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jueves, 17 de febrero de 2022

Un arzobispo para tiempos difíciles


La designación de Adalberto Martínez Flores como nuevo arzobispo de Asunción es un hecho positivo para un país donde la religión católica sigue siendo determinante en la vida nacional.

Desde el retiro y posterior fallecimiento de monseñor Ismael Rolón, el legendario arzobispo que marcó líneas de valentía, equilibrio y dignidad a la conducción de la Iglesia Paraguaya en momentos críticos durante la dictadura stronista -probablemente el mejor obispo paraguayo en la historia, junto al misionero Juan Sinforiano Bogarín-, la arquidiócesis de Asunción cayó en manos de prelados que no supieron estar a la altura de las circunstancias.

El sucesor de Rolón, monseñor Felipe Santiago Benítez, si bien tuvo actitudes valientes en sus primeros años como obispo de Villarrica, cuando acompañó la lucha de los campesinos de las Ligas Agrarias, luego cayó en una onda de conservadurismo extremo y tuvo actitudes lamentables durante sucesos de crisis políticas como el Marzo Paraguayo. Le siguió Pastor Cuquejo, también reconocido por conservador y con actitudes muy condescendientes con los círculos de poder.

Su sucesor, Edmundo Valenzuela, pasará a la historia como uno de los obispos más reaccionarios del catolicismo paraguayo, abiertamente enfrentado a sectores progresistas de su propia Iglesia, con cuestionables gestos de encubrimiento a sacerdotes acusados de acoso sexual a miembros de la feligresía, en un momento en que la máxima conducción de la Iglesia Católica, encarnado por el Papa Francisco, intenta una política de apertura y diálogo con sectores tradicionalmente estigmatizados o excluidos.

Adalberto Martínez llega a la conducción de la Arquidiócesis de Asunción -el liderazgo más importante en la estructura de la Iglesia paraguaya-, con una trayectoria relevante, de perfil generalmente bajo ante las exposiciones mediáticas, conocido por sus actitudes de prudencia y equilibrio (que también caracterizaba a monseñor Rolón), pero con gestos de valentía en tiempos críticos, tal como lo podemos atestiguar en el relato que incluimos a continuación.

Monseñor Martínez no es un obispo en la línea de la Teología de la Liberación (como lo es, por ejemplo, el obispo emérito de Misiones, monseñor Melanio Medina, o como lo fueron, en su momento, el fallecido obispo de Concepción, Anibal Maricevich, o el luego renunciante obispo de San Pedro, Fernando Lugo, que llegó a la presidencia del país), pero es un prelado sensible a la situación social. Tampoco es un obispo a quien se pueda considerar conservador, aunque aferrado a la tradición litúrgica y social de la Iglesia, es conocido por su espíritu de apertura y por su buena formación teológica e intelectual.

El siguiente relato, que forma parte de nuestra novela “El país en una plaza”, narra un episodio absolutamente real, de cómo monseñor Adalberto Martínez asumió en la noche del 26 de marzo de 1999 y en la madrugada del 27 de marzo, tras la masacre de los jóvenes en la Plaza del Congreso, el rol de autoridad de la Iglesia en busca una pacificación y de resultados concretos de Justicia. Todo lo que no hizo el entonces arzobispo. El relato lo escribimos en base al testimonio de los sacerdotes jesuitas Fernando López y Óscar Martínez, además de varios otros testigos.

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CAPÍTULO 38 DEL LIBRO “EL PAÍS EN UNA PLAZA – LA NOVELA DEL MARZO PARAGUAYO

Un terrible alarido le obligó a cerrar los ojos. Era el grito de dolor de un joven carapintada, herido de un balazo en la pierna, que se retorcía sobre el piso de la plaza, mientras sus compañeros trataban desesperadamente de encontrar ayuda médica.

El joven sacerdote jesuita Fernando López sintió que lo dominaban la impotencia, la angustia, las lágrimas.

Con su vaquero desteñido y su remera ajada, su característico look hippie, había estado allí días y noches, compartiendo junto a los manifestantes como uno más, sin que muchos supieran siquiera su condición de religioso. Nunca había creído que los partidarios del Gobierno se atreverían a tanto. Nunca había pensado que estaría llorando la muerte de tan queridos compañeros.

¿Y ahora qué...?, se preguntaba. ¿Cómo detener esta locura desbordada?

Al lado suyo, otro joven sacerdote jesuita, Óscar Martínez, no pudo contenerse al ver que un grupo de agentes salían del interior del Cuartel Central de la Policía Nacional, frente a la plaza, portando sus armas.

Era casi medianoche. A pasos rápidos Óscar cruzó la calle, seguido por Fernando, y encaró al que parecía tener más alto rango.

–Discúlpeme. Yo soy el pa’i Martínez y él es el pa’i López. Queremos decirles que estamos indignados por lo que está sucediendo. ¡No es posible que ustedes no hagan nada por detener a los francotiradores, sino que además sean cómplices de los que están asesinando a estos jóvenes!

El oficial lo observó, inexpresivo. Hizo un gesto de cansancio.

–Mire, pa’i. Nosotros no tenemos nada que ver. Solo cumplimos órdenes. ¿Por qué no entra allí y habla con nuestro comandante? ¡Él es el que está dirigiendo todo...!

–¡Entonces me va a escuchar...! –dijo Óscar, y se dirigió resuelto hacia la entrada.

En la guardia, dos uniformados intentaron cerrarles el paso.

–¡Somos sacerdotes jesuitas...! –les gritó Fernando–. ¡Queremos hablar urgentemente con el comandante de la Policía!

–¡Ah... entonces pasen! –les dijo el oficial–. Justo, en este momento, el comandante está hablando con el obispo de ustedes.

Los dos curas se miraron. El oficial pidió que lo acompañen y los guió a través de un largo corredor hasta un despacho ubicado al fondo. La puerta estaba abierta y desde el interior se escuchaban voces y gritos.

Al entrar vieron al obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, quien discutía acaloradamente con el comandante de la Policía Nacional, comisario Niño Trinidad Ruiz Díaz. Estaban también el sacerdote jesuita Alberto Luna y el pastor evangélico Emilio Abreu.

–¡No espere más, comandante...! ¡Por favor...! –rogaba el obispo–. ¡Envíe ahora mismo una dotación de policías para detener a esos francotiradores que están disparando contra los jóvenes de la plaza, antes de que maten a más personas...!

–Calma, calma, monseñor... –respondió el comandante, parsimonioso–. Estamos tratando de hacer lo posible. ¡Tampoco puedo poner en peligro la vida de mis hombres!

–¿Entonces va a dejar que sigan matando...? –intervino Fernando.

–¡Esos tipos están disparando desde edificios de altura! –exclamó el comandante–. Sería como mandar a nuestra gente a un matadero. Mejor vamos a esperar el apoyo de algún equipo especializado en este tipo de operativos. ¡Tengan paciencia, señores!

Fernando no podía creer lo que estaba escuchando. De nuevo estaba viendo las escenas de los chicos cayendo ante sus ojos, de nuevo escuchaba los alaridos de dolor. Salió al corredor, nervioso.

El oficial que los había guiado a la entrada se le acercó, sigiloso.

–Padre, discúlpeme... quiero decirle algo...

–¿Sí...?

–¿Sabe usted quien se encuentra allí, en la oficina al lado de la comandancia?

–¿Quién...? –preguntó Fernando, intrigado.

–El ministro del Interior, Carlos Cubas. El hermano del presidente de la República. ¿Por qué no hablan directamente con él?

–¿De verdad? ¡Es una excelente idea! ¡Gracias...!

–No diga que yo le dije, padre –pidió el oficial.

Fernando volvió a entrar al despacho, se dirigió junto a monseñor Martínez y le habló al oído. El obispo lo escuchó con atención y luego asintió con la cabeza. El comandante de la Policía estaba conversando con alguien por teléfono, ajeno a lo que sucedía, cuando se alarmó al ver que el obispo cruzaba el despacho con actitud resuelta y abría la puerta lateral.

–¡Espere...! ¿A dónde va, monseñor? –gritó, con el tubo en la mano, pero ya era tarde.

En la oficina de al lado, sentado frente a un escritorio, el capitán Carlos Cubas estaba hablando con otro hombre, cuando vio que la puerta se abría.

–Buenas noches, señor ministro. Disculpe la interrupción. Soy el obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, y quisiera hablar con usted sobre los graves hechos de la plaza.

El capitán Cubas se levantó con una ancha sonrisa.

–¡Bienvenido, monseñor...! Es la providencia quien lo envía. ¡Tenemos que encontrar juntos una salida a la crisis...!

–Entonces... ¿por qué no empieza y manda detener a los francotiradores? –le pidió el obispo, mientras le estrechaba la mano.

–¡Hace rato que le he dado la orden al jefe de Policía para que lo haga...!

–Él dice que no está en condiciones de hacerlo.

–¡No puede ser...! ¡Ese hombre no está respondiendo...! –exclamó, furioso, el ministro–. ¿Dónde está...?

Atravesó la sala y entró en el despacho contiguo, en donde el comandante de la Policía seguía hablando por teléfono.

–¡Si, mi general...! ¡Como usted ordene, mi general...! –decía.

El ministro le arrebató el tubo del teléfono de las manos y colgó con fuerza.

–¿Qué pasa...? –se molestó el comandante.

–Pasa que usted no está obedeciendo mis órdenes –le increpó el ministro–. Al parecer está recibiendo órdenes paralelas. ¿Quién era el general con el que estaba hablando?

Como toda respuesta, el comandante se limitó a esbozar una sonrisa nerviosa.

El oficial de guardia entró a la oficina.

–Permiso, señor ministro... El señor Aníbal Cabrera Verón, fiscal general del Estado, y el señor juez Gustavo Ocampos se encuentran aquí y solicitan verlo.

–¡Adelante...!

El oficial cedió el paso a dos hombres vestidos con traje, acompañados de una joven mujer que portaba una gruesa carpeta.

–¡Buenas noches, señor ministro...! –le saludó el fiscal general–. Aquí le estamos trayendo personalmente una orden judicial para allanar inmediatamente el local del Correo Central y el edificio Zodiac, desde donde están disparando los francotiradores, y para que se proceda a detener a todas las personas que resulten involucradas.

El ministro recibió el papel, le dio un rápido vistazo y lo extendió frente a la cara del comandante policial.

–¡Muy bien, señor comandante! ¡Aquí tiene la orden judicial...! ¡Espero que le resulte suficiente! ¡Hágala cumplir en seguida...!

El comandante recogió el papel, esbozó otra sonrisa nerviosa y salió del despacho.

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“El país en una plaza – La novela del Marzo Paraguayo”. Editorial Servilibro, 2014.

 

lunes, 8 de marzo de 2021

El tercer Marzo Paraguayo


Andrés Colmán Gutiérrez — @andrescolman

Bajo la trágica sombra del dictador romano Julio César, acuchillado a traición el 15 de Martius del año 44 a.C., mes consagrado a Marte, dios de la guerra, fecha conocida como “los idus de marzo”, los líderes políticos paraguayos le tienen particular miedo a este mes. Augurio o coincidencia, la historia abunda en ejemplos temibles. Por algo, Shakespeare advierte en su drama teatral: “¡Cuídate de los idus de marzo!”.

El primer Marzo Paraguayo fue el de 1999, cuando el asesinato del vicepresidente de la República, Luis María Argaña, encendió la hoguera de la indignación popular, congregando a miles de personas en las plazas del Congreso hasta provocar la renuncia del presidente Raúl Cubas Grau y la huida de su sombra detrás del trono, el general Lino Oviedo. En el proceso fueron asesinados siete manifestantes por francotiradores y hubo 769 personas heridas. Es considerada la mayor gesta ciudadana en nuestra historia.

El segundo Marzo Paraguayo fue el de 2017, cuando una multitud en las calles enfrentó la represión policial y logró impedir un forzado intento de enmendar la Constitución para lograr la reelección presidencial, impulsado por el entonces presidente Horacio Cartes y secundado por el ex presidente Fernando Lugo. El conflicto derivó en la quema del edificio del Congreso, un joven activista del Partido Liberal asesinado por la Policía, varios heridos y más de 200 detenidos.

El tercer Marzo Paraguayo se desarrolla actualmente, poniendo en jaque al gobierno del presidente Mario Abdo Benítez. Se inició con un creciente malestar ciudadano por las deficiencias en la gestión sanitaria ante la pandemia, subió de tono con las protestas de familiares de víctimas, médicos y trabajadores de salud, debido a la falta de medicamentos esenciales, un gran retraso en la obtención de vacunas y la manifiesta complicidad e impunidad en los escandalosos casos de corrupción detectados en el uso de los fondos de emergencia aprobados para luchar contra el Covid-19.

Ni la obligada renuncia del ministro de Salud, Julio Mazzoleni, pudo detener la mayor manifestación de protesta de la era Marito. En la noche del viernes, el hartazgo ciudadano salió a flote. Miles de personas salieron a las calles a pedir la renuncia del presidente. El desborde violento de un pequeño grupo, probablemente infiltrado con intenciones precisas, junto a la desproporcionada represión policial, convirtieron una movilización pacífica en jornada de violencia, fuego y saqueos, con decenas de heridos y un muerto en circunstancias aún no aclaradas. La crisis de salud se volvió crisis política, con una nueva amenaza de juicio político al primer mandatario e imprevisibles consecuencias.

Corren horas de incertidumbre sobre el futuro del país. La gran pregunta es a qué juega el ex presidente Horacio Cartes, quien por un lado sostiene a Marito con sus votos en el Congreso, pero por otro lado lo ataca sin misericordia desde sus medios de comunicación y sus voceros políticos. La oposición, desacreditada y sin fuerzas, no decide mucho. Si se va Marito, asume el vicepresidente Hugo Velázquez, con su negro historial y sus oscuras alianzas. Sería saltar de la olla al fuego, pero en el Paraguay ya estamos acostumbrados.

Y eso que marzo recién comienza…

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(Artículo publicado en la columna Al otro lado del silencio, diario Última Hora, edición del domingo 7 de marzo de 2021).



jueves, 28 de marzo de 2019

Mamá Coraje



Gladys Bernal viuda de Díaz, más conocida como Ña Gladys, Mamá Gladys o Mamá Coraje, no tiene miedo.
Y si acaso lo tiene, lo disimula bien.
–¡Ese tirano del general Lino Oviedo fue el que mandó asesinar a nuestros hijos, pero nunca pagó por eso…! ¡Se murió sin que la Justicia le haga pagar su crimen! ¡A veinte años del Marzo Paraguayo solo nos queda una tremenda impunidad, por causa de una Justicia corrupta, cómplice de los asesinos!–, exclama ella, parada en medio de la Plaza de Armas, junto a la cruz de los mártires, frente al viejo Cabildo de Asunción, ahora poblado otra vez de manifestantes campesinos e indígenas.
Precisamente, por hacer este tipo de acusaciones sin filtros, los abogados del difunto general Lino Oviedo habían querellado a Ña Gladys y a los demás familiares de los manifestantes asesinados en el Marzo Paraguayo, exigiendo que paguen 785 millones de guaraníes por presuntas calumnias contra el controvertido militar y caudillo político. Lejos de achicarse ante las amenazas, ella respondió que por nada del mundo dejaría de llamar “asesino” a Oviedo, aunque una condena judicial la pueda dejar en la calle.
–Ya me han quitado lo más valioso: la vida de mi hijo Henry. ¿Qué más me pueden hacer?   
Finalmente, los jueces no se animaron a dar curso a la querella contra los familiares de las víctimas, pero tampoco se animaron a determinar quienes ordenaron matar a los jóvenes aquella trágica noche del 26 de marzo de 1999.
Ahora Ña Gladys está otra vez aquí, en la misma histórica plaza, veinte años después, entre velas encendidas, flores y banderas, repitiendo el mismo ritual que nunca se interrumpió cada 26 de marzo, a las seis de la tarde. Esta noche hay cánticos, rezos, discursos, y esos momentos de opresivo silencio en que las madres cierran sus ojos y se comunican con sus ausentes hijos heroicos, como solo ellas saben hacerlo.
Cuando le piden que dirija un mensaje, Ña Gladys sostiene en una mano la foto de su hijo Henry David Díaz Bernal tendido inerte en la acera de la calle Presidente Franco, frente al Teatro Municipal, sobre un charco de sangre, mientras uno de sus compañeros intenta en vano reanimarlo y en la otra muestra la foto de su presunto asesino, el principal procesado por la masacre, Walter Gamarra, quien en 1999 era funcionario del Ministerio de Hacienda y un fanático seguidor del oviedismo. Imágenes grabadas la noche del 26 por un equipo de la televisión colombiana lo muestran parado en la vereda de la calle 14 de mayo casi Presidente Franco, cerca de la Casa de la Independencia, disparando varias veces una pistola automática hacia los manifestantes en la plaza.
En base a esta evidencia, Gamarra fue condenado a 25 años de cárcel, pero quedó libre con medidas sustitutivas hace tres años. Hace pocos meses, Ña Gladys se encontró cara a cara con él en un pasillo del Hospital del Trauma, en donde presuntamente él trabaja como camillero.
-Sentí un vuelco en el corazón. Ver al asesino de mi hijo caminando otra vez libremente por el pasillo de un hospital. ¿Qué justicia se puede esperar en este país? Solo nos queda rezar y recordar con pena y amor a nuestros muertos.


Ña Gladys es el mejor ejemplo de aquellas madres que vuelven a ser paridas por sus hijos.
Mujeres que llevan una vida cotidiana relativamente simple, lejos de cualquier foco mediático, hasta que ocurre una situación excepcional que les altera la existencia, generalmente una tragedia que las impacta y les cambia para siempre, modificando su rol y sus propios objetivos en la vida. Vecinas impávidas o amas de casa del montón que de un día para otro se convierten en aguerridas luchadoras, en lideresas temibles, en aquellas Madres Coraje que retratara Bertold Brecht.
Sucedió con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, tras la guerra sucia de los genocidas militares en Argentina. Sucedió con esas madres que “bailaban solas” durante la dictadura de Pinochet en Chile, tal como las retrata la bella canción de Sting. Sucedió con las madres de los soldaditos muertos en los cuarteles durante la primera década de la transición democrática, en Paraguay.
Y sucedió categóricamente con Ña Gladys, tras los trágicos y heroicos sucesos del Marzo Paraguayo de 1999.
Enfermera de profesión, empleada del Instituto de Previsión Social (IPS), cumpliendo los roles de esforzada madre y esposa en una vivienda humilde del barrio Jara de Asunción, seguidora tradicional del Partido Colorado, se sintió afectada cuando se enteró que habían asesinado a un caudillo y dirigente político a quien ella admiraba, el vicepresidente de la República, Luis María Argaña, aquel 23 de marzo. Indignada ante la noticia, se sintió motivada a acudir a la plaza a manifestarse contra el gobierno de Raúl Cubas y Lino Oviedo, a quienes se acusaba por el crimen. Sus dos hijos varones, Gustavo y Henry, además de una de sus hijas, la acompañaron. Iban y venían entre la casa y la plaza, a veces acompañada por su marido, don Mario, un señor bonachón y generalmente callado.
Su hijo Henry David tenía 20 años de edad, no estaba afiliado a ningún partido político, era muy religioso, miembro del Centro Familiar de Adoración Cristiana y fanático seguidor del club Olimpia, a cuya barra Mafia Negra llegó a pertenecer. Cuando su mamá Gladys acudió a apoyar la protesta por el asesinato de Argaña, Henry la acompañó y se integró a las organizaciones juveniles de resistencia en la Plaza de Armas.
Aquella noche del 26 del marzo, sin embargo, él no podía dejar de estar presente en un importante partido de fútbol que su club Olimpia debía disputar contra el equipo del brasileño Corinthians en el Estadio Defensores del Chaco, por el campeonato de la Copa Libertadores de América. Desde el sector de su hinchada, sufrió con aquella dolorosa derrota de 2-1 de su equipo. En un momento se cortó la energía eléctrica y todo el estadio quedó a oscuras. Henry sintió un escalofrío cuando miles de gargantas empezaron a corear al unísono: “¡Lino’o hijo de puta…!”.
Cuando terminó el juego, Henry junto a los demás miembros de la barra de Olimpia recorrieron a pie las casi veinte cuadras desde el estadio hasta las plazas del Congreso, portando banderas paraguayas y la franjeada de su club. Cuando llegaron ya habían empezado los ataques de los francotiradores y ellos se unieron a las brigadas de resistencia, levantando barricadas para impedir que ingresen los del bando oviedista.
Ña Gladys estaba en un sector protegido, junto al Cabildo, cuando escuchó por la radio la lista de los caídos bajo las balas. El primer nombre que oyó fue el de Manfred Stark y ella pensó “pobrecita su mamá, como ha de estar sufriendo”. Al rato dijeron el nombre de otro joven herido y esta vez ella escuchó: Henry Díaz Bernal. Sintió que una fuerza le alzaba desde el suelo y profirió un grito desgarrador:
-¡Nooo… mi Henry… nooo…!
Pidió que la lleven junto a él. Nadie sabía en dónde estaba. Lo habían alzado en un taxi, en busca de un hospital. Ña Gladys fue al Hospital Militar, pero allí le dijeron que ya lo habían derivado al Hospital Universitario. Fue allí donde lo encontró en la madrugada. Estaba en coma, pero vivo.
Ella pidió a los médicos que hagan todo lo posible por evitar que su hijo muera.
¡Vamos a llevarle a los Estados Unidos si hace falta, doctor! ¡Hay que salvarlo…! –imploró.
Lo siento mucho, señora –le respondió uno de los médicos–. Ya no hay nada que hacer. ¡No existe medicina que le pueda reconstruir un cerebro a su hijo…!

Ña Gladys, en el lugar donde mataron a su hijo Henry (Foto: Última Hora).
Tras la muerte de Henry, Ña Gladys se volvió la principal activista de la causa de los mártires del Marzo Paraguayo. Asumió la voz cantante entre las otras madres, familiares y heridos sobrevivientes. Fundó la organización Memoria Viva, que llegó a tener una oficina en el edificio del Cabildo, hasta que la desalojaron. Se convirtió en la voz acusadora contra los asesinos y contra los políticos y dirigentes que habían sido aliados en la plaza, pero que luego traicionaron vilmente sus principios y promesas ante la ciudadanía.
A ella la mimaron, pero al no poder manejarla, le dieron la espalda. Dejaron de atenderle el teléfono. Le habían concedido una pensión vitalicia por resolución del Congreso, pero luego se la volvieron a quitar. La acusaron de lucrar con la memoria de su hijo asesinado y de los otros mártires. Su marido Mario murió de un ataque cardiaco, “lo mató el dolor de no poder ver que se haga justicia”. Su otro hijo Gustavo, murió más recientemente. Ella misma tuvo varias crisis cardiacas, tuvo que someterse a una operación del corazón, pero sigue viva y con espíritu.
-Veinte años después, me siento frustrada, desilusionada, muy cansada. A veces me siento tentada a decir “¡Basta!, ya no me voy a ir este año a la plaza”, pero entonces siento la voz de mi hijo Henry y de los otros chicos que me dicen: vení mamá, no nos abandones. Y entonces vengo otra vez, no me canso de pedir justicia, aunque ya no espere otra cosa que la justicia divina.
Se llama Gladys Bernal viuda de Díaz.
Los chicos y las chicas en la plaza le dicen simplemente Mamá Gladys.  O Mamá Coraje.    
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(Este texto ha sido escrito originalmente para el blog Historias en Sus Zapatos, un valioso espacio de periodismo narrativo, humano y alternativo, desde Paraguay. Fue a pedido de la colega Fátima Rodríguez, una de las propiciadoras de esta iniciativa.  Aquí también lo pueden leer).


martes, 21 de marzo de 2017

¿Quién ordenó matar al vicepresidente?


El vicepresidente Luis María Argaña, uno de los últimos grandes caudillos del Partido Colorado, fue asesinado el 23 de marzo de 1999 en Asunción, generando la mayor movilización ciudadana, conocida como el Marzo Paraguayo, que terminó ocasionando la caída del gobierno de Raúl Cubas. Fue el mayor crimen político en la era democrática. El general Lino Oviedo, principal adversario de Argaña, fue acusado como presunto autor moral pero resultó absuelto por la Justicia, que no pudo -o no quiso- determinar quién fue el responsable del ajusticiamiento. A más de dos décadas, recordamos una densa historia de intrigas y violencia política que dejó su marca en la vida política del Paraguay.

#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez
@andrescolman

Luis María Argaña Ferraro, vicepresidente de la República del Paraguay, se despertó de buen ánimo en la mañana del martes 23 de marzo de 1999, según recordaría su hijo mayor, el arquitecto Félix Argaña.
Poco después de desayunar con su esposa Marilyn, subió al asiento trasero de la camioneta Nissan Patrol, color rojo, que debía conducirlo desde su residencia en el barrio de Las Carmelitas hasta su despacho en el centro de la ciudad de Asunción, en la sede de la Vicepresidencia.
Adelante iban el chofer, Víctor Barrios Rey, y su custodio asignado, el suboficial de policía Francisco Barrios González. Aunque posteriormente varias versiones buscaron sostener que Argaña ya había muerto la noche anterior y que en la camioneta solo viajaba el cadáver, Félix Argaña asegura que su padre llegó a realizar varias llamadas desde su teléfono celular esa mañana, una de ellas a su hijo Jesús, a quien le dejó un mensaje grabado, ya que el mismo no pudo atender.
Según declaraciones recogidas después por la policía, por la Justicia y por la Comisión Bicameral de Investigación, el conductor siguió el trayecto habitual que tomaba todos los días. Al avanzar por la calle Diagonal Molas, a unos  40 metros antes de alcanzar Venezuela, un auto Fiat Tempra, de color verde oscuro, se ubicó al costado izquierdo y empezó a adelantarlo. Eran cerca de las 8.35 de la mañana.
Al llegar a una lomada, el auto se interpuso bruscamente frente a la camioneta y le cerró el paso. El chofer Barrios Rey se vio obligado a frenar de golpe, para no chocar. Entonces, según la versión de la mayoría de los testigos, dos hombres descendieron del interior del Fiat, mientras un tercero permanecía al volante, con el vehículo en marcha. Hay testigos que mencionan a un cuarto hombre, pero la mayoría coinciden en que los que descendieron eran dos.
El que bajó del asiento del acompañante es descrito como un hombre fornido, quien portaba una escopeta calibre 12. Del mismo lado, pero por la puerta trasera, descendió otro hombre, con armas cortas y granada de mano colgadas del cinto. Ambos tenían el pelo corto, iban vestidos con ropas militares de estilo camuflaje o para’i.
“Eran uniformes para para’i, tenían camisas de mangas largas, desprendidas, tenían la remera larga debajo, botas, cinturón verde, las granadas de mano colgaban de su cintura. Eso me llamó la atención, la forma en que se bajaron, porque se bajaron rápido y ya corrieron hacia la camioneta y comenzaron a disparar los dos…”, declaró Aurelio Arguello Enríquez, copropietario de una carpintería en el lugar del crimen, ante la Comisión Bicameral de Investigación.
Mientras el segundo hombre avanzó por la vereda hacia la parte trasera de la camioneta, el que llevaba la escopeta  se colocó en frente, levantó el arma y apuntó directamente al parabrisas, realizando los primeros disparos. Los perdigones atravesaron el vidrio y parte del fuselaje del capó, dejando varios agujeros, pero el parabrisas permaneció entero. El otro atacante disparó con la pistola automática. Los proyectiles impactaron de lleno en el cuerpo del guardaespaldas Francisco Barrios González, quien había tenido tiempo de extraer su arma, pero ya no alcanzó a contraatacar. El chofer Barrios Rey resultó herido en el rostro, pero no perdió el sentido.
-¡Agáchense, hay que salir de acá…! -gritó Luis María Argaña desde el asiento trasero, según relató el chofer Barrios.
El chofer reaccionó por instinto, poniendo la palanca de cambios en reversa y oprimiendo el acelerador. La camioneta retrocedió algunos metros a gran velocidad, giró en forma lateral y se incrustó contra la muralla de una casa vecina, quedando varada, con una de las ruedas reventadas y el motor todavía en marcha.
Los atacantes se aproximaron disparando contra el vehículo. El chofer abrió la portezuela y agachándose pudo correr hacia atrás, metiéndose al patio de una vivienda vecina.
El segundo atacante se aproximó hasta la ventanilla trasera, que ya estaba rota, donde encontró a Argaña agachado sobre el asiento. Hasta entonces, el vicepresidente aún no había recibido un solo balazo. Según se detalla en la reconstrucción del ataque, el sicario metió la mano con el revólver 38 por el agujero de la ventanilla y apuntó al cuerpo. Argaña levantó el brazo como para intentar proteger su rostro. La primera bala lo golpeó en el antebrazo. Otros dos proyectiles le alcanzaron en el pecho. El vicepresidente cayó tendido sobre el asiento. Allí recibió el cuarto y último disparo, la bala mortal que le ingresó en la espalda, le destrozó un riñón y llegó hasta el corazón.
Eran las 8.45 cuando el asesinato del vicepresidente fue consumado.
Mientras varios vecinos salían de sus casas a mirar lo que sucedía y otros vehículos que circulaban por la calle se habían detenido a la distancia, ocasionando un gran congestionamiento.
Los atacantes arrojaron una granada junto a la camioneta y subieron al automóvil, para alejarse rápidamente del lugar. La granada no llegó a explotar y luego fue desactivada por la Policía.
Posteriormente, el auto Fiat Tempra de los atacantes fue encontrado a pocas cuadras del lugar, totalmente incendiado para borrar pistas.


 Conmoción en la ciudadanía

Tras la huida de los asesinos, el chofer Víctor Barrios Rey salió de la vivienda vecina donde había buscado refugio y llamó por teléfono a la sede de la vicepresidencia, informando acerca del ataque que habían sufrido.
El dirigente político colorado José Alberto Planás, integrante del Movimiento de Reconciliación Colorada -organización interna del Partido Colorado que había fundado Argaña-, fue uno de los primeros en llegar al lugar. En una comunicación telefónica al aire con la periodista Mina Feliciángeli, directora de Radio Mil, confirmó que el vicepresidente acababa de ser asesinado. La comunicadora estalló en gritos y acusó directamente al general retirado Lino Oviedo y al presidente Raúl Cubas de ser los responsables del crimen. Rápidamente, la noticia fue retransmitida por las demás radioemisoras y los canales de televisión. Las agencias noticiosas internacionales empezaron a emitir cables urgentes.
Varios agentes de policías llegaron al lugar del crimen, pero parecían no saber demasiado cómo proceder. Rogelio Giménez, camarógrafo de Canal 9 Cerro Corá, vecino del lugar, llegó a los pocos minutos al sitio con su cámara, y pudo grabar las primeras escenas. Uno de los detalles absurdos mostrados en la televisión fue que un policía insistía en reclamar su cédula de identidad al chofer Barrios Rey, quien tenía el rostro sangrante y estaba en estado de shock, en lugar de prestarle auxilio.
Tras descubrir que había una granada de mano sin explotar debajo de la camioneta de Argaña, pasaron varios tensos minutos, hasta que expertos policiales realizaron una detonación controlada.
El cuerpo del vicepresidente Argaña fue sacado del vehículo y trasladado en una ambulancia hasta el Sanatorio Americano, sobre la avenida España casi Washington, donde los médicos confirmaron su deceso.
Varios familiares, dirigentes y militantes del Movimiento de Reconciliación Colorada comenzaron a juntarse frente al local del Sanatorio Americano, con la presencia cada vez mayor de periodistas, que emitían reportes en vivo por radios y canales de televisión.
En el lugar se produjeron llamativos incidentes, cuando dos prominentes políticos opositores, Guillermo Caballero Vargas, del Partido Encuentro Nacional, y Domingo Laíno, del Partido Liberal Radical Auténtico, se acercaron para dar sus pésames por la muerte del vicepresidente, pero fueron echados con gritos, insultos y empujones por los seguidores de Argaña, acusados de haber mantenido “una postura cómplice” ante las actos de violencia atribuidos al oviedismo. También un edecán, enviado del presidente  Raúl Cubas, fue expulsado del lugar.
Eran las 11.30 de la mañana cuando Adrián Castillo, dirigente de la juventud argañista y uno de los líderes de la organización Jóvenes por la Democracia (que reunía a las juventudes de los principales partidos opositores al oviedismo), acompañado de Fernando Camacho, de la juventud del Encuentro Nacional, propusieron realizar una marcha desde el local del Sanatorio Americano hasta el Palacio de Gobierno, aproximadamente unas 40 cuadras, para protestar contra el crimen.
Empezó a marchar un reducido grupo, que al inicio se componía solamente de una docena de personas, pero se iban sumando más personas por el camino. Cuando llegaron hasta las calles El Paraguayo Independiente y 15 de Agosto, casi en la misma esquina de la Casa de Gobierno, una barrera de policías les cerró el paso.
El número de manifestantes era cada vez mayor. Cantaban la canción “Patria querida” y coreaban consignas, exigiendo la renuncia del presidente Raúl Cubas y cárcel para Lino Oviedo.



La reacción gubernamental

Cerca del mediodía, el presidente de la República, Raúl Cubas Grau, leyó un comunicado condenando el crimen, prometiendo investigar y descubrir a los culpables. Ordenó el cierre de las fronteras y declaró duelo oficial por tres días. Dijo que tenía la conciencia tranquila y convocó a la paz y la tranquilidad.
El político colorado José Alberto “Icho” Planás revelaría posteriormente que el presidente Cubas Grau le llamó por teléfono esa mañana, cuando estaba aún en el Sanatorio Americano, consultándole si podía ir a llevar personalmente sus condolencias a la familia Argaña. Planás asegura que él le respondió: “Ni se te ocurra venir, porque te van a linchar acá. Lo que podés hacer es apresarlo ahora mismo a Oviedo, dale tu golpe vos, porque si no él te va a terminar golpeando”.  Icho dijo que Cubas se puso nervioso y cortó el teléfono.
Esa misma mañana se conoció un hecho muy llamativo, ocurrido en la sede del Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE), sobre la avenida Eusebio Ayala, cuando varios periodistas informaron que a pocos minutos de confirmarse el asesinato de Argaña, dos de los tres miembros del Tribunal, Expedito Rojas y Carlos Mojoli, ya tenían lista una resolución convocando a elecciones para elegir a un nuevo vicepresidente para el 10 de septiembre.
La periodista Dolly Olmedo, de Radio Cardinal, declaró ante la Comisión Bicameral de Investigación que a las 9 de la mañana, apenas a 15 minutos de que se consumara el atentado contra Argaña, Raúl Mojoli, hijo de Carlos Mojoli, le reveló que su padre estaba preparando la resolución para elegir al nuevo vicepresidente.
El periodista Miguel Almada Tatter, de Radio Uno, quien realizaba coberturas en temas electorales, declaró ante el juez Jorge Bogarín: “A través de funcionarios de la Justicia Electoral, empezó a circular lo que sería un proyecto de resolución judicial, que aparentemente tenía la firma de los doctores Expedito Rojas y Carlos Mojoli. Recuerdo que ese proyecto fue acercado a las oficinas del doctor Ramírez Zambonini y quedó allí ese documento. Todo es fue alrededor de las 10:00 horas del 23 de marzo del año en curso. Esa resolución hablaba de que por haberse producido la vacancia de la vicepresidencia de la República, en su efecto se procedía al llamado para elecciones a fin de cubrir ese cargo. Este hecho llamó mi atención y el de los numerosos periodistas que en ese momento cubrían la Justicia Electoral”.
En horas de la tarde se conoció la noticia de que el ministro del Interior, comisario Rubén Arias, había renunciado a su cargo. En su lugar, el presidente nombra a su propio hermano, el capitán retirado Carlos Cubas, quien se comprometió públicamente a aclarar el asesinato de Argaña.
Carlos Cubas ya había sido ministro de Industria en el gabinete de su hermano, al inicio de su periodo presidencial, pero renunció el mismo día en que Raúl Cubas firmó el cuestionado decreto liberando al ex general que permanecía detenido, condenado por un intento de Golpe de Estado en abril de 1996.
El capitán Cubas relató después que su hermano lo convoco y lo enfrentó con mirada adusta  en el solitario despacho del viejo Palacio de López.
–Carlos, la situación que vive el país es muy grave –le dijo–. Te pido que olvidemos nuestras diferencias y que me ayudes. Quiero que dirijas personalmente la investigación del asesinato de Argaña.
Carlos Cubas observó a su hermano con cautela. Lo vio envejecido y desolado. Tuvo la impresión de que el sillón presidencial le quedaba más grande que nunca. El capitán era un viejo y experimentado político, pero Raúl no. Había sido corredor de rally, ingeniero civil de profesión, dueño de varias empresas. Ocupaba la presidencia por un azar de la política, ya que se había embarcado como segundo de Lino Oviedo en el proyecto electoral del general retirado, y cuando Oviedo fue inhabilitado como candidato, debido a la condena judicial, Raúl ocupó su lugar y conquistó la presidencia con el juramento de que, apenas asumiera el mando, liberaría inmediatamente a Oviedo. En ese momento parecía arrepentido de su temeridad.
–¿Querés que investigue el asesinato de Argaña... sea quien sea el responsable? –le preguntó Carlos, con cautela.
–Sea quien sea –respondió Raúl.
–¿Aunque el responsable pueda ser tu querido amigo... el general Oviedo? –insistió Carlos.
–Sea quien sea –repitió el presidente.

Un polvorín político, listo para estallar

El magnicidio fue la mecha que terminó de encender el polvorín político en que se había convertido el país, con la emergencia del general Lino Oviedo como aspirante a la presidencia de la República.
Condenado a diez años de cárcel por un intento de golpe de Estado contra el presidente Juan Carlos Wasmosy, en abril de 1996, Oviedo había sido liberado por su socio político, el presidente Raúl Cubas, en agosto de 1998, con un decreto que fue desautorizado por la Corte Suprema de Justicia. Un pedido de juicio político contra el mandatario aguardaba su tratamiento en la Cámara de Diputados, cuando se produjo el asesinato.
La indignación ante el crimen motivó la concentración de miles de ciudadanos en las plazas del Congreso, exigiendo la renuncia de Cubas y cárcel para Oviedo. Los oviedistas también movilizaron a sus partidarios y se produjeron enfrentamientos durante seis días, que mantuvieron en vilo al país.
En la noche del 26 de marzo, francotiradores dispararon con armas de fuego desde las sombras, dejando un saldo de 8 jóvenes muertos y más de 700 heridos. La conmoción provocó la renuncia del presidente Raúl Cubas y la huida de Lino Oviedo fuera del país. Asumió la presidencia el titular del Congreso, Luis González Macchi.


Incidentado proceso judicial

La investigación sobre el asesinato del vicepresidente Argaña adquirió desde el principio un fuerte tinte político, que echó sombras sobre la eficacia de la Justicia. La aparición de un testigo falso, Gumercindo Aguilar, que incriminó a diversas personas sin muchos fundamentos, arrastró el caso hacia un pantanal jurídico.
Pero aparecieron algunas pruebas concretas: Héctor Rudi Monges, el vendedor del auto Fiat Tempra usado por los sicarios, permitió dar con el comprador, Costantino Rodas.
Un cruce de las llamadas hechas desde el teléfono celular de Rodas a los pocos minutos tras el asesinato de Argaña, permitió conectar con otros sospechosos: Pablo Vera Esteche, Luis Rojas, Fidencio Vega y el mayor Reinaldo Servín, conocido dirigente oviedista, quien también se comunicó con el dirigente Víctor Galeano Perrone y el líder máximo de Unace, Lino Oviedo.
Como autores materiales, Rodas, Rojas y Servín fueron condenados a 25 años de carcel, y Vera Esteche a 22. Galeano Perrone y Vega permanecieron prófugos por mucho tiempo. En donde la Justicia no pudo avanzar mucho fue en la determinación de quien quién fue el autor moral.
Lino Oviedo seguía siendo investigado como el principal sospechoso.  Tras asumir la presidencia el entonces presidente del Congreso, Luis Angel González Macchi, se encomendó la búsqueda y captura internacional del líder de Unace, quien tras su huida de Paraguay fue acogido por el mandatario argentino Carlos Saúl Menem, quien lo protegió y le permitió moverse entre Buenos Aires y la región sureña de Ushuaia. Pero cuando se sintió muy acosado por los reclamos de  captura internacional, prefirió trasladarse al Brasil.
El 12 de junio de 2000, Oviedo fue capturado en Foz de Yguazú, Brasil, donde presuntamente se movía con un disfraz. Apelando a la Justicia brasileña, obtuvo la condición de asilado. En todo ese tiempo, siguió manteniendo vínculos con sus seguidores, dirigiendo acciones políticas y dando entrevistas "desde la clandestinidad", presuntamente oculto por momentos en territorio paraguayo.
El ex presidente Raúl Cubas Grau se mantuvo asilado en Curitiba, Brasil, hasta que sorpresivamente regresó al Paraguay en el año 2002, e inmediatamente fue arrestado y procesado por cargos de corrupción y por conspirar para el asesinato del vicepresidente Argaña, de los cuales resultó absuelto en su totalidad. Anunció que se retiraba de toda actividad política. Su esposa, Mirta Gusinky, quien se separó de Raúl, siguió activando en la ANR.
El 21 de septiembre del 2004, su hija Cecilia Cubas (de 30 años de edad en ese entonces) fue secuestrada, y aunque Cubas pagó un rescate de 800.000 dólares estadounidenses, en febrero del 2005, el cuerpo de la mujer fue encontrado enterrado en una casa abandonada en la ciudad de Ñemby a las afueras de Asunción.
En el otro caso, investigado por separado, el de los asesinatos de los manifestante en la plaza, durante el Marzo Paraguayo, tampoco hubo significativos avances. Hubo 39 procesados inicialmente, pero solo el tirador que fue filmado disparando a la multitud, Walter Gamarra, fue condenado a 25 años de cárcel. En una entrevista concedida al diario Última Hora desde la prisión, en marzo de 2009, Gamarra reconoció haber disparado “a causa del fanatismo y el alcohol” y acusó de haber sido tomado como un chivo expiatorio, ya que no fue el único que disparó esa noche. “Mucha otra gente estaba allí disparando, pero siempre hay un chivo expiatorio”, recalcó.
El 28 de junio de 2004, Oviedo retornó al Paraguay y decidió someterse por propia voluntad a la Justicia, para enfrentar los cargos acumulados en contra suya, tanto los del intento de golpe del 96 como por las muertes del Marzo Paraguayo. Fue detenido y trasladado a la Prisión Militar en Viñas Cué, en las afueras de Asunción.
El 23 de julio de 2007, Oviedo logró que un recurso de Habeas Corpus sea admitido ante la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia paraguaya, y obtuvo su libertad provisional en el proceso por el asesinato de Argaña.
Otro Habeas Corpus fue admitido en julio de 2007, logrando su libertad provisional en el proceso por la masacre de jóvenes del Marzo Paraguayo. En este caso, los abogados de Oviedo pretendieron cobrar las costas del proceso a los familiares de las víctimas, unos 785 millones de guaraníes. Los familiares de las víctimas del Marzo Paraguayo sostienen que la Justicia cedió a los lazos de corrupción que protegen a Oviedo y sus seguidores, favoreciendo la impunidad.
El 30 de octubre de 2007, la Corte también absolvió a Oviedo y dejó sin efecto la condena de 10 años por el intento de golpe de 1996.
Uno por uno, utilizando sus fuertes influencias en la Justicia Paraguaya y el poderoso aparato de abogados que siempre supo manejar, Oviedo logró desvincularse de todas las acusaciones y procesos en su contra y recuperar su plena libertad.
La mayoría de las últimas resoluciones a favor se obtuvieron durante la presidencia de Nicanor Duarte Frutos, por lo cual se habló de una alianza entre el último presidente colorado y el exmilitar.
Lino Oviedo falleció trágicamente en la noche del 2 de febrero de 2013, cuando regresaba a la Capital de una gira proselitista por la zona de Concepción. El helicóptero Robinson 44 que lo transportaba, en compañía del piloto y su guardaespaldas, se precipitó a tierra, falleciendo los tres tripulantes.
Llamativamente, la muerte del considerado último caudillo militar en la política paraguaya, ocurrió exactamente a 24 años del golpe que derrocó a la dictadura, de la que Oviedo fue protagonista y donde iniciara su azarosa carrera política.

lunes, 23 de marzo de 2015

La orden


La primera orden fue: Que la policía les eche a garrotazos de la plaza y que nuestra gente ocupe el lugar. 
Así, cuando los legisladores llegasen para el juicio político, la turba no los iba a dejar entrar. Y ellos, cruzados de brazos, iban a decir: no podemos hacer nada, es la voluntad del pueblo.

Intentaron cumplir la orden.
¡Vaya que si lo intentaron...! 
Los cascos azules cargaron con saña pocas veces vista contra los indefensos ciudadanos. 
Cuatro valientes policías golpeando con furia a un cobarde anciano caído en el suelo.
Gases lacrimógenos. 
Carros hidrantes. 
Balines de goma. 
Represores a caballo.
Y nada…
Los jóvenes drogadictos y borrachos, los campesinos manipulados y comprados, los curas comunistas partida no se movían de la plaza, para nada.
¡Tercos imbéciles…!

Después vino la otra orden.
Esta vez para los manifestantes oviedistas: Usen las bombas y los petardos. Pero no al aire. Disparen directamente al cuerpo. Ya verán que cuando se quemen unos cuantos, van a salir rajando.
Así comenzaron a llegar cajas y más cajas de doce por uno.
Los policías ayudaban a cargar y a disparar.
¡Broom, broom…! caían las explosiones en medio de la multitud.
Gritos, llantos, gemidos de dolor.
Empezaban a evacuar a los heridos.
Pero estos boludos obstinados… ¡no salían de la plaza!

Entonces… llegó la otra orden.
Secreta, reducida, dirigida a unos pocos elegidos: 
Que la Policía se vaya a pasear. 
Que los manifestantes armen todo el quilombo que puedan. 
Y entonces, ustedes, bien escondidos, disparen. 
En principio no tiren a matar. Apenas a las piernas, a los brazos. 
Si aún así no salen, entonces cárguense a uno o dos. Ya verán que estos pituquitos, cuando vean que hay mbokapu, que la cosa es en serio, se irán corriendo a esconderse debajo de la cama.

Los oscuros sicarios obedecieron al pie de la letra.
Desgranaron las balas asesinas desde lo alto de los edificios y desde cualquier esquina.
Pero tampoco así hubo caso.
Los tercos imbéciles caían unos tras otros, recogían a sus compañeros muertos o heridos, y seguían resistiendo.
Esa plaza ya no era sólo una plaza.
Esa plaza era ya la Patria, era el país, era la democracia por la que había que luchar hasta vencer o morir.
¡República o muerte!
¡Aquí no se rinde nadie, carajo...!

El ex general sintió que estaba perdido.
Sintió que algo había fallado en sus siniestros cálculos.
Sintió que se le acababan las órdenes.
Sintió que esos adorables tercos estúpidos imbéciles drogadictos manipulados comunistas partida... ¡no se iban a mover nunca de esa maldita plaza, aunque él llamara a todas las hordas patoteras, a todos los francotiradores, a todos los tanques de guerra, a todos los cazabombarderos del mundo...!
Entonces, frío, acorralado, vencido, se bajó del ensangrentado trono del poder, tomó el teléfono celular, discó el número codificado e impartió la última orden, la que no hubiera querido impartir nunca.
Dijo, simplemente:

-¡Preparen el avión...!

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Esto lo escribí en marzo de 1999, pocos días después de los trágicos y heroicos sucesos conocidos, en base a datos sueltos que me había pasado una persona conocida del entorno del Gobierno de Cubas.
Se publicó en la primera edición de “Días de Gloria”, una revista especial tipo álbum de fotografías que editó Última Hora, y que agotó miles de ejemplares.
El año pasado me lo hizo recordar la amiga Lilia María Ayala y quedamos en que lo rescataría y lo compartiríamos por aquí, pero no tenía el texto en versión digital y ni siquiera sabía dónde estaba guardada alguna última copia de aquella revista. Por fortuna volvió a acudir en mi ayuda mi hada protectora, la querida amiga y mejor lectora Roxy Alvarez, quien se tomó el trabajo de guardarlo y copiarlo, y así lo pude compartir en FB.
Por último, el amigo y colega Enrique Dávalos, de AAM, me consultó por el mismo texto, ya que no pudo ubicarlo en  la web. Tras buscarlo afanosamente, pude dar con una copia en mis desperdigados archivos. Así, para que desde ahora pueda ser más fácil de ubicar, está aquí en el blog, con algunos pocos retoques de estilo, en memoria de tanta sangre heroica derramada e impune.