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martes, 13 de enero de 2015

La fotógrafa pilarense que logró "la imagen de la felicidad"




Karen Quintana es la autora de la celebrada foto que muestra a un veterano del Chaco y a su esposa, radiantes de felicidad, al recibir de regalo una vivienda en su cumpleaños número 100. La estudiante de comunicación relata la conmovedora historia humana que vivió detrás de esa imagen.

Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

"Yo ni siquiera tenía lugar desde donde sacar la foto. Llegué tarde y todos los otros colegas periodistas ya estaban ubicados dentro de la habitación, esperando que se desate la cinta de inauguración. Solo quedaba la cama vacía, así que me acosté allí, apunté la cámara y vi las sonrisas de oreja a oreja que iluminaban los rostros de la pareja de ancianos. Apreté el disparador. ¡Era la viva imagen de la felicidad...!".
Así resume Karen Fabiola Quintana el momento mágico que logró capturar con una fotografía, en la que aparecen el ex combatiente de la Guerra del Chaco, José Anacleto Escobar y su esposa, Cayetana Román, en el momento de ingresar a su nueva casa, que le fue regalada por la Gobernación de Ñeembucú, el pasado 5 de enero, el día en que el veterano cumplió 100 años de edad.
La foto fue distribuida a las redacciones de los medios de comunicación desde el Centro de Prensa de la Gobernación, publicada en la mayoría de los diarios impresos y sitios web de noticias, reproducida en un despacho internacional de la agencia EFE, multiplicada por medios internacionales y redes sociales en internet. El periodista Augusto Dos Santos, ex ministro de la Sicom, la calificó como "la mejor foto del inicio del año".
Hasta ahora no se había revelado el nombre del autor o de la autora de la foto. Bastó una comunicación a Pilar para saber que la imagen fue captada por Karen Fabiola, estudiante de periodismo y fotógrafa apasionada, funcionaria del Centro de Prensa de la Gobernación de Ñeembucú.
Cuando finalmente logramos contactar con ella, pudimos acceder no solamente a la versión de cómo se tomó la foto, sino también a la conmovedora historia humana que la fotógrafa pudo vivir, en el proceso de obtener la gráfica.

La casa original, en la que vivía el excombatiente pilarense.

Los últimos ex combatientes Chacoré

"Todo empezó en setiembre de 2014, cuando desde la Cámara de Diputados le encargaron al gobernador de Ñeembucú, Carlos Silva, hacer llegar unas distinciones especiales a los últimos ocho ex combatientes de la Guerra del Chaco que todavía estaban vivos, en todo el departamento de Ñeembucú", relata Karen.
Ella, como funcionaria del Centro de Prensa, es quien habitualmente acompaña al gobernador para documentar las actividades oficiales, tomando fotos y escribiendo reportes, y le tocó viajar en una gira que abarcó varias localidades del interior del departamento, como Mburicá, Laguna Itá, Isla Umbú, Mayor Martínez y finalmente, Pilar.
"Cuatro de los veteranos vivían en localidades remotas y los otros cuatro en barrios de la capital departamental. Encontramos que la mayoría vivían en buenas condiciones, hasta que llegamos a la casa del señor José Anacleto Escobar, en el barrio Obrero de Pilar, donde la situación que encontramos nos causó mucho dolor en el alma", cuenta.
El héroe del Chaco, entonces a punto de cumplir 100 años de edad, vivía con su esposa en una casa de ladrillos sin revocar, con piso de tierra, con un techo muy bajo y deteriorado, con paredes que transmitían mucho calor y humedad.
"Estaban almorzando un guiso blanco, muy pobre. Todo ese cuadro que encontramos nos conmovió demasiado. Entonces el gobernador se le acercó a la señora Cayetana, ya que don Anacleto tiene problemas de audición, y le preguntó si aceptaría que la Gobernación le ayude a construir una nueva casa. Ella le dijo que solo su marido podía decidir eso, entonces le hizo la misma pregunta en voz alta, para que pueda entender, y el veterano le miró desconfiado y le dijo en guaraní: 'Si ustedes van a hacer, está bien, porque yo no tengo ningún recurso'", recuerda Karen.
En seguida, el gobernador dio instrucciones a sus colaboradores para que busquen recursos y se dé inicio a la obra. La idea era que la casa pudiera estar terminada para la Navidad, pero hubo atrasos y finalmente se pudo hacer la entrega el día del cumpleaños de don Anacleto, que para mayor simbolismo cumplía un siglo de vida el 5 de enero.

Karen Quintana, la fotógrafa y estudiante de comunicación que obtuvo la ahora famosa foto, 
Sonrisas que trascendieron fronteras

"Desde el principio, el ex combatiente se mostró desconfiado, parecía que no creía mucho en las autoridades y en los políticos. Recién cuando empezó a ver que se levantaban las paredes, empezó a decir 'cierto ningo ra'e' (es verdad, había sido)", relata Karen.
La nueva casa fue construida en el terreno propio de la familia, al lado de la vivienda original, que se mantiene intacta. La construcción es de paredes de ladrillo y concreto, con pisos de cerámica, incluyendo un baño moderno y un sistema de aire acondicionado. La gobernación les proveyó además de una nueva cama y un ropero, entre otros equipamientos.

La nueva casa que le regalaron a don Anacleto, al cumplir 100 años de vida
"El día del cumpleaños se le hizo una verdadera fiesta a don Anacleto y a su esposa. Se les llevó una serenata con un conjunto musical, que entonó canciones patrióticas como 13 Tuyutí y Che la Reina. La pareja estaba radiante de felicidad, se les veía reír y llorar de alegría, en todo momento", cuenta la fotógrafa.
Ella tuvo que estar pendiente de varios momentos del acto y cuando llegó el momento de cortar la cinta, para que la pareja ingrese a su nueva casa, Karen se metió antes al interior, donde ya estaban varios otros fotógrafos y periodistas preparados con sus cámaras para documentar el momento.
Cuando ingresó, vio que sus colegas ya habían ocupado todos los mejores sitios desde donde tomar la foto. Fue entonces cuando vio que solo quedaba el lugar donde estaba la nueva cama de la pareja. Sin dudarlo, se descalzó, se acostó allí con su cámara apuntado hacia la puerta.
"Tras desatar la cinta, don Anacleto y doña Cayetana se dieron un beso, lo que llamamos 'un piquito', ante los aplausos y las risas de todos. Yo no pude fotografiar ese momento, por la posición incómoda en que estaba, pero sí pude captar el instante posterior, cuando los dos se miraron a la cara y se mataron de risa de su propia travesura y de su gran felicidad. Esa fue la escena que quedó inmortalizada y que al parecer gustó mucho a la gente", narra.
La foto se publicó en varios periódicos y sitios web del mundo, incluyendo el prestigioso diario estadounidense The New York Times.
Karen tiene 28 años de edad, es mamá de un niño precioso de dos años y se considera una "aficionada" del periodismo y la fotografía, que empezó haciendo locución en la legendaria emisora de Pilar, ZP 12 Radio Carlos Antonio López. Fue redactora de medios digitales y hoy comparte en el Centro de Prensa de la Gobernación con su jefe, Andrés Villalba y su compañera, Alejandra Acosta, mientras se prepara para cursar el segundo año de la carrera de Comunicación para el Desarrollo en la Universidad Nacional de Pilar.
"Hice cursos de fotografía, pero quiero seguir aprendiendo. Nunca creí que esa foto iba a tener tanta repercusión, incluso a nivel internacional. Tuve la suerte de poder captar un momento muy especial de dos personas que se aman, que han vivido con muchas privaciones y que ahora, en el final de sus vidas, se sienten felices por el regalo y el reconocimiento que reciben. Me gusta compartir esa felicidad", afirma.
De los ocho ex combatientes que quedaban vivos en Ñeembucú, uno de ellos ya ha fallecido recientemente. Otro de ellos, Antonio Veloso, de 99 años de edad, próximamente también recibirá de regalo por parte de la Gobernación de Ñeembucú de un sistema de aire acondicionado en su vivienda de Kambakuá, Isla Úmbu.
La foto, publicada en el diario The New York Times.

martes, 25 de noviembre de 2014

Los inmortales en la madrugada

                                                                                  
Allí estamos todos y todas, en esa clásica pose de turistas provincianos o 'valles' al pie del Obelisco de Buenos Aires, sintiéndonos 'paraguas' conquistadores de la madrugada porteña.
Allí estamos, a pocas horas de internarnos en un cuartel militar de Campo de Mayo y ser descuereados hasta la humillación por los Cascos Azules de Caecopaz - Naciones Unidas, en una semana de torturas a la que eufemísticamente llaman 'Curso para Corresponsales de Guerra'.
Pero eso será mañana... Ahora estamos allí, inmortalizados en la foto (que con toda seguridad la tomó el gran Rene González, ya que es el único que no aparece en cuadro) poco después de la medianoche de algún mes que no recuerdo, pero estoy casi convencido de que el año era 2007.
Estamos allí, quizás un poco ateridos por el frío porteño, lo cual explica las camperas y los abrigos, aunque Rosendo Duarte aparezca en mangas de camiseta, talvez más debido a las cervezas que nos habíamos tomado que a su legendario coraje de corresponsal fronterizo en Salto del Guairá. Yo aparezco en el medio, por pura y simple casualidad geográfica, aunque habrá quien diga que siempre quiero estar en el centro de las cosas (o de las fotos). A mi izquierda está la reina del periodismo del Sur, Clide Noemi Martinez (eso mirado desde nuestra perspectiva, no la del fotógrafo que mira desde el lente de la cámara, ni de quienes ahora miran la foto).Y a mi derecha está él, Pablo Medina, el único del grupo que hoy ya no podrá aparecer nunca más junto a nosotros en ninguna otra foto, porque unos cobardes y asesinos disparos nos robaron para siempre esa posibilidad. A su lado está Mariana Ladaga Pereyras, la tenaz reportera triple fronteriza, junto al veraniego Rosendo. Y del otro lado el siempre pintoresco Hombre del Norte, Alberto Núñez Barreto, que ya entonces compartía destino y competencia con Pablo, en su escarlata Capi'ibary. La postal se completa con el veterano reportero gráfico Anibal Gauto, sobreviviente de tantas batallas periodísticas, que en aquellos días nos prodigó su locura y su talento.
Confieso que extrañaba esta foto.
La recordaba de memoria, porque la había perdido en algún apagón de archivo o apocalipsis informatico... hasta que en estos días Clide me la devolvió en un posteo feibusquero.
Amo esta foto. Parecemos allí todos y todas tan inmortales, tan 'paraguas conquistadores en tierras porteñas', como aquellos antepasados nuestros que hace siglos llegaron desde Asunción a refundar Buenos Aires. Probablemente en esa memorable madrugada de pizzas, cerveza y risas, nosotros no refundamos nada más que la amistad y la camaradería, una idea compartida de periodismo de riesgo, enarbolada por encima de nuestras limitaciones y medios precarios, de nuestros sueños irreales y miedos reales.
Por eso amo esta foto... Porque allí Pablo Medina está tan vivo y presente, y desearía que esta vez la imagen resista a todos los apagones de archivos y apocalipsis digitales, para que lo mantenga (y nos mantenga) a salvo, lejos de narcos intendentes apadrinados por el poder, que se creen dueños de vidas y de países, capaces de ordenar impunemente a oscuros sicarios que nos borren a balazos de las fotos y de la vida.
Amo esta foto... aunque las alcohólicas y fraternas madrugadas periodísticas junto al obelisco porteño se hayan quedado allá tan lejos... y hayamos descubierto de tan cruel y dolorosa manera que no somos inmortales.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Danza mortal sobre los Saltos del Guairá



Revisando el archivo para preparar una edición especial por los 40 años de Última Hora, me encontré con esta pequeña joyita.
Es un reportaje que me tocó realizar en julio de 1980, para El Correo Semanal de Última Hora, junto con el fotógrafo Jorge Adorno (jefe de Fotografía de ÚH durante muchos años).
Yo tenía entonces 19 años de edad y hacia menos de un año que había ingresado a formar parte de la Redacción. Algunos amigos de mi ciudad adoptiva me avisaron entonces que un acróbata alemán había pedido autorización a las autoridades del Municipio para realizar un show de acrobacia: Se proponía cruzar caminando sobre un cabo de acero (sin red) sobre los Saltos del Guairá, uniendo las fronteras de Brasil y Paraguay.
Aquel podía ser un reportaje fantástico. Se lo propuse a Tony Carmona, entonces editor de El Correo Semanal (en esa época, el suplemento tenía un perfil más de revista de fin de semana, que del actual estilo cultural), quien me dio luz verde y me facilitó todos los recursos para el viaje.
Partimos en una vieja camioneta Ford F100, pilotada por el recordado Bartolomé “Loro” Insfrán. Viajamos por territorio brasileño, via Foz de Yguazú, ya que en esa época, desde Coronel Oviedo hasta Salto era camino de tierra, y con las lluvias se tardaba días en llegar. En Guaíra (la ciudad brasileña frente a Salto del Guairá), pudimos ubicar al acróbata y hacerle una primera entrevista.
Así conocí a Peter Rehlinger, el aventurero alemán de 44 años de edad, que recorría el mundo realizando hazañas acrobáticas en lugares desafiantes. Buscaba el Record Olímpico Mundial.
El día 12 de julio de 1980, a las 14:52, Peter inició su show. Había un cabo tirante de extremo a extremo, de país a país, sobre el cañón del río Paraná, con el fondo de la Séptima Cascada, la llamada “Garganta de Diablo”.
Multitudes de curiosos se agolpaban al borde de los barrancos, a ambos lados del rugiente río fronterizo. Dice la crónica que escribí entonces: “La expectativa crece, hasta que una figura vestida de blanco empieza a dar los primeros pasos sobre el cable, desde la costa brasileña. Su figura, más bien pequeña, apenas se destaca entre el imponente escenario natural. Lleva en sus manos una barra de equilibrista con una bandera brasileña ondeando al viento. Por instantes, el rumor inmenso de las cascadas parece bajo los aplausos de la multitud”.
Tardó doce minutos en cruzar el cañón de 250 metros de ancho. En la costa paraguaya, fue recibido por el gobernador (Juan Vicente Caballero) y el intendente de Salto, coronel Isabelino Pimienta (padre del hoy médico y sindicalista César Pimienta), a quienes entregó la bandera brasileña y estos le entregaron una bandera paraguaya. Allí me dijo: “Estoy apenas un poco cansado, hay mucho viento y resultó bastante difícil. Pero creo que puedo volver a hacerlo”.
Acto seguido volvió a cruzar, llevando esta vez la bandera paraguaya, pero se detuvo en medio del río, donde un trapecio colgaba del cabo. Amarró la bandera y empezó un show de trapecista, que tuvo más de una hora de duración. Se acostó sobre el cable, se balanceó, se dejó colgar de una pierna, de un pie, de una mano.
Reproduzco otro párrafo de aquella crónica: “Su nombre es Peter Rehlinger y en un increíble show suicida, lleno de simbolismo, burló a la muerte sobre los Saltos del Guairá, unió la frontera de dos países y todavía se dio el lujo de bailar sobre el cable con los ojos vendados. Si decimos que hasta las cascadas próximas a desaparecer, callaron su voz para dejar oír la ovación del público, tal vez no estemos exagerando…”.
Dos años después empezaría a formarse el llamado Lago de Itaipú, para poner en funcionamiento a la represa hidroeléctrica, ahogando a los portentosos Saltos del Guairá, matando así a una de las consideradas Siete Maravillas de la Naturaleza en el Mundo.
En homenaje a aquellas inolvidables cascadas, que marcaron el utópico paisaje de mi adolescencia en la frontera de Canindeyú, rescato hoy estos recuerdos periodísticos…



martes, 21 de agosto de 2012

Ñangapiry news

(Un clásico relato sobre la odisea de viajar en ómnibus en Asunción).


Mirna Pereira, vestida apenas con unas gotas de Guerlain, desaparece bruscamente a las siete y cinco de la mañana.
Estábamos en lo mejor, ella y yo, cuando el bip frenético del despertador de cuarzo decide iniciar su fastidiosa función de aguafiestas. Extiendo la mano para callarlo y solo consigo tumbar la botella de vodka sobre las baldosas, con un estruendo infernal que me clava mil alfileres en el cerebro. El Sol se mete en forma cruel por la ventana, revelando al mundo que mi departamento de soltero no tiene nada que envidiar a las Ruinas de Humaitá.
Una cucaracha me saluda desde adentro de la zapatilla. Es lo último que hace en la vida. Después viene la caricia del agua fría, la toalla, el peine, el cepillo de dientes, el frasco entero de aspirinas, la misión imposible de reconstruir este rostro devastado por la resaca. Juro solemnemente no beber nunca más. Bueno... al menos no tanto como anoche. Ahora la ropa, la cámara fotográfica, la calle, el Sol insoportable, la impaciente espera del condenado ómnibus que nunca aparece.
Cuando por fin el maldito se decide a aparecer, más cargado que bolsillo de aduanero, descubro que aquel principio de física que me enseñaron en el colegio, ese que decía que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio, no pasaba de ser una tremenda bola. De lo contrario no estaría ya adentro del vehículo, pasándole mis últimos diez mil guaraníes al chofer, escuchando lo mismo de siempre: Pasá nomás hacia el fondo, después te doy tu vuelto, che ra’a, ahora no tengo cambio.
Y aquí, ¿nadie se enteró de que ya inventaron el desodorante? Esta gorda, ¿qué se cree...que soy de esponja? ¡Ay, mi pie! ¿Qué dice el chofer...? ¿Qué hay más lugar hacia atrás? ¡En tu cerebro lo que hay lugar, nde tavyrón! Y este maldito dolor de cabeza que no se me pasa. ¡Cuidado, señora, me está aplastando la cámara fotográfica! Sí, soy reportero de la revista Ñangapiry News. ¿Qué...? ¿Tomar una foto de lo excesivamente lleno que va el micro? No creo que se pueda. No hay lugar. A ver... ¡Ups! ¡Cuidado...! Perdón, señorita, es que estaba intentando tomar una foto y no me pude sostener. Me caí en su regazo sin querer. ¿Mba’e...? ¡Sátiro será tu abuelo!
Este tipo está rematadamente loco. Aquí ya no cabe un alfiler y sigue alzando gente. A ver si puedo fotografiar a esos tipos colgados de la estribera. Eso es. ¡Click! Nde, cuate, enohemi nde po. ¡Click! A ver si puedo captar la parte del chofer, a lo mejor se nota la marca del velocímetro. ¡Click! Es notable como a través del lente todo se ve distinto. ¡Click! Esa camioneta que nos pasa rozando, por ejemplo. ¡Click! Ese panchero al que casi atropellamos. ¡Click! La manera en que subimos sobre la vereda. ¡Click! Esa columna que avanza hacia nosotros. ¡Click! Este... que... pero... ¡Click! Parece que... ¡no! ¡Click! ¡chocamoooos...! ¡Click! ¡CRASH...!

* * *

El griterío infernal de Fulgencio Mendieta, director de la revista Ñangapiry News, me despertó, tendido en la cama de algún hospital.
–¡Fantástico, Rafa, fantástico....! ¡Sos el primer periodista que consigue fotografiar todo el proceso de la loca odisea de un micro suicida que en carrera desenfrenada crea una verdadera conmoción por las calles de la ciudad, hasta las escenas más dramáticas de la colisión final... trágica, real, increíble! ¡Y todavía sobreviviste para contarlo! ¡Esto es genial...! ¡Será un impacto periodístico, un golpe demoledor para la competencia! ¡Es nuestra consagración, Rafa querido, nuestra consagración...!
Mendieta hubiera seguido gritando hasta el día del Juicio Final, si no fuera por los dos fornidos enfermeros que se lo llevaron a rastras porque estaba despertando a todo el pabellón.
Me quedé solo, contemplando el jarrón de flores que alguien había dejado sobre la mesita. La tarjeta la firma una tal Alicia, de la que no me acuerdo. ¿No era la rubia esa de la heladería? ¡Uy, siento un estirón en la rodilla...! Por suerte, parece que no tengo fracturas graves.
Ya sabía que este iba a ser un día infernal, desde que encontré la cucaracha dentro de mi zapatilla. ¿Por cuánto tiempo más querrán dejarme aquí estos médicos de morondanga? Están locos si piensan que me voy a quedar postrado cuando tengo que ir a escribir la nota del año. ¡Periodista...! Pensar que si le hubiera hecho caso a la tonta de mi tía, a esta altura estaría rayando planillas en un escritorio con telarañas. ¡Quería que trabajara en un banco, la vieja loca! ¡Uy, la rodilla...! Por lo menos pasó algo bueno: ya no me duele la cabeza. Pero tengo una sed de los mil demonios. ¿No habrá una miserable cervecita en este hospital?


(Relato incluido en el libro El Principito en la Plaza Uruguaya de Andrés Colmán Gutiérrez, Editorial Servilibro, Asunción 2007)

domingo, 29 de agosto de 2010

Sinfonía en verde y oro



Tarde de sábado. El vértigo del micro centro comercial de Ciudad del Este se apaga en un eco sordo contra el rumor del río. Los últimos sacoleiros apuran el paso con sus enormes bolsos, como si llevaran el peso de la vida a sus espaldas. En el paseo central de la avenida Nanawa casi Adrián Jara..., una suave lluvia de pétalos dorados cubre el negro asfalto, mientras la copa del Tajy sacude sus penachos al viento, en una explosión dorada que hiere la vista. Celebración anticipada de primavera. Madre Natura recordándonos que aún en medio de la más dura realidad, ella está allí para regalarnos su belleza, quizás sin pedir a cambio nada más que admirarla, valorarla… y protegerla.

sábado, 24 de julio de 2010

La Luna sobre el Este


Esta es otra foto de la Luna, tomada hace unos instantes de este anochecer de sábado, desde el balcón de mi apartamento, en Ciudad del Este. Es una foto parecida a la que le tomé hace unos meses en Concepción (¿se acuerdan?). Pero no es igual. Y, por supuesto, muy diferente a aquella naciente Luna con sonrisa que les mostré hace dos semanas en el Facebook, desde Asunción.
Aunque la Luna es siempre la misma, es también distinta, o uno es distinto según el momento en que la mira.
Uno va devorando caminos en esta vida y siente que la Luna va con él.
Cuando uno ya no esté, la Luna seguirá estando.
Parafraseando a la bella canción de Kevin Johansen sobre Porto Alegre, esta vez no sé si es la Luna la que está sobre Ciudad del Este, o es Ciudad del Este la que está sobre la Luna.
Solo sé que es linda, y eterna, y blanca, y radiante… y hace bien deleitarse al mirarla.

viernes, 16 de abril de 2010

Las fotos de René González en Haití: La belleza en medio del horror.


Sentada sobre restos de bloques de cemento y recostada cómodamente contra un auto sepultado entre los escombros, en medio de las ruinas del terremoto en Haití, hay una mujer desnuda leyendo un libro.
Una camisa sucia y arrugada cubre apenas una parte de su piel oscura y brillante, esplendorosamente bella. Cerca de ella, sobrevivientes desesperados deambulan buscando refugio, socorro, y alimentos, entre el aullido de la sirenas. Abstraída del caos que bulle a su alrededor, la mujer desnuda lee, sin percibir que ese instante surrealista le sobrevivirá en el tiempo, a través de la mirada de un fotógrafo sediento de luz, que ha llegado desde el corazón de la América del Sur.
Desde el primer momento en que supo que un equipo de socorristas paraguayos viajaría a ayudar en el rescate de las víctimas de la gran catástrofe, René González se impuso la obsesiva misión de golpear puertas hasta ganarse un lugar en el vuelo rumbo al sufrido país caribeño. Fue el único corresponsal paraguayo en esa expedición humanitaria: un voluntarioso intruso dispuesto a descender, como el poeta Dante, a los círculos del infierno.
El sabía muy bien a lo que iba. Mientras los rescatistas compatriotas iban convencidos de ofrecer los mejor de sus heroicos esfuerzos y conocimientos para ayudar a salvar vidas y restañar las muchas heridas de un pueblo en desgracia, René tenía muy claro que su función llegaba mas allá, a través del ojo digital de su cámara explorando los insólitos momentos de luz y de belleza que anidan en medio del horror, y que convertidos en fugaces destellos permiten guardar la memoria de un tiempo cruel y despiadado, pero sobre todo de revelar la grandiosa voluntad y fortaleza humana, capaz de enfrentar y superar aún lo más terrible.

La verdad oculta que sale a la luz.

Un niño mira al cielo parado al lado de un balde de bananas verdes y machucadas, sucias de polvareda. Hay pies con muletas caminando junto a otros pies que los guían, y sus sombras alargadas sobre la tierra reseca diseñan la mejor metáfora de la solidaridad. Una mano vierte el contenido de una botella de agua sobre un anciano tendido en el suelo, cuya boca se aferra a la boca de la botella como si fuera la teta de una madre insuflando la vida. Un ómnibus del transporte público haitiano se abre paso entre las ruinas, y en los colores pintados en su carrocería estalla la alegría del arte popular. Una beba mira protegida entre las piernas llenas de cicatrices de su madre y en esa mirada se encierra toda la ternura, toda la resistencia, toda la esperanza…
Hace algún tiempo, cuando participamos juntos en un curso para Corresponsales de Guerra con los Cascos Azules de Naciones Unidas, se nos impuso un dilema ético: ante un cuadro de grave atentado criminal, ¿un periodista debe registrar el hecho o rescatar a los heridos? Si guardaba su cámara para ponerse a salvar vidas, cumplía un rol humanitario, pero incumplía su misión de testimoniar e informar acerca de un hecho importante.
La duda se despejó en pocos minutos, cuando nos vimos inmersos en medio de un ataque simulado con bombas de humo, disparos y explosiones, mientras varios compañeros tirados en el suelo gritaban clamando auxilio. Allí vi a René apostado tras unos escombros disparando su cámara. Y apenas supo que ya tenía buenas y suficientes fotos aseguradas, la guardó y corrió a ayudar, hasta evacuar a todos los heridos.
No sé como habrá sido estar en Haití, pero estoy seguro de que René no se habrá quedado con los brazos cruzados mientras sus compañeros de grupo ayudaban a la gente. Aunque él sabía que su principal aporte no estaba allí, sino aquí, en estas imágenes que hablan del dolor, pero que por sobre todo hablan de la solidaridad sin fronteras, de la belleza en medio del horror, de la verdad oculta que sale a la luz a través del arte fotográfico, de la memoria preservada en cada cuadro de eternidad.
¡Haití vive… y las fotos de René González dan cuenta de ello!

(Texto para la Exposición de Fotografías "Imágenes de Haití", de René González, en el Centro Cultural El Cabildo, desde el viernes 16 de abril hasta el miércoles 5 de mayo)