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lunes, 19 de abril de 2021

El sillón de la abuela



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Es un viejo y rústico sillón de mimbre, con más de medio siglo de historia, que hasta hace poco dormía su sueño de olvido en la pieza del fondo, envuelto en telarañas, polvo y soledad, tras la muerte de la abuela.

Ella acostumbraba sentarse en él al atardecer, en el corredor de la casa, a tomar mate con la vista fija en el horizonte que antes mostraba verdes colinas y un pedazo de río, pero que se fue cubriendo de edificios grises.

Contaba historias, cantaba canciones y se levantaba a prepararnos las más sabrosas tortas de banana.

Quisimos mudarla a la terraza para que tenga un mejor panorama, pero se negó.

El corredor era su rincón, aunque el paisaje se le haya ido borrando a golpes de progreso y modernidad. Con el tiempo también sus ojos perdieron brillo y ya no importó lo que pudiera ver, porque todo eran manchas amarillas. El paisaje estaba en su memoria y allí siempre había verdes colinas, sol radiante, azul río.

Desde la sala, donde intentábamos estudiar o jugar al play, la escuchábamos hamacarse en su sillón, con un chirrido molesto que no lográbamos sofocar ni con la música al máximo.

Ante nuestras protestas, mamá nos decía que debíamos agradecer ese chirrido. El día en que ya no lo oigamos, significaría que la abuela se había ido, con su mate, sus relatos, sus canciones y sus tortas de banana.

Un día papá le trajo un moderno y carísimo sillón de cuero, que se reclinaba con botones y hasta hacía masajes. La abuela lo probó y dijo que no. Prefería seguir en su viejo sillón, hamacándose con su mate cada atardecer.

Finalmente, el chirrido calló para siempre. La abuela se nos fue, tranquila y dulce, como quien cierra un ciclo de vida. El sillón se quedó quieto y vacío en el corredor, hasta que papá lo llevó a la pieza del fondo, donde empezó a acumular polvo, soledad y telarañas.

Hace unos días, unos jóvenes pasaron por casa preguntando si acaso no teníamos algún viejo sillón para donar.

En medio de la catastrófica situación de la pandemia del coronavirus, con el sensible aumento de personas contagiadas de Covid-19 en los hospitales colapsados, ya no había camas disponibles de terapia intensiva y los enfermos graves se amontonaban en corredores y pasillos.

Fue cuando se les ocurrió recolectar sillones para ubicar allí a los pacientes que ya no tenían lugar, conectados a tubos de oxígeno y otros equipos médicos. Papá preguntó y todos dijimos que sí. Limpiamos el sillón, lo lustramos y lo llevamos al hospital.

Esta mañana pasé a llevar comida a los familiares que montaron una carpa de la solidaridad. En el corredor, una anciana estaba acomodada en el sillón de mimbre, con suero y mascarilla de oxígeno, mirándonos con sus ojos húmedos e implorantes. Sentí que era la mirada de la abuela que se multiplicaba en tantas otras personas peleando con la muerte.

¡Quién diría que el viejo sillón de la abuela iba a revivir, para sacudirnos de este letargo de impotencia, para despertarnos a la solidaridad, para disponernos a luchar por superar esta pesadilla, para comprometernos a construir un país mejor con menos olvidos y más justicia!


domingo, 4 de octubre de 2020

Los héroes del balde de plástico

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

En las puertas del Apocalypse Now, cuando parecía que el mismo infierno se había desatado sobre la tierra, cuando los bomberos se sentían rebasados ante las murallas de fuego… ellos y ellas aparecieron.

Hombres y mujeres en su mayoría jóvenes, gente de barrio, pobladores emergiendo de la cuarentena. Traían en sus manos o sobre sus hombros algunos rústicos baldes de plástico con agua, recipientes reciclados que alguna vez fueron envases de pintura o de aceite, botellones, jarras, palanganas… Hormigas humanas movilizándose ante las exhalaciones de un gigantesco dragón, formando cadenas incansables para arrojar chorros sobre las hogueras ardientes.

¿Qué podrían hacer con tan precario y primitivo sistema, ante la apocalíptica dimensión del desastre? La efectividad no estaba quizás en los resultados tangibles, que fueron muchos e importantes, sino en el mensaje que brindaban: Ante la inercia y la manifiesta inutilidad gubernamental, surgía una impresionante respuesta de solidaridad ciudadana y de heroísmo cívico. 

Aparecieron en los incendios de Areguá, pero se extendieron por diversos puntos del país. Gente haciendo colectas para acercar alimentos y equipos a los bomberos. Gente ofreciendo sus casas a los voluntarios y el agua de sus piscinas para recargar los camiones tanques.

Podría quedarme con las imágenes del dantesco infierno que sufrimos esta semana, con un calor por encima de los 40 grados, cercados por las llamas y el humo tóxico, con cortes de energía eléctrica y de agua corriente de las inoperantes empresas estatales, con la vigente amenaza del Covid-19 y el dengue, con la crisis económica y el sistema de salud al borde del colapso, mientras legisladores, jueces, fiscales y políticos corruptos seguían celebrando el carnaval de la impunidad.

Podría reiterar las críticas tantas veces repetidas y avaladas en pruebas científicas de que la tétrica imagen de un Paraguay en llamas con casi 15.000 focos de incendios solo en esta semana y todo el desastre climático no ocurren por capricho de la naturaleza, sino que son la directa consecuencia de un modelo de supuesto desarrollo agroganadero que privilegia el lucro y destruye el ecosistema, algo que definitivamente no nos gusta, pero no por eso vamos a buscar otro planeta. No, señor Zavala, este es nuestro país y este es nuestro planeta. Quienes los amamos lo vamos a seguir defendiendo y buscando proteger.

Podría poner el acento en seguir denunciando lo que ya tantas veces hemos denunciado… pero hoy prefiero detenerme a reivindicar a estos héroes y a estas heroínas del balde de plástico, que nos han dado un fresco aliento de esperanza entre tanta sofocante y ardiente pesadilla.

Hace años me contaron la conmovedora historia del colibrí. Ante un gran incendio, mientras los demás animales huían en desbandada, el ave pequeña volaba al río más próximo, cargaba agua en su pico y en sus plumas y retornaba a dejar caer las gotas sobre el bosque en llamas. Al ver aquel esfuerzo aparentemente inútil, un león le preguntó qué estaba haciendo, en lugar de ponerse a salvo. El colibrí respondió: “Yo solo hago mi parte. Si todos hiciéramos lo mismo, hace rato hubiéramos apagado el incendio”.

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(Publicado originalmente en la columna Al otro lado del silencio, sección opinión del diario Última Hora, domingo 4 de octubre de 2020).

(Las conmovedoras imágenes que acompañan este texto son de Agustín Martínez, que supo estar allí y dar testimonio con sus fotografías. Lo pueden conocer mejor en este reportaje y seguirlo en su perfil de Facebook ).





lunes, 13 de abril de 2020

#QuedateEnTuCasa con hambre



Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Ella estaba allí, deambulando solitaria por la plaza desierta frente a la Basílica de Caacupé cerrada y silenciosa. Arrastraba dos bolsas de náilon cargadas de latitas vacías de cerveza y gaseosa que había logrado juntar tras recorrer toda la mañana por la ciudad desolada, las que luego iba a ofertar a un reciclador mayorista, a cambio de unos escasos billetes para comprar alimentos.

Ella lleva casi un mes desde que se le canceló súbitamente el oficio cotidiano que ejercía desde hace 24 años: vender velas de color azul a los miles de creyentes que llegaban hasta el Santuario de la Virgencita Serrana, pero ahora ya nadie viene, no hay velas que vender, no hay dinero para comprar comida.

Ña Norma tiene 55 años, vive sola con cuatro nietos que han quedado a su cargo. Ella tiene miedo de salir a la calle ante el temor de contagiarse con el coronavirus, pero tiene mucho más temor de que si no sale a rebuscarse para el sustento, sus nietos mueran de hambre.

Ella nos contó su historia con ojos humedecidos por encima del tapabocas que le regalamos para protegerse, en medio del inusual paisaje casi apocalíptico de la Basílica abandonada en la ciudad de Caacupé, en vísperas del último Domingo de Ramos. Es la historia de muchos hombres y mujeres compatriotas, pobres de pobreza casi extrema, que despertaron una mañana en un mundo que les cierra sus puertas y les expulsa de sus lugares de informal sobrevivencia laboral, porque un virus mortífero extiende sus alas negras.

#QuedateEnTuCasa #EpytaNdeRógape. Los mensajes repiquetean como una orden imperativa. Es fácil decirlo cuando uno tiene una casa mínimamente cómoda en donde refugiarse, una heladera relativamente cargada, algo de dinero en la billetera, un auto en qué movilizarse hasta la despensa o el supermercado más cercano. ¿Cómo decirle #EpytaNdeRógape a Ña Norma y a tantos que solo tienen como refugio una choza de cartón o madera terciada al borde de una zanja, un ranchito de paja en medio del campo, un lecho de cajas viejas junto a un portal, un duro banco de madera en una plaza? ¿Cómo recriminarles por “la inconsciencia de violar la cuarentena” a quienes siempre han sobrevivido en sus propias cuarentenas de exclusión social, que no duran solo 14 días o un mes, sino a veces toda una vida?

Lo primero que le preguntamos a Ña Norma fue si no se había anotado para recibir ayuda del programa gubernamental Ñangareko, creado para asistir a los pobres en esta emergencia. Entonces ella nos contó sus largas vicisitudes para tratar de inscribirse, la imposibilidad de acceder desde un precario teléfono móvil ante páginas colapsadas, la recurrencia a oficinas municipales para buscar ayuda y el drama de encontrarse con largas colas de otros tantos hombres y mujeres también desesperados, a quienes se les daba la misma respuesta: aquí no hay nada, acudan a la Secretaría Nacional de Emergencia.

Esta es la cara más triste y dolorosa de esta crisis. La comprobación palpable de que hemos seguido sosteniendo un país tan injusto y desigual, en donde hay funcionarios estatales, directivos de entidades binacionales que ganan sueldos de más de cien millones de guaraníes, mientras 1.700.000 personas apenas tienen para la canasta básica y otros 340.000 compatriotas viven en extrema pobreza. ¿Cómo pretender que hoy, privados a la fuerza de sus “estrategias de sobrevivencia”, puedan sobrevivir todo un mes con 500.000 guaraníes de una ayuda estatal que ni siquiera les llega?

Este es el modelo de estructura del Estado que ya no debemos tolerar. Hay que movilizarse y transformarlo con urgencia, echando de sus lugares de privilegio a todos los corruptos y bandidos. La crisis del Covid-19 nos permite esta opción que no debemos desaprovechar. Mientras tanto, multipliquemos las ollas populares y las acciones de solidaridad para ayudar a quienes deben quedarse en casa con las ollas vacías.


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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 11 de abril de 2020.

(Fotografía: Desirée Esquivel).

sábado, 21 de marzo de 2020

Crónica desde el borde del Apocalipsis





Andrés Colmán Gutiérrez- @andrescolman

Algo parecido solo lo habíamos visto en imaginativas películas y series de televisión: Contagio, La Jetée, Virus, 12 Monos, The Hot Zone, Epidemia, Ceguera, A ciegas, Soy Leyenda o la camada del Apocalipsis zombie, principalmente The Walking Dead. Hasta que un día cerraron las salas de cine del mundo y los habitantes del planeta nos encontramos inmersos en una de esas apocalípticas tramas, sufriéndola en carne propia. La realidad copia a la ficción y encima nos toca un guionista despiadado.

Hoy tres gotitas de mocos en el aire son capaces de hacer temblar al mundo y doblegar a las más grandes potencias. En el desgarrado corazón de Sudamérica, antes que otros vecinos, nos vimos obligados a retomar la épica del Supremo doctor Francia: cerrar nuestras fronteras y aislarnos “sobre el núcleo de nuestra propia fuerza” para intentar sobrevivir.

La pandemia del Covid-19 llegó para enseñarnos cuánto vivíamos equivocados. Ya no son solamente los pobres e indigentes los apestados -como muchos habían creído ideológicamente-, sino también jefes de Estado, estrellas de cine, empresarios millonarios. El virus iguala a ricos y pobres, a cerristas y olimpistas, a ateos y creyentes, a católicos y musulmanes. El contagio llega por igual para naciones ultradesarrolladas como para países tercermundistas. Los muros con alambradas y los misiles no pueden detenerlo. Quizás solamente una red invisible pero constante de solidaridad y de fortaleza social comunitaria.

Al contrario de lo que el sistema dominante sostenía, hoy descubrimos que la ciencia es más importante que la economía. Un médico o una enfermera se han vuelto más necesarios que un futbolista o una celebridad de la farándula. Un hospital es más valioso y urgente que un shopping, un estadio o una autopista. Las cosas materiales que antes considerábamos fundamentales para construir nuestra comodidad han perdido su sentido de prioridad. Ahora lo primero es la vida. Mantenerse vivos. Sobrevivir, aunque tengamos que dejar que tantas otras cosas se disuelvan en la nada.

Recluidos a la fuerza en nuestros hogares como náufragos en medio del océano urbano o en islas de soledad, apreciamos el valor de la intimidad familiar o personal, la posibilidad de reflexionar. Nos convertimos en filósofos existencialistas. En medio de esta prisión casera descubrimos la necesidad de estar juntos, aun distanciados.

Internet, los teléfonos celulares y los medios de comunicación se nos han vuelto vitales herramientas para no caer en la desesperación. Entendemos el valor del arte como bálsamo para el espíritu. Asistimos a conciertos en línea y películas por streaming, nos abrazamos con el alma por teleconferencia.

Estamos con miedo. Reconocerlo no es cobardía. Hasta las iglesias y los templos han cerrado sus puertas, la fe, la oración y las creencias resultan muy válidas, pero no son suficientes. No existe un lugar seguro. No hay un búnker antinuclear que nos proteja. Lo único que nos puede salvar es la solidaridad, cuidarnos unos a otros, obedecer las reglas sanitarias, no discriminar a quienes padecen el contagio, acompañar críticamente y respaldar el trabajo de las autoridades, #QuedateEnCasa, #EpytaNdeRógape, sentirnos distanciados físicamente pero muy cerca en el corazón.

Aceptamos que la pandemia exige recortar libertades y derechos, pero no renunciamos a vigilar y exigir que todo se haga con valores de la democracia, con honestidad y transparencia. Nos queda aprender de esta emergencia global a ser más higiénicos, más respetuosos del medioambiente, cuidadores de nuestra madre tierra, más justos y solidarios. El futuro es incierto, pero no deja de ser esperanzador mientras mantengamos abiertos el corazón y la mente. Otro mundo será posible después del Apocalipsis. Si no lo podemos construir nosotros, lo harán quienes queden vivos: Nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros nietos. Hagamos lo mejor que podamos mientras estemos vivos.

Que ese sea nuestro legado.

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Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del sábado 21 de marzo de 2020.


domingo, 1 de marzo de 2020

Fantasmas en la ciudad




Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

Están allí pero no los vemos o fingimos que no existen, como si no tuvieran rostros o se hubieran vueltos incorpóreos, igual que el personaje de la novela Garabombo el invisible, del escritor peruano Manuel Scorza. Otro escritor, el uruguayo Eduardo Galeano, los denomina Los Nadies, “los hijos de nadie, los dueños de nada... que valen menos que la bala que los mata”. En alguna rebelde canción, Manu Chao les da otro nombre: Fantasmas en la ciudad.

Lorenzo era uno de esos muchos Nadies. 
Indígena del pueblo Mbya Guaraní, recorría las calles de Asunción pidiendo limosnas, recogiendo cosas de la basura para sobrevivir. Cuando podía inhalaba cola de zapatero para engañar al hambre. Dormía en donde encontraba lugar. Fue así como esa madrugada del lunes 16 de diciembre de 2019 se acostó en el banco de una parada de bus sobre la calle Jejuí casi Montevideo, sin sospechar que el odio y la muerte andaban al acecho.
Las grabaciones de una cámara de vigilancia muestran al lujoso auto sin chapas pasar por el lugar a las 2.10 de la madrugada, detenerse, volver a circular para regresar una segunda y tercera vez. Entonces se ven los fogonazos desde el interior, certeros disparos que acabaron con la vida del indígena, cuya identidad no pudo ser determinada durante varios días, porque no tenía cédula y sus huellas digitales no figuraban en el sistema. 
Era un perfecto Nadie.
Si no fuera por la indignada presión de un reducido sector de la sociedad, no hubiera existido el esfuerzo policial para averiguar que el indígena asesinado se llamaba Lorenzo Silva Arce y había llegado desde una comunidad de Tacuatí, San Pedro. 
A más de dos meses, ni la Policía ni la Fiscalía han podido determinar quién fue el asesino ni cuál fue el móvil, aunque se maneja la hipótesis principal de que fue un crimen de odio. “Combata la pobreza: Mate a un indigente”, como pregonaba algún grafiti en la pared.
Todo hubiera quedado en el olvido y el opa rei, como acaban casi siempre los asesinatos de los Nadies, si no fuera por un grupo de personas, principalmente profesionales católicos, comunicadores, artistas e indigenistas, que decidieron juntarse cada lunes en el lugar en que lo mataron para recordarlo con canciones y oraciones, junto a reclamos de justicia. Como él no tenía familia conocida, crearon una comunidad en Facebook que se llama “Colectivo Somos la Familia de Lorenzo”.
La trágica historia de Lorenzo ha vuelto a repetirse muchas veces, de otras maneras. El caso más terrible es el de una niña indígena de 12 años, cuyos restos fueron hallados este martes 25 de febrero, dentro de una mochila, en posición fetal, con las manos atadas, en un baldío cerca de la Terminal de Ómnibus de Asunción. Ella fue presumiblemente víctima de abuso sexual y maltrato hasta morir. Fue identificada como Francisca Araujo, de pueblo Mbya Guaraní, una de las tantas y tantos Nadies que recorren las calles pidiendo monedas en los semáforos, expuestos a todo tipo de atropellos. Una más de los muchos fantasmas en la ciudad.
Podríamos cerrar esta columna con un justificado tono de trágico lamento y de indignada denuncia ante estas y otras numerosas situaciones que nos muestran a una sociedad podrida y deshumanizada, con personas que abusan y asesinan sin piedad y con impunidad a los más débiles, ante un sistema de Justicia que no está ni ahí, pero prefiero rescatar la otra cara: La de ese grupo de personas que se juntan los lunes a rezar y cantar en el mismo lugar donde mataron a Lorenzo, o la de quienes salieron a marchar pidiendo Justicia para la niña Francisca, las que alzan su voz y no dejan de actuar ante cada uno de estos crímenes horrendos.
Son estos ciudadanos y ciudadanas las que nos permiten seguir creyendo que otro Paraguay es posible. Los que le ponen nombres a los Nadies, los que hacen visibles a los invisibles, los que les dan rostros concretos y humanos a los fantasmas de la ciudad. Son quienes nos sostienen en la mejor esperanza.

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Publicado en la sección Opinión del diario Última Hora, columna “Al otro lado del silencio”, edición del sábado 29 de febrero de 2020.
La foto es del Colectivo Somos la Familia de Lorenzo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Otros pesebres en busca de otra sociedad



Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

 María duerme plácidamente sobre el lecho de paja, mientras José juega muy divertido con el bebé Jesús en su regazo. Este “pesebre alternativo” –al que muchos consideran un pesebre feminista–, se denomina “Dejemos dormir a mamá” y es un regalo que le hicieron al papa Francisco por su 83 cumpleaños, quien lo alabó con mucho entusiasmo durante su mensaje de Navidad: “¡Cuántos de ustedes deben turnarse en la noche entre marido y mujer por el niño, la niña, que llora, y llora, llora!”.
Esta reinterpretación simbólica de los roles del hombre y la mujer por parte del máximo líder de una de las más importantes instituciones religiosas del mundo, tradicionalmente calificada de excesivamente conservadora, esta vez utilizando incluso el lenguaje inclusivo de nombrar al niño y la niña por igual, tiene un efecto de mucha trascendencia: El mundo está cambiando y sus efectos renovadores han llegado hasta el pesebre de Belén y hasta los salones del Vaticano.
Mucho más radical ha resultado el mensaje de la Iglesia Metodista Unida de la ciudad de Claremont, en el Estado de California, Estados Unidos, que presentó a San José, la Virgen María y el Niño Jesús encerrados en celdas separadas y rodeadas con alambre de púas, a manera de protesta contra las políticas represivas del presidente Donald Trump contra las familias latinas migrantes, a cuyos miembros han separado y encarcelado por no contar con documentos de residencias en regla. Hace más de veinte siglos la sagrada familia también tuvo que emigrar a Egipto para huir de la persecución del rey Herodes.
En la Catedral de Palermo, Italia, el arzobispo Corrado Lorefice decidió celebrar la misa de Navidad con la imagen de un Niño Jesús de piel negra, que le ha sido donada por misioneros de Tanzania, África, como una reivindicación a las familias de migrantes que llegan huyendo de persecuciones y que generalmente reciben el rechazo de las autoridades europeas y de un gran sector de los propios pobladores.
El controversial artista callejero británico Bansky instaló en el Walled Off Hotel de la misma simbólica e histórica ciudad de Belén, donde nació Jesús, un artístico pesebre junto a una réplica del muro que divide a Cisjordania de Israel. Sobre la imagen de la sagrada familia hay una estrella, pero es negra y hueca, y ha sido formada por el disparo de un mortero que atravesó el muro. Jugando con los símbolos y con las palabras en inglés, Bansky sustituye a la tradicional “Star of Bethlehem” (estrella de Belén) por la “Scar of Bethlehem" (Cicatriz de Belén), buscando llamar la atención de que el escenario en donde se originó la Navidad hace más de veinte siglos es la que menos puede celebrar hoy una verdadera “noche de paz”, debido al conflicto bélico que se mantiene desde la ocupación israelí de los territorios reclamados por Palestina.
En el Paraguay, aunque la Navidad sigue teniendo una representación principalmente tradicional o folclórica en las celebraciones religiosas, es posible encontrar imágenes de José, María y Jesús con rasgos indígenas guaraníes en algunos pesebres expuestos por artesanos y artesanas de Areguá, junto a esculturas de animales en peligro de extinción, como el jaguarete o el guyra campana, destacando una reivindicación de los pueblos originarios y un llamado a la protección del medioambiente.
Más que la presunta distorsión de un símbolo religioso universal, como cuestionan algunos sectores conservadores, los “pesebres alternativos” revelan la evolución de la conciencia humana ante realidades injustas. En una perspectiva histórica, el Redentor que eligió nacer entre los más pobres marcó una ruptura ante viejas estructuras para plantear la esperanza de lo nuevo. Si en la Judea invadida por el Imperio Romano aquel pesebre de pastores tenía un mensaje contra el sistema, es válido que los de hoy expresen las demandas feministas, migrantes, ambientalistas, indigenistas o pacifistas, como una manera de anunciar que otros modelos de sociedad también son posibles.

El pesebre de la Iglesia Metodista Unida de Claremont, California.
El Niño Jesús negro en la Catedral de Palermo, Italia.
El pesebre del artista Bansky en un hotel de Belén, junto al muro que divide a Cisjordania de Israel.
Pesebre indígena guaraní en Areguá, Paraguay.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Serrat, Sabina y una vieja guarania



Vuelven a cantar en Paraguay después de siete años. Historia de una relación esporádica y solidaria con los más literarios autores de la canción en español.

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

“Uno aprende siempre la vieja guarania/ que el maestro Flores enseñó/ ningún escenario es tierra extraña/ y es un lujo volver a Asunción” proclamaba la voz desgarrada de Joaquín Sabina la noche del 17 de abril de 2011, durante su segundo concierto bajo una luna bohemia a orillas del río Paraguay, pero quien antes la aprendió a cantar en guaraní fue su primo El Nano, Joan Manuel Serrat, cuando incluyó en su disco Cansiones (2000) una peculiar versión de Che pykasumi, guarania con letra de Cecilio Valiente, música de Eladio Martínez y del propio creador del género musical, el maestro José Asunción Flores, en parte traducida y adaptada al español por Serrat con ayuda de nuestro querido poeta Rubén Bareiro Saguier.
Aquella fue la primera vez que el autor de Mediterráneo grabó en una lengua indígena, otorgando una dimensión más universal a la ancestral cultura paraguaya. “Elegí Che pykasumi como homenaje a un pueblo que supo mantener viva su propia lengua nativa, tal como lo hemos hecho los catalanes. Deseo coronar ese homenaje yendo a Asunción a cantar al pueblo paraguayo en su propia auténtica lengua”, le dijo El Nano a Bareiro Saguier, quien por entonces oficiaba de embajador paraguayo en Francia.
Serrat vino a Asunción y ofreció un recital en el estadio León Condou, entonando Che pykasumi con voz emocionada, deslumbrando al público con su casi correcta pronunciación de las vocales nasales y guturales del guaraní. Acabó de ganarse el corazón de los paraguayos, aunque la relación a distancia había empezado antes, quizás en los duros años de la dictadura stronista, cuando sus clásicas canciones circulaban clandestinamente entre las de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Víctor Heredia, junto a los de artistas locales como Juglares, Sembrador, Vocal Dos, Pato Brítez, Ñamandú, Gente en Camino.
En 1990, tras la caída de la dictadura, los músicos Jorge Garbett y José Antonio Galeano, metidos a empresarios de espectáculos, se animaron a organizar el primer concierto de Joan Manuel en el país, una emotiva noche en el estadio del Club Olimpia. No les resultó buen negocio, pero aquel abrazo fundacional de Serrat con el público paraguayo quedó para la historia.
Serrat y Sabina cantarán juntos por segunda vez en Asunción en el concierto “No hay dos sin tres”, esta noche, en el Arena SND. Es la quinta visita de Serrat y la cuarta de Sabina. Buena oportunidad para repasar la esporádica y solidaria relación del Paraguay con los más literarios autores de la canción en español. 

Del Poble Sec a Úbeda

Aunque llevan pocas diferencias en edad (Serrat tiene 75, Sabina 70), El Nano ya sostenía una dilatada carrera artística cuando Martínez Sabina empezó a componer y a cantar. Joan Manuel editó su primer disco en 1965 (Una guitarra), Joaquín lo hizo recién en 1978 (Inventario).
Sabina considera a Serrat su ídolo y maestro. En los escenarios que comparten el catalán caricaturiza su rol de gurú para burlarse de su compañero, quien acepta ser un canalla aprendiz.
En el 2000, cuando Serrat vino a su segundo concierto en Paraguay, un periodista le preguntó: “¿Qué opina de los nuevos artistas como Joaquín Sabina, que siguen su estilo y son como sus hijos en lo musical?”.
El Nano respondió: “Si Sabina fuera hijo mío, hace rato lo hubiera metido en un reformatorio”.
Sus historias son parecidas pero diferentes. Durante la dictadura del generalísimo Francisco Franco en España, Serrat fue perseguido y se exilió en México en 1974, en donde permaneció hasta el final del franquismo. Fue su etapa más latinoamericana, de un fuerte compromiso con las luchas democráticas. Temas como Para la libertad, Cantares, Algo personal, se volvieron himnos de resistencia. Los procesos de restauración institucional en Argentina y Chile le deben una activa  militancia.
Sabina, aunque escribió poemas en su juventud, no soñaba con ser artista, apenas un ilustrado maestro de literatura. Relacionado con grupos de izquierda, en 1970 lanzó un cóctel molotov contra la sede de un banco y tuvo que salir del país. Viajó a Paris y luego a Londres, en donde empezó a cantar en las calles y en tugurios para sobrevivir, hasta conseguir volver.
Mientras Serrat era ya un estandarte de la canción social en Iberoamérica, Sabina asomaba como un artista posmoderno, provocador y algo rockero, ofreciendo conciertos en el sótano de un bar madrileño, La Mandrágora. Las letras de sus canciones ya llamaban la atención por su calidad literaria y su ironía crítica, su desencanto poético y su desenfado.
En la medida en que creció su fama de cantautor, su relación con Latinoamérica prendió en Argentina, México, Perú, Chile, Uruguay, en donde sus admiradas referencias literarias, poéticas, políticas y musicales hacia figuras como Evita, Borges, Cesar Vallejo, Gardel, José Alfredo Giménez, Chavela Vargas, Violeta Parra, Gabo, Charly García, conquistaban a una creciente legión de fans. Su adhesión a causas como las de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y el eco solidario de sus canciones lo inscribieron tardíamente en los círculos de nuevas trovas o nuevos cancioneros, que para entonces ya sonaban con telarañas.

Las noches de Asunción

El tren de Sabina también llegó tarde al Paraguay. Su primer recital fue en el Club Sol de América, el 9 de julio de 1997, con un show acústico y minimalista. El músico canalla de chaleco multicolor y sombrero bombín se mostró sorprendido de que un público desconocido coreara de memoria sus canciones. “Tendremos que venir otra vez...”, anunció.
De aquel viaje quedaron rumores de andanzas en la madrugada asuncena, una visita al Karin Club donde quizás conoció a la Magdalena Guaraní. Son historias que alimentan una leyenda que ahora él lo niega todo.
Volvió a regalarnos su mes de abril en 2011, en el Yacht, cuando sorprendió con su poema a Asunción y a la guarania del maestro Flores. Un año después volvió, esta vez formando dúo con su primo El Nano, en aquel primer inolvidable concierto “Dos pájaros contracan”.
Serrat se involucró mucho más con la política y la historia paraguaya. En su tercera visita, en febrero de 2007, visitó el Museo de las Memorias, el otrora temible centro de detención y torturas conocido como La Técnica, abrazó a las víctimas de la dictadura y dejó un mensaje solidario a favor de la lucha por la democracia.
Serrat y Sabina son casi indiscutiblemente los más literarios autores de la canción en español. Como lo han hecho en inglés Bob Dylan o Leonard Cohen, en el mundo de la música pocos pueden alcanzar la excelencia en versos como “A tus atardeceres rojos/ se acostumbraron mis ojos/ como el recodo al camino” (Mediterráneo, Serrat) o “Desafiando el oleaje/ sin timón ni timonel/ por mis sueños va/ ligero de equipaje/ sobre un cascarón de nuez/ mi corazón de viaje/ luciendo los tatuajes/ de un pasado bucanero/ de un velero al abordaje/ de un no te quiero querer” (Peces de ciudad, Sabina).
En 2007 unieron sus historias, sus canciones, su creatividad, su humor y su desparpajo en una primera gira por España y Latinoamérica. Decían que era un matrimonio con fecha de caducidad, pero el éxito los obligó a replicar. En la segunda gira incluyeron al Paraguay. En esta “No hay dos sin tres” otra vez están aquí. 
Artistas inmensos, autores de canciones que marcaron épocas, será un lujo escucharlos. En sus anteriores actuaciones, Serrat siempre cantó la vieja guarania y Sabina lo acompañó respetuosamente con una copa de champagne. Ningún mejor símbolo de retribución a un público que  ama sus canciones y que admira tanta creatividad y compromiso solidario.
En Asunción siempre hay una calle melancolía y en el Paraguay también nacimos en el Mediterráneo.   
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(Publicado en la sección de “El Correo Semanal” del diario Última Hora, Asunción, edición del sábado 16 de noviembre de 2019).


Joan Manuel Serrar en su visita al Museo de las Memorias, en 2007.

martes, 16 de julio de 2019

Desde cajones a heladeras viejas, todo sirve para incentivar la lectura



 En plazas y veredas de Itauguá, Lambaré, Asunción, Oviedo o Pilar, brotan pequeñas bibliotecas en cajas, heladeras o casitas de pájaro. Una quijotesca cruzada por despertar el amor a los libros.

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

–¡Mirá, mamá! ¡Una casita de pájaros…!– grita Melissa, de siete años, mientras cruza la plaza Juan de Ayolas, de Lambaré, de la mano de su madre.
María Luisa sonríe y la acerca al curioso artefacto, un caño de acero que soporta una caja de metal con forma de casita, de color amarillo, con techo de chapas y revestimientos de vidrio. La puertita está abierta y deja ver muchos libros en el interior.
–Es una casita, no de pájaros, hija, pero también permiten volar…– explica la mujer.
Ante la mirada expectante de la pequeña, María Luisa hurga hasta hallar un colorido libro de cuentos. Luego se sienta con Melissa en un banco y deja que la niña se sumerja en la historia mágica. La mujer planeaba ir al supermercado; sin embargo, decide aprovechar ese momento único y quizás irrepetible. Bajo la luz radiante de la mañana, frente a la pequeña Biblioteca Callejera de la Plaza Ayolas de Lambaré, Melissa y su mamá leen una historia de animalitos traviesos y aventureros.
Las páginas bailan en el viento, como si fueran alas de pájaros.

 Biblioteca con motocarro en la Plaza Solares de Lambaré
CRUZADA. Las bibliotecas callejeras nacieron como esfuerzos aislados de personas que buscan despertar la pasión por la lectura y contribuir a la calidad de la educación, en un país en donde cada habitante lee solo la 0,25 parte de un libro al año, según datos de la Cámara del Libro Asunción Paraguay (CLAP).
Así se ha creado una red que se extiende a distintos lugares del país, originando una pequeña revolución cultural.
Un primer proyecto se registra en el 2016, en Itacurubí de la Cordillera, cuando la Municipalidad habilitó un espacio de lectura al aire libre en el balneario Itakoty. Instaló un mueble lleno de libros, con bancos y mesitas, creando un agradable ambiente.
En el verano de 2016, educadores y vecinos del barrio Ykua Naranja, de Itauguá, crearon una biblioteca al aire libre en la placita Félix Fernández, utilizando cajones de frutas pintados, en donde ubican los libros recibidos en donación.
También en Itauguá, desde el 2018, la empresa Iris promovió la creación de casitas–bibliotecas, la primera para sus propios empleados, otras dos en la plaza central de la ciudad y en el local de la Municipalidad.
La cuarta biblioteca se instaló en agosto de 2018 en una plaza de la compañía Guayabity, en un trabajo conjunto con la comisión vecinal 23 de abril.

Biblioteca de heladera en Lambaré
Biblioteca con cajones de frutas en Itauguá.
EN LAMBARÉ, CON AMOR. La cruzada más exitosa de las bibliotecas callejeras nació en 2017, a iniciativa del escritor paraguayo Aníbal Barreto Monzón, quien durante un viaje a Estados Unidos, vio en el pueblo de Clifton, Virginia, un buzón con libros en una plaza.
–Me llamó la atención cómo las personas retiraban libros y depositaban otros, o se sentaban a leer allí. Tomé una foto y la publiqué en Facebook, comentando que sería lindo hacer algo similar en Paraguay–, relata Aníbal.
Pryscila León, otra apasionada por los libros, ofreció financiar la construcción de la casita. Tras una resistencia inicial de funcionarios de la Comuna, el intendente de Lambaré, Armando Gómez, apoyó la iniciativa. Así, en octubre de 2018, se inauguró la primera biblioteca callejera con libros donados por muchos amigos, en la Plaza Ayolas, frente a la Municipalidad, una experiencia que a ocho meses funciona con éxito.
–Cada vez que paso por aquí veo a grupos de jóvenes y a personas adultas leyendo –destaca Aníbal–. Esto está siempre abierto y los libros se mantienen, se reponen y se intercambian con frecuencia. Mucha gente me dijo: “no va a resultar, en Paraguay nadie quiere leer, te van a robar todos los libros para venderlos”, pero ya ven que sí funciona.

Jóvenes leyendo en la Plaza Ayolas, de Lambaré.
INGENIO. A la cruzada de Aníbal y Pryscila se unieron otras personas, como Carlos Brañas o el joven Álvaro Giménez. El ejemplo se expandió y se crearon más casitas de pájaro en Lambaré, en Asunción (Marcelino Noutz y Sargento Gauto), en Coronel Oviedo (frente al local cultural Clemente Róga) y otras que se habilitarán en el barrio Trinidad de Asunción y en la ciudad de Pilar.
Lo llamativo es que también se despertó el ingenio para construir las pequeñas bibliotecas al aire libre. En el predio de la Capilla Virgen del Carmen, en Valle Apu‘a, Lambaré, se utilizó una vieja heladera. En la Plaza Solares, también de Lambaré, se recicló un motocarro en desuso.
–De a poco estamos derribando el mito de que a los paraguayos no les gusta leer– dice Aníbal Barreto. Solo hace falta sacar más libros a las plazas y a las calles.

Biblioteca callejera en Coronel Oviedo.
Chicos leyendo en Itauguá.

sábado, 16 de marzo de 2019

Vienen otra vez: Conozcamos la historia de las marchas campesinas



Vienen otra vez… marchando desde muy lejos, con sus reclamos que se reiteran en cada marzo húmedo y otoñal.

Vienen otra vez…
desde sus verdes valles desolados, pueblos y comunidades rurales que siguen esperando en medio de la soledad y el olvido, a merced de las mismas miserias e injusticias seculares, que no cambian por más que cambien los gobiernos o los colores partidarios.

Vienen otra vez…
Desde la profundidad de una historia repetida, desde el corazón de una memoria desgarrada que tercamente insiste en rescatar sus antiguas utopías sobrevivientes.

Vienen otra vez…
con sus zapatos gastados
sus banderas descoloridas
sus toscas pancartas de tela que insisten en pedir la reforma agraria y varios otros reclamos, con visibles faltas de ortografía.

Vienen otra vez…
como forasteros en tierra extraña
como intrusos en la jungla de asfalto y cemento

Vienen otra vez…
para hacer visible al país invisible
para mostrarnos que hay un país más allá de calle última
al otro lado de la lluvia
ese país nuestro que a veces desconocemos y casi siempre tratamos de ignorar
y sin embargo esta allí, esperándonos…

Hay algo en esos rostros curtidos por el color de la tierra, como si ya fueran parte de ella. (“Tan tierra son los hombres de mi tierra” escribió Augusto Roa Bastos en un clásico poema que se hizo canción).

Hay algo en esas miradas cándidas, tristes, melancólicas, de los niños y de las niñas. Esas miradas duras, sufridas y combatientes, de las mujeres del campo. Esas miradas tienen algo que duele, algo que emociona, algo que interpela.

(La 26ª  Marcha Campesina, que se realiza anualmente desde 1994, se inició el lunes 18 marzo con concentraciones en los distintos departamentos del país y llega a la capital el miércoles 20, hasta el jueves 21. Es organizada por la Federación Nacional Campesina, con el lema “Tierra y producción para el desarrollo nacional, construyendo poder popular”).   

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CONOZCAMOS LA HISTORIA DE LA MARCHAS CAMPESINAS

La primera marcha campesina se realizó el 15 de marzo de  1994, durante el gobierno de Juan Carlos Wasmosy, convocada entonces por la Coordinadora Interdepartamental de Organizaciones Campesinas (CIOC), una sigla que se creó para intentar aglutinar a los distintos grupos y movimientos rurales que habían sobrevivido a la caída de la dictadura y se estaban reorganizando.
Entre los movimientos sociales del Paraguay, las organizaciones campesinas fueron las que mantuvieron mayor poder de organización, movilización y resistencia, aún en los momentos de mayor represión desde el régimen dictatorial del general Alfredo Stroesner.
(Ver un poco más abajo: la historia del Movimiento Campesino en Paraguay).
“Tras la persecución a las Ligas Agraria y otras organizaciones, durante la dictadura, un sector importante se mantuvo en la Coordinación Nacional de Productores Agrícolas (CONAPA), hasta que en 1991 fundamos la Federación Nacional Campesina y ya surgió la idea de organizar una gran marcha hasta Asunción, para hacer escuchar nuestra voz  y nuestros reclamos”, relata Marcial Gómez, uno de los principales dirigentes de la FNC.
“Los campesinos también existen” titulaba Última Hora en su edición entonces vespertina del 15 de marzo de 1994, con una gran foto de la movilización por la avenida Eusebio Ayala, y agregaba en un subtítulo: “Con la gran marcha, el país no terminó hoy en Calle Última”.
La crónica relataba las múltiples trabas que el gobierno intentó aplicar para evitar que los labriegos lleguen hasta Asunción, pero que resultaron infructuosas.
Aquella primera marcha, de la que participaron otras organizaciones nacionales y regionales, tuvo tanto impacto en los medios de comunicación y en la sociedad, que sus organizadores decidieron repetirla al año siguiente.
Fruto de aquella primera experiencia exitosa, nació una nucleación más permanente, la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (MCNOC), que se encargó de organizar las siguientes marchas, hasta 1998, cuando hubo una crisis y una división.


Los campesinos en el Marzo Paraguayo

La emergencia del oviedismo, con la elección de Raúl Cubas como presidente en 1998, pero con el general Lino Oviedo manejando los hilos del poder, despertó un gran debate entre las organizaciones campesinas.
“Para nosotros, el gobierno de Oviedo significaba claramente la asunción del fascismo y del autoritarismo, que atentaba contra las organizaciones populares y las libertades públicas. En el 98  hicimos una plenaria y decidimos tener una postura clara contra el fascismo, salir a combatirlo con movilizaciones, con cierres de calles y rutas”, relata Marcial Gómez.
Esta postura no fue compartida por otras organizaciones campesinas, que finalmente decidieron no apoyar a la quinta marcha campesina en marzo de 1999 y se produjo la primera ruptura.
La MCNOC se abrió de la organización y la marcha fue convocada por la FNC, pero a nombre de una Comisión de Reforma Agraria.
Fue la más crítica de todas las marchas, ya que el día 23 de marzo, cuando estaban por salir caminando desde el exSeminario Metropolitano, se produjo el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña, y los campesinos finalmente se unieron a la llamada gesta ciudadana del Marzo Paraguayo, resistiendo durante varios días en las plazas del congreso. Su participación fue decisiva para forzar la renuncia del presidente Cubas y la huida de Oviedo.
“Nosotros solo cumplimos con la posición que habíamos asumido. En esa ocasión logramos además que el Congreso apruebe una ley, decretando la condonación de las deudas de los pequeños productores ante la banca pública”, recuerda Marcial.
Entre los “mártires del Marzo Paraguayo” falleció asesinado un miembro de la FNC, Cristóbal Espínola, alcanzado por las balas de los francotiradores. El asentamiento al que pertenecía, en Alto Paraná, actualmente lleva el nombre del joven campesino mártir.
En su homenaje, muchos participantes siguen portando en cada marcha los mismos simbólicos garrotes de madera que portaban en aquella gesta de 1999, y que según los organizadores “ayudaron a defender a la democracia ante el avance del fascismo”.


Los logros de tanto marchar

¿Qué han podido conseguir en todos estos años de llenar las calles y las plazas asuncenas con la multitudinaria presencia campesina?
“Hubo logros concretos, como la condonación de deudas de los pequeños productores, la paralización de un plan de privatización de empresas públicas, la derrota del proyecto político fascista en el Marzo Paraguayo, pero por sobre todo pudimos instalar debates con nuestras críticas a un sistema socioeconómico que excluye a los pobres, y nuestra propuestas sobre el modelo de sociedad que queremos impulsar”, asegura Marcial.
“Cuestionamos a un modelo rural de producción empresarial, ligado a la agroexportación de materias primas, que no genera fuentes de trabajo y por el contrario expulsa mano de obra del campo, causando envenenamiento con agrotóxicos, destrucción del medio ambiente. Estamos en contra de la sojalización y el uso de transgénicos, y a favor de la producción agrícola nacional”, resume Gómez.
Aunque en los medios de comunicación se asegura que las marchas se suceden año tras año, sin que se produzcan cambios importantes en el campesinado, Marcial considera que si hubo avances, especialmente políticos al interior del campesinado.
“Para nosotros, las marchas son una forma de expresarnos ante la gente, de hacer oir nuestra voz y dar a conocer nuestras propuestas, pero también de crecer como organización. Hoy tenemos a una mujer (Teodolina Villalba) al frente de la FNC, lo cual significó un gran paso en la participación política de las mujeres campesinas y una superación de nuestra mentalidad machista y patriarcal”, apunta.

Postura campesina frente a las mentiras electorales

Otro punto que diferencia a la FNC de otros movimientos campesinos, sociales o de izquierda, es que sus miembros no han respaldado a ninguna candidatura para las elecciones.
“No creemos que actualmente haya algún candidato, partido o movimiento, que plantee una verdadera transformación de este sistema socio-económico que causa pobreza y atraso. Ninguno tiene un verdadero plan de reforma agraria, desarrollo social e industrial, como el que nosotros pretendemos”, dice Marcial Gómez.
La FNC promovió el “voto protesta” en la últimas elecciones, pidiendo a sus afiliados que voten en blanco. “Lo que ofrecen a los campesinos son mentiras electorales. Incluso el Gobierno de Lugo, que se embanderaba con la reforma agraria, no hizo prácticamente nada”, cuestiona.
¿Qué hacer, entonces, ante la inacción de los gobiernos? 
Marcial es bien concreto: “Las conquistas se logran con lucha social y fuerza organizativa, para eso también son las marchas campesinas. Hoy tenemos unas 200 mil hectáreas de tierra en distintos puntos del país, con unos 40 asentamientos rurales. Eso se ganó con ocupaciones, movilizaciones, cierres de rutas, exigiendo a las autoridades que cumplan su función. Hace falta mejor infraestructura, caminos, escuelas, puestos de salud, centros productivos, pero es gente que ya está viviendo en su tierra propia y contribuyendo con su trabajo al desarrollo del país”.
Aunque todavía falta mucho por lograr, explica.
Y por eso es escuchan gritos  campesinos resonando en las calles de la ciudad…

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ANTECEDENTES: LA HISTORIA DE LAS ORGANIZACIONES CAMPESINAS DURANTE LA DICTADURA

Entre todos los sectores que resistieron a la dictadura stronista, probablemente el más constante haya sido el de los campesinos, que conforman el sector mayoritario de la población, pero a la vez el más marginado y postergado.
Al inicio del régimen stronista, comunidades y grupos campesinos empezaron a organizarse en torno a postulados del sector más progresista de la Iglesia Católica, que estimulaba procesos de concienciación y redención social de los pobres, con base en principios evangélicos de “vivir como hermanos” y “compartir solidariamente”, los que luego serían conocidos como las experiencia de las comunidades eclesiales de base y de la llamada Teología de la Liberación.
Grupos de sacerdotes como los jesuitas españoles José Luis Caravias, Francisco de Paula Oliva, Bartomeu Meliá, José Ortega, José Miguel Munárriz, entre otros, asesoraron en el proceso de consoli- dación de las organizaciones, que se denominaron Ligas Agrarias Cristianas (LAC). Tenían sus propios modelos de núcleos poblacionales y de producción agropecuaria colectivizada, y hasta su propio modelo de “educación liberadora”, a través de las “escuelitas campesinas”, que elaboraban contenidos distintos a los del sistema educativo oficial, siguiendo la línea de la “pedagogía del oprimido” que pregonaba el educador brasileño Paulo Freire.
El régimen comenzó a mirar con preocupación el nivel de desarrollo organizativo de las LAC y empezó a perseguirlos sistemáticamente, aunque ello significaba enfrentarse a la poderosa e influyente Iglesia Católica. También varios prominentes miembros de la jerarquía católica paraguaya apoyaban con mucho entusiasmo a las LAC, entre ellos el obispo de Misiones, monseñor Juan Sinforiano Bogarín.
Pero el padrinazgo de la Iglesia sobre los campesinos empezó a tener graves conflictos y llegó a la ruptura, cuando varios dirigentes se radicalizaron y decidieron pasar del modelo de la oposición pacifista o la “no violencia activa” cristiana a la lucha armada para derrocar al régimen, en alianza con sectores marxistas.
En diciembre de 1973, unas jornadas de reflexión y evaluación de las LAC concluyeron en la resolución de tomar la vía insurreccional para defender al campesinado contra los ataques del Gobierno. Los principales dirigentes campesinos que decidieron sumarse al proyecto guerrillero de la Organización Político Militar (OPM) fueron Sindulfo Coronel, Estanislao Sotelo, Corsino Coronel, José Gill Ojeda, Blasita Rodas, Constantino Coronel, Ángel Médici Vera, Martín Rolón, Silvano Flores, Arturo Bernal y Francisco López.
“Ubicando el problema del campesinado dentro del contexto político socioeconómico nacional e internacional, vieron la necesidad de trabajar sobre un proyecto que busque la sustitución del presente aparato político-militar, por otro que esté basado en los valores humanos que sostenían. Este trabajo se inició en 1974. Se unieron a los campesinos, empleados y profesionales de las zonas urbanas. Hicieron reuniones clandestinas en distintos lugares del país, en las que también participaron estudiantes secundarios y universitarios”, destaca la periodista María Luisa Ferreira en su libro Las víctimas del régimen stronista.
La represión contra las Ligas Agrarias fue dura y aleccionadora de parte del régimen, como sucedió con uno de los casos más emblemáticos. La historia de la comunidad de San Isidro de Jejuí, en el departamento de San Pedro, es una de las más heroicas y a la vez trágicas, en la resistencia contra la dictadura.
Bajo la experiencia de las LAC, en mayo de 1969, unos 150 campesinos lograron adquirir unas 230 hectáreas, en las inmediaciones del actual General Resquín. Buscaban “vivir como hermanos”, una experiencia de comunidad cristiana solidaria, inspirada en valores del Evangelio. Pero la dictadura ya había empezado la cacería contra las Ligas Agrarias. El diario Patria, vocero del Partido Colo- rado, acusaba que San Isidro era un koljós soviético comunista en medio de la selva.
En la madrugada del 8 de febrero de 1975, los pobladores fueron despertados por disparos y órdenes militares. Un pelotón al mando del teniente coronel José Félix Grau asaltó la colonia y apresó a todos sus pobladores. El pa’i Braulio Maciel, párroco local, fue baleado en la pierna.
Los ranchos fueron destruidos, las chacras arrasadas. Las tierras, por las que ya habían pagado hasta el último guaraní, fueron confiscadas. La Isla de la Utopía se convirtió en estancia. San Isidro fue borrada a sangre y fuego. Pero sus pobladores –presos, torturados, perseguidos y dispersos, con la absoluta prohibición de regresar al lugar–mantuvieron vivo el sueño. Finalmente, luego de una larga lucha, en el año 2013, pudieron obtener el título de propiedad y recuperar parte de aquella tierra.
Tras el desmantelamiento de la OPM, en 1976, con la persecución, encarcelamiento y asesinato de varios de sus dirigentes, las Ligas Agrarias se terminaron, aunque algunas experiencias aisladas buscaron continuar.
En los años 80, en algunos casos ya desprendidos de la tutela de la Iglesia Católica, aunque en otros bajo nuevas formas de relación, varios de los dirigentes de las ex Ligas Agrarias ayudaron a crear nuevas organizaciones campesinas.
Entre ellas se mencionan a la Asociación de Agricultores del Alto Paraná (ASAGRAPA), la Comisión Regional de Agricultores de Itapúa (CRAI), el Comité Central de Horticultores (CCH), la Regional Campesina de Cordillera (RCC), las Comunidades Eclesiásticas de Base (CEB), el Movimiento Campesino Paraguayo (MCP),  la Unión Nacional Campesina (UNC) “Oñondivepa”, y el Servicio Arquidiocesano de Comercialización (SEARCO). Seis de ellas se unieron luego para conformar la Coordinación Nacional de Productores Agrícolas (CONAPA), que se volvió la de mayor presencia nacional en la época, junto al MCP, que tenía una orientación más claramente marxista.
“Desde su fundación en 1986, CONAPA ha debido enfrentar una serie de dificultades. Una de ellas es el hecho de funcionar como una confederación de organizaciones diversas que no nacieron con un proyecto único o colectivo: opera con una cierta lentitud, y las organizaciones individuales que la integran cuentan con mayor cohesión y efectividad que la confederación misma. A esto hay que agregar las dificultades para generar un liderazgo a nivel nacional, además de aquellas ocasionadas por la inmensidad del espacio físico que debe cubrir y el consiguiente costo de las comunicaciones”, apuntaban los investigadores José Carlos Rodríguez y Benjamín Arditti en su libro "La sociedad a pesar del Estado".


En su caracterización del Movimiento Campesino Paraguayo (MCP), los autores señalaban que “sus planteamientos tienen mayor tonalidad política y sus métodos son más arrojados, particularmente en lo que se refiere a las ocupaciones de tierras. Se diferencia de las demás organizaciones por dos grandes motivos. Por un lado, por considerar que la cuestión agraria no es solamente  un problema económico o un ‘problema campesino’ susceptible de ser resuelto con políticas parciales, sino más bien un problema básicamente sociopolítico que requiere una propuesta de solución global; por el otro, por su postura explícitamente clasista, vale decir, por anclar la identidad y los problemas de la colectividad campesina en determinantes económicos y políticos comunes que permiten hablar de una clase social determinada”.
El MCP fue fundado en diciembre de 1980, y desde entonces alegaba haber constituido más de 68 comunidades en los departamentos de Caaguazú y Misiones. “El MCP intenta heredar la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas de los años 60, aunque sin el elemento confesional de estas. Hoy es, posiblemente, la organización campesina con mayor cohesión interna, mayor diversidad de estructuras auxiliares y mayor claridad político-ideológica acerca de lo que busca”, destacaban Rodríguez y Arditi.
El programa de lucha del MCP se basaba en 13 reivindicaciones: 1) reforma agraria integral e inmediata; 2) asistencia técnica y crediticia para todos los campesinos; 3) precio justo para los productos agrícolas, 4) libre comercialización de los mismos; 5) libertad de agremiación, movilización y expresión para todos los campesinos; 6) legalización del MCP como entidad sindical en defensa de los intereses campesinos; 7) cese del contrabando de productos agrícolas; 8) aparición con vida de los compañeros detenidos-desaparecidos, y entrega de los cadáveres de los asesinados que están en fosas comunes a sus familiares; 9) vuelta de todos los exiliados y libertad de todos los presos políticos; 10) creación de una central de trabajadores; 11) igualdad de derechos de la mujer en la sociedad, 12) derecho al estudio de la juventud campesina; 13) derecho a la jubilación campesina.
En los años 80, las organizaciones agrarias instalaron fuertemente la reivindicación de los llamados “campesinos sin tierra”, que promovieron ocupaciones masivas de propiedades pertenecientes a terratenientes, generalmente extranjeros, y de empresas multinacionales. El Gobierno acudió a los desalojos violentos por parte de policías y militares, con quema de ranchos y en varios casos asesinatos de campesinos ocupantes, mientras por otra parte procedía al reparto de tierras y habilitación de colonias a través del Instituto de Bienestar Rural.
Tanto el MCP como la CONAPA subsistieron hasta pocos años después de la caída de la dictadura, en que crisis y divisiones internas llevaron a la creación de otras grandes organizaciones campesinas, las que persisten en la actualidad, como la Federación Nacional Campesina (FCN) y la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (MCNOC).

(Este capítulo está extraído del libro “La oposición tolerada y la perseguida” de Andrés Colmán Gutiérrez, Colección 60 años del stronismo, Editorial El Lector y diario ABC Color, 2014).

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LOS CAMPESINOS EN EL MARZO PARAGUAYO

27 de marzo de 1999, mediodía: la despedida.

Empezaron a recoger sus pocas pertenencias en silencio, con gestos apenas perceptibles. Frazadas raídas, esteras de pirí, cacerolas oxidadas, platos y cucharas de lata, jarras de plástico y guampas de tereré. Desarmaron las lonas y carpas atadas con sogas a las ramas de los árboles. Despacio, muy despacio, empezaron a ponerse en marcha. Las mujeres cargaban a los niños y los hombres portaban los bultos. Algunos iban descalzos, pies curtidos y encallecidos por miles de kilómetros caminados entre el polvo, el tiempo y la soledad, como si ellos mismos fueran parte de la tierra que pisaban.
Empezaron a caminar en silencio, como si no quisieran molestar a nadie al retirarse, pero de pronto sintieron que la multitud se abría en dos para dejarlos pasar, formando un largo callejón de rostros y sonrisas amigas, de manos solidarias y lágrimas incontenidas.
Empezaron a caminar, deslizándose lentamente en medio de ese callejón humano de gente a la que ni siquiera conocían cuando llegaron a esa ciudad extraña, apenas cuatro días atrás, pero ahora sentían que ya formaban parte de sus vidas, que ya nunca volverían a sentirse forasteros en esa ciudad, ya nunca sentirían que esa tierra fuera áspera ni que esa gente fuese extraña, porque habían peleado por esa ciudad y por esa tierra, las habían defendido juntos, habían derramado su sangre sobre ella, habían dejado a sus muertos tendidos en esa plaza junto a los de ellos, y ya se sabe que nada une tanto en la vida como compartir la muerte de aquellos a los que uno ama.
Empezaron a caminar, lentamente, cuando sintieron que el rumor de los aplausos nacía despacio en un extremo de la muralla humana, un rumor seco y acompasado que empezaba a crecer a medida en que ellos avanzaban, hasta rodearlos totalmente y volverse casi ensordecedor, envolviéndolos como un viento refrescante que acariciaba el alma.
Ellos no dijeron nada. Simplemente siguieron caminando. Algunos descalzos. Algunos con el sombrero pirí en el aire en un tímido gesto de adiós.
Ya está. Ya habían cumplido la misión. Ahora era hora de dejar esa plaza y esa ciudad, hora de volver a sus valles, a sus chacras, a sus tierras lejanas, a su antigua miseria digna y combativa.
El sol se alzaba sobre las ruinas y el humo de la plaza, cuando los campesinos se marcharon en silencio, mientras los jóvenes los aplaudían en un largo y emotivo adiós.

(Fragmento de la novela: El país en una plaza, de Andrés Colmán Gutiérrez. Editorial Servilibro, 2014). 
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 Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman