Mostrando entradas con la etiqueta naturaleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta naturaleza. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de agosto de 2020

Gracias, Leonardo DiCaprio

 


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman


Estimado Leo: Te agradecemos infinitamente que hayas publicado en tu cuenta de Instagram la estupenda e impactante foto del colega Jorge Saenz sobre la terrible polución que sufre la Laguna Cerro, en la compañía Piquete Cué de Limpio. Gracias al escándalo y a la presión internacional que provocaste, después de cuatro meses de infructuosas denuncias locales, las autoridades del Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades) se animaron a cancelar la licencia ambiental que ellos habían otorgado y pedir el cierre definitivo de la industria impunemente contaminadora.

Sabemos que lo hiciste por tu motivación ecologista, convencido de que el cuidado de la naturaleza es fundamental para garantizar el futuro. Aunque haya quienes lo vean como una simple pose progresista, para quienes nos sentimos viviendo siempre un poco al borde del Apocalipsis, es una acción fundamental.

Te confieso que nos causa un poco de vergüenza ajena que tenga que intervenir un famoso actor de Hollywood para que nuestras autoridades nos hagan caso, pero así son las cosas por aquí, en este país mágico pero corrupto llamado Paraguay que alguna vez deberías venir a conocer personalmente, para conocer las bellezas naturales que aún quedan en pie y que con mucho esfuerzo algunos tratamos de proteger. A veces nos sentimos un poco como ese tenaz trampero Hugh Glass a quien encarnaste en la película El Renacido del mexicano Alejandro González Iñárritu, que te permitió lograr el ansiado Oscar: sobrevivientes de un paraíso continuamente agredido, en donde los gobernantes y las clases dominantes buscan imponer el lucro comercial al interés colectivo.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con nuestro bello e inmenso Chaco, territorio que nuestros abuelos defendieron con sangre en una cruenta guerra en el siglo pasado. Es considerado el segundo ecosistema más importante de Sudamérica, pero está en peligro de convertirse en un desierto. La deforestación ya arrasó con una superficie del tamaño de Suiza, pero la impunidad sigue.

El caso en el que te tocó intervenir es uno más entre tantos, en el que los gobernantes facilitan abrir industrias con la ilusión de que nos traerán el progreso. “Usen y abusen del Paraguay”, había proclamado el anterior presidente a supuestos inversores extranjeros. Así se instaló en Limpio la empresa de curtiembre WalTrading SA. Obtuvo licencia ambiental y arrojó sus efluentes a la bella laguna Cerro, en el mismo ecosistema donde florecen las encantadoras plantas acuáticas conocidas en guaraní como yacaré yrupê (Victoria cruziana). Los vecinos alertaron sobre el violento cambio de color del agua y el olor pestilente, pero las autoridades solo enviaron fiscalizadores a observar y a hacer nada. Recién cuando tu posteo sacudió al mundo, reaccionaron y descubrieron que se estaba cometiendo un crimen ecológico.

Gracias, Leo. Vení cuando quieras, o cuando el Covid-19 te lo permita. En Paraguay te sentirás como en casa y hasta en ambientes similares al de algunas de tus más famosas películas. Aquí también tenemos a un capitán al que hemos aplaudido por conducir muy bien el barco médico gubernamental contra la pandemia, pero que en estos días se va hundiendo inevitablemente como el Titanic.

____________________

Publicado en la columna Al otro lado del silencio, sección Opinión, del diario Última Hora de Asunción, Paraguay. Edición del domingo 23 de agosto de 2020.

jueves, 22 de agosto de 2019

Arde, Paraguay, arde



El Paraguay está seco y en llamas. 
Los bosques y los campos se incendian ante el menor descuido y componen un dantesco escenario que parece calcado de la película Apocalipse now.
Imparables murallas de fuego se alzan en la noche, a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos.
La poca lluvia no basta para aplacar la tremenda sed acumulada que tiene la tierra, ni para contener los infernales corredores de fuego. 
El heroico esfuerzo de los bomberos resulta insuficiente o vano ante el gran número de estallidos.
Al momento de escribir este artículo hay 1.626 focos de incendios detectados en todo el país, principalmente en San Pedro, Concepción, Amambay y Presidente Hayes. 
En este infierno no solo se consumen pastizales ganaderos o campos improductivos, sino también lo poco que queda de nuestros valiosos bosques y de nuestra siempre amenazada fauna, devorando valiosas reservas naturales.
Las causas son variadas, pero todas surgen de la ignorancia, de la inconsciencia social, de la viciada "cultura del fuego".
- Alguien que al pasar arroja una colilla de cigarrillo en brasas entre los arbustos.
- Vecinos que queman alegremente su basura en los terrenos baldíos.
Cazadores de apere'a que usan las hogueras para obligar a los roedores a salir de sus madrigueras.
- Ganaderos que quieren ahorrar dinero y les prenden fuego a sus pastizales resecos, pensando que es la manera natural de renovarlos.
- Agricultores a quienes les parece más práctico y barato quemar sus "rozados" para abrir nuevas áreas de cultivo en el monte.
Todos aparentemente inocentes ciudadanos, a quienes el fuego se les va de las manos "por accidente", hasta volverse un infierno incontrolable.

Es un momento de detenernos a preguntar qué nos pasa.
¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente?
¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales?
¡Arde, Paraguay, arde...!
El crimen que estamos cometiendo es inexcusable. 
Cada humareda es veneno tóxico que contamina el aire. 
Cada foco de incendio es una acción que calcina y empobrece la tierra, un daño ecológico del cual no podrá volver a recuperarse en montones de años. 
Cada especie vegetal y animal que muere bajo el fuego es también una parte de nuestra propia vida que se acaba.
Estas formas de ecocidio están penadas por la Ley, y quien le prende fuego a un campo o a un bosque puede ser castigado hasta con cinco años de cárcel. Pero... ¿sabe usted de alguien que esté preso por haber iniciado una quemazón? ¿Al menos uno solo de los 1.626 casos?
Ya lo dijo alguna vez el maestro Augusto Roa Bastos: Los paraguayos y las paraguayas hemos nacido en una tierra que se parece a un paraíso, pero hacemos todo lo posible para que se parezca a un infierno.

____________________
(Publicado originalmente en el diario Última Hora el 8 de setiembre de 2007. Es uno de los artículos que la profesora magister en Ciencias del Lenguaje, Celeste Fleitas Guirland, eligió para analizar en su libro Discurso y pragmalingüística. Bases teóricas y análisis de textos desde los nuevos enfoques lingüísticos, editado en 2011).

sábado, 5 de noviembre de 2016

Yaguaretés en fuga




En algún lugar entre los cerros de Acahay, La Colmena, Ybycuí e Ybytimí, en el Departamento de Paraguarí, hay una pareja de yaguaretés huyendo con su pequeño cachorro entre las cenizas del paraíso.
Estos felinos salvajes llevan ya varias semanas rondando en medio de los ranchos y las chacras, alimentándose de terneros y aves de corral, causando el lógico temor en los pobladores, que han emprendido expediciones de cacería, armados con rifles y escopetas, a fin de librar a sus comunidades del "peligro".
Conocido también como jaguar o tigre americano, el yaguareté (Panthera onca) es el mayor félido de América y el tercero del mundo, después del tigre. Figura en Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Se cree que estos ejemplares avistados entre los cerros de Paraguarí son los últimos que sobreviven en la Región Oriental, donde su hábitat se ha perdido debido a la acelerada destrucción de los bosques.
Los yaguaretés se han quedado sin hogar y vagan buscando alimentos, a riesgo de ser sacrificados.
En poco más de medio siglo, el Paraguay perdió más del 80% de su superficie boscosa, reemplazada por pasturas extensivas para cría de ganado y cultivos mecanizados de soja, maíz, girasol y trigo. Desde 1945, de las 8.300.000 hectáreas de bosques que cubrían la superficie del país, parte del Bosque Atlántico, hoy quedan poco más de un millón de hectáreas, según el Fondo Mundial para la Naturaleza.
En la zona del Chaco Paraguayo, la deforestación alcanza un volumen de mil hectáreas de bosques talados en forma diaria, como revela una investigación de la organización no gubernamental Guyra Paraguay.
Paralelamente, el Paraguay se convirtió en sexto productor mundial de soja y cuarto exportador de esta oleaginosa. Además ha tenido un acelerado crecimiento en la ganadería. En el 2015 había 14.216.256 cabezas de ganado bovino y en 2014 exportó carne por 1.386.242.384 dólares, ubicándose como sexto exportador mundial de carne, desplazando al Uruguay.
Estas cifras han sido exhibidas por los últimos Gobiernos y por la clase empresarial como pruebas del gran crecimiento macroeconómico del país. Habría que preguntar qué opinan de eso los yaguaretés en fuga.
Hasta ahora, las expediciones de los cazadores no han logrado hallarlos. Afortunadamente también hay otras expediciones de guardaparques y ambientalistas que los buscan para protegerlos.

¿Quiénes los encontrarán primero...?



martes, 10 de junio de 2014

Rescatando a Moisanita

La perrita, abandonada junto a la casa inundada  en el barrio Cerrito, en el Bañado Norte.
La mascota apenas puede moverse, entre el miedo y la inanición.
Tras ser alzada a la embarcación, se convierte en el folklórico jagua en canoa.
Finalmente, la perrita llega a la costa firme.
Carla Hernández, de la organización Adoptame, la lleva en brazos hasta su camioneta.
Una excursión periodística para registrar escenas de la inundación en la zona del Bañado Norte de Asunción se convirtió sorpresivamente en una operación de rescate de una perrita que se hallaba abandonada, en medio de la vasta extensión de agua desbordada.
Sucedió el pasado viernes 6 de junio y las circunstancias del rescate, narradas en fotos y en un video en ULTIMAHORA.COM, se convirtieron en el reporte más visto durante todo el fin de semana. Una anécdota feliz, entre las muchas historias dramáticas que brinda la inundación.
La perrita llevaba allí varios días, casi sin poder moverse y sin poder alimentarse, sentada sobre una pequeña palangana de latón, haciendo equilibrio sobre un balde y un tablón de madera, para no caer al agua.
Cuando nos aproximamos con la precaria embarcación, apenas pudo moverse, entre el miedo y la situación de inanición que arrastraba.
Rogelio, el joven poblador ribereño que accedió a llevarnos en su canoa, fue quien le puso un lazo por el cuello, para luego tratar de que suba a la canoa.
La operación no resultó fácil, ya que la perrita estaba casi paralizada, temblando de frío y de temor, pegada a la pared de la casa inundada, y no respondía a los llamados para que aborde la canoa.
Finalmente pudo subir y ser llevada hasta la costa más cercana, distante aproximadamente a medio kilómetro del lugar, en el sector denominado Cerrito, del barrio Tablada Nueva, al final de la calle Lombardo.
En el lugar, la voluntaria Carla Hernández, de la organización Adoptame, se encontraba regresando en otra canoa, donde también había logrado rescatar a otro perro.
"Yo vine en realidad a buscar a un perrito muy pequeño, de color blanco, que según se publicó en un medio de comunicación, estaba sobre el techo de una casa inundada, pidiendo auxilio. Con un canoero fuimos a buscarlo, pero ya no lo encontramos. Ojalá ya haya sido rescatado, pero lo que más tememos es que haya perdido fuerzas por la falta de alimentos, se haya caído al agua y se haya ahogado", dijo Carla.
La voluntaria de Adoptame se hizo cargo de la perrita que el equipo de ULTIMAHORA.COM pudo salvar, y junto al otro animal rescatado, la trasladó hasta el hogar refugio que mantiene la organización, buscando encontrar familias que deseen adoptarle.
La perrita que logramos rescatar fue bautizada con el peculiar nombre de Moisanita, buscando un equivalente femenino al bíblico de Moisés, "salvado de las aguas".
"No solamente los seres humanos sufren con la inundación, también las mascotas, y ellas son las más olvidadas ante la emergencia. Por eso acudimos a ver si podemos dar una mano", explica Carla Hernández.
La historia de Moisanita es apenas una anécdota mínima y peculiar, en medio del inmenso drama que viven muchas familias compatriotas. Pero al menos esta pequeña historia ha tenido por ahora un final feliz.

miércoles, 16 de abril de 2014

Sangre de Luna


La Luna está herida y bañada en rojo.
La Luna llora sangre… o sangra lágrimas.
Quizás le duele el mundo.
Quizás le duele la vida.
O quizás le duele lo que hacemos nosotros, los seres humanos, con nuestro mundo y con nuestra vida.
Los astrónomos dicen que es solo el efecto cromático de un eclipse total de Luna, y que este fenómeno sideral ocurre apenas siete veces en el siglo, ¿pero… qué saben los astrónomos de la Luna?
¿Acaso la conocen mejor que los perros callejeros, los lobos esteparios, los poetas malditos y los escritores noctámbulos?
Ni siquiera la conocen bien los astronautas, que tanto se ufanan de haber caminado sobre su superficie... pero nunca han podido acariciar su alma.
Luna roja, no llores más, no sangres más…
Déjame enjugar tus lágrimas y restañar tu sangre.
Déjame imaginarte otra vez toda de queso, como cuando era mita’i, allá en mi valle lejano, y te cantábamos jasy moroti, jasy memby, jasy kañy, jasy pehengue...
Déjame sentirte otra vez Luna de gitanos, como te idealizó el poeta desterrado.
Déjame cantarte Luna lunera, cascabelera, con cadencia de románticos boleros.
Déjame que, como el canalla Sabina, recueste mi cabeza en el hombro de la Luna/ y le hable de esa amante inoportuna/ que se llama soledad.
Luna roja, no nos prives de tu luz blanca, ni de tu magia azul. 

lunes, 12 de agosto de 2013

Entre el tesoro de Juan y el tesoro de Rogelio


 
Rogelio Goiburú, dirigiendo la excavación de restos de desaparecidos en Tava'i, Caazapá.

La excavación en busca de plata yvyguy, dirigida por Juan Alberto Díaz, en Aldana Cañada, Capiatá.
Son dos huecos abiertos casi al mismo tiempo en la piel de la tierra, con dimensiones distintas, en geografías y circunstancias diferentes. Están a unos cuantos kilómetros de distancia entre sí, pero de algún modo expresan lo que somos, y nos enfrentan a la historia que padecimos y al modelo de sociedad que –a pesar de todo– insistimos en construir.
El primer pozo se empezó a excavar la semana pasada, en medio de un telenovelesco show mediático, en una polvorienta calle de Aldana Cañada, Capiatá. Un ejército de obreros, dirigidos por Juan Alberto Díaz, un surrealista buscador de plata yvyguy que cree en la transmutación de los metales y en los espíritus vigías que descansan a la hora de la siesta, quien asegura que allí hay enterrado un tesoro de 10.000 kilos de oro en lingotes.
La excavación del primer pozo se hizo con apoyo de intendentes municipales, procuradores de Estado y políticos financistas, con dos potentes retroexcavadoras y una motobomba, con la custodia de medio centenar de policías y la presencia de una multitud de curiosos, que concentraron la atención con transmisiones en vivo de radio y televisión, y gran despliegue en diarios y sitios web de noticias.
El segundo pozo se empezó a excavar en medio de la soledad y el silencio, en las ocho hectáreas de una propiedad rural, en el barrio San Roque de Tava'i, Caazapá. Unos pocos hombres con palas, dirigidos por Rogelio Goiburú, un obstinado e incansable buscador de la verdad, quien cree en la Justicia, en la defensa de los derechos humanos y el rescate de la memoria colectiva, y asegura que allí están enterrados varios compatriotas asesinados por los esbirros de la dictadura stronista.
La excavación del segundo pozo se hizo sin máquinas motobombas ni retroexcavadoras, ni ejércitos de policías antimotines custodiando, ni multitud de curiosos ni gran cobertura de prensa ni transmisiones en vivo.
El millonario tesoro del primer pozo finalmente no pudo ser hallado. La Fiscalía suspendió la búsqueda cuando el cráter ya había alcanzado 25 metros de profundidad y 50 de diámetro, rompiendo varias venas del acuífero Patiño.
En el segundo pozo se hallaron restos óseos de dos personas asesinadas de disparos en la cabeza, que serán sometidas a identificación, y que suman a 25 los restos hallados de las cerca de 500 personas consideradas desaparecidas por la dictadura stronista.
Hay quienes lamentan que el tesoro de Juan no haya podido ser encontrado. Quienes creemos que no todo lo que brilla es oro, estamos felices por el nuevo hallazgo del tesoro de Rogelio.


(Publicado en la columna "Al otro lado del silencio", sección Opinión del diario Última Hora, edición del sábado 10 de agosto de 2013).

lunes, 27 de mayo de 2013

Regreso a la cima del Paraguay



En 2001, escalamos por primera vez hasta la cumbre del Tres Kandú, el cerro más alto del país, en un reportaje especial para la revista Vida, de Última Hora. Doce años después, volvimos al lugar para contar cuánto ha cambiado el mundo, visto desde 842 metros de altura. (Reportaje publicado en la edición especial por los 15 años de Vida, publicado el sábado 25 de mayo de 2013).

Había que subir casi a ciegas. Agarrarse con desesperación de las salientes de piedras o de las ramas de los árboles, para no resbalar y caer barranca abajo.
Ahora hay senderos auto-guiados con estaciones marcadas. Hay carteles informativos que te indican con precisión geográfica cuántos metros ya subiste, y cuánto falta todavía. Hay cabos de acero tensados para ayudarte a subir en las partes muy empinadas. Hay pintorescos banquitos de madera en medio de la espesura, donde te podés sentar a recuperar el aliento.
Aún así, la subida al cerro Tres Kandú, la cumbre más alta del Paraguay, en la Cordillera del Yvytyruzú, Departamento del Guairá, sigue siendo una aventura difícil y complicada, pero igualmente apasionante.  A 230 kilómetros al sureste de Asunción, se llega por la ruta 8, que une Villarrica con San Juan Nepomuceno, hasta la localidad de General Eugenio A. Garay, ex Charará.
En doce años, el paisaje del entorno ha cambiado. Ahora hay toda una infraestructura instalada de destino turístico, una empresa que ofrece servicios de guías y apoyo logístico a los escaladores, y una comunidad, Garay, que ha asumido con orgullo y márketing ser la puerta de ingreso a uno de los lugares más emblemáticos del turismo de aventura.
Hace doce años, solo había un polvoriento camino y un precario tapé po’i en medio del monte, rumbo hacia lo alto y hacia lo desconocido.


Destronando al Cerro San Rafael.

Aquella primera expedición organizada por Vida en 2001, fue de aventura y descubrimiento.
El Tres Kandú era entonces prácticamente desconocido, ya que la mayoría de los manuales escolares de geografía informaban equivocadamente, desde hacía varias décadas, que el punto más alto del Paraguay era el Cerro San Rafael, en Itapúa.
En 1977, un equipo de investigadores del Instituto Geográfico Militar se dio cuenta del error y se encargó de aclarar que en realidad el cerro más alto es el Tres Kandú, con 842 metros sobre el nivel del mar, pero las autoridades del Ministerio de Educación no se mostraron muy interesados en corregir los libros.
La cumbre máxima del Ybytyruzú siguió siendo ignorada y desconocida.
A fines de febrero de 2011, junto con el fotógrafo Alfredo Duarte, y un gran colaborador de VIDA, el ingeniero agrónomo e investigador cultural (entre varios otros oficios) guaireño Caio Scavonne, llegamos hasta una chacra al pie del Tres Kandu, buscando el perdido tapé po’i o sendero que utilizaban los lugareños para llegar hasta la cima.
Un campesino de piel curtida y sombrero piri salió a nuestro encuentro. Era Higinio Insfrán, uno de los pobladores legendarios de General Garay, quien no solo nos mostró cual era la vía para subir al cerro, sino gentilmente se ofreció a guiarnos hasta la cumbre.
Fueron más de tres horas de dificultosa escalada. En más de una ocasión nos salvamos de caer al precipicio, gracias a la hábil y oportuna ayuda de Higinio, quien se movía entre los árboles con la agilidad de un chimpancé. 
Llevaba una escopeta colgada del hombro. Cuando le pregunté si esperaba algún peligro, me respondió con seriedad: “A veces aparecen tigres por aquí”. El fotógrafo pensó que era una broma, pero al ver el rostro serio de Insfrán, empezó a alarmarse.
Finalmente, cuando ya estábamos a punto de desfallecer de cansancio, se abrió la espesura, y emergimos en una amplia meseta, desde donde pudimos observar uno de los paisajes más bellos e increíbles. 
Aquella vez, pronunciamos una frase casi al unísono: “Estar aquí y poder sentir esta sensación de tener el mundo a tus pies… ¡vale cualquier sacrificio!”.

Hacia un turismo comunitario.

Aquella tapa del número 149 de VIDA tuvo un gran impacto periodístico. En la foto se veía a nuestro eventual guía, Higinio Insfrán, con su escopeta y sombrero pirí, contemplando el amplio valle del Guairá desde la alta cumbre. El reportaje, “Viaje a la cima del Paraguay”, despertó el interés de muchos lectores y lectoras por viajar y conocer el  Tres Kandú.
Doce años después, regresamos con Caio Scavonne, sumando esta vez a la expedición al fotógrafo Fernando Francesquelli. Alfredo Duarte ahora vive en Estados Unidos. Higinio Insfrán sigue viviendo en Garay, pero el día de la visita no lo pudimos encontrar.
El camino que utilizamos en aquella primera subida, ya no existe. Quedó sepultado por un alud de rocas, y se habilitó otro sendero, que parte desde la compañía Potrero Ybaté, donde la Secretaría Nacional de Turismo (Senatur) y la Secretaría del Ambiente (Seam) asesoraron a un grupo de pobladores y propietarios de terrenos para crear la empresa Asociación Naturaleza Pura SA y Asociados, en el marco de una reserva de recursos manejados.
“Buscamos desarrollar un modelo de turismo comunitario, que deje beneficios a los propios pobladores, quienes prestan servicios de guía, acompañamiento, comidas caseras, incluso comparten relatos sobre las historias de la región”, explica Manuel Almada, uno de los directivos.
Las visitas generalmente se organizan a través de agencias de turismo o grupos, con tarifas adaptadas. La empresa cuenta con un campamento base, con zona de camping y servicios de baños y agua potable. 
El sendero de subida está totalmente señalizado y geo-referenciado, pero aun así, exige un gran esfuerzo físico. Esta vez ascendimos sin prisa, tomando aire a cada tanto, disfrutando plenamente de la odisea, gozando de cada detalle que ofrece esa maravillosa belleza natural de nuestro país, hasta que, al cabo de tres horas, llegamos a la cima.
Como aquella primera vez, parado en el borde del techo del Paraguay, observando el increíble y verde paisaje a nuestros pies, con pueblos y ciudades vistos como pequeñas maquetas y con las personas apenas perceptibles cual minúsculas hormigas, sólo pude volver a expresar la misma frase que me había surgido en aquel primer viaje: “Esta sensación de tener el mundo a tus pies… vale cualquier sacrificio”.


viernes, 12 de abril de 2013

Esas revanchas que nos da la vida...



En octubre pasado, cuando la salud me jugó una mala pasada y resulté víctima de un infarto agudo del miocardio, a pesar de haber experimentado una recuperación prácticamente milagrosa, llegué a creer sinceramente que muchas de las cosas buenas de la vida ya me quedarían vedadas para siempre.
Ustedes recordarán que en aquella extensa “Carta escrita desde el borde de la vida” que les compartí desde mi blog, había escrito que el gran desafío que me esperaba era “…encontrar la manera de seguir haciendo el periodismo que me apasiona, y que ustedes esperan y comparten, pero de manera que sea una plena realización para el cuerpo y para el alma, y no en condiciones que puedan llegar a hacernos daño. Tendré, seguramente, más limitaciones de movimiento y quizás de temas. Probablemente ya no pueda deleitarme en contemplar el Paraguay desde la cima del cerro Tres Kandú, como alguna vez lo hicimos para una histórica portada de la revista Vida de ÚH, pero habrá otras cumbres menos geográficas que un corazón golpeado seguirá buscando alcanzar”. Fue lo que entonces escribí textualmente.
Para sorpresa mía, hace pocas semanas, la querida amiga y colega Gaby Murdoch, editora general de las revistas de Editorial El País SA, me planteó el desafío: ¿Me sentiría en condiciones de volver a subir a la cima del cerro más alto del Paraguay, evocando aquel recordado reportaje, para una edición especial por los 15 años de la revista Vida?
Sin dudarlo, le dije que sí. Aunque luego tuve un flash de duda. ¿Resistiría mi corazón herido el gran esfuerzo de escalar los 842 metros hasta la cumbre? Más de algún familiar, y amigas y amigos queridos, intentaron hacerme desistir: “¡Estás loco…!”.
Se lo consulté a uno de mis médicos, quien me habló con mucha franqueza: “Te lo prohibiría, pero te conozco bien y sé que para vos es importante vencer el desafío. Tu recuperación ha sido asombrosa. Hacélo con prudencia, manejando bien tus límites. Si sentís que te llegas a cansar mucho en la subida, tendrás que detenerte y descansar hasta recuperarte bien, y si sentís que el riesgo es grande, no dudes en abandonar la empresa”.
El martes último, en un radiante día de sol, acompañado del colega fotógrafo Fernando Franceschelli y del querido amigo guaireño Caio Sacavonne, gran compañero de aquella primera aventura –y de muchas otras-, emprendimos otra vez la expedición hacia la cumbre.
En contra de mis temores, mi organismo reaccionó más que bien. Esta vez incluso sentí que la escalada me resultó menos forzosa que aquella primera vez, hace 12 años. Ascendimos sin prisa, tomando aire a cada tanto, disfrutando plenamente de la odisea, gozando de cada detalle que ofrece esa maravillosa belleza natural de nuestro país, hasta que, al cabo de tres horas, llegamos a la cima.
Como aquella primera vez, parado en el borde del techo del Paraguay, observando el increíble y verde paisaje a nuestros pies, con pueblos y ciudades vistos como pequeñas maquetas y con las personas apenas perceptibles cual minúsculas hormigas, sólo pude volver a expresar la misma frase que me había surgido en aquel primer viaje: “Esta sensación de tener el mundo a tus pies… vale cualquier sacrificio”.
Sentado durante una eternidad en el mirador más alto del país, mirando la gran obra de Dios o de la Madre Naturaleza, llegué a reflexionar sobre tantas cosas. Pensé en la sucia guerra política electoral que se libraba allá abajo, que apenas horas antes nos abrumaba como una cuestión de vida o muerte, y que allí arriba sonaba tan lejana, tan de otro tiempo y visto desde otras perspectivas. Pensé en cómo nos dejamos enredar tan fácilmente en las pequeñas miserias de la vida cotidiana, que desde esas alturas parecían tan nimias. Pensé en ese inesperado regalo de la Vida, que me había permitido cobrarme revancha una vez más, y en lo agradecido que me siento, y en el compromiso de corresponder a tanta generosidad. Eso y muchas cosas más pensé, desde la cima del Paraguay.
El reportaje aparecerá próximamente en el número aniversario de la revista VIDA de ÚH. Reserven su ejemplar.

domingo, 17 de marzo de 2013

Historia de cómo se inició la Semana Santa en Tañarandy




La fachada de la Catedral ideada por Gaudí resplandece en medio de las sombras, en Tañarandy.

#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez

(Este ensayo forma parte del libro Tañarandy, la revolución del arte, publicado en 2012, con fotografías de René González. Versión actualizada).

Una inmensa galería de arte al aire libre. Una utópica aldea rural en el interior del Paraguay, con humildes casas pintadas en alegres y coloridas imágenes de estilo naif. Veinte mil personas caminando sobre una alfombra de estrellas encendidas, en medio de la noche. El cuadro de La última cena de Leonardo Da Vinci encarnado por autores campesinos en medio de un verde anfiteatro natural. Verdes y bucólicas calles sin asfalto, limpias y cuidadas, con basureros floridos, con carteles poéticos, con señales de tránsito diseñadas como si fueran cómicos dibujos animados. Gente simpática, orgullosa y hospitalaria, que te abre de par en par las puertas de su casa y las de su corazón. Un lugar en donde la religiosidad y la cultura popular son una permanente clave de identidad, una vital tradición que se renueva, una festividad colectiva permanente. 
Imagina todo eso e imaginarás Tañarandy.

Semana Santa en la tierra de los irreductibles

Cuando el Sol empieza a caer detrás del verde horizonte, se encienden las fogatas y se inicia el momento mágico.
Más de quince mil luminarias, hechas con cáscara de apepu bordean los tres kilómetros del sendero de tierra de la calle principal, conviertiendo al Yvaga rape (camino al Cielo) en una especie de alfombra llameante, sobre la cual transitan las personas con la sensación de andar entre estrellas.
Acompañando a la procesión de la Virgen de los Dolores, la multitud avanza lentamente, candiles de colores en las manos, flotando en el quejumbroso canto de los estacioneros, noche adentro, país adentro, al encuentro de las raíces de una identidad más antigua que la memoria.
Es Viernes Santo en el pequeño poblado campesino de Tañarandy, en las afueras de la ciudad de San Ignacio Guasu, Misiones, a unos 226 kilómetros de Asunción. La celebración de la Semana Santa Yma Guaré -parte de una expresión artística comunitaria conocida como “barroco efímero”, protagonizada por los moradores de Tañarandy y dirigida por el pintor Koki Ruiz- se encuentra en su momento de apogeo.
La experiencia, iniciada de manera experimental en 1992 con un reducido grupo de pobladores, ha ido creciendo hasta convertirse en todo un fenómeno religioso, artístico, cultural y turístico, que año tras año convoca a una impresionante multitud de personas, que llegan desde diversos puntos del Paraguay y del exterior.
Ya es noche cerrada cuando la procesión se acerca al gran anfiteatro natural de la Fundación la Barraca, a la entrada del pueblo, donde el espectáculo central tendrá su momento culminante, con un gran montaje que cada año sorprende por su variedad.
Suenan en vivo las arpas barrocas. Voces líricas entonan canciones de época. Se encienden luces y reflectores para configurar escenas oníricas en rústicos escenarios. Escenas de obras maestras de la pintura universal son recreadas por actores de carne y hueso. Tecnología digital multimedia combinada con la creatividad más artesanal. Todo contribuye a la creación de un clima sensorial que durante pocos minutos envuelve al público en un estado de éxtasis que resulta difícil de describir y de narrar.
El Viernes Santo convoca a una muchedumbre estimada entre 15.000 a 20.000 personas, que desborda los espacios geográficos de Tañarandy, buscando apropiarse de sus secretos, de sus encantos y sus misterios.
Promocionada por los catálogos turísticos como “la mayor y más espectacular celebración de la Semana Santa en el Paraguay”, la “celebración de las luces” de Tañarandy es, sin embargo, mucho más que una multitudinaria procesión religiosa, un gran espectáculo cultural o un exitoso evento turístico. Es la conmovedora historia de una comunidad que, alentada por el artista Koki Ruiz, supo descubrir en su propia memoria, en su tradición cultural y religiosa más antigua, y en el arte incorporado como forma de expresión y organización social, la esencia vital que le ayudaría a dejar atrás todos los años de soledad para conectarse y proyectarse al mundo sin traicionar ni modificar su propia identidad.

La procesión de Yvaga rape, en la noche del Viernes Santo, por la calle principal de Tañarandy.
Los tañarandygua:  Herejes y demonios irreductibles

Hace más de cuatrocientos años, cuando los misioneros de la Compañía de Jesús iniciaron la fundación de sus legendarias Reducciones Jesuíticas en la región Sur del Paraguay, hubo pueblos de indios que se resistieron a ser “reducidos” e incorporados al proyecto misionero.
Uno de ellos se encontraba muy cerca de la Misión de San Ignacio Guasu, fundada el 29 de diciembre de 1609. Su feroz resistencia a la cruzada evangelizadora y su actitud rebelde e insumisa le valieron a sus habitantes el rótulo de “demonios” (aña, en guaraní) y herejes.
Es el mismo pueblo conocido hasta nuestros días con el nombre de Tañarandy.
Investigando acerca del origen de la denominación, Koki Ruiz encontró una carta del misionero jesuita Roque González de Santacruz –canonizado como el primer Santo paraguayo- en el que menciona que “a solo media legua” (dos kilómetros y medio) de donde se encontraba la Misión de San Ignacio Guasu, estaban aquellos que no querían formar parte de las Reducciones, viviendo “en estado salvaje”.
Desde hace más de una década, un colorido cartel explica a los visitantes: “Tañarandy (tierra de los herejes o demonios). En la actualidad, el revisionismo histórico le otorga el significado equivalente de: tierra de los irreductibles”.
Esta marginación casi voluntaria de la aldea se mantuvo con el tiempo.
Hasta principios de 1990, Tañarandy era una compañía rural en los suburbios de la ciudad de San Ignacio, habitados por campesinos considerados humildes e incultos, aquellos que en la visión cultural campesina guaraní del Paraguay son considerados como campaña gua o koyguá (habitantes del campo, poco instruidos), y hacia quienes existía tradicionalmente cierto sentimiento de desvalorización, marginación o desprecio, por parte de los ciudá gua (habitantes de la ciudad).
“Cuando era niño (entre 1950 y 1960), la gente de la ciudad siempre se refería a los pobladores de Tañarandy con prejuicios, con un tono burlón, considerándolos los koyguá, los campaña gua. Tañarandygua era una especie de insulto, de burla”, recuerda Ruiz.
La granja de los abuelos de Koki – convertida en centro y espacio de creación de toda su actividad cultural y donde actualmente vive con su familia- se encuentra a la entrada a Tañarandy. El artista recuerda que en el seno de su propia familia, prácticamente tan tañarandyguá como sus vecinos, se manejaban los mismos prejuicios discriminadores: “Una de nuestras hermanas nació aquí, en la estancia de mis abuelos, porque se adelantó el parto y no hubo tiempo de ir al hospital. Nosotros, los que habíamos nacido en la ciudad nos burlábamos diciéndole que era de Tañarandy. Ella lloraba porque no quería ser una koyguá, no quería ser de la campaña”.
Los propios habitantes de Tañarandy aceptaban esa situación y se resignaban a ser los habitantes de una aldea olvidada en los alrededores de San Ignacio. Hasta que un día cualquiera de 1992, aquel mita’i akahatá, hijo de los Ruiz Pérez y antiguo vecino del pueblo, entonces ya convertido en un joven artista plástico que, contradictoriamente, buscaba sus raíces mientras soñaba emigrar a Estados Unidos o Europa, regresó a su Misiones natal para desencadenar un proceso que se transformaría en una de las mas revolucionarias experiencias que el arte ha provocado hasta ahora en un pueblo del Paraguay.

Koki Ruiz ante el cuadro donde se expondrá la recreación de la obra El Cristo de San Juan de la Cruz, en Tañarandy.

Los inicios de una revolución artística

Delfín Roque Ruiz Pérez, más conocido por su nombre artístico, Koki Ruiz, nació en San Ignacio Guasu en 1957.
Realizó sus estudios primarios en su ciudad natal. Las lecciones de dibujo y pintura de la hermana Silvestra, una talentosa monja eslava de la Congregación de las Vicentinas, despertaron su temprana vocación artística ya en las aulas del prescolar. Cursó la secundaria en el colegio San Blas de Obligado, entre maestros y sacerdotes alemanes, donde integró el club de pintores. Tras concluir la secundaria, fue a estudiar arquitectura a Sao Paulo, Brasil, pero se desencantó de la carrera y regresó a Asunción.
“En sus inicios, Koki utilizaba los dedos como pincel, empleaba aceite usado de tractor para plasmar sobre bolsas de arpillera sus figuras que eran coloreadas con jabón y harina”, narra el periodista Javier Yubi en un reportaje en ABC Color. “Pintor autodidacta, fue experimentando con colores que él mismo conseguía en la naturaleza, y en sustitución de los pinceles, usó su dedo y otros elementos a manera de espátula”, comenta el crítico Lisandro Cardozo, en el Diccionario de las Artes Visuales del Paraguay.
A los 25 años de edad, un cuadro suyo fue entregado a una subasta de beneficencia. El propietario de una galería lo descubrió y contactó con él: con este golpe de suerte inició su exitosa carrera de pintor. En 1977, Koki Ruiz obtuvo el Primer Premio Artista Joven en el Bosque de los Artistas, y en 1979 el Primer Premio en Dibujo, en el “Salón de Humor” del diario La Tribuna. En 1985 realizó su primera muestra individual, “Cosecheros de algodón”, en la Galería Propuestas.  En 1986 participó en la prestigiosa Feria ARCO de Madrid, España. En 1987 expuso en la First Art Biennal Canning House, en Londres, Inglaterra. Desde entonces, su nombre integra la lista de pintores paraguayos más renombrados y cotizados internacionalmente.
A principio de 1990, Koki fue invitado por el gobierno municipal de San Ignacio para realizar una obra a la entrada de la ciudad. Esto permitió al municipio participar del Concurso de los Pueblos, promovido en aquella época por la Dirección Nacional de Turismo. El proyecto llevó a Koki a instalarse varias semanas en La Barraca, la antigua granja de sus abuelos, en Tañarandy. “La invitación me tomó por sorpresa. En esa época, yo soñaba como todo artista con mudarme a Nueva York, París o Madrid, exponer en las galerías importantes junto a los grandes pintores internacionales. Pero también quería colaborar con mi ciudad natal, aunque sea esporádicamente”, recuerda.
La antigua granja de sus abuelos estaba un poco abandonada y deteriorada, pero el contacto le trajo recuerdos de su niñez. Empezó a realizar refacciones, pensando que podía convertirla en un lugar para venir pasar las vacaciones en familia.
Al otro lado del arroyo estaba la olvidada comunidad de Tañarandy, la que tantos recuerdos le traía de su niñez. Andando por sus calles polvorientas, saludando a la gente, reconociendo a viejos amigos, Koki empezó a considerar que era posible realizar una intervención artística en esa comunidad tan particular. Mientras las ideas daban vueltas en su cabeza, empezó a diseñar el portal que le pedía el municipio.
“Buscaba un tema relacionado con la historia y la identidad cultural de San Ignacio, que uniera la cultura guaraní con la jesuítica. Se me ocurrió trabajar el tema del tiempo. Los misioneros tenían una visión renacentista del tiempo. Lo organizaban en horarios precisos para aprovecharlo al máximo, para vivir santa y dignamente el día entero. Incluso escribieron un libro, El buen uso del tiempo. Tenían horas para levantarse, comer, trabajar, ir a misa, dormir… todo muy bien ordenado. Los indígenas, en cambio, concebían el tiempo de manera diferente, en ciclos naturales, y para ellos cada ciclo tenía un sentido distinto.  Diseñé un una escultura que tenía como centro a un reloj solar de piedra”. El portal se encuentra sobre la Ruta 1, a la entrada de la ciudad. Las semanas que Koki pasó trabajando en el proyecto despertaron otras ideas.
Era 1992 y se acercaba la Semana Santa. Recordó que los habitantes de Tañarandy mantenían prácticas rituales que en su niñez siempre le parecieron mágicas, con antorchas encendidas y luminarias hechas con cascaras de apepu y grasa animal, con procesiones y el canto de los estacioneros. Cuando se enteró que esas prácticas se habían ido perdiendo, pensó en preparar una celebración pequeña que permitiera rescatarlas.
“Mientras trabajaba en la construcción del portal, tuve tiempo de visitar con más frecuencia a los vecinos de Tañarandy. En esos días se había emitido por televisión un reportaje sobre una exposición que realicé en Punta del Este, Uruguay. Las personas me reconocían, se acercaban y me decían ‘Te vi anoche en la tele’. Sucedió algo curioso. Los habitantes se hicieron la idea de que yo era un artista que tallaba o pintaba santos. Me invitaban a visitar sus casas para mostrarme sus propios santos y capillas hogareñas. Así descubrí algo precioso: la gente de Tañarandy seguía conservando una religiosidad popular muy profunda”.
Esa sensación se ahondó cuando empezó a asistir a los funerales de la comunidad: “Me fascinó todo el ritual de los velorios, las mujeres vestidas de negro, el luto cerrado y algunas cuestiones simbólicas, como por ejemplo mantener la silla vacía del difunto en la mesa del comedor durante el almuerzo. Supe que había una veta cultural muy rica para trabajar en lo artístico, y que había que hacer algo bueno con toda la gente de Tañarandy”.
La primera procesión, aquella Semana Santa de 1992, fue apenas un ensayo pequeño en el patio de La Barraca. La granja de la familia Ruiz Pérez está ubicada en medio de un huerto de denso follaje, en un entorno agreste. A la entrada hay una gran zanja y una elevación causada por la remoción de tierra para construir el terraplén del camino, un anfiteatro natural que Koki utilizó para ambientar una réplica del Monte del Calvario.
“La primera celebración la hicimos solo en el patio de La Barraca. Invité a unos pocos vecinos de Tañarandy, que me ayudaron a hacer las luminarias y las antorchas. Aunque ya no se hacían los candiles de apepu, varios adultos mayores recordaban la técnica y nos la enseñaron. Lo mismo pasó con las antorchas de takuara. Todo estaba muy vivo en la memoria. Entre los que asistieron estaban don Taní (José Estanislao Coronel, excombatiente del Chaco, poblador pionero ya fallecido) y sus hijos. Me interesaba que estuvieran sobre todo las hijas, que siempre vestían de negro. Para contrastar le pedí a los varones que vistieran camisas blancas. Para mi eran personajes reales de una obra artística, parte de una escenografía fantástica. La procesión que hicimos fue de apenas unos cien metros. Resultó algo muy lindo, pero entonces no pensamos en que eso tendría continuidad. A los pocos días regresé a Asunción”, recuerda el artista. Pero la semilla ya estaba sembrada. Lo que había sucedido en aquella primera Semana Santa de 1992 ya estaba corriendo de boca en boca, entre la gente del pueblo.

Compartiendo el tradicional chipa apo en el hogar de una de las familias de Tañarandy.
Tañarandy hace suya la propuesta

“Aunque el punto de partida fue una procesión religiosa -el rescate de la celebración de Semana Santa a lo Yma-, buscaba desarrollar fundamentalmente un hecho artístico con la gente”, resume Koki Ruiz la manera en que fue tomando forma lo que hoy denomina “barroco efímero”.
Le había impresionado mucho la obra del fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, quien recorría varias ciudades del mundo convocando a la gente a posar desnuda en su famosa serie de imágenes de desnudos colectivos. La gran participación que lograba le resultaba asombrosa. “Quería hacer algo parecido,  pero no quería solamente ‘contratar’ personas para posar en una obra mientras otros observaban, sino que todos fueran partícipes de la misma creación de la obra, que los espectadores sean parte misma del espectáculo. Ese fue el propósito de lo que comenzamos a elaborar, aunque muchos lo veían solo como una celebración ritual de la Semana Santa, o incluso como un evento turístico”, explica.
En la Semana Santa de 1993, la segunda procesión con luminarias y antorchas se realizó nuevamente en el patio de La Barraca, pero esta vez el camino recorrido como la cantidad de personas que participaron fue mucho mayor.  Varios habitantes de Tañarandy se habían acercado a Koki semanas antes, diciéndole que querían participar en la organización, aportando ideas nuevas y agregando elementos de la tradición que en principio no estaban contemplados.
Al final de esa segunda celebración, todavía “casera”, el compromiso entre el pintor y los habitantes había quedado pactado: la siguiente procesión de Semana Santa debía hacerse a lo largo de la calle principal del pueblo, para que todos los habitantes y visitantes invitados pudieran participar.
En abril de 1994, la tercera procesión se inició en La Barraca y llegó hasta el primer cruce de Tañarandy, recorriendo aproximadamente setecientos metros entre unas mil luminarias de apepu y una hilera de antorchas de takuara iluminando el camino. “Para ese tercer año, toda la gente estaba emocionada, entusiasmada. Me encontraba con personas de la comunidad que me decían: ‘Este año va a venir mi hija a participar desde Buenos Aires’. La gente se fue apropiando de la propuesta, colaborando activamente, aportando ideas. Yo vivía en Asunción, pero viajaba unos quince días antes de Semana Santa para organizar todo junto a la comunidad”, cuenta Koki.
La organización fue creciendo. Se formaron grupos para confeccionar las luminarias, los candiles y las antorchas. Otros se encargaban de reparar los caminos, de armar los escenarios, de pintar y engalanar los frentes de las casas por donde iba a pasar la procesión. Tañarandy se había apropiado de la propuesta.

Uno de los primeros murales pintado por Cecilio Thompson en la pared de la humilde vivienda de la familia León, sobre la calle Amorcito. Actualmente este mural ya no existe.
Cecilio Thompson: La reinvención de un artista y de un pueblo

Cuando vio un cartel pintado por Cecilio Thompson, Koki Ruiz sintió que al fin encontró lo que estaba buscando. Cecilio era un agricultor de Tañarandy a quien le gustaba pintar. Su técnica era rudimentaria, pero estaba impregnada de talento y creatividad.
En 1996, a Koki se le ocurrió otra idea fuera de lo común: promover el uso de carteles publicitarios artesanales hechos por pintores populares en los comercios de la ciudad de San Ignacio. Esto con el doble propósito de dar trabajo a los artistas locales, como Cecilio, y dotar de una identidad artística propia al entorno. La idea no prosperó en San Ignacio, pero si en Tañarandy.
El pequeño pueblo solo tenía dos almacenes muy pequeños y humildes, cuyos propietarios no estaban en condiciones de pagar por los carteles artesanales. Así que decidieron, mas por diversión que por negocio, pintar unos pequeños carteles al frente de cada casa, con el apellido de la familia y un dibujo alegórico al oficio o la actividad principal del hogar. Si la familia tenía vacas lecheras y vendía leche, pintaban a una señora ordeñando una vaca. Si el jefe de familia era un excombatiente de la Guerra del Chaco, aparecía con su uniforme militar en la trinchera.
Los pobladores se fueron entusiasmando a medida que veían el trabajo terminado. Muy pronto, todo el proceso se convirtió en una fiesta popular. Las visitas para pintar carteles se convirtieron en una excusa para matar gallinas, encender el tatakua y preparar sopa paraguaya. Había quienes pedían que les pintemos sus paredes; así nacieron los murales y las ventanas falsas. Cecilio estaba a la vez sorprendido y entusiasmado. Comenzó siendo un pintor serio y formal, pero enseguida asomó su veta más creativa y juguetona, al punto que su técnica naif se convirtió en el sello visual de Tañarandy.
El cambio visible del pueblo se reflejó en el propio Cecilio. “Hasta entonces era solamente un vecino más, pero al descubrir las preciosas pinturas que iba dejando casa por casa, todos se sorprendieron: ‘E’a, ¿koa piko Cecilio rembiapo?’ (‘Increible, ¿esto es obra de Cecilio?). Él se sintió valorado, querido, respetado. Empezó a dar lo mejor de sí”, evoca Koki Ruiz. En 1998, Cecilio Thompson fue seleccionado para representar al Paraguay en la Bienal de Sao Paulo, Brasil. Era la primera vez que un artista popular del interior del país accedía a un evento internacional de tanta trascendencia.
A Cecilio se fueron uniendo otros pintores populares como Teodoro Meza, con quienes Koki formó el taller Felipe Santiago Apocatú, como parte de la Fundación La Barraca. Esta se convirtió en un centro de enseñanza para los jóvenes lugareños que deseaban aprender pintura, escultura en piedra, tallado de madera, a los que luego se sumarían experiencia de teatro y danza, así como la creación de los famosos “cuadros vivientes”.
Aunque fallecido prematuramente, Cecilio Thompson sobrevive en los murales, carteles y pinturas de toda Tañarandy. Su legado continúa en el trabajo de sus compañeros y en el de una  nueva generación de jóvenes artistas, entre quienes se destaca su hija, Cheli Thompson. Entre todas las obras de Cecilio, la más recordada es la que dejó en la calle Amorcito.

Cartel que marca la entrada a la calle Amorcito, pintado originalmente por Cecilio Thompson y restaurado recientemente por su hija Cheli y otros jóvenes pintores de la comunidad.
Una calle para enamorarse

Si usted viaja desde Asunción, aproximadamente dos kilómetros antes de llegar a San Ignacio, a la mano izquierda de la Ruta 1 encontrará un polvoriento camino de tierra que se interna en medio de un verde valle campesino. La única referencia visible es un rústico cartel del lado derecho que dice: “Kandire, arte en bambú”. Es una de las entradas al onírico mundo rural de Tañarandy. No dude en ingresar allí.
Apenas haya transitado unos pocos metros, en un recodo del camino se encontrará con un colorido cuadro de pintura de estilo naif, que representa en cuatro escenas la vida de una pareja campesina. En el primer cuadro, el hombre y la mujer se abrazan y se declaran su amor bajo un cielo de luna y estrellas. En el siguiente, ambos están vestidos de novio ante el altar. En el tercero, el hombre acaricia con ternura la abultada panza de su esposa, y en el último la pareja posa con sus seis hijos, bajo un radiante sol. Una leyenda le informa que usted ha llegado a Amorcito, la calle más artística y romántica de todo el Paraguay.
El pintoresco nombre nació cuando el grupo de jóvenes pintores que entonces conformaban el taller artístico de la Fundación La Barraca decidieron darle a una de las calles de Tañarandy un toque especial, con pinturas y refranes de escenas románticas.
“Casualmente, sobre esa calle vivían unas hermosas chicas de quienes los jóvenes del taller estaban perdidamente enamorados. Entonces, cuando comenzamos a pensar en qué nombre le íbamos a dar al lugar, uno de los pintores comentó: ‘En esa calle vive mi amorcito’. Al instante, otro exclamo: ‘¡Y llamémosle calle Amorcito, entonces!’. La propuesta fue muy festejada, y así quedó”, recuerda Koki.
Gracia al sello característico de Cecilio Thompson,  la complicidad Teodoro Meza y varios jóvenes del taller Felipe Santiago Apocatú, así como a la activa participación de los vecinos, la calle Amorcito se transformó en una exposición permanente. El proyecto se concibió como un largo corredor de arte a cielo abierto, donde cada poste de alumbrado público, cada cercado, cada vivienda, cada elemento del entorno es integrado como obra de expresión creativa.
La mayoría de los motivos de las pinturas en las paredes de las casas se eligieron a pedido de los dueños. Así, la familia Ojeda pidió que se pinte en la puerta del pequeño oratorio una imagen de Santa Lucía, a quien la familia rinde culto desde hace varias generaciones. En cambio, los niños de la familia León pidieron a los artistas que pinten a su brava mamá montando precisamente al animal que designa su apellido. A lo largo de la calle, los artistas fueron además diseminando también carteles con ñe’enga y frases románticas, que en muchos casos encerraban mensajes en clave para alguna muchacha destinataria de sus amores.
Con los años, el viento el sol y la lluvia comenzaron a desteñir y borrar muchas de las pinturas. Un equipo integrado por una nueva generación de artistas se encargó de restaurarlas a fines de mayo de 2011. Entre ellos estuvo Cheli Thompson, quien restauró varias de las pinturas de su padre Cecilio, agregando algunas nuevas. El proyecto fue acompañado por creativos de la agencia publicitaria Oniria, registrado por la cineasta Renate Costa, celebrada directora del  documental Cuchillo de Palo.
Orgullosos de las maravillas artísticas que pueblan su calle, los tañarandyenses reciben con amabilidad a los visitantes, invitan con agua fresca y comparten su alegre modestia, mientras cuentas las historias que dieron vida a cada uno de los cuadros. Y desde hace algún tiempo se ha empezado a difundir una leyenda: la calle Amorcito es el mejor lugar para enamorarse.

El mural de Kandire, con sus colores y detalles originales, antes de haber sido restaurado por su propio autor.

Vírgenes, ovnis y kurupis en el mural de Kandire

El cuadro mural de 4 x 2,50 metros está allí, ya un poco descolorido por el paso del tiempo y la acción de la intemperie, en la pared de una pintoresca vivienda de estilo colonial, en medio del verde paisaje de Tañarandy.
Conocido como “el mural de Kandire”, es considerada la obra maestra de Cecilio Thompson, el ya fallecido pintor popular de estilo naïf, que les imprimió su propio sello visual a los carteles y cuadros que pueblan Tañarandy.
El mural tiene su propia historia, iniciada en los años 90, cuando el empresario belga Baudoin Quartier y su esposa, la sicóloga y educadora paraguaya Mirtha Isabel Clari, establecieron su “lugar en el mundo” en Tañarandy, una finca rural a la que denominaron Kandire, rescatando una palabra indígena que significa “resurrección” o “lo que nunca muere”.
La pareja buscaba que la casa-quinta de sus sueños pudiera generar además ingresos como destino turístico, con un restaurante y una cabaña rústica, construida de bambú o takuára, en forma de pirámide.
En un sector de la propiedad, establecieron un huerto con cultivos de bambú orgánico y una barraca-escuela para desarrollar la artesanía en takuára.
En marzo de 1999, los Quartier Clari invitaron a Cecilio Thompson a que les pinten un mural. El artista deliró con la propuesta, retratando en múltiples y pintorescos detalles el universo cultural de Tañarandy.
Una aldea llena de vida y color se destaca contra un fondo de noche campesina, tachonada de estrellas y Luna llena resplandeciente, como la que los visitantes suelen observar en las procesiones de Semana Santa.
El elemento más llamativo es el sobrevuelo de un ovni o platillo volador, con dos alienígenas asomando en las ventanillas. Poco antes de iniciar la pintura, una pareja de pobladores aseguraba haber visto que un ovni sobrevoló la propiedad de la familia Quartier Clari, y que incluso llegó a posarse en el patio. Cecilio se apropió de la leyenda de ciencia ficción y la combinó con otras más clásicas y populares.
En el mural se puede ver a un oscuro y enorme Luisón o Lobisón caminando por las calles, tras la camioneta blanca del pintor Koki Ruiz. Más atrás, un poblador armado con un machete obliga a correr desnudo al “sombrero ka’a” o amante de su esposa, mientras la mujer, también desnuda, se oculta tras la pared.
El Kurupi, otro mítico duende guaraní, acecha con su enorme falo a una vecina. Hay taxis amarillos en las calles, una fiesta popular con arpas y guitarras, familias mirando televisión, aventureros cavando en busca de plata yvyguy (tesoro enterrado). El propio dueño de casa, Baudoin Quartier, es retratado instruyendo a los integrantes de un equipo de fútbol en la quinta de Kandire, mientras la calavera fantasma de un vecino fallecido durante un asado, ronda el lugar.
En el cielo nocturno, junto al plato volador, flotan tres imágenes de la Virgen de Caacupé, simbolizando a las estrellas conocidas como “las tres Marías”, al igual que otro grupo de siete estrellas con forma de cabras representan a “las siete cabrillas”.
En 2004, el propio Cecilio retocó el mural y alteró algunos detalles de la versión original.
Desde entonces, muchos visitantes incluyen la visita a Kandiré y el ritual de tomarse fotos frente al mural como una estación obligada en los tours de Semana Santa por Tañarandy.
En 2011, debido a sus compromisos empresariales en Brasil, los Quartier Clari vendieron la propiedad. Los nuevos dueños de Kandire prometieron que no cerrarán las puertas del local, y que el mural de Cecilio Thompson seguirá siendo un patrimonio artístico compartido

Koki Ruiz imparte instrucciones a los actores que encarnan La Última Cena, de Da Vinci.
Cuadros que respiran

¿La Última Cena de Leonardo Da Vinci, representada por actores de carne y hueso en medio del agreste paisaje de una aldea rural del Paraguay?
La sola enunciación ya resulta sumamente exótica y atractiva. Y para quienes tienen la oportunidad de presenciarlo, resulta un momento inolvidable.
Los cuadros vivientes de Tañarandy se han convertido en una de las principales atracciones de la Semana Santa misionera, y aunque haya escenas que se repiten años tras años, reclamadas por el público, también hay constantes innovaciones y sorpresas.
La experiencia empezó en el 2004, cuando se programó la visita de un grupo de estudiantes para conocer de cerca lo que se hacía en Tañarandy. A Koki Ruiz se le ocurrió crear una atracción nueva, utilizando a los jóvenes de la comunidad como estatuas vivientes.
“Recreamos la historia precolombina con sus rituales, las misas chamánicas. Creamos una ambientación de la misa indígena y en contraposición la misa gregoriana con música de Doménico Zípoli. Los jóvenes que actuaron se entusiasmaron tanto que decidimos también agregar a cuadros vivientes a las celebraciones de Semana Santa”, cuenta Ruiz.
Desde entonces, al final de la procesión, en el anfiteatro al aire libre de La Barraca, la multitud se dispone a aguadar y admirar los imponentes cuadros vivientes. Algunos son reproducciones de obras pictóricas, como La Última Cena de Da Vinci, o el Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí; otros son recreaciones animadas a partir de obras escultóricas, como el Éxtasis de Santa Teresa”, del italiano Lorenzo Bernini.
A partir de 2010, los organizadores decidieron presentar los cuadros vivientes en un teatro montado en un antiguo molino, en el centro de San Ignacio, cobrando la entrada. La nueva ubicación permite que el público aprecie y disfrute del espectáculo con mayor intensidad, y a la vez aportar recursos a la organización.

Mural tras el altar de la capilla de Tañarandy.

Superando cuestionamientos

Aunque tiene muchos admiradores, la “revolución del arte” en Tañarandy también ha encontrado detractores y cuestionadores, principalmente en ámbitos políticos y en sectores la misma Iglesia Católica.
En los primeros años en que empezó a crecer la convocatoria, a mitad de la década de 1990, el entonces Obispo de Misiones, monseñor Carlos Milciades Villalba, cuestionó en varias oportunidades la “organización paralela” de una procesión religiosa y explicó que la misma no contaba “con la autorización de la Iglesia”, llegando a pedir a los fieles que no acudan a una actividad pagana, que era “mas turística que religiosa”.
El entonces párroco de San Ignacio, el sacerdote jesuita José “Pepe” Ortega, heroico defensor de los campesinos de las Ligas Agrarias perseguidos por la dictadura stronista, también cuestiónó la experiencia de Tañarandy, pero por razones distintas a las del obispo. Seguidor de la teología de la liberación, Ortega consideraba que lo de Tañarandy era una simple manifestación de rescate de la religiosidad popular, con un efecto alienante que frenaba el despertar de la conciencia social de los humildes.
“A los ataques de monseñor Villalba no hicimos caso. Con el pa’i Ortega, a quien tengo mucho respeto, hablamos y a discutimos en varias ocasiones. Él, desde la teología de la liberación, planteaba que la religiosidad popular no sirve para liberar al pueblo, solo trae más confusión. En cambio yo sostenía que el arte unido a los elementos populares del cristianismo pueden desencadenar también procesos liberadores”, relata Koki Ruiz.
Durante los primeros años, miembros de la jerarquía católica evitaron apoyar a las ceremonias de Tañarandy, haciendo llegar “mensajes” a los fieles para que no acudan a “la Semana Santa paralela y no autorizada”. Pero sacerdotes y monjas eran vistos caminando entre la multitud que crecía año tras año en la pequeña comunidad campesina.
Pero la propia dinámica de la manifestación popular fue cambiando la relación. Sacerdotes jesuitas se hicieron cargo de la capilla de Tañarandy, donde los pintores realizaron una admirable intervención artística. La visita de un alto directivo del Museo de Arte Sacro del Vaticano, quien exaltó “la extraordinaria obra” que se realiza en el lugar, ayudó a que los cuestionamientos eclesiales se fueran disipando cada vez más.
La comunidad tampoco escapa al celo de los actores políticos.
“Históricamente, los Tañarandygua siempre han sido muy libres e independientes. A diferencia de otras compañías, aquí ningún caudillo puede decir que los de esta comunidad son sus electores cautivos”, afirma Koki. En esto también se reafirma la fama de “irreductibles”.

Con René González, co-autor del libro sobre Tañarandy, compartimos con don Roque Griffith, el último excombatiente de la Guerra del Chaco en la comunidad. (Falleció en 2013).

Tañarandy, experiencia abierta al futuro

La experiencia de Tañarandy delinea con claridad los retos de asumir el presente sin perder el arraigo del pasado ni la visión del futuro. Es en sus tradiciones y en su encanto de pequeño pueblo rural donde radica su principal fortaleza. Fue la propia comunidad quien se opuso a que la Municipalidad de San Ignacio pavimente la calle principal de tierra donde se realiza el Yvaga rape: “Los habitantes del pueblo saben que eso es justamente lo que se valora de Tañarandy, este paisaje rústico, con color rojo y verde. Saben que los candiles encendidos sobre el asfalto ya no tendrían sentido”, afirma Koki.
Para la gente de Tañarandy, el asfalto no es la única señal de progreso. Como explica Koki, el pueblo eligió mantener su identidad rural: “Esto no significa que la comunidad no haya mejorado su nivel de vida, que todo lo que hicimos y seguimos haciendo no haya ayudado a su crecimiento, a su organización y desarrollo”. Los pobladores han empezado a generar una serie de pequeños proyectos de emprendedores, como puestos de artesanía, cantinas, comedores, playas de estacionamiento de vehículos y alojamientos campestres.
A pesar de múltiples y repetidas ofertas, Koki y los habitantes de Tañarandy se han resistido a caer en la tentación de comercializar la experiencia. Gran parte de los costos de la organización se financian con fondos recaudados por la venta de sus cuadros. La Fundación también ha comenzado a obtener recursos propios, pero la mayor parte del trabajo sigue siendo voluntario y es asumido por toda la comunidad.
¿Es Tañarandy una experiencia anarquista, de utopía socialista o una revolución social realizada a través del arte?  Los investigadores sociales probablemente encontrarán los rótulos más apropiados. Mientras tanto, Tañarandy continúa viviendo su experiencia única y singular, la de una comunidad humilde y laboriosa que encarnó en sí misma la célebre frase atribuida al escritor ruso León Tolstoi: “Pinta de blanco tu aldea y serás universal”.