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martes, 8 de octubre de 2019

La máquina de escribir que dejó Augusto Roa Bastos



Muy cerca de donde ahora escribo en una funcional notebook, Augusto Roa Bastos escribía hace casi 70 años en una metálica y ruidosa Remington, en el segundo piso de la casona de Benjamín Constant casi 15 de Agosto, cuando un obrero subió a avisar que unos matones estaban destruyendo la imprenta en el taller de abajo, a golpes de hacha y martillo.
Era una tarde gris de marzo de 1947. La guerra civil estaba en ebullición y Roa no era todavía el celebrado novelista, apenas el joven secretario de Redacción de El País, el diario dirigido por Policarpo Artaza, pero sus columnas satíricas, firmadas como El viejito del acordeón, ya provocaban enojos entre los dueños del poder, sobre todo en J. Natalicio González, entonces ministro del dictador Higinio Morínigo, quien envió a una horda del Guión Rojo –grupo paramilitar del Partido Colorado– a destrozar el diario y a traer maniatado al irreverente escriba ante su presencia.
Los periodistas huyeron corriendo encima de los techos de las casas vecinas. Cuando llegaron a buscar a Roa Bastos a su casa de Villa Morra, él tuvo que ocultarse dentro de un tanque de agua, para luego buscar asilo en la Embajada brasileña, iniciando el largo exilio que lo llevó primero a la Argentina, donde empezaría a convertirse en nuestro escritor más universal.
Hay quienes aseguran que la antigua máquina de escribir que dejó en aquella Redacción asaltada por los Guión Rojo, es la que hoy se exhibe en la recepción de Última Hora como una pieza de museo. No creo que sea exactamente la misma, aunque sí es de la época, pero es reconfortante creer en ese símbolo.
En esta antigua casa editorial, que aún conserva el histórico nombre de aquel combativo diario El País, se han editado muchos diarios y semanarios. No hay otro edificio que guarde tanta historia periodística –que en gran parte aún falta rescatar y contar mejor– desde que se imprimió por primera vez el vespertino La Tarde, dirigido por Ernesto J. Montero, el 9 de marzo de 1903. Le siguieron El Tiempo, El Orden, El Estudiante, La Lucha, La Mañana, otra vez La Tarde y varios más, hasta que el 8 de octubre de 1973 apareció por primera vez Última Hora, impreso con las mismas máquinas de la época de Gutenberg, bajo la dirección de Isaac Kostianovsky, el recordado Kostia.
Esa gloriosa época de diarios casi artesanales quedó atrás. Ahora ya no hay matones destrozando imprentas, ni periodistas obligados a huir sobre los techos ante paramilitares enviados por algún gobierno, pero sí hay sicarios narcos que disparan ráfagas de muerte o arrojan granadas sobre los informadores, así como policías y políticos cómplices, fiscales y jueces corruptos que traban cualquier acción de justicia.
Última Hora celebra hoy 46 años de vida. En lo personal y profesional, he compartido 40 años de esa historia y me gusta creer que la misma máquina de escribir que dejó Roa Bastos nos recibe a todos quienes cotidianamente ingresamos a esta remozada casa periodística, como un desafío para que la sigamos haciendo funcionar con la misma actitud de valentía, claridad y dignidad de aquellos duros años de trinchera.

Andrés Colmán Gutiérrez

lunes, 21 de mayo de 2012

El día en que 1.500 guerrilleros invadieron el Paraguay

La Columna Prestes, campamentada junto al hito de las Tres Fronteras, en Foz de Yguazú, frente a la costa Paraguaya.

En el país no hay registros históricos conocidos, pero obviamente ocurrió: el 27 de abril de 1925, durante el Gobierno de Eligio Ayala, cerca de 1.500 guerrilleros brasileños, componentes de la famosa Columna Prestes, invadieron el Paraguay, huyendo de las tropas gubernamentales, y se desplazaron por el territorio nacional durante 5 días. Ingresaron cruzando el río Paraná por Puerto Adela, a 80 kilómetros al sur de la actual Salto del Guairá, y casi se enfrentaron a tiros con los militares del destacamento militar paraguayo, hasta conseguir rendirlos. Fue una titánica odisea por los montes de lo que hoy es Canindeyú, arrastrando pesadas piezas de artillería con carretas y caballos, hasta cruzar de nuevo al Mato Grosso por donde hoy queda Corpus Christi. Esta es la historia de esa aventura armada, casi desconocida en nuestro medio.

#CrónicasDeLaMemoria

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

El grito de alarma del centinela rompió la aparente tranquilidad del destacamento militar de Puerto Adela.
—¡Muchos hombres armados vienen cruzando el río en un barco, de hacia el Brasil…! —exclamó el guardia.
Era la mañana del lunes 27 de abril de 1925. Puerto Adela, último embarcadero de yerba mate y madera en el tramo navegable del río Paraná, antes de los Saltos del Guairá, era entonces una aldea perdida entre los montes del Alto Paraná, a unos 80 kilómetros al sur de la actual capital de Canindeyú.
Fue el lugar elegido por el general Miguel Costa Mendes y el capitán Luis Carlos Prestes, jefes del gran movimiento guerrillero brasileño, históricamente conocido como “Columna Prestes”, para atravesar la frontera con cerca de 1.500 hombres, caballos y armas, invadiendo temporalmente el Paraguay, en un intento por huir de las tropas gubernistas que los perseguían.
Aunque ya había otros antecedentes de revueltas, la guerrilla brasileña conocida inicialmente como “Tenentismo” se inició el 5 de julio de 1924, cuando un grupo de jóvenes tenientes del Ejército brasileño tomó por asalto varios cuarteles de São Paulo, en protesta contra los abusos de la “vieja República”, representada por el presidente Artur Da Silva Bernardes.
Con apoyo de la población civil, especialmente de inmigrantes europeos, los sublevados resistieron 22 días un intenso bombardeo aéreo y terrestre, hasta que abandonaron la capital para iniciar una “guerra móvil”, uniéndose meses después en Foz de Yguazú (frontera con Argentina y Paraguay) a otro grupo de guerrilleros de Río Grande do Sul, iniciando “la saga de la columna Prestes”, una larga marcha que los llevó a recorrer más de 36 mil kilómetros durante dos años, por 12 estados del Brasil, ocupando regiones con constantes enfrentamientos, además de adentrarse en territorios de Paraguay y Bolivia.

La “invasión pacífica” del Paraguay
A inicios de 1925, la Columna Prestes intentó cruzar el río Paraná hacia el Mato Grosso por la ciudad de Guaíra (frente a la actual Salto del Guairá), pero una movilización de tropas gubernamentales les cortó camino.
El domingo 26 de abril de 1925, en la ocupada ciudad fronteriza brasileña de Porto Mendes, el general Miguel Costa, del Comando de la Primera División Revolucionaria, redactó el Boletín Número 7, en el que resuelve “entrar en territorio extranjero, armado, y proseguir por allí la marcha en dirección al Mato Grosso”.
En la justificación, el líder revolucionario señala: “Ninguna otra salida existe para nuestra internación en territorio patrio, para proseguir la lucha que sustentamos desde hace meses por la causa de la libertad brasileña, más que la franja del territorio paraguayo”.
“Ninguna intención de hostilidad motiva, en esta hora solemnísima, a los defensores de la libertad brasileña, contra sus hermanos de la vecina República del Paraguay”, aclara en la resolución.
Las autoridades militares paraguayas, sin embargo, no aceptaron el cruce fronterizo de los guerrilleros como una pacífica visita, según relata el periodista y escritor brasileño Domingo Meirelles, en su libro A noite das grandes fogueiras: Uma historia de Coluna Prestes.
En la mañana del 27 de abril, a bordo de la embarcación Assis Brasil, que los revolucionarios habían construido en Foz de Yguazú, un primer grupo armado cruzó el río para tomar por asalto el vapor Bell, atracado en Puerto Adela, perteneciente a la flota fluvial del terrateniente Domingo Barthe, el cual pensaban utilizar también para cruzar el resto de las tropas y equipos, en varios viajes.
“El comandante de la guarnición paraguaya de Puerto Adela, un capitán petiso y gordito, percibe la intención de los rebeldes y ordena que sus hombres tomen posición de ataque contra los invasores”, narra Domingo Meirelles.
El líder guerrillero João Alberto, al frente del primer grupo de asalto, encara al jefe militar paraguayo, cuyo nombre no quedó registrado. “El oficial ordena a los gritos que los rebeldes vuelvan al lado brasileño. Aun con superioridad y armas, João Alberto reconoce que será extremadamente difícil conquistar Puerto Adela, debido a sus altas barrancas. Con 50 soldados apuntando sus armas para los invasores, el oficial paraguayo insiste en que se entreguen, hasta que, luego de algunos minutos de duda, decide negociar”, relata el autor brasileño.
Los guerrilleros explican que solo quieren subir por territorio paraguayo hasta Mato Grosso. “El alto comando estaba dispuesto a darle por escrito todas las garantías que exigiesen, liberándolo de cualquier responsabilidad por no resistirse a la invasión, ante la superioridad de las fuerzas rebeldes. La negociación se prolongó en un clima de gran tensión”, relata Meirelles.
Cuando el jefe guerrillero ya había decidido usar la fuerza para tratar de doblegar a los paraguayos, el capitán finalmente se rinde y accede a que los guerrilleros ingresen al Paraguay.

Odisea guerrillera por el Alto Paraná
“Las tropas llevan 72 horas para cruzar el río Paraná. El Bell y el Assis Brasil transportan día y noche cerca de 1.500 hombres, más de 60 caballos, barracas de campaña, víveres, municiones y todo el material bélico, que incluye una batería de artillería de 75 milímetros”, relata Domingo Meirelles.
La mayor dificultad para la travesía son los pesados cañones, que deben ser alzados desde los barcos hasta lo alto de la barranca de más de 100 metros de altura, atados con cabos de acero tirados por centenas de soldados.
Un grupo de militares paraguayos los escolta luego en una penosa y larga travesía de 125 kilómetros, hasta la frontera seca, en la zona donde hoy están las ciudades de Corpus Christi y Pindoty Porã.
“Los cañones, arrastrados por parejas de bueyes, a través de ríos y terrenos pantanosos, solo consiguen librarse de los atolladeros con la ayuda de animales del Escuadrón de Caballería. Son cinco días en que la columna revolucionaria se mueve por territorio paraguayo con extrema lentitud”, destaca Meirelles.

En la época, el Paraguay estaba gobernado por el presidente Eligio Ayala. La larga rebelión brasileña de la Columna Prestes estaba recién comenzando, y la leyenda de Luis Carlos Prestes, llamado “El Caballero de la Esperanza”, empezaba a escribirse.

Documento en que deciden invadir territorio paraguayo


La segunda hoja del documento contiene el texto de la nota que entregaron a autoridades paraguayas.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La noche de la libertad




–1–
C
uando la imagen del televisor se apagó repentinamente, en lo mejor del partido de fútbol, Ña Ramona tuvo el primer presagio de que algo terrible iba a suceder.
La noche se había poblado de un silencio opresivo y oscuro, sacudido a ratos por el ladrido asustado de un perro a la distancia.
–Tengo miedo, Rogelio –le dijo a su marido.
–¡Naombrena! –le reprochó él–. Si en este país nunca pasa nada...
En ese instante se escuchó el primer estruendo. La pequeña vivienda de madera se estremeció hasta los cimientos. Un denso olor a pólvora quemada inundó el comedor, seguido por el seco tableteo de una ametralladora.
La luz se apagó, como de un manotazo, y los niños se despertaron llorando en la piecita del fondo.
Don Rogelio se asomó sigilosamente a la puerta y vio la enorme silueta de un tanque de guerra maniobrando en el patio mismo de su casa.
Sombras armadas con fusiles se esparcían por la calle, corriendo, intercambiando órdenes, disparos, maldiciones. Los repentinos fogonazos mostraban fugazmente la lividez de sus rostros, la determinación de vida y muerte en sus miradas.
A pocos metros del Batallón Escolta Presidencial, principal escenario del combate, la villa marginal Mundo Aparte, laberinto de casuchas hacinadas que sirve de hogar a los más pobres de la ciudad, se sacude ahora en espasmos convulsivos. Las precarias paredes saltan en pedazos, heridas por las lluvias de balas.
–¿Qué pio pasa, mamita...? ¿Qué pio lo que está pasando...? –pregunta entre sollozos la pequeña Mirian, de 9 años, tendida sobre el piso de cemento duro, junto con su madre.
Y Ña Ramona, temblando, le contesta:
–Nada, che memby, no te preocupes. Parece nomás que llegó el fin del mundo.

–2–
Los jóvenes bailaban animadamente en una céntrica discoteca, cuando se cortó la luz.
Allí, en la oscuridad, en el súbito silencio que siguió a la música estridente, escucharon los disparos y bombardeos.
Dos de ellos corrieron hasta la puerta y salieron a la calle, para tratar de averiguar qué estaba sucediendo. Al rato volvieron a entrar y cerraron la puerta, con el terror en sus caras. Acababan de ver un auto acribillado de balas en la misma acera.
Siguieron los gritos y los llantos de desesperación. Hasta que alguien trajo un fósforo, una vela y una pequeña radio a pilas.
Manos febriles manipularon el dial, pero no se escuchaba nada. De pronto un ruido, una voz suave, emocionada, inunda el aire.
–...Si, señoras y señores radioescuchas. Lo reiteramos. Está plenamente confirmado. Es una sublevación militar. Por favor, mantengan la calma, permanezcan juntos, no salgan afuera. Tenemos una llamada telefónica. ¿Hola...? Si, señor, hable usted...
En medio de las tinieblas, de la confusión y del espanto, Radio Cáritas tiende una mano invisible hacia todos los seres perdidos en la profundidad de la noche, aislados por la súbita violencia, atrapados por sus miedos y angustias.
–Hola... ¿mamá? ¡Soy Silvia! Quiero decirte que no te preocupes, estamos todos bien, aquí en la discoteca. Si, la fiesta ya terminó, pero no podemos salir todavía. Apenas amanezca, vamos a volver a casa. Besos. Te quiero mucho.
Llamadas tras llamadas, mensajes tras mensajes, la gente se va reencontrando.
Muy pronto, otras emisoras, como Radio Paraguay y Radio Primero de Marzo, consiguen reiniciar su transmisión y se suman a la prodigiosa tarea de brindar información, seguridad, consuelo, esperanza, tejiendo una valiosa cadena de solidaridad, más allá del miedo y de la muerte.

–3–
Cae una lluvia mansa en la mañana de este nuevo día, 3 de febrero de 1989. Una lluvia que arrastra el acre olor de la pólvora y parece con ganas de purificar la tierra herida.
–Hemos salido de nuestros cuarteles...
La gente empieza a salir a la calle.
Al principio tímidamente, con pasos cautelosos, como despertando de una larga pesadilla. Todavía sin poder creer lo que cuenta la radio, en la propia voz del jefe de la sublevación militar, el general Andrés Rodríguez:
–...les informo que el general Stroessner se ha rendido.
Los tanques de guerra se pasean por la ciudad y los soldados saludan con la V de la victoria. Las paredes exhiben su mordedura de balas y la sangre todavía riega algunas esquinas. Y sobre todo eso hay una nueva, indescriptible sensación, que se respira junto al aire fresco.
Todo ha terminado. Todo acaba de comenzar.
Entonces sí, el pueblo gana las calles.
Ya nadie puede detener ese aluvión humano que desborda las plazas.
Nadie puede contener el canto que brota de la garganta colectiva y va creciendo ciudad adentro, rompiendo el silencio de tres décadas infames.

¡Que lindo, lindo, lindo
que lindo, lindo es
estamos todos juntos
y Stroessner ya se fue!

–4–
Enfocada desde la distancia por las cámaras de la televisión, la figura del general Alfredo Stroessner parece más bien la de un abuelo cansado que sube la escalerilla del avión, sin volverse, sin siquiera despedirse del país que gobernó con mano de hierro durante más de treinta y cuatro años.
La escotilla se cierra detrás de él. El avión corretea y se eleva en el aire, mientras la multitud canta y baila en la azotea del aeropuerto cuyo nombre ya nadie nombra, agitando resucitadas banderas bajo el cielo radiante.
Cerca de allí, un empleado de limpieza arranca y rompe los últimos afiches con retratos del tirano pegados por la pared, y los arroja a un cubo de basura. Algunos pedazos caen al suelo y el viento se los lleva, sin rumbo ni dirección.
Claudia Villasanti observa la escena, estupefacta. Ella tiene 16 años de edad y, como tantos de su generación, había llegado a creer que acaso El Viejo fuese inmortal. Desde muy niña lo había sentido todopoderoso, omnipresente, acechando a la desgarrada Nación desde su fortificado Palacio. Lo había visto a veces cruzar raudamente la ciudad como una sombra, protegido por una muralla de armas y vidrios oscuros, mientras los rostros se volvían, temerosos.
Ahora, el mito se ha roto. El Paraguay se ha dado vuelta. El plomo flota y el corcho se hunde. Los exiliados regresan, los opositores hablan por televisión, los periódicos clausurados salen a la calle. Mucha gente sonríe.
En un barrio que se ha quedado sin nombre –como tantas calles, escuelas, plazas, ciudades–, un grupo de jóvenes políticos derriban con cuerdas un busto del dictador. Luego cada uno se lleva un pedazo, como recuerdo.

–5–
Contemplando el amanecer desde mi ventana, siento que me asaltan dudas, temores, preguntas. ¿Será en verdad un aire de libertad este aroma nuevo que hiere mis entrañas?
Dicen que pronto habrá elecciones, democracia. Pero, ¿y trabajo? ¿Habrá trabajo para tantos jóvenes desesperanzados, atrapados en la marginalidad de los suburbios? ¿Qué sucederá cuando retornen en masa los miles de compatriotas exiliados, no por motivos políticos, sino por falta de oportunidades? ¿Habrá tierra para los campesinos, hábitat para los indígenas, futuro para los niños de la calle?
Dicen que un tiempo nuevo se inicia. Pero, ¿quién derrocará al dictador que llevamos adentro? ¿Quién cerrará las heridas secretas que el sistema nos deja dentro del alma? ¿Quién nos ayudará a quitarnos el miedo que se nos ha metido entre los huesos? ¿Seremos capaces de reunir nuestros pedazos?
El Sol nace, bañando de claridad el horizonte.
El aire está limpio, transparente.
El cielo increíblemente azul.
Es un buen comienzo.

________________
(Texto publicado originalmente en la contratapa del suplemento cultural El Correo Semanal de Última Hora, en febrero de 1989, en la primera edición sabatina tras el golpe del 2 y 3. Se incluyó como relato en el libro ‘El Principito en la Plaza Uruguaya’, editado por Servilibro).

viernes, 23 de diciembre de 2011

Música de cigarras


Hoy no tengo ganas de escribir sobre política, ni sobre la siempre desgarradora problemática social, o sobre cualquiera de esas cosas densas que acostumbran instalarse en los resquicios de esta columna, sábado tras sábado.
Hoy paso de predicciones agoreras acerca de lo mal que le irá a la economía paraguaya en el 2012.
No me vengan con más cuentos de ciencia ficción sobre el Metrobus, ni me digan dónde hubo un nuevo brote de dengue o de fiebre aftosa, ni me revelen qué previsible pre candidato presidencial se sometió a un lifting del cerebro.
Hoy no quiero que me hablen de siniestras conspiraciones para impedir el ingreso de Chávez al Mercosur, ni de privilegiados sobrinos presidenciales que siempre ganan licitaciones de obras públicas.
Hoy no deseo que me muestren a cuántos infernales grados subió el termómetro de la esquina, ni que me anuncien a cuántos desdichados usuarios más la Ande nos dejará sin energía eléctrica en el momento menos pensado.
No es que quiera evadirme de toda la realidad tan real que padecemos en esta orilla del mundo.
No.
Sucede, simplemente, que en pocas horas más será Nochebuena… y el recurrente lata parará de los francotiradores mediáticos no nos permite detenernos a escuchar y apreciar la música de las cigarras.
Hoy quiero el aroma de los cocoteros en flor y la frescura del ka’avovei inundando la noche.
Quiero risa de niños correteando con brillo de estrellitas en las manos.
Un largo y cálido abrazo de reencuentro con el hermano que llegó de lejos.
La dulzura de un villancico en la voz sin tiempo de Los Tres Sudamericanos.
Los deliciosos chismes y chistes en la mesa familiar, enredándose con el aroma del asado a la parrilla.
La grotesca figura del tío Juan disfrazado de Papá Noel y su bolsa de regalos.
Hoy quiero humorísticas anécdotas salvadas del olvido por una ronda de amigos.
Quiero llamadas telefónicas de larga distancia y lágrimas de techaga’u en los rostros.
Un nombre querido saludando en la pantalla de la notebook desde otro lado del mundo.
Hoy quiero saborear la memoria de mi pueblo natal en los trozos de frutas del clericó.
Cerrar los ojos por un instante y sentir que está viva la esperanza, y que todo esto nos dará claridad, energía y fuerzas para seguir construyendo el país mejor que le vamos a dejar a nuestros hijos.
Hoy quiero una copa de estrellas burbujeantes contra las lucecitas del pesebre.
Y un abrazo cálido y fraterno que se va engendrando entre estas letras... hasta abrazar al mundo.
¡Feliz Navidad!

martes, 16 de junio de 2009

El regreso de Soledad Barret


La historia de la guerrillera paraguaya Soledad Barret es rescatada por el escritor brasileño Urariano Mota, en su libro "Soledad en Recife", que aparece en julio.


Era tan dulce y hermosa que hubiera llegado a ser “Mis Paraguay, carátula, almanaque”, dice el poeta Mario Benedetti. Pero la sangre de su abuelo, el gran periodista, escritor y luchador anarquista Rafael Barret, la tironeaba desde la sangre, conduciéndola a un destino de entrega a la lucha social y política, que forjó su corta, heroica y trágica historia.
Poco se sabe de Soledad Barret Viedma, nacida el 6 de enero de 1945, hija de Alejandro Rafael Barret López, único hijo del recordado autor de “El dolor paraguayo”. En Sao Paulo hay una escuela y en Río de Janeiro una calle que llevan su nombre, pero en el Paraguay su historia es aún desconocida, apenas fragmentos filtrados a través del clásico poema de Benedetti y la canción de su compatriota uruguayo Daniel Viglietti.
Ahora, Soledad Barret es rescatada por el novelista brasileño Urariano Mota, quien la conoció personalmente en su Recife natal, y vivió de cerca su trágico fin, cuando luego de haber militado en organizaciones de la izquierda uruguaya, llegó hasta el nordeste del Brasil en 1971, para unirse a filas de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), la legendaria guerrilla brasileña liderada por el capitán Carlos Lamarca, en la lucha por derrocar a la dictadura militar del vecino país.
“Soledad en Recife” es el título del libro que publicará la Editorial Boitempo, en julio. Se trata de una novela de no-ficción o reportaje novelado, que recrea la valiente entrega de la joven paraguaya a la lucha revolucionaria, y como acabó entregada a los represores por su propio amante, el supuesto guerrillero Daniel, quien en realidad era “el cabo Anselmo”, un doble agente de la dictadura.
Urariano Mota, nacido en Recife y residente en Olinda, es autor de la consagrada novela “Os coraçoes futuristas”, que retrata los sombríos años de la dictadura Médici en el nordesde brasileño, en los años 70.
“Soledad Barret marcó profundamente mi juventud, cuando la vi en mi ciudad, en 1973. Después de su muerte, tomé conocimiento de tres grandes crímenes: a) su propia y vil ejecución; b) la traición del Cabo Anselmo, su propio esposo; c) la muerte de un amigo mío entre los seis ‘terroristas” que fueron exterminados con ella”, relata el escritor a El Correo Semanal.

La herencia de Barret

“Yo tengo por Soledad Barret amor y admiración, como el libro lo narra en voz más alta que esta declaración”, afirma Urariano Mota, acerca de su nueva obra.
“Esta admiración se extiende a su abuelo, el gran Rafael Barret, escritor olvidado fuera del Paraguay. Así como lo menciono en el libro, Rafael Barret transmitió a Soledad no solamente la sangre, la herencia de caracteres, sino que él fue su inspiración y su influencia hasta la trágica muerte”, declara el novelista.
Eran años de dictadura y terror. También de lucha revolucionaria y amor. Soledad tenía 25 años de edad cuando perdió a su esposo, el brasileño José María Ferreira de Araujo, capturado y asesinado por los militares, en 1970.
En el fragor de la lucha se reencontró con Daniel, antiguo compañero de José María, a quien había conocido en Cuba. Era un militar que lideró la “revuelta de los marineros” en 1964, contra el Gobierno de Joao Goulart, y se había convertido en héroe para los guerrilleros. Pero la dictadura lo había captado como agente y tenía la misión de delatar a sus compañeros.
Soledad halló en él a un nuevo compañero, sin desconfiar que lo iba a traicionar. La paraguaya estaba embaraza de 5 meses, cuando el padre de su bebé la entregó a los militares, junto con otros cinco miembros de la VPR, el 8 de enero de 1973. Fueron secuestrados y salvajemente torturados hasta la muerte en una granja de las afueras de Recife, en el caso conocido como “A masacre da chácara de Sao Bento”.
A pocos días de haber cumplido 28 años de edad, la revolucionaria nieta del gran Rafael Barret acabó su vida de manera violenta, para ser recordada por los versos de Mario Benedetti: “Soledad, no moriste en soledad, por eso tu muerte no se llora, simplemente la izamos en el aire…”.
Treinta y seis años después, la guerrillera paraguaya Soledad Barret vuelve a vivir, gracias a la pluma de un apasionado escritor brasileño.