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viernes, 2 de septiembre de 2022

La Iglesia paraguaya deja atrás el conservadurismo más duro

 

Desde sus orígenes, la Iglesia Católica paraguaya vive una fuerte puja entre sectores conservadores, centristas y progresistas. Experiencias como las Reducciones Jesuíticas y las Ligas Agrarias, combatidas y reprimidas, fueron señales de una Iglesia comprometida con los pobres y marginados. Obispos como Rolón, Medina y Maricevich fueron baluartes de resistencia ante la dictadura. La politización de Fernando Lugo generó un impacto negativo para el progresismo y favoreció el ascenso del conservadurismo más duro. La llegada del Papa Francisco con sus ideas renovadoras ayudó a equilibrar fuerzas. El nombramiento de Adalberto Martínez como nuevo arzobispo de Asunción y primer cardenal en la historia del Paraguay, abre una nueva etapa para una Iglesia más abierta a los signos de los tiempos. Que el cardenal Martínez decida realizar su primera misa en una humilde parroquia del Bañado Sur es un mensaje claro de que el liderazgo eclesial retoma la cercanía con los más pobres y excluidos.

Por Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman 

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La Iglesia Católica, con más de dos mil años de permanencia en la historia mundial, es una institución que ha aprendido el enorme poder de los símbolos. La imagen de un hombre clavado a una cruz es sin duda su representación más universal, pero también lo son los múltiples gestos que sus líderes y exponentes protagonizan en momentos cruciales de la historia.

Por poner un ejemplo, podemos recordar a uno de los principales referentes de la Iglesia paraguaya, el destacado ex arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón, quien cuando la dictadura del general Alfredo Stroessner recrudeció la represión contra sectores contestarios, incluyendo a sacerdotes, religiosos y laicos, convocó a dos grandes “procesiones del silencio”, en octubre de 1987 y agosto de 1988, en la que pidió a los fieles que marchen en completo silencio por las calles de Asunción hasta la Catedral Metropolitana, sin gritar consignas. La expresión de aquella multitud callada tuvo más fuerza que los gritos de muchas otras marchas de grupos políticos opositores.

Una larga historia de pujas internas

Desde que se estableció en Asunción el primer episcopado de la cuenca del Río de la Plata, por auspicios del Emperador Carlos V y con la bula del Papa Paulo III Super Specula Militantis Ecclesiae del 1 de julio de 1547, con la que se creó el Episcopatum Paraguariensis, la Iglesia Católica paraguaya vive una fuerte puja entre sectores conservadores, centristas y progresistas.

A través de la historia, sectores eclesiales comprometidos con los más pobres y marginados impulsaron experiencias consideradas subversivas o revolucionarias, como las célebres Reducciones Jesuíticas, experiencias de comunidad con indígenas guaraníes, implementadas por misioneros de la Compañía de Jesús en un conjunto de treinta pueblos misioneros fundados a partir del siglo XVII en Paraguay, Argentina, Uruguay y partes de Bolivia y Brasil, con sistemas productivos, económicos y políticos de tipo socialista, que resultaban peligrosos para los poderes coloniales, poniendo además a salvos a los indígenas de los cazadores de esclavos. Finalmente, los reinos de España y Portugal decidieron expulsar a los jesuitas de América y acabar con las Reducciones en 1767.

Miembros de la Iglesia Paraguaya, como fray Fernando Cavallero o el presbítero Francisco Xavier Bogarín participaron activamente del proceso de la Independencia del Paraguay (mayo de 1811), pero luego el clero fue perseguido o sometido a controles por los gobiernos del dictador Garpar Rodríguez de Francia y sus sucesores, Carlos Antonio López y Francisco Solano López.

Tras la debacle producida por la Guerra de la Triple Alianza (1964-1970), la Iglesia Católica Paraguaya empezó a reorganizarse paulatinamente. En 1929 fue restablecida la Provincia Eclesiástica del Paraguay, con el Arzobispado de Asunción como sede y con las diócesis de Villarrica y Concepción como primeras sufragáneas.

El primer arzobispo de Asunción, Juan Sinforiano Bogarín, fue un gran defensor de los derechos de los más desprotegidos. Llamado “El obispo viajero” recorrió casi cincuenta mil kilómetros a caballo, por todo el país, animando a los campesinos a organizarse socialmente para la defensa de sus tierras y de sus derechos. El Obispo Hermenegildo Roa (tío del escritor Augusto Roa Bastos, retratado en su célebre cuento “El viejo señor Obispo”) como un pastor dedicado a los más pobres, fue secretario de monseñor Bogarín y vicario general de la diócesis.

Enfrentados a los abusos

Así como existieron obispos y sacerdotes que buscaron congraciarse con los sucesivos regímenes totalitarios y sectores políticos y económicos que dominaron el Paraguay a lo largo del Siglo XX, quizás fueron más lo que se opusieron a los abusos y acompañaron los sufrimientos del pueblo.

“Si uno lo compara con cualquier otro país de América Latina, no hubo otra Iglesia que se haya plantado ante una dictadura como lo hizo la paraguaya, denunciando violaciones de derechos humanos, clamando por aperturas políticas. También sufrió muchos ataques. Hubo periodos duros en donde se hicieron gestos dramáticos, como la decisión del entonces obispo de Caacupé, monseñor Ismael Rolón, de suspender la procesión de la Virgen en 1969. Ya como arzobispo de Asunción, suspendió el tedéum del 15 de agosto y comunicó que no iba a participar del Consejo de Estado. Fueron gestos simbólicos importantes que hicieron que la Iglesia paraguaya marque con actos la independencia que reclamaba al Estado”, destaca en una entrevista el investigador Miguel Carter, autor del libro El papel de la Iglesia en la caída de Stroessner.

Carter señala que “los sectores más progresistas acompañaron las primeras movilizaciones campesinas, apoyaron la creación de las Ligas Agrarias Cristianas. La Iglesia paraguaya siempre fue una Iglesia pobre, sin muchos recursos, que no se identificó con los propietarios de tierras, ni con los estamentos más favorecidos”.

Al igual que la experiencia de las Reducciones Jesuíticas en la época colonial, las Ligas Agrarias Cristianas y las Comunidades Eclesiales de Base, impulsadas a partir de los años 60 en Paraguay, bajo el influjo del Concilio Vaticano II y las conferencias del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla (1979), en que se adoptaron líneas de opción preferencial por los pobres y los jóvenes, fueron fuertemente perseguidas y reprimidas por la dictadura stronista.

Así como existieron algunos obispos como el de Caacupé, monseñor Demetrio Aquino, y sacerdotes como el paí Guido Coronel, que fueron abiertamente cómplices y partidarios del dictador Alfredo Stroessner, son más los que mantuvieron una postura crítica y solidaria con los perseguidos, como el arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón; el obispo de Concepción, Aníbal Maricevich y el obispo de Misiones, Mario Melanio Medina.

“La Iglesia tuvo un rol central, pero es importante remarcar que, si bien en este período su postura era antidictatorial, también era profundamente anticomunista, por lo que las reivindicaciones estaban más asociadas a que la dictadura no tuviese injerencia en las actividades de la Iglesia y que se diera paso a una democratización liberal creciente. Uno de los hitos centrales fue el intento de manipulación de la visita papal (Juan Pablo II) de mayo de 1988 que llevó al gobierno a suspender algunas actividades del Vaticano –por supuestos ataques de opositores– y a alterar a la Iglesia por estas injerencias”, refiere la investigadora Magdalena López en un ensayo sobre “Disputas teóricas e históricas en torno a la transición a la democracia en Paraguay”.

 

Fernando Lugo y monseños Ismael Rolón

La era del conservadurismo

Tras la caída de la dictadura (febrero de 1989), la Iglesia paraguaya también experimentó el mismo proceso que se daba a nivel internacional, de volcarse hacia un conservadurismo más duro, por la alarma ante los impactos políticos de la llamada Teología de la Liberación, que ya se había iniciado durante el papado de Juan Pablo Segundo (1978 – 2005) pero se profundizó con la ascensión de Benedicto XVI (2005 – 2013), que buscó encumbrar a obispos y cardenales de líneas opuestas a los cambios.

Con el retiro de los obispos más progresistas, sus sucesores correspondieron a corrientes más conservadoras, como sucedió en el Arzobispado de Asunción. Tras la renuncia del admirado monseñor Ismael Rolón, lo sucedieron obispos cada vez más reaccionarios, como Felipe Santiago Benítez, Pastor Cuquejo y el ultra conservador Edmundo Valenzuela, cuestionado por oponerse a cambios y proteger a sacerdotes acusados de ser acosadores sexuales

Entre las expresiones más polémicas de monseñor Valenzuela, llegó a pedir públicamente a jóvenes catequistas, que denunciaban un caso de acoso de un párroco, a “no hacer de una piedrita una montaña”. Otra perla del arzobispo fue hacer campaña para que el gobierno paraguayo no firme el Acuerdo de Escazú, con el que se buscan mejorar los derechos humanos y la protección ambiental en América Latina y el Caribe. «Nos encontramos ante una amenaza que proviene de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que quieren hacer un acuerdo de todos los acuerdos, prácticamente imponiéndonos aceptar todas las resoluciones anteriores de aborto, ideología de género, eutanasia…», declaró Valenzuela en un video de propaganda. Posteriormente, pidió disculpas al reconocer que no tenía toda la información.

Mientras los sectores conservadores se consolidaban en la conducción de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), negando incluso avances en el sistema educativo por considerar que se pregonaba la “ideología de género”, en la conquista de los derechos sociales, e incluso avalando abiertamente prácticas antidemocráticas, como el apoyo que brindaron a los sectores políticos golpistas que en junio de 2012 destituyeron a través de un golpe parlamentario al presidente Fernando Lugo (luego pidieron disculpas), los pocos sectores progresistas de la Iglesia incurrían en acciones que favorecían aun más al conservadurismo más duro.

Uno de los elementos más críticos y polémicos en ese sentido fue la decisión del entonces obispo de San Pedro, monseñor Fernando Lugo, de abandonar el sacerdocio para incursionar en la política, presentándose para las elecciones generales de 2008 y lograr acceder a la presidencia de la República. Lugo era uno de los referentes más reconocidos de la línea de la Teología de la Liberación, considerado el obispo de los pobres, que apoyaba a los campesinos en su lucha por la tierra, condición que lo ayudó mucho en el campo de la política, pero abrió mayores conflictos a quienes siguen esta corriente de religión. Sus colegas más conservadores, como el entonces obispo de Alto Paraná, monseñor Rogelio Livieres Plano, aprovecharon lo ocurrido para satanizar aun más a los sectores progresistas dentro de la Iglesia, poniendo además énfasis a las posteriores revelaciones de que Lugo, siendo sacerdote, desobedeció el voto de castidad, mantuvo relaciones sexuales con mujeres y engendró a varios hijos.

Los cambios que trajo el Papa Francisco

La elección del cardenal argentino Jorge Bergoglio como Papa Francisco tras la renuncia de Benedicto XVI, en 2013, trajo vientos de renovación a la Iglesia Católica a nivel universal, con efectos paulatinos también en la Iglesia del Paraguay.

Partidario de la llamada “teología del pueblo”, que supone una superación de la teología de la liberación, sosteniendo que, a partir de la globalización y la profundización de los procesos de exclusión, la «opción preferencial por los pobres» debe expresarse como «opción preferencial por los excluidos», Francisco empezó a operar acciones en la Iglesia universal que también repercutieron localmente.

Una de ellas fue la destitución del ultraconservador obispo de Alto Paraná, monseñor Rogelio Livieres Plano, acusado de malversación de fondos y de encubrir a sacerdotes acusados de abusos sexuales.

Otro hito en este proceso fue la visita del papa Francisco a Paraguay, que tuvo lugar entre el 10 y el 12 de julio de 2015. Siendo arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio había establecido un estrecho contacto con comunidades de paraguayos migrantes en Argentina y una especial devoción a la Virgen de Caacupé y hacia el rol de la mujer paraguaya, a la que la llama “la más gloriosa de América”, en la reconstrucción del país tras la hecatombe de la Guerra de la Triple Alianza.

Con su visita al Paraguay, Francisco reforzó los lazos con el clero y el pueblo, dio signos de cercanía con los pobres y principalmente esbozó un plan de renovación de la Iglesia paraguaya, de cara a los desafíos del Siglo XXI, que fue cumpliendo paulatinamente con el nombramiento de obispos más abiertos en sustitución de los conservadores.

Uno de los signos de este proceso fue la designación en junio de 2017 de monseñor Ricardo Valenzuela, conocido por sus posturas críticas ante el poder político y por su dinámica acción con los jóvenes, como nuevo obispo de Caacupé, una de las diócesis más importantes del país, sede del santuario nacional de la Virgen de Caacupé, en reemplazo del conservador obispo Claudio Giménez, a quien se cuestionaba su complacencia ante el poder político de turno.

Pero, sin dudas, el símbolo más fuerte sobrevino en febrero de 2022, cuando se anunció en el Vaticano el nombramiento de monseñor Adalberto Martínez Flores como nuevo arzobispo de Asunción, en reemplazo del ultraconservador Edmundo Valenzuela.  Y más aún, cuando en mayo de 2022, el Papa Francisco anunció que monseñor Adalberto sería investido como el primer cardenal en toda la historia del Paraguay.


Una Iglesia más abierta al mundo

Tal como lo expresamos en un artículo anterior, el nuevo arzobispo (y ahora primer cardenal), Adalberto Martínez, asume la conducción principal de la Iglesia paraguaya “con una trayectoria relevante, de perfil generalmente bajo ante las exposiciones mediáticas, conocido por sus actitudes de prudencia y equilibrio (que también caracterizaba a monseñor Rolón), pero con gestos de valentía en tiempos críticos”

También señalamos que “Monseñor Martínez no es un obispo en la línea de la Teología de la Liberación (como lo es, por ejemplo, el obispo emérito de Misiones, monseñor Melanio Medina, o como lo fueron, en su momento, el fallecido obispo de Concepción, Aníbal Maricevich, o el luego renunciante obispo de San Pedro, Fernando Lugo, que llegó a la presidencia del país), pero es un prelado sensible a la situación social. Tampoco es un obispo a quien se pueda considerar conservador, aunque aferrado a la tradición litúrgica y social de la Iglesia, es conocido por su espíritu de apertura y por su buena formación teológica e intelectual”.

De Martínez recordamos su papel relevante y valiente en lo sucesos del Marzo Paraguayo, una trágica y a la vez heroica gesta ciudadana que detuvo el ascenso al poder de un proyecto totalitario encabezado por el entonces general Lino Oviedo. En la noche del 26 de marzo de 1999 y en la madrugada del 27 de marzo, tras la masacre de los jóvenes en la Plaza del Congreso, monseñor Martínez, quien entonces era obispo auxiliar de Asunción, asumió el rol de autoridad de la Iglesia en busca una pacificación y de resultados concretos de Justicia.

No deja de ser significativo que el nuevo cardenal haya decidido realizar su primera misa no en la histórica Catedral Metropolitana, en el microcentro del poder de la capital paraguaya, sino en “la otra ciudad”, en la periferia del Bañado Sur, en la humilde parroquia San Felipe y Santiago, donde el sacerdote dominico Pedro Velazco viene desarrollando desde hace treinta años algunos proyectos pioneros de organización social con los más pobres, como el Centro de Ayuda Mutua Salud para Todos (Camsat), y que a través de luchas, movilizaciones y negociaciones, ha logrado que las actuales obras de la Costanera Sur no expulse a los moradores, contemplando su permanencia en viviendas sociales.

El lugar geográfico y el contexto histórico elegidos para esta primera misa responden a un fuerte símbolo que el nuevo cardenal quiere brindar, en abierta consonancia con el modelo de Iglesia que el papa Francisco está impulsando, dejando paulatinamente atrás —o al menos ayudando a reducir su influencia y poder— al modelo de Iglesia más conservadora, fundamentalista y opuesta a los cambios que exige el tiempo actual.

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Este artículo está publicado originalmente en el medio digital El Otro País, parte de un servicio de análisis de coyuntura distribuido primero a los suscriptores.

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

El bebé al que la dictadura le robó la historia

 

Emilio Cricera fue arrancado de su madre en 1966, entregado a quienes fingieron ser sus padres biológicos. Hoy demanda recuperar su verdadera identidad.


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

(Fotos e imágenes: Desirée Esquivel - Apoyo en video: Codehupy).


Emilio Félix Cricera Evaly tenía 30 años de edad en 1996, cuando descubrió que él no era quien sus padres y sus documentos aseguraban. En realidad, tenía otro nombre, otros padres, otra identidad, otra historia.

Sucedió cuando, en su casa de Buenos Aires, halló unos papeles de quien creía era su papá biológico, Emilio Cricera, argentino, ya fallecido, en donde este le contaba cosas íntimas a un amigo. Con fecha de tres días antes del supuesto nacimiento de su hijo, no mencionó que su esposa, la paraguaya Celia Nilda Evaly, estaba a punto de dar a luz.

“Si mi papá estaba tan contento de tenerme como hijo único, ¿por qué no había contado nada a su amigo? Encaré a quien decía ser mi mamá, discutimos mucho y al final reconoció: “¡Vos no sos mi hijo!’”, narra Emilio, veinticuatro años después de aquel día en que sintió que el mundo se le vino abajo.

Celia Nilda se negó a darle más datos de su verdadera historia. “Me dijo muchas mentiras, que me habían traido del Brasil, hasta que ella falleció, llevándose mi secreto a la tumba”, narra.

“Viajé al Brasil, viví allá un tiempo, hasta que tomé contacto con unos primos, hijos de una hermana de mi madre apropiadora en el Paraguay, con quien ella estaba peleada, a la que considero mi madre del corazón, mi tata, quien me dijo: vos te llamás Jorge Luis y te llevaron siendo bebé del orfanato Santa Teresa”, agrega.

BÚSQUEDA. Emilio/Jorge Luis logró que la directora del actual Hogar Infantil Santa Teresita le permita acceder a los archivos. Sobre la avenida Eusebio Ayala (frente al local de la Justicia Electoral), allí funciona una guardería y es sede de los Centros de Bienestar de la Infancia y la Familia (Cebinfa). En épocas de la dictadura, el orfanato llegó a estar bajo la dirección de María Olivia Chelita Stroessner, hija adoptiva del general Alfredo Stroessner.

“Busqué datos durante días, revisando expedientes de todos los niños llamados Jorge Luis que ingresaron entre 1965 y 1968, hasta llegar casi a la certeza de que mi verdadero nombre era Jorge Luis Gómez Arena, y que mi madre fue María Olga Gómez, presa en la Comisaría Tercera, famoso lugar de detención y tortura de presos políticos, y luego en la Cárcel del Buen Pastor, donde se pierde su rastro, está desaparecida”, relata Emilio.

Su laberíntica búsqueda lo llevó al hogar familiar de los Gómez, en una humilde comunidad rural de Altos, Cordillera. “Cuando llegué y dije quién era, no lo quisieron creer. Según mi abuela, Laureana Isabel, les aseguraron que yo había muerto. Del paradero de mi mamá no sabían nada. Obtuve una muestra de ADN de mi abuela y el análisis comparativo con el mío reveló un 84% de compatibilidad”, indica.

APROPIACIÓN. Entre muchas dudas, Emilio hoy tiene certeza de que autoridades de la dictadura mintieron a su abuela (quien varias veces intentó rescatarlo del orfanato), asegurando que él había fallecido, cuando en realidad le “regalaron” siendo un bebé al matrimonio formado por el argentino Emilio Cricera y la paraguaya Celia Nilda Evaly. Cree que el nexo fue una mujer llamada Aurora Coronel.

Le crearon documentos (auténticos, pero de contenido falso) como una partida de nacimiento en que consignan su fecha de nacimiento el 12 de marzo de 1967 (cuando en realidad habría nacido el 11 de octubre de 1966).

De su madre sabe poco. Un informe policial de la Comisaría Tercera, firmada por el comisario Augusto Moreno, refiere que ella la abandonó en la vía pública, pero él considera que son mentiras. “Mi madre es una desaparecida, aunque no figure en las listas de las organizaciones de derechos humanos. Borraron todos sus registros. La policía allanó su casa en Altos y secuestró todas sus fotos y sus documentos. Ni siquiera tengo una imagen de cómo era ella, solamente un gran amor a su memoria”, indica.

Emilio/Jorge Luis presentó una denuncia oficial ante la Fiscalía, con patrocinio de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) por Desaparición Forzada de Personas y Múltiple Violación de Derechos Humanos.

“Sé que muchos creían que en el Paraguay no hay casos de apropiación de bebés durante la dictadura stronista, como las que se cuentan en organizaciones como H.I.J.O.S. o Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en la Argentina, pero existen. Soy el primero de ellos que sale a luz y seguramente hay más. La dictadura desapareció a mi mamá y me robó la identidad. La quiero recuperar”, destaca.


BUSCANDO A MAMÁ.
No solamente le cambiaron su identidad y lo entregaron a otra familia. Además, desaparecieron a su mamá, María Olga Gómez.

“A la hora 13 del 20 de octubre de 1966, llega una camioneta celular de la Policía, conduciendo a un oficial y agentes, quienes traen a un recién nacido, portador de la siguiente: Nota N° 237, señora directora del Hogar Infantil. ESD. Tengo el agrado de dirigirme a Ud., con el objeto de solicitar la internación en esa institución del menor Jorge Luis, quien fuera hallado en la vía pública…”

Así dice el informe de una asistente social sobre el “Caso N° 578, Jorge Luis”, que Emilio Félix Cricera Evaly pudo rescatar del archivo del Hogar Santa Teresita, de donde fue apropiado ilegalmente en 1967 y entregado al matrimonio del argentino Emilio Cricera y la paraguaya Celia Nilda Evaly, quienes obtuvieron una partida de nacimiento con un nuevo nombre, otra fecha de nacimiento y en donde ellos figuran como padres biológicos del bebé.

La nota de la entrega del bebé al Hogar Infantil Santa Teresa o Santa Teresita (que en épocas de la dictadura estuvo bajo la dirección de María Olivia Chelita Stroessner, hija adoptiva del general Stroessner) está firmada por el comisario Augusto Moreno, en ese entonces titular de la tristemente famosa Comisaría Tercera, uno de los más tenebrosos locales en donde eran detenidos y torturados los presos políticos, varios de ellos considerados desaparecidos.

ABANDONO. Según el relato del expediente, en la patrullera que llevó al bebé con apenas 8 días de nacido al hogar (sobre la avenida Eusebio Ayala, frente a la Justicia Electoral), también se hallaba la madre, María Olga Gómez, quien en esa época tendría 18 años, y que era trasladada a la Cárcel del Buen Pastor, tras haber estado presa en la Tercera con su hijo.

La asistente social cuenta que pudo hablar con la madre antes de que la lleven. Sostiene que la mujer admitió haber abandonado a su hijo en la entrada de una casa, por “estar desesperada”, ya que su “patrona” no admitía a empleadas con hijos y el padre del niño (marino de la Flota Mercante) la había abandonado. También admitió haber huido de su casa familiar en Altos. Pidió que le devuelvan a su hijo y no la lleven a la cárcel, pero no le hicieron caso.

VENGANZA. Emilio cree que muchas afirmaciones del informe son falsas, porque descubrió otros datos que hablan de una especie de venganza por parte de una persona poderosa en Altos contra su madre.

En su denuncia ante la Fiscalía de Derechos Humanos, revela que sus familiares contaron que “alguien de mucho poder económico en la ciudad de Altos estaba interesado en mi madre, y al no tener reciprocidad, fue quien mandó al proceder irregular de la Policía, ya que María Olga había venido a Asunción escondiéndose de quien le pretendía”.

Desde el Buen Pastor, María Olga se comunicó con su madre, Laureana Isabel Ojeda, para que recupere al bebé. “Mi abuela intentó por todos los medios y documentos comprobables de filiación recuperarme y llevarme con los míos, restitución que nunca se pudo dar, porque en el mes de agosto de 1967 fui ‘regalado’ a un matrimonio argentino-paraguayo residente en Buenos Aires”, destaca.

SIN PISTAS. A la abuela le dijeron en el hogar que el bebé había muerto, al igual que su hija María Olga. No entregaron los cuerpos. Debido al dolor, la anciana sufrió pérdida parcial de memoria, según los familiares.

“Me contaron que mientras mi madre estaba detenida, la Policía allanó la casa materna en Altos y se llevó todas las fotos y los documentos de María Olga”, agrega Emilio, quien desconoce las razones de la presunta desaparición, porque su madre no era una activista política conocida.

“Hoy reclamo que el Estado investigue y me diga qué pasó con mi mamá, de quien ni siquiera tengo una foto, porque se llevaron todo. En la Cárcel del Buen Pastor me dijeron que un incendio destruyó los registros de aquella época. Nadie más sabe nada”, dice.

Emilio ha decidido quedarse en el Paraguay. Desde hace más de un año vive en Luque. Ha intentado establecer una relación con su familia materna en Altos, pero siente que hay muchos recelos, miedos y silencios que superar. Confía en que será parte de un proceso.



domingo, 1 de marzo de 2020

Amoite Cerro Corápe…






A 150 años, la muerte de López todavía conmociona al Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez  - @andrescolman
Fotos: Andrés Catalán
DESDE CERRO CORÁ, AMAMBAY


El Aquidabán Nigui es apenas un delgado hilo de agua que se desliza entre pedregullos y matorrales. Un arroyo tan pequeño, todavía limpio y transparente, que en su rumoroso fluir puede relatar sin embargo una historia tan inmensa, tan trágica y gloriosa a la vez, para quien sea capaz de comprender su hídrico lenguaje.
Así lo confirma la canción Cerro Corá del recordado poeta guaraní Félix Fernández y del gran músico Herminio Giménez:

“Osyry pe Aquidabán
culantrillomi apytépe
iñe’ême omombe’u
ñanderu omano hague”.

(Corre el Aquidabán
entre las hierbas de culantrillo
y en su lenguaje cuenta
que ha muerto nuestro padre).

–Fue aquí, en este mismo lugar, en donde mataron al mariscal López– dice Perla Vázquez, jefa del Parque Nacional Cerro Corá, señalando un punto entre los matorrales, a orillas del arroyito.
En el lugar señalado hay un monolito de piedra que envuelve a un busto de metal del mariscal Francisco Solano López, el presidente y jefe del Ejército paraguayo que resistió durante más de cinco años, desde 1864 hasta aquel 1 de marzo de 1870, a las tropas aliadas de Brasil, Argentina y Uruguay, en una de las guerras más cruentas y desiguales de la historia latinoamericana.
Fue aquí, hace exactamente 150 años, en donde la Guerra Guasu llegó a su fin.

La tumba del Mariscal López y su hijo Panchito, en el Parque Nacional Cerro Corá.

EL CERCO FINAL.
Son pocos los testimonios de primeras fuentes acerca de cómo fue la muerte de López en Cerro Corá, aquel 1 de marzo de 1870 y no siempre coinciden.
El sacerdote Fidel Maíz, que acompañó a López en gran parte de la contienda, narra en sus memorias que López y su ejército llegaron al valle rodeado de cerros el 8 de febrero de 1870 “apenas con algo más de 400 hombres, reducidos a la más postración, sin ropas ni víveres, sin más esperanza que sucumbir bajo la presión del hambre y de miserias increíbles”.
El ejército brasileño, al mando del general José Antonio Correa da Cámara, se había desplazado a la caza de López, junto a otros jefes militares como Floriano Peixoto, Francisco Antonio Martins, Silva Tavares y Silva Paranhos.
López instaló fuerzas para intentar contener el avance, pero los defensores nada pudieron hacer ante la superioridad numérica de los atacantes.
El general Isidoro Resquín, uno de los sobrevivientes, relata que “este último y sangriento combate en Cerro Corá duró nada menos que unos quince minutos (...) fue derrotado y vencido por completo el ejército (paraguayo), después de haber luchado cinco años, defendiendo la honra e integridad de su patria”.
En un primer enfrentamiento, el mariscal López, montado sobre su caballo, se enfrentó a golpes de espada con varios atacantes, ocasión en que fue herido de un lanzazo en el vientre por el brasileño Francisco Lacerda, el célebre Chico Diabo. También recibió un hachazo en la sien. Dos de sus oficiales lo cubrieron, para evitar que sea ultimado en ese lugar.

La cruz de los héroes, en un sector central del Parque. Derrama agua como lágrimas a una fuente.

LA MUERTE DE LÓPEZ.
El coronel Silvestre Aveiro, otro de los que acompañaron al mariscal López en ese momento final, cuenta que él le pidió que lo siga para salvarlo.
Se internaron a caballo en la espesura, hasta que ambos cayeron. Siguieron a pie, ayudándose, hasta orillas del Aquidabán Nigui. Se les unió el soldado Ignacio Ibarra. Fue allí donde fueron alcanzados por los brasileños. Apareció el general Cámara, quien según versiones le intimó a López a rendirse.
Relata el general Isidoro Resquín: “Al oír el mariscal López proferir semejantes palabras, les contestó con toda la energía de un valiente que no se rendía y que estaba dispuesto a sacrificar todo por su querida patria. Inmediatamente (...) recibió con heroísmo las balas de la fuerza de Brasil, con lo que entregó su vida al Creador”.
El coronel Silvestre Aveiro relata que Cámara intercambió algunas palabras con López, pero solo alcanzó a escuchar la palabra patria. “Después en Río de Janeiro se publicó y supe que cuando fue a intimarle rendición el general Cámara, había dicho López: ‘¿Me garante lo que le pido?’ Y con la repuesta de que no podía garantizarle más que la vida, había dicho: ‘¡Entonces muero con mi patria!’, levantando su espadín”.
Hasta ahora, 150 años después, se sigue discutiendo si López realmente pronunció la frase “muero con mi patria” o “muero por mi patria”.

Reliquias en el museo de entrada al Parque Cerro Corá.

MEJORAS EN EL PARQUE.
El lugar en donde el mariscal López fue ultimado, ocasión en que se puso fin a la Guerra Guasu, es hoy un Parque Nacional de 5.538 hectáreas, administrado por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades).
El Parque fue creado por decreto del dictador Alfredo Stroessner en 1976. Está ubicado en el Departamento de Amambay, en el Noreste del Paraguay, a 494 kilómetros de Asunción y a 40 kilómetros de la ciudad de Pedro Juan Caballero, junto a la frontera con el Brasil.
Un equipo de cinco guardaparques, dirigidos por una mujer, Perla Vázquez, se encarga del manejo y del control del espacio histórico y ambiental. Perla es pilarense y ocupa el cargo desde hace dos años. Es la primera mujer que dirige un parque nacional, rompiendo un esquema que hasta entonces había sido manejado solo por hombres. “Es una gran responsabilidad dirigir un espacio tan valioso, con tanta significación en la historia nacional. Recibimos muchos visitantes, durante el 2019 llegaron 16.750 personas, incluyendo a muchos turistas brasileños, argentinos y uruguayos, personas que son de países que pelearon contra el Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, pero que sin embargo se declaran admiradores del mariscal López y muy a favor de la causa del Paraguay”, explica.
Ella relata que suele ver cómo muchos visitantes se emocionan y derraman lágrimas al llegar al lugar en donde López fue muerto por los soldados brasileños. “Es impresionante cómo la gente se sigue conmoviendo con esta historia, aunque haya transcurrido un siglo y medio”, apunta.
El Parque Cerro Corá, cuya infraestructura suele quedar olvidada durante gran parte del año, ha recibido un fuerte espaldarazo en obras de mejoramiento en la semana previa al 1 de marzo.
Cuando visitamos el lugar, varias cuadrillas de obreros trabajaban contra reloj, incluso con turnos nocturnos, para poder acabar a tiempo la reconstrucción de un sistema de pasarelas de metal, denominado Paseo de los Héroes, que conduce al sitio donde mataron a López, como a la simbólica tumba que le rinde homenaje a él y a su hijo Panchito, el coronel Juan Francisco López Lynch, asesinado a pocos metros de donde murió su padre, cuando solo tenía 15 años de edad. Además, se restauró el sistema hidráulico que arroja agua desde la gran cruz en el centro del parque y se dotaron rampas inclusivas al monumento principal, en donde se llevará a cabo el acto de evocación por los 150 años.

Visitantes en Cerro Corá, el mayor Hugo Ojeda y su familia,

EL MARISCAL EN LA MEMORIA.
A 150 años de su muerte, Francisco Solano López sigue provocando pasiones, dividiendo a sectores del Paraguay, como a los propios historiadores, en “Lopistas” y “antilopistas”, entre quienes lo consideran “héroe máximo” como a quienes lo llaman “tirano” y el principal responsable de una guerra que diezmó al Paraguay.
El historiador Hérib Caballero Campos declaró al periódico británico The Guardian que ningún otro país latinoamericano ha pasado por lo que pasó el Paraguay con la Guerra de la Triple Alianza. “Es por eso que (la Guerra) ha dejado una marca tan fuerte en la conciencia colectiva paraguaya”, indicó.
La figura de Francisco Solano López, declarado oficialmente como “Héroe Nacional sin Ejemplar” por el Gobierno del general Rafael Franco, en 1936, que decretó el 1 de marzo como el Día de los Héroes, ha sido reivindicado por gobiernos de grandes estadistas demócratas como el liberal Eligio Ayala, por dictaduras de derecha como la del general Alfredo Stroessner, mientras en las antípodas ideológicas, el entonces clandestino Partido Comunista Paraguayo mantenía un grupo de guerrilla que combatía a Stroessner con el nombre de Columna Mariscal López, bajo el mando del legendario comandante Agapito Valiente. También el actual grupo armado criminal denominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) adopta como símbolo al Mariscal López.
“El Lopismo es una construcción ideológica estructurada en los años 20, como forma local del nacionalismo. Como muchos nacionalismos, porta contenidos fuertemente antidemocráticos y militaristas, defendidos primero por los colorados, asumidos desde la década del 30 por el partido comunista paraguayo y por la derecha nacionalista liberal” ha señalado la historiadora Milda Rivarola, una de las investigadoras con posturas críticas ante la figura del mariscal.
Desde otro ámbito, el político e historiador uruguayo Vivia Trías, ha señalado que “los López demostraron que era posible y viable un modelo de desarrollo liberador de nuestras patrias. Probaron el acierto de Moreno y Artigas. Para que su experiencia fracasara hubo que aniquilarla con una guerra implacable y abrumadora. Pero la propia guerra demostró cuán difíciles, arduos e inciertos son el desarrollo y la liberación sin la unidad continental; en especial para las naciones pequeñas. La idea vive y es más necesaria que nunca. Hoy hay que unir patrias y no provincias. El problema es distinto, pero la solución es la misma: Unidad y liberación. Es un largo y dramático proceso, plagado de esperanzas y desengaños, de sombras y de luces. Entre las últimas, pocas tan deslumbrantes y alentadoras como el Paraguay de los López”.

La lista de los principales oficiales caídos en Cerro Corá. Monumento en el lugar.
CERRO CORÁ, A 150 AÑOS.
El mayor de Caballería Hugo Ojeda es uno de los visitantes a quien encontramos en Cerro Corá. Aprovechando días libres, él ha llegado desde Pilar con su esposa y su hija para conocer por primera vez el sitio donde murió el mariscal.
“Como paraguayo y como militar, admiro la manera en que defendió la soberanía territorial de nuestro país, el principio de nuestra independencia. Se puede hacer muchas críticas, pero tenía valores que pocos gobernantes tuvieron después”, señala.
Detrás de él y sus familiares encontramos a un grupo de visitantes brasileños. “A nosotros, en el Brasil, nos enseñan en la escuela que la Guerra del Paraguay fue para liberar al país de un tirano, pero creo que esa no es la verdad. Leí a otros autores que muestran que Solano López fue un héroe. Por eso venimos a conocer el lugar donde murió”, relata Moacir Ferreira, comerciante de Corumbá, Mato Grosso do Sul.
Tanto el militar paraguayo como el comerciante brasileño han coincidido aquí, 150 años después. Ambos se mantienen en silencio mirando al busto de metal de aquel hombre odiado o admirado, dejando que el rumor de las aguas del Aquidabán Nigui les cuente su propia historia.

Perla Vázquez, jefa encargada del Parque Nacional Cerro Corá, con su equipo de guardaparques.

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(Crónica publicada en la edición impresa del diario Última Hora de Asunción, sección Política, edición del domingo 1 de marzo de 2020).

martes, 8 de octubre de 2019

La máquina de escribir que dejó Augusto Roa Bastos



Muy cerca de donde ahora escribo en una funcional notebook, Augusto Roa Bastos escribía hace casi 70 años en una metálica y ruidosa Remington, en el segundo piso de la casona de Benjamín Constant casi 15 de Agosto, cuando un obrero subió a avisar que unos matones estaban destruyendo la imprenta en el taller de abajo, a golpes de hacha y martillo.
Era una tarde gris de marzo de 1947. La guerra civil estaba en ebullición y Roa no era todavía el celebrado novelista, apenas el joven secretario de Redacción de El País, el diario dirigido por Policarpo Artaza, pero sus columnas satíricas, firmadas como El viejito del acordeón, ya provocaban enojos entre los dueños del poder, sobre todo en J. Natalicio González, entonces ministro del dictador Higinio Morínigo, quien envió a una horda del Guión Rojo –grupo paramilitar del Partido Colorado– a destrozar el diario y a traer maniatado al irreverente escriba ante su presencia.
Los periodistas huyeron corriendo encima de los techos de las casas vecinas. Cuando llegaron a buscar a Roa Bastos a su casa de Villa Morra, él tuvo que ocultarse dentro de un tanque de agua, para luego buscar asilo en la Embajada brasileña, iniciando el largo exilio que lo llevó primero a la Argentina, donde empezaría a convertirse en nuestro escritor más universal.
Hay quienes aseguran que la antigua máquina de escribir que dejó en aquella Redacción asaltada por los Guión Rojo, es la que hoy se exhibe en la recepción de Última Hora como una pieza de museo. No creo que sea exactamente la misma, aunque sí es de la época, pero es reconfortante creer en ese símbolo.
En esta antigua casa editorial, que aún conserva el histórico nombre de aquel combativo diario El País, se han editado muchos diarios y semanarios. No hay otro edificio que guarde tanta historia periodística –que en gran parte aún falta rescatar y contar mejor– desde que se imprimió por primera vez el vespertino La Tarde, dirigido por Ernesto J. Montero, el 9 de marzo de 1903. Le siguieron El Tiempo, El Orden, El Estudiante, La Lucha, La Mañana, otra vez La Tarde y varios más, hasta que el 8 de octubre de 1973 apareció por primera vez Última Hora, impreso con las mismas máquinas de la época de Gutenberg, bajo la dirección de Isaac Kostianovsky, el recordado Kostia.
Esa gloriosa época de diarios casi artesanales quedó atrás. Ahora ya no hay matones destrozando imprentas, ni periodistas obligados a huir sobre los techos ante paramilitares enviados por algún gobierno, pero sí hay sicarios narcos que disparan ráfagas de muerte o arrojan granadas sobre los informadores, así como policías y políticos cómplices, fiscales y jueces corruptos que traban cualquier acción de justicia.
Última Hora celebra hoy 46 años de vida. En lo personal y profesional, he compartido 40 años de esa historia y me gusta creer que la misma máquina de escribir que dejó Roa Bastos nos recibe a todos quienes cotidianamente ingresamos a esta remozada casa periodística, como un desafío para que la sigamos haciendo funcionar con la misma actitud de valentía, claridad y dignidad de aquellos duros años de trinchera.

Andrés Colmán Gutiérrez

domingo, 1 de septiembre de 2019

El avión de Stroessner duerme sobre los cerros de Pirayú



El Electra C de LAP llevó en 1973 al dictador a Europa y África. Antes de volverse chatarra, fue rescatado por un ex miembro de su tripulación.

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

Fotos: Desirée Esquivel

La larga estructura cilíndrica aparece de pronto, en medio de un claro de bosque, al final de un serpenteante camino de tierra que sube por las laderas de verdes cerros, desde la ruta entre Pirayú y Caacupé, en la compañía Cerro Verá, no muy lejos del humilde rancho donde nació el héroe guerrero José Eduvigis Díaz.
La escena parece salida de una película de Werner Herzog, un barco varado en medio del desierto o de la selva, en este caso, los restos de un enorme avión sobre los desolados cerros de Pirayú. Sobre su estructura polvorienta y despintada alcanza a leerse: Líneas Aéreas Paraguayas, la legendaria aerolínea que fundó el régimen del general Alfredo Stroessner (1954-1989) y que con sus luces y sombras es considerada la etapa más consistente de la aviación en el Paraguay.

LEYENDAS. ¿Cómo llegó el avión hasta aquí? Lacú Ramírez, poblador campesino, prefiere compartir un relato mítico en guaraní: hace años la aeronave tuvo que aterrizar de emergencia en el descampado y desde entonces nunca más pudo salir. Él no lo vio, pero así le contaron.
La versión real es menos fantástica. Mario Medina, concejal municipal de Pirayú, directivo de la academia PZ Flight, formadora de pilotos y tripulantes de vuelo, vio un día de 2017 que un grupo de obreros estaba empezando a cortar el fuselaje de un viejo avión Electra C de LAP, tirado en inmediaciones del aeropuerto.
“Ya le habían cortado las alas e iban a convertirlo en chatarra. Ese avión era el ZP-CBY, que en julio de 1973 llevó al entonces presidente Stroessner y varias personas de su gobierno a una gira oficial por Europa y África. Planteé que nos permitan usarlo para ejercicios de adiestramiento de nuestra academia y me lo permitieron”, relata Medina.
El concejal conoce bien al avión, porque fue parte de su tripulación, llegando a ocupar el puesto de comisario a bordo. “Le tenemos mucho cariño a esta verdadera reliquia de la aviación paraguaya”, dice.
Tuvieron que partirlo en dos para trasladar el fuselaje hasta la propiedad de su familia, en Cerro Verá, donde planea reconstruirlo, tanto para ejercicios de supervivencia en la selva, como para instaurar un sitio de atracción turística.

HISTÓRICO VUELO. El Lockheed L-188C Electra, con capacidad para 84 pasajeros, perteneció primero a la aerolínea norteamericana Eastern. La empresa LAP lo compró en 1969. Con matrícula ZP-CBY empezó a operar realizando vuelos a São Paulo, Brasil, con tres frecuencias semanales.
El 14 de julio de 1973 llevó al dictador Alfredo Stroessner y gente del Gobierno a una de las más grandes giras en busca de apoyo internacional. En España fue recibido por el dictador Francisco Franco.
Stroessner buscó ser recibido oficialmente en Alemania, la tierra de sus ancestros, pero solo pudo ser invitado oficioso en el estado de Baviera por el ministro Alfons Gopel, donde además conoció a sus primos Heinz Stroessner y Gustav Unger. El Gobierno alemán ya le requería que entregue al criminal de guerra nazi Josef Mengele, que obtuvo la nacionalidad paraguaya, pero el dictador se hacía el desentendido.
En cambio, sí pudo ser recibido por el presidente italiano Giovanni Leone en Roma y por el papa Pablo VI en Castelgandolfo. Además, el avión estuvo en Portugal, Francia, Marruecos, Cabo Verde, Islas Canarias y Recife.
Ahora el fuselaje todavía bastante deteriorado es admirado por excursionistas que montan campamentos juveniles a su alrededor y se hacen selfies, recreando un escenario que parece de posguerra nuclear.
Entre los hierros retorcidos duermen las historias.











Curso de sobrevivencia para futuros pilotos y azafatas, usando la estructura del avión rescatado. (Foto gentileza: Mario Medina. PZ Flight).

El avión Electra C de Lap ZP-CBY, en el aeropuerto de Munich, durante el viaje de Stroessner a Europa y África (foto gentileza del historiador aeronáutico Tony Sapienza).