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viernes, 2 de septiembre de 2022

La Iglesia paraguaya deja atrás el conservadurismo más duro

 

Desde sus orígenes, la Iglesia Católica paraguaya vive una fuerte puja entre sectores conservadores, centristas y progresistas. Experiencias como las Reducciones Jesuíticas y las Ligas Agrarias, combatidas y reprimidas, fueron señales de una Iglesia comprometida con los pobres y marginados. Obispos como Rolón, Medina y Maricevich fueron baluartes de resistencia ante la dictadura. La politización de Fernando Lugo generó un impacto negativo para el progresismo y favoreció el ascenso del conservadurismo más duro. La llegada del Papa Francisco con sus ideas renovadoras ayudó a equilibrar fuerzas. El nombramiento de Adalberto Martínez como nuevo arzobispo de Asunción y primer cardenal en la historia del Paraguay, abre una nueva etapa para una Iglesia más abierta a los signos de los tiempos. Que el cardenal Martínez decida realizar su primera misa en una humilde parroquia del Bañado Sur es un mensaje claro de que el liderazgo eclesial retoma la cercanía con los más pobres y excluidos.

Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman 

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La Iglesia Católica, con más de dos mil años de permanencia en la historia mundial, es una institución que ha aprendido el enorme poder de los símbolos. La imagen de un hombre clavado a una cruz es sin duda su representación más universal, pero también lo son los múltiples gestos que sus líderes y exponentes protagonizan en momentos cruciales de la historia.

Por poner un ejemplo, podemos recordar a uno de los principales referentes de la Iglesia paraguaya, el destacado ex arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón, quien cuando la dictadura del general Alfredo Stroessner recrudeció la represión contra sectores contestarios, incluyendo a sacerdotes, religiosos y laicos, convocó a dos grandes “procesiones del silencio”, en octubre de 1987 y agosto de 1988, en la que pidió a los fieles que marchen en completo silencio por las calles de Asunción hasta la Catedral Metropolitana, sin gritar consignas. La expresión de aquella multitud callada tuvo más fuerza que los gritos de muchas otras marchas de grupos políticos opositores.

Una larga historia de pujas internas

Desde que se estableció en Asunción el primer episcopado de la cuenca del Río de la Plata, por auspicios del Emperador Carlos V y con la bula del Papa Paulo III Super Specula Militantis Ecclesiae del 1 de julio de 1547, con la que se creó el Episcopatum Paraguariensis, la Iglesia Católica paraguaya vive una fuerte puja entre sectores conservadores, centristas y progresistas.

A través de la historia, sectores eclesiales comprometidos con los más pobres y marginados impulsaron experiencias consideradas subversivas o revolucionarias, como las célebres Reducciones Jesuíticas, experiencias de comunidad con indígenas guaraníes, implementadas por misioneros de la Compañía de Jesús en un conjunto de treinta pueblos misioneros fundados a partir del siglo XVII en Paraguay, Argentina, Uruguay y partes de Bolivia y Brasil, con sistemas productivos, económicos y políticos de tipo socialista, que resultaban peligrosos para los poderes coloniales, poniendo además a salvos a los indígenas de los cazadores de esclavos. Finalmente, los reinos de España y Portugal decidieron expulsar a los jesuitas de América y acabar con las Reducciones en 1767.

Miembros de la Iglesia Paraguaya, como fray Fernando Cavallero o el presbítero Francisco Xavier Bogarín participaron activamente del proceso de la Independencia del Paraguay (mayo de 1811), pero luego el clero fue perseguido o sometido a controles por los gobiernos del dictador Garpar Rodríguez de Francia y sus sucesores, Carlos Antonio López y Francisco Solano López.

Tras la debacle producida por la Guerra de la Triple Alianza (1964-1970), la Iglesia Católica Paraguaya empezó a reorganizarse paulatinamente. En 1929 fue restablecida la Provincia Eclesiástica del Paraguay, con el Arzobispado de Asunción como sede y con las diócesis de Villarrica y Concepción como primeras sufragáneas.

El primer arzobispo de Asunción, Juan Sinforiano Bogarín, fue un gran defensor de los derechos de los más desprotegidos. Llamado “El obispo viajero” recorrió casi cincuenta mil kilómetros a caballo, por todo el país, animando a los campesinos a organizarse socialmente para la defensa de sus tierras y de sus derechos. El Obispo Hermenegildo Roa (tío del escritor Augusto Roa Bastos, retratado en su célebre cuento “El viejo señor Obispo”) como un pastor dedicado a los más pobres, fue secretario de monseñor Bogarín y vicario general de la diócesis.

Enfrentados a los abusos

Así como existieron obispos y sacerdotes que buscaron congraciarse con los sucesivos regímenes totalitarios y sectores políticos y económicos que dominaron el Paraguay a lo largo del Siglo XX, quizás fueron más lo que se opusieron a los abusos y acompañaron los sufrimientos del pueblo.

“Si uno lo compara con cualquier otro país de América Latina, no hubo otra Iglesia que se haya plantado ante una dictadura como lo hizo la paraguaya, denunciando violaciones de derechos humanos, clamando por aperturas políticas. También sufrió muchos ataques. Hubo periodos duros en donde se hicieron gestos dramáticos, como la decisión del entonces obispo de Caacupé, monseñor Ismael Rolón, de suspender la procesión de la Virgen en 1969. Ya como arzobispo de Asunción, suspendió el tedéum del 15 de agosto y comunicó que no iba a participar del Consejo de Estado. Fueron gestos simbólicos importantes que hicieron que la Iglesia paraguaya marque con actos la independencia que reclamaba al Estado”, destaca en una entrevista el investigador Miguel Carter, autor del libro El papel de la Iglesia en la caída de Stroessner.

Carter señala que “los sectores más progresistas acompañaron las primeras movilizaciones campesinas, apoyaron la creación de las Ligas Agrarias Cristianas. La Iglesia paraguaya siempre fue una Iglesia pobre, sin muchos recursos, que no se identificó con los propietarios de tierras, ni con los estamentos más favorecidos”.

Al igual que la experiencia de las Reducciones Jesuíticas en la época colonial, las Ligas Agrarias Cristianas y las Comunidades Eclesiales de Base, impulsadas a partir de los años 60 en Paraguay, bajo el influjo del Concilio Vaticano II y las conferencias del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla (1979), en que se adoptaron líneas de opción preferencial por los pobres y los jóvenes, fueron fuertemente perseguidas y reprimidas por la dictadura stronista.

Así como existieron algunos obispos como el de Caacupé, monseñor Demetrio Aquino, y sacerdotes como el paí Guido Coronel, que fueron abiertamente cómplices y partidarios del dictador Alfredo Stroessner, son más los que mantuvieron una postura crítica y solidaria con los perseguidos, como el arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón; el obispo de Concepción, Aníbal Maricevich y el obispo de Misiones, Mario Melanio Medina.

“La Iglesia tuvo un rol central, pero es importante remarcar que, si bien en este período su postura era antidictatorial, también era profundamente anticomunista, por lo que las reivindicaciones estaban más asociadas a que la dictadura no tuviese injerencia en las actividades de la Iglesia y que se diera paso a una democratización liberal creciente. Uno de los hitos centrales fue el intento de manipulación de la visita papal (Juan Pablo II) de mayo de 1988 que llevó al gobierno a suspender algunas actividades del Vaticano –por supuestos ataques de opositores– y a alterar a la Iglesia por estas injerencias”, refiere la investigadora Magdalena López en un ensayo sobre “Disputas teóricas e históricas en torno a la transición a la democracia en Paraguay”.

 

Fernando Lugo y monseños Ismael Rolón

La era del conservadurismo

Tras la caída de la dictadura (febrero de 1989), la Iglesia paraguaya también experimentó el mismo proceso que se daba a nivel internacional, de volcarse hacia un conservadurismo más duro, por la alarma ante los impactos políticos de la llamada Teología de la Liberación, que ya se había iniciado durante el papado de Juan Pablo Segundo (1978 – 2005) pero se profundizó con la ascensión de Benedicto XVI (2005 – 2013), que buscó encumbrar a obispos y cardenales de líneas opuestas a los cambios.

Con el retiro de los obispos más progresistas, sus sucesores correspondieron a corrientes más conservadoras, como sucedió en el Arzobispado de Asunción. Tras la renuncia del admirado monseñor Ismael Rolón, lo sucedieron obispos cada vez más reaccionarios, como Felipe Santiago Benítez, Pastor Cuquejo y el ultra conservador Edmundo Valenzuela, cuestionado por oponerse a cambios y proteger a sacerdotes acusados de ser acosadores sexuales

Entre las expresiones más polémicas de monseñor Valenzuela, llegó a pedir públicamente a jóvenes catequistas, que denunciaban un caso de acoso de un párroco, a “no hacer de una piedrita una montaña”. Otra perla del arzobispo fue hacer campaña para que el gobierno paraguayo no firme el Acuerdo de Escazú, con el que se buscan mejorar los derechos humanos y la protección ambiental en América Latina y el Caribe. «Nos encontramos ante una amenaza que proviene de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que quieren hacer un acuerdo de todos los acuerdos, prácticamente imponiéndonos aceptar todas las resoluciones anteriores de aborto, ideología de género, eutanasia…», declaró Valenzuela en un video de propaganda. Posteriormente, pidió disculpas al reconocer que no tenía toda la información.

Mientras los sectores conservadores se consolidaban en la conducción de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), negando incluso avances en el sistema educativo por considerar que se pregonaba la “ideología de género”, en la conquista de los derechos sociales, e incluso avalando abiertamente prácticas antidemocráticas, como el apoyo que brindaron a los sectores políticos golpistas que en junio de 2012 destituyeron a través de un golpe parlamentario al presidente Fernando Lugo (luego pidieron disculpas), los pocos sectores progresistas de la Iglesia incurrían en acciones que favorecían aun más al conservadurismo más duro.

Uno de los elementos más críticos y polémicos en ese sentido fue la decisión del entonces obispo de San Pedro, monseñor Fernando Lugo, de abandonar el sacerdocio para incursionar en la política, presentándose para las elecciones generales de 2008 y lograr acceder a la presidencia de la República. Lugo era uno de los referentes más reconocidos de la línea de la Teología de la Liberación, considerado el obispo de los pobres, que apoyaba a los campesinos en su lucha por la tierra, condición que lo ayudó mucho en el campo de la política, pero abrió mayores conflictos a quienes siguen esta corriente de religión. Sus colegas más conservadores, como el entonces obispo de Alto Paraná, monseñor Rogelio Livieres Plano, aprovecharon lo ocurrido para satanizar aun más a los sectores progresistas dentro de la Iglesia, poniendo además énfasis a las posteriores revelaciones de que Lugo, siendo sacerdote, desobedeció el voto de castidad, mantuvo relaciones sexuales con mujeres y engendró a varios hijos.

Los cambios que trajo el Papa Francisco

La elección del cardenal argentino Jorge Bergoglio como Papa Francisco tras la renuncia de Benedicto XVI, en 2013, trajo vientos de renovación a la Iglesia Católica a nivel universal, con efectos paulatinos también en la Iglesia del Paraguay.

Partidario de la llamada “teología del pueblo”, que supone una superación de la teología de la liberación, sosteniendo que, a partir de la globalización y la profundización de los procesos de exclusión, la «opción preferencial por los pobres» debe expresarse como «opción preferencial por los excluidos», Francisco empezó a operar acciones en la Iglesia universal que también repercutieron localmente.

Una de ellas fue la destitución del ultraconservador obispo de Alto Paraná, monseñor Rogelio Livieres Plano, acusado de malversación de fondos y de encubrir a sacerdotes acusados de abusos sexuales.

Otro hito en este proceso fue la visita del papa Francisco a Paraguay, que tuvo lugar entre el 10 y el 12 de julio de 2015. Siendo arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio había establecido un estrecho contacto con comunidades de paraguayos migrantes en Argentina y una especial devoción a la Virgen de Caacupé y hacia el rol de la mujer paraguaya, a la que la llama “la más gloriosa de América”, en la reconstrucción del país tras la hecatombe de la Guerra de la Triple Alianza.

Con su visita al Paraguay, Francisco reforzó los lazos con el clero y el pueblo, dio signos de cercanía con los pobres y principalmente esbozó un plan de renovación de la Iglesia paraguaya, de cara a los desafíos del Siglo XXI, que fue cumpliendo paulatinamente con el nombramiento de obispos más abiertos en sustitución de los conservadores.

Uno de los signos de este proceso fue la designación en junio de 2017 de monseñor Ricardo Valenzuela, conocido por sus posturas críticas ante el poder político y por su dinámica acción con los jóvenes, como nuevo obispo de Caacupé, una de las diócesis más importantes del país, sede del santuario nacional de la Virgen de Caacupé, en reemplazo del conservador obispo Claudio Giménez, a quien se cuestionaba su complacencia ante el poder político de turno.

Pero, sin dudas, el símbolo más fuerte sobrevino en febrero de 2022, cuando se anunció en el Vaticano el nombramiento de monseñor Adalberto Martínez Flores como nuevo arzobispo de Asunción, en reemplazo del ultraconservador Edmundo Valenzuela.  Y más aún, cuando en mayo de 2022, el Papa Francisco anunció que monseñor Adalberto sería investido como el primer cardenal en toda la historia del Paraguay.


Una Iglesia más abierta al mundo

Tal como lo expresamos en un artículo anterior, el nuevo arzobispo (y ahora primer cardenal), Adalberto Martínez, asume la conducción principal de la Iglesia paraguaya “con una trayectoria relevante, de perfil generalmente bajo ante las exposiciones mediáticas, conocido por sus actitudes de prudencia y equilibrio (que también caracterizaba a monseñor Rolón), pero con gestos de valentía en tiempos críticos”

También señalamos que “Monseñor Martínez no es un obispo en la línea de la Teología de la Liberación (como lo es, por ejemplo, el obispo emérito de Misiones, monseñor Melanio Medina, o como lo fueron, en su momento, el fallecido obispo de Concepción, Aníbal Maricevich, o el luego renunciante obispo de San Pedro, Fernando Lugo, que llegó a la presidencia del país), pero es un prelado sensible a la situación social. Tampoco es un obispo a quien se pueda considerar conservador, aunque aferrado a la tradición litúrgica y social de la Iglesia, es conocido por su espíritu de apertura y por su buena formación teológica e intelectual”.

De Martínez recordamos su papel relevante y valiente en lo sucesos del Marzo Paraguayo, una trágica y a la vez heroica gesta ciudadana que detuvo el ascenso al poder de un proyecto totalitario encabezado por el entonces general Lino Oviedo. En la noche del 26 de marzo de 1999 y en la madrugada del 27 de marzo, tras la masacre de los jóvenes en la Plaza del Congreso, monseñor Martínez, quien entonces era obispo auxiliar de Asunción, asumió el rol de autoridad de la Iglesia en busca una pacificación y de resultados concretos de Justicia.

No deja de ser significativo que el nuevo cardenal haya decidido realizar su primera misa no en la histórica Catedral Metropolitana, en el microcentro del poder de la capital paraguaya, sino en “la otra ciudad”, en la periferia del Bañado Sur, en la humilde parroquia San Felipe y Santiago, donde el sacerdote dominico Pedro Velazco viene desarrollando desde hace treinta años algunos proyectos pioneros de organización social con los más pobres, como el Centro de Ayuda Mutua Salud para Todos (Camsat), y que a través de luchas, movilizaciones y negociaciones, ha logrado que las actuales obras de la Costanera Sur no expulse a los moradores, contemplando su permanencia en viviendas sociales.

El lugar geográfico y el contexto histórico elegidos para esta primera misa responden a un fuerte símbolo que el nuevo cardenal quiere brindar, en abierta consonancia con el modelo de Iglesia que el papa Francisco está impulsando, dejando paulatinamente atrás —o al menos ayudando a reducir su influencia y poder— al modelo de Iglesia más conservadora, fundamentalista y opuesta a los cambios que exige el tiempo actual.

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Este artículo está publicado originalmente en el medio digital El Otro País, parte de un servicio de análisis de coyuntura distribuido primero a los suscriptores.

 

 

jueves, 17 de febrero de 2022

Un arzobispo para tiempos difíciles


La designación de Adalberto Martínez Flores como nuevo arzobispo de Asunción es un hecho positivo para un país donde la religión católica sigue siendo determinante en la vida nacional.

Desde el retiro y posterior fallecimiento de monseñor Ismael Rolón, el legendario arzobispo que marcó líneas de valentía, equilibrio y dignidad a la conducción de la Iglesia Paraguaya en momentos críticos durante la dictadura stronista -probablemente el mejor obispo paraguayo en la historia, junto al misionero Juan Sinforiano Bogarín-, la arquidiócesis de Asunción cayó en manos de prelados que no supieron estar a la altura de las circunstancias.

El sucesor de Rolón, monseñor Felipe Santiago Benítez, si bien tuvo actitudes valientes en sus primeros años como obispo de Villarrica, cuando acompañó la lucha de los campesinos de las Ligas Agrarias, luego cayó en una onda de conservadurismo extremo y tuvo actitudes lamentables durante sucesos de crisis políticas como el Marzo Paraguayo. Le siguió Pastor Cuquejo, también reconocido por conservador y con actitudes muy condescendientes con los círculos de poder.

Su sucesor, Edmundo Valenzuela, pasará a la historia como uno de los obispos más reaccionarios del catolicismo paraguayo, abiertamente enfrentado a sectores progresistas de su propia Iglesia, con cuestionables gestos de encubrimiento a sacerdotes acusados de acoso sexual a miembros de la feligresía, en un momento en que la máxima conducción de la Iglesia Católica, encarnado por el Papa Francisco, intenta una política de apertura y diálogo con sectores tradicionalmente estigmatizados o excluidos.

Adalberto Martínez llega a la conducción de la Arquidiócesis de Asunción -el liderazgo más importante en la estructura de la Iglesia paraguaya-, con una trayectoria relevante, de perfil generalmente bajo ante las exposiciones mediáticas, conocido por sus actitudes de prudencia y equilibrio (que también caracterizaba a monseñor Rolón), pero con gestos de valentía en tiempos críticos, tal como lo podemos atestiguar en el relato que incluimos a continuación.

Monseñor Martínez no es un obispo en la línea de la Teología de la Liberación (como lo es, por ejemplo, el obispo emérito de Misiones, monseñor Melanio Medina, o como lo fueron, en su momento, el fallecido obispo de Concepción, Anibal Maricevich, o el luego renunciante obispo de San Pedro, Fernando Lugo, que llegó a la presidencia del país), pero es un prelado sensible a la situación social. Tampoco es un obispo a quien se pueda considerar conservador, aunque aferrado a la tradición litúrgica y social de la Iglesia, es conocido por su espíritu de apertura y por su buena formación teológica e intelectual.

El siguiente relato, que forma parte de nuestra novela “El país en una plaza”, narra un episodio absolutamente real, de cómo monseñor Adalberto Martínez asumió en la noche del 26 de marzo de 1999 y en la madrugada del 27 de marzo, tras la masacre de los jóvenes en la Plaza del Congreso, el rol de autoridad de la Iglesia en busca una pacificación y de resultados concretos de Justicia. Todo lo que no hizo el entonces arzobispo. El relato lo escribimos en base al testimonio de los sacerdotes jesuitas Fernando López y Óscar Martínez, además de varios otros testigos.

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CAPÍTULO 38 DEL LIBRO “EL PAÍS EN UNA PLAZA – LA NOVELA DEL MARZO PARAGUAYO

Un terrible alarido le obligó a cerrar los ojos. Era el grito de dolor de un joven carapintada, herido de un balazo en la pierna, que se retorcía sobre el piso de la plaza, mientras sus compañeros trataban desesperadamente de encontrar ayuda médica.

El joven sacerdote jesuita Fernando López sintió que lo dominaban la impotencia, la angustia, las lágrimas.

Con su vaquero desteñido y su remera ajada, su característico look hippie, había estado allí días y noches, compartiendo junto a los manifestantes como uno más, sin que muchos supieran siquiera su condición de religioso. Nunca había creído que los partidarios del Gobierno se atreverían a tanto. Nunca había pensado que estaría llorando la muerte de tan queridos compañeros.

¿Y ahora qué...?, se preguntaba. ¿Cómo detener esta locura desbordada?

Al lado suyo, otro joven sacerdote jesuita, Óscar Martínez, no pudo contenerse al ver que un grupo de agentes salían del interior del Cuartel Central de la Policía Nacional, frente a la plaza, portando sus armas.

Era casi medianoche. A pasos rápidos Óscar cruzó la calle, seguido por Fernando, y encaró al que parecía tener más alto rango.

–Discúlpeme. Yo soy el pa’i Martínez y él es el pa’i López. Queremos decirles que estamos indignados por lo que está sucediendo. ¡No es posible que ustedes no hagan nada por detener a los francotiradores, sino que además sean cómplices de los que están asesinando a estos jóvenes!

El oficial lo observó, inexpresivo. Hizo un gesto de cansancio.

–Mire, pa’i. Nosotros no tenemos nada que ver. Solo cumplimos órdenes. ¿Por qué no entra allí y habla con nuestro comandante? ¡Él es el que está dirigiendo todo...!

–¡Entonces me va a escuchar...! –dijo Óscar, y se dirigió resuelto hacia la entrada.

En la guardia, dos uniformados intentaron cerrarles el paso.

–¡Somos sacerdotes jesuitas...! –les gritó Fernando–. ¡Queremos hablar urgentemente con el comandante de la Policía!

–¡Ah... entonces pasen! –les dijo el oficial–. Justo, en este momento, el comandante está hablando con el obispo de ustedes.

Los dos curas se miraron. El oficial pidió que lo acompañen y los guió a través de un largo corredor hasta un despacho ubicado al fondo. La puerta estaba abierta y desde el interior se escuchaban voces y gritos.

Al entrar vieron al obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, quien discutía acaloradamente con el comandante de la Policía Nacional, comisario Niño Trinidad Ruiz Díaz. Estaban también el sacerdote jesuita Alberto Luna y el pastor evangélico Emilio Abreu.

–¡No espere más, comandante...! ¡Por favor...! –rogaba el obispo–. ¡Envíe ahora mismo una dotación de policías para detener a esos francotiradores que están disparando contra los jóvenes de la plaza, antes de que maten a más personas...!

–Calma, calma, monseñor... –respondió el comandante, parsimonioso–. Estamos tratando de hacer lo posible. ¡Tampoco puedo poner en peligro la vida de mis hombres!

–¿Entonces va a dejar que sigan matando...? –intervino Fernando.

–¡Esos tipos están disparando desde edificios de altura! –exclamó el comandante–. Sería como mandar a nuestra gente a un matadero. Mejor vamos a esperar el apoyo de algún equipo especializado en este tipo de operativos. ¡Tengan paciencia, señores!

Fernando no podía creer lo que estaba escuchando. De nuevo estaba viendo las escenas de los chicos cayendo ante sus ojos, de nuevo escuchaba los alaridos de dolor. Salió al corredor, nervioso.

El oficial que los había guiado a la entrada se le acercó, sigiloso.

–Padre, discúlpeme... quiero decirle algo...

–¿Sí...?

–¿Sabe usted quien se encuentra allí, en la oficina al lado de la comandancia?

–¿Quién...? –preguntó Fernando, intrigado.

–El ministro del Interior, Carlos Cubas. El hermano del presidente de la República. ¿Por qué no hablan directamente con él?

–¿De verdad? ¡Es una excelente idea! ¡Gracias...!

–No diga que yo le dije, padre –pidió el oficial.

Fernando volvió a entrar al despacho, se dirigió junto a monseñor Martínez y le habló al oído. El obispo lo escuchó con atención y luego asintió con la cabeza. El comandante de la Policía estaba conversando con alguien por teléfono, ajeno a lo que sucedía, cuando se alarmó al ver que el obispo cruzaba el despacho con actitud resuelta y abría la puerta lateral.

–¡Espere...! ¿A dónde va, monseñor? –gritó, con el tubo en la mano, pero ya era tarde.

En la oficina de al lado, sentado frente a un escritorio, el capitán Carlos Cubas estaba hablando con otro hombre, cuando vio que la puerta se abría.

–Buenas noches, señor ministro. Disculpe la interrupción. Soy el obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, y quisiera hablar con usted sobre los graves hechos de la plaza.

El capitán Cubas se levantó con una ancha sonrisa.

–¡Bienvenido, monseñor...! Es la providencia quien lo envía. ¡Tenemos que encontrar juntos una salida a la crisis...!

–Entonces... ¿por qué no empieza y manda detener a los francotiradores? –le pidió el obispo, mientras le estrechaba la mano.

–¡Hace rato que le he dado la orden al jefe de Policía para que lo haga...!

–Él dice que no está en condiciones de hacerlo.

–¡No puede ser...! ¡Ese hombre no está respondiendo...! –exclamó, furioso, el ministro–. ¿Dónde está...?

Atravesó la sala y entró en el despacho contiguo, en donde el comandante de la Policía seguía hablando por teléfono.

–¡Si, mi general...! ¡Como usted ordene, mi general...! –decía.

El ministro le arrebató el tubo del teléfono de las manos y colgó con fuerza.

–¿Qué pasa...? –se molestó el comandante.

–Pasa que usted no está obedeciendo mis órdenes –le increpó el ministro–. Al parecer está recibiendo órdenes paralelas. ¿Quién era el general con el que estaba hablando?

Como toda respuesta, el comandante se limitó a esbozar una sonrisa nerviosa.

El oficial de guardia entró a la oficina.

–Permiso, señor ministro... El señor Aníbal Cabrera Verón, fiscal general del Estado, y el señor juez Gustavo Ocampos se encuentran aquí y solicitan verlo.

–¡Adelante...!

El oficial cedió el paso a dos hombres vestidos con traje, acompañados de una joven mujer que portaba una gruesa carpeta.

–¡Buenas noches, señor ministro...! –le saludó el fiscal general–. Aquí le estamos trayendo personalmente una orden judicial para allanar inmediatamente el local del Correo Central y el edificio Zodiac, desde donde están disparando los francotiradores, y para que se proceda a detener a todas las personas que resulten involucradas.

El ministro recibió el papel, le dio un rápido vistazo y lo extendió frente a la cara del comandante policial.

–¡Muy bien, señor comandante! ¡Aquí tiene la orden judicial...! ¡Espero que le resulte suficiente! ¡Hágala cumplir en seguida...!

El comandante recogió el papel, esbozó otra sonrisa nerviosa y salió del despacho.

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“El país en una plaza – La novela del Marzo Paraguayo”. Editorial Servilibro, 2014.

 

lunes, 30 de diciembre de 2019

Otros pesebres en busca de otra sociedad



Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

 María duerme plácidamente sobre el lecho de paja, mientras José juega muy divertido con el bebé Jesús en su regazo. Este “pesebre alternativo” –al que muchos consideran un pesebre feminista–, se denomina “Dejemos dormir a mamá” y es un regalo que le hicieron al papa Francisco por su 83 cumpleaños, quien lo alabó con mucho entusiasmo durante su mensaje de Navidad: “¡Cuántos de ustedes deben turnarse en la noche entre marido y mujer por el niño, la niña, que llora, y llora, llora!”.
Esta reinterpretación simbólica de los roles del hombre y la mujer por parte del máximo líder de una de las más importantes instituciones religiosas del mundo, tradicionalmente calificada de excesivamente conservadora, esta vez utilizando incluso el lenguaje inclusivo de nombrar al niño y la niña por igual, tiene un efecto de mucha trascendencia: El mundo está cambiando y sus efectos renovadores han llegado hasta el pesebre de Belén y hasta los salones del Vaticano.
Mucho más radical ha resultado el mensaje de la Iglesia Metodista Unida de la ciudad de Claremont, en el Estado de California, Estados Unidos, que presentó a San José, la Virgen María y el Niño Jesús encerrados en celdas separadas y rodeadas con alambre de púas, a manera de protesta contra las políticas represivas del presidente Donald Trump contra las familias latinas migrantes, a cuyos miembros han separado y encarcelado por no contar con documentos de residencias en regla. Hace más de veinte siglos la sagrada familia también tuvo que emigrar a Egipto para huir de la persecución del rey Herodes.
En la Catedral de Palermo, Italia, el arzobispo Corrado Lorefice decidió celebrar la misa de Navidad con la imagen de un Niño Jesús de piel negra, que le ha sido donada por misioneros de Tanzania, África, como una reivindicación a las familias de migrantes que llegan huyendo de persecuciones y que generalmente reciben el rechazo de las autoridades europeas y de un gran sector de los propios pobladores.
El controversial artista callejero británico Bansky instaló en el Walled Off Hotel de la misma simbólica e histórica ciudad de Belén, donde nació Jesús, un artístico pesebre junto a una réplica del muro que divide a Cisjordania de Israel. Sobre la imagen de la sagrada familia hay una estrella, pero es negra y hueca, y ha sido formada por el disparo de un mortero que atravesó el muro. Jugando con los símbolos y con las palabras en inglés, Bansky sustituye a la tradicional “Star of Bethlehem” (estrella de Belén) por la “Scar of Bethlehem" (Cicatriz de Belén), buscando llamar la atención de que el escenario en donde se originó la Navidad hace más de veinte siglos es la que menos puede celebrar hoy una verdadera “noche de paz”, debido al conflicto bélico que se mantiene desde la ocupación israelí de los territorios reclamados por Palestina.
En el Paraguay, aunque la Navidad sigue teniendo una representación principalmente tradicional o folclórica en las celebraciones religiosas, es posible encontrar imágenes de José, María y Jesús con rasgos indígenas guaraníes en algunos pesebres expuestos por artesanos y artesanas de Areguá, junto a esculturas de animales en peligro de extinción, como el jaguarete o el guyra campana, destacando una reivindicación de los pueblos originarios y un llamado a la protección del medioambiente.
Más que la presunta distorsión de un símbolo religioso universal, como cuestionan algunos sectores conservadores, los “pesebres alternativos” revelan la evolución de la conciencia humana ante realidades injustas. En una perspectiva histórica, el Redentor que eligió nacer entre los más pobres marcó una ruptura ante viejas estructuras para plantear la esperanza de lo nuevo. Si en la Judea invadida por el Imperio Romano aquel pesebre de pastores tenía un mensaje contra el sistema, es válido que los de hoy expresen las demandas feministas, migrantes, ambientalistas, indigenistas o pacifistas, como una manera de anunciar que otros modelos de sociedad también son posibles.

El pesebre de la Iglesia Metodista Unida de Claremont, California.
El Niño Jesús negro en la Catedral de Palermo, Italia.
El pesebre del artista Bansky en un hotel de Belén, junto al muro que divide a Cisjordania de Israel.
Pesebre indígena guaraní en Areguá, Paraguay.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Las campanas de Casado doblan por los héroes del Chaco


Con el pa'i Zsislaw Zsiasek, en el campanario de la iglesia de Casado.

–Tam… tam… tam.
El estruendo metálico de las campanas quiebra súbitamente la ardiente quietud de la tarde chaqueña, recorre las calles polvorientas de Puerto Casado, penetra en los galpones dormidos de la vieja fábrica taninera, acaricia los herrumbrados restos de antiguas máquinas sobrevivientes de una época de esplendor y opresión latifundista que hoy solo acumulan polvo, silencio y soledad.
El sacerdote polaco Zislao Zsiasek, párroco de la iglesia San Ramón Nonato, abre el enorme candado que protege el acceso a la torre del campanario y nos conduce por una vieja escalera de madera que cruje a cada paso. Arriba están las tres campanas de pesado bronce con nombres de mujer: Casilda, Margarita y Genara, dos de ellas corresponden a los de las hijas del latifundista español argentino Carlos Casado del Alisal, quien tras la Guerra de la Triple Alianza llegó a ser dueño de 6.500.000 hectáreas de tierra en el Chaco paraguayo.
–¡Miren…! Aquí están, perfectamente legibles, como si hubiesen sido escritas apenas ayer –dice el pa’i Zislao, mostrando las inscripciones hechas a lápiz que llenan la parte interior de las campanas.
En una de ellas se puede leer, perfectamente: “Recuerdo de mi ida al frente. R. Narváez. Octubre 20, 1933”. Y más abajo: “De vuelta del frente, 26 abril de 1935”.
Y al lado, otra de las inscripciones: “Recuerdo del sargento primero Alfredo Gamarra, a la vuelta del frente-1935”.

Las inscripciones en el interior de las campanas de la iglesia San Ramón Nonato, de Casado.
Memoria viva
Han pasado más de ocho décadas y las leyendas siguen allí, intactas, resistentes al tiempo, a pesar de que la mayoría fueron hechas con lápices de carbono.
“Puerto Casado era el lugar de desembarque de la tropas paraguayas que acudían para pelear en la Guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia. Los barcos llegaban hasta aquí repletos de soldados, que luego eran subidos en los trenes de la empresa Carlos Casado para ser llevados hasta los sitios de batalla”, cuenta el pa’i Zislao.
Mientras esperaban ser llevados hasta el frente, los soldados y los oficiales visitaban la Iglesia y subían al campanario de la iglesia de Casado para dejar sus mensajes en el interior de las campanas. La superficie porosa del metal fraguado ayudó a preservar las inscripciones, que se mantienen como memoria viva, casi un siglo después.
“Dejaban sus letras como una ofrenda, junto a las promesas que le hacían a la Virgen María Auxiliadora, para que puedan retornar vivos de la guerra. Muchos pudieron lograrlo y al regreso dejaron también sus escritos como señal de gratitud. Pero hay otras leyendas que solo tienen fecha de ida, ya no de vuelta. Son de los que dejaron su vida en las trincheras”, explica.
El pa’i Zislao es salesiano y lleva 41 años de sacerdocio en el Paraguay, de los cuales 39 los ha vivido en la región chaqueña acompañando a los pobladores en sus penurias y esperanzas.
Apoyó la lucha del pueblo originario Maskoy en los años 80 por conquistar sus tierras en Riacho Mosquito y la de los habitantes de Casado en los 90 para lograr la expropiación del ejido urbano, cuando la empresa taninera vendió sus tierras a la secta Moon con toda la gente adentro.
“A pesar de los avances, Alto Paraguay y gran parte del Chaco siguen siendo un territorio olvidado por el Estado. Basta que caiga una lluvia para que la gente se quede aislada y sin caminos durante semanas o meses”, destaca.


Soldados paraguayos marchando al frente de la Guerra del Chaco en los ferrocarriles de Casado.
Los antiguos trenes de la empresa taninera, hoy expuestos como reliquias en la rústica Costanera de Puerto Casado.

Un olvidado ferrocarril heroico
Tres pequeñas locomotoras permanecen estacionadas actualmente en la rústica costanera de Puerto Casado, como las piezas de un descuidado museo que se exhibe al aire libre.
Son las mismas que transportaron a los soldados de la Guerra del Chaco desde el puerto de Casado hasta Punta Riel, cerca de Filadelfia. En ellas viajaron el gran músico y poeta Emiliano R. Fernández, como el adolescente Augusto Roa Bastos.
 “Durante 1932 a 1935, en defensa de la patria, los trenes de Casado recorrieron  276, 480 kilómetros, transportando 243.621 oficiales, tropas y prisioneros, como así también 2.408 camiones. Para ello se dio movimiento a 25.794 vagones”, destaca el blog Historias del Ferrocarril Paraguayo.
Por esta cooperación, el mariscal José Félix Estigarribia, comandante del ejército paraguayo en la guerra, le obsequió al industrial y latifundista Carlos Casado el primer fusil boliviano capturado en Boquerón el 9 de setiembre de 1932.
Fachada actual de la histórica iglesia San Ramón Nonato, en Puerto Casado.
Campanas-Museo
Desde lo alto del campanario de la iglesia de Casado se observa el paisaje de una historia grande que se está deteriorando por falta de valoración del patrimonio histórico.
Una antigua grúa que se utilizaba en el puerto ahora duerme junto al barranco del río, cubierta de vegetación.
En el interior de las campanas, los mensajes de los héroes del Chaco se resisten a morir y cada vez que ellas doblan llamando a misa o a celebrar algún acontecimiento popular, también doblan por los sueños que allí dejaron registrados aquellos jóvenes combatientes.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Un "pesebre ecológico" despierta gran admiración en Isla Pucú



Un gigante y artístico pesebre, realizado con más de 4.000 botellas de plástico reciclado, es motivo de admiración en la ciclovía de Isla Pucú, Cordillera. Es obra del joven pintor y escultor Diego Martín Diarte, quien también exhibe un imponente retablo de semillas en la iglesia local.

Historias de #Navidad

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Fotos y video: Desirée Esquivel
Edición de video: Mathias Melgarejo


Estaban destinados a convertirse en basura... pero se volvieron objetos de arte y hoy brindan el rostro de una de las Navidades originalmente más atractivas del Paraguay a la histórica ciudad de Isla Pucú, en el Departamento de Cordillera.
El "pesebre ecológico", instalado en la ciclovía de entrada a la localidad cordillerana, está hecho con botellas de plástico que habían sido fabricadas para una conocida marca de aguardiente de caña, pero acabaron defectuosas y el joven pintor y escultor local Diego Martín Diarte quiso darles un mejor destino.
"¿Qué mejor que convertir la basura en arte, aprovechando esta época de Navidad para transmitir un mensaje sobre la necesidad de reciclar los plásticos y cuidar el medio ambiente?", propone Diego, quien convenció al intendente municipal de Isla Pucú, Hugo Fleitas, de patrocinar la obra artística que actualmente es la mayor atracción en la comunidad.
Se trata de un gran pesebre con siete enormes figuras de 2,5 metros de altura, que representan a San José, la Virgen María, el Niño Jesús (el único más pequeño), el Ángel Gabriel y los tres Reyes Magos, armado con más de 4.000 botellas, pintadas con diversos colores. Cada figura lleva más de 500 botellas, salvo el Niño Jesús, que lleva un poco menos.
"Ya había hecho una primera versión el año pasado, solo con las figuras de San José, María, el Niño y el Ángel, pero este año quisimos hacer algo mucho mayor y le agregamos a los tres Reyes Magos, poniéndolos además en un sitio más visible, en la ciclovía de la entrada a la ciudad", explica Diego.
Los viajeros que pasan en auto por la ruta que une a Eusebio Ayala con Caraguatay no pueden evitar detenerse a observar el pesebre, tomarse fotos y selfies para el recuerdo. El pesebre es particularmente atractivo en horas de la noche, cuando unos potentes reflectores lo iluminan y le dan un aire mágico, con aires navideños.

Diego Martín Diarte entre las figuras de su creación, en el pesebre ecológico gigante de Isla Pucú.

Una ciudad con toque ambiental y artístico

A 84 kilómetros al este de Asunción, Isla Pucú era conocida antiguamente como Ka'aguy juru, lugar donde el 18 de agosto de 1869 se libró la última gran batalla de la Campaña de las Cordilleras, durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).
De aquel tupido bosque que se iniciaba allí, tras los campos de Acosta Ñu, no queda casi nada. Todo ha sido deforestado con el tiempo, pero las actuales autoridades y los pobladores buscan darle a la comunidad un toque ambiental y artístico, rescatando el valor de la historia y agregándole obras de arte regional y paisajístico.
Antes de llegar a la ciudad, al costado de la ruta, un enorme mural recrea un cuadro de la Batalla de Ka'aguy juru, junto a enormes letras con el nombre de Isla Pucú. Más allá, un pintoresco portal da la bienvenida, en medio de un jardín de frondosos árboles con los troncos pintados con los colores de la bandera paraguaya.
La ciclovía es, a la vez, una galería de arte al aire libre, donde ahora se exhibe el pesebre ecológico, cuyas piezas estarán instaladas hasta febrero. Al término del recorrido está el mural Tupasy del Rosario, también realizado por Diego Martín Diarte, que rinde homenaje a la santa patrona, la Virgen del Rosario y rescata parte de la historia en torno a la imagen.
"En tiempo de la Guerra de la Triple Alianza, poco antes de la batalla de Ka'aguy juru, una familia que venía huyendo de los invasores trajo una imagen de la Virgen del Rosario, que protegió al pueblo. En mi obra, de estilo mosaico, reproduzco esa imagen y un fragmento de la cruz de madera que quedó chamuscada en el combate", cuenta Diego.
El mural tiene tres metros de alto por dos de ancho, y la técnica es de mosaico con venecitas, azulejos, espejos y cristales reciclados. El mural ha sido declarado patrimonio cultural de la ciudad por la Junta Municipal de Isla Pucú.

Los retablos hechos con semillas, en el templo parroquial de la Virgen del Rosario, en Isla Pucú.

Creando arte con semillas

En el interior de la histórica iglesia de Isla Pucú, el templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario, hay otras dos significativas obras de Diego Martín Diarte.
Se trata de dos enormes retablos realizados enteramente con semillas vegetales, inspirados en la obra del artista misionero Koki Ruiz, quien realizó el retablo de maíz para la visita del papa Francisco al Paraguay, en 2015.
"La obra de Koki me inspiró en la técnica utilizada, aunque mi estilo es diferente", explica Diego, quien en 2016 hizo un primer retablo de semillas en homenaje a la Virgen de Caacupé, que actualmente se guarda en la Basílica menor de la capital cordillerana.
En la Iglesia de Isla Pucú hay un retablo tras el altar, y uno más nuevo a un costado, que es más imponente y ha sido trabajado con una técnica mucho más cuidada, incorporando luces de colores, por lo que es recomendable observarlo de noche. Muestra a un Jesús con los brazos abiertos, con un enorme corazón en cuyo interior está la imagen de la Virgen.
El cuadro tiene cuatro metros de alto y tres de ancho y en su elaboración se usaron más de 97 kilos de 19 tipos de semillas, principalmente de maíz, arroz, porotos de varios tipos y colores, girasol, lino, soja, mijo, alpiste, melón, arroz, sésamo y semillas exóticas como la leucaena, todos en color natural, apenas resaltados por un barniz que le da protección. Le llevó 45 días de trabajo y contó con la colaboración de varios jóvenes de la comunidad.
Diego tiene 23 años, es ingeniero comercial y licenciado en administración de empresas. Se declara artista autodidacta, ya que no tiene ningún estudio académico en pintura o escultura.
"Siempre me gustó crear obras artísticas, desde niño, y quiero contribuir a que mi comunidad sea conocida por la expresión de su arte y el rescate de su historia, que la gente venga a mirar y conozca a Isla Pucú como un lugar donde también creamos cultura", destaca.
Afuera, varios autos se detienen frente al pesebre ecológico. Es noche cerrada y las imágenes parecen salidas de un cuadro de fantasía. Un niño se desprende de la mano de sus padres y corre a abrazar al otro niño acostado en el pesebre, y posa sonriente para la foto.
-¡Mirá, mamá...! ¡Es un mita'i hecho de botellas! –exclama.
Y luego, mirando a sus progenitores con un tono de reproche:
-¡Y nosotros, que siempre tiramos nuestras botellas...!