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domingo, 27 de noviembre de 2022

Pablo Milanés: una vieja canción recuperada


Andrés Colmán Gutiérrez

En aquellos años de rebelde adolescencia anti dictatorial, cuando la canción social encendía nuestras conciencias y alimentaba nuestros sueños de libertad, acostumbrábamos discutir en las peñas quién era mejor: Silvio Rodríguez o Pablo Milanés.

Admirábamos con devoción a los dos puntales de la Nueva Trova Cubana, íconos casi inseparables en nuestro parnaso musical, pero las diferencias hacían que se formen dos bandos: los pro-Silvio y los pro-Pablo.

Silvio era el revolucionario de la guitarra, con su estridencia un poco chillona pero fuertemente testimonial, el poeta existencial y casi metafísico, capaz de darnos canciones tan inquietantes y bellas como “Mariposas” o “Sueño con serpientes”. Pablo era el de una voz mucho más privilegiada y agradable, sensible e intimista, que te partía la cabeza con “El breve espacio en que no estás”, que te hacía envejecer prematuramente con “Años” o te movía a indignarte contra Pinochet y todos los dictadores al cantar “Yo pisaré las calles nuevamente”.

El tiempo, el implacable, el que pasó, los fue distanciando también a ambos genios del arte, mientras algunas de sus canciones también se nos volvían añejas, desdibujadas por el crack de la dura realidad.

Pablo se volvió crítico de la cada vez más autoritaria revolución castrista y emprendió casi un auto exilio en Madrid, valiéndose del necesario tratamiento a su deteriorada salud, mientras Silvio seguía siendo un acérrimo defensor del proceso político en la isla, con sus arrebatos autocríticos.

En estos días en que la sorpresiva muerte de Pablo nos golpeó hondo, entendimos todo lo que hay en una canción arrebatada junto a viejos sueños juveniles: “Cuánto gané, cuánto perdí / cuánto de niño pedí / cuánto de grande logré / qué es lo que me ha hecho feliz / qué cosa me ha de doler”

En su blog Segunda Cita, Silvio se limitó a homenajear a su otrora cómplice de sueños, publicando una vieja canción inédita que le compuso en 1969, cuando ambos creían por igual en la revolución y subían juntos a los escenarios: “Eres un espacio que se vuelve / sin espina y que se pierde /en la alegría de volverse / pero ya tu voz se está quedando / ya tu mano está grabando /todo un nombre con sus dientes”.

***

En 1986 pude entrevistar brevemente a Pablo Milanés en Lima, Perú, para El Correo Semanal de Última Hora.

Yo llevaba algunos meses viviendo en la ciudad sin lluvia, cuando el presidente Alan García organizó la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (Sicla), que convocó a los mayores referentes de la música contestataria del continente, de las artes y las letras, en una serie de festivales y conciertos populares. Por el Paraguay participaron el Terceto Ñamandú (con Ricardo Flecha, Chondi Paredes y Rolando Chaparro), además del poeta Elvio Romero y el escritor Carlos Villagra Marsal.

Me acredité como corresponsal y pude acceder al hotel donde se alojaban los artistas. Me sentaba a una de las mesas de la cafetería y los veía bajar a desayunar, me acercaba a saludarlos y les pedía una entrevista. Algunos accedieron con cordialidad cuando supieron que era del Paraguay, “ese país dominado por el dictador Stroessner”, como la chilena Isabel Parra, los cantantes argentinos León Gieco, Víctor Heredia y Facundo Cabral.

Durante la charla con Heredia, Pablo Milanés se acercó a saludarlo. Se abrazaron y Víctor le contó que yo era un periodista paraguayo “exiliado”. Pablo me estrechó la mano y le pregunté si también podría entrevistarlo. “Si, sí, búscame al final del desayuno”, me dijo, y se fue a una de las mesas, donde estaban los músicos de la banda cubana Irakere.

Cuando lo vi levantarse junto a otras personas, me aproximé a recordarle la entrevista. “Qué pena, vienen a buscarme para llevarme a Villa El Salvador, pero acompáñame hasta la calle y hazme algunas preguntas”, me dijo, con gentileza. Me conmovió su humildad en medio del asedio de sus fans. En ese trayecto hasta el auto, donde ya lo estaban esperando con impaciencia, pude grabar algunas declaraciones, que ahora cito de memoria, porque aquella hoja impresa se me extravió en la montaña de viejos papeles.

“¿Ir a cantar al Paraguay? Me gustaría mucho, pero no creo que me dejen entrar, al menos hasta que caiga ese dictador que tienen ustedes. De seguro podré ir cuando tengan más libertades. Conozco poco de tu país, he leído los libros de Augusto Roa Bastos, he conocido a algunos paraguayos exiliados en Cuba, pero me admira que tengan una identidad cultural tan vital, que mantengan viva la lengua indígena guaraní”, me dijo, entre otras cosas. 

Tuvieron que pasar diez años para que Pablo cumpla aquella promesa. Una tibia noche del 25 de octubre de 1996 lo volví a ver en persona, esta vez desde las gradas de un escenario en el polideportivo del Club Sol de América, entonando varias de las mismas canciones que le había oído cantar en un estadio repleto, en Lima. “Vamos viviendo/ viendo las horas que van muriendo / las viejas discusiones / se van perdiendo entre las razones”.

Ahora, enterado de su muerte física, pongo en un viejo tocadiscos el doble vinilo de “Querido Pablo” que compré en una disquería de Lima, en aquel febril 1986, y sus canciones me suenan otra vez tan frescas, tan recuperadas, tan premonitorias: “Los años que pasaron/ definieron mi suerte / la vida que he llevado / tiene un poco de muerte”.

¡Salud y larga vida, querido Pablo!

sábado, 16 de noviembre de 2019

Serrat, Sabina y una vieja guarania



Vuelven a cantar en Paraguay después de siete años. Historia de una relación esporádica y solidaria con los más literarios autores de la canción en español.

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

“Uno aprende siempre la vieja guarania/ que el maestro Flores enseñó/ ningún escenario es tierra extraña/ y es un lujo volver a Asunción” proclamaba la voz desgarrada de Joaquín Sabina la noche del 17 de abril de 2011, durante su segundo concierto bajo una luna bohemia a orillas del río Paraguay, pero quien antes la aprendió a cantar en guaraní fue su primo El Nano, Joan Manuel Serrat, cuando incluyó en su disco Cansiones (2000) una peculiar versión de Che pykasumi, guarania con letra de Cecilio Valiente, música de Eladio Martínez y del propio creador del género musical, el maestro José Asunción Flores, en parte traducida y adaptada al español por Serrat con ayuda de nuestro querido poeta Rubén Bareiro Saguier.
Aquella fue la primera vez que el autor de Mediterráneo grabó en una lengua indígena, otorgando una dimensión más universal a la ancestral cultura paraguaya. “Elegí Che pykasumi como homenaje a un pueblo que supo mantener viva su propia lengua nativa, tal como lo hemos hecho los catalanes. Deseo coronar ese homenaje yendo a Asunción a cantar al pueblo paraguayo en su propia auténtica lengua”, le dijo El Nano a Bareiro Saguier, quien por entonces oficiaba de embajador paraguayo en Francia.
Serrat vino a Asunción y ofreció un recital en el estadio León Condou, entonando Che pykasumi con voz emocionada, deslumbrando al público con su casi correcta pronunciación de las vocales nasales y guturales del guaraní. Acabó de ganarse el corazón de los paraguayos, aunque la relación a distancia había empezado antes, quizás en los duros años de la dictadura stronista, cuando sus clásicas canciones circulaban clandestinamente entre las de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Víctor Heredia, junto a los de artistas locales como Juglares, Sembrador, Vocal Dos, Pato Brítez, Ñamandú, Gente en Camino.
En 1990, tras la caída de la dictadura, los músicos Jorge Garbett y José Antonio Galeano, metidos a empresarios de espectáculos, se animaron a organizar el primer concierto de Joan Manuel en el país, una emotiva noche en el estadio del Club Olimpia. No les resultó buen negocio, pero aquel abrazo fundacional de Serrat con el público paraguayo quedó para la historia.
Serrat y Sabina cantarán juntos por segunda vez en Asunción en el concierto “No hay dos sin tres”, esta noche, en el Arena SND. Es la quinta visita de Serrat y la cuarta de Sabina. Buena oportunidad para repasar la esporádica y solidaria relación del Paraguay con los más literarios autores de la canción en español. 

Del Poble Sec a Úbeda

Aunque llevan pocas diferencias en edad (Serrat tiene 75, Sabina 70), El Nano ya sostenía una dilatada carrera artística cuando Martínez Sabina empezó a componer y a cantar. Joan Manuel editó su primer disco en 1965 (Una guitarra), Joaquín lo hizo recién en 1978 (Inventario).
Sabina considera a Serrat su ídolo y maestro. En los escenarios que comparten el catalán caricaturiza su rol de gurú para burlarse de su compañero, quien acepta ser un canalla aprendiz.
En el 2000, cuando Serrat vino a su segundo concierto en Paraguay, un periodista le preguntó: “¿Qué opina de los nuevos artistas como Joaquín Sabina, que siguen su estilo y son como sus hijos en lo musical?”.
El Nano respondió: “Si Sabina fuera hijo mío, hace rato lo hubiera metido en un reformatorio”.
Sus historias son parecidas pero diferentes. Durante la dictadura del generalísimo Francisco Franco en España, Serrat fue perseguido y se exilió en México en 1974, en donde permaneció hasta el final del franquismo. Fue su etapa más latinoamericana, de un fuerte compromiso con las luchas democráticas. Temas como Para la libertad, Cantares, Algo personal, se volvieron himnos de resistencia. Los procesos de restauración institucional en Argentina y Chile le deben una activa  militancia.
Sabina, aunque escribió poemas en su juventud, no soñaba con ser artista, apenas un ilustrado maestro de literatura. Relacionado con grupos de izquierda, en 1970 lanzó un cóctel molotov contra la sede de un banco y tuvo que salir del país. Viajó a Paris y luego a Londres, en donde empezó a cantar en las calles y en tugurios para sobrevivir, hasta conseguir volver.
Mientras Serrat era ya un estandarte de la canción social en Iberoamérica, Sabina asomaba como un artista posmoderno, provocador y algo rockero, ofreciendo conciertos en el sótano de un bar madrileño, La Mandrágora. Las letras de sus canciones ya llamaban la atención por su calidad literaria y su ironía crítica, su desencanto poético y su desenfado.
En la medida en que creció su fama de cantautor, su relación con Latinoamérica prendió en Argentina, México, Perú, Chile, Uruguay, en donde sus admiradas referencias literarias, poéticas, políticas y musicales hacia figuras como Evita, Borges, Cesar Vallejo, Gardel, José Alfredo Giménez, Chavela Vargas, Violeta Parra, Gabo, Charly García, conquistaban a una creciente legión de fans. Su adhesión a causas como las de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y el eco solidario de sus canciones lo inscribieron tardíamente en los círculos de nuevas trovas o nuevos cancioneros, que para entonces ya sonaban con telarañas.

Las noches de Asunción

El tren de Sabina también llegó tarde al Paraguay. Su primer recital fue en el Club Sol de América, el 9 de julio de 1997, con un show acústico y minimalista. El músico canalla de chaleco multicolor y sombrero bombín se mostró sorprendido de que un público desconocido coreara de memoria sus canciones. “Tendremos que venir otra vez...”, anunció.
De aquel viaje quedaron rumores de andanzas en la madrugada asuncena, una visita al Karin Club donde quizás conoció a la Magdalena Guaraní. Son historias que alimentan una leyenda que ahora él lo niega todo.
Volvió a regalarnos su mes de abril en 2011, en el Yacht, cuando sorprendió con su poema a Asunción y a la guarania del maestro Flores. Un año después volvió, esta vez formando dúo con su primo El Nano, en aquel primer inolvidable concierto “Dos pájaros contracan”.
Serrat se involucró mucho más con la política y la historia paraguaya. En su tercera visita, en febrero de 2007, visitó el Museo de las Memorias, el otrora temible centro de detención y torturas conocido como La Técnica, abrazó a las víctimas de la dictadura y dejó un mensaje solidario a favor de la lucha por la democracia.
Serrat y Sabina son casi indiscutiblemente los más literarios autores de la canción en español. Como lo han hecho en inglés Bob Dylan o Leonard Cohen, en el mundo de la música pocos pueden alcanzar la excelencia en versos como “A tus atardeceres rojos/ se acostumbraron mis ojos/ como el recodo al camino” (Mediterráneo, Serrat) o “Desafiando el oleaje/ sin timón ni timonel/ por mis sueños va/ ligero de equipaje/ sobre un cascarón de nuez/ mi corazón de viaje/ luciendo los tatuajes/ de un pasado bucanero/ de un velero al abordaje/ de un no te quiero querer” (Peces de ciudad, Sabina).
En 2007 unieron sus historias, sus canciones, su creatividad, su humor y su desparpajo en una primera gira por España y Latinoamérica. Decían que era un matrimonio con fecha de caducidad, pero el éxito los obligó a replicar. En la segunda gira incluyeron al Paraguay. En esta “No hay dos sin tres” otra vez están aquí. 
Artistas inmensos, autores de canciones que marcaron épocas, será un lujo escucharlos. En sus anteriores actuaciones, Serrat siempre cantó la vieja guarania y Sabina lo acompañó respetuosamente con una copa de champagne. Ningún mejor símbolo de retribución a un público que  ama sus canciones y que admira tanta creatividad y compromiso solidario.
En Asunción siempre hay una calle melancolía y en el Paraguay también nacimos en el Mediterráneo.   
__________________
(Publicado en la sección de “El Correo Semanal” del diario Última Hora, Asunción, edición del sábado 16 de noviembre de 2019).


Joan Manuel Serrar en su visita al Museo de las Memorias, en 2007.

martes, 19 de junio de 2018

La guitarra suena y sueña...



(Réquiem por Kamba'i)

La guitarra suena y sueña...
Suena con acordes vivos y entre sus sonidos se escucha a la tierra guaraní, se escucha al pueblo humilde, se escuchan paisajes, escenas cotidianas, ryguazu kokore, gallinas escarbando la tierra en el patio de un rancho campesino, el jagua'i karê ladrando de soledad por las calles, el eco de la historia grandiosa en los sones del Campamento, el romanticismo lánguido de la punteada okara...

La guitarra suena y sueña...
Tiene la resonancia de una orquesta... pero son solo las manos callosas de un solo hombre que supo suplir con su genialidad popular las múltiples carencias, para inventar un tipo de rasgueo único en el mundo, en donde él es a la vez el principal concertista y la orquesta que le hace fondo, punteador y acompañante.
Moreno limeño sanpedrano. Fue obrero, obrajero, peón, portero ministerial, sereno de un conocido canal televisivo, humilde siempre, y esa humildad no dejó de acompañarlo nunca, ni en los momentos de mayor gloria en los escenarios.
No se dejó doblegar por las carencias, ni por la enfermedad. Hasta el último suspiro, aún en silla de ruedas, siguió tocando y enseñando su arte. La patria a la que dió tanto pudo haberle dado más. Evitarle tantos apremios económicos. Este país sigue siendo tan ingrato con sus hacedores de cultura. Pero lo que faltó en reconocimiento tangible de las autoridades del Gobierno y del Estado lo tuvo en el cariño de su público, en los muchos homenajes en vida, en tantos abrazos como mareas de aplausos.
Se va un grande. Su arte no morirá. Sonidos de la Tierra ha trabajado con él para enseñar su particular técnica de tocar la guitarra a muchos jóvenes guitarristas, en quienes don Efrén Echeverría, el querido Kamba'i, seguirá viviendo, sonando y soñando...
Adiós, amado gran artista. Gracias por tanto. Tu música ya es parte de nosotros.

La guitarra suena y sueña..
No dejará de sonar y de soñar...


Asunción, 19 de junio de 2018.

Andrés Colmán Gutiérrez




(Foto principal: Diario Última Hora.
Foto secundaria: Andrés Colmán Gutiérrez
Video: Red Guaraní)

sábado, 17 de febrero de 2018

Cenizas de revoluciones




Tenemos urgencias, amores que matan
tenemos silencio, tabaco, razones
tenemos Venecia, tenemos Manhattan
tenemos cenizas de revoluciones

(Joaquín Sabina, Más de cien mentiras)


***

Lo bueno de que tengamos cenizas de revoluciones, es que nos dan la certeza de que en algún momento hubo fuego ardiendo, sueños en llama viva, utopía encendida iluminando el mundo. 
Lo malo es que reneguemos de ellas, atacados por alguna culposa y macondiana gripe del olvido, o que no aprendamos de sus errores y estemos tentados a repetirlos una y otra vez, ignorando quizás lo que alguna vez dicen que dijo el propio Marx: la historia ocurre casi siempre la primera vez como tragedia y luego se repite como farsa, o como comedia. 
Es decir: primero Karl y luego Groucho (o viceversa). 
Todavía nos cuesta aprender que, del otro lado de nuestros lúgubres Stroessner o Pinochet, también los Lenin tuvieron a sus Stalin, y los Che o los Sup Marcos tuvieron a su Pol Pot y a su Abimael Guzmán.
Nada resume tanto la decadente y sin embargo romántica nostalgia revolucionaria, vivida desde una historia personal de encuentros y desencuentros de amor fugaz en dos tiempos, que la canción “Leningrado”, con la exquisita poética letra de Joaquín Sabina y música de Jaime Asúa, contenida en el último disco del ubetense, “Lo niego todo”.

Les dejo aquí la letra y el enlace con la canción, (por cierto una de las favoritas de Desirée).

Me doctoré en tus labios de ocasión
en una sórdida pensión de Leningrado
sin pasaporte y fuera de la ley
pero borracho como un rey desheredado

Cincuenta rublos era un potosí
y tu desnudo un maniquí de grana y oro
nos dieron llaves de la suite nupcial
que era un cuartucho de hospital… sin inodoro

Nos quedaba para un vodka con limón
y un tostón de Menchevique de la esquina
cuando agonizó el palique, qué ansiedad,
te empecé a desabrochar la gabardina

No era fácil en la Unión Soviética
ir por condones a recepción
a años luz de la rutina
anidó una golondrina en mi balcón

No sé qué nos pasó ni cómo fue
que nos cruzáramos aquella noche loca
balbuceamos cursiladas todo a cien
y rodamos descosiéndonos la boca

nos matábamos de ganas de vivir
sobreactuando el Vodevil de la Bohemia
no dormir era más dulce que soñar
y envejecer con dignidad una blasfemia

Tú con boina, yo con barba, viva el Che
recién conversos a la fe del hombre nuevo
no había caído el Muro de Berlín
ni reventado el polvorín de Sarajevo

porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón

Ayer salías, morena, de un café
ya casi medio siglo que no te veía
eras rubia, si no recuerdo mal
dije, y mintiendo, estás más guapa todavía

Me aceptaste una cerveza sin alcohol
se nos había muerto el sol en los tejados
funerales, y con nada que decir
vi en tus pupilas un añil mal dibujado

No sé por qué sigo escribiendo esta canción
pero me sangra el corazón cuando lo hurgo
supe que te casaste con un juez
y Leningrado es otra vez San Petesburgo

Ni siquiera comentamos si quedamos
pásame tu dirección
y de vuelta a la oficina
se estrelló una golondrina en mi balcón

Porque la revolución tenía un Talón 
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina en mi balcón



sábado, 24 de junio de 2017

Agustín Barrios Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya


Dicen que ante la negativa del Gobierno paraguayo a que actúe en el Teatro Nacional, el gran guitarrista y compositor Agustín Barrios Mangoré decidió dar su último concierto en la Plaza Uruguaya, en enero de 1925.
“El concierto se realizó al aire libre, en la Plaza Uruguaya, en el que colaboraron amigos y simpatizantes, entre ellos Dionisio Basualdo para la organización. El escenario era un tablado improvisado para la ocasión. Al inicio del concierto la avalancha del público por verlo de cerca hacía peligrar la estabilidad del frágil escenario abandonado por Barrios a tiempo, pues se venía abajo…”, narran Luis Szaran y Sila Godoy, en su obra Mangoré, vida y obra de Agustín Barrios,
Al final del concierto, el músico emocionado, a manera de adiós al Paraguay, leyó el emotivo soneto de su autoría:

¡Cuán raudo es mi girar! Yo soy veleta
que moviéndose a impulsos del destino,
va danzando su loco torbellino
hacia los cuatro vientos del planeta.

Llevo en mí el plasma de una vida inquieta,
y en mi vagar incierto, peregrino,
el arte va alumbrando mi camino
cual si fuera un fantástico cometa.

Yo soy hermano en glorias y dolores
de aquellos medioevales trovadores
que sufrieron románticas locuras.

Como ellos también, cuando haya muerto,
Dios sólo sabe en qué lejano puerto
iré a encontrar mi tosca sepultura.

Fue la última vez que Mangoré actuó en su patria.
Dolido, se alejó para nunca más volver…
Murió en San Salvador, en 1944, donde es un ídolo nacional.
En los primeros días de este culturoso junio de 2017, a pesar de todo, Mangoré regresó a la Plaza Uruguaya.
Está allí, encarnado en una estatua, con su guitarra inmortal.
En frente, sentado en un sillón en actitud pensativa, también desde este junio cuasi invernal, lo contempla otra gran gloria de la cultura paraguaya, el escritor Augusto Roa Bastos.

***

Roa Bastos cuenta que siendo niño llegó por primera vez desde Iturbe a Asunción en compañía de su madre, bajó en la Estación del Ferrocarril y cruzó a la Plaza Uruguaya, donde tuvo una de la visiones más impactantes: era la estatua de una mujer pintada de blanco, en cuya boca abierta bajaban los pajaritos.
En su imaginación febril, él vio que la mujer cerraba la boca y se comía a los pajaritos.
Años después utilizó ese recuerdo para cerrar su relato Estaciones, el tercer capítulo de su novela Hijo de Hombre, en donde el episodio de la estatua que comía pajaritos es contado por el protagonista, el teniente Miguel Vera.
Ahora Roa Bastos también está allí, encarnado en una estatua, no lejos de la mujer de blanco y frente a la del gran músico Mangoré.

***

En un relato autobiográfico de Roa Bastos, divulgado en en el libro de Rubén Bareiro Saguier, Augusto Roa Bastos: Caídas y resurrecciones de un pueblo, se narra que el gran escritor francés Antoine de Saint Exúpery, autor de El Principito, estuvo en Asunción en enero de 1930, como piloto y director de la Aeroposta Argentina.
Se encontró con el poeta paraguayo Hérib Campos Cervera en esa misma plaza.
“Se sentaron a conversar en la Plaza Uruguaya y Hérib, en su mal francés, le relató el último concierto que el guitarrista Agustín Barrios dio allí, tras acarrear él mismo los bancos de la plaza para que la gente pudiera sentarse…", cuenta Roa.
El episodio está recreado en mi cuento El Principito en la Plaza Uruguaya, en el libro homónimo publicado por la editorial Servilibro.

***

Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya.
Senderos que se bifurcan y vuelven a cruzarse.

¿Quién dice que las plazas de Asunción no están tan pobladas de historia y de cultura…?




miércoles, 14 de octubre de 2015

Ricardo Flecha: Toda una vida cantando a otro mundo posible

Tras un partido de fútbol con el gran cantautor brasileño Chico Buarque y el actor Chico Díaz, en Río de Janeiro.
Difundió en guaraní las canciones de John Lennon, Chico Buarque, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y otros grandes, grabándolas con varios de ellos. Es una de las voces más potentes y diáfanas de la música paraguaya, solidario e incansable trovador, para quien el arte está ligado a la lucha por un mundo mejor.

#CrónicasDeLaMemoria


Por Andrés Colmán Gutierrez - @andrescolman

Abril de 1986. El local de viejo Hospital de Clínicas, llamado "el hospital de los pobres", en el barrio San Antonio de Asunción, se hallaba totalmente rodeado por una barrera de policías armados con fusiles y pistolas, para impedir un acto de protesta de los médicos, enfermeros y estudiantes contra la dictadura del general Alfredo Stroessner, en reclamo de mejores salarios y más presupuesto para los trabajadores del centro sanitario.
Frente a la sede del hospital se desarrollaba una asamblea, pero quienes venían a sumarse con su adhesión solidaria no lograban pasar, detenidos por la barrera policial a más de una cuadra de distancia.
Uno de los que intentaban cruzar la valla era el cantautor Ricardo Flecha, integrante del grupo musical Ñamandú, quien portaba bajo el brazo una guitarra. Los organizadores lo habían invitado para que anime el acto con sus canciones, pero los policías le aseguraban que tenían órdenes estrictas de no dejarlo pasar.
Fue entonces cuando Ricardo abrió el estuche, extrajo su guitarra, la afinó durante un momento, y luego, parándose desafiante frente a la barrera de policías, empezó a entonar el clásico y combativo "Canto de Esperanza", del compositor Carlos Noguera.
La escena llamó la atención de muchas personas, que se acercaban hasta el lugar.
El artista no había podido cruzar la barrera represiva de la dictadura, pero su canción volaba libre encima de esa valla de intolerancia, llegando hasta los manifestantes, que empezaron a corear y aplaudir.
Ricardo, jovencito (en el centro), con sus compañeros del Grupo Juglares, en los años 80.
El canto social, un desafío

La foto del cantante y su guitarra frente al cerco de armas se publicó en un recuadro, en las páginas de Última Hora.
"¿Qué puede hacer una guitarra frente a las armas, frente al odio, frente a la muerte?", fue la pregunta que hizo entonces una periodista colega. Y la respuesta estaba allí, en esa canción, en esa actitud, en ese desafío.
"Creo que hace una vida que Ricardo Flecha viene contestando esta pregunta", respondí, en un texto que evocaba esa misma escena, y que forma parte de la presentación de "Razones", el segundo disco solista del cantante, editado en los años 90.
En dicho texto también describía que Flecha "no canta solo con su potente voz, sino con toda el alma que se le desgarra en cada canción. Porque a través de su voz cantan muchas otras voces, sofocadas bajo la tierra, condenadas a siglos de soledad. Voces que sufren, aman, se revelan, luchan y se atreven a imaginar un mundo mejor".

Desde las enramadas de San Antonio

De origen humilde, nacido en Asunción el 22 de diciembre de 1961, Ricardo Flecha creció primero en el tradicional barrio de la Chacarita, para mudarse luego con su familia al barrio San Antonio.
Recuerda especialmente que su papá era un gran amante de la música, principalmente folklórica, y supo transmitirle esa pasión.
"Mi papá es mi primera influencia. Me cantaba las guaranias de José Asunción Flores. Luego fui encontrando a otros grandes maestros, como Agustín Barboza y Oscar Cardozo Ocampo", recuerda.
Tras iniciar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de la Capital, su espíritu rebelde hizo que tenga conflictos con los directivos, y tuvo que migrar a "un colegio de refugiados", el Benjamín Aceval, donde tampoco pudo concluir el ciclo, ya que se veía forzado a buscar empleo.
"Mi mamá era modista, mi papá un obrero naval. Tuve una infancia pobre pero muy feliz. Aprendí de mis padres valores que agradezco mucho, como la honestidad y la predisposición para ayudar a las personas que necesitan. De allí viene mi sensibilidad social", explica.
Sus antiguos vecinos recuerdan a un adolescente y bohemio Ricardo con su guitarra a cuestas, cantando guaranias bajo las enramadas del barrio, enamorando a las muchachas.
"Lo recuerdo cantando siempre, con su grupo de amigos. Era ya un joven inquieto, luchador, solidario y tenía una muy linda voz", recuerda su ex vecina, Margarita Araujo.

Cantando con el mítico trovador rebelde norteamericano Pete Seeger, en Asunción, en 1995
El primer encuentro mágico

En 1973, Ricardo asistió a un festival universitario de la canción, donde pudo escuchar por primera vez a un conjunto formado por Maneco Galeano, su hermano José Antonio Galeano y otras voces. Era el germen de lo que luego sería el mítico grupo Sembrador.
"Escucharle a Maneco, a Carlos Noguera, a Mito Sequera, a Jorge Garbett, fue lo que me mostró el camino del tipo de música que yo quería hacer. Esa fecha fue una de las más simbólicas para definir mi carrera. Empezaba a entender que la música no solo sirve para entretener y distraer, sino que además puede ayudar a formar la conciencia de la gente, a ayudar a construir un país mejor", destaca Ricardo.
De aquel proceso empezó a incorporar más canciones sociales que solamente románticas a su repertorio, aunque no dejaba de llevar serenatas a las chicas del barrio.
Fue su estilo de cantar el que llamó la atención de otro músico, Alejandrino "Chondi" Paredes, quien en 1980 lo invitó a sumarse a un nuevo conjunto musical que estaban formando, y que iba a llamarse Juglares.
Una primera versión de Juglares, integrada por Carlos Noguera, Chondi Paredes, Juan Carlos dos Santos y Juan Carlos Chaparro, había iniciado en 1975, causando una saludable renovación en el ámbito musical.
Con Rubén Blades, durante un concierto en Panamá.
Aquel primer grupo grabó un disco de larga duración en vinilo, titulado "Canción de mi tiempo", con doce canciones, todas de autoría de Noguera, que hoy es considerado una auténtica pieza de colección por los aficionados a la música.
El Juglares original no tuvo mayor continuidad y el único sobreviviente de esa primera conformación, Chondi Paredes, buscó a otros integrantes para recomponerlo.
Fue así como convocó y sumó a Ricardo Flecha, Jorge Krauch, Juan Manuel Rivarola y al arpista César Cataldo. Junto con el conjunto Sembrador y el dúo Vocal Dos, Juglares fue el grupo musical insignia de un movimiento artístico contestatario, bautizado como Nuevo Cancionero Popular Paraguayo, que se convirtió en bandera de los sectores sociales y políticos que se movilizaban contra la dictadura del general Alfredo Stroessner, y que convocaba verdaderas multitudes en los festivales estudiantiles universitarios, o en los ciclos de recitales Mandu'arã.

El legado de Juglares

"Teníamos una posición clara a favor de la libertad, de la justicia social y de la democracia, y eso se reflejaba en muchas de nuestras versiones del nuevo cancionero paraguayo y latinoamericano, pero también hicimos un valioso rescate del folklore más tradicional del Paraguay, y lo hacíamos con un gran nivel musical y de arreglo vocal, algo que era reconocido y respetado hasta por nuestros más acérrimos detractores", apunta Chondi Paredes.
Grabaron un primer histórico disco, donde incluyeron la versión más famosa de la guarania "Despertar", de Maneco Galeano, que da nombre al material, incluyendo otros hits del momento, como "La Chuchi", "Color del Alba", "Chokokue kera yvoty", "Canto del Hachero", "Los Hombres", "Manduá kañy".
Hasta que en 1984, en plena cúspide del éxito, los integrantes de Juglares anunciaron sorpresivamente que habían decidido separarse y disolver el grupo, debido a "diferencias internas".
La noticia estalló como un balde de agua fría entre sus muchos seguidores. A pesar de los insistentes reclamos del público, no hubo posibilidades de reconciliación. Ricardo, Chondi y César formaron un nuevo conjunto, Terceto Ñamandú, que muy rápidamente hizo gran suceso y posteriormente sumó al guitarrista y rockero Rolando Chaparro.
Primera voz delTerceto Ñamandu, con Chondi Paredes y César Cataldo.
Fue el gran director de orquesta y compositor Oscar Cardozo Ocampo quien convenció a Ricardo para que se lance también como cantante solista, en principio sin dejar de lado su participación en Ñamandú.
De ese modo grabó su primer disco, Flecha Hermosa, dirigido por Cardozo Ocampo, al que luego siguió Razones, en el que incluyó temas grabados con participación de Mercedes Sosa, Jairo y Teresa Parodi. Era el inicio de su proyección a nivel internacional, junto con grandes artistas, a los que siempre había admirado.

Un rol político

Aunque reconoce no militar actualmente en ningún partido o movimiento político, Ricardo se declara socialista, y cree que desde la izquierda se puede construir un mundo mejor.
"Siempre he creído que la música debe transmitir ideas, además de sentimientos, y que la canción tiene que estar al lado de los que luchan por otro mundo posible. Por eso me verán siempre cantando junto a los obreros, a los campesinos, a los estudiantes, a la sociedad movilizada", admite.
Esta manera de entender el canto comprometido le ha costado prisiones, persecuciones y agresiones. En 1986, durante las grandes movilizaciones contra la dictadura stronista, fue arrestado y recluido en la Guardia de Seguridad, junto a varios dirigentes sociales y políticos.
En diciembre de 2006, mientras se manifestaba en las calles, en adhesión a las víctimas del incendiado supermercado Ycuá Bolaños, fue alcanzado por un proyectil cerca del ojo, en medio de la represión policial, lo cual le causó una sensible disminución en la visión y lo llevó a someterse a un complejo tratamiento de rehabilitación.
"No me arrepiento de haber estado allí, como un ciudadano más, alzándome contra las injusticias, y las veces que me llamen siempre estaré cantando junto a las víctimas", destaca.


El guaraní universal

Uno de los proyectos más celebrados de Ricardo Flecha es la serie de tres discos e innumerables conciertos conocidos como El Canto de los Karai, en el cual grabó versiones de grandes canciones universales en castellano, guaraní (y en algunos casos también en portugués), en muchos casos junto a grandes estrellas de la canción social internacional como Chico Buarque, Teresa Parodi, Victor Heredia, Paco Ibáñez, Luis Enrique Mejía Godoy, León Gieco, Mercedes Sosa, Luis Eduardo Aute, entre otros.
Traducidas al guaraní por el gran poeta Félix de Guarania (y en la última parte por Mario Rubén Álvarez), canciones como Imagine, de John Lennon, o Gracias a la Vida, de Violeta Parra, cobran una dimensión distinta, que revaloriza la lengua indígena paraguaya y la proyectan a una dimensión planetaria, a través de la música.
Con Silvio Rodríguez, en La Habana.
Pero Ricardo no se detiene en sus proyectos, y -acompañado de su fiel y dinámica esposa y mánager, Techi Cusmanich- en los últimos años ha realizado una nueve serie de discos y conciertos dedicados a la guarania "Donde la guarania crece", y "Donde la guarania crece, en los territorios del agua", celebrando un género musical tradicional y promoviendo nuevas creaciones de jóvenes artistas.
La celebración de los 35 años de canto lo sorprende en plena madurez artística, poniendo su diáfana y potente voz a interpretaciones sinfónicas como la Misa Guaraní, y acompañando además con su guitarra a los jóvenes estudiantes secundarios y universitarios, en la movilizaciones de #UNAnotecalles y #PARAGUAYnotecalles.
Quizás su mejor bandera de la música entendida como un instrumento de lucha y superación esté reflejada en los versos de "La canción es urgente", que su gran amiga, la cantautora correntina Teresa Parodi, le dedicó especialmente para que él la cante:

La canción es urgente,
es un río creciendo,
una flecha en el aire,
es amor combatiendo.

Quiero dártela ahora
que es la hora del fuego,
que es la hora del grito
que es la hora del pueblo