(Disquisiciones sobre nuestra tragicómica actualidad política)
Que la fiscala general del Estado,
Sandra Quiñónez, sea sometida a juicio político en la actual coyuntura de
guerra interna pre electoral en la ANR, es tan probable como que el ex
presidente Horacio Cartes sea imputado y vaya a la cárcel por los delitos de
los que se lo acusa, tras la sorpresiva investigación que la fiscala general
ordenó esta madrugada contra su presunto padrino político, en evidente maniobra
para tratar de minimizar los efectos en su contra.
Nada de eso podría ocurrir, según
nuestra experiencia más pesimista o realista… pero la política paraguaya suele
ser también una caja de sorpresas. Recuerden, si no, el Marzo Paraguayo o la
victoria electoral de Lugo. O a quienes creían que los hasta entonces
intocables González Daher, Díaz Verón o Zacarías Irún nunca irían a caer.
Lo que pueda suceder en las próximas
semanas o meses, depende mucho de los hilos que se muevan desde la Embassy de
la avenida Mariscal López, como del comportamiento que tengan los principales
contendientes en la disputa actual de poder dentro del coloradismo.
Mientras tanto, aunque todos tengamos
la impresión de que “no hay nada nuevo bajo el sol”, sin embargo, sí lo hay. No
deja de ser importante que se produzcan denuncias oficializadas ante organismos
estatales (Seprelad y Tributación, presionando al Ministerio Público, con
efectos en la Justicia internacional, principalmente Panamá, tras los Pandora
Papers), como que, por primera vez, un ministro del Interior exponga el esquema de poder político mafioso (o al menos una parte del mismo) ante una sesión en
el Poder Legislativo, transmitido en vivo por los medios de comunicación.
Tal vez no pase nada a nivel de
Fiscalía o del Poder Judicial, cooptados por la corrupción y el poder político,
pero que la sociedad se nutra de información de primera mano, en las portadas
de los mayores diarios y en horario prime time de los principales noticieros
televisivos, puede ayudar a desencadenar interesantes procesos de depuración de
nuestro endeble sistema democrático.
Seguramente muchos seguirán votando
por los bandidos de siempre en las próximas elecciones, pero, con todo esto que
está saliendo a luz, que al menos algunos reflexionen sobre lo qué están
haciendo y cambien de actitud, puede hacer posible que algo, alguito, empiece a
cambiar. Claro que, para eso, hace falta construir desde la oposición y desde
los espacios independientes mejores alternativas políticas y líderes más
creíbles, y no cometer el error de presentar de nuevo en las elecciones a los
mismos quemados personajes de siempre, que inspiran tanta desconfianza o
rechazo como los que acaparan el poder corrupto desde hace 70 años.
Por
primera vez, el Centro Knight para el Periodismo en las Américas (Knight Center for Journalism in the
Americas), vinculado a la Universidad de Texas, con sede en Austin, Estados
Unidos, junto con la UNESCO, impartirán un curso de capacitación en periodismo,
sobre desinformación y fact-checking (verificación de datos) en lengua guaraní.
La
iniciativa forma parte del programa “Desinformación y fact-checking en tiempos
de COVID-19 en América Latina y el Caribe”, que se impartirá en la modalidad
conocida como MOOC (curso masivo, abierto y en línea – por sus siglas en
inglés), en español, portugués y guaraní, del 15 de febrero al 14 de marzo de
2021 en la plataforma de aprendizaje a distancia del Centro Knight. La
instructora del curso es la periodista Cristina Tardáguila, fundadora de la
iniciativa brasileña de verificación de datos Agência Lupa.
Es la
primera vez que se incluye un curso de este tipo en una lengua amerindia, y la
elección ha sido justamente el guaraní. El emprendimiento, para la lengua
guaraní, es coordinado desde el Paraguay por la periodista paraguaya Desirée
Esquivel, con respaldo de las comunicadoras expertas en lengua, Zulma Torres y
María Gloria Alarcón-Ortiz.
"Momarundu’ỹ oikóva ha oiko’ỹva jehecha añetépa COVID-19 aja América
Latina ha el Caribe-pe" se llama el curso, durará un mes y es asincrónico,
dirigido principalmente a periodistas, comunicadores, estudiantes de periodismo
y personas interesadas en el tema. Eso significa que no hay eventos en vivo
programados en momentos específicos. Los participantes pueden iniciar sesión en
el curso y realizar las actividades durante la semana a su propio ritmo, en los
horarios y días que resulten más convenientes.
A pesar
de su naturaleza asincrónica, existen estructuras durante el desarrollo del curso.
Cada semana se abrirá un nuevo módulo. Responder a los cuestionarios semanales
y la participación semanal en los foros de discusión son los requisitos básicos
para obtener un certificado. En el caso del curso en guaraní, a diferencia de
los que se impartirán en español y portugués, no tendrá costo para los
participantes.
Este
curso del Centro Knight se produce en el marco del proyecto “#CoronavirusFacts,
Abordando la ‘Desinfodemia’
de COVID-19”, que es implementado por la UNESCO y financiado por la Unión
Europea. El programa es parte de un esfuerzo global para combatir la
desinformación, como la #CoronavirusFactsAlliance, liderada por la IFCN del
Instituto Poynter, coordinada por la periodista Cristina Tardáguila. La alianza
une a 99 organizaciones en 43 países que trabajan en 77 idiomas y 16 zonas
horarias diferentes para verificar información sobre la pandemia.
“Estamos
orgullosos de ser los primeros en ofrecer un MOOC de este tipo en guaraní, una
de las lenguas indígenas más habladas en la región, fomentando la inclusión en
este momento crítico”, dijo Sandra Sharman, Asesora del Proyecto para América
Latina y el Caribe ‘#CoronavirusFacts – Abordar la desinformación sobre
COVID-19’.
Acerca del curso en guaraní, la información disponible se
encuentra en este
enlace, en donde se puede acceder a un video explicativo en la
lengua nativa.
Algo
parecido solo lo habíamos visto en imaginativas películas y series de
televisión: Contagio, La Jetée, Virus, 12 Monos, The Hot Zone, Epidemia,
Ceguera, A ciegas, Soy Leyenda o la camada del Apocalipsis zombie,
principalmente The Walking Dead. Hasta que un día cerraron las salas de cine
del mundo y los habitantes del planeta nos encontramos inmersos en una de esas
apocalípticas tramas, sufriéndola en carne propia. La realidad copia a la ficción
y encima nos toca un guionista despiadado.
Hoy
tres gotitas de mocos en el aire son capaces de hacer temblar al mundo y
doblegar a las más grandes potencias. En el desgarrado corazón de Sudamérica,
antes que otros vecinos, nos vimos obligados a retomar la épica del Supremo
doctor Francia: cerrar nuestras fronteras y aislarnos “sobre el núcleo de
nuestra propia fuerza” para intentar sobrevivir.
La
pandemia del Covid-19 llegó para enseñarnos cuánto vivíamos equivocados. Ya no
son solamente los pobres e indigentes los apestados -como muchos habían creído
ideológicamente-, sino también jefes de Estado, estrellas de cine, empresarios
millonarios. El virus iguala a ricos y pobres, a cerristas y olimpistas, a
ateos y creyentes, a católicos y musulmanes. El contagio llega por igual para
naciones ultradesarrolladas como para países tercermundistas. Los muros con
alambradas y los misiles no pueden detenerlo. Quizás solamente una red
invisible pero constante de solidaridad y de fortaleza social comunitaria.
Al
contrario de lo que el sistema dominante sostenía, hoy descubrimos que la
ciencia es más importante que la economía. Un médico o una enfermera se han
vuelto más necesarios que un futbolista o una celebridad de la farándula. Un
hospital es más valioso y urgente que un shopping, un estadio o una autopista.
Las cosas materiales que antes considerábamos fundamentales para construir
nuestra comodidad han perdido su sentido de prioridad. Ahora lo primero es la
vida. Mantenerse vivos. Sobrevivir, aunque tengamos que dejar que tantas otras
cosas se disuelvan en la nada.
Recluidos
a la fuerza en nuestros hogares como náufragos en medio del océano urbano o en
islas de soledad, apreciamos el valor de la intimidad familiar o personal, la
posibilidad de reflexionar. Nos convertimos en filósofos existencialistas. En
medio de esta prisión casera descubrimos la necesidad de estar juntos, aun
distanciados.
Internet,
los teléfonos celulares y los medios de comunicación se nos han vuelto vitales
herramientas para no caer en la desesperación. Entendemos el valor del arte
como bálsamo para el espíritu. Asistimos a conciertos en línea y películas por
streaming, nos abrazamos con el alma por teleconferencia.
Estamos
con miedo. Reconocerlo no es cobardía. Hasta las iglesias y los templos han
cerrado sus puertas, la fe, la oración y las creencias resultan muy válidas,
pero no son suficientes. No existe un lugar seguro. No hay un búnker
antinuclear que nos proteja. Lo único que nos puede salvar es la solidaridad,
cuidarnos unos a otros, obedecer las reglas sanitarias, no discriminar a
quienes padecen el contagio, acompañar críticamente y respaldar el trabajo de
las autoridades, #QuedateEnCasa, #EpytaNdeRógape, sentirnos distanciados
físicamente pero muy cerca en el corazón.
Aceptamos
que la pandemia exige recortar libertades y derechos, pero no renunciamos a
vigilar y exigir que todo se haga con valores de la democracia, con honestidad
y transparencia. Nos queda aprender de esta emergencia global a ser más
higiénicos, más respetuosos del medioambiente, cuidadores de nuestra madre
tierra, más justos y solidarios. El futuro es incierto, pero no deja de ser
esperanzador mientras mantengamos abiertos el corazón y la mente. Otro mundo
será posible después del Apocalipsis. Si no lo podemos construir nosotros, lo
harán quienes queden vivos: Nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros nietos.
Hagamos lo mejor que podamos mientras estemos vivos.
Que
ese sea nuestro legado.
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Publicado
en la columna Al otro lado del silencio,
sección Opinión, del diario Última Hora
de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 21 de marzo de 2020.
A 150 años, la muerte de
López todavía conmociona al Paraguay
Andrés
Colmán Gutiérrez- @andrescolman
Fotos: Andrés Catalán
DESDE CERRO CORÁ, AMAMBAY
El
Aquidabán Nigui es apenas un delgado hilo de agua que se desliza entre
pedregullos y matorrales. Un arroyo tan pequeño, todavía limpio y transparente,
que en su rumoroso fluir puede relatar sin embargo una historia tan inmensa,
tan trágica y gloriosa a la vez, para quien sea capaz de comprender su hídrico
lenguaje.
Así lo
confirma la canción Cerro Corá del recordado poeta guaraní Félix Fernández y
del gran músico Herminio Giménez:
“Osyry pe Aquidabán
culantrillomi apytépe
iñe’ême omombe’u
ñanderu omano hague”.
(Corre el Aquidabán
entre las hierbas de culantrillo
y en su lenguaje cuenta
que ha muerto nuestro padre).
–Fue
aquí, en este mismo lugar, en donde mataron al mariscal López– dice Perla
Vázquez, jefa del Parque Nacional Cerro Corá, señalando un punto entre los
matorrales, a orillas del arroyito.
En el
lugar señalado hay un monolito de piedra que envuelve a un busto de metal del
mariscal Francisco Solano López, el presidente y jefe del Ejército paraguayo
que resistió durante más de cinco años, desde 1864 hasta aquel 1 de marzo de
1870, a las tropas aliadas de Brasil, Argentina y Uruguay, en una de las
guerras más cruentas y desiguales de la historia latinoamericana.
Fue aquí,
hace exactamente 150 años, en donde la Guerra Guasu llegó a su fin.
La tumba del Mariscal López y su hijo Panchito, en el Parque Nacional Cerro Corá.
EL CERCO FINAL.
Son pocos
los testimonios de primeras fuentes acerca de cómo fue la muerte de López en
Cerro Corá, aquel 1 de marzo de 1870 y no siempre coinciden.
El
sacerdote Fidel Maíz, que acompañó a López en gran parte de la contienda, narra
en sus memorias que López y su ejército llegaron al valle rodeado de cerros el
8 de febrero de 1870 “apenas con algo más
de 400 hombres, reducidos a la más postración, sin ropas ni víveres, sin más
esperanza que sucumbir bajo la presión del hambre y de miserias increíbles”.
El
ejército brasileño, al mando del general José Antonio Correa da Cámara, se
había desplazado a la caza de López, junto a otros jefes militares como
Floriano Peixoto, Francisco Antonio Martins, Silva Tavares y Silva Paranhos.
López
instaló fuerzas para intentar contener el avance, pero los defensores nada
pudieron hacer ante la superioridad numérica de los atacantes.
El
general Isidoro Resquín, uno de los sobrevivientes, relata que “este último y sangriento combate en Cerro
Corá duró nada menos que unos quince minutos (...) fue derrotado y vencido por
completo el ejército (paraguayo), después de haber luchado cinco años,
defendiendo la honra e integridad de su patria”.
En un
primer enfrentamiento, el mariscal López, montado sobre su caballo, se enfrentó
a golpes de espada con varios atacantes, ocasión en que fue herido de un
lanzazo en el vientre por el brasileño Francisco Lacerda, el célebre Chico
Diabo. También recibió un hachazo en la sien. Dos de sus oficiales lo
cubrieron, para evitar que sea ultimado en ese lugar.
La cruz de los héroes, en un sector central del Parque. Derrama agua como lágrimas a una fuente.
LA MUERTE DE LÓPEZ.
El
coronel Silvestre Aveiro, otro de los que acompañaron al mariscal López en ese
momento final, cuenta que él le pidió que lo siga para salvarlo.
Se
internaron a caballo en la espesura, hasta que ambos cayeron. Siguieron a pie,
ayudándose, hasta orillas del Aquidabán Nigui. Se les unió el soldado Ignacio
Ibarra. Fue allí donde fueron alcanzados por los brasileños. Apareció el
general Cámara, quien según versiones le intimó a López a rendirse.
Relata el
general Isidoro Resquín: “Al oír el
mariscal López proferir semejantes palabras, les contestó con toda la energía
de un valiente que no se rendía y que estaba dispuesto a sacrificar todo por su
querida patria. Inmediatamente (...) recibió con heroísmo las balas de la
fuerza de Brasil, con lo que entregó su vida al Creador”.
El
coronel Silvestre Aveiro relata que Cámara intercambió algunas palabras con
López, pero solo alcanzó a escuchar la palabra patria. “Después en Río de
Janeiro se publicó y supe que cuando fue a intimarle rendición el general
Cámara, había dicho López: ‘¿Me garante lo que le pido?’ Y con la repuesta de
que no podía garantizarle más que la vida, había dicho: ‘¡Entonces muero con mi
patria!’, levantando su espadín”.
Hasta
ahora, 150 años después, se sigue discutiendo si López realmente pronunció la
frase “muero con mi patria” o “muero por mi patria”.
Reliquias en el museo de entrada al Parque Cerro Corá.
MEJORAS EN EL PARQUE.
El lugar
en donde el mariscal López fue ultimado, ocasión en que se puso fin a la Guerra
Guasu, es hoy un Parque Nacional de 5.538 hectáreas, administrado por el
Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades).
El Parque
fue creado por decreto del dictador Alfredo Stroessner en 1976. Está ubicado en
el Departamento de Amambay, en el Noreste del Paraguay, a 494 kilómetros de
Asunción y a 40 kilómetros de la ciudad de Pedro Juan Caballero, junto a la
frontera con el Brasil.
Un equipo
de cinco guardaparques, dirigidos por una mujer, Perla Vázquez, se encarga del
manejo y del control del espacio histórico y ambiental. Perla es pilarense y
ocupa el cargo desde hace dos años. Es la primera mujer que dirige un parque
nacional, rompiendo un esquema que hasta entonces había sido manejado solo por
hombres. “Es una gran responsabilidad dirigir un espacio tan valioso, con tanta
significación en la historia nacional. Recibimos muchos visitantes, durante el
2019 llegaron 16.750 personas, incluyendo a muchos turistas brasileños,
argentinos y uruguayos, personas que son de países que pelearon contra el
Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, pero que sin embargo se declaran
admiradores del mariscal López y muy a favor de la causa del Paraguay”,
explica.
Ella
relata que suele ver cómo muchos visitantes se emocionan y derraman lágrimas al
llegar al lugar en donde López fue muerto por los soldados brasileños. “Es
impresionante cómo la gente se sigue conmoviendo con esta historia, aunque haya
transcurrido un siglo y medio”, apunta.
El Parque
Cerro Corá, cuya infraestructura suele quedar olvidada durante gran parte del
año, ha recibido un fuerte espaldarazo en obras de mejoramiento en la semana
previa al 1 de marzo.
Cuando
visitamos el lugar, varias cuadrillas de obreros trabajaban contra reloj,
incluso con turnos nocturnos, para poder acabar a tiempo la reconstrucción de
un sistema de pasarelas de metal, denominado Paseo de los Héroes, que conduce
al sitio donde mataron a López, como a la simbólica tumba que le rinde homenaje
a él y a su hijo Panchito, el coronel Juan Francisco López Lynch, asesinado a
pocos metros de donde murió su padre, cuando solo tenía 15 años de edad.
Además, se restauró el sistema hidráulico que arroja agua desde la gran cruz en
el centro del parque y se dotaron rampas inclusivas al monumento principal, en
donde se llevará a cabo el acto de evocación por los 150 años.
Visitantes en Cerro Corá, el mayor Hugo Ojeda y su familia,
EL MARISCAL EN LA MEMORIA.
A 150
años de su muerte, Francisco Solano López sigue provocando pasiones, dividiendo
a sectores del Paraguay, como a los propios historiadores, en “Lopistas” y
“antilopistas”, entre quienes lo consideran “héroe máximo” como a quienes lo
llaman “tirano” y el principal responsable de una guerra que diezmó al
Paraguay.
El
historiador Hérib Caballero Campos declaró al periódico británico The Guardian
que ningún otro país latinoamericano ha pasado por lo que pasó el Paraguay con
la Guerra de la Triple Alianza. “Es por eso que (la Guerra) ha dejado una marca
tan fuerte en la conciencia colectiva paraguaya”, indicó.
La figura
de Francisco Solano López, declarado oficialmente como “Héroe Nacional sin
Ejemplar” por el Gobierno del general Rafael Franco, en 1936, que decretó el 1
de marzo como el Día de los Héroes, ha sido reivindicado por gobiernos de
grandes estadistas demócratas como el liberal Eligio Ayala, por dictaduras de
derecha como la del general Alfredo Stroessner, mientras en las antípodas
ideológicas, el entonces clandestino Partido Comunista Paraguayo mantenía un
grupo de guerrilla que combatía a Stroessner con el nombre de Columna Mariscal
López, bajo el mando del legendario comandante Agapito Valiente. También el
actual grupo armado criminal denominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP)
adopta como símbolo al Mariscal López.
“El
Lopismo es una construcción ideológica estructurada en los años 20, como forma
local del nacionalismo. Como muchos nacionalismos, porta contenidos fuertemente
antidemocráticos y militaristas, defendidos primero por los colorados, asumidos
desde la década del 30 por el partido comunista paraguayo y por la derecha
nacionalista liberal” ha señalado la historiadora Milda Rivarola, una de las
investigadoras con posturas críticas ante la figura del mariscal.
Desde
otro ámbito, el político e historiador uruguayo Vivia Trías, ha señalado que “los
López demostraron que era posible y viable un modelo de desarrollo liberador de
nuestras patrias. Probaron el acierto de Moreno y Artigas. Para que su
experiencia fracasara hubo que aniquilarla con una guerra implacable y
abrumadora. Pero la propia guerra demostró cuán difíciles, arduos e inciertos
son el desarrollo y la liberación sin la unidad continental; en especial para
las naciones pequeñas. La idea vive y es más necesaria que nunca. Hoy hay que
unir patrias y no provincias. El problema es distinto, pero la solución es la
misma: Unidad y liberación. Es un largo y dramático proceso, plagado de
esperanzas y desengaños, de sombras y de luces. Entre las últimas, pocas tan
deslumbrantes y alentadoras como el Paraguay de los López”.
La lista de los principales oficiales caídos en Cerro Corá. Monumento en el lugar.
CERRO CORÁ, A 150 AÑOS.
El mayor
de Caballería Hugo Ojeda es uno de los visitantes a quien encontramos en Cerro
Corá. Aprovechando días libres, él ha llegado desde Pilar con su esposa y su
hija para conocer por primera vez el sitio donde murió el mariscal.
“Como
paraguayo y como militar, admiro la manera en que defendió la soberanía
territorial de nuestro país, el principio de nuestra independencia. Se puede
hacer muchas críticas, pero tenía valores que pocos gobernantes tuvieron
después”, señala.
Detrás de
él y sus familiares encontramos a un grupo de visitantes brasileños. “A
nosotros, en el Brasil, nos enseñan en la escuela que la Guerra del Paraguay
fue para liberar al país de un tirano, pero creo que esa no es la verdad. Leí a
otros autores que muestran que Solano López fue un héroe. Por eso venimos a
conocer el lugar donde murió”, relata Moacir Ferreira, comerciante de Corumbá,
Mato Grosso do Sul.
Tanto el
militar paraguayo como el comerciante brasileño han coincidido aquí, 150 años
después. Ambos se mantienen en silencio mirando al busto de metal de aquel
hombre odiado o admirado, dejando que el rumor de las aguas del Aquidabán Nigui
les cuente su propia historia.
Perla Vázquez, jefa encargada del Parque Nacional Cerro Corá, con su equipo de guardaparques.
____________________
(Crónica publicada en la
edición impresa del diario Última Hora
de Asunción, sección Política, edición del domingo 1 de marzo de 2020).
donde
la risa infantil quedó cuajada en mil charcos de sangre adolescente
donde
la Patria envejeció cien años
por
la muerte de los niños combatientes….”
(Rafael
Paeta, canción Los niños mártires de Acosta Ñu).
¿Cómo narrar el heroísmo y el horror de
una batalla tan épica, tan trágica, tan inabarcable…?
¿Será que alcanzan todos los muchos
libros, los testimonios, los relatos populares, los poemas, las canciones, los
documentos históricos… para poder aproximarse a la verdad de una de las
epopeyas más emblemáticas del Paraguay, que a un siglo y medio después de haber
sucedido todavía vibra y duele en el alma y en la piel de cada uno de los
habitantes de esta desgarrada y mediterránea geografía…?
¿Dónde acaba la historia y comienza la
leyenda…?
¿Cómo narrar Acosta Ñu…?
Era un amanecer con olor a pólvora y
presagios de muerte, el de ese día 16 de agosto de 1869.
Tras una larga y penosa marcha, durante
toda la noche, a través de los montes de Caacupé, el ejército casi espectral de
niños, ancianos y mujeres, al mando del general Bernardino Caballero, estaba
llegando hasta un gran descampado, en las afueras de Barrero Grande, conocido
popularmente como Ñu Guasú, al que
los militares e historiadores brasileños llamarán por su traducción del
guaraní, Campo Grande.
La zona desde el estero Ypucú hasta el
arroyo Piribebuy era conocido con ese nombre, Ñu Guasú, y el sector desde el Piribebuy hasta el inicio de la
selva en Caaguy Yurú se denominaba Acosta
Ñu (el campo de Acosta), porque en tiempos de la colonia española, la vasta
propiedad había pertenecido a un ciudadano portugués, llamado Juan Blas de
Acosta Freyre, ex regidor y alcalde provisional de la ciudad de Asunción.
Así lo precisa el historiador Andrés
Aguirre, señalando que por un error introducido en un poema escrito por el
sacerdote Juan B. Tounedou, primer director del Colegio San José, “A los niños muertos de Rubio Ñu”,
durante mucho tiempo se repitió el error de llamar también Rubio Ñu al lugar de
la batalla. En realidad, Rubio Ñu era
otro campo, distante a unos 10 kilómetros al este del lugar donde se libraría
el desigual combate, parte de las ex tierras de Acosta, adquiridas por un
ciudadano porteño, llamado Miguel Rubio.
Varios historiadores de la época
ayudaron a originar la confusión, al dar varios nombres al lugar donde se
libraron los combates. El general Francisco Isidoro Resquín lo llama campo de Barrero Grande. El coronel Juan
Crisóstomo Centurión lo denomina indistintamente Ñu Guasu, Rubio Ñu o Díaz Cue. El historiador Juan E’Oleary fue
quien más contribuyó a la confusión, llamándolo Campo Grande o Rubio Ñu.
Hasta un regimiento de infantería de la Fuerzas Armadas y un popular club de
fútbol llevarían luego el nombre equivocado de Rubio Ñu.
Recién en 1948, el historiador Andrés
Aguirre logró que el decreto N° 27.484 del Poder Ejecutivo,el mismo que estableció el 16 de agosto como
Día del Niño, dictamine: “Sustitúyese la
palabra Rubio Ñu por la de Acosta Ñu, como lugar de la homérica batalla librada
por los niños paraguayos, el 16 de agosto de 1869, bajo el comando del ínclito
general Bernardino Caballero”.
Pero en esa mañana del 16 de agosto,
sería el campo de Acosta Ñu el
principal escenario de una terrible batalla, que iba a volverse legendaria.
Desde el sector aliado, ya en la noche
anterior, el mariscal brasileño Victorino Carneiro Montero había dispuesto que
el general Carlos Resin establezca un campamento a la entrada de Barrero
Grande, con su división de infantería, artillería y artillería ligera, para
cortar el avance de las tropas del general Caballero.
Al mismo tiempo, ordenó que el general
José Antonio Correia da Cámara, al frente de su caballería de 10.000 hombres,
se dirija hacia Caraguatay, en persecución del mariscal Francisco Solano López
y sus tropas.
Mientras, el propio Carneiro Montero se
moviliza con sus hombres a ocupar Pindoty, a una legua de Caaguy Yurú, en el
sitio hoy conocido como Isla Pucú, elegido como un lugar estratégico desde
donde dirigir y respaldar las acciones bélicas.
Desde Caacupé y Piribebuy, detrás de
las tropas de Caballero avanzaban otras poderosas divisiones del ejército
aliado, directamente al mando de su máximo comandante, Luis Filipe Gastão de
Orléans, el conde d’Eu.
Cuando el fantasmagórico ejército del
general paraguayo, tras cruzar el estero de Ypucú, salió en horas del amanecer
al campo de Acosta Ñu, ya estaba atrapado entre dos grandes flancos de tropas
enemigas, que se iban abriendo, con la intención de rodearlo por completo.
Tras cruzar el Ypucú, Caballero y sus
hombres salieron por un lugar llamado Díaz Cue, a unos 8 kilómetros del arroyo
Yukyry, y un poco más allá, muy cerca, lo esperaba el arroyo Piribebuy, que se
une a un par de kilómetros con el Yukyry. A su izquierda, a cierta distancia,
sobresalía el alto promontorio del cerro Itakyty y más allá el cerro Tapiaguaré,
hoy conocido como el Cerro de la Gloria.
El combate era prácticamente
inevitable.
Aunque Caballero intentó varias
maniobras para tratar de cruzar más rápido el vasto territorio de Acosta Ñu y
poder alcanzar el bosque tras Caaguy Yuru, para intentar escapar al cerco,
sabía que la lentitud de su expedición, además de su exigua tropa compuesta
principalmente por niños y con armas muy precarias, lo volvía sumamente
vulnerable, principalmente en un campo abierto, donde iba a tener que franquear
los dos arroyos. Que el enemigo lo alcance, desde cualquier dirección, era solo
una cuestión de tiempo.
“Caballero
comprendió, desde el primer momento, que no podía luchar contra una fuerza tan
enormemente superior en número a la suya. Si lo hizo fue porque, a fuerza de
militar pundonoroso, se veía obligado por el deber a defender la retaguardia
del resto de nuestro ejército, y también porque, rodeado como estaba por todos
lados de fuerzas enemigas, no le quedaba otra alternativa, en la absoluta
imposibilidad de continuar su marcha de retirada”, señala el coronel Juan Crisóstomo
Centurión.
Recreación de la Batalla de Acosta Ñu, en el mismo sitio del enfrentamiento, 149 años después.
La
historia y la leyenda
No había otra alternativa que
prepararse para el combate.
Es aquí donde la historia se confunde
con la leyenda, principalmente en lo concerniente la caracterización que
presuntamente asumieron los niños soldados, buscando disfrazarse de
combatientes adultos, para buscar engañar al enemigo.
Sin dar muchos detalles que certifiquen
que aquello realmente ocurrió, varios historiadores repiten lo que los relatos
orales transmitieron insistentemente, a nivel de la cultura popular, durante
los tiempos que siguieron a la Guerra: Que los niños de Acosta Ñu se pintaron
barbas postizas para intentar hacerse pasar por adultos y tratar de engañar al
enemigo, o que muchos portaban fusiles de utilería, tallados de madera, para
hacer creer que tenían armas de fuego.
El historiador Efraím Cardozo, en sus
Efemérides de la Historia del Paraguay, es uno de los que sostienen que “algunos niños se pusieron barbas postizas,
para simular una edad que no tenían”.
En los relatos de primera fuente, como
el del general Centurión, no hay casi referencias a las barbas postizas, ni a
las armas simuladas. Por el contrario, existen varios testimonios de que el
alto comando brasileño poesía informes de inteligencia y datos muy precisos
acerca de la real conformación del ejército de Caballero. Ni las presuntas
barbas postizas, ni las presuntas armas de madera, en caso de que hubieran
existido, habrían podido engañarlos. Es decir, sabían muy bien que en su gran
mayoría eran niños y adolescentes, y aun así cargaron contra ellos, con toda la
saña exterminadora de la que fueron posibles. Eso es lo realmente terrible.
Acerca de las armas, Aguirre detalla
que casi todos los soldados paraguayos tenían armamentos básicos y precarios;
pesados y antiguos fusiles de chispa, media docena de cañones de avancarga,
lanzas y sables. A gran diferencia, los aliados contaban con los modernos
fusiles de repetición “a la minié”, además de cañones de retrocarga y
bayonetas.
El propio comandante en jefe brasileño,
el Conde d’Eu, lo reconoció en su diario de guerra: “Nuestros fusiles a la
minié llevaban la muerte hasta a sus reservas, al paso que nuestros soldados
más avanzados poco perjuicio sufrían”.
Recreación del éxodo a través de Acosta Ñu. Madame Lynch y las Residentas.
Aquellos
niños soldados…
Esa mañana, los niños soldados habían
desayunado una pobre ración de mbokaja (coco) y avati maimbe (maíz tostado),
según el relato del veterano cabo Cipriano Crispiniano Franco, quien fue uno de
los sobrevivientes.
Poco se ha escrito sobre la identidad
de aquellos menores obligados a ser adultos de manera tan violenta, que es
bueno rescatar algunos casos más conocidos.
Quizás el más célebre de los
combatientes de Acosta Ñu fue Emilio Aceval, quien tenía 15 años de edad,
cuando le tocó combatir en lalegendaria
batalla. Oriundo de Asunción, Emilio fue enrolado y llegó a ser sargento mayor,
a la edad de 14 años. Sobrevivió a los combates y fue hecho prisionero enAcosta Ñu y trasladado a Asunción, donde
sufrirá la tristeza de ver su hogar ocupado y prácticamente destruido por los
soldados aliados. Fue protegido y adoptado por una familia, que lo lleva a
vivir a Corrientes. Años más tarde, pudo ingresar al Colegio Nacional de Buenos
Aires. Aceval llegó a ser presidente de la República entre 1988 y 1902, y luego
senador nacional.
El cabo Lisandro Amarilla tenía 12 años
de edad, cuando entró en combate en Acosta Ñu. Fue jefe militar de una compañía
del Batallón Joven. Es recordado como un niño soldado de gran heroísmo, que
acostumbraba alentar a sus compañeros con consignas en guaraní: “¡Neike mitá! ¡Ja hechaukake umi enemigo
rembyrépe na i kuimba’eveiha ñande hegui! ¡Pe hesyvoke, há pe hesyvoporake…! (¡Vamos,
chicos! ¡Demostremos a estos restos de enemigos que no son más hombres que
nosotros! ¡Clávenles, y clávenles bien…!”.
Juan Pío Prieto, nacido en Pilar el 5
de mayo de 1855, tenía 13 años cuando se vio envuelto en la batalla de Acosta
Ñu. Ya había luchado antes en Ytororó y Lomas Valentinas. Tras sobrevivir y
caer prisionero, fue mantenido cautivo en el Campo de la Gloria, pero logró
huir y dirigirse de vuelta a su pueblo natal, donde se dedicó a ejercer la
docencia. Uno de sus hijos, que se volvió ilustre, se encargó de rescatar y
contar su historia.
Son solo algunos nombres, rescatados
del vendaval del olvido…
El
primer ataque
Cerca de las 8 de la mañana, el sector
de la retaguardia del ejército de Caballero, que estaba bajo el mando del
coronel Ángel Moreno y su segundo, el comandante Bernardo Franco, recibe el
primer ataque, al ser alcanzado por la vanguardia de las tropas imperiales,
comandado por el general brasileño Vasco Alves Pereira.
“La
guerrilla enemiga inició un recio tiroteo con la nuestra. Moreno envió entonces
a su ayudante, el alférez (Estanislao) Leguizamón, a dar parte al general
Caballero, que estaba en un punto llamado Cerrito”, destaca Centurión.
Caballero le responde con instrucciones
de que emplace sus dos bocas de fuego, mientras Franco, al frente de la
División VI de Veteranos de Infantería, debía extenderse porel campo.
El mandato es “aferrarse al terreno, reteniendo el empuje aliado con máximo vigor,
para dar tiempo al Centauro (Caballero), a tomar posiciones en las cercanías
del Yuquyry”, apunta Aguirre.
Centurión agrega que Caballero también
le indica a Moreno que no podía enviarle ninguna reserva de apoyo, porque
apenas tenía hombres para cubrirse, y que resista por su cuenta, tratando de no
dejarse envolver por las tropas enemigas. Además le comunica lo que ya era una
cuestión inexorable: “En el caso extremo
de verse envuelto, sería necesario formar el cuadro de táctica y defenderse
hasta sucumbir honrosamente”.
Desde atrás de las líneas, desde el
camino que llega desde Piribebuy, el conde d’Eu apura su marcha, con el grueso
de su ejército, para apoyar el primer ataque de Vasco Alves.
En la retaguardia del ejército
paraguayo, el combate seguía arreciando. Los niños soldados, entre ellos los
alumnos de la escuelita de Pirity, del maestro Clemente Medina, recibían su
bautismo de fuego.
Obedeciendo las instrucciones de
Caballero, Moreno dio la orden de retirarse del combate, en medio del fuego
cerrado, en dirección hacia el arroyo Yukyry
-¡Una
descarga..! ¡Tercerola a la espalda! ¡Sable o lanza en mano! ¡Marchen…! –era la orden que les impartían los
jefes a los niños soldado, recuerda Cipriano Crispiniano Franco.
Es en ese momento, cuando el comandante
Bernardo Franco, el segundo al mando, desobedece la orden de prudencia en la
retirada, se acerca demasiado hacia el fuego enemigo y es alcanzado por un
certero disparo de fusil en la cabeza, que lo derriba inerte de su cabalgadura.
La noticia de la muerte de uno de sus
más altos y valerosos oficiales le llega a Caballero, quien ordena que rescaten
el cadáver de Franco y no lo dejen a merced del enemigo. Un equipo de veteranos
se encarga de la misión casi suicida, y en medio de una lluvia de velas, cavan
una tumba y sepultan al comandante Franco, a orillas de un arroyo.
“Desde
entonces, una alta cruz de madera señala en la inmensidad la tumba del héroe,
única señal del recuerdo que florece en la tierra de la tragedia más honda de
nuestro pueblo”,
apunta Andrés Aguirre.
Otra secuencia del enfrentamiento, recreado en el mismo campo de batalla.
El
sangriento cruce del arroyo Yuquyry
Los casi 20.000 soldados del ejército
aliado ya han llegado totalmente a Acosta Ñu y el Conde d’Eu inicia el
operativo tan esperado, en busca de acabar con las tropas de uno de los
principales oficiales del mariscal López.
El comandante brasileño distribuye sus
fuerzas en dos columnas yuxtapuestas, frente a las líneas paraguayas. A la
derecha se ubica la Segunda Brigada de Infantería de Valporto, con la batería
de Murao Pinheiro. A la izquierda, la Sexta Brigada, de Lorenzo de Araujo. La
caballería de avanzada de Alves cubre los flancosy una parte del 13° Cuerpo cubre el centro de
la línea de ataque, según precisa el historiador brasileño Tasso Fragoso.
También un grupo de la Legión Paraguaya ataca a sus compatriotas, como parte
del ejército aliado, desde la izquierda.
El general Bernardino Caballero no
tiene tiempo para fortificarse. “Enfrenta
a cuerpo gentil a las veteranas tropas aliadas, numerosas como arena, las que,
abiertas en forma de abanico, avanzan con designio de atenazarlo”, relata
Andrés Aguirre.
El conde d’Eu combina con el general
Enrique Castro, jefe de las fuerzas orientales, un ataque desde la izquierda,
mientras ordena a Deodoro que ataque con otra brigada desde la derecha.
Caballero percibe que el ataque desde
distintas direcciones busca su arrollamiento, antes de alcanzar su objetivo de
cruzar el Yuquyry, entonces se ve forzado a situar su tropa en orden de
batalla, en forma paralela a la corriente del arroyo, para modificar luego su
línea en forma perpendicular.
“Con
esta diestra evolución, logra su propósito: Eludir el asedio y lograr el cruce
del Yukyry, de su tropa y carretería, en las cercanías de la confluencia con el
Piribebuy”, sigue
Aguirre.
Las maniobras se producen en medio de
una encarnizada batalla, que lleva casi todo el resto de la mañana. El cruce se
da a través de un precario puente y gran parte cruzando por el agua, que no es
muy profunda.
La visión que da el Diario del Ejército
del Conde d’Eu sobre este momento, es el siguiente: “El general Caballero intentó entonces, con éxito durante algún tiempo,
hacer un movimiento perpendicular a su primera posición. Calando su artillería
de la izquierda y reforzando la de la derecha, cubrió uno de sus flancos y
después de tres horas de lucha, consiguió establecer dicha línea perpendicular,
con el fin de desfilar junto al bosque y así ganar fácilmente la costa del
Yukyry, que había sido transpuesta por la mayor parte de sus carretas”.
La
heroica resistencia
El general Bernardino Caballero le pide
al coronel Ángel Moreno que apure el avance de la artillería, para cruzar el
arroyo Yuquyry y tomar posición en la otra orilla, a fin de proteger el paso
del resto de la tropa.
Tras lograrlo, Caballero forma su línea
de batalla apoyando el flanco derecho de su ejército en el arroyo Piribebuy, la
artillería en el centro y el flanco izquierdo se prolonga hasta muy cerca del
curso del mismo arroyo, pero hacia el Este.
Desde el otro lado del Yuquyry, la
poderosa artillería de los aliados ha sido emplazada frente al paso, junto al
precario puente, apuntando directamente sobre la posición paraguaya.
“Ni
bien ha terminado el emplazamiento de las bocas de fuego sobre el puente,
cuando la Alianza toma la ofensiva”, destaca Andrés Aguirre.
El general paraguayo se instala a
cierta distancia, bajo un árbol de laurel, en un sector elevado conocido como Ypaú,
que es como un gran mirador natural. Desde allí, desmontado de su caballo,
controla todo el escenario y dirige la batalla.
Es casi mediodía cuando se produce el
primer fuerte ataque de los aliados, con una andanada de cañonazos que causa
estragos en las fuerzas paraguayas. Los pocos cañones guaraníes responden al
fuego, con el mayor ímpetu que pueden.
Los soldados aliados se lanzan al
ataque, pero son repelidos por una salva de disparos desde el otro margen del
Yuquyry, y luego se producen los primeros encuentros cuerpo a cuerpo, con
lanzas, espadas y bayonetas.
“El
césped de esmeralda, en las riberas del Yukyry, se tiñe de púrpura de sangre
derramada a torrentes”,
retrata Aguirre.
Pero la táctica defensiva de los
paraguayos consigue repeler el primer ataque.
Los soldados aliados fueron “recibidos con un nutrido fuego de fusilería
y artillería, que vomitaba con espantosa actividad sus balas y metrallas,
causando estragos en las filas de aquellos, y produciendo como era natural, en
el primer ímpetu, gran confusión en ellos”, refiere Juan Crisóstomo
Centurión.
La batalla llegaba a su momento
culminante, coincide el historiador Hugo Mendoza. “Era ya mediodía, y desde el amanecer la lucha no tenía tregua ni
descanso. Se produjo una nueva carga y nuevamente fue repelida por Caballero.
El cauce del arroyo quedó colmado de cadáveres. Optó entonces el ejército
imperial buscar un vado, para evitar fracasar en otro ataque frontal. Caballero
volvió a hacerse fuerte sobre el puente del Piribebuy, conteniendo con todo
éxito el avance de sus perseguidores”, detalla.
Desde el otro lado de la historia, el
brasileño Augusto Tasso Fragoso, lo confirma: “Los contrataques del enemigo (los paraguayos) producen una fluctuación en nuestra línea”.
El conde d’Eu “brama en los pajares ante los desaciertos de sus legiones, cuyas
bayonetas relucientes forman selva, y las cicatea a la infernal hoguera. Le
secundan sus ayudantes: Rufino Salgao, Alfredo Taunay, Almeida Castro. Lo
propio hace el general Herculano Sánchez da Silva Pedra, quien espada en mano
empuja a su tropa. Le sigue Deodoro, en su ejemplo. Emplaza contra el puente
cuarenta piezas de artillería”, narra Aguirre.
Y en frente, resistiendo heroicamente,
están Caballero y sus niños soldados, junto a un número cada vez más reducido
de veteranos.
La protección del puente sobre el
Yuquyry se ha vuelto una obra quimérica, como la última fortaleza en el
desierto que no se debe dejar caer.
El Mariscal Lopez y los niños de Acosta Ñu. Recreación en el mismo lugar.
Se
consuma el holocausto
Los golpes de suerte del ejército
paraguayo no iban a durar mucho.
Poco después del mediodía llega la
Cuarta Brigada de Caballería del ejército aliado, al mando del coronel Hipólito
Ribeiro, que lanza un fuerte y masivo ataque de flanqueo por el ala izquierda.
El general Caballero busca escapar al
encierro, precipitando a sus hombres sobre el arroyo Piribebuy, donde vuelve a
tomar ubicación. Caballero establece rápidamente otro puesto de comando en el
lugar llamado Cerrito.
“La
Alianza, apoyada por la artillería, caballería e infantería, cruza el Yuquyry a
paso de carga y se estrella contra nuestros estropeados escuadrones de
caballería. Ypaú queda tapizado de cadáveres”, cuenta Andrés Aguirre.
El sol va cayendo lentamente sobre el
vasto horizonte del campo de Acosta Ñu.
Son casi las cinco de la tarde.
La hora final.
El momento de mayor crudeza y
desigualdad en el combate.
La consumación del holocausto.
Relata el coronel Juan Crisóstomo
Centurión: “Las bajas, en lucha tan
encarnizada y tenaz, eran considerables de una y otra parte, pero los aliados
tenían la ventaja no solo de reponer los muertos y heridos suyos, sino de
aumentar el efectivo de sus fuerzas con divisiones que afluían del lado de
Barrero Grande: una división por el frente, otras por los flancos y otra por la
retaguardia, mientras que las bajas nuestras no eran cubiertas o reemplazadas.
De esta manera quedaron envueltas o rodeadas nuestras escasas fuerzas por tres
poderosas columnas enemigas. Pero esta circunstancia, a pesar de lo abrumadora
que era, no fue bastante a desconcertar a nuestra gente o a infundir el
abatimiento en su espíritu, resistiendo hasta las cinco de la tarde”.
Combate cuerpo a cuerpo.
Cacería encarnizada de niños
combatientes, por parte de los soldados de la Alianza.
Escuchemos las voces que relatan ese
dramático momento:
-
“No hay palabras para describir la sublime ofrenda de vidas inocentes”.(Andrés Aguirre).
-
“Millares de bayonetas lidian contra un centenar de lanzas”. (Aguirre).
- “Los
jinetes aliados no comprendieron cómo aquellos niños desnutridos, que apenas sí
podían cargar sus largos fusiles de chispa, peleaban con tanto frenesí,
poseídos por homérica furia”. (Efraím Cardozo).
- “Acosta
Ñu es el símbolo más terrible de la crueldad de esa guerra: Los niños de seis a
ocho años, en el calor de la batalla, aterrados, se agarraban de las piernas de
los soldados brasileños, llorando, pidiendo que no los matasen. Y eran
degollados en el acto. Escondidas en las selvas próximas las madres observaban
el desarrollo de la lucha. No pocas empuñaron las lanzas y llegaron a comandar
grupos de niños en la resistencia”. (Julio José Chiavenatto).
El sol se oculta detrás de los cerros
lejanos, mientras los soldados aliados empiezan a prender fuego al campo de
Acosta Ñu, provocando un gran incendio.
Un denso olor a pólvora y a carne quemada
impregna el aire, mientras los gritos de dolor y de combate se confunden con el
estruendo de los disparos y cañonazos.
Pareciera que todo ha llegado a su fin…
pero no.
Hay un último batallón, que todavía
pelea.
___________
(Del
Libro “Acosta Ñu”, de Andrés Colmán Gutiérrez. Colección 150 años de la Guerra
Grande. Asunción 2013. Editorial El Lector. Diario ABC Color).
Fotos: Desirée Esquivel y Andrés Colmán Gutiérrez.