Mostrando entradas con la etiqueta cumpleaños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cumpleaños. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de julio de 2018

Las reinas de nuestra familia



Hortensia Espinoza y Luisa Gutiérrez son las dos hermanas de mi madre que siguen vivas, exponentes de una estirpe de mujeres que sostuvieron a una gran familia, desde la época de las residentas y destinadas de la Guerra del 70, en nuestro querido pueblo natal Yhú, Caaguazú.
La historia inicia con María Ana Paredes de Villagra, mi bisabuela, la mujer yhuense mencionada en las memorias de Madame Teodora Dupratt de Laserre, como la heroína que desafío las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las destinadas que llegaron a Yhú en marzo de 1869, enviadas en confinamiento por el Mariscal López, donde permanecieron hasta setiembre del mismo año, confinadas en un campo que queda a la salida del pueblo, conocido como Destinadas campamento kue, para luego seguir viaje hasta Espadín.
La hija de María Ana, María Abdona Paredes (Ña Doña), mi abuela materna, se casó y enviudó dos veces. Primero con Eliezer Espinoza, con quien tuvo 9 hijos: Blas (Pachito), Obdulia (China), Sixto, Víctor Eloy, Solano, Deolinda, María Dorila (Pochó), María Teresa y Hortensia. Tras la muerte de su primer marido, se casó con Pío del Rosario Gutiérrez, con quien tuvo tres hijos más: Luisa, Pío del Rosario (Tatito) y Nilda (nuestra mamá).
También hay otra línea de hermanos Espinoza, por parte del primer abuelo Eliezer. En esta línea, nuestros queridos tíos son: Gregorio (Gollo), Manuelito, Salvador, Julián, Emilio.
Como en gran parte de la historia paraguaya, son las mujeres las que sostuvieron y sostienen a nuestra numerosa y disgregada familia, criando hijos ante las ausencias masculinas -muchas veces dolorosa por guerras, asesinatos, conflictos-. Son nuestras heroínas.
El fin de semana entre junio y julio, los parientes de varias generaciones de Espinoza y Gutiérrez nos hemos reunido en nuestra amada patria chica, el modernizado y ecológico Yhú, para rendir homenaje a estas dos reinas. El pretexto fue el 93 cumpleaños de Tía Hortensia y una previa del cumple 87 de Tía Luisa (que será en agosto). Una fiesta hermosa, familiar y multitudinaria, que permitió conocernos y reconocernos.

____________
(Las fotos son de Desirée Esquivel).

Parte de la familia Espinoza-Gutiérrez, en la noche de homenaje a las tías.

Luisa Gutiérrez y Hortensia Espinoza, en la calle principal de Yhú.

Plaza y portal de entrada a Yhú, desde San Joaquín.


lunes, 12 de junio de 2017

Iturbe (Manorá), el pueblo donde nació la literatura de Roa Bastos



Visitar Iturbe (o Manorá) es meterse dentro de los cuentos y novelas de Augusto Roa Bastos. Los escenarios de las mágicas historias que vivió siendo niño y luego las reescribió, todavía están allí, esperando ser recreadas. En el centenario del supremo escritor, viajamos hasta su aldea literaria y conocimos al último de los carpincheros.


Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Cámaras y edición: Ivonne Velázquez, Ylda R. Miskinich
ITURBE, GUAIRÁ

-Sí, los carpincheros del cuento todavía existen, pero casi ya no quedan carpinchos... -afirma Silvio Rodas, conocido como Piliki, también ex carpinchero, mientras nos conduce en su precaria canoa por las aguas del Tebikuarymi.
Parado y con el torso desnudo, impulsándose con un rústico pértigo, se parece a un personaje fugado del cuento Carpincheros, el primero del libro El trueno entre las hojas de Augusto Roa Bastos, publicado en 1953.
A 120 kilómetros de Asunción, Iturbe es un pueblo de calles polvorientas y antiguas casas dormidas desde que la industria azucarera, que le daba vida económica y social, también quedó paralizada.
Aunque nacido en Asunción, el 13 de junio de 1917, Augusto llegó aquí con 3 años de edad, en brazos de su madre Lucía Bastos. Su padre, Lucio Roa, ya llevaba un par de años trabajando en el ingenio azucarero y la familia habitó en una pequeña casa, sobre un barranco a orillas del río.
La casa original de los Roa ya no está. Solo quedó un desvencijado portón de madera que el escritor encontró en 1994, cuando regresó de visita a Iturbe, luego de casi medio siglo de ausencia. Él lo llamó "el portón de los sueños", que le permitía escapar desde allí a las aventuras infantiles para descubrir el mundo. Ese mismo portón se mantiene como monumento junto a la antigua estación del Ferrocarril, hoy convertida en museo y Casa de la Cultura.

Silvio Rodas, alias Piliki, es el último de los carpincheros en el Tebikuarymi. Al fondo se ve la Azucarera Iturbe.
REALIDAD Y FICCIÓN. Gran parte de lo que el niño Augusto vivió en Iturbe aparece reflejado en varias escenas de sus cuentos y novelas.
"Su papá le prohibía salir, pero él se escapaba a las siestas y a las noches para vivir aventuras con sus amigos, los mita'i campesinos. Fue así como vio a los carpincheros pasar con sus canoas por el río, como describe en su cuento Carpincheros. Con los de su pandilla colocaban obstáculos en las vías del ferrocarril, como se lee en su cuento Pirulí, para que el tren se detenga y ellos puedan subir y viajar gratis", relata la ex maestra de literatura Reina Gallinar, en cuya casa se alojó Roa Bastos cuando regresó a Iturbe.
Aunque Roa no nació en Iturbe, su literatura si nació allí, afirma la docente. A los 13 años, Augusto escribió en ese lugar su primera obra, la pieza teatral La carcajada, junto con su mamá Lucía.
"Iturbe es para Roa Bastos su aldea literaria, a la que llama Manorá, al igual que Aracataca es Macondo para García Márquez. Mucho de lo que él vivió en este lugar aparece en su literatura y muchas cosas que hay en sus cuentos todavía se pueden hallar aquí", destaca la profesora Reina.


El antiguo pupitre en el que se sentó Roa Bastos en la escuela de Iturbe, entre 1924 y 1926.
RELIQUIAS. Un ajado pupitre de madera se guarda celosamente en el museo La Estación de Iturbe.
Un cartelito informa que se trata del mismo pupitre escolar en que se sentaba el niño Augusto, cuando cursaba los primeros grados en la Escuela Rigoberto Caballero, entre 1924 y 1926.
Después, Augusto se fue a seguir sus estudios en Asunción, pero regresaba en las vacaciones y así se puso de novio con Ana Lidia Tota Mascheroni, hija de una de las familias tradicionales de Iturbe, con quién se casó en 1942. La casona y el antiguo almacén de los Mascheroni se mantienen altivos, cerca de la Estación.
Piliki, el último de los carpincheros, nos lleva de paseo en su canoa, por las aguas del río Tebikuarymi.
Desde el lugar se ve la estructura de la Azucarera Iturbe, actualmente parada, y la casa de la Administración, en el mismo lugar donde se alzó la vivienda en que crecieron Augusto y sus hermanas.
En el lugar hay un banco de arena en forma de media luna, el mismo que describe Roa en varios de sus cuentos, especialmente en Carpincheros y El trueno entre las hojas.
"Yo he leído sus obras y está clarísimo que este es el lugar que él cuenta, donde vio pasar a los carpincheros en la noche de San Juan y un poco más allá estaba el lugar por donde pasaba la balsa, antes de que exista el puente. Es probablemente el lugar donde tenía su balsa ese líder sindical de los cañeros, que se quedó ciego y después se hizo balsero", dice Piliki, mientras sigue remando con el pértigo.
A 100 años de su nacimiento, Roa Bastos y su obra siguen vivos en Iturbe.


 La casa de la administración, de la Azucarera Iturbe, en el lugar donde vivían los Roa Bastos.
En Iturbe se conserva la casa de Lidia "Tota" Mascheroni, quien fue  novia de juventud y luego esposa de Roa Bastos.
El portón de los sueños, lo único que quedó de la casa de Roa Bastos, se mantiene en la antigua Estación del Ferrocarril.
___________________

(Publicado originalmente en el diario ÚLTIMA HORA).

lunes, 22 de mayo de 2017

Nippur de Lagash cumple 50 años


Creado en 1967 por el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Lucho Olivera, el incorruptible guerrero sumerio es uno de los íconos de la historieta latinoamericana.


Andrés Colmán Gutiérrez

Mayo de 1967. Buenos Aires, Argentina. Bajo la fría llovizna, un harapiento obrero paraguayo, oriundo de Caazapá, regresaba caminando desde la fábrica donde se ganaba el sustento hasta la humilde pensión de Martínez, donde debía semanas de alquiler.
Se detuvo frente a un kiosko a mirar tapas de diarios y revistas. Le llamó la atención el álbum de historietas D’artagnan, de la editorial Columba. Era la edición N° 151. En la portada, entre varios títulos, anunciaba: Historia para Lagash; por Robin Wood.
El obrero paraguayo caazapeño lo leyó una y otra vez, sin poder creer. Ignorando las protestas del kioskero, anotó la dirección de la casa editorial y se dirigió hacia allá, caminando largas cuadras.
La chica de la recepción lo miró entrar con actitud desconfiada, pero cuando él le dijo su nombre, se le iluminaron los ojos.
-¡Hace días que le estamos buscando, señor Robin Wood…! El editor quiere hablar con usted.
El obrero paraguayo caazapeño fue llevado hasta la lujosa oficina de un señor con traje y corbata, quien lo radiografió con una mirada de escepticismo, le pidió la cédula de identidad y finalmente esbozó una sonrisa.
-¿Es usted el que escribió esos guiones que publicamos? ¿Puede escribir más…? Se los compramos todos. Especialmente el de ese guerrero, el tal Nippur de Lagash
Aquel día, el obrero paraguayo caazapeño recibió un primer cheque, que duplicaba en varios números el sueldo que cobraba en la fábrica, a la que desde entonces dejó de concurrir. Fue a un restaurante, pidió un plato de comida caliente, una botella de vino, se compró ropa nueva, se mudó de pensión… y empezó a escribir.

La primera página de "Historia para Lagash", de 1967, posteriormente coloreada,
Un guerrero en Sumeria

Así empezó la historia o la leyenda.
Robin Wood tenía 23 años de edad, había llegado desde Paraguay, siguiendo el consejo de su mentor, el docente y político democratacristiano Rómulo Teobaldo Perina, quien un buen día lo alzó en el tren internacional desde Encarnación y le dijo: “Andate a la Argentina, aquí no hay nada que hacer, allá te vas a abrir camino”.
Nacido en Colonia Cosme, Caazapá, en 1944, descendiente de migrantes australianos, Robin había trabajado como mozo y obrajero, logrando apenas culminar la escuela primaria, aunque era un voraz lector de cuanto libro caía en sus manos. Llegó a escribir cuentos y ganó un concurso literario del diario La Tribuna.
En Buenos Aires intentó ser dibujante y se inscribió en la Escuela Panamericana de Arte, donde conoció al ilustrador correntino Luis Olivera. Descubrieron que tenían en común la fascinación por la antigua civilización sumeria. Lucho le dijo a Robin que dibujaba muy mal, pero escribía bien y le tentó a crear algunos guiones de historietas para que él los dibuje.
“Yo nunca había escrito un guion, pero Lucho me enseñó y probé suerte. Hice dos historias bélicas y una de un guerrero en la antigua Sumeria. Había que ponerle un nombre al personaje. Sabía que había dos ciudades importantes en la antigüedad: Nippur y Lagash. Con mucha obviedad le bauticé Nippur e hice que viviera en Lagash”, recuerda Robin.
Le pasó los guiones a su amigo y se olvidó del asunto. La poca plata le impidió seguir en la Panamericana y perdió todo contacto con Lucho... hasta que, aquella tarde gris de marzo de 1967, vio por primera vez a Nippur de Lagash en las páginas de D’artagnan.

Nippur, según el dibujante paraguayo Kike Olmedo, que ahora dibuja Dago.
Nippur, más que Superman

Historia para Lagash iba a durar solo un capítulo, en que el general Nippur, un recto y valiente guerrero, jefe de la guardia del rey Urukagina, fue exiliado debido a que el dictador Luggal-Zagizzi se apoderó de Lagash a sangre y fuego, en complicidad con el sacerdote Sumur.
Aquellas primeras páginas escritas por Wood y dibujadas por Olivera cautivaron a miles de lectores, que pidieron más y más aventuras. Entonces Robin echó a andar a su guerrero por los territorios de la antigüedad, en compañía de su fiel amigo Ur-El, el gigante de Elam.
Los llevó a Egipto, donde Nippur se enamoró de la hija del faraón, Nofretamon, y despreció los cegadores brillos del poder.
Llegaron a Atenas para ayudar a Teseo a vencer al Minotauro. Se metieron en varios entuertos, pelearon junto a pastores y reyes, enfrentaron a míticos monstruos y a bellas amazonas.
En cada aventura, Nippur iba adquiriendo un poco más de sabiduría y de habilidades. Ya se había ganado varios motes, entre ellos el incorruptible y el errante.
En su ensayo La espada y la palabra, el escritor argentino Martín Caparrós cuenta que leía con pasión a Nippur de Lagash en su niñez y lo compara con otro legendario personaje de comics, Superman, concluyendo que el personaje del autor paraguayo era mucho más que el superhéroe norteamericano.
“Superman podía ver y escuchar todo pero, en última instancia, no entendía nada: no aprendía. Nippur de Lagash, en cambio, sabía convertir su experiencia en ideas, conductas, expresiones. Nippur no pasaba intacto por el mundo, no seguía siendo siempre el mismo: sus experiencias lo marcaban, tanto que terminaron por costarle un ojo de la cara. A partir de la mitad de su historia, Nippur fue el tuerto al que una flecha le había arrancado el ojo izquierdo. Eso lo hizo más reflexivo, más interesante: el héroe era falible, dudaba y aprendía”, escribe Caparros.
Se refiere al recordado capítulo Laris sobre el espejo del desierto, publicado originalmente en julio de 1978, en el que Robin Wood decidió arrancarle un ojo a su héroe de un flechazo y dejarlo tuerto para siempre. Un hecho considerado muy revolucionario en la época, en que los héroes de historietas no podían morir, ni siquiera resfriarse.

Nippur, por el paraguayo Roberto Goiriz, en la serie Hiras, que realizó con Wood.

Larga vida, Nippur.

Desde 1967 hasta 1998, Robin Wood escribió en total 445 episodios de aventuras de Nippur de Lagash, que se publicaron en Argentina, Italia y España, principalmente, ilustrado por varios dibujantes, entre ellos Lucho Olvera, Ricardo Villagrán, Sergio Mulko, Jorge Zaffino y Carlos Leopardi.
Nippur vivió mil aventuras, tuvo un hijo, Hiras y una hija, Oona.
En su última aventura, ya anciano y barbudo, Nippur se perdió en el desierto, con apenas una alforja, su espada y una lanza.
Reapareció como personaje invitado en la década del 2000, en la serie Hiras, Hijo de Nippur, que dibujó el paraguayo Roberto Goiriz para las revista de la editorial Eura, de Italia.
Los gobiernos de Argentina y Paraguay le dedicaron estampillas de homenaje y existe el proyecto de una película sobre el personaje, a cargo del cineasta argentino Enrique Piñeiro.
La última vez que se lo vio fue en febrero este año, en la forma de un muñeco gigante, en una de las carrozas del carnaval de Encarnación, cuando el club Radio Parque le rindió un emotivo homenaje a Robin Wood, ante el aplauso de la multitud.
Quedan muchas anécdotas, como la de los padres que decidieron poner el nombre de Nippur a sus hijos y debieron pelear con la burocracia judicial para que sea aceptado en los registros oficiales. Uno de ellos está relatado en el libro El cuaderno de Nippur, de la argentina María Vázquez, quien murió de cáncer y dejó el testimonio escrito de su lucha, para que su bebé lo pueda conocer cuando grande. En el prólogo del libro, Robin Wood escribió: “Coloco una flor en su recuerdo e imagino a mi héroe recibiéndola en otro mundo de valientes y bendecidos”.
Es, probablemente, su aventura más bella.

-----------------

(Publicado originalmente en El Correo Semanal de Última Hora, edición del sábado 20 de mayo de 2017).

Nippur, en versión de homenaje por el paraguayo Nicodemus Espinoza.
Nippur, en una carroza del Carnaval de Encarnación 2017.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Dejen que celebren los nostálgicos...


 “…el día 3 de noviembre era considerado Feriado Nacional, por ser el cumpleaños del entonces gobernante dictador, a quien el escritor compatriota Augusto Roa Bastos bautizó como El Tiranosaurio. La oficialmente denominada Fecha Feliz se iniciaba siempre con una salva de 21 cañonazos y el vuelo rasante de los aviones de guerra, mientras la cadena de radio y televisión saludaba al país con grabaciones de los interminables discursos del Segundo Reconstructor, matizados con las polcas Colorado y Mi General. Desde las cero de la madrugada se formaban más de 30 cuadras de colas con las personas que esperaban su turno para ingresar al Palacio de López y rendir pleitesía al Único Líder…”.

(De la novela El último vuelo del Pájaro Campana, de Andrés Colmán Gutiérrez).

***

A la medianoche del 3 de noviembre, una salva de petardos y fuegos artificiales quiebra invariablemente la insomne calma de la ciudad, principalmente en el barrio San Pablo de Asunción, el histórico ex barrio Stroessner.
En la cancha del Club 3 de Noviembre, los nostálgicos festejan los más de cien años del nacimiento de un dictador muerto en el exilio. Y aunque muchos vecinos expresan su fastidio ante el repetido ritual, uno no puede dejar de admitir que en esta democracia imperfecta y viciada, los admiradores del tirano -contrariamente a los derechos y libertades que ellos negaban- tienen todo el derecho y la libertad de celebrar su cumpleaños.

Entre los ecos de este día contradictorio estallan flashes de imágenes desordenadas, fragmentos de memoria….

Aquel mediodía en que un policía vino a buscarme al estudio de Radio Mbaracayú, en Salto del Guairá: "Queda demorado, porque al delegado de Gobierno no le gustó su crítica". Yo tenía apenas 15 años y empezaba a entender el subversivo poder del pensamiento y la palabra.
Recuerdo a mi amigo Hugo, detenido por difundir en la radio una canción de un tal Méndez Fleitas.
Nadie dice nada.

Paz y progreso.
Democracia sin comunismo.
Mario Schaerer muerto en la mesa de torturas.
Noticiero: Peligroso subversivo abatido por las fuerzas del orden.
Nadie dice nada.
No te metas, mi hijo.
Libros de Eduardo Galeano forrados con tapas de Vanidades.
Policías en el micro, al regreso de la facu.
¡A ver, documentos carajo!
El profe Resck saliendo de Investigaciones, más muerto que vivo, haciendo la V de la victoria.
Atravesar barreras policiales para asistir a los festivales de Mandu'arã.
Voz ronca y lágrimas de emoción al corear: 
"Los niños, el cielo más claro y azul 
¡esa es la patria en que quiero vivir...!".

Flashes de imágenes desordenadas, 
fragmentos de memoria….

Aquella otra noche de insomnio hace casi 28 años, y la chillona voz de otro general: "¡Hemos salido de nuestros cuarteles...!".
¿Casi 28 años ya...?
¿Qué hicimos con esta libertad...?
¿Cuánto más para derrocar al dictador que llevamos adentro...?
¿Cuánto más para que aquella patria que coreábamos en un festival cercado de policías se haga realidad...?

Pero ahora, en las redes sociales de internet encuentro noticias y señales de mucha gente que no olvida, que se moviliza, que lucha, que construye, que enarbola proyectos de otro país posible...
Así que dejemos que los nostálgicos celebren todos los cumpleaños de todos los dictadores muertos.
Nosotros estamos vivos.
Y en nosotros viven todos y todas quienes ya no están, pero siguen estando: desaparecidos y asesinados por la libertad, aquellos cuyos "huesos son estrellas".
Es el pasado que construye el futuro.
¡Estamos vivos… y todo está aún por construirse!

---------------

(Posdata: La foto es del amigo Amancio Ruiz Díaz y fue tomada al día siguiente del derrocamiento de la dictadura, cuando un grupo de jóvenes quemaban un cuadro del ex dictador, descolgado de las paredes de una escuela en un barrio de Asunción. Nada más simbólico).

viernes, 3 de octubre de 2014

Los 17 de Arlan: No hay canción de cumpleaños feliz

 
Arlan, celebrando el cumpleaños de su sobrina Maria Victoria, hijita de su hermana mayor Neusa.
Este viernes 3 de octubre no hay cumpleaños feliz con sus familiares. / Foto: Gentileza 

Arlan Fick Bremm cumple sus 17 años de edad, secuestrado por el EPP. No hay pruebas de vida, ni noticias de su situación. En la mesa familiar solo hay una silla vacía, un triste sabor a ausencia y a abrazos imposibles, una vela de cumpleaños que no se apaga. Como la esperanza.

#CrónicasDeLaMemoria

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Arlan está allí, sonriente frente a una gran mesa con manteles blancos y rosados, en cuyo centro se observa una gran torta con velitas. El joven está allí, parado en medio de adornos y globos inflados, con inscripciones que dicen "¡Felicidades!, mirando contento hacia la cámara fotográfica.
Lamentablemente, la foto no es de ahora, sino de otro cumpleaños, hace algún tiempo atrás, cuando la casa de los Fick Brem se llenaba con eco de fiestas y alegrías.
Era la celebración de los 4 añitos de Clara Victoria, la hija de Neusa Fick, hermana mayor de Arlan, con quien el joven posa feliz, cargando en brazos a su pequeña sobrina.
Ahora, solo reina el silencio...
"Esta vez, no habrá celebración", le dice un vecino de los Fick a Estefanhy Cantié, periodista de la revista Teveo, quien llegó hasta Paso Tuyá, Concepción, para retratar ese enrarecido ambiente de tristeza, miedo, dolor, aprestos militares y mucha añoranza por el joven ausente. Su informe compone el reportaje de tapa en la última edición de la revista.
En Paso Tuyá nadie acepta hacer declaraciones periodísticas, ni aparecer en fotografías.
Hay silencio. Miedo. Carros militares blindados que recorren las calles. Soldados con armas que cercan el pueblo.
Murmuraciones en voz baja.
Llanto callado en el interior del hogar de los Fick.
Don Álcido, a quien apenas se lo ve cuando sale para el silo o para el campo. Doña Melania, que ordeña sus vacas con rostro dolido y quien a la tarde se encierra a rezar. Solo sus pequeñas nietas, Marisol, Clara, Nadia, Fernanda, entre sus juegos inocentes, le ponen risa infantil a la cotidianidad.
Este viernes 3 de octubre de 2014 Arlan Fick Bremm, el benjamín de la casa, cumple 17 años de edad. Solo que Arlan no está en casa.
Desde hace 184 días permanece secuestrado en manos del grupo armado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP). Desde que vinieron a llevárselo, con armas y mucha violencia, la noche del 2 de abril, aquel confuso episodio de tiroteos con los policías y militares de las Fuerzas de Tarea Conjunta, dejando un saldo de tres muertos y varios heridos, y un enorme hueco en el corazón de una madre.
Hoy no hay canción de cumpleaños feliz.

Una de las fotos en que Arlan aparece con sus padres Álcido y Melania, y con sus tres hermanas Neusa, Solange y Rosinei. / Foto: Gentileza

"¡Mamá, ayudame...!".

Hay una desgarradora escena que probablemente no se le borrará nunca de la memoria a Melania Bremm, la mamá de Arlan.
Es la imagen en la que su hijo es llevado a empujones por el grupo de hombres armados, mientras él le dirige a ella una última mirada suplicante, mientras le implora: "¡Mamá, ayudame...!".
Doña Melania hubiera querido hacer de todo por responder a ese llamado suplicante de su hijo, pero los miembros del EPP la contenían apretándola contra la pared con los cañones de sus fusiles de asalto, obligándola a permanecer quieta, al igual que el resto de su familia, mientras ella veía a Arlan perderse en las sombras, arrastrado por los demás hombres armados. Es la última imagen que le quedó de él.
Esta escena es relatada por los vecinos, que siempre piden "no pongas mi nombre en el diario". También es admitida en uno de los escritos de Neusa Fick, la hermana mayor: "Quién se imaginaría que en esa noche serías arrastrado por el monte, en contra de tu voluntad, y que a nosotros nos rompería el alma no poder hacer nada para evitar que te lleven".
En contra de la versión oficial del ministro del Interior, Francisco de Vargas, quien en principio planteó que a Arlan solo se lo llevaron como rehén, al verse atacados, los integrantes del EPP tenían planeado el secuestro del joven desde hace meses.
De ascendencia brasileña, proveniente de una familia a la vez oriunda de Alemania, Álcido Fick es considerado uno de los más importantes productores agroganaderos que se establecieron en Paso Tuyá, distrito de Azotey, Concepción. Casado con la también inmigrante Melania Frem, su familia está integrada fundamentalmente por hijas mujeres; Neusa (28), Solange (24) y Rosinei (23). Arlan el benjamín de la casa y es el único varón, ya que hasta las cuatro nietas actuales son mujeres.
El 24 de diciembre de 2013, mientras los Fick estaban participando de la misa de navidad en la Iglesia Sagrado Corazón de Jesús, personas desconocidas entraron a su casa y se llevaron una computadora portátil notebook. Lo que se presumió era un simple robo, en realidad era una "operación de inteligencia" de miembros del EPP, buscando información sobre los bienes y las cuentas del productor.
El 2 de abril, como es habitual, los Fick se encerraron temprano para descansar. Ese día Arlan había trabajado duramente cortando el pasto del enorme patio de su casa, luego había cenado y se disponía a dormir, pero antes quiso llamar por teléfono a su novia, Clara.
Eran cerca de las 19.00 cuando se escucharon golpes. Enseguida, la puerta se abrió con violencia y cerca de una docena de hombres armados, con uniformes de combate y a cara descubierta, entraron dando órdenes de permanecer quietos. Por si hubiera dudas, llevaban insignias del EPP.
Entre los miembros del grupo, los moradores reconocieron a Osvaldo Villalba (alias comandante Alexander, el máximo líder militar) y a Manuel Cristaldo Mieres (subcomandante Santiago). Arlan se vio obligado a tirar el celular al suelo. Del otro lado del auricular, su novia escuchaba angustiada lo que estaba pasando y empezó a pedir auxilio. Así se enteró la policía.
Dentro de la casa de los Fick, los hombres del EPP dieron órdenes enérgicas para que Arlan junte algunas ropas y las cargue en una mochila. "Te vas a ir con nosotros", le dijeron. Esa misma noche, a Álcido le dieron instrucciones: tenía que pagar un rescate de 500 mil dólares para poder recuperar a su hijo.

Las hermanas de Arlan, en una movilización ciudadana a favor de su liberación. / Foto: Gentileza.

184 días de angustia

El desenlace del operativo de secuestro de Arlan fue aún más dramático para los Fick, cuando antes de poder retirarse los integrantes del EPP, apareció una patrulla de la Fuerza de Tarea Conjunta, quienes empezaron a disparar contra  la casa. En el incidente fallecieron dos de los secuestradores, Bernardo Coco Bernal Maiz y Claudelino Silva Cáceres, y un integrante de la FTC, el vicesargento primero Hugo Monges.
Para cubrir la retirada, los hombres del EPP tomaron también como rehenes a Álcido y Melania, así como a la pequeña nieta Marisol, pero ante las dificultades, decidieron dejar a las mujeres y se llevaron a Arlan y Álcido hasta la entrada al monte.
A Arlan no le dio el tiempo de preparar su equipaje, ni de ponerse unos zapatos. Se lo llevaron descalzo, apenas con  una campera en las manos. Su última mirada fue para Melania, a quien imploró: "¡Mamá, ayudame...!"
En la entrada del monte dejaron libre a Álcido, a quien reiteraron que junte el dinero y espere instrucciones.
En la desesperación, Álcido no se dejó asesorar por expertos en negociación de secuestros, no exigió pruebas de vida y procedió a pagar los 500 mil dólares que logró recaudar, el 10 de abril, en un desolado cruce del camino de tierra a Tacuatí.
Los miembros del grupo armado lo obligaron además a repartir víveres "por gentileza del EPP" a las comunidades campesinas de Arroyito y Kurusu de Hierro, exigencias que la familia cumplió puntualmente. Pero los secuestradores no cumplieron su parte del trato y hasta ahora Arlan sigue cautivo.
Desde entonces solo hubo versiones y contraversiones. El histriónico intendente municipal de San Carlos del Apa, Luis Aníbal Schupp, asegura que un policía le reveló que Arlan fue asesinado la misma noche de su secuestro. El ministro del Interior, Francisco de Vargas, cree que Arlan sigue vivo en poder del grupo armado, que lo guarda como una pieza valiosa para intentar un canje por miembros del EPP que se encuentran presos.
En la casa de los Fick solo hay silencio. Don Álcido y doña Melania, junto a toda la familia, cumplen hoy 184 días de angustia, el mismo día en que Arlan cumple 17 años, preguntándose en dónde está su hijo querido, cuándo volverá a casa.
No se sabe si los Fick harán un cumpleaños simbólico, en ausencia.

Solo se sabe que no hay canción de cumpleaños feliz para Arlan.  

viernes, 2 de agosto de 2013

Sembrador: Cuarenta años de cantar a la esperanza


Por Andrés Colmán Gutiérrez

Había que estar allí para sentirlo. Había que vencer al propio miedo para acudir a la cita. El lugar podía ser una calle vecinal o una plaza popular, el épico festival Mandu’ará en la solidaria Misión de Amistad, quizás una iglesia de barrio, el galpón reciclado de una vieja fábrica o el patio de alguna universidad con jóvenes en pie de lucha… 
¿Cuarenta años, ya…? Pareciera que fue ayer.
Casi siempre había un cordón de policías con cachiporras y armas, intentando desalentar con mirada torva a quienes nos atrevíamos a desafiar la prohibición suprema.
A veces los recitales se suspendían abruptamente por “orden superior”, o la Policía nos aguardaba con una feroz garroteada a la salida.
Nada de eso impedía que se enciendan las luces, y que los grupos y solistas del Movimiento del Nuevo Cancionero Popular Paraguayo salgan a desafiar con guitarras y emocionadas voces al sistema dictatorial, en medio de los entusiastas aplausos de la multitud.
Aquello era más que música, más que un hecho artístico. Era la grata sensación de estar juntos, vencer al miedo y compartir sueños. 
Era sentir el pîrî -como decimos en nuestra dulce lengua guaraní-, esa sensación que te eriza la piel. Vibrar al unísono, cuando los chicos y chicas de Sembrador salían al escenario, y ese inolvidable coro de cinco o seis voces se volvía una sola voz colectiva: “…la música, el trigo, la paz / los niños, el cielo más claro y azul/ ¡esa es la Patria en que quiero vivir!”.
¿Han pasado cuarenta años, ya…? Pensar que todo comenzó en 1973, la época más dura de la represión dictatorial. ¿Quién podría creer que justamente en la Facultad de Derecho UNA, uno de los reductos universitarios más controlados por el régimen, nacería el grupo musical contestatario que se volvería leyenda con los años?
La coartada inicial fue formar un quinteto para competir en el Festival Universitario de la Canción. Estaban los hermanos Maneco y José Antonio Galeano, Chela Villagra, Gilda Arias y Derlis Esteche. De aquel grupo fundacional surgió el nombre que se inscribiría en la historia musical: Sembrador.
De alguna manera, las dos canciones elegidas para el estreno festivalero fueron sintomáticas: India, marcando el rescate del proscripto José Asunción Flores y la reivindicación del folklore más genuino, y San si Juan no que si, entonces recién creada por Maneco, que marcaba los aires de renovación, las bases de un nuevo cancionero. 
¿En serio, pasaron cuarenta años…?
Tanta agua bajo los puentes. Tantas canciones. Tantos sueños. Aunque algunos integrantes de Sembrador fueron variando desde aquella primera noche, la leyenda fue creciendo.
Maneco se nos fue en su mejor momento, dejándonos el más significativo legado de canciones para un nuevo tiempo. A José Antonio se le unieron Jorge Garbett, Jorge “Tuga” Ramírez, Luis Antonio “Pulgo” Barriocanal, Jorge Arturo Aponte, Ati Troche y Claudia Abente, en la conformación más conocida, la que en los años ’80 se volvió bandera de resistencia cultural, junto a Juglares, Vocal Dos, Ñamandu, Ara Pyahu, Gente en Camino…
En estas cuatro décadas de la historia paraguaya, cambiante y conflictiva, pero siempre tercamente iluminada por la esperanza, la música de Sembrador estuvo presente, animando procesos y acompañando de manera solidaria, poniéndole banda sonora a la constante lucha del pueblo por conquistar y consolidar la democracia.
De la canción de protesta a la canción de propuesta, el grupo ha sabido mantenerse en las máximas alturas del arte, lejos de las tentaciones del panfleto, incorporando sonidos experimentales pero manteniendo siempre la esencia de un canto hondamente testimonial, equilibradamente combinado con el rescate del folklore paraguayo y latinoamericano más genuino. Afinados arreglos corales que se han vuelto su sello característico y el aporte de grandes recordados maestros en una serie de conciertos de antología: Oscar Cardozo Ocampo, Jorge “Lobito” Martínez, Luis Szarán, Luis Luccini Rivas, Philomúsica de Asunción, coro Paraguayo de Cámara…  quedan grabados en una docena de discos que ya son parte viva del mejor acervo artístico y cultural del país.
En esta más reciente etapa, a los tres antiguos integrantes más persistentes, Jose Antonio Galeano, Jorge Garbett y Tuga Ramirez, se han unido las encantadoras voces de Gilda Heisecke y Julia Peroni, en un reformulado quinteto que sintetiza la más rica historia musical del grupo, con una alentadora proyección hacia el futuro, demostrando que la buena música no tiene edad ni tiempo, o que cada tiempo es su mejor lugar. 
¡Feliz cuarenta aniversario, querido Sembrador…!


(Texto escrito para el programa entregado al público en los conciertos conmemorativos Sembrador 40 años, 2 y 3 de agosto, Teatro Municipal, Asunción).

martes, 9 de julio de 2013

Música entre sombras: Alejandro Cubilla cumple 84 años


 
Perdió la vista, pero no ha perdido su genio musical. El creador de la legendaria Banda Koygua cumple 84 años de edad y sigue esperando que el Estado le otorgue, al menos, una pensión graciable.

 
Por Andrés Colmán Gutiérrez  - Twitter: @andrescolman

Sus manos escarban en el aire, como si buceara en un mar imaginario. Su búsqueda sabe que en algún rincón de la sala está su viejo saxofón, el mismo que lo acompañó en tantas serenatas, en tantas fiestas patronales y conciertos populares. El mismo glorioso instrumento musical, al que ahora ya no puede ver, pero aún puede sentir con toda el alma.
"¡Aquí está...!", exclama, y una ancha sonrisa se enciende en su rostro moreno aindiado, cuando sus manos lo encuentran, acunado en el sofá. Sus dedos lo acarician, le sacan brillo.
Es el mismo con el que dio su último gran concierto público, la noche del gran festival del Vy'a Guasu, en el Bicentenario de la Independencia, en mayo de 2011, en la costanera del Palacio de López, cuando hizo delirar a la multitud con su particular versión en solo de saxo, de la romántica canción de Maneco Galeano, Soy de la Chacarita.
"¿Quieren escuchar esa misma versión...?", ofrece ahora el maestro Alejandro Cubilla, sentado en la sala de su modesta vivienda, en Lambaré.
Tiene 84 años, los que cumple este 9 de julio. Está ciego desde hace más de un año, por causa del glaucoma y de las secuelas de golpes recibidos en la época de la dictadura. Pero el genio musical sigue allí, tan vivo como siempre, a medida en que inicia esa peculiar versión con arreglos de jazz, en donde le brota toda la vivencia de su infancia y de su juventud, vividos en el mismo legendario barrio que cantó Maneco, y en donde también vivieron el creador de la guarania, José Asunción Flores, y el músico y actor teatral Arturo Pereira.
Como ellos, como muchos otros, Alejandro Cubilla proclama con el mismo orgullo: Soy de la Chacarita.

La música, una pasión, una vida

"Hetama aikó, hetama aguata chamigo, pero ajapogueteri la música (ya he vivido mucho, he caminado mucho, pero sigo haciendo música). Ahora cumplo 84 años y aunque me he quedado ciego, sigo teniendo mucha pila, sigo trabajando y componiendo, enseñando música y actuando. Quiero dejar un legado a las nuevas generaciones", dice el maestro.
Nacido el 9 de julio de 1929, en Asunción, hijo de un militar y también músico, Alejandro Cubilla creció en el entorno humilde del barrio de la Chacarita  y tuvo que trabajar desde niño como lustrabotas. A los 12 años ingresó a la célebre Banda de la Policía, donde empezó a forjar su genio musical.
"Siempre fui un folklorista, un amante de nuestra cultura paraguaya, campesina y popular, pero también se me despertó la pasión por la cultura universal, especialmente por el jazz", recuerda.
Su primer recordado éxito fue, justamente, la de una orquesta de jazz que creó en la década del 50. Se llamó "Alex Cull y sus Caballeros del Jazz" y fue la sensación de las grandes fiestas en las noches asuncenas.
Pero un sueño cambiaría radicalmente el rumbo de su carrera musical. "Fue mi papá, Rogelio Cubilla, quien se me apareció en sueños y me dijo que yo tenía que hacer algo por nuestra música folklórica, porque estaba decayendo mucho. Me pidió formar una banda de música bien popular", narra.
Así nació la legendaria "Alejandro Cubilla y su Banda Koygua", con músicos de formación académica, interpretando polcas y guaranias con aires de banda de pueblo.
"Adoptamos el sombrero pirí, la faja, la camisa de aho po'i y el poncho de sesenta listas. Pero, sobre todo, la forma de interpretar nuestra música con gran alegría en las fiestas patronales, en las manifestaciones populares. Le llamé koyguá a nuestra banda, que significa kokue guá, hombre de la chacra, para honrar al campesino", explica.
Con la Banda Koygua, Cubilla recorrió todo el Paraguay y viajó a varios países del mundo. Surgieron muchas otras bandas que lo imitaron y el estilo se volvió un género artístico. Pero el maestro nunca dejó de hacer jazz y de fusionar estilos.


"Paraguay Sax Club", su actual legado.

"Aunque haya perdido la vista, no me retiré de la música. Con los muchachos de la Banda Koyguá seguimos haciendo actuaciones, pero mi proyecto más reciente es Paraguay Sax Club, un club de saxo donde enseño a tocar este instrumento a varios músicos más jóvenes", cuenta Alejandro Cubilla.
El maestro imparte clases en su propia casa, cada semana, y está con planes de grabar un disco con los integrantes del club.
Pero aunque admite que sigue sintiendo el cariño del público y de sus seguidores, no oculta su malestar por la falta de apoyo de las autoridades a los creadores.
"Por mi estado de salud, tengo muchas necesidades. Me hubiera ayudado mucho contar con una pensión graciable del Congreso. Pero es muy humillante tener que pedir. Ojalá se acuerden más de los artistas", señala.
Las manos vuelven a bucear en el aire, buscando otra vez a su viejo e inseparable compañero. Esta vez nos regala un aire de música folklórica popular, reminiscencias de la Banda Koygua, y desde algún lugar del tiempo llega un eco de aplausos de multitudes.
¡Feliz cumpleaños, maestro...!

------
(Reportaje realizado para UltimaHora.Com, junto a un material documental audiovisual. Julio de 2005).