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lunes, 26 de febrero de 2018

El trueno entre las sábanas

Un cuento de Andrés Colmán Gutiérrez

Ilustración de Juan Moreno


L
a espasmódica lancha militar, cargada de jóvenes reclutas, atracó en horas de la tarde junto a las altas barrancas de Puerto Casado. Augusto había hecho la mayor parte del viaje acodado en los bordes de la embarcación, observando el paso de las aldeas, devolviendo el saludo de los pobladores y apreciando las fugitivas siluetas de las palmeras en el agreste paisaje costero. Después del mediodía, las altas chimeneas de la fábrica emergieron en el horizonte.
–¡Tengan cuidado al bajarse, reclutas! –gritó un oficial desde la proa– ¡Manténganse en fila, que van a ser inspeccionados…!
Junto al muelle había buques artillados y lanchas cargadas de provisiones, varias tiendas de lona, camiones y tropas de soldados en marcha.
–¡Ya estamos en el Chaco, Carpincho! ¡Comienza la gran aventura…! –exclamó Carlos, mientras recogía la pesada maleta que traía consigo, como si iniciara una gira por Europa.
Augusto llevaba un raído bolso de lona, el mismo que lo acompañaba desde Iturbe con un par de camisas y pantalones, calzoncillos, medias, toalla, navaja, linterna, cuaderno, plumas y media docena de libros. Mientras subían por un precario puente de maderas, contempló las escenas con la misma voracidad con que miraba todo desde que se fugaron del Colegio San José, ilusionados con sumarse a los batallones de soldados que iban a pelear contra Bolivia.
En la fila tras bajar a tierra, se encontró frente una mesa y a un severo oficial con una planilla, que lo miró inquisitoriamente.
–¿Nombre y edad…?
–Augusto José Antonio Roa Bastos, 18 años, mi capitán.
–¿Mba’e…? Soy sargento. ¡Pero usted no tiene 18 años…! ¡A ver, sus papeles!
Tratando de disimular su nerviosismo, el adolescente le pasó una arrugada partida de nacimiento.
–¡Acá dice que tiene apenas 16! ¿Se escaparon de la escuela…? –le reprochó el militar.
–¡Queremos ir al frente a pelear por la Patria, mi sargento! –contestó Augusto, tratando de que su voz no sonara tan infantil–¡Estamos preparados…!
–¡El general Estigarribia me va a mandar fusilar si envío a otro mita’i tepotí al frente…! ¡No…! ¡Se van a quedar aquí, trabajando como tambovera! ¡Llévenlos a la cocina…!
Dos energúmenos de verde olivo lo agarraron de los brazos. Otros se llevaron a sus compañeros. Augusto se sacudió y trató de liberarse.
–¡No…! ¿Qué hacen…? ¡Déjenme…!
Cuando intentó escapar, uno de los energúmenos lo aferró del cuello, lo alzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo y lo arrojó al suelo con tanta violencia, que al caer levantó una nube de polvareda.
Tosiendo y escupiendo sangre, intentó incorporarse. Al levantar la vista vio unos ajados zapatos de mujer, dos piernas macizas y morenas, un guardapolvo de campaña que alguna vez fue blanco y un picaresco rostro femenino enmarcado por una cofia de enfermera. Con los brazos cruzados, la mujer lo miró divertida y luego le pasó la mano para ayudarlo.
–¿Estás bien, querido…? –le preguntó ella.
–Sí, no fue nada –dijo el chico, mirando al suelo.
La mujer tendría unos 25 años de edad y parecía deleitarse al sentir que los oficiales y soldados la miraban embobados.
–Sargento Silva, necesito un ayudante en la enfermería. ¿Me puedo quedar con este? –dijo la mujer, tomando a Augusto del brazo como si fuera una mascota, mientras encaraba al oficial de las planillas.
–Otra cosa lo que vos buscás, Salu-í –respondió Silva, clavando en ella sus ojos lujuriosos–, pero está bien. Quedate con él. ¡Los demás, a la cocina…!
La mujer ayudó a Augusto a recoger su bolso. Sonrió al sentir que el sargento Silva se le aproximaba por detrás, hasta quedar muy pegado a su cuerpo.
–¡Esta noche te paso a cobrar los favores que ya me debés…! –le dijo.
–¡Ay, che papá…! Siempre que no vengas con las manos vacías…
Salu’i oprimió los cachetes de Silva entre sus dedos con un fingido aire de seducción y después le dio un suave empujón, obligándole a tomar distancia.
–Vení conmigo –Le indicó a Augusto-. No te preocupes, pronto verás otra vez a tus amigos…
Él se echó el bolso al hombro y la siguió.
Mientras iban caminando, pasaron junto a ellos varios camiones, con las carrocerías repletas de eufóricos reclutas.
–¿Van al frente…? –preguntó Augusto–. ¡Quisiera tanto ir con ellos…!
Salu’i lo encaró con un gesto sombrío que alarmó al chico.
–Eso decís porque no sabés lo que hay allá. Yo los veo ir así, tan llenos de vida, pero casi todos vuelven en pedazos… ¡si es que vuelven!
El adolescente sintió que ella no lo entendía, que ninguno de los que estaban allí lo entendían. Se puso repentinamente furioso.
–¡Yo vine al Chaco para vivir grandes aventuras y conocer historias, no para servir en una cocina o un hospital…!
Ella lo miró con severidad maternal.
–La guerra no es una aventura, mita’i. ¡Es una pesadilla!
Siguió caminando, de prisa, con visible enojo. Augusto corrió tras ella. El polvoriento sendero se alejaba de las casas del puerto hacia un sector en donde había enormes galpones y tiendas de carpas con cruces rojas y blancas.
Ella volvió a detenerse y a encararlo de nuevo. Su enojo había desaparecido.
–¿Para qué querés conocer las historias?
–Para ponerlas en un libro. ¡Quiero ser escritor!
Augusto abrió su bolso y le mostró un cuaderno grande, de tapas duras. Ella le guiñó un ojo, sonrió y le hizo un gesto para que la siguiera hacia una de las grandes tiendas. Abrió con la mano una de las puertas de lona.
–Entonces, estás en el mejor lugar. Mirá… ¡aquí están tus historias!
El chico se asomó.
Le costó acostumbrarse a la fresca penumbra de donde brotaba un fuerte olor a matadero, a carnicería, a alcohol y a medicamentos.
–¡Ñandejara…!
Su mirada recorrió en detalles el horrible cuadro. Largas hileras de hombres esqueléticos tumbados en catres, en hamacas o en el suelo. Algunos de ellos no tenían piernas, ni brazos, ni ojos, cubiertos por vendajes sucios de sangre coagulada. Se escuchaban quejidos y gritos de agonía. Algunos médicos y enfermeras intentaban ayudar a disminuir el dolor.
–¡A… gua…! ¡Por favor…! ¡Tengo… mucha sed…!
El quejido de uno de los pacientes, tumbado en uno de los catres, le hizo estremecerse. El hombre tenía los ojos vendados y las manos despellejadas.
–Mita’i, pásame agua de ese kambuchi. ¡Rápido…! –le ordenó Salu’i.
El dejó su bolso en el piso, tomó el jarro de lata y lo llenó con el agua del cántaro, luego lo pasó a la enfermera, quien sentado a la cabecera del herido le dio de beber con ternura.
Él hombre bebió con desesperación.
–Despacito, che papá. Hay mucha agua…  ya nunca te va a faltar –le dijo Salu’i.
Tras agitados sorbos, el enfermo emitió un suspiro e hizo un gesto con la mano de que ya era suficiente.
–¿Ves…? Ahora, descansá. Cuando quieras más, me pedís.
Ella lo volvió a recostar en la cama y lo cubrió con un saco militar.
Después se levantó y salió al aire fresco. Augusto la siguió.
–¿Quién es…? ¿Qué le pasó…?
–Teniente Miguel Vera. Su pelotón se perdió tras las líneas enemigas. Quedaron sin agua, aislados. Estaban condenados. Un camión aguatero fue en su auxilio, cruzando el infierno. Era una misión suicida. Todos murieron, pero Vera se salvó….
Augusto miró hacia adentro de la tienda. El herido parecía sonreír.
–Andá, pedile que te cuente. Llevá tu cuaderno. Ahí tenés para tu historia…
El abrió su bolso, sacó el cuaderno y una pluma. Parecía indeciso. Ella le dio un suave empujón y él entró a pasos lentos. Desde afuera, Salu’i vio que el chico acercaba una silleta junto a la cama del herido y se sentaba a hablar con él, a abrir el cuaderno y empezar a escribir…
Ella buscó un cigarrillo en los bolsillos, lo encendió y fumó con un deleite contemplativo, acodada sobre una cerca que separaba al hospital de campaña del vasto monte chaqueño.
El sol empezaba a caer entre los árboles de karanda’y, pintando de fuego el horizonte. Ella no podía comprender como podían estar matándose en ese lugar tan maravilloso.
Ya había anochecido cuando escuchó la voz de Augusto.
–Salu’i. ¿Qué hacés…?
Sin darse vuelta a mirarlo, ella le preguntó.
–¿Te contó…?
 –Sí. El chofer de ese camión aguatero, Cristóbal Jara, el que murió para salvarlo, ¿era tu…?
El no terminó la frase. Se recostó por la cerca, al lado de ella.
–Sí –dijo Salu’i y le pasó el cigarrillo.
Él intentó fumar y comenzó a toser. Ella se echó a reír. Era una risa tierna, deliciosa. Después él pudo ver como una sombra de tristeza nublaba otra vez su expresión.
–¿Querés que te acompañe a tu casa…? –le preguntó.
–No. Seguro que el sargento me está esperando. No… esta noche no. Mejor vení conmigo, conozco una cabaña abandonada en el bosque…
Ella lo tomó de la mano para cruzar la cerca y lo condujo a través de un tape po’i entre las malezas de espartillo. Caminaron un largo trecho en medio de la espesura, apenas iluminados por la luz de la Luna, hasta que apareció derruida choza de troncos en medio de un claro.
Ella empujó la puerta, que se abrió con un chirrido. Adentro había un catre de madera con pieles de vaca y oveja, una mesa rústica y silletas. Parte del techo estaba caído y dejaba ver un cielo tachonado de estrellas.
Ella encendió un cabo de vela sobre una botella y el ambiente se volvió más agradable.
–Aquí solíamos venir con Cristóbal. Era nuestro refugio.
Él la contempló en silencio, expectante. Ella se sentó en la cama.
Afuera se escuchaba el canto de extrañas aves, gruñidos de fieras que él no alcanzaba a reconocer.
–¿Sabés…? Ese camión aguatero que se perdió en el Chaco… Me hubiera gustador ir con él… Quedarme allá.
El chico se acercó y se sentó a su lado.
–Algún día escribiré esa historia. Y vos irás en ese camión… Te lo prometo.
En medio de las sombras, a él le pareció ver una sonrisa en el rostro de Salu’i.
Luego escuchó su voz, apenas un susurro…
–Vení…
–Salu’i, yo nunca antes…
–Sí, lo sé. No te preocupes, vení…
Augusto sintió las manos suaves que lo aferraban, lo atraían. Sintió los labios a la vez húmedos y ardientes que encendían su piel, mientras afuera se escuchaba el extraño concierto de animales, los sonidos mágicos de la noche chaqueña, que por esta vez quedaba tan lejos del estruendo de los cañones y fusiles.

***

“Teníamos el proyecto de ir a la guerra, a pasarla bien, pero la pasamos muy mal. Primero, porque no nos dejaban ir a ningún lugar que oliera a combate. Yo estuve en el servicio de enfermería, barriendo, levantando camillas, tamboverá eté, soldadito para todo… Había tenido mis primeras experiencias sexuales en Casado, en el Chaco, con una enfermera, con consecuencias ingratas, una infección que coincidió con un paludismo ultragalopante”. 


(Confesiones de Augusto Roa Bastos en el libro “Caídas y resurrecciones de un pueblo” de Rubén Bareiro Saguier.)

sábado, 17 de febrero de 2018

Cenizas de revoluciones




Tenemos urgencias, amores que matan
tenemos silencio, tabaco, razones
tenemos Venecia, tenemos Manhattan
tenemos cenizas de revoluciones

(Joaquín Sabina, Más de cien mentiras)


***

Lo bueno de que tengamos cenizas de revoluciones, es que nos dan la certeza de que en algún momento hubo fuego ardiendo, sueños en llama viva, utopía encendida iluminando el mundo. 
Lo malo es que reneguemos de ellas, atacados por alguna culposa y macondiana gripe del olvido, o que no aprendamos de sus errores y estemos tentados a repetirlos una y otra vez, ignorando quizás lo que alguna vez dicen que dijo el propio Marx: la historia ocurre casi siempre la primera vez como tragedia y luego se repite como farsa, o como comedia. 
Es decir: primero Karl y luego Groucho (o viceversa). 
Todavía nos cuesta aprender que, del otro lado de nuestros lúgubres Stroessner o Pinochet, también los Lenin tuvieron a sus Stalin, y los Che o los Sup Marcos tuvieron a su Pol Pot y a su Abimael Guzmán.
Nada resume tanto la decadente y sin embargo romántica nostalgia revolucionaria, vivida desde una historia personal de encuentros y desencuentros de amor fugaz en dos tiempos, que la canción “Leningrado”, con la exquisita poética letra de Joaquín Sabina y música de Jaime Asúa, contenida en el último disco del ubetense, “Lo niego todo”.

Les dejo aquí la letra y el enlace con la canción, (por cierto una de las favoritas de Desirée).

Me doctoré en tus labios de ocasión
en una sórdida pensión de Leningrado
sin pasaporte y fuera de la ley
pero borracho como un rey desheredado

Cincuenta rublos era un potosí
y tu desnudo un maniquí de grana y oro
nos dieron llaves de la suite nupcial
que era un cuartucho de hospital… sin inodoro

Nos quedaba para un vodka con limón
y un tostón de Menchevique de la esquina
cuando agonizó el palique, qué ansiedad,
te empecé a desabrochar la gabardina

No era fácil en la Unión Soviética
ir por condones a recepción
a años luz de la rutina
anidó una golondrina en mi balcón

No sé qué nos pasó ni cómo fue
que nos cruzáramos aquella noche loca
balbuceamos cursiladas todo a cien
y rodamos descosiéndonos la boca

nos matábamos de ganas de vivir
sobreactuando el Vodevil de la Bohemia
no dormir era más dulce que soñar
y envejecer con dignidad una blasfemia

Tú con boina, yo con barba, viva el Che
recién conversos a la fe del hombre nuevo
no había caído el Muro de Berlín
ni reventado el polvorín de Sarajevo

porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón

Ayer salías, morena, de un café
ya casi medio siglo que no te veía
eras rubia, si no recuerdo mal
dije, y mintiendo, estás más guapa todavía

Me aceptaste una cerveza sin alcohol
se nos había muerto el sol en los tejados
funerales, y con nada que decir
vi en tus pupilas un añil mal dibujado

No sé por qué sigo escribiendo esta canción
pero me sangra el corazón cuando lo hurgo
supe que te casaste con un juez
y Leningrado es otra vez San Petesburgo

Ni siquiera comentamos si quedamos
pásame tu dirección
y de vuelta a la oficina
se estrelló una golondrina en mi balcón

Porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón



viernes, 21 de diciembre de 2012

La médica que eligió ser Papá Noel



Historias de #Navidad

Hay un instante mágico que la doctora Gladys Romero espera a lo largo de todo el año.
Es ese momento supremo, a finales de un cálido diciembre, cuando la veterana médica radióloga del Instituto de Medicina Tropical (IMT) se saca su blanco guardapolvo y se pone un disfraz de franela de vivo color rojo, se cubre el rostro con una barba falsa de algodón y sale a los pasillos portando una bolsa de regalos, profiriendo una estruendosa carcajada, que excepcionalmente desobedece lo que mandan los clásicos carteles de "Silencio, hospital".
-Es un momento único -admite ella con voz emocionada-. Tenés que vivirlo, para entender todo lo que significa.
Mientras avanza, junto a varios otros médicos, enfermeros y funcionarios del hospital, que se han convertido en sus cómplices y se visten de reyes magos, de ángeles o de payasos, ella va observando esas caritas demacradas que han salido de sus salas de enfermos, algunos con sus brazos conectados a bolsas de suero fisiológico, sostenidos por postes móviles.
-Tenés que ver lo que son sus ojitos encendidos de alegría o de esperanza. Lo que casi nunca suelo conseguir como médica -confiesa la doctora Gladys-, en estos días de Navidad lo consigo como Papá Noel: darles un remedio para el alma.

CRUZADA. Hace 24 años, la doctora Gladys inició la voluntariosa cruzada de motivar a sus compañeros del Instituto de Medicina Tropical a organizar anualmente una gran fiesta navideña para los niños y niñas que son pacientes del principal hospital de referencia para enfermedades infecciosas en el Paraguay, especialmente los infectados con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH sida).
"En esa época todo era más difícil. El VIH sida casi no se conocía y había demasiados prejuicios en nuestra sociedad. Me partía el alma ver esas caritas sufrientes. Gente muy pobre, sufrida, olvidada del mundo. Llegaba la Navidad y no tenían nada, absolutamente nada", relata la médica, desde su guardia en la sección Radiología del IMT, sobre la calle Venezuela, en Asunción.
Fue entonces cuando a ella se le ocurrió salir a recorrer, sala por sala, oficina por oficina, con una planilla en la mano, a pedirles a sus compañeros que colaboren "con lo que puedan" para organizar una merienda navideña para los niños y niñas pacientes.
La respuesta le resultó gratamente sorprendente. Rápidamente se armó un equipo de trabajo que se encargó de recoger aportes y organizar los distintos detalles de la fiesta.
"Para entregar los regalos que recolectamos, yo decidí vestirme de Papá Noel. Otros compañeros, junto con sus hijos, se vistieron de reyes magos y de ángeles. Aquella primera experiencia me marcó para siempre. La luz que vi en sus ojitos, la sonrisa que iluminaba sus caritas en medio del dolor, me hicieron jurarme a mí misma que hasta el final de mis días, mientras tuviera fuerza, en cada Navidad, yo iba a ser un Papá Noel para todos ellos", asegura.

ANONIMATO. Fue Edith Pacita, desde la red social Facebook, la primera que nos dio una pista. "¿Sabían que los niños internados del Instituto de Medicina Tropical reciben regalos, cada año, donados por todos los médicos y funcionarios?", escribió.
Ella nos permitió contactar con Liz Salinas, funcionaria del IMT y una de las organizadoras de la campaña. "Tienen que conocer a la doctora Gladys, ella es la que nos moviliza, la que realmente inició toda esta linda iniciativa", explicó Liz,
Así llegamos hasta la sección Radiología del IMT, donde Gladys Romero nos recibe con sorpresa, en medio de su guardia.
"Hace 24 años que venimos haciendo esto en cada Navidad y es la primera vez que nos visita la prensa. Siempre he creído que las acciones solidarias se deben hacer en forma anónima, pero a veces es interesante que la gente conozca, que más personas apoyen y se sumen", afirma ella.

FIESTA. La "fiesta de los chicos del IMT" acostumbra realizarse unos días antes de Navidad. Este año se hará el viernes 21 de diciembre, a las 17.00, en el pasillo principal de acceso.
"Ponemos una mesa larga, ponemos globos, guirnaldas, muchos colores. Ponemos música. Les preparamos un menú liviano pero delicioso, que ellos pueden consumir. Desde el mediodía ya están todos bañaditos, esperando", relata la médica.
Los pacientes son trasladados desde sus salas por las enfermeras y los familiares, algunos en sillas de ruedas o en camillas.
"Vienen los pacientes de Pronasida (Programa Nacional de Control del sida), también los del auto-refugio (donde se alojan los pacientes y familiares que llegan del interior), se suman los funcionarios con sus hijos, y como siempre sobra algo, hacemos extensivos los alimentos y regalos a los pacientes del Hospital Juan Max Boettner", cuenta.
Ella considera que no hay contradicción entre su vocación de curar y la de transmitir alegría. "Esto es parte de mi ser médico, pero principalmente es parte de mi esencia de ser humano. La Navidad es un tiempo para compartir, para ponerte en la piel del otro, especialmente del que sufre. Aquí convivimos a diario con el dolor, con la pobreza y con el olvido, y algo tenemos que hacer. Además de ser médica, yo elegí ser Papá Noel", explica.

Su gastado traje de franela roja está allí, esperándola. Gladys no ve el momento de volver a vestirlo.

jueves, 11 de febrero de 2010

El día en que mandamos preso a Cupido



Se acercaba algún otro Día de San Valentín, hace ya algunos años, y la amiga Miriam Morán -entonces editora de la revista VIDA de Última Hora- nos pidió al brillante Enzo Pertile -ilustrador e historetista-, y a mí -que a veces suelo escribir-, que inventáramos algún chiste de humor gráfico para una edición especial sobre el 14 de febrero.
Bueno... tanto Enzo como yo estábamos un poco hartos de tanta publicidad románticoide sobre el enanito alado ese y sus flechitas hinchapelotas. Así que... aprovechamos la oportunidad para sacárnoslo de encima.
Rescatado del arcón de los recuerdos, vaya este relato gráfico y sin palabras como un regalo para todos aquellos y aquellas a quienes el amor les significa mucho más que una caja de bombones y una postal con corazoncitos, una vez al año, en el calendario del consumismo globalizado.