Estábamos allí, tumbados en la arena, coreando una canción de Silvio Rodríguez con la guitarra, mientras la cerveza corría generosa y varios trozos de corvina se doraban sobre la parrilla.
Una
Luna enorme se dibujaba sobre el agua y la fresca caricia de la brisa nocturna
nos hacía suponer que si de veras existe el paraíso, seguramente es un lugar
parecido a ese. Claro que nadie lo decía en voz alta, porque esas cosas siempre
suenan un poco cursi.
De
pronto, el ruido del motor de una lancha deslizadora aproximándose a gran
velocidad desde el medio del Lago Ypoá, rompió el encanto.
Se oyó
un confuso eco de gritos. La embarcación atracó en playa con un seco impacto y
varios jóvenes saltaron a tierra, visiblemente alterados.
–¡El monstruo...! ¡Hemos visto al monstruo!
Hubo un
revuelo general. Un chico de gruesos anteojos, con la respiración entrecortada,
trataba de relatar que habían estado pescando cerca de la isla del medio,
cuando sintieron que algo golpeaba el fondo de la lancha. Asustados, vieron una
sombra oscura deslizarse bajo la superficie de las aguas.
Eso fue
suficiente para provocar la desbandada.
Al poco
rato ya se había armado una expedición para salir a la caza del monstruo.
Algunos llevaban cámaras fotográficas, otros portaban escopetas. Se armó una
batalla campal para ocupar las pocas lanchas y canoas que estaban en la playa,
hasta que todos partieron a la luz de las linternas.
Me
quedé sentado junto al fuego. Claudia se acercó desde algún lugar y me preguntó
por qué no me había ido con el grupo, qué había pasado con mi espíritu
aventurero. Iba a contestarle que no creía en los monstruos, pero me acordé de
varios especímenes políticos en Asunción y entendí que no era la respuesta más
adecuada. Así que le dije simplemente que no quería perderme la corvina que ya
estaba en su punto, y le pasé otra fría lata de cerveza.
Tres
horas después, los expedicionarios regresaron, visiblemente frustrados, llenos
de picaduras de mosquitos y mbariguíes.
Era
todo lo que habían conseguido atrapar.
***
Desde
entonces, la leyenda del monstruo comenzó a perseguirme, cada vez que por algún
motivo me aproximaba a la mágica región del Lago Ypoá.
Un día,
mientras atravesábamos los esterales de Mocito Isla con varios colegas
periodistas, navegando en un precario cachiveo sobre el sector más pantanoso
del Lago para participar de una jornada ecologista, alguien volvió a plantear
el peligro de encontrarnos sorpresivamente con la mítica bestia.
Un poco
harto del tema, busqué el apoyo del lugareño que nos conducía, Rigoberto
Maciel, hombre taciturno y oscuro que remaba con prodigioso equilibrio la
rústica embarcación labrada en un gran tronco de timbó. Le pedí que sacara a
los incautos de su engaño sobre el cuento del famoso monstruo, pero el tipo se
limitó a sonreír con indulgencia y dijo que a esa hora de la mañana iba a ser
difícil encontrarlo, porque el bicho solo aparece al anochecer cuando hay Luna
llena o está por llover.
–En todo caso, si tenemos suerte, podremos
escuchar el sonido de la campana encantada que está sumergida en el fondo del
Lago, o ver pasar a las islas flotantes... –explicó, ante el gesto
entre perplejo y admirado de los demás tripulantes.
–No macanee... ¿Acaso usted ha visto alguna
vez al famoso monstruo? –le pregunté.
–Sí... dos veces, pero nunca de cerca. Aquí
nadie se anima a acercarse. Todos le tenemos mucho miedo.
Descorazonado,
al llegar a la isla busqué el apoyo de alguien que pudiera responder al mito de
una manera racional y científica. Les pedí a los demás que me acompañen y la abordé
a Margarita Miró, destacada historiadora y ambientalista residente en
Carapeguá, autora de varios libros y estudiosa apasionada del ecosistema del
Lago Ypoá.
–Margarita, por favor... –le
pedí–. Vení, enseñale a esta banda de
supersticiosos. ¿Qué hay de verdad sobre el famoso tema del monstruo del Lago
Ypoá?
La
investigadora me miró con ojos escrutadores. Luego, en tono serio y didáctico,
se dirigió a todos los que la rodeábamos:
–Miren, chicos... yo creo que se trata de
un animal prehistórico que quedó rezagado. El Lago Ypoá es de la época
cuaternaria. Es muy posible que un animal haya sobrevivido, protegido por los
esterales impenetrables.
Resignado,
arrojé la toalla.
Decidí
enfrentarme cara a cara con el monstruo y su leyenda.
Un
lúgubre atardecer que presagiaba tormenta, armado de una cámara filmadora con
lentes infrarrojos, llegué acompañado de Claudia a la desolada playa del Ypoá.
Durante
varias horas nos sentamos en la arena a esperar que algo suceda, mientras
bebíamos de una petaca de whisky y espantábamos a los bichos con pedazos de
ramas.
Cerca
de la medianoche, Claudia se aburrió, me dio un beso y se metió dentro de la
carpa. Yo me quedé un rato más, peleando con los mbariguíes, hasta que la
petaca quedó definitivamente vacía.
Entonces,
cuando empezaba a alejarme de la playa, sentí un fuerte ruido a mis espaldas,
un oscuro y enorme chapoteo en el agua.
Súbitamente
asustado, giré lentamente, dispuesto a enfrentarme con lo inimaginable... pero
sólo alcancé a divisar un frenético torbellino de ondas disolviéndose
lentamente sobre la superficie del Lago, bajo el destello fugaz de un lejano
relámpago.
