Peter Fitzek, de grupos
de extrema derecha a los que se vincula al padrastro de Juliette, estuvo en
Paraguay y se entrevistó con autoridades. Pretendía instalar una fábrica de reciclados.
Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
La búsqueda
de pistas sobre la desaparición de la niña Juliette permiten hallar singulares
historias, como la de un pintoresco personaje de la extrema derecha, Peter
Fitzek, autoproclamado Rey de Alemania, quien estuvo casi desapercibido en
Paraguay en 2012, se entrevistó con autoridades nacionales, propuso invertir en
una fábrica de reciclados en Emboscada y adquirió un registro de conducir
falso.
Al verificar
los antecedentes de Reiner Helmut Oberüber, el padrastro de Juliette,
actualmente imputado por la desaparición de la niña, resalta que en 2014 el
mismo fue desvinculado de la Sociedad Alemana de Asesoramiento sobre Políticas
(Degepol) por pertenecer a la organización de extrema derecha Ciudadanos del
Reich (Reichsbürgerbewegung) que rechaza la legitimidad del Estado moderno
alemán y reivindica al Reino de Prusia de antes de la Primera Guerra Mundial.
Este Reich
tiene a su propio rey autoproclamado, el activista político alemán Peter
Fitsek, quien habría conocido a Reiner en su país, y con quien se habría
reencontrado en Paraguay con proyectos de negocios inmobiliarios para atraer a
europeos.
VÍNCULOS. En el foro del periódico digital paraguayo en
alemán Wochenblatt, el usuario Wolfang destaca que Peter Fitsek, “colega de
(Reiner) Oberüber” estuvo en Paraguay en “una visita de Estado, queriendo
establecer un nuevo reino”.
El diario
digital San Lorenzo PY, en una publicación del 29 de junio de 2012 registra que
Peter Fitsek, acompañado de Carlos Vera Bordaberry, Andreas Pfeiffer y Martin
Schulz, mantuvo una entrevista con el entonces presidente de la Cámara de
Diputados, Víctor Bogado, a quien le presentaron “una propuesta que guarda
relación con labores que desarrollan desde sus empresas en Alemania, basadas en
el aprovechamiento de la basura para la generación de energía y otros productos
aprovechables”.
La
información agrega que “ya cuentan con un predio en la ciudad de Emboscada, en
donde prevén instalar las obras tecnológicas que permitan cumplir con los
objetivos trazados”. ¿Sería acaso en Monte Pacará, en Emboscada, donde Reiner
Oberüber busca desarrollar un proyecto inmobiliario para extranjeros, de donde
presumiblemente desapareció la niña Juliette?
NEONAZISMO. Sitios digitales de Alemania destacan la
actividad política de Oberüber y Fitsek en la organización Ciudadanos del
Reich, a la que analistas políticos consideran una vertiente del neonazismo.
Fitsek
instauró en 2011 su reino en una propiedad de 9 hectáreas en Wittenberg, al sur
de Berlín, llamado NeuDeutschland (Nueva Alemania), con unos 4.500 miembros,
instaurando su propia moneda, un banco y seguridad social.
En 2017 el
Rey fue condenado a tres años y medio de cárcel por negocios bancarios
ilícitos. En 2014 fue detenido por conducir su automóvil sin licencia legal. En
la ocasión mostró un registro de conductor de su reinado y otro del Paraguay
que, según declaró, lo compró en Asunción.
El periódico
alemán Welt reporta la crónica de su comparecencia ante el juez: “El ‘rey’
finalmente saca una licencia de su bolsillo… que afirma haber adquirido en
Paraguay y que el experto ya había identificado como una falsificación total”.
UN REY EN PAPUAGUAY. En el blog
Sonnenstaatland (Estado del Sol), Peter Fitzek publica un reporte en tono de
broma acerca de su viaje a Papuaguay (como llama al Paraguay), con una foto
frente al Palacio de los López.
Describe en
alemán que visitó el país del 3 al 13 de noviembre de 2013 y compró la licencia
de conducir por 50 ocken (moneda de su reino) en una tienda. Dice que aprendió
a hacer ladrillos con bosta de cabras en una olería. Habla del proyecto de
producir 40 millones de ladrillos por día en nuestro país.
Entre las
fotos hay una en donde él aparece con su corona dibujada, saludando al actual
ministro de Obras Públicas (entonces senador) Arnoldo Wiens, a quien le dibuja
un casco de Vikingo.
La
disparatada crónica del pretendido Rey alemán en tierras guaraníes podría tener
relación con los intentos de negocios de tierras y supuestas inversiones,
combinadas con operaciones políticas de extrema derecha, que se van
configurando en torno al caso de la desaparición de la niña Juliette.
_________________
(Publicado en el diario Última Hora de Asunción, edición del domingo
24 de mayo de 2020)
Foto del “rey” alemán con el “vikingo” Wiens, actual ministro de Obras.
Rey en joda. En un blog, Peter Fitsek cuenta su visita al Paraguay o “Papuaguay”
Cuento de hadas. El día en que Fitsek juró como rey del supuestamente antiguo Reich.
El “rey” Fitsek en entrevista con Víctor Bogado, entonces presidente de Diputados, para una inversión en Emboscada.
donde
la risa infantil quedó cuajada en mil charcos de sangre adolescente
donde
la Patria envejeció cien años
por
la muerte de los niños combatientes….”
(Rafael
Paeta, canción Los niños mártires de Acosta Ñu).
¿Cómo narrar el heroísmo y el horror de
una batalla tan épica, tan trágica, tan inabarcable…?
¿Será que alcanzan todos los muchos
libros, los testimonios, los relatos populares, los poemas, las canciones, los
documentos históricos… para poder aproximarse a la verdad de una de las
epopeyas más emblemáticas del Paraguay, que a un siglo y medio después de haber
sucedido todavía vibra y duele en el alma y en la piel de cada uno de los
habitantes de esta desgarrada y mediterránea geografía…?
¿Dónde acaba la historia y comienza la
leyenda…?
¿Cómo narrar Acosta Ñu…?
Era un amanecer con olor a pólvora y
presagios de muerte, el de ese día 16 de agosto de 1869.
Tras una larga y penosa marcha, durante
toda la noche, a través de los montes de Caacupé, el ejército casi espectral de
niños, ancianos y mujeres, al mando del general Bernardino Caballero, estaba
llegando hasta un gran descampado, en las afueras de Barrero Grande, conocido
popularmente como Ñu Guasú, al que
los militares e historiadores brasileños llamarán por su traducción del
guaraní, Campo Grande.
La zona desde el estero Ypucú hasta el
arroyo Piribebuy era conocido con ese nombre, Ñu Guasú, y el sector desde el Piribebuy hasta el inicio de la
selva en Caaguy Yurú se denominaba Acosta
Ñu (el campo de Acosta), porque en tiempos de la colonia española, la vasta
propiedad había pertenecido a un ciudadano portugués, llamado Juan Blas de
Acosta Freyre, ex regidor y alcalde provisional de la ciudad de Asunción.
Así lo precisa el historiador Andrés
Aguirre, señalando que por un error introducido en un poema escrito por el
sacerdote Juan B. Tounedou, primer director del Colegio San José, “A los niños muertos de Rubio Ñu”,
durante mucho tiempo se repitió el error de llamar también Rubio Ñu al lugar de
la batalla. En realidad, Rubio Ñu era
otro campo, distante a unos 10 kilómetros al este del lugar donde se libraría
el desigual combate, parte de las ex tierras de Acosta, adquiridas por un
ciudadano porteño, llamado Miguel Rubio.
Varios historiadores de la época
ayudaron a originar la confusión, al dar varios nombres al lugar donde se
libraron los combates. El general Francisco Isidoro Resquín lo llama campo de Barrero Grande. El coronel Juan
Crisóstomo Centurión lo denomina indistintamente Ñu Guasu, Rubio Ñu o Díaz Cue. El historiador Juan E’Oleary fue
quien más contribuyó a la confusión, llamándolo Campo Grande o Rubio Ñu.
Hasta un regimiento de infantería de la Fuerzas Armadas y un popular club de
fútbol llevarían luego el nombre equivocado de Rubio Ñu.
Recién en 1948, el historiador Andrés
Aguirre logró que el decreto N° 27.484 del Poder Ejecutivo,el mismo que estableció el 16 de agosto como
Día del Niño, dictamine: “Sustitúyese la
palabra Rubio Ñu por la de Acosta Ñu, como lugar de la homérica batalla librada
por los niños paraguayos, el 16 de agosto de 1869, bajo el comando del ínclito
general Bernardino Caballero”.
Pero en esa mañana del 16 de agosto,
sería el campo de Acosta Ñu el
principal escenario de una terrible batalla, que iba a volverse legendaria.
Desde el sector aliado, ya en la noche
anterior, el mariscal brasileño Victorino Carneiro Montero había dispuesto que
el general Carlos Resin establezca un campamento a la entrada de Barrero
Grande, con su división de infantería, artillería y artillería ligera, para
cortar el avance de las tropas del general Caballero.
Al mismo tiempo, ordenó que el general
José Antonio Correia da Cámara, al frente de su caballería de 10.000 hombres,
se dirija hacia Caraguatay, en persecución del mariscal Francisco Solano López
y sus tropas.
Mientras, el propio Carneiro Montero se
moviliza con sus hombres a ocupar Pindoty, a una legua de Caaguy Yurú, en el
sitio hoy conocido como Isla Pucú, elegido como un lugar estratégico desde
donde dirigir y respaldar las acciones bélicas.
Desde Caacupé y Piribebuy, detrás de
las tropas de Caballero avanzaban otras poderosas divisiones del ejército
aliado, directamente al mando de su máximo comandante, Luis Filipe Gastão de
Orléans, el conde d’Eu.
Cuando el fantasmagórico ejército del
general paraguayo, tras cruzar el estero de Ypucú, salió en horas del amanecer
al campo de Acosta Ñu, ya estaba atrapado entre dos grandes flancos de tropas
enemigas, que se iban abriendo, con la intención de rodearlo por completo.
Tras cruzar el Ypucú, Caballero y sus
hombres salieron por un lugar llamado Díaz Cue, a unos 8 kilómetros del arroyo
Yukyry, y un poco más allá, muy cerca, lo esperaba el arroyo Piribebuy, que se
une a un par de kilómetros con el Yukyry. A su izquierda, a cierta distancia,
sobresalía el alto promontorio del cerro Itakyty y más allá el cerro Tapiaguaré,
hoy conocido como el Cerro de la Gloria.
El combate era prácticamente
inevitable.
Aunque Caballero intentó varias
maniobras para tratar de cruzar más rápido el vasto territorio de Acosta Ñu y
poder alcanzar el bosque tras Caaguy Yuru, para intentar escapar al cerco,
sabía que la lentitud de su expedición, además de su exigua tropa compuesta
principalmente por niños y con armas muy precarias, lo volvía sumamente
vulnerable, principalmente en un campo abierto, donde iba a tener que franquear
los dos arroyos. Que el enemigo lo alcance, desde cualquier dirección, era solo
una cuestión de tiempo.
“Caballero
comprendió, desde el primer momento, que no podía luchar contra una fuerza tan
enormemente superior en número a la suya. Si lo hizo fue porque, a fuerza de
militar pundonoroso, se veía obligado por el deber a defender la retaguardia
del resto de nuestro ejército, y también porque, rodeado como estaba por todos
lados de fuerzas enemigas, no le quedaba otra alternativa, en la absoluta
imposibilidad de continuar su marcha de retirada”, señala el coronel Juan Crisóstomo
Centurión.
Recreación de la Batalla de Acosta Ñu, en el mismo sitio del enfrentamiento, 149 años después.
La
historia y la leyenda
No había otra alternativa que
prepararse para el combate.
Es aquí donde la historia se confunde
con la leyenda, principalmente en lo concerniente la caracterización que
presuntamente asumieron los niños soldados, buscando disfrazarse de
combatientes adultos, para buscar engañar al enemigo.
Sin dar muchos detalles que certifiquen
que aquello realmente ocurrió, varios historiadores repiten lo que los relatos
orales transmitieron insistentemente, a nivel de la cultura popular, durante
los tiempos que siguieron a la Guerra: Que los niños de Acosta Ñu se pintaron
barbas postizas para intentar hacerse pasar por adultos y tratar de engañar al
enemigo, o que muchos portaban fusiles de utilería, tallados de madera, para
hacer creer que tenían armas de fuego.
El historiador Efraím Cardozo, en sus
Efemérides de la Historia del Paraguay, es uno de los que sostienen que “algunos niños se pusieron barbas postizas,
para simular una edad que no tenían”.
En los relatos de primera fuente, como
el del general Centurión, no hay casi referencias a las barbas postizas, ni a
las armas simuladas. Por el contrario, existen varios testimonios de que el
alto comando brasileño poesía informes de inteligencia y datos muy precisos
acerca de la real conformación del ejército de Caballero. Ni las presuntas
barbas postizas, ni las presuntas armas de madera, en caso de que hubieran
existido, habrían podido engañarlos. Es decir, sabían muy bien que en su gran
mayoría eran niños y adolescentes, y aun así cargaron contra ellos, con toda la
saña exterminadora de la que fueron posibles. Eso es lo realmente terrible.
Acerca de las armas, Aguirre detalla
que casi todos los soldados paraguayos tenían armamentos básicos y precarios;
pesados y antiguos fusiles de chispa, media docena de cañones de avancarga,
lanzas y sables. A gran diferencia, los aliados contaban con los modernos
fusiles de repetición “a la minié”, además de cañones de retrocarga y
bayonetas.
El propio comandante en jefe brasileño,
el Conde d’Eu, lo reconoció en su diario de guerra: “Nuestros fusiles a la
minié llevaban la muerte hasta a sus reservas, al paso que nuestros soldados
más avanzados poco perjuicio sufrían”.
Recreación del éxodo a través de Acosta Ñu. Madame Lynch y las Residentas.
Aquellos
niños soldados…
Esa mañana, los niños soldados habían
desayunado una pobre ración de mbokaja (coco) y avati maimbe (maíz tostado),
según el relato del veterano cabo Cipriano Crispiniano Franco, quien fue uno de
los sobrevivientes.
Poco se ha escrito sobre la identidad
de aquellos menores obligados a ser adultos de manera tan violenta, que es
bueno rescatar algunos casos más conocidos.
Quizás el más célebre de los
combatientes de Acosta Ñu fue Emilio Aceval, quien tenía 15 años de edad,
cuando le tocó combatir en lalegendaria
batalla. Oriundo de Asunción, Emilio fue enrolado y llegó a ser sargento mayor,
a la edad de 14 años. Sobrevivió a los combates y fue hecho prisionero enAcosta Ñu y trasladado a Asunción, donde
sufrirá la tristeza de ver su hogar ocupado y prácticamente destruido por los
soldados aliados. Fue protegido y adoptado por una familia, que lo lleva a
vivir a Corrientes. Años más tarde, pudo ingresar al Colegio Nacional de Buenos
Aires. Aceval llegó a ser presidente de la República entre 1988 y 1902, y luego
senador nacional.
El cabo Lisandro Amarilla tenía 12 años
de edad, cuando entró en combate en Acosta Ñu. Fue jefe militar de una compañía
del Batallón Joven. Es recordado como un niño soldado de gran heroísmo, que
acostumbraba alentar a sus compañeros con consignas en guaraní: “¡Neike mitá! ¡Ja hechaukake umi enemigo
rembyrépe na i kuimba’eveiha ñande hegui! ¡Pe hesyvoke, há pe hesyvoporake…! (¡Vamos,
chicos! ¡Demostremos a estos restos de enemigos que no son más hombres que
nosotros! ¡Clávenles, y clávenles bien…!”.
Juan Pío Prieto, nacido en Pilar el 5
de mayo de 1855, tenía 13 años cuando se vio envuelto en la batalla de Acosta
Ñu. Ya había luchado antes en Ytororó y Lomas Valentinas. Tras sobrevivir y
caer prisionero, fue mantenido cautivo en el Campo de la Gloria, pero logró
huir y dirigirse de vuelta a su pueblo natal, donde se dedicó a ejercer la
docencia. Uno de sus hijos, que se volvió ilustre, se encargó de rescatar y
contar su historia.
Son solo algunos nombres, rescatados
del vendaval del olvido…
El
primer ataque
Cerca de las 8 de la mañana, el sector
de la retaguardia del ejército de Caballero, que estaba bajo el mando del
coronel Ángel Moreno y su segundo, el comandante Bernardo Franco, recibe el
primer ataque, al ser alcanzado por la vanguardia de las tropas imperiales,
comandado por el general brasileño Vasco Alves Pereira.
“La
guerrilla enemiga inició un recio tiroteo con la nuestra. Moreno envió entonces
a su ayudante, el alférez (Estanislao) Leguizamón, a dar parte al general
Caballero, que estaba en un punto llamado Cerrito”, destaca Centurión.
Caballero le responde con instrucciones
de que emplace sus dos bocas de fuego, mientras Franco, al frente de la
División VI de Veteranos de Infantería, debía extenderse porel campo.
El mandato es “aferrarse al terreno, reteniendo el empuje aliado con máximo vigor,
para dar tiempo al Centauro (Caballero), a tomar posiciones en las cercanías
del Yuquyry”, apunta Aguirre.
Centurión agrega que Caballero también
le indica a Moreno que no podía enviarle ninguna reserva de apoyo, porque
apenas tenía hombres para cubrirse, y que resista por su cuenta, tratando de no
dejarse envolver por las tropas enemigas. Además le comunica lo que ya era una
cuestión inexorable: “En el caso extremo
de verse envuelto, sería necesario formar el cuadro de táctica y defenderse
hasta sucumbir honrosamente”.
Desde atrás de las líneas, desde el
camino que llega desde Piribebuy, el conde d’Eu apura su marcha, con el grueso
de su ejército, para apoyar el primer ataque de Vasco Alves.
En la retaguardia del ejército
paraguayo, el combate seguía arreciando. Los niños soldados, entre ellos los
alumnos de la escuelita de Pirity, del maestro Clemente Medina, recibían su
bautismo de fuego.
Obedeciendo las instrucciones de
Caballero, Moreno dio la orden de retirarse del combate, en medio del fuego
cerrado, en dirección hacia el arroyo Yukyry
-¡Una
descarga..! ¡Tercerola a la espalda! ¡Sable o lanza en mano! ¡Marchen…! –era la orden que les impartían los
jefes a los niños soldado, recuerda Cipriano Crispiniano Franco.
Es en ese momento, cuando el comandante
Bernardo Franco, el segundo al mando, desobedece la orden de prudencia en la
retirada, se acerca demasiado hacia el fuego enemigo y es alcanzado por un
certero disparo de fusil en la cabeza, que lo derriba inerte de su cabalgadura.
La noticia de la muerte de uno de sus
más altos y valerosos oficiales le llega a Caballero, quien ordena que rescaten
el cadáver de Franco y no lo dejen a merced del enemigo. Un equipo de veteranos
se encarga de la misión casi suicida, y en medio de una lluvia de velas, cavan
una tumba y sepultan al comandante Franco, a orillas de un arroyo.
“Desde
entonces, una alta cruz de madera señala en la inmensidad la tumba del héroe,
única señal del recuerdo que florece en la tierra de la tragedia más honda de
nuestro pueblo”,
apunta Andrés Aguirre.
Otra secuencia del enfrentamiento, recreado en el mismo campo de batalla.
El
sangriento cruce del arroyo Yuquyry
Los casi 20.000 soldados del ejército
aliado ya han llegado totalmente a Acosta Ñu y el Conde d’Eu inicia el
operativo tan esperado, en busca de acabar con las tropas de uno de los
principales oficiales del mariscal López.
El comandante brasileño distribuye sus
fuerzas en dos columnas yuxtapuestas, frente a las líneas paraguayas. A la
derecha se ubica la Segunda Brigada de Infantería de Valporto, con la batería
de Murao Pinheiro. A la izquierda, la Sexta Brigada, de Lorenzo de Araujo. La
caballería de avanzada de Alves cubre los flancosy una parte del 13° Cuerpo cubre el centro de
la línea de ataque, según precisa el historiador brasileño Tasso Fragoso.
También un grupo de la Legión Paraguaya ataca a sus compatriotas, como parte
del ejército aliado, desde la izquierda.
El general Bernardino Caballero no
tiene tiempo para fortificarse. “Enfrenta
a cuerpo gentil a las veteranas tropas aliadas, numerosas como arena, las que,
abiertas en forma de abanico, avanzan con designio de atenazarlo”, relata
Andrés Aguirre.
El conde d’Eu combina con el general
Enrique Castro, jefe de las fuerzas orientales, un ataque desde la izquierda,
mientras ordena a Deodoro que ataque con otra brigada desde la derecha.
Caballero percibe que el ataque desde
distintas direcciones busca su arrollamiento, antes de alcanzar su objetivo de
cruzar el Yuquyry, entonces se ve forzado a situar su tropa en orden de
batalla, en forma paralela a la corriente del arroyo, para modificar luego su
línea en forma perpendicular.
“Con
esta diestra evolución, logra su propósito: Eludir el asedio y lograr el cruce
del Yukyry, de su tropa y carretería, en las cercanías de la confluencia con el
Piribebuy”, sigue
Aguirre.
Las maniobras se producen en medio de
una encarnizada batalla, que lleva casi todo el resto de la mañana. El cruce se
da a través de un precario puente y gran parte cruzando por el agua, que no es
muy profunda.
La visión que da el Diario del Ejército
del Conde d’Eu sobre este momento, es el siguiente: “El general Caballero intentó entonces, con éxito durante algún tiempo,
hacer un movimiento perpendicular a su primera posición. Calando su artillería
de la izquierda y reforzando la de la derecha, cubrió uno de sus flancos y
después de tres horas de lucha, consiguió establecer dicha línea perpendicular,
con el fin de desfilar junto al bosque y así ganar fácilmente la costa del
Yukyry, que había sido transpuesta por la mayor parte de sus carretas”.
La
heroica resistencia
El general Bernardino Caballero le pide
al coronel Ángel Moreno que apure el avance de la artillería, para cruzar el
arroyo Yuquyry y tomar posición en la otra orilla, a fin de proteger el paso
del resto de la tropa.
Tras lograrlo, Caballero forma su línea
de batalla apoyando el flanco derecho de su ejército en el arroyo Piribebuy, la
artillería en el centro y el flanco izquierdo se prolonga hasta muy cerca del
curso del mismo arroyo, pero hacia el Este.
Desde el otro lado del Yuquyry, la
poderosa artillería de los aliados ha sido emplazada frente al paso, junto al
precario puente, apuntando directamente sobre la posición paraguaya.
“Ni
bien ha terminado el emplazamiento de las bocas de fuego sobre el puente,
cuando la Alianza toma la ofensiva”, destaca Andrés Aguirre.
El general paraguayo se instala a
cierta distancia, bajo un árbol de laurel, en un sector elevado conocido como Ypaú,
que es como un gran mirador natural. Desde allí, desmontado de su caballo,
controla todo el escenario y dirige la batalla.
Es casi mediodía cuando se produce el
primer fuerte ataque de los aliados, con una andanada de cañonazos que causa
estragos en las fuerzas paraguayas. Los pocos cañones guaraníes responden al
fuego, con el mayor ímpetu que pueden.
Los soldados aliados se lanzan al
ataque, pero son repelidos por una salva de disparos desde el otro margen del
Yuquyry, y luego se producen los primeros encuentros cuerpo a cuerpo, con
lanzas, espadas y bayonetas.
“El
césped de esmeralda, en las riberas del Yukyry, se tiñe de púrpura de sangre
derramada a torrentes”,
retrata Aguirre.
Pero la táctica defensiva de los
paraguayos consigue repeler el primer ataque.
Los soldados aliados fueron “recibidos con un nutrido fuego de fusilería
y artillería, que vomitaba con espantosa actividad sus balas y metrallas,
causando estragos en las filas de aquellos, y produciendo como era natural, en
el primer ímpetu, gran confusión en ellos”, refiere Juan Crisóstomo
Centurión.
La batalla llegaba a su momento
culminante, coincide el historiador Hugo Mendoza. “Era ya mediodía, y desde el amanecer la lucha no tenía tregua ni
descanso. Se produjo una nueva carga y nuevamente fue repelida por Caballero.
El cauce del arroyo quedó colmado de cadáveres. Optó entonces el ejército
imperial buscar un vado, para evitar fracasar en otro ataque frontal. Caballero
volvió a hacerse fuerte sobre el puente del Piribebuy, conteniendo con todo
éxito el avance de sus perseguidores”, detalla.
Desde el otro lado de la historia, el
brasileño Augusto Tasso Fragoso, lo confirma: “Los contrataques del enemigo (los paraguayos) producen una fluctuación en nuestra línea”.
El conde d’Eu “brama en los pajares ante los desaciertos de sus legiones, cuyas
bayonetas relucientes forman selva, y las cicatea a la infernal hoguera. Le
secundan sus ayudantes: Rufino Salgao, Alfredo Taunay, Almeida Castro. Lo
propio hace el general Herculano Sánchez da Silva Pedra, quien espada en mano
empuja a su tropa. Le sigue Deodoro, en su ejemplo. Emplaza contra el puente
cuarenta piezas de artillería”, narra Aguirre.
Y en frente, resistiendo heroicamente,
están Caballero y sus niños soldados, junto a un número cada vez más reducido
de veteranos.
La protección del puente sobre el
Yuquyry se ha vuelto una obra quimérica, como la última fortaleza en el
desierto que no se debe dejar caer.
El Mariscal Lopez y los niños de Acosta Ñu. Recreación en el mismo lugar.
Se
consuma el holocausto
Los golpes de suerte del ejército
paraguayo no iban a durar mucho.
Poco después del mediodía llega la
Cuarta Brigada de Caballería del ejército aliado, al mando del coronel Hipólito
Ribeiro, que lanza un fuerte y masivo ataque de flanqueo por el ala izquierda.
El general Caballero busca escapar al
encierro, precipitando a sus hombres sobre el arroyo Piribebuy, donde vuelve a
tomar ubicación. Caballero establece rápidamente otro puesto de comando en el
lugar llamado Cerrito.
“La
Alianza, apoyada por la artillería, caballería e infantería, cruza el Yuquyry a
paso de carga y se estrella contra nuestros estropeados escuadrones de
caballería. Ypaú queda tapizado de cadáveres”, cuenta Andrés Aguirre.
El sol va cayendo lentamente sobre el
vasto horizonte del campo de Acosta Ñu.
Son casi las cinco de la tarde.
La hora final.
El momento de mayor crudeza y
desigualdad en el combate.
La consumación del holocausto.
Relata el coronel Juan Crisóstomo
Centurión: “Las bajas, en lucha tan
encarnizada y tenaz, eran considerables de una y otra parte, pero los aliados
tenían la ventaja no solo de reponer los muertos y heridos suyos, sino de
aumentar el efectivo de sus fuerzas con divisiones que afluían del lado de
Barrero Grande: una división por el frente, otras por los flancos y otra por la
retaguardia, mientras que las bajas nuestras no eran cubiertas o reemplazadas.
De esta manera quedaron envueltas o rodeadas nuestras escasas fuerzas por tres
poderosas columnas enemigas. Pero esta circunstancia, a pesar de lo abrumadora
que era, no fue bastante a desconcertar a nuestra gente o a infundir el
abatimiento en su espíritu, resistiendo hasta las cinco de la tarde”.
Combate cuerpo a cuerpo.
Cacería encarnizada de niños
combatientes, por parte de los soldados de la Alianza.
Escuchemos las voces que relatan ese
dramático momento:
-
“No hay palabras para describir la sublime ofrenda de vidas inocentes”.(Andrés Aguirre).
-
“Millares de bayonetas lidian contra un centenar de lanzas”. (Aguirre).
- “Los
jinetes aliados no comprendieron cómo aquellos niños desnutridos, que apenas sí
podían cargar sus largos fusiles de chispa, peleaban con tanto frenesí,
poseídos por homérica furia”. (Efraím Cardozo).
- “Acosta
Ñu es el símbolo más terrible de la crueldad de esa guerra: Los niños de seis a
ocho años, en el calor de la batalla, aterrados, se agarraban de las piernas de
los soldados brasileños, llorando, pidiendo que no los matasen. Y eran
degollados en el acto. Escondidas en las selvas próximas las madres observaban
el desarrollo de la lucha. No pocas empuñaron las lanzas y llegaron a comandar
grupos de niños en la resistencia”. (Julio José Chiavenatto).
El sol se oculta detrás de los cerros
lejanos, mientras los soldados aliados empiezan a prender fuego al campo de
Acosta Ñu, provocando un gran incendio.
Un denso olor a pólvora y a carne quemada
impregna el aire, mientras los gritos de dolor y de combate se confunden con el
estruendo de los disparos y cañonazos.
Pareciera que todo ha llegado a su fin…
pero no.
Hay un último batallón, que todavía
pelea.
___________
(Del
Libro “Acosta Ñu”, de Andrés Colmán Gutiérrez. Colección 150 años de la Guerra
Grande. Asunción 2013. Editorial El Lector. Diario ABC Color).
Fotos: Desirée Esquivel y Andrés Colmán Gutiérrez.
Mi
papá también se llamaba Andrés, pero muy pocos lo sabían. Para todos
era Chi’ito, un concepcionero andariego que un día recaló en mi pueblo
natal, Yhú, buscando su destino. No se si lo encontró, pero sí encontró a
mi madre. Él nunca pudo concluir la
escuela primaria, pero nadie le ganaba en las matemáticas. Fue obrajero,
agricultor, músico, carpintero, almacenero, taxista, sereno de discoteca, despachador de combustible, administrador de aserradero. Cuando
decidió casarse, adquirio un lote municipal a cuotas y con la ayuda de otro
primo carpintero, construyó con sus propias manos la casita de madera en
donde nacimos con mis dos hermanas menores y mi segundo hermano varón,
el que murió de neumonía a los nueve meses de edad (cuando yo tenía tres años), porque
no había un médico en el pueblo. Mi papá falleció
trágicamente, arrollado por un auto, en la fronteriza ciudad de Katueté,
cuando yo tenía diecisiete años de edad, y acababa de emigrar a Asunción con el
sueño de hacerme periodista. Recién entonces, cuando sentí que él ya no
estaba, empecé a conocerlo de verdad. Lo recuerdo con su
guitarra, sentado en el corredor de nuestra casa, sobre la calle
principal de Yhú, tarareando boleros y guaranias bajo la noche acribillada
de estrellas. Su máximo placer era organizar un asado alguna noche de
fin de semana, y jugar al truco con sus amigos. Una
sola vez lo vi llorar. Fue cuando le llegó la noticia de que su
padre, mi abuelo Hermógenes, acababa de morir en otro pueblo lejano. Estábamos los dos solos en nuestra casa en Salto del Guairá,
yo tenía entonces menos de diez años de edad y él más de treinta, pero
recuerdo la incómoda sensación de que en esa ocasión el niño era él. Nunca
me habló de política. Nunca me dio consejos acerca de lo que tenía que
hacer o no hacer en la vida. Yo no sabía entonces que la honestidad, la
laboriosidad, la solidaridad, son virtudes
humanas. Él nunca me lo dijo, simplemente me lo demostró con su ejemplo, siempre, siempre. Es
la herencia que más le agradezco. Tampoco recuerdo cuántas veces pude haberle abrazado y decirle felicidades por el Día del Padre. Por eso, esté donde esté, ahora se lo digo
Me dicen que escribirles es una tontería, una pérdida de tiempo, porque ustedes
no son seres reales, son solamente personajes de una antigua leyenda cristiana
que se está volviendo cada vez menos creíble.
Eso me dicen… pero aún así les escribo esta carta.
Si
viven en el alma de tantos niños y niñas, si están en el recuerdo nostálgico de
tantos adultos que quizás sigamos atesorando nuestra niñez en algún rincón del
corazón, si son capaces de convocar tantos sueños y tantas fantasías en cada
mágica madrugada del 6 de enero, si pueden despertar tanta energía creadora,
tanta fuerza, tanta esperanza… entonces, ustedes están mucho más vivos que
muchos seres de carne y hueso que hoy son apenas sombras o fantasmas. Ustedes
son mucho más realidad que tantas personas reales y palpables que en el fondo
son mentiras vivientes. Hasta los nueve años de edad, como tantos niños de Yhú, mi pueblo natal, yo
creía fervorosamente en los Reyes Magos. La magia nos envolvía al escribir cartitas de letras temblorosas, con el
esfuerzo de enumerar supuestos actos de bondad, para canjearlos por una pelota
de cuero o un camioncito a control remoto. Las entregábamos a nuestros padres,
convencidos de que conocían el imposible servicio postal que las llevaría hasta
el País de los Sueños. Sí... era magia la que nos impulsaba a preparar el pasto y el agua fresca para
los exhaustos camellos, al pie de la ventana. Era magia la que nos mantenía en
duermevela, seguros de poder vislumbrar las sombras de los tres jinetes en el
silencio de la madrugada. Era magia la que nos despertaba de un salto para ver
qué había junto a los zapatitos. Era magia la que inundaba las calles de risas
infantiles, en la mañana del 6 de enero, convirtiendo al mundo en una feliz
aldea de niños jugando. Un día se rompió el encanto... Algún siniestro pyrague, creyendo que acaso nos
hacía un favor, nos reveló la supuesta verdad y nos robó la magia.
El mundo se volvió otro. Los Reyes Magos no existen. Los Reyes Magos son los
padres. Los Reyes Magos son el invento publicitario de algún shopping center.
Los Reyes Magos son políticos en campaña llevando juguetes a los barrios pobres
a cambio de votos. En un mundo así, ¿cómo puede haber espacio para la magia? Pero en esta víspera de la madrugada de Reyes, el niño que sobrevive dentro de
mí se adueña de mi mano y me impulsa a escribirles estas líneas, que quedarán
dentro de un viejo zapatito en la ventana, en donde les dejo mis pedidos. Les pido que nos traigan de regalo las ganas y las fuerzas para seguir creyendo
que es posible construir un Paraguay mejor. Que a pesar de que el país está así
como está, con tanta pobreza, con tanta corrupción, con tanta impunidad, con
tantos compatriotas que se ven obligados a emigrar a naciones lejanas para
buscar trabajo, con tanto engaño por parte de las autoridades y los políticos…
no caigamos en la desesperanza, no caigamos en el error de creer que esto no lo
arregla nadie y que ya no vale la pena luchar. Les pido que nos laven las telarañas de los ojos, para poder ver que, a pesar
de tantas malas noticias, también hay cosas lindas que han ocurrido y siguen
ocurriendo. Que hay mucha gente construyendo pequeñas cosas, desde lo
cotidiano, desde lo comunitario. Que no todos somos corruptos. Que hay gente
honesta, valiente, idealista, y a lo mejor está allí, en la casa vecina, y que
tal vez muchos periodistas todavía no tenemos el valor de descubrir que ellos
son en realidad la buena noticia, la verdadera buena noticia. No les pido que vengan ustedes a solucionar nuestros problemas, porque en
realidad no podrían hacerlo, por más magos que sean. Además no va a servir,
porque así no aprenderíamos nada. Pero en cambio sí podrían ayudarnos a
descubrir que nosotros podemos, que somos capaces de superar nuestras propias
limitaciones, de unirnos por encima de las diferencias, pensando en el país que
les vamos a dejar a nuestros hijos. Los abraza con mucho cariño.
A: Todos los niños (incluso a los que simulan ser adultos). DE: Un niño que se niega a crecer ASUNTO: Invitación a jugar FECHA: 16 de agosto
¡Dale compi…! ¡Vengan si que todos…! Vamos a arremangarnos la ropa y a hincarnos en la arena, a ver quién tiene más pulso con la balita joyo, o quien hace más tantos con la tikichuela. ¡Vengan…! Vamos a dibujar con un palito el mapa del paraíso y del infierno sobre la tierra dura, a ver quien llega primero… pise pisado con un solo pie. ¡No chamigo, eso es demasiado kaigue, mejor jugamos a la pelota muerta! Naombré, vos sos demadiado kuña’i, te pichás y llevás tu pelota. ¡Así no da gusto! ¡Vengan si que…! Vamos a jugar al tuka’e. Los nenes con las nenas. Mimicha se queda en el tambo, pero no vale esconderse de a dos y aprovechar para otra cosa, porque si no el juego no se termina nunca, y la tía Roberta ya nos está esperando para ir a merendar. Vengan… No se hagan los kulí, no sean je japó. Sáquense por un rato la corbata y el traje gris, arremánguense bien esa blusa fashion, apaguen su celular y su notebook. Dejen que el aire se inunde de risas infantiles, que suban y vuelen alto como las pandorgas hecha de papel de seda y kapi’i pororó, bailando libres bajo el Sol. Dejen que el mundo y la vida vuelvan a ser otra vez niños o niñas, aunque sea por un fugaz instante. Quizás redescubramos entonces que la alegría sabe a helado de chocolate, a correr descalzos por el barro, a robarle un beso a la vecinita de trenzas, a invertir el vuelto del almacén en tráfico de caramelos, a saber que éramos tan felices al punto de entonces ignorarlo.
Brotan como hormigas desde el interior de los precarios ranchos de carpa y madera. Basta que un vehículo extraño se detenga al borde de la carretera para que ellos se acerquen en bandadas, movidos por la infantil curiosidad, a treparse sin prejuicios por todos los rincones de la camioneta, apoderándose sin escrúpulos de todo lo que encuentran. Cuesta mucho definirles la edad. Algunos apenas empiezan a caminar, pero ya parece que cargaran muchos años encima, quizás siglos. La sonrisa inocente ya está marcada por el rictus amargo de la desdicha. Niños convertidos en ancianos desde mucho antes de nacer. Casi todos andan descalzos y semidesnudos. La piel dura y cuarteada, confundida con el color de la tierra, como si ya fueran parte de ella. Como sin en realidad hubieran sido engendrados no por esas parejas desgarradas que se aman en silencio durante las noches, al calor de las fogatas, o en los encuentros furtivos en medio del follaje, sino por el rojo suelo de la chacra huérfana de semillas. Son los hijos de la tierra. Los innumerable mita’i de los múltiples asentamientos campesinos, en toda la conflictiva geografía rural. A los campesinos quizás les falten tierras, o desarrollo, o futuro..., pero les sobran niños. –Ape ndo ro guerekoi televisión–, dicen, con una sonrisa pícara, para explicar lo inexplicable. No hay televisión en las noches, como tampoco hay un techo digno, una alimentación adecuada, una educación como la gente, una asistencia sanitaria básica... ¡y tantas otras cosas! No lo hay. Por eso se hace el amor casi con desesperación entre el fragor de las invasiones de tierra, entre las movilizaciones de resistencia colectiva y el miedo al desalojo violento, entre las marchas y las asambleas, entre las farras cachaqueras y las mingas. Por eso, los hijos de la tierra no paran de nacer. Están allí, a la entrada de cada asentamiento, al borde los caminos polvorientos, con sus sonrisas congeladas, sus juegos primitivos. Están allí, con sus caritas color de tierra y sus miradas que interrogan al futuro.
La luz del semáforo en rojo dura apenas 30 a 60 segundos.
Es muy poco tiempo para intentar convencer a los
automovilistas detenidos fugazmente de que sus parabrisas necesitan de una
rápida limpieza sin limpiar,
o de que el bebé lloroso que cargás en los brazos en
realidad es tu hermanito que necesita leche desesperadamente,
o de que si no te compran al menos uno de los caramelos de
marca kañy,
o la aspirina hecha de harina en polvo,
o la estampita fraguada en la fotocopiadora de la esquina,
o la bolsa de mandarinas machucadas,
hoy te podés quedar sin nada que comer.
Sí, es muy poco tiempo para tratar de convencerlos de que
toda esa mentira... es verdad.
Corre, niño, corre...
Salta a un costado,
esquiva el bólido que pasa peligrosamente cerca de tu
cuerpito flaco,
ganale al tiempo,
trata de llegar a la ventanilla del auto
antes de que el chofer la cierre a toda prisa
en un intento por huir de tu mano implorante,
de tu carita de lástima,
ocultándose detrás del vidrio ahumado
para no tener que darte un puñado de monedas o un arrugado
billete de mil guaraníes.
Corre, niño, corre...
Ignora los gestos hoscos,
los insultos,
la voz chillona que te grita "haragán, andate a
trabajar"
como si no fuera otra cosa lo que hacés.
¿Será que no entienden que ese es tu trabajo?
¿Qué ese es el único trabajo posible que te han dejado?
Aunque a veces sí hay una mano anónima y cariñosa que te
regala un billete solidario,
una palabra amable,
una sonrisa franca,
justificando por un breve instante toda tu pesadilla.
Corre, niño, corre...
Huye de tus propios padres o padrastros, hermanos y mayores
que te explotan,
quizás porque ellos también crecieron siendo explotados
y no conocen otra manera.
Huye de los proxenetas,
de los abusadores,
de los traficantes de cariño,
de los que te tienen atrapado en su viciada telaraña
afectiva.
Huye de la policía
que te usa como informante
y proveedor de pequeños robos.
Huye de los fiscales mediáticos,
de las juezas y secretarias del menor,
de los asistentes sociales,
de los promotores de organizaciones no gubernamentales que
buscan justificar contigo sus programas cotizados en euros o en dólares,
de los periodistas denunciadores que te persiguen con sus
cámaras sensacionalistas para aumentar su rating.
Corre, niño, corre...
Más veloz que los autos que cruzan en rojo los semáforos.
Más veloz que el destino que te persigue implacable.
Más veloz que el mismo tiempo que avanza en contra como un
reloj al revés.
Corre hacia el futuro, donde quizás te aguarda la esperanza
que aquí no puedes encontrar.