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jueves, 5 de julio de 2018

Las reinas de nuestra familia



Hortensia Espinoza y Luisa Gutiérrez son las dos hermanas de mi madre que siguen vivas, exponentes de una estirpe de mujeres que sostuvieron a una gran familia, desde la época de las residentas y destinadas de la Guerra del 70, en nuestro querido pueblo natal Yhú, Caaguazú.
La historia inicia con María Ana Paredes de Villagra, mi bisabuela, la mujer yhuense mencionada en las memorias de Madame Teodora Dupratt de Laserre, como la heroína que desafío las prohibiciones para brindar ayuda humanitaria a las destinadas que llegaron a Yhú en marzo de 1869, enviadas en confinamiento por el Mariscal López, donde permanecieron hasta setiembre del mismo año, confinadas en un campo que queda a la salida del pueblo, conocido como Destinadas campamento kue, para luego seguir viaje hasta Espadín.
La hija de María Ana, María Abdona Paredes (Ña Doña), mi abuela materna, se casó y enviudó dos veces. Primero con Eliezer Espinoza, con quien tuvo 9 hijos: Blas (Pachito), Obdulia (China), Sixto, Víctor Eloy, Solano, Deolinda, María Dorila (Pochó), María Teresa y Hortensia. Tras la muerte de su primer marido, se casó con Pío del Rosario Gutiérrez, con quien tuvo tres hijos más: Luisa, Pío del Rosario (Tatito) y Nilda (nuestra mamá).
También hay otra línea de hermanos Espinoza, por parte del primer abuelo Eliezer. En esta línea, nuestros queridos tíos son: Gregorio (Gollo), Manuelito, Salvador, Julián, Emilio.
Como en gran parte de la historia paraguaya, son las mujeres las que sostuvieron y sostienen a nuestra numerosa y disgregada familia, criando hijos ante las ausencias masculinas -muchas veces dolorosa por guerras, asesinatos, conflictos-. Son nuestras heroínas.
El fin de semana entre junio y julio, los parientes de varias generaciones de Espinoza y Gutiérrez nos hemos reunido en nuestra amada patria chica, el modernizado y ecológico Yhú, para rendir homenaje a estas dos reinas. El pretexto fue el 93 cumpleaños de Tía Hortensia y una previa del cumple 87 de Tía Luisa (que será en agosto). Una fiesta hermosa, familiar y multitudinaria, que permitió conocernos y reconocernos.

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(Las fotos son de Desirée Esquivel).

Parte de la familia Espinoza-Gutiérrez, en la noche de homenaje a las tías.

Luisa Gutiérrez y Hortensia Espinoza, en la calle principal de Yhú.

Plaza y portal de entrada a Yhú, desde San Joaquín.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Un "pesebre ecológico" despierta gran admiración en Isla Pucú



Un gigante y artístico pesebre, realizado con más de 4.000 botellas de plástico reciclado, es motivo de admiración en la ciclovía de Isla Pucú, Cordillera. Es obra del joven pintor y escultor Diego Martín Diarte, quien también exhibe un imponente retablo de semillas en la iglesia local.

Historias de #Navidad

Andrés Colmán Gutiérrez - @andrescolman
Fotos y video: Desirée Esquivel
Edición de video: Mathias Melgarejo


Estaban destinados a convertirse en basura... pero se volvieron objetos de arte y hoy brindan el rostro de una de las Navidades originalmente más atractivas del Paraguay a la histórica ciudad de Isla Pucú, en el Departamento de Cordillera.
El "pesebre ecológico", instalado en la ciclovía de entrada a la localidad cordillerana, está hecho con botellas de plástico que habían sido fabricadas para una conocida marca de aguardiente de caña, pero acabaron defectuosas y el joven pintor y escultor local Diego Martín Diarte quiso darles un mejor destino.
"¿Qué mejor que convertir la basura en arte, aprovechando esta época de Navidad para transmitir un mensaje sobre la necesidad de reciclar los plásticos y cuidar el medio ambiente?", propone Diego, quien convenció al intendente municipal de Isla Pucú, Hugo Fleitas, de patrocinar la obra artística que actualmente es la mayor atracción en la comunidad.
Se trata de un gran pesebre con siete enormes figuras de 2,5 metros de altura, que representan a San José, la Virgen María, el Niño Jesús (el único más pequeño), el Ángel Gabriel y los tres Reyes Magos, armado con más de 4.000 botellas, pintadas con diversos colores. Cada figura lleva más de 500 botellas, salvo el Niño Jesús, que lleva un poco menos.
"Ya había hecho una primera versión el año pasado, solo con las figuras de San José, María, el Niño y el Ángel, pero este año quisimos hacer algo mucho mayor y le agregamos a los tres Reyes Magos, poniéndolos además en un sitio más visible, en la ciclovía de la entrada a la ciudad", explica Diego.
Los viajeros que pasan en auto por la ruta que une a Eusebio Ayala con Caraguatay no pueden evitar detenerse a observar el pesebre, tomarse fotos y selfies para el recuerdo. El pesebre es particularmente atractivo en horas de la noche, cuando unos potentes reflectores lo iluminan y le dan un aire mágico, con aires navideños.

Diego Martín Diarte entre las figuras de su creación, en el pesebre ecológico gigante de Isla Pucú.

Una ciudad con toque ambiental y artístico

A 84 kilómetros al este de Asunción, Isla Pucú era conocida antiguamente como Ka'aguy juru, lugar donde el 18 de agosto de 1869 se libró la última gran batalla de la Campaña de las Cordilleras, durante la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).
De aquel tupido bosque que se iniciaba allí, tras los campos de Acosta Ñu, no queda casi nada. Todo ha sido deforestado con el tiempo, pero las actuales autoridades y los pobladores buscan darle a la comunidad un toque ambiental y artístico, rescatando el valor de la historia y agregándole obras de arte regional y paisajístico.
Antes de llegar a la ciudad, al costado de la ruta, un enorme mural recrea un cuadro de la Batalla de Ka'aguy juru, junto a enormes letras con el nombre de Isla Pucú. Más allá, un pintoresco portal da la bienvenida, en medio de un jardín de frondosos árboles con los troncos pintados con los colores de la bandera paraguaya.
La ciclovía es, a la vez, una galería de arte al aire libre, donde ahora se exhibe el pesebre ecológico, cuyas piezas estarán instaladas hasta febrero. Al término del recorrido está el mural Tupasy del Rosario, también realizado por Diego Martín Diarte, que rinde homenaje a la santa patrona, la Virgen del Rosario y rescata parte de la historia en torno a la imagen.
"En tiempo de la Guerra de la Triple Alianza, poco antes de la batalla de Ka'aguy juru, una familia que venía huyendo de los invasores trajo una imagen de la Virgen del Rosario, que protegió al pueblo. En mi obra, de estilo mosaico, reproduzco esa imagen y un fragmento de la cruz de madera que quedó chamuscada en el combate", cuenta Diego.
El mural tiene tres metros de alto por dos de ancho, y la técnica es de mosaico con venecitas, azulejos, espejos y cristales reciclados. El mural ha sido declarado patrimonio cultural de la ciudad por la Junta Municipal de Isla Pucú.

Los retablos hechos con semillas, en el templo parroquial de la Virgen del Rosario, en Isla Pucú.

Creando arte con semillas

En el interior de la histórica iglesia de Isla Pucú, el templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario, hay otras dos significativas obras de Diego Martín Diarte.
Se trata de dos enormes retablos realizados enteramente con semillas vegetales, inspirados en la obra del artista misionero Koki Ruiz, quien realizó el retablo de maíz para la visita del papa Francisco al Paraguay, en 2015.
"La obra de Koki me inspiró en la técnica utilizada, aunque mi estilo es diferente", explica Diego, quien en 2016 hizo un primer retablo de semillas en homenaje a la Virgen de Caacupé, que actualmente se guarda en la Basílica menor de la capital cordillerana.
En la Iglesia de Isla Pucú hay un retablo tras el altar, y uno más nuevo a un costado, que es más imponente y ha sido trabajado con una técnica mucho más cuidada, incorporando luces de colores, por lo que es recomendable observarlo de noche. Muestra a un Jesús con los brazos abiertos, con un enorme corazón en cuyo interior está la imagen de la Virgen.
El cuadro tiene cuatro metros de alto y tres de ancho y en su elaboración se usaron más de 97 kilos de 19 tipos de semillas, principalmente de maíz, arroz, porotos de varios tipos y colores, girasol, lino, soja, mijo, alpiste, melón, arroz, sésamo y semillas exóticas como la leucaena, todos en color natural, apenas resaltados por un barniz que le da protección. Le llevó 45 días de trabajo y contó con la colaboración de varios jóvenes de la comunidad.
Diego tiene 23 años, es ingeniero comercial y licenciado en administración de empresas. Se declara artista autodidacta, ya que no tiene ningún estudio académico en pintura o escultura.
"Siempre me gustó crear obras artísticas, desde niño, y quiero contribuir a que mi comunidad sea conocida por la expresión de su arte y el rescate de su historia, que la gente venga a mirar y conozca a Isla Pucú como un lugar donde también creamos cultura", destaca.
Afuera, varios autos se detienen frente al pesebre ecológico. Es noche cerrada y las imágenes parecen salidas de un cuadro de fantasía. Un niño se desprende de la mano de sus padres y corre a abrazar al otro niño acostado en el pesebre, y posa sonriente para la foto.
-¡Mirá, mamá...! ¡Es un mita'i hecho de botellas! –exclama.
Y luego, mirando a sus progenitores con un tono de reproche:
-¡Y nosotros, que siempre tiramos nuestras botellas...!



sábado, 24 de junio de 2017

Agustín Barrios Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya


Dicen que ante la negativa del Gobierno paraguayo a que actúe en el Teatro Nacional, el gran guitarrista y compositor Agustín Barrios Mangoré decidió dar su último concierto en la Plaza Uruguaya, en enero de 1925.
“El concierto se realizó al aire libre, en la Plaza Uruguaya, en el que colaboraron amigos y simpatizantes, entre ellos Dionisio Basualdo para la organización. El escenario era un tablado improvisado para la ocasión. Al inicio del concierto la avalancha del público por verlo de cerca hacía peligrar la estabilidad del frágil escenario abandonado por Barrios a tiempo, pues se venía abajo…”, narran Luis Szaran y Sila Godoy, en su obra Mangoré, vida y obra de Agustín Barrios,
Al final del concierto, el músico emocionado, a manera de adiós al Paraguay, leyó el emotivo soneto de su autoría:

¡Cuán raudo es mi girar! Yo soy veleta
que moviéndose a impulsos del destino,
va danzando su loco torbellino
hacia los cuatro vientos del planeta.

Llevo en mí el plasma de una vida inquieta,
y en mi vagar incierto, peregrino,
el arte va alumbrando mi camino
cual si fuera un fantástico cometa.

Yo soy hermano en glorias y dolores
de aquellos medioevales trovadores
que sufrieron románticas locuras.

Como ellos también, cuando haya muerto,
Dios sólo sabe en qué lejano puerto
iré a encontrar mi tosca sepultura.

Fue la última vez que Mangoré actuó en su patria.
Dolido, se alejó para nunca más volver…
Murió en San Salvador, en 1944, donde es un ídolo nacional.
En los primeros días de este culturoso junio de 2017, a pesar de todo, Mangoré regresó a la Plaza Uruguaya.
Está allí, encarnado en una estatua, con su guitarra inmortal.
En frente, sentado en un sillón en actitud pensativa, también desde este junio cuasi invernal, lo contempla otra gran gloria de la cultura paraguaya, el escritor Augusto Roa Bastos.

***

Roa Bastos cuenta que siendo niño llegó por primera vez desde Iturbe a Asunción en compañía de su madre, bajó en la Estación del Ferrocarril y cruzó a la Plaza Uruguaya, donde tuvo una de la visiones más impactantes: era la estatua de una mujer pintada de blanco, en cuya boca abierta bajaban los pajaritos.
En su imaginación febril, él vio que la mujer cerraba la boca y se comía a los pajaritos.
Años después utilizó ese recuerdo para cerrar su relato Estaciones, el tercer capítulo de su novela Hijo de Hombre, en donde el episodio de la estatua que comía pajaritos es contado por el protagonista, el teniente Miguel Vera.
Ahora Roa Bastos también está allí, encarnado en una estatua, no lejos de la mujer de blanco y frente a la del gran músico Mangoré.

***

En un relato autobiográfico de Roa Bastos, divulgado en en el libro de Rubén Bareiro Saguier, Augusto Roa Bastos: Caídas y resurrecciones de un pueblo, se narra que el gran escritor francés Antoine de Saint Exúpery, autor de El Principito, estuvo en Asunción en enero de 1930, como piloto y director de la Aeroposta Argentina.
Se encontró con el poeta paraguayo Hérib Campos Cervera en esa misma plaza.
“Se sentaron a conversar en la Plaza Uruguaya y Hérib, en su mal francés, le relató el último concierto que el guitarrista Agustín Barrios dio allí, tras acarrear él mismo los bancos de la plaza para que la gente pudiera sentarse…", cuenta Roa.
El episodio está recreado en mi cuento El Principito en la Plaza Uruguaya, en el libro homónimo publicado por la editorial Servilibro.

***

Mangoré, Roa Bastos y El Principito en la Plaza Uruguaya.
Senderos que se bifurcan y vuelven a cruzarse.

¿Quién dice que las plazas de Asunción no están tan pobladas de historia y de cultura…?




martes, 4 de agosto de 2015

Existencialismo en el Mercado 4


 -¿Qué pio estás buscando, che rey…?
La pregunta de la chica vendedora de la calle Pettirossi, que te toma del brazo al pasar como si quisiera secuestrarte, aparentemente no tiene otra intención que la de venderte alguna cosa para salvar su día… pero no por eso deja de ser filosóficamente interpeladora, shakespearianamente existencialista.
¿Cómo decirle a esa bella y mal pagada trabajadora de comercio que esa es justamente la pregunta que nos turba el sueño a quienes nos sentimos perseguidores de los misterios del universo, a quienes andamos por la vida buscando territorios que no existen en los mapas...?
¿Cómo decirle lo mucho que nos gustaría que en su abarrotada tienda del Mercado 4 ella disponga de algunos de los artilugios que andamos buscando desde el principio de los tiempos: una guía de turismo que nos lleve hasta El Dorado, los restos del Arca perdida, la lanza del Destino, el martillo de Thor, la espada de Arturo, algún barco que zarpe en odisea hacia la isla de Ítaca, la entrada secreta a la laberíntica biblioteca de Borges, el próximo vuelo a Casablanca, la última expedición para el Yvy Maraney…?
Lamentablemente, de eso no hay. 
Solo ropas, calzados, devedés piratas, celulares reciclados, sombreros, planteras, cigarros… ¿No querés pio llevar?

En la fronteriza Ciudad del Este, donde me tocó en suerte habitar durante más de tres años, las invitaciones de las vendedoras que te asaltan en las atestadas veredas de la avenida San Blás son más sensuales, concretas y portuñolmente pragmáticas:
-¿Qué estás procurando, meu anyo? ¿Viagra, camisiña, videogueim…?

En la céntrica y asuncena Calle Palma, los tipos con abultados portafolios y jarras de tereré nunca te preguntan nada. 
Sus pregones suenan más a órdenes financieras:
-¡Cambio, patrón…! ¡Euros, dólares, pesos, real…!

Si de preguntas existenciales hablamos, la que más me impactó fue la de un policía que nos salió al paso, en el puesto de control del Cruce Tacuara, sobre la ruta Cuarta, la última vez que viajamos a Pilar con un móvil de ÚH.
Como si fuera un solitario Hamlet en medio de los desérticos humedales del Ñeembucú, a contraluz de un horizonte que se incendiaba con los vivos colores del atardecer, el oficial nos hizo señas de que paremos el vehículo, se acercó a la ventanilla del chofer y disparó a boca de jarro:
-¿Cuál es su destino, señor…? 

lunes, 16 de marzo de 2015

Yhú se integra al mundo


Después de más de cien años de soledad, luego de siglos de aislamiento, montones de promesas políticas nunca cumplidas, millones de guaraníes del dinero público robados... finalmente mi querido pueblo natal, Yhú, deja de ser “una aldea perdida en el sopor de la ciénaga”, tal como el maestro García Márquez imaginó a su propia natal Macondo-Aracataca.
Este martes 17 se inaugura finalmente la Ruta 13, Caaguazú-Yhú-Vaquería, de 64 kilómetros, una ruta aún sin nombre oficial, pero que ya se ha ganado hace rato el nombre oficioso de “La Ruta de la Mentira”, por lo mucho que nos habían mentido hasta ahora acerca de esta obra vial. Para lograr que se haga, los pobladores tuvieron que realizar incontables movilizaciones, cierres de rutas, sufrir represiones policiales, hasta finalmente conseguir que les hagan caso.
Recuerdo mi infancia en ese pueblo mágico, en que la travesía de casi 50 kilómetros hasta salir al asfalto en Caaguazú –es decir, “la Civilización”- era una aventura cotidiana de largas horas –que se convertía en largos días, si acaso llovía y se clausuraban las barreras del MOPC-, en los destartalados micros o “mixtos” (camiones con carrocerías de madera donde iban los pasajeros, sentados en bancos de tablas, muchas veces incluso sentados sobre el techo, por la gran cantidad).
Uno de esos indómitos choferes de ómnibus de batalla, durante muchos años, fue mi recordado papá, Andrés “Chi’ito” Colmán, y uno de los fundadores de las primeras líneas de transporte, la mítica flota de ómnibus “Santa Ana”, fue mi tío Felipe Salmena, cuya labor pionera hoy prosigue mi primo Nene.
Yhú ya era un rincón perdido del resto del Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza, cuando el mariscal López lo eligió como el lugar de castigo para enviar a las tristemente famosas “destinadas”, cientos de mujeres castigadas por ser esposas, o madres, o hijas, novias o amantes de sospechosos de oponerse a su liderazgo durante la Guerra, incluyendo en el grupo a su propia madre y hermanas. Tengo por allí un cuento inédito que relata justamente la valentía de una mujer yhuense en oponerse a su entorno y al poder para ayudar samaritanamente a esas mujeres sometidas al escarnio.
Yhú también fue el lugar elegido por la dictadura stronista para enviar de castigo a los opositores políticos (“confinamiento” le llamaban a esa modalidad autoritaria de exilio interior), como ocurrió en los 80 con Rubén Darío Verón, compañero del abogado fernandino Mario Milciades Melgarejo.
Ahora mi querido Yhú –al igual que su vecina Vaquería y sus muchas compañías rurales- rompe por fin su aislamiento de siglos y se integra a la dinámica económica del Paraguay actual.
Es un proceso que tiene sus luces y sombras, porque junto al progreso también avanzan las contradicciones. El cerco de la sojalización sin límite y sin control, y la expansión de los cultivos ilegales de marihuana, van tejiendo también su red siniestra, con su dinero sucio, marcado de violencia e inseguridad.
Pero junto a la ruta llegan seguramente mejor educación y salud, más alternativas de producción y una nueva dinámica empresarial.
Ojalá todo eso no desdibuje nuestra identidad, y seamos capaces de fortalecer los valores de solidaridad y hospitalidad que siempre nos caracterizó a los y las yhuenses.
¡Felicitaciones, mi querido pueblo natal..!
Te debo mucho de lo que soy, a pesar de mis largas ausencias.
Pronto estaré por allí, para brindar contigo por esta nueva etapa.

La ruta a Yhu, antes del asfalto, en la zona de cruce del arroyo Yhu, desbordado por lluvias. 
La misma zona, actualmente, luego de la construcción de la ruta.

miércoles, 17 de julio de 2013

Luis Szarán, un músico entre los inundados


El creador de Sonidos de la Tierra es uno más entre miles de pobladores que debieron abandonar sus casas, ante la crecida del río. Resistió hasta último momento, buscando transmitir fuerza a los demás damnificados.

Por Andrés Colmán Gutiérrez –Twitter: @andrescolman

La imagen es conmovedora. Sentado en un sillón, solitario en medio del agua, con el nivel que le llega hasta las rodillas, el destacado maestro y director de orquesta, Luis Szarán, contempla el distante paisaje del centro de Asunción, al otro lado del vasto río desbordado, mientras a su alrededor varias casas van siendo tragadas por la inundación.
La leyenda que acompaña a la foto también es expresiva: "Resistiendo a la creciente del río Paraguay". La imagen fue alzada a la red social Facebook, en internet, pero la mayoría de los que la comparten se declaran confundidos. ¿Qué hace allí el maestro Szarán? ¿Es una producción fotográfica para algún espectáculo? ¿Se está inspirando para componer una sinfonía sobre la creciente?
"Soy uno más entre los miles de damnificados por la inundación. El río también ha cubierto mi casa y me he visto obligado a mudarme. He resistido hasta el último momento y las fotografías las tomamos como una manera de dar coraje a los damnificados, a la sufrida y buena gente de la zona", relata Szarán.
Las imágenes fueron captadas hace una semana, en la casa que el músico tiene en el Banco San Miguel, en el complejo del Club Mbiguá, en el extremo de la Bahía de Asunción, frente al Puerto de la ciudad. Es un lugar de ensueño, de gran belleza paisajística, pero que en estos días se ha convertido en un infierno, por los efectos de la inundación.

Un director de orquesta nacido junto al agua

Director de orquesta, compositor e investigador musical, Luis Szarán es uno de los artistas paraguayos más conocidos internacionalmente. Director titular de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA) y director de la Orquesta de Cámara Philomusica de Asunción, su mayor creación es Sonidos de la Tierra, un ambicioso programa de integración social y comunitaria a través de la música, que -en palabras de su propio creador- busca combatir la violencia juvenil y potenciar la autoestima, incentivar la creatividad y el espíritu emprendedor, el trabajo en equipo y las actitudes democráticas.
Con el lema "el joven que durante el día interpreta a Mozart por la noche no romperá vidrieras", en una década logró que unos 10 mil  niños y jóvenes de escasos recursos reciban capacitación y hoy formen parte de elencos artísticos en 172 pueblos y ciudades del Paraguay.
Pero, ¿quién pensaría que Szarán sería hoy uno más entre los casi 2.000 pobladores damnificados por la creciente, en Asunción?
"Yo siempre viví cerca del agua, es algo que me marca mucho. Fui concebido a orillas del río Tebycuary, en Yuty, en una zona conocida hoy como 'Szaran Cue'. Pasé mi infancia en Encarnación, sintiendo de cerca las crecientes del Paraná. En Yuty, donde vivía mi papá, que era agricultor, cuando llovía mucho, el río rebosaba y se esparcía, tapando los caminos. De allí viene mi teoría jocosa sobre el origen del nombre Tebycuary, que a la menor lluvia ya desborda, como cuando alguien tiene diarrea", relata el músico, con tono humorístico.

Aquella inundación que casi le cuesta la vida

El tema de la inundación también le trae recuerdos tristes al maestro Luis Szarán, sobre algunas duras experiencias vividas durante su infancia campesina, en Yuty.
"Una vez llovió durante varios días y nos quedamos sin provistas. Yo tenía cinco años de edad y fuimos a caballo con mi hermano mayor hasta el pueblo, que quedaba como a 15 kilómetros. Era imposible saber cuál era el sendero original, porque era todo agua y los animales pierden así la memoria de su ubicación, que es también el drama de la gente, ahora", narra.
Tras adquirir las provisiones, Luis y su hermano regresaron a caballo por el camino desbordado, hasta la finca familiar. Fue entonces cuando les ocurrió un grave accidente.
"Al intentar cruzar por un puentecito, perdió pie el caballo de mi hermano y le arrastró la corriente. Yo iba detrás de él, colgado del cuello del caballo, porque el mío iba con una cuerda sujeta al caballo delantero. Mi hermano se atajó de una rama y me gritaba para que no suelte al caballo, que ya no hacía pie. Casi no recuerdo cómo fue que salimos y llegamos a casa. Solamente me acuerdo de la cara de mi mamá, cuando vio que todas las galletas que trajimos estaban mojadas, la yerba sin sabor y el azúcar que endulzó las aguas del riacho Y aka mí, que desemboca en el Tebycuary. Por un pelo, no iba a poder contar esta historia", refiere.


Del Lago Ypacaraí al río Paraguay

Ya consagrado como un gran director orquestal, entre 1980 y 1995, Luis Szarán se estableció en una residencia en Areguá, frente al Lago Ypacaraí, en la zona de Estanzuela, siempre atraído por el embrujo del agua.
"Quince años de mi vida los pasé en ese paraíso, en Areguá. Al volver de los ensayos de la OSCA, por la noche entraba a nadar en el Lago. Pude ver su lento deterioro y las promesas de todas las comisiones que se arman cada año, después de los plagueos de la prensa. Son comisiones de las que formé parte alguna vez y que duran hasta que pasa el verano, hasta las primeras lluvias de abril...", cuenta.
La experiencia de testimoniar la progresiva destrucción del Lago Ypacaraí es para él un símbolo de lo que ocurre en el Paraguay y el tercer mundo. "Lugares donde se repiten todo el tiempo los mismos problemas, cambiando los protagonistas, y donde nunca hay solución. Llámese: corrupción, medio ambiente, inseguridad, estado de las calles...", comenta. Una triste realidad que Szarán buscó y sigue buscando cambiar con su trabajo musical, principalmente desde el proyecto Sonidos de la Tierra.
"Finalmente, me enamoré de la Bahía de Asunción y pude comprar una casa en el Banco San Miguel, dentro del complejo del Club Mbigua. Viví allí cuatro años, de 1995 al 2000, y ahora regresé de nuevo, un poco antes de que también me convirtiera en un damnificado por la inundación", precisa.
En estos días, Szarán, quien compartía la vivienda con sus hijos y con su amigo Rafael "Palilo" Jiménez, campeón de pesca, fue testigo y protagonista de cómo el avance de las aguas del río iban dejando sin hogares a muchas humildes familias ribereñas.
"Conozco a toda la gente de esa zona aledaña. Son pescadores, gente buena y emprendedora. No hay delincuentes, pero estos vienen de otros sitios, cada tanto. Es muy fuerte ver y sentir la impotencia de no poder detener la suba del agua, ver como la gente resiste hasta el último momento, y finalmente se van replegando, de modo inevitable. Me sentí uno más entre ellos, por eso hice esas fotos resistiendo en medio del agua, buscando darles coraje", explica el maestro.
Szarán sabe que él es un privilegiado entre los muchos damnificados por la inundación, porque tiene la posibilidad de ir a vivir temporalmente a otro lugar seguro y confortable, mientras que a la mayoría de los demás pobladores solo les queda la opción de instalarse en algún precario campamento, en un terreno baldío, en una cancha o una calle.
Por eso, en medio de la evacuación y la mudanza de su casa inundada, él no ha suspendido su intensa actividad en el programa Sonidos de la Tierra. Sabe que esa es su manera de ayudar a que las cosas cambien un poco más. Y también sabe que, más temprano que tarde, el río bajará otra vez de nivel y habrá que volver y empezar de nuevo, como en la bella canción de Maneco Galeano, Soy de la Chacarita, que el maestro ha interpretado tantas veces:  

Mi casita su puerta perdió, la invadieron las aguas,
en canoa de penas subí, emigré, emigré hacia la altura,
pero un día a mi hogar volveré, erguiré sus paredes
aliado al trabajo, al sol, a la fe, crisol de mi esperanza.

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(Reportaje realizado para UltimaHora.Com - julio de 2005).

domingo, 17 de marzo de 2013

Historia de cómo se inició la Semana Santa en Tañarandy




La fachada de la Catedral ideada por Gaudí resplandece en medio de las sombras, en Tañarandy.

#CrónicasDeLaMemoria

Por Andrés Colmán Gutiérrez

(Este ensayo forma parte del libro Tañarandy, la revolución del arte, publicado en 2012, con fotografías de René González. Versión actualizada).

Una inmensa galería de arte al aire libre. Una utópica aldea rural en el interior del Paraguay, con humildes casas pintadas en alegres y coloridas imágenes de estilo naif. Veinte mil personas caminando sobre una alfombra de estrellas encendidas, en medio de la noche. El cuadro de La última cena de Leonardo Da Vinci encarnado por autores campesinos en medio de un verde anfiteatro natural. Verdes y bucólicas calles sin asfalto, limpias y cuidadas, con basureros floridos, con carteles poéticos, con señales de tránsito diseñadas como si fueran cómicos dibujos animados. Gente simpática, orgullosa y hospitalaria, que te abre de par en par las puertas de su casa y las de su corazón. Un lugar en donde la religiosidad y la cultura popular son una permanente clave de identidad, una vital tradición que se renueva, una festividad colectiva permanente. 
Imagina todo eso e imaginarás Tañarandy.

Semana Santa en la tierra de los irreductibles

Cuando el Sol empieza a caer detrás del verde horizonte, se encienden las fogatas y se inicia el momento mágico.
Más de quince mil luminarias, hechas con cáscara de apepu bordean los tres kilómetros del sendero de tierra de la calle principal, conviertiendo al Yvaga rape (camino al Cielo) en una especie de alfombra llameante, sobre la cual transitan las personas con la sensación de andar entre estrellas.
Acompañando a la procesión de la Virgen de los Dolores, la multitud avanza lentamente, candiles de colores en las manos, flotando en el quejumbroso canto de los estacioneros, noche adentro, país adentro, al encuentro de las raíces de una identidad más antigua que la memoria.
Es Viernes Santo en el pequeño poblado campesino de Tañarandy, en las afueras de la ciudad de San Ignacio Guasu, Misiones, a unos 226 kilómetros de Asunción. La celebración de la Semana Santa Yma Guaré -parte de una expresión artística comunitaria conocida como “barroco efímero”, protagonizada por los moradores de Tañarandy y dirigida por el pintor Koki Ruiz- se encuentra en su momento de apogeo.
La experiencia, iniciada de manera experimental en 1992 con un reducido grupo de pobladores, ha ido creciendo hasta convertirse en todo un fenómeno religioso, artístico, cultural y turístico, que año tras año convoca a una impresionante multitud de personas, que llegan desde diversos puntos del Paraguay y del exterior.
Ya es noche cerrada cuando la procesión se acerca al gran anfiteatro natural de la Fundación la Barraca, a la entrada del pueblo, donde el espectáculo central tendrá su momento culminante, con un gran montaje que cada año sorprende por su variedad.
Suenan en vivo las arpas barrocas. Voces líricas entonan canciones de época. Se encienden luces y reflectores para configurar escenas oníricas en rústicos escenarios. Escenas de obras maestras de la pintura universal son recreadas por actores de carne y hueso. Tecnología digital multimedia combinada con la creatividad más artesanal. Todo contribuye a la creación de un clima sensorial que durante pocos minutos envuelve al público en un estado de éxtasis que resulta difícil de describir y de narrar.
El Viernes Santo convoca a una muchedumbre estimada entre 15.000 a 20.000 personas, que desborda los espacios geográficos de Tañarandy, buscando apropiarse de sus secretos, de sus encantos y sus misterios.
Promocionada por los catálogos turísticos como “la mayor y más espectacular celebración de la Semana Santa en el Paraguay”, la “celebración de las luces” de Tañarandy es, sin embargo, mucho más que una multitudinaria procesión religiosa, un gran espectáculo cultural o un exitoso evento turístico. Es la conmovedora historia de una comunidad que, alentada por el artista Koki Ruiz, supo descubrir en su propia memoria, en su tradición cultural y religiosa más antigua, y en el arte incorporado como forma de expresión y organización social, la esencia vital que le ayudaría a dejar atrás todos los años de soledad para conectarse y proyectarse al mundo sin traicionar ni modificar su propia identidad.

La procesión de Yvaga rape, en la noche del Viernes Santo, por la calle principal de Tañarandy.
Los tañarandygua:  Herejes y demonios irreductibles

Hace más de cuatrocientos años, cuando los misioneros de la Compañía de Jesús iniciaron la fundación de sus legendarias Reducciones Jesuíticas en la región Sur del Paraguay, hubo pueblos de indios que se resistieron a ser “reducidos” e incorporados al proyecto misionero.
Uno de ellos se encontraba muy cerca de la Misión de San Ignacio Guasu, fundada el 29 de diciembre de 1609. Su feroz resistencia a la cruzada evangelizadora y su actitud rebelde e insumisa le valieron a sus habitantes el rótulo de “demonios” (aña, en guaraní) y herejes.
Es el mismo pueblo conocido hasta nuestros días con el nombre de Tañarandy.
Investigando acerca del origen de la denominación, Koki Ruiz encontró una carta del misionero jesuita Roque González de Santacruz –canonizado como el primer Santo paraguayo- en el que menciona que “a solo media legua” (dos kilómetros y medio) de donde se encontraba la Misión de San Ignacio Guasu, estaban aquellos que no querían formar parte de las Reducciones, viviendo “en estado salvaje”.
Desde hace más de una década, un colorido cartel explica a los visitantes: “Tañarandy (tierra de los herejes o demonios). En la actualidad, el revisionismo histórico le otorga el significado equivalente de: tierra de los irreductibles”.
Esta marginación casi voluntaria de la aldea se mantuvo con el tiempo.
Hasta principios de 1990, Tañarandy era una compañía rural en los suburbios de la ciudad de San Ignacio, habitados por campesinos considerados humildes e incultos, aquellos que en la visión cultural campesina guaraní del Paraguay son considerados como campaña gua o koyguá (habitantes del campo, poco instruidos), y hacia quienes existía tradicionalmente cierto sentimiento de desvalorización, marginación o desprecio, por parte de los ciudá gua (habitantes de la ciudad).
“Cuando era niño (entre 1950 y 1960), la gente de la ciudad siempre se refería a los pobladores de Tañarandy con prejuicios, con un tono burlón, considerándolos los koyguá, los campaña gua. Tañarandygua era una especie de insulto, de burla”, recuerda Ruiz.
La granja de los abuelos de Koki – convertida en centro y espacio de creación de toda su actividad cultural y donde actualmente vive con su familia- se encuentra a la entrada a Tañarandy. El artista recuerda que en el seno de su propia familia, prácticamente tan tañarandyguá como sus vecinos, se manejaban los mismos prejuicios discriminadores: “Una de nuestras hermanas nació aquí, en la estancia de mis abuelos, porque se adelantó el parto y no hubo tiempo de ir al hospital. Nosotros, los que habíamos nacido en la ciudad nos burlábamos diciéndole que era de Tañarandy. Ella lloraba porque no quería ser una koyguá, no quería ser de la campaña”.
Los propios habitantes de Tañarandy aceptaban esa situación y se resignaban a ser los habitantes de una aldea olvidada en los alrededores de San Ignacio. Hasta que un día cualquiera de 1992, aquel mita’i akahatá, hijo de los Ruiz Pérez y antiguo vecino del pueblo, entonces ya convertido en un joven artista plástico que, contradictoriamente, buscaba sus raíces mientras soñaba emigrar a Estados Unidos o Europa, regresó a su Misiones natal para desencadenar un proceso que se transformaría en una de las mas revolucionarias experiencias que el arte ha provocado hasta ahora en un pueblo del Paraguay.

Koki Ruiz ante el cuadro donde se expondrá la recreación de la obra El Cristo de San Juan de la Cruz, en Tañarandy.

Los inicios de una revolución artística

Delfín Roque Ruiz Pérez, más conocido por su nombre artístico, Koki Ruiz, nació en San Ignacio Guasu en 1957.
Realizó sus estudios primarios en su ciudad natal. Las lecciones de dibujo y pintura de la hermana Silvestra, una talentosa monja eslava de la Congregación de las Vicentinas, despertaron su temprana vocación artística ya en las aulas del prescolar. Cursó la secundaria en el colegio San Blas de Obligado, entre maestros y sacerdotes alemanes, donde integró el club de pintores. Tras concluir la secundaria, fue a estudiar arquitectura a Sao Paulo, Brasil, pero se desencantó de la carrera y regresó a Asunción.
“En sus inicios, Koki utilizaba los dedos como pincel, empleaba aceite usado de tractor para plasmar sobre bolsas de arpillera sus figuras que eran coloreadas con jabón y harina”, narra el periodista Javier Yubi en un reportaje en ABC Color. “Pintor autodidacta, fue experimentando con colores que él mismo conseguía en la naturaleza, y en sustitución de los pinceles, usó su dedo y otros elementos a manera de espátula”, comenta el crítico Lisandro Cardozo, en el Diccionario de las Artes Visuales del Paraguay.
A los 25 años de edad, un cuadro suyo fue entregado a una subasta de beneficencia. El propietario de una galería lo descubrió y contactó con él: con este golpe de suerte inició su exitosa carrera de pintor. En 1977, Koki Ruiz obtuvo el Primer Premio Artista Joven en el Bosque de los Artistas, y en 1979 el Primer Premio en Dibujo, en el “Salón de Humor” del diario La Tribuna. En 1985 realizó su primera muestra individual, “Cosecheros de algodón”, en la Galería Propuestas.  En 1986 participó en la prestigiosa Feria ARCO de Madrid, España. En 1987 expuso en la First Art Biennal Canning House, en Londres, Inglaterra. Desde entonces, su nombre integra la lista de pintores paraguayos más renombrados y cotizados internacionalmente.
A principio de 1990, Koki fue invitado por el gobierno municipal de San Ignacio para realizar una obra a la entrada de la ciudad. Esto permitió al municipio participar del Concurso de los Pueblos, promovido en aquella época por la Dirección Nacional de Turismo. El proyecto llevó a Koki a instalarse varias semanas en La Barraca, la antigua granja de sus abuelos, en Tañarandy. “La invitación me tomó por sorpresa. En esa época, yo soñaba como todo artista con mudarme a Nueva York, París o Madrid, exponer en las galerías importantes junto a los grandes pintores internacionales. Pero también quería colaborar con mi ciudad natal, aunque sea esporádicamente”, recuerda.
La antigua granja de sus abuelos estaba un poco abandonada y deteriorada, pero el contacto le trajo recuerdos de su niñez. Empezó a realizar refacciones, pensando que podía convertirla en un lugar para venir pasar las vacaciones en familia.
Al otro lado del arroyo estaba la olvidada comunidad de Tañarandy, la que tantos recuerdos le traía de su niñez. Andando por sus calles polvorientas, saludando a la gente, reconociendo a viejos amigos, Koki empezó a considerar que era posible realizar una intervención artística en esa comunidad tan particular. Mientras las ideas daban vueltas en su cabeza, empezó a diseñar el portal que le pedía el municipio.
“Buscaba un tema relacionado con la historia y la identidad cultural de San Ignacio, que uniera la cultura guaraní con la jesuítica. Se me ocurrió trabajar el tema del tiempo. Los misioneros tenían una visión renacentista del tiempo. Lo organizaban en horarios precisos para aprovecharlo al máximo, para vivir santa y dignamente el día entero. Incluso escribieron un libro, El buen uso del tiempo. Tenían horas para levantarse, comer, trabajar, ir a misa, dormir… todo muy bien ordenado. Los indígenas, en cambio, concebían el tiempo de manera diferente, en ciclos naturales, y para ellos cada ciclo tenía un sentido distinto.  Diseñé un una escultura que tenía como centro a un reloj solar de piedra”. El portal se encuentra sobre la Ruta 1, a la entrada de la ciudad. Las semanas que Koki pasó trabajando en el proyecto despertaron otras ideas.
Era 1992 y se acercaba la Semana Santa. Recordó que los habitantes de Tañarandy mantenían prácticas rituales que en su niñez siempre le parecieron mágicas, con antorchas encendidas y luminarias hechas con cascaras de apepu y grasa animal, con procesiones y el canto de los estacioneros. Cuando se enteró que esas prácticas se habían ido perdiendo, pensó en preparar una celebración pequeña que permitiera rescatarlas.
“Mientras trabajaba en la construcción del portal, tuve tiempo de visitar con más frecuencia a los vecinos de Tañarandy. En esos días se había emitido por televisión un reportaje sobre una exposición que realicé en Punta del Este, Uruguay. Las personas me reconocían, se acercaban y me decían ‘Te vi anoche en la tele’. Sucedió algo curioso. Los habitantes se hicieron la idea de que yo era un artista que tallaba o pintaba santos. Me invitaban a visitar sus casas para mostrarme sus propios santos y capillas hogareñas. Así descubrí algo precioso: la gente de Tañarandy seguía conservando una religiosidad popular muy profunda”.
Esa sensación se ahondó cuando empezó a asistir a los funerales de la comunidad: “Me fascinó todo el ritual de los velorios, las mujeres vestidas de negro, el luto cerrado y algunas cuestiones simbólicas, como por ejemplo mantener la silla vacía del difunto en la mesa del comedor durante el almuerzo. Supe que había una veta cultural muy rica para trabajar en lo artístico, y que había que hacer algo bueno con toda la gente de Tañarandy”.
La primera procesión, aquella Semana Santa de 1992, fue apenas un ensayo pequeño en el patio de La Barraca. La granja de la familia Ruiz Pérez está ubicada en medio de un huerto de denso follaje, en un entorno agreste. A la entrada hay una gran zanja y una elevación causada por la remoción de tierra para construir el terraplén del camino, un anfiteatro natural que Koki utilizó para ambientar una réplica del Monte del Calvario.
“La primera celebración la hicimos solo en el patio de La Barraca. Invité a unos pocos vecinos de Tañarandy, que me ayudaron a hacer las luminarias y las antorchas. Aunque ya no se hacían los candiles de apepu, varios adultos mayores recordaban la técnica y nos la enseñaron. Lo mismo pasó con las antorchas de takuara. Todo estaba muy vivo en la memoria. Entre los que asistieron estaban don Taní (José Estanislao Coronel, excombatiente del Chaco, poblador pionero ya fallecido) y sus hijos. Me interesaba que estuvieran sobre todo las hijas, que siempre vestían de negro. Para contrastar le pedí a los varones que vistieran camisas blancas. Para mi eran personajes reales de una obra artística, parte de una escenografía fantástica. La procesión que hicimos fue de apenas unos cien metros. Resultó algo muy lindo, pero entonces no pensamos en que eso tendría continuidad. A los pocos días regresé a Asunción”, recuerda el artista. Pero la semilla ya estaba sembrada. Lo que había sucedido en aquella primera Semana Santa de 1992 ya estaba corriendo de boca en boca, entre la gente del pueblo.

Compartiendo el tradicional chipa apo en el hogar de una de las familias de Tañarandy.
Tañarandy hace suya la propuesta

“Aunque el punto de partida fue una procesión religiosa -el rescate de la celebración de Semana Santa a lo Yma-, buscaba desarrollar fundamentalmente un hecho artístico con la gente”, resume Koki Ruiz la manera en que fue tomando forma lo que hoy denomina “barroco efímero”.
Le había impresionado mucho la obra del fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, quien recorría varias ciudades del mundo convocando a la gente a posar desnuda en su famosa serie de imágenes de desnudos colectivos. La gran participación que lograba le resultaba asombrosa. “Quería hacer algo parecido,  pero no quería solamente ‘contratar’ personas para posar en una obra mientras otros observaban, sino que todos fueran partícipes de la misma creación de la obra, que los espectadores sean parte misma del espectáculo. Ese fue el propósito de lo que comenzamos a elaborar, aunque muchos lo veían solo como una celebración ritual de la Semana Santa, o incluso como un evento turístico”, explica.
En la Semana Santa de 1993, la segunda procesión con luminarias y antorchas se realizó nuevamente en el patio de La Barraca, pero esta vez el camino recorrido como la cantidad de personas que participaron fue mucho mayor.  Varios habitantes de Tañarandy se habían acercado a Koki semanas antes, diciéndole que querían participar en la organización, aportando ideas nuevas y agregando elementos de la tradición que en principio no estaban contemplados.
Al final de esa segunda celebración, todavía “casera”, el compromiso entre el pintor y los habitantes había quedado pactado: la siguiente procesión de Semana Santa debía hacerse a lo largo de la calle principal del pueblo, para que todos los habitantes y visitantes invitados pudieran participar.
En abril de 1994, la tercera procesión se inició en La Barraca y llegó hasta el primer cruce de Tañarandy, recorriendo aproximadamente setecientos metros entre unas mil luminarias de apepu y una hilera de antorchas de takuara iluminando el camino. “Para ese tercer año, toda la gente estaba emocionada, entusiasmada. Me encontraba con personas de la comunidad que me decían: ‘Este año va a venir mi hija a participar desde Buenos Aires’. La gente se fue apropiando de la propuesta, colaborando activamente, aportando ideas. Yo vivía en Asunción, pero viajaba unos quince días antes de Semana Santa para organizar todo junto a la comunidad”, cuenta Koki.
La organización fue creciendo. Se formaron grupos para confeccionar las luminarias, los candiles y las antorchas. Otros se encargaban de reparar los caminos, de armar los escenarios, de pintar y engalanar los frentes de las casas por donde iba a pasar la procesión. Tañarandy se había apropiado de la propuesta.

Uno de los primeros murales pintado por Cecilio Thompson en la pared de la humilde vivienda de la familia León, sobre la calle Amorcito. Actualmente este mural ya no existe.
Cecilio Thompson: La reinvención de un artista y de un pueblo

Cuando vio un cartel pintado por Cecilio Thompson, Koki Ruiz sintió que al fin encontró lo que estaba buscando. Cecilio era un agricultor de Tañarandy a quien le gustaba pintar. Su técnica era rudimentaria, pero estaba impregnada de talento y creatividad.
En 1996, a Koki se le ocurrió otra idea fuera de lo común: promover el uso de carteles publicitarios artesanales hechos por pintores populares en los comercios de la ciudad de San Ignacio. Esto con el doble propósito de dar trabajo a los artistas locales, como Cecilio, y dotar de una identidad artística propia al entorno. La idea no prosperó en San Ignacio, pero si en Tañarandy.
El pequeño pueblo solo tenía dos almacenes muy pequeños y humildes, cuyos propietarios no estaban en condiciones de pagar por los carteles artesanales. Así que decidieron, mas por diversión que por negocio, pintar unos pequeños carteles al frente de cada casa, con el apellido de la familia y un dibujo alegórico al oficio o la actividad principal del hogar. Si la familia tenía vacas lecheras y vendía leche, pintaban a una señora ordeñando una vaca. Si el jefe de familia era un excombatiente de la Guerra del Chaco, aparecía con su uniforme militar en la trinchera.
Los pobladores se fueron entusiasmando a medida que veían el trabajo terminado. Muy pronto, todo el proceso se convirtió en una fiesta popular. Las visitas para pintar carteles se convirtieron en una excusa para matar gallinas, encender el tatakua y preparar sopa paraguaya. Había quienes pedían que les pintemos sus paredes; así nacieron los murales y las ventanas falsas. Cecilio estaba a la vez sorprendido y entusiasmado. Comenzó siendo un pintor serio y formal, pero enseguida asomó su veta más creativa y juguetona, al punto que su técnica naif se convirtió en el sello visual de Tañarandy.
El cambio visible del pueblo se reflejó en el propio Cecilio. “Hasta entonces era solamente un vecino más, pero al descubrir las preciosas pinturas que iba dejando casa por casa, todos se sorprendieron: ‘E’a, ¿koa piko Cecilio rembiapo?’ (‘Increible, ¿esto es obra de Cecilio?). Él se sintió valorado, querido, respetado. Empezó a dar lo mejor de sí”, evoca Koki Ruiz. En 1998, Cecilio Thompson fue seleccionado para representar al Paraguay en la Bienal de Sao Paulo, Brasil. Era la primera vez que un artista popular del interior del país accedía a un evento internacional de tanta trascendencia.
A Cecilio se fueron uniendo otros pintores populares como Teodoro Meza, con quienes Koki formó el taller Felipe Santiago Apocatú, como parte de la Fundación La Barraca. Esta se convirtió en un centro de enseñanza para los jóvenes lugareños que deseaban aprender pintura, escultura en piedra, tallado de madera, a los que luego se sumarían experiencia de teatro y danza, así como la creación de los famosos “cuadros vivientes”.
Aunque fallecido prematuramente, Cecilio Thompson sobrevive en los murales, carteles y pinturas de toda Tañarandy. Su legado continúa en el trabajo de sus compañeros y en el de una  nueva generación de jóvenes artistas, entre quienes se destaca su hija, Cheli Thompson. Entre todas las obras de Cecilio, la más recordada es la que dejó en la calle Amorcito.

Cartel que marca la entrada a la calle Amorcito, pintado originalmente por Cecilio Thompson y restaurado recientemente por su hija Cheli y otros jóvenes pintores de la comunidad.
Una calle para enamorarse

Si usted viaja desde Asunción, aproximadamente dos kilómetros antes de llegar a San Ignacio, a la mano izquierda de la Ruta 1 encontrará un polvoriento camino de tierra que se interna en medio de un verde valle campesino. La única referencia visible es un rústico cartel del lado derecho que dice: “Kandire, arte en bambú”. Es una de las entradas al onírico mundo rural de Tañarandy. No dude en ingresar allí.
Apenas haya transitado unos pocos metros, en un recodo del camino se encontrará con un colorido cuadro de pintura de estilo naif, que representa en cuatro escenas la vida de una pareja campesina. En el primer cuadro, el hombre y la mujer se abrazan y se declaran su amor bajo un cielo de luna y estrellas. En el siguiente, ambos están vestidos de novio ante el altar. En el tercero, el hombre acaricia con ternura la abultada panza de su esposa, y en el último la pareja posa con sus seis hijos, bajo un radiante sol. Una leyenda le informa que usted ha llegado a Amorcito, la calle más artística y romántica de todo el Paraguay.
El pintoresco nombre nació cuando el grupo de jóvenes pintores que entonces conformaban el taller artístico de la Fundación La Barraca decidieron darle a una de las calles de Tañarandy un toque especial, con pinturas y refranes de escenas románticas.
“Casualmente, sobre esa calle vivían unas hermosas chicas de quienes los jóvenes del taller estaban perdidamente enamorados. Entonces, cuando comenzamos a pensar en qué nombre le íbamos a dar al lugar, uno de los pintores comentó: ‘En esa calle vive mi amorcito’. Al instante, otro exclamo: ‘¡Y llamémosle calle Amorcito, entonces!’. La propuesta fue muy festejada, y así quedó”, recuerda Koki.
Gracia al sello característico de Cecilio Thompson,  la complicidad Teodoro Meza y varios jóvenes del taller Felipe Santiago Apocatú, así como a la activa participación de los vecinos, la calle Amorcito se transformó en una exposición permanente. El proyecto se concibió como un largo corredor de arte a cielo abierto, donde cada poste de alumbrado público, cada cercado, cada vivienda, cada elemento del entorno es integrado como obra de expresión creativa.
La mayoría de los motivos de las pinturas en las paredes de las casas se eligieron a pedido de los dueños. Así, la familia Ojeda pidió que se pinte en la puerta del pequeño oratorio una imagen de Santa Lucía, a quien la familia rinde culto desde hace varias generaciones. En cambio, los niños de la familia León pidieron a los artistas que pinten a su brava mamá montando precisamente al animal que designa su apellido. A lo largo de la calle, los artistas fueron además diseminando también carteles con ñe’enga y frases románticas, que en muchos casos encerraban mensajes en clave para alguna muchacha destinataria de sus amores.
Con los años, el viento el sol y la lluvia comenzaron a desteñir y borrar muchas de las pinturas. Un equipo integrado por una nueva generación de artistas se encargó de restaurarlas a fines de mayo de 2011. Entre ellos estuvo Cheli Thompson, quien restauró varias de las pinturas de su padre Cecilio, agregando algunas nuevas. El proyecto fue acompañado por creativos de la agencia publicitaria Oniria, registrado por la cineasta Renate Costa, celebrada directora del  documental Cuchillo de Palo.
Orgullosos de las maravillas artísticas que pueblan su calle, los tañarandyenses reciben con amabilidad a los visitantes, invitan con agua fresca y comparten su alegre modestia, mientras cuentas las historias que dieron vida a cada uno de los cuadros. Y desde hace algún tiempo se ha empezado a difundir una leyenda: la calle Amorcito es el mejor lugar para enamorarse.

El mural de Kandire, con sus colores y detalles originales, antes de haber sido restaurado por su propio autor.

Vírgenes, ovnis y kurupis en el mural de Kandire

El cuadro mural de 4 x 2,50 metros está allí, ya un poco descolorido por el paso del tiempo y la acción de la intemperie, en la pared de una pintoresca vivienda de estilo colonial, en medio del verde paisaje de Tañarandy.
Conocido como “el mural de Kandire”, es considerada la obra maestra de Cecilio Thompson, el ya fallecido pintor popular de estilo naïf, que les imprimió su propio sello visual a los carteles y cuadros que pueblan Tañarandy.
El mural tiene su propia historia, iniciada en los años 90, cuando el empresario belga Baudoin Quartier y su esposa, la sicóloga y educadora paraguaya Mirtha Isabel Clari, establecieron su “lugar en el mundo” en Tañarandy, una finca rural a la que denominaron Kandire, rescatando una palabra indígena que significa “resurrección” o “lo que nunca muere”.
La pareja buscaba que la casa-quinta de sus sueños pudiera generar además ingresos como destino turístico, con un restaurante y una cabaña rústica, construida de bambú o takuára, en forma de pirámide.
En un sector de la propiedad, establecieron un huerto con cultivos de bambú orgánico y una barraca-escuela para desarrollar la artesanía en takuára.
En marzo de 1999, los Quartier Clari invitaron a Cecilio Thompson a que les pinten un mural. El artista deliró con la propuesta, retratando en múltiples y pintorescos detalles el universo cultural de Tañarandy.
Una aldea llena de vida y color se destaca contra un fondo de noche campesina, tachonada de estrellas y Luna llena resplandeciente, como la que los visitantes suelen observar en las procesiones de Semana Santa.
El elemento más llamativo es el sobrevuelo de un ovni o platillo volador, con dos alienígenas asomando en las ventanillas. Poco antes de iniciar la pintura, una pareja de pobladores aseguraba haber visto que un ovni sobrevoló la propiedad de la familia Quartier Clari, y que incluso llegó a posarse en el patio. Cecilio se apropió de la leyenda de ciencia ficción y la combinó con otras más clásicas y populares.
En el mural se puede ver a un oscuro y enorme Luisón o Lobisón caminando por las calles, tras la camioneta blanca del pintor Koki Ruiz. Más atrás, un poblador armado con un machete obliga a correr desnudo al “sombrero ka’a” o amante de su esposa, mientras la mujer, también desnuda, se oculta tras la pared.
El Kurupi, otro mítico duende guaraní, acecha con su enorme falo a una vecina. Hay taxis amarillos en las calles, una fiesta popular con arpas y guitarras, familias mirando televisión, aventureros cavando en busca de plata yvyguy (tesoro enterrado). El propio dueño de casa, Baudoin Quartier, es retratado instruyendo a los integrantes de un equipo de fútbol en la quinta de Kandire, mientras la calavera fantasma de un vecino fallecido durante un asado, ronda el lugar.
En el cielo nocturno, junto al plato volador, flotan tres imágenes de la Virgen de Caacupé, simbolizando a las estrellas conocidas como “las tres Marías”, al igual que otro grupo de siete estrellas con forma de cabras representan a “las siete cabrillas”.
En 2004, el propio Cecilio retocó el mural y alteró algunos detalles de la versión original.
Desde entonces, muchos visitantes incluyen la visita a Kandiré y el ritual de tomarse fotos frente al mural como una estación obligada en los tours de Semana Santa por Tañarandy.
En 2011, debido a sus compromisos empresariales en Brasil, los Quartier Clari vendieron la propiedad. Los nuevos dueños de Kandire prometieron que no cerrarán las puertas del local, y que el mural de Cecilio Thompson seguirá siendo un patrimonio artístico compartido

Koki Ruiz imparte instrucciones a los actores que encarnan La Última Cena, de Da Vinci.
Cuadros que respiran

¿La Última Cena de Leonardo Da Vinci, representada por actores de carne y hueso en medio del agreste paisaje de una aldea rural del Paraguay?
La sola enunciación ya resulta sumamente exótica y atractiva. Y para quienes tienen la oportunidad de presenciarlo, resulta un momento inolvidable.
Los cuadros vivientes de Tañarandy se han convertido en una de las principales atracciones de la Semana Santa misionera, y aunque haya escenas que se repiten años tras años, reclamadas por el público, también hay constantes innovaciones y sorpresas.
La experiencia empezó en el 2004, cuando se programó la visita de un grupo de estudiantes para conocer de cerca lo que se hacía en Tañarandy. A Koki Ruiz se le ocurrió crear una atracción nueva, utilizando a los jóvenes de la comunidad como estatuas vivientes.
“Recreamos la historia precolombina con sus rituales, las misas chamánicas. Creamos una ambientación de la misa indígena y en contraposición la misa gregoriana con música de Doménico Zípoli. Los jóvenes que actuaron se entusiasmaron tanto que decidimos también agregar a cuadros vivientes a las celebraciones de Semana Santa”, cuenta Ruiz.
Desde entonces, al final de la procesión, en el anfiteatro al aire libre de La Barraca, la multitud se dispone a aguadar y admirar los imponentes cuadros vivientes. Algunos son reproducciones de obras pictóricas, como La Última Cena de Da Vinci, o el Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí; otros son recreaciones animadas a partir de obras escultóricas, como el Éxtasis de Santa Teresa”, del italiano Lorenzo Bernini.
A partir de 2010, los organizadores decidieron presentar los cuadros vivientes en un teatro montado en un antiguo molino, en el centro de San Ignacio, cobrando la entrada. La nueva ubicación permite que el público aprecie y disfrute del espectáculo con mayor intensidad, y a la vez aportar recursos a la organización.

Mural tras el altar de la capilla de Tañarandy.

Superando cuestionamientos

Aunque tiene muchos admiradores, la “revolución del arte” en Tañarandy también ha encontrado detractores y cuestionadores, principalmente en ámbitos políticos y en sectores la misma Iglesia Católica.
En los primeros años en que empezó a crecer la convocatoria, a mitad de la década de 1990, el entonces Obispo de Misiones, monseñor Carlos Milciades Villalba, cuestionó en varias oportunidades la “organización paralela” de una procesión religiosa y explicó que la misma no contaba “con la autorización de la Iglesia”, llegando a pedir a los fieles que no acudan a una actividad pagana, que era “mas turística que religiosa”.
El entonces párroco de San Ignacio, el sacerdote jesuita José “Pepe” Ortega, heroico defensor de los campesinos de las Ligas Agrarias perseguidos por la dictadura stronista, también cuestiónó la experiencia de Tañarandy, pero por razones distintas a las del obispo. Seguidor de la teología de la liberación, Ortega consideraba que lo de Tañarandy era una simple manifestación de rescate de la religiosidad popular, con un efecto alienante que frenaba el despertar de la conciencia social de los humildes.
“A los ataques de monseñor Villalba no hicimos caso. Con el pa’i Ortega, a quien tengo mucho respeto, hablamos y a discutimos en varias ocasiones. Él, desde la teología de la liberación, planteaba que la religiosidad popular no sirve para liberar al pueblo, solo trae más confusión. En cambio yo sostenía que el arte unido a los elementos populares del cristianismo pueden desencadenar también procesos liberadores”, relata Koki Ruiz.
Durante los primeros años, miembros de la jerarquía católica evitaron apoyar a las ceremonias de Tañarandy, haciendo llegar “mensajes” a los fieles para que no acudan a “la Semana Santa paralela y no autorizada”. Pero sacerdotes y monjas eran vistos caminando entre la multitud que crecía año tras año en la pequeña comunidad campesina.
Pero la propia dinámica de la manifestación popular fue cambiando la relación. Sacerdotes jesuitas se hicieron cargo de la capilla de Tañarandy, donde los pintores realizaron una admirable intervención artística. La visita de un alto directivo del Museo de Arte Sacro del Vaticano, quien exaltó “la extraordinaria obra” que se realiza en el lugar, ayudó a que los cuestionamientos eclesiales se fueran disipando cada vez más.
La comunidad tampoco escapa al celo de los actores políticos.
“Históricamente, los Tañarandygua siempre han sido muy libres e independientes. A diferencia de otras compañías, aquí ningún caudillo puede decir que los de esta comunidad son sus electores cautivos”, afirma Koki. En esto también se reafirma la fama de “irreductibles”.

Con René González, co-autor del libro sobre Tañarandy, compartimos con don Roque Griffith, el último excombatiente de la Guerra del Chaco en la comunidad. (Falleció en 2013).

Tañarandy, experiencia abierta al futuro

La experiencia de Tañarandy delinea con claridad los retos de asumir el presente sin perder el arraigo del pasado ni la visión del futuro. Es en sus tradiciones y en su encanto de pequeño pueblo rural donde radica su principal fortaleza. Fue la propia comunidad quien se opuso a que la Municipalidad de San Ignacio pavimente la calle principal de tierra donde se realiza el Yvaga rape: “Los habitantes del pueblo saben que eso es justamente lo que se valora de Tañarandy, este paisaje rústico, con color rojo y verde. Saben que los candiles encendidos sobre el asfalto ya no tendrían sentido”, afirma Koki.
Para la gente de Tañarandy, el asfalto no es la única señal de progreso. Como explica Koki, el pueblo eligió mantener su identidad rural: “Esto no significa que la comunidad no haya mejorado su nivel de vida, que todo lo que hicimos y seguimos haciendo no haya ayudado a su crecimiento, a su organización y desarrollo”. Los pobladores han empezado a generar una serie de pequeños proyectos de emprendedores, como puestos de artesanía, cantinas, comedores, playas de estacionamiento de vehículos y alojamientos campestres.
A pesar de múltiples y repetidas ofertas, Koki y los habitantes de Tañarandy se han resistido a caer en la tentación de comercializar la experiencia. Gran parte de los costos de la organización se financian con fondos recaudados por la venta de sus cuadros. La Fundación también ha comenzado a obtener recursos propios, pero la mayor parte del trabajo sigue siendo voluntario y es asumido por toda la comunidad.
¿Es Tañarandy una experiencia anarquista, de utopía socialista o una revolución social realizada a través del arte?  Los investigadores sociales probablemente encontrarán los rótulos más apropiados. Mientras tanto, Tañarandy continúa viviendo su experiencia única y singular, la de una comunidad humilde y laboriosa que encarnó en sí misma la célebre frase atribuida al escritor ruso León Tolstoi: “Pinta de blanco tu aldea y serás universal”.