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domingo, 1 de marzo de 2020

Amoite Cerro Corápe…






A 150 años, la muerte de López todavía conmociona al Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez  - @andrescolman
Fotos: Andrés Catalán
DESDE CERRO CORÁ, AMAMBAY


El Aquidabán Nigui es apenas un delgado hilo de agua que se desliza entre pedregullos y matorrales. Un arroyo tan pequeño, todavía limpio y transparente, que en su rumoroso fluir puede relatar sin embargo una historia tan inmensa, tan trágica y gloriosa a la vez, para quien sea capaz de comprender su hídrico lenguaje.
Así lo confirma la canción Cerro Corá del recordado poeta guaraní Félix Fernández y del gran músico Herminio Giménez:

“Osyry pe Aquidabán
culantrillomi apytépe
iñe’ême omombe’u
ñanderu omano hague”.

(Corre el Aquidabán
entre las hierbas de culantrillo
y en su lenguaje cuenta
que ha muerto nuestro padre).

–Fue aquí, en este mismo lugar, en donde mataron al mariscal López– dice Perla Vázquez, jefa del Parque Nacional Cerro Corá, señalando un punto entre los matorrales, a orillas del arroyito.
En el lugar señalado hay un monolito de piedra que envuelve a un busto de metal del mariscal Francisco Solano López, el presidente y jefe del Ejército paraguayo que resistió durante más de cinco años, desde 1864 hasta aquel 1 de marzo de 1870, a las tropas aliadas de Brasil, Argentina y Uruguay, en una de las guerras más cruentas y desiguales de la historia latinoamericana.
Fue aquí, hace exactamente 150 años, en donde la Guerra Guasu llegó a su fin.

La tumba del Mariscal López y su hijo Panchito, en el Parque Nacional Cerro Corá.

EL CERCO FINAL.
Son pocos los testimonios de primeras fuentes acerca de cómo fue la muerte de López en Cerro Corá, aquel 1 de marzo de 1870 y no siempre coinciden.
El sacerdote Fidel Maíz, que acompañó a López en gran parte de la contienda, narra en sus memorias que López y su ejército llegaron al valle rodeado de cerros el 8 de febrero de 1870 “apenas con algo más de 400 hombres, reducidos a la más postración, sin ropas ni víveres, sin más esperanza que sucumbir bajo la presión del hambre y de miserias increíbles”.
El ejército brasileño, al mando del general José Antonio Correa da Cámara, se había desplazado a la caza de López, junto a otros jefes militares como Floriano Peixoto, Francisco Antonio Martins, Silva Tavares y Silva Paranhos.
López instaló fuerzas para intentar contener el avance, pero los defensores nada pudieron hacer ante la superioridad numérica de los atacantes.
El general Isidoro Resquín, uno de los sobrevivientes, relata que “este último y sangriento combate en Cerro Corá duró nada menos que unos quince minutos (...) fue derrotado y vencido por completo el ejército (paraguayo), después de haber luchado cinco años, defendiendo la honra e integridad de su patria”.
En un primer enfrentamiento, el mariscal López, montado sobre su caballo, se enfrentó a golpes de espada con varios atacantes, ocasión en que fue herido de un lanzazo en el vientre por el brasileño Francisco Lacerda, el célebre Chico Diabo. También recibió un hachazo en la sien. Dos de sus oficiales lo cubrieron, para evitar que sea ultimado en ese lugar.

La cruz de los héroes, en un sector central del Parque. Derrama agua como lágrimas a una fuente.

LA MUERTE DE LÓPEZ.
El coronel Silvestre Aveiro, otro de los que acompañaron al mariscal López en ese momento final, cuenta que él le pidió que lo siga para salvarlo.
Se internaron a caballo en la espesura, hasta que ambos cayeron. Siguieron a pie, ayudándose, hasta orillas del Aquidabán Nigui. Se les unió el soldado Ignacio Ibarra. Fue allí donde fueron alcanzados por los brasileños. Apareció el general Cámara, quien según versiones le intimó a López a rendirse.
Relata el general Isidoro Resquín: “Al oír el mariscal López proferir semejantes palabras, les contestó con toda la energía de un valiente que no se rendía y que estaba dispuesto a sacrificar todo por su querida patria. Inmediatamente (...) recibió con heroísmo las balas de la fuerza de Brasil, con lo que entregó su vida al Creador”.
El coronel Silvestre Aveiro relata que Cámara intercambió algunas palabras con López, pero solo alcanzó a escuchar la palabra patria. “Después en Río de Janeiro se publicó y supe que cuando fue a intimarle rendición el general Cámara, había dicho López: ‘¿Me garante lo que le pido?’ Y con la repuesta de que no podía garantizarle más que la vida, había dicho: ‘¡Entonces muero con mi patria!’, levantando su espadín”.
Hasta ahora, 150 años después, se sigue discutiendo si López realmente pronunció la frase “muero con mi patria” o “muero por mi patria”.

Reliquias en el museo de entrada al Parque Cerro Corá.

MEJORAS EN EL PARQUE.
El lugar en donde el mariscal López fue ultimado, ocasión en que se puso fin a la Guerra Guasu, es hoy un Parque Nacional de 5.538 hectáreas, administrado por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades).
El Parque fue creado por decreto del dictador Alfredo Stroessner en 1976. Está ubicado en el Departamento de Amambay, en el Noreste del Paraguay, a 494 kilómetros de Asunción y a 40 kilómetros de la ciudad de Pedro Juan Caballero, junto a la frontera con el Brasil.
Un equipo de cinco guardaparques, dirigidos por una mujer, Perla Vázquez, se encarga del manejo y del control del espacio histórico y ambiental. Perla es pilarense y ocupa el cargo desde hace dos años. Es la primera mujer que dirige un parque nacional, rompiendo un esquema que hasta entonces había sido manejado solo por hombres. “Es una gran responsabilidad dirigir un espacio tan valioso, con tanta significación en la historia nacional. Recibimos muchos visitantes, durante el 2019 llegaron 16.750 personas, incluyendo a muchos turistas brasileños, argentinos y uruguayos, personas que son de países que pelearon contra el Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, pero que sin embargo se declaran admiradores del mariscal López y muy a favor de la causa del Paraguay”, explica.
Ella relata que suele ver cómo muchos visitantes se emocionan y derraman lágrimas al llegar al lugar en donde López fue muerto por los soldados brasileños. “Es impresionante cómo la gente se sigue conmoviendo con esta historia, aunque haya transcurrido un siglo y medio”, apunta.
El Parque Cerro Corá, cuya infraestructura suele quedar olvidada durante gran parte del año, ha recibido un fuerte espaldarazo en obras de mejoramiento en la semana previa al 1 de marzo.
Cuando visitamos el lugar, varias cuadrillas de obreros trabajaban contra reloj, incluso con turnos nocturnos, para poder acabar a tiempo la reconstrucción de un sistema de pasarelas de metal, denominado Paseo de los Héroes, que conduce al sitio donde mataron a López, como a la simbólica tumba que le rinde homenaje a él y a su hijo Panchito, el coronel Juan Francisco López Lynch, asesinado a pocos metros de donde murió su padre, cuando solo tenía 15 años de edad. Además, se restauró el sistema hidráulico que arroja agua desde la gran cruz en el centro del parque y se dotaron rampas inclusivas al monumento principal, en donde se llevará a cabo el acto de evocación por los 150 años.

Visitantes en Cerro Corá, el mayor Hugo Ojeda y su familia,

EL MARISCAL EN LA MEMORIA.
A 150 años de su muerte, Francisco Solano López sigue provocando pasiones, dividiendo a sectores del Paraguay, como a los propios historiadores, en “Lopistas” y “antilopistas”, entre quienes lo consideran “héroe máximo” como a quienes lo llaman “tirano” y el principal responsable de una guerra que diezmó al Paraguay.
El historiador Hérib Caballero Campos declaró al periódico británico The Guardian que ningún otro país latinoamericano ha pasado por lo que pasó el Paraguay con la Guerra de la Triple Alianza. “Es por eso que (la Guerra) ha dejado una marca tan fuerte en la conciencia colectiva paraguaya”, indicó.
La figura de Francisco Solano López, declarado oficialmente como “Héroe Nacional sin Ejemplar” por el Gobierno del general Rafael Franco, en 1936, que decretó el 1 de marzo como el Día de los Héroes, ha sido reivindicado por gobiernos de grandes estadistas demócratas como el liberal Eligio Ayala, por dictaduras de derecha como la del general Alfredo Stroessner, mientras en las antípodas ideológicas, el entonces clandestino Partido Comunista Paraguayo mantenía un grupo de guerrilla que combatía a Stroessner con el nombre de Columna Mariscal López, bajo el mando del legendario comandante Agapito Valiente. También el actual grupo armado criminal denominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) adopta como símbolo al Mariscal López.
“El Lopismo es una construcción ideológica estructurada en los años 20, como forma local del nacionalismo. Como muchos nacionalismos, porta contenidos fuertemente antidemocráticos y militaristas, defendidos primero por los colorados, asumidos desde la década del 30 por el partido comunista paraguayo y por la derecha nacionalista liberal” ha señalado la historiadora Milda Rivarola, una de las investigadoras con posturas críticas ante la figura del mariscal.
Desde otro ámbito, el político e historiador uruguayo Vivia Trías, ha señalado que “los López demostraron que era posible y viable un modelo de desarrollo liberador de nuestras patrias. Probaron el acierto de Moreno y Artigas. Para que su experiencia fracasara hubo que aniquilarla con una guerra implacable y abrumadora. Pero la propia guerra demostró cuán difíciles, arduos e inciertos son el desarrollo y la liberación sin la unidad continental; en especial para las naciones pequeñas. La idea vive y es más necesaria que nunca. Hoy hay que unir patrias y no provincias. El problema es distinto, pero la solución es la misma: Unidad y liberación. Es un largo y dramático proceso, plagado de esperanzas y desengaños, de sombras y de luces. Entre las últimas, pocas tan deslumbrantes y alentadoras como el Paraguay de los López”.

La lista de los principales oficiales caídos en Cerro Corá. Monumento en el lugar.
CERRO CORÁ, A 150 AÑOS.
El mayor de Caballería Hugo Ojeda es uno de los visitantes a quien encontramos en Cerro Corá. Aprovechando días libres, él ha llegado desde Pilar con su esposa y su hija para conocer por primera vez el sitio donde murió el mariscal.
“Como paraguayo y como militar, admiro la manera en que defendió la soberanía territorial de nuestro país, el principio de nuestra independencia. Se puede hacer muchas críticas, pero tenía valores que pocos gobernantes tuvieron después”, señala.
Detrás de él y sus familiares encontramos a un grupo de visitantes brasileños. “A nosotros, en el Brasil, nos enseñan en la escuela que la Guerra del Paraguay fue para liberar al país de un tirano, pero creo que esa no es la verdad. Leí a otros autores que muestran que Solano López fue un héroe. Por eso venimos a conocer el lugar donde murió”, relata Moacir Ferreira, comerciante de Corumbá, Mato Grosso do Sul.
Tanto el militar paraguayo como el comerciante brasileño han coincidido aquí, 150 años después. Ambos se mantienen en silencio mirando al busto de metal de aquel hombre odiado o admirado, dejando que el rumor de las aguas del Aquidabán Nigui les cuente su propia historia.

Perla Vázquez, jefa encargada del Parque Nacional Cerro Corá, con su equipo de guardaparques.

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(Crónica publicada en la edición impresa del diario Última Hora de Asunción, sección Política, edición del domingo 1 de marzo de 2020).

lunes, 12 de noviembre de 2018

Las campanas de Casado doblan por los héroes del Chaco


Con el pa'i Zsislaw Zsiasek, en el campanario de la iglesia de Casado.

–Tam… tam… tam.
El estruendo metálico de las campanas quiebra súbitamente la ardiente quietud de la tarde chaqueña, recorre las calles polvorientas de Puerto Casado, penetra en los galpones dormidos de la vieja fábrica taninera, acaricia los herrumbrados restos de antiguas máquinas sobrevivientes de una época de esplendor y opresión latifundista que hoy solo acumulan polvo, silencio y soledad.
El sacerdote polaco Zislao Zsiasek, párroco de la iglesia San Ramón Nonato, abre el enorme candado que protege el acceso a la torre del campanario y nos conduce por una vieja escalera de madera que cruje a cada paso. Arriba están las tres campanas de pesado bronce con nombres de mujer: Casilda, Margarita y Genara, dos de ellas corresponden a los de las hijas del latifundista español argentino Carlos Casado del Alisal, quien tras la Guerra de la Triple Alianza llegó a ser dueño de 6.500.000 hectáreas de tierra en el Chaco paraguayo.
–¡Miren…! Aquí están, perfectamente legibles, como si hubiesen sido escritas apenas ayer –dice el pa’i Zislao, mostrando las inscripciones hechas a lápiz que llenan la parte interior de las campanas.
En una de ellas se puede leer, perfectamente: “Recuerdo de mi ida al frente. R. Narváez. Octubre 20, 1933”. Y más abajo: “De vuelta del frente, 26 abril de 1935”.
Y al lado, otra de las inscripciones: “Recuerdo del sargento primero Alfredo Gamarra, a la vuelta del frente-1935”.

Las inscripciones en el interior de las campanas de la iglesia San Ramón Nonato, de Casado.
Memoria viva
Han pasado más de ocho décadas y las leyendas siguen allí, intactas, resistentes al tiempo, a pesar de que la mayoría fueron hechas con lápices de carbono.
“Puerto Casado era el lugar de desembarque de la tropas paraguayas que acudían para pelear en la Guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia. Los barcos llegaban hasta aquí repletos de soldados, que luego eran subidos en los trenes de la empresa Carlos Casado para ser llevados hasta los sitios de batalla”, cuenta el pa’i Zislao.
Mientras esperaban ser llevados hasta el frente, los soldados y los oficiales visitaban la Iglesia y subían al campanario de la iglesia de Casado para dejar sus mensajes en el interior de las campanas. La superficie porosa del metal fraguado ayudó a preservar las inscripciones, que se mantienen como memoria viva, casi un siglo después.
“Dejaban sus letras como una ofrenda, junto a las promesas que le hacían a la Virgen María Auxiliadora, para que puedan retornar vivos de la guerra. Muchos pudieron lograrlo y al regreso dejaron también sus escritos como señal de gratitud. Pero hay otras leyendas que solo tienen fecha de ida, ya no de vuelta. Son de los que dejaron su vida en las trincheras”, explica.
El pa’i Zislao es salesiano y lleva 41 años de sacerdocio en el Paraguay, de los cuales 39 los ha vivido en la región chaqueña acompañando a los pobladores en sus penurias y esperanzas.
Apoyó la lucha del pueblo originario Maskoy en los años 80 por conquistar sus tierras en Riacho Mosquito y la de los habitantes de Casado en los 90 para lograr la expropiación del ejido urbano, cuando la empresa taninera vendió sus tierras a la secta Moon con toda la gente adentro.
“A pesar de los avances, Alto Paraguay y gran parte del Chaco siguen siendo un territorio olvidado por el Estado. Basta que caiga una lluvia para que la gente se quede aislada y sin caminos durante semanas o meses”, destaca.


Soldados paraguayos marchando al frente de la Guerra del Chaco en los ferrocarriles de Casado.
Los antiguos trenes de la empresa taninera, hoy expuestos como reliquias en la rústica Costanera de Puerto Casado.

Un olvidado ferrocarril heroico
Tres pequeñas locomotoras permanecen estacionadas actualmente en la rústica costanera de Puerto Casado, como las piezas de un descuidado museo que se exhibe al aire libre.
Son las mismas que transportaron a los soldados de la Guerra del Chaco desde el puerto de Casado hasta Punta Riel, cerca de Filadelfia. En ellas viajaron el gran músico y poeta Emiliano R. Fernández, como el adolescente Augusto Roa Bastos.
 “Durante 1932 a 1935, en defensa de la patria, los trenes de Casado recorrieron  276, 480 kilómetros, transportando 243.621 oficiales, tropas y prisioneros, como así también 2.408 camiones. Para ello se dio movimiento a 25.794 vagones”, destaca el blog Historias del Ferrocarril Paraguayo.
Por esta cooperación, el mariscal José Félix Estigarribia, comandante del ejército paraguayo en la guerra, le obsequió al industrial y latifundista Carlos Casado el primer fusil boliviano capturado en Boquerón el 9 de setiembre de 1932.
Fachada actual de la histórica iglesia San Ramón Nonato, en Puerto Casado.
Campanas-Museo
Desde lo alto del campanario de la iglesia de Casado se observa el paisaje de una historia grande que se está deteriorando por falta de valoración del patrimonio histórico.
Una antigua grúa que se utilizaba en el puerto ahora duerme junto al barranco del río, cubierta de vegetación.
En el interior de las campanas, los mensajes de los héroes del Chaco se resisten a morir y cada vez que ellas doblan llamando a misa o a celebrar algún acontecimiento popular, también doblan por los sueños que allí dejaron registrados aquellos jóvenes combatientes.

lunes, 9 de julio de 2018

Las destinadas en Yhú: Operación rescate de una historia olvidada




Más de 2.000 personas fueron confinadas por el mariscal López en 1869. El lugar estuvo perdido por mucho tiempo. A 150 años, el Municipio busca convertirlo en patrimonio histórico y sitio de atracción. Además, una historia en cómic relata esa poco conocida epopeya.  

Andrés Colmán Gutiérrez @andrescolman

Fotos y video: Desirée Esquivel

El 21 de marzo de 1869, en los meses finales de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), un contingente de 2.021 personas, principalmente mujeres, ancianos y niños, empezaron a llegar a la entonces lejana villa de Yhú enviadas en confinamiento por el mariscal Francisco Solano López, por ser familiares de los presuntos traidores, juzgados en los tribunales de sangre de San Fernando.
“A todas las traidoras que iban llegando a Yhú, el juez de paz les anotaba minuciosamente en un libro y les notificaba que bajo ningún pretexto podían alejarse del pueblo a la distancia de una legua, en todas las direcciones, so pena de ser consideradas como desertoras y penadas con lanceamiento”, relata Héctor Francisco Decoud, quien era un niño de 10 años cuando acompañó a su madre Concepción Domecq y a otros familiares en el largo calvario.
Las destinadas permanecieron en Yhú desde marzo hasta setiembre de 1869. El sitio del caserío en donde fueron ubicadas quedó en los relatos orales como Destinada Campamento Kue, pero su ubicación se había perdido en la memoria colectiva.
Tras la publicación de una historieta de Andrés Colmán y Enzo Pertile en el álbum de cómic Epopeya Guerra Guasu en 2016, Eladio Jara, padre del actual intendente municipal de Yhú, Arturo Jara Espinoza, ayudó a encontrar el sitio, un campo desolado a 3 kilómetros del centro urbano, al costado de la flamante ruta 13. 

Así se ve actualmente el lugar donde estuvo el campamento de las destinadas, en Yhú.
RESCATE. “Es una parte de la historia de la que no se quería conocer tanto, hasta hace poco. Ahora los jóvenes tienen otra visión y es necesario rescatar esta memoria”, dice el intendente Jara, quien busca recursos y apoyo para convertir el lugar en patrimonio histórico y en un sitio de atracción.
"La idea es construir un monumento recordatorio sobre la ruta 13, a la entrada de la ciudad, frente al lugar donde estuvo el campamento, y poder inaugurarlo en el 2019, cuando se cumplirán los 150 años del paso de las destinadas por Yhú”, destaca.
 Eusebio Jara, bisabuelo del intendente, era un niño que pudo presenciar el episodio de las destinadas en 1869 y fue su relato oral, transmitido a sus descendientes, el que ayudó a ubicar el sitio exacto donde estuvo el campamento, al igual que un antiguo cementerio en las cercanías de la Laguna Verá, un espejo de agua que actualmente es también un sitio de atracción natural en las afueras de Yhú.

HEROÍNA. Junto a la puesta en valor del antiguo campamento de las destinadas, las autoridades también buscan rescatar la figura de María Ana Paredes de Villagra, una pobladora yhuense de la época, que es mencionada en las memorias de la madama francesa Dorotea Duprat de Lasserre, una de las sobrevivientes de aquel episodio, como una mujer que desafió las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las cautivas en la “cárcel sin murallas”.
En sus apuntes, publicados por primera vez en 1871, madama Dorotea relata: “Nunca me olvidaré de esa campesina, de maneras nobles y bondadosas, reuniendo en sí todas las cualidades de una gran señora, que aunque en camisa y haciendo toda clase de trabajos puede sin recelos ocupar un buen lugar en un palacio. Me la figuro siempre con su sonrisa buena y su porte gracioso y majestuoso a la vez, trayendo a mamá el almuerzo a la cama. La mujer que describo es una paraguaya, una excepción, se llama María Ana Paredes de Villagra, nacida y criada en Yhú. Esa mujer me hizo pasar el tiempo sin sentirlo”.
Yhú, a 50 kilómetros de la ciudad de Caaguazú, pudo romper el aislamiento de largas décadas con la culminación del asfaltado de la ruta 13, que se conoció como “la ruta de la mentira” por las promesas incumplidas. La vía conectará con la ciudad de Ypejhú, Canindeyú, en la frontera con Brasil.
Recuperar nuestra rica historia de la época de la Guerra Guasu nos permitirá ofrecer nuevos atractivos a los visitantes”, sostiene Arturo Jara.

Con Arturo Jara Espinoza, intendente municipal de Yhú, en la histórica Laguna Verá.
Portal de entrada a la ciudad de Yhú, desde a ruta que llega de San Joaquín.
RESIDENTAS 
Una historia en cómic, con guion de Andrés Colmán Gutiérrez, dibujos de Enzo Pertile y colores de Edgar Arce, publicada en el álbum Epopeya Guerra Guasu en octubre de 2016, bajo la edición de Javier Viveros.  



























lunes, 26 de febrero de 2018

El trueno entre las sábanas

Un cuento de Andrés Colmán Gutiérrez

Ilustración de Juan Moreno


L
a espasmódica lancha militar, cargada de jóvenes reclutas, atracó en horas de la tarde junto a las altas barrancas de Puerto Casado. Augusto había hecho la mayor parte del viaje acodado en los bordes de la embarcación, observando el paso de las aldeas, devolviendo el saludo de los pobladores y apreciando las fugitivas siluetas de las palmeras en el agreste paisaje costero. Después del mediodía, las altas chimeneas de la fábrica emergieron en el horizonte.
–¡Tengan cuidado al bajarse, reclutas! –gritó un oficial desde la proa– ¡Manténganse en fila, que van a ser inspeccionados…!
Junto al muelle había buques artillados y lanchas cargadas de provisiones, varias tiendas de lona, camiones y tropas de soldados en marcha.
–¡Ya estamos en el Chaco, Carpincho! ¡Comienza la gran aventura…! –exclamó Carlos, mientras recogía la pesada maleta que traía consigo, como si iniciara una gira por Europa.
Augusto llevaba un raído bolso de lona, el mismo que lo acompañaba desde Iturbe con un par de camisas y pantalones, calzoncillos, medias, toalla, navaja, linterna, cuaderno, plumas y media docena de libros. Mientras subían por un precario puente de maderas, contempló las escenas con la misma voracidad con que miraba todo desde que se fugaron del Colegio San José, ilusionados con sumarse a los batallones de soldados que iban a pelear contra Bolivia.
En la fila tras bajar a tierra, se encontró frente una mesa y a un severo oficial con una planilla, que lo miró inquisitoriamente.
–¿Nombre y edad…?
–Augusto José Antonio Roa Bastos, 18 años, mi capitán.
–¿Mba’e…? Soy sargento. ¡Pero usted no tiene 18 años…! ¡A ver, sus papeles!
Tratando de disimular su nerviosismo, el adolescente le pasó una arrugada partida de nacimiento.
–¡Acá dice que tiene apenas 16! ¿Se escaparon de la escuela…? –le reprochó el militar.
–¡Queremos ir al frente a pelear por la Patria, mi sargento! –contestó Augusto, tratando de que su voz no sonara tan infantil–¡Estamos preparados…!
–¡El general Estigarribia me va a mandar fusilar si envío a otro mita’i tepotí al frente…! ¡No…! ¡Se van a quedar aquí, trabajando como tambovera! ¡Llévenlos a la cocina…!
Dos energúmenos de verde olivo lo agarraron de los brazos. Otros se llevaron a sus compañeros. Augusto se sacudió y trató de liberarse.
–¡No…! ¿Qué hacen…? ¡Déjenme…!
Cuando intentó escapar, uno de los energúmenos lo aferró del cuello, lo alzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo y lo arrojó al suelo con tanta violencia, que al caer levantó una nube de polvareda.
Tosiendo y escupiendo sangre, intentó incorporarse. Al levantar la vista vio unos ajados zapatos de mujer, dos piernas macizas y morenas, un guardapolvo de campaña que alguna vez fue blanco y un picaresco rostro femenino enmarcado por una cofia de enfermera. Con los brazos cruzados, la mujer lo miró divertida y luego le pasó la mano para ayudarlo.
–¿Estás bien, querido…? –le preguntó ella.
–Sí, no fue nada –dijo el chico, mirando al suelo.
La mujer tendría unos 25 años de edad y parecía deleitarse al sentir que los oficiales y soldados la miraban embobados.
–Sargento Silva, necesito un ayudante en la enfermería. ¿Me puedo quedar con este? –dijo la mujer, tomando a Augusto del brazo como si fuera una mascota, mientras encaraba al oficial de las planillas.
–Otra cosa lo que vos buscás, Salu-í –respondió Silva, clavando en ella sus ojos lujuriosos–, pero está bien. Quedate con él. ¡Los demás, a la cocina…!
La mujer ayudó a Augusto a recoger su bolso. Sonrió al sentir que el sargento Silva se le aproximaba por detrás, hasta quedar muy pegado a su cuerpo.
–¡Esta noche te paso a cobrar los favores que ya me debés…! –le dijo.
–¡Ay, che papá…! Siempre que no vengas con las manos vacías…
Salu’i oprimió los cachetes de Silva entre sus dedos con un fingido aire de seducción y después le dio un suave empujón, obligándole a tomar distancia.
–Vení conmigo –Le indicó a Augusto-. No te preocupes, pronto verás otra vez a tus amigos…
Él se echó el bolso al hombro y la siguió.
Mientras iban caminando, pasaron junto a ellos varios camiones, con las carrocerías repletas de eufóricos reclutas.
–¿Van al frente…? –preguntó Augusto–. ¡Quisiera tanto ir con ellos…!
Salu’i lo encaró con un gesto sombrío que alarmó al chico.
–Eso decís porque no sabés lo que hay allá. Yo los veo ir así, tan llenos de vida, pero casi todos vuelven en pedazos… ¡si es que vuelven!
El adolescente sintió que ella no lo entendía, que ninguno de los que estaban allí lo entendían. Se puso repentinamente furioso.
–¡Yo vine al Chaco para vivir grandes aventuras y conocer historias, no para servir en una cocina o un hospital…!
Ella lo miró con severidad maternal.
–La guerra no es una aventura, mita’i. ¡Es una pesadilla!
Siguió caminando, de prisa, con visible enojo. Augusto corrió tras ella. El polvoriento sendero se alejaba de las casas del puerto hacia un sector en donde había enormes galpones y tiendas de carpas con cruces rojas y blancas.
Ella volvió a detenerse y a encararlo de nuevo. Su enojo había desaparecido.
–¿Para qué querés conocer las historias?
–Para ponerlas en un libro. ¡Quiero ser escritor!
Augusto abrió su bolso y le mostró un cuaderno grande, de tapas duras. Ella le guiñó un ojo, sonrió y le hizo un gesto para que la siguiera hacia una de las grandes tiendas. Abrió con la mano una de las puertas de lona.
–Entonces, estás en el mejor lugar. Mirá… ¡aquí están tus historias!
El chico se asomó.
Le costó acostumbrarse a la fresca penumbra de donde brotaba un fuerte olor a matadero, a carnicería, a alcohol y a medicamentos.
–¡Ñandejara…!
Su mirada recorrió en detalles el horrible cuadro. Largas hileras de hombres esqueléticos tumbados en catres, en hamacas o en el suelo. Algunos de ellos no tenían piernas, ni brazos, ni ojos, cubiertos por vendajes sucios de sangre coagulada. Se escuchaban quejidos y gritos de agonía. Algunos médicos y enfermeras intentaban ayudar a disminuir el dolor.
–¡A… gua…! ¡Por favor…! ¡Tengo… mucha sed…!
El quejido de uno de los pacientes, tumbado en uno de los catres, le hizo estremecerse. El hombre tenía los ojos vendados y las manos despellejadas.
–Mita’i, pásame agua de ese kambuchi. ¡Rápido…! –le ordenó Salu’i.
El dejó su bolso en el piso, tomó el jarro de lata y lo llenó con el agua del cántaro, luego lo pasó a la enfermera, quien sentado a la cabecera del herido le dio de beber con ternura.
Él hombre bebió con desesperación.
–Despacito, che papá. Hay mucha agua…  ya nunca te va a faltar –le dijo Salu’i.
Tras agitados sorbos, el enfermo emitió un suspiro e hizo un gesto con la mano de que ya era suficiente.
–¿Ves…? Ahora, descansá. Cuando quieras más, me pedís.
Ella lo volvió a recostar en la cama y lo cubrió con un saco militar.
Después se levantó y salió al aire fresco. Augusto la siguió.
–¿Quién es…? ¿Qué le pasó…?
–Teniente Miguel Vera. Su pelotón se perdió tras las líneas enemigas. Quedaron sin agua, aislados. Estaban condenados. Un camión aguatero fue en su auxilio, cruzando el infierno. Era una misión suicida. Todos murieron, pero Vera se salvó….
Augusto miró hacia adentro de la tienda. El herido parecía sonreír.
–Andá, pedile que te cuente. Llevá tu cuaderno. Ahí tenés para tu historia…
El abrió su bolso, sacó el cuaderno y una pluma. Parecía indeciso. Ella le dio un suave empujón y él entró a pasos lentos. Desde afuera, Salu’i vio que el chico acercaba una silleta junto a la cama del herido y se sentaba a hablar con él, a abrir el cuaderno y empezar a escribir…
Ella buscó un cigarrillo en los bolsillos, lo encendió y fumó con un deleite contemplativo, acodada sobre una cerca que separaba al hospital de campaña del vasto monte chaqueño.
El sol empezaba a caer entre los árboles de karanda’y, pintando de fuego el horizonte. Ella no podía comprender como podían estar matándose en ese lugar tan maravilloso.
Ya había anochecido cuando escuchó la voz de Augusto.
–Salu’i. ¿Qué hacés…?
Sin darse vuelta a mirarlo, ella le preguntó.
–¿Te contó…?
 –Sí. El chofer de ese camión aguatero, Cristóbal Jara, el que murió para salvarlo, ¿era tu…?
El no terminó la frase. Se recostó por la cerca, al lado de ella.
–Sí –dijo Salu’i y le pasó el cigarrillo.
Él intentó fumar y comenzó a toser. Ella se echó a reír. Era una risa tierna, deliciosa. Después él pudo ver como una sombra de tristeza nublaba otra vez su expresión.
–¿Querés que te acompañe a tu casa…? –le preguntó.
–No. Seguro que el sargento me está esperando. No… esta noche no. Mejor vení conmigo, conozco una cabaña abandonada en el bosque…
Ella lo tomó de la mano para cruzar la cerca y lo condujo a través de un tape po’i entre las malezas de espartillo. Caminaron un largo trecho en medio de la espesura, apenas iluminados por la luz de la Luna, hasta que apareció derruida choza de troncos en medio de un claro.
Ella empujó la puerta, que se abrió con un chirrido. Adentro había un catre de madera con pieles de vaca y oveja, una mesa rústica y silletas. Parte del techo estaba caído y dejaba ver un cielo tachonado de estrellas.
Ella encendió un cabo de vela sobre una botella y el ambiente se volvió más agradable.
–Aquí solíamos venir con Cristóbal. Era nuestro refugio.
Él la contempló en silencio, expectante. Ella se sentó en la cama.
Afuera se escuchaba el canto de extrañas aves, gruñidos de fieras que él no alcanzaba a reconocer.
–¿Sabés…? Ese camión aguatero que se perdió en el Chaco… Me hubiera gustador ir con él… Quedarme allá.
El chico se acercó y se sentó a su lado.
–Algún día escribiré esa historia. Y vos irás en ese camión… Te lo prometo.
En medio de las sombras, a él le pareció ver una sonrisa en el rostro de Salu’i.
Luego escuchó su voz, apenas un susurro…
–Vení…
–Salu’i, yo nunca antes…
–Sí, lo sé. No te preocupes, vení…
Augusto sintió las manos suaves que lo aferraban, lo atraían. Sintió los labios a la vez húmedos y ardientes que encendían su piel, mientras afuera se escuchaba el extraño concierto de animales, los sonidos mágicos de la noche chaqueña, que por esta vez quedaba tan lejos del estruendo de los cañones y fusiles.

***

“Teníamos el proyecto de ir a la guerra, a pasarla bien, pero la pasamos muy mal. Primero, porque no nos dejaban ir a ningún lugar que oliera a combate. Yo estuve en el servicio de enfermería, barriendo, levantando camillas, tamboverá eté, soldadito para todo… Había tenido mis primeras experiencias sexuales en Casado, en el Chaco, con una enfermera, con consecuencias ingratas, una infección que coincidió con un paludismo ultragalopante”. 


(Confesiones de Augusto Roa Bastos en el libro “Caídas y resurrecciones de un pueblo” de Rubén Bareiro Saguier.)

sábado, 17 de febrero de 2018

Cenizas de revoluciones




Tenemos urgencias, amores que matan
tenemos silencio, tabaco, razones
tenemos Venecia, tenemos Manhattan
tenemos cenizas de revoluciones

(Joaquín Sabina, Más de cien mentiras)


***

Lo bueno de que tengamos cenizas de revoluciones, es que nos dan la certeza de que en algún momento hubo fuego ardiendo, sueños en llama viva, utopía encendida iluminando el mundo. 
Lo malo es que reneguemos de ellas, atacados por alguna culposa y macondiana gripe del olvido, o que no aprendamos de sus errores y estemos tentados a repetirlos una y otra vez, ignorando quizás lo que alguna vez dicen que dijo el propio Marx: la historia ocurre casi siempre la primera vez como tragedia y luego se repite como farsa, o como comedia. 
Es decir: primero Karl y luego Groucho (o viceversa). 
Todavía nos cuesta aprender que, del otro lado de nuestros lúgubres Stroessner o Pinochet, también los Lenin tuvieron a sus Stalin, y los Che o los Sup Marcos tuvieron a su Pol Pot y a su Abimael Guzmán.
Nada resume tanto la decadente y sin embargo romántica nostalgia revolucionaria, vivida desde una historia personal de encuentros y desencuentros de amor fugaz en dos tiempos, que la canción “Leningrado”, con la exquisita poética letra de Joaquín Sabina y música de Jaime Asúa, contenida en el último disco del ubetense, “Lo niego todo”.

Les dejo aquí la letra y el enlace con la canción, (por cierto una de las favoritas de Desirée).

Me doctoré en tus labios de ocasión
en una sórdida pensión de Leningrado
sin pasaporte y fuera de la ley
pero borracho como un rey desheredado

Cincuenta rublos era un potosí
y tu desnudo un maniquí de grana y oro
nos dieron llaves de la suite nupcial
que era un cuartucho de hospital… sin inodoro

Nos quedaba para un vodka con limón
y un tostón de Menchevique de la esquina
cuando agonizó el palique, qué ansiedad,
te empecé a desabrochar la gabardina

No era fácil en la Unión Soviética
ir por condones a recepción
a años luz de la rutina
anidó una golondrina en mi balcón

No sé qué nos pasó ni cómo fue
que nos cruzáramos aquella noche loca
balbuceamos cursiladas todo a cien
y rodamos descosiéndonos la boca

nos matábamos de ganas de vivir
sobreactuando el Vodevil de la Bohemia
no dormir era más dulce que soñar
y envejecer con dignidad una blasfemia

Tú con boina, yo con barba, viva el Che
recién conversos a la fe del hombre nuevo
no había caído el Muro de Berlín
ni reventado el polvorín de Sarajevo

porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón

Ayer salías, morena, de un café
ya casi medio siglo que no te veía
eras rubia, si no recuerdo mal
dije, y mintiendo, estás más guapa todavía

Me aceptaste una cerveza sin alcohol
se nos había muerto el sol en los tejados
funerales, y con nada que decir
vi en tus pupilas un añil mal dibujado

No sé por qué sigo escribiendo esta canción
pero me sangra el corazón cuando lo hurgo
supe que te casaste con un juez
y Leningrado es otra vez San Petesburgo

Ni siquiera comentamos si quedamos
pásame tu dirección
y de vuelta a la oficina
se estrelló una golondrina en mi balcón

Porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón