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domingo, 27 de noviembre de 2022

Pablo Milanés: una vieja canción recuperada


Andrés Colmán Gutiérrez

En aquellos años de rebelde adolescencia anti dictatorial, cuando la canción social encendía nuestras conciencias y alimentaba nuestros sueños de libertad, acostumbrábamos discutir en las peñas quién era mejor: Silvio Rodríguez o Pablo Milanés.

Admirábamos con devoción a los dos puntales de la Nueva Trova Cubana, íconos casi inseparables en nuestro parnaso musical, pero las diferencias hacían que se formen dos bandos: los pro-Silvio y los pro-Pablo.

Silvio era el revolucionario de la guitarra, con su estridencia un poco chillona pero fuertemente testimonial, el poeta existencial y casi metafísico, capaz de darnos canciones tan inquietantes y bellas como “Mariposas” o “Sueño con serpientes”. Pablo era el de una voz mucho más privilegiada y agradable, sensible e intimista, que te partía la cabeza con “El breve espacio en que no estás”, que te hacía envejecer prematuramente con “Años” o te movía a indignarte contra Pinochet y todos los dictadores al cantar “Yo pisaré las calles nuevamente”.

El tiempo, el implacable, el que pasó, los fue distanciando también a ambos genios del arte, mientras algunas de sus canciones también se nos volvían añejas, desdibujadas por el crack de la dura realidad.

Pablo se volvió crítico de la cada vez más autoritaria revolución castrista y emprendió casi un auto exilio en Madrid, valiéndose del necesario tratamiento a su deteriorada salud, mientras Silvio seguía siendo un acérrimo defensor del proceso político en la isla, con sus arrebatos autocríticos.

En estos días en que la sorpresiva muerte de Pablo nos golpeó hondo, entendimos todo lo que hay en una canción arrebatada junto a viejos sueños juveniles: “Cuánto gané, cuánto perdí / cuánto de niño pedí / cuánto de grande logré / qué es lo que me ha hecho feliz / qué cosa me ha de doler”

En su blog Segunda Cita, Silvio se limitó a homenajear a su otrora cómplice de sueños, publicando una vieja canción inédita que le compuso en 1969, cuando ambos creían por igual en la revolución y subían juntos a los escenarios: “Eres un espacio que se vuelve / sin espina y que se pierde /en la alegría de volverse / pero ya tu voz se está quedando / ya tu mano está grabando /todo un nombre con sus dientes”.

***

En 1986 pude entrevistar brevemente a Pablo Milanés en Lima, Perú, para El Correo Semanal de Última Hora.

Yo llevaba algunos meses viviendo en la ciudad sin lluvia, cuando el presidente Alan García organizó la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (Sicla), que convocó a los mayores referentes de la música contestataria del continente, de las artes y las letras, en una serie de festivales y conciertos populares. Por el Paraguay participaron el Terceto Ñamandú (con Ricardo Flecha, Chondi Paredes y Rolando Chaparro), además del poeta Elvio Romero y el escritor Carlos Villagra Marsal.

Me acredité como corresponsal y pude acceder al hotel donde se alojaban los artistas. Me sentaba a una de las mesas de la cafetería y los veía bajar a desayunar, me acercaba a saludarlos y les pedía una entrevista. Algunos accedieron con cordialidad cuando supieron que era del Paraguay, “ese país dominado por el dictador Stroessner”, como la chilena Isabel Parra, los cantantes argentinos León Gieco, Víctor Heredia y Facundo Cabral.

Durante la charla con Heredia, Pablo Milanés se acercó a saludarlo. Se abrazaron y Víctor le contó que yo era un periodista paraguayo “exiliado”. Pablo me estrechó la mano y le pregunté si también podría entrevistarlo. “Si, sí, búscame al final del desayuno”, me dijo, y se fue a una de las mesas, donde estaban los músicos de la banda cubana Irakere.

Cuando lo vi levantarse junto a otras personas, me aproximé a recordarle la entrevista. “Qué pena, vienen a buscarme para llevarme a Villa El Salvador, pero acompáñame hasta la calle y hazme algunas preguntas”, me dijo, con gentileza. Me conmovió su humildad en medio del asedio de sus fans. En ese trayecto hasta el auto, donde ya lo estaban esperando con impaciencia, pude grabar algunas declaraciones, que ahora cito de memoria, porque aquella hoja impresa se me extravió en la montaña de viejos papeles.

“¿Ir a cantar al Paraguay? Me gustaría mucho, pero no creo que me dejen entrar, al menos hasta que caiga ese dictador que tienen ustedes. De seguro podré ir cuando tengan más libertades. Conozco poco de tu país, he leído los libros de Augusto Roa Bastos, he conocido a algunos paraguayos exiliados en Cuba, pero me admira que tengan una identidad cultural tan vital, que mantengan viva la lengua indígena guaraní”, me dijo, entre otras cosas. 

Tuvieron que pasar diez años para que Pablo cumpla aquella promesa. Una tibia noche del 25 de octubre de 1996 lo volví a ver en persona, esta vez desde las gradas de un escenario en el polideportivo del Club Sol de América, entonando varias de las mismas canciones que le había oído cantar en un estadio repleto, en Lima. “Vamos viviendo/ viendo las horas que van muriendo / las viejas discusiones / se van perdiendo entre las razones”.

Ahora, enterado de su muerte física, pongo en un viejo tocadiscos el doble vinilo de “Querido Pablo” que compré en una disquería de Lima, en aquel febril 1986, y sus canciones me suenan otra vez tan frescas, tan recuperadas, tan premonitorias: “Los años que pasaron/ definieron mi suerte / la vida que he llevado / tiene un poco de muerte”.

¡Salud y larga vida, querido Pablo!

jueves, 17 de febrero de 2022

Un arzobispo para tiempos difíciles


La designación de Adalberto Martínez Flores como nuevo arzobispo de Asunción es un hecho positivo para un país donde la religión católica sigue siendo determinante en la vida nacional.

Desde el retiro y posterior fallecimiento de monseñor Ismael Rolón, el legendario arzobispo que marcó líneas de valentía, equilibrio y dignidad a la conducción de la Iglesia Paraguaya en momentos críticos durante la dictadura stronista -probablemente el mejor obispo paraguayo en la historia, junto al misionero Juan Sinforiano Bogarín-, la arquidiócesis de Asunción cayó en manos de prelados que no supieron estar a la altura de las circunstancias.

El sucesor de Rolón, monseñor Felipe Santiago Benítez, si bien tuvo actitudes valientes en sus primeros años como obispo de Villarrica, cuando acompañó la lucha de los campesinos de las Ligas Agrarias, luego cayó en una onda de conservadurismo extremo y tuvo actitudes lamentables durante sucesos de crisis políticas como el Marzo Paraguayo. Le siguió Pastor Cuquejo, también reconocido por conservador y con actitudes muy condescendientes con los círculos de poder.

Su sucesor, Edmundo Valenzuela, pasará a la historia como uno de los obispos más reaccionarios del catolicismo paraguayo, abiertamente enfrentado a sectores progresistas de su propia Iglesia, con cuestionables gestos de encubrimiento a sacerdotes acusados de acoso sexual a miembros de la feligresía, en un momento en que la máxima conducción de la Iglesia Católica, encarnado por el Papa Francisco, intenta una política de apertura y diálogo con sectores tradicionalmente estigmatizados o excluidos.

Adalberto Martínez llega a la conducción de la Arquidiócesis de Asunción -el liderazgo más importante en la estructura de la Iglesia paraguaya-, con una trayectoria relevante, de perfil generalmente bajo ante las exposiciones mediáticas, conocido por sus actitudes de prudencia y equilibrio (que también caracterizaba a monseñor Rolón), pero con gestos de valentía en tiempos críticos, tal como lo podemos atestiguar en el relato que incluimos a continuación.

Monseñor Martínez no es un obispo en la línea de la Teología de la Liberación (como lo es, por ejemplo, el obispo emérito de Misiones, monseñor Melanio Medina, o como lo fueron, en su momento, el fallecido obispo de Concepción, Anibal Maricevich, o el luego renunciante obispo de San Pedro, Fernando Lugo, que llegó a la presidencia del país), pero es un prelado sensible a la situación social. Tampoco es un obispo a quien se pueda considerar conservador, aunque aferrado a la tradición litúrgica y social de la Iglesia, es conocido por su espíritu de apertura y por su buena formación teológica e intelectual.

El siguiente relato, que forma parte de nuestra novela “El país en una plaza”, narra un episodio absolutamente real, de cómo monseñor Adalberto Martínez asumió en la noche del 26 de marzo de 1999 y en la madrugada del 27 de marzo, tras la masacre de los jóvenes en la Plaza del Congreso, el rol de autoridad de la Iglesia en busca una pacificación y de resultados concretos de Justicia. Todo lo que no hizo el entonces arzobispo. El relato lo escribimos en base al testimonio de los sacerdotes jesuitas Fernando López y Óscar Martínez, además de varios otros testigos.

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CAPÍTULO 38 DEL LIBRO “EL PAÍS EN UNA PLAZA – LA NOVELA DEL MARZO PARAGUAYO

Un terrible alarido le obligó a cerrar los ojos. Era el grito de dolor de un joven carapintada, herido de un balazo en la pierna, que se retorcía sobre el piso de la plaza, mientras sus compañeros trataban desesperadamente de encontrar ayuda médica.

El joven sacerdote jesuita Fernando López sintió que lo dominaban la impotencia, la angustia, las lágrimas.

Con su vaquero desteñido y su remera ajada, su característico look hippie, había estado allí días y noches, compartiendo junto a los manifestantes como uno más, sin que muchos supieran siquiera su condición de religioso. Nunca había creído que los partidarios del Gobierno se atreverían a tanto. Nunca había pensado que estaría llorando la muerte de tan queridos compañeros.

¿Y ahora qué...?, se preguntaba. ¿Cómo detener esta locura desbordada?

Al lado suyo, otro joven sacerdote jesuita, Óscar Martínez, no pudo contenerse al ver que un grupo de agentes salían del interior del Cuartel Central de la Policía Nacional, frente a la plaza, portando sus armas.

Era casi medianoche. A pasos rápidos Óscar cruzó la calle, seguido por Fernando, y encaró al que parecía tener más alto rango.

–Discúlpeme. Yo soy el pa’i Martínez y él es el pa’i López. Queremos decirles que estamos indignados por lo que está sucediendo. ¡No es posible que ustedes no hagan nada por detener a los francotiradores, sino que además sean cómplices de los que están asesinando a estos jóvenes!

El oficial lo observó, inexpresivo. Hizo un gesto de cansancio.

–Mire, pa’i. Nosotros no tenemos nada que ver. Solo cumplimos órdenes. ¿Por qué no entra allí y habla con nuestro comandante? ¡Él es el que está dirigiendo todo...!

–¡Entonces me va a escuchar...! –dijo Óscar, y se dirigió resuelto hacia la entrada.

En la guardia, dos uniformados intentaron cerrarles el paso.

–¡Somos sacerdotes jesuitas...! –les gritó Fernando–. ¡Queremos hablar urgentemente con el comandante de la Policía!

–¡Ah... entonces pasen! –les dijo el oficial–. Justo, en este momento, el comandante está hablando con el obispo de ustedes.

Los dos curas se miraron. El oficial pidió que lo acompañen y los guió a través de un largo corredor hasta un despacho ubicado al fondo. La puerta estaba abierta y desde el interior se escuchaban voces y gritos.

Al entrar vieron al obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, quien discutía acaloradamente con el comandante de la Policía Nacional, comisario Niño Trinidad Ruiz Díaz. Estaban también el sacerdote jesuita Alberto Luna y el pastor evangélico Emilio Abreu.

–¡No espere más, comandante...! ¡Por favor...! –rogaba el obispo–. ¡Envíe ahora mismo una dotación de policías para detener a esos francotiradores que están disparando contra los jóvenes de la plaza, antes de que maten a más personas...!

–Calma, calma, monseñor... –respondió el comandante, parsimonioso–. Estamos tratando de hacer lo posible. ¡Tampoco puedo poner en peligro la vida de mis hombres!

–¿Entonces va a dejar que sigan matando...? –intervino Fernando.

–¡Esos tipos están disparando desde edificios de altura! –exclamó el comandante–. Sería como mandar a nuestra gente a un matadero. Mejor vamos a esperar el apoyo de algún equipo especializado en este tipo de operativos. ¡Tengan paciencia, señores!

Fernando no podía creer lo que estaba escuchando. De nuevo estaba viendo las escenas de los chicos cayendo ante sus ojos, de nuevo escuchaba los alaridos de dolor. Salió al corredor, nervioso.

El oficial que los había guiado a la entrada se le acercó, sigiloso.

–Padre, discúlpeme... quiero decirle algo...

–¿Sí...?

–¿Sabe usted quien se encuentra allí, en la oficina al lado de la comandancia?

–¿Quién...? –preguntó Fernando, intrigado.

–El ministro del Interior, Carlos Cubas. El hermano del presidente de la República. ¿Por qué no hablan directamente con él?

–¿De verdad? ¡Es una excelente idea! ¡Gracias...!

–No diga que yo le dije, padre –pidió el oficial.

Fernando volvió a entrar al despacho, se dirigió junto a monseñor Martínez y le habló al oído. El obispo lo escuchó con atención y luego asintió con la cabeza. El comandante de la Policía estaba conversando con alguien por teléfono, ajeno a lo que sucedía, cuando se alarmó al ver que el obispo cruzaba el despacho con actitud resuelta y abría la puerta lateral.

–¡Espere...! ¿A dónde va, monseñor? –gritó, con el tubo en la mano, pero ya era tarde.

En la oficina de al lado, sentado frente a un escritorio, el capitán Carlos Cubas estaba hablando con otro hombre, cuando vio que la puerta se abría.

–Buenas noches, señor ministro. Disculpe la interrupción. Soy el obispo auxiliar de Asunción, monseñor Adalberto Martínez, y quisiera hablar con usted sobre los graves hechos de la plaza.

El capitán Cubas se levantó con una ancha sonrisa.

–¡Bienvenido, monseñor...! Es la providencia quien lo envía. ¡Tenemos que encontrar juntos una salida a la crisis...!

–Entonces... ¿por qué no empieza y manda detener a los francotiradores? –le pidió el obispo, mientras le estrechaba la mano.

–¡Hace rato que le he dado la orden al jefe de Policía para que lo haga...!

–Él dice que no está en condiciones de hacerlo.

–¡No puede ser...! ¡Ese hombre no está respondiendo...! –exclamó, furioso, el ministro–. ¿Dónde está...?

Atravesó la sala y entró en el despacho contiguo, en donde el comandante de la Policía seguía hablando por teléfono.

–¡Si, mi general...! ¡Como usted ordene, mi general...! –decía.

El ministro le arrebató el tubo del teléfono de las manos y colgó con fuerza.

–¿Qué pasa...? –se molestó el comandante.

–Pasa que usted no está obedeciendo mis órdenes –le increpó el ministro–. Al parecer está recibiendo órdenes paralelas. ¿Quién era el general con el que estaba hablando?

Como toda respuesta, el comandante se limitó a esbozar una sonrisa nerviosa.

El oficial de guardia entró a la oficina.

–Permiso, señor ministro... El señor Aníbal Cabrera Verón, fiscal general del Estado, y el señor juez Gustavo Ocampos se encuentran aquí y solicitan verlo.

–¡Adelante...!

El oficial cedió el paso a dos hombres vestidos con traje, acompañados de una joven mujer que portaba una gruesa carpeta.

–¡Buenas noches, señor ministro...! –le saludó el fiscal general–. Aquí le estamos trayendo personalmente una orden judicial para allanar inmediatamente el local del Correo Central y el edificio Zodiac, desde donde están disparando los francotiradores, y para que se proceda a detener a todas las personas que resulten involucradas.

El ministro recibió el papel, le dio un rápido vistazo y lo extendió frente a la cara del comandante policial.

–¡Muy bien, señor comandante! ¡Aquí tiene la orden judicial...! ¡Espero que le resulte suficiente! ¡Hágala cumplir en seguida...!

El comandante recogió el papel, esbozó otra sonrisa nerviosa y salió del despacho.

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“El país en una plaza – La novela del Marzo Paraguayo”. Editorial Servilibro, 2014.

 

miércoles, 7 de abril de 2021

La historia de Vivian

La niña de remera celeste que aparece en la tapa de Última Hora y en las páginas de un reportaje que hicimos en la Navidad de 2006 (entonces ella tenía solo 11 años de edad), es Vivian Genes Meza, la reconocida dirigente estudiantil, actualmente presa con otros compañeros, acusados de la quema del local del Partido Colorado durante una manifestación de protesta contra el Gobierno, en un cuestionado proceso fiscal y judicial sin evidencias concretas demostradas, en donde al parecer se los ha tomado como chivos expiatorios por aparecer en el lugar en algunos videos y se los ha encarcelado rápidamente, mientras los grandes popes de la corrupción están libres e impunes.

En la Redacción de Última Hora conocemos a Vivi desde chiquita, porque su laboriosa mamá, Vivi Meza empezó a trabajar en el Departamento de Servicios y Limpieza desde abajo, hasta ser recepcionista por muchos años. Fue nuestra gran amiga y compañera, la que nos mimaba con el aromático cocido de las meriendas y resolvía muchos de nuestros reclamos cotidianos. Viajaba todos los días desde su humilde vivienda en Itauguá y muchas veces tenía que llevar a sus tres hijos, Martín, Vivian y Araceli, porque no tenía con quien dejarlos. El padre de los chicos fue a trabajar a España y Vivi tuvo que hacerse cargo. Muchas veces nos pedía prestado para el pasaje, ya que el sueldo no le alcanzaba. Cuando en la navidad de 2006 les propuse hacer este reportaje sobre la migración a España, se prestaron divinamente.

Sacrificadamente, los chicos crecieron con una visión crítica de la realidad y muchas ganas de superación. Araceli hoy estudia en Alemania, gracias al apoyo de la organización Gesellschaft Stauffen-Paraguay. Vivian también es becaria de la misma organización desde la escuela primaria y tuvo la oportunidad de viajar a estudiar en Alemania junto con su hermana, pero prefirió quedarse a estudiar y luchar por un país mejor en su patria.

A pesar de su juventud (tiene 25 años) ya tiene una intensa trayectoria estudiantil y gremial. Estudia Arquitectura en la FADA - UNA, es representante estudiantil de su facu, fue una de las que condujeron la lucha por el Arancel Cero. Quienes la conocemos, sabemos de sus valores solidarios y altruistas, como de su indoblegable espíritu rebelde en favor de un Paraguay sin corrupción y verdadera justicia.

Hoy Vivian está en la cárcel, al igual que otros compañeros, como víctimas propiciatorias de un sistema represivo y viciado, acusados del delito de protestar, con evidencias que no han podido aún ser demostradas. Desde la distancia, admirado de ver en lo que se ha convertido la niña de aquel reportaje ingenuo de la navidad del 2006, le envío un fuerte abrazo y toda la solidaridad.


El reportaje publicado en Última Hora en diciembre de 2006.

Vivian, durante las movilizaciones por el Arancel Cero en la Universidad.


Vivian, presa por disposición judicial y acusación fiscal.


Vivian, con su mamá Vivi, durante una visita en la comisaría.

lunes, 8 de marzo de 2021

El tercer Marzo Paraguayo


Andrés Colmán Gutiérrez — @andrescolman

Bajo la trágica sombra del dictador romano Julio César, acuchillado a traición el 15 de Martius del año 44 a.C., mes consagrado a Marte, dios de la guerra, fecha conocida como “los idus de marzo”, los líderes políticos paraguayos le tienen particular miedo a este mes. Augurio o coincidencia, la historia abunda en ejemplos temibles. Por algo, Shakespeare advierte en su drama teatral: “¡Cuídate de los idus de marzo!”.

El primer Marzo Paraguayo fue el de 1999, cuando el asesinato del vicepresidente de la República, Luis María Argaña, encendió la hoguera de la indignación popular, congregando a miles de personas en las plazas del Congreso hasta provocar la renuncia del presidente Raúl Cubas Grau y la huida de su sombra detrás del trono, el general Lino Oviedo. En el proceso fueron asesinados siete manifestantes por francotiradores y hubo 769 personas heridas. Es considerada la mayor gesta ciudadana en nuestra historia.

El segundo Marzo Paraguayo fue el de 2017, cuando una multitud en las calles enfrentó la represión policial y logró impedir un forzado intento de enmendar la Constitución para lograr la reelección presidencial, impulsado por el entonces presidente Horacio Cartes y secundado por el ex presidente Fernando Lugo. El conflicto derivó en la quema del edificio del Congreso, un joven activista del Partido Liberal asesinado por la Policía, varios heridos y más de 200 detenidos.

El tercer Marzo Paraguayo se desarrolla actualmente, poniendo en jaque al gobierno del presidente Mario Abdo Benítez. Se inició con un creciente malestar ciudadano por las deficiencias en la gestión sanitaria ante la pandemia, subió de tono con las protestas de familiares de víctimas, médicos y trabajadores de salud, debido a la falta de medicamentos esenciales, un gran retraso en la obtención de vacunas y la manifiesta complicidad e impunidad en los escandalosos casos de corrupción detectados en el uso de los fondos de emergencia aprobados para luchar contra el Covid-19.

Ni la obligada renuncia del ministro de Salud, Julio Mazzoleni, pudo detener la mayor manifestación de protesta de la era Marito. En la noche del viernes, el hartazgo ciudadano salió a flote. Miles de personas salieron a las calles a pedir la renuncia del presidente. El desborde violento de un pequeño grupo, probablemente infiltrado con intenciones precisas, junto a la desproporcionada represión policial, convirtieron una movilización pacífica en jornada de violencia, fuego y saqueos, con decenas de heridos y un muerto en circunstancias aún no aclaradas. La crisis de salud se volvió crisis política, con una nueva amenaza de juicio político al primer mandatario e imprevisibles consecuencias.

Corren horas de incertidumbre sobre el futuro del país. La gran pregunta es a qué juega el ex presidente Horacio Cartes, quien por un lado sostiene a Marito con sus votos en el Congreso, pero por otro lado lo ataca sin misericordia desde sus medios de comunicación y sus voceros políticos. La oposición, desacreditada y sin fuerzas, no decide mucho. Si se va Marito, asume el vicepresidente Hugo Velázquez, con su negro historial y sus oscuras alianzas. Sería saltar de la olla al fuego, pero en el Paraguay ya estamos acostumbrados.

Y eso que marzo recién comienza…

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(Artículo publicado en la columna Al otro lado del silencio, diario Última Hora, edición del domingo 7 de marzo de 2021).



miércoles, 2 de septiembre de 2020

El bebé al que la dictadura le robó la historia

 

Emilio Cricera fue arrancado de su madre en 1966, entregado a quienes fingieron ser sus padres biológicos. Hoy demanda recuperar su verdadera identidad.


Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman

(Fotos e imágenes: Desirée Esquivel - Apoyo en video: Codehupy).


Emilio Félix Cricera Evaly tenía 30 años de edad en 1996, cuando descubrió que él no era quien sus padres y sus documentos aseguraban. En realidad, tenía otro nombre, otros padres, otra identidad, otra historia.

Sucedió cuando, en su casa de Buenos Aires, halló unos papeles de quien creía era su papá biológico, Emilio Cricera, argentino, ya fallecido, en donde este le contaba cosas íntimas a un amigo. Con fecha de tres días antes del supuesto nacimiento de su hijo, no mencionó que su esposa, la paraguaya Celia Nilda Evaly, estaba a punto de dar a luz.

“Si mi papá estaba tan contento de tenerme como hijo único, ¿por qué no había contado nada a su amigo? Encaré a quien decía ser mi mamá, discutimos mucho y al final reconoció: “¡Vos no sos mi hijo!’”, narra Emilio, veinticuatro años después de aquel día en que sintió que el mundo se le vino abajo.

Celia Nilda se negó a darle más datos de su verdadera historia. “Me dijo muchas mentiras, que me habían traido del Brasil, hasta que ella falleció, llevándose mi secreto a la tumba”, narra.

“Viajé al Brasil, viví allá un tiempo, hasta que tomé contacto con unos primos, hijos de una hermana de mi madre apropiadora en el Paraguay, con quien ella estaba peleada, a la que considero mi madre del corazón, mi tata, quien me dijo: vos te llamás Jorge Luis y te llevaron siendo bebé del orfanato Santa Teresa”, agrega.

BÚSQUEDA. Emilio/Jorge Luis logró que la directora del actual Hogar Infantil Santa Teresita le permita acceder a los archivos. Sobre la avenida Eusebio Ayala (frente al local de la Justicia Electoral), allí funciona una guardería y es sede de los Centros de Bienestar de la Infancia y la Familia (Cebinfa). En épocas de la dictadura, el orfanato llegó a estar bajo la dirección de María Olivia Chelita Stroessner, hija adoptiva del general Alfredo Stroessner.

“Busqué datos durante días, revisando expedientes de todos los niños llamados Jorge Luis que ingresaron entre 1965 y 1968, hasta llegar casi a la certeza de que mi verdadero nombre era Jorge Luis Gómez Arena, y que mi madre fue María Olga Gómez, presa en la Comisaría Tercera, famoso lugar de detención y tortura de presos políticos, y luego en la Cárcel del Buen Pastor, donde se pierde su rastro, está desaparecida”, relata Emilio.

Su laberíntica búsqueda lo llevó al hogar familiar de los Gómez, en una humilde comunidad rural de Altos, Cordillera. “Cuando llegué y dije quién era, no lo quisieron creer. Según mi abuela, Laureana Isabel, les aseguraron que yo había muerto. Del paradero de mi mamá no sabían nada. Obtuve una muestra de ADN de mi abuela y el análisis comparativo con el mío reveló un 84% de compatibilidad”, indica.

APROPIACIÓN. Entre muchas dudas, Emilio hoy tiene certeza de que autoridades de la dictadura mintieron a su abuela (quien varias veces intentó rescatarlo del orfanato), asegurando que él había fallecido, cuando en realidad le “regalaron” siendo un bebé al matrimonio formado por el argentino Emilio Cricera y la paraguaya Celia Nilda Evaly. Cree que el nexo fue una mujer llamada Aurora Coronel.

Le crearon documentos (auténticos, pero de contenido falso) como una partida de nacimiento en que consignan su fecha de nacimiento el 12 de marzo de 1967 (cuando en realidad habría nacido el 11 de octubre de 1966).

De su madre sabe poco. Un informe policial de la Comisaría Tercera, firmada por el comisario Augusto Moreno, refiere que ella la abandonó en la vía pública, pero él considera que son mentiras. “Mi madre es una desaparecida, aunque no figure en las listas de las organizaciones de derechos humanos. Borraron todos sus registros. La policía allanó su casa en Altos y secuestró todas sus fotos y sus documentos. Ni siquiera tengo una imagen de cómo era ella, solamente un gran amor a su memoria”, indica.

Emilio/Jorge Luis presentó una denuncia oficial ante la Fiscalía, con patrocinio de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) por Desaparición Forzada de Personas y Múltiple Violación de Derechos Humanos.

“Sé que muchos creían que en el Paraguay no hay casos de apropiación de bebés durante la dictadura stronista, como las que se cuentan en organizaciones como H.I.J.O.S. o Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en la Argentina, pero existen. Soy el primero de ellos que sale a luz y seguramente hay más. La dictadura desapareció a mi mamá y me robó la identidad. La quiero recuperar”, destaca.


BUSCANDO A MAMÁ.
No solamente le cambiaron su identidad y lo entregaron a otra familia. Además, desaparecieron a su mamá, María Olga Gómez.

“A la hora 13 del 20 de octubre de 1966, llega una camioneta celular de la Policía, conduciendo a un oficial y agentes, quienes traen a un recién nacido, portador de la siguiente: Nota N° 237, señora directora del Hogar Infantil. ESD. Tengo el agrado de dirigirme a Ud., con el objeto de solicitar la internación en esa institución del menor Jorge Luis, quien fuera hallado en la vía pública…”

Así dice el informe de una asistente social sobre el “Caso N° 578, Jorge Luis”, que Emilio Félix Cricera Evaly pudo rescatar del archivo del Hogar Santa Teresita, de donde fue apropiado ilegalmente en 1967 y entregado al matrimonio del argentino Emilio Cricera y la paraguaya Celia Nilda Evaly, quienes obtuvieron una partida de nacimiento con un nuevo nombre, otra fecha de nacimiento y en donde ellos figuran como padres biológicos del bebé.

La nota de la entrega del bebé al Hogar Infantil Santa Teresa o Santa Teresita (que en épocas de la dictadura estuvo bajo la dirección de María Olivia Chelita Stroessner, hija adoptiva del general Stroessner) está firmada por el comisario Augusto Moreno, en ese entonces titular de la tristemente famosa Comisaría Tercera, uno de los más tenebrosos locales en donde eran detenidos y torturados los presos políticos, varios de ellos considerados desaparecidos.

ABANDONO. Según el relato del expediente, en la patrullera que llevó al bebé con apenas 8 días de nacido al hogar (sobre la avenida Eusebio Ayala, frente a la Justicia Electoral), también se hallaba la madre, María Olga Gómez, quien en esa época tendría 18 años, y que era trasladada a la Cárcel del Buen Pastor, tras haber estado presa en la Tercera con su hijo.

La asistente social cuenta que pudo hablar con la madre antes de que la lleven. Sostiene que la mujer admitió haber abandonado a su hijo en la entrada de una casa, por “estar desesperada”, ya que su “patrona” no admitía a empleadas con hijos y el padre del niño (marino de la Flota Mercante) la había abandonado. También admitió haber huido de su casa familiar en Altos. Pidió que le devuelvan a su hijo y no la lleven a la cárcel, pero no le hicieron caso.

VENGANZA. Emilio cree que muchas afirmaciones del informe son falsas, porque descubrió otros datos que hablan de una especie de venganza por parte de una persona poderosa en Altos contra su madre.

En su denuncia ante la Fiscalía de Derechos Humanos, revela que sus familiares contaron que “alguien de mucho poder económico en la ciudad de Altos estaba interesado en mi madre, y al no tener reciprocidad, fue quien mandó al proceder irregular de la Policía, ya que María Olga había venido a Asunción escondiéndose de quien le pretendía”.

Desde el Buen Pastor, María Olga se comunicó con su madre, Laureana Isabel Ojeda, para que recupere al bebé. “Mi abuela intentó por todos los medios y documentos comprobables de filiación recuperarme y llevarme con los míos, restitución que nunca se pudo dar, porque en el mes de agosto de 1967 fui ‘regalado’ a un matrimonio argentino-paraguayo residente en Buenos Aires”, destaca.

SIN PISTAS. A la abuela le dijeron en el hogar que el bebé había muerto, al igual que su hija María Olga. No entregaron los cuerpos. Debido al dolor, la anciana sufrió pérdida parcial de memoria, según los familiares.

“Me contaron que mientras mi madre estaba detenida, la Policía allanó la casa materna en Altos y se llevó todas las fotos y los documentos de María Olga”, agrega Emilio, quien desconoce las razones de la presunta desaparición, porque su madre no era una activista política conocida.

“Hoy reclamo que el Estado investigue y me diga qué pasó con mi mamá, de quien ni siquiera tengo una foto, porque se llevaron todo. En la Cárcel del Buen Pastor me dijeron que un incendio destruyó los registros de aquella época. Nadie más sabe nada”, dice.

Emilio ha decidido quedarse en el Paraguay. Desde hace más de un año vive en Luque. Ha intentado establecer una relación con su familia materna en Altos, pero siente que hay muchos recelos, miedos y silencios que superar. Confía en que será parte de un proceso.



miércoles, 1 de abril de 2020

Justicia para un soldado, veinticuatro años después



Este miércoles 1 de abril, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Paraguay a pagar alrededor de USD 37.000 por la muerte del soldado Vicente Ariel Noguera, quien falleció a los 17 años cuando realizaba el servicio militar, en enero de 1996. Fue uno de los casos emblemáticos entre los 157 jóvenes (cifra oficialmente aceptada por el Estado paraguayo) que murieron durante el Servicio Militar Obligatorio (SMO) y que pusieron en jaque a la estructura castrense.

Pueden leer la noticia en este enlace.

Me tocó hacer una investigación periodística junto al colega Arnaldo Alegre, actual director periodístico de Última Hora, que en su momento tuvo mucha resonancia. Ello hizo que María Noguera, la madre de Vicente Ariel, fundadora de la Asociación de Familiares de Víctimas del Servicio Militar (Afavisem), me pida comparecer como testigo en la causa ante la CIDH.

La sentencia se produce en un momento crítico por la pandemia del coronavirus y golpea aún más al Estado, pero es importante para afirmar que nunca más se deben permitir abusos como los que se cometían desde el poder militar en esa época, el mismo que sostuvo a la larga dictadura de Stroessner y que siguió vigente después. Era otro gobierno, es cierto (el de Juan Carlos Wasmosy), pero respondía al mismo Partido Colorado que sostuvo a la dictadura y cubrió con la impunidad, evitando que se haga justicia, y que sigue gobernando el país.

Ahora que llega esta sentencia desde la CIDH, que también sigue trabajando aun en medio de la crisis sanitaria global, les comparto lo que fue mi declaración a distancia, ya anticipando el estilo de presencia virtual. Es un aporte a la memoria y a la justicia, en homenaje a Vicente Ariel y a la lucha de su madre, como a todas las víctimas, 24 años después.

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DECLARACIÓN DE ANDRÉS COLMAN GUTIÉRREZ ANTE LA CIDH

1.-Diga el testigo: ¿Fue testigo presencial de los hechos?
-Si se refiere al hecho de la muerte del joven cimeforista Vicente Ariel Noguera, ocurrido el 10 de enero de 1996 en el cuartel del Tercer Cuerpo de Ejército, en Mariscal Estigarribia, Chaco Paraguayo, no fui testigo presencial de la muerte, pero si pude recabar mucha información posteriormente, en un trabajo de investigación periodística realizado para el diario Última Hora de Asunción, en una serie que publicamos con el colega Arnaldo Alegre (actualmente jefe de Redacción del diario) a partir del 7 de setiembre de 1996, luego de que la madre del joven, María Noguera, haya presentado una querella criminal por homicidio ante la Justicia paraguaya.

2.-Diga el testigo: ¿Cómo se enteró de los hechos y cuándo?
-Me enteré el mismo día en que se conoció la noticia, el 11 de enero de 1996, a través de un dato que llegó a nuestra Redacción. Me interesó particularmente, porque desde el equipo de investigación periodística del diario Última Hora veníamos haciendo un seguimiento a los numerosos casos de soldaditos muertos en los cuarteles, en muchos casos por situaciones de maltratos y abusos por parte de sus superiores.  Acudí a la casa de la familia Noguera y conversé con la madre. Ante los indicios de que se trató de un caso de muerte por maltrato violento, decidimos iniciar una investigación.

3.-Diga el testigo: ¿La señora María Noguera, en su carácter de víctima o querellante, le ofreció como testigo en el expediente judicial?
-En la querella criminal ante la Justicia paraguaya no fue así, aunque sé que nuestras publicaciones sobre el caso fueron tenidas en cuenta, al igual que las publicaciones de otros medios periodísticos. En el caso de la denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos sí, la señora María Noguera me ha pedido que participe como testigo, a fin de ratificar los elementos que habíamos podido comprobar y que en su momento ya habíamos publicado en nuestra investigación.

4.-Diga el testigo: ¿Usted prestó declaración testifical en la causa penal que investigó la muerte de Vicente Ariel Noguera?
-No fui convocado como testigo en esa oportunidad, por tanto no presté declaración testifical. Sé que nuestras publicaciones periodísticas, al igual que las de otros medios de prensa, fueron tenidas en cuenta en el proceso.

5.-Diga el testigo: ¿Su investigación periodística acerca del caso fue publicada?
-Así fue. Se publicó a doble página, con una llamada en portada, con la volanta “Investigación: ¿Quién mató a Ariel Noguera?”, a partir del sábado 7 de setiembre de 1996, en la páginas 6 y 7 de la sección Política del diario Última Hora, continuando las entregas durante una semana hasta el jueves 12 de setiembre de 1996. En días posteriores publicamos más notas, ya en forma suelta, a medida en que surgían más reacciones sobre la serie de reportajes.

6.-En el marco de la investigación periodística, ¿Cuántas veces se constituyó en  el lugar de los hechos?
-Si se refiere como “lugar de los hechos” al cuartel del Tercer Cuerpo de Mariscal Estigarribia donde fue hallado muerto el soldado Ariel Noguera, estuve personalmente durante una jornada, pero otros miembros de nuestro equipo periodístico estuvieron en varias otras circunstancias, incluyendo visitas oficiales programadas por las Fuerzas Armadas. Sin embargo, permítanme apuntar que un trabajo de investigación periodística no se basa solo en visitas al lugar de los hechos, sino a indagaciones en varias otras esferas, conversaciones con ex-camaradas de la víctima, familiares, superiores, búsquedas de documentos, etc.

 7.-Diga el testigo: ¿Con cuántas personas pudo entrevistarse, que tuvieron conocimiento de los hechos?
-Pude conversar personalmente con al menos una veintena de ex camaradas del conscripto Ariel Noguera, además de oficiales superiores que aceptaron brindar datos en forma confidencial, pidiendo no ser identificados, porque tenían mucho miedo a posibles represalias de sus superiores. Además pudimos entrevistar a muchas otras personas relacionadas al caso: familiares, médicos, fiscales, policías, militares, como de acudir a diversas fuentes documentales. Fácilmente hemos entrevistado a más de 40 personas relacionadas al caso. Los principales acusados, el subteniente Fernando Mosqueda y el teniente primero Hernán Alcaraz, los dos oficiales que habrían sometido al cimeforista a castigos físicos, como sus superiores de las Fuerzas Armadas, se negaron sistemáticamente a ser entrevistados, a pesar de nuestros insistentes requerimientos. Tampoco el entonces comandante del Ejército, general Lino César Oviedo, aceptó dar una entrevista o brindar declaraciones sobre la muerte de Ariel Noguera.

8.-Diga el testigo: ¿Entre las personas que entrevistó se encontraban funcionarios públicos?
-Así es. Una de las personas que aceptó conversar con nosotros fue el propio fiscal general del Estado en ese entonces, el doctor Anibal Cabrera Verón, quien  ayudó a reabrir el caso cuando ya se consideraba cerrado judicialmente, logrando que se realice una nueva autopsia. Su intervención no impidió sin embargo que sectores de las Fuerzas Armadas, entre ellas el propio general Lino Oviedo, tengan éxito en bloquear las investigaciones y en evitar que se pueda descubrir la verdad sobre la muerte del cimeforista. También nos entrevistamos en su momento con el propio juez que llevaba adelante la investigación, José Waldir Servin Bernal, quien se mostró reacio a dar detalles del caso.  

9.-Diga el testigo: ¿Dentro de su investigación encontró algún indicio que ponga en duda la veracidad de contenido del informe de la autopsia dirigida por el doctor Martínez Yaryes, propuesto por la señora María Noguera?
-Así es. Tal como lo revelamos en un anexo del primer reportaje publicado el 7 de setiembre de 1996, bajo el título: “Categórico: El hanta virus no mató a Ariel”, reproducimos un informe de laboratorio que el propio doctor Martínez Yaryes había pedido, en donde el especialista Ralph Bryan, del Epidemiology Branch de Albuquerque, Nuevo México, Estados Unidos, concluye que el resultado del análisis inmunohistoquímico del paciente ha dado negativo con respecto al hantavirus. Es decir, el estudio de laboratorio que había encargado Martínez Yaryes desmintió que Noguera haya muerto por hantavirus, tal como el forense atribuyó en un primer momento. Me tocó entrevistar a Martínez Yaryes tras este informe, quien se mostró sorprendido por los resultados del laboratorio. “No he visto golpes (en la autopsia realizada) pero no descarto que una situación violenta pueda haber causado la muerte. De hecho, para mí, el caso sigue siendo muy extraño”, declaró, tal como lo publicamos en su momento en el diario.   

10.-Diga el testigo, ¿cómo era la consideración pública respecto del doctor Miguel Ángel Martínez Yaryes?
-El doctor Martínez Yaryes era un reconocido dirigente político opositor que mantuvo una lucha heroica contra la dictadura stronista, además de un destacado médico, pionero de la medicina forense en el Paraguay. Sin embargo, cuando le tocó realizar la autopsia del cimeforista Noguera se encontraba ya en avanzada edad y su primera conclusión, de que el cimeforista habría fallecido por la enfermedad del hantavirus, fue desmentida por el informe de laboratorio que el mismo encargó en los Estados Unidos, como por otros especialistas que aseveran que es muy difícil que un caso e hantavirus se de en esa región del Chaco.  

11.-Diga el testigo: ¿Realizó, en su carácter de periodista, cobertura a los actos públicos de reparación organizados por el Estado, vinculados al presente caso? En caso afirmativo, ¿podría indicar cuáles?
-No lo hice, porque los periodistas de investigación no hacemos cobertura informativa diaria. Si me enteré de estos actos por lo que se publicó en los medios y también leí que los familiares no están satisfechos con lo que hasta ahora hizo el Estado para reparar el hecho denunciado.

-Finalmente, si se me permite, quisiera ampliar esta declaración destacando que la investigación periodística sobre el caso Ariel Noguera la hicimos en un contexto más amplio, en el marco de una realidad socio-política de los años 90, a poco de haber sido derribada la dictadura del general Alfredo Stroessner, en que el militarismo seguía siendo muy fuerte en la sociedad paraguaya, época en que existían muchas denuncias de humildes familias campesinas sobre sus jóvenes hijos, muchos de ellos menores de edad, que eran prácticamente cazados por pelotones militares en el interior, movilizados a la fuerza para prestar el Servicio Militar Obligatorio (SMO) y acababan muertos por haber sido sometidos a castigos inhumanos o a prácticas de combate poco profesionales. Según el registro oficial reconocido por el Estado paraguayo, desde la caída de la dictadura (1989) un total de 157 jóvenes murieron durante el Servicio Militar Obligatorio. Muchas de estas muertes no fueron investigadas por la Justicia o los casos quedaron en el oparei, nombre que se da en el Paraguay a la palabra impunidad en lengua guaraní.
En el caso Noguera, nuestra investigación pudo constatar varias irregularidades, tal como lo publicamos en su momento:
-En su primer periodo de entrenamiento, cumplido en enero de 1995 en Villarrica, Vicente Ariel Noguera tuvo un altercado con un oficial, el subteniente Fernando Mosqueda, cuando al soldado se le cayó accidentalmente el fusil y golpeó en el rostro al oficial. Sus camaradas relataron que desde ese momento Mosqueda juró vengarse de Noguera.
-En el segundo periodo como cimeforista, en enero de 1996, Noguera debía prestar su servicio militar en Fortin Montanía, Chaco, pero para sorpresa suya cambiaron su destino al tercer cuerpo de Ejército, en Mariscal Estigarribia, donde también sorpresivamente se encontró de nuevo cara a cara con el subteniente Mosqueda.
-En Mariscal Estigarribia, Noguera tuvo otro altercado con otro oficial, el teniente primero Hernán Alcaraz, el 10 de enero, cuando el oficial lo reprendió en la formación, el soldado reaccionó y el oficial se cayó al suelo ante la vista de todos, situación en la que se sintió ridiculizado. Según los testimonios que recabamos de los camaradas, Alcaráz amenazó frente a varios testigos con castigar a Noguera y las palabras que pronunció fue: “Ni él no va a querer contar, como hombre, el castigo que va a recibir”.
-Aunque las versiones de los camaradas difieren, la relación de hechos concluye que ese 10 de enero Noguera fue incorporado al llamado “pelotón jabón” -un grupo a donde son conducidos los soldados bajo castigo- que dirigía el subteniente Alcaraz, donde permaneció durante dos horas sometido al “descuereo” (ejercicios físicos intensos). Lo vieron por última vez tras el ejercicio, en que lo llevaron a sentarse en un banco, en la guardia. A la madrugada encontraron su cuerpo muerto en una cama que no era la suya, a dos camas de la que le correspondía dentro de la cuadra. Llamativamente, también el teniente Alcaraz desapareció por largas horas, durante las mismas horas en que estaba desaparecido Noguera.
-Lo llamativo fue que, tras conocerse el caso, desde las altas esferas de las Fuerzas Armadas intentaron bloquear nuestra investigación y ocultar datos. El entonces comandante del Ejército, general Lino Oviedo, viajó a Mariscal Estigarribia, reunió a todos los excamaradas de Noguera y les ordenó: “Ustedes no digan nada, nosotros vamos a arreglar todo, porque esto se va a usar para desprestigiar a las Fuerzas Armadas”. Muchos de los ex camaradas se negaron a dar declaraciones y quienes accedieron lo hicieron con mucho miedo, en medio de medidas de seguridad y tras asegurarles que sus identidades serían mantenidas en reserva. Durante la etapa en que hicimos la investigación, la madre de Ariel Noguera fue víctima de ataques y presiones, llegaron a incendiar una carpintería de la familia y un auto chocó a uno de sus hijos.

En la esperanza de poder contribuir a este juicio, los saludo atentamente.

Andrés Colmán Gutiérrez
Periodista










domingo, 1 de marzo de 2020

Amoite Cerro Corápe…






A 150 años, la muerte de López todavía conmociona al Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez  - @andrescolman
Fotos: Andrés Catalán
DESDE CERRO CORÁ, AMAMBAY


El Aquidabán Nigui es apenas un delgado hilo de agua que se desliza entre pedregullos y matorrales. Un arroyo tan pequeño, todavía limpio y transparente, que en su rumoroso fluir puede relatar sin embargo una historia tan inmensa, tan trágica y gloriosa a la vez, para quien sea capaz de comprender su hídrico lenguaje.
Así lo confirma la canción Cerro Corá del recordado poeta guaraní Félix Fernández y del gran músico Herminio Giménez:

“Osyry pe Aquidabán
culantrillomi apytépe
iñe’ême omombe’u
ñanderu omano hague”.

(Corre el Aquidabán
entre las hierbas de culantrillo
y en su lenguaje cuenta
que ha muerto nuestro padre).

–Fue aquí, en este mismo lugar, en donde mataron al mariscal López– dice Perla Vázquez, jefa del Parque Nacional Cerro Corá, señalando un punto entre los matorrales, a orillas del arroyito.
En el lugar señalado hay un monolito de piedra que envuelve a un busto de metal del mariscal Francisco Solano López, el presidente y jefe del Ejército paraguayo que resistió durante más de cinco años, desde 1864 hasta aquel 1 de marzo de 1870, a las tropas aliadas de Brasil, Argentina y Uruguay, en una de las guerras más cruentas y desiguales de la historia latinoamericana.
Fue aquí, hace exactamente 150 años, en donde la Guerra Guasu llegó a su fin.

La tumba del Mariscal López y su hijo Panchito, en el Parque Nacional Cerro Corá.

EL CERCO FINAL.
Son pocos los testimonios de primeras fuentes acerca de cómo fue la muerte de López en Cerro Corá, aquel 1 de marzo de 1870 y no siempre coinciden.
El sacerdote Fidel Maíz, que acompañó a López en gran parte de la contienda, narra en sus memorias que López y su ejército llegaron al valle rodeado de cerros el 8 de febrero de 1870 “apenas con algo más de 400 hombres, reducidos a la más postración, sin ropas ni víveres, sin más esperanza que sucumbir bajo la presión del hambre y de miserias increíbles”.
El ejército brasileño, al mando del general José Antonio Correa da Cámara, se había desplazado a la caza de López, junto a otros jefes militares como Floriano Peixoto, Francisco Antonio Martins, Silva Tavares y Silva Paranhos.
López instaló fuerzas para intentar contener el avance, pero los defensores nada pudieron hacer ante la superioridad numérica de los atacantes.
El general Isidoro Resquín, uno de los sobrevivientes, relata que “este último y sangriento combate en Cerro Corá duró nada menos que unos quince minutos (...) fue derrotado y vencido por completo el ejército (paraguayo), después de haber luchado cinco años, defendiendo la honra e integridad de su patria”.
En un primer enfrentamiento, el mariscal López, montado sobre su caballo, se enfrentó a golpes de espada con varios atacantes, ocasión en que fue herido de un lanzazo en el vientre por el brasileño Francisco Lacerda, el célebre Chico Diabo. También recibió un hachazo en la sien. Dos de sus oficiales lo cubrieron, para evitar que sea ultimado en ese lugar.

La cruz de los héroes, en un sector central del Parque. Derrama agua como lágrimas a una fuente.

LA MUERTE DE LÓPEZ.
El coronel Silvestre Aveiro, otro de los que acompañaron al mariscal López en ese momento final, cuenta que él le pidió que lo siga para salvarlo.
Se internaron a caballo en la espesura, hasta que ambos cayeron. Siguieron a pie, ayudándose, hasta orillas del Aquidabán Nigui. Se les unió el soldado Ignacio Ibarra. Fue allí donde fueron alcanzados por los brasileños. Apareció el general Cámara, quien según versiones le intimó a López a rendirse.
Relata el general Isidoro Resquín: “Al oír el mariscal López proferir semejantes palabras, les contestó con toda la energía de un valiente que no se rendía y que estaba dispuesto a sacrificar todo por su querida patria. Inmediatamente (...) recibió con heroísmo las balas de la fuerza de Brasil, con lo que entregó su vida al Creador”.
El coronel Silvestre Aveiro relata que Cámara intercambió algunas palabras con López, pero solo alcanzó a escuchar la palabra patria. “Después en Río de Janeiro se publicó y supe que cuando fue a intimarle rendición el general Cámara, había dicho López: ‘¿Me garante lo que le pido?’ Y con la repuesta de que no podía garantizarle más que la vida, había dicho: ‘¡Entonces muero con mi patria!’, levantando su espadín”.
Hasta ahora, 150 años después, se sigue discutiendo si López realmente pronunció la frase “muero con mi patria” o “muero por mi patria”.

Reliquias en el museo de entrada al Parque Cerro Corá.

MEJORAS EN EL PARQUE.
El lugar en donde el mariscal López fue ultimado, ocasión en que se puso fin a la Guerra Guasu, es hoy un Parque Nacional de 5.538 hectáreas, administrado por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Mades).
El Parque fue creado por decreto del dictador Alfredo Stroessner en 1976. Está ubicado en el Departamento de Amambay, en el Noreste del Paraguay, a 494 kilómetros de Asunción y a 40 kilómetros de la ciudad de Pedro Juan Caballero, junto a la frontera con el Brasil.
Un equipo de cinco guardaparques, dirigidos por una mujer, Perla Vázquez, se encarga del manejo y del control del espacio histórico y ambiental. Perla es pilarense y ocupa el cargo desde hace dos años. Es la primera mujer que dirige un parque nacional, rompiendo un esquema que hasta entonces había sido manejado solo por hombres. “Es una gran responsabilidad dirigir un espacio tan valioso, con tanta significación en la historia nacional. Recibimos muchos visitantes, durante el 2019 llegaron 16.750 personas, incluyendo a muchos turistas brasileños, argentinos y uruguayos, personas que son de países que pelearon contra el Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza, pero que sin embargo se declaran admiradores del mariscal López y muy a favor de la causa del Paraguay”, explica.
Ella relata que suele ver cómo muchos visitantes se emocionan y derraman lágrimas al llegar al lugar en donde López fue muerto por los soldados brasileños. “Es impresionante cómo la gente se sigue conmoviendo con esta historia, aunque haya transcurrido un siglo y medio”, apunta.
El Parque Cerro Corá, cuya infraestructura suele quedar olvidada durante gran parte del año, ha recibido un fuerte espaldarazo en obras de mejoramiento en la semana previa al 1 de marzo.
Cuando visitamos el lugar, varias cuadrillas de obreros trabajaban contra reloj, incluso con turnos nocturnos, para poder acabar a tiempo la reconstrucción de un sistema de pasarelas de metal, denominado Paseo de los Héroes, que conduce al sitio donde mataron a López, como a la simbólica tumba que le rinde homenaje a él y a su hijo Panchito, el coronel Juan Francisco López Lynch, asesinado a pocos metros de donde murió su padre, cuando solo tenía 15 años de edad. Además, se restauró el sistema hidráulico que arroja agua desde la gran cruz en el centro del parque y se dotaron rampas inclusivas al monumento principal, en donde se llevará a cabo el acto de evocación por los 150 años.

Visitantes en Cerro Corá, el mayor Hugo Ojeda y su familia,

EL MARISCAL EN LA MEMORIA.
A 150 años de su muerte, Francisco Solano López sigue provocando pasiones, dividiendo a sectores del Paraguay, como a los propios historiadores, en “Lopistas” y “antilopistas”, entre quienes lo consideran “héroe máximo” como a quienes lo llaman “tirano” y el principal responsable de una guerra que diezmó al Paraguay.
El historiador Hérib Caballero Campos declaró al periódico británico The Guardian que ningún otro país latinoamericano ha pasado por lo que pasó el Paraguay con la Guerra de la Triple Alianza. “Es por eso que (la Guerra) ha dejado una marca tan fuerte en la conciencia colectiva paraguaya”, indicó.
La figura de Francisco Solano López, declarado oficialmente como “Héroe Nacional sin Ejemplar” por el Gobierno del general Rafael Franco, en 1936, que decretó el 1 de marzo como el Día de los Héroes, ha sido reivindicado por gobiernos de grandes estadistas demócratas como el liberal Eligio Ayala, por dictaduras de derecha como la del general Alfredo Stroessner, mientras en las antípodas ideológicas, el entonces clandestino Partido Comunista Paraguayo mantenía un grupo de guerrilla que combatía a Stroessner con el nombre de Columna Mariscal López, bajo el mando del legendario comandante Agapito Valiente. También el actual grupo armado criminal denominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) adopta como símbolo al Mariscal López.
“El Lopismo es una construcción ideológica estructurada en los años 20, como forma local del nacionalismo. Como muchos nacionalismos, porta contenidos fuertemente antidemocráticos y militaristas, defendidos primero por los colorados, asumidos desde la década del 30 por el partido comunista paraguayo y por la derecha nacionalista liberal” ha señalado la historiadora Milda Rivarola, una de las investigadoras con posturas críticas ante la figura del mariscal.
Desde otro ámbito, el político e historiador uruguayo Vivia Trías, ha señalado que “los López demostraron que era posible y viable un modelo de desarrollo liberador de nuestras patrias. Probaron el acierto de Moreno y Artigas. Para que su experiencia fracasara hubo que aniquilarla con una guerra implacable y abrumadora. Pero la propia guerra demostró cuán difíciles, arduos e inciertos son el desarrollo y la liberación sin la unidad continental; en especial para las naciones pequeñas. La idea vive y es más necesaria que nunca. Hoy hay que unir patrias y no provincias. El problema es distinto, pero la solución es la misma: Unidad y liberación. Es un largo y dramático proceso, plagado de esperanzas y desengaños, de sombras y de luces. Entre las últimas, pocas tan deslumbrantes y alentadoras como el Paraguay de los López”.

La lista de los principales oficiales caídos en Cerro Corá. Monumento en el lugar.
CERRO CORÁ, A 150 AÑOS.
El mayor de Caballería Hugo Ojeda es uno de los visitantes a quien encontramos en Cerro Corá. Aprovechando días libres, él ha llegado desde Pilar con su esposa y su hija para conocer por primera vez el sitio donde murió el mariscal.
“Como paraguayo y como militar, admiro la manera en que defendió la soberanía territorial de nuestro país, el principio de nuestra independencia. Se puede hacer muchas críticas, pero tenía valores que pocos gobernantes tuvieron después”, señala.
Detrás de él y sus familiares encontramos a un grupo de visitantes brasileños. “A nosotros, en el Brasil, nos enseñan en la escuela que la Guerra del Paraguay fue para liberar al país de un tirano, pero creo que esa no es la verdad. Leí a otros autores que muestran que Solano López fue un héroe. Por eso venimos a conocer el lugar donde murió”, relata Moacir Ferreira, comerciante de Corumbá, Mato Grosso do Sul.
Tanto el militar paraguayo como el comerciante brasileño han coincidido aquí, 150 años después. Ambos se mantienen en silencio mirando al busto de metal de aquel hombre odiado o admirado, dejando que el rumor de las aguas del Aquidabán Nigui les cuente su propia historia.

Perla Vázquez, jefa encargada del Parque Nacional Cerro Corá, con su equipo de guardaparques.

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(Crónica publicada en la edición impresa del diario Última Hora de Asunción, sección Política, edición del domingo 1 de marzo de 2020).