Lo bueno de que tengamos cenizas de revoluciones,
es que nos dan la certeza de que en algún momento hubo fuego ardiendo, sueños
en llama viva, utopía encendida iluminando el mundo.
Lo malo es que reneguemos de ellas, atacados por alguna culposa y
macondiana gripe del olvido, o que no aprendamos de sus errores y estemos
tentados a repetirlos una y otra vez, ignorando quizás lo que alguna vez dicen
que dijo el propio Marx: la historia ocurre casi siempre la primera vez como
tragedia y luego se repite como farsa, o como comedia.
Es decir: primero Karl y luego Groucho (o viceversa).
Todavía nos cuesta aprender que, del otro lado de nuestros
lúgubres Stroessner o Pinochet, también los Lenin tuvieron a sus Stalin, y los
Che o los Sup Marcos tuvieron a su Pol Pot y a su Abimael
Guzmán.
Nada resume tanto la decadente y sin embargo romántica nostalgia
revolucionaria, vivida desde una historia personal de encuentros y desencuentros
de amor fugaz en dos tiempos, que la canción “Leningrado”,
con la exquisita poética letra de Joaquín Sabina y
música de Jaime
Asúa, contenida en el último disco del ubetense, “Lo niego todo”.
Les dejo aquí la letra y el enlace con la canción, (por cierto una
de las favoritas de Desirée).
Me doctoré en tus labios de ocasión
en una sórdida pensión de Leningrado
sin pasaporte y fuera de la ley
pero borracho como un rey desheredado
Cincuenta rublos era un potosí
y tu desnudo un maniquí de grana y oro
nos dieron llaves de la suite nupcial
que era un cuartucho de hospital… sin inodoro
Nos quedaba para un vodka con limón y un tostón de Menchevique de la esquina
cuando agonizó el palique, qué ansiedad,
te empecé a desabrochar la gabardina
No era fácil en la Unión Soviética
ir por condones a recepción
a años luz de la rutina
anidó una golondrina en mi balcón
No sé qué nos pasó ni cómo fue
que nos cruzáramos aquella noche loca
balbuceamos cursiladas todo a cien
y rodamos descosiéndonos la boca
nos matábamos de ganas de vivir sobreactuando el Vodevil de la Bohemia
no dormir era más dulce que soñar
y envejecer con dignidaduna blasfemia
Tú con boina, yo con barba, viva el Che
recién conversos a la fe del hombre nuevo
no había caído el Muro de Berlín
ni reventado el polvorín de Sarajevo
porque la revolución tenía un Talón de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón
Ayer salías, morena, de un café
ya casi medio siglo que no te veía
eras rubia, si no recuerdo mal
dije, y mintiendo, estás más guapa todavía
Me aceptaste una cerveza sin alcohol
se nos había muerto el sol en los tejados
funerales, y con nada que decir
vi en tus pupilas un añil mal dibujado
No sé por qué sigo escribiendo esta canción
pero me sangra el corazóncuando lo hurgo
supe que te casaste con un juez
y Leningrado es otra vez San Petesburgo
Ni siquiera comentamos si quedamos
pásame tu dirección
y de vuelta a la oficina
se estrelló una golondrina en mi balcón
Porque la revolución tenía un Talón de Aquiles al portador
Antoine de Saint-Exupéry vino al Paraguay en 1929 a
inaugurar la ruta Aeropostal. En San Bernardino se reencontró con Hilda
Ingenohl. Una suite del Hotel del Lago rinde homenaje a esa historia de amor.
#CrónicasDeLaMemoria
Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Lo
primero que le impresionó fue el resplandor del lago Ypacaraí, que reflejaba a
la luna como un gran espejo entre los cerros, un horizonte abrumado de colores
por las últimas luces del atardecer.
Era
enero de 1929. Habían salido de Asunción en auto, tras el intenso calor de la
siesta que sofocaba al piloto francés, pero cuando el sol empezó a ocultarse y
una fresca brisa los recibió en las calles de San Bernardino, él se fue
poniendo de mejor ánimo.
–¿Podrías
detenerte...? –le pidió a su compañero de la Aeropostal, el piloto argentino
Leonardo Selvetti, residente en Asunción, gentil anfitrión de los viajes de
Antoine de Saint-Exupéry al Paraguay.
Selvetti
detuvo la marcha en lo alto del cerro. El francés abrió la puerta y contempló
admirado el paisaje de esa villa fundada por inmigrantes alemanes en 1881.
Quizás fue allí cuando le impresionó la silueta del cerro Patiño, al otro lado
del lago, que parecía tener la rara apariencia de un sombrero, cuando en
realidad era la forma de un elefante tragado y digerido por una boa. Habría que
dibujarlo...
El auto
cruzó la densa vegetación de un pequeño bosque tropical, hasta detenerse frente
al pintoresco edificio del Hotel del Lago. Guillermo Weyler salió a recibirlos,
junto con su esposa y una mujer elegante, de sonrisa felina, que apenas divisó
a Antoine, acudió a abrazarlo.
Era
Hilda Ingenohl, La Tigresa. Nacida en París, Francia, aunque de ascendencia
alemana, millonaria y aventurera, llevaba cuatro años viviendo en Paraguay,
desde que llegó a visitar a sus tíos, los Weyler, propietarios del Hotel del
Lago y se enamoró del lago Ypacaraí. Compró una propiedad de 200 hectáreas en
la zona, pero su residencia preferida era una suite del hotel, en una de las
torres de estilo medieval.
"Hilda
fue una mujer muy libre para su época, una de las primeras mujeres aviadoras
del mundo. Se conocieron con Antoine en París, en una escuela de aviación.
Cuando supo que él vendría al Paraguay, le invitó a pasar unos días en San
Bernardino y los relatos aseguran que fue una historia de amor y pasión que se
repitió en un segundo viaje", relata el diseñador y artista plástico
Osvaldo Codas, actual gerente del Hotel del Lago, quien ambientó la misma suite
con el nombre temático de Torre de la
Tigresa para perpetuar esa leyenda. FURTIVOS. Hay pocos datos sobre
los viajes de Antoine de Saint-Exupéry al Paraguay, y menos aún sobre su
romance con La Tigresa.
El
escritor Augusto Roa Bastos relató: "Antoine de Saint-Exupéry fue a
Asunción a inaugurar ese tramo a Buenos Aires, mucho antes de que escribiera El
Principito... Hérib Campos Cervera lo encontró cerca de la Estación Central.
Contaba que se sentaron a conversar en la Plaza Uruguaya, y que Hérib, en su
mal francés, le relató el último concierto que el guitarrista Agustín Barrios
dio allí, tras acarrear él mismo los bancos de la plaza para que la gente
pudiera sentarse".
Mabel
Selvetti, hija del también pionero de la aviación Leonardo Selvetti, cuenta que
Antoine y su padre inauguraron el correo aéreo desde Buenos Aires hasta varias
ciudades de Sudamérica, entre ellas a Asunción, pilotando los frágiles aviones
Laté 25, de la empresa Latecoere.
"Él
se quedó varias veces hospedado en nuestra casa, también en el Hotel del
Paraguay y se iba a San Bernardino, pero en mi familia nunca comentaron del
romance con Hilda. Él era un caballero francés, le gustaba la buena vida",
recuerda Mabel.
Antoine e Hilda en Francia, cuando aprendían juntos a pilotar aviones.
AVENTURA. Antoine tenía 29 años
cuando vino por primera vez al Paraguay. Había publicado sus dos primeros
libros: El Aviador y Correo del Sur. Hilda era mayor, tenía 40, pero derrochaba
sensualidad, provocando la fascinación de una mujer libre y aventurera.
"Antoine
admiraba a Hilda por su especial forma de ser. La de ellos fue probablemente
una relación especial, de amigos y amantes, de compinches de aventura y del
placer de volar. Rodearon sus encuentros de cierta discreción, por eso
probablemente esa relación casi no se menciona en la biografía oficial",
dice Osvaldo Codas.
Antoine
conocería en esos días, en Buenos Aires, a quien luego fue su esposa, la
millonaria salvadoreña Consuelo Suncín. Hilda seguiría en Paraguay y acabaría
casándose con un hombre de apellido Roger. Probablemente, ninguno de los dos
olvidaría esos encuentros furtivos en el viejo hotel de San Bernardino.
–"Una noche tibia nos
conocimos...".
–"Lo esencial es invisible a los
ojos...".
***
El Hotel del Lago, en San Bernardino, en la actualidad. La torre de la derecha es la Suite de La Tigresa.
Entre tigres, aviones y
guerra en el Chaco
La
llamaban La Tigresa. Según algunas versiones, porque cazaba tigres. Osvaldo
Codas afirma que fue todo lo contrario: "Ella rescataba y protegía a los
tigres ante el peligro del exterminio. Tenía varios especímenes en su propiedad
y la acompañaban como mascotas. Fue también una pionera del
ambientalismo".
Mathilde
Bertha Emma Ingenohl, Hilde o Hilda, era hija del comerciante alemán Karl
Heinrich Ingenohl, de Bonn, aunque nació en París, Francia. Según algunas
fuentes, como Cristian Ganser, en su libro “Historia documental de San
Bernardino" (Editora Litocolor, 1997), Hilde Ingenohl habría nacido el 22
de marzo de 1874. En otras biografías,
como la del Portal del Observatorio Cultural, se menciona que nació en 1889.
Estudió
música en Leipzig, con el gran maestro húngaro Arthur Nikisch. Se alistó como
enfermera en la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Aprendió
a pilotar aviones en la École Militaire,
la Escuela Militar de Francia, donde conoció a un joven Antoine de Saint
Exupéry, relación que se mantendría en el tiempo.
EN PARAGUAY. Tras
el final de la Primera Guerra Mundial, Hilda viajó a Montevideo, Uruguay,
invitada por su amiga Grete Goetsch, quien era esposa del embajador alemán para
Uruguay y Paraguay.
Hilda
se dedicó a viajar por países de América del Sur, relacionándose con artistas,
intelectuales y gente de mundo de la medicina. Aceptó ser directora del
Hospital Alemán en Rosario, Argentina.
En 1925
llegó por primera vez al Paraguay, para visitar a sus parientes, los Weiler,
dueños del Hotel del Lago en San Bernardino. Quedó encantada con el lugar y
decidió adquirir una propiedad de 200 hectáreas junto al Lago Ypacaraí, en la
zona del ex hotel, donde hoy funciona el Centro Residencial de Adultos Mayores
del Instituto de Previsión Social (IPS).
MÚSICA. "Todos recuerdan a
Hilda como una mujer excéntrica, amante de los aviones, los animales y la
música", narra Osvaldo Codas, uno de los principales investigadores sobre
su historia.
Daba
clases de música a niños y jóvenes de San Bernardino y llegó a formar una
orquesta sinfónica, que ofrecía conciertos en el Hotel del Lago y en las playas
de Sanber.
"Se
hizo muy amiga del gran maestro Remberto Giménez, a quien donó su piano de
cola, que hoy se conserva en la Escuela de Música Remberto Giménez, de
Itá", relata Osvaldo.
Decidió
que la Torre Norte del Hotel del Lago sería su residencia más querida y allí
recibió en dos ocasiones a su amigo Antoine de Saint Exupéry, durante largos
días. Solo las paredes conocen los detalles de lo que pasó allí.
Cuando
estalló la Guerra del Chaco (1932-1935), Hilda fue a alistarse como aviadora,
pero por su edad madura (tenía 43 años) la enrolaron como enfermera.
Ayudó a
curar a muchos soldados paraguayos y compartió el dolor de ese pueblo que
aprendió a amar. Luego regresó a Bonn, Alemania, donde murió en 1953, aunque
algunas biografías mencionan que murió en Asunción, en 1958.
Las
imprecisiones acerca de su vida y su muerte son parte de los misterios que la rodearon…
Hilda en la Guerra del Chaco, enrolada como enfermera voluntaria.
***
El Paraguay en la obra
de Antoine de Saint Exupéry
“Una
biznieta de Antoine de Saint-Exupéry me escribió desde Francia, contándome que
en su familia saben que el famoso dibujo del sombrero, que está en el libro El
Pincipito,
está inspirado en la figura de un cerro junto a un lago del Paraguay”, asegura Osvaldo
Codas.
De este
modo se refuerza la versión de que la imagen, que según el libro es realmente
de una boa que se tragó a un elefante, reproduce la silueta del cerro Patiño,
vista desde la playa de San Bernardino o desde el mirador de Altos.
En su
libro Tierra de Hombres, el autor francés también nombra a nuestro país: “Me
atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que muestra la raíz entre el
pavimento de la capital y que, de parte de los bosques vírgenes, llega a ver si
los hombres mantienen aún la ciudad…”.
El célebre dibujo del libro El Principito, que representa a un elefante tragado por una boa.
Vista del Cerro Patiño, al otro lado del Lago Ypacarai, desde las serranías de San Bernardino-Altos.
En realidad desconozco si se metieron así dentro de mi bolso en el momento en que pasé a realizar mis compras habituales en la Feria de los Hortigranjeros, frente a la Terminal de Ómnibus de Ciudad del Este.
Recuerdo que cuando el vendedor me pasó el mazo de zanahorias orgánicas no percibí nada extraño. Recién al llegar a casa, cuando fui sacando las frutas, las verduras, el queso y los huevos, y disponiendo todo sobre la mesa de la cocina, advertí el curioso fenómeno: las dos jóvenes zanahorias estaban fuertemente entrelazadas y no había forma de separarlas.
Sobre todo una de ellas se enroscaba alrededor de la otra, con un abrazo de boa constritora, y se negaba a soltarla.
No sé nada del sexo de las zanahorias. No sé si son héteros, o gays, o lesbianas… pero confieso que tanta pasión me deja admirado.
Por de pronto he renunciado a comérmelas en la ensalada. Me da no se qué destruir esa relación tan poco vegetal.
He optado por dejarlas allí, disfrutando de su momento íntimo en un fresco rincón del refrigerador.
Sé qué tarde o temprano se marchitarán sin remedio.
Para que no digan que estoy loco, y para preservarlas en el tiempo, les he tomado esta fotografía.
Ahora están allí… escucho ruidos sordos dentro de la heladera.
Temo que descongelen los cubitos y hagan hervir los vinos.
Pero bueno… que lo disfruten.