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jueves, 5 de julio de 2018

Las reinas de nuestra familia



Hortensia Espinoza y Luisa Gutiérrez son las dos hermanas de mi madre que siguen vivas, exponentes de una estirpe de mujeres que sostuvieron a una gran familia, desde la época de las residentas y destinadas de la Guerra del 70, en nuestro querido pueblo natal Yhú, Caaguazú.
La historia inicia con María Ana Paredes de Villagra, mi bisabuela, la mujer yhuense mencionada en las memorias de Madame Teodora Dupratt de Laserre, como la heroína que desafío las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las destinadas que llegaron a Yhú en marzo de 1869, enviadas en confinamiento por el Mariscal López, donde permanecieron hasta setiembre del mismo año, confinadas en un campo que queda a la salida del pueblo, conocido como Destinadas campamento kue, para luego seguir viaje hasta Espadín.
La hija de María Ana, María Abdona Paredes (Ña Doña), mi abuela materna, se casó y enviudó dos veces. Primero con Eliezer Espinoza, con quien tuvo 9 hijos: Blas (Pachito), Obdulia (China), Sixto, Víctor Eloy, Solano, Deolinda, María Dorila (Pochó), María Teresa y Hortensia. Tras la muerte de su primer marido, se casó con Pío del Rosario Gutiérrez, con quien tuvo tres hijos más: Luisa, Pío del Rosario (Tatito) y Nilda (nuestra mamá).
También hay otra línea de hermanos Espinoza, por parte del primer abuelo Eliezer. En esta línea, nuestros queridos tíos son: Gregorio (Gollo), Manuelito, Salvador, Julián, Emilio.
Como en gran parte de la historia paraguaya, son las mujeres las que sostuvieron y sostienen a nuestra numerosa y disgregada familia, criando hijos ante las ausencias masculinas -muchas veces dolorosa por guerras, asesinatos, conflictos-. Son nuestras heroínas.
El fin de semana entre junio y julio, los parientes de varias generaciones de Espinoza y Gutiérrez nos hemos reunido en nuestra amada patria chica, el modernizado y ecológico Yhú, para rendir homenaje a estas dos reinas. El pretexto fue el 93 cumpleaños de Tía Hortensia y una previa del cumple 87 de Tía Luisa (que será en agosto). Una fiesta hermosa, familiar y multitudinaria, que permitió conocernos y reconocernos.

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(Las fotos son de Desirée Esquivel).

Parte de la familia Espinoza-Gutiérrez, en la noche de homenaje a las tías.

Luisa Gutiérrez y Hortensia Espinoza, en la calle principal de Yhú.

Plaza y portal de entrada a Yhú, desde San Joaquín.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Los Buscadores: El cine paraguayo que nos identifica



E
n la noche de este miércoles 6 pudimos ver en avant premiere (estreno avanzado) la nueva película Los Buscadores, de los directores Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, que desde este jueves 7 de setiembre se estrena comercialmente en la mayoría de los cines del país.
En lo personal, las expectativas que tenía acerca de esta película se vieron ampliamente rebasadas.
Se nota que los directores y la mayoría de los integrantes del equipo han crecido mucho, tras esa experiencia fundacional para el cine paraguayo que fue la exitosa realización de 7 Cajas (estrenada en agosto de 2012), la considerada ópera prima en cine del binomio Maneglia-Schémbori.
La historia de Los Buscadores es quizás más light, clásica y lineal que la de 7 Cajas (la comparación es inevitable), pero tiene una factura técnica superior en todos los aspectos. Aquí no se apuesta tanto por la denuncia social (aunque está como trasfondo continuo en las escenas de la inundada Chacarita y en varios de los personajes), sino por la aventura y el misterio.
El guión de Juanca (en colaboración con Mario Gonzalez Martí) es más preciso y trabajado, la fotografía de Richard Careaga llega a ser impecable y asombrosa, la música, la dirección de actores, el vestuario, los efectos, la filmación de las escenas de acción… todo ha sido mejor cuidado en esta realización hasta la perfección de los detalles, dejándonos como resultado lo que probablemente es la película paraguaya hasta ahora mejor lograda como producto de una industria audiovisual emergente, a pesar de la falta de un apoyo estatal institucional más decidido (y sobre todo de la ansiada Ley de Cine, a la que los legisladores siguen cajoneando inexplicablemente en el Congreso).
Lo más interesante de Los Buscadores es que estructura una historia cinematográfica universal a partir de elementos locales muy propios del folklore paraguayo, rescatando el popular mito campesino guaraní de la plata yvyguy para construir una aventura a lo Indiana Jones en escenarios tan reconocibles como la mágica Chacarita amenazada por la creciente, los puntos geográficos más históricos de Asunción (sublime el uso de las estatuas de la Escalinata Antequera), la modernidad de la Costanera, el cementerio de Paraguarí, instalando un clima de suspenso y de vertiginosas persecuciones de acción hollywoodiense con motos y bicicletas en nuestras calles cotidianas (como ya lo habían hecho con las folklóricas carretillas del Mercado Cuatro en 7 Cajas).
El otro elemento esencial es el manejo del humor, sin llegar a caer en un exagerado tono de comedia. Un humor acotado, preciso y por momento genial, con giros de lenguaje muy paraguayo, que logra el efecto de verdaderas explosiones de carcajadas en la platea.
Todavía está por verse si Los Buscadores repetirá o superará el fenómeno de 7 Cajas de llenar los cines del país con legiones de espectadores y establecer nuevos records de taquilla, pero tiene todos los elementos para lograrlo.
Mientras, hay que agradecerle a Tana, Juanca y a todo el equipo que trabajó en esta obra, por entregarnos otra película que nos hace sentirnos orgullosos por el cine que se está construyendo en Paraguay, que nos identifica y nos proyecta en el mundo.



jueves, 11 de diciembre de 2014

El día en que la Virgen de Caacupé se quedó sin procesión


El 8 de diciembre de 1969, el entonces obispo de Caacupé, monseñor Ismael Rolón, decidió suspender la tradicional procesión del Tupasy ára, en protesta contra los abusos de la dictadura stronista. Una historia poco conocida, que vale la pena rescatar, en coincidencia con el Día de los Derechos Humanos.

#CrónicasDeLaMemoria


Por Andrés Colmán Gutiérrez  - @andrescolman

Los primeros rayos del sol bañaban con un intenso color dorado a la multitud congregada en la plaza parroquial de Caacupé, frente al Tupao tuja, el antiguo templo de estilo colonial, cuya construcción se había iniciado en 1770.  Detrás se divisaban las primeras estructuras del nuevo Santuario, cuyas obras habían quedado paralizadas por falta de dinero.
-¿No ñepyrui piko la procesión? (¿No empezó la procesión?), preguntaba una de las muchas mujeres, con la cabeza cubierta por una blanca pañoleta y con velas encendidas en las manos, tras una larga noche de espera y desvelo.
-¿Nde reikua'i piko? Ndoi ko mo'ai ningo la procesión. Monseñor Rolón i pochy lekajándive, porque ndaye i formal eterei (¿No te enteraste? No habrá procesión. Monseñor Rolón está enojado con el viejo, porque es muy abusivo), le contestó otra de las mujeres campesinas.
El rumor empezó a correr, como reguero de pólvora entre la muchedumbre. Ese año, por primera vez en la historia de las peregrinaciones a Caacupé, la imagen de la Virgencita Azul no iba a realizar su tradicional recorrido desde el legendario Tupasy Ycuá (pozo de la Virgen) hasta la iglesia.
El aviso había sido dado durante las misas del domingo anterior, en la mayoría de los templos católicos del país, en donde se leyó la carta que el obispo de Caacupé, monseñor Ismael Rolón, había enviado al Gobierno, avisando acerca de la suspensión y explicando los motivos, pero muchos no se pudieron enterar.
Ese día del Tupasy ára había perplejidad y confusión en los rostros de los miles de peregrinos congregados en la plaza. ¿Qué era lo que estaba pasando en el país, como para que se suspenda la procesión de la Virgen?

"Es mejor que no se vaya, señor presidente...".

El general Alfredo Stroessner, quien entonces llevaba quince años al frente del Gobierno, al cual había accedido tras un golpe de Estado, en mayo de 1954, y un posterior simulacro de elecciones, había ordenado a sus ministros y colaboradores que pusieran "todo a punto" para su presencia en la festividad religiosa de la Virgen de Caacupé, al cual acostumbraba asistir todos los años, cuando el entonces ministro de Educación, Raúl Peña, se acercó a aconsejarle: "Es mejor que no se vaya, señor presidente...".
El dictador quiso saber por qué no debía acudir, ante lo cual Peña le mostró la carta que acababa de recibir en su despacho.
La nota, con sello de la Diócesis de Caacupé, decía textualmente:

Caacupé, 17 de noviembre de 1969.

Excmo. Señor Ministro
Dr. Raúl Peña
Ministro de Educación y Culto
E.  S.  D.

Señor Ministro:

Me dirijo a Ud., en carácter de Obispo de Caacupé, con el fin de poner en conocimiento oficial del Gobierno de la República que este Obispado, interpretando la decisión unánime del Clero de la Diócesis, y oído el parecer de los señores Obispos y Presbiterios de la República, ha resuelto suspender las Procesiones que debían celebrarse los días 8 y 15 de diciembre próximos, en esta ciudad.
Motivan esta penosa determinación, los hechos que son de público conocimiento, vejatorios al Pueblo de Dios y a la Iglesia, provocados a ciencia y conciencia y orden de las altas autoridades nacionales, como de la propaganda oficial.
Como es ya de tradición desde muchos años atrás que las autoridades asistan a tales procesiones, cumplo con el deber, por razones de cortesía y protocolo, de comunicarle la suspensión de tales actos, con el fin de aclarar desde ya cualquier duda o equívoco que pueda surgir.
En la esperanza de que nuestra intención pastoral sea debidamente interpretada, saludo al señor ministro con la amistad de siempre.

Ismael Rolón, SDB
Obispo.

Esta fue la nota que hizo que la Virgen de Caacupé, aquel año, no solo se quede sin su tradicional procesión, sino también que la capital espiritual del Paraguay se quede sin la presencia del dictador Stroessner y de su habitual comitiva.
Aunque la procesión se suspendió, sí hubo una misa central en la antigua Iglesia. El obispo no la celebró, pero pidió a uno de sus principales colaboradores, monseñor Secundino Núñez, que dirija una fuerte homilía en guaraní.
"¿Qué dirá este mundo que nos observa y nos escucha, si nosotros mismos, cristianos, encubrimos y callamos tantas cosas injustas que se hacen delante de nuestros ojos? Y con mayor razón aun: ¿Qué dirá el mundo si los mismos cristianos no tenemos respeto por la vida de nuestros prójimos? ¿Si -¡cosa increíble!- nosotros mismos los afrentamos y torturamos", cuestionó en su homilía monseñor Núñez.

Monseñor Ismael Rolón, cuando fue obispo de Caacupé suspendió la procesión del 8 de diciembre, para castigar al dictador Alfredo Stroessner, por los abusos de su régimen.

El cese del "uso arbitrario de la fuerza".

Para conocer cuáles eran los "hechos que son de público conocimiento" que motivaron la drástica decisión del obispo de Caacupé, hay que leer otra nota dirigida también el ministro Raúl Peña, unos días antes, esta vez firmada no solo por monseñor Ismael Rolón, sino también por los obispos Aníbal Maricevich, Felipe Santiago Benítez, Aníbal Mena Porta, Jerónimo Pechillo y Alejo Ovelar, en nombre de todo el episcopado paraguayo.
En dicha nota, los pastores de la Iglesia Católica enumeran "las medidas de fuerza tomadas en estos últimos días por el Gobierno".
En primer lugar, cuestionan "la expulsión del país del sacerdote Francisco de Paula Oliva (ocurrida en octubre de 1969), sin guardarse las más elementales normas de procedimiento; el atraco de la clausura de los Padres Jesuitas; el ultraje y bárbaro apaleamiento de estudiantes, sacerdotes y religiosos configuran una situación de tanta gravedad, que no podemos ocultar nuestro más indignado y enérgico rechazo".
Los prelados se refieren además a "la incautación, por personal policial, sin orden escrita alguna, del semanario Comunidad, órgano oficio de la Conferencia Episcopal Paraguaya".
"Al repudiar y condenar estos sucesos, sin precedentes en nuestra historia, expresamos nuestra formal protesta ante el Gobierno de la Nación por esta sistemática violación de los derechos fundamentales de los ciudadanos", indicaba la nota de los obispos, resaltando que la acción represiva gubernamental "ha generado un clima de ansiedad y peligrosa indignación", especialmente entre el pueblo campesino.
Al final del mensaje, los pastores exigen que se permita la vuelta del padre Oliva al país y "el cese definitivo en el uso arbitrario de la fuerza".

La expulsión del paí Oliva, en octubre de 1969, fue una de las razones para que se suspenda el Tupasy ára.
Un largo conflicto entre la religión y la política.

El episodio de la suspensión de los actos programados por el Día de la Virgen de Caacupé en 1969 fue reivindicado posteriormente por el propio monseñor Ismael Rolón, durante una entrevista periodística con el autor de este artículo, como "una acción que causó dolor a los fieles en ese momento, pero que resultó necesaria, porque había mucha violación de los derechos humanos por parte del Gobierno de la dictadura, y necesitábamos crear conciencia".
Aunque muchos recuerdan a monseñor Rolón como el valiente arzobispo de Asunción que se enfrentó en varios momentos a la dictadura stronista, a través de sus célebres "procesiones del silencio", pocos saben que primero fue obispo de Caacupé, y que sus decididas "acciones proféticas" ya se habían iniciado en la Villa Serrana, durante la mayor festividad religiosa del Paraguay.
Nacido en Caazapá en 1914, Ismael Rolón Silvero se ordenó como sacerdote por la Congregación de Don Bosco en 1941. El Papa Juan XXIII lo nombró prelado de Caacupé en 1960 y el Papa Paulo VI lo designó obispo de la Villa Serrana en 1965, donde estuvo por cuatro años, hasta que en 1970 fue promovido como arzobispo de Asunción.
"Hay momentos en que no basta con pronunciar fuertes homilías. Hay momentos en que hay que tomar acciones que impacten en el pueblo cristiano, que le haga reflexionar sobre lo que está pasando en ese país. Eso fue lo que decidimos hacer aquel día, cuando decidimos suspender la tradicional procesión de la Virgen de Caacupé. Muchos fieles se sintieron incomodados, pero eso es lo que buscábamos, romper la apatía acerca de las graves violaciones de derechos", explicaría luego monseñor Rolón en la entrevista periodística.
Ismael Rolón Silvero falleció en junio de 2010, a la edad de 96 años. Es considerado no solo una de las figuras más dignas y representativas de la Iglesia Católica paraguaya, sino también un héroe cívico y un incansable defensor de los derechos humanos. Su figura fue evocada y homenajeada en diversos momentos, durante las celebraciones de Caacupé 2014.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Don Libé, el parlantero ciclista de Iturbe

Liberato Rivarola, con su tricicleta equipada, frente al local de su microempresa publicitaria.
Montado en la tricicleta que él mismo ensambló, Liberato Ibarrola recorre las calles de Iturbe con dos viejos parlantes, ligados a un amplificador a batería y una grabadora a casette, divulgando a viva voz edictos municipales, anuncios de fiestas bailables o avisos comerciales y políticos. Un peculiar personaje pueblerino, en vías de extinción.

Todo comenzó el día en que un cliente de la pequeña tienda de don Liberato Ibarrola quedó cesante como obrero de la Azucarera Iturbe y ya no pudo pagarle la deuda que había contraído con él, retirando provisiones por el sistema de la clásica "libreta almacén".
"Este amigo me dijo que la única manera de pagarme era entregándome un viejo equipo de 'publicidad' que él ya no utilizaba: eran dos parlantes y un amplificador", recuerda.
Liberato, a quien todos conocen afectuosamente como "Don Libé, la voz de Iturbe", dice que terminó aceptando la oferta y así montó en su casa una peculiar microempresa de comunicación popular, a la que denominó "Publicidad Rojo, Blanco y Azul".
En Iturbe no había emisoras de radio, ni ningún otro medio de comunicación local y Don Libé sintió que tenía el mercado libre, a su entera disposición.
"Conseguí los restos de una vieja antena y alcé una torre de metal de 20 metros en el patio de mi casa, donde en lo alto puse los dos parlantes, para que se escuche en todo el pueblo", recuerda.
Al son de la vibrante canción "Patria Querida", don Libé se dedicaba a difundir avisos comerciales, anuncios de interés público o invitaciones a fiestas a cambio de una módica tarifa que cobraba a los anunciantes.
"En esa época estaban también de moda las dedicatorias musicales, jóvenes que saludaban a sus novias dedicándoles una música a través del parlante, y así todo el pueblo se enteraba. Por cada música se cobraba una tarifa", recuerda.

Contaminación sonora

Pero el potente bullicio de los altavoces empezó a incomodar a varios vecinos, que se quejaban de no poder dormir la siesta y de no poder disfrutar de la tradicional tranquilidad de las serranías guaireñas, por lo cual denunciaron a Don Libé ante la Municipalidad local por "contaminación sonora".
"Me obligaron a bajar mis parlantes. Me dijeron que monte mi equipo en carrito tirado por caballos y que salga a recorrer por las calles, pero mantener a un caballo sale caro, entonces pensé en hacerlo en bicicleta", explica Ibarrola.
Él mismo transformó una vieja bicicleta en un triciclo, agregándole una rueda más para que pueda soportar el peso de los parlantes, y armó canastas de metal, donde instaló un acumulador de automóvil de 12 voltios, una grabadora a casette y el amplificador.
Desde entonces, se volvió una postal común de las calles de Iturbe ver a don Libé recorriendo con su tricicleta y sus parlantes pintados con los colores de la bandera paraguaya, anunciando: "¡Eeeesta nocheeee...! ¡Gran festival en la Plaza Vicente Ignacio Iturbeee...! ¡Están todos invitados, señoras y señores...!".
Su tarifa actual es de 50.000 guaraníes por pasar un aviso durante una hora, tiempo en el que Ibarrola recorre todos los sectores de la ciudad y asegura que "no se queda nadie sin enterarse".
El pintoresco publicista parlantero cumple una importante función social, además de ser un patrimonio viviente de la ciudad, asegura el intendente de Iturbe, Darío Cabral, quien es uno de sus principales clientes, al encargarle la difusión de las ordenanzas municipales y de los avisos de interés público.
"Don Libé es la voz de Iturbe. Es un ciudadano a quien apreciamos y apoyamos, y que le llama la atención a muchos visitantes que llegan, porque en pocos otros pueblos del Paraguay ya se puede encontrar a un personaje folklórico como él", señala el intendente.
Padre de tres hijos, pedaleando ya con cierta dificultad por sus 79 años de edad, don Libé sigue recorriendo las calles de Iturbe, sabiendo quizás que es uno de los últimos de su especie.

jueves, 20 de junio de 2013

Judas kái: Usted elige a quién quemar

Carmen Benítez aprendió de sus padres el arte de construir muñecos para el Judas kái.
¿Ya ha pensado en ver arder a su jefe o al político más odiado, representados por un muñeco? La tradición del Judas kái, en el San Juan Ára, permite este simbólico ritual de venganza o de expiación colectiva. En Luque se fabrican a pedido, con la imagen que el cliente elige.
Al principio son solo muñecos rellenados con trozos de tela y hojas de papel de diario, a los que se les van dando características humanas, "a pedido de los clientes".
Hay quienes prefieren llevar a la hoguera a algún aborrecido senador (senarrata) o diputado (dipuchorro), en cuyo caso se lo vestirá con traje y corbata.
Pero, definitivamente, el personaje más solicitado para ser quemado este año es Pelusco, un muñeco que imita al ex director técnico de la selección nacional de fútbol, el uruguayo Gerardo Pelusso, presuntamente el "gran culpable" de que la albirroja no estará presente en el Mundial de Brasil 2014.
"Pelusco es el muñeco que más nos piden los clientes, al igual que Napú (imitación del empresario Juan Angel Napout, presidente de la Asociación Paraguaya de Fútbol) y Tacuarilla (por el jugador de la selección, Oscar Tacuara Cardozo); parece que este año todos les quieren quemar a ellos nomás luego", dice Carmen Benítez, dueña de la fábrica de juegos artificiales La Luqueñita, la artesana más reconocida en el oficio de confeccionar muñecos para el juego del Judas kái.

"Arde, maldito, arde..."

El Judas kái o quema del Judas es uno de los juegos más aclamados en las tradicionales fiestas de San Juan, o San Juan Ára, que se celebran el 24 de junio, pero que por su gran convocatoria popular ya se realizan desde varias semanas previas y se siguen repitiendo durante todo el mes siguiente.
Aunque las celebraciones tienen orígenes en antiguas fiestas populares europeas, religiosas y paganas, que combinan la consagración del solsticio de verano en el hemisferio norte con el culto católico a San Juan Bautista, fueron introducidas en América por los conquistadores españoles y asumieron características propias en cada región. En Paraguay, las fiestas adquirieron elementos folclóricos de la cultura indígena guaraní.
Según refiere el investigador Dionisio González Torres, en su obra Folklore del Paraguay, la quema de Judas es un ritual en donde el pueblo, simbólicamente, toma venganza del apóstol Judas Iscariote, por haber traicionado a Jesús, colgando en un lugar público a un muñeco que lo simboliza, que es rellenado con explosivos y quemado en medio de la algarabía popular.
Con el tiempo se han ido representando en estos muñecos también la figura de otros "judas", personajes más actuales, que han defraudado a la colectividad, y que de esta manera se cobra una metafórica venganza contra los mismos, en la noche de San Juan.

Póngale nombre a su propio Judas.

En la amplia vereda del local La Luqueñita, sobre la calle Javier Bogarín, en la zona del mercado municipal de Luque, se exhiben los muñecos ya terminados, hechos del tamaño de una persona humana, con sus pintorescas caracterizaciones.
Hay personajes clásicos, como el Dr. Chapatín (personaje televisivo de la serie Chespirito), Recallate (imitación del expresidente del Olimpia, Marcelo Recanate), presidentes y expresidentes de la República, pero la mayoría no tiene nombres ni fisonomía propia, a la espera de que los propios clientes le den la denominación que más prefieran.
"Hay personas que quieren que el Judas sea su propio jefe o su suegro, o algún político al que le odian especialmente, entonces nos piden que le demos alguna forma especial, o lo llevan así y ellos mismos le dan la identidad que quieren", explica Carmen Benítez, quien aprendió el oficio de confeccionar muñecos para el Judas kái de sus padres, quienes ya se dedicaban a este negocio.
En un pequeño taller detrás del salón de ventas, ella dirige la confección de los muñecos, a cargo de varios jóvenes empleados. Primero se instala un armaje de madera, con forma muy básica de esqueleto humano, al cual se le agrega un pantalón y una camisa, que se van rellenando con pedazos de telas y papel diario.
Para la cabeza se usa una pelota de plástico, a la que se cubre con tela, se le pintan las facciones y se le agrega gruesos hilos de colores para fingir la cabellera. En el interior del cuerpo se ubican las bombas y explosivos, según la potencia de estruendo que se requiera.
"Somos muy cuidadosos en el tipo de explosivos que le ponemos adentro, solo aquellos que detonan y se consumen en el mismo lugar, ninguna bomba tres por tres, ni petardos que puedan saltar y herir a las personas", explica Carmen.
El muñeco más barato cuesta G. 200 mil, pero el precio sube según la cantidad y calidad de explosivos. "Hay que mojarlos con querosén solo poco antes de prenderles fuego", señala.
En el local también se venden las bolas de tela preparadas para la tradicional pelota tatá (pelota llameante), tres unidades por G. 10 mil, además de cántaros de varios tipos, para el juego del kambuchi jejoka (quiebra de cántaros).

"La fiesta de San Juan es una tradición profundamente paraguaya, y a nosotros nos encanta contribuir para que eso se mantenga", dice Carmen Benítez, sonriente, mientras ayuda a terminar un nuevo muñeco de Pelusco, que en pocos días más acabará consumido por las llamas en una plaza pública o en un estadio, en medio de vítores y carcajadas de la multitud.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Un brindis por la esperanza

Brindo por el Paraguay que nos aguarda al otro lado del tiempo. Un país que todavía no conocemos y sin embargo extrañamos, cuya geografía pertenece al intangible territorio de los sueños. Un país cuya belleza no se puede pintar sobre el papel, porque está dibujado en el mapa de las emociones. Un país que está hecho con la madera de nuestras mejores utopías e iluminado con el sol de nuestros recuerdos más felices, incluso con los recuerdos de los momentos que todavía no sucedieron.
Brindo por los hombres y mujeres que ya no están físicamente con nosotros, pero que nos iluminan con su grandeza humana desde la profundidad de la memoria. Aquellos y aquellas que prefirieron sacrificar su vida antes que traicionar sus ideales, para que hoy podamos estar aquí, brindando en estas últimas horas del año con nuestros sueños aún en deuda.
Brindo por quienes se disponen a pasar estas fiestas en alguna fría y distante ciudad europea o norteamericana, a medio mundo de distancia de su tierra natal y de sus seres más queridos, con el corazón oprimido por el insalvable techaga'u. Brindo porque en un futuro próximo tantos hombres y mujeres ya no tengan que marcharse en busca del sueño de vida digna que su propia patria les niega.
Brindo por las familias de los campesinos y policías muertos en Curuguaty. Que por encima de los encontrados intereses y de los intentos de manipulación política, logren sobreponerse al sinsentido de tanta violencia y dolor, y que podamos llegar a conocer la verdadera verdad y la verdadera justicia.
Brindo por quienes probablemente no tengan con qué brindar. Por los incontables compatriotas que se debaten en la necesidad y en la pobreza. Por los niños y niñas condenados a pasar hambre y soledad por culpa de la ambición y el egoísmo, de la indiferencia y la ineficacia estatales. Brindo por que desde nuestros respectivos lugares en la sociedad seamos un poco más activos en las búsquedas de soluciones a los profundos dramas sociales del Paraguay.
Brindo por los que brindan. Por los admirables seres humanos que en medio de la adversidad logran conservar intactas la sonrisa y la ternura, la alegría y la esperanza.
Por los que en esta noche de Año Nuevo elevarán sus copas a la luz de las estrellas y decidirán que -al margen de los tiempos políticos y de las aventuras electorales- un nuevo tiempo se inicia al estrenar las hojas de un flamante calendario.
Que entre todos y todas hagamos posible un 2013 que valga la pena. ¡Salud...!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Música de cigarras


Hoy no tengo ganas de escribir sobre política, ni sobre la siempre desgarradora problemática social, o sobre cualquiera de esas cosas densas que acostumbran instalarse en los resquicios de esta columna, sábado tras sábado.
Hoy paso de predicciones agoreras acerca de lo mal que le irá a la economía paraguaya en el 2012.
No me vengan con más cuentos de ciencia ficción sobre el Metrobus, ni me digan dónde hubo un nuevo brote de dengue o de fiebre aftosa, ni me revelen qué previsible pre candidato presidencial se sometió a un lifting del cerebro.
Hoy no quiero que me hablen de siniestras conspiraciones para impedir el ingreso de Chávez al Mercosur, ni de privilegiados sobrinos presidenciales que siempre ganan licitaciones de obras públicas.
Hoy no deseo que me muestren a cuántos infernales grados subió el termómetro de la esquina, ni que me anuncien a cuántos desdichados usuarios más la Ande nos dejará sin energía eléctrica en el momento menos pensado.
No es que quiera evadirme de toda la realidad tan real que padecemos en esta orilla del mundo.
No.
Sucede, simplemente, que en pocas horas más será Nochebuena… y el recurrente lata parará de los francotiradores mediáticos no nos permite detenernos a escuchar y apreciar la música de las cigarras.
Hoy quiero el aroma de los cocoteros en flor y la frescura del ka’avovei inundando la noche.
Quiero risa de niños correteando con brillo de estrellitas en las manos.
Un largo y cálido abrazo de reencuentro con el hermano que llegó de lejos.
La dulzura de un villancico en la voz sin tiempo de Los Tres Sudamericanos.
Los deliciosos chismes y chistes en la mesa familiar, enredándose con el aroma del asado a la parrilla.
La grotesca figura del tío Juan disfrazado de Papá Noel y su bolsa de regalos.
Hoy quiero humorísticas anécdotas salvadas del olvido por una ronda de amigos.
Quiero llamadas telefónicas de larga distancia y lágrimas de techaga’u en los rostros.
Un nombre querido saludando en la pantalla de la notebook desde otro lado del mundo.
Hoy quiero saborear la memoria de mi pueblo natal en los trozos de frutas del clericó.
Cerrar los ojos por un instante y sentir que está viva la esperanza, y que todo esto nos dará claridad, energía y fuerzas para seguir construyendo el país mejor que le vamos a dejar a nuestros hijos.
Hoy quiero una copa de estrellas burbujeantes contra las lucecitas del pesebre.
Y un abrazo cálido y fraterno que se va engendrando entre estas letras... hasta abrazar al mundo.
¡Feliz Navidad!

miércoles, 31 de marzo de 2010

El otro Viacrucis


La procesión emergió en una esquina de la plaza, envuelta en nubes de polvo y tristeza.
Anastasio Melgarejo la vio a través del pequeño agujero en la pared del calabozo y sintió que la multitud de penitentes le estaba devolviendo como en un espejo deformado la imagen de su propia tragedia.
Vio al barbudo campesino que hacía de Jesucristo avanzar tambaleante frente a la multitud, con su túnica de sábana manchada y su corona de ñuati curusu, empujado por los toscos muchachitos vestidos como antiguos legionarios romanos, con lanzas de madera y cartón. Vio a las viejas de largo y pesado vestido negro, con velas y rosarios en las manos. Vio a los estacioneros con sus candiles encendidos y el cántico lúgubre flotando en la tarde.
Un alarido de dolor resonó en el fondo de la comisaría y Anastasio cerró los ojos, estremecido.
–Pobre Martínez... –dijo una voz a su lado–. Ya estará medio muerto.
–Después nos va a tocar a nosotros... –dijo otra voz, ahogada por un sollozo.
Los demás campesinos estaban sentados en el piso de tierra húmeda, recostados contra la pared. No había un solo mueble en la pequeña habitación. Solo la puerta cerrada y el pequeño agujero por donde Anastasio veía acercarse la procesión del viernes doloroso.
–Y esa gente allí afuera, celebrando la Semana Santa, como si nada estuviera pasando.
–Nde, Melgarejo –preguntó álguien–, ¿le ves piko al pa’i José en la procesión?
–No, no le veo. Ha de estar en la Iglesia ya, preparando el tupaitú.
–A lo mejor él viene a ayudarnos. A él siempre le pareció bien nuestra idea de formar las Ligas Agrarias...
–Pero nunca dijo nada en público. Y menos va a hablar ahora que nos cayó encima la represión.
–¡Shsst, cállense...! –pidió Anastasio.
El canto quejumbroso de los estacioneros ahora estaba allí, casi pegado a la pared. El campesino barbudo que hacía de Cristo estaba pasando muy cerca, cuando repentinamente se detuvo y extendió la mano hacia el hueco del calabozo. Anastasio sintió un nudo en la garganta. Le pareció que el otro quería decirle algo, pero los jóvenes disfrazados de romanos lo empujaron con fuerza y lo obligaron a continuar la marcha. El barbudo giró la cabeza varias veces, angustiado, buscando con la vista los ojos de Anastasio, hasta que la procesión dobló la esquina y se perdió de vista.
En ese instante se abrió la puerta del calabozo.
Dos soldaditos metieron el cuerpo inerte de Leoncio Martínez y lo dejaron caer de bruces sobre el piso.
–¡Melgarejo, nde ha...! –ordenaron.
Anastasio avanzó hacia la puerta. Los demás campesinos bajaron la cabeza para no tener que mirarlo a los ojos. Los soldaditos lo aferraron del brazo y se lo llevaron a través de un largo corredor.
De pronto, Anastasio se dio vuelta y los miró con sorpresa.
El tradicional uniforme color caqui de la policía había desaparecido y ahora los soldaditos iban vestidos con túnicas de legionarios romanos, con cascos en vez de birretes y lanzas en lugar de fusiles.
Lo condujeron hasta el patio del fondo y le ataron los brazos con alambres al travesaño de un horcón.
Anastasio no pudo evitar una sonrisa irónica al percibir que los maderos formaban la perfecta figura de una cruz.


* * *

El pa'i José estaba solo en la sacristía, quitándose los ornamentos de la celebración litúrgica que acababa de concluir, cuando sintió la oscura sombra parada en la puerta.
–¿En qué le puedo servir, comisario? –preguntó, sin necesidad de mirar al visitante para saber de quién se trataba.
–Usted ha metido la pata, pa’i. No debió decir las cosas que dijo en el sermón... Esas cosas no ayudan. –dijo la silueta uniformada, con voz seca.
–Lo dicho, dicho está... –respondió el sacerdote, mientras doblaba la estola de color púrpura.
–Ya le avisé muchas veces, pa’i. Le dije bien que no se meta en política. No tenía por qué mezclar el viacrucis de la Semana Santa con el tema de estos campesinos comunistas que acabamos de agarrar.
–¿Mezclar...? –se indignó el sacerdote, encarando esta vez con firmeza al uniformado–. Usted no entiende nada, comisario. El verdadero viacrucis no es este ritual vacío que usted acaba de presenciar en el templo. ¡El verdadero viacrucis es el que están padeciendo ahora los campesinos en su comisaría, por el único delito de querer ser libres!
–Muy bien... eso es lo que quería escuchar, pa’i –dijo con mucha calma el comisario–. Entonces, ahora también usted podrá conocer personalmente ese viacrucis.
Otras siluetas aparecieron en la puerta. A un gesto del comisario, entraron y rodearon al sacerdote. El pa’i José se dejó llevar sin reclamar. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que una inmensa paz inundaba su alma. Quizás por eso no le causó ninguna sorpresa que, al salir a la luz mortecina del atardecer del Viernes Santo, se diera cuenta de que los soldaditos de la comisaría iban vestidos como antiguos legionarios romanos.

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(De El Principito en la Plaza Uruguaya – Relatos, Andrés Colmán Gutiérrez, Editorial Servilibro, Asunción 2007).



lunes, 29 de marzo de 2010

Descubre Tañarandy



Cae la noche y se encienden las fogatas. Quince mil candiles de apepu esparcidos en el suelo convierten el Yvaga Rape en un camino llameante.
La multitud avanza, flotando en el quejumbroso canto de los estacioneros, noche adentro, país adentro, al encuentro de una identidad cultural más antigua que la memoria.
Fuego en las manos. Encender la vida, encender la memoria, encender la esperanza. Aún a riesgo de quemarse, de abrazarse con el resplandor de una cultura que mezcla culturas, barroco efímero y sustancial.
El apepu rendy. Una cáscara de naranja cortada a la mitad, vaciada, rellenada de sebo de vela y pavilo de tela. Es todo lo que se requiere para encender la magia e iluminar los pasos a una experiencia increíble.
Semana Santa Yma Guare. El canto de los estacioneros, como la luz del candil, llega desde una época primitiva y esencial, que se resiste a morir, y que se potencia con las maravillas de Internet y la imagen digital.
Yvaga rape. Camino al cielo. O quizás el cielo esté en la tierra, y sea la maravilla que manos humanas pueden construir con sensibilidad artística. Es como caminar entre las estrellas. Una sensación que no tiene nombre.
Al final de la procesión, en el Anfiteatro al aire Libre de la Fundación La Barraca, el gran artista plástico Koki Ruiz, impulsor de la intervención artística y el rescate de las tradiciones culturales de la comunidad desde hace 18 años, al frente de un elenco de músicos, bailarines, actores y creadores campesinos, sorprenderá de nuevo con un show impagable de lo que el denomina “El Barroco Efimero”: música, teatro, danza, religión, efectos especiales. Cuadros pictóricos clásicos del Arte Universal y el Arte Jesuítico de las Reducciones, recreados en vivos por pobladores locales.
Este Viernes Santo, 2 de abril, al caer la tarde, la pequeña comunidad rural de Tañarandy (en las afueras de San Ignacio, Misiones; a 226 kilómetros al Sur de Asunción, sobre la ruta 1), te espera para compartir una experiencia inolvidable. ¡No te lo pierdas!

martes, 30 de junio de 2009

Mundo Guaikuru



La noche es fría, oscura y misteriosa, en medio de la agreste serranía de Altos.
Sopla un viento helado desde el Sur, pero en la “cancha kora”, en el centro de la pequeña comunidad rural de Itaguazú, hay una gran hoguera que ilumina los rostros sonrientes y calienta por igual el cuerpo y el alma.
Es la noche del 28 de junio, la festividad de los patronos San Pedro y San Pablo. En medio de la cancha, las mujeres del pueblo se desafían unas a otras con las antorchas de paja o kapi''i encendidas, en el antiguo juego de la “rúa”, al son de alegres polcas.
De pronto, un ulular primitivo y gutural crece desde alguna parte. Figuras fantasmagóricas emergen de las sombras. Personajes grotescos y casi vegetales, con el cuerpo cubierto por hojas secas de banano y máscaras de tela o madera de timbó, que representan a animales, duendes y criaturas oníricas.
–¡Cháke guaikuru...!
Las mujeres gritan de miedo, excitación o gozo, al sentir que los enmascarados saltan a perseguirlas. Tratan de contenerlos con el fuego, pero ante la inutilidad de la defensa echan a correr por la cancha, perseguidas tenazmente, hasta que son atrapadas al vuelo y arrastradas brevemente hacia algún rincón oscuro.
Hace tres siglos o más, en esta misma región, esta era terriblemente real, cuando los feroces e irreductibles indios guaikuru (mbaya y payagua) atacaban a los tava-pueblos de Altos, Atyrá o Tobatí, asesinaban a los pobladores, quemaban la edificación y raptaban a las mujeres.
De esos trágicos episodios hoy solo quedan estas recreaciones pintorescas, sensuales, humorísticas. Es la vida que se ríe de la muerte y la convierte en folclore, fiesta, tradición.

LO AUTÉNTICO. Itaguazú queda a poco más de una hora de viaje desde Asunción. Un camino de tierra de 3 kilómetros lleva desde la entrada de Altos hasta este lugar todavía apartado de la civilización de plástico y el vértigo de la carretera.
Cada año, desde mediados de mayo, varias comisiones de pobladores se ponen en marcha para organizar la fiesta de los santos patronos. Hay una “comisión guaikuru”, que se encarga de vestir y adiestrar a unos treinta jóvenes campesinos que encarnarán a las míticas criaturas, y una “comisión kamba ra’anga”, que hace lo mismo con otra treintena de voluntarios.
A ello se suman la comisión de damas, la comisión de jóvenes y la comisión pro oratorio, que se encargan de organizar los cultos religiosos y rituales, el servicio de cantina y los espectáculos tradicionales. No hay reguetón ni cachaca, solo polca y música de banda koygua.

ORÍGENES. En “Las fiestas de Yvu-Altos” (Fondec, 2003), Regina Kretschner destaca que los guaikuru eran antepasados de los indios Toba-Qom, “rebeldes ante las políticas de colonización, que se negaron a someterse al dominio español”. Fueron una constante amenaza para los pueblos coloniales de las cordilleras. “Atacaban con una táctica guerrillera, sorprendiendo a los pobladores y guarniciones. Robaban caballos, armas, ropas, artefactos y tomaban a los pobladores como prisioneros”, dice Kretschner. Las recreaciones se incorporaron a las fiestas antes de la Guerra de 1864-1870.
Al contrario de los guaikuru, que conservan un estilo más tradicional, los kamba ra’anga incorporan más elementos modernos a sus representaciones. Kretschner dice que sus orígenes se asocian tanto a los soldados brasileños negros (kamba) que atacaron durante la Guerra contra la Triple Alianza, como con las máscaras de los indios guaraní-chiriguanos, o como una herencia cultural traída del África por los ex esclavos negros, pero no existen fundamentos sólidos para confirmar ninguna de estas tres hipótesis. “Sus orígenes se pierden en el tiempo”, asegura.


KAMBA KUÑA. Adriana Acosta, locutora de una radioemisora en Altos, tenía “un problema de salud”. Quería concebir un bebé y no podía lograrlo. Entonces, se “encargó” a San Pedro y San Pablo y les prometió que si la ayudaban a cumplir su sueño, ella acudiría durante siete años seguidos a celebrar el ritual del fuego en su homenaje y a vestirse de “kamba kuña”, la versión feminista de los kamba ra’anga.
Hace más de cuatro años, los santos le cumplieron el milagro. Y desde entonces ella acude religiosamente, cada 28 de junio, hasta la compañía Itaguazú, donde son los patronos, para pagar su promesa.
“Les estoy muy agradecida y vengo todos los años a participar de la «rúa», a jugar con el fuego y a enfrentarme a los guaikuru y a los kamba ra’anga, durante las dos noches. También suelo vestirme de «kamba kuña» en la tercera noche, junto a las mujeres del pueblo”, cuenta Adriana.
La tercera noche de festividad, dedicada exclusivamente a las mujeres, es un “agregado feminista” que empezó hace algunos años, cuando las mujeres de Itaguazú se cansaron de ser las eternas víctimas perseguidas por los kamba ra’anga y raptadas por los guaikuru, y exigieron invertir los roles.
Entonces, a las dos noches tradicionales, del 28 y 29 de junio, agregaron “la noche de los kamba kuña”, cada 30, en que las mujeres se ponen las máscaras y los disfraces, y salen ellas a ofrecer espectáculos y a perseguir a los hombres. “Nosotras somos mucho más divertidas y creativas que los kuimba’e”, dice Eugenia Pérez, lpresidenta de la “comisión kamba kuña”.

MÁSCARAS. Un viejo machetillo o un simple cuchillo de cocina le resultan suficientes para darle forma a la liviana madera de timbó y arrancarle formas de sueño o pesadilla, una flor, una mariposa, un loro, un tucán, o las asustadoras máscaras que en la noche les darán rostros míticos a los guaikuru.
Carlos Álvarez aprendió el oficio de tallador de máscaras cuando era mita’i, viendo trabajar a su papá y a su abuelo, que a su vez lo aprendieron de sus progenitores.
“Este es un arte que viene desde hace muchos atrás, aquí en Itaguazú, y su origen exacto nadie conoce. Algunos dicen que trajeron los esclavos negros del África, otros dicen que nuestros antepasados aprendieron de los indios. Pero hoy es nuestra mayor riqueza cultural y tratamos de que no se pierda, que los jóvenes y los niños lo sigan aprendiendo”, dice Carlos.
El taller de Álvarez está en su humilde vivienda, dentro de las 3 hectáreas de la chacra familiar, en la entrada misma de Itaguazú, donde sus obras están en exposición permanente junto a las paredes de ladrillos desnudos.
“Aquí somos unas veinte personas las que nos dedicamos de lleno a esto, a pesar de que nuestro arte todavía no se conoce mucho, no hay apoyo para que vengan turistas. Yo tengo también una galería en Areguá, y allí hay mayor salida. Pero aquí en Itaguazú, que es la cuna de esta cultura, no hay mucha promoción”, señala.
Desde la pared, rostros de sueño y pesadilla observan en silencio.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Año Nuevo en la Triple Frontera


La fiesta de fin de año en la Triple Frontera tiene un sabor distinto y especial, exótico y estimulante.
Existen diferencias marcadas por el tiempo y la geografía. A las once de la noche, una cromática y sonora explosión de fuegos artificiales y petardos cubre el cielo del otro lado del río Paraná. Es que el Brasil y la Argentina tienen una hora adelantada con respecto al Paraguay (¡hasta en el horario somos atrasados!), y las ciudades de Foz do Iguaçú y Puerto Yguazú celebran mucho antes.
Es un espectáculo imponente acodarse en cualquier balcón, terraza o punto elevado de Ciudad del Este, y disponerse a disfrutar de esa sinfonía de luces que dibujan fantasías de colores en el horizonte. Y pensar, como el genial abuelo Einstein, en lo relativo que es el tiempo: qué loco que allí, a tan pocos metros de distancia, ya llegó el futuro, ya es el nuevo año, y aquí todavía estamos anclados en el pasado, en el castigado año viejo. ¿Será que lo merecemos?
Una hora después nos tocará a nosotros celebrar, y serán ellos, los brasileños y los argentinos, ya con algo de mareo por tantos brindis compartidos, los que se acomodarán en sus balcones o terrazas a disfrutar de nuestros fuegos artificiales coloreando el firmamento nocturno, sintiendo esa rara sensación de película repetida, de salto atrás en el tiempo, de “deja vu” trifronterizo.
Territorio de contrastes y de gran riqueza multicultural, la Triple Frontera tiene muchas formas de celebrar (o de no celebrar) las fiestas de fin de año. Hay una vasta comunidad de árabes musulmanes (más de 12.000 personas, principalmente sirios libaneses) para quienes la Navidad simplemente no existe en su credo religioso, pero se acoplan con entusiasmo a las nuevas costumbres que han ido asimilando en su ya larga convivencia esteña.
Hay también una activa comunidad de chinos taiwaneses (más de 5.000 inmigrantes) que festejarán su Año Nuevo recién en febrero, basados en un calendario lunar más antiguo y milenario que el gregoriano, pero que están dispuestos con generosidad a hacer una especie de “adelanto” a la occidental. Y una más reducida comunidad de familias hindúes, que ya celebraron su propio año nuevo en noviembre, pero no tienen ningún problema en volver a repetir la fiesta.
Si a eso se le suman las comunidades de migrantes brasileños, bolivianos, argentinos, peruanos, alemanes, coreanos y hasta sudafricanos, junto a la población paraguaya más criolla, que habitan una de las ciudades de mayor diversidad étnica de toda Latinoamérica, el resultado puede ser mágico y casi surrealista: ver a mujeres musulmanas cubiertas con el chador árabe reunidas en torno a un pesebre campesino con aroma de flor de coco, o caminar por las calles periféricas sintiendo como se mezclan las melodías de Las Mil y Una Noches con el sonido del erhu chino, las canciones sertaneyas, la polca, la cachaca y el reguetón.
Año Nuevo de sopa paraguaya y capipiriña, de clericó y feijoada, de falabel y sidra, de chop suey y champán. Ausencias que duelen en cualquier idioma. Hogares en donde se extraña con la misma emoción a la mamá que se quedó en las ardientes dunas de Damasco, a los hermanos que envían saludos en mandarín desde Taipei, a los hijos que fueron a buscar un futuro mejor en la lejana Madrid y se les atragantan sus saludos por Internet.
Año Nuevo de mujeres casi niñas que esperan clientes sexuales en la nocturna soledad del Parque Chino. Año Nuevo de niños callejeros que inhalan cola de zapatero debajo del viaducto de la Aduana para no sentir la falta de abrazos. Año Nuevo de indígenas mbya refugiados bajo casuchas de lona en el baldío de la Terminal. Año Nuevo de sacoleiros que apuran el último cruce en el Puente de la Amistad.
Año Nuevo en la Triple Frontera. Tan diversas y variadas voces, pero tan iguales lágrimas, sonrisas, interrogantes, esperanzas. Tan similares ganas de que este 2013 sea mejor. ¡Salud…!

martes, 21 de agosto de 2007

Instrucciones para tomar tereré



Primero que nada hay que conseguirse una buena rueda de amigos, porque tomar tereré en solitario no tiene ningún sentido. Es una bebida hecha para compartir. Más que una bebida, un ritual colectivo, un medio de comunicación social. Dicen que en las rondas de tereré se tramaron conspiraciones políticas, golpes de Estado y revoluciones, a lo largo de la desgarrada historia nacional.
Otro elemento indispensable es que debe hacer calor, mucho calor. El tereré es una refrescante bebida de verano, como el mate lo es de invierno, aunque nunca faltan los contreras que lo sorben bajo el gélido viento sur, así como los uruguayos toman mate caliente en la playa mientras se derriten al sol.
Cuentan los abuelos que la hora habitual de consumo es entre la media mañana y la siesta. Nunca al atardecer o a la noche, porque la yerba vespertina y nocturna hace fermentar malos humores. Tampoco hay que beberlo en ayunas porque golpea el estómago. Lo ideal es brindarle una buena cama alimenticia, vulgo "tereré rupa", y nada mejor que los restos recalentados de algún banquete familiar, el popular "ype rova".
La yerba mate tiene que ser yerba mate. Es decir: pura, fuerte, amarga, bien tostada, de ser posible mboroviré. Las marcas ligth que hoy inundan el mercado, mezcladas con otras hierbas o saborizadas con esencias de frutas, son una versión moderna de las perversiones líquidas que inventaron algunos inmigrantes europeos, como los famosos "tereré ruso" o "tereré ucraniano", que sirven la yerba con limonada o hasta con coca cola. ¡Vade retro, tovarich!
El recipiente para la yerba mate puede ser de madera, porongo, metal, vidrio, hasta de plástico, pero nada supera a la popular guampa de cuerno de vaca, artesanalmente trabajada y debidamente curada. La bombilla, de plata o de lata, palosanto o takuara, debe estar limpia y cuidada, con los orificios a la medida justa para filtrar los palitos y el polvo mojado, dejando pasar suficiente líquido.
No vamos a discutir que como recipiente para el agua resulta más práctico un globalizado termo, forrado con cuero repujado, pero nada supera al fugaz placer de usar una jarra de vidrio transparente, perlada de frío, que deja ver la variedad de hierbas medicinales adecuadamente combinadas y machacadas en un refrescante brebaje verde, verdadero delirio visual.
Y aquí llega el momento supremo del ritual: La yerba debe ser colocada en una exacta proporción de dos tercios dentro del espacio de la guampa, esparcida a un costado y ubicando luego la bombilla en el hueco. Entonces sí, suavemente, como en una ancestral ceremonia de bautismo, hay que cebar el primer mate casi hasta el borde, y ofrendarlo a Paí Zumé o Santo Tomás, dejarlo reposar por uno o dos minutos hasta que el legendario e invisible patrono de la Yerba Mate se beba todo el líquido.
La tradición manda que el más mita'i cebe el tereré a sus mayores, o la mujer sirva a los varones, pero arrastra elementos de discriminación o explotación infantil y de machismo que conviene desterrar.
Tampoco habría problemas en romper la costumbre de que el mate debe correr siempre de derecha a izquierda, sin connotaciones ideológicas, pero si es importante que, en la ronda, cada mate le toque a uno por vez, sin "viros" privilegiados ni "salteos" injustos.
Durante la pausa laboral en la oficina o en la chacra, en la pasión colectiva de asistir a un partido de fútbol o en la reunión de amigos en una plaza, más que lo que se bebe, vale lo que se comparte. El tereré no es tereré si no va acompañado de la talla, del chiste, del chisme, de la discusión franca, de la confrontación honesta.
No se conocen casos de rondas de tereré que hayan terminados en peleas violentas, como generalmente acaban las rondas de caña o de cerveza. Bebida saludable y barata, refrescante y sana, el tereré cumple una función social unificadora. Y cuando uno quiere dejarlo, basta con decir: ¡Gracias!