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domingo, 4 de octubre de 2020

Los héroes del balde de plástico

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

En las puertas del Apocalypse Now, cuando parecía que el mismo infierno se había desatado sobre la tierra, cuando los bomberos se sentían rebasados ante las murallas de fuego… ellos y ellas aparecieron.

Hombres y mujeres en su mayoría jóvenes, gente de barrio, pobladores emergiendo de la cuarentena. Traían en sus manos o sobre sus hombros algunos rústicos baldes de plástico con agua, recipientes reciclados que alguna vez fueron envases de pintura o de aceite, botellones, jarras, palanganas… Hormigas humanas movilizándose ante las exhalaciones de un gigantesco dragón, formando cadenas incansables para arrojar chorros sobre las hogueras ardientes.

¿Qué podrían hacer con tan precario y primitivo sistema, ante la apocalíptica dimensión del desastre? La efectividad no estaba quizás en los resultados tangibles, que fueron muchos e importantes, sino en el mensaje que brindaban: Ante la inercia y la manifiesta inutilidad gubernamental, surgía una impresionante respuesta de solidaridad ciudadana y de heroísmo cívico. 

Aparecieron en los incendios de Areguá, pero se extendieron por diversos puntos del país. Gente haciendo colectas para acercar alimentos y equipos a los bomberos. Gente ofreciendo sus casas a los voluntarios y el agua de sus piscinas para recargar los camiones tanques.

Podría quedarme con las imágenes del dantesco infierno que sufrimos esta semana, con un calor por encima de los 40 grados, cercados por las llamas y el humo tóxico, con cortes de energía eléctrica y de agua corriente de las inoperantes empresas estatales, con la vigente amenaza del Covid-19 y el dengue, con la crisis económica y el sistema de salud al borde del colapso, mientras legisladores, jueces, fiscales y políticos corruptos seguían celebrando el carnaval de la impunidad.

Podría reiterar las críticas tantas veces repetidas y avaladas en pruebas científicas de que la tétrica imagen de un Paraguay en llamas con casi 15.000 focos de incendios solo en esta semana y todo el desastre climático no ocurren por capricho de la naturaleza, sino que son la directa consecuencia de un modelo de supuesto desarrollo agroganadero que privilegia el lucro y destruye el ecosistema, algo que definitivamente no nos gusta, pero no por eso vamos a buscar otro planeta. No, señor Zavala, este es nuestro país y este es nuestro planeta. Quienes los amamos lo vamos a seguir defendiendo y buscando proteger.

Podría poner el acento en seguir denunciando lo que ya tantas veces hemos denunciado… pero hoy prefiero detenerme a reivindicar a estos héroes y a estas heroínas del balde de plástico, que nos han dado un fresco aliento de esperanza entre tanta sofocante y ardiente pesadilla.

Hace años me contaron la conmovedora historia del colibrí. Ante un gran incendio, mientras los demás animales huían en desbandada, el ave pequeña volaba al río más próximo, cargaba agua en su pico y en sus plumas y retornaba a dejar caer las gotas sobre el bosque en llamas. Al ver aquel esfuerzo aparentemente inútil, un león le preguntó qué estaba haciendo, en lugar de ponerse a salvo. El colibrí respondió: “Yo solo hago mi parte. Si todos hiciéramos lo mismo, hace rato hubiéramos apagado el incendio”.

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(Publicado originalmente en la columna Al otro lado del silencio, sección opinión del diario Última Hora, domingo 4 de octubre de 2020).

(Las conmovedoras imágenes que acompañan este texto son de Agustín Martínez, que supo estar allí y dar testimonio con sus fotografías. Lo pueden conocer mejor en este reportaje y seguirlo en su perfil de Facebook ).





lunes, 24 de agosto de 2020

Gracias, Leonardo DiCaprio

 


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Estimado Leo: Te agradecemos infinitamente que hayas publicado en tu cuenta de Instagram la estupenda e impactante foto del colega Jorge Saenz sobre la terrible polución que sufre la Laguna Cerro, en la compañía Piquete Cué de Limpio. Gracias al escándalo y a la presión internacional que provocaste, después de cuatro meses de infructuosas denuncias locales, las autoridades del Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades) se animaron a cancelar la licencia ambiental que ellos habían otorgado y pedir el cierre definitivo de la industria impunemente contaminadora.

Sabemos que lo hiciste por tu motivación ecologista, convencido de que el cuidado de la naturaleza es fundamental para garantizar el futuro. Aunque haya quienes lo vean como una simple pose progresista, para quienes nos sentimos viviendo siempre un poco al borde del Apocalipsis, es una acción fundamental.

Te confieso que nos causa un poco de vergüenza ajena que tenga que intervenir un famoso actor de Hollywood para que nuestras autoridades nos hagan caso, pero así son las cosas por aquí, en este país mágico pero corrupto llamado Paraguay que alguna vez deberías venir a conocer personalmente, para conocer las bellezas naturales que aún quedan en pie y que con mucho esfuerzo algunos tratamos de proteger. A veces nos sentimos un poco como ese tenaz trampero Hugh Glass a quien encarnaste en la película El Renacido del mexicano Alejandro González Iñárritu, que te permitió lograr el ansiado Oscar: sobrevivientes de un paraíso continuamente agredido, en donde los gobernantes y las clases dominantes buscan imponer el lucro comercial al interés colectivo.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con nuestro bello e inmenso Chaco, territorio que nuestros abuelos defendieron con sangre en una cruenta guerra en el siglo pasado. Es considerado el segundo ecosistema más importante de Sudamérica, pero está en peligro de convertirse en un desierto. La deforestación ya arrasó con una superficie del tamaño de Suiza, pero la impunidad sigue.

El caso en el que te tocó intervenir es uno más entre tantos, en el que los gobernantes facilitan abrir industrias con la ilusión de que nos traerán el progreso. “Usen y abusen del Paraguay”, había proclamado el anterior presidente a supuestos inversores extranjeros. Así se instaló en Limpio la empresa de curtiembre WalTrading SA. Obtuvo licencia ambiental y arrojó sus efluentes a la bella laguna Cerro, en el mismo ecosistema donde florecen las encantadoras plantas acuáticas conocidas en guaraní como yacaré yrupê (Victoria cruziana). Los vecinos alertaron sobre el violento cambio de color del agua y el olor pestilente, pero las autoridades solo enviaron fiscalizadores a observar y a hacer nada. Recién cuando tu posteo sacudió al mundo, reaccionaron y descubrieron que se estaba cometiendo un crimen ecológico.

Gracias, Leo. Vení cuando quieras, o cuando el Covid-19 te lo permita. En Paraguay te sentirás como en casa y hasta en ambientes similares al de algunas de tus más famosas películas. Aquí también tenemos a un capitán al que hemos aplaudido por conducir muy bien el barco médico gubernamental contra la pandemia, pero que en estos días se va hundiendo inevitablemente como el Titanic.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 23 de agosto de 2020.

jueves, 22 de agosto de 2019

Arde, Paraguay, arde



El Paraguay está seco y en llamas. 
Los bosques y los campos se incendian ante el menor descuido y componen un dantesco escenario que parece calcado de la película Apocalipse now.
Imparables murallas de fuego se alzan en la noche, a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos.
La poca lluvia no basta para aplacar la tremenda sed acumulada que tiene la tierra, ni para contener los infernales corredores de fuego. 
El heroico esfuerzo de los bomberos resulta insuficiente o vano ante el gran número de estallidos.
Al momento de escribir este artículo hay 1.626 focos de incendios detectados en todo el país, principalmente en San Pedro, Concepción, Amambay y Presidente Hayes. 
En este infierno no solo se consumen pastizales ganaderos o campos improductivos, sino también lo poco que queda de nuestros valiosos bosques y de nuestra siempre amenazada fauna, devorando valiosas reservas naturales.
Las causas son variadas, pero todas surgen de la ignorancia, de la inconsciencia social, de la viciada "cultura del fuego".
- Alguien que al pasar arroja una colilla de cigarrillo en brasas entre los arbustos.
- Vecinos que queman alegremente su basura en los terrenos baldíos.
Cazadores de apere'a que usan las hogueras para obligar a los roedores a salir de sus madrigueras.
- Ganaderos que quieren ahorrar dinero y les prenden fuego a sus pastizales resecos, pensando que es la manera natural de renovarlos.
- Agricultores a quienes les parece más práctico y barato quemar sus "rozados" para abrir nuevas áreas de cultivo en el monte.
Todos aparentemente inocentes ciudadanos, a quienes el fuego se les va de las manos "por accidente", hasta volverse un infierno incontrolable.

Es un momento de detenernos a preguntar qué nos pasa.
¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente?
¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales?
¡Arde, Paraguay, arde...!
El crimen que estamos cometiendo es inexcusable. 
Cada humareda es veneno tóxico que contamina el aire. 
Cada foco de incendio es una acción que calcina y empobrece la tierra, un daño ecológico del cual no podrá volver a recuperarse en montones de años. 
Cada especie vegetal y animal que muere bajo el fuego es también una parte de nuestra propia vida que se acaba.
Estas formas de ecocidio están penadas por la Ley, y quien le prende fuego a un campo o a un bosque puede ser castigado hasta con cinco años de cárcel. Pero... ¿sabe usted de alguien que esté preso por haber iniciado una quemazón? ¿Al menos uno solo de los 1.626 casos?
Ya lo dijo alguna vez el maestro Augusto Roa Bastos: Los paraguayos y las paraguayas hemos nacido en una tierra que se parece a un paraíso, pero hacemos todo lo posible para que se parezca a un infierno.

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(Publicado originalmente en el diario Última Hora el 8 de setiembre de 2007. Es uno de los artículos que la profesora magister en Ciencias del Lenguaje, Celeste Fleitas Guirland, eligió para analizar en su libro Discurso y pragmalingüística. Bases teóricas y análisis de textos desde los nuevos enfoques lingüísticos, editado en 2011).

lunes, 3 de diciembre de 2018

Canción de fuego y hielo



–¡No creo para nada en eso que dicen del cambio climático…! –exclamó, parado detrás del atril en el amplio salón, enfundado en su elegante traje de corte inglés, ante un auditorio que contestaba con murmullos y aplausos a cada una de sus palabras.
-¡Todos los informes son solamente fake news, noticias falsas que obedecen a un discurso ideologizado que repiten los zurdos en busca de dinero extranjero para sus oenegés ambientalistas...! –repitió, gesticulando frenéticamente ante las cámaras con poses de predicador.
Su frente estaba perlada de sudor. Se secó con un flamante pañuelo de seda, pero seguía sintiendo mucho calor. Al parecer el aire acondicionado no funcionaba. Pidió que abran las ventanas para dejar entrar el aire fresco, pero lo que ingresó violentamente al recinto fue una ráfaga de ardiente viento norte que llegaba desde el lejano Chaco como un aliento de dragón.
–¡Mejor cierren…! –pidió a sus guardaespaldas, quienes acudieron presurosos a cumplir la orden, pero no pudieron lograrlo. Una fuerza extraña empujaba las hojas de las ventanas desde afuera, mientras por el hueco se filtraba ahora un ventarrón gélido y ruidoso, con un torbellino de nieve que pronto se volvió una lluvia furiosa y descontrolada, que empezó a inundar el salón, obligando a los asistentes a levantarse de sus asientos y replegarse hacia el fondo, entre gritos de pánico.
–¡No lo crean…! ¡Son solo efectos especiales, trucos cinematográficos de estos comunistas...! –advirtió el orador, que insistía en quedarse parado en medio del escenario, empapado por la súbita tormenta. Sintió un frío extraño que se le metía en los huesos y le hacía castañetear los dientes.
–¡Es mentira…! ¡El cambio climático es mentira…! –gritaba ante la huida de su público y de sus guardaespaldas, quienes habían renunciado a intentar cerrar las ventanas, que ahora dejaban ver un desierto soleado por donde venía avanzando un gigantesco oso polar. Fue lo último que vio, cuando la bestia de blanco pelaje entró por el hueco y le mostró las mandíbulas abiertas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Yaguaretés en fuga




En algún lugar entre los cerros de Acahay, La Colmena, Ybycuí e Ybytimí, en el Departamento de Paraguarí, hay una pareja de yaguaretés huyendo con su pequeño cachorro entre las cenizas del paraíso.
Estos felinos salvajes llevan ya varias semanas rondando en medio de los ranchos y las chacras, alimentándose de terneros y aves de corral, causando el lógico temor en los pobladores, que han emprendido expediciones de cacería, armados con rifles y escopetas, a fin de librar a sus comunidades del "peligro".
Conocido también como jaguar o tigre americano, el yaguareté (Panthera onca) es el mayor félido de América y el tercero del mundo, después del tigre. Figura en Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Se cree que estos ejemplares avistados entre los cerros de Paraguarí son los últimos que sobreviven en la Región Oriental, donde su hábitat se ha perdido debido a la acelerada destrucción de los bosques.
Los yaguaretés se han quedado sin hogar y vagan buscando alimentos, a riesgo de ser sacrificados.
En poco más de medio siglo, el Paraguay perdió más del 80% de su superficie boscosa, reemplazada por pasturas extensivas para cría de ganado y cultivos mecanizados de soja, maíz, girasol y trigo. Desde 1945, de las 8.300.000 hectáreas de bosques que cubrían la superficie del país, parte del Bosque Atlántico, hoy quedan poco más de un millón de hectáreas, según el Fondo Mundial para la Naturaleza.
En la zona del Chaco Paraguayo, la deforestación alcanza un volumen de mil hectáreas de bosques talados en forma diaria, como revela una investigación de la organización no gubernamental Guyra Paraguay.
Paralelamente, el Paraguay se convirtió en sexto productor mundial de soja y cuarto exportador de esta oleaginosa. Además ha tenido un acelerado crecimiento en la ganadería. En el 2015 había 14.216.256 cabezas de ganado bovino y en 2014 exportó carne por 1.386.242.384 dólares, ubicándose como sexto exportador mundial de carne, desplazando al Uruguay.
Estas cifras han sido exhibidas por los últimos Gobiernos y por la clase empresarial como pruebas del gran crecimiento macroeconómico del país. Habría que preguntar qué opinan de eso los yaguaretés en fuga.
Hasta ahora, las expediciones de los cazadores no han logrado hallarlos. Afortunadamente también hay otras expediciones de guardaparques y ambientalistas que los buscan para protegerlos.

¿Quiénes los encontrarán primero...?



martes, 9 de febrero de 2016

Los damnificados no existen


Revisando viejos archivos en busca de algunos datos, encontré este artículo mío, publicado a una página en el suplemento El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 27 de mayo de 1989. O sea, a apenas tres meses y días del derrocamiento de la dictadura stronista.
Eran los días en que se crearon las primeras organizaciones de sintechos, que salían masivamente a las calles, protagonizaban ocupaciones de tierras en Asunción y alrededores, y se debatía mucho sobre lo que reclamaban.
Me llama la atención lo que expresaba en aquel artículo, en comparación con los debates actuales –inundados, limpiavidrios, cuidacoches, etc.-, casi 27 años después. Es como si nada hubiésemos cambiado o avanzado, en esencia.
Aunque el título era “El poblador suburbano: Un nuevo actor social”, lo que generó más polémica fue uno de los subtítulos y una de las ideas claves del texto: “Los damnificados no existen”.
(En términos más personales, reconozco que el texto tiene un estilo deliberadamente de opinión, de “bajar línea” con un fuerte sesgo ideológico, que en los últimos año he ido dejando de lado para adquirir un tono periodístico  más narrativo, con puntos de vista más diversos, asumiendo una realidad más diversa y compleja. Sin embargo, leyéndolo, aunque admito  hoy lo escribiría de otro modo, compruebo con mucha satisfacción que sobre todo esto sigo pensando exactamente lo mismo)
Para quienes se interesan por estos temas –sé que son muchos y muchas-, rescato el texto original a continuación:
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Desde las catacumbas de nuestras ciudades está emergiendo con mucha  fuerza y dinamismo un nuevo actor social.
Alguien que ya no es propiamente un campesino –aunque todavía conserve en mayor parte su lenguaje, sus costumbres, su mágica cosmovisión- pero que tampoco ha logrado integrarse plenamente al mundo urbano, relegado con violencia a los suburbios marginales, a los cinturones de miseria que rodean a las urbes.
Es alguien que no se identifica con las clásicas caracterizaciones sobre los sectores populares y las organizaciones sociales: no es campesino, no es obrero, no tiene relación directa con los sindicatos y los partidos políticos, porque estos no logran representar sus intereses. Tampoco figura en las listas privilegiadas de los organismos internacionales de solidaridad, no aparece cotidianamente en las páginas de los periódicos, ni se ocupan de él con asiduidad la radio y la televisión.
El único que siempre lo recuerda es el viejo y milenario río, fuente de vida y de tragedia a la vez. Cuando sus aguas turbias se desbordan y arrasan los modestos caseríos escondidos en el fondo del Bañado, empujando a los pobladores hacia las calles más céntricas, entonces la sociedad parece advertir fugazmente la presencia de este actor social, aunque prefiere ocultar su verdadera identidad bajo la eufemística denominación de “damnificado”.
Ahora, sin embargo, en este dinámico tiempo de transformaciones políticas, nuestro sujeto sale a la calle y eleva su voz. Exhibe sus nuevas organizaciones y sus reivindicaciones. Reclama su espacio propio en esta sociedad que ahora se ufana de ser democrática.
Nuestro sujeto sale a la calle. Y, de pronto, su sola presencia basta para cuestionar las mismas raíces de este modelo social, que hasta ahora no ha hecho más que marginar denodadamente a sus hijos más humildes.

LOS DAMNIFICADOS NO EXISTEN

Si de veras queremos construir una nueva forma de relación social, más abierta y democrática, debemos empezar por abolir ciertos mitos, imperceptiblemente heredados del tiempo de la dictadura.
Uno de ellos es el que se refiere a los llamados “damnificados” por la inundación del río Paraguay.
Seguir utilizando este concepto es un engaño. Eso significaría reducir el problema de las periódicas crecientes a una cuestión meramente ecológica.
Sería como decir –o creer- que hay familias que padecen necesidades solamente cuando las aguas desbordadas les privan de sus precarios hogares. Esa idea lleva automáticamente a presuponer que el resto del año (épocas en que el río no crece) estas mismas familias no sufren mayores carencias. Y sabemos que eso no es así.
En realidad, los “damnificados” no existen.
Los que existen son estos nuevos actores sociales, todavía de nebulosa identificación, que ni son campesinos, ni tampoco son ciudadanos. Podríamos denominarlos, sin demasiada certeza, “pobladores sub-urbanos”. Algo así como los espectrales habitantes de una ciudad de segunda categoría, que se despliega por las riberas inundables del río, por las periferias sórdidas, por las salamancas profundas. Una ciudad oculta, construida con hule y cartón, con desgarradas angustias y tercas esperanzas. Una sub-ciudad que devuelve, en un abrumador y escandaloso contraste, el rostro oscuro de esa otra urbe que brilla con sus reflejos artificiales.

UNA CIUDAD QUE NO FIGURA EN EL MAPA

Ellos comenzaron a llegar desde hace más de dos décadas, cuando el “boom” de la mecanización agrícola, la avalancha de las empresas multinacionales y el despojo violento de sus tierras los fueron desalojando de sus viejos y apacibles “valles”.
Un día enterraron el machete en el surco vacío, cargaron con sus buruhacas al hombro y se treparon a la carrocería de un viejo camión.
La ciudad los vio llegar. Pies desnudos sobre el asfalto caliente. Pero la ciudad no tenía lugar para ellos. Comprar un lote, construir una casita, pagar agua, luz, cloacas, empedrado, impuestos… todo eso cuesta plata. No hay trabajo. ¿A dónde podemos ir? Dicen que allá, en la orilla del río, hay unos terrenos que nadie usa.
Allí levantaron sus viviendas. ¿“Viviendas”? ¿Se podía llamar “viviendas” a esas casitas casi de juguete? Pero de a poco se fueron juntando, se fueron reconociendo, se fueron organizando. Trazaron calles, construyeron escuelas, capillas, canchas de fútbol, plazas…
Los fines de semana –los únicos días en que tenían algún respiro laboral-, los hombres y mujeres se organizaban en cuadrillas para cortar las malezas, arreglar los tortuosos caminos ribereños, pintar las paredes descoloridas de humedad.
Aprendieron a convivir con el viejo río, a aprovechar sus recursos y a huir de sus cíclicas inundaciones.
Así nacieron decenas de barrios que no figuran en ninguno de los mapas oficiales. Allí donde los cartógrafos han diseñado manchas blanquecinas con el genérico nombre de “Bañado”, actualmente viven 60.000 familias compatriotas y existen comunidades enteras, sufridas pero trabajadoras, humildes pero solidarias.
Y ahora la sociedad se sorprende de ver a sus organizaciones surgidas casi de la nada (la Coordinación de Pobladores de Zonas Inundables, COPZI; la Comisión de Familias Sin Techo, etc.). Sucede, sin embargo, que el nivel de conciencia ha ido creciendo tan callada y marginalmente como su vida misma. Allí, en la ribera del río, a la luz de las velas, en la soledad de los campamentos precarios, han ido amasando lentamente sus propias propuestas. Nunca nadie los tomó en cuenta, pero ellos siguieron trabajando.

Ahora están en la calle. Realizan marchas y manifestaciones, ocupan propiedades, se enfrentan a la Policía, elevan pedidos a las autoridades. Es su manera de decir: aquí estamos, nosotros existimos, los pobres también queremos participar en la construcción de esta nueva democracia.  

jueves, 26 de junio de 2014

Sueños inundados


Mucha gente se pregunta: ¿Por qué los pobladores del Bañado siempre esperan hasta el último momento de la creciente del río para salir de las zonas inundadas, ya cuando están con el agua al cuello? Yo también me lo preguntaba, hasta que una tarde, en el Bañado Tacumbú, Teodora me contó su historia. De esa versión nació “Sueños inundados”, uno de los relatos que componen mi libro “El Principito en la Plaza Uruguaya” (Servilibro, 2007).
Esta es la historia: 


Miércoles.
El río amaneció dentro del gallinero.
Teodora se fue tempranito a revisar, sobresaltada por el cacareo incesante en la madrugada, y se encontró con un cuadro de helada tristeza. Las gallinas, mojadas y ateridas de frío, se disputaban el poco espacio que quedaba encima del cercado. Los pollitos más chicos no habían logrado escapar a la correntada destructora.
–¡Jacinto! –le gritó a su marido junto a la cocina–. ¡Tenemos que mudarnos ya, che karai! ¡Mañana el río va a estar dentro de nuestra pieza y será muy tarde!
–No –dijo Jacinto, soplando el fuego del brasero con una pantalla–. Todavía no. A lo mejor ko el agua no sube tanto.
Teodora sintió que la rabia le subía por el cuerpo. Miró hacia la ribera desbordada. Vio un tuyuyú revoloteando sobre una isla de camalotes. Vio la hermosa casita de su comadre Juliana, toda de material, sumergida en el agua hasta la altura de las ventanas.¿Para eso pio tanto sacrificio?, se preguntó con angustia. Trató de calmarse. Se acercó al brasero, se sentó en una silleta y le habló a su marido como si fuera un mita’i caprichoso.
–¿Cómo pio lo que sos tan sin más pena, che karai? ¿Por qué pio tenemos que esperar hasta la última hora para salir? Mirana: el agua ko ya está a dos metros nomás. Karai Rojas y su familia ya se mudaron esta mañana en un carrito. ¿Qué pio lo que estamos esperando más?
Jacinto revolvió las brasas con un palo. Colocó encima la pava con el agua para el mate. Su rostro parecía de piedra.
–No –dijo, con voz lenta y grave–. Vamos a esperar un poco más. A lo mejor ko la crecida se para. A lo mejor...
Teodora no pudo resistir más. Estalló en un sollozo estremecido.
–¡No te entiendo, Jacinto! En serioité que no te entiendo! ¿No pensás acaso en tus hijos? ¿Querés que mañana amanezcan descalzos en el agua fría...?
El hombre se levantó y fue hasta la puerta. Apoyó el brazo contra la precaria pared de tabla.
Afuera, el viento traía un aire de melancolía desde el Sur.
Un pescador se acercaba remando en una canoa, con las redes vacías.
El Bañado Tacumbú parecía más triste que nunca.
Jacinto sintió que las ráfagas heladas traspasaban las grietas de su casa y penetraban en el fondo de su alma.
Sus manos comenzaron a acariciar las paredes, suavemente.
–Con mis propias manos... –dijo–. Yo levanté estas paredes con mis propias manos...
La mujer quedó en silencio.
–¿Te acordás, Teodora, esa mañana en que llegamos con nuestra mudanza, desde Curuguaty? ¿Te acordás todo lo que anduvimos para encontrar un lugarcito, aquí, cerca del río? ¿Todo lo que pasamos para levantar esta casita?
El agua de la pava comenzó a hervir, arrojando una nube de vapor frente a los ojos de Teodora.
Allí, en medio de la nube cálida, la mujer empezó a ver imágenes...
Un fértil valle despoblado.
Un éxodo, un viaje.
Pies desnudos sobre el asfalto negro.
Ojos asombrados ante las moles de cemento que arañan el cielo.
Puertas cerradas, gestos hoscos, lluvia.
Nostalgia, angustia, soledad.
–¿Te recordás la farra que hicimos el día que terminamos de poner el techo? El compadre Rafael se emborrachó tan grande que se tuvo que quedar a dormir en el corredor. ¡Estaban contentos los mita’i!
Un paku asado a la parrilla bajo la enramada del patio.
Los niños jugando a orillas del río.
Los vecinos que llegaban a saludar con algún regalito. No se moleste, señora. Pero si es una zoncerita nomás.
Una cachaca brotando alegre desde la radio.
Si, Teodora se acordaba...
–Después vino la gran creciente. Tuvimos que desarmar parte de nuestra casa para irnos, arrastrando nuestras cosas por el agua. Esa vez se nos rompió la tele, ¿te acordás pa? Tuvimos que armar nuestra carpita allá, en el campamento, en el patio de la Iglesia Virgen de Fátima. Los vecinos ñembo chuchis de allí no nos aguantaban.
Frío.
Vientos furiosos golpeando las carpas.
Sombras siniestras a la luz de las velas.
Risas, caña y truqueada.
Niños llorando.
Quejidos de placer clandestino.
Proselitismo barato, caridad asistencialista.
Y, a pesar de todo, esperanza.
Mucha esperanza.
Si, Teodora se acordaba...
–Al final volvimos. Después de varios meses, cuando por fin bajó el agua. Encontramos la casa destruida, las plantas secas, el cerco todo tumbado... Tuvimos que levantar todo de nuevo. Comenzar desde abajo otra vez... ¿Te acordás?
Si, claro que se acordada... ¿Cómo no iba a hacerlo?
La mujer se levantó y fue hasta la puerta.
El hombre seguía acariciando la paredes, contemplando sin ver el horizonte.
Ella puso una mano sobre sus hombros.
El se dio la vuelta y, por primera vez, la miró a los ojos.
–¿Entendés pa por qué lo que estoy esperando hasta el último momento? No puedo volver a desclavar estas paredes que levantamos con tanta ilusión. ¡No puedo...! Sería como arrancarme mi propia piel. A lo mejor ko el agua ya no sube más. Dicen que esta inundación no va a ser tan grande. A lo mejor ko nos salvamos. A lo mejor...
Ella pasó sus dedos curtidos por los cabellos de él.
–Si che karai. Te entiendo. Vamos a esperar. Quien sabe. A lo mejor tenemos suerte. A lo mejor...
Se quedaron un largo rato en silencio, casi abrazados.
Después, el llanto súbito de un niño quebró el encanto.
Teodora corrió hasta el interior de la pieza.
Patricio, su hijito de ocho meses, se había despertado.

* * *

Jueves.
La mujer abrió los ojos, molesta por el rayo del Sol que entraba por el hueco de la pared y le golpeaba en la cara.
Buscó a tientas el lugar de su marido junto a la cama y lo encontró vacío.
Sonrió.
Esta vez, Jacinto le había ganado de mano.
Se incorporó, perezosa.
Bajó los pies para pisar el suelo... y entonces sintió que se le congelaba el pecho, mucho antes de escuchar el chasquido.
No quiso mirar hacia abajo.
No hacía falta.
En ese instante escuchó el primer golpe.
Seco, profundo, incuestionable.
Echó a correr, chapoteando en el agua turbia que atravesaba las puertas y se metía cada vez más dentro de la casa, arrastrando sus vasijas, sus latones, sus zapatos, sus vidas, sus sueños.
En el umbral, Teodora se detuvo, casi paralizada.
Jacinto estaba en el corredor, con el torso desnudo y el rostro de piedra.
En su mano tenía un martillo.
En la pared, una tabla estaba desclavada.

martes, 10 de junio de 2014

Rescatando a Moisanita

La perrita, abandonada junto a la casa inundada  en el barrio Cerrito, en el Bañado Norte.
La mascota apenas puede moverse, entre el miedo y la inanición.
Tras ser alzada a la embarcación, se convierte en el folklórico jagua en canoa.
Finalmente, la perrita llega a la costa firme.
Carla Hernández, de la organización Adoptame, la lleva en brazos hasta su camioneta.
Una excursión periodística para registrar escenas de la inundación en la zona del Bañado Norte de Asunción se convirtió sorpresivamente en una operación de rescate de una perrita que se hallaba abandonada, en medio de la vasta extensión de agua desbordada.
Sucedió el pasado viernes 6 de junio y las circunstancias del rescate, narradas en fotos y en un video en ULTIMAHORA.COM, se convirtieron en el reporte más visto durante todo el fin de semana. Una anécdota feliz, entre las muchas historias dramáticas que brinda la inundación.
La perrita llevaba allí varios días, casi sin poder moverse y sin poder alimentarse, sentada sobre una pequeña palangana de latón, haciendo equilibrio sobre un balde y un tablón de madera, para no caer al agua.
Cuando nos aproximamos con la precaria embarcación, apenas pudo moverse, entre el miedo y la situación de inanición que arrastraba.
Rogelio, el joven poblador ribereño que accedió a llevarnos en su canoa, fue quien le puso un lazo por el cuello, para luego tratar de que suba a la canoa.
La operación no resultó fácil, ya que la perrita estaba casi paralizada, temblando de frío y de temor, pegada a la pared de la casa inundada, y no respondía a los llamados para que aborde la canoa.
Finalmente pudo subir y ser llevada hasta la costa más cercana, distante aproximadamente a medio kilómetro del lugar, en el sector denominado Cerrito, del barrio Tablada Nueva, al final de la calle Lombardo.
En el lugar, la voluntaria Carla Hernández, de la organización Adoptame, se encontraba regresando en otra canoa, donde también había logrado rescatar a otro perro.
"Yo vine en realidad a buscar a un perrito muy pequeño, de color blanco, que según se publicó en un medio de comunicación, estaba sobre el techo de una casa inundada, pidiendo auxilio. Con un canoero fuimos a buscarlo, pero ya no lo encontramos. Ojalá ya haya sido rescatado, pero lo que más tememos es que haya perdido fuerzas por la falta de alimentos, se haya caído al agua y se haya ahogado", dijo Carla.
La voluntaria de Adoptame se hizo cargo de la perrita que el equipo de ULTIMAHORA.COM pudo salvar, y junto al otro animal rescatado, la trasladó hasta el hogar refugio que mantiene la organización, buscando encontrar familias que deseen adoptarle.
La perrita que logramos rescatar fue bautizada con el peculiar nombre de Moisanita, buscando un equivalente femenino al bíblico de Moisés, "salvado de las aguas".
"No solamente los seres humanos sufren con la inundación, también las mascotas, y ellas son las más olvidadas ante la emergencia. Por eso acudimos a ver si podemos dar una mano", explica Carla Hernández.
La historia de Moisanita es apenas una anécdota mínima y peculiar, en medio del inmenso drama que viven muchas familias compatriotas. Pero al menos esta pequeña historia ha tenido por ahora un final feliz.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Danza mortal sobre los Saltos del Guairá



Revisando el archivo para preparar una edición especial por los 40 años de Última Hora, me encontré con esta pequeña joyita.
Es un reportaje que me tocó realizar en julio de 1980, para El Correo Semanal de Última Hora, junto con el fotógrafo Jorge Adorno (jefe de Fotografía de ÚH durante muchos años).
Yo tenía entonces 19 años de edad y hacia menos de un año que había ingresado a formar parte de la Redacción. Algunos amigos de mi ciudad adoptiva me avisaron entonces que un acróbata alemán había pedido autorización a las autoridades del Municipio para realizar un show de acrobacia: Se proponía cruzar caminando sobre un cabo de acero (sin red) sobre los Saltos del Guairá, uniendo las fronteras de Brasil y Paraguay.
Aquel podía ser un reportaje fantástico. Se lo propuse a Tony Carmona, entonces editor de El Correo Semanal (en esa época, el suplemento tenía un perfil más de revista de fin de semana, que del actual estilo cultural), quien me dio luz verde y me facilitó todos los recursos para el viaje.
Partimos en una vieja camioneta Ford F100, pilotada por el recordado Bartolomé “Loro” Insfrán. Viajamos por territorio brasileño, via Foz de Yguazú, ya que en esa época, desde Coronel Oviedo hasta Salto era camino de tierra, y con las lluvias se tardaba días en llegar. En Guaíra (la ciudad brasileña frente a Salto del Guairá), pudimos ubicar al acróbata y hacerle una primera entrevista.
Así conocí a Peter Rehlinger, el aventurero alemán de 44 años de edad, que recorría el mundo realizando hazañas acrobáticas en lugares desafiantes. Buscaba el Record Olímpico Mundial.
El día 12 de julio de 1980, a las 14:52, Peter inició su show. Había un cabo tirante de extremo a extremo, de país a país, sobre el cañón del río Paraná, con el fondo de la Séptima Cascada, la llamada “Garganta de Diablo”.
Multitudes de curiosos se agolpaban al borde de los barrancos, a ambos lados del rugiente río fronterizo. Dice la crónica que escribí entonces: “La expectativa crece, hasta que una figura vestida de blanco empieza a dar los primeros pasos sobre el cable, desde la costa brasileña. Su figura, más bien pequeña, apenas se destaca entre el imponente escenario natural. Lleva en sus manos una barra de equilibrista con una bandera brasileña ondeando al viento. Por instantes, el rumor inmenso de las cascadas parece bajo los aplausos de la multitud”.
Tardó doce minutos en cruzar el cañón de 250 metros de ancho. En la costa paraguaya, fue recibido por el gobernador (Juan Vicente Caballero) y el intendente de Salto, coronel Isabelino Pimienta (padre del hoy médico y sindicalista César Pimienta), a quienes entregó la bandera brasileña y estos le entregaron una bandera paraguaya. Allí me dijo: “Estoy apenas un poco cansado, hay mucho viento y resultó bastante difícil. Pero creo que puedo volver a hacerlo”.
Acto seguido volvió a cruzar, llevando esta vez la bandera paraguaya, pero se detuvo en medio del río, donde un trapecio colgaba del cabo. Amarró la bandera y empezó un show de trapecista, que tuvo más de una hora de duración. Se acostó sobre el cable, se balanceó, se dejó colgar de una pierna, de un pie, de una mano.
Reproduzco otro párrafo de aquella crónica: “Su nombre es Peter Rehlinger y en un increíble show suicida, lleno de simbolismo, burló a la muerte sobre los Saltos del Guairá, unió la frontera de dos países y todavía se dio el lujo de bailar sobre el cable con los ojos vendados. Si decimos que hasta las cascadas próximas a desaparecer, callaron su voz para dejar oír la ovación del público, tal vez no estemos exagerando…”.
Dos años después empezaría a formarse el llamado Lago de Itaipú, para poner en funcionamiento a la represa hidroeléctrica, ahogando a los portentosos Saltos del Guairá, matando así a una de las consideradas Siete Maravillas de la Naturaleza en el Mundo.
En homenaje a aquellas inolvidables cascadas, que marcaron el utópico paisaje de mi adolescencia en la frontera de Canindeyú, rescato hoy estos recuerdos periodísticos…



lunes, 12 de agosto de 2013

Entre el tesoro de Juan y el tesoro de Rogelio


 
Rogelio Goiburú, dirigiendo la excavación de restos de desaparecidos en Tava'i, Caazapá.

La excavación en busca de plata yvyguy, dirigida por Juan Alberto Díaz, en Aldana Cañada, Capiatá.
Son dos huecos abiertos casi al mismo tiempo en la piel de la tierra, con dimensiones distintas, en geografías y circunstancias diferentes. Están a unos cuantos kilómetros de distancia entre sí, pero de algún modo expresan lo que somos, y nos enfrentan a la historia que padecimos y al modelo de sociedad que –a pesar de todo– insistimos en construir.
El primer pozo se empezó a excavar la semana pasada, en medio de un telenovelesco show mediático, en una polvorienta calle de Aldana Cañada, Capiatá. Un ejército de obreros, dirigidos por Juan Alberto Díaz, un surrealista buscador de plata yvyguy que cree en la transmutación de los metales y en los espíritus vigías que descansan a la hora de la siesta, quien asegura que allí hay enterrado un tesoro de 10.000 kilos de oro en lingotes.
La excavación del primer pozo se hizo con apoyo de intendentes municipales, procuradores de Estado y políticos financistas, con dos potentes retroexcavadoras y una motobomba, con la custodia de medio centenar de policías y la presencia de una multitud de curiosos, que concentraron la atención con transmisiones en vivo de radio y televisión, y gran despliegue en diarios y sitios web de noticias.
El segundo pozo se empezó a excavar en medio de la soledad y el silencio, en las ocho hectáreas de una propiedad rural, en el barrio San Roque de Tava'i, Caazapá. Unos pocos hombres con palas, dirigidos por Rogelio Goiburú, un obstinado e incansable buscador de la verdad, quien cree en la Justicia, en la defensa de los derechos humanos y el rescate de la memoria colectiva, y asegura que allí están enterrados varios compatriotas asesinados por los esbirros de la dictadura stronista.
La excavación del segundo pozo se hizo sin máquinas motobombas ni retroexcavadoras, ni ejércitos de policías antimotines custodiando, ni multitud de curiosos ni gran cobertura de prensa ni transmisiones en vivo.
El millonario tesoro del primer pozo finalmente no pudo ser hallado. La Fiscalía suspendió la búsqueda cuando el cráter ya había alcanzado 25 metros de profundidad y 50 de diámetro, rompiendo varias venas del acuífero Patiño.
En el segundo pozo se hallaron restos óseos de dos personas asesinadas de disparos en la cabeza, que serán sometidas a identificación, y que suman a 25 los restos hallados de las cerca de 500 personas consideradas desaparecidas por la dictadura stronista.
Hay quienes lamentan que el tesoro de Juan no haya podido ser encontrado. Quienes creemos que no todo lo que brilla es oro, estamos felices por el nuevo hallazgo del tesoro de Rogelio.


(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", sección Opinión del diario Última Hora, edición del sábado 10 de agosto de 2013).

miércoles, 17 de julio de 2013

Luis Szarán, un músico entre los inundados


El creador de Sonidos de la Tierra es uno más entre miles de pobladores que debieron abandonar sus casas, ante la crecida del río. Resistió hasta último momento, buscando transmitir fuerza a los demás damnificados.

Por Andrés Colmán Gutiérrez –Twitter: @andrescolman

La imagen es conmovedora. Sentado en un sillón, solitario en medio del agua, con el nivel que le llega hasta las rodillas, el destacado maestro y director de orquesta, Luis Szarán, contempla el distante paisaje del centro de Asunción, al otro lado del vasto río desbordado, mientras a su alrededor varias casas van siendo tragadas por la inundación.
La leyenda que acompaña a la foto también es expresiva: "Resistiendo a la creciente del río Paraguay". La imagen fue alzada a la red social Facebook, en internet, pero la mayoría de los que la comparten se declaran confundidos. ¿Qué hace allí el maestro Szarán? ¿Es una producción fotográfica para algún espectáculo? ¿Se está inspirando para componer una sinfonía sobre la creciente?
"Soy uno más entre los miles de damnificados por la inundación. El río también ha cubierto mi casa y me he visto obligado a mudarme. He resistido hasta el último momento y las fotografías las tomamos como una manera de dar coraje a los damnificados, a la sufrida y buena gente de la zona", relata Szarán.
Las imágenes fueron captadas hace una semana, en la casa que el músico tiene en el Banco San Miguel, en el complejo del Club Mbiguá, en el extremo de la Bahía de Asunción, frente al Puerto de la ciudad. Es un lugar de ensueño, de gran belleza paisajística, pero que en estos días se ha convertido en un infierno, por los efectos de la inundación.

Un director de orquesta nacido junto al agua

Director de orquesta, compositor e investigador musical, Luis Szarán es uno de los artistas paraguayos más conocidos internacionalmente. Director titular de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA) y director de la Orquesta de Cámara Philomusica de Asunción, su mayor creación es Sonidos de la Tierra, un ambicioso programa de integración social y comunitaria a través de la música, que -en palabras de su propio creador- busca combatir la violencia juvenil y potenciar la autoestima, incentivar la creatividad y el espíritu emprendedor, el trabajo en equipo y las actitudes democráticas.
Con el lema "el joven que durante el día interpreta a Mozart por la noche no romperá vidrieras", en una década logró que unos 10 mil  niños y jóvenes de escasos recursos reciban capacitación y hoy formen parte de elencos artísticos en 172 pueblos y ciudades del Paraguay.
Pero, ¿quién pensaría que Szarán sería hoy uno más entre los casi 2.000 pobladores damnificados por la creciente, en Asunción?
"Yo siempre viví cerca del agua, es algo que me marca mucho. Fui concebido a orillas del río Tebycuary, en Yuty, en una zona conocida hoy como 'Szaran Cue'. Pasé mi infancia en Encarnación, sintiendo de cerca las crecientes del Paraná. En Yuty, donde vivía mi papá, que era agricultor, cuando llovía mucho, el río rebosaba y se esparcía, tapando los caminos. De allí viene mi teoría jocosa sobre el origen del nombre Tebycuary, que a la menor lluvia ya desborda, como cuando alguien tiene diarrea", relata el músico, con tono humorístico.

Aquella inundación que casi le cuesta la vida

El tema de la inundación también le trae recuerdos tristes al maestro Luis Szarán, sobre algunas duras experiencias vividas durante su infancia campesina, en Yuty.
"Una vez llovió durante varios días y nos quedamos sin provistas. Yo tenía cinco años de edad y fuimos a caballo con mi hermano mayor hasta el pueblo, que quedaba como a 15 kilómetros. Era imposible saber cuál era el sendero original, porque era todo agua y los animales pierden así la memoria de su ubicación, que es también el drama de la gente, ahora", narra.
Tras adquirir las provisiones, Luis y su hermano regresaron a caballo por el camino desbordado, hasta la finca familiar. Fue entonces cuando les ocurrió un grave accidente.
"Al intentar cruzar por un puentecito, perdió pie el caballo de mi hermano y le arrastró la corriente. Yo iba detrás de él, colgado del cuello del caballo, porque el mío iba con una cuerda sujeta al caballo delantero. Mi hermano se atajó de una rama y me gritaba para que no suelte al caballo, que ya no hacía pie. Casi no recuerdo cómo fue que salimos y llegamos a casa. Solamente me acuerdo de la cara de mi mamá, cuando vio que todas las galletas que trajimos estaban mojadas, la yerba sin sabor y el azúcar que endulzó las aguas del riacho Y aka mí, que desemboca en el Tebycuary. Por un pelo, no iba a poder contar esta historia", refiere.


Del Lago Ypacaraí al río Paraguay

Ya consagrado como un gran director orquestal, entre 1980 y 1995, Luis Szarán se estableció en una residencia en Areguá, frente al Lago Ypacaraí, en la zona de Estanzuela, siempre atraído por el embrujo del agua.
"Quince años de mi vida los pasé en ese paraíso, en Areguá. Al volver de los ensayos de la OSCA, por la noche entraba a nadar en el Lago. Pude ver su lento deterioro y las promesas de todas las comisiones que se arman cada año, después de los plagueos de la prensa. Son comisiones de las que formé parte alguna vez y que duran hasta que pasa el verano, hasta las primeras lluvias de abril...", cuenta.
La experiencia de testimoniar la progresiva destrucción del Lago Ypacaraí es para él un símbolo de lo que ocurre en el Paraguay y el tercer mundo. "Lugares donde se repiten todo el tiempo los mismos problemas, cambiando los protagonistas, y donde nunca hay solución. Llámese: corrupción, medio ambiente, inseguridad, estado de las calles...", comenta. Una triste realidad que Szarán buscó y sigue buscando cambiar con su trabajo musical, principalmente desde el proyecto Sonidos de la Tierra.
"Finalmente, me enamoré de la Bahía de Asunción y pude comprar una casa en el Banco San Miguel, dentro del complejo del Club Mbigua. Viví allí cuatro años, de 1995 al 2000, y ahora regresé de nuevo, un poco antes de que también me convirtiera en un damnificado por la inundación", precisa.
En estos días, Szarán, quien compartía la vivienda con sus hijos y con su amigo Rafael "Palilo" Jiménez, campeón de pesca, fue testigo y protagonista de cómo el avance de las aguas del río iban dejando sin hogares a muchas humildes familias ribereñas.
"Conozco a toda la gente de esa zona aledaña. Son pescadores, gente buena y emprendedora. No hay delincuentes, pero estos vienen de otros sitios, cada tanto. Es muy fuerte ver y sentir la impotencia de no poder detener la suba del agua, ver como la gente resiste hasta el último momento, y finalmente se van replegando, de modo inevitable. Me sentí uno más entre ellos, por eso hice esas fotos resistiendo en medio del agua, buscando darles coraje", explica el maestro.
Szarán sabe que él es un privilegiado entre los muchos damnificados por la inundación, porque tiene la posibilidad de ir a vivir temporalmente a otro lugar seguro y confortable, mientras que a la mayoría de los demás pobladores solo les queda la opción de instalarse en algún precario campamento, en un terreno baldío, en una cancha o una calle.
Por eso, en medio de la evacuación y la mudanza de su casa inundada, él no ha suspendido su intensa actividad en el programa Sonidos de la Tierra. Sabe que esa es su manera de ayudar a que las cosas cambien un poco más. Y también sabe que, más temprano que tarde, el río bajará otra vez de nivel y habrá que volver y empezar de nuevo, como en la bella canción de Maneco Galeano, Soy de la Chacarita, que el maestro ha interpretado tantas veces:  

Mi casita su puerta perdió, la invadieron las aguas,
en canoa de penas subí, emigré, emigré hacia la altura,
pero un día a mi hogar volveré, erguiré sus paredes
aliado al trabajo, al sol, a la fe, crisol de mi esperanza.

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(Reportaje realizado para UltimaHora.Com - julio de 2005).