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martes, 9 de febrero de 2016

Los damnificados no existen


Revisando viejos archivos en busca de algunos datos, encontré este artículo mío, publicado a una página en el suplemento El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 27 de mayo de 1989. O sea, a apenas tres meses y días del derrocamiento de la dictadura stronista.
Eran los días en que se crearon las primeras organizaciones de sintechos, que salían masivamente a las calles, protagonizaban ocupaciones de tierras en Asunción y alrededores, y se debatía mucho sobre lo que reclamaban.
Me llama la atención lo que expresaba en aquel artículo, en comparación con los debates actuales –inundados, limpiavidrios, cuidacoches, etc.-, casi 27 años después. Es como si nada hubiésemos cambiado o avanzado, en esencia.
Aunque el título era “El poblador suburbano: Un nuevo actor social”, lo que generó más polémica fue uno de los subtítulos y una de las ideas claves del texto: “Los damnificados no existen”.
(En términos más personales, reconozco que el texto tiene un estilo deliberadamente de opinión, de “bajar línea” con un fuerte sesgo ideológico, que en los últimos año he ido dejando de lado para adquirir un tono periodístico  más narrativo, con puntos de vista más diversos, asumiendo una realidad más diversa y compleja. Sin embargo, leyéndolo, aunque admito  hoy lo escribiría de otro modo, compruebo con mucha satisfacción que sobre todo esto sigo pensando exactamente lo mismo)
Para quienes se interesan por estos temas –sé que son muchos y muchas-, rescato el texto original a continuación:
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Desde las catacumbas de nuestras ciudades está emergiendo con mucha  fuerza y dinamismo un nuevo actor social.
Alguien que ya no es propiamente un campesino –aunque todavía conserve en mayor parte su lenguaje, sus costumbres, su mágica cosmovisión- pero que tampoco ha logrado integrarse plenamente al mundo urbano, relegado con violencia a los suburbios marginales, a los cinturones de miseria que rodean a las urbes.
Es alguien que no se identifica con las clásicas caracterizaciones sobre los sectores populares y las organizaciones sociales: no es campesino, no es obrero, no tiene relación directa con los sindicatos y los partidos políticos, porque estos no logran representar sus intereses. Tampoco figura en las listas privilegiadas de los organismos internacionales de solidaridad, no aparece cotidianamente en las páginas de los periódicos, ni se ocupan de él con asiduidad la radio y la televisión.
El único que siempre lo recuerda es el viejo y milenario río, fuente de vida y de tragedia a la vez. Cuando sus aguas turbias se desbordan y arrasan los modestos caseríos escondidos en el fondo del Bañado, empujando a los pobladores hacia las calles más céntricas, entonces la sociedad parece advertir fugazmente la presencia de este actor social, aunque prefiere ocultar su verdadera identidad bajo la eufemística denominación de “damnificado”.
Ahora, sin embargo, en este dinámico tiempo de transformaciones políticas, nuestro sujeto sale a la calle y eleva su voz. Exhibe sus nuevas organizaciones y sus reivindicaciones. Reclama su espacio propio en esta sociedad que ahora se ufana de ser democrática.
Nuestro sujeto sale a la calle. Y, de pronto, su sola presencia basta para cuestionar las mismas raíces de este modelo social, que hasta ahora no ha hecho más que marginar denodadamente a sus hijos más humildes.

LOS DAMNIFICADOS NO EXISTEN

Si de veras queremos construir una nueva forma de relación social, más abierta y democrática, debemos empezar por abolir ciertos mitos, imperceptiblemente heredados del tiempo de la dictadura.
Uno de ellos es el que se refiere a los llamados “damnificados” por la inundación del río Paraguay.
Seguir utilizando este concepto es un engaño. Eso significaría reducir el problema de las periódicas crecientes a una cuestión meramente ecológica.
Sería como decir –o creer- que hay familias que padecen necesidades solamente cuando las aguas desbordadas les privan de sus precarios hogares. Esa idea lleva automáticamente a presuponer que el resto del año (épocas en que el río no crece) estas mismas familias no sufren mayores carencias. Y sabemos que eso no es así.
En realidad, los “damnificados” no existen.
Los que existen son estos nuevos actores sociales, todavía de nebulosa identificación, que ni son campesinos, ni tampoco son ciudadanos. Podríamos denominarlos, sin demasiada certeza, “pobladores sub-urbanos”. Algo así como los espectrales habitantes de una ciudad de segunda categoría, que se despliega por las riberas inundables del río, por las periferias sórdidas, por las salamancas profundas. Una ciudad oculta, construida con hule y cartón, con desgarradas angustias y tercas esperanzas. Una sub-ciudad que devuelve, en un abrumador y escandaloso contraste, el rostro oscuro de esa otra urbe que brilla con sus reflejos artificiales.

UNA CIUDAD QUE NO FIGURA EN EL MAPA

Ellos comenzaron a llegar desde hace más de dos décadas, cuando el “boom” de la mecanización agrícola, la avalancha de las empresas multinacionales y el despojo violento de sus tierras los fueron desalojando de sus viejos y apacibles “valles”.
Un día enterraron el machete en el surco vacío, cargaron con sus buruhacas al hombro y se treparon a la carrocería de un viejo camión.
La ciudad los vio llegar. Pies desnudos sobre el asfalto caliente. Pero la ciudad no tenía lugar para ellos. Comprar un lote, construir una casita, pagar agua, luz, cloacas, empedrado, impuestos… todo eso cuesta plata. No hay trabajo. ¿A dónde podemos ir? Dicen que allá, en la orilla del río, hay unos terrenos que nadie usa.
Allí levantaron sus viviendas. ¿“Viviendas”? ¿Se podía llamar “viviendas” a esas casitas casi de juguete? Pero de a poco se fueron juntando, se fueron reconociendo, se fueron organizando. Trazaron calles, construyeron escuelas, capillas, canchas de fútbol, plazas…
Los fines de semana –los únicos días en que tenían algún respiro laboral-, los hombres y mujeres se organizaban en cuadrillas para cortar las malezas, arreglar los tortuosos caminos ribereños, pintar las paredes descoloridas de humedad.
Aprendieron a convivir con el viejo río, a aprovechar sus recursos y a huir de sus cíclicas inundaciones.
Así nacieron decenas de barrios que no figuran en ninguno de los mapas oficiales. Allí donde los cartógrafos han diseñado manchas blanquecinas con el genérico nombre de “Bañado”, actualmente viven 60.000 familias compatriotas y existen comunidades enteras, sufridas pero trabajadoras, humildes pero solidarias.
Y ahora la sociedad se sorprende de ver a sus organizaciones surgidas casi de la nada (la Coordinación de Pobladores de Zonas Inundables, COPZI; la Comisión de Familias Sin Techo, etc.). Sucede, sin embargo, que el nivel de conciencia ha ido creciendo tan callada y marginalmente como su vida misma. Allí, en la ribera del río, a la luz de las velas, en la soledad de los campamentos precarios, han ido amasando lentamente sus propias propuestas. Nunca nadie los tomó en cuenta, pero ellos siguieron trabajando.

Ahora están en la calle. Realizan marchas y manifestaciones, ocupan propiedades, se enfrentan a la Policía, elevan pedidos a las autoridades. Es su manera de decir: aquí estamos, nosotros existimos, los pobres también queremos participar en la construcción de esta nueva democracia.  

lunes, 4 de enero de 2016

La antena de tevé sobre una choza


Ah, ok. Entiendo tu pregunta.
–"¿Por qué hay una antena de tevé cable arriba de la choza de un damnificado por la inundación...?".
Me aclarás, sin ánimos de ofender, que es "una simple pregunta".
O como lo dirías después, con un tono más ñembo académico, "una interpelación neutra y objetiva sobre la realidad".
Para empezar te diría que no es una simple pregunta.
Mucho menos, neutra y objetiva.
En realidad tu observación (como probablemente la mía, en sentido contrario) está cargada de prejuicios, de visión ideológica discriminadora.
¿Qué me decís...?
¿Que estas familias no tienen derecho a tener una tele y una conexión a algún servicio de cable, solo porque viven en una zona inundable y ahora están en un precario asentamiento de refugiados, debido a la crecida del río?
¿O acaso el cuestionamiento es porque eso presuntamente demuestra que en realidad no son tan pobres, y solo son avivados haciéndose pasar por pobres para no trabajar?
¿En serio pensás eso...?
¿Creés que realmente alguien elegiría vivir así, en una casita de cartón como la de la foto, si tuviera la oportunidad de algo diferente? ¿Por eso te indigna que la humilde choza de cartón tenga arriba una antena de tevé cable...?
Fijate, a mí eso no me indigna...
Por el contrario, lo que sí me indigna es que esa antena de tevé cable no tenga debajo una vivienda realmente digna, mínimamente decente, en un buen barrio residencial, con todos los servicios básicos.
Un lugar en donde los niños puedan jugar y reír en un jardín verde y amplio, en vez de chapotear en el barro junto a la basura y a los desagües cloacales.
Sí, claro... Me gustaría que en lugar de gastar en la cuota de la tevé cable y su antenita parabólica –o en otras cosas que nosotros consideramos superfluas–, ahorraran para invertir en un lote y una vivienda mejor.
Pero ¿será que ellos y ellas tienen esa perspectiva?
Las veces que hablé con muchos de los bañadenses, siempre me dijeron que consideran al Bañado su tierra, su espacio, su lugar. Y que lejos de querer marcharse, lo que buscan es ayuda para asegurar jurídicamente la tenencia, y soluciones técnicas para hacerlo más habitable, al igual que el resto de la ciudad.
¿Será que no tienen derecho a soñar con eso?
¿A que tengamos en cuenta sus sueños y les ayudemos a volverlo realidad?
Mientras llega ese día, al menos aprendamos a convivir con mayor tolerancia.

Y a distinguir lo que hay arriba... de lo que hay abajo.

jueves, 26 de junio de 2014

Sueños inundados


Mucha gente se pregunta: ¿Por qué los pobladores del Bañado siempre esperan hasta el último momento de la creciente del río para salir de las zonas inundadas, ya cuando están con el agua al cuello? Yo también me lo preguntaba, hasta que una tarde, en el Bañado Tacumbú, Teodora me contó su historia. De esa versión nació “Sueños inundados”, uno de los relatos que componen mi libro “El Principito en la Plaza Uruguaya” (Servilibro, 2007).
Esta es la historia: 


Miércoles.
El río amaneció dentro del gallinero.
Teodora se fue tempranito a revisar, sobresaltada por el cacareo incesante en la madrugada, y se encontró con un cuadro de helada tristeza. Las gallinas, mojadas y ateridas de frío, se disputaban el poco espacio que quedaba encima del cercado. Los pollitos más chicos no habían logrado escapar a la correntada destructora.
–¡Jacinto! –le gritó a su marido junto a la cocina–. ¡Tenemos que mudarnos ya, che karai! ¡Mañana el río va a estar dentro de nuestra pieza y será muy tarde!
–No –dijo Jacinto, soplando el fuego del brasero con una pantalla–. Todavía no. A lo mejor ko el agua no sube tanto.
Teodora sintió que la rabia le subía por el cuerpo. Miró hacia la ribera desbordada. Vio un tuyuyú revoloteando sobre una isla de camalotes. Vio la hermosa casita de su comadre Juliana, toda de material, sumergida en el agua hasta la altura de las ventanas.¿Para eso pio tanto sacrificio?, se preguntó con angustia. Trató de calmarse. Se acercó al brasero, se sentó en una silleta y le habló a su marido como si fuera un mita’i caprichoso.
–¿Cómo pio lo que sos tan sin más pena, che karai? ¿Por qué pio tenemos que esperar hasta la última hora para salir? Mirana: el agua ko ya está a dos metros nomás. Karai Rojas y su familia ya se mudaron esta mañana en un carrito. ¿Qué pio lo que estamos esperando más?
Jacinto revolvió las brasas con un palo. Colocó encima la pava con el agua para el mate. Su rostro parecía de piedra.
–No –dijo, con voz lenta y grave–. Vamos a esperar un poco más. A lo mejor ko la crecida se para. A lo mejor...
Teodora no pudo resistir más. Estalló en un sollozo estremecido.
–¡No te entiendo, Jacinto! En serioité que no te entiendo! ¿No pensás acaso en tus hijos? ¿Querés que mañana amanezcan descalzos en el agua fría...?
El hombre se levantó y fue hasta la puerta. Apoyó el brazo contra la precaria pared de tabla.
Afuera, el viento traía un aire de melancolía desde el Sur.
Un pescador se acercaba remando en una canoa, con las redes vacías.
El Bañado Tacumbú parecía más triste que nunca.
Jacinto sintió que las ráfagas heladas traspasaban las grietas de su casa y penetraban en el fondo de su alma.
Sus manos comenzaron a acariciar las paredes, suavemente.
–Con mis propias manos... –dijo–. Yo levanté estas paredes con mis propias manos...
La mujer quedó en silencio.
–¿Te acordás, Teodora, esa mañana en que llegamos con nuestra mudanza, desde Curuguaty? ¿Te acordás todo lo que anduvimos para encontrar un lugarcito, aquí, cerca del río? ¿Todo lo que pasamos para levantar esta casita?
El agua de la pava comenzó a hervir, arrojando una nube de vapor frente a los ojos de Teodora.
Allí, en medio de la nube cálida, la mujer empezó a ver imágenes...
Un fértil valle despoblado.
Un éxodo, un viaje.
Pies desnudos sobre el asfalto negro.
Ojos asombrados ante las moles de cemento que arañan el cielo.
Puertas cerradas, gestos hoscos, lluvia.
Nostalgia, angustia, soledad.
–¿Te recordás la farra que hicimos el día que terminamos de poner el techo? El compadre Rafael se emborrachó tan grande que se tuvo que quedar a dormir en el corredor. ¡Estaban contentos los mita’i!
Un paku asado a la parrilla bajo la enramada del patio.
Los niños jugando a orillas del río.
Los vecinos que llegaban a saludar con algún regalito. No se moleste, señora. Pero si es una zoncerita nomás.
Una cachaca brotando alegre desde la radio.
Si, Teodora se acordaba...
–Después vino la gran creciente. Tuvimos que desarmar parte de nuestra casa para irnos, arrastrando nuestras cosas por el agua. Esa vez se nos rompió la tele, ¿te acordás pa? Tuvimos que armar nuestra carpita allá, en el campamento, en el patio de la Iglesia Virgen de Fátima. Los vecinos ñembo chuchis de allí no nos aguantaban.
Frío.
Vientos furiosos golpeando las carpas.
Sombras siniestras a la luz de las velas.
Risas, caña y truqueada.
Niños llorando.
Quejidos de placer clandestino.
Proselitismo barato, caridad asistencialista.
Y, a pesar de todo, esperanza.
Mucha esperanza.
Si, Teodora se acordaba...
–Al final volvimos. Después de varios meses, cuando por fin bajó el agua. Encontramos la casa destruida, las plantas secas, el cerco todo tumbado... Tuvimos que levantar todo de nuevo. Comenzar desde abajo otra vez... ¿Te acordás?
Si, claro que se acordada... ¿Cómo no iba a hacerlo?
La mujer se levantó y fue hasta la puerta.
El hombre seguía acariciando la paredes, contemplando sin ver el horizonte.
Ella puso una mano sobre sus hombros.
El se dio la vuelta y, por primera vez, la miró a los ojos.
–¿Entendés pa por qué lo que estoy esperando hasta el último momento? No puedo volver a desclavar estas paredes que levantamos con tanta ilusión. ¡No puedo...! Sería como arrancarme mi propia piel. A lo mejor ko el agua ya no sube más. Dicen que esta inundación no va a ser tan grande. A lo mejor ko nos salvamos. A lo mejor...
Ella pasó sus dedos curtidos por los cabellos de él.
–Si che karai. Te entiendo. Vamos a esperar. Quien sabe. A lo mejor tenemos suerte. A lo mejor...
Se quedaron un largo rato en silencio, casi abrazados.
Después, el llanto súbito de un niño quebró el encanto.
Teodora corrió hasta el interior de la pieza.
Patricio, su hijito de ocho meses, se había despertado.

* * *

Jueves.
La mujer abrió los ojos, molesta por el rayo del Sol que entraba por el hueco de la pared y le golpeaba en la cara.
Buscó a tientas el lugar de su marido junto a la cama y lo encontró vacío.
Sonrió.
Esta vez, Jacinto le había ganado de mano.
Se incorporó, perezosa.
Bajó los pies para pisar el suelo... y entonces sintió que se le congelaba el pecho, mucho antes de escuchar el chasquido.
No quiso mirar hacia abajo.
No hacía falta.
En ese instante escuchó el primer golpe.
Seco, profundo, incuestionable.
Echó a correr, chapoteando en el agua turbia que atravesaba las puertas y se metía cada vez más dentro de la casa, arrastrando sus vasijas, sus latones, sus zapatos, sus vidas, sus sueños.
En el umbral, Teodora se detuvo, casi paralizada.
Jacinto estaba en el corredor, con el torso desnudo y el rostro de piedra.
En su mano tenía un martillo.
En la pared, una tabla estaba desclavada.

martes, 10 de junio de 2014

Rescatando a Moisanita

La perrita, abandonada junto a la casa inundada  en el barrio Cerrito, en el Bañado Norte.
La mascota apenas puede moverse, entre el miedo y la inanición.
Tras ser alzada a la embarcación, se convierte en el folklórico jagua en canoa.
Finalmente, la perrita llega a la costa firme.
Carla Hernández, de la organización Adoptame, la lleva en brazos hasta su camioneta.
Una excursión periodística para registrar escenas de la inundación en la zona del Bañado Norte de Asunción se convirtió sorpresivamente en una operación de rescate de una perrita que se hallaba abandonada, en medio de la vasta extensión de agua desbordada.
Sucedió el pasado viernes 6 de junio y las circunstancias del rescate, narradas en fotos y en un video en ULTIMAHORA.COM, se convirtieron en el reporte más visto durante todo el fin de semana. Una anécdota feliz, entre las muchas historias dramáticas que brinda la inundación.
La perrita llevaba allí varios días, casi sin poder moverse y sin poder alimentarse, sentada sobre una pequeña palangana de latón, haciendo equilibrio sobre un balde y un tablón de madera, para no caer al agua.
Cuando nos aproximamos con la precaria embarcación, apenas pudo moverse, entre el miedo y la situación de inanición que arrastraba.
Rogelio, el joven poblador ribereño que accedió a llevarnos en su canoa, fue quien le puso un lazo por el cuello, para luego tratar de que suba a la canoa.
La operación no resultó fácil, ya que la perrita estaba casi paralizada, temblando de frío y de temor, pegada a la pared de la casa inundada, y no respondía a los llamados para que aborde la canoa.
Finalmente pudo subir y ser llevada hasta la costa más cercana, distante aproximadamente a medio kilómetro del lugar, en el sector denominado Cerrito, del barrio Tablada Nueva, al final de la calle Lombardo.
En el lugar, la voluntaria Carla Hernández, de la organización Adoptame, se encontraba regresando en otra canoa, donde también había logrado rescatar a otro perro.
"Yo vine en realidad a buscar a un perrito muy pequeño, de color blanco, que según se publicó en un medio de comunicación, estaba sobre el techo de una casa inundada, pidiendo auxilio. Con un canoero fuimos a buscarlo, pero ya no lo encontramos. Ojalá ya haya sido rescatado, pero lo que más tememos es que haya perdido fuerzas por la falta de alimentos, se haya caído al agua y se haya ahogado", dijo Carla.
La voluntaria de Adoptame se hizo cargo de la perrita que el equipo de ULTIMAHORA.COM pudo salvar, y junto al otro animal rescatado, la trasladó hasta el hogar refugio que mantiene la organización, buscando encontrar familias que deseen adoptarle.
La perrita que logramos rescatar fue bautizada con el peculiar nombre de Moisanita, buscando un equivalente femenino al bíblico de Moisés, "salvado de las aguas".
"No solamente los seres humanos sufren con la inundación, también las mascotas, y ellas son las más olvidadas ante la emergencia. Por eso acudimos a ver si podemos dar una mano", explica Carla Hernández.
La historia de Moisanita es apenas una anécdota mínima y peculiar, en medio del inmenso drama que viven muchas familias compatriotas. Pero al menos esta pequeña historia ha tenido por ahora un final feliz.