surrealistas desde el ventanal. En la cama vecina duerme mi compañero de cuarto, don Juan Samaniego, un curtido y laborioso campesino de la compañía Rincón, Acahay, que arrastra un padecimiento de insuficiencia cardiaca, y con quien nos hemos hecho más que amigos, compañeros solidarios en muy poco tiempo. Al lado de mi cama, tumbada sobre una finita estera plegable, mi hija Sole también se ha quedado dormida. Es su segunda noche de turno como enfermera-familiar acompañante, oficio que ha debido aprender a los 14 años.
Así que estoy básicamente solo en medio de la noche, con el cuerpo dolorido y débil, pero con una inmensa paz de espíritu y la voluntad cada vez más fuerte. Recién hoy me pudieron traer la notebook, me liberaron del suero que me mantenía el brazo prisionero y me han dicho que puedo escribir tranquilo, siempre que no me agite ni me produzca mucho esfuerzo físico. Lo voy haciendo por parte y con pausas, como en los programas de tevé.
Todavía no pude terminar de leer los cientos de mensajes en el mail, en  el twitter, en el facebook, porque muchos me hacen llorar inevitablemente (y los médicos me recomiendan que no me emocione mucho, ¿cómo se logra eso?). No puedo evitar sonreírme. Yo, que siempre me creía tan duro, llorando ante los mensajes que ustedes me dejaron, y que me siguen dejando. Es un llanto manso y dulce que lava el alma, que renueva, que fortalece…. Gracias. De verdad.
Pero como a la vez encuentro a varios y a varias que me piden que les cuente como llegué aquí, y qué va a pasar conmigo, esta carta es también para eso, aunque esencialmente sea para sacarme de adentro el vendaval de palabras e ideas que se me han ido arremolinando en todas estas largas horas.
Así que les advierto: Será una carta un poco larga, y tal vez con agregados posteriores. Pero no solo es parte de mi necesidad comunicativa y a la vez deuda pendiente con ustedes, que están siempre allí, al otro lado de lo que escribo, y que me dan la razón de ser palabras o imágenes sobre papel o pantalla, sino es también parte de mi terapia. 
Los médicos me recomiendan que haga lo que más me gusta hacer... y escribir lo es. Así que, aquí vamos…

El día en que me falló el corazón.

En la tarde del viernes 12 de octubre, en una breve salida a pie para hacer una gestión en el centro de la ciudad, desde mi puesto de editor periodístico de la Sección Sucesos en el diario Última Hora, sentí una ligera opresión en el pecho y que me faltaba aire.
Como hace algunos años me habían detectado diabetes e hipertensión –males para los que tomo regularmente medicamentos-, pensé que se trataba de una subida en los picos de glucemia y presión, así que me detuve, respiré profundamente, y al sentir que volvía a la normalidad, proseguí la caminata. Los médicos creen que el inicio del infarto fue ya en ese momento, y que si hubiera acudido al instante a tratarme, la historia hubiera sido algo distinta. Pero yo ni me imaginé que sería algo cardiaco (nunca antes tuve síntomas en ese sentido) y regresé a la Redacción, a concluir mi tarea, que me llevó hasta muy tarde de la noche, ya que el subeditor de la sección se hallaba de vacaciones y me tocaba asumir casi todo el compromiso. 
Volví luego a mi casa ya casi a medianoche (vivo solo en un departamento), pensaba prepararme una cena liviana y descansar, pero un vecino me recibió con una sonrisa y una parrilla atractivamente humeante: era su cumpleaños y me invitaba a compartir la fiesta familiar. La eterna lucha entre la prudencia y la tentación. La necesidad de descomprimir tantas horas de tensión y de trabajo sedentario en la Redacción. Una linda plática entre vecinos, tragos de cerveza muy helada, y algunos apetitosos trozos de carne asada, probablemente con más gordura de lo conveniente, hicieron lo suyo.
Al día siguiente, sábado 13, me desperté como a las 9 de la mañana, con una leve opresión en el centro del pecho. Me costaba respirar, me sentía fatigado. Aun así no se me ocurrió pensar que fuera un problema cardiaco, seguía creyendo que solo había abusado bastante de mis niveles de azúcar e hipertensión. Me bañé, tomé mis antidiabéticos e antihipertensivos. Sabía que me esperaba una ardua jornada para preparar la edición dominical, pero no me sentía bien, así que llamé por teléfono a Miguel Ortíz, gran amigo y mi editor jefe, le dije que iba a consultar con un médico y que luego le avisaba. Se mostró muy preocupado y me pidió que lo tenga al tanto. Saqué el coche y fui manejando solo hasta el Sanatorio Español. Me sentía dolorido y debilitado, pero dueño de la situación, tan autosuficiente como siempre, y en realidad lo que más me preocupaba era todo el trabajo que me aguardaba. Solo esperaba que el médico me diera algo para pasar el dolor y poder seguir. Ya lo saben quienes me conocen más de cerca: La inconsciencia y la soberbia personificada.
Tuve que esperar como veinte minutos hasta que el médico de guardia se desocupe. Me escuchó atentamente y me auscultó. Ordenó exámenes de sangre, placas radiográficas del tórax y finalmente un electrocardiograma. Era ya cerca del mediodía. Cuando tuvo en sus manos la larga tira de papel que mostraba en rayas oscilantes la evolución de los latidos de mi corazón, vi que su rostro se ensombreció. “¿Me permitís que llame a un cardiólogo especialista?  Parece que tenemos un problemita”, me dijo.
El doctor Sosa no tardó mucho en llegar, a pesar de que estaba en otro hospital distante. El me confirmó lo que yo prácticamente ya presuponía: “Tuviste un infarto, compañero. Y no es macana… Hay que tratarte ya, urgente”.
Lo demás, a partir de allí, fue vertiginoso. La propia directora de Última Hora, mi gran amiga y compañera de labor hace tantos años, Miriam Morán, llegó en muy pocos minutos y se encargó personalmente de trasladarme con rapidez a Urgencias del Hospital Central de IPS, donde el personal ya estaba sobre aviso, aguardándome.  Yo ya había llamado por teléfono a mi hermana Azucena, pero ella estaba con su marido en Encarnación, en una reunión de la que tuvieron que salir sin tiempo a dar muchas explicaciones y emprender viaje a la capital. Mi otra hermana, Odu, apenas lo supo tomó a sus dos hijas y partió raudamente en otro vehículo desde Ciudad del Este.
Así que cuando me ingresaron a Urgencias de IPS, en la tarde del sábado 13, hasta la noche del domingo, yo ya no pude hablar personalmente con ninguno de mis familiares. Ellos afuera tampoco tenían mucha información, y solo después me contaron que anduvieron durante mucho tiempo buscándome afanosamente, sin que les pueda dar datos certeros del lugar en que me encontraba, ni de la gravedad de mi estado de salud.
Las visitas y el uso de celulares dentro de Urgencias IPS están totalmente vedados, así que yo no tenía ningún medio de comunicarme con mis familiares y la incertidumbre de no saber de ellos y que ellos no supieran de mi, por momentos me pesaba quizás mucho más que el dolor provocado por el infarto.

Las luces y sombras del nuevo IPS

Yo nunca antes estuve internado en IPS, a pesar de que soy asegurado desde que fui contratado por primera vez en el diario Última Hora en 1979, cuando apenas tenía 18 años.
Siempre tuve prejuicios y recelos sobre los servicios médicos de la institución, por los muchos reclamos que siempre recibíamos de los usuarios desde mis inicios como reportero, por las tantas investigaciones periodísticas en que fuimos destapando casos de tragadas de plata y otros hechos de corrupción, por las crónicas sobre el interminable calvario de la gente que formaba colas ante las ventanillas para sacar turnos con meses de antelación.
En lo personal, muchas veces preferí pagar consultas privadas o manejar seguros alternativos, antes que perder tiempo gestionando turnos, pero desde hace algunos años muchos colegas y amigos me fueron transmitiendo historias que retrataban  los esfuerzos de mejoría que se había logrado en el IPS, y me insistían convencidos de que en muchas áreas médicas es lo mejor que tenemos. Esa idea  y la frase del médico que me detectó el infarto en el Sanatario Español me convencieron rápidamente: “Mucho de los mejores especialistas paraguayos en cardiología están en el IPS y tienen los mejores equipos”.
De los dos primeros días en que estuve ingresado e internado en Urgencias de IPS, me quedan, sin embargo, impresiones contradictorias y algunas muy marcantes.
Aunque la atención que me dieron fue inmediata y constante en todo momento, con abundante monitoreo y medicación, debo admitir que no ayuda mucho a la presuntamente necesaria tranquilidad que necesita un enfermo coronario que te ubiquen en una sala que por momentos se parecía –por el trajín, no por la infraestructura, aclaro- a un hospital de campaña en medio de un frente de guerra.
Yo estaba en una camilla pequeña, totalmente conectado a todo tipo de aparatos,  muy bien monitoreado, en una sala moderna y bien refrigerada, pero desde allí veía en primera fila el incesante desfile de ingresos de pacientes con los más distintos cuadros, con médicos y enfermeros reaccionando en medio de gritos, carreras, desesperación muchas veces, con un entrechocar constante que por momentos me hacía sentirme en los peores momentos de Emergencias Médicas. Una situación privilegiada que me hubiera gustado vivirla penamente desde adentro como un cronista de historias, pero no como un paciente con "infarto agudo de miocardio" (asi dice textualmente el diagnóstico) en vías de reanimación y con un panorama aún incierto, como era mi caso. Es un cuadro literalmente "no apto para cardiacos".
Me marcó mucho el caso de don Higinio, un señor campesino bonachón a quien colocaron en una cama al lado de la mía, también víctima de infarto, con quien mantuve una solidaria conversación en guaraní durante varias horas, buscando distraerlo y distraerme, hasta que de pronto se disparó el ruido de la alarma, las carreras, los gritos, las desesperadas técnicas de reanimación, hasta que… biiiiiiiiiiiiiiiiiip… solo sobrevino el sonido inconfundible, quedo y estático de la muerte. ¡Mi vecino de cama acababa de abandonarme para siempre...!
En pocas horas más, varios otros “óbitos” (como aprendí que le dicen en la jerga médica a los casos en que van perdiendo en esa heroica pelea cotidiana contra la muerte) desfilaron frente a nuestros ojos. Nada muy estimulante para un paciente coronario. Una enfermera me lo explicó así: “Si, yo sé que a ustedes los enfermos coronarios les hace mal ver toda esta carnicería, pero lamentablemente no hay otro lugar donde ponerles”.  Agradecí que mi oficio periodístico me ayudó a no ser tan impresionable ante situaciones así.
Para  mí,  esos primeros sábado y domingo que estuve en Urgencias IPS fueron probablemente los más largos y angustiosos de mi vida. Allí no hay relojes en la pared, así que uno no sabe si es día o noche, si continua siendo ayer o ya es mañana. No hay nada qué leer, nada en que distraerse, ningún otro elemento que no sea el desfile incesante del drama de los demás enfermos y la pelea minuto a minuto de los médicos. Uno ansía ver un rostro amigo, una palabra al menos que te traiga alguna señal del mundo exterior, saber si tus familiares están afuera pendientes de vos… pero todos los lazos están cortados.
Aun así, el sábado a la noche conseguí la complicidad de una enfermera solidaria, que consiguió meter de contrabando por algún rato un teléfono móvil celular, con el cual pude hablar con mi cuñado Cristian. Sentí que la angustia se me quitaba del pecho, al escuchar voces queridas, y enterarme de que había mucha gente afuera inquietada y hasta rezando por mí. También pude entrar fugazmente al twitter y ver una larga lista de mensajes que me deseaban fuerza y pronta recuperación. Las lágrimas empezaron a brotarme, incontenibles. Todavía tuve tiempo de escribir y enviar un tuit agradeciendo, antes de que un caballero de la inquisición blanca me descubriera infraganti con el celular en las manos y me lo arrebatara, devolviéndolo al exterior. Pero yo ya estaba feliz: había hecho contacto con el mundo y sentía un nuevo bálsamo que ni las muchas sondas que me penetraban el cuerpo habían logrado antes. (Esto va en serio, queridos médicos y médicas especialistas en cardiología: alguien debería estudiar lo que puede aportar la energía invisible de las redes sociales en casos como estos, antes que proscribirlo  tan tajantemente).

El otro IPS.

El domingo a la mañana pasó a visitarme el director médico del Hospital Central del IPS, doctor Vicente Ruíz Pérez. Supe después que es hermano de mi admirado y entrañable amigo Koki Ruiz, alma mater de la revolución del arte en Tañarandy. Me dijo que estaba siguiendo la evolución de mi caso, y que la prioridad era conseguirme una cama en la Unidad Coronaria (UCO), pero que estaba resultando difícil, pues todo estaba muy saturado, pero que la atención desde Urgencias iba a ser toda la necesaria.
Supe por él que destacados colegas y hasta influyentes personas del mundo político llamaron a interceder para que me den una cama en la Unidad Coronaria,  lo cual me creó sentimientos contradictorios, ya que no deseaba obtener privilegios solo por ser un periodista conocido, pero por otro ansiaba que mis ganas de pelear contra la muerte pudiera darse en mejores condiciones.
Ese día además se colaron a verme otros amigos médicos que pasaron a visitarme, y me dieron buen ánimo. Ya me llegaban mensajes con más frecuencia y sentí que se estaba tejiendo una red de energía solidaria que me envolvía de manera muy positiva. Mi primo Mauro también en algún momento logró colarse, pero como me encontró dormido, me dejó unos libros junto a la almohada, que fueron desde entonces mi compañía salvadora. Mauro se quedó varias noches a acompañarme en las horas mas densas, pero esa solidaridad mutua es una historia que viene desde nuestras infancias en Yhú.
El domingo a la tarde, Urgencias colapsó y me pasaron a la sala contigua, a la que llaman Nivel 2. Aunque es una sala mucho más atestada y caótica, la buena noticia es que allí sí me podían entrar a ver familiares. Y así fue. Por primera ver pude sentir de cerca a mis hermanas, a mi hija, a mis sobrinas, ver sus rostros radiantes por el reencuentro, pero a la vez angustiados ante el cuadro que veían alrededor mío. Creo que hicieron oír sus quejas a niveles de contactos que ellos tienen con gente de Gobierno, y sé que eso generó incomodidad.
Minutos más tarde, la voz de una enfermera que para entonces ya se había convertido en mi ángel guardián favorito, me pasó el dato: “Ya te consiguieron una cama en la UCO. En un rato vienen a buscarte”.
Fue el inicio de un viaje a otro IPS que yo desconocía. Un largo recorrido en camilla por túneles laberínticos y ascensores de distintas eras, hasta desembocar en una sección futurista, en el séptimo piso, que parecía salida de las series de tevé yanqui sobre enredos médicos. Cuando mi cuerpo fue depositado sobre una cama amplia y mullida, dotada de mandos electrónicos que me permitían regular las más diversas posturas, sentí que de ser el incomodo paciente de un hospital de campaña había pasado a ser protagonista de una experiencia de la medicina de más alto nivel que se puede soñar en el Paraguay del Siglo 21.
Allí, en esa sala donde creo que no éramos más que cuatro internados, empezó otro round, en donde muy rápidamente me sentí paciente de lujo: Enfermeras y enfermeros que te cuidan como si fueras el único. Médicos que te hacen sentir que son tu mejor amigo, y que te explican todo lo que les preguntás con la paciencia de los sabios humildes. Un régimen acotado y controlado de visita, pero un nexo con los familiares y amigos que ya no se volvió a romper. Y hasta un detalle que me encantó: una pequeña radio encendida en una estación de música romántica en la mesa de las enfermeras, con el volumen muy bajo pero suficiente para permitirme disfrutar y dormir soñando.
El lunes a la mañana fue un incesante desfile personalizado de médicos, que ordenaban chequeos, exámenes, inyecciones, medicinas... hasta que en una junta decidieron rápidamente someterme a un cateterismo, ese extraordinario procedimiento en que te meten un catéter por una vena, en este caso desde la ingle, y llegan a tu corazón dañado, buscando repararlo, todo a través de microcámaras y monitores. En mi caso me explicaron que hallaron una de mis arterias ya muy cerrada, y no pudieron abrirla para insertarle un stent, en lo que se conoce como angioplastia. Así que decidieron dejar la arteria así, cerrada, darle tiempo a que cicatrice (me dicen que, por suerte, es una de las que menos trabaja), y enfatizar mi tratamiento por otros caminos: medicamentos, control, cuidados estrictos…
El martes me pasaron a una sala de recuperación, en Cardiología, séptimo piso, que no tiene el nivel de ciencia ficción que me impactó en la UCO, pero que igual me deslumbró con el rostro de un IPS digno, limpio, cuidado, reluciente, como no lo imaginaba.
Ahora estoy en una sala (la 710) para dos pacientes, con una amplia ventana con vista al río, ventiladores de techo y aire acondicionado, un placard amplio compartido, baño privado, y espacio suficiente donde hasta pude montar una pequeña mesita en donde escribo en la notebook con mucha comodidad.
Aquí permiten que un familiar se quede a acompañar en forma permanente en la sala, y pueda dormir en una estera extendible, a la noche. Te dejan tener todo lo básico indispensable, imponen las reglas básicas de cualquier hospital, hay mucha limpieza, un renovado cuerpo  de enfermeras que no dejan detalle de tu evolución médica sin controlar.
Mi caso está ahora en manos de la doctora Silvia Vinader, una mujer que me cayó bien desde el primer día, cuando entró a la sala a las 6 de la mañana a despertarme, acercó una silla junto a mi cama y me dijo: “Contame…”. Quiso saber todos los detalles de lo que me había pasado, sin conocer aún entonces mi perfil de comunicador, y ella  sigue mi caso con obsesiva rigurosidad, acompañada de la doctora Carmen Saldívar.  Son dos estupendas mujeres y profesionales de la nueva medicina paraguaya, a las que estoy aprendiendo a respetar y valorar,  y a quienes seguramente les deberá mucho esta etapa de mi vida. Este viernes pude conocer además fugazmente al otro capo, el doctor Luis Bell, de quien escuche magnificos comentarios de uno de sus pacientes ilustres, el gran colega, amigo y maestro Antonio Pecci.
Aquí nos dejan recibir visitas de 17 a 21, y es una delicia ver esos rostros y oír tantas voces queridas.
No sé hasta cuando estaré aquí, pero sé que no me dejarán ir tan fácilmente, y que decidirán lo mejor para mí, y todo eso me llena de fortaleza, optimismo, esperanza, confianza, voluntad. Solo que, desde el fondo de mi espíritu rebelde,  una pregunta insistía en repiquetear insistente e inquietante: ¿Alguna vez este nivel ideal de medicina estará más fácilmente al alcance de nuestra gente, sobre todo de la más mayoritariamente humilde y casi siempre postergada a lo largo de la historia de este país?


El otro Yo.

Advertencia para mis lectores más clásicos: Este último capítulo puede llegar a tener para muchos un inevitable tono new age, o estilo de libros best sellers de autoayuda, cosa que apenas dos semanas atrás yo mismo hubiera aborrecido. Pero uno no pasa por una experiencia límite como la de tutearse cara a cara con la muerte, sin que se produzcan transformaciones profundas en su interior, y lo conduzcan a replantearse las cuestiones mas existenciales sobre lo que significa realmente vivir, amar, ser, estar, compartir, ser corresponsable, creer o no creer en algo superior.
A esta altura del proceso de lo que llamo “el crash”, o “mi viaje de vuelta desde el borde de la vida”, o “mi renacimiento”, todavía tengo más preguntas que respuestas. Pero hay cuestiones básicas que ya las voy elaborando, y quisiera compartirlas con ustedes. 

·        En primer lugar, cómo algo así te cambia toda la perspectiva. Hace dos semanas, yo difería muy fácilmente invitaciones o propuestas de juntarme con alguna amiga o algún amigo, simplemente a celebrar la vida y hablar de pavadas, o encontrarme con mis hermanas o con mi hija y sobrinas, ir a ver una peli o un concierto, o quizás apenas sentarme en el banco de una plaza a disfrutar del ocaso… porque estaba “detrás de algo muy importante” y no había tiempo. La Gran Misión, El Gran Tema, eso-que-no-puedo-postergar-ni-delegar-porque-hay-que-hacerlo, aunque signifique trabajar sin descanso día y noche, y que todo lo demás espere, porque no puedo defraudar a quienes esperan de mí. Hasta que ocurre un crash como el que me ocurrió a mí, y uno percibe de pronto que lo único realmente importante es la vida y la buena salud –y lo que contribuya a lograrlo (familia, amigos, amores, relax…)-, y que todo lo demás se puede ir literalmente a la puta. Por eso entiendo perfectamente lo que Mani Cuenca me escribió en un tuit: “Pasé por eso y cambia nuestra visión de la vida”.  Eso.

·        Para las fiestas y los encuentros familiares siempre he sido la “oveja negra”, “el que nunca tiene tiempo”, “el que siempre está apurado”, “el que viene de paso porque está en cosas muy importantes”, y la mayoría de mis amigos y amigas tienen largas listas de reclamos de citas y encuentros fallidos o pospuestos, porque “surgió algo más importante a último momento”. Pero siempre me aceptaban, me comprendían y disculpaban, seguramente por lo mucho que me quieren. Hasta que ocurre el crash y uno se da cuenta que quienes realmente dejan lo que sea, para correr a venir a estar contigo, son tus familiares y aquellos y aquellas a quienes  vas reconociendo a confirmando como tus más queridos amigos.

·        Un tema más espinoso para mi es Dios, la religión, lo esotérico, alguna fuerza superior... Vengo de una activa participación en movimientos católicos juveniles durante la dictadura, experiencias de fe muy ligadas a la religiosidad popular y hubo momentos en que fui casi un cruzado de la fe cristiana. Pero luego la vida me mostró otras caras de las instituciones religiosas y fui alejándome, volviéndome escéptico, racionalista, o simplemente abierto a formas más múltiples de concebir y expresar las maneras de ver lo misterioso e intangible. Hay quienes dirían que me volví ateo, pero yo creo que simplemente fueron conviviendo partes distintas de mí, y encontré una fuerte atracción –probablemente más cultural que religiosa- por ejemplo en las religiones indígenas. Pero me sorprendí a mi mismo, ese primer incierto sábado a la tarde, cuando escribí y envié desde mi cuenta de twitter el siguiente texto: “Pude leer sus mensajes. Gracias por sus buenos deseos. Estoy en manos de Dios y de los excelentes médicos del IPS, y ustedes me dan fuerza”. La imagen de Dios apareció más de una vez en mi mente, en esos dos primeros días en que estaba solo en la cama, sin más comunicación que mi pensamiento. Pero creo que no es tan simple.  En estos días me conmovió hondamente que un amigo rockero llegue a visitarme al hospital y se ofrezca a ayudarme con procesos de recuperación con técnicas de yoga, o que otra amiga y ex alumna me regale sus mejores deseos con un breve momento de oración  y perfumes de la Virgen de la Rosa Mística. Pero lo que realmente me puso los pelos de punta fue la comunicación de mi gran amiga Teresa Mereles, promotora social que trabaja con comunidades indígenas en Canindeyú, contándome que 13 mujeres indígenas aché estaban rezando con ella en su lengua originaria, abrazadas al Árbol de la Vida, para transmitirme la fuerza “kaaguygua”.
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En fin. Todavía no sé como va a ser mi vida a partir de ahora. Siento  que va a cambiar mucho, si es que no cambia todo.
Todavía estoy en proceso de tratamiento y de observación. Luego, mis nuevos ángeles-médicos me dicen que me van a hacer un plan de alimentación, ejercicios, medicación estricta…  que deberé cumplir rigurosamente por el resto de mi regalada existencia (que estoy más que dispuesto a tratar de que sea larga y fructífera, aún).
“Prometo no volver a dejar que me exploten tanto laboralmente”, le dije, un poco en broma y en serio al colega y querido amigo Richard Ferreira, editor de DPeriodistas, cuando jugamos a que me arrancaba las primeras palabras luego de mi regreso al mundo de los vivos, para publicarlas en alguna de sus muchas plataformas en la web. Pero el tema también va por allí: encontrar la manera de seguir haciendo el periodismo que me apasiona, y que ustedes esperan y comparten, pero de manera que sea una plena realización para el cuerpo y para el alma, y no en condiciones que puedan llegar a hacernos daño.
Tendré, seguramente, más limitaciones de movimiento y quizás de temas. Probablemente ya no pueda deleitarme en contemplar el Paraguay desde la cima del cerro Tres Candú, como alguna vez lo hicimos para una histórica portada de la revista Vida de ÚH, pero habrá otras cumbres menos geográficas que un corazón golpeado seguirá buscando alcanzar. Y sobre todo, lo que yo se y ustedes también lo saben muy bien: hay cosas que, definitivamente, ningún crash podrá cambiar: la manera de concebir un periodismo renovado en lo tecnológico pero clásico y ético en lo esencial, que siga teniendo una mirada escrutadora sobre toda forma de poder y no disculpe ninguna falta contra el pueblo por afinidad ideológica, conveniencia o amiguismo. Un periodismo que esté nutrido con los valores de nuestra cultura, solidario con los sufrimientos y alegrías de nuestra gente, que sintonice con sus mejores sueños y proyectos, que sea respetuoso de su tradición y su pasado, pero tenga la clarividencia de saber mirar el futuro mas digno posible. Ese modelo de periodismo lo vamos a seguir cumpliendo y promoviendo en las nuevas generaciones, desde donde sea, con las limitaciones que surjan, quizás con más optimismo y relax, pero sin renunciar un ápice a lo que fuimos, somos, y seguiremos siendo.
Me comprometo a eso... y sé que cuento con ustedes. 
Gracias de nuevo por la gran fuerza que me dieron en todos estos dias y que me la siguen dando, a cada instante (lo nuestro ya es casi como un matrimonio, ¿no?, por aquello de "en la salud y en la enfermedad").
Si estoy aquí otra vez, en camino, es por y con ustedes. 
Gracias por estar siempre allí, del otro lado de las letras del papel o la pantalla. Pero sobre todo, del otro lado de este corazón que, herido y todo, sigue latiendo.
Los quiero mucho.   

Andrés 

P.D.: Las visitas a nuestra sala (710, Cardiología, Septimo Piso del Hospital Central de IPS, Barrio Trinidad de Asuncion), se permiten de 17 a 21 en los días de semana.  Los fines de semana son más flexibles con la admisión. Se aceptan materiales interesantes de lectura, incluyendo libros de Condorito.

P.D. 2.: Hoy, lunes 22 de octubre, mis médicos me dieron de alta, y poco después del mediodía, abandoné la sala 710 de Cardiología IPS. La alegría de salir del hospital solo se vio un poco empañada en el momento de la despedida, al ver la cara afligida de karai Juan Samaniego, quien más que mi casual compañero de cuarto, se convirtió en un "che ru guasu", que me iluminó con su callada y estoica sabiduduría y nobleza campesina, en todos estos días de infortunio compartida. Apenas bajamos el estacionamiento, la realidad estallaba de nuevo ante mis ojos: el conflicto por el desalojo de vendedores frente a IPS. Intenté no interesarme, pero fue imposible, mientras me llevaban al vehículo, iba preguntando detalles, formulándome cuestionamientos. Ahora estoy en la calidez familiar, rodeado de mucho afecto y cuidados, en casa de mi hermana Asu, en el barrio San Pablo. Tengo 30 días de reposo médico, antes de regresar al trabajo (que seguramente será también en condiciones distintas). En estos días me propongo en principio escribir más poco, relajarme mucho, descansar, caminar bastante, tomar rigurosamente mis medicinas, someterme a los controles, querer y dejarme querer... Pero es casi seguro que eso que llevo en la sangre me tironeará cada tanto, y les estaré dejando nuevas lineas desde este blog, repicado en nuestras cuentas de Fb y Tw, contándoles lo que significa este segundo viaje en el tren de la vida, que tiene aún tantas estaciones por conocer. Asi que gracias por todo... y no se enojen si no les respondo todos los bellos y conmovedores mensajes que me dejan. Les aseguro que los leo todos. ACG.